Shizuka observó la enorme bodega mal iluminada. Los vapores cálidos de otras construcciones cercanas flotaban volátiles alrededor de los techos grises. Las enormes puertas de la bodega yacían cerradas, pero pudo visualizar frente a una pequeño acceso entreabierto las blancas ropas de Majime reflejando luz en la oscuridad. Estaba acompañada por dos monjes más. Susurró a su guardia acompañante que se mantuvieran fuera del lugar, a cierta distancia. Necesitaba confidencialidad. El ninja Kusanagi asintió y tanto él como otras tres sombras Kusanagi, desaparecieron.
Shizuka cruzó la pequeña entrada seguida de Majime. El enorme espacio interior estaba en total penumbra salvo el centro, iluminado por una intensa luz blanca. Allí estaba la combatiente llamada King y una mujer más joven de lo que habría esperado. La joven de cabellos negros la observó con unos penetrantes ojos rojos e hizo automaticamente una reverencia cuando la madre Kusanagi se acercó.
Shizuka regresó el saludo con un ademán leve. Observó a King y a los acompañantes Kagura con un silencio delicado.
— Esta conversación debe solo llevarse a cabo entre los respectivos representantes. — Apuntó cruzando elegantemente las manos en su falda. Majime asintió sin refutar e hizo una señal a sus acompañantes para que se retiraran.
King suspiró conforme y le susurró a Kaoru que vigilaría afuera. Pero que no dudara en llamarla si la necesitaban. La chica asintió tensa y le agradeció en tono bajo.
— Comprendo que las razones de Majime Kagura para traerme aquí, son fuertes y claras. Pero dime niña, porque habría de escuchar lo que un miembro del clan Yagami tenga para decir. — apuntó la mujer con tono suave, pero mordaz. La frialdad de su mirada estaba clavada en la joven Yagami. Evitar la aversión por aquel clan que le recordaba cada solitaria noche la muerte de su esposo, le era difícil.
La joven bajó la mirada y se recostó lentamente en una de las cajas cercanas.
— Comprendo profundamente su desconfianza y reticencia, señora Kusanagi. —cruzó su mirada con respeto y comprensión—. Pero quiero que entienda que yo no soy su enemiga, ni gran parte del clan Yagami lo es. Nosotros también fuimos víctimas de instigaciones internas. De una traición profunda que destrozó a la familia desde adentro. — apuntó entrecruzando sus manos. Shizuka guardó un silencio escéptico.
— Mis padres fueron los encargados de mantener unido el clan tras la muerte del anterior líder, incluso a pesar de los intentos de usurpación. Ellos siempre fueron firmes promotores de las tradiciones y la estructura de poder respecto al sello. Y siempre defendieron la posición de Iori Yagami como futuro líder por ser el portador del Magatama, a pesar de que este mantuviera su distancia ante las responsabilidades dentro del clan. — Shizuka suspiró algo impaciente pero no la interrumpió.
— Antes de que Takeshi tomara el control del clan, ya había estado dando señales de sedición, como lo han mencionado algunos miembros del clan que siempre estuvieron en contra. Aún no sabían sobre sus negocios, ni sobre la formación de un grupo militar privado. Muchos tampoco estaban enterados de sus nexos políticos y económicos con algunos extranjeros. Cuando el clan comprendió cómo algunos miembros del círculo habían estado ocultando las acciones de Takeshi, hubo un fuerte conflicto interno. Y aunque gran parte estaban en contra, solo las cabezas del círculo interior lo confrontaron. Entre ellos estaban…mis padres. — hizo una pausa donde apretó las manos con un chirrido tenue del cuero. Se le dificultaba rememorar la pérdida de su familia.
— Fueron mis padres quienes informaron a Chizuru Kagura. Querían saber que estaba buscando el gobierno con el clan. Y si los Yagami eran los únicos que parecían estar negociando con ellos. Pero nunca pudieron recibir la respuesta. La señora de los Kagura desapareció y ahí comenzaron las muertes dentro del clan. Primero algunas cabezas más pequeñas que contradijeron las órdenes de Takeshi. Luego…—apretó los dientes conteniendo el nudo en la garganta—. Él nos arrebató todo. Asesinó a sus principales opositores, entre ellos mis padres. Usurpó el liderazgo del clan Yagami y secuestró a mi hermana menor cuando…cuando lo traicioné por ayudar a Iori Yagami. Por querer evitar que le hiciera a él lo mismo que su clan intentó hacer con su hijo…— apuntó con poca delicadeza, pero sin ser mordaz.
Shizuka se tensó visiblemente, pero apretó los dientes.
— ¿Crees que han sufrido más pérdidas que nosotros? — preguntó dolida Shizuka—. Recuerdo que había ninjas Yagami entre los verdugos de mi esposo. Recuerdo como persiguieron a mi hijo…
— Y también estaban los Bihksu…parias del clan Kagura, y creadores de aquel ritual que asesinó a todos. —interrumpió la sacerdotisa—. Ellos han estado desde antes de la traición de sus clanes. Ellos arrebataron el Yata a la señora Chizuru, aprovechándose de su afán por unificar el poder del sello. Y fueron ellos quienes usaron la reliquia para darle poder al traidor Yagami. Y aún así, no son ellos los culpables de todo. Es lo que hay tras los Bihksu lo que más deberíamos temer, porque no sabemos con certeza que es, pero está sobre la mesa la posibilidad de la secta Hakkeshu… — miró a Shizuka directamente.
