—¿Un mausoleo? — Preguntó Mimi mientras mecía a su pequeño hijo— ¿Qué es un mausoleo?
—Es un lugar donde se entierran a los muertos. — Respondió Yoshino mientras sostenía a la pequeña Izumi— Tener un mausoleo significa ser alguien importante, sobre todo si es privado, o de tu propiedad. Mientras más lujoso sea, mejor será, ya que demostrará a futuro tus riquezas y lo importante que fuiste.
—¿Y por qué ese sirviente quiere darle el mausoleo a Sora?—Cuestionó la castaña.
Todo el mundo hablaba de eso.
—Por lo que escuché, el sirviente quería darle un presente a la madre del sultán y a su mujer favorita, le pidió consejo a la madre sultana. — Declaró Yoshino.
—¿Su mujer favorita?— Preguntó Mimi— Yo soy la favorita.
—Pero no la principal.—Comentó la pelirrosa— Conociendo a Natsuko estoy segura de que ella tuvo algo que ver con que el mausoleo fuera para Sora.
Eso no era justo. Ella era la favorita de su majestad. Quizás no era la primera pero ella quería ser la primera.
Mimi analizó estas palabras en su mente. Sora se creía mejor que ella desde que dio a luz a una niña, lo cual no debía ser. Sorprendentemente, Yamato ahora le colocaba más atención que antes, venía mucho más seguido a ver Thomas y a la pequeña Izumi.
Quizás, los pashás no dieron regalos, pero el sultán lleno de riquezas a su pequeña hija.
Sin embargo, que diera a luz a una niña frente a Sora era una "derrota"
Necesitaba demostrarle que no
Sora estaba en su salón, rodeada de lujosos tapices y cojines de seda. Las luces de los candelabros dorados iluminaban su rostro radiante mientras celebraba con sus amigas más cercanas. Miyako, su leal sirvienta, se acercó con una bandeja de dulces exquisitos.
—Mi señora, me alegra mucho ver su felicidad. —Dijo Miyako con una sonrisa, inclinándose respetuosamente.
—Gracias, Miyako. —Respondió Sora, aceptando uno de los dulces y llevándoselo a la boca—. Hoy es un día especial.
—Lo es, mi señora. —Miyako asintió—. Tener un lugar especial en el mausoleo del sultán es un gran honor. Demuestra su importancia y el gran aprecio que su majestad tiene por usted.
Sora sonrió con satisfacción, sus ojos brillando de orgullo.
—Así es. Ahora todo el mundo sabrá quién es realmente la favorita de su majestad. No solo soy su mujer preferida, sino también la más importante. Este mausoleo lo dejará claro para siempre.
Miyako se inclinó de nuevo, sintiendo el peso de las palabras de Sora.
—Mis más sinceras felicitaciones, mi señora. Nadie merece este honor más que usted.
Sora asintió, complacida con las palabras de su sirvienta. Miró alrededor del salón, observando a las mujeres que la rodeaban, todas admirándola y felicitándola.
—Mimi podrá ser la favorita de hoy, pero yo seré recordada por siempre. —Dijo Sora con un aire de triunfo.
—Es lo que mereces, querida.—Musitó Alice— Eres la primera mujer de su majestad, madre de su primogénito y heredero al trono.
Miyako asintió—No solo será recordada por ser la principal en el corazón de su majestad, sino por ser una valide sultan poderosa, ya que es seguro que su hijo le dará más atributos.
—Básicamente este mausoleo es solo el comienzo.
—Eso espero.—Comentó la pelirroja.
Su sueño se resumía en: ser la favorita de Yamato, hacer que Kiriha llegara al trono, acabase con los demás hijos de Yamato y con ello sus rivales caerían.
—No lo esperes, es lo que será.—Musitó Alice— Mi hermano te ama y estoy segura que, su fanatismo por esa esclava acabó con la llegada de su hija.
—Creo que este presente lo dejó claro.—Declaró la kalfa de Sora.
Como debía ser
Hiroaki, el antiguo sultán, dejó de lado a mujeres que le daban hijas ¿por qué Yamato no haría lo mismo con Mimi?
—Solo espero que desde ahora en adelante todo vuelva a ser como antes.—Comentó la pelirroja.
La celebración continuó, llena de risas y brindis. Sora sabía que esta victoria era crucial. No solo para asegurarse un lugar en la historia, sino también para consolidar su posición en el presente. Mientras Mimi pudiera tener la atención momentánea del sultán, Sora tendría un legado eterno.
Yamato y Mimi estaban sentados en el comedor de los aposentos de la castaña, rodeados por la opulencia que caracterizaba su hogar. La luz del sol se filtraba suavemente a través de las cortinas de seda, iluminando la mesa repleta de exquisitos manjares. Yamato, con una sonrisa en el rostro, cortaba un pedazo de carne y lo colocaba en su plato.
—Nuestros hijos están durmiendo profundamente...—comentó Yamato— Al parecer Thomas no ha tenido problemas en adaptarse a su hermana ¿e?
No obtuvo respuesta.
—Bueno, no lo culpo, Izumi...ella es simplemente adorable.—Musitó el oji-azul.
Sin embargo, Mimi continuo en silencio.
—No puedo esperar a verlos crecer.
Mimi, sentada frente a él, apenas levantó la vista de su plato. Jugaba con su comida, empujando los alimentos con el tenedor sin realmente comer.
Yamato frunció el ceño, extrañado por su comportamiento.
—Mimi, ¿me estás escuchando? —preguntó, inclinándose un poco hacia adelante para captar su atención.
Mimi asintió lentamente, pero no dijo nada. Sus pensamientos parecían estar en otro lugar, y su expresión reflejaba una mezcla de frustración y tristeza.
Yamato suspiró, dejando su tenedor a un lado.
—¿Qué sucede, Mimi? Has estado distante todo el día. Si hay algo que te preocupa, por favor, dímelo.
Mimi finalmente levantó la vista, sus ojos encontrándose con los de Yamato. Hubo un largo silencio antes de que ella hablara.
—Estoy un tanto pensativa. — Declaró la castaña.
—¿Pensativa?
Mimi asintió.
—¿Por qué?—Preguntó Yamato— ¿Ocurrió algo?
La castaña hizo una mueca—No...—Comentó— En realidad, sí...—Corrigió.
Yamato alzó una ceja: —¿Sí o no?
Mimi suspiró— Sí.—Respondió.
—¿Qué cosa?
—Nada grave...—Comentó la castaña— Es simplemente que todos en el harem hablan del mausoleo que usted le regalará a Sora.
"El mausoleo que le regalará a Sora"
—Vaya...—Comentó el rubio— Que rápido vuelan las noticias.
Mimi asintió: —Lamentablemente.
—¿Por qué piensas tanto en esto?— Preguntó Yamato.
—¿Qué no es obvio?— Preguntó la castaña—Todos hablan de lo grande que será y la fama que tendrá, porque usted le dará un espacio en su tumba para estar juntos para toda la eternidad.
Yamato frunció el ceño ante la perspectiva que planteaba Mimi. La idea de compartir su eternidad con Sora no era algo que no hubiera considerado antes, pero ahora, con la presión de los rumores y las expectativas del harem, sentía un peso adicional sobre sus hombros.
—Entiendo tus preocupaciones, Mimi —respondió con sinceridad—. Pero el mausoleo es solo un gesto simbólico de respeto hacia Sora. No significa que esté comprometido a compartir la eternidad con ella.
Mimi lo miró con atención, notando la seriedad en sus palabras.
—Lo sé, Yamato —dijo con suavidad—. Pero en el harem, las palabras se interpretan de manera diferente. Y si permites que esos rumores continúen, podrían afectar la percepción de tu relación conmigo y con nuestros hijos.—Comentó—Algunos creen que es una consecuencia por darle una niña.
—Pero ¡qué tontería! — Exclamó Yamato— Yo no haría eso, al contrario, yo estoy feliz con la llegada de Izumi.
—Bueno, no parece…—Comentó Mimi cruzándose de brazos— Usted me promete amor eterno y a la primera que puede le da un regalo de estos a otra.
—No lo hice con intención de molestarte o hacerte sentir mal.—Comentó el rubio— Solamente quise darle un presente a mi concubina principal porque mi madre creyó que era apropiado.
¿Su madre?
Ahora todo tenía sentido.
—Eso no quita que me haga sentir menos.—Comentó Mimi.
—No eres menos.—Yamato tomó su rostro entre sus manos— Eres la madre de dos de mis hijos. Claro que eres importante.
—Eso no piensa el harem...—Respondió la castaña—Y no pensarán las generaciones futuras cuando vean que Sora está siendo elogiada a su lado y no yo.
—Mimi, entiendo tu dolor y tu frustración —dijo con sinceridad, acariciando suavemente la mejilla de Mimi con su pulgar—. Y lamento profundamente cualquier dolor que te haya causado. No quiero que te sientas menospreciada ni olvidada. Eres fundamental en mi vida y en la de nuestros hijos.
Mimi asintió con tristeza, dejando escapar un suspiro resignado.
—Lo sé, Yamato —dijo con voz suave—. Pero a veces es difícil sentirse segura en un lugar donde las percepciones y los rumores pueden influir tanto en nuestras vidas.
