Kyo viajo callado en la parte trasera de la camioneta, a su lado reposaba silencioso el anciano de lentes oscuros. Había logrado calmar parte de la rabia que arrebujaba dentro de sí. Estaba nervioso, ya no tenía la estabilidad que le había ofrecido Yagami al iniciar la búsqueda de Chizuru.

Había dejado a Iori en un estado desconocido que podría implicar cualquier sospecha relacionada al espectro. Benimaru aparte de haber traicionado su confianza, estaba solo con una potencial bomba de tiempo, plantada en la sangre de Yagami.

Temía por la vida de Iori y la seguridad de su amigo. Y él solo iba camino a enfrentar la irrelevante preocupación de la familia, perdiendo tiempo valioso, arriesgando mucho. Pero ¿Cómo podría exponer a Iori ante sus enemigos? Especialmente si era su propio clan.

Observo por la ventana las calles abarrotadas de personas. El mundo continuaba girando, indolente a cualquier tragedia. Apretó las manos intentando respirar con tranquilidad, buscando despejar los terribles desenlaces que rondaban sus pensamientos. Todo empeoraba con el paso de las horas ¿Qué más podría salir mal?

Fue una recepción rápida, la ambulancia surco las calles bajo una sirena adusta. Avanzaron por carriles despejados gracias al civismo capitalino.

Benimaru se encontraba en sala de espera, intranquilo, mirando la pantalla de su dispositivo movil. Su dedo se movió con ansiedad sin llegar a tocarla, en esta se proyectaba el nombre de Kyo Kusanagi.

El rubio tuvo la suerte de que Kaori iniciara aquella noche el cambio de turno. Hablaron por el celular mientras Nikaido intentaba seguir el trayecto de la sirena con su auto. La petición de este era muy extraña, pero Kaori acepto sin hacer muchas preguntas, bajo la promesa de hablar con claridad luego de atender la urgencia.

Benimaru observo de nuevo, dubitativo, la pantalla de su celular. Cerro los ojos y masajeó con delicadeza sus parpados, luego opto por bloquear la interface y guardó el dispositivo. Hacer que Kaori registrara a Yagami bajo el apellido de Nikaido ayudaría a evitar que el hospital diera aviso a los respectivos familiares.

Avisarle a Kyo no era una buena idea, él debía estar justo en ese momento ocupado en las cuestiones familiares. Yagami estaba en buenas manos, era el lugar indicado para alguien en su estado, pensó

Iori fue estabilizado por los paramédicos. Su consciencia era una bailarina que danzaba sobre un hilo delgado entre la lucidez y el sueño. El vínculo con aquella mujer Yagami aún no se había roto. Era atacado por oleadas de dolor que lo arrancaban de la realidad, plantándolo sobre un altar de largos velones y madera cruzada, el olor floral mezclado con el amargo humo claro continuaba presente. La mujer gritaba desesperada y Iori podía sentir el dolor desgarrador de su cuerpo y la inquebrantable voluntad abnegada a no rendirse.

Continuaba con vida, no era ningún efecto rezagado del ritual lo que llegaba a él. Ella luchaba por establecer el vínculo que los unía, por encontrar a Iori. ¿Por qué se resistía? ¿Por qué alargar aquel sufrimiento? ¿Por qué deseaba tanto alcanzarlo?

Iori perdió el conocimiento por lapsos, percibía entrecortadas escenas de una luz deslumbrante que lo enceguecía y las voces técnicas del personal que daban indicaciones a los enfermeros, se mezclaban insolubles con los murmullos de la sombra.

Con un movimiento limpio fue rasgada la camisa que llevaba puesta, incrustaron unos cables y un par de catéteres perforaron su piel. Todas esas imágenes llegaban a Iori como retazos de un collage sin pies ni cabeza.

– Tranquilo, estarás bien. – habló una voz dulce y femenina, la reconocía de algún lugar, en algún momento acompañando la voz de Kyo.

Los gritos de la mujer en sus sueños se hicieron aturdidores, otra vez era dragado al fondo del pozo, donde en medio de la oscuridad, la desesperada mujer luchaba tanteando a ciegas la existencia de Iori, debilitándolo con su propio sufrimiento.

Yagami emitió un grito ahogado y un acceso de sangre le impidió respirar. ¿Por cuánto tiempo agonizaría aquella maldita perra? No lo soportaba más. Unas manos fuertes sostuvieron su cuerpo contra la camilla del hospital.

– Sostenlo, hay que inyectarlo – fueron las palabras que el pelirrojo diferencio con claridad.

– ¡No! – grito Iori resistiéndose, si lo inyectaban, si regresaba al sueño, jamás saldría de él. No podía permitirlo. Un estridente grito gutural salió de su garganta, desgarrando el espacio y rebotando contra los muros. Aunque su deseo era ese, aquel rugido no le pertenecía. Era la sangre de Orochi, la bestia que aullaba.

– No…aléjense. – intento decir, pero fue demasiado tarde. Lo único consciente que pudo hacer antes de la conflagración, fue empujar lejos a la mujer que tenía cerca, aquella cuya voz conocía. El cuerpo de esta salió despedido por los aires, enredándose en el cortinaje y quebrando el ventanal de vidrio que dividía las salas de urgencias.

Los demás no corrieron tanta suerte y una llamarada violeta con tonos rojizos se extendió desde el cuerpo de Iori con una onda expansiva, quemando todo a su paso. Médicos y enfermeros terminaron envueltos en llamas, algunos chocaron contra los muros aledaños, quedando tendidos sobre el piso. Las luces de la sala y la maquinaria medica chispeo con violencia ante el impacto de la energía de Orochi.

Kyo camino bajo un temblé rígido por el jardín, no se encontraban allí más guardianes, salvo los escoltas enviados por su padre. Todo se apreciaba en una calma ensordecedora, por lo menos para él. Aun en su cien palpitaba la tensión de las múltiples cuestiones inacabadas y el tictac agobiante que pesaba sobre la situación de los hombres que había dejado atrás. Tenía un mal presentimiento, tal vez sin fundamentos, pero este no hacia si no aumentar con los minutos que transcurrían.