Kaoru la observó sin palabras. Solo en una ocasión había escuchado aquella palabra "Hakkeshu". Y había sido en boca de uno de los ancianos Yagami. Su red de informantes era extensa. Parecía muy preocupado por los movimientos de aquel grupo, pero luego de lo sucedido con Takeshi, parecía que nadie había retomado aquellas advertencias. Y el anciano había desaparecido justo antes de la gran traición.
— Tomar el control de los tres clanes del sello, sería como obtener la llave para liberar a Orochi en el mundo…es un sin sentido…— apuntó Kaoru preocupada. No había dimensionado a totalidad el significado de la usurpación de control sobre las reliquias. Pero no tenía ningún sentido que Takeshi buscara eso. Seria caminar derecho a un suicidio. Y estaba segura que el mal nacido no era tan estúpido como para dejarse engañar por el Tenno.
— Una traición coordinada…—habló bajo Shizuka. — Seiki…él creía que estaba liberando al clan Kusanagi de una carga impuesta. De un peso de siglos que encadenaba a todos. Incluso ofreció traspasar la reliquia a otro joven portador, Hotaru, al que sacrificarían sin miramientos para delegar el control de la reliquia.
— Takeshi prometió a los Yagami liberarlos de la maldición de su sangre…—agregó Kaoru con voz queda—. Prometió cambiarlo todo.
— Y los Bihksu debieron haber convencido a Chizuru de alguna forma para que accediera a confiar en ellos, tanto, como para ponerse en riesgo. No podemos estar seguros de que tan poderosas hayan sido las intenciones de los traidores o que tan engañados están. Pero solo sé que el rastro de sangre que dejaron sus actos, son imperdonables. — puntualizó Majime con resolución.
— Señora Kusanagi. —se irguió Kaoru frente a ambas mujeres—. Gran parte de la familia Yagami está a favor de respetar las tradiciones y restaurar el orden establecido. La traición de Takeshi ha forjado enemigos aún más acérrimos dentro de las filas del clan. Yo puedo ofrecerle una alianza inicial para erradicar a los principales agresores. Detener a Takeshi y neutralizar a los monjes negros.
Shizuka titubeo pensativa. Era indispensable establecer una tregua como había recomendado la sacerdotisa. Necesitaban unir fuerzas para confrontar paso a paso a sus enemigos. Primero los inmediatos, luego resistir mientras sacaban a la luz aquella sombra detrás de todo.
Pero cómo podría convencer a los Kusanagi en ese momento. Ella misma tenía fuertes reservas a pesar de entender las circunstancias.
— Que yo esté de acuerdo con esto, no es garantía de que el clan vaya a acceder…—dijo finalmente.
— Se bien como podría convencerlos.. —agregó la joven—. Si en la mente del clan Kusanagi los Yagami somos la razón principal del deceso del líder. Takeshi como su asesino, sería el principal objetivo. El ha dañado profundamente las raíces del clan. Muchos solo lo consideran una amenaza para la familia. Podemos facilitarles su cabeza. Podemos infiltrar y sabotear desde adentro su seguridad para que tengan no solo acceso a su ubicación, sino una mínima resistencia de parte del clan. Así podrían retribuir el daño directamente. —ambas mujeres cruzaron una mirada aguda.
— Yo no estoy interesada en perpetuar el conflicto entre los clanes señora Kusanagi. Mis padres siempre me inculcaron la importancia de las tradiciones que nos estructuran y la misión que debemos mantener. Yo, como la futura esposa de Iori Yagami, cuando tenga injerencia suficiente, me aseguraré de ofrecer una paz indefinida. Incluso una alianza que nos permita enfocarnos en la labor de ser los eslabones que separan a Orochi del mundo.
"Chica astuta" pensó Majime. Abogar al matrimonio y las tradiciones para ganarse su simpatía, y a parte ofrecer una venganza certera. Eso sesgaria el lineamiento del clan Kusanagi y lo haría más receptivo a las intenciones de Kyo de finiquitar el conflicto, aparte fortalecería su posición como líder. Y aunque una alianza seguiría siendo algo improbable, un cese de hostilidades indefinido era más que plausible.
— Me parece una propuesta sólida. —apuntó Majime dirigiéndose a Shizuka—. Si junto a la caída de Takeshi neutralizamos su arma más afilada, los Bihksu, recuperariamos el Yata. Y teniendo las tres reliquias bajo control, podríamos hacer frente a las intenciones del Tenno y evitar la desintegración de la triada del sello. Tal vez en ese punto alcancemos a ver el rostro de nuestro verdadero enemigo.
Shizuka asintió silenciosamente, recapitulando. La habían convencido.
