El gran salón del palacio resonaba con la tensión mientras Yamato enfrentaba a su madre, Natsuko, con una mezcla de ira y frustración palpable en su voz y en su semblante.

—¡Madre! —exclamó Yamato, su tono cargado de furia reprimida— ¿Cómo pudiste hacer esto? ¿Cómo pudiste enviar a Sora a mi lado en Kocaeli, sabiendo que yo quería que Mimi estuviera allí?

Natsuko mantuvo la compostura frente al arrebato de su hijo, aunque podía sentir la intensidad de su indignación. Con una mirada serena pero firme, respondió con calma:

—Yamato, como sultán, debes entender que mis decisiones están basadas en lo que considero mejor para nuestra familia. Y creo que, preferir a Mimi antes que, a Sora, no es correcto.

—Pero ¿de qué, hablas?— Preguntó Yamato— ¿Correcto? ¿Quién dice que escoger a Sora antes que a Mimi es correcto? ¡Ambas son madres de mis hijos! Están en las mismas condiciones.

—Eso dices tú, pero Sora es madre del mayor.

—Acaso ¿no recuerdas que tú no fuiste la madre del mayor?— Preguntó Yamato— Thomas era mayor que yo, y su madre era la concubina principal, pero mi padre prefería estar más noches contigo que con ella.

—No compares la situación.—Declaró Natsuko— Tu padre me escogió porque era un presente de tu tía, la sultana Izumi, lógicamente tuvo mayor atención en mi porque era más importante que la primera, además, yo a diferencia de las demás le di ¡Dos príncipes!—Comentó— Sin embargo, Mimi apenas tiene ¡un solo príncipe! y llegó al harem como una simple concubina más. En cambio, Sora fue presentada por el propio Khan de Crimea, creo que merece un mejor lugar en este harem.

—Madre no importa como haya llegado al harem, es la misma que se repite una y otra vez con las concubinas.

—No es lo mismo.

—¡Claro que sí! Sea como sea, ella también es madre de un príncipe y si yo quiero estar con ella, está bien.

Pero Yamato no estaba dispuesto a aceptar esa respuesta sin más.

—¡No se trata de lo que tu opines! —replicó con vehemencia— Se trata de lo que es mejor para mí y lo que yo quiero. Mimi es mi concubina favorita, la madre de mi hijo, y tenía todo el derecho de estar a mi lado en ese viaje.

El silencio llenó la habitación por un momento, antes de que Natsuko hablara de nuevo, su voz tranquila pero llena de autoridad:

—Comprendo tu deseo, Yamato, pero debes entender que Sora también es una parte importante de tu vida y de tu deber como sultán. Ella es la madre de tu primogénito y merece tu respeto y tu consideración.

Yamato frunció el ceño, sintiendo la tensión en el aire mientras luchaba por procesar las palabras de su madre. Por un lado, sabía que Natsuko tenía razón en cuanto a las responsabilidades de su posición como sultán, pero por otro lado, sentía que se había traicionado su confianza y su voluntad.

—Lo entiendo, madre.—respondió finalmente, su voz más calmada pero aún cargada de resentimiento— Pero no puedo evitar sentir que esta decisión socava mi autoridad. Debiste haberme obedecido con algo como esto.

Natsuko asintió con comprensión, reconociendo la validez de las preocupaciones de su hijo, pero también sabiendo que no podía retroceder en su decisión.

—Lo siento, Yamato, si te sientes así.—dijo con sinceridad— Pero debes confiar en que todo lo que hago lo hago por el bien de nuestra familia.

Yamato negó con la cabeza— Está bien que pienses en el bien de nuestra familia, pero no de esta forma.—Respondió.

Segunda vez que su madre hacia algo sin su consentimiento, primero lo de Takeru y ahora Natsuko se atrevía a tomar una decisión contraria a la que él le mandó. Esto no le daba buena espina.


El palacio estaba envuelto en una atmósfera de tranquilidad cuando Taichi Pashá finalmente regresó a sus aposentos después de acompañar a Yamato en una extensa gira por el imperio. Habían sido semanas intensas, llenas de reuniones políticas, audiencias formales y largos viajes, pero Taichi sentía una sensación de satisfacción por haber cumplido con su deber como consejero y confidente del sultán.

Al entrar en sus aposentos, Taichi fue recibido por la cálida luz de las lámparas y el aroma reconfortante de incienso. Se quitó el turbante con un suspiro de alivio y se dejó caer en un cómodo diván, sintiendo el cansancio acumulado en sus huesos.

—Taichi, por fin estás de vuelta —dijo una voz suave desde el interior de la habitación.

Taichi levantó la mirada y vio a su hermana, Hikari, de pie frente a él con una sonrisa acogedora en su rostro. Su presencia irradiaba una sensación de calma y familiaridad que Taichi anhelaba después de tanto tiempo lejos.

—Hikari, qué sorpresa verte aquí —respondió Taichi, con una sonrisa cansada pero sincera—. ¿Cómo has estado?

Hikari se acercó a él y lo abrazó con ternura, sintiendo el cansancio en los músculos de Taichi.

—Ha sido un viaje largo y agotador, ¿verdad? —preguntó Hikari, acariciando suavemente la mejilla de Taichi.

Taichi asintió, dejando escapar un suspiro. —Sí, lo ha sido —admitió—. Pero valió la pena. Hemos logrado mucho en esta gira, y estoy agradecido por haber podido servir a Yamato de esta manera.

Hikari le sonrió con orgullo, sintiéndose reconfortada por las palabras de su hermano. Sabía lo importante que era el papel de Taichi como consejero y confidente del sultán, y estaba orgullosa de todo lo que había logrado durante su tiempo en la corte.

—Estoy segura de que has hecho un excelente trabajo, como siempre —dijo Hikari, dándole un beso suave en la mejilla—. Ahora es tiempo de descansar y recargar energías. Estoy aquí para cuidar de ti.

Taichi sonrió ante las palabras reconfortantes de su hermana, sintiéndose agradecido por tenerla a su lado. Juntos, se adentraron en la calidez de sus aposentos, dejando atrás las preocupaciones del mundo exterior mientras se preparaban para disfrutar de un merecido descanso juntos.


Mientras tanto, Sora se encontraba en su habitación llorando sin cesar. Las lágrimas caían libremente por sus mejillas. La sensación de ser rechazada por la persona que amaba, el hombre por el que había viajado hasta allí con la esperanza de reunirse era abrumador.

Miyako, se acercó a Sora y posó su mano en su hombro. Intentó consolarla, pero las lágrimas de Sora no cesaban. Se aferró a Miyako, sintiendo como el dolor la consumía por dentro.

—Sultana, ¿qué sucede? —preguntó Miyako con voz compasiva, sentándose a su lado.

Sora sollozó, incapaz de contener su dolor por más tiempo. Entre sollozos entrecortados, trató de explicar lo que acababa de suceder.

—¿Por qué está tan triste desde que regresó de Kocaeli?— Preguntó nuevamente— Pensé que luego de estar junto al sultán estaría feliz.

Sora negó— N-no estoy feliz.

Eso era evidente.

—Dígame ¿qué sucedió?— Cuestionó Miyako.

—¡Ay! Miyako...—Sora llevó sus manos a su rostro— Siento mucha vergüenza al decirlo.

