El Audi avanzó por la calzada a gran velocidad zigzagueando entre algunos autos de paso. El tráfico, que en las amplias carreteras externas al centro se limitaba a unos pocos vehículos, les facilitó el recorrido.

Iori condujo con la mirada perdida en una tormenta lejana que acechaba silenciosa entre destellos cubiertos en los lindes del firmamento oscuro. Dentro de él, el deseo de venganza amainaba intenso. La rabia fluía con la comodidad con que solía hacerlo, pero a pesar de disfrutar la idea de tener por fin entre sus manos a los perpetradores del ritual, era consciente del estado debilitado de ambos, y que, tras el descubrimiento de Kyo, cabía la posibilidad de que estuviesen preparados para recibirlos. Nunca había sido alguien de planear detenidamente un ataque y menos cuando la sangre urgía por el conflicto, pero Kyo y el recuerdo aun latente de su muerte, parecían presionar en él, consideraciones que antes no importaban.

Miró un instante al castaño de soslayo, este continuaba recostado con el asiento levemente inclinado, tenía los ojos cerrados pero su respiración irregular era prueba de que se mantenía consciente. Su tes era pálida y su expresión tensa, la camisa descuidada y medio abierta dejaba entrever el pecho y sus cardenales. Iori sintió el impulso de tocarlo, sabiendo que esas marcas habían sido provocadas por el desesperado intento de traerlo a la vida, pero regresó la vista a la carretera apretando el volante con fuerza. Sintiendo las voces de Orochi, la de sus antepasados, enardecer ante el deseo superfluo.

"Es tu enemigo" Llegaron aquellas palabras como un sonido apagado, era la voz de alguien a quien conocía, una que logró separarse clara entre las voces irregulares que pedían la muerte del Kusanagi. Aquella voz no provino de lo que sea que acompañaba su existencia. Esta nacía de un recuerdo distante de la infancia. Es mi enemigo, pensó Iori. ¿Lo es, padre?

Viró por la carretera principal rumbo a la salida norte. El giro fue violento al tomar la curva y Kyo abrió los ojos ante la maniobra. Inclinó el asiento hasta la ventana y se percato de que estaban tomando ya el mismo camino que su padre. Él conocía bien esa carretera, la había recorrido muchas veces al viajar en la moto a velocidades extremas.

Faltaba poco, pronto llegarían al lugar donde visualizo el secuestro de Saisyu. Pensar en aquella memoria generó en Kyo una punzada dolorosa. Apretó los ojos por impulso, evitando sostenerse la cabeza, deseando no llamar la atención de Yagami.

Duele, pensó con rabia. Todo lo que estaba relacionado a ese maldito ritual dolía. Nunca había sentido tanto dolor, nunca había padecido tanto en sus años de vida y toda aquella locura había iniciado desde el momento en el que encontró a Yagami en ese hotel barato de aquella maldita ciudad. Observó a Iori con profundo resentimiento, con el impulso latente de inculpar todo lo que le rodea. El pelirrojo, con el cabello revuelto a causa del viento que se filtraba por la ventana entreabierta, mantenía aquella característica expresión álgida. Conducía concentrado en el camino, aunque en sus manos se denotaba el cuero tenso de los guantes, presionando con excesiva fuerza la cabrilla. Su mirada en algún lugar lejos de allí, sus labios rígidos, su piel fría.

Kyo sintió como la indignación cedió dando paso a una leve presión en el pecho, generándole un vacío suave en el vientre. Una sensación muy diferente mutó en él y el castaño se inclinó sobre el espaldar, girando el rostro hacia la ventana, ahogando una oleada de vergüenza. Cuestiono aquel irracional sentimiento de anhelo que lo invadía justo en ese momento. Pensando al borde del miedo, que era Iori quien lo producía. Suprimió un recuerdo vívido de sus cuerpos chocando y la calidez de sus manos desagarrando la piel, sin herirla. Mierda, pensó, despreciándose a si mismo por no evitar esa clase de pensamientos y en un momento tan inoportuno.

Unos minutos después, el auto se detuvo al borde de la carretera. Kyo bajó del vehículo y camino contemplativo por la zona donde su padre había sido capturado. Siguió los rastros de la memoria hasta el limite de la calzada y levanto la vista hacia la montaña, que se erguía como un golem silencioso en la oscuridad. Iori recostado en el capó del auto lo observaba con atención, sopesando el estado de Kyo y recordando la rápida estabilidad que le había proporcionado romper la conexión. Queria dilucidar si el castaño también se estaba reponiendo con rapidez.

Kyo visualizó los recuerdos ajenos, empezando por los arboles, luego un camino de piedra, el sonido del agua y algunas estatuas ocultas entre la maleza al lado de la carretera. Sabía que estaba cerca y esas estatuas lo guiarían. Se sostuvo la cabeza unos instantes ante las punzadas de dolor, no esperando menos. Miró a Iori de soslayo y se encontró con los intensos irises rojos, observándolo inexpresivos. Kyo regresó al auto haciendo un ademan de tirar el cabello hacia atrás, disimulando el dolor. Iori se inclinó, alejándose hacia la puerta del conductor.