Se adentró sintiendo la madera crujir levemente bajo su peso. Un olor picante de extrema sutileza revoloteaba en torno a ellos. Volutas de humo claro danzaba en el corredor de madera antecediendo la entrada al dojo. A medida que se acercaba podía escuchar con claridad los sonidos de unas voces bajas, jadeantes.

Kyo entro primero sin dar paso al protocolo de anuncio que planeaba el anciano escolta, que más bien parecía un kumicho de la Yakuza. En el centro del dojo, con la parte superior del traje ceremonial colgando del cinturón, se encontraba Saisyu Kusanagi. Delgadas gotas de sudor bajaban por la espalda de este, la cual no daba señal alguna del paso del tiempo.

Estaba acompañado por varias personas desconocidas para Kyo; Dos hombres mayores que observaban sentados en un costado del salón al lado de su madre y un muchacho un poco más joven que el heredero Kusanagi, que yacía plantado frente a su padre en posición defensiva. Los tres llevaban encima insignias del clan del sol. Su padre estaba llevando a cabo un enfrentamiento ceremonial con el joven, pero Kyo no recordó bajo que razones se realizaba aquello.

Saisyu Kusanagi no giro al percatarse del ingreso de Kyo, habló seco refiriéndose a los acompañantes de este, solicitándoles retirarse. Los hombres a los lados del castaño se alejaron tras una reverencia frívola.

Shizuka Kusanagi ya había alcanzado a su hijo antes de que este pronunciara palabra alguna. Su cuerpo embistió con sutileza el de Kyo y lo envolvió en un abrazo maternal.

– Por los dioses Kyo, me alegra tanto que estés bien. Me tenías terriblemente preocupada. Nos tenías a todos acongojados.

La rabia que Kyo estaba albergando fue diezmada por aquel gesto. ¿Cómo podía enojarse con su madre, sintiendo en aquel abrazo toda su consternación? Suspiro algo molesto y la separo con delicadeza.

– Todo está bien madre, no te preocupes. –dijo quitando importancia al asunto. Esta le miro intranquila y estiro una mano para rozar el cuello del castaño.

– ¿Que te sucedió? –pregunto titubeante.

– Solo una riña de bar, nada serio. –sonrió sin ganas, alejando el contacto de las manos de Shizuka con suavidad.

Los hombres lo observaban expectantes, los ancianos tenían en el rostro una expresión agria de desaprobación y el joven que ya no enfrentaba más a su padre, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano, le miraba con una sonrisa leve, arrogante.

– Aquí me tienes viejo, hasta que tus niñeras dieron conmigo. – habló desafiante, la rabia regresaba gota a gota. Saisyu Kusanagi giro en silencio y la frialdad en su mirada apuñalo a Kyo.

– Donde has estado metido, creo que fui claro al exigirte mantenerte al margen. Atento a las necesidades de la familia.

– Creo que soy de más ayuda si no estoy encerrado bajo vigilancia. –se quejó molesto el castaño.

– Sabes que es por el bienestar de todos. Tu insensata rebeldía para los designios de tus mayores solo nos causa más problemas. –la voz de Saisyu se elevó por un instante, el tono que aplicaba era demasiado cortés y desusado en la relación que tenían.

El castaño sintió la ira reverberar. Todo lo que había estado haciendo era en realidad por el bienestar de todos, como se atrevía a juzgarlo tan a la ligera por mostrar autoridad ante algunos vejetes del clan.

– Que pasa "Padre" –entono la palabra con sobreactuada reverencia en la voz–. ¿La familia te jala la correa y de repente desobedezco a mis mayores? Te sorprendería saber lo que he averiguado. –observó con placidez como los músculos de su padre se tensaban, mientras este con parsimonia, acortaba la distancia que los separaba.

– Tu responsabilidad como el heredero del clan es velar por los intereses del mismo. Joven Kusanagi. – Interrumpió sin miramientos uno de los ancianos, observando con despectiva agriedad la conducta de Kyo.

– Pensé que esta llamada era una cuestión familiar "padre", no una reunión burocrática para saldar cuentas. –desvió su mirada nada amigable en dirección a los ancianos, sospechaba de todo aquel ajeno a su familia directa–. ¿Acaso son ustedes lo que buscan husmear en los asuntos privados de la cabeza del clan? ¿Cuántas vidas piensan salvar revolviendo nuestras sabanas? –No podía controlar a cabalidad la rabia incipiente.

El golpe fue rápido y contundente, Kyo no lo esperaba, no percibió en que instante su padre realizo aquel ataque. Al momento de percatarse ya estaba demasiado cerca, así que le permitió proseguir sin resistencia alguna. El impacto dio de lleno en la mandíbula, lo desestabilizo y acabo de cuclillas en el piso, de su labio emanaron densas gotas de sangre.

– Aprende a respetar a la autoridad de la familia Kyo Kusanagi, así seas mi hijo, así seas el heredero del legado del sol, debes aceptar ser regido por reglas de un destino superior. Serle de absoluta utilidad a tu clan. –hablo Saisyu, su expresión descompuesta solo apreciada por Kyo.

Por primera vez en días lo miro directamente. Saisyu estaba pálido, ojeroso, se denotaba algo descarnado en el rostro. Aun así, su porte era absoluto, autoritario. Como un alfa queriendo reducir cualquier amenaza.

Su madre los observaba a pocos metros detrás de él, aunque su semblante se mostraba resuelto, estaba nerviosa, sus manos se cerraban con fuerza en la tela de su kimono.

El castaño enardecía de rabia, si permitía darle un poco más de rienda suelta a la situación se vería agrediendo a su propio padre frente a otras autoridades del clan, traidores o no.

Él no lo sabe, pensó. No tiene como saberlo, cálmate.

Kyo se irguió con insidiosa lentitud, limpio la sangre que manaba del labio y saco el cilindro con la carta de Chizuru. Sus padres lo observaban con una severidad hiriente, el enojo subía por su garganta dándole una sensación dolorosa al contenerse.