—¿Al decirlo?— Preguntó— ¿Decir qué?

Sora inhaló profundamente, intentando calmarse lo suficiente para poder explicar lo sucedido. Con voz entrecortada, comenzó a relatar la desgarradora verdad.

—Fui a Kocaeli para reunirme con Yamato, pensando que finalmente estaríamos juntos —comenzó Sora, sus palabras entrecortadas por sollozos—Pero cuando llegué, descubrí que él... él no me estaba esperando a mí.

—¿Qué?—Preguntó Miyako.

—¡Estaba esperando a Mimi!— Exclamó Sora.

Esto sorprendió a la kalfa.

—¿A Mimi?

Sora asintió.

—Pe-pero, la sultana madre dijo que él la quería a usted.

—Sí, eso dijo, pero ¡no era verdad!— Respondió Sora— Él esperaba Mimi. Quería que ella fuera su encuentro ¡no yo!

—Pero eso no puede ser. Usted es la concubina principal.

—Sí, soy la principal, madre de su primogénito.— Afirmó la pelirroja—¡Pero eso no le importa!— Exclamó—Yamato... él... él quería a Mimi, no a mí —murmuró, su voz quebrada por la angustia— Todo este tiempo, creí que él... que me amaba, pero estaba equivocada. Él solo... él solo me veía como una alternativa, una sustitución cuando no podía tener lo que realmente quería.

—Lo siento, Sora. Lo siento mucho.—susurró Miyako, tratando de encontrar las palabras adecuadas para calmarla—Todo va a estar bien, lo prometo.

Pero las palabras de consuelo parecían vacías en ese momento. Sora sollozaba desconsoladamente, sintiendo como si su mundo se desmoronara a su alrededor. Se sentía abandonada y herida, incapaz de comprender por qué Yamato la había tratado de esa manera.

—¡No! Nada estará bien. Desde que llegó esa mujer todo en mi vida se arruinó.

Miyako sintió su propio corazón apretarse con tristeza al ver el sufrimiento de su amiga. Sabía que no había nada que pudiera decir para aliviar completamente el dolor de Sora, pero estar allí para ella en ese momento era lo único que podía hacer.


En el opulento salón del palacio, la tensión entre Mimi y Yamato era palpable. Mimi, con el ceño fruncido y los ojos llenos de resentimiento, enfrentaba a Yamato, cuyos intentos por explicar la situación solo parecían exacerbar el conflicto.

—¡No puedo creer que haya pedido a Sora que lo acompañe a Kocaeli en lugar de a mí! —exclamó Mimi con voz temblorosa, su ira apenas contenida— Después de todo lo que hemos compartido, ¿así es como expresa su cariño hacia mí?

Yamato, desesperado por calmar la tormenta que se había desatado entre ellos, extendió sus manos en un gesto de súplica.

—Mimi, por favor, escúchame. Ha habido un malentendido. Yo... yo nunca pedí que Sora viniera conmigo. No sé cómo pudo haber sucedido esto.

Pero Mimi, en medio de su rabia y su dolor, no estaba dispuesta a creer en las palabras de Yamato.

—¡No puedo creerte! —respondió con amargura— ¿Por qué debería creer que esto fue un error? ¿Acaso no preferirías estar con ella en lugar de conmigo?

El corazón de Yamato se estremeció ante las acusaciones de Mimi, pero sabía que tenía que hacer todo lo posible para convencerla de la verdad.

—¡Te lo juro, Mimi! —declaró con desesperación— Nunca quise herirte de esta manera. Por favor, tienes que creerme.

Pero Mimi permaneció firme en su desconfianza, su mirada fija en Yamato con una mezcla de dolor y resentimiento.

—No sé qué creer, Yamato —susurró con voz entrecortada— Todo esto me ha herido profundamente.

Yamato sintió un nudo en la garganta ante las palabras de Mimi, su corazón lleno de pesar por el dolor que había causado.

—Todo fue un problema que provocó mi madre.—Declaró el rubio—Yo fui bien claro al pedir que tú fueras allá.

—¿De la sultana Natsuko?

Yamato asintió.

Eso tenía sentido

—Ella creyó que lo mejor era enviarme a Sora...—Comentó Yamato— Pero yo le había pedido que tú fueras. Por favor, créeme.

Mimi analizó estas palabras en su cabeza.

—¿La sultana madre hizo eso?

—¡Sí!— Contestó el rubio— Ella lo hizo. Yo quería que tú estuvieras conmigo. No Sora.

Mimi se quedó en silencio por un momento, procesando la revelación de Yamato. Las palabras del sultán resonaban en su mente mientras luchaba por comprender la situación en su totalidad. Por un lado, se sentía aliviada al escuchar que Yamato había sido claro en su preferencia por ella. Pero, por otro lado, la traición percibida de la sultana madre solo agregaba más complicaciones a la situación.

—¿Me crees?

—Sí, le creo.—Respondió Mimi— Pero eso no quita que me duela.

—Pero yo no quería Sora...

—¡Puede que no! Mi sultán, pero no gustó para nada esta situación.—Musitó Mimi bajó la mirada—Creo que todas tenían razón al decir que yo jamás sería especial en su vida.

—No digas eso, claro que lo eres.—Respondió— Eres la madre de mi hijo.

—La madre de su hijo...—Repitió la castaña— Sora también es madre de su hijo.—Comentó— Básicamente estamos en las mismas condiciones...—Se acercó a él— Pero yo más que eso, quiero ser la dueña de su corazón...—Llevó su mano a su pecho—Quiero que su corazón palpite por mí y por el amor que sentimos.—Musitó— Pero creo que eso jamás será posible.

Yamato debía admitir que esas palabras impactaron profundamente dentro de él. Sí, algo que jamás pensó, ya que, por lo general, estaba acostumbrado a recibir regaños o vivir escenas de celos por parte de sus concubinas, en especial Sora.

Pero, ver la tristeza en el rostro de Mimi era diferente, provocaba que se sintiera culpable, porque sabía que, Mimi desde un inicio no quería esta vida. A diferencia de todas las mujeres de ese harem que peleaban por estar a su lado, Mimi se negó rotundamente.

Él insistió para que ella fuera su concubina y ella finalmente aceptó, porque no tenía opción. Sin embargo, ella siempre quiso algo sincero.

Alzó su mano y suavemente la depositó en su mentón.

—Mimi, yo te juro que, lo nuestro es real.—Comentó Yamato.

—¿Cómo puedo pensar esto sí, en su corazón y frente a todos, soy una más?

El rubio se mordió el labio inferior.

Yamato miró fijamente a Mimi, buscando las palabras adecuadas para expresar sus sentimientos y convencerla de la sinceridad de su amor. Sabía que las palabras por sí solas podrían no ser suficientes para disipar todas las dudas y temores de Mimi, pero estaba decidido a intentarlo.

—Mimi, entiendo tu dolor y tu desconfianza, pero te aseguro que eres importante.—respondió Yamato, con una mirada sincera en sus ojos.

—Pero ¿cómo puedo creer en eso cuando soy solo una concubina más en tu harem? —replicó Mimi, con voz entrecortada por la emoción.

Yamato suspiró, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. Sabía que su posición como líder y la tradición del harén imponían barreras significativas a su relación con Mimi. Sin embargo, no podía negar los sentimientos profundos que había desarrollado por ella.