– No te exijas mucho Kusanagi, ya estamos tras la pista y es solo cuestión de tiempo encontrar el lugar. –habló casi despreocupado sin mirarle, perdiendo su forma dentro de la carrocería.

¿Por que habla con esa casual tranquilidad? pensó Kyo molesto. Pero ¿Por que no habría de hacerlo? ¿Desde hace cuanto habría tenido Iori esas tendencias para con él?

"...que me has hecho Kusanagi..." Fue la voz del pelirrojo, ronca, susurrante, la que resonó en su cabeza al entrar al auto. Kyo gruño enojado consigo mismo. No era momento para pensar en ello.

El auto avanzo a menor velocidad, permitiendo visualizar los laterales boscosos de la carretera. Iori suspiro cansino y freno el Audi muchos metros despues.

– Suficiente. Vas a decirme ya mismo que demonios estas buscando. –habló Iori impaciente extendiendo un brazo para incorporar a Kyo en el asiento–. No soy tu maldito chófer Kusanagi, dime que estamos buscando.

Kyo miró detenidamente a Iori y resintiendo el contacto, alejó el brazo de un tirón suave. Ambos desviaron la vista algo incómodos con aquellos pensamientos que no parecían amainar.

– Son unas estatuas viejas, posiblemente de monjes, ocultas tras la maleza. Están cerca a un camino, pero este no esta pavimentado.

– Es posible que haya muchas rutas alternas en esta zona, debes ser mas especifico. Ya perdimos de vista la ciudad. – acoto Iori poniendo el auto en movimiento una vez mas.

– No esta muy lejos...puedo sentirlo. Se me hace familiar. – hablo Kyo por bajo mirando el bosque, pensando en Saisyu, seguro de que faltaba poco para llegar a él. Hablandole mentalmente a su padre para que resista.

– No parece muy confiable lo que dices. – acoto Iori irritado. Kyo lo miró de soslayo.

– "No tienes que confiar, solo debes hacer lo que digo" – repitio Kyo con un dejo cínico, mal logrado.

Ambos hombres sonrieron con sutileza amenizando un poco la incomodidad implícita.

– Es allí. – señaló repentinamente a un espacio abierto de maleza que se internaba entre la oscuridad del bosque. Iori estaciono el auto a un costado de la carretera y ambos caminaron a oscuras entre la hierba alta y los arbustos densos que ingresaban a la arboleda.

Shizuka ahogo un sollozo al escuchar el padecimiento de Saisyu, aquello le hacia perder la templanza y la heria profundamente. Lo habían torturado de manera reiterada en las ultimas horas, podía sentirlo en sus gritos ahogados, en aquellos lamentos incapaces de contener.

El silencio que había proseguido a la tortura la estaba matando de angustia. Podía percibir la desesperación en los actos de aquel hombre, con el objetivo de encontrar a Kyo, al portador de la espada Kusanagi. Miró el espacio donde la tenían confinada y limpió una vez mas las lágrimas. El cuarto era un espacio no muy amplio construido en madera oscura. El lugar estaba impregnado a hierbas y poseía solo una pequeña ventana de ventilación que daba al exterior nocturno.

Sus manos se entrelazaban nerviosas temiendo que hubiesen logrado encontrar a Kyo o que hubiesen matado a Saisyu en el proceso. Densas lágrimas se derramaron por sus mejillas en un vano intento por evitarlas. Sus acompañantes habían sido asesinados y la habían encerrado en aquel lugar. La habían interrogado en varias ocasiones, indagando sobre el paradero de Kyo y aunque se había negado rotundamente en hablar sobre ello, no sabia que temía más; que no encontraran a su hijo y que Saisyu fuese sometido a mas desgarradoras torturas o que detuvieran el sufrimiento de su esposo tras haber atrapado a Kyo.

Lloró en silencio, con amargura, sintiéndose completamente inútil. Estaba tan cerca de su esposo y aún así no sabía como ayudarlo.

Las paredes eran delgadas placas de papel, así que podía escuchar casi todo lo sucedido en el salón central si se concentraba. Se mantuvo atenta y escuchó con atención como removían algo del piso, como cargaban y arrastraban cosas pesadas. El corazón le latía a un ritmo frenético y aterrorizado. Quería escuchar algo relacionado a lo sucedido, deseaba algún atisbo de respuesta. Mantuvo todo el silencio posible y se acercó a las puertas en las que sus vigilantes proyectaban sombras imponentes. Espero pacientemente cualquier sonido proveniente del gran salón.

Tras algunos pasos y sonidos de arrastre, su espera dio frutos.

