Kaoru retrocedió un par de pasos. El hombre de porte gélido la observaba como un lobo rapaz sin intención alguna.
– Señorita Yagami. La han estado buscando, aunque tal vez no con mucha dedicación dada su presencia en este lugar. –hizo una pausa decente con una sonrisa álgida–. …veo que no era necesario tal esfuerzo. – Habló con una frialdad rayana en la emoción de un maniquí, mientras daba un par de pasos al interior.
Había cometido un gran error al no salir de allí cuando Kioshi se lo pidió, pensó Kaoru asustada. Dio un par de pasos más hasta una mesa cercana donde reposaba una figura forjada en hierro y deslizó su mano por el torso helado. Si era necesario se defendería de alguna manera y saldría de allí.
Se mantuvo silenciosa calculando como cruzar sin ser atrapada, pero de repente su cuerpo tomo la densidad de un bloque de cemento y su respiración menguo abruptamente a causa de la presión en sus pulmones. Sus rodillas flaquearon incapaces de sostenerse y se desplomó sin mucha resistencia, contra la baldosa fría.
– Me temo que no puedo permitirle partir joven Kaoru. – Apunto el hombre de mirada helada ciñéndose las gafas por segunda vez, mientras pateaba con delicadeza el objeto que la chica no pudo sostener en sus manos. La presión sobre la joven se aliviano y el hombre la sostuvo mientras ella confundida, jadeaba ahogada al poder respirar de nuevo. La insto a sentarse en un sillón cercano, sin darle oportunidad a negarse.
Kaoru se apartó de aquel tacto desagradable, encogiéndose en la poltrona. Aquel hombre le causaba un terror irracional, tenía la impresión de que, si se oponía, la lastimaría terriblemente. En aquel semblante elegante se discurría una calma asesina.
– Caballero, supongo que la joven lo estaba molestando. – Indagó a Kioshi con afabilidad hipócrita, con la clara intención de entender su encuentro con Kaoru. El anciano adoptó una posición altiva, casi irritada. Un porte casi irreconocible para la chica, que a pesar de poder moverse con levedad y observarlos, sentía su cuerpo paralizado por un peso invisible.
– Al parecer la insensata preocupación por la hermana la arrastro hasta aquí. No me importa que desee esa joven o que quiera Takeshi con ella, no deseo alborotos. Nuestra posición esta noche es en extremo delicada y su trabajo se supone, es mantener el orden. Así que por favor evite cualquier mínimo altercado que nos relacione. – Habló Kioshi con tono displicente, como si ella fuese solo una extraña de poca importancia.
– No se preocupe señor Yagami. Yo me encargare de que todo fluya de modo muy tranquilo. Solo deseaba informarle que la Torakka que le acompaña parece haber rastreado algo particular. –hizo una leve pausa donde miró de soslayo a Kaoru y luego regresó su atención al anciano–. Una energía Kusanagi afirmó, aunque no estaba muy segura del hecho. De todas maneras, deseaba informarle que hare uso de los sirvientes bajo su potestad para hacer algunas averiguaciones al respecto. Si le parece bien claro esta y disculpe el inconveniente. – Hizo una leve reverencia. Kaoru lucho en vano contra la gravedad, que aumento al momento en que intento levantarse, generando un resquebrajamiento en la madera de la poltrona. Araño la madera sin poder erguirse, debía avisarle a Kyo que saliera de aquel lugar.
– Me tiene sin cuidado que busque usted Hein, solo no me haga perder más tiempo valioso y evite llamar de cualquier manera la atención. – Puntualizó Kioshi pasando de largo entre ambos mientras Hein mantenía la reverencia. A espaldas del hombre, el anciano observó un instante a Kaoru que respiraba con dificultad. Su mirada preocupada fue casi cómplice, pero abnegada a la imposibilidad, abandono la habitación.
Kaoru luchó con todas sus fuerzas para moverse fuera de aquel lugar, su cuerpo temblaba por el esfuerzo y terminó por caer de la poltrona. Hein la levanto del suelo dejándola nuevamente en el sillón, mermando con aquel gesto la presión asfixiante.
– Ciertamente usted no ingresó a este lugar sola, como también es un hecho que, curiosamente lo logró después de haber quedado a manos de los Kusanagi la última vez que fue vista. –hizo otra pausa corta y escrutante–. Dígame señorita Kaoru. ¿Está usted acompañada? – Indagó con calma. La chica negó con la cabeza sin mirar al hombre.
– ¿Está usted segura de que no se infiltró en este lugar con uno o más miembros del clan Kusanagi? – Preguntó con un tono incitante en la voz. Kaoru negó nuevamente con renovada energía intentando moverse. Hein caminó rodeando la poltrona con parsimoniosa calma.
– Entonces es verdad que vino sola y que de alguna manera desconocida accedió a esta reunión solo para preguntar por su pequeña hermana... –sus ojos helados e insondables la observaron. Kaoru lo miró con rabia ante la frustración de no poder moverse, casi retándolo, sin negar sus palabras–. Completamente sola, sin ningún aliado Kusanagi... – Reiteró Hein como si leyera el alma de la chica y la presión aumento aplastándole el pecho de manera dolorosa. Las patas de la poltrona cedieron en un sonido ahogado. Kaoru se tragó el gemido que buscaba arrancarle aquel peso asfixiante y doloroso. Negó una vez más con silenciosa lentitud. Estaba aterrada.
– Confió en que la señorita Kaoru no tenga las mismas tendencias suicidas de su pequeña hermana. –agregó sin abandonar su escrutante observación sobre Kaoru, la cual levanto la vista sin aliento sintiendo un nudo en la garganta–. Es algo bastante preocupante viniendo de una niña de tan solo seis años. –esboso una falsa y macabra preocupación acercándose de manera invasiva a la chica–. Está viva aún, aunque muy poco conforme con su corta existencia. –susurro mientras densas lagrimas se resbalaban por las mejillas de la joven paralizada que ahora sufría bajo un dolor superior al físico–. Ella estaría mucho más feliz si fuese acompañada por su hermana…pero eso es algo que solo podría lograrse si su hermana tiene la suficiente sinceridad. – Su mano enguantada se extendió hasta levantar el mentón de la joven, su cuello delgado estaba tenso y su cuerpo era presa de un intenso malestar.
– ¿Quién es el Kusanagi? – Preguntó una vez más con una frialdad invernal. Kaoru giró el rostro tembloroso, cubierto de amargas lágrimas. Un dolor tan profundo como su miedo se le encajó en el pecho. Quería ver a Aki.
– Vine…so..la. – Respondió con dificultad, se sentía ahogada y el dolor la dejaba sin fuerzas, pero no permitiría que dañaran a Kyo Kusanagi. Él y Iori eran la única esperanza que tenían todos para solucionar el terrible futuro que les deparaba. Lloró con desesperación pensando en Aki, por lapsos entrecortados tras la negativa.
– …Y yo supuse que eras una mujer inteligente. Llegar hasta este lugar es una gran proeza, y todo solo por una razón tan torpe y trivial como esa pequeña niña. –hizo otra de sus pausas despreciables liberando a Kaoru de la gravedad aumentada. La chica se desplomó terriblemente mareada y tosió ante la primera bocanada grande de aire, su cuerpo no respondió al intentar levantarse–. Confío en que un miembro del clan Yagami jamás pactaría en tan poco tiempo con los Kusanagi, y menos llegar a someterse a si mismo por uno de sus enemigos. – Puntualizó sacando el móvil y marcando con su particular calma glacial.
Los sonidos se hicieron lejanos para la chica, la voz ahogada de aquel hombre monstruoso se hizo inteligible; Aki resonaba en su pensamiento con amarga desazón. Perdóname Aki, se repitió Kaoru buscando no perder la lucidez y rogando que no atraparan al líder Kusanagi.
Kyo apretó los puños, si alertaba a todos antes de dar con la ubicación de Kaoru era muy poco probable salir de ese lugar sin ser gravemente heridos. Necesitaba acceder al piso superior sin plantar sospechas y encontrar a la chica primero. Sentía el deseo reptante de quemar todo lo que se interpusiera con Torakka o sin ella y maldijo a Yagami por la insistencia de no usar su fuego.
Percibió como los dos sirvientes Yagami cruzaban el vestíbulo hasta uno de los miembros de la guardia. El hombre los miró con cara de pocos amigos, pero tras corroborar en el comunicador les permitió subir. Kyo maldijo por lo bajo y tomó una bandeja vacía de una de las mesas. La mayoría de sirvientes estaban en la sala central atendiendo las necesidades de los comensales que charlaban amenamente al son de la música.
