El sirviente más cercano, salió corriendo de la sala en busca de la médica mientras el resto de los presentes se agrupaban alrededor de Mimi y Yamato, con expresiones de preocupación en sus rostros.

Yamato sostenía a Mimi con cuidado, temeroso de moverla demasiado. Rika se arrodilló a su lado, colocando una mano reconfortante sobre el hombro de Yamato mientras miraba ansiosamente a Mimi.

—Tranquilo, Yamato. Ella estará bien —dijo Rika, tratando de calmarlo mientras esperaban la llegada de la médica.

Los segundos parecían eternos mientras esperaban. Finalmente, el aga regresó acompañado de la médica Onodera y su asistente personal.

—Mi sultán ¿qué pasó?— Preguntó médica.

—Ella se desmayó de la nada.—Respondió Yamato.

—No sabemos que le ocurrió.— Comentó Natsuko alarmada.

La médica se apresuró hacia Mimi y comenzó a examinarla rápidamente, revisando sus signos vitales y buscando cualquier indicio de lo que podría haber causado su desmayo.

—¿Saben por qué se desmayó?

—No lo sabemos, simplemente estábamos comiendo cuando se comenzó a sentir mal.— Contestó Rika.

La mujer llevó una mano a su nariz— Su respiración es dificultosa. Esto no es bueno.

—¡Haga algo y sálvela!— Yamato ordenó.

Onodera, la médica, dirigió su mirada hacia su asistente— Zenjiro, entrégame el perfume y una fuente.

Todos los presentes observaron expectantes, Sora en su interior rogaba al cielo que el tónico que la esclava de Alice vertió hiciera efecto y Mimi perdiera al bebé, Alice también observaba ansiosa.

El asistente, un chico castaño de piel bronceada asintió, rápidamente buscó lo que la mujer le pidió y le entregó el recipiente.

—¿Qué hará?— Preguntó Yamato.

—Intentaré despertarla, es posible que, haya sufrido una intoxicación o algo así.— Respondió la mujer— Por favor, levante su cabeza.

Fue así como el rubio obedeció y suavemente levantó su cabeza, la mujer rápidamente abrió el frasco y lo acercó a la nariz de la castaña. No pasaron muchos segundos hasta que el ceño de Mimi se frunció, sus ojos se abrieron y de su boca salió prácticamente todo lo que comió en esa cena, rápidamente la mujer colocó la fuente evitando que aquel líquido cayera al suelo.

Cuando finalmente acabó de devolver, Mimi depositó su cabeza en el suelo y cerró sus ojos.

—Mimi...—Yamato la llamó— Despierta.

La médica se acercó a ella y tocó su frente— Está ardiendo en fiebre.

—¡Rápido! Hay que llevarla a la enfermería.—Ordenó Natsuko.

Yamato asintió.

—Agas, lleven a mi concubina a la enfermería.

Fue así como, rápidamente los agas entraron y tomaron a la joven.

—Mi sultán, necesito que salgan de este lugar, mi asistente debe revisar los alimentos.—Comentó la médica.

¿Qué?

¿Revisar los alimentos?

Sora y Alice intercambiaron miradas.

¡Debían hacer algo!

—¡Ya oyeron!— Yamato alzó la voz— ¡Todos salgan!

Fue así como todos hicieron reverencia y salieron del lugar para dejar al asistente de la médica.

—Taichi, por favor, encárgate de que nadie entre en esta sala.— Ordenó Yamato.

—Sí.— Respondió el castaño.

¡Genial! Ahora si estaban en problemas


Mimi comenzó a recobrar lentamente el conocimiento. Primero, fue consciente de una sensación de confusión y desorientación. Luego, poco a poco, los sonidos a su alrededor comenzaron a filtrarse en su conciencia: murmullos preocupados, el tono urgente de la sultana madre.

—Dígame, señorita Onodera ¿qué le sucede a la joven?

Finalmente, abrió los ojos lentamente, encontrándose con las miradas ansiosas de los que la rodeaban. Se sentía débil y un poco aturdida, pero gradualmente comenzó a recordar lo que había sucedido.

—¿Mimi? —susurró Natsuko, con alivio evidente en su voz.

—¡Qué bueno que despertaste!— Exclamó Yoshino— ¿Cómo te sientes?

Mimi parpadeó lentamente, tratando de enfocar su mirada. Se sentía un poco mareada aún, pero la sensación de malestar había disminuido.

—Estoy bien, creo —murmuró, su voz débil— ¿Qué pasó?

—Te desmayaste, Mimi. Pero la médica está aquí ahora. Estás a salvo —dijo Yoshino, con un toque de preocupación en su tono.

La médica terminó su examen y se enderezó, con una expresión seria pero tranquila en su rostro.

—Tengo frío...—Musitó la castaña.

La médica se acercó a ella y tocó su frente— La fiebre a un no baja ¡Traigan paños y agua necesito bajar su temperatura!


Mientras tanto a las afueras de la enfermería, Yamato se paseaba de un lado a otro con la mirada fija en la puerta cerrada. Su preocupación era palpable en cada gesto, en cada línea de su rostro tenso. Los minutos parecían horas mientras esperaba noticias sobre el estado de Mimi.

Rika se acercó a él, notando su inquietud. Colocó una mano reconfortante en su hombro y le dedicó una suave sonrisa.

—Yamato, tranquilo. Mimi estará bien, estoy segura de ello.—dijo Rika con voz calmada, tratando de infundirle algo de tranquilidad.

Yamato se detuvo en su paseo y miró a Rika con ojos llenos de preocupación.

—No puedo evitar preocuparme, Rika. Mimi se desplomó de repente, y... y no sé qué está pasando. ¿Y si algo anda mal? ¿Y si el bebé está en peligro? —susurró, apenas capaz de articular sus temores en voz alta.

Rika apretó ligeramente su mano sobre el hombro de Yamato, transmitiéndole apoyo.

—Entiendo tu preocupación, pero debes mantener la calma. Mimi está en buenas manos, y la médica está haciendo todo lo posible por asegurarse de que tanto ella como el bebé estén bien. Debes confiar en eso —respondió Rika con serenidad, tratando de ofrecerle un rayo de esperanza en medio de la incertidumbre.

Yamato asintió, aunque su expresión seguía reflejando su ansiedad.

—Lo intentaré, Rika. Pero es difícil... todo esto es tan repentino. Solo quiero que Mimi esté bien, eso es todo lo que importa —murmuró, desviando la mirada hacia la puerta de la enfermería como si pudiera ver a través de ella.

Rika le apretó la mano con más fuerza, transmitiéndole su solidaridad.

—Lo sé, hermano. Pero debes ser fuerte por Mimi. Ella necesita que estés tranquilo y esperanzado cuando la vea. Todo saldrá bien, ya lo verás —dijo con convicción, dispuesta a sostener a Yamato en medio de su angustia hasta que llegaran noticias positivas desde la enfermería.

En ese momento, Taichi llegó apresuradamente al lugar donde Yamato y Rika esperaban ansiosos. Su expresión era grave, lo que provocó que ambos se pusieran en alerta de inmediato.

—Sultán Yamato, Rika... tengo noticias sobre lo que pudo haberle sucedido a Mimi.—anunció Taichi, su voz cargada de seriedad.

Yamato se acercó rápidamente, su preocupación intensificándose.

—¿Qué sucede, Taichi? ¿Que tiene Mimi? —preguntó, apenas capaz de contener su angustia.

Taichi respiró profundamente antes de continuar.

—Después de analizar los alimentos y bebidas que se sirvieron durante la celebración, el asistente de la médica descubrió algo alarmante. En el plato de la señorita Mimi, encontramos rastros de tónico abortivo.—declaró Taichi, su voz firme pero con un deje de consternación.

La noticia cayó como un golpe para Yamato y Rika, quienes se quedaron momentáneamente sin palabras ante la revelación.

—¿Qué?— exclamó Rika.

—Una combinación de planta de artemisa y poleo en una cantidad bastante grande.—Explicó Taichi— O, eso explicó el asistente de la médica.

—¿Cómo llegó eso a la comida de Mimi?

—No lo sé mi sultán.—Respondió Taichi— Hablé con Junpei, él probó los alimentos antes de servirlos y Gennai Aga también les dio un bocado antes de ser servido por las esclavas. Es probable que alguien haya vertido un líquido en la comida de la joven minutos antes de comer.

Yamato sintió cómo su corazón latía con fuerza en su pecho, una mezcla de furia y temor recorriendo su cuerpo.

—¿Cómo es posible? ¿Quién podría haber hecho algo así? —preguntó, su voz temblorosa por la ira contenida.

Taichi frunció el ceño, compartiendo la preocupación de sus amigos.

—Eso es algo que aún estamos investigando. Pero lo importante ahora es asegurarnos de que Mimi esté a salvo y de que reciba la atención médica que necesita —respondió, su tono firme a pesar de la gravedad de la situación.

Yamato asintió, su determinación renovada.

—De acuerdo. Vamos a asegurarnos de que Mimi esté bien. Y luego... luego encontraremos al responsable de esto y nos aseguraremos de que rinda cuentas por sus acciones —declaró, su voz llena de determinación y volteo hacia la puerta de la enfermería, con Rika y Taichi siguiéndole de cerca.


Hikari se acercó con paso ligero al jardín del palacio, buscando un momento de tranquilidad en medio de la preocupación que pesaba sobre todos debido al envenenamiento de Mimi. Sin embargo, lo que encontró allí la tomó por sorpresa.

Takeru estaba sentado en un banco de piedra, su expresión sombría mientras observaba pensativo las flores que crecían a su alrededor. Había una profunda preocupación en sus ojos, una mezcla de angustia y temor por la salud de su sobrina y el bebé que llevaba en su vientre.

