La notificación llegó poco después. Una ubicación distante y una hora muy precisa.

Iori frunció el ceño con desconfianza dando la última calada a su cigarrillo. El humo revoloteo perezoso. Los Supaida nunca habían sido tan directos y rápidos, posiblemente ya estaban esperando aquel contacto.

Aplastó la cajetilla de cigarrillos y la lanzó al piso, levantando una suave onda de nieve por el impacto. Subió al auto y emprendió el rumbo. No importaba si ya lo esperaban, no perdería la oportunidad de verle la maldita cara a Saito.

Aunque aliarse con Takeshi no rompía en términos prácticos el código de lealtad con los Yagami, tendrían que pagar por aquella sucia traición.

Las luces rojas del Volvo se perdieron en medio de la carretera nocturna, rumbo a algún punto alejado de la ciudad.


Benimaru y Mai arribaron al bar. Subieron por el acceso de personal y tomaron el ascensor sin más dilación bajo un silencio tenso. Aunque tenían nulas esperanzas de encontrar a King en el lugar, esperaban enterarse de su paradero o alguna pista del mismo.

El mensaje seguía registrando una escritura que nunca llegaba y el rubio se impacientó con la lentitud del ascensor. Mai le apretó con delicadeza el antebrazo para calmarlo y Benimaru se preguntó cómo podía verse tan tranquila y calculadora.

Al abrirse las puertas una melodía de música en vivo los alcanzó con una resonancia suave. Estaban en medio de un evento con las luces bajas. Un enorme hombre desconocido los abordó exigiéndoles una reserva, pero tras cruzar algunas palabras acaloradas con Benimaru, apareció un joven que los reconoció y se disculpó por el nuevo guardia.

El chico los guió hasta la zona de descanso y les ofreció dos bebidas calientes.

— ¿Sabes dónde se encuentra King? — Indagó Mai sin perder más tiempo. El joven tomó asiento.

— Desconozco donde se encuentra la señora. Pero mencionó algo de una reunión importante que la tendría ausente esta noche. Y por ello me encargó la administración de la velada especial. —apuntó el chico extrañado—. ¿Sucedió algo?

Benimaru frunció el ceño. Tenía un muy mal presentimiento.

— ¿Y no te dijo donde tendría la reunión o de qué trataba? — preguntó Mai.

— La señora no suele compartir esa información…—acotó el joven ya comenzando a preocuparse—. ¿Le ha sucedido algo?

— No lo sabemos. Apuntó Benimaru exasperado. Solo…no importa. Iremos a buscar a otro lado.

— Esperen. Por favor. —les detuvo el chico—. Se que la señora King no es una bartender casual. Sé algunas cosas de ella y soy bueno encontrando gente…ella ha usado mis servicios antes. — les acotó algo cauteloso, pero con la intención de ayudar. Ambos lo observaron con interés.

— Que clase de servicios ofreces, muchacho. — Indago Mai.

El joven ya con mayor confianza les insto a tomar asiento y desplegó un portátil que sacó de una mesa cercana.

— Espero no lo mencionen, pero mantengo un monitoreo casual de las ubicaciones de las personas de interés para mi. Entre esas personas está la señora King. — agregó mientras tecleaba algo rápidamente.

— Hace unas horas, mientras revisaba…algo. Note que el gps de la señora King había sido activado. Curioso, pensé. Y ahora vienen ustedes claramente preocupados preguntando por ella. Entonces supongo que…

— ¿Tienes la ubicación? — preguntó Benimaru levantándose de golpe—. Cual es.

El joven cerró la pantalla del ordenador como acto reflejo.

— Tengo una condición. —acotó mientras el rubio empezaba a fruncir el ceño amenazante—. No planeo cobrar por esto. Pero desearía que me tuviera en gran consideración para su red de contactos señorita Shiranui.

Mai bufó incrédula.

— Ya veo que sabes bien quienes somos...eres un chico atrevido. —susurro Mai chasqueando la lengua—. Está bien. Muéstrame que puedes ofrecernos.

El joven sonrió con una engañosa dulzura infantil y se presentó como Soujiro, tras lo cual giró la pantalla en su dirección.


Avanzaron por la ciudad en un auto que el chico les había facilitado. Mai observaba atentamente la aplicación con ubicación en tiempo real que Soujiro les había compartido. En poco tiempo habían dado con el lugar. Una solitaria zona al sur, entre calles bajo un puente.

Aparcaron cerca y caminaron por las calzadas vacías. A lo lejos se notaban algunas luces de patrullas. No demoraron mucho en dar con la ubicación exacta gracias a la aplicación que había diseñado el joven. Era una pequeña sucursal de correos.

La señal gps emitió una luz intermitente más rápida al acercarse al enorme cajón de paquetería. Encontraron la chapa rota, la abrieron y en medio de sobres y cajas, vieron el cuerpo inconsciente de King con manchas de sangre en la ropa.

Benimaru la tomó en brazos sin pensar un minuto más y pidió a Mai llamar desde su teléfono a Kaori. Necesitaban ayuda.


Kyo arribó a la clínica con un semblante aterrador. Los ninjas que debían proteger a Shizuka aguardaban su presencia, temiendo ante el ingresó brusco y silencioso de su líder. Uno de ellos intentó abordarlo con una disculpa pero Kyo cruzó sin mirarlos, ignorando totalmente su existencia. Traspasó las puertas de personal sin escuchar siquiera al guardia y caminó directamente hacia la zona de médicos.

A los pocos minutos ya estaba en una sala lateral con uno de los médicos encargados mientras los ninjas lo observaban desde lejos.

— …aunque su madre ya no está en riesgo de muerte, sufrió una complicación cerebrovascular causada por la hemorragia. A causa de una obstrucción de irrigación al cerebro, la tenemos bajo cuidados especiales. — apuntó el médico con una voz suave.

Kyo lo miró sin saber que decir, y en sus ojos el hombre de bata blanca vio al niño temeroso que se asoma, cuando la confusión florece ante una situación que supera las capacidades de las personas. Se acercó al joven y le posó una amable mano en el hombro.
— Dada la situación no puede verla hasta que podamos estabilizar su estado a totalidad. Pero no se preocupe joven Kusanagi. Tiene buen pronóstico. Está fuera de peligro.

Kyo suspiró con un nudo en la garganta, respirando casi por primera vez desde aquella terrible noticia. El doctor le palmeó el hombro afirmando que ella se encontraba en las mejores manos. Instándole a descansar y asegurandole de que lo mantendrían informado de todo.
El castaño asintió con un aire de niño perdido y guardó silencio. Se cubrió el rostro con las manos en un profundo suspiro que le trajo algo de calma y agradeció al doctor, que aguardaba a su lado.

Se levantó finalmente del asiento con un semblante más estoico y tras hacer una leve reverencia al médico, salió a escuchar con más calma lo que tenían que decir los supuestos protectores de su madre.

Al acercarse a los tres hombres, los notó parcialmente heridos. Dio la orden puntual a uno de ellos, de conseguirle un celular, ante lo cual el hombre se alejó con presura.

En un silencio casi amenazante escuchó las disculpas de los hombres y comprendió parte de los sucesos.

Su madre había accedido a encontrarse con algunas mujeres. Todo en un ambiente de mucha reserva, aunque ellos habían reconocido a dos de las mujeres. Majime Kagura y la luchadora King.

Por orden expresa de Shizuka habían mantenido una distancia prudencial, y vigilaban constantemente. Estaban seguros que aparte de los dos guardianes Kagura, los cuales encontraron muertos después del ataque, no había nadie más con ellas.

