Yamato estaba sentado en su trono, la imponente sala vacía a su alrededor, pero su mente no lo dejaba en paz. Los ecos de los pasos resonaban en las vastas paredes de mármol, pero él apenas los notaba. Todo lo que podía pensar era en Mimi, su concubina, y el frío rechazo que había recibido de ella. Nunca antes había experimentado algo así. Jamás, en toda su vida como sultán, una mujer se había atrevido a negarse a él, mucho menos a jugar de esa manera con su paciencia.
Su mirada se oscureció mientras se inclinaba ligeramente hacia adelante, los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas bajo su barbilla. Mimi…. Solo pensar en su nombre lo llenaba de una mezcla de frustración y deseo. Había estado esperándola, esperando que su enojo pasara y que volviera a sus brazos, pero ella no cedía. Ni una vez desde aquella última conversación donde ella había dejado clara su postura, dejando a Yamato sumido en una mezcla de confusión y enfado.
Nunca una concubina lo había desafiado de esa forma. Él era el sultán. Su palabra era ley, y cada mujer en su harem había aprendido eso desde el principio. Sin embargo, Mimi parecía estar dispuesta a romper todas las reglas, a retarlo en su propia corte, y lo peor de todo: estaba ganando. Había logrado lo impensable, volviéndolo vulnerable, haciéndolo sentir que, de alguna manera, no tenía el control de la situación.
"¿Cómo se atreve?", pensó con el ceño fruncido, recordando sus palabras, su seductora mirada mientras se negaba a ceder. Siempre fue distinta, reflexionó. Desde el primer momento que la eligió como su concubina, Mimi había sido una combinación de fuego y dulzura. Era diferente de las demás. Tenía algo que lo hacía regresar a ella una y otra vez, algo que no podía encontrar en ninguna otra mujer. Pero esa misma pasión ahora lo estaba destrozando por dentro.
Sus ojos recorrieron la sala vacía y volvió a centrar su atención en el problema. Todo por el maldito mausoleo. Mimi se había enfurecido cuando se enteró de que Sora, la madre de su hijo Kiriha, recibiría el mausoleo que estaba siendo construido. El honor que ella deseaba para sí misma, el que le demostraría públicamente a todos que era la favorita del sultán, había sido otorgado a otra. Desde ese momento, Mimi había comenzado este juego, negándose a ir a sus aposentos, manteniéndolo a distancia, provocando que cada vez que él pensara en ella, lo invadiera una frustración insoportable.
Yamato cerró los ojos, recordando la última vez que había estado con ella. El calor de su piel, la manera en que sus labios lo tentaban, y el modo en que lo hacía sentir vivo. ¿Acaso estaba hechizado por ella? A veces se lo preguntaba. Ninguna otra mujer en el palacio lograba afectarlo de esta manera. Había visto a las concubinas bailar para él, con sus cuerpos jóvenes y llenos de energía, pero nada de eso había logrado borrar la imagen de Mimi de su mente.
Taichi se acercó a Yamato con pasos firmes pero silenciosos, como acostumbraba. Como mano derecha del sultán y su guardaespaldas, siempre estaba pendiente de cada detalle a su alrededor, y hoy no era la excepción. Había observado la tensión en los gestos de Yamato durante toda la mañana. Aunque el sultán intentaba disimularlo, sus movimientos y su mirada lo delataban.
—Majestad, ¿qué sucede? —preguntó Taichi, colocándose junto al trono con una expresión seria y calmada.
Yamato desvió la mirada de la gran sala del trono hacia su amigo y consejero. Su primera reacción fue negar con un gesto de la mano, como si no fuera importante.
—No me sucede nada —respondió con voz seca y firme, como era su costumbre cuando intentaba esconder algo.
Taichi lo observó en silencio por un momento, sus ojos afilados notando cada pequeño signo de incomodidad en Yamato. Habían pasado demasiados años juntos como para que el sultán pudiera ocultar sus emociones ante él.
—Yamato, te conozco desde hace años. Sé cuándo algo te molesta —insistió Taichi, cruzándose de brazos—. Estás distraído, distante... no es la primera vez que lo noto en estos últimos días. Algo te tiene inquieto.
