De regreso a la casona Kusanagi fue recibido por un par de sirvientes que informaron consternados a Kyo como el consejo había estado solicitando su presencia. El castaño apartó la cuestión por el momento y les ordenó no informarle a nadie de su llegada. Ya al día siguiente se ocuparía de ello.

Tomo un largo baño donde lo abordaron recuerdos indeseados y mustios. Poco tiempo atrás era una sensación grata retornar al hogar, ahora no sabía que era, pero cada que tocaba aquella casa reincidían en él las memorias de su padre y Yuki; casi de manera inevitable, recordaba sus rostros y voces. La sonrisa irritada de la chica y la severidad de Saisyu tallaron en su pecho un fuerte desasosiego.

Salió dejándose caer sobre la cama, aun en toalla. Dejo que el sopor del sueño lo envolviera cálido, desvaneciendo aquella tristeza. Su cuerpo se relajó al punto de insensibilizarse, adormecido en el preámbulo del sueño. Su último vestigio de consciencia viajo al malecón, a ese pequeño instante en el que Iori dulcifico su semblante, siento teñido de una tristeza sutil, casi dulce, justo antes de tomar su mano.
Sonrió vencido por el sueño, era la primera vez que apreciaba una reacción así en Iori Yagami y disfrutó pensando que había sido solo para él.

Al día siguiente se despertó bajo los tonos lila del alba que se filtraban por las rendijas. Era temprano y su cuerpo tiritaba con un frío calador ya que había dormido semi desnudo, con la ventana abierta y sin cobertor.
Vistió prendas más cálidas antes de abandonar la habitación. Pensó en comer algo y aguardar por el consejero frente al altar de su padre; después de evadir el hecho por tantos días, ya era justo asumir sus respetos a su "difunto" padre. Sintió un leve vacío ante esa palabra y deseo tener a su madre allí segura, bajo el cuidado de su clan. Suspiro apreciando el fondo del corredor, la madera clara era iluminada por los tonos rosa del amanecer. Pensó en Yuki y la imaginó allí dormida en aquella posición perpetua y frágil.

Parado bajo el dintel de la habitación de la chica, escuchó su respiración mecánica y el intermitente pitido de una maquina multifuncional que registraba sus signos vitales. Se extrañó ante la presencia de aquel instrumento que antes no estaba allí y después de saludarla con una leve caricia en la mejilla, se dirigió en búsqueda de algún sirviente.

Cerca de la cocina, la mujer que había atendido sus heridas días atrás lo saludo con una reverencia y le preguntó si deseaba comer algo a tan tempranas horas. Kyo accedió demandando directamente información acerca la maquinaria a la que estaba conectada Yuki.
La mujer lo miró pensativa y le informo que ella había sido trasladada al hospital para unos chequeos médicos especiales y que a su regreso habían traído esos instrumentos. Según el médico, a causa de unas particulares reacciones que la joven había tenido debían vigilarla con mayor atención, pero ella no estaba muy enterada del hecho así que lo insto a hablar con el doctor cuando este regresara.

Kyo comió en silencio recordando las palabras de Chizuru y su urgencia por liberar los espíritus de la influencia del espectro. El no comprendía mucho de aquellos planos espirituales que podían llegar a tocar las sacerdotisas, pero se preguntó si haber quemado todo habría sido un error. La imagen tajante del menudo cuerpo de Chizuru bajo la manta opaca rodeada por inscripciones, evocó en Kyo una angustia irascible. Empujo la comida a un lado y se presionó la base de la frente. Tenía que dejar de pensar en aquellas cosas para las que no existía solución o se vería a si mismo ahogado por una zozobra insoportable.
Abandono la comida y ordenó a un sirviente que cuando el consejero estuviese levantado le informara que esperaría por él en el salón central.

Tomó asiento en el zabuton principal frente al altar de su padre. Su madre había optado por colores oscuros y telas naranja en las que reposaban frescos lirios, recién ubicados por el personal. El humo ondulante de las varitas encendidas por Kyo se discurrió sedicioso entre los pétalos blancos de las flores. Kyo miró con aprensión la imagen de Saisyu Kusanagi, en aquella fotografía su padre cargaba un aire digno y orgulloso, absolutamente contrastante a su último instante bajo el techo de aquel desolado templo que testifico su muerte.
No pienses en ello, se refutó asumiendo la posición para rendir respeto ante el altar. No encontraba las palabras indicadas para abordar el hecho que se le hacía abrumador por lapsos. Antes de poder pronunciar la primera palabra, las puertas shoji se discurrieron con delicadeza.

– Señor Kusanagi. – Resonó suave la voz del consejero. Kyo se sintió algo aliviado ante la interrupción y giró en calma para recibirlo. El hombre saludo con una reverencia delicada opuesta a su rostro severo. El castaño se levantó alejándose del altar, sintiendo que aún no tenía la valentía suficiente para enfrentar la muerte de su padre y honrarlo debidamente. Desconocía si algún día la tendría.

– Me informaron que el consejo me buscaba. ¿Sucedió algo? – Preguntó Kyo adoptando aquel semblante autoritario y molesto.

– Señor, disculpe mi atrevimiento, pero no es tolerable para el consejo su ausencia en momentos tan delicados para la familia Kusanagi. – Habló el hombre menudo desaprobando completamente su desaparición en los últimos dos días. Kyo hizo caso omiso al comentario y se acercó a un costado del washitsu, analizando el Kanji de los Kusanagi bordado sobre un telar colgante de hilos dorados.

– ¿Qué ha sucedido? Supongo que el consejo no está buscándome para quejarse por mi ausencia. – Apunto con calma mirando al consejero, mientras recostaba la espalda en el muro de madera. El hombre se acomodó sus gafas redondas y suspiró con inconformidad.

– El gobierno ha solicitado la entrega del territorio sagrado de las montañas. Ha acusado a nuestra familia de romper las leyes de preservación a la tradición. Leyes a las que estamos sujetas muchas viejas familias del país. –Kyo endureció la mirada sin comprender del todo–. El gobierno japonés exige la entrega inmediata de las tierras, basándose en los terribles daños que sufrió el templo y sus territorios aledaños a manos del fuego Kusanagi. Solicita el traspaso para pasar a la posesión y restauración de lo que está considerado como uno de los territorios ancestrales de nuestra cultura. – Hizo una pausa en la que saco de su traje un pergamino enrollado dentro de un cilindro negro con grabados en oro que dibujaban el Kanji de los Kusanagi.