Poco antes de hacer una ronda de acercamiento al ver que la iluminación del lugar parecía estar fallando, habían sido emboscados inicialmente por sombras extrañas que asesinaron la mitad del grupo. Y mientras se desataba una fuerte lucha entre ellos y los atacantes para llegar a la señora Shizuka. Fueron también recibidos por ninjas Yagami dentro del almacén.

Según ellos, había sido un ataque sincronizado a ambas partes.

— ¿Qué pasó con las otras mujeres? — preguntó Kyo..

Los hombres apuntaron que al llegar notaron que la sacerdotisa Kagura y la luchadora King habían desaparecido. Solo quedaba la señora Shizuka y otra joven, ambas malheridas.

Incluso su madre les había pedido con dificultad antes de desmayarse, qué ayudaran a la joven herida.

Kyo guardó silencio aturdido. Su madre había tenido una reunión clandestina con Majime, King y una joven desconocida…tenía sospechas de quién podría ser, pero no estaba seguro. ¿Por qué no les habían dicho nada? se preguntó con rabia y confusión.

— ¿Ya saben quien era la otra mujer? ¿Cómo se encuentra?

Los hombres negaron con la mirada baja, había sido trasladada a otro hospital con otros ninjas Kusanagi. Pero no estaban informados hasta el momento de su estado de salud.

— Averiguenlo e informenme. — apuntó Kyo aún consternado. Que había sucedido en aquel lugar. Por qué…

Uno de los ninjas regresó con un celular nuevo y funcional entre sus manos. Kyo lo tomó sin mediar palabra y mientras los hombres le hacían una reverencia a modo de disculpas, se alejó a una zona más solitaria del hospital.

Maldijo mirando el celular nuevo. Con tantas confrontaciones habían estado cambiando constantemente de móvil y de número. No se sabía ninguno que pudiera comunicarle con Iori. Pero si sabía que Benimaru seguía usando su mismo número y ese lo recordaba. Marco al rubio que le contesto casi al instante.

— ¿Beni?

— Maldición Kyo. ¿Dónde estás? ¿Estás bien? Han pasado tantas cosas.

— Lo sé. Apenas regrese y…

— Kyo. Algo sucedió con King. La encontramos herida y sin sentido en una zona de la costa. Algo la atacó. Vamos rumbo a mi apartamento. Llega allá. Necesitamos hablar.

Kyo dudó un instante. No podía expresar en ese momento sus sospechas escuchando la urgida voz de Benimaru. King estaba con ellos, herida. Ella debía tener todas las respuestas que esperaba. Y Iori debía estar con ellos.

— Ya salgo para allá. — Colgó.
Dejó la orden explícita de reforzar la seguridad en el hospital y hacer lo mismo con la joven malherida. No debían permitir que nadie, salvo quien él designara, tuviese acceso a la chica. Ni siquiera alguien del clan Kusanagi.
Los hombres asintieron y Kyo abandonó el lugar.


Iori frenó el auto y apreció el lugar. Una bahía agrietada y cubierta parcialmente de musgo. Ningún vehículo parecía haber usado en años aquel espacio abandonado al margen de la carretera. Descendió del auto sin darle mayor importancia y siguió un pequeño sendero entre los árboles, guiado por una deteriorada piedra musgosa parcialmente congelada. Tras algunos minutos encontró un claro que daba a un mirador oculto entre la arboleda. El paisaje invernal se extendió por un pequeño bosque hasta la costa.

A pesar de no estar muy retirado de la ciudad, era claramente una zona aislada y en desuso. Pudo sentir la presencia del espía. Siempre de forma emergente y extraña. Como si saliese de la nada misma. Percibió además una energía enrarecida que parecía desvanecerse por momentos. Eso le inquietó.

— Mi señor. — saludó con una leve reverencia el espía y los ojos rojos de Iori lo escrutaron en silencio. Un leve vapor de nieve derretida se levantó de los pies del pelirrojo.

— Explícate…Saito. A qué mano le estás trabajando. — apuntó la voz grave de Yagami sin preámbulos, directo.

Sabía bien que el viejo Supaida entendía porque lo había contactado. Como también sabía que lo había atraído a aquel lugar abandonado con una segunda intención. Pero si esos bastardos creían que iba a temerles, estaban muy equivocados. Eliminaría hasta el último Supaida de ser necesario. Podía sentir la ira revolotear en su pecho. La ya olvidada pulsión asesina que le recordaba la ausencia de Kyo dentro de sí.

Las voces de Orochi estaban extrañamente silenciosas. Saito adoptó un semblante serio ante la amenaza que emanaba su señor y asintió con cierta condescendencia.

— Hubo una falsa filtración de información y aunque eliminamos a los Yagami implicados, nos enteramos demasiado tarde. Pero hemos conseguido sacar el verdadero paradero de Takeshi Yagami…

Iori avanzó en un movimiento veloz, atrapando al espía por el pecho y acorraladolo contra la baranda del mirador. La cual vibró con cierta violencia y rechinó cediendo un poco.

— Eso no fue información falsa, Saito. Nos alejaron intencionalmente. ¿Qué demonios hiciste y por qué? — indagó el pelirrojo mientras sus manos comenzaban a arder con parte del traje del espía.

El anciano sonrió irritado.

— Mi señor siempre fue más desdeñoso y desconfiado de lo que pensaba. Parece que ya es inevitable un desenlace apresurado…— apuntó en tono calmado.

Iori gruño iracundo al percibir un movimiento pequeño en su dirección. Con un giro violento sin soltar a Saito, bloqueo con una onda de fuego violeta los ya bien conocidos dardos paralizantes. El espía resopló por el golpe e Iori alzó su cuerpo para hacerlo arder. Pero en ese instante las llamas lo abandonaron, Su fuego no reaccionó y sintió como en su pecho una presión asfixiante le contrajo el corazón. El espía se zafó de su agarre y con una maliciosa sonrisa retrocedió.

Las voces de Orochi habían estallado repentinamente en su cabeza. Y asimiló estupefacto como el mismo Orochi estaba bloqueando su fuego. Observó a Saito con una ira desproporcionada. Las sombras a su alrededor parecian haberse teñido de negro puro.

No necesitaba su fuego para matarlos. Y ante el rostro algo asustado del hombre, Iori se lanzó con un zarpaso que el anciano esquivo parcialmente y con mucha dificultad. El daño le alcanzó a lacerar desde su pecho hasta la mitad de su rostro, rasgando uno se sus ojos.

El anciano retrocedió sosteniéndose la cara con un gruñido de dolor, mientras ninjas Supaida emergieron de su sombra e intentaron interceptar y reducir a Iori.

El pelirrojo avanzó tomando por la cabeza una de las sombras emergentes y regresando brutalmente su forma a la oscuridad. Chocó con otras dos que hirió de gravedad en su avance hacia el espía, que solo retrocedía.

Recibió varios impactos de dardos que quedaron clavados en el grosor de la gabardina y paralizaron parcialmente sus brazos. Aun así ya había reducido múltiples atacantes. Y por momentos lograba superar el bloqueo que Orochi le imponía. Emanando llamas violetas que empezaban a alzarse aleatoriamente como tentáculos de fuego rasgando el entorno, quemándolo.

— ¡Detenlo Nahret!. — Gritó Saito replegándose entre las sombras tras él.

— ¡Saitoooo! — Resonó el grito grave de Iori en el bosque, y el fuego se concentró a su alrededor. El espía gritó entre llamas magenta, pero una voz interna, como una campana, vibró en la cabeza de Iori aturdiendo todos sus sentidos. "Matsuru" Era un mantra, un sonido bajo y gutural. Y vió entre las sombras a aquella anciana Supaida tres veces, con sus manos sangrantes en la oscuridad, sus ojos blancos y su energía corrupta. Y sintió tras ellas la colosal presencia de Orochi.