Yamato suspiró, su mirada volviendo a perderse en algún punto de la sala. Sabía que Taichi tenía razón, y aunque su instinto inicial era mantener el asunto en secreto, su confianza en él era tan grande que finalmente decidió hablar.
—No es nada que debas preocuparte —comenzó Yamato, pero inmediatamente se interrumpió al ver la expresión incrédula en el rostro de su guardaespaldas. Sabía que Taichi no lo dejaría escapar tan fácilmente—. Está bien, te lo diré.
Taichi relajó los brazos, aunque su postura seguía siendo alerta. Se acercó un poco más, dispuesto a escuchar lo que su amigo tenía que decir.
—Es Mimi —dijo Yamato finalmente, con un tono de frustración en su voz—. No he podido sacarla de mi cabeza estos días.
Taichi arqueó una ceja. Aunque Mimi era conocida en el palacio por ser la concubina favorita del sultán, no esperaba que algo relacionado con ella estuviera afectando a Yamato de esta manera.
—¿Qué ha hecho? —preguntó, intentando mantener la neutralidad en su voz.
Yamato apretó los puños, como si solo mencionar el tema lo enfureciera nuevamente.
—Me ha estado rechazando, Taichi —dijo con una mezcla de incredulidad y enojo—. Desde que se enteró de que el mausoleo será para Sora, ha jugado conmigo, negándose a venir a mis aposentos, rechazando mis órdenes. Jamás, en todos estos años, una mujer había osado desafiarme así.
Taichi mantuvo su expresión neutral, aunque la sorpresa lo invadía por dentro. Era evidente que este problema con Mimi estaba afectando a Yamato más de lo que él imaginaba. El sultán, tan acostumbrado a tener el control, estaba siendo manipulado por una de sus concubinas, y eso lo estaba consumiendo.
—Nunca pensé que Mimi podría tener ese tipo de poder sobre ti —comentó Taichi, con un tono cuidadoso.
Yamato se levantó de su trono, comenzando a caminar de un lado a otro, su frustración palpable.
—¡Es ridículo! —exclamó, agitando una mano en el aire—. ¡Yo soy el sultán! Nadie debería tener el poder de afectarme de esta manera, mucho menos una concubina. Y, sin embargo, aquí estoy, enfadado, incapaz de concentrarme, todo porque ella se niega a venir a mí.
—Parece que Mimi sabe exactamente lo que está haciendo —observó Taichi, su mirada fija en el sultán—. Sabe que tiene algo que tú deseas, y lo está usando en su favor.
Yamato lo miró con el ceño fruncido, pero sabía que Taichi tenía razón. Mimi no era cualquier mujer. Siempre había sido inteligente, astuta, y conocía mejor que nadie los deseos y debilidades del sultán.
—Lo sé —admitió finalmente Yamato, su tono de voz más calmado—. Pero no puedo dejar que siga jugando conmigo de esta manera. No soy un hombre al que se le pueda manipular tan fácilmente.
Taichi asintió, aunque en su mente sabía que la situación no era tan sencilla. El sultán estaba enredado emocionalmente con Mimi, y eso lo hacía vulnerable de una manera que Taichi no había visto antes.
—Entonces, ¿qué planeas hacer? —preguntó, manteniendo su voz serena.
Yamato se detuvo, mirando a su amigo y guardaespaldas.
—Todavía no lo sé. Pero lo que es seguro es que no puedo seguir permitiendo que una mujer controle mi estado de ánimo. Soy el sultán, Taichi, y debo mantener el control, siempre.
Taichi observó en silencio, comprendiendo la lucha interna que su amigo estaba viviendo. Sabía que Yamato tenía razón, pero también sabía lo peligroso que era para un hombre como él estar tan profundamente enredado en los hilos del amor y la manipulación.
Taichi, al ver la frustración en el rostro de Yamato y la tensión acumulada en su cuerpo, decidió hablar con cuidado, aunque sabía que sus palabras podrían no ser bien recibidas.
—Majestad, con el debido respeto... tal vez lo que necesita es distraerse con otras mujeres. —Sugirió, su tono neutral pero con un toque de cautela—. Sabes que tienes muchas a tu disposición. ¿Por qué dejar que una sola concubina te afecte de esta manera?