—Lo sé, Mimi. Y lamento profundamente las circunstancias, para ti esto ha sido un reto, porque jamás quisiste vivir en un lugar así.—dijo con sinceridad—Pero te prometo que haré todo lo que esté a mi alcance para demostrarte que eres importante y parte de mi vida.

—¿A sí?— Preguntó la castaña— ¿Cómo?

Yamato se enderezó.

—¡Taichi Pashá!— Gritó.

Fue así como la puerta se abrió y en el lugar apareció Taichi.

—¿Sí?

—Infórmale a Gennai Aga y la tesorera del harem que, habrán cambios.— Ordenó Yamato— Desde hoy, mi concubina principal será Mimi.—Declaró— Y su sueldo aumentará a trescientos aspers.

Taichi se sorprendió ante esto, ya que no esperaba esa orden. Era toda una novedad. Se suponía que, por jerarquía, Sora era la concubina principal, y al ser madre del primogénito era la mujer que más dinero ganaba en el harem (luego de la sultana madre) Aproximadamente ganaba 50 aspers, pero con los años aumentó a 100 aspers.

Sin embargo, ahora Mimi tendría un salario tres veces más alto.


En el harem, el murmullo de las concubinas llenaba el aire, mientras Gennai Aga se ponía de pie con solemnidad frente a ellas, emanando autoridad y misterio.

—Señoritas del harem.—comenzó Gennai Aga, su voz resonando en la sala con un tono que invitaba a la atención—Hoy tengo un importante anuncio que hacer.

Las concubinas se miraron entre sí, intrigadas por lo que vendría a continuación. No habían recibido ninguna indicación previa de lo que Gennai Aga iba a anunciar, y la incertidumbre se reflejaba en sus rostros.

—Como saben, el sultán ha tomado una decisión importante en cuanto a la distribución de los recursos del harem.—continuó Gennai Aga, manteniendo el suspense— A partir de hoy, habrá cambios significativos en los sueldos de las concubinas.

Un murmullo de sorpresa recorrió la sala mientras las concubinas intentaban comprender el alcance de las palabras de Gennai Aga. ¿Qué cambios podrían ser tan significativos como para merecer una reunión como esta?

—Con gran placer, les anuncio que el sueldo de una de nuestras concubinas será aumentado a trescientos aspers —declaró Gennai Aga, manteniendo el suspense por un momento más antes de revelar la identidad de la afortunada— La concubina seleccionada para recibir este honor es...

Las concubinas contuvieron la respiración, esperando con expectación el nombre que seguiría. ¿Quién sería la elegida para recibir tal distinción?

—¡Mimi! —exclamó Gennai Aga, revelando finalmente la noticia.

El silencio que siguió fue abrumador, todas las miradas se dirigieron hacia Mimi, quien estaba aturdida por la noticia. Nadie había anticipado que ella sería la seleccionada para recibir un aumento tan significativo en su sueldo.

La confusión se apoderó del harem mientras las concubinas intentaban procesar la noticia. ¿Por qué Mimi había sido elegida para recibir este honor? ¿Qué significaba esto para el equilibrio de poder en el harem?

—¿Por qué ella?— Preguntó Chibiro.

—¿Por qué no la sultana Sora?

—Esto debe ser un error Gennai Aga.— Habló la sultana pelirroja.

—No lo es, sultana.—Respondió Gennai— El propio sultán ordenó que la sultana Mimi reciba ese salario.

Natsuko apretó su puño— ¡Esto es absurdo! ¿Por qué mi hijo no me dijo nada?

—Creo que es clara la razón, sultana madre.—Respondió Rika— No le agradó que desafiara sus órdenes.

Natsuko se mordió el labio inferior ante esto.

—¡Como sea! Esto no es correcto.

Mientras tanto, Gennai Aga continuaba explicando los detalles del aumento salarial de Mimi, mientras ella misma absorbía la magnitud de su nuevo estatus en el harem. Y así, en medio de la sorpresa y la confusión, Natsuko caminó en dirección a la salida dispuesta a ir a la sala del trono a hablar con su hijo.


El aire estaba cargado de una mezcla de anticipación y cansancio cuando Daigo Pashá finalmente regresó a sus aposentos después de acompañar a Yamato en el término de su gira por el imperio. Habían sido semanas agotadoras, llenas de reuniones políticas, ceremonias formales y largos viajes, pero Daigo sentía una sensación de satisfacción por haber cumplido con su deber como mano derecha del sultán.

Al entrar en sus aposentos, Daigo fue recibido por la cálida luz de las lámparas y el aroma reconfortante de incienso. Se quitó el turbante y suspiró, sintiendo el peso del día caer sobre sus hombros.

—Daigo, finalmente has regresado.—dijo una voz suave desde el interior de la habitación.

Daigo levantó la mirada y vio a su esposa, la sultana Alice, de pie frente a él con una sonrisa acogedora en su rostro. Su presencia irradiaba una sensación de calma y tranquilidad que Daigo anhelaba después de tanto tiempo lejos.

—Alice, mi esposa.—respondió Daigo, con una sonrisa cansada pero sincera—Me alegra verte de nuevo.

Alice se acercó a él y lo abrazó con ternura, sintiendo el cansancio en los músculos de Daigo.

—Ha sido un viaje largo y agotador, ¿verdad? —preguntó Alice, acariciando suavemente la mejilla de Daigo.

Daigo asintió, dejando escapar un suspiro—Sí, lo ha sido.—admitió— Pero valió la pena. Hemos logrado mucho en esta gira, y estoy agradecido por haber podido servir a Yamato de esta manera.

Alice le sonrió con orgullo, sintiéndose reconfortada por las palabras de su esposo. Sabía lo importante que era el papel de Daigo como consejero y confidente del sultán, y estaba orgullosa de todo lo que había logrado durante su tiempo en la corte.

—¿Qué me puedes decir de la gira?— Preguntó Alice.

—Muchas cosas.—Declaró Daigo— El sultán, a pesar de no conocer toda la extensión, logró fácilmente entrar con la gente gracias a las mediaciones de los gobernantes de cada provincia.—Comentó— Como bien sabes, lo acompañé en las últimas visitas de las provincias cercanas. He visto de primera mano cómo las políticas del sultán están impactando en la vida de nuestros súbditos.

Alice asintió con interés, sabiendo que las decisiones de Yamato tenían un alcance considerable en todo el imperio.

—Y ¿qué impresión te llevas de todo esto? —preguntó Alice, deseosa de conocer la perspectiva de su esposo.

Daigo reflexionó por un momento antes de responder—He visto que nuestras políticas están teniendo un impacto positivo en muchas áreas.—dijo finalmente— Las reformas en la administración, la inversión en infraestructura y el fomento del comercio están mejorando la calidad de vida de nuestros ciudadanos. Pero también he sido testigo de los desafíos y las dificultades que enfrentan nuestras provincias más remotas, especialmente en términos de seguridad y desarrollo económico.

Alice escuchaba con atención, absorbiendo cada palabra de Daigo mientras él compartía sus observaciones. Sabía que era importante para ella entender completamente la situación en el imperio, especialmente considerando su posición como sultana y su influencia en la corte.

—Es reconfortante saber que las políticas de mi hermano están generando un impacto positivo —comentó Alice.