Negras cadenas se extendieron de su propia sombra hasta su pecho, cuello y extremidades haciendo caer a Iori contra el suelo, sobre la breosa oscuridad que resonaba con las voces en su cabeza. Los rezos de las mujeres eran un eco que se entrelazaban con las voces que lo habitaban. Casi como si se comunicaran con Orochi. La bestia lo estaba doblegando. Le estaba demostrando que yacía bajo su poder y voluntad.

Iori resopló sin aire, con la mente nublada y el cuerpo totalmente atrapado por la presión interna y externa de la presencia de la bestia. Eso habían sido todo ese tiempo, sectarios, adoradores de la serpiente que se habían infiltrado en el clan. Posiblemente enviados del Hakkeshu. Durante cuánto tiempo estuvieron ahí…vigilando…se alcanzó a preguntar antes de perder la lucidez.

"…Kyo" fue el último pensamiento de Yagami, antes de ceder todo a Orochi. Antes de que la oscuridad lo abrazara como a un hijo pródigo.

Saito jadeo malherido en el suelo abrasado. Había perdido un ojo y tenía quemaduras de seriedad en su cuerpo. Las tres ancianas lo observaron como estatuas de ojos blancos mientras eran consumidas lentamente por la oscuridad. Estaban rodeados de cuerpos y zonas que aún ardían con el fuego violeta.

— No durará mucho en el sueño del demonio. — habló una de ellas con tono bajo y antinatural.

— Llévenlo al templo, hay que mantenerlo sellado, el maestro se encargará…—jadeo Saito adolorido sin poder moverse—. Llegó la hora de alzarlo contra el usurpador. Ya logramos que ellos lo debilitaran, sin el Youkai no es nada. — apuntó Saito y las tres ancianas asintieron en silencio, desapareciendo en la oscuridad con el encadenado cuerpo de Iori.


Kyo arribó al apartamento. Mai lo recibió con un abrazo, se notaba preocupada y le preguntó si estaba bien. El castaño asintió algo contrariado, queriendo mostrarse más seguro de lo que se sentía.

Benimaru se reunió con ambos en la sala y abrazó parcialmente a Kyo. Haciéndole la misma pregunta, Kyo sabía que no estaba muy bien, pero no pensó que se le notara tanto.

— ¿Cómo está King?

— Tenía una herida profunda, pero nada de gravedad. Kaori está contrarrestando el efecto del sedante o la droga que sea que le aplicaron. —apuntó Benimaru ansioso y confundido—. Aún no sabemos qué está sucediendo y...

— …mi madre fue atacada. Está hospitalizada. —interrumpió Kyo sin saber cómo abordar todo aquello. Mai y Benimaru lo observaron en un silencio tenso, preguntando con la mirada que había sucedido—. Tuvo una reunión durante la noche con Majime y King…mis hombres dicen que fueron atacadas por ninjas Yagami. Asesinaron a los guardianes de Kagura e hirieron de gravedad a mi madre.

— ¿Qué…?…por qué. — titubeo Benimaru claramente alterado.

— ¿Ellas se habían reunido…? ¿Por qué…no nos dijeron… — apuntó Mai aturdida por la noticia.

— Es lo que quiero averiguar con King. Necesito saber que paso.

— Pero por qué habrían de reunirse así. Para que…— indagó Benimaru.

— …había una cuarta mujer. La encontraron malherida con mi madre y creo que puede ser…

Kaori entró al salón, interrumpiendo con delicadeza. Dando la señal de que King estaba consciente. Los tres se levantaron automáticamente y la siguieron.

King estaba acostada con la mirada algo adormecida, se notaba pálida y agotada, pero ansiosa.

— Preciosa. — hablo Benimaru con docilidad y tomo su mano. Ella lo miró como retomando lucidez por momentos.

— ¿Qué sucedió King? — Indago Kyo parado de frente a la cama.

— Lo siento Kyo. Queríamos convencer a tu madre de aliarse…—parpadeo algo aturdida un segundo y retomó con la tensión inicial—. No fueron los Yagami. Eran otra cosa. Pero los lideraba el anciano. El espía Yagami. — cerró los ojos unos instantes muy mareada.

— ¿Los Supaida intentaron asesinarlos? —perdió el aire Mai—. Por eso casi nos matan en ese lugar al que nos enviaron…

Benimaru guardó un silencio amargo recordando las palabras de Iori. Sintiendo el peso de la culpa una vez más. Era un hecho la traición de los Supaida.

— ¿Entonces están con Takeshi? — preguntó Mai en voz tenue.

Todos miraron a King.

— Había una energía muy extraña. Salían de las mismas sombras…Yo, lo siento. Intenté protegerlas, Majime había desaparecido. Kaoru estaba malherida, intenté salvar a tu madre Kyo. Lo siento tanto…— apuntó King con la cabeza embotada.

— Basta. Deben dejarla descansar. Luego pueden preguntarle más cosas. — apuntó Kaori en tono imperativo. Claramente molesta por el asedio a su paciente.

— ¿Kaoru…? — preguntó aturdido Nikaido mirando a Kyo. Este asintió también confuso y los tres volvieron al salón.

Benimaru jaló a Kyo del brazo urgido por conocer qué sabía el castaño.

— Kaoru está viva. No se que tan herida. Pero está siendo protegida por mis hombres. —apuntó Kyo soltándose del agarre del rubio. Benimaru se notaba desencajado, reflexivo. Guardó silencio.

— Si fueron los Supaida…¿todo este tiempo estuvieron vigilándonos? Pero entonces por qué nos guiaron a destruir los Hokora…— preguntó Mai en tono pensativo.

— ¿Dónde demonios está Iori? —indagó Kyo claramente nervioso. No entendía nada de lo que estaba sucediendo y necesitaba ver al pelirrojo—. Que quisiste decir con que por eso casi los matan.

Mai contó a Kyo todo lo sucedido en la incursión a la cabaña. Y como claramente había sido una emboscada. También le aseguró a Kyo que desde ese momento Iori había estado extraño. Como un perro rabioso y ansioso, mencionando que no podía sentirlo. Eso los preocupó. Kyo maldijo echando el cabello para atrás.

— ¿Terry se encuentra con él?

— Creo que sí. Lo llamaré. — apuntó Mai

Pocos segundos después la llamada en altavoz era contestada por Bogard.

Tras intercambiar unas pocas palabras, Terry les informó que siguió a Iori un tiempo hasta que le perdió la pista al salir de la ciudad. Que no sabe dónde se metió pero tenía la sospecha de que iba a encontrarse con el espía.

Kyo maldijo inquieto y se dispuso a cambiar de simcard, para ver si tenía mensajes de Iori. Benimaru parecía aún aturdido y pensativo. En su cabeza había un caos, y sentía que lo de Kaoru, Shizuka, King…todo había sido culpa suya.

— ¿Hay forma de localizarlo?— preguntó Mai, buscando soluciones.

— Dado que Yagami desaparece con facilidad. Deje el gps del carro prendido. Posiblemente no se haya percatado y siga activo. — Apuntó Terry pensativo.

— Perfecto. Podemos encontrar su ubicación. Haré una llamada y te informaré apenas estemos en camino. — apuntó Mai colgando tras el asentimiento de Terry. Y se dispuso a hacerle una nueva llamada al joven Soujiro.