—Te prometo que haré todo lo posible para cambiar esas percepciones y proteger nuestra relación —aseguró Yamato, mirándola con determinación—. No quiero que te sientas insegura ni desplazada.— Inclinó su cabeza hacia Mimi y besó sus labios.
Esto pareció no convencer a Mimi, quien simplemente hizo una mueca de disgusto y no correspondió al beso del sultán, al contrario, volteo su mirada hacia la comida y le dio un sorbo a su té.
—¡Ey! No te enojes por estupideces ¿sí? — Yamato besó su mejilla.
—Lo siento, pero no es una estupidez para mí. — Respondió Mimi alejándose de Yamato— No creo que haya sido justo.
Taichi Pashá avanzaba por los pasillos del palacio con pasos decididos. Sus ropas de seda ondeaban suavemente con cada movimiento, y el brillo de las joyas en su turbante reflejaba la luz de las lámparas. Llegó a los aposentos de la sultana Rika y fue recibido por dos guardias que le hicieron una reverencia y le permitieron entrar.
La sultana Rika estaba sentada en un diván, rodeada de cojines de terciopelo y con una expresión pensativa en el rostro. Al ver entrar a Taichi, levantó la vista y esbozó una ligera sonrisa.
—¿Me llamó, sultana? —preguntó Taichi, inclinándose en señal de respeto.
—Sí, Taichi. Necesitaba hablar contigo —respondió Rika, indicando con la mano que se sentara frente a ella.
Taichi se sentó, adoptando una postura atenta. Rika lo observó por un momento antes de continuar.
—He escuchado algunos rumores preocupantes en el harem —comenzó Rika, sus ojos fijos en los de Taichi.
—¿Rumores, mi sultana? —Taichi frunció el ceño, sorprendido—. ¿De qué clase de rumores estamos hablando?
—Se dice que hay un amorío entre Hikari y Takeru —respondió Rika, sin rodeos.
Taichi quedó atónito por un instante, pero rápidamente recuperó la compostura.
—Eso no puede ser cierto, mi sultana.
—Lo es.—Respondió Rika— Ese rumor es a voces en el harem.
¿Qué?...¡Oh no!...Esto no era posible...Esto solo significaba una cosa: Problemas...Que Rika lo supiera era el inicio del fin de su hermana.
—Sultana ¿usted no creerá que?...
—Claro que no quiero creerlo.—Rika lo interrumpió— A través de lo años he aprendido que no todo lo que se dice en el harem es verdadero.—Comentó— Sin embargo, hay cosas que sí...—Murmuró— Debido a la gravedad de la situación fui a preguntarle a mi hermano.
—¿Al sultán?
La pelirroja negó— A Takeru.
—¿A-a sí?— Preguntó el castaño—¿Y qué le dijo?
—Que era mentira.
—¿Y usted le creyó?
—Me gustaría creerle, pero nunca se sabe...— Comentó Rika— Es por eso que te cité aquí.—Declaró— Necesito que me digas si ¿has notado algo extraño entre tu hermana y Takeru?
—¿Algo extraño?
—Ya sabes...—Musitó la pelirroja— Algún acercamiento. Más allá de lo normal. Sé que Hikari y tú son cercanos, estás a cargo de ella, cualquier comportamiento fuera de lo normal tú lo notarias ¿no?
Sí, lo notaria. Y así fue, hace tiempo sospechaba de ellos, pero su hermana le juro que nada ocurría y prefirió creerle, al parecer no fue lo correcto.
No obstante, no podía afirmar esto, debía cubrir a su hermana.
—No he notado algo diferente en su comportamiento.—Declaró Taichi— Al contrario, esta noticia me toma desprevenido, jamás me hubiese imaginado que algo sucedía entre Takeru e Hikari.
—¿Por qué? Porque los conozco a Hikari y Takeru desde hace muchos años. Son amigos cercanos, pero nada más.
Rika mantuvo su mirada penetrante sobre él.
—Algunas veces la amistad puede pasar a algo más.
—Sí, lo sé, pero este no es el caso. Mi hermana conoce muy bien su lugar.
—Comprendo tu lealtad hacia tu hermana, Taichi. Pero estos rumores no deben ser tomados a la ligera. Si llegan a los oídos del sultán, podrían tener consecuencias graves.
—Entiendo tu preocupación, sultana. Pero le aseguro que no hay nada entre ellos. Hikari sabe cuál es su lugar y las responsabilidades que tiene el príncipe Takeru.
Rika suspiró, su expresión suavizándose un poco.
—Aun así, Taichi, los rumores son poderosos. Aunque no haya verdad en ellos, pueden causar estragos. No podemos permitir que el honor de nuestra familia sea manchado por habladurías.
Taichi asintió lentamente, comprendiendo la gravedad de la situación.
—¿Qué sugieres que haga, mi sultana?
—Quiero que vigiles a Hikari de cerca —dijo Rika con firmeza—. Asegúrate de que estos rumores no tengan fundamento. Habla con ella, si es necesario. Debe entender que cualquier desliz, por pequeño que sea, puede ponerla a ella y a toda nuestra familia en una posición difícil.
Taichi asintió de nuevo, su resolución firmándose.
—Lo haré, sultana. Hablaré con Hikari y me aseguraré de que se comporte de manera adecuada. No permitiré que estos rumores se propaguen.
Rika esbozó una ligera sonrisa, satisfecha con la respuesta de Taichi.
—Confío en ti, Taichi. Sé que harás lo correcto.
Taichi se levantó, inclinándose una vez más.
—Gracias, sultana. No te decepcionaré.
Mientras salía de los aposentos de Rika, Taichi sentía el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. Sabía que debía proteger el honor de su familia y asegurarse de que Hikari comprendiera las implicaciones de su comportamiento. Los rumores, aunque infundados, podían ser peligrosos, y no permitiría que nada pusiera en riesgo su posición ni la de su hermana.
Mimi dejó que las esclavas masajearan su espalda, disfrutando del momento de tranquilidad en medio del caos de su mente. El aroma de los aceites esenciales llenaba la habitación, y el suave murmullo de las esclavas trabajando la relajaba. Cerró los ojos, permitiéndose unos momentos de paz.
De repente, sintió unas manos diferentes sobre su espalda. Abrió los ojos y giró la cabeza, sorprendida al ver al sultán Yamato allí, sonriéndole suavemente.
—Yamato —susurró Mimi, tratando de sentarse.
—Shhh, sigue relajándote —dijo Yamato, sus manos expertas reemplazando a las de las esclavas—. Quería pasar un rato contigo.
Mimi se recostó de nuevo, aunque su mente estaba ahora alerta.
—¿Pasaremos la noche juntos? —preguntó Yamato mientras continuaba el masaje.
Mimi suspiró y se incorporó ligeramente, girándose para mirarlo a los ojos.
—No, Yamato. Hoy no.
Yamato la miró con preocupación, dejando de masajear su espalda.
—¿Por qué, Mimi? ¿Qué sucede?
Mimi desvió la mirada, sus manos jugando nerviosamente con la tela de su vestido.
—No tengo ganas —respondió en voz baja.
Yamato sabía que había algo más. Había notado su distancia durante todo el día y entendía que esto estaba relacionado con el tema del mausoleo.
—Mimi —dijo suavemente, tomando su mano—. Sé que esto tiene que ver con Sora y el mausoleo. Pero no debes estar así.
Mimi hizo una mueca—¿Cómo más quiere que esté?
El rubio la tomó por la cintura— ¡Por favor! No puedo creer que enserio te enojes por algo como esto.
—Ya le dije la razón por la cual estoy enojada. — Respondió Mimi— No es justo que construya un mausoleo para ella, cuando yo soy su favorita y madre de sus hijos.
—Ella también es madre de uno de mis hijos.—Comentó Yamato.
—¿Y por eso debe desplazarme a mi?
—Claro que no.—Respondió el oji-azul— Tú tienes un lugar importante en mi vida.
—Sí, pero usted me dijo que me prefería antes que a ella ¿no?
—Mimi eres madre de mis hijos, al igual que ella, ambas son importantes.
—Eso me hace creer que usted no me quiere.— La castaña bajó la mirada.
—¡Ey! Mimi, tranquilízate ¿sí? — Yamato nuevamente la abrazó por la cintura y la atrajo hacia él— Es algo material, no tiene importancia.
—¡Claro que lo tiene! —Respondió la castaña.
El rubio rodó los ojos— Mejor deja de alegar, y aprovechemos que estamos aquí. —Besó su mejilla— Dame un beso.
—No quiero.
—¡Oh, vamos! — Yamato nuevamente besó su mejilla, luego su mentón y comenzó a bajar a su cuello.
Que sensación más embriagadora
Pensó Mimi.
Sobre todo, cuando Yamato comenzó a bajar y quito la toalla de sus pechos.
Hizo una mueca y suavemente depositó su mano en los labios del rubio.
—Lo siento su majestad, pero mientras yo no disfrute del privilegio del mausoleo, usted no podrá disfrutar del privilegio de mi cuerpo. — Sentenció la castaña.
¿Qué? ¿Lo estaba rechazando? ¿Otra vez?
—¿Es broma? ¿verdad?
Mimi negó.
¡Esto no podía ser verdad!
Pensó Yamato.
¿Cuándo una mujer lo rechazó de esta manera?