Se acercó a Amelie quien sonreía con afabilidad a un hombre mayor, el cual buscaba guiarla al salón más concurrido, tras pasar su malestar. Kyo cruzó al lado de la mujer y solicitó con palabras amables, pero semblante nada servicial un momento de su tiempo. El hombre observó a Kyo extrañado por la altives de este y Amelie sonrió nerviosa haciéndole entender al caballero que se adelantara que ella le alcanzaría.
– Que haces hablándome de esa manera. – Acotó Amelie algo molesta. Desde que Kaoru se perdió en la planta alta tenia los nervios de punta. Kyo miró hacia el ventanal del exterior ansioso.
– Necesito subir por Kaoru y largarnos de este lugar. Los planes cambiaron. – Habló sin mirarla. Amelie sintió un nudo en el estómago.
– ¿De que estas hablando? Prometieron que no pasaría nada y que obtendrían información con tranquilidad. – Acotó la mujer alarmada.
– Bueno la cuestión cambió en el momento en que dejaste a Kaoru subir al maldito encuentro con ese Yagami. – Refutó Kyo observando su entorno. La sala estaba casi vacía salvo algunos sirvientes que cruzaban imperceptibles y el barman que los observaba disimuladamente. Amelie se mordió los labios dando la espalda a los demás, no podría mantener la máscara si Kyo no lo hacía. Kyo la miró directamente con una severidad impropia que la abrumo.
– Comunícale a tu benefactor que solicite mí servicio. Dile que me dé pase libre para poder subir. – Exigió Kyo con autoridad sin tolerancia a negativas. Amelie lo miró nerviosa.
– Estas loco, él no sabe nada de esto, como esperas que le justifique algo así. – Apuntó la mujer reticente.
– Ese no es mi maldito problema. O me haces esto fácil o voy a quemar todo este maldito lugar hasta sacar a esa mocosa insensata de arriba. ¿Qué te parece mejor? – Preguntó con arrogancia perdiendo la paciencia. "Malditos sean" balbuceo Amelie entre la espada y la pared.
– Dame un minuto. – Accedió pálida, las manos le temblaban.
– Lo estaré contando. – Agregó Kyo, su semblante era agreste. El móvil vibró en su bolsillo y activo la llamada sin movimientos furtivos.
– Te estas demorando Kusanagi. – Cruzaron iniciales las palabras de Iori.
– Si no quieres que use mi maldito fuego Yagami, te va tocar esperar lo necesario. – Agregó percibiendo como dos miembros de la guardia entraban al salón. Giró en dirección a Amelie y aguardo con porte impecable al lado de su dama mientras los demás miembros del grupo intercambiaban apreciaciones sobre los alrededores.
Los hombres dieron una vista rápida y uno de ellos se apartó del salón mientras el otro se acercaba a la barra. Las palabras que cruzó con el camarero fueron desconocidas para Kyo, pero el hombre le miró un instante de soslayo sopesando que responder. El guardia pareció no notarlo dada la cara de póker que tenía el empleado.
Sus ojos se cruzaron durante un ínfimo momento en el que Kyo casi pudo asesinarlo con la mirada y el barman desvió la vista hacia la barra con bebidas vacías haciendo una negativa con la cabeza. De repente había empezado a sudar. El guardia se retiró del salón un instante después y el empleado rehuyó la mirada de Kyo organizando algunos licores.
La voz de Amelie se denotaba gangosa mientras intentaba explicar a su benefactor que confiara en ella. Finalmente colgó la llamada y le hizo una señal silenciosa hacia el vestíbulo, sus ojos vidriosos evadieron a Kyo.
– Sin llamar la atención por favor. – Puntualizó cansina. Kyo asintió casi sintiendo pena por ella, pero la dejo allí dándole prioridad a la situación.
– Hay poco personal afuera, pero se están movilizando en búsqueda. Alguien debió alertarlos. – Acotó Iori.
– Las calles están vacías, aún tenemos el factor sorpresa. – Aseguró Mai.
– Nikaido prepárate para cuando te de la señal. – Anotó Iori.
– Tú has tu trabajo Yagami, yo tengo esto controlado. – Respondió Benimaru tenso.
– ¿Que están planeando? – Preguntó Kyo por lo bajo mientras cruzaba al vestíbulo. No había puesto atención en la llamada mientras el conjuraba mil maldiciones al barman si decía algo que lo implicara.
– Tu encárgate de dar con Kaoru y salir de allí. El resto lo haremos nosotros. – Ordenó Iori apartando la cuestión. Kyo apretó los dientes con intención de replicar, pero suavizo su expresión a una elegante afabilidad. Enmudeció la llamada para no distraerse entre las palabras que cruzaban sus compañeros y se acercó al hombre que guardaba el acceso al segundo piso.
– El señor Mori ha solicitado mis servicios, caballero. – Abordó Kyo. Este le miró algo irritado, extrañado a causa de la segunda ocasión en que eran los sirvientes quienes le informaban de ello. Corroboro con el comunicador la petición y accedió con severidad el acceso de Kyo a la planta superior.
El castaño subió con parsimoniosa calma. No tenía la menor idea de en que lugar estaría Kaoru, así que decidió hacer un paneo desde el inicio y giró a la derecha cuando estuvo seguro que nadie le observaba. Vago varios segundos con pasos rápidos por los corredores buscando algún indicio de la chica, sin éxito. Tras un par de minutos errando en la planta alta escucho la voz baja de un hombre que se acercaba y se deslizó furtivo al interior de una de las habitaciones, dejando la puerta entreabierta para visualizar.
– …solo entre los sirvientes. Pregunta al encargado si ha habido cambios recientes en el personal de las familias… – Cruzaron volátiles las palabras del hombre que Kyo pudo percibir de espaldas, pero reconoció a su acompañante, uno de los dos sirvientes Yagami.
Cuando estuvieron lo suficientemente lejos, Kyo cruzó sigiloso por el corredor que estos habían recorrido y surco los pasillos hasta el fondo de la planta. Un sonido ahogado le llegó a través de una puerta cerrada a mitad del pasaje. La voz delicada de una mujer.
Kaoru escupió sangre, le dolía la cabeza y tenía nauseas. Había intentado taclear al hombre que la custodiaba, para acceder a la puerta. Este la había rechazado un par de ocasiones hasta impartirle una fuerte bofetada en la mejilla izquierda. Había caído desplomada sintiendo la tibieza y el sabor ferroso de la sangre en su boca.
Dos desconocidos miembros del clan Yagami habían entrado a la habitación minutos atrás y luego de compartir alguna información relacionada a las anomalías en la reunión, Hein había designado aquel joven para vigilarla, enfatizando de usar medianamente la fuerza si esta intentaba una vez más resistirse a su confinamiento.
Un miembro de su propia familia, agrediéndola de esa manera. Kaoru apretó los puños con rabia y tristeza negándose a aceptar las palabras de Iori.
– Es esto lo que hacen ahora los Yagami. Lastimar las mujeres de su clan como unos malditos cobardes. – Habló con aspereza pensando en Aki, en su madre. Intentó levantarse, pero el hombre le propino una patada en el estómago dejándola sin aliento sobre el tapete manchado por pequeñas gotas de su sangre. Su mirada estaba cargada de desprecio, como si Kaoru fuese la culpable de algo que no alcanzaba a imaginar.
Kaoru tosió retorciéndose de dolor y las lágrimas gotearon sobre la tela sintética del piso. No llores maldición, se dijo a si misma odiando ser tan débil. El hombre dio un par de pasos hasta ella, pero un sonido sordo en la puerta llamó su atención y el Yagami se acercó airado.
Kaoru posó la frente sobre el tapete intentando sentarse una vez más. Cuando levanto la vista vio como el joven Yagami caía en un sonido seco contra la baldosa, mientras Kyo erguido frente a él se acercaba. El joven aturdido por el impacto intento abrir la boca, pero una patada corta del castaño lo noqueo.
Kyo miró a Kaoru entre airado y apesadumbrado. La chica se denotaba débil con la mejilla enrojecida empezando a inflamarse. El castaño se acercó y la ayudó a levantarse con delicadeza.
– Debe salir de aquí señor Kusanagi. – Instó Kaoru con voz ronca manteniendo la compostura con dificultad.
– Si lo sé. Vamos a salir de aquí juntos. – Apuntó Kyo analizando por donde abandonar la casa con Kaoru en ese estado.
– Tiene más probabilidades de salir sin mi…yo puedo distraerlos. – Agregó la chica con decisión pero sin poder lograr estabilidad al caminar. La cabeza le daba vueltas.
– No digas estupideces, te sacare de aquí así sea necesario quemar la casa, todos nos esperan afuera. – Apunto Kyo con tono amable a pesar de tener la paciencia al límite.
