La limusina cruzó al interior bajo un dintel de metal forjado que aguardaba el portón externo. El espacio contenido tras los muros altos estaba compuesto por un extenso jardín que parecía mezclar el periodo Taisho con toques europeos. Algunos robles enanos se extendían separados circundando la mansión de diseño mediterráneo; a Kaoru le pareció un espacio ajeno a Japón, una dimensión de toques alemanes con pintorescas particularidades orientales bien logradas dentro de una burbuja privada.

Había un carril de doble calzada por el que circulaban los autos, unos entraban lentamente buscando llegar a su destino, otros salían con mayor presura tras dejar su contenido en la fachada de la mansión.

Solo dos de los lados del territorio parecía tener acceso a las calles y el tamaño de la casona era un poco más reducido al imaginado por la pareja de infiltrados. Edificada a los límites de la ciudad, pero dentro de la zona residencial poblada, la mansión daba la impresión de ser todo un lujo excéntrico.

Al acercarse a la parte central frente a la entrada principal, apreciaron como los automóviles de variadas gamas que no escatimaban en costos, giraban lentamente en caravana rodeando una pequeña glorieta de flores exóticas y vivaces a pesar de la temporada. Los invitados bajaban uno a uno frente a unas anchas escalas que ascendían casi por turnos bajo la vigilancia de erguidas estatuas color marfil. Varios mayordomos les esperaban con una bienvenida servicial.

Kyo analizó rápidamente el modus operandi de la servidumbre que, como clones oscuros programados con elegancia, se posicionaban a un costado de los amplios escalones mientras sus amos continuaban su camino, indolentes.

Descendió de la limusina a espaldas de Kaoru quien yacía muy cerca de Amelie. Guardó la distancia imitando el proceder de los otros sirvientes. Un hombre de cabellos canos, perfil impávido y pulcro le dio la bienvenida a la mujer, la cual saludó con cierto toque altivo e indicando a uno de los mayordomos que le mostrase a su nuevo sirviente donde ubicarse, continuo su avance casi pavoneándose.

Kyo miró a las dos mujeres subir las escalas bajas hasta ingresar a la mansión por unas enormes puertas de madera tallada. La actitud de la dulce doncella que los había infiltrado mutó repentinamente a una arpía prepotente, con solo sus ademanes. Se preguntó cuál sería el objetivo de los acompañantes en aquellas reuniones y aguardó obediente al costado izquierdo mientras ingresaban todos los invitados.

No reconoció a ninguno de los hombres y mujeres que desfilaban parsimoniosamente en su ascenso a la entrada, ni siquiera sus apellidos cuando eran mencionados por el anciano encargado de recibirlos. Pensó en la poca atención que había dedicado a las indicaciones de su padre en aquellas reuniones importantes a las que solía arrastrarlo de pequeño, por lo menos hasta que tuvo edad para negarse. Sonrió con un dejo triste al pensar en Saisyu y su rostro severo cuando lo reprendía en su época de infancia.

Los últimos en bajar de las limusinas dieron a Kyo una sensación extraña, y a pesar de atraer su atención, los observó de soslayo sin mostrar mucho interés. Un hombre viejo de porte imponente, cabellos entrecanos con una particular franja blanca a un costado y rostro agrio, ascendió frente a ellos sin siquiera sopesar algún sirviente, como si la presencia de todos ellos fuera igual de importante que las estatuas.

El mayordomo dio la bienvenida al anciano usando su apellido de pila, Yagami. Kyo se tensó mirando de soslayo a todos los invitados de la familia.

Tras aquel hombre que aparentaba surcar los sesenta años, caminaba con parsimonia altiva una mujer de cabellos muy cortos color caoba, su estatura era superior a la del anciano, con brazos fuertes expuestos por la falta de mangas en su vestido y mirada agudamente frivola. Algo en ella emanaba una mala sensación para Kyo, el cual posó la vista al frente confiando en que no debería ser reconocido.

La mujer avanzó tranquila mientras sus dos sirvientes se unían a las filas de la escalera. Desde la parte superior, justo antes de cruzar las puertas, se detuvo un instante y dio una mirada escrutante al aglomerado de hombres erguidos como elegantes cuervos a la espera. Detuvo la vista cerca de la parte media por donde estaba Kyo. El castaño sintió su mirada pasar pesada, casi rozando a cada sirviente con un tacto invisible. Relajó la tensión en sus hombros negándose a caer presa de la paranoia.

Cuando desvió la atención a la entrada, la mujer ya no estaba y todos los sirvientes se movilizaron con un aire más relajado conversando entre ellos. Todos excepto los dos Yagami, que ascendían silenciosos e inescrutables.

¿Acaso una característica exigida en toda esa familia? Pensó Kyo irritado. Aunque dudaba que le hubiesen reconocido, se preguntó si aquella mujer había percibido algo en él. Consideró que lo mejor era mantener buena distancia de cualquier miembro Yagami.

El ingreso para los sirvientes se daba por una entrada diferente a la principal y a pesar de su intención de estar lejos de cualquier Yagami, en la formación interna los tuvo justo al lado mientras se desarrollaba una estrecha reunión convergente bajo el mandato del mayordomo principal. Ninguno de los dos parecía dar atisbo de reconocerle y eso lo tranquilizó.

El hombre de edad avanzada, cabellos canos y aspecto similar a un oscuro pavo real, indicó la distribución de ciertos servicios entre los cuales incluyó algunas palabras específicas que Kyo no reconoció, pero que asintió con seguridad imitando al resto de los mozos.

Fueron distribuidos por zonas que debían ser rotativas. Al parecer para ellos, la única parte habitable de la mansión era la primera planta. Solo los representantes podían acceder a los pisos superiores, así que todos tenían terminantemente prohibido pasar de la planta baja, con la excepción de que su señor principal solicitara por ellos, ante lo cual serian avisados por la seguridad interna de la casa.

El hombre indicó a los encargados de la cocina iniciar con una ronda de vino tinto Sauvignon para luego acompañar la comida de nombre impronunciable para Kyo con otra bebida impronunciable. Maldijo para sus adentros, esperaba no tener que mencionar ese tipo de cosas.