Daigo asintió—Así es.

—¿Y de Takeru?— Preguntó la rubia—¿Escuchaste algo?

—Sí.—Contestó— Al parecer, algunos se resignaron a aceptar su participación como príncipe luego de anular el fratricidio.

Alice hizo una mueca al escuchar esto.

—Sin embargo, ciertos pashás todavía no están muy de acuerdo con su decisión de hacer que Takeru fuese entrenado en la base militar de jenízaros en Bursa.—Declaró Daigo.

—¿Enserio?— Preguntó la sultana.

El peliverde asintió— El descontento por la participación del príncipe en algunas actividades no ha sido bien decepcionada.— Comentó— O, al menos, por una parte de los pashás de alto rango.

—Bueno, eso es algo que sabemos hace tiempo ¿no?— Musitó Alice— Tú mismo me has dicho que en reuniones ha habido problemas ¿no?

Daigo asintió— Sí, pero, también te he comentado que, hay pashás que, finalmente, han cedido a las decisiones de su majestad debido a su firmeza.

—Sí.

—Sin embargo, algo que me llamó la atención fue cuando estuvimos Tekirdağ.

—¿Por qué?—Preguntó Alice.

—Como bien sabes, el sultán me mandó a llamar para ir a esa provincia, porque es una provincia importante, donde se encuentra viviendo tu hermana Relena junto a su esposo, Rentaro Pashá.

La rubia asintió—Sí, lo sé.

—Un sirviente de mi absoluta confianza me comentó que el sultán habría tenido algunas conversaciones con Rentaro Pashá acerca de Takeru.

—¿A sí?

Daigo asintió— Al parecer, él tampoco está muy convencido de que Takeru sea entrenado por los jenízaros, mucho menos que participe en la guerra o que tenga alguna actividad política.

—Que extraño.—Musitó Alice— Tú me habías dicho que, mi cuñado, siempre en las reuniones previas a la guerra, él estaba callado y simplemente aceptó las órdenes de Yamato.

—Sí, lo hizo.—Respondió el pashá— Pero, no me sorprendería que lo haya hecho porque todo estaba reciente, Yamato recién estaba en el trono y como cuñado del sultán es su deber hacerle las cosas más fáciles frente a los demás Pashás.

Sí, eso era verdad.

—Además, el apremio de la guerra era máximo, porque prácticamente estaba a las puertas.—Comentó Daigo— No me sorprende que haya preferido contenerse para luego abordar este tema en privado.

Alice asintió, reflexionando sobre las palabras de Daigo. La idea de que Rentaro Pashá podría tener dudas sobre el papel de Takeru en la guerra y en los asuntos políticos la intrigaba profundamente. ¿Por qué alguien tan cercano al sultán expresaría tales preocupaciones?

—Es ciertamente intrigante —musitó Alice, su mente trabajando en busca de respuestas— Pero ¿qué podría significar esto para Takeru? ¿Y cómo afectaría las decisiones del sultán?

Daigo frunció el ceño, sumido en sus propias reflexiones—Es difícil decirlo con certeza.—respondió lentamente—Pero si Rentaro Pashá tiene dudas sobre Takeru, es posible que el sultán reconsidere su posición. Después de todo, Rentaro es un hombre de confianza y su consejo tiene un peso considerable en la corte.

Alice nuevamente asintió, comprendiendo la gravedad de la situación. Si el sultán decidía cambiar de opinión sobre Takeru, podría alterar significativamente el curso de los acontecimientos futuros, tanto en la guerra como en la política interna del imperio otomano.

—Debemos estar atentos a cualquier desarrollo en esta situación.—declaró Alice con determinación— Cualquier movimiento nos podría ayudar para ejecutar mi plan.

Daigo asintió.

Takeru era un príncipe, el cual Yamato perdonó porque era su hermano completo. Ahora quería que tuviese una vida "tranquila" y sin problemas, como todo príncipe, pero eso no debía ser ¡Claro que no! Los demás príncipes cayeron, entre ellos Ryouma, su hermano completo.

¿Por qué Takeru merecía la misericordia de Yamato, si Ryouma y los demás no la tuvieron?


—Yamato.—comenzó Natsuko, su tono firme y decidido— Necesitamos hablar sobre la decisión que has tomado con respecto al salario de Mimi.

Yamato frunció el ceño ante el tono de voz de su madre, ya se imaginaba a que se debía. Lo malo es que, sabía que ella era una figura poderosa en el palacio y que sus opiniones llevaban un peso considerable.

—¿Qué sucede, madre? —preguntó Yamato con cautela, preparándose para lo que vendría a continuación.

Natsuko inhaló profundamente antes de continuar, sus palabras resonando con autoridad.

—Es injusto e inapropiado que hayas decidido aumentar el salario de Mimi a trescientos aspers.—declaró Natsuko con firmeza.

—¿Por qué?

—Porque Mimi no es la concubina principal o la madre del primogénito. Sora lo es. Siempre ha sido una concubina leal y devota durante años, no es justo que Mimi tenga un salario mayor que ella.

Yamato se quedó en silencio por un momento, reflexionando sobre las palabras de su madre. Sabía que Natsuko tenía razón en cuanto a la lealtad de Sora y su contribución al harem.

—Madre, luego de lo que ocurrió es lo mínimo que puedo hacer.—Declaró— No quiero que mis concubinas se sientan desconformes.

Y luego de lo que ocurrió por culpa de ella, Mimi se sentía bastante desconforme, algo que no iba a permitir.

—¡No es justo!

—Madre, tú no vas a decirme que es justo, o que no.—Respondió Yamato— Yo soy el sultán y sé lo que es mejor para mis mujeres.

—Esto no es lo mejor para Sora.

—Bueno, lo hubieras pensado antes de enviarla a ella antes que a Mimi.—Contestó el rubio.

—Acaso ¿hiciste esto para hacerme enojar y vengarte?

—Claro que no.—Respondió Yamato— Solo quise ser justo con la madre de mi hijo.—Explicó.

—¡Sora también es madre de tu hijo!

—Lo sé, pero yo quise que Mimi tenga mejor salario.— Sentenció Yamato—Mi decisión fue basada en consideraciones que van más allá de la antigüedad en el harem. Mimi ha demostrado ser una concubina excepcional en muchos aspectos, y consideré que era justo reconocer su contribución de esta manera.

Natsuko frunció el ceño, sin convencerse por la explicación de su hijo.

—Sora también es una buena concubina, madre de tu hijo, leal y...

—Madre.—Yamato la interrumpió— Por favor, deja de intentar hacerme cambiar de opinión.—Declaró— Yo estimo mucho a Sora, pero en estos minutos decidí privilegiar a Mimi y es mi decisión, no tienes que cuestionarla.—Se cruzó de brazos— Mucho menos demostrar favoritismo por una de mis concubinas, eso habla mal de ti. Como madre sultana deberías permanecer neutral frente a este tipo de cosas.

Natsuko se sintió sorprendida por la firmeza en la voz de su hijo, pero también se sintió herida por sus palabras. Aunque sabía que debía mantener la compostura como madre sultana, no pudo evitar sentirse afectada por la aparente falta de consideración de Yamato hacia Sora y su hijo.

—No es tener favoritismo.—respondió Natsuko, tratando de mantener la calma—Como madre sultana, mi deber es asegurarme de que todo tenga un orden.