– Yo no pertenezco a nadie y mi maldita voluntad no es controlada por ningún legado superior. Soy un Kusanagi y respondo como miembro de la familia, no como un trofeo de turno. Si quieres que entienda tus malditas razones, vas a hablarme como a un igual viejo, porque no soy ningún puto ciervo que espera ser coronado. –espeto enojado.

Con un golpe rápido, usando un poco más de la fuerza requerida, presiono el pecho de su padre con el cilindro. El cuerpo de este cubría parcialmente el contacto entre ellos, cortando el ángulo de visión de los ancianos Kusanagi.

– Espero que esto aclare algunas dudas "padre". No esperes que rinda ningún maldito tributo al clan, soy más eficiente lejos de ustedes. – Esas no eran las palabras que habría querido pronunciar, pero salieron con una facilidad abrumadora. Kyo giro con mirada despectiva hacia los visitantes y camino fuera del dojo. Haciendo el mejor uso de su voluntad para no golpear a ese viejo zorro que tenía por padre.

– ¿Le das la espalda al clan Kyo? –habló Saisyu con severidad. Hizo una pausa aguardando la respuesta del heredero Kusanagi, el cual se detuvo sin un ápice de ceder a las demandas.

– Te desconozco como Kusanagi. –dijo Saisyu sin titubeo en la voz.

Hirientes palabras, pensó el castaño. Esas eran las intenciones de su progenitor, provocarlo. Aun así, guardar silencio le fue imposible.

– Si eso implica no ser un perro faldero buscando el favor de unos viejos inútiles. –Shizuka lo miro escandalizada por aquellas palabras–. Considera lo que quieras de mí viejo.

Abandono el dojo, estaba molesto de sobremanera, no quería saber nada mas de su padre, ni de su familia en aquel momento. Ni la intención de preguntar por el estado de Yuki superaba su ira. Se encargaría de resolverlo todo él solo si era necesario.

– Kyo detente. –la voz de Shizuka llegó a él con el resonar de unos suaves pasos en la madera–. Tu padre tiene un gran peso encima, el clan está responsabilizándolo de todo. Te necesita Kyo.

El joven Kusanagi se detuvo y miro de soslayo a su madre. La preocupación ensombrecía la casual afabilidad en su rostro, pero aún mantenía impávido aquel aire de exigencia, que reforzaba la expectativa ante el deber del castaño por acatar las indicaciones del clan.

Kyo gruño desdeñoso en respuesta y ascendió enojado al cuarto que fue suyo durante muchos años. Abrió de golpe las puertas del closet y tomo la primera chaqueta colgada entre las pocas prendas que llenaban el vacío. Al cubrirse con ella buscando que los vendajes quedasen más ocultos, noto que se sentía estrecha y al mirarse al espejo vio como el símbolo Kusanagi a su espalda daba visos en el hilo dorado.

Rio con desdén. Tras muchos años de enfrentamientos su cuerpo era ahora más grande y fuerte. Aquella chaqueta perteneciente a su versión más joven, ya no encajaba más en lo que él era ahora, mucho menos después de lo sucedido con NESTS.

De golpe recordó el recorte de periódico que consumió entre sus dedos. Recordó la chaqueta raída de Iori y viejas memorias de antiguos enfrentamientos entre ellos cruzaron su mente. Una extraña sensación de nostalgia lo embriago al pensar en Yagami, siempre como una constante inamovible en su vida. Una muy destructiva constante.

Pero ahora el odio desmedido y la sed de sangre había sido reemplazada por una tregua temporal donde parecía primar el bienestar mutuo. ¿Desde cuándo le preocupaba que le sucediera a Yagami? ¿Qué eran ellos ahora que se percibían de manera diferente? ¿O acaso solo era él mismo quien había cambiado?

Suspiro irritado, pensar en esas cosas siempre lo descontextualizaba de la realidad. Debía centrar su atención en advertir a su madre sobre los peligros que siempre estuvieron ahí pero que desconocían, para luego regresar con Benimaru. Aún tenía asuntos pendientes con Yagami, cuestiones a las que solo él conocía respuesta alguna. Su padre podía manejar el clan como le viniera en gana, pero no lograría encadenarlo a aquel lugar.

Kyo se disponía a retirar la ceñida chaqueta cuando su celular sonó. El ring-tone le llego como un latigazo a la espalda, los músculos se tensaron. Observo la pantalla corroborando sus terribles sospechas. Benimaru.

Las palabras cruzaron veloces, cargadas de agresividad y reproche por ambas partes. Kyo descendió las escalas presuroso encaminado a la salida.

– Voy para allá. – Puntualizo con brusquedad. Un nudo se había formado en la boca del estómago del castaño. Iori bajo efectos del disturbio en medio de un hospital, no podía haber esperado un escenario menos conveniente.

Maldición Yagami, nunca dejaras de dar problemas, pensó. Temía por él y por todos los que estuviesen cerca.

Ya en el jardín, buscando abandonar sin más miramientos la morada Kusanagi, se percató de los escoltas y sus padres regresando de la entrada principal. El sonido de un motor suave se alejaba dejando un eco tras de sí, los visitantes habían partido.

Todas las miradas cayeron indemnes sobre Kyo, los escoltas se acercaron para interceptar el paso, pero Saisyu hizo un leve gesto con la mano, a lo cual estos mantuvieron la posición inicial dejando el espacio libre.

Entre los pliegues de tela del traje ceremonial Kusanagi que vestía su padre, sobresalía el cilindro con la carta de Chizuru, aun sin abrir.

Saisyu miro con gélida expresión a su hijo sin mediar palabra alguna. Su madre tenía la vista baja, una triste decepción le revoloteaba en el rostro. Kyo sintió una presión dolorosa en el pecho, sabía que no estaba equivocado, que no hacía nada malo, pero aun así se sentía de alguna manera, culpable.

Cruzo de largo sin centrar la atención en ningún presente, no tenía tiempo para acongojarse por todo, su prioridad en ese momento estaba radicada en el terror y la sangre que debía enfrentar al llegar a Yagami.

– Mantente en contacto, Kyo. Déjanos saber que estas bien. –la voz de Shizuka fue suave y amable. La respuesta de Kyo un leve movimiento de cabeza al alejarse.