Salió del área de personal con una bandeja en la que reposaban varias copas de vino tinto. Había aprendido bien como caminar, como sostener el servicio y que ademanes utilizar para ofrecer la hospitalidad de la casa. Repartiría aquellas bebidas con prontitud para mezclarse con la oleada de sirvientes y rondaría un poco antes de buscar a Amelie para que le entregase el móvil; ya que otras de las prohibiciones que caía sobre ellos, radicaba en no tener ninguna distracción aparte de los comensales, por ende, no les permitían ingresar ningún dispositivo electrónico. Aunque Kyo sospechaba, rayando un poco en la paranoia, que temían de algún posible espionaje dada la versatilidad con que los sirvientes se movilizaban entre todos los invitados.

La mansión era de una opulencia desmedida. Altas paredes claras adornadas con cortinajes gruesos de terciopelo, separados por vigas marmoladas que sostenian en sus partes mas altas formas esculpidas de una flora incolora. La iluminación era dorada a totalidad proveniente de frondosos candelabros que se abrían como un follaje hecho de oro y luz. Los espacios abiertos se distribuían en tres salones y un vestibulo de circulación decorados con muebles, franceses supuso Kyo sin conocer mucho de decoración. Cada zona separada convergía en el recibidor central que tenía conexión con la segunda planta por unas escalas gemelas que se bifurcaban en un doble acceso, dando paso amplio entre las mismas para la continuación del vestíbulo central. Parecía ser la única manera de subir y a ambos extremos de estas echaban raíces guardias macizos, rígidos como piedras.

Repartir las copas le tomo más tiempo del que había calculado. En su transcurso por los salones se topó con muchos tipos de personas. Primero con imperturbables caballeros que ignoraron la presencia de Kyo, tomando la bebida de la bandeja como si esta flotase por cuenta propia, para luego cruzarse con unas cuantas damas mayores que hacían uso de la decencia más acérrima para camuflar sus intenciones indecorosas, encargándose de retrasar al castaño, hasta finalmente entregar lo último de su bandeja a algunos rostros más juveniles de ímpetus prepotentes, ante los cuales había tenido que hacer un esfuerzo enorme para agachar la cabeza condescendiente.

Se había enterado de varios aspectos de la velada que ya empezaba a madurar tras pasada una hora. Los invitados principales solo habían estado de paso en la primera planta. Desde su llegada, todos parecían haber desaparecido y según algunas conversaciones, arriba se estaba llevando a cabo otra velada interna exclusiva solo para ellos. Así que toda aquella reunión de la planta baja era solo para acompañantes; los sirvientes principales de la casa yacían arriba con las personas más importantes.

También supo que dentro de las familias que asistían había ciertas rencillas. Al parecer no todos se llevaban bien dentro de las partes ejecutivas y según algunos comentarios sueltos, los detonantes de aquello habrían sido los Yagami. La información fluctuaba de un lado a otro entre conversaciones de negocios y palabras casuales, pero nada más allá de lo especulable.

Kyo considero que, tras unas horas de licor, era posible que las conversaciones se desenvolvieran más desinhibidas. No poder establecer diálogos con los invitados le dificultaba aquello de obtener información, pero a la vez era más conveniente; en medio de una charla existían sutilezas imposibles de ocultar.

Rondando el salón del ala este, evitando el área donde yacía aquella extraña mujer Yagami, se dio cuenta personalmente que el apellido al que estaba ligada su servicial presencia, tenía ciertas diferencias con una de las familias.

Un joven de apariencia un poco menor a Kyo, estatura baja para el promedio y algo aniñado, solicitó su servicio. Kyo se acercó haciendo gala de toda su etiqueta, reconociendo al pequeño bastardo que lo había provocado minutos antes, ante el cual había usado todo su temple para asentir con calma.

– Sabes. Para ser un sirviente tienes un porte muy brusco. Dime ¿Se quedaron sin servidumbre y pusieron a uno de sus gorilas a atender la velada? – Preguntó con tono altanero a Kyo. Sin mirarlo por encima del hombro ya que la estatura de este se lo impedía.

– Solo soy un nuevo sirviente al servicio de la casa Mori. – Respondió Kyo haciendo uso de toda su paciencia.

– Primero una prostituta y ahora un vulgar gorila entran a nuestra velada. Todo gracias a la familia Mori. –expresó el joven con desagrado y sus acompañantes rieron con sutileza–. Puedo ofrecerte un mejor trabajo que ese que tienes chico. Tal vez en los talleres de carga del puerto. – Sonrió de manera desagradable.

– Estoy bien en mi trabajo, caballero. Pero gracias por el ofrecimiento. – Sonrió Kyo con un encanto inapropiado. Que hizo sonreír a la hermosa jovencita que le acompañaba. El chico de estatura corta frunció el ceño con aire orgulloso.

– Mejor aléjate sirviente, no requerimos tu torpe servicio. No sea que dañes algo con esas manazas. – Puntualizo el joven con prepotencia.

Kyo hizo una reverencia y retrocedió caminando con lentitud para no llamar la atención, miró de soslayo la copa que tenía el enano en sus manos y sintió una densa intención de estallarla en pedazos. Durante un momento ínfimo, percibió su energía fluir con una facilidad antes desconocida y la retuvo alarmado.

Percibió algo tenso como el joven hizo una mueca y dio un respingo soltando la copa. El líquido rojizo se desparramo sobre su traje de gala repiqueteando sus zapatos mientras el cristal se rompía en muchos pedazos.

Aquello llamó la atención de varias personas cercanas y el hombre enrojeció de vergüenza e ira. Aun así, mantuvo la etiqueta haciendo una seña irritada a su sirviente de cabecera. Mantenía una postura orgullosa como si nada hubiese sucedido, pero Kyo podía ver el movimiento escocido en sus dedos.

El castaño sonrió satisfecho. Le había asustado un poco la facilidad con que el poder Kusanagi había fluido, temiendo que la mano de aquel imbécil se prendiera en llamas, pero todo procedió de manera inusitadamente precisa.

¿Acababa de descubrir una nueva capacidad de evocar fuego con solo concentrarse en un punto? Se preguntó, pero negó para si mismo la posibilidad. Algo similar le había sucedido cuando habló con el consejero durante la mañana. Debía tener cuidado con aquellas emanaciones espontaneas de energía, pero de todas maneras no pudo evitar disfrutar la cara de aquel chico petulante al tirarse el vino encima.