Yamato lo miró por un momento, su ceño fruncido, como si esas palabras lo irritaran. Sin embargo, después de unos segundos, suspiró con pesadez y habló, con una honestidad que rara vez mostraba.
—Lo intenté, Taichi. —Admitió, cruzando los brazos y comenzando a caminar nuevamente por la sala del trono—. Hace unos días pedí que me trajeran a algunas jóvenes, mujeres hermosas, llenas de energía... pero no pude. No pude estar con ninguna de ellas.
Taichi lo observó con atención, sintiendo una leve sorpresa ante aquella confesión.
—¿Por qué no? —Preguntó, aunque tenía una sospecha de cuál sería la respuesta.
Yamato hizo una pausa, su mirada volviendo a perderse en algún punto invisible del salón.
—Porque solo pensaba en ella. —Respondió finalmente, con un tono de fastidio—. Solo Mimi estaba en mi cabeza. Es como si... —se interrumpió a sí mismo, como si no quisiera terminar la frase.
Taichi, visiblemente impactado por aquella revelación, dejó que el silencio llenara el espacio por un momento. El hecho de que el sultán no pudiera estar con otras mujeres, cuando siempre había sido capaz de apartar sus sentimientos para cumplir con su rol, era preocupante.
La duda comenzó a germinar en su mente. Sabía que lo que estaba a punto de preguntar podría ser arriesgado, pero no podía evitarlo. Dio un paso hacia adelante, con un aire de prudencia, y lanzó la pregunta que había estado rondando en su mente desde que escuchó la confesión de Yamato.
—Majestad... ¿Es posible que... estés enamorado de Mimi? —Preguntó, su voz cuidadosamente medida, casi como si no quisiera que las palabras resonaran demasiado fuerte.
Yamato se detuvo en seco, girando bruscamente para mirar a Taichi. Sus ojos se abrieron con sorpresa, como si jamás hubiera considerado esa posibilidad hasta que la escuchó salir de la boca de su fiel amigo. El silencio que siguió a la pregunta fue espeso, cargado de emociones contenidas. La palabra "enamorado" parecía casi un insulto en el aire, un concepto que Yamato jamás había permitido que lo definiera. Él era el sultán, el hombre que lo tenía todo bajo control. ¿Cómo era posible que una mujer pudiera afectar su mente y corazón de esa manera?
—¿Enamorado? —Repitió, casi incrédulo, como si la idea le resultara absurda.
Taichi sostuvo su mirada, con seriedad pero sin juzgarlo. Sabía que su pregunta era audaz, pero también sabía que Yamato necesitaba enfrentar esa verdad, si es que era tal.
—Es solo una pregunta —se apresuró a decir Taichi, suavizando el tono—. Pero cuando alguien te afecta de esa manera... cuando no puedes pensar en nadie más, cuando te consume su ausencia... a veces significa más de lo que creemos.
Yamato frunció el ceño, claramente incómodo con la dirección de la conversación. La idea de estar enamorado le resultaba extraña, como si fuera una debilidad que no estaba dispuesto a aceptar. No podía permitirse ser dominado por esos sentimientos, no él, no el sultán.
—No... —negó Yamato, más para convencerse a sí mismo que a Taichi—. No estoy enamorado. Es solo una cuestión de orgullo. Mimi me está desafiando, y no puedo permitirlo. Ninguna mujer me ha desobedecido así antes. Eso es todo.
Taichi asintió lentamente, aunque la duda persistía en su mente. Sabía que Yamato no estaba siendo completamente honesto consigo mismo, pero tampoco podía forzar una verdad que el sultán aún no estaba dispuesto a aceptar.
—Como desees, majestad —respondió finalmente, con una ligera inclinación de cabeza—. Solo espero que encuentres la manera de resolver este asunto antes de que te consuma más de lo que ya lo ha hecho. Si me permite ahora debo retirarme
Así fue como Taichi dejó a Yamato a solas perdido en sus pensamientos.
¿Enamorado?
La idea de que esos sentimientos fueran más profundos de lo que estaba dispuesto a admitir lo inquietaba. ¿Acaso realmente estaba enamorado de ella?