El recuerdo de sus primeros intentos por estar con Mimi vino a su mente.
¡Rayos! ¿Quién se creía ella para decidir esto?
—Mimi, no puedes…
—¡Sí puedo! — Respondió la castaña seriamente.
—Debes servirme.
—Con gusto le serviría, pero no tengo ganas. — Comentó Mimi mientras acomodaba su ropa.
—Debes servirme. Es una orden.
—Usted dijo que jamás me obligaría a algo ¿no? —Musitó Mimi— Dígame, ahora que soy madre de sus hijos ¿olvidará su promesa?
No, no quería olvidarla. Menos ahora que ella era madre de la mayoría de sus hijos.
—Pe-pero…
—Pero nada. — Mimi hizo una reverencia— Permiso.
Fue así como salió del lugar.
Taichi Pashá caminaba con determinación por los pasillos del palacio, su rostro serio reflejaba la gravedad de la situación. Al llegar a los aposentos de su hermana Hikari, golpeó la puerta con firmeza y esperó a que le permitieran entrar.
Hikari, al verlo, mostró una expresión de sorpresa y preocupación. Sabía que algo estaba mal.
—Taichi, ¿qué ocurre? —preguntó, intentando mantener la calma.
—Necesitamos hablar, Hikari —dijo Taichi con voz dura mientras cerraba la puerta detrás de él.
Hikari asintió y se sentó en un cojín, mirando a su hermano con inquietud.
—La sultana Rika me llamó a sus aposentos para hablarme de ti.
La castaña alzó una ceja sorprendida: —¿Hablarte de mi?— Preguntó confundida.
Taichi asintió—De ti y de Takeru.
¿Qué?
Hikari alzó las cejas sorprendida.
—¿Q-qué te dijo de Takeru y de mi?
—Me dijo que en el harem circulan rumores.
—¿Rumores?
Taichi asintió: —Rumores muy preocupantes sobre ti y Takeru —respondió sin rodeos.
Hikari abrió los ojos en sorpresa y agitó la cabeza rápidamente.
—Todos hablan del amorío clandestino entre el príncipe y tú.
—N-no...—Balbuceo— Eso no es posible.
—Lo es.
—¡Es una mentira!— Se apresuró a decir—No es lo que parece, Taichi. Takeru y yo somos solo amigos. ¡Te lo prometo!
—¿Solo amigos? —replicó Taichi con una mirada severa— Hikari, te advertí sobre esto. Te dije que tenías que ser cuidadosa. ¿Cómo es posible que hayas permitido que estos rumores comiencen?
Hikari bajó la mirada, jugando nerviosamente con los pliegues de su vestido.
—No fue intencional, Taichi. Solo... pasamos tiempo juntos. Nunca pensé que la gente empezaría a hablar de esa manera.
—¡Precisamente eso es lo que deberías haber considerado! —exclamó Taichi, alzando la voz—. En este palacio, cada movimiento, cada palabra, cada gesto es observado y juzgado. No puedes darte el lujo de ser tan descuidada.
Hikari levantó la mirada, sus ojos llenos de lágrimas.
—No hay nada entre Takeru y yo. Lo juro, Taichi. Solo somos amigos. No entiendo por qué la gente tiene que inventar cosas.
Taichi suspiró, sintiendo una mezcla de frustración y preocupación. Se acercó a su hermana y se arrodilló frente a ella, tomando sus manos entre las suyas.
—Hikari, sé que no es justo. Sé que estás diciendo la verdad, pero los rumores pueden ser devastadores, especialmente en nuestra posición. No se trata solo de ti, se trata de nuestra familia, de nuestro honor.
Hikari asintió lentamente, las lágrimas rodando por sus mejillas.
—Lo siento, Taichi. No quería causar problemas.
Taichi apretó sus manos con más fuerza.
—Te he advertido a diestra y siniestra de los problemas que trae involucrarse con Takeru.—Declaró— Pero al parecer no quieres entender.
—Si quiero entender hermano, pero yo...
—Pero nada.—Respondió el mayor— Si estos rumores llegan a oídos de Yamato habrá serios problemas y no puedo permitir que eso ocurra.
Hikari miró a su hermano con desesperación.
—Por favor, Taichi, no es lo que parece. No hay nada entre Takeru y yo, lo juro.
Taichi la miró con una mezcla de pena y determinación.
—Hikari, no me dejas otra opción. Empezaré a buscar un pretendiente para ti. Es la única manera de acallar estos rumores y proteger nuestra familia.
Hikari sintió como si el suelo se desmoronara bajo sus pies. Se arrojó a los pies de su hermano, abrazando sus piernas con desesperación.
—¡No, Taichi, por favor! —suplicó, con lágrimas corriendo por su rostro—. No quiero casarme, no estoy lista. Por favor, no me obligues a esto.
Taichi suspiró, sintiendo una mezcla de frustración y preocupación. Se acercó a su hermana y se arrodilló frente a ella, tomando sus manos entre las suyas, tratando de levantarla, pero Hikari se aferraba con fuerza.
—Hikari, entiende que esto no es solo por ti. Es por el bien de todos nosotros. No quiero verte sufrir, pero debo pensar en el bienestar de la familia.
—¡Te lo ruego, Taichi! —sollozó Hikari—. Dame una oportunidad para demostrar que no hay nada entre Takeru y yo. No quiero casarme con alguien que no amo.
Taichi cerró los ojos, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. Sabía que Hikari no estaba lista para casarse y que esto sería un golpe devastador para ella.
—Hikari —dijo con voz suave, tratando de calmarla—. No quiero hacer esto, pero debes entender que no puedo permitir que estos rumores destruyan nuestra reputación. Te daré una oportunidad, pero debes ser cuidadosa y eliminar los rumores de este amorío entre Takeru y tú. No más saludos, no más risas, no más desayunos ¡ni nada! con Takeru, ni a solas, ni con otros. No quiero saber que estás cerca de él.
Hikari lo miró con esperanza a través de sus lágrimas.
—Lo prometo, Taichi. Seré cuidadosa. No haré nada que pueda ser malinterpretado. Solo dame esta oportunidad.
Taichi la ayudó a levantarse y la abrazó con fuerza.
—Está bien, Hikari. Te daré esta oportunidad. Pero recuerda, no habrá una segunda. Debes demostrar que estos rumores no tienen fundamento.
Hikari asintió, aliviada y agradecida.
—Gracias, Taichi. No te decepcionaré.
Mientras Taichi se alejaba de los aposentos de su hermana, se sentía más tranquilo, aunque la preocupación aún persistía. Sabía que la situación era delicada, pero quería confiar en que Hikari haría todo lo posible para mantener la paz y proteger el honor de su familia...O al menos eso esperaba...De no serlo estaría preparado para lo que pudiese venir.
Buscando un pretendiente adecuado a su hermana
El sol de la tarde se filtraba a través de los ventanales del harem, bañando el lugar con una luz cálida y dorada. Las cortinas de seda ondeaban suavemente con la brisa, y el aroma de flores frescas llenaba el aire. Mimi entraba por uno de los lados del harem, su porte elegante y su expresión serena, aunque sus pensamientos estaban lejos de ser tranquilos. Desde el otro lado, Sora hacía su entrada, sus ojos brillantes y una sonrisa triunfante en el rostro.
Las dos mujeres se encontraron en el centro del harem, y el ambiente se tensó de inmediato. Sora fue la primera en romper el silencio, su voz impregnada de burla.
—Vaya, vaya, si no es la esclava Mimi —dijo Sora, acercándose con una sonrisa sardónica.
—Sultana.— Mimi corrigió—Sultana Mimi.
La pelirroja simplemente sonrió burlona—Ya te gustaría ser una sultana...—Musitó— Puedes tener un príncipe, pero eso no te hace sultana.
La castaña rodó los ojos—¿Has oído las noticias?
Mimi mantuvo su compostura, pero no pudo evitar sentir una punzada de irritación. Sabía exactamente a qué se refería Sora, pero no le daría el gusto de mostrar debilidad.
—¿Noticias? —respondió Mimi con calma—. El palacio siempre está lleno de noticias.
Sora rió suavemente, disfrutando de cada momento.
—Oh, no te hagas la desentendida —replicó, sus ojos brillando con malicia—. Hablo del maravilloso regalo que nuestro amado sultán Yamato me ha concedido. Un mausoleo, nada menos. Es un honor muy grande, ¿no crees?
Mimi apretó los labios, esforzándose por mantener su expresión impasible.
—Sí, es un gran honor —admitió— Lastima que usted no esté a la altura de semejante regalo.
Sora se acercó más, su sonrisa convirtiéndose en una mueca burlona.
—Creo que si lo estoy.—Musitó— ¿No te parece? Después de todo, Yamato debe pensar que soy muy especial para otorgarme tal regalo. Quizás, más especial que tú es seguro... ¿No crees?
Mimi sintió un nudo en el estómago, pero no permitió que su frustración se mostrara en su rostro.
—Yamato también me ha dado regalos.—respondió con voz firme.
—Oh, claro, claro...—dijo Sora— Pero algunos son más valiosos que otros. Después de todo, un mausoleo es un símbolo de importancia y legado. ¿Qué legado dejarás tú, Mimi?
La pregunta quedó en el aire, cargada de veneno. Mimi sintió la tensión aumentar, pero decidió no responder al ataque.