Salió del salón con absoluta tranquilidad en busca de Kaoru y Amelie, pero percibió a la extraña mujer Yagami en el vestíbulo. Parecía un poco alterada y miraba entre todos los presentes hasta que cruzó el arco que daba a la sala este donde había estado Kyo segundos antes.

El castaño maldijo por lo bajo dando la espalda desde una mesa con pasabocas, simulando recoger unos platos. ¿Esa maldita mujer lo había percibido?

La observó perderse entre los comensales del salón y apreció una marca que sobresalía del escote en la espalda, parte de un tatuaje que dejaba ver un ala y una media luna a la altura del omóplato.

Se alejó a través de los accesos abiertos en búsqueda del dispositivo móvil. Tenía algunas cosas que informar.

Kaoru aún meditaba silenciosa tras su encuentro con el famoso Benefactor. El hombre era un señor de edad avanzada y forma menuda. Era más bajo que Amelie y no cargaba en su semblante gracia alguna. Era una persona seria de apariencia hosca, pero contrastablemente amable. Lo único que conocía del Benefactor hasta el momento era que pertenecía a una familia influyente en la industria de los puertos apellidada Mori y ocupaba un puesto como alto funcionario del gobierno en la parte administrativa. Aún así, dada la dinámica que llevaban a cabo en lo poco que había percibido de aquella velada, Kaoru estaba segura de que no era solo un funcionario.

Ella había reconocido varios de los apellidos pertenecientes a familias muy poderosas en la industria de Japón y aunque el Benefactor no estaba en la lista de conglomerados capitalistas, empezaba a comprender por qué lado se estaba desarrollando aquella reunión. Los Mori al igual que los Yagami era un apellido pequeño en comparación a algunos grandes monstruos financieros que tenían representantes esa noche en la velada. El hecho de que aquellas personas fuesen miembros directos de las familias a las que representaban, hacía imposible que el Benefactor fuera solo un simple funcionario, o por lo menos era poco probable que estuviese allí como enviado del gobierno.

Observó con cautela a Amelie. Que aquella jovial mujer les hubiese facilitado a ambos la entrada al lugar no debía ser solo por su buena amistad con King. Había algo que desconocían cocinándose debajo de sus intenciones, pero considero que si esta situación beneficiaba a todos, no debería ser un problema.

Las primeras horas las paso sin mucha novedad, acompañando a Amelie en sus carismáticas charlas algo vánales. Supuso que establecer una conversación que pudiese llegar a profundizar en algo relacionado a ellos, requería un buen preámbulo.

Observó el celular con ademan furtivo y percibió varios mensajes, la mayoría de Mai, en una hilera repetitiva de spam. Se disculpó un momento solicitando un espacio para ir al tocador, Amelie accedió con una sonrisa dibujada para sus acompañantes. Kaoru se alejó del grupo de cotilleo y descubrió que el baño estaba vacío dándole la privacidad necesaria para responder al chat grupal que habían establecido.

Desde que entraron a la mansión había visto cruzar a Kyo en solo un par de ocasiones y hacía más de una hora que no sabía nada de él. Aun así, no le preocupaba su extensa ausencia dada la naturalidad circundante. Si algo llegara a suceder todo se transformaría en un caos ineludible.

Informó en pocas palabras la falta de novedades y justificó la ausencia de Kyo con las ocupaciones que debía llevar su labor.

Benimaru respondió solicitando en buenos términos que les informara de cualquier mínima situación extraña, dado que, aunque su Yagami estaba bastante apartado, su inconformidad podía ser percibida a kilómetros y sabía bien que esperaba novedades de Kyo al igual que ellos.

Kaoru sonrió divertida ante la poca confianza que parecían depositar sobre el líder Kusanagi y agradeció que por lo menos tuvieran cierta certeza de que ella haría bien su trabajo. Guardó el móvil en el reverso del cinturón de tela del vestido cerca al prendedor para que pasara desapercibido. Tenía que obtener información pronto.

Necesitaba saber quién era el enviado Yagami. Tras la partida del Benefactor, Amelie había sido abordada por dos hombres que las llevaron consigo al salón del ala oeste y desde allí no pudo ver a los invitados importantes que restaban. Se preguntó dónde estaría Kyo Kusanagi y por qué demoraba tanto, sentía una vaga y familiar necesidad de calmar las tensiones de Iori; aunque sabía que Benimaru había escrito aquello solo para provocarlo, la preocupación del pelirrojo resaltaba a pesar de la vaguedad indiferente que mostraba.

El salón yacía un poco más libre, la gente parecía aglomerarse en las otras instancias. En la barra del bar abierto atendido por un sirviente de edad media, percibió a los dos acompañantes de Amelie sin ella a su lado. Buscó a los alrededores hasta que la vio en uno de los sillones amplios, cerca de un ventanal que daba al jardín. Estaba sentada con Kyo erguido a un costado. La escena no discrepaba mucho de una pintura italiana que vio cuando era solo una niña, enmarcando a una señora de alta cuna con su sirviente, acogidos por los matices terracota de las cortinas a su alrededor.

Se acercó con el paso delicado de una sombra y deslizó el móvil con un movimiento sutil, depositandolo en uno de los bolsillos del traje de Kyo.

Kyo la observó con una media sonrisa en agradecimiento por ahorrarle el trabajo de pedirlo y les ofreció una copa de una nueva bandeja que le había sido entregada y ante la cual minutos atrás, había meditado si beber el mismo su contenido para no hacer más rondas, pero descartó aquella tontería divertido, con el amargo recordatorio de sus pasadas ebriedades. Ambas tomaron el delgado cristal de visos granates cruzando algunas palabras.

– ¿Alguna novedad? – Preguntó Amelie adoptando una posición altiva, mientras saludaba con una mano a un caballero joven que caminaba fuera del salón, regresando su saludo con una sonrisa encantadora.

– Aparte de que los Mori no parecen estar en buenos términos con una que otra familia. Nada nuevo…salvo los Yagami. – Respondió Kyo haciendo el ademan de recoger algunas copas vacías de la mesa de centro y posicionándolas en la bandeja. Kaoru lo miró con ansiedad y luego mutó su semblante a un dócil interés.