King se estremeció un momento ante la baja temperatura del lugar. Imaginó la bebida fuerte que se tomaría para entrar en calor al regresar a casa. Sus huellas en la nieve empezaban a ser cubiertas por una delicada capa de esquirlas blancas que bajaban lentamente, casi con elegancia. Un sonido ahogado llamó su atención. Un tenue eco de algo que cayó en alguna calle cercana. Eso no le gustaba, se suponía que la zona había sido elegida por su aislamiento, pero sabía que Shizuka Kusanagi no vendría sola. Giró de regreso con la intención de presionar la concesión. Tenía la sensación de que algo no estaba bien y no quería imaginar qué podrían hacerle los Kusanagi a la chica Yagami.
En ese instante todas sus sospechas cayeron como un bloque pesado en su estómago cuando vislumbró a uno de los monjes Kagura en una de las esquinas de la bodega, confronando un atacante completamente vestido de negro. Uno que a pesar de estar con nieve clara alrededor, parecía mezclarse con las sombras. De repente las luces de toda la zona se apagaron y una figura pesada que no logró ver, cayó muy cerca suyo con un sonido ahogado en la nieve.
Shizuka asintió lentamente. Aquella podría ser una verdadera salida a toda esa pesadilla.
— Si nos facilitan la cabeza de Takeshi Yagami. Puedo cohesionar algunos de los ancianos y presionar al resto del concilio Kusanagi. Así tendríamos posibilidades de formar una unión temporal. No sé si funcione, pero haré todo a mi alcance.
— Eso ayudará mucho. Si sacan a Iori Yagami de los objetivos de venganza del clan Kusanagi, su hijo podrá ejercer su autoridad más libremente, sin temores, y entre los tres clanes podremos formar un frente. — acotó Majime y Shizuka asintió con cierta amargura, comprendiendo la reticencia de Kyo respecto a Iori.
— Convocaré una reunión urgente mañana mismo y…
Majime entró en estado de alerta, la sensación asfixiante de la corrupción de Orochi le hizo crispar cada centimetro de su cuerpo. En un instante apreció como la oscuridad que las rodeaba se hacía aun mas densa. Extendió las manos y desplegó un grupo de perlas iridiscentes. Dos estallidos de hielo bloquearon dos objetos que emergieron de las sombras sobre ellas.
— ¡Juntense! — grito la sacerdotisa. Pero tras apreciar el polvo fino en el aire, maldijo reconociendo las tácticas Yagami. Retrocedió con un arco lateral de los brazos y haciendo un movimiento de empuje al frente, expulsó una onda de frío que lanzó a las mujeres fuera del área iluminada ya llena de aquel fino polvo que salió desperdigado.
Una explosión desorganizada se extendió por todo el techo sobre sus cabezas y la sacerdotisa logró cubrir parte del impacto directo con un escudo de escarcha que al romperse en esquirlas de hielo, la hizo recular un par de metros atrás. Aunque mantuvo la posición y no recibió daño, el aturdimiento por la explosión la desorientó.
La luz blanca del centro se rompió en pedazos, sumiendo todo en la oscuridad. El caos de sonidos, choques y resoplidos se mezcló en pocos segundos de vertiginoso movimiento en la negrura, hasta que una llamarada violeta de alzó rompiendo las sombras, estallando lo que quedaba de los vidrios del techo. El fogonazo magenta iluminó la instancia mientras el fuego rezagado empezó a devorar los objetos más orgánicos.
Gracias a esto Majime pudo localizar a las dos mujeres.
Kaoru estaba frente a Shizuka con el arma de un atacante caído y parcialmente quemado a sus pies. Respiraba con dificultad, agitada. Tenía una herida en su abdomen y dos cortes en los brazos. Su mirada carmesí tenía la expresión salvaje de alguien que confronta la muerte y de sus manos emanan tenues llamas violeta.
— Curioso momento para despertar el poder en tu sangre, niña. Protegiendo a una Kusanagi. — Entonó una voz ronca y despectiva cerca a las dos mujeres, tras lo cual sonó una leve risa baja. Kaoru empuñó el arma con fuerza y giró en dirección a aquella voz sumergida en la oscuridad.
Majime estalló dos pantallas escarchadas sobre dos sombras frontales que descendieron para atacarla. Ambos cuerpos fueron despedidos de nuevo a la oscuridad de la que salieron mientras Majime avanzó presurosa en un intento desesperado de llegar a Shizuka y Kaoru. Pero percibió unas leves perforaciones en su espalda. Giró rápidamente y repelió una tercera sombra, mientras apreció el envejecido rostro de una mujer de ojos rojos con la esclera negra, que se internaba en la negrura como si fuese un enorme pozo de agua oscura.
Aquella forma de salir y entrar en las sombras no era natural. Podía sentir latente aquel enorme poder corrupto rodeandolos. Como un miasma impregnando todo el lugar.
"...sombra…Orochi…no temas…estaré cont…" resonó como un eco desvaído, la voz de Chizuru.
Una sensación de hormigueo subió por su espalda, tensando todos sus músculos. "Me tienen" pensó con un miedo perforante y giró de nuevo en dirección a las mujeres con la intención de cubrirlas antes de caer ante el veneno paralizante que estaba recorriendo su carne. Pero múltiples manos salieron de la oscuridad, envolviendo su boca y su cuerpo, arrastrandola al suelo hacia esa corrupción oscura, como si la misma tierra se la tragara.