– Estas son las escrituras de la propiedad. Ante la ausencia suya y de la señora Shizuka, me tome la libertad de solicitar los papeles originales de manera urgente. Consciente de que nos enfrentamos a una situación extraordinaria, actué sin permiso y con presura para evitar cualquier mal manejo de las mismas por parte del gobierno. También se tomó la decisión dentro del consejo, a pesar de no confirmar su aprobación, de enviar personal Kusanagi al territorio para evitar la incursión de los militares a nuestro territorio. –el hombre hizo una venia ante Kyo–. Me disculpo enormemente en nombre del consejo por haber actuado sin supervisión de ustedes y haber tomado decisiones a sus espaldas. – Puntualizó sin erguirse. Kyo observó sorprendido al hombre menudo. Esa decisión había sido algo digno de un Kusanagi.
A pesar de lo burocráticos o técnicos que podían ser los miembros del consejo, compartían la misma sangre y su decisión había sido la indicada. El castaño sonrió poniendo una mano sobre el hombro del viejo.

– Hicieron bien en no permitir que esos malnacidos se metieran a nuestras tierras. Apruebo completamente esa decisión del consejo y estoy seguro de que mi madre también lo hará. – Agregó permitiéndole al hombre recuperar la postura. El consejero asintió con vehemencia.

– A pesar de bloquearle el ingreso al gobierno, en términos legales estamos maniatados señor. Necesitamos su firma como heredero oficial para enfrentar en el juzgado al gobierno japonés y poder pelear el derecho Kusanagi contra la exigencia ilegal de traspaso. También aprovecharemos el juicio para corroborar la participación de terceros y el secuestro de su padre. – Expresó con calma el consejero. Kyo asintió pensativo. No se alcanzaba a imaginar para que el gobierno deseaba aquellas tierras, pero no permitirá que tuvieran acceso alguno a estas. Las ruinas del templo quedarían allí erigidas e inamovibles como una apología a la muerte de todos los Kusanagi, a la caída de su padre y a la perdida de Chizuru.

– Solicitare la visita del abogado y el notario para esta misma tarde Señor Kusanagi. – Puntualizó el hombre guardando nuevamente tras las telas el cilindro con las escrituras. Kyo lo observó incordiado.

– Haga que la reunión se dé más temprano. – Acoto pensativo. El hombre lo miró con ojillos de sospecha.

– ¿Acaso no estará usted en la tarde señor? – Preguntó con cautela el consejero, pero su tono reverberaba una gran desaprobación.

– Tengo cuestiones personales que resolver y me ausentare por varios días. Así que necesito que estén aquí más temprano. –puntualizo autoritario–. Confío en su buen criterio y en las decisiones del consejo en mi ausencia. – Agregó a la defensiva ante la evidente indignación del hombre.

– La situación es muy delicada señor Kusanagi, sin la señora Shizuka y usted aquí, habrá muchas posibles situaciones que no podremos manejar debidamente. Es su responsabilidad como futuro líder, velar por que todo esté en orden así no suceda nada. No estar en irrelevancias personales. – Acotó el hombre algo acalorado. Kyo se molestó ante la seguridad con que el consejero definía sus asuntos como irrelevantes. Que sabía él de todo para decirlo con tanto descaro, pensó irritado, pero mantuvo la calma.

– No son irrelevancias y están muy bien relacionado a la situación del clan. Necesito tiempo para resolver estos asuntos antes de mi posicionamiento como líder oficial. – Respondió con suficiente temple para no sonar grosero. El hombre lo miró con reiterada desaprobación.

– Lo que sea que vaya a hacer relacionado al clan, puede hacerlo con nosotros señor Kusanagi. Su falta de confianza es realmente insultante para la familia. El señor Saisyu se sentiría decepcionado de usted en este momento. Es terrible que abandone sus obligaciones y traicione la confianza que nuestro anterior líder, su padre, depositó en usted tras su muerte. – Puntualizo el hombre con expresión casi digna. Kyo sintió una ira incontrolable trepando por su espalda. Él había estado haciendo todo lo posible para solucionar los acontecimientos terribles que habían caído sobre el clan, incluso antes de la pérdida del líder. Qué demonios creía saber ese anciano para acusarlo de traicionar la fé de su padre.

El estandarte con el kanji Kusanagi a su lado combustionó espontáneamente sin control. El consejero observó a Kyo con un dejo temeroso y retrocedió azorado ante la elevada temperatura que manifestó su cuerpo.
Una mezcla de culpa e indignación invadió al castaño, aquellas palabras le estaban afectando más de lo que deberían. Hizo un enorme esfuerzo para controlar la rabia que lo abrazaba; desde la muerte de Saisyu y tras aquel ritual, sentía una molestia perpetua frente a todo; se había vuelto bastante irascible.

– Necesito terminar primero con lo que estoy buscando y espero contar con su colaboración para tener todo bajo control en mi ausencia. – Habló casi de manera mecánica desconociendo la intimidante influencia que estaba ejerciendo sobre el consejero.
El hombre asintió temeroso y agacho la cabeza accediendo a las demandas del joven. Pensó atribulado en lo impredecible y lo poco confiable que podría llegar a ser el nuevo líder. Se retiró del salón afirmando convocar la reunión con el notario unas horas más temprano.

Kyo observó la flama que ardía perezosa devorando el telón. Concentró con dificultad su energía, sintiendo todo un caos reverberar dentro de sí. La llama rojiza menguo hasta desvanecerse dejando la tela terracota en un ennegrecido jirón. Se inclinó discurriendo el cabello hacia atrás con gesto cansino. Olvidaba lo mucho que estaba afectando su energía la brecha espiritual.
Miró detenidamente el altar humeante de su padre. Debía cumplir con sus obligaciones a pesar de sentirse ahogado por las mismas, debía honrar de alguna manera la posición que Saisyu había defendido ante el circulo interno de los Kusanagi.

Decidió esperar el tiempo necesario para firmar el proceso legal mientras resolvía todo lo que necesitaran de él y solo justo después de hacerlo, partiría al encuentro con Amelie.
Una particular emoción se revolvió al pensar en ello y se aferró a aquella sensación agradable abandonando la instancia donde la imagen de Saisyu le observaba. Ahora Kyo tenía la impresión de que en la fotografía, los ojos de su padre habían mutado de orgullo a decepción.


El rocío frío que el bosque había absorbido durante la madrugada, generaba un efecto refrigerante en el ambiente. La mañana había transcurrido rápida y aunque el sol estaba en su punto más alto, el día era fresco. Iori consumió entre los dedos la parte restante de un cigarrillo a medio fumar, el eco lejano de un motor resonaba en el bosque.