El silencio se instaló una vez más entre ambos, mientras el sultán reflexionaba sobre lo que realmente significaba esa obsesión que no lo dejaba en paz.
Yamato, sentado en su trono, dejó que la pregunta de Taichi se deslizara lentamente por su mente. "¿Enamorado?" Esa palabra resonaba como algo ajeno a él, algo que no encajaba en su vida ni en su posición. Inclinó la cabeza hacia un lado, meditando en la idea, casi con incredulidad. Él era el sultán, el líder absoluto, el hombre que debía estar por encima de todo, incluso de sus propios deseos. El amor, para un hombre como él, siempre había sido visto como una debilidad, un peligro que podía desestabilizar imperios.
El amor era una amenaza.
Así se lo había enseñado su madre, Natsuko, desde pequeño. Ella lo había preparado para el trono, recordándole que un sultán no debía caer en las trampas del corazón. La razón era simple: cuando uno se enamoraba, dejaba de pensar con claridad. El amor hacía que un hombre tomara decisiones erradas, que priorizara lo que no debía. Las emociones debilitaban el juicio y, en su posición, no podía permitirse errores. ¿Cómo podía liderar un imperio si estaba distraído por los encantos de una mujer? Si cedía a ese tipo de debilidad, **otros lo verían como vulnerable, y las traiciones no tardarían en surgir.
Un sultán no puede ser poseído por el amor. El amor te esclaviza, te hace dependiente de otra persona. Natsuko siempre le había dicho que la única lealtad debía ser al poder. Las mujeres eran un recurso en su mundo, una parte de su corte, un símbolo de su estatus, pero nunca más que eso. Un sultán poseía a las mujeres, no al revés. Si permitía que una sola concubina lo controlara, ya no era el sultán, era solo otro hombre débil bajo el encanto de una mujer.
Yamato se reclinó en su trono, recordando las palabras de su madre: "Nunca te encariñes con una sola mujer, Yamato. El amor es para los hombres comunes, no para los sultanes. Tú gobernarás con firmeza, no con el corazón."
¿Cómo podía estar enamorado si no creía en el amor? Era ilógico, impropio de su posición. El amor no podía traerle nada más que problemas. Incluso si, por alguna razón, sentía una atracción más fuerte hacia Mimi, eso no significaba que estaba enamorado. No. El amor era algo para los poetas y los soñadores, para aquellos que podían permitirse el lujo de perderse en fantasías. Pero él era Yamato, el sultán de un imperio. Su deber era proteger su trono, consolidar su poder y asegurar su legado.
Además, enamorarse significaba ser vulnerable, y la vulnerabilidad era peligrosa. Los enemigos siempre estaban esperando una oportunidad para explotar cualquier signo de debilidad. Si él caía bajo el control de Mimi, ¿qué impediría que otros intentaran aprovecharse de esa debilidad? Su imperio podría tambalearse si él no mantenía el control total, si permitía que una mujer influenciara sus decisiones.
No era como si nunca hubiera sentido atracción antes. Había estado con muchas mujeres, muchas concubinas, cada una más hermosa que la otra. Pero ninguna lo había afectado como Mimi. Y ahí estaba el verdadero problema. Su madre siempre había insistido en que las concubinas eran intercambiables, reemplazables. No debía haber una favorita, y mucho menos una que se volviera indispensable. Solo a una mujer Natsuko le dio importancia y esta fue Sora, porque básicamente ella misma preparó a la pelirroja para que fuera su concubina principal, y él con el paso del tiempo se encariñó de ella. Pero jamás le dijo que era amor.
Pero Mimi... Mimi era distinta. Ella sabía cómo afectarlo, cómo meterse bajo su piel. La forma en que se había negado a sus deseos, el modo en que lo manipulaba con su rechazo, lo hacía sentir algo que no estaba acostumbrado a sentir: impotencia. Y eso lo enfurecía. Nunca una mujer lo había rechazado de esa manera, y mucho menos una concubina.
Se levantó del trono y caminó por la sala, sus pasos resonando en la inmensidad de la estancia. Un sultán no puede enamorarse. No podía ser así. El amor haría que olvidara sus responsabilidades, que bajara la guardia. El amor lo haría débil, y la debilidad no tenía lugar en su vida.