La llamada fue tan abrupta como la explosión, Benimaru deseaba romperle la cara a Kyo ante el descaro de haber reaccionado iracundo, como si la culpa hubiese sido suya y no de él y aquel monstruo de Yagami que había dejado bajo su cuidado.

Igual nada de eso importaba ahora. Tras el estallido que resonó por la extensión de la sala de urgencias, la primera reacción del rubio fue informar a Kyo mientras corría adentrándose en los pasillos abarrotados del personal de enfermería que se acercaba al epicentro de la detonación. Estaba totalmente seguro de quien era el culpable de aquel caos.

El gas denso de los extintores, redujo las llamas diseminadas por el pasillo. Las luces chispeaban colgando de delgados hilos de cobre. Todos los vidrios del lugar estaban rotos y parte del personal de seguridad corrió presuroso evadiendo escombros, siguiendo las indicaciones que a gritos llegaban de las salas aledañas. Todas parecían indicar a un paciente herido que batió un par de enfermeros al alejarse por el pasillo.

Benimaru buscó a Kaori desesperado y la diviso en el borde de una camilla, acompañada por una mujer mayor que le revisaba con delicadeza una herida sangrante en la cabeza.

– ¡Kaori! ¿Estás bien? –pregunto consternado el rubio y se acercó a ella.

La mujer lo miro anonadada, parecía no darle crédito a lo sucedido. Aturdida por el fuerte impacto recibido, cubrió el rostro en el pecho del rubio cuando este se inclinó a su lado.

– Es muy peligroso Beni, pero me alejó. Lo vi en aquellos ojos rojos centelleantes que tu amigo evito que revisara. Es la mirada de alguien que ha hecho las paces con la muerte…yo la reconozco. Y aun así él me alejó… – Kaori desvariaba.

– Lo siento, pero debe quedarse atrás, solo el personal médico puede estar aquí, espere en la sala principal mientras llega la policía. –hablo la mujer mayor que reposaba algunos utensilios para atender a la joven, dando una mirada despectiva a Benimaru para que este se alejase–. Es suficiente doctora Asamiya, no hable más y recuéstese.

Benimaru dio un par de pasos atrás, confuso. Desde el pasillo llegaron ecos de detonaciones por un arma de fuego y un estruendo de algo que parecía haber sido roto. Nikaido apretó los dientes mientras era evacuado del sitio por algunos enfermeros.

"Ojos rojos centelleantes" Como era posible que Kyo no le hubiese advertido sobre Yagami, pensó iracundo.

Regreso a la sala de espera en medio del oleaje de acompañantes preocupados que gritaban injurias al personal médico al no saber nada de sus familiares. Camino fuera de la instancia presuroso y corrió por el pasillo externo del hospital, intentando ubicar un acceso alterno.

Por el caos que se había plantado en el interior, el personal de vigilancia centraba su atención con los civiles asustados, así que Benimaru accedió con facilidad a la zona abierta donde estaban ubicadas las ambulancias.

Uno de los vehículos tenía parte del capote hundido y el parabrisas agrietado, marcas frescas de sangre manchaban el metal retorcido. El ventanal del tercer piso, ubicado justo encima del parqueadero, estaba destrozado.

El rubio siguió el rastro irregular de sangre hasta unos leves manchones en un enrejado que separaba la salida de ambulancias de una zona verde externa. Maldijo en voz baja y regreso a la entrada principal con Kyo en mente.

El taxista había percibido con claridad la urgencia del castaño. Tomando atajos y conduciendo a buena velocidad llego en menos tiempo del esperado al hospital. Kyo arribó junto a un par de patrullas de policía que parquearon en la parte frontal. Observo intranquilo el caos entre los civiles y los uniformados, sin poder apreciar bien que había sucedido. Se acercó por un costado evitando la aglomeración de gente, manteniendo una distancia bastante prudente de la policía y el tumulto, buscando a Benimaru.

No le tomo mucho tiempo encontrarlo, este caminaba hacia Kyo, sus ojos chispeaban de ira. No medio palabra alguna, sus intenciones eran claras al levantar la mano empuñándola con fuerza. Kyo no hizo nada para defenderse, era la segunda vez que lo golpeaba alguien a quien quería, pero en esta ocasión aceptaba de lleno la culpa. Porque no informar del estado de Iori a su amigo, era acolitar lo que había sucedido en aquel hospital, o lo que pudo suceder en el mismo apartamento.

No perdió el equilibrio, lo asumió de frente y recupero la postura luego del retroceso. Limpio la sangre que emano a raudal de la herida en el labio. Un lo siento no era suficiente, no solucionaba nada y no esperaba quedarse buscando el indulto de Nikaido.

– Yo lo detendré. ¿Dónde está?

– ¿Hasta dónde piensas llegar por ese bastardo? ¿Eh, Kyo? ¿No tuviste suficiente con ponernos en riesgo?

Kyo apretó los dientes y guardó silencio unos segundos. Benimaru lo miro con desprecio y tristeza.

– ¿Dónde? – pregunto resuelto el castaño.

– Me importa una mierda donde... –hablo con ira el rubio, pero frenó al chocarse contra la firme resolución de Kyo. Él no pensaba ceder a nada relacionado a Yagami–. Si quieres seguirle el rastro al maldito, la última mancha de sangre la vi en la reja del acceso restringido del este. Posiblemente ya está lejos en alguna dirección cualquiera. Kyo dio la espalda al rubio, avanzando en dirección de la zona indicada, pero frenó un instante.

– Lo siento. –hablo en voz queda y se alejó veloz. Bemimaru pateo enojado un poste metálico donde descansaba un cartel, el cilindro condujo una leve corriente que chispeo al contacto. Maldijo a Kyo y a la vez rogó por que no encontrara a Yagami en ese peligroso estado. Regresó a la aglomeración de personas en búsqueda de Kaori.

Kyo saltó la barda con facilidad, corrió con desesperación a través de la hierba baja en medio de árboles diseminados, ya desnudos por el otoño, buscando alguna señal de Iori. No vio ninguna, ni una sola pista sobre la dirección que había tomado.