Hikari se acercó lentamente, notando la pesadez en los hombros de Takeru y el ceño fruncido en su rostro. Sabía que él tenía un vínculo especial con Mimi y que el bienestar de su sobrina y su futuro sobrino le preocupaba profundamente.

—Takeru... —murmuró Hikari, su voz suave y reconfortante— ¿Cómo estás?

Takeru levantó la mirada al escucharla, sorprendido por su presencia, pero luego dejó escapar un suspiro cansado.

—Preocupado, Hikari.—Declaró— Sé que cuando me enteré del embarazo no estaba del todo feliz, ya que me preocupé por mí, sin embargo, ver como mi sobrino y su madre peligraban me hizo sentir preocupado.

—Es entendible, después de todo, aquel bebé que espera es su sobrino ¿no?

Takeru asintió— S-sí...—Contestó— Pero de alguna manera me sentí culpable.

—¿Culpable?

El rubio nuevamente asintió.

—Quizás, hice mal en pensar solo en mi cuando supe de la existencia de aquella criatura y hoy el destino quiso cumplir mi egoísta y caprichoso deseo. Cobrándome factura, casi quitándole la vida a mi sobrino.

—No digas eso mi príncipe.— La joven se apresuró a responder— No es su culpa.

Hikari se sentó a su lado en el banco, colocando una mano reconfortante sobre su hombro. Escuchó las palabras angustiadas de Takeru con compasión, sintiendo cómo el peso de su preocupación y culpa pesaba sobre él. Se acercó aún más a él, colocando una mano reconfortante sobre la suya.

—Takeru, no puedes culparte por lo que ha sucedido. Todos tenemos momentos de duda y preocupación, pero eso no significa que seas responsable de lo que pasó. Tú, simplemente te preocupaste por ti, pero jamás deseaste que el bebé sufriera ¿no?

—Sí, nunca lo desee.—Respondió— Pero tampoco rogué por la buena salud de él, me siento mal, porque ver como él peligra me hace recordar que mientras yo viva seré un peligro para él y para Kiriha.

—¿Por qué dices eso?

—Porque soy el príncipe que pone en peligro la corona del sultán Yamato.

Al no cumplir la ley del fratricidio, él era un peligro para la descendencia de su hermano.

Hikari escuchó atentamente las preocupaciones de Takeru, sintiendo cómo la angustia y la culpa lo abrumaban. A medida que él hablaba, ella podía percibir el peso de la responsabilidad que sentía sobre sus hombros, una carga que parecía casi insostenible.

—Takeru, entiendo que te sientas así, pero no puedes culparte por algo que está fuera de tu control —respondió Hikari, con voz suave pero firme—. No eres responsable de las leyes que rigen el reino, ni de las circunstancias en las que te encuentras.

Takeru suspiró pesadamente, su mirada perdida en el horizonte mientras luchaba con sus pensamientos.

—Pero eso no cambia el hecho de que mi mera existencia represente una amenaza para la estabilidad de la corona de Yamato —murmuró, su voz llena de resignación—. A pesar de que nunca deseé hacerle daño a nadie, el simple hecho de estar vivo pone en peligro a mi sobrino y a Kiriha.

Hikari se acercó aún más a él, buscando ofrecerle consuelo y apoyo en su hora de necesidad.

—Takeru, no puedes dejarte consumir por los temores y las preocupaciones. Eres más que la suma de tus circunstancias, y mereces tener una oportunidad de vivir tu vida sin sentirte constantemente culpable por algo que no elegiste —dijo, su voz llena de compasión— Tu hermano te ama y confía en ti, y eso es lo que realmente importa.—Declaró— Lamentablemente, hoy esa joven estuvo en peligro, pero no fue por tu culpa, no debes pensar en que tú también eres un peligro, porque ¡no lo eres! Esta situación no debe hacerte sentir culpable.

Las palabras reconfortantes de Hikari resonaron en la mente de Takeru, disipando en parte la nube de culpabilidad que lo envolvía. Escuchar su voz llena de compasión y apoyo le recordaba que no estaba solo en su lucha interna, y que había personas que lo entendían y lo respaldaban.

—Por favor, no te culpes por esto.— Rogó la castaña.

Takeru suspiró y tomó suavemente su mano.

—Tú no eres un peligro.

—Me encantaría creer eso.— Comentó el rubio— Pero incluso para tí soy un peligro.

—¿Para mí?

Takeru asintió— Después de todo, intento hacerte saber lo que siento, aun sabiendo que eso no está bien y te coloco incómoda al intentar darte mi amor.

Hikari escuchó las preocupaciones de Takeru con atención, sintiendo cómo su corazón se apretaba con compasión por su amigo. La honestidad y vulnerabilidad de sus palabras la conmovieron profundamente, y se esforzó por encontrar las palabras adecuadas para consolarlo.

—Takeru, tu amor jamás sería un peligro para mí.

—¿No?

La castaña negó— Sé que me quieres para bien.—Declaró— Y sé que tus intenciones son buenas, pero...

—¿Pero?

Hikari se quedó en silencio, verdaderamente era difícil esa situación, no sabía cómo decirlo o explicarlo.

—¿No sientes lo mismo que yo verdad?—preguntó Takeru.

La castaña alzó la mirada— ¿Qué?

—No sientes lo mismo que yo y por eso te alejas ¿verdad?

—Y-yo nunca dije eso.

—Entonces ¿qué es?— Cuestionó el oji-azul— Si mi amor no es un peligro para ti ¿por qué te niegas a aceptarlo?

Takeru suavemente tomó su rostro entre sus manos y se acercó a ella, sus miradas se encontraron y la distancia entre ellos fue mínima.

Hikari sintió cómo su corazón latía con fuerza en su pecho mientras Takeru la miraba con intensidad, sus ojos azules buscando respuestas en los suyos. Una mezcla de emociones la invadió en ese momento: el miedo a perder la amistad que compartían, la confusión sobre sus propios sentimientos y la necesidad de ser honesta con él.

—Takeru, no se trata de que no acepte tu amor.—murmuró Hikari, su voz temblorosa pero sincera—Es solo que... las cosas son complicadas.

El rostro de Takeru reflejaba una mezcla de esperanza y temor mientras la miraba fijamente.

—¿Complicadas cómo? —preguntó, su voz llena de anhelo.

Hikari vaciló por un momento, buscando las palabras adecuadas para expresar lo que sentía.

—Es complicado porque...—Declaró— Porque yo sé que esto siempre ha sido prohibido y me duele.

—Dime ¿sientes lo mismo que yo?

—Jamás dije que no.

—¿Entonces?

Hikari observó a Takeru totalmente nerviosa, sus ojos azules estaban brillando con una intensidad que la dejó sin aliento. En ese instante, ambos se sumergieron en un mar de emociones, dejando de lado las dudas y los temores que los habían mantenido separados por tanto tiempo.

Hikari se encontraba paralizada por la intensidad del momento, su corazón latía con fuerza en su pecho mientras observaba a Takeru con una mezcla de nerviosismo y emoción. La cercanía entre ellos era abrumadora, y podía sentir el calor de su aliento en su rostro mientras él la miraba con una intensidad que la dejaba sin aliento.

¡Verdaderamente su corazón no daba para más!

Takeru inclinó la cabeza hacia adelante y sus labios se encontraron en un beso lleno de pasión y ternura. Fue un momento mágico, donde el tiempo parecía detenerse y todo lo demás desaparecía, dejando solo la calidez y el amor que compartían.

Hikari se sintió envuelta en una oleada de emociones abrumadoras, sus manos encontrando el camino hacia los cabellos de Takeru mientras se fundían en un abrazo apasionado. Era como si finalmente hubieran encontrado el lugar al que siempre pertenecieron: el uno en los brazos del otro.

Y en ese beso, encontraron la promesa de un nuevo comienzo, donde juntos enfrentarían lo que el destino les deparara, confiando en el amor que compartían para guiarlos en el camino.


Mientras tanto, Alice y Sora se encontraban en la habitación de la sultana rubia, con expresiones preocupadas y nerviosas en sus rostros. Sabían que la situación se había vuelto peligrosamente complicada después de que Mimi fuera envenenada, y el miedo a ser descubiertas las consumía.

—Alice, ¿qué vamos a hacer? —preguntó Sora, su voz temblorosa de ansiedad—Mimi está bien y quedó en evidencia que fue envenenada.

La rubia se mordió el labio inferior.

—Si descubren que fuimos nosotras...

—¡No digas eso!— Alice rápidamente la interrumpió.

Sora asintió con solemnidad, compartiendo la misma preocupación.

—Pero si nos atrapan tendremos que enfrentar consecuencias terribles.—respondió, su voz cargada de angustia.

—No ocurrirá Sora.— Respondió la rubia— Tú y yo somos sultanas, tenemos poder dentro de este harem...—Musitó—No permitiremos que nos relacionen con lo que le sucedió a Mimi.

Ambas mujeres sabían que estaban en una situación delicada. Habían actuado movidas por la envidia y el resentimiento hacia Mimi, pero ahora se encontraban en peligro de ser descubiertas y castigadas por sus acciones.

—Debemos ser cuidadosas, no podemos levantar sospechas —advirtió Alice, con un tono urgente—. Nadie debe saber que tuvimos algo que ver con esto.

Sora asintió, su mente trabajando febrilmente en busca de una solución.

—Debemos actuar con cautela. Pero también debemos asegurarnos de que no haya evidencia que nos incrimine —dijo, con determinación en su voz— ¿Tienes algún plan?

Alice frunció el ceño, pensativa, tratando de encontrar una salida a la difícil situación en la que se encontraban.

—Quizás podríamos... distraer a la atención de nosotros. Hacer que parezca que alguien más tenía motivos para querer hacerle daño a Mimi —sugirió la rubia, con una chispa de esperanza en sus ojos.