Los mensajes de la conversación con Yagami se desplegaron en la nueva pantalla de Kyo. El último mensaje de Iori hizo que el corazón del castaño se encogiera. Quería saber si estaba bien. Evidentemente preocupado al no sentirlo más. Casi lo mismo que Kyo sentía en ese preciso instante ante su completa ausencia. Respiró profundo apretando el celular entre las manos. "Tienes que estar bien Iori." susurro para calmarse a sí mismo.

—...si, te debo una. Mandame la señal. Ya te compartí el código. — apuntó Mai finalizando la comunicación con el joven del bar.

— Tengo la ubicación del auto. Debemos movernos.

Kyo se levantó con disposición, ansioso. Benimaru lo detuvo un instante en la entrada del apartamento.

— Dime dónde está. Por favor. — Habló Benimaru con tono bajo y directo. Kyo asintió comprensivo.

— Les indicaré a mis hombres que te permitan acceder y manejar todo. —acotó Kyo palmeando el hombro del rubio y diciéndole el nombre de la clínica—. Cuida de ella.

Benimaru asintió calladamente en agradecimiento. Mai deslizó su brazo por un costado con delicadeza.

— No es tu culpa Beni. Nadie sabía que nos traicionarian. —susurro ella cariñosamente—. No seas tan duro contigo.

Benimaru asintió con frialdad. Claramente lo había sido. Iori se lo había advertido desde el principio.

Los tres tomaron caminos diferentes.


Terry apreció un auto desconocido acercarse hasta él a un costado de la carretera. Tenía las manos enterradas en la chaqueta, y tiritaba levemente. Mai frenó el auto y bajó del asiento del conductor.

— Perdón por hacerte esperar. No suelo conducir con regularidad, y este clima…

— Está bien, no es que me estuviera congelando en lo absoluto. Podía haber esperado otra hora. — apuntó Terry divertido. Mai soltó una risita y le golpeó el hombro.

— No fue a propósito. Conduce tú. Yo te guió.

— Yes my lady. — respondió el rubio con un leve ademán militar y entró medianamente empujado por Mai.

Miró a Kyo con una sonrisa amable para saludarlo. Pero el castaño parecía muy tenso para las cordialidades. Aún así le regresó el saludo con una rigidez impaciente y Terry arrancó a velocidad.

Tras poco menos de una hora encontraron el auto de Iori aparcado en una bahía abandonada, con una zona boscosa atrás. Kyo no aguardó un minuto más al no ver al pelirrojo y se internó en la espesura. Tras cruzar un tramo de árboles y matorrales, llegaron al mirador poco después.

La escena de abandono era claramente rota por rastros de fuego y árboles dañados. La baranda del mirador colgaba destrozada y yacían algunos parches renegridos entre la nieve. No había rastros de nadie en el lugar, aunque el corazón de Kyo se contrajo al ver oscuros rastros de sangre entre la nieve y la tierra quemada.

Su respiración se agitó. La energía de su fuego revoloteo insidiosa dentro de sí. No podía manejar todo eso. Yuki, su padre, su madre…y ahora Iori. Le habían estado arrebatando dolorosamente todo lo que quería.

Sus acompañantes de percataron de la palidez del castaño y la energía que refulgía contenida. Terry tomó su hombro y lo miró directamente.

— Él está bien, Kyo. Sabes bien que es un hombre muy fuerte. — Kyo miró a Terry y asintió con una enorme tensión en su cuerpo. Quería creer en esas palabras.

Mai se acercó delicadamente y lo abrazó. Kyo descargó su cabeza sobre el hombro de la mujer, respirando con más regularidad. Sus manos temblaban parcialmente conteniendo la oleada de emociones que lo abrumaba y alteraba dolorosamente su brecha energética. La reliquia era lo único que le permitía controlar la punzante emanación de energía.

— Tu madre está fuera de peligro. Y Iori está vivo. Si lo hubiesen querido muerto, lo habrían intentado hace mucho. — Acotó Mai con voz suave. Kyo asintió retomando algo de calma momentánea. Aunque su corazón parecía estar dentro de un puño que lo presionaba.

— Ya lo habían raptado una vez. ¿No? — apuntó Terry insinuando la pregunta de a donde podrían haberlo llevado.

— El magatama…—. Susurro el castaño reflexivo.

— Benimaru nos contó lo que pasó en esa ocasión. Lo necesitan vivo para el traspaso ¿No? — Indago Terry seriamente. Kyo asintió lentamente—. Entonces, dada la traición de los Supaida. Deben haberlo llevado con Takeshi…

Mai tomó la mano de Kyo mirándolo directamente.

— Ya lo sacaste una vez de ese ritual. Lo haremos de nuevo, Kyo. — apuntó la mujer apretando la mano del castaño con confianza. Mientras Terry asintió con una de sus sonrisas paternales.

— Recuperaremos a Yagami y detendremos de una vez a ese bastardo. — agregó el rubio con resolución. Kyo sonrió agradecido con ambos por devolverle la calma.

— Pagarán por todo el daño que nos han hecho…—susurró con resentimiento—. Es hora de que el clan Kusanagi tome represalias.

Terry y Mai asintieron, reforzando la determinación del castaño. Regresaron en los dos autos. Mai se separó en dirección al hospital donde estaba Benimaru y Terry llevó a Kyo con los suyos.


Cuando Mai ingresó al lugar fue retenida por los hombres Kusanagi, pero tras una llamada le permitieron ingresar hasta la zona de espera de cirugía. Apreció como su amigo yacía en medio de las sombras en una sala de espera vacía, su silueta parecía recortarse con las blancas luces de fondo. Su posición inclinada sobre sus manos denotaba claramente su nerviosismo.

Con voz tenue le informó a Mai que Kaoru estaba grave y llevaba horas en una segunda cirugía. Su pronóstico era reservado y de alto riesgo.

Mai aguardó en silencio al lado de Benimaru, solo tomando su mano. Dándole el espacio para que quisiera hablar cuando se sintiera preparado. Poco después llegó Terry, aunque no se acercó demasiado para darles el espacio que Nikaido necesitaba.

Tras varias horas de espera, uno de los médicos encargados se reunió con ellos y les informó del delicado procedimiento que tuvo la joven por la ruptura de los intestinos. Aunque estaba fuera de peligro inminente de muerte, las complicaciones que podría tener seguían siendo muy altas. Así que estaría en cuidados intensivos un tiempo indefinido. No tenían permitido visitarla, pero podrían verla desde el cristal del corredor.

Benimaru apretó con fuerza la mano de Mai con un leve temblor, mientras caminaban a aquel corredor. Los tres apreciaron la menuda figura de la chica en un cubículo de alta tecnología. Kaoru era un manojo de tubos y sondas que ingresaban y salían por todo su cuerpo bajo una sábana azul. Un respirador mecánico ascendía y descendía con parsimonia, acompañado por cinco dispositivos de lectura diferentes.

El rubio suspiró acongojado y recostó la frente en el vidrio.

— Es mi culpa…Yo le dije a Saito sobre ella.

— No…tu no sabias nada, ninguno lo sabía. Incluso Iori no tenía dudas suficientes para desconfiar de la información que nos daban. —apuntó tomando el rostro del rubio entre sus manos—. Tú solo estabas preocupado por ella Beni. Tú solo querías que estuviese protegida. — Nikaido cerró los ojos con profunda tristeza y Mai lo abrazó con cariño.

Terry los observó con cierto enojo, recordando el sufrimiento en Kyo. Todos habían sido profundamente lastimados. Todos habían perdido algo en aquella gran traición. Y eso era Orochi, pensó. Una entidad de destrucción y desesperación. Un ente corruptor que solo traía desgracias.