– Le dejaron escapar...– sonó ronca y resentida la voz de Hotaru Kusanagi, el traidor.

– Señor Kusanagi. La capacidad destructiva del heredero es en extremo peligrosa. Dos de nuestros Bihksu fueron heridos de gravedad. El fuego de la espada es un poder incontrolable. Usted debe saber que Susano en persona la encontró dentro del cuerpo de Orochi y Amaterasu la imbuyo con el fuego sagrado. Todo eso, mucho antes de la existencia de las familias del sello.– habló uno de los monjes.

– ¿Vienes a justificar la ineptitud de los Kagura con viejas leyendas de dioses? Es solo un miserable chico que desconoce siquiera la responsabilidad que carga. Y ustedes, que se suponen son algunos de los mas aptos hechiceros Kagura, no pudieron reducir a un solo Kusanagi. – espeto Hotaru ,enojado, alzando la voz.

– Hemos de reiterar que no es cualquier Kusanagi. Es el portador de la reliquia mas poderosa de las tres castas. – el hombre hizo una pausa donde Shizuka contuvo el aliento–. Por otro lado, tampoco esta solo. El heredero del Magatama esta con él y fue Iori Yagami quien hirió de gravedad a nuestro maestro en medio de los efectos del disturbio, mientras realizábamos el ritual anterior con los Yagami. – dijo el segundo Bihksu de voz mas juvenil.

– Las flamas rojas, provenientes de la ira del sol, superan los poderes rezagados del fuego de Orochi. Si no hubiésemos roto la conexión a tiempo, los daños espirituales que hubiese generado la reliquia habrían consumido todo. Las bajas no se habrían limitado a algunos aprendices. – acoto el monje de mayor edad alzando un poco la voz.

– Los Yagami nos advirtieron de una posible alianza entre ellos y fue una absoluta necedad no acatar sus advertencias. Podrán ser solo dos hombres, pero son justamente los poseedores de las reliquias. – espeto el segundo Bihksu una vez mas. Shizuka apretó la tela de su kimono, preguntándose si Kyo había estado justamente con Iori Yagami cuando abandono la ciudad.

– Yo me encargué de que ustedes obtuvieran el espejo Yata con una facilidad absoluta, sin levantar siquiera sospecha alguna entre las familias. Es su deber arrancar la espada Kusanagi del cuerpo de ese inútil chico. Los Yagami pueden encargarse de su heredero como se estableció en un principio. –habló Hotaru enojado, ascendiendo la voz a cada palabra–. Es el pacto que hicimos entre las familias que custodian a la gran serpiente. Díganme monjes Kagura ¿Van a faltar a su palabra ahora? – preguntó altanero Hotaru Kusanagi. Shizuka ahogo un suspiro entrecortado al apreciar que no habían logrado dar con Kyo.

– Nosotros somos fieles a la tradición y jamás faltamos a la sagrada palabra Hotaru Kusanagi. El pacto sigue intacto. Obtendremos las reliquias. –puntualizo la voz grave del Bihksu mayor.

– Tambien hay otra cuestión. –interrumpió el tercer Bihksu–. Kyo Kusanagi perpetró dentro de la conexión. Es muy probable que conozcan nuestra ubicación ahora. El ritual funciona con el espejo y este tiene dos caras. Ambas partes pueden mirar a través de la teluria y al Kyo Kusanagim soportar la agresión del Yokai, debió haber visualizado este lado.

– Soportó la agresión del Yokai dices...–rió Hotaru Kusanagi por lo bajo–. A diferencia del Yagami, este chico si tiene mucho que perder supongo. – puntualizo. Shizuka escuchó como el sonido de los pasos se alejaba.

– Traigan a la señora Kusanagi. Tengo un trabajo que encomendare a ella. – Sonó la voz lejana del traidor. Shizuka se irguió frente a la puerta con coraje. Debía ser fuerte, no le permitiría usarla a ella para herir más a su familia. Las puertas se corrieron con lentitud, dos ninjas de la casta Kusanagi le abrieron el paso para el gran salón. Shizuka caminó erguida ofreciendo todo el desprecio que podía a los ninjas traidores.

En el gran salón yacían los dos Bihksu de rostro cubierto acompañados por Hotaru Kusanagi. Estaban vaciando la batea de metal forjado y un vapor oscuro de olor nauseabundo se levanto del recipiente. Shizuka se estremeció al pensar en que esa era la sangre de Saisyu y soporto con temple un doloroso nudo en la garganta. El contenido fue retirado y dos de los Bihksu observaban como combustionaba el metal, en un ritual de purificación.

