Hace cientos de años…

El Reino en el Vrăjitoare todavía no era lo que estaba al son de hoy, ni siquiera la reina Agrat había nacido, por lo que antes de eso, estaba otro rey el cual le importaba algo sus súbditos, por lo que apenas hacía lo mínimo por ellos.

En los barrios pobres, las cosas eran duras ya que la gente estaba pasando por dificultades, aun así, trataban de salir adelante como fuera. Era normal ver los malos comportamientos en esas zonas ya que la necesidad era obvia.

- Tengo hambre, pero ya me acabé lo que quedaba de estos días – un chico de cabello amarillo oscuro y ojos verdes decía mirando su bolsita en la cual ya no poseía monedas – me duró una semana, de suerte. Necesito encontrar algo, me muero de hambre.

Este chico era Ikumo, un chico el cual perdió sus padres por la pobreza, era un hechicero de muy bajo nivel por lo que ni siquiera podía conseguir el más básico trabajo decente, así que hacía de mandadero o algunos trabajos cuestionables para subsistir.

Estos días no pasó nada ya que no pudo encontrar algo y eso le pasó factura ya que el hambre le estaba afectando, su estómago rugía, pidiendo comida a toda costa.

Ikumo no sabía cómo es que le haría, tenía hambre y le estaba causando algo de alucinaciones. De suerte, la vida pareció sonreírle ya que algo le salió, alguien le dijo que había una señora que pagaba unas cuantas monedas por cortarle el césped ya que estaba muy dolida de la espalda.

Cuando el rubio llegó a la casa, notó que no estaba del todo bien, lucía algo vieja, pero creyó que al ser una anciana, no sabría cuidar su hogar correctamente por lo que solo entró.

Grave error.

Cuando menos acordó, un grupo de chicos se abalanzó a él, tomándolo de sus brazos y golpeándolo hasta que pensaron que lo habían asesinado.

El chico fue despertando de poco en poco, pero fue cauteloso, aunque le costó ya que el dolor de las heridas eran feas. Ikumo logró escuchar algunas charlas de parte de sus captores.

- No teníamos de otra, hay que matarlo.

- Tengo mucha hambre, sus órganos de seguro, cocinados, serán deliciosos.

- El tonto creyó que una anciana necesitaba ayuda con el césped, vaya que es estúpido.

- Lo sé – el rubio pensaba en como librarse, pero sus intentos serían inútiles, aunque logró arrastrase un poco hasta que llegó un poco lejos.

Sus captores no se dieron cuenta hasta que este estaba de pie y corrió, momento en que los captores se dieron cuenta. Ikumo no corrió mucho ya que en el jardín fue interceptado de nuevo de parte de los chicos.

- ¡No te vamos a dejar ir!

- ¡Amárrenlo con más fuerte!

- Comámoslo de una vez, es más, iniciemos con la cara.

- ¡Déjenme! ¡Quítense! – a pesar de los ruegos del chico, los adolescentes no fueron piadosos con él.

Lo que siguió fue que le golpearon la cara, no solo eso, sino que usaron armas de filo para herirle el rostro. De suerte para Ikumo, alguien pasó por ahí y cuando vio lo que ocurría, voló hacia ahí.

- ¿Qué es lo que pasa aquí? – el cabello rubio ondeaba, así como sus hermosos ojos azules, su cola de demonio y sus alas imponentes.

- ¡¿Quién eres tú?!

- No puedo creer que le hagan eso a uno de los suyos, es asqueroso.

- ¡Cállate puta! – uno de los tipos fue hacia la demonio quien no se inmutó y su intento de dañarla le salió al revés.

Los demás se asustaron al ver como su amigo era atravesado por la cola de la demonio, su corazón salió de su cuerpo y murió en el acto.

- A ver, ¿Quién de ustedes será el siguiente en morir?

- ¡Corran! – los chicos se dispersaron por el miedo a ser asesinados por al chico.

La demonio fue caminando hacia donde estaba Ikumo. Al verlo, su rostro frunció el ceño por la gravedad en las heridas que le causaron, por lo que se dedicó a hacer algo por él.

Le dio algo de su cosmos para recuperarlo, pero las heridas de su cuerpo eran demasiado para ser curadas, especialmente el rostro el cual quedó más que desfigurado.

- ¿En qué diablos te metiste?

- No hice nada… quería algo de trabajo, pero no pensé que me atacarían así.