Empuñó con fuerza las manos. Todo eso tenía que parar.

Ambos acompañaron a Nikaido de nuevo afuera, lejos de aquella imagen desgarradora. Y tras un largo silencio en el que sus manos seguían aferrándose a las de Mai, les agradeció.

— Iori fue secuestrado por los Supaida. — Habló Terry de repente, en tono puntual. Con la intención de enfocar toda esa congoja en algo más. Benimaru levantó la vista incrédulo.

— Creemos que intentaran quitarle el Magatama de nuevo. — apuntó Mai con un suspiro cansino.

— ¿Repetir el ritual? — Indago Benimaru estupefacto. Mai asintió. — Entonces…¿Takeshi lo tiene?

— No estamos seguros, pero creemos que así es.

— Kyo liderara un ataque a los Yagami traidores y cazará a Takeshi con ayuda del clan Kusanagi. Nosotros apoyaremos el ataque y…

— Yo iré. —habló Benimaru irguiéndose con ira en los ojos—. Mataré a Saito con mis propias manos.

— Pero Kaoru…— preguntó Mai con delicadeza. Benimaru miró en dirección a cuidados intensivos.

— No pude protegerla…y tampoco puedo hacer nada por ella en este momento. Pero si podría encargarme personalmente de salvar a Aki, su pequeña hermana. —desvió la vista con frustración—. Es lo mínimo que puedo hacer. Cuando despierte deseo que pueda verla a su lado...

— Entonces que así sea. Ella estará en manos de buenos médicos y los Kusanagi la protegerán. Encarguémonos de detener esta locura. — apuntó Terry y Benimaru asintió. Tras dar una última mirada atrás, deseo con todo su corazón que la joven tuviese fuerza suficiente y mejorara para cuando regresara con Aki. Salió sin dudar un instante más.

Mai se detuvo a medio pasillo y respiró profundo. Aplacar la desesperación de dos hombres de gran fortaleza, sin permitirse expresar su propia preocupación por las circunstancias, la rebasó un instante. Pero los brazos de Terry la envolvieron desde su espalda en un inesperado abrazo.

— Lo hiciste bien. — le susurró con delicadeza el rubio y Mai aceptó sin cuestionar aquel contacto reconfortante, recostando su cabeza en el pecho de Terry. Deseando que aquella calidez se alargara indefinidamente.

Giró suavemente entre los brazos del rubio y lo observó con cierta preocupación.

— ¿Estás seguro de esto? De participar en el ataque… —preguntó con tono suave—. No se si estás lo suficientemente recuperado de esa herida. Tal vez lo mejor sería…

Pero Terry la interrumpió silenciando sus palabras con un aún más inesperado beso. La mujer percibió casi estupefacta el contacto cálido, delicado y húmedo del rubio. Mientras su estómago parecía encogerse en un nudo al igual que su corazón. Casi como si de repente fuese solo una chiquilla. El beso se separó con suavidad, dejandoles un tibio roce en los labios.

— Te tendré a ti para protegerme. — Le hablo Bogard en tono bajo, algo coqueto. Tras lo cual le sonrió con cierta dulzura. Mai no logró articular ninguna palabra, pero si fue presa de un intenso calor en el rostro.

Terry deslizó los brazos con delicadeza, finalizando el contacto y avanzó instándola con un gesto a alcanzar a Benimaru, sin borrar aquella encantadora sonrisa de su rostro.

Al salir Benimaru yacía impaciente en el asiento del conductor. Mai ingresó a la parte trasera del auto desviando la mirada y con las orejas enrojecidas. No medio palabra ante el reclamó leve de Nikaido por la demora. Terry se inclinó en la ventanilla de Nikaido y le explicó que él llevaría el auto de Iori y le indicaría el camino al lugar donde se encontraba Kyo.

El rubio asintió mientras miró el retrovisor algo extrañado por la conducta evasiva de Mai. Indagó con una mirada a Terry, el cual levantó los hombros con una leve sonrisa haciéndose el desentendido.

Tras un largo recorrido donde Benimaru hizo una llamada en altavoz con Kyo, a la que anexo a Terry y concertaron el lugar de encuentro. Ya estaban hablando con la misma naturalidad de siempre.

Aún así Mai estuvo callada y pensativa todo el camino restante. En su interior se arrebujaban múltiples cuestionamientos.
Se preguntaba por qué justo en aquel momento. Se refutaba queriendo evadir sus propias emociones. Había algo de impropio, algo que sentía no estaba bien. Después de lo que sucedió con Andy…pero al mismo tiempo, recordaba la calmada sonrisa que le ofrecía Terry y se preguntaba si podía permitirse tener esos sentimientos por aquel hombre.

"Y eso quiere decir que Mary…?" gruñó molesta espantando aquellas ideas. Ese no era el momento de pensar en esas cosas. Necesitaban enfocarse en el ataque que estaba por venir.


"Majime…despierta"

El eco de aquella voz conocida llegó como un suave susurro que casi sintió en su oreja.

Majime abrió los ojos aturdida. Se sentía helada y entumecida. No podía ver casi nada, todo estaba muy oscuro, casi a totalidad. Pero percibía un fuerte olor a salinidad. La madera bajo su cuerpo crujía levemente, estaba muy fría y húmeda. Y entre la oscuridad percibió el fuerte chocar de un oleaje que generaba un eco profundo en aquel lugar. Como un rugido que se amplificaba en una respiración.

Estaba en una especie de cueva conectada al mar, pensó. Aún sentía el cuerpo adormecido. No sabía si por aquel veneno o por la temperatura. Se concentró un instante en su respiración y canalizó una cantidad suficiente de energía para calentarse. Una delgada capa protectora de escarcha cubrió por un instante su piel hasta desvanecerse y retener todo el calor posible. Respiro con menor dificultad un aire menos helado.

Escuchó ecos de voces a pocos metros y avanzó a tientas, en la profundidad de la oscuridad vislumbró algo de luz tiñendo un espacio muy amplio, rodeado de roca negra. Tanteo hasta una especie de pequeño balcón oculto, una tensión espiritual seguida de un delicado tintineo invisible le hizo percatarse de que estaba retenida por talismanes y ese era su límite de movimiento.
Se extendió lo que más pudo hasta que alcanzó a mirar abajo. Y en medio de aquella penumbra, que sentía claramente sobrenatural. Vió a Iori Yagami.

Abajo había una especie de vacío que en la parte más externa se fundía con la oscuridad, allí resonaba el eco de las olas rompientes que se alzaban como la bocanada del mar con una ráfaga de aire salino.
En el centro había una plataforma circular formada de una roca renegrida, a su alrededor se erigían ocho pilares de igual consistencia, y sobre estos, llamas azuladas danzaban flotando, iluminando parcialmente unas pocas sombras encapuchadas e inscripciones en lo que parecía sangre, que rodeaban a Iori.

El pelirrojo yacía de rodillas y varias largas lineas de eslabones negros salían de los pilares y parecían penetrar en partes energéticas de su cuerpo. Había tres cadenas que no estaban ancladas a su cuerpo. Reposaban sobre el suelo negro fuera del circulo.

"Lo tienen doblegado… bloqueado acaso?" pensó Majime con desesperación. Habían sido engañados y atrapados por la secta al Yamata no Orochi. Tenía que hacer algo para liberarlo. Se tensó intentando concentrar su energía para canalizar la de los sellos que la tenían atrapada, pero aquel eco conocido de Chizuru, aquella voz lejana y espectral le pidió aguardar. Observar. Le dió una sensación de calma que necesitaba.