Yamato suspiró, consciente de la tensión que había surgido entre ellos. Sabía que había herido los sentimientos de su madre, pero también estaba decidido a mantener su decisión.

—Lo entiendo, madre.—dijo Yamato con sinceridad— Pero es tu deber respetar mi autoridad como sultán. He tomado esta decisión con cuidado y consideración, y creo firmemente que es lo mejor para el harem. Y, como madre sultana, debes aceptarlo.

Natsuko bajó la mirada, sintiendo una mezcla de frustración y resignación. Sabía que no podía cambiar la mente de su hijo, pero no podía evitar preocuparse por las repercusiones de sus acciones en el harem y en la estabilidad del reino.

—Lo siento, Yamato.—murmuró Natsuko, su voz llena de pesar— No quería cuestionar tu autoridad ni causar discordia en el harem. Solo quiero lo mejor para ti y para el harem.

—Bueno, lo mejor para el harem es que, se haga lo que yo ordeno y punto.


—Vaya, vaya...—Musitó Rika— Así que, mi hermano decidió darle un mayor salario a su concubina favorita, antes que a la madre de su primogénito, Sora.

Suzie asintió mientras limaba las uñas de la pelirroja.

—Así es sultana.

—¡Vaya sorpresa!—Comentó Rika— ¿Crees que, Yamato de aquí a un tiempo la prefiera antes que a Sora?

—Puede ser.—Respondió Suzie— Así como no.—Declaró— Depende de muchos factores.—Musitó— Entre ellos, el tema de los hijos. La sultana Sora solo le ha dado un hijo a su majestad y la sultana Mimi poco tiempo demoró en quedar embarazada. Si efectivamente es fértil, un hijo más podría ser un factor clave.

—Ojalá quedase embarazada.—Musitó la pelirroja— Estaría bien que desplace a Sora.

—Usted verdaderamente no soporta a la sultana Sora ¿e?— Musitó Suzie.

—¡Claro que no la soporto!— Exclamó Rika—Esa mujer simplemente se ha encargado en fastidiar.—Comentó— Por culpa de ella y su entrometida boca, mi hermano Kouji tuvo problemas para ascender al trono.—Frunció el ceño.

—¿Usted no culpa a Yamato de eso?

—No.— Respondió la sultana— Yamato es real en las cosas, va de frente y hace todo con sinceridad. Su plan para ascender al trono no requería de difamar a sus hermanos o hacer cosas a base de mentiras, porque esa fue la promesa que se hicieron con Kouji, pelear cuerpo a cuerpo, pero no por detrás, ni con mentiras.—Comentó— Sin embargo, Sora actúo a sus espaldas arruinando mis planes para ayudar a mi hermano.—Musitó— Además, estoy segura de que ella fue la autora de la viruela de la cual Koichi se contagió.

—Ella simplemente quería cuidar a Kiriha.

—Sí, pero no le correspondía participar de esa guerra.—Contestó Rika— La guerra entre Yamato y sus hermanos. No entre una concubina y los hijos un sultán.—Observó sus uñas—Además, ella nunca me ha dado buena espina. Desde que entró en el harem de Yamato me da mala espina.

—¿Por qué?

—Por su forma de ser. Finge ser buena, pero hay algo en ella que jamás me ha dejado tranquila, el hecho que se parezca tanto a la sultana Natsuko provoca que la odie.

—Para variar es su protegida.

—Sí.—Rika rodó los ojos— Me parece bien que llegue una nueva concubina a desafiar la autoridad de ambas.

Ver caer a Natsuko en su propio territorio era algo que ansiaba ver.

—Esperemos que las cosas se den como usted quiere sultana.—Musitó Suzie.

Justo en ese minuto la puerta de los aposentos de la sultana Rika se abrió y en el lugar apareció un hombre de cuarenta años de cabello rubio, ojos grises oscuro, piel pálida. Vestía elegantemente.

—Sultana.— El hombre musitó.

Rika se sorprendió al ver a aquel sujeto y se levantó de su lugar—¿Qué haces aquí Mitsuo Yamaki Pashá?

—Vine a verla esposa mía.—Respondió el pashá— Acabé de regresar de la gira con el sultán y, como es de esperarse, vengo a saludar a mi esposa.

La pelirroja hizo una mueca ante esto.

—Suzie, déjanos a solas.

—Sí mi sultana.—La Kalfa hizo una reverencia y salió del lugar.

Rika observó a su esposo.

—¿No me dará la bienvenida sultana?

—No creo que sea necesario.— Respondió Rika— Después de todo, no estuviste mucho tiempo fuera.

Mitsuo Yamaki Pashá hizo una mueca ante esto.

—Sultana, creo que llegó el tiempo de volver a Hungría.— Comentó— Llevamos tiempo lejos y creo que es lo más apropiado.

—¿Apropiado?— Preguntó la pelirroja— Apropiado es que tú regreses a Hungría, mientras yo me mantenga aquí.—Contestó— Tengo muchas cosas que hacer y para eso necesito estar cerca.

—Mi sultana, entiendo que quiera apoyar a su hermano, pero es momento de volver.—Insistió Mitsuo.

—Mi hermano me dio el permiso de estar todo el tiempo que quiera aquí.—Contestó la pelirroja— Y eso es lo que quiero hacer.

Mitsuo hizo una mueca ante esto, como siempre, Rika quería hacer prevalecer su propia opinión.

—Como mi esposa debería obedecer.

—Soy tu esposa, pero antes de eso, soy una sultana.— Respondió la pelirroja— Puedo hacer lo que a mí me plazca.

—Claro que puede, pero no le haría mal preguntarme antes, después de todo, estamos casados.

—Acaso ¿vas a decirme que no?— preguntó Rika un tanto molesta— Aun sabiendo que el sután quiere que esté aquí.

Mitsuo Yamaki Pashá hizo una mueca y negó— Claro que respetaré las órdenes del sultán. Pero somos un matrimonio. Merezco saber qué hará sultana y que no.

—Bueno, ya sabes que haré.—Respondió— Puedes regresar a nuestra provincia, pero yo me quedaré aquí.

El hombre observó a su esposa un tanto molesto, verdaderamente ansiaba que ella fuera más comunicativa con él.

—Está bien.—Comentó el hombre— Pero, como su esposo, respetaré su opinión sultana...—Se acercó a ella y acarició su mejilla— Sin embargo, como mi esposa, ruego que cumpla sus labores. Si vamos a estar tiempo separados quiero que cumpla sus deberes de esposa.

Rika frunció el ceño ante esto y rápidamente sostuvo por la muñeca a su esposo deteniendo el gesto— Mitsuo Yamaki Pashá.—Pronunció su nombre— Ya te dije que tomé mi decisión.

Hace unos meses, mejor dicho, un año le informó de su decisión de no tener una relación más allá de lo profesional.

—Pero, sultana, usted sabe que para mí es difícil esto.—Respondió— Como mi esposa usted debería cumplir mis deseos de...

—Lo sé, Yamaki, sé que es difícil para ti. Después de todo, eres un hombre.—Contestó Rika— Pero tú bien sabías a que te enfrentabas cuando aceptaste el matrimonio conmigo que te ofreció mi padre.