– No señor Kusanagi…–tosió–…no puede usar su fuego, si lo hace podrán rastrearlo…– Agregó Kaoru respirando con dificultad, le dolía todo el cuerpo.
– Lo sé. – Espetó Kyo gruñendo mientras la movilizaba fuera de la habitación.
– No lo entiende…si usa su fuego estará implicando a su familia en este lugar y todo lo que pueda pasar recaerá sobre ellos. – Kyo la miró sorprendido, no había considerado ese hecho.
– ¿Ahora te preocupan los Kusanagi? –preguntó casi de manera burlona. Kaoru guardó silencio con la mente embotada en el dolor–. No te preocupes, no necesito el fuego para sacarnos de aquí. – Sonrió Kyo con absoluta confianza. No quería preocupar a la joven y si querían salir de allí sin llamar la atención requería a la chica dócil y obediente. Ella accedió con la cabeza manteniendo el equilibro del brazo de Kyo.
El castaño se asomó al corredor escuchando ecos de pisadas bruscas; supo que no había posibilidad de volver a bajar y visualizó el ventanal del fondo que daba al patio. No le sería difícil lidiar con la altura que lo separaba del piso inferior a pesar de cargar a la chica, pero cuando avanzaron hacia el final del pasillo una voz grave detrás suyo le exigió detenerse.
Maldijo al escuchar el sonido metálico del gatillo y apartó a Kaoru contra el muro justo a tiempo para sentir un disparo silbar entre ambos. Avanzó rapaz la corta distancia que los separaba sintiendo otra detonación rasgarlo a la altura del hombro. Kyo envolvió con fuerza el cuello del atacante. Este se desplomó violentamente contra el suelo en un golpe seco y una mancha marrón cubrió el tapete a la altura de la cabeza.
Cuando intento retroceder su cuerpo se desplomó de rodillas por un repentino peso descomunal. Se resistió para no caer y visualizó a pocos pasos a un hombre de extraños ojos penetrantes caminando en su dirección con cierta elegancia asesina, su mano extendida parecía controlar los sofocantes niveles de presión en su cuerpo. Varios candelabros se desplomaron tras estallar los cristales que sostenían sumergiendo el corredor en una parcial oscuridad. Los ojos del hombre refulgían en un azul álgido y antinatural.
Kyo intento erguirse resistiendo la presión aumentada y el hombre frunció un poco el ceño y asestó una patada a Kyo. El impactó le hizo chocar contra la pared hasta caer sobre el tapete.
Cuando el segundo ataque agredió al castaño este lo bloqueo con un esfuerzo sobrehumano, desviándolo.
– Tú debes ser nuestro Kusanagi infiltrado. – Espeto con desprecio Hein. Kyo lo observó altanero sin responder, la presión había aumentado cortándole la respiración. El área que afectaba parecía solo sesgarse sobre su cuerpo. No logro tomar aire y deseó quemar aquel bastardo, reducirlo a miserables cenizas, pero un golpe seco hizo retroceder un instante a Hein. Su lente derecho se había destrozado perforando la ceja y parte del parpado.
Kaoru intento asestar otro golpe con el candelabro que había recogido del piso, pero este aturdido por el impacto logró impedirlo con torpeza y la empujo metros atrás. Kyo se levantó exultante propinando una serie corta de golpes en los puntos vitales hasta derribarlo con una patada en el estómago.
El castaño se inclinó un instante recogiendo el arma que habían disparado contra ellos unos instantes atrás, considerando que si no podía usar su fuego ese maldito objeto podría hacerles ganar tiempo. Corrió hacia Kaoru que se sostenía del muro con dificultad y la levantó en brazos. Los disparos habían sonado como un eco estruendoso en medio de la silenciosa planta superior y los sonidos bruscos de las pisadas ascendiendo eran masivos. Avanzó sin perder más tiempo al final del corredor cuando una explosión iluminó el exterior como un fogonazo de halo blanco. Las luces de la casona cedieron paso a una densa negrura.
Iori gruñó iracundo. Habían preguntado a Kyo por la situación, pero este no respondía nada, los sonidos eran ahogados y confusos como susurros inteligibles. En el momento en que las detonaciones de disparos se escucharon en la llamada y al alcance de Iori, este ordenó a Nikaido estallar el transformador de energía que alimentaba la mansión y varias manzanas a la redonda.
El rubio destelleó con el impacto de un relámpago y la torre que sostenía el transformador cedió con una explosión electrificante que no le afectó, salvo por un leve aturdimiento. Toda la calle se sumió en una intensa oscuridad, incluyendo el interior de la mansión.
Desde las sombras Iori pudo percibir la ventana rompiéndose y a Kyo saltando al vacío. La altura, aunque considerable no era muy peligrosa, pero al momento en que ambos cuerpos reculaban en medio del aire rodeado de penumbra y cristales que destelleaban con luz robada de alguna fuente desconocida, algo lo precipito con violencia sobre el piso. La maniobra rápida del castaño fue girar en si mismo para proteger el menudo cuerpo de la chica antes de estrellarse con violento impacto contra las piedras del patio. Los vidrios se habían desplomado con la misma repentina velocidad, astillándose, y el suelo alrededor de Kyo se agrieto bajo el peso descomunal. El arma que cargaba reculó despedida varios metros lejos de ambos.
El castaño gruño ahogado por el golpe y Iori percibió desde la penumbra del ventanal roto, una mirada espectral y antinatural extendiendo su mano al vacío. La oscuridad que lo envolvía parecía danzar a su alrededor como parte de él. Ni Kyo ni Kaoru lograban levantarse.
El pelirrojo salto con presteza hasta tener la sombra del atacante a la distancia requerida y desplegó una conflagración de llamas violetas que se precipitaron reptando por el muro hasta estallar en toda la zona de ventanales. Los vidrios cedieron con facilidad y el fuego violeta lamió la piedra ennegreciéndola al instante.
La gravedad regreso a su cauce normal arrancándole un gemido a Kyo al ver su esfuerzo por moverse recompensado. El castaño se irguió levantando el cuerpo delicado e inconsciente de Kaoru y resintió un fuerte latigazo en el costado que había recibido el impacto contra el piso. Iori erigió una barrera violeta que lamio con violencia los muros de la segunda planta. El hombre que yacía parado entre las flamas sin ser tocado por estas, posó su atención en el pelirrojo y este pudo ver su rostro ensangrentado con el lente roto. Era el mismo bastardo de su sueño, aquel fugaz monstruo que había herido de gravedad a Kyo en su pesadilla.
La voz de Chizuru llegó inteligible de algún lado acompañada por la miríada de espíritus, el rostro del hombre se transformó en un cráneo pálido con el símbolo Kagura grabado en la frente. La oscuridad se levantaba como una miríada de manos rodeándolo. Estaba alucinando.
Un peso descomunal se precipitó sobre su cuerpo y cedió hasta caer de rodillas, luchó por resistir la presión. Clavó los dedos en el piso y concentró su energía en el trayecto levantando un Yamibarai múltiple desde las grietas bajo su mano. El fuego reptante avanzó desbocado hacia las bases del primer piso.
El castaño avanzó a través del jardín hacia el muro lateral, el cuerpo de Kaoru parecía no dar señales de vida. Giró la vista hacia Iori que mantenía su posición y convocaba llamas furiosas que cegaban la salida de la planta baja. Pondría a Kaoru a salvo y regresaría por Yagami.
Avanzó en dirección al muro recorriendo con presura el jardín abierto de setos bajos, pero en el espacio lateral que comunicaba a la fachada fue sorprendido por algunos guardias posicionados que apuntaban en su dirección desde la penumbra. Maldijo sintiéndose acorralado sin tener opción de cubrirse y centro su energía para evocar una barrera de fuego. Aquel instante era cuestión de vida o muerte y lo que sucediera a consecuencia de usar su poder sería algo que asumiría solo.
La voz de Terry se alzó como un estruendo y el muro alto se desplomo en pedazos desperdigando escombros en todas direcciones. Una enorme estalactita inclinada atravesaba el jardín desde el muro roto hasta cubrir gran parte del jardín, y con este, a Kyo de los atacantes. El castaño vio ingresar a Mai en un brinco alto y grácil cayendo en una espiral de fuego tras el gran bloque de tierra, sobre los guardias.
– ¡Kyo! ¡¿Estas bien?! – Sonó la voz de Benimaru que ingresó por un costado destruido a su encuentro.
– Sácala de aquí, está herida. – Ordenó Kyo sobre el eco de las balas tras la estalactita. Benimaru cargó a Kaoru entre sus brazos. El peso de la chica era tan delicado y sutil como su apariencia. Su rostro amoratado y las marcas de sangre en su ropa hizo enfurecer al rubio que abandonó con presura el interior de los jardines entre los muros caídos.