Al acercarse al lugar indicado y ver a su esposo, Shizuka sintió que las piernas le fallaban y se resistió para no perder el equilibrio. El corazón le sangró de angustia y dolor aunque mantuvo el aplomo. Saisyu estaba en el piso derrumbado con la túnica superior Kusanagi cubriendo parcialmente su cuerpo decaído. Parecía muerto, lo cual casi la hace caer, pero no lo estaba, respiraba con suave dificultad. Estaba inconsciente. Sobre su piel reposaban múltiples heridas que eran atendidas con pastas herbales y humos tradicionales en manos de algunos Kagura.

– ¿Quieres ayudarlo querida Shizuka? –habló Hotaru amable–. Tengo la impresión de que ahora acataras mejor mis exigencias. Como puedes ver soy un hombre de palabra y tu me hiciste lastimar mas de la cuenta a nuestro pobre lider. –Las manos de Shikuza temblaban de ira y un dolor insondable–. Ya que te negaste a compartir conmigo algún tipo de información sobre tu hijo, tengo para ti un trabajo mas sencillo. –se acercó Hotaru, apretando con fuerza hiriente el brazo de la mujer–. Atiende a tu esposo, ayúdalo, sálvalo...dale la fuerza que necesita querida, has que pueda vivir por lo menos para ver una vez mas a su pequeño Kyo. – habló el traidor Kusanagi casi con dulzura. Las lágrimas se derramaron indemnes por el rostro de la mujer, sin apartar la vista de su esposo.

– Pagaras por todo esto. – puntualizo con la voz ronca y contenida, usando la cara del odio para expresarse. Hotaru frunció el ceño.

– ¿Es eso una amenaza querida? – dijó sonriendo, tras lo cual la empujo levemente hacia Saisyu y se alejó de ella.

Shizuka se arrodillo al lado de su esposo y después de que los Kagura vendaran las heridas en silencio, abrieron un espacio para que ella se acercase a Saisyu. Shizuka envolvió en sus brazos a su esposo y sostuvo parte de su peso sobre su regazo. Miró a Hotaru Kusanagi con un odio que había desconocido toda su vida. Los hombres estaban hablando sin darle importancia a la presencia de la mujer.

– Es un hecho que vendrán a nosotros, pero por mas poderoso que sea, lo reduciremos con facilidad. – habló Hotaru a los monjes Kagura que aguardaban al otro extremo del salón. Su voz resonaba fuerte en el espacio amplio.

– No esta solo. – le recordó el Bihksu de voz mayor.

– Si, lo sé. Iori Yagami. Desplegare los ninjas en la zona, dejare los tres hombres armados dentro del templo y...–

– No. –interrumpió el Bihksu menor–. El destino de nuestra historia sera decidido por los dioses y los poderes relacionados a las sagradas familias. No sera marginado por la desmoralización humana. – putualizó el monje.

– Entiendo...–miró Hotaru al Bihksu, silencioso pero iracundo–. Respetare las tradiciones. –habló con cierto toque de cinismo y sonrió con levedad–. Solo los poderes relacionados con las familias dices...– acotó por lo bajo a modo de sarcasmo, mirando la platea ya limpia, donde se habían vertido la sangre de tantos.

Los dos monjes aguardaron silenciosos sin dar el brazo a torcer.

– Esta bien...Haruki. –se dirigió a uno de los ninjas–. Informa a mis escoltas que patrullen la zona del bosque y organiza a algunos ninjas que también recorran el territorio. El resto, los quiero dentro del templo.

– Si señor. –hizo una reverencia el ninja, antes de desaparecer tras el portón.

Shizuka organizaba el cabello desordenado de Saisyu, podía sentir la fiebre alta y la respiración trabajosa.

– Resiste Saisyu. – le habló muy bajo a su esposo. Ya debían de haberse cumplido las horas de ausencia que había dictaminado en la casa Kusanagi, pensó. pronto vendrían los miembros leales a la familia y los rescatarían. Por favor Kyo, no vengas aquí, no podría soportarlo.

– Por cierto. – acoto Hotaru a los ninjas que se retiraban del salón–. Avisen a los Yagami. Digan que si aún están buscando, hemos encontrado a su heredero. – Fueron las últimas palabras que Shizuka percibió del traidor antes de que este abandonara el salón.

Tras un rato de avanzar en la oscuridad, y acomodar la vista a la tenue luz nocturna, salieron a un camino poco ancho cubierto de hierbajos y atravesado por raíces. La tierra, húmeda y pantanosa, no les facilitaba el avance. Kyo giró al costado ascendente y se movió rápido, esquivando algunas piedras que sobresalían en el camino. Finalmente se detuvo empujando a un lado unos arbustos de crecimiento salvaje, revelando tres estatuas de piedra oscura, enfiladas de una serie, cubierta por la maleza.

Iori se alejó a un costado al ver los monjes de piedra de los que Kyo había hablado y trepó a uno de los arboles de tronco grueso, escalando con un par de saltos. Entre el follaje oscuro y la densa sombra que tomaba forma de montaña, Iori divisó en lo alto de la misma, un par de tímidos puntos flamantes en la oscuridad.