– Pronto estará cerca. –aseguró Saito desde un árbol aledaño a Iori–. Debo cuestionarle una vez más este tipo de abordajes. Estoy casi seguro de que desconocen el paradero de Takeshi. – Agregó.

– "Casi seguro" no es suficiente. – Respondió cortante Iori, divisando desde la parte alta de la inclinación que daba a la montaña, como un árbol joven reposaba sobre la carretera estrecha bloqueando el paso. El espía guardó sus apreciaciones, tenía la impresión de que lo que buscaba Iori no era solo la ubicación de Takeshi.

La carretera era una desviación de varios kilómetros que daba acceso a territorio privado Yagami. Saito había estado investigando acerca de los miembros del cónclave de la familia que habían movilizado agentes para las incursiones de Takeshi. Había buscado vestigios que le indicara algún posible paradero del actual líder del clan, pero su búsqueda se tornó inútil e infructuosa. Ninguna de las personas vigiladas había tenido contacto con este, por lo menos no personalmente.
La única particularidad de porque Iori parecía tener un especial interés en la persona que arribaba en el automóvil, era que Saito había descubierto que aquel hombre era el encargado de representar a los Yagami en una importante reunión con el gobierno y algunos ejecutivos de las empresas más influyentes del país.
Observó cauteloso a su señor, se suponía que este no haría movimiento alguno hasta que él tuviese la ubicación de todos los miembros del cónclave; pero al enterarse de la participación de aquel hombre en la velada, algo había cambiado y le había exigido de manera repentina preparar una emboscada para abordarlo.
Aquello le inquietaba de sobremanera, las intenciones de Iori aún no le ofrecían claridad.

Iori descendió lentamente entre los arboles densos del bosque. Los ninjas Supaida estaban ubicados como felinos a la espera de su presa. Apreció el sonido del auto aproximándose y descendió un poco más en la inclinada. Deseaba verse cara a cara con Ichiro Yagami, hijo de un reconocido miembro de la familia.

Iwao Yagami, era un hombre con gran recorrido dentro del clan. Una persona con capacidades para liderar cualquiera de las facciones Yagami, pero a la que nunca se le hubo otorgado tal papel. Sus inicios no estaban directamente ligados a la rama principal del clan, situación que generó en antiguas reuniones, rencillas dentro del concejo Yagami. Aun así, gracias a sus grandes influencias y trabajo intachable, fue impulsado a alcanzar un rol de importancia en la familia.
Aquel hombre, aunque pertenecía a un segmento alejado del núcleo familiar, había escalado hasta el cónclave, tomando importantes decisiones en la época en la que el padre de Iori lideraba al clan. Aquel anciano conocía de sobremanera la historia de las familias del sello y su entrega al cíclico levantamiento de Orochi, como también tenía muy claro, la bien justificada guerra contra los Kusanagi. Reconocía perfectamente quienes eran los lideres, herederos y personas influyentes dentro de los clanes del sello y los roles que desarrollaban. Él había sido encargado, desde que Iori tenía uso de razón, de manejar la red de información de la familia y mantener bajo vigilancia todos los movimientos que pudiesen hacer los Kusanagi y los Kagura. Aquel hombre había sido una de las manos más despiadadas y leales que había llegado a tener el clan Yagami.

Ahora todo ese legado estaba en manos de Ichiro Yagami, su heredero, quien había adoptado su papel dentro del cónclave poco después de que Iori legara el liderazgo. Su desempeño dentro del clan hizo tributo al gran trabajo realizado por su padre, que abandono el puesto dentro del circulo una década atrás para dar oportunidad a su hijo mayor de aumentar sus influencias. Iori sabía bien que aquel personaje, hijo de tan ilustre bastardo, reconocería a kilómetros a cualquier Kusanagi o Yagami de importancia, cosa que pondría en enorme riesgo a Kyo y a Kaoru. No podía permitir que Ichiro Yagami llegara a la velada de aquella noche.

El automóvil bajo la velocidad hasta frenar a varios metros del tronco que bloqueaba la carretera. Luego de una silenciosa espera dentro del auto, dos hombres de traje oscuro se bajaron empuñando armas de fuego. El ataque de los Supaida fue sincronizado y rápido.
Las llantas traseras del auto fueron perforadas por varios kunai, desinflándolas en el acto. A su vez varios dardos se dirigieron a los hombres armados, haciéndolos trastabillar por el veneno incapacitante. Iori aguardó con cautela que terminaran de proceder los ninjas Supaida. A pesar de no ser un grupo de combate, sus métodos eran en extremo eficientes. Tras la caída de los hombres, uno de los ninjas alcanzó a hacer un lanzamiento exitoso de un objeto redondo dentro del auto justo antes de que las puertas se cerraran y el motor rugiera buscando retroceder por la carretera. Unos metros más atrás luego de fallar el intento de huida, las puertas del Mercedes se desplegaron violentamente y salieron tres hombres tosiendo estrepitosamente, mientras un humo denso emanaba del interior escapando por las puertas. Los guardaespaldas ahogados sacaron las armas, pero otra ronda de dardos paralizantes cayó sobre ellos.
Todos los hombres quedaron desplomados sobre el piso, inconscientes, sin alcanzar a entender que los había atacado. Todos menos Ichiro Yagami que entre tosidos estrepitosos intento correr carretera abajo, pero fue rodeado por los ninjas Supaida. El hombre retrocedió con los ojos llorosos y la vista borrosa por el picor del humo, pero freno en seco al escuchar una voz conocida a su espalda.

– Ichiro Yagami, miembro del cónclave y traidor. – Habló Iori casi como un saludo. El hombre de edad media lo miró anonadado, alejándose un par de pasos.

– Estas vivo. – Susurro con un vilo de voz.

– Necesitan mucho más que eso si me quieren muerto. – Agregó Iori. Una fría calma asesina lo inundo, casi insensibilizando su razonamiento. Deseaba hacerlo pedazos por voluntad propia para regocijo de las voces en su cabeza, pero mantuvo una calma inmutable casi psicopática. El hombre miró alrededor viéndose rodeado por sombras acechantes entre los árboles. Los atacantes mantenían la distancia.

– ¿Te aliaste con los Kusanagi y me llamas traidor? ¡Maldito bastardo! – Gritó el hombre con rabia, con miedo.

– ¿Donde esta Takeshi? – Preguntó Iori de manera desinteresada y mecánica, sin un mínimo vestigio de emoción en su rostro. Saito lo observó desde la profundidad del bosque, había algo en Iori que no lograba dilucidar. Ichiro retrocedió ante la repentina elevación de la temperatura a su alrededor.