Majime desapareció en un instante a pesar de su acérrima oposición.
Frente a Kaoru y Shizuka caminó desde la oscuridad un hombre de cabellos canos y porte erguido.
"Saito…" susurró Kaoru estupefacta. ¿Aquel espía había estado usando a Iori Yagami? ¿Usándolos a todos? se preguntó confusa. Un acceso de tos le hizo doblarse y escupió algo de sangre. La herida era grave, analizó y recuperó el aliento muy asustada. Empuño el arma con más fuerza, no permitiría que tomaran a Shizuka Kusanagi. Todo se desmoronaria para los clanes, incluso para ellos si llegaran a asesinar a la madre de Kyo e inculparan a los Yagami de hacerlo.
— ¿Por qué…? Ustedes eran leales al clan…— confrontó a Saito entre gruñidos de dolor.
Por qué estaba haciendo aquello, por qué ahora, se preguntó la joven algo aturdida. Si no estaban de parte de Takesh, por que las atacaban…no comprendía sus motivaciones. Se tambaleo pero Shizuka la sostuvo.
El hombre sonrió con elegante malicia y se acercó. La chica levantó el arma y las llamas en sus manos ardieron con intensidad. Un movimiento brusco tras de sí la alertó y vió como un hombre cubierto hasta el rostro de ropajes tan negros que parecia mezclarse con la oscuridad, apresó a Shizuka posando una delgada hoja metalica en su cuello.
— No — gruñó la joven en un intento de liberar a Shizuka, pero Saito la tomó del cabello y la lanzó hacia atrás haciéndola chocar con las cajas cercanas. Cayó pesadamente entre los fragmentos de vidrio y jadeo mareada y sin aliento. Otro acceso de tos con sangre la hizo doblegarse del dolor. Se sentía incapaz de levantarse y la sangre de su herida había comenzado a filtrarse en cantidad hasta caer en entre las esquirlas de vidrio.
— Unir los clanes. Que sin sentido. — espetó Saito acercándose a Shizuka mientras está, con una daga en su cuello, lo miraba con rabia y sin miedo. Casi por un instante visualizó a Kyo Kusanagi en su madre.
— Ah…mujeres. Siempre son ustedes las que buscan el equilibrio del conflicto entre los clanes. Primero la líder Kagura y ahora esto. Pero eso es algo que no puedo permitirles. —habló con desdén—. La ignorancia y la confrontación es lo que ha mantenido en pie ambos clanes señora Kusanagi. El perpetuo conflicto es lo que permite las constantes brechas para el alzamiento de Orochi. Es un ciclo que no debe cerrarse. Una alianza que no vamos a permitir.
Shizuka no sabía quién era aquel hombre, pero claramente era un seguidor del demonio que custodiaban.
— Maldita basura de Orochi. Ustedes fueron los que mataron a Chizuru…— el ninja apretó a la mujer ahogando sus palabras.
— No…la muerte de la portadora Chizuru Kagura es un crédito que no nos pertenece. Pero nuestras cartas siempre se juegan de manera tardía. Y ahora solo deben seguir el curso que llevan. Aún es pronto para permitir cualquier cambio. —deslizó una delgada daga de su traje—. Créame si le digo que su muerte, Shizuka Kusanagi, mantendrá en orden nuestros intereses.
— ¡Nooo! — Gritó Kaoru con voz desgarradora. Su mano extendida temblaba visiblemente y las llamas intensas quemaron su ropa y su propia piel. El hombre tras Shizuka comenzó a arder con un intenso tono magenta y soltó a la mujer entre sonidos ahogados de desesperación.
Shizuka se tiró al suelo como acto reflejo con las ropas parcialmente quemadas y un luminoso fogonazo de luz azulada cruzó el salón con el sonido estruendoso del viento de tormenta. Aquella rafaga de energía dió de lleno sobre el hombre en llamas, derribándolo, mientras Shizuka recogía el arma con el que la amenazó. Al mismo tiempo otro cono de luz estalló en la mano del viejo espía, hiriendolo y desarmandolo.
King avanzó en un intento de alcanzar a las mujeres pero fue recibida por más atacantes sombríos que salieron de la nada misma. Esquivo por poco dos sombras y recibió un profundo corte en el brazo derecho. Evadió con dificultad nuevos ataques simultáneos y en un movimiento rápido se posicionó frente a Shizuka. Redujo a uno de los agresores con un giro abierto de las piernas, generando un arco de luz que lo expulsó varios metros, pero fue devorado por la oscuridad.
" Los Kusanagi han cruzado la barrera. No pueden detenerlos más." Una anciana voz muy grave susurró desde la misma oscuridad a Saito. "Regresen"
Saito gruñó molesto. Aunque había sido una emboscada rápida y certera, era de esperarse que no fueran los únicos Kusanagi en la zona. Habían reaccionado mas rápido de lo que esperaba.
— Saquenle información y matenla. — dió la orden mirando a la mujer rubia y deslizó otra delgada daga en su mano no adolorida.