– Hay luces en lo alto de la montaña, luces tenues. – hablo a Kyo, que urgaba entre los arbustos de crecimiento salvaje, buscando alguna pista del cruce de alguien mas, pero sin mayor éxito gracias a las densas sombras de la noche. Kyo levanto la vista en dirección a Iori que era solo una silueta espectral entre las ramas superiores.

– Ese debe ser el templo. Tiene que serlo. ¿Que tan lejos esta? ¿En que dirección? – preguntó acercándose al árbol. Iori descendió con un par de movimientos fluidos y cayó pesado frente al castaño.

– Subiendo por el lado izquierdo. A mitad de la montaña. Aseguró, avanzando en la dirección indicada. Kyo acompasó su ritmo y ambos se internaron entre los surcos divididos por arboles.

No tardaron mucho en chocar con piedra pulida y organizada. Unos viejos escalones abandonados al olvido, derruidos por la naturaleza circundante, se empotraban en la tierra bajo la hierva húmeda. Un par de truenos estallaron en el cielo iluminando con un flash temporal la piedra envejecida que se internaba en lo alto de la montaña.

– Por aquí subieron, estos escalones dan al templo. – exclamó Kyo ansioso y ascendió rápido por los desvaídos bloques de piedra. Iori le dio alcance y lo detuvo, ambos se miraron con intensidad.

– ¿Que? –pregunto Kyo soltándose del agarre. Iori lo jaló una vez mas sin brusquedad internándolo entre los arboles.

– Es un hecho que como mínimo deben estar vigilando la zona. –habló Iori por lo bajo en medio de la espesura–. Pueden estar aguardando por nosotros mientras nos movemos a una emboscada. Son ninjas Kusanagi. ¿Recuerdas? – acotó Iori algo cínico y Kyo le miró molesto. Bajo la penumbra los rasgos del pelirrojo eran difusos, pero sus ojos tenían una intensidad carmesí.

Iori tenía razón, no podía dejarse cegar por la distancia, pensó. Debían ser cautelosos si querían obtener ventaja. Kyo se sentía seguro, sabia que su padre aun vivía, así que subir con calma era la mejor decisión.

Miró a Iori. Le ponía nervioso sentirlo tan cerca. ¿Que necesidad tenía este de hablarle tan bajo y a tan poca distancia? Pensó. Luego la imagen de los ninjas del templo Kagura llegó a él y se molesto por su auto respuesta a la cuestión. ¿Que eres Kusanagi, una maldita quinceañera? Maldijo por lo bajo irritado.

– Entiendo. No me creas imbécil. – espeto molesto al darle la razón a Iori y apártalo con suavidad.

Iori sentía el calor del cuerpo de Kyo cerca suyo. El castaño estaba ansioso, podía percatarse con solo sentir su tacto titubeante. Deseaba acercarse, tocarlo solo un momento. Lo deseaba, no por él, si no por las voces, que aturdidoras, reaccionaban a cualquier mínima proximidad. Quería resistir permanentemente los impulsos de la bestia, que le exigía lastimar a Kyo. Quería tocarlo y callarla demostrando su control sobre sí.

– Has tenido un gran repertorio de acciones que me hacen difícil no creerlo. –puntualizo alejándose del Kusanagi. Comprender que ahora lo percibía de forma diferente, le irritaba.

Kyo se contuvo de responder, sabiendo que aquello podría tornarse en una replica infinita.

– Mantengamos distancia del camino, pero sin alejarnos demasiado. Necesitamos guiarnos por el bosque y no se tú, pero yo no veo un demonio. No quiero desviarme y perder mas tiempo. – acoto adelantándose entre la espesura.

El primero en verlo no fue Kyo, que era quien estaba mas cerca. Al ir un par de metros atrás, fue Iori quien percibió la forma oscura reflejar destellos metálicos ante el estallido de un nuevo relámpago no muy lejano. Era una persona armada.

Iori se agacho un poco y con un movimiento rápido avanzó en dirección a Kyo. El hombre armado parecía no haberlos percibido aún, pero Kyo avanzaba sin percatarse de la sombra acechante, justo a unos pasos de su encuentro.

Iori llegó hasta el castaño justo cuando este cruzaba un tronco grueso que bloqueaba la visibilidad entre él y el vigilante. Envolvió a Kyo en un agarre rápido por la espalda y con una de sus manos cubrió la boca del castaño, sabiendo bien la mala reacción que este iba a tener ante el asalto inesperado.

Kyo reaccionó con agresividad y deslizándose en una maniobra defensiva, empujo a Iori contra el tronco haciéndole perder el equilibro. Los pies de ambos se deslizaron por la hierba humedecida y la tierra pantanosa, el sonido pastoso del choque contra la madera no fue bien disimulado por el trueno y el hombre armado giró alerta. Ambos estaban sentados entre las raíces con los cuerpos estrechados.