Yamato siguió caminando por la sala del trono, sus pasos resonando con fuerza, mientras sus pensamientos se volvieron más oscuros. El amor, esa palabra seguía resonando en su mente, pero no lograba encontrarle sentido en su propia vida. Había algo más, algo que siempre había estado presente, grabado en su memoria desde la infancia: la vida en el harén de su padre, Hiroaki, el antiguo sultán.
Yamato había crecido observando el caos que reinaba en aquel lugar, donde las intrigas, las traiciones y las luchas de poder se entrelazaban con la pasión. Había visto de cerca lo que el amor, o más bien la obsesión, había hecho con su padre. Hiroaki, un hombre que alguna vez había sido firme y fuerte, se había dejado arrastrar por el amor hacia una de sus concubinas, permitiendo que ella se convirtiera en la favorita, eclipsando a las demás. Eso había generado tensiones irreparables en el harén, y con el tiempo, en el propio imperio.
El amor lo había debilitado. El sultán Hiroaki, bajo el hechizo de una mujer, había permitido que las otras concubinas y las facciones de poder dentro del palacio se rebelaran. La mujer por la que había caído había manipulado, sembrando discordia entre los príncipes y la nobleza. Yamato recordaba haber visto con sus propios ojos cómo su madre, Natsuko, luchaba por mantener su posición, cómo había sido testigo de la decadencia de su padre, consumido por sus emociones. Esa debilidad había llevado a Hiroaki a perder el respeto de muchos, lo que al final había facilitado que Yamato ascendiera al trono, aunque no sin una sangrienta lucha interna.
Esos recuerdos eran una lección que nunca había olvidado. El harén de su padre se había convertido en un campo de batalla donde las concubinas se enfrentaban, no solo por el afecto del sultán, sino por el poder y el control. Y todo eso había sido causado por el amor ciego de Hiroaki hacia una mujer que lo había hecho vulnerable. Yamato había jurado que nunca caería en esa trampa.
Sobre todo luego que esa concubina murió, dejando a Hiroaki más débil, todo por perder el amor de una mujer, Rumiko Hatun, la madre de Rika.
Pero entonces, ¿por qué seguía pensando en Mimi? ¿Por qué su mente volvía a ella una y otra vez, como si no pudiera librarse de su imagen?
Por eso su madre siempre le había enseñado que un sultán no podía enamorarse. Natsuko sabía lo que el amor podía hacerle a un hombre poderoso, lo había visto en Hiroaki. El amor había debilitado al sultán anterior, lo había vuelto imprudente y ciego ante las amenazas que crecían a su alrededor. Y Yamato, decidido a no repetir los errores de su padre, había cerrado su corazón, convencido de que la única lealtad que debía tener era hacia su trono.
Sin embargo, aquí estaba ahora, atormentado por los pensamientos de Mimi. La ironía no pasaba desapercibida para él. ¿Era posible que estuviera siguiendo el mismo camino que su padre? ¿Qué tenía Mimi que lo mantenía tan atrapado? Ninguna otra mujer había logrado esto antes. Ninguna otra concubina había sido capaz de rechazarlo y aún así permanecer tan presente en su mente.
Yamato apretó los puños. No, no podía ser amor. No debía ser amor. Él no iba a caer en el mismo error que su padre. El amor lo había llevado a la ruina, y Yamato no iba a repetir la historia. Era una debilidad, y él no podía permitirse ser débil.
Había intentado distraerse con otras mujeres, con otras concubinas, jóvenes y bellas, perfectas en todos los sentidos, pero ninguna lograba sacarlo de esa extraña obsesión por Mimi. Aunque le trajeran a las más bellas del reino, aunque las tuviera bailando ante él, su mente siempre volvía a ella.
"¿Estoy enamorado?", se preguntó de nuevo, pero la respuesta se ahogó en sus recuerdos, en los fantasmas de lo que el amor había hecho en su familia, en el reino de su padre. No podía ser. No debía ser.
Y, sin embargo, la idea seguía carcomiéndolo por dentro, generando un conflicto que no sabía cómo resolver.
