Iori se encargó de apretar la herida del abdomen de Kyo en un proceso doloroso, nada amable, pero bastante efectivo. Se alejaron dejando rastros en la arena, evadiendo la zona donde había iniciado el conflicto. Aunque llevaban pocos minutos caminando por la playa al castaño se le hacía difícil avanzar, tras la pérdida de adrenalina y la quietud momentánea, el cuerpo resentía cada mínimo daño recibido.

Iori respiraba con dolor, se detenía por momentos donde intentaba inhalar profundo, pero solo lograba tener accesos de tos que le hacía escupir sangre sobre la arena. A pesar de ello poseía un paso mucho más firme que el de Kyo.

– Muévete Kusanagi, debemos salir pronto de esta zona. Limpiaremos nuestras heridas y buscaremos un taxi. –su voz ronca, cargada de determinación.

– Como demonios aguantas tanto Yagami. ¿Orochi te carga un par de baterías extra? –hablo con cinismo en la voz. Iori no respondió al instante.

Podía percibir el titubeo en los movimientos del pelirrojo, la respiración entrecortada. Estaba lejos de tener buenas condiciones e incluso en un par de ocasiones le dio la impresión de que se desplomaría, pero Iori seguía adelante hablando como si nada hubiese sucedido, exigiendo mantener el ritmo. Kyo se sentía molesto y el dolor ensordecedor de las heridas no colaboraba con mantener una buena actitud.

– El diablo cuida de los suyos Kusanagi. Ahora muévete. –habló Iori cortante, zanjando el asunto.

Kyo guardo silencio, solo tenía en mente el deseo de una cama tibia donde dormir durante días, incluso la cuestión de Chizuru le era vana e irrelevante en ese momento. Vendería el alma por un baño tibio y un espacio cómodo, así se lo ofrecieran desde el mismísimo Yomi.

Avanzaron a lo largo de la playa oscura, el ronroneo del oleaje, acompañado de la salinidad fresca de la noche, daba a aquella caminata una calma necesaria. A mitad del recorrido el terraplén de la zona del mirador cortaba de forma abrupta la extensión de la calzada, dando pie solo al muro de contención y la carretera.

Ya se encontraban a una distancia justa del lugar, así que se acercaron al mar y limpiaron la sangre escandalosa que les cubría la piel. Casi toda la sangre que Yagami tenía sobre sí pertenecía a otros, este se denotaba tranquilo, lavando su cuerpo con una frialdad inquietante. Kyo aún mantenía la sensación desagradable al pensar en la incineración de aquella persona entre sus manos.

Encontraron un taxi tras caminar varias cuadras alejándose de la carretera costera. El hombre los miraba constantemente por el retrovisor bastante nervioso. Aunque Iori le exigió mantener el interior del taxi a oscuras, era imposible ocultar los rastros del conflicto, ambos daban una imagen atemorizante.

Kyo canceló la carrera con el efectivo que le restaba, los billetes estaban algo húmedos y uno tenía una punta manchada de un tono rojo granate. El taxista los recibió sin contar la cantidad y arrancó presuroso.

Subieron en el ascensor, no habían cruzado palabra desde la playa y cierta complicidad en las miradas rondaba la ausencia de conversación. El ascensor se detuvo en una ocasión, pero las personas que aguardaban el piso se quedaron quietas, cautelosas, ante la imagen derruida e intimidante de ambos, recostados a los laterales de la plataforma. La mirada agresiva de Iori los hizo reconsiderar abordar y las puertas se cerraron ante los rostros asustados.

Accedieron al piso indicado, Kyo camino con debilidad por el pasillo deteniéndose contra un muro y presionando el abdomen. Tres partes diferentes de su cuerpo competían por ganar la hegemonía de dolor, dificultándole hasta algo tan sencillo como respirar.

– Estas a solo unos metros Kusanagi. No pienso llevarte a rastras. – habló Iori impaciente mientras buscaba las llaves que no tenía, en el pantalón.

– Como si pudieras hacerlo. – respondió el castaño con una sonrisa cargada de resentimiento. Yagami tenía un aspecto peor que el suyo, conservando algunos restos de sangre seca entre las manos y el cuello.