El castaño percibió como las llamas violetas de Iori cedían bajo la mano de aquel hombre que movía la gravedad a discreción, unas inscripciones conocidas brillaban sobre su piel, negando a las llamas el acceso a su cuerpo.
Un par de guardias se habían posicionado tras él y disparaban a Iori a través de la brecha que Hein abría en las flamas. El pelirrojo incapaz de moverse había alzado una barrera violeta que desvió el trayecto de casi toda la ráfaga de disparos, pero a pesar de la poderosa protección algunos impactos lograban traspasarla y cruzaban peligrosamente cerca de su cuerpo, dejando surcos rojizos en la tela de la gabardina.
– ¡Yagami! – Gritó Kyo alarmado al acercarse y recogiendo el arma en un giro rápido por el suelo, la detonó en dirección a la segunda planta–. ¡Sal de ahí! – Ordenó mientras disparaba. Nunca en su vida había usado una deshonrosa arma como esa y todos sus disparos golpearon aleatorios entre las flamas y la oscuridad sin tocar ninguno de sus enemigos, aun así, esto los obligo a refugiarse en el interior para cubrirse del ataque.
Iori logró resistirse al área de gravedad aumentada que se debilitaba por la ruptura de concentración y avanzó hasta Kyo. Percibió un movimiento acompañado de un destello metálico bajo la enorme estaca de piedra que cubría más de medio jardín. Un guardia había logrado cruzar el control de Mai y apuntaba a Kyo con un arma de mayor calibre. Iori evocó un Yamibarai que devoró su paso en dirección al atacante. Las balas disparadas se desviaron en diagonales errantes ante la presión con que el fuego violeta avanzaba destructivo. La llamarada estalló sobre la sombra y repto salvaje sobre parte de la estalactita acelerando el proceso de resquebrajamiento de la colosal roca.
La caducidad del arma se negó a difundir más disparos desde las manos de Kyo. las llamas violetas cedieron en un arco corto bajo la presencia de Hein, que abría una arremetida de los guardias. El primer disparó se generó mientras tomaban posición y fue dirigido al pelirrojo, que ocupado con el atacante lateral no percibió la agresión.
Kyo tacleó a Iori con fuerza evitando que la bala le impactara. En medio de las detonaciones, quitando al castaño del camino, Iori se irguió con un paso largo al frente. En ese punto del enfrentamiento las voces de orochi rugían con la violencia de las llamas y espectros alternados obnubilaban su percepción. La presencia del agresor de ojos vahídos lo hacía enardecer de rabia. Las imágenes entrecortadas en sus sueños eran un reflejo tergiversado de lo que estaba pasando.
Gritó iracundo evocando gran cantidad de energía que desviaba la trayectoria de las balas y estalló una llamarada de pálido purpura refulgente que se levantó explosiva por segmentos alargados destrozando todo lo que tocaba. El pilar de fuego avanzo dejando una renegrida brecha a su paso hasta impactar en el muro de la primera planta que, ya debilitado por las llamas, cedió estrepitosamente con sus ocupantes, desplomándose. Iori pudo ver en medio de las fauces del fuego como una sombra se desplegaba hasta tocar la suya.
Kyo percibió como una sensación tibia y adormecedora se extendía por su abdomen. Maldijo en voz baja cubriendo su vientre con la chaqueta raída que había perdido cualquier rastro de elegancia, se irguió con torpeza sintiendo la oleada de dolor intermitente e insto a Iori para salir de allí.
El pelirrojo no parecía dispuesto a abandonar la escena, su cuerpo encorvado sonreía con gesto asesino dando lentos pasos en dirección a los escombros bajo las llamas. El fulgor rojo en sus ojos puso en alarma al Kusanagi quien lo asió del brazo llamando su atención.
– Maldición Yagami. ¡Nos vamos! – Gritó Kyo por sobre las detonaciones en la parte frontal donde yacía Mai. La reacción de Iori fue agresiva, pero frenó en seco justo antes de tomarlo por el cuello. El fulgor rojo menguo y Iori se sostuvo la cabeza. Durante un corto instante pareció mirar algo en el vació y luego directamente a Kyo.
– Vamos. – Puntualizó algo aturdido y ambos hombres buscaron la brecha del muro.
Mai ardió entre los guardias confusos derribando dos en la caída. Giró con grácil velocidad haciendo arder a uno con un Ryu Embu y saltó hasta la parte alta de la estalactita donde tomo impulso hasta caer sobre uno de los balcones laterales. Los múltiples disparos estallaron la madera y los cristales iluminando con chispas la silueta femenina que avanzaba agachada con la agilidad de un felino. Cuando el ataque dio tregua y el humo de las detonaciones cedió, Mai salto como una sombra entre la volátil nube y reptando un instante por el muro tomo impulso para saltar sobre los atacantes del fondo. Su segunda caída ilumino la noche con una llamarada circular que derribó a uno de los hombres mientras las balas silbaban a su alrededor. Su fuego nunca había sido un arma tan poderosa como la de las reliquias, pero tenía una versatilidad en su invocación que les superaba.
Su corazón estaba desbocado, pero no había cabida para el miedo, era un todo por todo y esperaba que Kyo y Kaoru estuviesen escapando con la ayuda de Iori y Benimaru. La voz de Terry resonaba agresiva en el comunicador, pero Mai no alcanzaba a entender sus palabras al evadir con movimientos extremos a sus atacantes. Los disparos pasaban rozando a una distancia muy peligrosa y mantuvo su posición cerca al costado de la mansión para cubrirse con las estructuras de mármol.
– ¡Mai maldición sal de ahí! ¡Acércate al muro! – Gritó Terry cuando la mujer se encogió tras una estatua lateral que perdió en segundos su cabeza y brazos bajo las rafagas. Otra parte de del muro que envolvía la propiedad cedió ante un estruendo que hizo vibrar hasta los cimientos de la mansión, abriendo un boquete por el que una segunda estalactita más pequeña se irguió amenazante. Los hombres retrocedieron disparando a Terry que se cubría tras esta. Mai percibió como los guardias que habían ingresado a la mansión, retornaban al jardín frontal con armas de mayor calibre. Terry no podía ver eso desde su ángulo y se mordió el labio con una punzada de miedo. Todo por el todo pensó nerviosa.
– ¡Derriba la columna de la entrada Terry! – Gritó por el comunicador haciéndose escuchar por sobre los disparos que dirigían a él. Tomando impulsó en la estatua salto a la primer y más grande estalactita de piedra llamando la atención de los atacantes. Terry titubeo un instante, confuso, hasta que vio la silueta de Mai con una leve estela de fuego levantarse por sobre la estatua.
Gruñó maldiciendo la irreverencia con que ella se arriesgaba y en un salto corto centro toda su energía en el puño derecho. Este toco la tierra y Bogard sintió la onda expansiva removiéndose concentrada y explosiva. Descargó toda su fuerza en aquel movimiento y lo dejo fluir en dirección a la columna gruesa de las escalas.
Mai disemino la estela de fuego rebotando sobre la roca en dirección a la salida, su forma medianamente oscura les hacía errar los disparos, pero en la parte más alta de su salto uno la alcanzó perforando la pierna izquierda con un cruce limpio.
Mientras Mai perdía la compostura y caia, la onda destructiva de Terry avanzaba al igual que este corría a recibir el cuerpo de la mujer. Ambos cayeron al piso y Mai ahogó un gemido de dolor mientras Terry la cubría con su cuerpo intentando sacarla del ángulo abierto donde varias balas erraban en la oscuridad cerca de ellos, rozando la espalda de Bogard.
La onda de choque dio en el blanco y la columna cedió con todo su peso a un costado. Los hombres de armas pesadas que se posicionaron con linternas tras los muros tuvieron que correr lejos de las escalas para que el pesado techo de piedra tallada no se les viniera encima.
– ¡Jamás vuelvas a hacer algo tan arriesgado! – Gritó Terry enojado sosteniendo con brusquedad Mai de los hombros. Una sonrisa compungida de desdibujo en la penumbra de su rostro.
– Duelee…– Susurro ella sin poder levantarse.
– Lo siento. te sacaré de aquí. – Gruño Terry envolviéndola en un abrazo aprovechando la conmoción con la caída parcial de la fachada. Mai se encogió entre los brazos de Bogard, agotada. Pensó con rabia y tristeza que debía ser Andy quien estuviese allí apoyando a Kyo…ayudándola a ella. Apretó el rostro contra el pecho de Terry ahogando un gemido de dolor tras la pérdida de adrenalina.