—Mi legado será conocido por quienes realmente importan —dijo finalmente, con voz tranquila—. No necesito recordatorios grandiosos para ser recordada.
—Dudo que sea conocido, después de todo, dudo que algún día llegues a ser importante para Yamato o para el imperio. Después de todo, tu hijo nunca heredará el trono.— Sora rió suavemente—Y luego de dar a luz a una niña es probable que pierdas valor frente a su majestad.
—Eso no ocurrirá.
—Creo que esta es la muestra de que tengo razón, después de todo, prefirió darme el mausoleo a mi antes que a ti.— Comentó la pelirroja.
Mimi apretó el puño furiosa.
—No diga estupideces sultana.
—No las digo. Simplemente te hago despertar.—Comentó Sora— Nunca serás más importante que yo y eso debes saberlo desde ahora.— Dio un paso atrás, satisfecha con la pequeña victoria— Con permiso.
Con esas palabras, Sora se alejó, dejando a Mimi en el centro del harem, tratando de recuperar su compostura. Aunque las palabras de Sora habían dejado una marca, Mimi sabía que debía mantenerse firme. Tenía su propia importancia y valor, y no permitiría que las burlas de Sora la hicieran dudar de sí misma.
La sala del consejo estaba llena de murmullos cuando Yamato se levantó de su asiento. Los ojos de todos se fijaron en él, expectantes. La tensión en el aire era palpable, ya que se había especulado mucho sobre quién sería el nuevo gobernador de Egipto. Yamato, con una expresión serena pero decidida, comenzó a hablar.
—Después de mucha reflexión y consideración —anunció Yamato—, he decidido quién será el nuevo gobernador de Egipto.
El consejo se quedó en silencio, esperando con ansiedad la revelación.
Daigo pasó su mirada por Taichi, era evidente que ambos eran candidatos y tomar esa provincia podría elevar su rango, no obstante, solo uno podía obtenerlo y Daigo quería ser ese.
—Será Rentaro —continuó Yamato—, mi cuñado y esposo de mi hermana Relena.
Un murmullo de sorpresa recorrió la sala. Algunos consejeros asintieron en señal de aprobación, mientras que otros intercambiaron miradas de asombro. Daigo, aunque intentó mantener una expresión neutral, no pudo ocultar del todo su descontento.
Taichi bajó la mirada, el sultán ya le había comentado levemente su decisión, sinceramente estaba feliz, porque no sentía que estuviera en el momento más oportuno para gobernar una provincia.
—Una elección inesperada, pero interesante —comentó Masaru Daimon Pashá, rompiendo el silencio—. Rentaro es conocido por su integridad y su capacidad para gobernar con justicia.
Yamato asintió, satisfecho con el apoyo.
—Precisamente por eso lo he elegido. Confío en que Rentaro hará un excelente trabajo en Egipto —dijo el sultán con firmeza.
Daigo, esforzándose por mantener la compostura, intervino con una voz aparentemente calmada.
—Una elección interesante, mi señor. Estoy seguro de que Rentaro será un buen gobernador —dijo, aunque sus ojos traicionaban su descontento.
—Mi sultán, como representante de la provincia de Egipto estoy agradecido por presentar un nuevo gobernador.—Declaró Daisuke Pashá— Sin embargo, creo que sería beneficioso para todos si usted mismo fuera a Egipto a presentar al nuevo gobernador.
El rubio se sorprendió ante esto.
—Su presencia consolidaría la elección y mostraría su apoyo incondicional a Rentaro.
—Mi sultán, si me permite, la petición es pertinente.—Declaró Masami Pashá— Su figura demostraría mayor autoridad. Actualmente, solo Daisuke y sus seguidores son los únicos Otomanos que viven en esa provincia, los demás son foráneos, extranjeros, los cuales deben conocer su autoridad.
Taichi asintió— Además, serviría para ordenar la provincia. Rentaro será gobernador, pero usted es la autoridad máxima debe verificar que todo esté acorde a lo que usted quiere.
Yamato reflexionó por un momento, considerando la sugerencia, era un buen punto, después de todo, Egipto era una nueva tierra, pocos súbditos Otomanos que se revelaron contra Joe yacían en esa provincia actualmente.
Asintió con determinación.
—Es una excelente idea, Daisuke Pashá. Iré personalmente a Egipto para presentar a Rentaro como el nuevo gobernador. Quiero que todos sepan que cuenta con mi total respaldo.
La sala del consejo asintió en aprobación, y Yamato se sintió más seguro de su decisión, confiando en que su presencia ayudaría a legitimar el nombramiento de Rentaro y a calmar cualquier disensión. Daigo, aunque frustrado, se mantuvo en silencio, consciente de que debía aceptar la decisión de su sultán.
Hikari entró a la habitación con pasos apresurados, sus ojos reflejaban una mezcla de preocupación y ansiedad que Takeru notó de inmediato. Él estaba sentado junto a la ventana, mirando distraído hacia el horizonte, pero al verla entrar de esa manera, dejó lo que estaba haciendo y se puso de pie de inmediato.
—¿Qué pasa, Hikari? —preguntó con voz suave, aunque en su interior ya se formaba una sospecha.
Hikari se detuvo frente a él, su expresión era seria, y respiraba profundamente, como si estuviera a punto de revelar algo importante.
—Es Taichi... —comenzó a decir, con la voz temblorosa—. Sospecha de nuevo.
Takeru sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era la primera vez que Taichi, el hermano mayor de Hikari, sospechaba algo sobre ellos, pero cada vez que lo hacía, la tensión se volvía insoportable.
—¿Otra vez? —preguntó Takeru, frunciendo el ceño—. ¿Qué pasó esta vez?
—Rika fue a hablar con él —explicó Hikari, bajando la mirada—. Al parecer, los rumores en el harem llegaron hasta sus oídos. Ella pensó que era mejor enfrentarlo y aclarar las cosas antes de que se convirtieran en un escándalo.
Takeru sintió un nudo en el estómago. Rika, siempre tan meticulosa y cautelosa, ahora estaba involucrada. Sabía que eso solo significaba que la situación se estaba saliendo de control. Los rumores en el palacio eran inevitables, pero si habían llegado hasta Taichi, eso significaba que el peligro era inminente.
—¿Qué le dijo Rika exactamente? —preguntó Takeru, tratando de mantener la calma.
—Le mencionó que había murmullos sobre nosotros... sobre que estamos demasiado cerca —Hikari lo miró a los ojos, su rostro estaba lleno de angustia—. Taichi no es tonto, Takeru. Sabe que algo pasa, pero no tiene pruebas. Intenté tranquilizarlo, le pedí una oportunidad para demostrarle que no hay nada de qué preocuparse. Y me la dio... pero no estoy convencida de que realmente me crea. Lo veo en su mirada, desconfía de mí.
Takeru sintió un vacío en el pecho al escuchar esto. Sabía que Hikari tenía razón. Taichi era astuto y protector con su hermana. No dejaría que algo como esto pasara desapercibido, y si decidía investigar más a fondo, todo podría derrumbarse.
—Hikari, esto es peligroso —murmuró, preocupado—. Si Taichi sigue sospechando, no sé cuánto más podremos mantener esto en secreto. No podemos permitir que se descubra lo nuestro, no solo por él, sino por todo lo que podría significar para nuestras familias.
Hikari lo miró, su expresión se suavizó por un momento, pero luego volvió a tensarse. Sabía que Takeru tenía razón, pero también sentía el peso de las mentiras sobre sus hombros. Mentirle a Taichi, su propio hermano, era una carga que no sabía cuánto tiempo más podría soportar.
—Takeru, no puedo seguir así... —dijo Hikari en voz baja, temblando ligeramente—. No puedo mentirle a Taichi por más tiempo. Es mi hermano, me conoce demasiado bien. Si sigue presionando, no sé si podré mantener la verdad oculta. No quiero seguir haciendo esto, pero...
Takeru sintió el miedo empezar a apoderarse de él ante las palabras de Hikari. No podía perderla, no de esa manera. La amaba, y aunque sabía que su relación era un riesgo enorme, no podía imaginar un futuro sin ella.
—¿Quieres dejarme? —preguntó Takeru en un susurro, su voz reflejando una mezcla de desesperación y tristeza.
Hikari se quedó en silencio, mirando el suelo mientras su mente se debatía entre el amor que sentía por Takeru y la lealtad que tenía hacia su hermano. No quería perder a ninguno de los dos, pero la situación se estaba volviendo insostenible.
El silencio de Hikari hizo que el corazón de Takeru se encogiera de dolor. Se acercó a ella, tomándola suavemente por los hombros, y la miró directamente a los ojos, buscando algún rastro de esperanza.
—Por favor, no me dejes —dijo Takeru con un tono suplicante, su voz apenas contenía la emoción que lo embargaba—. No sé qué haría sin ti, Hikari. Te amo.
Hikari alzó la mirada, encontrándose con los ojos de Takeru, y vio el dolor y la sinceridad en su rostro. Su corazón se quebraba al ver cuánto le importaba, y a la vez, cuánto daño podría causarles esta relación si salía a la luz.
—Takeru... —murmuró, una lágrima deslizando por su mejilla—. Yo también te amo, pero...