Él quería poder y un estatus más alto. El cual solo obtendría al casarse con la hija favorita de Hiroaki.

Eso miró en ese minuto, sin embargo, a pesar de que ahora, entre los cuñados del sultán, era el más importante, tenía muchas falencias por el otro lado.

—¿Y un hijo?— Preguntó Mitsuo— ¿No cree que sería bueno agregar un hijo a esta dinastía?

—Yo no soy como las mujeres de este harem que viven a causa de un hijo.— Recordó la pelirroja— No necesito de un hijo para encontrarle un sentido a mi vida.

Mitsuo Yamaki Pashá frunció el ceño, frustrado por la firmeza de su esposa. Sus ojos oscuros reflejaban una mezcla de deseo y desesperación mientras intentaba persuadirla.

—Pero Rika, te necesito.—insistió, con un tono de súplica en su voz— Nuestro matrimonio no puede sobrevivir sin esa intimidad.

Rika apretó la mandíbula, resistiendo la presión de su esposo. Había tomado una decisión hace mucho tiempo y no estaba dispuesta a ceder ahora.

—Lo siento, Mitsuo, pero ya te he dicho que no.—respondió con determinación— Nuestro matrimonio puede ser exitoso sin esa intimidad. Hay otras formas de construir una relación sólida y significativa.

Mitsuo la miró con frustración, sintiendo que estaba atrapado en un callejón sin salida. Había aceptado el matrimonio con Rika con la esperanza de obtener poder y estatus, pero ahora se enfrentaba a la realidad de un matrimonio sin la intimidad física que anhelaba.

Sin embargo, él sabía que, jamás podría volver atrás en esto. El divorcio para personas de tan alto rango no era permitido. Además, su estatus de yerno de la dinastía era algo que no podía perder, aunque tuviera que negarse en otros aspectos.


—Espero que las cosas hayan estado bien en mi ausencia.

Hikari asintió con una sonrisa tranquilizadora, mientras vertía con gracia más té en las tazas.

—Todo estuvo bien, Taichi —respondió ella, con una mirada reflexiva—. Por supuesto, extrañaba tu presencia y tus consejos, pero el palacio continuó su ritmo habitual. Me mantuve ocupada con mis propias responsabilidades y proyectos.

Taichi asintió, agradecido por el hecho de que su ausencia no había causado ninguna interrupción significativa en la vida del palacio.

—Me alegra escuchar eso —dijo, relajándose aún más en los cojines—. ¿Hubo algún evento notable durante mi ausencia?

Hikari reflexionó por un momento antes de responder, recordando los acontecimientos de las últimas semanas.

—Hubo algunas audiencias importantes y reuniones diplomáticas, pero nada fuera de lo común —explicó ella—. La mayoría de los días transcurrieron sin incidentes destacables.

Taichi asintió, satisfecho por la noticia. Apreciaba la estabilidad y la tranquilidad en el palacio, especialmente en su ausencia.

—Me alegra que todo haya transcurrido sin problemas —comentó él, con un suspiro de alivio—. Parece que todo está en orden aquí.

Hikari asintió con una sonrisa, compartiendo el sentimiento de tranquilidad de su hermano.

—Sí, todo está en orden.—confirmó ella— Pero ahora que has regresado, el palacio está completo una vez más.

Taichi sonrió— ¿Y Takeru?— Preguntó.

—¿Takeru?— Hikari se sorprendió ante ese nombre— ¿Por qué me preguntas por él?

—No sé, dime tú...—Comentó el castaño—¿Has tenido noticias de él?

Inevitablemente la joven se colocó nerviosa ante esa pregunta.

—¿Por qué debería saber algo sobre él?— Preguntó—Él está en su entrenamiento ¿no?

Taichi asintió— Sí, lo está...—Respondió— Yamato tenía considerado que participara en una parte de la gira, pero luego se retractó, ya que el líder de los jenízaros aún no da por finalizado su entrenamiento.

—¿A sí?— Hikari preguntó "como si no supiera"

—¿En verdad no lo sabías?

—¿Por qué lo sabría?

Taichi observó a su hermana—¿Él no te ha enviado cartas o algo así?

Hikari negó— No, claro que no, Takeru está en su entrenamiento y yo no he sabido nada él.

—¿Ni siquiera le has preguntado a la sultana madre?

La joven negó— No.—Respondió.

—Es tu amigo ¿no?

—Sí, lo es.—Contestó— Pero tú me dijiste que debía mantenerme lejos ¿no?

Taichi asintió.

—Y eso he hecho.— Declaró Hikari.

Taichi observó a su hermana con una mezcla de orgullo y preocupación. Había sido él quien, en un intento por protegerla, le había aconsejado mantenerse alejada de Takeru y sus asuntos mientras este estuviera inmerso en su entrenamiento como líder de los jenízaros. Aunque en su mente Taichi creía que era lo mejor para Hikari, en su corazón también sentía una pizca de remordimiento por haberla apartado de su amigo.

—Me alegra escuchar eso.—dijo Taichi finalmente, con tono suave pero firme— Sé que no ha sido fácil para ti, pero estoy seguro de que hiciste lo correcto al seguir mi consejo.

Hikari asintió, aunque una sombra de pesar cruzó su rostro. A pesar de su obediencia, Taichi podía percibir la nostalgia que sentía su hermana por la ausencia de su amigo.

—Sé que lo haces por mi bienestar—respondió ella, con una sonrisa forzada—Por eso, intento, en lo posible obedecerte.

—Muy bien.

Taichi le devolvió la sonrisa, reconfortado por las palabras de Hikari pero consciente de que su consejo había causado una brecha en la relación de su hermana con Takeru. Aun así, creía firmemente que la seguridad y el bienestar de Hikari eran lo más importante.

—Siempre te protegeré, Hikari.—declaró Taichi, extendiendo una mano para tomar la de su hermana— Quiero que estés bien.

Hikari asintió, sintiendo el amor y la protección emanando de su hermano mayor.


Mientras tanto en los aposentos del sultán.

Yamato y Mimi se encontraban cenando, ambos disfrutaban de la comida, y el ambiente estaba pacífico...Muy pacífico...¡Como nunca!

El sultán pasó su mirada por la madre de su hijo que estaba cenando en silencio, sin decir palabra, como nunca.

Yamato acarició la mejilla de Mimi— ¿Por qué estás tan callada?

La voz del rubio provocó que la castaña saliera de sus pensamientos.

—¿Sigues enojada?

Mimi suspiró.

—No es enojada, mi sultán.—Respondió— Es simplemente que esta situación me tiene un tanto preocupada y demasiado descolocada, yo lo que menos quería era generar problemas.

—No generaste problemas.—Contestó Yamato— Tú no tuviste la culpa de lo que ocurrió.

Lamentablemente la culpa era de su madre.

Mimi asintió— Sí, pero esta situación me hace sentir incómoda.—Declaró— Creo que, nunca seré aceptada por la sultana madre o respetada por las demás mujeres del harem.

—Mi madre es difícil.—Comentó el rubio— Lamentablemente no le gusta que las cosas se hagan diferente a lo que ella dice.—Suspiró— Pero, no te preocupes por ella, estoy seguro que de aquí a un tiempo te aceptará.

—¿Usted cree?