– Tranquila, todo estará bien linda. – Sonó la voz grave y reconfortante de Terry.
El caos generado por el fuego Yagami y las agresivas destrucciones al terreno neutralizó la rápida respuesta de los agentes de la mansión que no lograron evitar su huida.
Kyo vio como un automóvil desplegaba luces cortantes en la negrura de la calle. Observó desde la distancia, mientras subía a la parte trasera de su moto y se aferraba a Iori, como la silueta de Terry descargaba a alguien dentro del auto. Aquella imagen sembró un temor conocido en su pecho, pero sabía bien que era imposible salir ilesos después de lo sucedido. Apreció al automóvil perderse en una dirección opuesta a la suya, entre calles cegadas por la ausencia de electricidad y luna.
Jadeo sobre la espalda de Iori sin que este se percatara al arrancar la moto. Sentía un dolor intenso y reducido como si tuviera la piel del abdomen al rojo vivo. Se aferró a la cintura del pelirrojo, la moto había alcanzado una velocidad peligrosa en solo un par de cuadras y temió caer de esta si la herida resultaba ser muy grave. Podía oler el aroma a sangre y ceniza sobre la gabardina de Yagami y sin entender muy bien porque, aquello le trajo una extraña calma. Sintió un intenso agotamiento en todo su ser, no quería perder a nadie más.
Sumergió el rostro entre los pliegues de la espalda de Iori, solo deseaba haber alargado más aquellos momentos de calma.
Iori evadió con facilidad los vehículos en el tráfico citadino y decidió dirigirse a los barrios menos concurridos de Tokyo. Allí donde reposaba uno de esos bares de Jazz donde solía dar presentaciones ocasionales en colaboración con conocidos. Donde solía refugiarse cuando requería curar sus heridas sin llamar la atención.
La zona parecía estar bajo influjo de grupos no gubernamentales y esto ayudaría a ocultarles la pista mientras se recuperaban. Sentía a Kyo tras de si aferrarse por momentos. Algo le había sucedido, pero no podían detenerse a inspeccionarlo.
Condujo por callejones reducidos hasta estacionar la moto cerca de un motel sesgado, casi oculto entre los pasadizos estrechos. En una ocasión había usado aquel lugar tras un enfrentamiento con Kyo del cual había salido lastimado. Recordaba también haber llevado una mujer desconocida luego de algunas copas en el bar Lumos, otra propiedad de aquel extranjero amante al Jazz que solía convidarlo a presentaciones cerradas entre amigos y ante las cuales Iori aceptaba ocasionalmente.
Aguardó que Kyo bajara de la moto mientras descolgaba el casco a un lado. El castaño se demoró un instante en descender con un movimiento pesado y camino un poco en dirección al callejón.
– ¿Dónde estamos? – Preguntó Kyo dando la espalda a Iori, mientras ceñía un poco la chaqueta para ocultar la herida. El pelirrojo bajo del vehículo y se acercó.
– ¿Estas bien? – indagó tomándolo del hombro y girándolo. Kyo quito la mano de este con despreocupado ademan.
– Es solo un rasguño. ¿Qué hacemos aquí? – Preguntó sin mucho interés.
– Deben estarnos buscando, regresar al apartamento de King no es seguro. Pasaremos la noche en este lugar y curaremos las heridas. Aquí nadie estará interesado en preguntar nada. – Acotó Iori haciendo una señal con la cabeza para que le siguiera. Cerca del espacio abierto entre callejones, estaba un grupo de hombres con aspecto de delincuencia común que los miraron con cautela sin entrometerse en su camino.
El dolor era intenso y lacerante. Kyo gruñó manteniendo la compostura a lo largo de la cuadra hasta la entrada del hotel. Iori solicitó una habitación y la persona de la recepción entregó una llave indicando el piso tras efectuarse el pago. Kyo estaba recostado en un muro lateral bajo una lampara de papel de iluminación cálida, observo un instante el celular dañado que sacó del bolsillo. No sabía en que momento se había cortado la llamada, posiblemente cuando se lanzó por la ventana. Iori lo asió de un brazo y subió el primer lapso de escalones jalando a Kyo. Cuando no estuvieron a la vista de nadie, entre el cruce de escalas. Kyo sudaba frio y jadeaba disimuladamente.
– Esa no es una herida superficial Kusanagi. No me creas estúpido. –habló Iori molesto envolviendo a Kyo con el brazo por la espalda–. Te subiré, sostente. – Ordenó. Kyo lo alejó irritado.
– Yo puedo solo Yagami. – Puntualizó adelantando varias escalas hacia el tercer piso. Cada paso era un suplicio, sentía la tela plegada a la piel.
Los brazos de Iori lo tocaron con gentileza para luego desequilibrarlo. Kyo gruñó ante un latigazo de dolor y su cuerpo cedió a la demanda del pelirrojo. Iori lo cargo en brazos.
– Deja de ser testarudo. Estas mal herido. – Espetó con tono preocupado, el cabello cubría su mirada pero tenía las mandíbulas tensas. Bajo la iluminación de las escalas podía percibirse el extenso oscurecimiento en la tela alrededor de la herida. Kyo suspiro cansino, era una tontería resistirse, aunque el dolor no minaba, por lo menos no aumentaba a cada paso de Iori hacia la habitación.
Al llegar a la habitación el castaño se rehusó a ser llevado un metro más allá de la entrada y sosteniéndose el abdomen se deshizo de la chaqueta que cayó a un lado dentro de la habitación. Caminó con torpeza hasta desplomarse en la cama.
El espacio era reducido y cálido. Apretó la herida que pugnaba por doler aún más y desabrocho el chaleco que se le hacía asfixiante. El rojo oscuro permeaba la tela blanca y un pequeño agujero se matizaba entre la sangre.
Kyo maldijo por lo bajo echando la cabeza hacia atrás, resistiendo una punzada intensa. Percibió a Iori con cara de pocos amigos, traer un pequeño botiquín del baño. Intento sentarse, pero el pelirrojo se lo impidió con una brusquedad que hizo que Kyo ahogara un gemido. La camisa se abrió abruptamente haciendo saltar varios botones y un poco de agua rozo su piel de manera dolorosa.
Iori examinó la herida, sintiendo un particular descanso al percibirla al extremo del abdomen, lugar que sabía con certeza, no era de extrema gravedad. Observó con curiosidad la similitud que tenía a una de sus heridas ya sanadas.
– No es que me moleste que urges en mis heridas…pero si no la vas a tratar, ya puedes dejarme hacerlo a mí. – Espeto Kyo con voz ronca. El dolor era un constante que ya no estaba tolerando. Iori ignoró el comentario y empapo un pañuelo en alcohol.
– No es muy grave, te repondrás. Aunque será doloroso. – Respondió concentrado en la labor de limpiar la herida.
– Si algo no es doloroso contigo me sorprender…– Kyo gimió de dolor incapaz de contenerse cuando el alcohol se deslizó por al interior, apretó las sabanas con salvajismo y giró el rostro compungido.
– Pensé que estabas desarrollando un particular gusto por esto. No pareces poner mucho cuidado cuando combates Kusanagi. – Acotó Iori con el rostro parcialmente oculto bajo su cabello revuelto. La sangre había detenido su curso.
– ¿Cuantas balas me harás recibir por ti Yagami? – Respondió Kyo con voz débil en un mal intento de socarrón cinismo, pero guardó silencio al ver como Iori rozaba con tacto delicado el abdomen herido. Tras un instante sin mediar palabra el pelirrojo se inclinó sobre Kyo, su mano se deslizó suave por el pecho del castaño, que respiraba agitado por el sufrimiento, y se cerró tras su mandíbula con suavidad. Su mirada se denotaba cansada, como si hubiese vivido milenios de tristezas. Se acercó hasta juntar sus rostros y Kyo sintió las hebras de su cabello rojo deslizándose por su mejilla.
– No vuelvas a hacerlo Kusanagi. No por mí, ni por nadie. –su voz fue un susurro amable, sus labios un toque delicado en la oreja del castaño–. Eres demasiado valioso Kyo. – Puntualizó en un tono muy bajo. El castaño observó los cabellos carmesí desplomarse sobre su piel y los labios de Iori cerrarse en los suyos en un gesto de una dulzura sin precedentes. Kyo lo observó alejarse a la puerta sin lograr pronunciar palabra alguna.
– Descansa. Te traeré algo para el dolor. – Dijo Yagami antes de salir. Kyo observó aquella amplia espalda desaparecer tras la puerta. El dolor intensó pareció cruzar a un segundo plano. Observó la puerta cerrada largos segundos y luego cubrió su rostro con las manos. Sentía el rostro caliente y el corazón acelerado. No lograba entender a Iori, nunca lograría hacerlo y aun así él conseguía con un simple gesto, sacudir cada pequeña parte de su ser.