Takeru la interrumpió, acercándose más a ella, con la desesperación reflejada en cada palabra.
—No hay peros, Hikari. Podemos encontrar una manera de seguir con esto, de proteger lo que tenemos. No podemos rendirnos ahora, no después de todo lo que hemos pasado.
Hikari lo miró con dolor, deseando con todo su ser que las cosas fueran diferentes, que no tuvieran que vivir escondidos y temiendo ser descubiertos. Pero sabía que, a pesar de su amor, las consecuencias de ser encontrados serían devastadoras.
—Te prometo que haré lo que sea necesario —continuó Takeru, aferrándose a sus manos con firmeza—. No puedo perderte, Hikari. No ahora, no nunca.
—Takeru, yo no quiero dejarte.—Acarició su mejilla— Jamás pienses que sí.—Declaró—Pero la situación es difícil. No quiero que, por mi culpa, tú corras peligro.
—Jamás correré peligro si estás a mi lado.—Declaró— Al contrario, si estás conmigo, todo es mejor.
—¿Enserio crees eso?
—¡Pues claro!— Exclamó el oji-azul—La única razón por la cual soporté todos estos años de guerra fue porque quiero estar contigo.
Hikari lo miró con los ojos llenos de emoción, conmovida por las palabras de Takeru. Sabía que él siempre había sido sincero con sus sentimientos, pero escuchar de nuevo cuánto significaba para él era un recordatorio de lo profundo de su conexión. Aun así, la incertidumbre y el miedo a lo que podría suceder no desaparecían.
—Takeru... —murmuró ella, su voz temblando ligeramente—, sabes que yo también quiero estar contigo. Eres lo más importante en mi vida, pero no puedo ignorar los riesgos. Taichi no descansará hasta descubrir la verdad, y si lo hace...
—No te preocupes por Taichi, Hikari —interrumpió Takeru—. No dejaré que nos descubra. Siempre hemos sido cuidadosos, y seguiremos siéndolo. No voy a permitir que nada ni nadie nos separe.
Hikari bajó la mirada, sus manos temblaban ligeramente entre las de Takeru. El conflicto interno entre el amor que sentía por él y la lealtad a su hermano la estaba consumiendo. No quería perder a ninguno de los dos, pero sabía que si Taichi descubría lo que había entre ellos, las cosas nunca serían iguales.
—Takeru, no quiero que todo esto acabe en una tragedia —dijo en un susurro, levantando la vista para mirarlo a los ojos—. No quiero que te pase algo malo por mi culpa. No podría soportarlo.
—No pienses así —respondió Takeru con firmeza, acercándose más a ella—. Nada malo va a pasar. Te lo prometo, Hikari. Encontraremos una manera de seguir juntos, de proteger lo que tenemos. Te amo más de lo que puedo expresar, y no voy a dejar que el miedo nos arrebate eso.
Hikari cerró los ojos por un momento, dejando que las palabras de Takeru la envolvieran como una cálida caricia. Sabía que lo amaba con todo su corazón, pero también sabía que las circunstancias en las que vivían no eran favorables. Aun así, en ese instante, la determinación de Takeru la hacía sentir segura, como si realmente pudieran superar cualquier obstáculo juntos.
—Está bien —murmuró ella al fin, abriendo los ojos y encontrándose con la mirada de Takeru—. No te dejaré. Vamos a seguir adelante, pero tenemos que ser más cautelosos que nunca.
Takeru asintió, sonriendo al ver que Hikari aceptaba quedarse a su lado. La abrazó con fuerza, como si con ese gesto pudiera sellar la promesa que ambos acababan de hacer.
—Te amo, Hikari —susurró Takeru contra su oído, acariciando su espalda—. Y no importa lo que pase, siempre estaré contigo.
—Yo también te amo, Takeru —respondió ella con voz suave, aferrándose a él—. Siempre.
En la penumbra de su oficina privada, Yamato, el sultán, estaba sentado detrás de un imponente escritorio de madera oscura, revisando los documentos finales antes de su partida. La luz de las velas proyectaba sombras que bailaban en las paredes, creando un ambiente solemne y cargado de silenciosa tensión. Había tomado muchas decisiones en las últimas horas, pero una en particular lo tenía distraído.
Gennai Aga, su sirviente leal, estaba de pie a unos pasos, esperando instrucciones. Gennai siempre había sido un hombre discreto, con una expresión estoica y una postura respetuosa. Sabía leer a su señor mejor que nadie y, en ese momento, percibía la inquietud del sultán.
Yamato levantó la vista, observando a su sirviente con una mezcla de determinación y vulnerabilidad en su mirada.
—Gennai Aga —comenzó Yamato, su tono firme pero cargado de una emoción contenida—. Necesito que lleves un mensaje.
Gennai, con la cabeza ligeramente inclinada en señal de respeto, aguardó en silencio, atento a las palabras de su señor.
—Quiero pasar la noche con Mimi —continuó Yamato, hablando con claridad y sin rodeos—. Ve y hazle saber que la espero en mis aposentos esta noche.
El sirviente asintió, sin sorprenderse, pero con la diligencia que lo caracterizaba.
—Como ordene, mi sultán —respondió Gennai con voz serena, haciendo una leve reverencia—. Me aseguraré de que reciba su mensaje de inmediato.
No habrá pasado mucho tiempo cuando Gennai Aga regresó a los aposentos del sultán con pasos firmes, aunque más lentos de lo habitual, como si cada paso aumentara el peso de la noticia que estaba por dar. Yamato, quien había estado revisando mapas y documentos estratégicos para su viaje a Egipto, levantó la mirada en cuanto sintió la presencia de su sirviente en la habitación.
—¿Ya le diste mi mensaje a Mimi? —preguntó Yamato, con una mezcla de impaciencia y curiosidad.
Gennai Aga asintió, pero había algo en su rostro que inmediatamente puso a Yamato en alerta.
—Sí, mi sultán, le entregué su mensaje —respondió Gennai con voz cautelosa.
Yamato notó el titubeo en la voz de su sirviente y su expresión se tensó.
—¿Y qué dijo? —preguntó el sultán, anticipando la respuesta pero sin imaginar del todo el rechazo.
Gennai bajó la vista un momento antes de hablar, como si buscara las palabras correctas para amortiguar el impacto.
—La sultana Mimi dijo... que no vendrá —contestó finalmente, su tono era cuidadoso, sabiendo que cualquier palabra equivocada podría desencadenar la furia del sultán.
El rostro de Yamato se contrajo en una mezcla de sorpresa e incredulidad. No era común que Mimi rechazara su invitación, y mucho menos sin una razón aparente.
—¿No quiere venir? —repitió Yamato, sus cejas fruncidas, como si no pudiera procesar lo que acababa de escuchar—. ¿Por qué? ¿Qué dijo?
Gennai tragó saliva, manteniendo la compostura mientras buscaba la mejor manera de transmitir el mensaje sin agravar la situación.
—No dio una razón, mi sultán —explicó Gennai con la voz tranquila, pero eligiendo cuidadosamente cada palabra—. Solo dijo... que no vendría.
El aire en la habitación se volvió denso, como si el tiempo se hubiera detenido un instante. La sorpresa inicial de Yamato se transformó en una chispa de enojo, una mezcla de orgullo herido y frustración contenida. No estaba acostumbrado a ser rechazado, y menos aún por Mimi, la mujer que había compartido tanto con él.
—¡Eso es inaceptable! —exclamó Yamato, su voz subiendo de tono mientras golpeaba la mesa con el puño, haciendo que los papeles se desacomodaran—. Ella no puede simplemente decir que no sin ninguna explicación.
Yamato se puso de pie abruptamente, su figura imponente se movió con determinación hacia la puerta. La frustración era palpable en cada paso que daba, y Gennai lo siguió con la mirada, comprendiendo que cualquier intento de calmarlo en ese momento sería en vano.
—Voy a hablar con ella personalmente —declaró Yamato, su voz cargada de autoridad—. No permitiré que se niegue sin darme una razón.
Sin esperar respuesta, Yamato salió de la habitación con pasos rápidos y decididos, dejando atrás a Gennai que permaneció en su lugar, sabiendo que no había nada más que pudiera hacer en ese momento.
El sultán avanzó por los pasillos del palacio con el ceño fruncido, su mente llena de preguntas y su corazón agitado por el rechazo inesperado. La sola idea de que Mimi se negara a verlo lo había golpeado más de lo que quería admitir.
Yamato llegó a los aposentos de Mimi, sus pasos resonando firmes contra los suelos de mármol. No se molestó en golpear la puerta; la empujó bruscamente, permitiendo que se abriera de golpe. El aire en la habitación estaba impregnado de un suave aroma a jazmín, pero la atmósfera rápidamente se tensó ante la presencia imponente y enojada del sultán.
Mimi, quien estaba sentada junto a una ventana con las cortinas semiabiertas, giró su cabeza hacia él. Sus ojos castaños brillaron un instante, sorprendida por la abrupta entrada de Yamato, pero su expresión permaneció fría, distante, una máscara de calma que ocultaba la tormenta de emociones en su interior.
Yamato cruzó la habitación con grandes zancadas, su ceño fruncido y la tensión evidente en su postura. No se detuvo hasta estar frente a ella.
—¿Por qué no quieres pasar la noche conmigo? —preguntó con voz grave, sin rodeos, la frustración evidente en cada palabra.