Sacó las llaves de la chaqueta y se las lanzó al pelirrojo, la reacción de este fue lenta, pero logró atraparlas contra su pecho antes de que cayeran. Iori le ofreció una mirada desdeñosa tras lo cual abrió la puerta. El castaño caminó apoyando el brazo en el muro hasta la entrada, solo necesitaba unos minutos de descanso para recargar energía y posiblemente indefinidas horas de sueño para recuperar el alma.

Ambos subieron con dificultad hasta la segunda planta, en la habitación rondaban temperaturas bajas, nada confortantes. Iori viro en dirección al cuarto de baño.

– Siéntate en la cama y espera.

Kyo obedeció sin chistar. Mi alma por una cama cómoda, pensó con una sonrisa cansina. Recostó el cuerpo sobre las sabanas de tacto suave y textura pulcramente labrada. Las telas se mancharon con sangre, pero le importaba muy poco en aquel momento para considerar siquiera hacer algo al respecto.

La cama de Iori era un segmento maravilloso de cielo acunando el malherido cuerpo del castaño, con solo sentir los músculos relajados y el dolor menguado un poco, Kyo fue presa de un sopor insoportable.

En medio del estado aletargante que le producía la comodidad de la amplia piltra, escuchó a Yagami revolver algo en el cuarto de baño con familiares sonidos metálicos. Cayó profundamente dormido.

Iori desinfectó con alcohol las heridas de su cuerpo de manera superficial, aplico antibióticos en las más profundas y se inyecto un par de calmantes para el dolor. Organizo a un lado todo lo necesario para suturar las heridas de Kyo y alistó un par de calmantes de menor contenido.

Se detuvo un instante ante otro rezagado acceso de tos y limpio la sangre de su boca con una toalla. Las secuelas del disturbio solían durar varias horas después de terminado el efecto de este.

Programó la ducha para llenar la bañera en solo agua caliente, recogió los implementos del botiquín y regreso al cuarto. Kyo yacía recostado en la parte baja de la cama, con los pies posados en la alfombra. Había rastros de arena desde las escalas, provenientes del calzado de ambos.

El rostro pálido del castaño contrastaba con la chaqueta oscura, tras la gran pérdida de sangre por la hemorragia del hombro, ser herido una segunda vez en tan pocos días le dejaba secuelas innegables en el semblante. Respiraba con completa tranquilidad como si ya no existiese amenaza alguna. Iori se inclinó sobre el castaño, una sonrisa vil se formó con facilidad al ver lo vulnerable que se encontraba.

– Tu no aprendes Kusanagi. –habló bajo mientras exploró con sus manos el pecho de Kyo, separando la tela de la chaqueta a los costados, apreciando que el corte era largo pero superficial.

Sin separar las manos de la piel del castaño, descendió al abdomen. El tacto helado de los dedos de Yagami sobre el vientre, hizo que Kyo diera un respingo, un gemido involuntario de molestia salió suave de sus labios. Iori sintió una débil oleada de satisfacción que le tensó el abdomen. Corto el contacto con brusquedad, evadiendo un arranque desconocido de deseo por generarle dolor al Kusanagi.

Separo las telas húmedas de sangre y dejo al descubierto las heridas del abdomen. Cuatro perforaciones insidiosas de leve profundidad sangraron al perder presión. Iori lavo las heridas aprovechando la inconsciencia del castaño, aplicó un poco de alcohol para iniciar la sutura, ante lo cual Kyo se encogió de repente, despertando alarmado por el ardor. Estiro una mano rápida y agarro a Iori por la muñeca.

– Una vez más despiertas en la peor parte Kusanagi. –habló el pelirrojo soltando con brusquedad la mano del agarre–. ¿Quieres un sedante? –pregunto en tono cínico sabiendo de antemano la respuesta del castaño.

Kyo lo miro algo desorientado por el abrupto despertar, entrecerró los ojos e inclino la cabeza hacia atrás.

– Continúa.

La cantidad de puntos para suturar no era muy numerosa, pero a cada apretón del hilo tras finalizar una herida, Kyo emitía gemidos ahogados y roncos, su abdomen se tensaba marcando sus bien formados músculos abdominales y algunas gotas de sudor le descendían perezosas por el vientre, allí donde el pantalón yacía desabrochado.