Tras mantener a raya las múltiples sombras que emergian y desaparecian, King ordenó a Shizuka retroceder tras ella. Sabía que en cualquier momento debían aparecer los Kusanagi, tenía que aguantar. Percibió de soslayo una delgada línea plateada que cruzó rápida en su dirección, pero falló la trayectoria por pocos centímetros, pasando derecho.
En solo un segundo King comprendió que ese ataque no había sido para ella y al retroceder buscando su trayectoria, vió como la daga había pasado muy cerca de la cabeza de Shizuka, clavando finamente su hoja en la madera tras ella.
La madre de Kyo se sostuvo el cuello con fuerza ahogando un gemido leve. Trastabilló y se deslizó con los ojos muy abiertos, mientras entre sus dedos emanaba mucha sangre.
Ese instante de distracción le costó todo a King. Muchas manos emergieron de la oscuridad y arrastraron el cuerpo de esta a una especie de vacío inmaterial.
No…no. Pensó con desesperación mientras se desvanecía la escena de Shizuka en el suelo apretando su cuello, con una hemorragia creciente entre sus manos, con el el cuerpo de Kaoru en un charco de sangre, reposando entre tenues llamas. Y así como ella, aquel maldito anciano y todas sus sombras desaparecieron en la oscuridad, salvo algunos ninjas con traje del clan Yagami, vistiendo la luna plateada que despuntaba moribundos reflejos magenta ante la inminente llegada de los Kusanagi.
"Un montaje". Pensó con rabia cuando todo se volvió negro.
Todo de ahí en adelante fue caos, oscuridad y una furia descomunal teñida por la adrenalina de la supervivencia. En medio de aquel sobrenatural movimiento a través de la oscuridad, acompañada del hedor penetrante de una esencia corrupta y conocida, King forcejeó con todas sus fuerzas para liberarse de aquella oscuridad que la abrazaba. Sus ropas se desgarraron y sintió como aquella ingravidez se perdía. Empezaba a deslizarse fuera de aquel miasma antinatural hasta que cayó estrepitosamente sobre el borde de una calle alta a las afueras de la zona industrial. Escuchó el oleaje del mar y sin perder tiempo tomó impulso. Saltó a unos techos más abajo, rompiendo con el impacto el material liviano de una pequeña bodega portuaria.
No sabia donde se encontraba pero corrió desesperadamente entre callejones y zonas abiertas techadas con mercancía. La estaban siguiendo de cerca.
El grito de un guardia seguido de varios disparos, pareció ralentizar la persecución por unos segundos. dándole tiempo para establecer una distancia mayor de sus perseguidores.
Tenía el corazón al límite y sabía que las heridas que le habían propinado aunque no eran letales, eran de seriedad. Aún así la rabia y la determinación la movieron. Si pensaban que podían eliminar a todos y hacer pasar todo por un ataque Yagami, estaban muy equivocados. Ella no permitiría que los suyos creyeran esa mentira.
Saltó a una zona privada y cruzó un campo de béisbol totalmente vacío. Pasó la reja y cayó en calles más iluminadas. Le habían perdido la pista, pero no podía seguir corriendo más.
Era cuestión de tiempo que la encontraran. Seguía sin saber dónde estaba, pero cruzó bajo un puente vial y se infiltró en una pequeña oficina de transporte con una zona de recepción abierta y sin vigilantes humanos. Lanzó uno de los ataques de energía hacia un enrejado al otro lado de la calle y reventó la verja. Le serviría para despistar a sus rastreadores.
Se acercó al enorme contenedor de paquetes, lo forzó y se metió dentro del cajón.
No podía hacer más. No lograba pensar con claridad y el dolor le incapacitaba el movimiento. Ya sin adrenalina el cuerpo se negaba a retomar acción. Percibió algunos dardos bloqueados por su chaqueta de cuero y los empujó lejos de sí. Ahora entendía la debilidad muscular. No habían penetrado lo suficiente, pensó.
Tomo el celular que tenía fijado en uno de los bolsillos internos. Estaba agrietado pero encendido. Se sentía mareada pero logró activar el gps y rogó a algún dios en los que no creía, que Shizuka y Kaoru estuviesen vivas y en manos de los Kusanagi. Perdió el conocimiento bajo la titilante luz de la pantalla con un mensaje a medio escribir para Benimaru.
Cuando el auto cruzó los límites de la ciudad, ya la noche estaba avanzada. A pocos minutos de llegar a la casa de paso que tenían, Benimaru le escribió a King. Él conocía bien el itinerario de King en esos meses de recuperación y sabía que estaría en el bar esa noche. Deseaba saber si tenía alguna novedad sobre Kyo. Iori había estado mordazmente callado y tenso. No había querido explicarles porque estaba preocupado por Kyo.
El mensaje le llegó y aunque le pareció curioso que King ya le estuviese escribiendo en respuesta, nunca llegaba ese mensaje. Tras revisar tres veces el celular mientras llegaban a la casona y bajaban del auto. Se impacientó y le marcó.
Mai se acercó al ver que Benimaru aún no entraba.