– ¿…valioso…? – Susurro para si mirando el techo entre los dedos y pensó en su padre, la ira en su madre, el rostro durmiente de Yuki, el cuerpo de Chizuru bajo aquella sabana y el extenso rastro de cadáveres Kusanagi en aquel templo. Cerró los ojos sintiendo las punzadas de dolor y visualizó a Iori con su particular olor a sangre y ceniza, con sus propias heridas abiertas, con su aire cansino y reticente apoyándolo, enfrentando todo lo que pudiese llegar a alcanzarlo…con su absoluta soledad…su tacto tibio y sus palabras.
–…valioso…– repitió Kyo mientras una emoción cálida casi dolorosa se extendía superando su padecimiento. Se sintió a punto de llorar sin razón alguna, sin control alguno, y sonrió con dejo cínico reponiéndose de aquella emoción abrumadora.
Observó una vez más la puerta cerrada. Jamás habría imaginado llegar a sentir algo así por aquel hombre. ¿Qué era él para Iori? ¿Qué era Iori para él?
Cuando Iori regresó al departamento Kyo ya había terminado de limpiar la herida sorprendido ante el extraño adhesivo que la mantenía cerrada a ambos lados. Se había revisado la inflamación en el costado opuesto seguro de que respirar con normalidad no sería una opción viable durante un buen tiempo. Había soportado con dignidad las punzadas dolorosas del movimiento buscando comunicarse con Benimaru desde el teléfono de cable de la habitación. Al contestar el rubio no sonó muy bien, pero le había tranquilizado saber que no había nadie herido de muerte.
Iori cruzó sin prestar mucha atención a las cosas que Kyo había desparramado del botiquín y preparo una ampolleta. El castaño casi ni sintió el pinchazo bajo las contracciones primordiales de la herida.
– Estas herido…– Sonó algo queda la voz del castaño. Las emociones que le evocaba Iori en ese momento le azoraban.
– No es nada. Toma un baño y descansa. – Puntualizó Yagami a modo de orden. Kyo no planeaba negarse y aunque deseaba ayudarlo con las heridas guardó un silencio incómodo. Se sentía un poco nervioso y aquella tonta reacción le indignaba.
– ¿…O, Acaso necesitas ayuda con tu baño? – Preguntó Iori socarrón, destinando una mirada de falsa lascivia al castaño.
Kyo frunció el ceño en creciente indignación. La droga le estaba aplacando de manera casi automática el dolor. Sonrió altanero y se levantó.
– Yo puedo solo. – Aseguró apartando con suavidad la mano que Iori había extendido en un gesto de falsa condescendencia. Este sonrió e hizo un movimiento con la cabeza dándole paso.
Kyo demoró un poco en la ducha bajo el agua tibia, limpio algunos cortes superficiales y salió vistiendo solo el pantalón elegante algo raído por el ajetreo del escape. Las sabanas manchadas de sangre yacían en un rincón al lado de la cesta que albergaba vendas enrojecidas y utensilios desechables del kit de primeros auxilios. La gabardina de cuero reposaba sobre una silla y el torso desnudo de Iori dejaba entrever múltiples heridas leves ya tratadas. Observaba detenidamente la pantalla agrietada del celular con gesto rígido.
Cuando Kyo se acercó lo deposito boca abajo sobre la mesa y le miró.
– Descansa. – Ordenó mientras cruzaba a un lado para su turno de baño. Kyo extendió la mano hasta alcanzar la de Iori impidiéndole pasar de largo.
– …Gracias Yagami. – Habló el castaño con sinceridad. Iori lo observó un momento tras lo cual gruño divertido en aceptación y entro al cuarto de baño.
Cuando el pelirrojo termino de ducharse Kyo yacía en un sueño profundo y reparador. Se acercó a un costado de la cama y discurrió el cabello revuelto del castaño hasta bajar los dedos por su mejilla repasando el corte del ojo que, tras el baño, estaba de nuevo a la vista.
Haber presenciado a aquel hombre atacar a Kyo, el mismo maldito bastardo de su pesadilla como si hubiese sido algún tipo de macabra premonición, le había extrañado. En su sueño Kyo era herido de muerte frente a sus ojos y aquello le había generado un temor profundo, arraigado a la irracionalidad. Consideró un descuido de su parte que el castaño hubiese recibido aquel impacto de bala y a pesar de la tranquilidad que le trajo verlo fuera de peligro, sentía aquella semilla de desasosiego creciendo dentro de sí.
Deslizó la mano por el cuello de Kyo sintiendo el pulso lento y perezoso palpitar bajo su tacto. La vida de Kyo parecía tomar significados diferentes día a día. Algo en Kyo ejercía una influencia cada vez más abrumadora sobre su propia existencia.
Apartó aquellos pensamientos que lo llenaban de emociones ambiguas y descansó al lado del castaño. La cama era amplia pero la distancia entre sus cuerpos era muy poca, al igual que parecía acortarse todo aquello que los separaba.
Terry dejó el celular con descuido sobre la mesa de centro. Suspiró cansado apretándose los ojos. Iori había preguntado por el bienestar del grupo, muy a su manera, pero aquello le sorprendió un poco. Nada había salido bien, sus expectativas se alzaron desproporcionadas al riesgo y ahora entendía la reticencia de Yagami ante aquella reunión.
Miró con desdén la sala amplia, minimalista y de iluminación muy clara. Habían tenido suerte de que la amiga de Benimaru se encontrara en casa y les recibiera en ese estado. Se levantó en dirección a la habitación principal y se recostó en el portón abierto. Mai yacía profundamente dormida a causa de los fármacos y a su lado reposaba Kaoru que aún no había recuperado la consciencia. La habitación era la única en aquel departamento y cubría poco más de un cuarto del tamaño total de la vivienda. La cama doble albergaba a ambas mujeres en un sueño profundo tras recibir tratamiento por parte de aquella joven doctora.
Eran ellas quienes habían llevado la peor parte de aquel ambicioso plan y Bogard no lograba evadir la sensación de culpabilidad en el desenlace de los hechos. Aun desconocían si Kaoru o Kyo habían obtenido información valiosa, pero sentía que nada de eso justificaba el daño recibido por ellas.
Suspiro nuevamente observando a Mai y recordó como una semana atrás ella planteó con enérgico ímpetu lo que estaba sucediendo en Japón y la claridad en sus intenciones de ayudar a Kyo. Tanto Andy como él habían pensado solo en la posibilidad de una relación con Orochi y los secuaces de Gesse, mientras la chica solo exponía su preocupación indiferenciada por la situación del Kusanagi.
Andy se había negado a entrometerse en aquellos sucesos, abogando con un razonable argumento de que las cuestiones familiares de cada casa debían ser resueltas por ellas mismas y que ellos solo serían un estorbo para la familia Kusanagi.
Aparte habían estado siguiendo una pista importante que meses atrás, Mary les había pasado. Un crecimiento particular entre los adoradores de Orochi se había disparado en europa oriental, llevando incluso a todo tipo de especulaciones y noticias variopintas sobre sectas y desapariciones. De alguna manera extraña eso se había relacionado a su difunto padre, dando a entender que coexistía una relación entre Gesse, él y las sectas de Ucrania. Nada eso tuvo sentido para Terry, pero Andy pareció particularmente obsesionado con limpiar el nombre de su padre, como si creyera en la existencia de tal conexión.
Ver la intención de Mai de incursionar en los terribles hechos de Japón le preocupó, y la negativa de Andy solo hizo crecer la indignación en ella al punto de decidir buscar a Kyo sola. Terry había accedido a ayudarla para bajar la tensa diplomacia que se había desatado semanas atrás entre su hermano y ella. Por no permitir que Mai se involucrara sola y ya que le parecía más consternaste lo que estuviese sucediendo con las familias del sello que las especulaciones en las investigaciones de Blue Mary, decidió reunirse con Mai en Japón y viajó en busca de Kyo ser recibido por la terrible noticia de la muerte de Chizuru.
Bajo la vista algo triste, cuando decidió tomar cartas en el asunto no se imaginaba el caos en el que estaban sumidas las familias del sello y mucho menos que terminaría con miembros mal heridos y ocultándose del gobierno en cuestión de días. Pensó si sería sensato avisar a Andy, pero descartó la posibilidad. En la situación comprometida en la que estaban, no deseaba involucrar a más personas. Tal vez lo mejor sería solo enviar a Mai con su hermano y quedarse con Benimaru sopesando que posibilidades restaban.