Sora asintió, viendo la lógica en la idea de Alice.

—Sí, podría funcionar.—advirtió, consciente de los riesgos que enfrentaban.

Las dos mujeres se miraron fijamente, compartiendo un entendimiento silencioso de lo que tenían que hacer para protegerse a sí mismas y evitar ser atrapadas por sus acciones. Sabían que estaban en un territorio peligroso, pero estaban decididas a hacer lo que fuera necesario para protegerse y salvarse a sí mismas de las consecuencias de sus acciones.


Yamato acarició suavemente el rostro de Mimi, quien yacía durmiendo.

—Gracias al cielo la fiebre cedió.—Comentó la sultana madre.

La médica asintió— Fue bastante difícil, pero se logró.

Menos mal

—¿Y el bebé?— Preguntó la pelirroja—¿Qué le ocurrió?

—Por el momento creo que está bien.—Respondió la señorita Onodera— Sin embargo, habrá que esperar. Por el vómito, creo que el líquido no le llegó, sin embargo, no puedo decir con certeza si está bin o no.

Lamentablemente no había forma de ver el interior del vientre de Mimi.

—Él estará bien.—Declaró Yamato— Estoy seguro.

Natsuko y Rika intercambiaron miradas ante esto.

—Sí, hijo...—La Valide depositó su mano en su hombro— Estará bien.

Yamato acarició la mejilla de Mimi.

—Hermano, creo que es hora de descansar.— Musitó Rika.

Natsuko asintió— Sí, hijo, deberías ir a dormir.

—No quiero.— Respondió el rubio.

—Pero, Yamato, necesitas descansar, vienes llegando de una guerra, necesitas olvidarte de todo y dormir.— Habló la madre sultana preocupada por la salud de su hijo.

—¿Cómo voy a descansar sabiendo que casi muere mi hijo?— Preguntó Yamato— Y sabiendo que mi concubina corre peligro dentro de mi propio palacio.

Era muy descabellada la idea, pero si fueron capaz de envenenarla en una comida, no quería imaginarse que podrían hacerle estando de esa manera.

—Pero hermano...—Rika le habló— Tú también debes descansar.— Musitó— Dejaremos a los mejores guardias aquí cuidando de ella.

—Sí, dejaremos a los agas mejor preparados para cuidar a Mimi, tú ve a descansar.

—¡Ya dije que no!— Yamato alzó la voz y observó a su madre— No dejaré sola a mi concubina, mucho menos a mi hijo...—Volteo hacia Mimi, se acercó a ella y se acomodó junto a ella en la cama— Dormiré aquí esta noche.

—¿Qué?— Preguntó Natsuko— ¿Aquí?

Yamato asintió.

—Pe-pero...—La Valide intentó hablar.

—¡Ya dije que dormiré aquí y es mi última decisión!— Yamato alzó la voz.

La determinación en la voz de Yamato resonó en la habitación, dejando claro que su decisión estaba tomada y no admitiría discusión al respecto. Sus palabras cortaron el aire, creando un silencio tenso mientras todos absorbían la firmeza de su postura.

Natsuko, sorprendida por la insistencia de su hijo, se quedó sin palabras por un momento. Sus ojos se encontraron con los de Yamato, leyendo la determinación y el amor en su mirada. Aunque no estaba completamente de acuerdo con su decisión, podía ver que era inútil tratar de disuadirlo.

—Está bien, Yamato. Si eso es lo que quieres, no discutiré más —dijo ella finalmente, resignándose a aceptar la decisión de su hijo.

Yamato asintió con gratitud hacia su madre, agradecido por su comprensión. Volvió su atención hacia Mimi, quien lo observaba con una mezcla de sorpresa y gratitud en sus ojos.

—No te preocupes, Mimi. Estaré aquí contigo toda la noche —dijo él con suavidad, colocando una mano con ternura sobre su vientre abultado.


Taichi cerró sus ojos mientras se apoyaba en la pared, verdaderamente se sentía agotado ¡Estuvo toda la noche entrevistando a cada persona del harem! Hombres, mujeres, agas, cocineros, kalfas ¡De todo! Lamentablemente, no encontró nada. A los más, supo que una joven sirvió los alimentos, sin embargo, antes que fuera a buscarla se dio un pequeño receso para ir a ver al sultán y su concubina.

Gracias al cielo, ningún extraño intentó intervenir en la habitación mientras descasaban, estaban tranquilamente durmiendo.

¡Que envidia! Él enserio extrañaba su cama en estos minutos.

Un bostezo se hizo presente y llevó una mano su boca.

¡Moría de sueño!

Se observó en el reflejo del metal de una armadura de un aga que custodiaba la entrada.

¡Rayos!

Tenía un aspecto horrible, tenía ojeras, estaba despeinado, literalmente, parecía un muerto en vida.

Cerró sus ojos y respiró profundo intentando recobrar fuerzas.

—Buenos días Taichi Pashá.—Una voz lo sacó de sus pensamientos.

Al abrir sus ojos se encontró con nadie más y nadie menos que el cuñado de Yamato, esposo de Alice, Daigo Pashá.

¡Lo que faltaba!

—Daigo Pashá.— Pronunció su nombre.

—¡Vaya! Que rostro tienes.— Musitó Daigo Pashá— Es evidente que estuviste toda la noche buscando una respuesta a los eventos de ayer ¿e?

Taichi hizo una mueca, no estaba de ánimos para hablar con él, ni siquiera para verlo— ¿Qué haces aquí?

—Vengo a hablar con el sultán.—Respondió— Dime ¿está despierto?

—No.— Contestó Taichi— Está durmiendo.

—Ve y despiértalo.— Ordenó Daigo— Necesito hablar con él.

—No puedo hacer eso.— Musitó el hermano de Hikari— Está descansando.

—Necesito hablar con él de algo urgente.

—¿Qué es tan urgente como para tener que despertar al sultán?— Preguntó el castaño.

Daigo hizo una mueca— No te interesa saber.

—Claro que sí.— Respondió Taichi— Me estás pidiendo que lo vaya a despertar ¿no?

—No te estoy pidiendo.— Comentó Daigo— Te lo estoy ordenando.

—¿Ordenando?—Preguntó el guarda espalda real.

¿Era broma? ¿verdad?

—Recuerda que soy yerno de la dinastía.— Recordó el esposo de Alice— Puedo darte órdenes.

Taichi se mordió el labio inferior al recordar aquel detalle, por unos minutos olvidaba que ser yerno de la dinastía le daba un rango y estatus mayor que el de él, después de todo estaba casado con una princesa imperial.

—Sí, debo seguir tus órdenes cuando trata de situaciones ajenas al sultán.— Contestó Taichi— Aunque soy guarda espalda real, no puedo irrumpir el descanso del sultán sin razón alguna.

—La razón es que debe hablar conmigo.

—Esa no es una razón a la altura.— Respondió el castaño—Necesito saber de que necesitas hablar con él.

—¡Como molestas Taichi!— Exclamó Daigo—Vengo a dar información acerca de la investigación del envenenamiento de Mimi.

—¿Perdón?— Preguntó el castaño—¿Información de la investigación?

Daigo asintió.

—¿Qué información darás?— Cuestionó Taichi— Tú no estás involucrado con esa investigación, el sultán la dejó bajo mi cargo.

—Sí, lo sé.— Respondió el esposo de Alice— Pero eso no quita que también pueda participar y hacer un mejor trabajo hallando al responsable.

—¿Mejor trabajo?

Daigo asintió— Dime ¿encontraste al culpable?

Taichi se mordió el labio inferior y cayó ante esta pregunta.

—Ese silencio me responde que no.— Comentó el peliverde— Aunque, no me sorprendes, después de todo, no eres capaz de buscar algo tan fácil.

—No me atasque, Daigo, no estoy de ánimos para discutir contigo.

—¡Ey! Solo digo la verdad.— Respondió el cuñado de Yamato— Ahora, déjame entrar, porque yo sí hice bien mi tarea y descubrí al responsable.

¿Qué?

—Eso no es posible.

—Si lo es. Así que déjame entrar.— Exigió el peli-verde.


Mientras tanto en la habitación del sultán, Yamato y Mimi se encontraban durmiendo plácidamente, la paz reinaba en la sala. Ambos sumidos en el sueño, sin embargo, esto cambió cuando Mimi se removió ligeramente en la cama, sintiendo una serie de suaves golpecitos en su vientre. Al principio, estaba medio adormilada, pero a medida que las patadas se hicieron más persistentes, sus ojos se abrieron lentamente.

Con un suspiro suave, Mimi se incorporó con cuidado, sintiendo una sonrisa dibujarse en su rostro al darse cuenta de que su hijo estaba activo esta mañana. Se llevó una mano a su vientre abultado y acarició suavemente la prominente curva mientras esperaba sentir otra patada.

Y justo cuando estaba a punto de volver a acostarse para disfrutar del momento, notó una presencia al lado de ella en la cama.

—Mimi...—Yamato se incorporó en la cama.

Mimi dirigió su mirada hacia el sultán.

—¿Estás bien?— Preguntó el rubio— ¿Ocurrió algo?

La castaña asintió—N-no, es solo que...—Tomó suavemente la mano de Yamato y la depositó en su vientre— Siente.

Yamato observó extrañado a la oji-miel sin entender a que se refería.

—¿Sientes eso?

—¿Eso qué?— Preguntó el rubio.

Mimi deslizó su mano un poco más arriba en su vientre y Yamato sintió aquellas patadas que daba el pequeño príncipe dentro de su madre.

Yamato quedó sorprendido al sentir las pataditas del pequeño príncipe en el vientre de Mimi. Una mezcla de asombro y ternura se reflejó en sus ojos mientras observaba a Mimi con una nueva comprensión.