Tenía la certeza de que Yagami se estaba resistiendo al disturbio, por esa razón se había alejado del lugar, de no ser así, lo habría encontrado como el ojo de la tormenta en medio de los policías.

Recordó unas noches atrás, los disparos en el puente y lo cerca que estuvo de ser abaleado. Se detuvo a retomar el aliento y apretó el hombro derecho, el dolor a estas alturas se había trasformado en una constante que lograba ignorar con facilidad. Si no lo encontraba rápido, el riesgo de que fuera reducido por algún policía o guardia, era muy alto.

– Maldición Yagami. –se exaspero al no hallar nada en la parcial oscuridad, teñida por un halo plateado.

Un grito agudo de mujer llegó a oídos de Kyo. No estaba demasiado lejos de su posición y se apresuró hacia el sonido.

El área boscosa resulto ser más amplia de lo esperado, tras saltar otra cerca se percató de que esta lindaba con los límites de un parque cercano. Al correr por la calzada, escucho con claridad los sollozos de la chica, vio a esta de rodillas en el piso intentando calmar a un joven que se lamentaba encorvado sobre el suelo. El brazo derecho del chico estaba en una posición extraña, muy dolorosa. Otros dos jóvenes yacían en el piso, uno inconsciente, desplomado sobre una grieta sanguinolenta y el segundo ileso, muy pálido.

Kyo tomo a la chica del brazo y la levanto sin miramientos.

– ¡¿Qué dirección tomo?! – La chica lo miro asustada ante el movimiento brusco.

– No… ¡no lo sé! –sollozo intentando soltarse del agarre que aunque no la lastimaba, la asustaba de sobremanera–. Él, pre-pregunto por el mar. ¡Suélteme!

– Lo siento. –se disculpó Kyo antes de trazar mentalmente el trayecto más directo a la playa y alejarse con urgencia.

La presión en el pecho le hizo perder el aliento por tercera vez, se recostó un instante a sopesar el dolor intenso que le producía resistirse al disturbio, a escupir la sangre que se amontonaba en su garganta. Debía llegar pronto al mar, podía oler la salinidad en el aire, no debía estar muy lejos. En la soledad de las playas o bajo las frías aguas se sentía capaz de neutralizar aquella encarnada pesadilla.

Aun escuchaba los gritos lejanos de la desesperación, el miedo a algo peor que la muerte arañando sus entrañas, buscando con inquebrantable determinación llegar a él. En los rincones oscuros de los callejones, tomaban forma espectros acechantes que seguían su rastro, sentía el aliento caliente de la bestia en el cuello y a pesar de ser abrumado por la sensación de agonía de aquella mujer, se mantenía firme a no cederle terreno a su voluntad. Iori no permitiría ser diezmado con facilidad por nada.

Camino con torpeza mientras la oleada de dolor pasada de su estado más álgido y retomo el ritmo apenas se lo permitió el cuerpo. Cruzo por calles vacías y estrechas de edificios altos, hasta que diviso el horizonte que se abría tras la última cuadra edificada. Avanzó recorriendo un callejón amplio, evadiendo las zonas donde hubiese personas.

Estaba cerca de acceder a una de las autopistas que salían de Tokio, lo único que se interponía ante él era una malla metálica y una inclinación de mediana altura que desembocaba a la calle, ambos no suponían gran obstáculo, pero al llegar a la mitad del callejón una sensación familiar lo embargo. Voces sincronizadas se alzaron en un crescendo repentino y una presión insostenible se ciñó sobre su cuerpo.

La gravedad de repente aumento la presión de manera abrumadora y le hizo caer de rodillas. Solo intentar levantar un brazo fue una tarea descomunal, estaba paralizado evitando caer de bruces. Las voces entonaron con más claridad su rezo y de los rincones oscuros se proyectaron cuatro seres de túnica clara y rostros ocultos, que relucían con el fulgor plateado de la luna llena. Con los segundos transcurridos sentía como su cuerpo cedía a la alta gravedad.

Ya no estaba en él la agonía de la muerte, ya no sentía el ahogo y el miedo supurante de aquella mujer, hasta la vacua tristeza había desaparecido. Ella había muerto, podía sentirlo. La maldita zorra alcanzó a lograr su cometido y ahora él estaba a merced de aquellos seres desconocidos.

Lo único que le acompañaba en ese instante era la ira que destrozaba su voluntad al reptar urgida por la espalda. Lo supo mucho antes de perder el control, ya no había nada que pudiese evitar, entregarse al deseo de la sangre.

Kyo corrió por callejones estrechos, vacíos, cruzo calles poco populosas siguiendo un ocasional rastro de sangre fresca. Había llegado a la carretera principal, podía ver como al otro lado del cruce se extendía la noche en la oscuridad del mar, con solo un reflejo pálido en el oleaje. Iori no estaba por ningún lado, no había señal de nadie en la extensión visible de la playa.

Deslizó los pies por el concreto buscando acceder a la carretera y cruzar en dirección al terraplén de la plaza, pero un sonido similar a una explosión bajo el agua atrajo su atención. Un par de cuadras más arriba, una retorcida malla de metal chispeo cediendo ante el calor extremo que la lamía. Destellos violetas de tonos rojizos se alzaron con violencia muriendo en el ascenso. El castaño cargo a toda velocidad hacía los moribundos destellos. El presentimiento de que algo saldría mal ahora era más que una certeza.

Sentía estar repitiendo un mal sueño, encontrar a Iori por segunda vez en medio de llamas y sangre generaba en Kyo un profundo desasosiego. La primera noche de búsqueda arribó a Yagami con la expectativa determinada a encontrar respuestas. Ahora solo había en él rabia y angustia, aguda, sincera. Maldijo a Iori.

¿Porque todo lo relacionado a ti tiene que causar dolor? pensó.

El castaño evadió de un salto el metal retorcido del enrejado. En el centro del callejón se extendía una mancha oscura y humeante que reptaba por los muros renegridos, aún quedaban pequeñas flamas que luchaban por no morir, consumiendo lo que tocaban. Las luces chispeaban oscureciendo el cruce amplio de edificios altos a cada costado.