Iori lo sentía, cada tensión, cada quejido acompañado del retorcer de la sabana bajo las manos sudorosas del castaño. Su sufrimiento le era placentero, una extraña satisfacción amainaba en su vientre con cada reacción de dolor proveniente del Kusanagi.

– No tienes que disfrutarlo tanto…sabes. –habló Kyo con voz ronca, su expresión sudorosa cargada de irritante indignación. Iori sonrió con sorna.

– Quédate quieto. –habló al tiempo en que apretó la última incisión suturada. Kyo se recostó sobre la cama ante el tirón doloroso, evitando reaccionar ante la punzada.

– ¿Que se siente suturar las heridas que tú mismo generaste Yagami? –pregunto el castaño con la voz aun ronca. Eran palabras cargadas de resentimiento.

– Que es una lástima no haber sido consciente de ello –respondió tomando unas vendas limpias del botiquín–. Levántate.

Kyo accedió de mala gana mientras Iori muy cerca de él, le rodeaba el torso en tela elástica esterilizada.

– Eh Yagami... En serio disfrutas tanto herirme, maldito enfermo. –habló Kyo enojado, irritado, con el deseo de golpearlo regresando latente.

Iori apretó el vendaje con fuerza atrayendo a Kyo hacia sí, cerrando a una distancia mínima el espacio entre ambos. Sus torsos desnudos hicieron contacto por unos segundos y Kyo sintió el aliento tibio de Iori cerca al cuello.

– No puedes imaginar cuanto… –habló con voz baja e intimidante.

Kyo lo empujó con brusquedad alejándolo de sí. Yagami estaba sonriendo con una malicia insipiente, se estaba burlando de él.

Los vendajes al no estar asegurados se aflojaron y Kyo los sostuvo para que no cayeran. Iori lanzó un par de ganchos medianos, el castaño los atrapo con destreza en el aire.

– Ya hice lo suficiente, te puedes encargar del resto. –puntualizo el pelirrojo regresando a su casual expresión de seriedad, a aquel semblante de completo agotamiento. Sin más palabras ingreso al cuarto de baño.

Kyo se sentó en la cama adolorido, enojado. La cercanía repentina de Yagami, sumada a aquellas palabras le había alterado los nervios.

Maldito enfermo, pensó mientras las palpitaciones en su pecho se regulaban.

Iori se desnudó, caminó a la bañera dejando tras de sí un rastro de zapatos y tela. Sumergió la piel en el agua ardiente, queriendo arrancar de su cuerpo todo rastro de la muerte de aquella mujer. Pasó largo rato en silencio, buscando sin éxito despejar la mente.

Escenas incompletas rondaban sus memorias. Médicos siendo reducidos a endebles muñecos en llamas, la joven que se acercó a él en medio del parque, preocupada por sus heridas. Aquel chico que, por protegerla de la agresiva exigencia, termino siendo herido brutalmente. El sonido del hueso al quebrarse cuando detuvo al joven compañero de este. Kyo…las heridas propinadas, la determinación abnegada a hacerle daño, gritando, exigiéndole el regreso a la cordura.

Observó sus manos mientras estas se sumergían, el reflejo se hizo difuso mezclándose con la forma temblorosa de la sangre que escapaba de varias partes de su cuerpo en forma de hilos retorcidos que se disolvían en el agua.

Había descubierto la manera de mantener la consciencia, de la misma forma que descubrió como funcionaba aquel estado alterado de conexión. Jamás volvería a ceder ante el disturbio, como tampoco lograrían atraparlo de nuevo en aquella pesadilla. Despreciaba profundamente violentar personas inocentes y era algo que había estado haciendo con demasiada facilidad.

Iori apretó los puños dejando que el odio que sentía hacia sí mismo en ese momento, corriera venenoso por su torrente. Un acceso de tos le llego violento y lo cubrió con la mano, sintiendo como el líquido tibio goteaba entre los dedos.

Estas serán las ultimas gotas que derramare por el disturbio, pensó con una ira amarga, mirando por largo rato como el goteo carmesí generaba volutas en el agua.