– Soy yo imbécil.–susurro Iori ronco por el golpe recibido en el costado–. Hay alguien armado tras el árbol, no te muevas maldición. – ambos guardaron silencio, la silueta oscura del hombre se acercó al costado del tronco. El vigilante vestía una armadura kevlar y un extraño visor de varios objetivos, le rodeaba los ojos.

De manera inconsciente Iori ciño a Kyo contra sí. Si el hombre daba unos pasos mas y giraba el arma, quedaría justo con la cabeza de Kyo frente al cañón. En ese momento donde las palpitaciones bajaron expectantes y la respiración se regulo a un mínimo, otro relámpago estalló en el firmamento iluminando el bosque.

Sus cuerpos, tensos ante la situación, ceñidos con fuerza entre sí, reaccionaron con inapropiada capacidad de recordación, llenándose de una excitación volátil ante el peligro y la cercanía mutua. Ninguno de los dos se percato del cuerpo del otro, pero ambos controlaron la sensación propia con aplomo.

El hombre agacho la cabeza maldiciendo el destello enceguecedor en el visor. Retrocedió unos pasos y levanto la mano para recalibrar el equipo y así evitar nuevos deslumbramientos.

Kyo giró veloz y con un movimiento casi felino, se alejó de Iori. Hizo una señal silenciosa a este hacia la otra dirección y de manera sincronizada ambos flanquearon al vigilante.

Iori llamó la atención del hombre cuando Kyo estuvo lo suficientemente cerca. El mercenario estaba encuadrando el visor en su lugar cuando escucho el ruido a un costado. Apunto con una reacción veloz y vio a Iori parado a escasos metros de él, frente al cañón del arma. Justo antes de que pudiese reaccionar Kyo ya lo tenía atrapado en una llave asfixiante. Iori con otro movimiento preciso lo desarmó y el hombre pataleo por falta de aire hasta que cayó desmayado de los brazos rígidos del castaño.

Ambos observaron exultantes la escena, con el deseo de una mirada cómplice, pero con la vergüenza amainando en la excitación ya difusa.

– ¿Crees que hayan muchos? – habló Kyo en cuclillas al lado del vigilante, mirando el arma despectivo.

– No lo sé, pero así sean pocos, las armas son una cuestión peligrosa. Debemos buscar la forma de localizarlos y eliminarlos primero. – acoto Iori acercándose al hombre inconsciente.

– Creo que encontré una. -dijo Kyo levantando del cinturón un pequeño dispositivo de comunicación remota.

– Toma el visor también, puede sernos de utilidad. – ordenó Iori mientras con un fulgor purpura casi azulado, en una flama densa y concentrada, inutilizaba el arma.

Entre los dos levantaron al hombre y lo amordazaron en una rama elevada, con las correas de seguridad que llevaba.

– Eso será suficiente. – espetó Kyo molesto con Iori por sus intenciones, este gruño desdeñoso. Seguía considerando mejor decisión, matar al vigilante.

Subieron furtivos entre la densa arboleda, moviéndose con mas libertad gracias al visor nocturno. Caminaron separados para cubrir mas terreno y tener mejor visibilidad.

En los minutos siguientes se reportaron, en una conversación corta, otros dos merodeadores, y junto con sus voces la lluvia hizo presencia.

– Aquí zona oeste, el lado del río esta despejado. Ya no volví a ver a esos malditos ninjas que me ponen de los nervios. Como van ustedes, Kazu y Kei.

– La zona este esta despejada, aunque he visto algunos de esos monos sombra cruzando. Los jodidos relámpagos me hicieron calibrar el visor. Aparte de eso no hay novedad.

– Ahh esta maldita lluvia otra vez, todo sería mas fácil si me dejan meterle una bala en los sesos a esos malditos que se supone vienen en camino.

– El jefe los quiere vivos y ordenes son ordenes. Un disparo en una pierna debe ser suficiente. Igual dijeron que los necesitaban vivos, no completos. Por cierto ¿Kei no ha dado respuesta?

– Tsk, debe estar echándose una meada. Ojalá se les congele el culo a esos malditos ninjas. Odio la lluvia. – gruñó el hombre antes de cortar.

Decidieron moverse sigilosos al lado oeste. En esa zona el bosque bajaba su densidad dejando ver pequeños claros de hierva alta bajo los destellos azulados y la lluvia. Encontrar al mercenario no se les hizo difícil desde la zona abierta, reducirlo tampoco.

Combatir juntos parecía algo innato en su naturaleza, la comodidad de compartir un objetivo los llenaba a ambos de cierta satisfacción.

Tras inutilizar el arma y avanzar con mayor rapidez gracias al segundo visor nocturno, localizaron al tercer mercenario en el lado este.