– No lo sé, no lo sé. no soy yo quien habla directamente con él. A mí solo se me informa que hacer. –titubeo el hombre, presa del terror. La mirada carmesí de Iori tenía un fulgor antinatural, casi tan monstruoso como la insondable oscuridad en Takeshi–. Por favor no hagas esto. No tuvimos opción…tengo, tengo a mi esposa y mi hijo esperándome... –titubeo muy nervioso, enervándose–. Eres un Yagami, co…como te atreves a atacar a un miembro importante de tu sangre. – Puntualizó con las piernas flaqueándole. Iori mutó su expresión a una sonrisa maniaca y agarro al hombre del cuello en un movimiento rápido.

– La hija de la mano derecha espero por su padre y su madre, pero ninguno regresó. Todas las personas que asesinaron tenían seres importantes esperando por ellos, a quienes nunca volverían a ver. –su mirada enardeció. Solo lograba escuchar los rugidos desbocados de la sed de sangre–. Todas esas personas que atacaron tenían mucho que perder, todas…menos yo. –sonrió con expresión maniaca–. Ese fue su gran error. No matarme cuando pudieron hacerlo. – Puntualizó Iori cerrando la mano con fuerza sobre el cuello del hombre que se resistía aterrado.

– Takeshi se encargará de borrar todo lo que da razón a tu miserable existencia. Al igual que la Kagura…también…asesinargh…al maldito…Kusangh…. – Gruñó el hombre mientras su respiración se transformaba paulatinamente en un ronquido desesperado. La sonrisa de Iori desapareció con una sutileza falta de emociones levantando el cuerpo del hombre por encima de su cabeza.

Saito avanzó entre el follaje, estupefacto. Frente a los ojos de los Supaida, el miembro del conclave, Ichiro Yagami, combustionó en una llamarada violeta. Su cuerpo se retorció entre grotescos sonidos aun colgando de la mano de Iori hasta que las flamas se tornaron carmesí y su consumida figura compactada se deshizo entre retazos volátiles de negras cenizas.

Iori observó con una calma solo lograda tras alimentar la sed de sangre de la bestia, como las cenizas del hombre se discurrían entre sus dedos.
Sintió un repentino vacío en el pecho impregnándose hasta sus brazos y generándole un temblor suave en las manos. Miedo. Un creciente temor a algo que desconocía de sí mismo. Deseó estar con Kyo, sumergido en su casual tranquilidad, en su sonrisa despreocupada, en sus emociones cambiantes y cálidas. Deseó estar a su lado bajo esa sensación que el castaño le generaba, una emoción única que le aseguraba que él era solo una persona más, capaz de vivir con normalidad.

Miró en dirección a Saito, apreciando su sombra desdibujada en la maleza. Asintió en un gesto silencioso, calmo, y abandono la escena del crimen.
Los ninjas Supaida mantuvieron su posición inamovible a pesar de que, en su código, asesinar miembros principales de la familia Yagami era una transgresión. Ante sus ojos, el legado del Magatama Iori Yagami, al que debían su lealtad, había tomado matices monstruosos.
Saito sonrió desde la sombra del follaje. Orochi tenía curiosas maneras de manifestar su voluntad.


Kyo estacionó la moto cerca a la dirección que Benimaru le había compartido. A pesar de que la reunión se había dado en las horas de la mañana, le había tomado más tiempo del esperado el proceso legal y las firmas de autorización. Se sentía inquieto ante las palabras de Nikaido, el cual le informó falto de explicaciones, que las cosas habían cambiado un poco y que le esperarían en ese lugar. No tenía idea alguna de que estaban planeando, pero aquello le indicó que todos buscaban ser partícipes.

Apreció la fachada amplia de lo que parecía un salón de eventos conformado por varios pisos. Respiró profundo liberándose de la sensación de pesadez que le había dejado la casona Kusanagi e ingresó al sitio percibiendo como las puertas de vidrio templado se discurrían automatizadas ante su cercanía. El lobby se extendía amplio a ambos costados donde reposaban zonas de espera decoradas con muebles minimalistas en madera y cuero sintético. Las pequeñas salas de paredes blancas y decoraciones doradas, sobrias, estaban ubicadas frente a dos altos ventanales que daban a la calle. Ambas completamente vacías.
Cruzó un segundo dintel muy alto que daba a un corredor extenso que limitaba con dos ascensores. En el centro de este, una franja entapetada de tonos granate cubría la baldosa. Escuchó voces en las diferentes instancias en que se dividían algunas habitaciones bajo arcos sin puertas. Y se acercó a la izquierda al reconocer la voz de King.

El sitio era un salón bastante espacioso con un solo ventanal al fondo que daba a la calle principal. Era tan blanco como el lobby, pero distribuido en diferentes espacios abiertos. Al costado derecho estaba una zona pequeña, similar a un recibidor con una leve tarima redonda frente a un espejo de toda la pared. En ese espacio vio a Amelie y a King dialogando con jovialidad sin percatarse de su presencia.
Al fondo del salón yacía una zona de armarios con vestidor, una gran variedad de prendas se enfilaba en estantes abiertos, mientras al extremo izquierdo cerca al ventanal, yacía un un sillón caoba y varios espejos muy altos, extendidos a lo largo del muro. En ese punto apreció como Kaoru, vistiendo un enterizo ceñido y oscuro; escuchaba con atención los concejos de Mai. La mujer daba indicaciones a la par que organizaba el cabello de la chica y enderezaba su postura. Kaoru parecía absorta en la labor, asintiendo con ímpetu.
Se extrañó al no ver a ninguno de los hombres y se acercó al interior. Mai fue la primera en percatarse de su entrada y le saludo con la mano, extendiendo una sonrisa encantadora. La chica Yagami hizo una cordial reverencia.

– Kyo, te estabas demorando. – Espetó King desde el costado opuesto, haciéndole una seña para que se acercara.

– ¿Qué hacen aquí? ¿Dónde están los demás? – Indagó Kyo sin comprender mucho los cambios mencionados por Benimaru. Amelie le saludó con encanto al llegar a ellas.

– Querido Kyo, ya que es bastante arriesgado tenerlos a ambos solos dentro de aquel lugar, dialogamos algunas posibilidades. Definimos que mantener cerca algunos miembros del grupo sería la mejor opción, por ende, Terry y Benimaru están haciendo reconocimiento del sitio para saber hasta qué punto pueden tener permitida la cercanía sin levantar sospechas. Tu sabes, estar a una distancia suficiente para reaccionar ante cualquier altercado, esperando claro está, que no suceda nada. – Explicó sin muchos rodeos King. Kyo asintió conforme con el plan. Seguro de que no sería necesaria aquella maniobra, pero respetando las consideraciones de seguridad.