Kyo termino el trabajo inacabado de curar sus heridas, la gran mayoría, leves cortes a lo largo de la piel casi todos causados por Iori. La irritación que tenía con el pelirrojo aumentaba a cada mínimo detalle de su personalidad y a la vez se sentía agradecido por tener de regreso al bastardo.

Con el cuerpo algo descansado, la cuestión de Chizuru y la rara alucinación en el semáforo cerca al centro de la ciudad, regresaban a tomar la merecida importancia. Le extrañaba que Yagami mostrara tan poco interés cuando intento hablar con él. Lo que habían buscado era justamente aquello que Kyo encontró bajo los restos de la fogata. No comprendía por qué Iori mantenía una repentina postura abyecta al tema. Kyo se preguntó si Yagami había descubierto algo que él desconocía.

Una fuerte tos resonó tras los muros de la cama, el eco ronco llego a la habitación amplificado por la acústica del cuarto de baño. Tras aquel acceso, que se denotaba doloroso, una absoluta quietud reino. Durante largo rato no hubo nada más que el silencio acompañado por el ulular del viento en el balcón.

Kyo caminó sigilosamente hasta la entrada del vestier, buscando un ángulo desde el que pudiese ver al pelirrojo y corroborar la absurda punzada de preocupación que le trajo la ausencia de sonido.

Iori estaba en la bañera, sus hombros desnudos se denotaban caídos, la postura estaba levemente encorvada y la cabeza reposaba en el dorso del brazo. La mano derecha sobresalía fuera del agua e intensas manchas rojas habían dejado de gotear por la palma y la muñeca.

El pelirrojo las observaba en una quietud hipnótica. Un aura de pesadez rondaba aquella imagen. Kyo comprendió que la cuestión que embargaba a Iori en ese instante, difería mucho de lo que él consideraba relevante. Observó un poco más al pelirrojo, hasta que este sumergió todo su cuerpo en la bañera sin percatarse de la presencia del castaño. Abandono el vestier sin más movimientos furtivos.

La habitación seguía concentrando muy bajas temperaturas dada su estructura abierta. Los instrumentos al fondo de esta, daban visos dorados bajo el reflejo de la tenue lámpara empotrada en la pared sobre la cabecera de la cama. Kyo paso los dedos por varias cuerdas de una de las guitarras, estas respondieron con un quejido desentonado.

El sonido del agua corrió con un eco lejano, para de nuevo resonar en repiqueteos contra la loza de la bañera. El castaño se mantuvo contemplando los instrumentos, cuestionando que, si esa era la vida que Iori amaba, porque no aceptar renunciar al magatama. Pensó dubitativo si el orgullo de Yagami era más grande que su propio deseo por vivir y convino finalmente que no debía ser así.

La presencia de Iori lo tomo por sorpresa, se había acercado de manera imperceptible. Recostó el cuerpo en uno de los banquillos y sin mirar a Kyo poso en su regazo la segunda guitarra.

– Toma un baño rápido Kusanagi, debemos partir pronto.

El castaño contemplo a Yagami, este yacía sin camisa, con las heridas desnudas y el cabello húmedo goteando sobre el pantalón mientras afinaba el instrumento. Su expresión agotada se mantenía intacta y Kyo ya sabía bien a que se debía.

– No eres ningún monstruo Yagami. –habló casi de manera inconsciente, como si necesitara dar una rápida respuesta a una pregunta no formulada. Iori levanto la vista con lentitud, pero en ella no podía leerse emoción alguna. Las miradas se cruzaron silenciosas varios segundos.

– Hmp ¿Intentas empatizar conmigo Kusanagi? –bufó Iori.

Kyo desvió el rostro sin dar respuesta y abandono la habitación.

Recibió con absoluto agrado el tacto ardiente del agua en la piel tras haberse dado un baño rápido en la ducha. Sintió como si el cansancio de mil combates pudiese ser diluidos por el abrasador fluido, descansó la cabeza en el respaldo curvo de la loza y se permitió disfrutar del envolvente abrazo de placer.