La silueta del hombre yacía mucho mas cerca del templo, recostado bajo un árbol frondoso escampando la lluvia que se tornaba torrencial. Iori y Kyo se acercaron entre la frondosa oscuridad, empapados. El sonido del río, aumentado por la corriente alimentada en las montañas, les facilito la emboscada. El arma cayó inutilizada y el hombre se desplomo asfixiado por Iori. Los tres hombres fueron reducidos con una sincronización impecable.

– Nos arriesgaremos a que hayan mas, pero no podemos esperar. Es momento de entrar al templo. – habló Kyo quedamente lanzando el visor al lado del hombre amordazado. Levantó la vista hacia el templo Kusanagi, que en lo alto tras la arboleda, revelaba destellos llameantes de antorchas cubiertas que rodeaban los balcones cerrados.

– Hay que hacer esto rápido Kusanagi. No podemos permitir que lleguen a escapar. – dijo Iori con un brillo asesino en la mirada, reflejando un fulgor escarlata al estallar un relámpago mas en el firmamento. Kyo sentía una templanza absoluta, el odio ya no estaba en él, pero la resolución que tenía apoyaba las sed de venganza de Iori.

Ingresaron a la zona del templo por la parte baja, las antorchas iluminaban parcialmente el suelo de piedra donde estaba cimentado el templo. El lugar se erguía en tres plantas sostenido por enormes bigas de madera. Las plantas estaban separadas en dos balcones, que en su ascenso, reducían un poco el tamaño. La segunda planta era la única que proyectaba luz interna y ambos decidieron no ingresar por las puertas principales.

La quietud que reinaba alrededor del templo era fantasmagórica. En su notable antigüedad, las estatuas de formas irreconocibles y gargoleas, goteaban bajo mohosos parches verdes. Casi todas las inscripciones que rodeaban la construcción eran solo vestigios ilegibles de símbolos que alguna vez pudieron ser importantes. Los colores desvaídos dejaban ver tonalidades rojizas como la sangre oxidada, lanzando gemidos de madera ante las corrientes de viento.

Ambos se recostaron contra uno de los muros ciegos, laterales a la calzada, donde las monstruosas figuras de piedra se enfilaban bajo la tormenta. Calcularon la altura del balcón, agradeciendo por un instante el refugio temporal ante la helada lluvia. Los vahos de vapor revolotearon agitados mientras recuperaban el aliento.

Se sentían imbuidos con renovadas energías, la emoción del combate y el ardor irascible ante la idea de encontrar a los culpables, los llenaba de un deseo de intensidad compartida. Aún así sus cuerpos resentían con facilidad el esfuerzo, en especial Kyo al cual la respiración se le agitaba con a cada acción pesada. Les tomo un minuto calcular el acceso al balcón.

Iori hizo un señal silenciosa a Kyo para que usara su cuerpo como punto de apoyo. Kyo hizo una mueca arrogante pero conforme y tomo un poco de distancia. Corrió veloz apoyando el pie en las manos de Iori y aprovecho la fuerza impulsora, cayó con un movimiento grácil e impecable en el balcón de la segunda planta.

Iori repitió el movimiento de Kyo, pero apoyándose contra una estatua cercana. Estaba mas retirada del linde del balcón, pero él se sentía con mayores fuerzas que el castaño para hacer la maniobra. El impulso fuerte lo levanto lo suficiente para quedar al borde del bloque tallado, pero al posar el peso sobre la vieja madera ajada, esta cedió en un sonido húmedo y sordo que le hizo caer.

Kyo se inclino en un movimiento rápido sosteniendo a Iori de la camisa, dándole a este un apoyo en su brazo. Iori se incorporo equilibrando con fuerza la gravedad que tiraba de él y cayó dentro del balcón, quedando de rodillas sobre Kyo. La lluvia ahogo el sonido de la madera al caer. Ambos respiraron entre vahos agitados y cálidos que se mezclaron a poca distancia.

– Buen movimiento Kusanagi. – habló Iori sin romper el contacto. Kyo lo alejó con suavidad, separando el torso de Yagami de sí. Asintió con la cabeza despreocupado, sin mirarlo directamente, con una sensación tibia en el cuello.

Iori se irguió ante la inmensidad proporcional de aquella construcción, nunca había visto un templo japones con aquellas proporciones, el ancho del balcón superaba tres veces las medidas de los templos centrales. Incluso el alto parecía doblar en proporciones al templo Kiyomizu de Kyoto.

Kyo se intento levantar, pero solo logro quedar arrodillado emitiendo un gruñido leve. El abdomen había resentido con una fuerte punzada de dolor, el movimiento con que sostuvo al pelirrojo. Iori se acercó a Kyo y bajo la mano para para ayudarle a ponerse en pie, pero frenó en seco con un dejo titubeante ante la oleada asesina que lo impulsó. Las voces gruñeron y su presencia se plantó con ímpetu.