— Es tarde Beni. ¿A quién estás llamando? — indago recostandose en el dintel.
— A King…pero no contesta el maldito aparato. Y a menos que me esté escribiendo el manifiesto ruso, cariño. Hay algo que no me gusta. —
— A qué te refieres. —se le acercó Mai. Y el rubio le indico el segmento de que King estaba activa en el chat—. ¿No será que está muy ocupada?
El rubio suspiró cansino asintiendo mientras se apretaba los ojos.
— Es mejor descansar para poder hablar mañana con todos. A parte estamos algo lastimados Beni. — Él suspiró y asintió.
Tras un baño rápido y el trabajo conjunto de Mai y Terry limpiando heridas. Con un Iori que había casi aplastado su celular en varias ocasiones al no lograr contactar a Kyo. Nadie parecía muy interesado en descansar.
— Ya está bien Yagami. Qué pasó con Kyo. Porque pareces un perro rabioso dando vueltas. ¿Por qué no nos dices nada? — Indagó Mai impaciente. Iori gruñó molesto, el celular se apretaba con fuerza en su mano.
— Si lo rompes no te ayudara en nada. Ya dinos que maldita certeza tienes. — Acotó Mai irritada.
— No es algo que pueda poner fácilmente en palabras, maldita mujer. —espetó Iori—. Solo ya no puedo sentirlo. No puedo…— se calló con aire hosco y prendió un cigarrillo torcido que sacó de su gabardina raída.
— Eso no quiere decir que esté muerto. Algo rompió…eso que tenían, eso que Majime menciono y que los conectaba. —dudó Terry un instante al definirlo—. Pero no quiere decir que esté mal. — apuntó intentando ser conciliador.
— No hay certeza de absolutamente nada, salvo de una cosa. — habló Mai y Terry asintió complementando su idea.
— Alguien le informo a nuestros enemigos que asaltariamos ese lugar en ese momento. Y los unicos que sabian aparte de nosotros eran…—
— Saito. — apuntó Iori con una mirada asesina tras consumir lo que quedaba del cigarrillo.
Terry y Mai guardaron silencio cruzando miradas cautelosas con iori. Era evidente que algo habían tenido que ver los Supaida.
— Así somos los malditos Yagami. Bastardos en los que no se puede confiar. — apuntó Iori con una sonrisa perturbadora y caminó en dirección a la salida, pasando cerca a Benimaru, que parecía algo absorto con el celular, intentando contactar a King.
— ¿O no Nikaido? Te lo advertí…— habló Iori con voz grave y un fulgor peligroso en los ojos. Benimaru lo miró sin palabras y apretó los dientes. No podía refutar. Sabía que tenía razón, y aún así él había corrido a contactar al maldito Saito después de su advertencia.
Iori salió del lugar sin mediar más palabras. Quedando solo el eco de una corta maldición de Mai al ver nuevamente al grupo desmoronarse.
— Por qué decir eso. El también fue engañado…— apuntó Mai con tristeza.
— Malditos Yagami. Maldita sea. —habló Benimaru con aprehensión—. Y King, maldición King no responde y todavía tiene ese maldito estado de escritura. —señaló la pantalla del celular—. Hay algo que no me gusta y no puedo quedarme aquí sin hacer nada. Ire al bar. — apuntó sin más y agarró su americana.
— No, no es bueno separarnos. —apuntó Terry tomando su propia chaqueta de cuero algo rasgada por el combate—. Tu ve con Beni. Yo alcanzaré a Iori. — indicó a Mai que ya estaba junto a Benimaru.
Había sido un error involucrar a más gente. Había sido un error confiar en ese maldito espía. Por un momento había creído en las intenciones de esa niña, y en Kyo. Y ahora no tenía nada. Los malditos Yagami hicieron lo que siempre esperó de ellos. Aquella chica había sido solo una oveja entre lobos. Y Kyo…exhalo un vaho helado cerrando los ojos. Si algo le hubiese pasado, quemaría todo su maldito clan.
Apretó los dientes arrancando el carro. No tenía forma de ubicar a Kyo, y si esperaba una hora más sin hacer nada, iba a enloquecer.
La presencia de Orochi sin Kyo había retomado fuerza y los susurros aunque bajos, estaban ahí, como ruido de fondo. Como una miríada de insectos que ocuparían pronto sus sueños. Y aunque deseaba entrar directamente a la casa Kusanagi y exigir saber de él, no lo haría. Confiaba en la promesa de Kyo. Sabía que él regresaría con la maldita reliquia y que aquella sensación de fatalidad era solo una mezcla de su propio temor por la insidiosa presencia de Orochi.
Eso había logrado el castaño en él. La certeza al diferenciar sus emociones de Orochi.
Avanzó con el auto hasta una zona de parqueo vacía. Aunque no podía ubicar a Kyo, si sabía cómo ubicar a Saito. Tendría mucho que explicarle o lo mataría allí mismo.
Envió uno de los mensajes anónimos a uno de los números rotativos de contacto, más le valdría responder pronto. Descolgó el asiento de conductor y se recostó algo cansado con la determinación de que aparte de Kyo, no volvería a involucrar a nadie más.