Suspiró lentamente asimilando la situación. No tendría oportunidad si intentaba escapar sin saber qué estaba sucediendo y porque los retenían en vez de destruirlos. No sabía cuánto tiempo llevaban allí. Pero tendría que aprovechar cada mínimo vestigio de información.


Durante casi dos días, Majime fue testigo de múltiples intentos de los sectarios de romper las cadenas que penetraban en Iori. Y por alguna razón esté siempre lograba resistir sus intentos. Y aún mantenía varias líneas del sello intactas.

En varias ocasiones perdían control sobre el bloqueo de su energía y ardían en medio del ritual, deteniéndose para sacar a sus heridos.

Comprendió que aquel lugar parecía ser uno de los más viejos templos donde sacrificaban a las primeras doncellas para aplacar a Orochi. Antes de que fuese la amenaza que obligó a formar a los portadores de las reliquias.
Esa especie de altar parecía generar una puerta al plano espiritual donde podían visualizar las trazas energéticas. Las cadenas eran como líneas del sello que contenían a Orochi en la sangre maldita de los portadores. Y a la vez eran vestigios del poder que portaba la maldición, limitados por el sello principal.
Y éste, como raíces que se extendieron por el mundo espiritual amarrando la corrupción, retuvieron gran parte de la influencia de Orochi.

Pero ahora parecían debilitarse con cada línea maldita. Eso explicaba en parte el porqué aumentaban en cantidad y poder las manifestaciones de los sectarios, a medida que más sangre corrupta de Orochi se extendía por el mundo.
Majime Kagura comprendió en poco tiempo la gran amenaza a la que se enfrentaba la nueva generación de portadores. Y sintió dolor por la pérdida de Chizuru.
Eso era lo que había estado intentando decirle todo ese tiempo. Había algo más grande que trascendía la tierra del sol y se refugiaba en las sombras de la avaricia humana fuera del control de las familias del sello.

De nuevo una sombra herida de caminar lento, apareció por segunda vez ante la sacerdotisa. Aquel viejo hombre herido sin un ojo, le había hablado por primera vez la noche anterior. Mientras ella percibia los silenciosos monjes que desde la oscuridad, la mantenian atrapada. Su llegada había supuesto la retirada de las sombras y con ellos de la penumbra, quedando con la suave luz del fuego de un hogar de metal, entre la madera oscura del suelo.

La tenue iluminación mostraba los cabellos canos y las heridas a medio curar del hombre.

— Espero que haya sido ilustradora su estancia en nuestra morada señora Kagura. — Habló aquella voz suave y decente. Y de nuevo Majime recordó la voz que dio orden a la oscuridad, antes de perder de vista a Shizuka Kusanagi y Kaoru Yagami.

— Lo ha sido, pero si viene de nuevo a proponer un intercambio de información debo ahorrarle el esfuerzo. —

— No…ya no, señora Kagura. Cómo ha visto, es cuestión de tiempo que dobleguemos al portador del Magatama.

— Doblegar no parece ser la palabra exacta para describir lo que han logrado. — apuntó Majime con filosa amabilidad.

— Hm. No puedo refutar su punto. Soy un ejemplo vivo de la tenacidad del portador. —la miró con frialdad, sus ojos tan negros como pozos—. Pero pronto mi maestro se encargará de eso.

Majime guardó silencio algo tensa. Aunque intento no demostrar lo mucho que le asustó ese anuncio.
Sabía bien que aquella energía corrupta que la había devorado en la reunión, venía de alguien muy poderoso y en sintonía con Orochi. Y tenía la certeza de que nadie en aquel lugar había sido esa persona, si es que se le podía llamar de tal forma a algo tan corrupto.

Saito sonrió con amabilidad. Con la agudeza de un zorro cansado.

— Ahora su labor es muy diferente Majime Kagura. Puedo ofrecerle lo que tanto desea su clan. La reliquia Yata. Pero para obtenerla deberá purificarla, neutralizar al Yokai que la habita. Eliminar el ritual de los Bihksu sobre esta y recuperar su tan anhelado espejo…—apuntó con delicadeza. Majime contuvo el aliento con el corazón en un puño, intentando comprender qué implicaba esa petición—. Honrar a su respetable portadora, tal vez. Y retribuir su trágica muerte…

La mujer sintió esa última frase como una daga en el pecho y le provocó romper lo que quedaba de ese cuerpo maltrecho. Cómo se atrevía un sucio esclavo de Orochi pretender entender la pérdida del líder portador. Era tan cínico que le enfermaba.

"Calma…y silencio…" resonó casi inaudible el conocido susurro de su señora Chizuru en lo profundo de su mente atribulada.

— Tienes hasta la siguiente noche para decidir, gran sacerdotisa Kagura. — habló Saito con aquel particular tono decente y mentiroso. Mientras su andar lento se sumergía en la penumbra lejos de la lumbre. Ante lo cual segundos después, volvían la sombras con su oscuridad.


Al principio pensó que vagaría por la oscuridad eterna. Pensó que había perdido la guerra finalmente y había sucumbido a la maldición inalienable de su sangre. Se preguntó si esa era la muerte de los hijos de Orochi. Pero una tenue llama emergió en medio de la nada. Una pequeña y cálida fuente de luz que pálpito al mismo ritmo de su corazón.

"Kyo" Pensó Iori.

Y abrió los ojos entre jadeos ahogados por la presión. A su alrededor vio los pilares oscuros y los fuegos fatuos. A las tres mujeres como reflejos de sí mismas y a sus sombras plagadas de ojos y voces que resonaban con la mirada que les devolvía la bestia en su interior. Estaban de nuevo conectando con Orochi.

No…no se los permitiría. Rugió con violencia evocando su energía que se negaba a salir. Y la canalizó a través de ese destello de Kyo en su interior. Y como un dique que se rompe, abrió una grieta en la negación que imprimían los monjes sobre su poder. Y aquellas mismas sombras llenas de ojos ardieron. Y los gritos se alzaron y las mujeres ciegas retrocedieron.

De sus sombras salieron entre la llamas, espectros que tomaban formas de sectarios y cayeron a los pies de las ancianas. Las tres mujeres como en un reflejo sincronizado, extendieron las manos sangrantes y entablaron una vez más "Matsuru"

Iori gritó iracundo tirando de las negras cadenas hasta perder el conocimiento nuevamente.

Una vez más la oscuridad que él siempre confundía con la muerte lo envolvía. Y una vez más, imperecedera, la llama Kusanagi volvía a iluminarlo cálidamente.

Iori se preguntó si siempre estuvo ahí. Era aquella sensación que siempre lo acompaño, aquello que sentía en Kyo, aquello que le dió la certeza de poder encontrarlo siempre. Extendió sus manos inexistentes en la oscuridad y tocó aquel fuego cálido hasta que traspasó su pecho y su cuerpo tuvo forma de nuevo, la oscuridad cedió a la forma grisácea de una cueva centenaria, y en medio de esta vio la figura desvaída de Chizuru.

— La encontraste. —habló Chizuru con una claridad inusual—. La luz siempre guiará el camino de los portadores de las reliquias. Nada puede corromper el fuego del sol. Y este nos protegerá a pesar de nuestros pecados y errores. —se acercó a Iori—. Y a ti especialmente por los deseos del actual portador. — habló con fría calma y tocó el pecho de Iori removiendo el fuego de su interior. Quitándole una vez más la sensación de sentir a Kyo.

— Regresalo. — habló Iori agotado.