En el centro de aquella densa negrura una silueta gruñía entre jadeos guturales, de rodillas con el cuerpo encorvado hacía el suelo quemado.

– ¿Yagami…? –la voz de Kyo salió muy baja y dubitativa.

El castaño observó como de las sombras tiznadas del muro a ambos costados, cuatro espectros emergían de la misma oscuridad. Figuras recubiertas con un tinte negro que se deshacía a medida que revelaban su forma pálida. Unas voces graves entonaron al unísono palabras desconocidas para Kyo, sus rostros estaban ocultos tras largos retazos de tela marcada con símbolos que emitían un extraño fulgor dorado.

La silueta oscura de Iori se resistió contra el suelo, un gruñido hondo seguido por un grito iracundo, gutural salió de su garganta. Ya con la vista adaptada a la tenue iluminación de la luna, Kyo percibió como el rostro de Yagami, descompuesto en una mueca bestial, sangraba copiosamente. De su boca brotaban gruesos surcos de sangre, lagrimas rojas bañaban sus mejillas y desde sus orejas caían rojos hilos que goteaban por el cuello. Su mirada indómita emitía un brillo carmesí, pero era incapaz de moverse.

A su alrededor el piso parecía haber descendido unos centímetros, generando un desnivel circular que se acentuaba con cada palabra pronunciada por aquellas criaturas, con cada rugido del disturbio. El cuerpo de Yagami daba señales de no soportar mucho más tal presión.

– ¡Deténganse! –grito Kyo, al tiempo que desplegaba sus flamas naranjadas. Salto con furia sobre el enemigo más cercano, derribándole con un impacto fuerte. Atenazándolo para evitar que rodara lejos, lo levanto por encima de sus hombros y dejo que las llamas Kusanagi envolvieran aquel extraño ser. La criatura grito con una voz humana y agonizante, las telas se consumieron, el cuerpo a totalidad se evaporo en cenizas candentes que revolotearon entre los dedos de Kyo.

EL castaño retrocedió un paso anonadado ante la imagen del ser siendo consumido a la nada. ¿Era algo real? ¿Estaba vivo? ¿Lo había asesinado a sangre fría? Sus cuestiones fueron interrumpidas en pocos segundos, cuando Yagami bajo el efecto bestial del disturbio se liberó del circulo que lo contenía.

Dio un salto rapaz sobre otro de los seres en túnica. Nuevamente un grito desgarrador fue emitido por el enemigo cuando Yagami le destajó entre conflagraciones violeta.

Kyo esquivo por poco un golpe filoso a la cabeza. No podía ver si su atacante tenía armas, no podía ver siquiera si tenía manos, pero una serie de ataques consecutivos lo agredieron, cada uno parecía realizado por un individuo independiente, como si aquel ser hubiese multiplicado su forma.

El encuentro entre ambos era real, la rigidez de sus golpes contra los brazos de Kyo no provenía de una ilusión, aquel ser oculto tras la túnica era una persona. La imagen del cuerpo siendo consumido a cabalidad por las flamas aún estaba latente en el castaño, impidiéndole atacar con confianza. Cuestión que no estaba para nada arraigada en Yagami.

Iori apareció de repente aterrizando entre ambos, con un movimiento rápido golpeo parcialmente a Kyo, quitándolo del camino como a un insecto que estorbaba en su cometido. El golpe no fue directo y a pesar que el Kusanagi logro bloquearlo, el impulso que generado por la fuerza descomunal de Yagami, lo hizo chocar estrepitosamente contra la pared del lado opuesto.

Cuando Kyo levanto la vista, lo primero que aprecio fueron un par de charcos sanguinolentos y humeantes cerca de él. Lo que rezagaba de los otros dos atacantes. Un grito ahogado, desesperado, emitió un eco abrumador en el callejón. Las flamas de tonos escarlata prevalecieron en la oscuridad llevando a las cenizas aquel ser.

Iori se incorporó tambaleante y alzo la vista al cielo. El torso estaba desnudo y la sangre cubría casi toda su piel que, bajo el fulgor lunar, era una tinta oscura que lo bañaba en un aspecto siniestro.

¿Cómo enfrentar a aquella amenaza, como hacerlo sin dañar a Iori, sin que este le hiriese de gravedad? Las preguntas cruzaros efímeras en la mente de Kyo, no planeaba un segundo encuentro con el disturbio y en esta ocasión, este era poseedor de un particular aire asesino.

La mirada carmesí destello tenebrosa. Un par de pasos lentos acortaron el amplio callejón en dirección al castaño, la bestia tanteando a su presa, regresando del éxtasis provocado por la muerte de sus enemigos.

– Yagami, no soy tu enemi… –pero a la sola mención de su nombre, el cuerpo poseído de Iori ya estaba desplazando un golpe bajo que ascendió con violencia. Kyo lo esquivo por muy poco y salto alejándose de la cercanía del pelirrojo. Este espacio a su vez fue cerrado con facilidad, propinándole tres leves tajos en el brazo cuando el castaño bloqueo el ataque al no alcanzar la evasión.

Iori arremetió contra el joven, de manera descontrolada y salvaje. Kyo solo lograba mantener una posición defensiva, protegiéndose con sus propias flamas cuando Las llamas violetas-escarlata de Iori brotaban peligrosamente. Grito varias veces intentando que lo escuchara, que la cordura regresara a él, pero era inútil.

Entre más agredía Iori sin éxito, mas ira desbordaba el disturbio, la frustración amainaba en la bestia dificultándole al castaño no atacar en defensa propia. Kyo podía escuchar voces cargadas de miedo a un par de cuadras, las explosiones que generaban al chocar las llamas no pasó desapercibida por los citadinos.

Debía alejar a iori de allí, enfrentarlo donde no hubiese riesgo de herir inocentes, pero Yagami no daba tregua, sus ataques reiteraban con un salvajismo atosigante. Kyo pensó que era hora de ganar terreno, si calculaba lo suficiente no habría daños comprometedores entre ambos. Por lo menos no si Yagami recuperaba la lucidez pronto.