– …primero no ir a un hospital y luego no avisar a las autoridades. En cada ocasión apareces con personas diferentes y heridas…¿y no piensas decirme que está sucediendo? –sonó la voz severa de la mujer que había curado sus heridas. Nikaido estaba sentado al borde de una mesa con la cabeza gacha, sin ocurrírsele palabras para sopesar la demanda de su amiga. Ella suspiró–. ¿Has hablado con tu familia de esto? – Preguntó airada. Terry desvió toda su atención a la conversación nada privada que estaban teniendo cerca de la cocina. Nikaido negó con la cabeza. Su expresión denotaba cierta derrota, pero reticente a ceder. – Huiste de tus responsabilidades por una cuestión tonta de matrimonio concertado y ahora estas metido en algún tipo de riña entre mafias o yo que se. Nada de esto tiene sentido y no me estas aclarando nada. Mi confianza tiene un límite Benimaru Nikaido y tal vez puedo apoyarte por un acto de rebeldía ante un emporio familiar que intenta imponerte su voluntad, pero no puedo ayudarte con sucesos de vida o muerte sin siquiera una mínima explicación. – Refutó la mujer molesta. – El anterior herido que me llevaste al hospital estalló todo el lugar y casi asesina varios de mis compañeros. – Levantó la voz enojada y luego se calmó con un suspiro agotado. El rubio se mantuvo callado.
– ¿Sabes que? No quiero saber que está pasando. Y esta será la última vez que cuentes conmigo para estas locuras fuera de la ley. Les ayudare a recuperarse de esta con una condición. O hablas tu con tu familia o les doy tu ubicación, pero no quiero que esto que no deseas decirme se salga de las manos y luego me entere de que el herido de muerte eres tú Benimaru. –resopló tomando aire luego de hablar muy rápido–. Tómalo o déjalo. – Puntualizo con aire de mamá. Benimaru sonrió con tristeza.
– Hablare con ellos…gracias por ayudarme siempre. – esbozó con triste encanto. La chica lo envolvió en un abrazó protector.
– Solo no te pongas en riesgo. Si vas a enfrentarte a algo peligroso, usa todo el apoyo que puedas obtener. – Agregó la mujer revolviendo su cabello mientras el rubio agradecía el abrazó cálido de su gran amiga.
Terry los observó esbozando una sonrisa débil, siempre había considerado que era incalculable el valor que tenían las personas que estaban allí, apoyando los momentos más difíciles.
– Estamos temporalmente fuera de peligro. –interrumpió Bogard la conversación–. Que haremos ahora que el gobierno nos anexe a su lista de búsqueda. – Expresó de manera distraída. Benimaru miró a su amiga con expresión de un "lo siento" casi infantil.
– Ellos no saben quiénes somos y no tienen registro alguno, tu sabes, con aquello del transformador y las cámaras. –espeto con una sonrisa pícara–. Esa fue una maldita buena idea de parte de Yagami. Creo que lo mejor es dejar que el tiempo transcurra y se calme todo. Mi familia tiene un par de propiedades en la ciudad que podríamos usar. – Aseguro sonriendo a la doctora. Esta le regreso una sonrisa tosca pero conforme. – En un par de días tendré un lugar asegurado. ¿Cuidaras de ellos? – Preguntó Benimaru a la mujer.
– Si tu amigo es tan buen enfermero como bien parecido, todo estará en orden para cuando organices todo. – Espeto con amargura contrastante. Terry sonrió.
– Dare lo mejor de mí. – Acotó encantador a pesar de su semblante ensombrecido y los dejó solos al regresar a la habitación.
– Yo me iré ya mismo, no me tomara mucho tiempo conseguir un nuevo sitio. –agregó Benimaru tras lo cual se detuvo en la puerta de salida y miró a su amiga algo nervioso–. Cuida bien de ella, avísame si despierta. – La mujer lo observó con expresión aguda.
– ¿Es ella la razón por la cual dejaste el lecho familiar? – Preguntó intrigada. Benimaru bufó casi escandalizado y guardó un silencio meditativo, algo triste.
– No, no lo es…pero, podría serlo. – Se encogió de hombros y abandono el apartamento dejando a su amiga con una sonrisa tonta y estupefacta en la cara, como si no alcanzara a creer lo que había escuchado.
Una vez más la lóbrega vereda de formas aleatorias le rodeaba. Una vez más las voces de alzaban incapaces de comunicarle algo entendible, salvo el caos y el miedo. Una vez más Iori vio aquel monolito erguido en la soledad de tiempos olvidados. Su cuerpo desnudo caminaba sobre la negrura áspera que lastimaba sus pies, dejando huellas de sangre que se hundían en la viscosa oscuridad. Un toque cálido desvió su atención y percibió a Chizuru como un halo pálido de difuminado espectro haciendo contacto con su cuerpo onírico.
"no estás solo…yo te ayudare…" Expresó la mujer, pero Iori supo que no era a él a quien dirigía esas palabras, aunque era en él en quien desembocaba su deseo de ayudar. Miró su cuerpo un instante queriendo entender aquel pensamiento confuso y percibió como su piel se tiznaba de una densa negrura, y esa lóbrega brea asfixiante cubrió sus sentidos ahogándolo.
Cuando sintió el aire entrar a sus pulmones con una desesperante victoria, tosió percibiendo el regusto de sangre en la boca. Estaba sumergido en la oscuridad y no podía ver nada, el pánico creció, pero una voz de rose delicado le susurro calmandole. El tacto cálido de algo que lo envolvía lo regresaba al embotamiento del sueño. La calma que aquello le traía contrajo la resonancia de aquella visión y Iori se encogió en esa tibia presencia que lo drago a la placidez de un sueño puro.
Kyo presionó a Iori contra si ignorando la oleada de dolor que le traía el pelirrojo al apretar su torso. Percibió como la respiración de este se regulaba hasta la quietud del descanso y su tacto brusco se deslizaba inconsciente entre sus brazos. Se preguntó si Iori tendría pesadillas tan terribles todas las noches y deslizó sus dedos entre los cabellos rojizos, escuchó el vaivén de la respiración de Iori hasta deslizarse perezosamente en el sueño con él.
Al despertar el dolor había retornado en dimensiones mucho menores y se irguió en la cama. La luz ingresaba débil por las persianas que daban a la calle. Estaba solo en la habitación. Le dolía la cabeza y no tenía sentido del tiempo. Se sentó al borde de la cama y denoto los particulares brillos anaranjados en la ventana. El atardecer se filtraba por segmentos de luz y Kyo se preguntó cuánto había dormido.
Notó un pequeño papel en la mesa cercana, había ropa doblada bajo la nota. "Vistete. Regresare pronto." Anunciaba el mensaje.
Kyo se refrescó con un poco de agua en el baño y se lavó los dientes con uno de los cepillos desechables. Vistió las ropas que Iori había dejado e intento comunicarse por segunda vez con Benimaru para saber si todo seguía bien. Benimaru no respondió y tras un esfuerzo enorme logro recordar el número de Terry. El rubio contestó cauteloso, entrando en confianza al reconocer a Kyo.
– ¿Como sigues, estas mejor? Yagami me dijo que no era grave, pero su concepto de "está bien" puede variar mucho del nuestro. –
– Estoy bien, no hay por que preocuparse. ¿Cómo están todos? ¿Cómo están Kaoru y Mai? – Preguntó Kyo seriamente. Terry bufó irritado.
– Mai ya está dando mucho que hacer, no parece aceptar bien el concejo de guardar reposo y Kaoru despertó hace poco. No se ve muy bien, pero está fuera de peligro. Insiste con que debe ir a un sitio en la playa, al parecer habló con uno de los Yagami que ofreció darle más información. No ha dicho mucho, quiere hablarlo con todos reunidos. – Agregó Bogard.
"señoritas por favor si quieren mi ayuda van a hacer lo que les diga". Se escuchó la voz de la doctora al fondo.
– Benimaru está organizando un lugar seguro para reunirnos, pero por lo pronto, es mejor darnos un par de días de quietud, recuperarnos. Ya luego indagaremos en que descubrimientos hicieron. Tomate tu tiempo para descansar Kyo, estamos bien. Luego tendremos la oportunidad de hablar con calma. – Acotó Terry con aquel aire consolador de padre. Kyo accedió despidiéndose y colgó la llamada.
Tomó un par de pastillas más para el dolor y denoto la poca atención que requería su herida con esos extraños adhesivos que la oprimían. Recordó haber visto esos utensilios en algún video relacionado a los militares y se preguntó como terminaría aquel objeto quirúrgico en un botiquín de un motel de dudosa categoría.
No vio las sabanas ensangrentadas y pensó que aquel lugar era posiblemente muy visitado por miembros de grupos organizados y pandillas. Debían estar acostumbrados a recibir heridos que no podían acceder a un sistema legal de salud.