— Tu lucha apenas comienza Iori Yagami. Tu eterna reticencia tendrá una prueba que es primordial superar. —lo miró fijamente con aquellos ojos blancos y muertos mientras tomaba sus manos y rodeaba con ellas el fuego Kusanagi—. Debes aguantar, debes imbuir el sol en el Magatama, debes purificar la corrupción que carga para poder usar el legado que te pertenece como portador. La reliquia es tuya hasta que tu vida se vea apagada Iori Yagami. Debes reclamar su poder y usarlo, así nadie podrá tomar la reliquia de ti.

— Lucha Yagami. Lucha por tu legado. Por nuestro pacto. Por Kyo…no estás solo.

Iori abrió los ojos de nuevo entre jadeos. Estaba arrodillado con sangre goteando de su boca. Sus brazos seguían extendidos y retenidos por cadenas. Había una cadena más en su pecho que subía y bajaba con brusquedad. Habían roto ya cinco de las ocho cadenas. Pero no les permitiría ceder a una más. Esta vez no gritó, ni se manifestó. Mantuvo una fría observación entre la sangre. Permitiendo ceder levemente el intento de romper otra línea del sello, pero enfocado en una de las ancianas trillizas. Esta vez daría un golpe más certero.

Justo cuando la cadena estaba cerca de ceder y liberarse, Iori la retuvo canalizando una vez más el fuego Kusanagi, y usando como catalizador la cadena, dirigió una enorme carga de energía a la mujer. Tanto su sombra como la anciana ardieron en un grito antinatural y el calor fue tan elevado que su figura se deshizo en cenizas.

El mantra "Matsuru" no demoró en aplacar su cuerpo y negar su mente. Pero esta vez cedió a la oscuridad con una sonrisa en el rostro. Mientras tuviera fuerzas, eliminaría toda hueste de Orochi que se le atravesara.


El sueño y la quietud era el único templo que tenía Majime Kagura. El único momento que le alejaba de la cruda realidad de su clan y sus circunstancias. Y también era un lugar que había empezado a habitar Chizuru.

Este sueño en particular parecía muy vívido. Tanto que seguía confinada en la cueva. Aunque en aquel espacio grisáceo no había lugar para las sombras. Todo era de tonos grises tenues, salvo la figura desvaída de chizuru, casi luminosa.

Estaba parada al borde del balcón mirando abajo.

— Mi señora…

— Debes aceptar su propuesta. — Intervino la voz fría y calmada el espectro.

— Pero, qué implica realmente eso. No puedo trabajar con servidores de Orochi así eso nos beneficie.

— Tú debes hacer lo que dicen. Fluir con sus intenciones. —agregó Chizuru con su blanca mirada—. Y cuando estés frente al Yata, debes purificarlo. — apuntó sin expresión alguna. Como un cadáver espectral. Majime la observó incrédula.

— …cómo es que puede hablar con tanta claridad.

— Este lugar es uno de los más viejos templos de Orochi. Uno que parecía haber sido olvidado hasta por los espíritus que perecieron en él. Aquí hay una enorme grieta en el plano espiritual. Y esa debilidad me permite manifestarme en sus mentes con mayor facilidad. Como también hablar a profundidad con los espíritus remanentes de los pecados del pasado.

— Por favor mi señora, dígame por qué…por qué quieren que purifique el Yata.

— Ankoku es un viejo demonio. Casi tan viejo como Orochi. En el primer levantamiento de Orochi, Ankoku fue un poderoso aliado de la serpiente. Un gestor de sufrimiento incalculable. Pero su naturaleza lo alejó rápidamente de esa alianza ya que siempre buscaba equilibrar, era una condición misma de su existencia y no fue compatible con el caos y la corrupción de Orochi. —le dió la espalda y volvió a mirar al abismo tras el balcón—. Cuando Orochi fue sellado, intentó a través de su vínculo con los clanes, pervertirlos, y aunque lo logró con los Yagami, el sol purificador siempre se oponía a su esencia. Y supo que no podía ser directamente su energía la que corrompiera los demás clanes. Por ende hizo ver el poder de su antiguo aliado, como algo alcanzable que podría servirle. — hizo una pausa donde volvió su atención a Majime.

— Orochi fue quien susurro en los sueños de nuestros antepasados Kagura, el poder de controlar a un Yokai. Fue quien insinuó la posibilidad de usar la reliquia como un foco de dominio y poder. Y finalmente así los parias Kagura desarrollaron el ritual para capturar a Ankoku. Esa sería la fuente de corrupción que necesitaba. Una que no era tomada en cuenta por los clanes del sello. Ni siquiera los nuestros le dieron importancia hasta que fue muy tarde…

— Que…pero los Bihksu no están en contra de Orochi? ¿No son sus servidores…? — preguntó Majime estupefacta.

— Lo son de cierta manera. Están manchados y corruptos por su esencia desde que aceptaron su conocimiento para corromper el Yata. Sus habilidades con la oscuridad no vienen solo de Ankoku, vienen en gran parte de Orochi. Pero por alguna razón su influencia corrupta sobre los parias Kagura menguó, pero no los conocimientos y el poder que los Bihksu legaron de generación en generación, como tampoco su ambición de poder. Y por ello gestaron la idea de condenar al gran demonio Orochi al mismo destino que Ankoku. Y todo ello apoyados por el Tenno. Al parecer la misma familia real sucumbió al deseo de un poder superior, al ver menguada su influencia y posición en la historia. —Se desplazó de regreso al balcón—. Aún así no pueden hacer el mismo proceso para atrapar a la serpiente. Orochi es un demonio muy poderoso, lograr tal ritual requiere mucha preparación y mucho más poder.

— Por eso buscan el control de las tres reliquias…piensan liberarlo para sellarlo de una forma en la que puedan usar su poder…es nefasto tanto si lo logran como si no. Incluso si controlaran su corrupción, serían una amenaza peor que el Hakkeshu. — agregó Majime aturdida.

— Por eso debes aceptar la purificación del Yata. Deja que los sectarios de Orochi eliminen la amenaza de los otros corruptos.

— Pero eso implicaría permitirles usar a Iori Yagami…

— Hay sacrificios que debemos hacer todos los portadores. Y él también tiene su propia misión con el Magatama. Tú debes liberar al Yokai de su último grillete. Yo les ayudaré cuando me des acceso al Yata. —puntualizó Chizuru ante la reticencia y las dudas aún evidentes en la sacerdotisa.

— Pero…

Un grito antinatural y desgarrador despertó abruptamente a Majime. Quien aturdida avanzó temerosa hasta el balcón. Observó con cierto alivio como Iori Yagami mantenía su férrea voluntad y una de las figuras encapuchadas había desaparecido entre las llamas violetas.

La sombra lenta de Saito había salido de la penumbra deteniendo el ritual, después de que Iori cayera nuevamente en una especie de trance del disturbio. Como una bestia disociada y calmada.

— Suficiente. No habrá más intentos por ahora. Pronto arribará el maestro para completar el ritual. — anunció el hombre con voz fuerte y autoritaria.

Las sombras asintieron en silencio y se replegaron junto con las llamas dejando a Iori solo frente al viejo espía.

— Esta vez perderás toda cordura y vestigio de humanidad. Señor de los Yagami. — Dijo Saito en un tono suave y resentido que Majime por poco no alcanza a escuchar a pesar de los ecos.

La sacerdotisa apretó las manos contrariada. Cómo podía ser eso parte de su misión. ¿Realmente Chizuru Kagura habría permitido algo así? Se preguntó dubitativa. ¿Era ese espectro realmente ella, a plenitud…? Y si lo era…¿Cómo murió, qué sucedió, cómo seguía allí? ¿Eran así todos los portadores tras morir?