Kyo respondió el fuego con fuego, atacó a Iori cuando vio la mínima oportunidad. Asesto golpes directos y un par de impactos que combustionaron con violencia haciéndole retroceder, pero el pelirrojo no se inmutaba, estaba inmunizado a las proyecciones de dolor. Lo único que logro provocar a cambio fue una oleada desbordante de ira acompañada de crecientes flamas que envolvieron los brazos de Yagami. Kyo retrocedió unos pasos hasta chocar con la malla caída. Conocía bien el efecto de aquel ataque y convocó la energía Kusanagi, cubriendo su cuerpo con un fulgor ardiente.

La ignición generada por el contacto desbordante de energías impulso a Kyo por los aires. Varios metros atrás, cayó inclinado sobre la carretera en los límites del terraplén que cimentaba un angosto pasaje peatonal a modo de mirador. Iori dio un salto antinatural en dirección a su oponente, pero Kyo ya se había alejado de la carretera, lanzándose por la borda balconada en dirección a la arena. Consideró que en la soledad de la playa nadie más correría riesgos y también estarían lejos de potenciales testigos.

Cayó y se ocultó tras la saliente del mirador, en el oscuro rincón arenoso posó la espalda en el concreto, recuperando el aliento. Atacar a Iori no era una opción viable, la resistencia de este era inagotable al no sentir dolor alguno. Si continuaba enfrentándose a Yagami terminaría siendo vencido por el agotamiento, eso sin contar que el cuerpo del pelirrojo no estaba en las mejores condiciones.

Pensó en la satisfacción que demostró este al acabar con sus presas minutos antes. El éxtasis al causar la mayor cantidad de daño. Una idea descabellada cruzo por la mente del castaño.

La sombra de Yagami cayó estrepitosa sobe la arena. Se irguió con una elegancia extraña y buscó a su objetivo, sus ojos daban la impresión de ver siempre más allá.

– Eh, maldito Yagami ¿Por cuánto tiempo más piensas ser el perro de Orochi? –Habló Kyo con fuerza, la silueta lo observo un par de segundos y arremetió nuevamente en su contra.

EL castaño detuvo parcialmente el golpe, permitiéndole a este pasar sus defensas con menos potencia y dar de lleno en el estómago. La fuerza inhumana de Iori lo dejo sin aire y revolvió sus entrañas. Cayó un par de metros entre la arena, cerca al muro de contención.

– Me haces cuidar…tu maldito culo…para esto ¿Eh Yagami? –habló con dificultad mientras se erguía. Nuevamente Iori lo miro un par de segundos antes de hacer el siguiente ataque. Kyo desvió uno de los golpes y permitió al segundo acercarse lo suficiente para dejarle cortes poco profundos en el pecho. Satisfacer el sadismo del disturbio, aplacaba su salvajismo. Forcejeo un instante con Yagami manteniéndolo cerca, inmovilizando sus manos. Aunque poseía una fuerza desmedida, el cuerpo herido del pelirrojo cedía a las incapacidades de ejercerla en forma.

– Prometiste darme respuestas Yagami. ¡Cumple tu maldita palabra! ¿Dónde está esa puta auto aclamada voluntad tuya? –Iori lo observo impávido, su rostro cubierto por el negro tinte de la sangre solo revelaba el fulgor carmesí de los ojos–. Sé que estás ahí. ¡Respóndeme Yagami!

El pelirrojo gruño con ira. La rodilla de este se encajó con fuerza en el costado de Kyo, desestabilizándolo. En un arranque de fuerza superior, Yagami liberó las manos y pateó al castaño en el pecho. Este retrocedió varios metros hasta chocar contra el muro de contención, se sostuvo el pecho y escupió algo de sangre sobre la arena.

Estaba funcionando, el castaño podía notar la diferencia en sus reacciones, pero no sabía hasta cuándo podría resistir las agresiones de Iori. Tenía el cuerpo entumecido.

– Maldición Yagami. No estás solo…–trago saliva recuperando la compostura, un sabor ocre inundaba su paladar–. ¡Ya deja de ser la maldita perra de Orochi!

Esta vez no hubo segundos de cavilación, ni gruñidos de amenaza. Solo un movimiento demasiado rápido para ser percibido por Kyo. Este atenazo uno de los brazos de Iori evitando que sus dedos le llegaran al cuello, pero el otro brazo asesto de lleno en el abdomen y el castaño dio un grito al sentir como los dedos penetraban la piel. Un dolor adormecido seguido de la sensación tibia del manar de la sangre le envolvió el abdomen. Maldijo para sí, aquellas palabras habían logrado el efecto opuesto.

Apretó con fuerza la muñeca de Iori, evitando que sus dedos penetraran más en la herida.

– Eh Yagami –hablo con una sonrisa nerviosa, cansada–. No podré resistir mucho. ¿Cuánto más me harás esperar?

Ahí estaba nuevamente, el momento fugaz de quietud, ¿De reflexión acaso? Kyo desconocía si sus palabras alcanzaban a Iori, pero aprovecho el ínfimo titubeo de este para soltarse del agarre y hacerlo retroceder con una llamarada.

– Kyooo –rugió el pelirrojo por lo bajo, su cuerpo hizo un par de movimientos convulsos, temblaba. Se resiste, pensó Kyo renovando sus expectativas.

– ¡Resístete maldición!

– Kyo…Kyoooo. –rugió con furia el pelirrojo y arremetió una vez más contra el castaño. El ataque tenía como objetivo el cuello, pero este lo bloqueó levantando el hombro e interponiendo el brazo.

Iori desvió el ataque bloqueado, agarrando con fuerza el hombro herido de Kyo. El dolor recorrió lacerante todo el costado del castaño. Con un gruñido entrecortado perdió el equilibrio a causa del dolor, pero Iori lo levanto por el cuello atenazándolo contra el terraplén bajo el mirador. La inclinación del concreto dejo a Kyo en desventaja, intentando en vano separar los rígidos brazos de Iori de su cuello. El aire empezó a escasear en sus pulmones.

Lo estaba estrangulando sin titubeos, sin limitaciones. El castaño temió que su cuello fuera a partirse en cualquier momento, el rostro de Iori era un vacío oscuro con solo dos puntos fulgurantes de rojo carmesí.