– Ven Kyo, deseo presentarte a Atsushi, tu instructor personal. –sonrió Amelie guiándolo fuera del salón–. Ya que te tomó bastante tiempo llegar aquí, vas a tener que estar muy atento a sus indicaciones. En pocas horas debes aprender todo lo básico para ser un buen sirviente y pasar desapercibido en la velada. – Explicó entrando a una oficina contigua donde indico a una joven de apariencia muy pulcra, buscar a Atsushi.

Minutos después, en los que Kyo aprovecho para preguntar desinteresadamente sobre el paradero de Iori, intrigado por su ausencia y poca mención, recibió una negativa de parte de Amelie, quien le explicó que Kaoru había llegado sola anunciando que Iori parecía estar resolviendo otros asuntos. Kyo guardó silencio reflexivo, recordando la conversación de este con Saito.

– Buenas tardes Madame. –saludó a la mujer un hombre delgado no muy alto, de rasgos pulidos y belleza delicada–. Mucho gusto señor, mi nombre es Atsushi. Yo seré su instructor de etiqueta. – Sonrió con femenino y elegante ademan, estrechando la mano de Kyo.

El castaño siguió al joven de parsimonioso caminar. Se quedaron a solas en un salón recibidor más pequeño, sumergiéndose durante la siguiente hora en un sinfín de recomendaciones; como el tono de dialogo, los gestos del cuerpo, las palabras que debía usar. Como callar la mayor parte del tiempo, que porte adoptar al caminar o cual mantener al referirse a alguien. La postura erguida, la mirada servicial, la opinión muda.

Fue reprendido varias veces hasta el cansancio, por su toque prepotente al expresarse y su mirada altanera. Debía mantener una reverencia casi permanente al contactar con los comensales, dada su altura superior. Debía evitar mirar a los ojos y sonreír afable ante los comentarios insulsos o desagradables de los invitados. Fue instruido en cómo llevar una copa y como ubicar un cubierto. Como solicitar ante el jefe de personal algún espacio de descanso, por si lo requería. Los sirvientes debían estar enfocados a sus señores, pero aun así estaban bajo el protocolo de la casa y era su deber atender a las demandas de los mayordomos principales a menos que su señor solicitara de sus servicios.
Luego de una extensa clase de decencia impoluta, aquel joven había pasado de ser encantador y delicado a convertirse en uno de los seres más molestos que Kyo habría conocido.
Exigente, rapaz, imposible de complacer. Corrigiendo casi hasta su modo de respirar. Más de una vez sintió la pulsión de callarlo y largarse, pero guardo la calma.

– Maldito afeminado. – Susurro Kyo con profundo resentimiento, corrigiendo por enésima vez su porte demasiado orgulloso para mutarlo a uno servicial. A pesar de estar mejorando sus modos y de aprender a ser una persona decente, su temperamento iba en declive con cada grave corrección reiterada del Atsushi. Miradas molestas empezaban a escapar del castaño sin controlar su semblante, hasta que el joven detuvo la enseñanza y llamó a una de las chicas.

– Lleva al vestidor el smoking, dale una rápida explicación al caballero de cómo organizar sus partes y dile a Haru que prepare el salón para los toques finales. –ordenó a la chica que accedió al instante. Miró a Kyo con gesto cansino y el castaño le regresó una mirada soez–. Por favor espere en el vestidor del salón principal por el traje, vista cada parte y continuaremos con los detalles finales cuando esté listo. – Puntualizo servicial, pero con la severidad de un anciano. Kyo pasó de largo sin dar respuesta, recuperando poco a poco la paciencia.

En el corredor rumbo al salón principal se topó a Mai, que cruzaba de largo instando a Kaoru a seguirla al salón de belleza.
Kyo abordó a la joven Yagami cuando Mai estuvo lejos. Esta ahora vestía un traje menos cubierto, pero igual de sobrio. Ceñía su delicada cintura con una tela oscura, dándole un aire de madurez a la dulce juventud de su rostro.

– ¿Sabes dónde está Iori? – Preguntó sin más preámbulos. La joven titubeo un momento recordando.

– Él salió mucho antes que yo del departamento, asegurando que vendría aquí tras terminar lo que debía hacer. – Respondió Kaoru. Kyo extendió una mirada severa sin atreverse a preguntar. La chica sonrió pesarosa comprendiendo sus dudas.

– Él, no dijo nada acerca de ello, pero salió tras recibir una extensa llamada. Parecía importante, posiblemente de los Supaida. –acotó intentando ser de ayuda. Kyo asintió con dejo forzado sin lograr disimular su desagrado ante la posición de Iori al respecto–. Es posible que llegue pronto. Ya han pasado varias horas. – Agregó la chica insistente, sintiendo la necesidad de aplacar el malestar del Kusanagi. Kyo sonrió algo avergonzado ante la buena intención de Kaoru.

– Lo sé, gracias por informarme. – Respondió amable revolviendo con suavidad el cabello de la chica de manera inconsciente. Kaoru se sonrojó ante el repentino gesto de confianza de parte del líder Kusanagi. Sintió una extraña felicidad por su aprobación y amabilidad y se retiró en búsqueda de Mai tras una inclinación impetuosa.

Kyo la observó alejarse. Dentro de él escoció la culpa de una moral revolcándose con el cinismo. Aquella mujer cargaba con sus propias preocupaciones y aun así se tomaba un momento para confortarlo a él, en nombre del que se supone sería su esposo. Suspiro cansino. Hasta el momento durante los últimos meses, había hecho muchas cosas que se podrían considerarse erróneas y deshonrosas.

Aguardó por el traje y escuchó con atención las indicaciones de la joven encargada. Lo consideró un trabajo sencillo e ingresó al vestidor cuando la chica se retiró dándole espacio para cambiarse. Se despojó de sus ropas hasta quedar desnudo con el cuerpo reflejado en los tres espejos plegados que se dividía hacia dos extremos oblicuos del muro. El vestidor era espacioso, fresco y privado.