—¿Es...? —susurró, apenas capaz de articular las palabras ante la emoción abrumadora que lo embargaba.

Mimi asintió con una sonrisa radiante, sus ojos brillando con felicidad y expectación.

—Sí, es nuestro hijo.—respondió con voz suave y emocionada.

Las palabras resonaron en el aire, llenando la habitación con una alegría palpable. Yamato se acercó a Mimi con delicadeza y ternura, colocando su mano sobre la de ella en su vientre abultado, donde su hijo estaba dando señales de vida.

Un torbellino de emociones lo invadió mientras contemplaba el milagro de la vida que crecía dentro de Mimi. Un nuevo sentido de responsabilidad y protección se apoderó de él, sintiendo un amor incondicional por el pequeño que aún no había nacido pero que ya era parte de su vida.

¡Toc, toc!

La puerta sonó.

—Adelante.— Musitó Yamato.

La puerta se abrió y en el lugar apareció Taichi Pashá.

—Su majestad.— Taichi hizo una reverencia.

—¿Qué ocurre, Taichi?

—Daigo Pashá necesita hablar con usted.— Respondió el castaño.

Yamato alzó una ceja.

—¿Por qué quiere hablar conmigo?

—Al parecer encontró pruebas de una posible culpable del envenenamiento de Mimi.

¿Qué?

Yamato se sorprendió, Mimi también se sorprendió y alarmó ante aquella declaración. Acaso ¿encontraron al culpable?

—Dile que entre.

Taichi asintió.

Yamato dirigió su mirada hacia la castaña— No es necesario que escuches esto.

—No te preocupes, quiero escucharlo.— Respondió Mimi.

Fue así como el castaño salió y a los pocos segundos volvió a entrar esta vez seguido por el esposo de Alice, que hizo una reverencia.

—Mi sultán.

—Daigo.—Yamato pronunció el nombre de su cuñado.

—Siento interrumpir su descanso.— Musitó el sujeto de cabello verde oscuro.

—Taichi me digo que encontraste pruebas de una posible culpable.—Se apresuró a decir el rubio.

Daigo asintió— Sé que esta investigación se la dejó a Taichi Pashá, pero como su servidor me di el atrevimiento de hacer una averiguaciones y encontré a la responsable.

—¿La responsable?— Preguntó Yamato al escuchar que aquel sujeto era mujer.

El pashá asintió.

—¿Quién fue?

El esposo de Alice asintió—Fue una de sus concubinas favoritas que la sultana madre presentó a usted, que fue su favorita, y usted rebajo.

Mimi alzó una ceja sorprendida ante esto, el rubio también se sorprendió ante esto.

—¿Cuál?

—Una joven pelirroja de ojos azules...—Respondió Daigo— Su nombre es Mizuki.

¿Qué?

—¿Tienen pruebas de que ella fue la culpable?

—No es necesario pruebas, ella quemó mis rostro.—Musitó Mimi.

¿Qué?

Yamato dirigió su mirada hacia la castaña— Mimi ¿eso es verdad?

Mimi bajó la mirada y asintió— Sí, su majestad, ella fue una.

—Pero...—Habló el rubio— Yo mandé a castigar a las mujeres que te quemaron el rostro.

—Sí, eso hizo...—Mimi tragó saliva— Pero no fueron todas castigadas.

—¿Qué?— Preguntó Yamato— Eso no puede ser.— Comentó— ¿Por qué no me dijiste?

—Porque no creí que fuera necesario.— Respondió la castaña.

—¡Claro que lo era!— Exclamó el rubio— Le ordené a mi madre que de deshiciera de las mujeres que quemaron su rostro.

—Sí, lo sé.— Musitó la castaña— Pero no quise incriminarlas, ya que no quería generar más problemas en el harem.— Comentó—Sí, fue un error callar, ya que esas mujeres simplemente se han burlado de mi este último tiempo, a lo más, una dejó de molestarme, pero las demás no.— Habló— Además, hace un tiempo me enteré que ellas simplemente seguían ordenes.

—¿Órdenes?— Preguntó Yamato.

Mimi asintió.

—¿De quién?

—De la sultana Sora.

¿Qué?

Daigo al escuchar esto se sorprendió.

—Ella mandó a quemar mi rostro.

—Disculpe señorita, pero eso no es posible...—Declaró el cuñado del sultán— La sultana Sora jamás haría algo así.

—Eso quise creer, pero eso me dijo aquella concubina.—Respondió Mimi— Y no me sorprendió, porque hasta hace un tiempo ella me agredía físicamente y me maltrataba, tanto así que me prohíbe ver a su Kiriha. Sabiendo que yo estaba aquí por él.

Yamato se mordió el labio inferior.

—Yo fui testigo de uno de esos arranques de celos, cuando te golpeo.—Comentó— Pero Sora jamás sería capaz de romper mis reglas.

—La sultana Sora es una mujer correcta.

—Pues lo hizo.— Contestó Mimi— Puede preguntarle a Gennai Aga, hace tiempo ya no puedo estar junto al príncipe...—Musitó— Y, es verdad cuando digo que Mizuki me dijo que Sora fue la que le ordenó que me quemaran el rostro.—Tomó la mano de Yamato— Jamás sería capaz de mentir con algo como esto mi sultán.

Yamato observó a la castaña, no parecía estar mintiendo, su mirada era sincera y desde el minuto en que la conoció ella siempre fue sincera con él.

¿Por qué le mentiría con algo como esto?

—¡Taichi Pashá!—Llamó a su guarda espalda— Presiona a esa mujer y has que diga quien está detrás de esto.


Mientras tanto en el harem todas las concubinas hablaban del incidente ocurrido en la noche anterior, todas hablaban del envenenamiento a la favorita del sultán, Mimi.

—Mimi fue envenenada.—Habló una joven del harem.

—No se sabe como está ella, y el bebé que espera.—Comentó Chibiro—O, eso escuché.

—Es una pena...—Comentó Azumi— El sultán debe estar preocupado por su hijo.

Mizuki hizo una mueca— Sí, es una pena por él, pero no por ella.

—¿Por qué dices eso?

—Porque Mimi no merece estar embarazada de su majestad.— Respondió la pelirroja— Ella y esa criatura merecen morir.

—¡No digas estupideces, Mizuki!— Azumi la regañó—Sé que no te agrada Mimi, pero nadie merece perder un hijo.

Mizuki rodó los ojos— Por culpa de ella, el sultán ya no nos llama, si le sucede algo sería lo mejor.

Azumi negó con la cabeza— Estás muy mal Mizuki.

Justo en ese minuto, la tranquilidad del harem fue interrumpida por el sonido de pasos apresurados y el murmullo de voces que se acercaban. Por alguna razón, el corazón de Mizuki se sobresaltó, su corazón latiendo con fuerza mientras se preguntaba qué estaba sucediendo.

En el lugar apareció Taichi Pashá quien estaba acompañado por un grupo de agas, los guardias del sultán, que llevaban expresiones serias y determinadas en sus rostros. El Pashá observó el lugar y depositó su mirada en la pelirroja.

—Agas, a ella.

Fue así como los agas se acercaron a Mizuki.

—¿Qué ocurre?— Preguntó la pelirroja.

—Mizuki, estás bajo arresto por orden del sultán Yamato.—declaró Taichi Pashá con voz firme, su tono dejando claro que no había lugar para la discusión.

Mizuki se quedó paralizada por la sorpresa y el miedo, su mente luchando por comprender lo que estaba sucediendo. ¿Por qué estaba siendo arrestada? ¿Qué había hecho para merecer esto?

—¡No, esto no puede estar sucediendo! —exclamó Mizuki, su voz temblorosa mientras luchaba por contener el pánico que la consumía— ¡Yo no he hecho nada malo!

Pero Taichi Pashá y los agas permanecieron imperturbables, su deber era cumplir las órdenes del sultán sin cuestionamientos.

—Lo siento, Mizuki, pero debemos llevar a cabo nuestra misión.—dijo Taichi Pashá con pesar, su voz reflejando la incomodidad que sentía al tener que arrestar a alguien dentro del harem.

Los agas se acercaron a Mizuki y la esposaron con suavidad pero con firmeza, asegurándose de que no pudiera escapar. Mizuki luchó contra las lágrimas y el miedo mientras era conducida fuera del harem, su mente llenándose de preguntas sin respuesta y temores sobre su destino incierto.

Y mientras el harem quedaba sumido en un silencio tenso y cargado de emociones, Mizuki era llevada a las mazmorras, enfrentándose a un futuro incierto y lleno de peligros que nunca habría imaginado.


La sala del trono estaba impregnada de tensión cuando Mizuki, la concubina del sultán, fue llevada ante Yamato, quien la esperaba con seriedad en su trono. Los guardias la escoltaron con firmeza, sus miradas frías y determinadas mientras la mantenían bajo estricta vigilancia.

Mizuki temblaba de miedo y ansiedad mientras se enfrentaba a su destino incierto. Sus ojos se llenaron de lágrimas, su corazón latía con fuerza en su pecho mientras luchaba por contener el pánico que amenazaba con consumirla por completo.

Yamato la observó con una mirada penetrante, su rostro impasible mientras evaluaba la gravedad de la situación. Sabía que debía abordar este asunto con cuidado y objetividad, pero su corazón se retorcía ante la posibilidad de que Mizuki fuera responsable del intento de envenenamiento de Mimi.

—Mizuki, has sido acusada de intentar envenenar a Mimi, la concubina del sultán —declaró Taichi con voz firme, su tono lleno de autoridad— ¿Tienes algo que decir en tu defensa?