Movió un poco el torso tanteando los niveles de dolor y se sorprendió al ver que estaba mejor de lo que habría imaginado. La noche anterior se había sentido digno de una hospitalización y ahora a pesar del dolor, era soportable moverse casi con libertad. Tenía un hambre atroz y la intención de esperar a Iori menguaba con cada rugido de su estómago. ¿Dónde demonios se estaba Iori?
Salió de la habitación sin pensarlo dos veces. Comería algo y buscaría al pelirrojo, ser tratado como lisiado le desagradaba con creces. Los pocos días que había mencionado Terry para reponerse los consideraba innecesarios, pero lo aceptaba por respeto a las chicas heridas. No sabía que tan grave había sido la herida de Mai y estaba seguro que Kaoru nunca en su vida habría sufrido semejante maltrato. Pensar en aquello le enojaba de sobremanera. Y apresuro el paso por las escalas ignorando las punzadas de dolor.
Cuando arribó al primer piso, divisó a Iori sentado en una pequeña sala de estar compuesta por una silla larga y una individual, hablaba con un hombre robusto algo barbado, un extranjero de llamativo traje clásico. Lo reconoció, aunque no recordaba su nombre. Era uno de los miembros de aquel bar de jazz al que había asistido con Iori cuando retornaron a la ciudad.
El hombre se levantó sonriente y dio una palmada amistosa a Iori en la espalda, este asintió con la cabeza en un gesto inmutable. El hombre depositó unas llaves en la mano del pelirrojo, se despidió y abandonó el lugar.
Iori dejo atrás la silla de madera y avanzó a las escalas hasta toparse con Kyo.
– Tu paciencia cada vez parece menor Kusanagi. –
– Díselo a mi estómago, no moriré de inanición esperándote Yagami. ¿Qué estabas hablando con ese amigo tuyo? – Preguntó Kyo intrigado.
– Es bueno ver que ya estas mejor. Lo suficiente para inmiscuirte en asuntos de otros como de costumbre. – Acotó Iori con tranquilidad.
– ¿Vas a decirme de una maldita vez? – Puyó Kyo sonriente. Iori caminó a la salida del hotel indicando al castaño seguirle.
– Conseguí un nuevo lugar. –
– Hmm, eso fue rápido. Pero antes de ir vamos por algo de comer. – Apuntó Kyo ubicando un reducido local esquinero en un pasadizo estrecho rumbo a la calle principal. El olor a pulpo sofrito llegaba tentador.
– No he dicho que sea para ambos. – Agregó Iori. Kyo lo miró ceñudo.
– A que te refieres. – Se detuvo Kyo.
– No hay modo de que tengan seguridad alguna de saber quiénes son ustedes. Es poco viable que te relacionen a ti o a los demás con el ataque. – Explicó Iori con poco interés. Kyo lo interrumpió.
– Insinúas que como fuiste el único al que reconocieron, aparte de Kaoru… ¿Qué…piensas irte solo? – Indagó el castaño. Iori sonrió.
– Fue un miembro Yagami el que se infiltró a la casa y fue el difunto lider Yagami quien, con ayuda de desconocidos, quemo la maldita mansión. La familia debe estar en medio de una situación bastante precaria tras ese ataque que los ha implicado directamente. Supongo que ahora renovaran con impetú su búsqueda al enterarse, de no muy buena manera, de que sigo con vida. –rio por lo bajo con un particular resentimiento que no le gustó nada a Kyo–. Supongo que el plan de esa niña no salió muy bien a pesar de mis advertencias…la cuestión es que cabe la posibilidad de que logren ubicarme, así que lo mejor para todos es que tengan un bajo perfil. Que regreses con tu familia y todos mantengamos cierta dis…–
– No. –puntualizó Kyo interrumpiendo una vez más. Iori no solía hablar mucho pero cuando lo hacía siempre traía con sus palabras una amargura peculiar que Kyo no estaba dispuesto a aceptar–. Tu no decides por mí que hacer Yagami, cuantas veces debo repetirlo...Si regresó o no a la casa Kusanagi. Si decido o no quedarme contigo. Esa es mi voluntad no la tuya. –habló con severidad e indignación. Iori lo miró sopesando sus palabras–. No estás solo en esto como yo tampoco lo estoy. No te atrevas a alejarme cuando todo se complica. – Puntualizó Kyo. Iori agacho la cabeza con una sonrisa Irritada.
– Bonitas palabras para alguien que decide todo por si mismo. – Acotó el pelirrojo. Kyo maldijo para sus adentros dándole la razón, pero no podía ceder, no permitiría que Iori se aislara de esa manera a estas alturas. Se acercó hasta quedar a una corta distancia casi intima, algunas personas alrededor los observaron sospechando de una riña incipiente.
– No esperes librarte de mí tan fácil ahora Yagami. Estamos juntos en esto te guste o no. – susurró Kyo casi amenazante. Iori bufó malicioso.
– Si eso quisiera no sabrías nada de mí en este momento. Si supiera como alejarme de ti Kyo, ya lo habría hecho. – Puntualizó arrastrando amargura en esas palabras tras lo cual dio la espalda al castaño y se alejó. Kyo se quedó quieto en medio del callejón, una sensación fría lo recorrió mientras las personas que los observaban perdían el interés al no ver ninguna pelea de por medio.
– Comeremos algo antes de ir. – Acotó Iori metros más allá sin mirarlo y agachó la cabeza bajo las cortinas cortas para ingresar al local de comida. Kyo sintió una gran emoción mezclada con tristeza. Deseo no pensar en el significado de aquellas palabras y abrazó la satisfacción de hacerlo ceder.
Caminaron en silencio por las estrechas callejuelas ruidosas, coloridas y repletas de pequeños locales atiborrados de personas. Iori vestía ropa diferente, aunque mantenía la gabardina de cuero. Las partes levemente rasgadas le daban un aire alternativo que contrastaba muy bien con el semblante soez que cargaba por naturaleza. No habían cruzado palabra desde la salida del local cuando Iori le informó que el departamento no quedaba muy lejos y que la motocicleta estaba allá.
Kyo apreció su entorno disfrutando la familiaridad que le traían aquellos callejones, abstrayéndolo por instantes del panorama actual en su vida. La noche nuevamente había impuesto su manto sobre el firmamento y las miriadas de lucecillas exteriores se mezclaban con el bullicio en una amalgama unánime. El frío era intenso y el cielo parecía encapotado. Solo fue al salir de los callejones que comunicaban a una amplia platea que daba a un centro comercial, cuando observó con sorpresa las luces invernales y geométricas titilando en los andenes ante la entrada.
El último mes del año había arrancado con paso silencioso ante sus ojos. Se detuvo un momento apreciando las luces, pensando en lo poco importante que eran aquellas fechas ahora y se preguntó si hubiese estado con Yuki allí, bajo alguna lluvia de luces artificiales de no haber sucedido nada. El olor de humo de cigarrillo cruzó revoloteando por una corriente helada, y entre los transeúntes que cruzaban indiferentes, vio a Iori recostado en un poste de luz aguardando con un cigarrillo entre los dedos, observándolo. Le estaba dando el espacio para abstraerse, mientras apreciaba con detalle los anhelos de tranquilidad en su interior.
Kyo lo miró fijamente mientras las siluetas ajenas de la multitud cruzaban como sombras. En ese punto ya no lamentaba nada, la rabia refulgía con facilidad por lo perdido y tener a Iori a su lado lo dragaba a la sensación de poder enfrentar cualquier amenaza.
Dio espalda a la melancolía y continuo con paso silencioso hasta el pelirrojo, extendió la mano hasta rozar la de este, quien lo miró con cierto desdén. Tomó de entre sus dedos el cigarrillo a medio fumar y se lo llevó a los labios, dio una calada profunda que escoció en su interior y deshizo el resto entre un destello naranja. Nadie pareció percatarse.
Yagami sonrió con la expresión de un demonio en sus ojos y Kyo supo en ese momento que desde aquella noche en que lo encontró, ya no había vuelta atrás. Pensar en el pasado era un esfuerzo inútil de añoranza. Su victoria seria determinada por la voluntad de lucha, algo que parecía no cambiar con el paso del tiempo. Una vez más estaban juntos en un destino desconocido y de matices aciagos.
Ambos hombres caminaron bajo delgadas motas blancas que anunciaban el principio del final del año. La renovación, la eliminación de la suciedad del alma para ingresar a la pureza de un nuevo comienzo era la promesa que llevaba consigo la llegada del invierno.
Aun así, en sus corazones ardía una fuerza muy contraria.