Mimi lo observó un instante antes de levantarse lentamente, manteniendo la mirada fija en él, sus labios apretados en una fina línea. No respondió de inmediato, pero la frialdad en sus ojos hablaba por sí sola.
—Estoy enojada —dijo finalmente, con una voz suave pero firme, cruzando los brazos sobre su pecho, como si eso le diera fuerza para enfrentarse al hombre que amaba pero que también, en ese momento, era la fuente de su descontento.
Yamato frunció aún más el ceño, sorprendido. Aunque había intuido que algo la molestaba, no esperaba una negativa tan directa, y mucho menos que lo expresara con tal calma.
—¿Enojada? —repitió, tratando de contener su ira—. ¿Por qué?
Mimi lo miró con la misma intensidad, sus ojos ya no mostraban sorpresa, sino una herida oculta detrás de su aparente serenidad.
—Es por el mausoleo —soltó de golpe, su voz quebrándose ligeramente por la frustración—. El mausoleo que le darás a Sora y no a mí.
Yamato parpadeó, momentáneamente atónito por lo que acababa de escuchar. El silencio se apoderó de la habitación durante unos segundos que se sintieron eternos. Sabía que el tema del mausoleo era delicado, pero no había imaginado que sería la causa del rechazo de Mimi.
—¿Eso es? —replicó, su tono bajando aunque aún cargado de incredulidad—. ¿Estás enojada por eso?
Mimi lo miró con furia contenida, los labios tensos, como si cada palabra que saliera de su boca fuera una afrenta.
—¡Por supuesto que lo estoy! —exclamó, dando un paso hacia él, sus manos temblando ligeramente por la intensidad de sus sentimientos—. No es solo un mausoleo, Yamato. Es lo que simboliza. ¿Cómo crees que me hace sentir ver que decides honrar a Sora, la madre de Kiriha, mientras yo, la madre de tus otros hijos, no recibo el mismo respeto?
Yamato la miró, intentando calmarse, pero sus emociones también comenzaban a desbordarse.
—No es una competencia, Mimi —respondió con firmeza—. El mausoleo es solo un gesto de respeto hacia Sora por su posición. Tú sabes cuánto te valoro, a ti y a nuestros hijos. Esto no tiene que ver con tu lugar en mi vida.
Mimi negó, incapaz de aceptar sus palabras tan fácilmente.
La tensión en la habitación era palpable. Yamato, visiblemente frustrado, se acercó aún más a Mimi, acortando la distancia entre ellos. Su mirada era intensa, reflejando su autoridad y el peso de su posición.
—Eres mi concubina, Mimi —dijo con firmeza, su tono autoritario pero tratando de no perder la calma—. Es tu deber y tu obligación estar conmigo cuando te lo ordeno. No deberías negarte a cumplir con lo que te corresponde.
Mimi lo miró sin inmutarse, sus ojos brillando con una mezcla de enojo y tristeza. Ya no era la mujer dulce y dócil que solía ser frente a él. La herida que llevaba dentro por el tema del mausoleo la había cambiado, al menos en ese momento.
—Puede que sea mi obligación —respondió con una calma gélida, pero cada palabra llevaba un filo cortante—, pero no tengo ganas. Hoy, no quiero estar contigo.
Yamato la miró, perplejo por su respuesta. No estaba acostumbrado a esa clase de desafío, y menos viniendo de Mimi. Siempre había sido su refugio, su escape de las complicaciones del palacio. Pero ahora, ella se le estaba resistiendo de una manera inesperada, algo que no sabía cómo manejar.
—¿Qué significa eso? —preguntó, todavía incrédulo—. No es cuestión de querer o no, es tu deber.
Mimi respiró hondo y negó con la cabeza, manteniendo su mirada fija en él.
—Hoy, no me importa el deber —dijo en voz baja pero firme—. No puedo fingir que todo está bien cuando no lo está. No me siento valorada, Yamato. Así que, no, no tengo ganas de cumplir con esa "obligación".
Yamato frunció el ceño ante esto.
—Y si ahora me lo permite...—Caminó Mimi en dirección hacia la cuna de Thomas— Debo hacer dormir a mi hijo.
Yamato se encaminó hacia sus aposento, la rabia aún burbujeando dentro de él mientras pensaba en la negativa de Mimi. No podía entender cómo había tenido el atrevimiento de negarse a pasar la noche con él, su sultán. ¿Desde cuándo una concubina tenía el derecho de decir que no?
La idea lo enfurecía aún más. Mimi había sido su favorita, la madre de sus hijos, pero ahora se preguntaba si había sido un error darle tanto poder, tanta atención. Aquel mausoleo, el centro de todo el conflicto, había sido solo un gesto simbólico hacia Sora, la madre de su primogénito, pero había desencadenado una disputa inesperada.
"¿Por qué debo soportar esto?", se preguntó a sí mismo, su ceño fruncido mientras caminaba. Pensó en ir a los aposentos de Sora, en buscar consuelo en la mujer que siempre había cumplido con sus deberes sin cuestionar sus decisiones. Pero al recordar el mausoleo y cómo todo había comenzado a partir de su decisión de honrar a Sora, se dio cuenta de que ir a verla ahora solo empeoraría las cosas.
No, no podía ceder a esos impulsos.
Mimi no podía dominarlo, ni ninguna otra mujer. Ninguna era imprescindible, ni siquiera Mimi, por más que la había valorado en el pasado. Estaba en su derecho como sultán de buscar consuelo donde quisiera, y si Mimi no lo comprendía, entonces encontraría a alguien más.
De repente, una idea le cruzó la mente: si no quería pasar la noche con las mujeres que ya conocía, entonces sería el momento de buscar una nueva concubina, alguien que no tuviera que ver con el pasado ni con sus problemas actuales. Alguien que solo existiera para satisfacer sus deseos.
Con esa decisión en mente, se dirigió hacia los aposentos de Natsuko, su madre. No tardó en ser anunciado y, al entrar en la habitación de su madre, la encontró sorprendida al verlo.
—Yamato —dijo Natsuko, levantándose lentamente—. ¿Qué haces aquí? ¿Todo está bien?
Yamato la saludó con un beso en la mano, un gesto de respeto que siempre mantenía hacia su madre.
—Madre, necesito que prepares un grupo de mujeres para esta noche —dijo, su tono firme y sin espacio para objeciones—. Quiero elegir una nueva concubina.
Los ojos de Natsuko se agrandaron ante la inesperada petición.
—¿Una nueva concubina? —preguntó, sorprendida—. ¿Qué pasa con Sora? Ella siempre ha sido tu concubina principal.
Yamato negó con la cabeza, aún con la frustración latente.
—No quiero molestar a Sora esta noche —respondió, mirando a su madre con frialdad—. Quiero alguien nueva.
Natsuko lo miró, tratando de leer sus intenciones.
—¿Y qué hay de Mimi? —preguntó, su tono ahora con un matiz de irritación—. ¿Por qué no estás con ella?
La mención de Mimi solo sirvió para avivar el enojo de Yamato.
—No tengo ganas de estar con Mimi. Quiero alguien nueva.
Esa respuesta dejó a Natsuko aún más sorprendida, pero no podía evitar sentirse complacida al ver que su hijo parecía finalmente alejarse de su obsesión por Mimi.
—Así que, finalmente... —dijo, una sonrisa ladeada formándose en sus labios—. Finalmente estás comenzando a darte cuenta de que no debes atarte a una sola mujer. Me alegra escucharlo, hijo.
Yamato mantuvo su expresión seria, sin dejar que su enojo se transformara en algo más. No era un cambio de corazón lo que le guiaba, sino la firme decisión de no dejarse dominar por una concubina que no entendía su lugar.
—Entonces, ¿lo harás? —preguntó con tono autoritario.
—Por supuesto, Yamato —respondió Natsuko, inclinando levemente la cabeza—. Organizaré que las mujeres más adecuadas estén listas para ti esta noche. No te decepcionaré.
Yamato asintió, satisfecho con la respuesta de su madre. Se dio la vuelta, dispuesto a dejarla preparar los detalles mientras él seguía adelante con su decisión de dejar de lado a aquellas que no comprendían su posición. Nadie, ni siquiera Mimi, podía considerarse indispensable en su vida.
~Unas horas más tarde~
Fue así como luego de dar la orden, Natsuko se colocó ¡Manos a la obra! Buscó a las mejores concubinas del harem que cumplieran con los requisitos de joven, seductoras y vírgenes. Apenas estuvo todo listo. Natsuko mandó las concubinas a los aposentos de Yamato.
El sultán estaba sentado en su trono, observando cómo las concubinas bailaban frente a él, sus cuerpos moviéndose con gracia y energía. La música llenaba la sala, suave pero vibrante, y las jóvenes mujeres reían mientras giraban y se contoneaban, sus vestimentas ligeras brillando a la luz de las lámparas de aceite. Todo parecía perfecto; cualquiera en su lugar se habría dejado cautivar por la belleza y la sensualidad del espectáculo.
Pero Yamato no podía concentrarse.
Aunque las mujeres eran jóvenes, atractivas, llenas de vida, algo faltaba. Por más que intentaba disfrutar del momento, su mente regresaba a una sola persona: Mimi.