Mizuki sollozó, las lágrimas brotando libremente de sus ojos mientras luchaba por encontrar las palabras adecuadas. Sabía que estaba en una posición desesperada, pero estaba decidida a proclamar su inocencia hasta el final.

—¡Yo no hice nada! —exclamó ella entre sollozos, su voz temblorosa y llena de angustia—. ¡Por favor, créanme! No soy capaz de hacerle daño a nadie, mucho menos a Mimi.

—¡Claro que sí!— Grito Yamato— Fuiste tú una de las mujeres que quemó su rostro.

El grito de Yamato resonó en la sala del trono, su voz cargada de furia y decepción mientras confrontaba a Mizuki con la acusación que pesaba sobre ella.

Mizuki se estremeció ante la intensidad de las palabras de Yamato, sintiendo un nudo en la garganta mientras luchaba por encontrar una respuesta que pudiera cambiar su destino.

—M-mi sultán, no...

—¡No lo niegues, la señorita Mimi acabó de confesar que tú fuiste una de las mujeres!— Exclamó Taichi.

¿Qué?

¡Oh no!

—Bueno, sí, lo hice, pero yo jamás intenté envenenarla.—Respondió Mizuki— Cometí el pecado de quemar su rostro, pero jamás haría esto.

—¡Claro que sí! Fuiste capaz de quemar su rostro, eso significa que eres capaz de hacer cualquier cosa.— Contestó el sultán.

—No, claro que no.—Habló la pelirroja— Quizás, quemé el rostro de ella, pero jamás haría algo contra el príncipe que ella esperaba, después de todo, es su hijo ¿no?

—De una persona que es capaz de quemar el rostro de una chica inocente me puedo esperar cualquier cosa.

—Mi sultán, esa vez, yo estaba enojada.— Declaró Mizuki— Pero no actúe solo por mi, esa vez la sultana Sora me dio la orden.

¿Qué?

Yamato la observó sorprendida.

—¿Qué estás diciendo?—Preguntó—¡No mientas!

—No miento, es la verdad.— Respondió la pelirroja— Esa vez fue la sultana Sora que me pidió quemarle el rostro. Estoy segura que ella intentó hacer esto.

Taichi intercambio miradas con el rubio, ya que Mimi aseguró aquello, que esta concubina lo dijera nuevamente confirmaba que Sora estuvo tras aquel atentado contra Mimi.

—¡No digas blasfemias contra la sultana!— Daigo alzó la voz—Ella jamás sería capaz de hacer algo así.

Mizuki se atragantó con las lágrimas, su corazón lleno de desesperación mientras luchaba por encontrar una respuesta. Sabía que no tenía una explicación clara para ofrecer, que su situación era desesperada y sin esperanza.

—¡Lo juro ella esa vez me ordenó hacerlo! —sollozó ella, sus palabras apenas audibles entre los sollozos—Y yo obedecí, sin embargo, yo jamás hubiera intentado envenenar a Mimi, después de todo, es un príncipe el que lleva en su vientre.

Yamato se mordió el labio inferior ante esto, no quería desconfiar de Sora, pero esta concubina la estaba culpando y por sobre todas las cosas, Mimi también.

¿Debía creerles?

—¡Como sea! De igual forma tu sigues siendo sospechosa, después de todo, fuiste quien llevó la comida al lugar donde cenamos.—dijo Taichi— Tendrás que estar en el calabozo hasta que se demuestre lo contrario.

Mizuki se derrumbó en sollozos, su corazón lleno de desesperación mientras era escoltada fuera de la sala del trono. Sabía que su destino estaba sellado, que enfrentaba un futuro incierto y lleno de peligros.

Yamato se levantó de su lugar y se dirigió hacia la puerta.

—Sultán...—Taichi se acercó—¿Dónde va?

—Iré a hablar con Sora.—Respondió— Necesito aclarar todo esto.

La tensión en el aire era palpable mientras Yamato se dirigía hacia la habitación de Sora. Su mente estaba llena de preguntas y dudas, pero sabía que debía confrontar a su antigua compañera con valentía y determinación.


Mientras tanto en los aposentos de Sora.

Alice se encontraba jugando con su sobrino, Kiriha. Sora y Miyako observaban la escena. Sin embargo, el momento de paz de acabó cuando:

—¡Atención, su majestad el sultán está aquí!— Un grito se escuchó desde afuera.

Miyako, Sora y Alice intercambiaron miradas ante esto, rápidamente se colocaron en pie, la puerta se abrió y el sultán ingresó al lugar.

—¡Padre!— Exclamó Kiriha.

El sultán dirigió su mirada hacia él.

—¡Que bueno que estás aquí!— Musitó el pequeño príncipe.

—Miyako Kalfa ¡llévate a Kiriha de aquí! —ordenó Yamato.

¿Qué?

—Hermano ¿por qué debe salir?— Preguntó Alice.

—Estábamos jugando...—Intentó hablar Kiriha.

—¡Obedezcan mis órdenes!— Alzó la voz Yamato.

Kiriha observó temeroso a su padre, Sora rápidamente le dirigió una mirada a Miyako y le hizo una seña para que obedeciera. Fue así como, Miyako se aceró al pequeño príncipe, tomó su mano y lo sacó del lugar, haciendo una reverencia al pasar junto al sultán.

Yamato, Sora y Alice quedaron en el lugar, la tensión fue palpable en el lugar.

—Mi hermano.—Musitó la rubia.

—Mi sultán, ¿qué...? —empezó a decir Sora, pero fue interrumpida por la mirada seria y decidida de Yamato.

—Necesito hablar contigo, Sora. Ahora mismo.—dijo él con voz firme, sin dejar espacio para discusiones.

—¿Qué pasa, Yamato? —preguntó Sora, tratando de mantener la compostura a pesar de la creciente ansiedad que sentía.

Yamato la miró fijamente, sus ojos buscando respuestas en los de Sora.

—Necesito que me digas la verdad, Sora. ¿Envenenaste a Mimi? —preguntó él directamente, sin rodeos ni preámbulos.

El silencio que siguió fue ensordecedor, mientras Sora procesaba la pregunta con incredulidad y shock. Sus ojos se abrieron con sorpresa, pero rápidamente se oscurecieron con una mezcla de dolor y resentimiento.

—¿Qué?—Preguntó Alice sorprendida— ¿Estás acusando a Sora de envenenar a tu concubina?

Yamato asintió.

—Esto no puede ser...—Musitó la rubia hermana de Yamato.

—¡Yamato, cómo puedes siquiera pensar eso de mí! —exclamó Sora, su voz temblorosa por la emoción— Te amo, nunca haría algo así.

Yamato mantuvo su mirada firme, sin ceder ante las protestas de Sora.

—Hoy me enteré de que mandaste a quemar el rostro de Mimi.

¿Qué?

—Mi sultán, por favor, no crea en sus palabras...—Rogó la pelirroja— Usted sabe que yo lo amo, quiero el bien suyo y de su familia. Jamás haría algo así.

Alice asintió— Tiene razón, Sora desde siempre ha velado por el bien de nuestra familia.

—Creo en lo que digo, porque hoy me enteré de que quemaste el rostro de Mimi, meses atrás.

¿Qué?

—Mi sultán, no...

—¡No lo niegues Sora!— Exclamó Yamato— Sé que es verdad, y si lo niegas, con más razón me haces creer que pudiste haber sido tú quien envenenó a Mimi.

¡Oh no!

—¡Mi sultán!— Sora rápidamente se arrodilló frente a él y tomó su túnica.

—¡Dime la verdad!

¡Rayos, rayos, rayos!

—Sí, admito que mandé a quemar el rostro de Mimi, porque no daba más de los celos.—Declaró Sora ante la imponente mirada que Yamato le daba.

—No puedo creer que lo que dices Sora ¿le quemaste el rostro? acaso ¿estás loca?

—No mi sultán.—Respondió la pelirroja— Nada justifica lo que hice, pero en aquel tiempo que mandé a quemar su rostro yo estaba muy enojada con ella.

—¿Enojada?

Sora asintió—Para mí ha sido difícil ver como los días Jueves que eran de nosotros han pasado a ella.

Yamato observó atentamente a la pelirroja.

—Sin embargo, jamás sería capaz de envenenar a su favorita, está embarazada y yo soy madre.— Recordó la pelirroja— Perdí a dos de mis hijos en mi vientre, sé que como es ese dolor, jamás haría algo como esto.

—Por favor, hermano, no puede culpar a Sora por envenenar a la concubina, sí actúo mal por celos, pero ella es madre y comparte el dolor de perder un hijo ¡Jamás actuaría de esa manera!— Habló Alice— Además, usted sabe cómo es Sora, por algo llevan tanto tiempo juntos ¿no?

—Por el amor que un día dijo tenerme, por favor, créame.— Rogó Sora

Yamato se sumió en un profundo silencio, dejando que las palabras de Sora y Alice resonaran en su mente. Por un lado, comprendía el dolor y la desesperación que podían llevar a alguien a cometer actos impulsivos, como los celos que Sora admitía sentir. Pero, por otro lado, también reconocía la fuerza del vínculo materno y la empatía que surgía del dolor compartido por la pérdida de un hijo.

Las palabras de Alice también resonaban en su cabeza. ¿Realmente conocía a Sora tan bien como creía? ¿Podía confiar ciegamente en la mujer que había compartido su vida durante tanto tiempo?

Yamato se sentía atrapado entre la lealtad hacia la madre de su hijo y la necesidad de encontrar la verdad detrás del envenenamiento de Mimi. Era consciente de que debía mantener la objetividad y seguir buscando pistas que pudieran arrojar luz sobre el misterio, incluso si eso significaba enfrentarse a la posibilidad de que alguien cercano pudiera ser responsable.