Hikari estaba sentada en un rincón del harén, absorta en su trabajo. La luz suave del atardecer iluminaba su lienzo, donde trazaba delicadamente los contornos de un paisaje que capturaba la esencia del palacio. Su mente se concentraba en cada pincelada, creando un mundo donde podía escapar de las realidades que la rodeaban.
De repente, sintió un par de manos cálidas cubrir sus ojos, interrumpiendo su concentración. Una risa suave resonó en su oído.
—¿Quién soy? —preguntó la voz juguetona.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Hikari al reconocer a quien le hacía esa pregunta.
—Takeru —respondió, girándose para mirarlo.
—¡Acierto! —exclamó él, con un brillo en sus ojos que la hizo sentir una oleada de calidez.
Hikari se puso de pie rápidamente, su corazón latiendo más rápido al ver al príncipe. Sin embargo, la alegría se desvaneció un poco cuando recordó la situación.
—¿Qué haces aquí? Sabes que no debemos vernos —dijo, frunciendo el ceño con preocupación.
Takeru encogió los hombros, como si eso no le importara en absoluto.
—Lo sé, pero fue inevitable para mí venir a verte. La necesidad de estar cerca de ti supera cualquier precaución —declaró, sonriendo con confianza.
Hikari miró a su alrededor, asegurándose de que nadie los estuviera observando.
—Es muy peligroso, Takeru —advirtió, sus ojos llenos de seriedad.
Pero Takeru no parecía prestarle atención a sus advertencias. En cambio, se acercó al lienzo, observando el cuadro en el que Hikari estaba trabajando.
—¿Qué estás pintando? —preguntó, inclinándose para ver mejor los colores que había usado.
—Es un paisaje del jardín del palacio —respondió Hikari, sintiendo que la tensión se disipaba un poco—. Quiero capturar la belleza que hay aquí.
—Es impresionante —dijo él, admirando el trabajo de Hikari—. ¿Siempre has sido tan talentosa?
Hikari sonrió, un poco ruborizada por el cumplido. Sin embargo, la preocupación volvió a ella rápidamente.
—Takeru, en serio, no es bueno que estés aquí. Debes irte antes de que alguien te vea —insistió, cruzando los brazos.
Takeru hizo una mueca de desagrado, bromeando.
—¿No es de buena educación echar al príncipe? —dijo, riendo suavemente.
Antes de que Hikari pudiera responder, él se inclinó un poco más y, con un gesto suave, pintó la punta de su nariz con su dedo. Hikari se quedó paralizada por un momento, el corazón acelerándose ante la dulzura del gesto.
—¡Takeru! —exclamó, riendo a la vez que se tocaba la nariz, sintiendo la pintura fresca.
—Es solo un pequeño recordatorio de que siempre estaré aquí —dijo él, su mirada intensa fija en la suya.
Hikari no pudo evitar sonreír, aunque sabía que el momento era efímero. Miró a Takeru con ternura y preocupación a la vez.
—Aún así, deberías irte —reiteró, aunque su voz era más suave, menos estricta.
—Solo un momento más —pidió Takeru, aferrándose a su mano, como si el tiempo se detuviera a su alrededor.
Hikari sintió que su corazón se derretía ante él, pero la realidad de su situación seguía presente, recordándole que su amor tenía un precio alto.
Justo en ese momento, la puerta del salón se abrió con un chirrido, y Rika apareció en el umbral. Al ver a Hikari y Takeru juntos, su expresión pasó de sorpresa a enojo en un instante. Sus ojos se estrecharon mientras se acercaba, sus pasos firmes y decididos.
—¿Qué hacen juntos? —preguntó, su tono de voz cortante.
Hikari se puso nerviosa, pero Takeru mantuvo la calma, respondiendo con una sonrisa nerviosa.
—Solo estábamos hablando, Rika —dijo él, intentando suavizar la tensión en el aire.
—¿Hablando? —repitió Rika, cruzando los brazos con desdén—. No deberías estar aquí, Takeru. Esto es peligroso.
Hikari sintió un escalofrío recorrer su espalda ante la severidad de la mirada de Rika. La tensión era palpable y, a pesar de la alegría que había sentido momentos antes, ahora todo parecía volverse en su contra.