Apreció su denudes bajo la luz artificial de tonos blancos. Estaba un poco más delgado, aunque se mantenía en un excelente estado físico. Meses atrás su piel no cargaba casi ninguna marca y ahora estaba llena de múltiples cicatrices con el nombre de Iori en gran parte de ellas.
Poso una mano en el hombro rozando la herida que había dejado la bala en aquel puente cuando cubrió a Iori de la detonación. Deslizó los dedos hasta tocar el cuello, donde una delgada línea casi invisible le recordó la explosión y el fuego violeta envolviendo sus cuerpos sin llegar a herirle. Deslizó la mano a través de su pecho, bajando por el abdomen hasta detenerse en el vientre. Las cuatro marcas de los dedos de Iori reposaban sutiles. Las repasó con delicadeza recordando la desbocada ira con que Iori le había atacado, con el disturbio refulgiendo salvaje y el descomunal esfuerzo que hizo al controlarlo. Bufó molesto ante la desazón que le causaba pensar en el pelirrojo y en lo que planeaba a sus espaldas.

Tomó un poco de loción cítrica, roció sus manos, pasándolas por el cuello y el mentón hasta deslizar el cabello hacia atrás. Discurrió los dedos por su ojo izquierdo y cerró el derecho percibiendo la desenfocada imagen frente a sí. Pensó en su padre y aquella imagen cayó pesada redoblando el peso en sus hombros.
Sacudió la cabeza, tenía que dejar de pensar en todo aquello. Ninguna de esas cuestiones le serviría para lo que debían enfrentar.

Se vistió paso a paso durante largo rato, siguiendo las instrucciones en el orden establecido, hasta colgar la delgada cinta de tela en los hombros y abrochar el chaleco. Abotonó la camisa en la parte superior y finalmente discurrió la tela delgada alrededor del cuello.
Intento una y otra vez hacer el nudo en la pequeña prenda infernal que no parecía acomodarse debidamente y maldijo no haber puesto más atención en esa parte. Sintió la pulsión de quemarla y sonrió irritado ante la ocurrencia.

Unos pasos resonaron en el salón, acercándose al guardarropa. Un delicado olor a tabaco ingresó sutil haciendo un preámbulo en ocasiones familiar. Iori discurrió la puerta de madera que Kyo considero innecesario asegurar. Ambos se miraron durante un corto momento en el que el castaño recordó la fugaz intimidad anterior, de una intensidad aún más abrumadora que su ya desaforado contacto sexual.

– Yagami. – Saludó Kyo algo inquieto. El semblante de Iori parecía sombrío y sin responder extendió la mano hasta el cuello del Kusanagi, atrayéndole sin brusquedad. Este no se resistió al contacto y Iori tensó la cinta caoba sin reflejos, desenredándola y extendiéndola. Organizó el ancho rodeando el cuello de tela en una labor minuciosa, silenciosa, mientras Kyo lo miraba algo sorprendido, pero disfrutando del gesto. Iori finalizó el cruce de la tela hasta hacer un nudo y bajó con presión para apretar nuevamente. Se detuvo antes de finalizar.
Kyo percibía algo extrañó en él, de manera casi intuitiva podía sentir algo diferente en su mirada.

– Mantente en contacto. –dijo de repente Iori–. Cualquier mínima cuestión que descubras o suceso extraño. Infórmame. – Su rostro severo parecía impartir una orden que no debía ser negada, pero sus ojos expresaban un anhelo intrigante.

– Estaré bien. Confía en mí. – Sonrió Kyo con aire arrogante cubriendo la mano de Iori con las suyas. Iori se acercó un poco más a él y sus frentes convergieron en un contacto suave.

– No vayas a hacer nada estúpido Kusanagi. – Su comentario soez dejo deslizar una leve preocupación en el tono de voz. Debía estar lidiando con una fuerte frustración, pensó Kyo. No era mucho lo que el pelirrojo podía hacer al respecto y no confiaba en que nadie más lo hiciera bien. Esa testarudez de Iori le molestaba tanto como le gustaba. El castaño ensancho la sonrisa.

– ¿No decías que no era yo si no hacia algo estúpido? – Preguntó con cinismo socarrón, pero dentro de sí crecía una extrañeza ante el instante íntimo de particular preocupación por parte de Iori. Algo había sucedido. El pelirrojo gruño desaprobador, pero mantuvieron aquel contacto cercano.

– ¿Dónde estabas?… – Preguntó Kyo algo rezagado. Las facciones de Iori adoptaron una rudeza particular, como si no deseara hablar de ello. Kyo guardó silencio un instante, sabía que no recibiría respuesta y no quería dañar aquel momento tan personal. Deseaba ahondar en ese tipo de emociones tan ajenas a Iori.
Kyo apretó con delicadeza las manos que Yagami aún tenía sobre la prenda.

– Así suceda algo, estaremos bien. Cuento con todos. Cuento, contigo…– Agregó Kyo algo rezagado. Hablar de esa manera tan entrañable le incordiaba un poco, no lo había hecho con mucha frecuencia en su vida, ni siquiera con Yuki.

Iori sonrió parcialmente satisfecho y atrajo al castaño, besándolo. El vestidor ya era solo un espacio reducido para dos personas, de altura promedio y buena ventilación. La privacidad generada era suficiente para que nadie que no estuviese cerca de la entrada percibiera algo.
El beso fue largo y posesivo. La preocupación que expresó Iori contrastó con sus gestos bruscos. Jadearon en un instante de soledad y deseo con los cuerpos muy juntos y el corazón desbocado. La excitación siempre alimentada por el riesgo, ardía a flor de piel. Considerar el peligro al que se podría enfrentar Kyo, detonaba entre ambos una sensación imparable, acompañada de algo más en Iori. Un sentimiento anhelante y herido que el castaño no alcanzaba a entender.

Iori mordió el cuello de Kyo bajo el mentón cerca a la oreja, mientras internaba sus manos entre la tela del chaleco, maldiciendo mentalmente la cantidad de prendas que el castaño tenía encima y deseando quemarlas. Kyo sintió un intenso escalofrío recorriendo su cuello hasta la espalda. La ansiedad subyacente en el deseo de ambos era algo difícil de controlar, pensó avergonzado ante la erección que tomaba fuerza con cada roce agresivo de Iori; podía sentir la rigidez del pelirrojo presionando en respuesta.
La violencia con que Iori demandaba su cuerpo iba en aumento, y a ese paso el pelirrojo terminaría rasgando aquel costoso traje. Kyo consideró detenerlo en un momento de lucidez, pero no lo hizo sintiéndose abrumado por la necesidad estimulante con que Iori lo abordaba.
Fue Iori quien acalló sus pensamientos frenando de repente y deslizando sus manos lejos de la cintura del castaño. Recostó la frente sobre el hombro de Kyo en un gesto agotado.

– Es difícil tenerte así de cerca Kusanagi. – Habló como para sí mismo, sintiendo el atronador rugido de las voces hacer eco en la habitación cerrada. Controló la pulsión de someter y lastimar al castaño.