Con un suspiro pesado, Yamato decidió que necesitaba más tiempo para meditar sobre todo lo que había escuchado. Aunque su corazón estaba dividido, su deber como gobernador y la búsqueda de la justicia exigían que continuara con la investigación de manera imparcial.

—Sora, entiendo tu dolor, pero no puedo ignorar el hecho de que Mimi ha sido gravemente herida. ¿Eres verdaderamente inocente? —preguntó Yamato con voz firme, pero con un deje de compasión.

Sora bajó la mirada, sintiendo el peso de la sospecha sobre ella. Por un momento, el silencio reinó en la habitación, solo interrumpido por el suave murmullo de la brisa que se filtraba por la ventana entreabierta.

—Sí, soy inocente.

El sultán asintió lentamente, comprendiendo la gravedad de la situación. Sabía que debía investigar más a fondo para descubrir la verdad detrás del envenenamiento de Mimi y encontrar al culpable. Pero también se encontraba en una encrucijada emocional, dividido entre su deber como líder y su deseo de proteger a aquellos a quienes amaba.

—Entiendo, Sora. Te creo.—declaró Yamato.

Por todos esos años que llevaban juntos y por su hijo, Kiriha, creería en la inocencia de Sora.

Sora asintió con resignación, sabiendo que la verdad tarde o temprano saldría a la luz, y que tendría que enfrentar las consecuencias de sus acciones, ya sean justificadas por sus sentimientos o no.

El rubio alzó su mano y la pelirroja la sostuvo entre sus manos, se acercó y besó sus nudillos, en señal de reverencia y respeto.


La habitación estaba impregnada de tensión cuando Yamato se enfrentó a su madre, Natsuko, con una pregunta que pesaba sobre su corazón como una losa de piedra.

—Madre, necesito que me digas la verdad. ¿Sabías que Sora ordenó quemar el rostro de Mimi? —preguntó Yamato, su voz firme pero cargada de ansiedad.

Natsuko frunció el ceño, sorprendida por la pregunta de su hijo. Sus ojos se llenaron de confusión mientras trataba de encontrar una respuesta adecuada.

—Yamato, no sé de qué estás hablando. ¿Por qué pensarías algo así? —respondió ella, sus palabras marcadas por la incredulidad.

Pero Yamato no se dejó convencer tan fácilmente. Sabía que había algo más detrás de la fachada de inocencia de su madre.

—Madre, por favor, no me mientas. Sé que has estado ocultando cosas. ¿Sabías o no sabías que Sora ordenó quemar el rostro de Mimi? —insistió Yamato, su tono cada vez más urgente.

Natsuko se mantuvo firme en su negativa, sus ojos llenos de determinación mientras miraba a su hijo.

—No lo sabía, Yamato. Te lo aseguro. No tengo idea de lo que estás hablando —afirmó ella con vehemencia.

—¿Cómo no vas a saber lo que ocurre en el harem cuando tú eres la encargada?— Preguntó Yamato.

—Hijo, tú sabes que intento hacer lo posible para que todo esté bien...—Musitó Natsuko— Pero, no soy onmipresente, no puedo estar en todos lados, no sé todo lo que ocurre y tú bien sabes que Sora es una mujer respetada en este harem. Es lógico que nadie la delate.

—¡Muy mal! Atacar a mi favorita es una traición hacia mí.

—Sí, lo sé, pero Yamato, tú bien sabes como son los celos de las mujeres, siempre han ocurrido situaciones de este modo.— Declaró Natsuko.

Yamato se sintió dividido entre la desconfianza y el deseo de creer en su madre. Por un momento, consideró seguir presionando en busca de la verdad, pero una parte de él sabía que no podía ignorar el vínculo especial que compartía con ella.

—¿Cómo puedo estar seguro de lo que me dices?

—Porque soy tu madre.— Respondió la mujer— Y jamás haría algo que te pudiera afectar.

Sí, estaba mintiendo con esto. Algo que verdaderamente no la hacía sentir orgullosa, ya que odiaba mentirle a su hijo. Pero debía cuidarse a sí misma y poder cuidar su posición.

Yamato observó seriamente a su madre esperando hallar algo en su mirada que le dijese que estaba mintiendo.

Yamato se encontraba en un dilema interno mientras observaba a su madre, buscando desesperadamente cualquier indicio que pudiera confirmar o refutar sus sospechas. Sus ojos escudriñaron cada gesto, cada matiz en su expresión, en busca de la verdad que tanto anhelaba descubrir.

Quería creerlo, pero había una voz dentro de él que seguía susurrando dudas y preguntas sin respuesta. ¿Cómo podía estar seguro de que su madre no estaba protegiendo a Sora o encubriendo la verdad por algún motivo oculto?

Yamato sabía que no podía dejar que sus emociones nublaran su juicio. Debía ser objetivo, racional, aunque le resultara difícil hacerlo cuando se trataba de su madre. Tomó una respiración profunda y se obligó a separar sus sentimientos de sus decisiones.

—Está bien, madre. Te creo —dijo finalmente Yamato, resignándose a aceptar la negativa de su madre por el momento.

Natsuko suspiró aliviada, sintiendo un peso levantarse de sus hombros al ver que su hijo aceptaba su palabra. Sabía que había perdido parte de la confianza de Yamato, pero también sabía que su amor de madre seguía siendo su ancla en tiempos de tormenta.

—Gracias, Yamato. Haré todo lo posible para ayudarte en todo lo que necesites.—dijo ella con gratitud, ofreciendo una pequeña sonrisa de apoyo.

Yamato asintió, sintiendo un nudo en la garganta mientras se enfrentaba a la difícil realidad de que nunca sabría la verdad completa sobre lo que sucedió. Pero, por el momento, decidió confiar en su madre y continuar adelante con la esperanza de un futuro mejor para su reino y su familia.


Taichi caminó en dirección al calabozo, donde se encontraba la mujer culpada por el crimen del envenenamiento, Yamato le dio la orden de llevarla frente a él, seguramente para enjuiciarla.

Había muchas pruebas en su contra, ya que el cocinero, Junpei, afirmó que esa mujer llevó la bandeja con comida a la sala del trono, donde cenaron. Luego, Gennai Aga revisó sus pertenecías y encontró un frasco con el líquido abortivo, finalmente, la kalfa de Sora, Miyako, dio una declaración de la actitud extraña que tuvo esa mujer.

Todo parecía señalar que Mizuki fue la culpable.

Taichi llegó a la puerta del calabozo— Agas, abran.

Los guardias de la entrada asintieron y uno se dispuso a abrir la puerta, fue así como Taichi ingresó y apenas dio unos pasos se percató de que...

Esa concubina decidió acabar con su vida

—¡Rayos!— Exclamó al ver la escena horrible de aquella mujer colgada, sin respiración.


Mientras tanto, en los aposentos de la sultana Alice.

—Y bien...—Musitó la rubia— ¿Hicieron lo que les dije?

Daigo Pashá y su sirviente de confianza, Ren, un chico de cabello azul y ojos ambar, asintieron.

—Todo está como usted ordenó sultana.— Declaró el sirviente.

—Los agas no dirán ninguna palabra de nuestra visita.

La rubia sonrió— Muy bien.

Sora suspiró— Espero verdaderamente estar libre de dudas.

—No se preocupe sultana, nosotros prometimos ayudarla a usted y a su hijo...—Comentó Daigo— Haremos lo posible por limpiar su imagen frente al sultán, y nos encargaremos de brindarle todo el apoyo necesario para cuidar de usted.

Alice asintió— Estamos juntas en esto, Sora.—Suavemente tomó su mano— Yo me encargaré de que tu camino esté seguro, así Kiriha no se verá perjudicado por nada.

La pelirroja sonrió— Es bueno tenerte de vuelta Alice.


En la penumbra de la noche, Taichi Pashá, el comandante de los guardias del sultán, se acercó al palacio con pasos firmes y decididos. Sabía que tenía una tarea difícil por delante, una que le pesaba en el corazón mientras avanzaba hacia el despacho de Yamato, el sultán.

Al entrar en la sala, Taichi se inclinó respetuosamente ante Yamato, quien estaba sentado en su trono, su semblante serio y pensativo mientras revisaba algunos documentos. La tensión en el aire era palpable, y Taichi sabía que no había forma de suavizar las palabras que debía pronunciar.

—Sultán Yamato, tengo noticias que necesito compartir con usted —anunció Taichi con voz grave, su tono reflejando la gravedad de la situación.

Yamato levantó la mirada, sus ojos encontrando los de Taichi con una mezcla de curiosidad y aprensión.

—Adelante, Taichi. ¿Qué es lo que sucede? —preguntó él con voz firme, su instinto preparándose para lo peor.

Taichi respiró hondo, preparándose para dar la noticia que sabía que causaría un profundo dolor a su líder.

—Sultán Yamato, lamento informarle que Mizuki, la concubina acusada de intentar envenenar a Mimi, se ha quitado la vida en su celda esta noche —dijo Taichi con voz solemne, sus palabras pesando como plomo en el aire.

El silencio que siguió fue abrumador, el peso de la tristeza y el pesar llenando la sala mientras Yamato absorbía la impactante noticia.

—¿Qué?— Preguntó— ¿Se suicidó?

Taichi asintió.

—¿Cómo pasó esto?— Cuestionó Yamato molesto porque aquella mujer haya tomado la salida fácil— Ella merecía un castigo.

—Lo sé...—Respondió el castaño— Pero fue inevitable, utilizó su cinturón para colgarse de una viga.—Describió—Se suicidó, sin previo aviso. Llegué a su celda y ahí estaba.

El rubio apretó el puño molesto, esa mujer merecía un castigo de verdad, no la muerte, ya que en su posición la muerta no era un castigo, al contrario.