Se encogió sobre el barandal de madera temiendo por el bienestar de Iori. Analizando su cuerpo pálido entre la sangre. Pero…¿Qué más podía hacer?

Pensó en todo lo sucedido con los clanes desde la muerte de Chizuru. Nunca había sentido la destrucción de Orochi tan de cerca. Su corrupción era desgarradora.


La llegada del "maestro" no necesito ser anunciada. Majime lo percibió mucho antes de aparecer. Aquella misma sensación amenazante. Aquel halo de corrupción que intensificó las sombras de la cueva. Como si devorara con su presencia cada resquicio de luz.

Su cuerpo se sintió pesado nuevamente, y una miríada de susurros ininteligibles llenaron la cueva de ecos extraños. La sacerdotisa se aferró al balcón observando el altar donde yacía Iori, todo había sido menguado menos aquellos fuegos fatuos.

Una delgada figura alta y de piel grisácea emergió entre las azuladas llamas casi flotando. Vestía una túnica violácea oscura que se perdía por momentos en la penumbra tras él. Su cabeza redonda y sin cabello, resaltaba por las formas arrugadas y cuarteadas de su piel, que daban la impresión de roca o madera.

El anciano de ojos totalmente blancos extendió sus huesudas manos de oscuras uñas largas y habló. Cada una de sus palabras resonó en la cueva al unísono que la miríada de voces, como si todas fueran la suya. Majime se estremeció por la insondable y corrupta sensación que inundó la cueva. Era como habitar dentro de Orochi, pensó. Y aunque no reconoció lo que decía, pudo sentir el poder en su desdoblada voz.
Observó como Iori abrió repentinamente los ojos totalmente rojos y gruñó con salvajismo a su alrededor. Automáticamente presa del disturbio.

El anciano cortó su propia mano con una de sus negras uñas, de la que brotó un denso fluido negro. Extendió la delgada y grisácea mano hasta la frente de Iori. La bestia lo observó como si reconociera algo y le permitió trazar en su frente algo que la sacerdotisa no alcanzó a percibir.

Pero con absoluta tensión reconoció los otros trazos en el cuerpo de Yagami. Los largos trazos, el círculo en su pecho. El símbolo de la reencarnación de Orochi. Estaban intentando volver a Iori un contenedor activo de la serpiente. Las voces que susurraban en la oscuridad a casa trazo del anciano, eran cada vez más intensas.

Aún así por lapsos los trazos marcados en la piel de Yagami se evaporaban por momentáneas emanaciones de calor. Iori se resistía con todo su ser a cada paso del ritual. Y la figura grisácea y anciana, comenzaba a verse agotada tras derramar gruesos surcos de sangre negra repasando las marcas.

Finalmente se detuvo un instante y ordenó a las viejas gemelas ciegas que negaran una vez más al hombre que contenía la bestia sosegada. Cubrió con su mano sangrante el rostro de Yagami y cerró los ojos por una pequeña eternidad.


Iori yacía como una bestia de fuego violeta que exhalaba llamas rojas, manteniendo a raya la absoluta oscuridad y sus mil miradas. Estaba en algún plano onírico donde sólo habitaba Orochi, la llama cálida de Kyo y él como un animal receloso en medio. No permitiría que nada tocara aquella luz a la que aferraba toda su conciencia. Debía resistir.

Pero de aquella miríada de ojos que flotaban en la absoluta oscuridad salieron dos cadenas que atravesaron su cuerpo con violencia. Y lo escucho. "Matsuru" haciéndole caer de rodillas y viendo su forma flameante reducirse a una titilante fuente magenta. Y en medio de aquella oscuridad la grisácea figura de una delgada estatua que flotaba en su dirección. Aquella estatua de ocho ojos extendió las manos sobre su forma apagada y tomo la llama calida de Kyo.

"No. No. No."

"No la toques" gruñó Iori iracundo y su cuerpo se encendió parcialmente entre las cadenas que lo atravesaban. Pero estas lo doblegaron hasta el suelo. La monstruosa estatua flotante parecía intentar extinguir la flama sin éxito. Mientras Iori se revolcaba desesperado por romper las cadenas que lo mantenían contenido.

Finalmente tras vanos intentos, la estatua resquebrajó su propio cuerpo y lo hizo girar alrededor de la luz. Cerrando cada fragmento separado, intentando encerrar aquel fuego prístino dentro de la roca gris de su forma.

Iori gritó desesperado al ver la luz menguar lentamente envuelta en aquel cuerpo rocoso. Su ira, su miedo y su desesperada necesidad de aquella luz le hizo destellar. Pudo concentrar una vez más su esencia en las cadenas y esta vez ambas fueron rotas y deshechas por el fuego.

Pero al alzarse como una colosal bestia de llamas, ya solo quedaba él y la oscuridad. Aquella figura rocosa y el cálido fuego de Kyo, habían desaparecido y con este, parte de Iori. Aquella enorme pira de fuego que se paraba frente a la oscuridad, perdió la esperanza.


Majime percibió con un leve respingo como dos llamaradas violeta estallaban envolviendo las dos ancianas ciegas hasta deshacer sus figuras en esquirlas volatiles de ceniza. El calor se alzó tan intenso que tuvo de retroceder un instante del balcón. Y para su desesperación, al volver a mirar al abismo en busca de Iori y el ritual. Vio como el anciano había terminado de marcar el cuerpo de Yagami. Y este yacía parado solo con una cadena reticente en su pecho.

— Es extrañamente resistente a la influencia de nuestro amo. — apuntó la voz doble y antinatural del anciano, palpando la última cadena que se mantenía a pesar de ganar el control de su cuerpo.

— El traidor de los Yagami debe morir bajo la mano de Orochi. —apuntó la figura del espía tuerto, materializandose desde la oscuridad—. Y el Youkai no solo está debilitado. Tenemos como neutralizarlo, maestro.

El anciano asintió complacido.

— Entonces esto bastará. —apuntó el anciano dejando atrás la cadena restante—. Debe ser pronto. No se cuanto pueda tolerar el cuerpo mortal de Iori Yagami el estado de disturbio controlado. Podría perderse o morir antes de hacer su cometido.

— Tendré todo bajo control, maestro. La siguiente noche, al crepúsculo, cuando la sombra de la noche se extienda. Iniciaremos la infiltración aprovechando la distracción que generara la incursión de los Kusanagi. — El anciano asintió una vez con parsimonia mientras la oscuridad lo envolvió.

— Yo guiaré su camino hasta la zona protegida por el Youkai.—resonó la antinatural voz del anciano como un eco en todos los rincones—. De ahí en adelante deben hacer que llegue al traidor. Deben recuperar el magatama y no deben permitir que los Yagami tengan contacto con la reliquia.

— Si. Maestro.


Majime retrocedió temblando, temerosa. Su señora tenía razón. No podía enfrentarse a la corrupción de Orochi. Pero tenían que intentar acercarse a las reliquias. No podía negarse a su petición.

La figura herida del hombre tuerto volvió a tomar forma en la oscuridad, y Majime sintió una vez más la tensión de sus propias cadenas espirituales.

— Kagura Majime…— fueron las palabras frías y nada amables del espía al materializarse a su espalda. La mujer lo miró con los ojos llorosos. La ira, el miedo y la resolución ante su contrariedad aplacaron su expresión y asintió con el ceño fruncido sin mediar palabra.

— Me alegra que lo haya reconsiderado. — Sonrió el anciano espía hundiendo su figura de nuevo en las sombras.