– ¿Viste los Yagami? – Preguntó mirando al jardín, dando un sorbo a la bebida.

– Si. Un anciano de cabello extraño, una mujer bastante particular, cabello corto y un tatuaje en la espalda, que creo deberías evadir, y dos sirvientes que bien podrían ser decoración de fondo. – Agregó Kyo levantando la bandeja. Kaoru lo miró directamente casi alarmada.

– ¿Los cabellos del anciano, tenían una franja clara al costado izquierdo? – Preguntó acercándose a Kyo. "Qm" interrumpió Amelie separándolos con ademan divertido.

– Ven Kaoru querida, nuestros compañeros aguardan. –agregó sonriendo a los hombres de la barra–. Retírate. – Puntualizó al castaño. Kyo apreció como varias miradas cruzaban fugaces en dirección a ellos. Cotilleos que debían reiterar ante la dudosa procedencia de Amelie. Su sola presencia atraía la atención y eso no les convenía.

Kaoru miró a Kyo de soslayo, nerviosa. El castaño asintió con la cabeza en respuesta a su pregunta y se retiró a las cocinas con ademan servicial. Después de esa noche, en su vida volvería a hacer una maldita reverencia.

Kaoru observó los dos arcos que comunicaban la sala con el vestíbulo, la ansiedad centelleo en su interior embotando su mente en anhelantes posibilidades. Aquel hombre Yagami que yacía en los pisos superiores siempre había sido muy allegado a sus padres. Una chispa de esperanza destelló en sus ojos. Debía acceder a él de alguna forma, tenía que contactarlo a como diera lugar.

Habían aguardado poco más de media hora cerca a los muros de la mansión justo después del ingreso de los infiltrados. La paciencia de Mai se había agotado con facilidad y los insto a esperar en la zona rosa, abogando por lo absurdo que sería quedarse todo el tiempo en un callejón de poco tránsito con un clima helado.

Benimaru había accedido con facilidad, en lo profundo tenía la seguridad de que nada saldría mal si Kaoru y Kyo se apegaban al plan. Terry por su parte cuestionó el alejarse mucho, si algo pasaba su capacidad de reacción podría verse reducida si estaban muy lejos, pero finalmente accedió ante el argumento concienzudo de Mai que aseguraba que lo que pudiese llegar a salir mal, no se daría en las primeras horas de la velada.

Iori aportó poco a las especulaciones, pero no abandono el costado de la mansión. Su semblante se denotaba rígido y poco colaborador; algo que no les extrañaba viniendo de él. Finalmente había anunciado, para calmar la expectativa del grupo, que exploraría los alrededores por cuenta propia.

Ninguno se opuso al hecho, pero Mai pidió al pelirrojo tener cuidado de no llamar la atención. La respuesta había sido un gruñido corto en afirmación acompañado por un destello violeta que consumía una tercera colilla de cigarrillo. El grupo se separó.

Iori avanzó por el callejón solitario bordeando el alto muro que separaba la propiedad. La parte alta de la pared de piedra parecía despejada y tras corroborar que no estuviese a la vista de nadie, hizo una maniobra rápida y trepo hasta el borde superior. Sostuvo su cuerpo al filo del muro divisando parcialmente el interior. En la parte externa no había nada de vigilancia, pero como había asegurado Terry, el interior era totalmente diferente.

No solo había personal surcando los jardines frontales, si no que había cámaras empotradas en las partes altas del muro, divisando la misma zona frente a la fachada. Supuso que al otro extremo debían aguardar mas cámaras y vigilantes, asi que tanteo la parte trasera de la mansión, espacio nada iluminado, lo cual le facilito avanzar por el borde alto de la división. En esa dirección no percibía vigilancia alguna y esto le hizo dudar de la seguridad actual del lugar. Posiblemente la instalación de las cámaras había sido reciente y parecían solo estar enfocadas en los comensales más que en la protección de los mismos.

En la parte trasera del territorio Iori apreció un pequeño bosque de árboles poco convencionales en Japón; sus troncos eran gruesos, oscuros y no muy altos. Sus brazos amaderados se extendían fuertes cubriendo todo el patio trasero en una densa oscuridad. Le daba la impresión de que aquel lugar era un ambito artificial diseñado para rememorar algún rincón de Europa. Posiblemente habían sido plantados en pleno desarrollo y aquello le hizo preguntarse quién sería el dueño de la propiedad.

Ciertamente debía ser un extranjero, pensó, y aquella idea revolvió algo dentro de sí al recordar a Alexander. Rozó con los dedos algunas hojas rebeldes que sobresalían con dificultad sobre el muro y accedió con poca dificultad a las ramas del árbol. Se deslizó con la presteza de un gato hasta la espesa oscuridad del bosquecillo y observó dos caminos en piedra convergiendo en un kiosko centralizado con múltiples focos pequeños y dorados iluminando el espacio. Todas las personas estaban dentro de la casona y supuso que por el frió circundante pocas o ninguna se animarían a recorrer los jardines nocturnos.

Recostó la espalda a un árbol para cubrir el reflejo de la pantalla al revisar si había alguna respuesta, vio los mensajes cortos desplegados, pero no eran de Kyo y aquello le molestó. Guardó el dispositivo divisando las ventanas y ventanales. El primer piso estaba muy iluminado en contraste con el segundo que parecía completamente vacío.

Analizó la situación y pensó en las numerosas reuniones mencionadas por Amelie, la seguridad recientemente instalada y la posible variación en las locaciones. Lo que sea que estuvieran negociando era algo que aún no resolvían, de lo contrario no convocarían una y otra vez a familias influyentes a reuniones extraordinarias, instándolos a dialogar de manera reiterada.

Era muy posible que los Yagami le estuviesen generando un mal momento a varios emporios de contratación con el gobierno y aquello lo llevo a preguntarse que demonios podría estar pactando Takeshi en esas reuniones. Gruño molesto pensando en el espejo Yata de Chizuru, que debía estar en posición de ellos. Si deseaban las reliquias y el poder de estas, les costaría mucho más lograr obtenerlo.

Divisó el otro extremo del territorio sin atreverse a abandonar la ocultación de los árboles cuando el celular vibró en su bolsillo.