Repentinas notas musicales rebotaron en las paredes vacías del baño, una melodía lenta de tonos perezosos y alargados danzaban en el rincón donde Kyo reposaba. El castaño cerro los ojos, la canción se le hacía familiar, un vaivén de toques melancólicos pertenecientes al blues que Iori interpretó en el bar la noche anterior. Las notas provenientes del vibrar metálico de las cuerdas, acunaban en él un sentimiento cálido de tranquilidad. Respiro profundo y deseó que aquel momento no cesara.

Tras unos minutos la tonada de suavidad aguda y crescendos graves, finalizó con la languidez de un par de notas. Después de un rato silencioso Kyo percibió como tras el delgado espacio de la puerta entreabierta del cuarto de baño, la silueta de Yagami cruzaba el vestier. Decidió que era el momento para abandonar la bañera, aunque su cuerpo deseara no moverse en absoluto.

Salió del baño dejando un rastro húmedo tras de sí, cubriendo la cintura con una toalla de cortas proporciones. Yagami yacía de espaldas tomando varias prendas de los entrepaños, ya se encontraba completamente vestido. Kyo recordó de golpe el papel con su fotografía siendo consumido por la llama naranja, pero en Iori no hubo reacción alguna al respecto. ¿Cuánto tiempo podría haber pasado desde la última vez que Yagami piso su residencia? pensó.

Iori giró con varias prendas escrupulosamente dobladas entre las manos y tras darle a Kyo un vistazo rápido de pies a cabeza, entrego un par de ellas a este.

– Vístete, saldremos ya.

– ¿Cuándo piensas decirme a dónde iremos? –habló Kyo despreocupado, organizando con cuidado los brazos dentro de la camisa de tela delgada, el dolor no había menguado mucho con el baño relajante, pero era soportable. La camisa se pegó a la piel cuando entro en contacto con la humedad de algunas partes de la espalda y el pecho.

La mano de Iori se extendió interponiéndose entre el proceso de abotonado del castaño, los dedos fríos de Yagami tocaron la parte baja del abdomen, cruzando suave sobre el elástico esterilizado que cubría la herida.

– No. –Iori alejó con un leve empujón las manos de Kyo– Debe estar vendada. – Salió de la habitación haciendo una seña para ser seguido.

Otro contacto sutil e innecesario se había dado, provocando en la piel del castaño un cosquilleo incómodo. Kyo se quedó un momento vistiendo el resto de su cuerpo, soportando las punzadas al retirar nuevamente la camisa. No pensaba estar semidesnudo ante Iori cuando pusiese la venda por segunda vez.

Yagami estaba sentado en la cama, la ropa retirada del closet estaba minuciosamente organizada en una maleta abierta de medianas proporciones. A un costado de este, las vendas blancas aguardaban a Kyo.

El castaño se acercó dócil, descargó los zapatos a un lado de la cama y cruzó los brazos tras la cabeza, permitiendo a Iori envolver su abdomen bajo. La venda rodeo con facilidad, pero Kyo dejó escapar un gruñido suave al momento de ser apretadas.

– Escoge rápido cual narcótico piensas usar. –habló Iori abrochando los ganchos y liberando el abdomen de Kyo, irguiéndose al lado de este– Espero no tener que cuidar de ninguna otra pataleta febril.

– Vaya, ya estas considerando hacerlo. –respondió el castaño divertido. Iori suspiro cansino, aseguró los cierres de la maleta y la levantó de golpe.

– Toma uno del botiquín y trae el resto. –puntualizo al bajar las escalas de la habitación.

– Aun no me dices a dónde vamos. –espeto Kyo calzando los zapatos. Desde la planta inferior no hubo respuesta alguna y el castaño refunfuño enojado con aquella mala costumbre de Iori de no responder a sus preguntas.

Meditó un par de minutos frente al botiquín repleto de fármacos. Estaba siendo superado por las incesantes punzadas de dolor, así que opto por una solución oral, la cual considero de menor intensidad. Empacó los demás medicamentos en un pequeño bolso auxiliar y descendió a la planta inferior. Una corriente de viento fría cruzo la sala de estar hasta el castaño, en el aire revoloteaba el olor a humo de cigarrillo.