– ¿Estas bien? – preguntó Iori a Kyo, manteniendo distancia. Este reía bajo ante las punzadas de dolor, una risa amarga de auto reproche. Tomo aire y se irguió de golpe soltando un leve gruñido.

– Estoy bien. –dijo altanero–. Vamos por esos mal nacidos.

Recorrieron el ancho mirador buscando un acceso al interior del templo, sus sombras se proyectaban abruptas contra la madera ante la caída de la luz que buscaba hacer contacto con la tierra. Los truenos estallaban como rugidos sobrenaturales en la floresta nocturna.

Kyo observó una rendija iluminada por una luz cálida, deslizó los dedos para hacerla ceder pero la madera se resistía. Ambos presionaron y jalaron con delicadeza hasta que la puerta se abrió entre gemidos estrepitosos. Deslizaron la delgada pared de madera y accedieron a un pasillo con muy poca iluminación. El corredor se extendía ancho, dividido por un muro grueso muro de roble tallado que parecía cortarse metros mas adelante. Toda la extención del balcón estaba sellada con ventanas cubiertas. El repiqueteo agresivo de la lluvia era el único sonido que lograban percibir dentro del templo.

Caminaron con cautela escuchando su propio peso rechinar en la madera gruesa del piso. Las antorchas pequeñas parecían languidecer en un último aliento.

"Kyo..." escuchó el castaño que le llamaban.

– ¿Dijiste algo Yagami? –preguntó, pero Iori estaba varios metros mas adelante en el linde del muro de madera y no respondió.

"Kyo...no...debes" Se escucho un avez mas el sonido, somo si retumbara débil en su cabeza. Kyo salió a un pasillo mucho mas amplio, pero la falta de luz obstruyó cualquier apreciación. "Kyo...debes bajar..." Kyo giró alarmado, ya tenia la leve seguridad que era la voz de Chizuru. ¿Estarían intentando establecer una vez mas la conexión? pensó alterado y observó la pared amaderada del corredor interno siendo tragada por la oscuridad.

Percibió una luz potente tras de sí, las antorchas del pasillo titilaban con una luminosidad demasiado pálida para el fuego. Apreció como su sombra se extendía y la forma que tomaba no era la suya. Adopto una posición defensiva temiendo haber caído ante otra alucinación del ritual, pero la sombra se movió esbelta y atemporal, levanto un brazo delgado y señalo en una dirección. Kyo miró entre sorprendido y asustado la escena, no sabía que pensar de aquello cuando una mano helada tiro de él por el brazo.

– ¿Que haces Kusanagi? – sonó la voz de Iori en tono bajo. Kyo lo miró confusó y regresó la vista al muro, pero en este ya no se proyectada ninguna sombra.

– Mira...– exigió Iori su atención. El pelirrojo encendió una flama violeta en la mano, que despidió brillos magenta. Acerco el brazo a la densa oscuridad tras de si y Kyo percibió como la mano flamante de Iori se desvanecía en la negrura.

– Dentro la visibilidad es muy limitada incluso con el fuego. –espetó Iori girando la mano en el pozo de oscuridad–. Acceder al interior de este templo fue muy sencillo y lo sabes.

– Lo sé. –respondió Kyo cortante, angustiado por su padre–. Pero no retrocederé un paso más. Puedes esperar aquí si lo deseas. –acotó altanero. Iori dio un bufido irritado y sonrió malicioso.

– Intentare no hacer arder a tu padre en el proceso. – acoto Iori internándose en la densa oscuridad.

– Como si fuera a permitírtelo. – respondió Kyo con una sonrisa arrogante.

El cruce luego del pasillo se torno repentinamente negro, ambos recorrían el lugar con movimientos cautelosos, intentando percibir cualquier movimiento en el interior. Las flamas de tonos cálidos y fríos danzaban emitiendo un brillo leve, iluminando no mas allá de un metro. El aire se sentía pastoso y denso, llenando los pulmones de una pesadez sofocante.

Cruzaron un arco enorme, al cual no le divisaron la base. Al ingresar a un espacio donde la densidad del aire parecía cambiar, ambos percibieron como pequeñas flamas se encendían alrededor, desdibujando un espacio interno enorme. Las flamas despejaron la nube de oscuridad que los envolvía a medida que aumentaban su brillo.

El gran salón Kusanagi se reveló ante ambos por partes, quedando en los lindes del corredor, fuera de la zona central, aquel humo de oscura densidad. En la mitad del amplio espacio se encontraba un recipiente de metal grabado, con surcos de sangre seca impregnada en la madera. La ola de intensa negrura se aplacó hasta el otro extremo y frente a ellos, calmos, los observaban Hotaru Kusanagi y tres monjes, de rostro cubierto, con el simbolo Kagura en la túnica.

– Bienvenido joven Kusanagi. –habló Hotaru Kusanagi con dulce jovialidad–. Por fin nos vemos personalmente después de tanto esfuerzo por buscar nuestro encuentro.