—Rika, yo... —comenzó Hikari, intentando defender su posición.
—¡Silencio! —interrumpió Rika, apuntando hacia Hikari con un dedo firme—. Te ordeno que me dejes a solas con mi hermano. Necesito hablar con él sin que estés aquí.
Hikari miró a Takeru, buscando apoyo en su mirada. Él pareció indeciso, pero finalmente asintió levemente, comprendiendo que la situación no podía prolongarse.
—Está bien, Rika. Solo un momento más —dijo Takeru, dirigiendo su mirada a Hikari—. Volveré a verte pronto, ¿de acuerdo?
Hikari asintió, aunque su corazón se sentía pesado. Sabía que la situación era complicada y que las emociones estaban a flor de piel. Sin embargo, no podía evitar sentir una punzada de tristeza al tener que separarse de él, incluso si solo era por un momento.
Rika no se movió, manteniendo su mirada fija en Takeru, y él sintió la presión de su hermana.
—Gracias, Hikari. Pero ahora ve, no quiero que esto se complique más de lo que ya está —dijo Rika, su tono firme.
Hikari se dio la vuelta lentamente, su corazón latiendo con fuerza mientras caminaba hacia la puerta. Justo antes de salir, se detuvo un instante y miró por encima de su hombro, compartiendo una última mirada con Takeru.
—Ten cuidado —susurró ella antes de salir, cerrando la puerta detrás de ella.
Una vez que Hikari se fue, la atmósfera se volvió tensa entre los dos hermanos. Rika cruzó los brazos, mirando a Takeru con una mezcla de preocupación y enojo.
—No puedes seguir viéndola, Takeru. Sabes que esto es peligroso. Ella no es para ti.
—¿Por qué no? —preguntó Takeru, frunciendo el ceño, sintiendo que la frustración comenzaba a crecer en su interior.
—Tú sabes la razón —respondió Rika, manteniendo la mirada fija en él, su tono lleno de determinación.
Takeru se cruzó de brazos, sintiéndose atrapado entre su lealtad a su familia y sus sentimientos por Hikari. Sabía que su posición como príncipe era inestable; cualquier paso en falso podría traerle problemas con el sultán, y eso lo hacía dudar.
—Te prometí que nada ocurriría entre nosotros —dijo Takeru, intentando calmar la tensión que había crecido entre ellos.
Rika lo miró con desconfianza, su expresión aún severa.
—No deberías temer, Rika. Hikari y yo solo somos amigos. —Se esforzó por sonar convincente, aunque en su interior sabía que la conexión que sentía con Hikari iba más allá de la amistad.
—Esa cercanía no me hace pensar que sean solo amigos —replicó Rika, acercándose un paso más a él, como si quisiera penetrar en su mente y asegurarse de que decía la verdad.
Takeru suspiró, sintiéndose impotente. Sabía que su hermana tenía razón en cierta medida. La línea entre la amistad y algo más podía ser difusa, especialmente en su mundo, donde cada acción tenía consecuencias.
—Te lo prometo, Rika. No hay nada entre nosotros —insistió, y al ver la mirada escéptica de su hermana, se sintió obligado a añadir—. No quiero que esto se complique.
Rika continuó observándolo, su mirada penetrante, como si tratara de leer cada pensamiento que pasaba por su mente. Finalmente, su expresión se suavizó un poco, aunque la preocupación seguía latente en sus ojos.
—Debería ser así, Takeru —dijo ella, su voz más suave pero firme—. Si no es así, yo misma tomaré cartas en el asunto.
Takeru sintió un escalofrío recorrer su espalda ante la amenaza implícita en las palabras de su hermana. Sabía que ella no dudaba en actuar si creía que él estaba en peligro.
—Está bien, lo tendré en cuenta —respondió él, aunque su mente aún divagaba hacia Hikari, preguntándose si realmente podría mantener esa promesa. La conexión entre ellos era cada vez más difícil de ignorar.