Iori estaba en el balcón con la gabardina siendo agitada por la corriente de viento; tenía los hombros algo caídos, reposaba su peso en el límite de concreto al borde del muro mediano que daba a la calle, la mirada estaba fija en la pálida luna que se asomaba tímida, opacada por las luces de la ciudad. Kyo se acercó al balcón, descansando la espalda en el dintel metálico.

– Ahora sí, dime de una vez a donde diablos iremos.

Iori dejo el resto del cigarrillo retorcerse entre las llamas violeta que se encendieron en su mano, sacó unos guantes del bolsillo de la gabardina y apretó el cuero contra la piel al vestirlos.

– A un lugar seguro donde curar nuestras heridas. Donde hablar minuciosamente y planear con tranquilidad como proceder.

Kyo no sabía a qué sitio se estaba refiriendo Iori, pero aquellas palabras fueron suficientes para él. No importaba donde, si aquel lugar podía ofrecerles todo eso, entonces era el lugar correcto.

– ¿Cómo sabes que es seguro, cuando aquella maldita sombra siempre logra localizarte?

– A ese lugar no podrán acceder los ninjas Yagami que nos atacaron en el templo. Y el espectro…de eso me encargo yo Kusanagi. No volverá a suceder.

– ¿Ninjas…Yagami? –Kyo miro a Iori sorprendido–. ¿Eran del clan Yagami…y estaban intentando matarte?

– No. Intentaban matarte a ti. –Iori hizo una pausa en la que rozo el dorso del brazo, recordando el primer dardo que impactó, adormeciendo la piel–. No tendrán una segunda oportunidad. Puedes asegurarlo.

Kyo rió irritado ante la confianza en la voz del pelirrojo.

– No lo entiendes…la carta de Chizuru dejó claras sospechas de que había traidores dentro de los clanes Yagami y Kusanagi. –hubo una corta pausa donde Iori miro a Kyo con un silencio expectante.

– La maldita carta la encontré en el templo, justo antes del ataque…ella la dejó para nosotros. Tenías razón. –puntualizo Kyo. Solo pensar en el asunto le depositaba un peso enorme sobre los hombros.

– ¿La tienes aquí? –habló Iori cortante. Kyo agacho la vista y sacudió la cabeza.

– La tiene mi padre. –dijo con voz apagada. Había sopesado la respuesta de Yagami, pero a pesar de lo sucedido en la casa Kusanagi, no podía dejarlos a oscuras y menos sabiendo que el viejo tonto de Saisyu Kusanagi, habría hecho caso omiso a sus palabras si no dejaba la carta.

Iori observó al castaño por un momento. Las curvas oscuras que tenía bajo los ojos, denotaban las pocas horas de descanso, el cuerpo recostado en el dintel depositaba el peso siempre en la misma pierna, evitando respiraciones profundas y apretando con delicadeza el brazo al costado. Durante largos años de perseguir a Kyo, el pelirrojo había aprendido a leer a su oponente y a conocer cada mínima parte de su postura. El agotamiento no necesitaba ser analizado para desbordarse en la mirada que el castaño le dedicaba al piso. De igual forma iori sentía la extenuación, incluso bajo efectos del sedante, los músculos no soportaban con la misma eficiencia el peso del cuerpo herido y el desgaste mayor estaba en su interior, donde el riot dejaba secuelas de profunda debilidad.

El pelirrojo guardó silencio y paso de largo regresando a la sala de estar.

– Debemos irnos.

– No. No solucionaremos nada siempre dejando conversaciones inconclusas Yagami.

– No solucionaremos nada hablándolo aquí y ahora. –Iori dedico una mirada cansina a Kyo–. Ya tendremos tiempo de sobra para compartir información Kusanagi.

Kyo maldijo dándole la razón al pelirrojo. Se masajeó el hombro herido hasta el cuello y siguió a Yagami fuera del apartamento.

Recorrieron el estacionamiento cruzando la amplia calzada de circulación. Kyo recordó las largas líneas plateadas que cruzaban el costado derecho del Volvo. La mujer a la que casi había atropellado y el muro con el que evito chocar al evadirla.

– Eh…Yagami. –habló dubitativo, no muy seguro de decirlo antes o después de ver el auto.

– ¿Cuándo entraste sin autorización a mi residencia? –le interrumpió Iori inmutable, pero frío.