—Lo siento mucho, sultán Yamato. Hicimos todo lo posible para evitar esto, pero... —Taichi se detuvo, sabiendo que no había palabras que pudieran mitigar el dolor que sentía su líder en ese momento.

Yamato llevó una mano a su frente—Taichi, por favor, tiren ese cuerpo al mar—dijo él con voz sombría, su determinación palpable— No quiero saber más de esa mujer.

Taichi asintió.


Mientras tanto la sala del harem estaba envuelta en un silencio tenso, ninguna concubina quería decir palabra, al contrario, parecía que todas temian por su futuro debido a todo lo sucedido.

Por su lado, Mimi se encontraba descansando, no sabía la noticia de Mizuki, sin embargo tampoco tenía interés de saber de ella. Sabía que la culpable de esto fue Sora ¡Estaba segura! No tenía pruebas, pero tampoco dudas, esa mujer solo quería su muerte.

Y hablando de la sultana Sora, ella en estos minutos se encontraba en los aposentos de la sultana madre, quien la citó a hablar con ella.

La pelirroja pasó su mirada por la madre de Yamato, quien la observaba con seriedad, esperando una explicación.

Natsuko se acercó a Sora, su nuera, con una mirada penetrante y seria en sus ojos. Había una sensación de anticipación en el aire mientras Natsuko se preparaba para abordar el tema delicado que pesaba sobre sus corazones.

—Sora, finalmente eres conscientes de tus actos ¿no?

La pelirroja bajó la mirada.

—¡Fuiste la principal sospechosa del envenenamiento de mi nieto y su madre por un mal actuar que tuviste en el pasado!—Exclamó Natsuko— ¡Te dije que actuar de esa manera no era la adecuada!

—Sí, madre, lo sé ahora, pero en su minuto no lo pensé...—Respondió Sora— Jamás me hubiera imaginado que algo como eso me condicionaría a futuro, mucho menos en esta situación.

—¡Pues ahora lo sabes!— La madre sultana se cruzó de brazos— Lo que provocó que Yamato se enojara conmigo y me viera como una persona deficiente. Incapaz de cuidar el harem.

—Realmente lo siento, sultana madre, yo no quería que esto ocurriera.

—Gracias al cielo supe persuadir a mi hijo, pero lamentablemente tuve que mentirle.— Habló— Algo que ¡No debo hacer! Recuerda, Yamato es mi hijo ¡No tú!

—Lo sé sultana...—Sora musitó— Pero juro que nunca más haré algo así que me deje en evidencia.

—¡Más te vale!— Natsuko tomó asiento en su sofá—No quiero tener más problemas.

Sora levantó la mirada hacia su suegra con una expresión de arrepentimiento y nerviosismo.

—Juro que no los tendrá.— Musitó la pelirroja.

—Eso espero...—Musitó la oji-azul.

Natsuko llevó una mano a su frente, le dolía la cabeza, sentía que le iba a explotar. Este día fue muy cansador.

—Mi sultana...—Sora llamó a la sultana madre ante el silencio— Sí no tiene más que decirme, quiero pedirle permiso para ir a mi habitación, necesito descansar.

—¡Alto!— Natsuko alzó la voz— Aun no termina nuestra conversación.

Sora se mordió el labio inferior.

—Antes necesito preguntarte algo muy importante.—comenzó ella con seriedad, su mirada buscando la verdad en los ojos de su nuera— ¿Tú... envenenaste a Mimi?

Las palabras de Natsuko resonaron en la habitación, creando un silencio aún más pesado mientras todos esperaban la respuesta de Sora. Había un brillo de determinación en los ojos de Natsuko mientras enfrentaba a su nuera, su corazón lleno de la necesidad de saber la verdad, sin importar lo dolorosa que fuera.

Sora, por su parte, se quedó sin aliento ante la pregunta directa de su suegra. Sus ojos se abrieron de par en par, su corazón latiendo con fuerza en su pecho mientras luchaba por encontrar las palabras adecuadas para responder.

—¿Qué? —exclamó Sora, su voz temblorosa mientras trataba de procesar la pregunta de Natsuko—. No, madre, por supuesto que no. Yo... yo nunca haría algo así.

Natsuko observó atentamente a su nuera, su expresión reflejando la mezcla de incredulidad y desconfianza que sentía en su interior. Sabía que no podía permitirse ser ingenua en un asunto tan serio, pero también quería creer en la inocencia de Sora.

—Me gustaría creer que no, pero una mujer celosa puede hacer muchas cosas.— Comentó— Lo cual entiendo, pero como madre sultana, debes entender la gravedad de esta situación —dijo Natsuko con firmeza, su tono lleno de determinación—. No puedo ignorar las sospechas que pesan sobre ti, ya que trata de mi futuro nieto. Necesito saber la verdad.

Sora bajó la mirada, sintiendo un nudo en la garganta mientras luchaba por contener las lágrimas que amenazaban con brotar de sus ojos. Sabía que la confianza de su suegra estaba en juego, y que debía encontrar una manera de convencerla de su inocencia, sin importar lo difícil que fuera.

—Madre, le lo juro por todo lo que tengo, yo no hice nada.—dijo ella con voz temblorosa, sus ojos llenos de angustia mientras buscaba desesperadamente la compasión en los ojos de Natsuko— Por favor, créame.

El silencio se prolongó en la habitación mientras Natsuko absorbía las palabras de Sora, sintiendo el peso de la lealtad y el afecto que compartían. Recordó los momentos difíciles que habían atravesado juntas, la fuerza y el apoyo mutuo que se habían brindado en tiempos de guerra y adversidad. Sora había sido más que una nuera; había sido su aliada más confiable, su compañera en la lucha por la supervivencia y la estabilidad del reino.

Natsuko luchaba por mantener la objetividad que su posición exigía, pero su corazón se retorcía ante la idea de que Sora pudiera estar involucrada en algo tan despreciable como envenenar a Mimi. Había visto su valentía, su dedicación a la familia y su deseo de proteger a aquellos a quienes amaba.

Finalmente, Natsuko tomó una respiración profunda y asintió con solemnidad.

—Está bien, Sora. Te creo.—dijo ella con voz suave, su corazón lleno de la esperanza de que su nuera fuera realmente inocente.

Sora dejó escapar un suspiro de alivio, su corazón lleno de gratitud hacia su suegra por creer en ella. Sabía que tenía mucho que hacer para demostrar su inocencia, pero por ahora, se aferraba a la esperanza de que la verdad eventualmente saldría a la luz.


Fue así como luego de la sorprendente noticia del "suicidio" de Mizuki, todo en el palacio volvió a ser paz y tranquilidad, o bueno, eso intentó la madre sultana, quien luego de ese día tan movido temía por mantener su posición y el bienestar de su nieto.

Luego de varios días de descanso, Mimi se iba recuperando poco a poco, gracias al cielo su bebé no sufrió consecuencias. El vómito inducido por la médica había sido un salvavidas para Mimi y su bebé. Permitió que su cuerpo eliminara la sustancia tóxica, evitando así que el veneno tuviera efectos más devastadores en su organismo y en el desarrollo de su hijo por nacer. A medida que el tiempo pasaba, la fiebre de Mimi disminuía y su color volvía gradualmente a sus mejillas, indicando una mejora en su estado de salud.

Yamato permanecía a su lado día y noche, ofreciéndole su apoyo y consuelo en todo momento. Su presencia era un bálsamo reconfortante para Mimi, quien encontraba fuerzas en el amor y la preocupación que emanaban de él.

La médica continuaba supervisando de cerca su progreso, asegurándose de que recibiera los tratamientos adecuados y de que su recuperación fuera lo más suave posible. A medida que Mimi se fortalecía, también aumentaba su determinación de descubrir quién había intentado hacerle daño y asegurarse de que enfrentara las consecuencias de sus acciones.

A pesar del miedo y la incertidumbre que habían acompañado su envenenamiento, Mimi encontraba consuelo en el hecho de que su hijo estaba a salvo y que tenía el apoyo incondicional de aquellos que la amaban. Con cada día que pasaba, se acercaba un poco más a la plena recuperación, lista para enfrentar lo que el futuro le deparaba con valentía y determinación.


Un nuevo día se hizo presente en el palacio del sultán Yamato, trayendo consigo la promesa de nuevas oportunidades y desafíos por enfrentar. Los rayos del sol se filtraban a través de las ventanas, iluminando los majestuosos pasillos y salones del palacio con su cálido resplandor.

En las cocinas, los chefs preparaban con esmero una deliciosa variedad de platos para el desayuno, llenando el aire con aromas tentadores que despertaban el apetito de todos los que habitaban el palacio.

En los jardines, los jardineros trabajaban diligentemente para mantener la belleza y la serenidad de los exuberantes parterres y senderos ajardinados, creando un oasis de tranquilidad en medio del bullicio del palacio.

En los aposentos del sultán, Yamato se encontraba junto a su concubina, Mimi, quien verdaderamente ya no se podía mover por el vientre que tenía, literalmente, era como si fuera a dar a luz en cualquier momento.

Yamato suavemente acomodó aquel collar de esmeralda en el cuello de Mimi. La castaña observó atentamente el collar, mientras sostenía su cabello— ¡Que hermoso collar, mi sultán!

—¿Te gusta?

Mimi asintió.

Yamato soltó suavemente el collar y se acomodó al lado de Mimi.

La castaña acomodó su cabello suavemente, mientras el sultán depositaba su mano en el vientre la castaña.

—Mi vientre está bastante crecido, el bebé pronto a nacer.—Comentó la castaña.

Yamato asintió—¿Estás emocionada?

—Sí.—Respondió la castaña— Aunque, un poco asustada.—Musitó— Es primera vez que seré madre.

Sí, era la primera vez de Mimi, a diferencia de él que ya vivió con esto con Sora, antes, cuando tuvo a Kiriha.