La danza continuaba frente a sus ojos, pero no importaba cuántas vueltas o sonrisas le ofrecieran las mujeres, ninguna de ellas podía igualar la presencia arrolladora de Mimi. A pesar de que había querido apartarla de su mente, su recuerdo se aferraba a él con una intensidad abrumadora.
Mimi, con su elegancia natural, su mirada seductora, y esos gestos que hacían que cada movimiento suyo pareciera único. Incluso después de dos embarazos, había algo en ella que superaba la belleza de todas las mujeres que danzaban frente a él. No solo eran sus curvas más acentuadas o su porte imponente; era algo más profundo, algo que Yamato no lograba entender del todo.
Mientras veía a las concubinas moverse con destreza, su mente vagaba hacia los recuerdos de Mimi. La forma en que ella se movía era completamente distinta, con una gracia que no dependía del ritmo, sino de una sensualidad que parecía estar grabada en su piel. Recordó cómo su cuerpo había cambiado tras los embarazos, cómo sus curvas se habían acentuado, haciéndola aún más deseable. Ninguna de estas jóvenes podía compararse a esa transformación que Mimi había experimentado, y ese pensamiento lo inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
«¿Acaso estoy enamorado de esa mujer?» Se preguntó, frunciendo el ceño mientras miraba a las danzantes sin realmente verlas. O, peor aún, ¿hechizado por ella? Era como si Mimi tuviera un poder sobre él que ninguna de las otras mujeres lograba tener. Un poder que iba más allá de lo físico, más allá de la simple atracción.
Y esa idea lo enfurecía. ¡No podía permitir que una sola mujer lo dominara de esa manera! Él era el sultán, el hombre más poderoso del imperio. No debía dejarse llevar por los caprichos o los encantos de una concubina, sin importar cuán atractiva o seductora fuera. Y sin embargo, ahí estaba, sentado, incapaz de disfrutar el espectáculo frente a él, porque en su mente solo estaba ella. Mimi, con sus ojos brillantes y su sonrisa desafiante.
Los aplausos lo sacaron de sus pensamientos. Las concubinas habían terminado su baile, y ahora lo miraban, esperando su aprobación. Yamato aplaudió lentamente, pero su mente seguía en otro lugar.
«Mimi está logrando lo que quiere», pensó con amargura. Estaba jugando con su mente, con sus emociones. ¿Cómo había llegado a esto? Él, que siempre había controlado todo a su alrededor, ahora parecía estar bajo el hechizo de una mujer que, aunque pertenecía a su harén, se sentía más lejana que nunca.
Pero no podía permitirlo. No podía seguir cediendo.
Con un gesto, hizo que las concubinas se retiraran, su mente aún nublada por los recuerdos de Mimi. Sabía que debía resolver ese dilema, pero por ahora, solo le quedaba la incómoda sensación de que, por más que intentara alejarse de ella, Mimi siempre encontraba la manera de estar en el centro de sus pensamientos.
Yamato se encontraba inquieto después de haber presenciado el baile de sus concubinas. A pesar de su esfuerzo por disfrutar de la velada, su mente no dejaba de regresar a un solo nombre: Mimi. Las demás mujeres, por más atractivas que fueran, no lograban disipar el creciente deseo de verla nuevamente. Tras reflexionar un momento, decidió que no había más razones para evitarlo. Iría a verla.
De camino a los aposentos de Mimi, sus pasos resonaban con firmeza por los corredores del palacio. Se preguntaba si todavía estaría enfadada, si el malentendido acerca del mausoleo seguiría rondando entre ellos. Al llegar, fue anunciado rápidamente y, sin esperar una respuesta formal, entró a los aposentos de su concubina favorita.
Mimi, que se encontraba sentada junto a una ventana, leyendo bajo la luz tenue de una lámpara de aceite, levantó la vista al escuchar el sonido de la puerta abriéndose.
—¡Atención! Su majestad sultán Yamato.
Mimi se sorprendió al escuchar esto y al voltear efectivamente. Sus ojos se encontraron con los de Yamato, y aunque su sorpresa fue evidente, no hizo ningún esfuerzo por disimular su incomodidad.
Rápidamente, por protocolo, se colocó en pie.
—Sultán.
—Mimi.—El rubio pronunció su nombre con seriedad.
—¿A qué debo tu visita a estas horas? —preguntó Mimi con una ceja levantada, su tono sutilmente ácido.
Yamato cerró la puerta detrás de él y caminó hacia ella, su rostro mostrando una mezcla de resolución y frustración.
—Vine a ver si aún sigues enojada —respondió él sin rodeos, su mirada fija en la figura de Mimi.
Mimi, aún con el libro entre sus manos, lo cerró lentamente, su mirada intensificándose al ver la seriedad en el rostro del sultán. Aunque estaba molesta, la situación no dejaba de tener un cierto aire de desafío, uno que ella estaba dispuesta a sostener.
—¿Y qué si lo estoy? —replicó con suavidad— No has hecho nada para cambiar las razones de mi enojo.
Yamato se acercó más, reduciendo la distancia entre ellos. Cada paso suyo estaba cargado de autoridad, pero también de deseo. La atracción que sentía por Mimi era innegable, y en ese momento, no podía evitar ser arrastrado por la pasión.
—Mimi, es tu deber estar conmigo cuando lo ordeno —dijo Yamato, intentando mantener la calma, aunque su tono se volvía cada vez más firme.
Mimi lo observó, sus ojos brillando con una mezcla de desafío y coquetería. Aunque estaba molesta, disfrutaba ver que Yamato le rogara por pasar la noche, eso demostraba la posición de poder que tenía sobre él. Sabía que Yamato podía ser el hombre más poderoso del imperio, pero cuando estaban a solas, ella podía controlar la situación a su antojo.
—¿Mi deber? —repitió Mimi en tono de burla— Mi deber es también ser amada y respetada como la madre de tus hijos, no solo obedecerte. Y mientras siga favoreciendo a la sultana Sora con el mausoleo, no volveremos a tener nuestros encuentros. —Su tono era firme, pero sus gestos comenzaban a volverse más sutiles, más peligrosamente seductores.
Yamato frunció el ceño, su enojo visible.
—Pe-pero... —balbuceó el sultán, sin poder creer lo que estaba escuchando— ¡Es tu deber obedecerme! —repitió, y en un gesto instintivo, tomó suavemente el mentón de Mimi con una mano, acercándose a ella.
La distancia entre ellos se redujo a un suspiro. El aliento de Yamato rozaba el rostro de Mimi, pero ella no cedió. Sus ojos, fijos en los de él, mostraban claramente que no sería tan fácil como él esperaba.
—Obedecerte... —repitió Mimi con voz suave, casi como una caricia, pero la frialdad en sus palabras era innegable— Bueno, entonces ese mausoleo que tanto están diseñando debería ser para mí. Solo cuando lo sea, estaré segura de que tu amor por mí es genuino, y solo entonces vendré a tus aposentos.
Mientras hablaba, Mimi dejó que su mano se deslizara con suavidad por el pecho de Yamato, haciendo que cada palabra suya tuviera más peso, más poder. Yamato tragó saliva, la cercanía entre ellos nublando su mente por completo. Pero Mimi no terminó allí. Con una suave pero decidida presión, lo empujó hasta que cayó en el sofá cercano, sorprendido por su audacia.
—¿Me escuchaste, mi sultán? —preguntó Mimi en un susurro, colocándose sobre él, sus manos apoyadas ligeramente sobre las piernas de Yamato, y su rostro a solo centímetros del suyo.
El rubio la miraba, sin poder ocultar cómo la cercanía de ella encendía cada fibra de su ser. Su mente gritaba en conflicto: ¿acaso realmente permitiría que una mujer, incluso Mimi, lo controlara de esta manera? Pero su cuerpo lo traicionaba, cada parte de él respondía a la seducción palpable que Mimi desplegaba con tanta naturalidad.
—Solo si me demuestras tu amor te daré lo que quieres —sentenció ella, con una voz tan suave que contrastaba con el poder que esas palabras llevaban.
Yamato respiró hondo, intentando recuperar algo de control. Pero entonces, las hormonas comenzaron a alborotarse más aún. La delicada piel de Mimi, su pronunciado escote que parecía iluminarse bajo la luz de las lámparas, y la manera en que lo miraba, como si supiera exactamente el efecto que tenía sobre él. Todo ello lo desarmaba.
—Mimi... —murmuró el sultán, incapaz de articular una respuesta que no fuera dominada por el deseo.
Pero Mimi no cedería tan fácilmente. Ella también sabía que, por mucho que Yamato fuera su sultán, esta era una batalla de poder. Y ella estaba decidida a ganarla.
—No más palabras vacías, Yamato —dijo, su tono de voz aún seductor, pero firme—. Hasta que demuestres con hechos lo que significo para ti, no habrá nada entre nosotros.
Yamato la observó en silencio, sus manos temblando ligeramente mientras intentaba tomar una decisión.
Mientras tanto en los aposentos de Alice y Daigo la tensión era máxima.
—¿Qué has dicho Daigo? —preguntó, aunque sabía perfectamente lo que Daigo había dicho. Sus ojos brillaban con una mezcla de ira y resentimiento.
—Dije que Rentaro será el nuevo gobernador de Egipto.—Declaró el peliverde totalmente desespecionado.