—¡Claro! Eres la madre de su nieto.—Habló Yamato— Y ella es sultana madre, como sultana madre, es su obligación aceptar lo que yo digo y dar el ejemplo.

—Eso espero...—Mimi suspiró— Pero de igual forma me preocupan las demás mujeres del harem. Ellas no me quieren, ni respetan, ni nada ¡Al contrario! Me odian.

—Que no te importe lo que digan las demás mujeres.—Declaró el oji-azul— Lo único que te debe importar es que mi atención está puesta en ti.

—Me importa, pero esas mujeres, simplemente me molestan.

—Te molestan porque están celosas.—Musitó el sultán— Pero, a ti no te deben importar sus comentarios. Tú eres más importante que ellas. Y tienes toda la autoridad para expulsarlas si no te agradan.

—No quiero expulsarlas.—Murmuró Mimi— Aunque ellas me odien, no soy capaz de hacer semejante maldad, al contrario. Solo quiero que podamos vivir en paz.

—Yo también.— Respondió Yamato.

—Pero con Sora en este harem es imposible.

El sultán hizo una mueca al escuchar el nombre de la madre de su primogénito.

—No mencionemos a Sora ¿sí?

—Es inevitable, después de todo, usted la prefiere a ella antes que a mi.

—No la prefiero antes que ti. Acaso ¿mi regalo de hoy no fue claro?

Mimi sonrió de lado— Agradezco su regalo, pero, frente a los favoritismos de la sultana madre me siento insegura frente a todo y todos. En especial frente a usted.

—No te sientas insegura...—Sentenció Yamato— Eres una sultana, madre de un príncipe. Sin embargo, no basta con eso, para ser sultana, debes sentirte segura en ti misma.—Aconsejó.

Mimi tomó nota mental ante esto.

—Sobre todo en la posición que tú tienes, espero que, puedas ignorar a los demás y pongas tu atención en lo que verdaderamente importa.— Declaró el rubio— Nuestra familia.

—Nuestra familia...—Repitió la castaña— Usted y mi hijo son lo más lindo que tengo.

—Entonces ¿por qué te afecta lo que ocurra con los demás?

Buen punto

—Tiene razón mi sultán.—Comentó Mimi— Haré todo lo posible para ignorar los comentarios de las demás. Y me centraré en mi hijo y en usted.

Yamato asintió— Eso espero.

Mimi sonrió, Yamato se acercó a ella y suavemente unió sus labios en un beso.


~Un mes después~


Una nueva mañana comenzó en el lugar, los primeros rayos del sol comenzaron a filtrarse tímidamente a través de las ventanas, disipando la oscuridad de la noche y llenando las estancias con una cálida luminosidad. El brillo dorado del sol parecía acariciar suavemente las paredes de mármol y los elaborados tapices que adornaban los pasillos del palacio, pintando el ambiente con tonos dorados y ámbar.

El aire estaba impregnado con la frescura de la mañana, mezclado con el suave perfume de las flores que crecían en los jardines del palacio. El susurro suave de la brisa matutina se filtraba por las ventanas abiertas, llevando consigo el canto alegre de los pájaros que revoloteaban entre los árboles.

En las cocinas del palacio, el aroma tentador del desayuno recién preparado flotaba en el aire, invitando a todos a disfrutar de una deliciosa comida para comenzar el día con energía. Los cocineros se movían con gracia y destreza entre los fogones, preparando manjares que satisfarían incluso los paladares más exigentes.

En las amplias salas de audiencia, los consejeros y dignatarios comenzaban a reunirse para las primeras audiencias del día, discutiendo asuntos de estado mientras esperaban la llegada del sultán. La atmósfera estaba cargada de anticipación y actividad, con un zumbido constante de conversaciones y murmullos que llenaba el aire.

En los jardines del palacio, los jardineros trabajaban diligentemente para mantener la belleza de los exuberantes parterres y los senderos bordeados de flores. El sonido suave de las herramientas de jardinería resonaba en el aire, acompañado por el suave murmullo de las fuentes que adornaban los jardines.

En los aposentos las sultanas y sus hijos comenzaban a despertarse, recibiendo los primeros rayos del sol con una sensación de paz y serenidad. La luz dorada inundaba sus habitaciones, llenándolas de calidez y vitalidad mientras se preparaban para enfrentar el día que se extendía ante ellos.

Sin embargo, lo que parecía paz, para Mimi cambió repentinamente, cuando una sensación extraña se hizo presente en ella.

Mimi se despertó repentinamente, sobresaltada por una sensación de malestar en su estómago. Las náuseas la golpearon con fuerza, haciendo que se retorciera ligeramente entre las sábanas de su lujosa cama. Abrió los ojos lentamente, parpadeando con pesadez mientras intentaba entender qué estaba sucediendo.

Un gemido escapó de sus labios mientras una ola de mareo la envolvía, haciéndola cerrar los ojos con fuerza para luchar contra la sensación de vértigo. Se llevó una mano temblorosa a la frente, sintiendo el sudor frío perlado en su piel pálida.

—¿Qué está pasando? —murmuró para sí misma, su voz apenas un susurro en la tranquila habitación.

Con esfuerzo, Mimi se sentó lentamente en la cama, apoyándose en los almohadones para mantener el equilibrio. Las náuseas continuaban retorciendo su estómago, y pudo sentir cómo su palidez se intensificaba mientras luchaba por contener las ganas de vomitar.

Respirando profundamente para tratar de calmar su tumultuoso interior, Mimi se obligó a levantarse de la cama con cuidado. Cada paso era un desafío mientras luchaba contra la debilidad que amenazaba con derribarla.

—Mi sultana ¿qué le ocurre?— Preguntó Airu ingresando al lugar.

—N-no, no lo sé.— Respondió Mimi— Me duele el cuerpo y-y...—Llevó una mano a su boca— Siento nauseas.— Rápidamente se levantó de su cama y agarró una vasija que se encontraba junto a ella, donde generalmente lavaba sus manos.

La escena fue horrible ya que devolvió todo lo que consumió el día anterior. Estuvo así por un buen tiempo hasta que finalmente terminó.

—Mi sultana.— Airu rápidamente tomó una toalla y se la extendió— ¿Está bien?

Mimi negó— Me siento ¡terrible!

La rubia hizo una mueca ante esto.

—¿Quiere que llame a la médica?

—No.—Respondió la castaña— No la llames.

—¿Por qué?— Preguntó la rubia.

—Porque no es necesario.— Contestó Mimi.

Si la madre sultana se enteraba que estaba enferma, probablemente utilizaría aquella excusa para quitarle a su hijo, algo que no podía permitir.

—Estaré bien.

Airu hizo una mueca ante esto.

—¿Llamó a las sirvientas?

—No, gracias.— Respondió la castaña— Necesito dormir un poco más.—Mimi se recostó en la cama verdaderamente desganada.

—Pero, mi sultana, es tarde.

Mimi hizo una mueca: —Estoy agotada, Airu, necesito descansar.

Fue así como por unos cuantos minutos más, la sultana Mimi continúo descansando, intentando recuperar energía. Sin embargo, cuando nuevamente recobró la consciencia y abrió sus ojos, nuevamente sintió la acidez en su boca, lo que provocó que rápidamente se incorporara sobre la cama intentando respirar.

—Mi sultana.— Airu se acercó a ella— ¿Está bien?