Se interno en la densa negrura y reviso el móvil.

Kyo: Kyo Kusanagi reportándose. La velada es todo un cotilleo bastante aburrido y poco productivo.

Benimaru: Maldición Kyo nos tenías en vilo. Ya estaba apostando que no durarías un par de horas más sin quemar el sitio.

Kyo: Ja. Debo mencionar lo mucho que les gusta solicitar mis servicios.

Mai: ¿Y en todo este rato no has descubierto nada cariño? ;)

Kyo: Nada relacionado a lo que necesitamos, aunque podría especular algunas cosas sobre la familia del "benefactor" de Amelie.

Benimaru: Bueno, ya entraste en la red de chismes. Podrías tener un talento innato para esto. :)

Kyo: Púdrete.

Mai: No olviden estar alejados de los Yagami. Att: Terry.

Benimaru: Eso fue innecesario.

Terry y Mai observaron al rubio con cara de pocos amigos mientras este sonreía divertido finalizando su café con el celular en la otra mano.

Kyo: Sobre ellos...eso es algo que quería preguntarle a Yagami. ¿Está ahí?

Kyo: Mmm olvídenlo. Me llama el viejo pavo.

Los tres amigos observaron la referencia con una sonrisa extrañada.

Yagami: Activa el auricular, voy a hacer la primera llamada.

El pelirrojo accedió a la parte alta de uno de los árboles medianos, el otoño había estado haciendo su labor al desnudar la naturaleza, pero la altura y las gruesas ramas oscuras eran un escondite perfecto.

Kyo salió por tercera vez con una bandeja, en esta ocasión con una bebida diferente igual de impronunciable que acompañaba la nueva tanda de pasabocas crocantes. Sintió como el móvil vibraba en su bolsillo y activó el auricular con un movimiento furtivo.

– Habla poco o llamaras la atención. – Fueron las primeras palabras de Iori. Kyo gruño, eso ya lo sabía.

– Estoy en la zona de sirvientes inexistentes, puedo decir un par de cosas. – Agregó en voz baja, probando sus desconocidas capacidades de ventriloquia; las cuales evidentemente no tenia, pero disimulaban un poco.

– Que has descubierto. – Indagó Iori.

– Poco. Rumores superficiales de la disolución de un emporio familiar. No sé bien a que se refieren, pero parecen callarse justo cuando alguien menciona a los Yagami. –hizo una pausa donde la voz dulzona de una mujer ya pasada en tragos bromeaba con una risa controlada acerca de la casualidad de que siempre era el castaño quien le daba las copas más fuertes. Era la misma mujer que lo había retenido una hora antes con incitantes palabras decentes. Le expresó con delicada coquetería después de beber la copa, que los Mori tenían muy buen gusto a la hora de contratar a sus sirvientes. Kyo expresó una sonrisa silenciosa a modo de asentimiento y se alejó incomodo–. Creo que prefiero la zona de sirvientes inexistentes. – Puntualizó cansino. La voz de Iori resonó con levedad en una risa baja.

– No esperé todo este rato para que te burles de mi Yagami. –refutó con una sonrisa molesta el castaño, la cual se esfumo al entrar al ala este, discurriéndose por los costados, intentando localizar algún Yagami–. Hay una mujer extraña de tu familia. Me dio la impresión ya en dos ocasiones de que puede percibirme de algún modo. – Susurró disimuladamente al verse cerca de algunos comensales. Iori se alarmó.

– ¿Como es?... ¿Tiene alguna marca? – Pregunto con acentuada seriedad.

– Te refieres a un tatuaje con una luna y un ala…o algo así. – Respondió Kyo en voz baja deslizando algunas copas con sigilosa audacia sobre varias mesas, dejando un poco más vacía su bandeja. Iori gruño inconforme.

– No se te ocurra acercarte a ella. – Ordenó Iori.

– Esta bien, tampoco planeaba pasar a saludar. –hizo una pausa larga en la que el ruido de voces se hizo mayor y tras atender a un par de caballeros, el sonido menguo nuevamente–. Bueno cuando planeas decirme quien demonios es esa Yagami. – Indagó Kyo con un tono de voz normal. Cruzaba un pasillo seguro.

– Son los sabuesos Torakka. Personas entrenadas desde la infancia para percibir la energía Kusanagi. Son los asesinos que se encargan de rastrear los controladores del fuego en las emboscadas o en las huidas. Su objetivo es siempre hacer un ataque certero a los que comandan la legión ignorando a los agentes más débiles. –informo Iori. Kyo maldijo por lo bajo. Había tenido a esa mujer demasiado cerca justo en la entrada, si llegaba a percibirlo toda la misión de iría al caño–. Tu energía es un vórtice intenso en este momento, si estas a poca distancia podría percibirte, intenta no estar siquiera a la vista de ella, en caso de que llegue a detectarte deben abandonar ese lugar. – Puntualizo el pelirrojo con tono autoritario.

– Hmm No estar a la vista será algo difícil, pero puedo evadirla. –aseguro Kyo pensativo. El sonido retomo la intensidad de voces lejanas aglomeradas y cristales–. No entiendo por qué demonios enviarían a esa mujer de acompañante, si su función es rastrear controladores del fuego… ¿Acaso sospechaban que un Kusanagi entraría aquí? – Preguntó Kyo en voz baja deteniendo su paso un instante.

Del otro lado de la línea el silencio inundo la llamada y eso le dio mala espina al castaño.

Iori pensó en los Supaida y en el asesinato de Ichiro Yagami aquella mañana. Saito había asegurado al pelirrojo que se encargaría de cubrir el ataque para que no hubiese ninguna sospecha sobre ellos. Pero al parecer aquello significaba que los Kusanagi no estaban incluidos en el encubrimiento del jefe Supaida. Qué estaría planeando aquel viejo zorro, reflexionó Iori.

– Supongo por tu maldito silencio que sabes algo y espero que me digas porque demonios hay un Torukka en este lugar. – Refutó Kyo.

– Torakka. –corrigió Iori pensativo–. Y habla más bajo Kusanagi. – Kyo gruñó exasperado.