- Hasta en el Vrăjitoare hacen este tipo de cosas – la demonio rubia exclamó – como sea, al menos estás mejor.

- Ya estoy harto de todo esto – susurró – quiero ser alguien más, quiero dejar de que me miren como alguien débil, especialmente… ¡me voy a vengar de esos malditos!

- Vaya, así que quieres venganza, sabes que eso… es algo malo ¿no?

- No me importa, quiero hacerlo – la demonio miró por un momento un aura oscura envolviendo su cuerpo, algo que le gustó.

- Supongo que al final todavía hay seres así – pensó la de cabello rubio – muy bien, vamos a hacer esto entonces.

- ¿Qué cosa?

- Te entrenaré para que saques todo tu potencial, así mismo, haré algo con tu rostro.

- Muchas gracias – dijo el rubio – por cierto, soy Ikumo.

- Me llamo Suikyo, aunque me dicen de varios nombres, prefiero eso.

La reina de los demonios comenzó a entrenar a Ikumo en el manejo de su magia la cual era muy débil. Así mismo, Suikyo decidió que había que tapar la fachada del pobre chico, así que con ayuda de unos conocidos, creó una máscara la cual le ayudaría.

- ¿Y esto?

- Sencillo, ponte esta máscara – Ikumo dudó un poco, pero cuando lo hizo, no sintió nada en su rostro. Cuando fue a verse en un lago cercano, vio que su rostro estaba como si nada, sus expresiones faciales estaban normales – guau… ¿Qué es esto?

- Es una Máscara Mortuoria, con ella podrás cubrir las heridas de tu cara, así que podrás andar como si nada, todo mientras entrenas.

- Entiendo – el chico sonrió – me encanta esto.

El entrenamiento de Ikumo con Suikyo duró un buen tiempo, lo que le permitió el chico rubio aumentar su magia, pero algo que llamó la atención de la demonio fue que este pareció abundar más la oscuridad que la luz.

Pasó medio año y todo salió perfecto ya que las cosas con Ikumo se fueron poniendo interesantes ya que su magia era más fuerte, así mismo, su oscuridad dentro creció, algo que llamó la atención de la demonio.

- Creo que estás listo.

- Siento como la magia recorre mi ser, así que creo que podré hacerlo todo.

- Y lo harás Ikumo. Mira, me iré por unas horas a atender unos asuntos, te diré donde queda una pequeña casa que tengo en este reino. Descansa y come, regresaré luego – Suikyo sacó sus alas y antes de irse, le dijo donde estaba su pequeña casa. Momentos después, se fue volando del reino.

El chico de cabello rubio oscuro se fue a dar una vuelta por el pueblo. Ahora que lo pensaba, había estado bien alimentado gracias a la demonio, por lo que le guardaba un enorme cariño y respeto, sin ella, él no estaría vivo.

Caminando sin rumbo alguno, solo viendo el centro del Vrăjitoare el cual continuaba sin muchos cambios, al menos no en la metrópolis central ya que esa si lucía bien cuidada, más que nada por la cercanía al castillo real.

La máscara lo hacía parecer que no llevaba nada en su rostro, por lo que podía ir sin miedo en la ciudad. En un momento, pareció ver un rostro familiar, aunque lo ignoró ya que creyó que solo era una coincidencia.

- Solo es mi imaginación, pensé que era uno de ellos – el chico decidió seguir con lo suyo, pero ya lo habían visto.

- ¿Sigue vivo? Avisaré a los demás para que hagan algo contra él – susurró una voz, yéndose del sitio como para buscar refuerzos.

Ikumo llegó al lugar indicado por Suikyo y al ver la pequeña casa, notó que estaba abierta, por lo que pudo entrar sin problemas. No era muy grande, pero acogedor por lo que se acostó en la suave cama que había. Se logró relajar y todo lucía bien.

Pasaron unas horas descansando, así como comer algo para recuperar energías, aunque ayudó mucho el haber agrandado su poder mágico, así como que se dio cuenta de que podía invocar algunas cosas.

La noche cayó y fue cuando decidió salir a dar una vuelta. La oscuridad era dispersada por la poca luz que había, así como el de las estrellas en el cielo. Al igual que en la Tierra, las constelaciones eran observables por lo que Ikumo pudo ver la constelación de Orión, el cazador.

- Que bonita – susurró, pero en eso, se dio la vuelta para esquivar rápidamente un sablazo que casi le da en la cabeza.

- ¡Por poco!