Kyo retomo el aliento y rio por lo bajo avergonzado, pensando que, tras aquellos muros delgados de madera en las otras áreas de aquel edificio, debían estar las chicas, con la prometida de Iori entre ellas.

El pelirrojo ascendió las manos hasta el cuello de tela y apretó con brusquedad el nudo, organizando la chaqueta elegante que había revuelto con impaciencia y deseo.

– Termina de vestirte. No queda mucho tiempo. – Lo instó y abandono el vestidor con su ya recuperada compostura. Kyo accedió con una despreocupada monosílaba, pero no logro evitar la molestia que lo embargaba. Deseaba que ese instante se hubiese extendido un poco más, pero era consciente de que las cosas entre ellos siempre parecían generarse de manera espontánea e impredecible. Sus intimidades se daban sin razonamientos previos, fluctuando con torpeza en momentos que parecían compenetrar aspectos más profundos a cada ocasión, reflexionó. Algo que ambos parecían evadir voluntariamente, pero no lograban evitar.

Recostó la espalda en el muro de madera frente al espejo, apreciando el nudo perfecto de su corbatín. A pesar de todo lo que corría en contra de ambos, no le importaba estar allí con Iori.

Terminó de organizar el traje elegante, regresando a su lugar algunas partes removidas por el pelirrojo. Dándole tiempo a su cuerpo para calmar aquellas ansias palpables ante la incursión de Iori. Salió del vestidor y se topó con su instructor, aguardando con la pulcritud de una estatua bajo el arco del salón. El joven se inclinó en un ademan decente.

– Por favor sígame señor. Daremos los últimos detalles a su preparación. – Habló el hombre con elegancia perfecta y se alejó seguido por Kyo.

En el corredor apreció como Amelie y King parecían explicar todo a Iori rumbo a la oficina, este escuchaba atento sus indicaciones. Atsushi desvió la mirada al pelirrojo para luego pasarla de soslayo por Kyo. En su etiqueta se divisó un aire divertido de complicidad.
Indico al castaño ingresar al interior del ascensor. Kyo evitó mirarlo, la incomodidad subió a su punto álgido cuando sospecho que aquel hombre joven y delicado tenía sus especulaciones sobre ellos, y aunque no estaba equivocado, le molestaba ser reconocido de esa manera.

La siguiente hora retorno al exhaustivo mar de indicaciones a su porte, inclinación y tono de voz. Todo mientras una chica maquilladora embadurnaba el rostro de Kyo con una amalgamada crema con su tono de piel, siguiendo las desaprobadoras palabras de Atsushi sobre la cicatriz en el rostro del castaño.

Después de algunas cremas más, aplicadas en la parte izquierda de su rostro, un poco de polvo que casi le hizo estornudar, un gel de olor tenue amaderado y tras peinar cada hebra rebelde de su cabello hacia atrás, la chica lo miró triunfal.

Kyo observo sorprendido como el espejo reflejaba una faceta suya desconocida. Aparte de verse en cierto modo más presentable, la cicatriz había desaparecido sin dejar rastro, dejando como existencia solo el leve tono más claro del ojo izquierdo. Su cabello estaba perfectamente ordenado y sus hombros anchos se sesgaban a una cintura ceñida, cubierta por un chaleco oscuro, dándole un porte caballeresco. Atsushi dio por primera vez su visto bueno, con un dejo cercano a la coquetería, admirando el gran trabajo de la chica. El castaño evito mirar al instructor sintiéndose parcialmente incómodo.

– Me temo que no puedo hacer mucho por el tono más claro en su iris izquierdo. Pero ya sin la cicatriz es menos llamativo. – Puntualizo la joven.

– Esta bien. Mademoiselle Amelie me sugirió elegir unas gafas acordes al caballero. Eso matizara ese pequeño detalle. –giró en dirección a Kyo abriendo una pequeña caja con tres ejemplares–. Por favor escoja la que más le agrade, todas encajan debidamente con su tipo de rostro. – Kyo las observó con cierta inconformidad eligiendo una al azar, era un molesto toque agregado, pero bastante conveniente. El mismo no se reconocía vestido de esa manera y portando un accesorio tan ajeno a sí mismo.


Benimaru y Terry regresaron del reconocimiento, reuniéndose con Iori que los abordo al instante.

– ¿Qué averiguaron? – Preguntó directo al grano.

– Ehh hola Yagami, no te habíamos visto esta mañana. Nosotros estamos muy bien, me alegro que tú también. – Respondió Benimaru con irritante cinismo. Terry rio posando un brazo sobre los hombros del rubio. Amenizando la frialdad de Iori.

– El sitio está bien resguardado. Al parecer no hay vigilancia externa, pero si es densa en los jardines internos. En el exterior todo parecía muy casual, por fuera parece como si allí no fuese a celebrarse ninguna reunión importante. – Acotó Terry.

– Con todos esos escándalos de los conflictos, demás que los malditos quieren mantener un bajo perfil para evitar reporteros. Y suponemos que es mejor así. – Agregó Benimaru olvidando la autoritaria exigencia de Iori.

– Si, eso puede facilitarnos el acercamiento, pero es bastante difícil ingresar a los límites de la mansión sin ser descubiertos. Supongo que desde los muros externos podremos reaccionar rápido a cualquier altercado, pero tendremos problemas con la seguridad externa. – Apuntó Bogard ante el asentimiento reflexivo de Iori.

– Hey chicos. –saludó Mai amistosa–. ¿En serio ya están planeando todo sin siquiera decirnos a nosotras? – Preguntó con indignación. Terry sonrió abogando por la impaciencia de Yagami y preguntando donde estaban los demás.

– El señor Kusanagi está terminando su preparación. Las señoritas King y Amelie están en la oficina principal. – Informó Kaoru acercándose a la aglomeración de luchadores altos e imponentes. Los hombres apreciaron por un instante a la chica que, con aquel porte elegante, cargaba una frivolidad que la hacía verse más madura y hermosa. Terry silbó a modo de apreciación.

– Ya pareces toda una mujer legal niña. – Rio con jocosidad intencional apreciando la cara de Nikaido. Mai lo golpeó acertadamente con el codo, haciéndole inclinarse entre risas. Kaoru se sonrojo, retornando a su rostro aquel casual aire de chiquilla.

– ¿Dónde dijiste que estaban Amelie y King? –indagó Benimaru un poco cortante, desaprobando la divertida mirada de Terry hacia él–. ¿Puedes mostrarme la oficina? – Preguntó sonriendo a la joven Yagami e instándola a caminar a su lado. Kaoru hizo una reverencia excusándose por dejarlos y se cruzó con la mirada carmesí de Iori. Algo severa y poco amistosa, parecía mirarla como si fuese otra persona.