—¿Rentaro? ¿El esposo de Relena? ¡No puede ser!
Daigo asintió, cerrando los puños mientras caminaba por el salón. Compartía completamente la furia de su esposa, pero sabía que debían manejarla con cuidado.
—Sí, el propio Yamato lo anunció. Rentaro Pashá será el nuevo gobernador de Egipto —repitió, con una mueca de disgusto.
Alice comenzó a caminar de un lado a otro, incapaz de contener su rabia. Su pecho se agitaba con la respiración entrecortada, mientras intentaba asimilar lo que acababa de escuchar. Toda su vida había sentido que su hermano, el sultán, la menospreciaba, la relegaba a un segundo plano, y ahora esto.
—¡Esto es inaceptable! —gritó Alice, su voz resonando en la sala— Primero debíamos preocuparnos por Taichi ¡Y ahora se suma Rentaro!— Exclamó—¿Por qué él? ¿Por qué Rentaro? Yamato siempre nos ve como inferiores, nos trata como si no fuéramos dignos de nada importante. —Hizo una pausa, frunciendo el ceño— Siempre favoreciendo a otros.
—Yo también creí que sería yo el elegido —agregó Daigo, con un tono amargo—. Creí que este era mi momento, el que me permitiría superar finalmente a Taichi. Pero no. Me equivoqué. Una vez más, Yamato muestra dónde están sus lealtades.
El comentario de Daigo encendió aún más la furia de Alice.
—¿Superar a Taichi? —soltó ella con desdén— Ese hombre ha estado pegado a Yamato como una sombra desde que éramos jóvenes. Intentando ganarse su simpatía para seguir el legado de su padre.— Declaró— Pero ¿Qué tiene Taichi que tú no tengas? Eres más astuto, más capaz, pero siempre es él quien obtiene todo el reconocimiento. Es como si Yamato no viera más allá de su círculo de favoritos.
Daigo se sentó, frotándose las sienes, frustrado.
—Y Rentaro... ¿qué ha hecho para merecer esto? Nada. Es solo el esposo de Relena. Lo único que lo ha puesto en esta posición es su matrimonio con tu hermana, Alice —respondió Daigo, dejando ver claramente su desdén por el nombramiento—. Es ridículo.
—¡Exactamente! —exclamó Alice, deteniéndose de golpe frente a él—. ¿Acaso Yamato cree que porque Rentaro es su cuñado, eso lo convierte automáticamente en alguien digno de gobernar Egipto? Egipto, Daigo. Una de las provincias más importantes del imperio. —Su voz estaba cargada de sarcasmo—. Y nosotros... ¿qué somos para él? ¡Nada!
Daigo miró a Alice, sus labios apretados en una fina línea.
—Para Yamato, no somos más que una extensión incómoda de su familia. No importa cuánto trabajemos, cuánto lo apoyemos. Él ya tiene a sus favoritos, y ni tú ni yo estamos en esa lista.
Alice lo miró fijamente, las emociones desbordándose.
—Y lo peor es que ve a Relena como mejor que yo. Primero, Rika y luego Relena... ¿y ahora encima le otorga este honor a su esposo? Es como si quisiera restregarnos en la cara que ella es mejor que yo, que ellos son más importantes que nosotros —dijo Alice con amargura.
Daigo asintió, compartiendo ese sentimiento de inferioridad que ambos habían experimentado a lo largo de los años.
—Tienes razón. Y cada vez que creímos que finalmente seríamos recompensados, Yamato nos vuelve a mostrar que no somos lo suficientemente importantes para él. ¡Demonios, Alice, yo merecía ese puesto más que nadie! —exclamó, su voz llena de frustración—. He servido fielmente, siempre a la sombra de Taichi, esperando mi oportunidad de demostrar mi valía. Y ahora me arrebata la oportunidad para dársela a Rentaro, solo porque está casado con Relena. ¡Es un insulto!
—Y es injusto —agregó Alice, su voz más baja, pero cargada de resentimiento—. Yo siempre he intentado ser una buena hermana para Yamato, pero él nunca lo ha valorado. Siempre es Rika o Relena las que reciben todo su favor, la que puede hacer lo que quiere, sin importar las consecuencias. ¿Y yo? Nada de lo que haga parece importarle. Siempre seré la hermana de Yamato e hija de Hiroaki que nunca fue suficiente.
El silencio que siguió a sus palabras fue denso, cargado de emociones contenidas. Ambos sabían que esta no era la primera vez que Yamato los relegaba a un segundo plano, pero esta vez se sentía diferente. Más doloroso. Más personal.
Daigo se levantó y caminó hacia Alice, colocando una mano sobre su hombro.
—No dejaré que esto se quede así —dijo con firmeza—. Puede que Rentaro haya ganado esta vez, pero no me quedaré de brazos cruzados. Si Yamato cree que puede seguir despreciándonos, está muy equivocado. Encontraremos una manera de demostrar que somos mejores, de una vez por todas.
Alice levantó la vista hacia él, sus ojos aún llenos de ira, pero también de determinación.
—Sí —respondió ella, con la mandíbula apretada—. No podemos permitir que siga tratándonos como si fuéramos invisibles. Si Yamato cree que puede seguir ignorándonos, entonces tendrá que aprender por las malas.
Daigo asintió. Ambos sabían que el desafío estaba planteado. No podían seguir aceptando las decisiones de Yamato sin cuestionarlas, sin luchar por el lugar que creían merecer en el imperio.
+¡Adivinen! Hoy es 18 de Septiembre, para los Chilenos es nuestro día especial, el día de la patria básicamente Y tenemos libre. Así que aproveché para escribir. Espero que les haya gustado.
+Sé que he estado perdida de esta historia un tiempo, pero costó retomar el rumbo, tuve que cuestionarme algunas cosas para que tenga sentido la historia. Además, he estado ocupada y actualizando Revenge, aunque esta semana prefería actualizar esta historia. Espero que les haya gustado.
+No se olviden comentar. Nos vemos en el próximo capítulo.
+Tiren sus apuestas ¿cuánto se demorará Mimi en quedar embarazada de nuevo?
DespinaMoon98: ¡Hola! Disculpa por la tardanza. Pero he estado ocupada. Sin embargo, aquí actualicé, espero que te haya gustado el capítulo. Disculpa ¡de verdad! He tenido muchas cosas y he actualizado Revenge porque tengo muchas escenas que solo debo ordenar (Esa historia la tengo planificada desde hace mucho tiempo) esta historia es diferente. Literalmente debo empezar desde cero. Aun así espero que te haya gustado el capítulo y ojalá sigas comentando que aspectos te parecen relevantes. Te mando un abrazo a la distancia.
Gery: ¡Hola! Sí, no la dejaré del todo, simplemente que de vez en cuando me falta inspiración o tiempo. Pero aquí estoy. Sí, nació la niña, escogí a Izumi para representar a este personaje (aunque estuve a punto de escoger a Rika jajaja) Exacto, muchos se decepcionan de Mimi, pero su posición es complicada. Es subir de estatus y sobrevivir o morir. Aun así su comportamiento no fue el mejor. Sí, el destino de las sultanas de sangre era triste, porque era para salvar a otros. Tienes razón, Mihrimah en la vida real vivió bien con su esposo, pero en la serie fue más difícil exactamente por el tema de la edad. ¡Uh! Buena idea o hipotesis de TaichixIzumi, solo diré que, vas por el camino correcto, como mencionaste Taichi tiene cualidades de Bali Bey y Rustem, pero en esta historia tendrá un rol más como Rustem, lógicamente quitando sus partes malas y dándole toques de Bali Bey. Taichi no será odioso como Rustem, al contrario, será agradable. Habrá un personaje que tendrá el rol de Bali Bey en esta historia pero no daré pistas jsjsjs Sin embargo, como bien dices, la historia no será fiel a la novela. Tendrá unos pequeños toques. Quiero hacer destacar el hecho que Izumi es la hija favorita de Yamato. Estoy de acuerdo contigo en varios puntos. Es verdad que los argumentos de la sultana madre no están mal. Al final del día, Sora sí jugó un papel clave en la ascensión de Yamato al trono. A pesar de lo cuestionable que puedan ser algunas de sus acciones, fue una aliada crucial en un momento decisivo. Entiendo perfectamente tus sentimientos encontrados respecto a Sora. Es un personaje complicado: por un lado, hizo lo que tenía que hacer para sobrevivir y mantener su posición; pero por otro, es difícil ignorar las acciones moralmente ambiguas que tomó para llegar a donde está. Créeme te entiendo ¡y mucho! Yo también era team Mustafá, incluso en la vida real, odio que hablen mal de Maidevran por la novela. Pero bueno. También hay que entender a Mimi. En esa época (y en ese contexto) las mujeres debían hacer lo imposible para obtener y conservar el poder. Es por eso que estoy intentando justificar las acciones de Mimi. No quiero que solo sea un "porque sí" me di el tiempo de explicar el surgimiento del amor entre Yamato y Mimi. Ahora ya veremos como se desarrolla lo demás. (¡Disculpa! He estado super ocupada) Espero que te haya gustado el capítulo. Ojalá sigas comentando y leyendo. Te mandó un abrazo.
+Sigo con la dinámica:
Izumi Mirhimah Sultan