– Deten…Ya…gam…–su voz salió débil. Comenzaba a ver que la oscuridad proveniente de Iori se esparcía, nublándolo todo. Se estaba ahogando.

Una mueca que simulaba una sonrisa desesperada cruzo el rostro congestionado del castaño, su voz ahogada salía casi inaudible, si Iori no se detenía arderían juntos, pensó Kyo, estando ya a las puertas de la inconsciencia.

– ¿M…entreg…ras…a él…Iori? –hablo ya en el límite, la oscuridad había cegado sus ojos y la flama cálida de los Kusanagi se extendió tímida a lo largo del brazo.

No fue necesario el uso del fuego. Tras aquellas palabras, la presión del cuello cedió con brusquedad y el cuerpo de Kyo se deslizo exhausto bajo la sombra del pelirrojo. Un fuerte acceso de tos equilibro el oxígeno en sus pulmones.

Al levantar la vista bajo el cuerpo oscuro de Iori inclinado sobre él, apoyando las manos en el muro de contención, Kyo ya no percibió el fulgor rojo de los ojos de la bestia. Iori jadeo cayendo de rodillas, quedando a la misma altura que el castaño. Kyo sintió la mirada intensa del pelirrojo a pesar de que en medio de la densa oscuridad no podía diferenciar nada.

– Eres estúpido, suicida e irracional… –la voz de Iori broto ronca, con respiración entrecortada.

Kyo rio sin ganas. Maldito infeliz, pensó. – Bastardo ingrato. –dijo. Podía sentir la sangre que humedecía la tela del pantalón, la herida del costado era profunda.

Ya en aquel momento de calma el cuerpo se negó a sostenerse, ninguno de los dos se movió en varios minutos, con una proximidad íntima y silenciosa, recuperando las fuerzas.

– Te tomaste mucho maldito tiempo Yagami. Casi creí que por fin lograrías lo que tanto habías deseado. –hablo Kyo en tono burlón y cansino. El cuerpo le cedió a la extenuación y poso la cabeza en el hombro derecho de Iori, recostando de forma involuntaria, parte de su agotamiento en él.

Iori guardo silencio. Ascendió la mano por la espalda del castaño posandola entre los cabellos húmedos a causa del esfuerzo, presionándolos con un toque sutil. Kyo se tensó ante el gesto del pelirrojo. ¿Eso era una caricia?

El corazón le dio un vuelco confuso, aquello era algo muy ajeno a la dinámica que solían compartir. Aun así, el castaño no lo evito y se permitió sentir aquel delicado toque de parte de su enemigo.

Kyo pensó en lo hilarante de la situación; primero Yagami le hería de gravedad buscando matarlo y luego ¿Lo abrazaba? Las palabras de Benimaru se evocaron en su memoria "Una relación enfermiza"

El pelirrojo alejo la mano repentinamente, el castaño pudo apreciar como sus músculos se tensaban y aprovecho para finalizar el contacto entre sus cuerpos, posando su peso en el muro inclinado.

La situación se estaba tornando en extremo incomoda. Allí, en un rincón de la playa en medio de la oscuridad, con tan poco espacio entre ambos, que esa caricia tuviera lugar concertado, no era algo aceptable para ninguno de los dos.

Les tomo unos minutos más recuperar el aplomo, quedándose en un engorroso silencio, manteniendo una cercanía aún más incómoda.

Kyo desvió la mirada tanteando el muro a ciegas, posando su peso en los bordes de refuerzo para erguirse. Iori se levantó sin ayuda con un leve gruñido de dolor y camino fuera del rincón oscuro para ser bañado nuevamente por la luz pálida de la luna.

Kyo le siguió con mucha mayor dificultad. Podía tantear los daños en su cuerpo. Nada muy grave a excepción de la herida sangrante en el abdomen y de pronto una que otra costilla fracturada. El intenso palpitar del hombro hacía un juego perfecto con la oleada de dolor en el torso y como olvidar las marcas que adornarían su cuello por varios días.

Si a Yagami se le ocurría regresar a otro estado de disturbio en el futuro, en esa ocasión solo optaría por reducirlo a cenizas, pensó resentido.

Iori lo observo de pies a cabeza al caminar con dificultad por la arena, con la severidad marcada en el rostro, acentuada por las sombras intensas y los tintes oscuros de la sangre.

– Imbécil arrogante. ¿Tus planes siempre incluyen salir mal herido?

– No, al parecer solo los que están relacionados a ti. –habló resentido el castaño, recordando como todo había sido un deja vú, uno peor que el anterior.

– ¿Que? ¿Te sientes en deuda conmigo Kyo? –una tenue sonrisa maliciosa relució a través de la oscuridad del rostro de Iori.

– Solo juego las cartas que tengo a la mano. –respondió molesto. Aun así, ver de nuevo a Yagami con su casual y odiosa personalidad, daba a Kyo un particular alivio.

– Debemos hablar Yagami, encontré algo importante en el templo Kagura antes de que nos atacaran. –habló Kyo presuroso, había recordado de golpe la necesidad que tenía de que Iori despertara.

Hpm, tu siempre quieres hablar en los momentos menos oportunos. Nada va a cambiar si lo hablamos ya o después. Debemos salir de aquí primero –hablo el pelirrojo con tono autócrata, acercándose al joven Kusanagi. Posó su mano sobre la de este a la altura de la herida y presiono–. Sé a dónde ir.

Kyo miro molesto a Yagami, la desinteresada importancia que le ofrecía al tema. Aquella mirada penetrante, amenazadora, que no mutaba su aire asesino ni estando a punto de brindarle ayuda con la herida en su abdomen. Una vez más ofreciéndole un rumbo claro a la desastrosa sucesión de hechos. Iluminando con parca facilidad el curso que debían seguir.

Una sonrisa amarga se dibujó en el rostro del castaño. Asintió con la cabeza aceptando la decisión unánime de Yagami. Recuerdos vagos de los últimos días cruzaron fugaces. Lo supo en ese momento, algo en él estaba cambiando con respecto a Iori.