– Me importa muy poco como se llamen. –habló Kyo por lo bajo, irritado–. ¿Por que demonios está aquí? Si…– Agregó, pero guardó silencio al instante. Cambió su semblante con gran esfuerzo a una máscara servicial y amable, mientras ofrecía una copa a una joven que se había acercado directamente a él. La mujer era la misma chica hermosa que estaba entre la compañía del joven imbécil al que le había quemado los dedos. Esta le saludo con algo de timidez.

– Quería disculparme…por mi primo. El no comprende que todo lo que este bajo el apellido de los Mori no hace parte de nuestra enemistad. Por favor perdónalo. – Hablo la chica con dulzura y una expresión inocentemente coqueta. Kyo entendió bien que su disculpa no se debía al agravió cometido, si no a la posibilidad de flirtear con él. Sonrió amable, aunque se sentía bastante molesto. La chica llegaba con intenciones que poco le importaban a interrumpir la justificación que estaba esperando de Iori.

– Solo soy un sirviente. No necesita disculparse señorita. – Puntualizo buscando continuar con su camino y alejarse de los comensales.

– ¿…Por qué insistes en acercarte a ella? –sonó la voz molesta del joven en cuestión. Kyo respiró profundo manteniendo el temple–. ¿Quién te crees que eres para hablarle con tanta familiaridad? Salvo un miserable sirviente que no podría pagarle ni una invitación decente. – Agregó sedicioso el joven. Kyo lo miró con cierto dejo de altanería, notando sus dedos vendados.

– Veo que sus dedos están mejor y me alegro que tuviese un traje de cambio caballero. – Intento sonar servicial, pero solo logro acentuar un cinismo filoso. El joven lo miró con indignación.

– Primero esos malditos Yagami arrastrándose del anonimato y creyéndose superiores y ahora los Mori trayendo vulgares compañías. ¿Que más podemos esperar en estas reuniones? – Preguntó en tono alto llamando la atención de otros comensales. Kyo apretó los dientes y maldijo mentalmente.

– Que demonios estás haciendo Kusanagi. – Refutó la voz de Iori en el auricular.

– Esto no se quedará así bastardo. –instó el joven–. Esta quemadura te valdrá este y todos los posibles empleos que puedas conseguir. Considera barrer las calles, miserable. Porque ni los Yakuza tendrán espacio para ti. Esa copa caliente te va a costar más de lo que crees. – Amenazó a Kyo con enojo en un tono de voz baja que solo escucharon los más cercanos y se retiró jalando con brusco disimulo a su prima, reprimiéndola a regañadientes por no saber comportarse en su primera velada. Kyo se apartó rápido de la aglomeración de comensales que dirigían miradas inquisitivas en su dirección.

Ingreso al tocador de caballeros y agradeció que estuviese vacío.

– Que demonios hiciste... – Indagó Iori irritado.

– Nada. – Respondió Kyo molesto. Maldijo mentalmente, tal vez si solo evadía el resto de la noche esa ala de la casa no tendría mayores problemas, pensó.

– Déjame adivinar… ¿Te dejaste provocar por un niño imbécil de alta cuna y usaste tu fuego…en la misma zona en la que estaba Torakka? Brillante Kusanagi. – Acotó Iori. Se denotaba enojado.

– No tenía ni idea de que habría uno de esos malditos sabuesos Yagami aquí. No recuerdo que me lo hubieras informado, maldición. – Gruñó Kyo por lo bajo. La puerta del baño se abrió y entró un hombre de mediana edad que miro extrañado a Kyo. Este había recogido por reflejo unas toallas apiladas a un costado, simulando organizarlas. El hombre ignoró al sirviente y Kyo salió del tocado con presura.

– No hables. Busca a Kaoru, deben salir de allí ahora mismo. – Puntualizó Iori.

– Me debes una explicación Yagami.

– Eso ya no importa. Busca como salir de allí.

– Estas exagerando, puedo evadir al maldito perro como también mantener a raya esa pequeña escena. –se negó Kyo voluntarioso–. Aún podemos averiguar más.

– No lo entiendes...si usaste tu maldita energía ya debió haberla percibido. Así no sepa quien específicamente es el Kusanagi infiltrado en la velada, movilizara lo necesario para no dejarte salir hasta localizarte. Eventualmente van a dar contigo. Mantente alejado de los sirvientes y busca a Kaoru. Salgan de ese lugar. – Puntualizo Iori molesto, su voz se denotaba tensa. Kyo maldijo, no estaba seguro de que fuera necesario precipitarse, tenía la certeza de que aquella mujer no podría sentirlo tan bien como Iori aseguraba.

– No alarmes a nadie aún, dame tiempo para localizar a Kaoru. – Apuntó Kyo colgando la llamada. Iori contuvo el impulsó de destrozar el móvil. Sabía bien que aquel terco Kusanagi no cedería tan fácil y aguardó con hosquedad su proceder. Vio desplegados múltiples mensajes de preguntas y protestas de parte del resto del equipo, la próxima llamada debía ser grupal.

Kyo avanzó por el pasillo de caballeros girando al ingreso del ala oeste. Antes de cruzar el dintel vio a la mujer Yagami en medio del salón observando a su alrededor con un caminar pausado. Algunos comensales la detallaban con desagrado, los demás yacían enfrascados en sus asuntos en común. Kyo consideró que era el momento perfecto para probar que tanto podía percibirlo aquel sabueso. Era un riesgo absurdo si algo salía mal, pero estaba seguro de que aquel Torakka no podría rastrearlo tan bien como Iori.

Se acercó a uno de los sirvientes de la sala y mintió asegurándole que solicitaban su presencia en las cocinas, que él se encargaría de repartir el antipasto. Se acercó cauteloso a la zona central y distribuyó los pasabocas al igual que otros tres sirvientes que revoloteaban con elegancia por la instancia. La mujer los observó uno a uno al caminar con tranquilidad. Su atención solo brincaba entre ellos y Kyo supuso que por obvias razones sus sospechas recaían solo sobre los sirvientes.

Su caminar cauteloso arribó hasta estar a pocos metros de Kyo y este se concentró en aquel bullente caos en su interior, intentando darle un orden que le permitiese calmar su fluctuante furia ígnea. No fue mucho lo que logró, pero sintió como la calidez era centralizada y no caótica. La mujer lo miró de soslayo al igual que había hecho con sus otros compañeros, Kyo la ignoró atendiendo otro comensal y caminó con cautela al vestíbulo.