– ¿Ah? ...bueno, no tenía muchas opciones, no estabas respondiendo ninguna de mis peticiones. Igual solo tome un par de prendas, no es que me interese husmear entre tus cosas. –acotó Kyo sin mirarlo. El castaño podía sentir aquellos irises rojos traspasándolo, pero Iori se mantuvo en silencio.

Al llegar al auto, Yagami observó detenidamente el costado del Volvo. Su mirada asesina cruzaba desde la farola lateral hasta la segunda puerta el auto. Dos largas líneas contrastaban con el impecable plateado oscuro del vehículo.

A Kyo se le hizo cómico el cambio de situación. Guardó silencio decidido a no dar explicaciones inútiles, aguardando una mala reacción del pelirrojo, pero este se mantuvo silencioso, abrió la puerta del conductor, arrojó la maleta y el botiquín a la parte trasera y tomo asiento al volante haciendo rugir el motor.

Kyo se acomodó desconfiado, que el pelirrojo pareciera tener una actitud desinteresada ante todo, tan contrastante a su irascibilidad habitual, no le agradaba. Pero supuso que ahora no era momento para nada, salvo llegar a la zona segura y descansar.

El auto se deslizo con la suavidad de un gato hasta el primer piso. Cruzó veloz en dirección a la zona central y tomó una de las calles principales que desembocaba en la salida norte de la ciudad.

Viajaron durante una hora donde el único sonido dentro del vehículo, era el ronronear mecánico del motor. Iori no separaba la vista del camino, pero daba la impresión de no estar mirando al mismo. El aire en su expresión fría se notaba alterada, su mandíbula se tensaba por momentos y la fuerza con la que las manos enguantadas apretaban el volante era innecesaria.

Kyo observó con disimulo la facilidad con la que Iori se lastimaba a sí mismo, posiblemente era él quien más cuestionaba las consecuencias de perder el control y a pesar de mostrarse deshumanizado, todo aquello le afectaba; aun así cualquier palabra que el castaño pudiese compartir al respecto solo empeoraría el estado de Yagami, dada la naturaleza de su relación.

– Siento lo del rayón, puedes estar seguro que no era mi intensión chocar con aquel contenedor. –rompió Kyo el silencio, esperando finalizar las cavilaciones de Iori. Este lo miro de soslayo sin comprender porque Kyo se disculpaba, luego la presión en el volante menguo y la mano de Yagami cruzó al panel táctil de sonido.

– Sé que puedes vender tu moto para pagar los daños. –habló el pelirrojo despreocupado, buscando en la pantalla una lista de reproducción.

– Eh? No puede ser...no venderé mi moto. ¿Es en serio tan costoso? –indagó Kyo preocupado.

Iori dio inicio a una canción de la lista e ignoro la pregunta del castaño con una sonrisa pérfida en respuesta. Kyo descargo todo el peso en el asiento, molesto por haber creído el comentario de Yagami, pero a la vez satisfecho por romper aquel estado de autocastigo en el que se había sumido el pelirrojo. Prefería mucho más su perfil molesto, cínico, que aquella silenciosa amargura.

Pensar en tener preferencias al tratar con una actitud soez como la de Yagami le pareció hilarante. Siempre se habían entendido mejor con los puños; pasar de eso a tener diálogos fluidos y trabajar en equipo era algo para lo que ninguno de los dos estaba preparado.

Kyo sonrió e inclino el asiento del pasajero, estiró lo que más pudo el cuerpo y dejó que la música compuesta por un piano, un saxo y una profunda voz masculina lo llenara de ensoñación.

– Tienes muy buen gusto musical Yagami. –habló distraído, con los ojos cerrados disfrutando de la incursión suave de nuevos instrumentos que no lograba diferenciar. Las ventanas del Volvo descendieron y una ráfaga de viento helado revoloteo dentro del auto, el humo de cigarrillo fue arrastrado en dirección a la carretera, siendo apenas percibido por el castaño.

El sonido rasgado pululando en los altibajos líricos de un sueño perdido y el viento frío en el rostro, fue lo último que Kyo percibió en el resto del trayecto. Cayó en un sueño tan profundo como la noche.