– Estas preciosa. – Habló Benimaru cuando se hubieron alejado por el corredor.

– Gracias. – Respondió Kaoru con un tinte rosa en sus mejillas. Benimaru discurrió un mechón liso que caía rebelde sobre su pómulo delicado, guardándolo tras la oreja presa de sutil sonrojo.

– Ten cuidado allá. Cuida de que nuestro Kusanagi no cometa un error. – Espetó el rubio con sonrisa dulce, preocupada. La chica asintió repasando de manera inconsciente el gesto de guardar el cabello tras la oreja.

– Lo hare. – Dijo finalmente con una sonrisa confiada que le daba ese aire juvenil. Benimaru extendió la mano deseando tocarla, pero se detuvo dubitativo. La joven lo miró nerviosa, pero expectante.

– Si…– Puntualizo el rubio retrocediendo la acción. Ambos caminaron en un silencio incomodo hasta la oficina.

Kyo salió del ascensor sintiendo cada mínima parte de su torso ceñida por tela. El traje aunque cómodo era sofocante. Su instructor lo reprendió un par de veces por su poca etiqueta al caminar, instándole a corregir la postura inclinada. Kyo gruñó irritado siguiendo las indicaciones hasta entrar en el salón. Había agradecido de manera temprana que toda la preparación hubiese finalizado.

– Oh lalá –exclamó Mai haciendo una grandiosa imitación de Amelie, ante lo cual Terry no pudo evitar reír–. Quien es este guapo caballero. ¿Dónde han dejado a nuestro Kyo? –indagó con sobre actuada sorpresa, para luego saludar con coquetería–. Siempre supe que eras todo un galán cariño. – Agregó sonriente. Kyo tosió arrogante.

– Me extraña que lo hubieses dudado siquiera. – Acotó con dejo Don Juan. "Qm Qm" Sonó la voz de su instructor de etiqueta y Kyo giró los ojos cansino, retomando la postura elegante.

– Jamás pensé que llegarías a alcanzar algo de elegancia en tu vida Kusanagi. – Espetó Iori burlón.

– Muy gracioso Yagami. – Refutó Kyo agresivo para recibir una nueva rencilla de su instructor y retomar el semblante decente frente a la molesta sonrisa de Iori.

– Las gafas son un excelente detalle, casi no te reconozco. – Apuntó Terry.

– Y son todo un fastidio al igual que todo este maldito traje. – Respondió Kyo haciendo uso de toda la elegancia aprendida. Los dos hombres rieron mientras el joven instructor gruño desaprobador. Iori miró detalladamente a Kyo, era un hecho que podía llegar a pasar desapercibido en apariencia, pero tenía sus dudas en cuanto al papel que iba a representar.


Los preparativos finalizaron poco antes de caer la tarde. Mientras Amelie en compañía de King, impartía indicaciones a sus guardaespaldas de traer limusina. Los demás se reunieron en la zona de espera del gran salón donde pautaron como llevar a cabo la misión.

Kyo o Kaoru debían tener siempre a la mano un dispositivo móvil, por el cual mantendrían informado al grupo que sucedía durante todo el transcurso de la velada. Se programaron llamadas silenciosas con el móvil oculto para poder escuchar los sucesos circundantes.
Se le entregó a Kyo unos pequeños audífonos inalámbricos que debían pasar desapercibidos si él evitaba llamar la atención sobre sí. Su uso estaba ligado a particulares momentos de comunicación con el resto del grupo, atentos a cualquier altercado.

Terry y Benimaru dieron una completa descripción de la zona. La reunión se llevaría a cabo en una mansión cercana al área residencial del este de la ciudad. El sitio era poco reconocido, posiblemente privado, perteneciente a algún ejecutivo importante. El territorio lindaba al costado izquierdo con un bosque personal mientras que al otro extremo se limitaba a las calles divisoras, rodeado por otras construcciones de poca altitud. Cerca había una zona rosa de restaurantes con espacios abiertos a la circulación, cosa que les facilitaba rondar las calles aledañas y divisar desde ciertos ángulos el interior de los jardines. La ubicación que adoptarían sería uno de los muros macizos que daban acceso a la zona rosa, para no estar a la vista de los guardias mientras la velada se llevaba a cabo.

– Como un grupo de asalto en espera de que nada ocurra. – Una labor gratificantemente aburrida. – Espetó Benimaru sonriente.

– Ciertamente, porque nada va a pasar. –aseguró Kyo despreocupado–. Intenten no llamar la atención. – Puntualizó al grupo.

– Tu tampoco, lindo. – Agregó Mai con doble sentido guiñándole un ojo.

– Lo intentare. – Respondió Kyo con falsa modestia.

Acordaron finalmente que todo estaba en su lugar y de dispersaron a la espera de la limusina.
Kyo y Iori quedaron solos en el amplio salón y tomaron asiento en el sillón cerca al ventanal. Kyo se recostó de cualquier manera cansado de las telas apretadas y la postura erguida.

– No he empezado mi papel y ya quiero quitarme este maldijo traje. – Espeto de mala gana el castaño. Iori se mantenía en un silencio abstraído con el exterior. Algo no estaba bien con él y le molestaba de sobremanera no saber que había sucedido.

– Que tal si me dices donde andabas esta mañana antes de venir aquí, Yagami. – Indagó Kyo seguro de que no recibiría ninguna respuesta aportante. Iori lo observó de soslayo con cierta agudeza.

– Si regresas sin un rasguño tal vez te lo diga. – Respondió Iori con seriedad mientras tomaba las gafas del chaleco y las posicionaba sobre la nariz del castaño.

– Tomare eso como una promesa. – Espetó Kyo con severidad apretando los lentes contra el rostro, mirando por encima del marco al pelirrojo. Iori sonrió malicioso y apreció como la limusina cruzaba la calle frontal.

– Han llegado. – Dijo, y Kyo se levantó organizando el chaleco sobre sus hombros.

– Deséame suerte en mi debut. – Acotó el castaño, sonriente ante el silencio reacio de Iori.

– Ninguna estupidez Kusanagi. – Reiteró Iori cuando Kyo salía del salón. Este se inclinó a modo de asentimiento con toda la etiqueta occidental aprendida en pocas horas y cruzó el dintel.

– Bastardo arrogante. – Murmuró Iori con una sonrisa amarga.

La limusina se alejó bajo la mirada expectante de los tres luchadores que establecían ahora algo similar a un grupo de incursión forzada. Esperando no tener que actuar.