Cruzo los anchos arcos sin ser percibido por esta. Exhaló el aire que inconscientemente había estado conteniendo. Ella lo percibía con una debilidad latente en el sitio, pero su olfato era nulo ante el foco de energía. No podía ubicar su fuente ni reconocerlo. Nadie más podía percibirlo como Iori lo hacía y esto le tranquilizó. Si lograba evadir al sabueso, los sirvientes no serían mayor amenaza.

Kyo sonrió triunfal, tenía razón al pensar en que Iori estaba precipitando todo. Aún estaba todo bajo control.

Avanzó en búsqueda de Kaoru pensando que era el momento de agilizar su propósito, pero divisó a Amelie siendo cargada por uno de los guardias que impedían el acceso al segundo piso. Vio como la depositaban en un sillón en la sala contigua y no vio a Kaoru acompañándole.

Kaoru avanzó presurosa por el corredor secundario. El suelo estaba entapetado con una alfombra oscura que subyugaba el sonido de sus pies descalzos, la poca iluminación también le ayudaba a pasar con mayor sigilo.

Había visto a Kioshi Yagami cruzar el balcón interno del piso superior y había solicitado en suplica urgida a Amelie que hiciera algo para facilitarle el acceso a la segunda planta. Tras la negativa alarmista de la mujer, Kaoru había hecho algo absolutamente impropio. La había amenazado con su pacto de colaboración, anunciándole saber de sus intereses personales y abogando por la necesidad mutua que tenían. La mujer había quedado sorprendida por la repentina agudeza de la joven y había accedido a regañadientes haciéndole jurar con poca convicción, de que nadie debía verla.

Momentos después Amelie preguntaba al encargado del personal, con sediciosa intención, cuando empezaría la presentación en vivo de los chelistas. Abogaba por los rumores que se daban entre las damas mayores, las cuales se quejaban del retraso en la puesta en escena. Después de que el vestíbulo central se hubo vaciado gracias a un brindis propuesto en la sala central que daba apertura a la presentación en vivo de los músicos, Amelie se acercó algo errática a uno de los guardias y derramó accidentalmente la bebida sobre el hombre, tras lo cual perdió el equilibrio aparentando estar mareada, y disculpándose como toda una preciosa dama en apuros, muy apenada, atrajo la atención del segundo guardia que se acercó para ayudarle a levantarse mientras su compañero se limpiaba molesto la mancha granate en el traje.

El movimiento de Kaoru había sido preciso y silencioso, con los zapatos en la mano había subido sin que nadie se percatase del acceso.

Respiró profundo avanzando con cautela por el pasillo en el que había escuchado una puerta abrirse. Pensó en Kioshi Yagami, aquel hombre amable con quien recordaba haber compartido grandes sonrisas cuando era solo una pequeña niña. Un hombre noble y leal a su padre, buen consejero y muy sensato. Aquello la esperanzaba a la vez que le causaba un enorme miedo. No lo había visto desde hacía un año, mucho antes de la desaparición de sus padres y consideraba imposible que aquella persona se hubiese aliado a Takeshi. En lo profundo de su corazón, Kaoru aun confiaba en que la mayoría de los Yagami cargaban una sensatez y lealtad superior a la soez impresión de Iori.

Continuó consciente del enorme riesgo que corría, confiaba en aquel hombre. Su último recuerdo de él se remontaba a una de las reuniones importantes del cónclave en la cual Kioshi había defendido abiertamente al líder Yagami Iori a pesar de su ausencia. Además, estaba en vilo lo que más le importaba en el mundo, su hermana, y sabía bien que aquel hombre debía tener conocimiento de la situación de la pequeña.

Se disculpo mentalmente con Kyo Kusanagi, necesitaba saber cómo estaba Aki y si lo hubiese dialogado con ellos posiblemente se habrían negado a su incursión. Aquel riesgo denotaba para Kaoru una necesidad que nadie mas entendería.

Cruzó el pasillo hasta percibir una puerta entreabierta por la cual se filtraba una línea dorada de luz que cortaba la penumbra como una espada. Abrió la puerta con cautela mirando al interior y aprecio la espalda ancha y la estatura media del hombre, que rogaba, mantuviera la lealtad a su padre.

Este dio un largo trago a un licor fuerte de color amaderado. Estaba sudoroso y se denotaba nervioso. Kaoru ajusto la puerta con delicadeza y dejo sus zapatos a un lado. El hombre percibió el ruido y giró con rostro severo, pero su expresión segura se transformó en una confusión momentánea, para finalizar en una sorpresa cercana al miedo.

– Kaoru, niña…Oh Kamisama. ¿Qué haces aquí? – Preguntó el hombre casi alarmado. Kaoru se acercó dubitativa.

– Kioshi por favor, dime que puedo confiar en ti. – Expresó sin saber cómo abordarlo, temerosa. El hombre se limpió el sudor con un pañuelo, muy nervioso.

– No niña, no debes estar en este lugar. ¿Cómo lograste entrar? Te han estado buscando. Tenía la esperanza de que hubieses abandonado el país. – Habló con voz entristecida.

– ¿Y dejar a Aki en manos de ese monstruo? No. Necesito tu ayuda. Iori necesita tu colaboración.

– ¿Iori? ¿Sigue con vida? ¿Él también…está aquí? – Preguntó el hombre anonadado, intentando mantener la compostura.

– Si está vivo pero no está en este lugar. Yo…yo entre sola. –puntualizó con seguridad a pesar del titubeo–. Lo que planea Takeshi es una locura, ya debes saberlo. Él asesino a mis padres y es en parte culpable de todas las desapariciones y atrocidades. Iori Yagami sigue siendo el portador del Magatama y buscará retomar su liderazgo de una u otra manera. Necesito que esa manera sea lo menos sangrienta posible Kiyoshi, somos familia, no es posible que nos asesinemos los unos a los otros, debemos recuperar el equilibrio. – Argumento Kaoru afligida, pero con enorme determinación en la mirada.