Abrió el chat con el castaño y dejó un mensaje más.
Iori: Apenas puedas. Dime que estás bien.
Kyo suspiró exasperado mirando la ventana oval que daba al jardín. Casi había logrado llegar a la ciudad, pensó con resentimiento. Pero era de esperarse que el clan lograra interceptarlo en algún punto. Miró la habitación dando una vuelta más por ella. La casa del anciano Senju Kusanagi era todo un tributo de época. Hasta algunas luces eran llamas alimentadas por gas.
Se recostó en el muro y reflexionó los últimos sucesos por tercera vez. Había sido acusado de robar la espada sagrada, cuestión en la que tenían razón, pero ante su negativa y amenaza de quemar a quien intentara tocarlo, habían negociado ponerlo bajo vigilancia mientras el clan se reunía. Claramente no habían avisado aún a su madre. Querían la menor intervención posible. Pero estaba bien por él, tal vez era el momento de sincerarse con el clan. Con la reliquia en su poder respondiendo a su dominio, considerarian mejor sus palabras.
Apreció la tarde moribunda en aquel cuadro artístico que formaba el jardín parcialmente blanco con el estanque medio congelado. En algún momento de la noche expondría ante las cabezas más reticentes del clan las razones para llevar la reliquia. No era la forma en que le hubiese gustado hacerlo, pero era la forma que debía asumir ahora.
Exhaló tomando asiento, intentando tener paciencia, cosa que se le daba muy mal.
Miró el celular de pantalla fragmentada. Lo habían silenciado y aislado sin comunicación. Ni su madre ni la mano derecha estaban enterados de que lo retenían en aquel lugar. Y él, no sabía en absoluto que estaba sucediendo con los demás.
Guardó el celular roto en el traje ceremonial que vestía y miró la ventana oval de nuevo. Esperaba que Shingo y su maestro estuviesen bien. Aunque tenía cierta certeza en que el clan no les haría daño, era probable que hubiesen sido repudiados y expulsados. Pero de eso se encargaría después, cuando asumiera el liderazgo total del clan Kusanagi.
Apreció por un largo rato la ausencia de Iori en su sentir. Lo inquietante que se había vuelto dejar de percibirlo, como si le faltara algo en su interior. Algo que le ofrecía paz y seguridad. Algo invisible que le daba la impresión de tocarlo, de tenerlo cerca y seguro. Ya no tenía eso, y el desasosiego que le generaba se le hacía tan extraño, casi triste. Consideró con preocupación cómo podría vivir Iori su propia ausencia, y cerró los ojos susurrando el nombre del pelirrojo en un intento vano de buscar aquel vestigio de conexión. Diciéndole mentalmente que pronto estaría con él.
Tenía la tranquilidad de que no estaría solo. Aunque desconfiaba de la impulsividad de Yagami. Confíaba en sus amigos y en la promesa que el pelirrojo le había hecho.
Ya entrada la noche, tras largas horas de pensar en Yagami y rumiar que decirle a las viejas cabezas del clan, el sonido de la puerta al abrirse lo sacó de sus cavilaciones. Una mujer joven lo miró desde el dintel custodiado y le pidió acompañarla. El consejo lo esperaba.
Cruzó el gran salón con los pies desnudos, percibiendo el tibio suelo de madera. En el fondo del salón yacía un muro oscuro con un enorme eclipse en madera y oro. El símbolo del clan pesaba sobre todas las cabezas bajo este.
Cinco hombres ancianos yacían sentados a modo ceremonial sobre delicados cojines negros. A sus costados yacían dos de los maestros de fuego que cuidaban la reliquia en la montaña, con sus formas escarificadas en la piel y un tinte dorado en sus ojos. Podía sentir la influencia de su energía en toda la sala, listos para aplacar su poder de ser necesario. Si es que era posible, teniendo la reliquia bajo control. Sonrió para sus adentros.
Se sentía en un juicio donde se estuviese decidiendo si cortar su cabeza o no. Y posiblemente así era. Caminó hasta el zabutón dorado y se arrodilló en posición ceremonial haciendo una leve venia a modo de saludo. Los viejos lo miraron con cautela y reticencia.
Y una figura alta de porte erguido y algunas marcas enrojecidas en la piel, ingresó por el corredor lateral que daba a un pequeño bosque interno.
Jung Kusanagi, un poco más delgado y pálido, se posicionó a uno de los costados de los ancianos. Al igual que los enormes maestros de fuego, la energía de Jung refulgía por momentos, tal vez a modo de advertencia. Y ante él, Kyo inclinó la cabeza a modo de saludo, resintiendo su culpabilidad en el estado de aquel hombre.
— Señor Kyo Kusanagi, hijo del anterior líder Saisyu Kusanagi, es acusado de ingresar con falsedades a nuestro templo, atacar a los guardianes y robar la espada sagrada. —anunció uno de los maestros del fuego—. Que tiene que decir al respecto.
Todos los hombres lo observaron con filoso juicio.