- Ustedes – el rubio se dio cuenta de quienes eran – son los que me secuestraron hace meses y me desfiguraron la cara.

- ¡Te haremos pagar por lo que le hicieron a nuestro jefe!

- ¡Lo pagarás caro!

- ¡Mátenlo! – el grupo de 10 fue hacia Ikumo, pero este ya no era el mismo que aquella vez.

Gracias al entrenamiento que tuvo con la reina del Kólasi, se volvió más rápido y ágil, aunque en un momento, este no quería atacar ya que sentía que les daría mucha desventaja, pero justo cuando se detuvo, uno de ellos logró tirarle la máscara, más que nada que fue le quiso propinar un puñetazo.

Los chicos se asustaron al ver cómo Ikumo se tapaba la cara con una mano, pero decidió hacer algo más ya que su cosmos y magia de oscuridad fueron hacia su rostro.

- ¿Qué está haciendo?

- Ni idea – cuando Ikumo terminó, este esbozó una sonrisa que los demás no miraron.

- Créanme… esto no le vas a gustar.

- ¡Cállate! – uno de los jóvenes fue hacia el rubio, pero este quitó la mano de su rostro y ni que decir que el otro joven, al ver el rostro de Ikumo, se quedó en shock – ¡¿QUÉ DEMONIOS EN ESO?!

Todos vieron como el sujeto se ponía totalmente pálido y dio pasos atrás antes de empezar a gritar como loco. Sus alaridos eran puro terror y parecía haber perdido el sentido.

- ¡¿Qué le hiciste maldito?! – otro fue hacia el chico el cual también le mostró su rostro haciendo que le pasara lo mismo que a su compañero.

- ¡Amigo, ¿Qué te pasó?! – ahora tenían dos chicos en el suelo, en un estado de shock evidente y más blancos que la nieve.

- ¡¿Eres un demonio?!

- ¡Maldito asqueroso! ¡Belcebú!

- ¿Belcebú? No soy un demonio, pero mi maestra a quien respeto mucho lo es. Pero ya que me consideran uno, podría ser que sea así, además… – Ikumo miró al cielo justo en donde estaba la constelación del cazador gigante – Belcebú… Orión… ¿Belserión? Sí, eso me gusta.

- ¿Q-Qué?

- ¿Quieren ver algo horrible? – el rubio no se andaría con cosas y les mostraría su rostro a los chicos quienes pasaron por lo mismo, se pusieron blancos del horror y gritaban como locos.

Desde lejos, Suikyo miraba todo y es que pensó en intervenir, pero eso que hizo su alumno le sorprendió enormemente ya que no esperó que los acabará de ese modo. No los mató, pero los traumatizó a un punto gigantesco.

- Él podría matar a las personas del miedo sin su máscara, parece que alteró su rostro para volverse un ser aterrador… me gusta.

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Cuando la voz se corrió sobre lo que le pasó a esos chicos, muchos tuvieron miedo. Los jóvenes delincuentes no volvieron a hablar nunca más, tenían miedo de todo y nunca fueron los mismos.

- Así que alteraste tu cara para ser lo más aterrador del mundo ¿no?

- Sí, con eso, nadie se meterá conmigo nuevamente.

- Hablando de eso, te tengo una propuesta – Suikyo decía al chico – quiero que seas uno de mis Señores Oscuros.

- ¿Señor Oscuro? – la demonio le explicó lo que era y su deber hacia ella – ya veo… no me importa en sí, usted fue la que me ayudó, por lo que no me molestaría volverme un Señor Oscuro.

- Me alegra que te unas a mí, pero dime Ikumo, ¿cómo deseas renacer? – el rubio lo pensó un momento y se le vino a su mente el nombre de cuando peleó contra los sujetos.

- Elijo Belserión.

- Belserión ¿eh? Muy bien, Señor Oscuro Belserión, me imagino que por tu rostro, serás llamado El'Terhor debido al horror que producirás.

- Me voy a acostumbrar – ambos partieron del reino de las brujas y es que la vida de Ikumo cambió por completo.

Ya no era Ikumo, ahora era Belserión, apodado también como El'Terhor.

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Continuará…

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Y hasta aquí el capítulo de hoy.

Vimos el origen de Belserión o El'Terhor y vaya que no fue nada bonito, aun así, se volvió el más fuerte de los Señores Oscuros y todo por el rostro tan horrible que posee.

Menos mal que Ángel es inmune a su rostro porque no sé qué podría ser jeje.

Sin más, este ninja se despide.

Bye.