—Espero que sea un bello príncipe...—Mimi tomó su mano— Parecido a usted mi sultán.

Yamato alzó una ceja— ¿No quieres que se parezca a ti?

—Prefiero que a usted. Me gustan sus ojos azules.

Verdaderamente él no esperaba eso, después de todo, Kiriha se parecía demasiado a él, quería algo nuevo en esta ocasión, ojalá se pareciera a Mimi, finalmente, ella tenía lindos ojos y cabello.

—Bueno, sea como sea físicamente, será bien recibido.— Comentó el rubio— Todos en el harem se están preparando para su llegada. También los miembros del consejo, como es la tradición, cuando nace un príncipe, dignatarios y miembros destacados de la sociedad envian regalos y presentes, como muestra de respeto y lealtad hacia la familia real.

—No sabía eso.—Musitó Mimi— Nadie me lo había dicho.

—Ahora lo sabes.—Murmuró Yamato— Espero que te guste.

—¡Pues claro! Todo obsequio es bien recibido...—Exclamó la castaña— Aunque, me sorprende, jamás pensé vivir algo como esto.

—¿No?— Preguntó el oji-azul— Serás la madre de un príncipe, es lógico que recibirás regalos, atención y elogios.

—Sí, pero, verá para mí esto es nuevo...—Murmuró—Todo es extraño, después de todo, donde vivía antes no era más que una mujer de pueblo, sin mucho realce, si me casaba o tenía un hijo no sería de gran importancia.

—Bueno, ahora eres una mujer de imperio Otomano, mujer del sultán...—Respondió Yamato— Todo lo que desde ahora en adelante ocurra serán vivencias de una mujer Otomana.—Y, posiblemente, una sultana si su hijo era varón.

—Mujer Otomana...—Mimi repitió aquellas palabras con cierta melancolía.

Era extraño, después de todo, ella siempre fue de Venecia.

—¿Sabe? Para mí es difícil creer que verdaderamente seré una mujer otomana.— Comentó— Después de todo, soy una esclava. Vengo de otro lugar, de alguna forma, no pertenezco aquí.

—Serás de la madre de un hijo del sultán.

—Sí, pero mis raíces y orígenes no son de aquí.—Recordó Mimi— Puedo ser madre de sus hijos, pero eso no quiere decir que todos me aceptaran como una mujer otomana. Pero ¿algún día lograré ser una mujer otomana de verdad?

Yamato contempló a Mimi, sintiendo el peso de sus palabras resonar en su corazón. Comprendía la lucha interna de Mimi, la sensación de ser una forastera en un mundo desconocido y la incertidumbre sobre su identidad en medio de un nuevo hogar.

—Bueno, yo tengo una solución a ese problema.— Contestó el rubio.

—¿A sí?

Yamato asintió— Serás una verdadera otomana desde ahora...—Comentó—Dejaré estipulado que desde hoy no serás solo Mimi.— Declaró.

—¿No?

—No.— Respondió el rubio— Desde hoy serás nombrada Mimi Hurrem.

¿Qué?

—Pe-pero todos me dicen Mimi Hatun.— Comentó.

—Y no dejarás de serlo.— Musitó Yamato— ¡Claro! Mientras des a luz.—Ya que si tenía un príncipe pasaría a tener su apellido "Sultan" —Sin embargo, quiero que desde hoy quede estipulado que eres parte de este lugar. Frente a todos, ahora, eres una mujer otomana.

Mimi lo observó confundida sin entender aún.

—Las mujeres que aceptan convertirse a nuestra cultura con sus costumbres y creencias reciben un nuevo nombre.— Explicó el oji-azul— Ejemplo, mi madre, cuando llegó aquí era Natsuko, pero mi padre la bautizó como Hafsa Natsuko. Sora, luego de llegar aquí, se convirtió en Sora Gulbahar.

¡Wow! No lo sabía, aunque ahora tenía sentido porque cuando nombraban a la sultana madre le decían "Natsuko Sultan" o "Hafsa Sultan"

—Así que, desde ahora tu nombre completo será "Mimi Hurrem Hatun"— Declaró el rubio— Porque me das felicidad y eso significa.

Mimi sonrió ante esto, sonaba bien ese nombre, y el significado también le agradaba.

—Está bien, su majestad...—Bajó su cabeza— Acepto ser una mujer otomana.

Yamato suavemente depositó sus manos en sus hombros, suavemente se inclinó hacia ella dispuesto a besar su frente, sin embargo, antes que pudiera hacer esto, Mimi bajó su cabeza.

—¡Ah!— Exclamó al sentir un dolor intenso en su vientre.

El rubio la observó sorprendido.

—N-no sé...—Mimi llevó su mano a su vientre, era muy fuerte aquella presión. De repente, sintió como algo caía por sus piernas...

¡Era un líquido!

—¡Siento agua en mis piernas!

Yamato alzó las cejas sorprendido y recordó cuando Sora comenzó con síntomas de parto.

—¡Taichi Pashá! Llama a la médica.


+En la novela, Suleiman sabe que Maihdevran envenenó a Hurrem y por eso, la deja de lado. Sin embargo, no quiero que eso ocurra todavía, necesito que haya tensión entre Sora y Mimi, no quiero que de un día para otro, Sora deje de ser una enemiga, quiero que esto sea intenso. Así se alimentará más la ira de Mimi.

+Aclaro el tema de los segundos nombres. Por lo general, en el imperio otomano a las esclavas se les cambiaban el nombre (Ejemplo: Anastasia cambio su nombre a Mahpeyker Kosem sultan) eso lo hacían cuando se convertían el Islam, sin embargo, aquí no quise involucrar la religión y tampoco quise cambiarle el nombre, ya que, quería que supieran que Mimi era Mimi de Digimon, Sora era Sora de Digimon, Hikari era Hikari de Digimon, así que decidí darle mi toque. Como todas las mujeres tienen segundo nombre aquí utilizaré el segundo nombre como "aceptación" no de una religión, sino que, de su cultura, ojalá les guste el cambio. Las sultanas de sangre no tenían segundo nombre, sin embargo, quise dar ese nombre para que supieran a que sultana represente (Ejemplo: Rika que es Humasha de la sultana Kosem)

+Debía darle mi toque y este fue.

+Además no quiero tomar el tema de la religión, porque hay personas que se incomodan con eso, o con creencias que no son suyas. La idea es hacer esto aceptable para todos.

DespinaMoon98: Hola, gracias a ti por leer, todos siempre celebrarán la llegada de los bebés, aunque la madre sea Mimi, es parte de la dinastía. Sí, fue envenenada, eso provocó su desmayo, pero ya está bien, ahora debe mejorarse jsjsjs me alegra que notarás el tema de Takeru, para mí ha sido importante profundizar en la preocupación que por mucho tiempo tuvo el príncipe Mustafá, hermano de Ahmed. Ya veremos que ocurrirá con Takeru. Con respecto a que si Yamato muere, creo que es probable que Takeru sería más probable a ascender al trono, sin embargo, tienes razón al temer por Sora, en esta historia es una víbora y hará lo posible por hacer que Kiriha llegue al trono. Sí, es contraproducente que gane fama, pero lamentablemente eso debe ocurrir para los sucesos que vendrán a continuación. Intentaré traer escenas cortas de guerra más adelante. Ahora hice mención a su nombre turco, tendrá otra connotación, ya explique más o menos porque no usé eso de cambiar el nombre. Espero que se entienda. Espero que te esté gustando la historia, si es así espero que sigas leyendo y comentando. Te mando un abrazo.

TheBigParadox: Hola jajaja ni yo me di cuenta, no se siente mucho porque los capítulos han sido relativamente corto, a diferencia de "Revenge" o mis otras historias. Bueno, entiendo que no aceptes la idea de la hija de Sora, si bien es cierto que daría más contenido, creo que Sora no se lo merece, sin embargo, Yamato si toca a Sora (por el momento) al menos un par de veces Jajaja sería solo una hija jaja tuve que buscar la definición de histerectomía. Tranqui no daré contenido +18 de Sorato porque (no quiero vomitar) Con respecto al Taiora, lamentablemente en esta historia no es posible (así como lees) no es posible, además quiero que Sora se dé cuenta del partidazo que perdió. No fue prematuro, fue envenenamiento, pero Alice es torpe, por naturaleza, no es inteligente como Rika. Con respecto a lo de la esposa, no he escrito esposa, quizás si tienes el traductor activado se pudo cambiar la palabra, pero todo este tiempo me he referido a consorte, para los otomanos consorte no es lo mismo que esposa, ejemplo: Handan y Halime se les conocen como las consortes principales del sultán Mehmed (padre de Ahmed) pero no se casaron con él. Sí, haré el tema del matrimonio, es por eso que he resaltado muchos los títulos que antiguamente tenían las concubinas especiales dentro del harem, antes de llegar al Haseki (esposa) Jajaja Alice será despreciable, nadie la va a querer, yo no amé a ninguna hermana de Suleiman jaja Tranqui, veremos más de Taichi, en algún minuto tendrá protagonismo absoluto. Tranqui no me molesta que haya quedado el comentario en el capítulo. Gracias por seguir la historia, es genial contar con tu interés y apoyo. Si estás disfrutando de la trama, espero que continúes leyendo y compartiendo tus comentarios. ¡Un cordial saludo y muchas gracias nuevamente!

Adrit126: Hola jsjsjs Sí, Rika está feliz, porque ella es como una guardiana de la dinastía. El bebé estará bien mientras Sora no haga otra locura. Entiendo tu postura con respecto a la hija de Sora. No merece ser madre. Si estás disfrutando, te animo a seguir leyendo y compartiendo tus comentarios. ¡Recibe un afectuoso saludo!