—S-sí.— Respondió la castaña mientras respiraba profundo intentando controlar sus ganas de vomitar.

—¿Quiere vomitar nuevamente?

—Necesito respirar.—Contestó Mimi— Abre la ventana por favor.

Fue así como la rubia obedeció y abrió la puerta, mientras Mimi sostenía su frente en su mano, mientras mantenía los ojos cerrados intentando controlar sus nauseas.

La brisa fresca entró por la ventana abierta, trayendo consigo un alivio momentáneo para Mimi. Con cada bocanada de aire puro, las náuseas parecían ceder un poco. Lentamente, la sensación de malestar comenzó a disminuir, aunque aún persistía en su estómago como una sombra inquietante.

—Gracias.—susurró Mimi, sintiendo gratitud hacia su amiga por su rápida acción.

La rubia se acercó con preocupación y colocó una mano reconfortante en el hombro de Mimi. —¿Estás bien? ¿Necesitas algo más?

Mimi asintió débilmente, sintiéndose vulnerable y cansada.

—¿Llamo a la médica?

—No, gracias.— Respondió Mimi— Me siento un poco mejor...—Musitó.

Airu la observó preocupada.

—Por favor, llama a las sirvientas, necesito lavarme.

La rubia asintió— Está bien.

Fue así como Airu llamó a las sirvientas y Mimi, con cero ánimos, y mucho esfuerzo intentó levantarse de su cama, sintiendo el peso de la preocupación y el malestar que la acechaba. A pesar de su debilidad, se obligó a mantener la compostura y seguir adelante con su rutina matutina.

Las sirvientas acudieron rápidamente a su llamado, preparando el baño con agua caliente y esencias aromáticas para ayudar a aliviar la tensión y el cansancio de la sultana. Mientras tanto, Mimi se apoyó en la ayuda de Airu para desvestirse lentamente, sintiendo cada movimiento como un esfuerzo adicional debido a su estado de salud.

Una vez que estuvo lista, Mimi se sumergió en la calidez reconfortante del agua, dejando que el vapor relajante envolviera su cuerpo tenso. Con cada gota que caía sobre su piel, sentía cómo la tensión comenzaba a disiparse, al menos momentáneamente, permitiéndole encontrar un breve respiro en medio de sus preocupaciones.

Después de un tiempo que le pareció eterno, Mimi salió del baño, sintiéndose un poco más renovada y lista para enfrentar el día que se extendía ante ella. Las sirvientas la ayudaron a vestirse con sumo cuidado, seleccionando ropas elegantes que resaltaran su belleza y su posición como sultana.

Luego de esto se dirigió con paso decidido hacia la habitación donde descansaba su pequeño bebé. El corazón de Mimi latía con ternura y anticipación mientras se acercaba a la cuna, anhelando la vista de su precioso hijo.

Al llegar a la cuna, Mimi contempló con adoración al pequeño que dormía plácidamente, envuelto en suaves mantas. Una sonrisa cálida y radiante iluminó el rostro de la sultana mientras observaba con amor al fruto de su amor y dedicación.

Con cuidado y delicadeza, Mimi acarició suavemente la mejilla de su bebé, sintiendo la suavidad de su piel bajo sus dedos. Una oleada de amor maternal la inundó, llenando su corazón de felicidad y gratitud por tener a su hijo en su vida.

—Mi pequeño tesoro.—susurró Mimi con voz suave, inclinándose para depositar un beso tierno en la frente de su bebé.

El bebé murmuró suavemente en respuesta, como si sintiera el amor y la calidez que emanaban de su madre. Mimi permaneció junto a la cuna durante unos momentos más, disfrutando de la tranquilidad y la serenidad que encontraba en la presencia de su hijo.

El pequeño alzó sus brazos. La castaña suavemente lo tomó en sus brazos y besó sus mejillas.

—Buenos días, mi amor.

Airu apareció en el lugar.

—Mi sultana, su desayuno está listo.

—Iré en un momento.—Musitó Mimi mientras tomaba asiento en un sofá y se disponía a amamantar a su hijo como todas las mañanas.

Sin embargo, al posar su pezón en la boca de su bebé, algo llamó su atención.

—¡Oh no!—Exclamó la castaña.

—¿Qué ocurre sultana?— Preguntó Airu.

Mimi sintió una oleada de preocupación y frustración al darse cuenta de que su leche no fluía como de costumbre. Intentó cambiar de pecho una vez más, esperando que eso ayudara, pero la situación no mejoraba.

—Algo está mal, Airu. Mi leche no está bajando como debería.—dijo Mimi, su voz temblorosa con ansiedad.

Airu frunció el ceño, visiblemente preocupada por la situación.

—¿Qué preguntó?—preguntó— Eso no puede ser.

Mimi hizo una mueca y cambió a su hijo de pecho, sin embargo, esto tampoco funcionó.

—No baja mi leche.— Musitó la castaña con preocupación.

—No se preocupe mi sultana.— Respondió Airu—Debe ser porque no ha comido. Vaya a desayunar y luego lo intenta.

Mimi se mordió el labio inferior, esta situación la estaba preocupando. Llevaba días sintiéndose mal ¡y ahora perdía la leche! Esto no era común, luego de que la acusaran de tener una leche "envenenada" y deficiente tomaba muchos remedios que la ayudasen a amamantar a Thomas.

¿Qué le ocurría? Acaso ¿la envenenaron?


+Este capítulo es corto, porque ya se viene lo bueno jajaja

Adrit126: Hola ¡Sí! las cosas se arreglaron, pero otro obstáculo se interpuso ente ellos. De a poco Yamato se va enamorando y el amor va aumentando poco a poco. Bueno aquí podemos ver que Yamato se aburrió un poco de que su madre actúe a sus espaldas. Yamato se está dando cuenta de las cosas. Exacto, como sultán no debe dejar que nadie lo desobedezca y eso hará, de a poco toma carácter. Sí este cambio ha sido agradable jsjsjs pasamos de lo tóxico a lo agradable. Es buen personaje junto a Mimi. Ya veremos que ocurrirá. Ojalá te haya gustado este capítulo. Ojalá sigas leyendo y comentando. Te mando un abrazo a la distancia.

DespinaMoon98: ¡Hola DespinaMoon98! ¡Me alegra mucho que estés sorprendida y agradecida con la rápida actualización! Sí, la madre sultana definitivamente ha dado un giro interesante en esta ocasión. ¡Y tienes razón, Mimi está consolidando su posición como la favorita, lo que seguramente causará tensiones en la corte! Sí, olvidó que alguna vez fue la segunda, pero en este caso le toca estar en la posición de "ella querer gobernar todo" y sabe que teniendo a Sora junto a Yamato podrá hacer más. De nada, hace tiempo quería aclarar el tema de los hermanos de Yamato. Sí, son muchos hijos y mujeres, pero así eran las cosas en ese tiempo. Me alegra que te entusiasme la llegada de Relena y su esposo, tendrán un buen aporte a la trama. Es buena sospecha el tema de la muerte del hermano de Yamato que murió, en algún momento sabremos la verdad, puede que sí y no. Ya veremos qué ocurrirá. Agradezco mucho tu interés en continuar con la narrativa. Si estás disfrutando, te animo a seguir leyendo y compartiendo tus comentarios. ¡Recibe un afectuoso saludo!