– Oh pequeña. No alcanzas a imaginar lo que está sucediendo, pero es una locura aun mayor que estés aquí en este momento. Debes irte, sal de esta casa antes de que alguien pueda reconocerte. –habló el hombre apretando con cariño el brazo de la chica, instándola a partir–. Kaoru, niña. Deja en el monumento de la playa, aquel que solías visitar en tu infancia, un modo para contactarte. Debes salir de aquí antes de que la velada termine. Hablaremos con más calma en otro lugar. Ahora es demasiado peligroso para ti, para todos. – La empujó soltando su brazo. Kaoru caminó a la puerta dubitativa.

"Para todos" Resonaron esas palabras con un eco disconforme. ¿Cuántas personas tendría Takeshi bajo su reinado de terror? ¿Cuántas personas podrían alzarse contra él si Iori se levantaba? Se preguntó a punto de abrir la puerta, pero se detuvo en seco. Su intención primaria había sido absolutamente egoísta y no podía irse sin abordarla. Giró apreciando como el anciano miraba por la ventana, casi paranoico.

– Aki. ¿Cómo está ella? – Preguntó afligida, no podía partir así sin más, sin saber nada de su pequeña hermana. No saldría de ese maldito lugar sin saberlo. Por favor Kamisama que este bien, rogó con el corazón acelerado. El hombre la miró urgido, al borde de la irritación.

– Ella…está bien. –hizo una pausa, nervioso–. Ahora vete. – Instó impaciente. Kaoru lo observó con un miedo intenso en su vientre, algo estaba mal, algo había sucedido con ella. Dio unos cuantos pasos hacia él incapaz de confiar, sintiendo que su mundo iba a colapsar si no escuchaba una respuesta esclarecedora.

– ¿Que sucedió con Aki? – Preguntó con un nudo en la garganta. El hombre la miró compungido, pero antes de decir palabra alguna desvió la vista alarmado hacia la puerta y retrocedió irguiendo su postura en un semblante inmutable.

Kaoru giró la vista con lentitud sintiéndose presa de un miedo aturdidor. Bajo el dintel de la puerta abierta estaba un hombre muy alto de traje elegante. Sus cabellos oscuros discurrían a un costado con pulcritud y levantando una mano impecablemente enguantada apretó unas delgadas gafas en su centro. Sus ojos azul claro parecían imperturbables pozos helados.

– Lamento interrumpirlo señor Yagami. Pero me temo que le estaba tomando demasiado tiempo ir al tocador de caballeros. –habló inmutable dando una mirada acentuada al licor del escritorio–. Es solícita su presencia en el estudio. – Sus ojos impávidos se posaron sobre Kaoru con un brillo antinatural, reflejando una extraña complacencia.

Kyo maldijo una y mil veces. Amelie lo calmó para no llamar la atención, mientras se abanicaba recostada en el sillón. Los guardias ya habían retomado sus posiciones y la mayoría de comensales se habían aglomerado en la sala de los músicos.

– Está demorando demasiado. Esa fue una maldita mala idea. – Refutó en voz baja el castaño, ignorando la quinta vez que vibraba el celular en su bolsillo. Debía pensar cómo informar la magnífica infiltración improvisada de Kaoru sin que todos se alarmaran. Finalmente, decidió responder la llamada.

– ¿Con un demonio Kyo, que parte de contestar el maldito móvil y tenernos informados no quedo claro? – Refuto Mai sin preámbulos.

– Espero no se les olvidara que somos más en esta misión. No más llamadas personales, gracias. – Agregó la voz de Benimaru con dejo cínico.

– Dime que ya van a salir del maldito lugar. – Corto Iori casi con agresividad.

– Okay. Gracias por informarnos una mierda Yagami. – Agregó Benimaru alarmado.

– ¿Qué ha pasado? –sonó la voz unísona de Mai y Nikaido.

– Si necesitas que nos movilicemos solo dilo Kyo. – Agregó Terry con tono grave.

– No, lo tengo bajo control, no hay que alarmarse. –respondió Kyo airado–. ¿Escuchaste Yagami? – Puntualizó intentando mantener la cautela.

– Con un demonio Kusanagi, si ya están juntos salgan del lugar. –instó Iori. Había regresado a la posición inicial desde donde podía divisar el costado derecho de la casona. Parte del personal de seguridad se había movilizado de repente al interior de la mansión y aquello no le gustaba–. La guardia está entrando a la casa, eso es una mala señal. Salgan de ahí. – Habló Iori en tono imperativo.

– Vamos en camino. – Agregó Terry.

– Kaoru no está conmigo. –dijo Kyo finalmente–. Subió al segundo piso a establecer contacto con el representante de los Yagami. – Agregó en voz baja. Estaba parcialmente oculto tras unas largas cortinas de terciopelo al lado de las columnas talladas. Divisaba el acceso doble de la escalera, pensando que no habría otra oportunidad de pasar desapercibido como Kaoru.

– Que demonios. – Exclamó Benimaru incrédulo.

– Intentare acceder por el balcón de atrás. Busca una salida al jardín externo del bosque. – Informo Iori moviéndose entre las ramas gruesas.

– Ni se te ocurra Yagami. Es demasiado peligroso que muestres tu maldita cara por acá. Yo subiré por ella. Confía en mi maldición. – Refutó Kyo casi en voz alta, bajándola de golpe. Hubo un silencio de parte de Iori.

– Estamos en posición. No te preocupes Kyo, no están solos. Ve por ella y salgan, los cubriremos si es necesario. – Espeto Terry. Aquellas palabras cargadas de seguridad imbuyeron confianza en el castaño. Iori gruñó bajo.

– Llévala a la parte posterior de la mansión. Los cubriré desde allí. –habló Iori aceptando el hecho de que Kyo podía encargarse de recuperar a Kaoru. Una fugaz punzada de recuerdos lo bombardeo, imprimiendo la imagen de Kyo herido y las palabras de Chizuru en su mente. Solo había sido una pesadilla pero le inquietaba de sobremanera–. No vayas a usar tu maldito fuego por nada del mundo Kusanagi. – Advirtió Iori. En su voz se denotaba una clara preocupación amenazante.

– Nunca me dejas nada fácil Yagami. – Sonrió Kyo aceptando la demanda.

Visualizó el acceso dual al segundo piso y calculó cuanto tiempo le tomaría reducir los guardias y encontrar a Kaoru antes de tener a los Yagami sobre su cuello.