— No era una mentira. Necesitaba recuperar el control, y lo único que podía ayudarme era la reliquia del clan. —apuntó Kyo con calma—. Atacar y tomar la reliquia por la fuerza es algo que no puedo negar. Pero tengo razones grandes que de una u otra forma benefician al clan. —agregó mirando a los ancianos—. Y no creo que después de tanto tiempo no estén enterados de que esto nunca radicó meramente en los Yagami. — indagó Kyo con cierto aire de dignidad.
— A que se refiere exactamente, joven portador. — indagó uno de los representantes y Kyo percibió en su voz que sabía bien de qué hablaba.
— De las intenciones del Tenno. De los negocios entre los clanes y el gobierno. De la muerte prematura de Chizuru, por su negativa a colaborar. De cómo poco a poco de forma sistemática nos han puesto uno en contra de otros mientras intentan arrebatar de los clanes el control de las reliquias…? —apuntó Kyo con tono seco—. Nuestro enemigo no son los Yagami. Nuestro enemigo es...
— Nuestros enemigos siempre han sido los Yagami. Joven Kusanagi. Eso es algo que no ha cambiado a pesar de haber diferentes fuentes de conflicto. — Apuntó otro anciano.
— Somos conscientes de la naturaleza de los intereses de este conflicto. Nuestros espías han encontrado los nexos extranjeros. Sabemos que manos ajenas a Japón han incursionando en su política más interior. Afectando directamente las tradiciones de nuestros clanes. — apuntó otro anciano.
— Desde los sucesos de Seiki y Hotaru, tras el deceso del señor Saisyu Kusanagi. Hemos sido conscientes de lo involucrado que ha estado el gobierno. Pero usted, Kyo Kusanagi, ha estado más cerca de nuestros enemigos, que del clan. La falta de información y colaboración con los procesos internos del clan, lo han llevado a perder gran parte de la confianza construida por su padre, sobre su familia. — Recalcó el anciano anterior.
— Si desea ser escuchado joven Kusanagi, debe compartir aquella información "de fuerza mayor" que no alcanzamos a comprender. Deseamos entender el porqué de sus actos. O nos veremos en la obligación de relegar su mandato y degradar su posición como heredero, a pesar de que sea el portador de la reliquia.
Kyo cerró los ojos organizando ideas. Evitaría mencionar directamente a Iori y a Majime. Pero tenía información suficiente para hacerles entender la gravedad del asunto. Debían dejar de perder el tiempo de una vez por todas, pensó.
La siguiente hora fue un intercambio de sucesos, cronologías y corroboración de hechos. La alta reticencia de los ancianos se fue transformando en preocupación. Su clan tenía más información de la que había esperado, pero aun habían vacíos importantes y no le sorprendió la falta de acción, dadas las pérdidas de los últimos meses. Su cautela había sido solo la antesala a la idea de iniciar un levantamiento contra el gobierno. Debían ser meticulosos, tenían mucho que perder estando solos, y aunque muchas pruebas denotaban la mano oscura de algo detrás de todo lo acontecido. Takeshi era el obstáculo principal para que el clan siquiera considerara a los Yagami de otra forma.
Las tensiones estaban a flor de piel, y a pesar de no lograr un perdón, ya había un mayor reconocimiento sobre los actos de Kyo. No aceptaron su alianza con Iori Yagami, pero comprendieron que las motivaciones eran una prioridad y los Yagami una mera amenaza distractora.
Parecían estar gestando una idea más coercitiva entre las partes y Kyo cuando la puerta se abrió sin mediar permisos. La mujer que lo había llevado ante el consejo yacía pálida y desencajada. Se disculpó con ahínco y anunció lo que a Kyo le pareció un daga perforando su pecho.
— La señora Shizuka Kusanagi fue atacada. Se encuentra en estado grave y ha sido trasladada a una clínica bajo control del clan.
Todos la miraron con sorpresa e incredulidad. Algunas miradas se posaron sobre el semblante rígido de Kyo. Los maestros del fuego pudieron percibir la oleada de energía descomunal contenida dentro del heredero. Una cantidad refulgente que sabían de antemano no podrían controlar.
Las palabras intercambiadas con la mujer pasaron desapercibidas para Kyo. Estaba concentrado en no hacer arder todo y en regular el terror que le generó aquellas palabras.
— …no hay información concisa aún. Están investigando un posible ataque de los Yagami—respondió la chica ante una pregunta que no escuchó—. pero el líder de escuadrón tiene fuertes dudas y…
— ¿Dónde está mi madre? — Interrumpió Kyo.
No hubo ni un pestañeo en el castaño cuando se irguió rígido como una estatua. Sus ojos tenían un intenso fulgor dorado con tintes rojizos que atemorizó a la mujer, quien se apresuró a decirle la ubicación del hospital.
Kyo Kusanagi abandonó el salón sin mediar palabra alguna. Salió del recinto bajo un silencio respetuoso por parte de las cabezas del clan. Un respeto que le debían por su posición, por su pérdida y por su actual tragedia. Abandonó la casona con la reliquia del clan, sin oposición y con el apoyo de un miembro que le facilitó un vehículo. En su cabeza solo estaba la imagen de su madre y en su pecho un miedo desgarrador.