Daigo Pashá se encontraba a cierta distancia, oculto tras un pilar del palacio, cuando escuchó la conversación entre Takeru y Rika. Observaba con interés, su mente trabajando rápidamente mientras escuchaba las palabras de su cuñada, las advertencias y promesas que intercambiaban. A medida que las palabras se deslizaban entre ellos, Daigo se sintió cada vez más intrigado y, a la vez, sorprendido por lo que estaba presenciando.
—¿Amigos? —murmuró para sí mismo, una sonrisa astuta asomando en su rostro—. Esto es más que una simple amistad.
Conocía bien las dinámicas del palacio y cómo las relaciones podían ser armas poderosas. La imagen de Takeru, el príncipe, involucrado con Hikari, la joven pintora, era un combustible perfecto para cualquier conflicto que quisiera avivar. Si lograba usar esta información a su favor, podría fortalecer su posición frente a Yamato y su familia.
—Esto puede ser muy útil —pensó Daigo, sintiendo la emoción burbujear en su interior. No solo podría informar a Alice sobre la situación, sino que también podría usar la revelación para provocar tensiones entre los miembros de la familia real.
Al observar a Takeru y Rika separarse, Daigo se sintió satisfecho, imaginando cómo podría manipular la información para hacer que su esposa viera la situación de una manera que le beneficiara. Tal vez podría insinuar que el interés de Takeru por Hikari podría traer problemas para la familia, o quizás incluso plantarle la idea a Alice de que había una amenaza inminente al poder que ella y su hermana tenían.
Mientras se alejaba silenciosamente, Daigo empezó a trazar un plan en su mente, sabiendo que esta situación simplemente alegrarían y ayudarían a Alice. Si lograba encender esa chispa de desconfianza, podría asegurar su lugar en el palacio y quizás incluso ganar más influencia.
—Voy a hablar con Alice —decidió Daigo, sintiendo que la información era un regalo del destino. A medida que se alejaba, la imagen de Takeru y Hikari seguía rondando en su mente, y se prometió a sí mismo que haría todo lo posible para asegurarse de que la situación se desarrollara a su favor.
Yamato se acercó lentamente al balcón con vista al harén, su figura imponente se proyectaba bajo la luz tenue del atardecer. Desde allí, podía ver cómo las mujeres del palacio se preparaban, cada una de ellas entrenando con diligencia para el entretenimiento del sultán. Un grupo practicaba la danza, moviendo sus cuerpos con elegancia y gracia; otras afinaban sus voces para cantar melodías suaves y seductoras. Algunas se concentraban en la lectura de poesía, listas para recitar versos que elogiaban la gloria y el poder del sultán.
Todas eran bellas, perfectas en su juventud y esplendor. Cualquier hombre soñaría con tener tantas opciones a su disposición, tantas mujeres dispuestas a satisfacerle en cuerpo y alma. Pero a pesar de su belleza, de su dedicación y de lo que ofrecían, Yamato no podía pensar en ninguna de ellas.
Su mente estaba atrapada, encadenada a una sola imagen: Mimi.
Apretó el borde del balcón, sus ojos nublados por la confusión y el deseo reprimido. ¿Por qué? ¿Por qué no podía quitársela de la cabeza? Había intentado distraerse, intentado olvidarla, intentado que otras mujeres ocuparan su lugar en su mente, pero no funcionaba. Mimi seguía allí, inamovible, dueña de cada pensamiento suyo.
Yamato cerró los ojos por un momento, inhalando profundamente. ¿Qué era lo que hacía que fuera tan irresistible? Recordaba su mirada, aquella combinación de arrogancia y dulzura que lo desafiaba y seducía al mismo tiempo. Recordaba la forma en que sus labios se curvaban en una sonrisa que parecía saber exactamente el poder que tenía sobre él.
"¿Es esto lo que quiero?", se preguntó, casi con furia. ¿Es su cuerpo lo que tanto deseaba? ¿El placer de verla bajo él, gimiendo suavemente mientras sus cuerpos se unían en una danza de pasión? Solo pensar en ello lo hacía estremecer de deseo, pero también de rabia. Nunca antes había estado tan obsesionado con una mujer, y mucho menos con una concubina que había osado rechazarlo.
Había intentado, en vano, ignorar esa atracción. Había pasado noches en vela, deseando llamarla, ordenarle que acudiera a sus aposentos, solo para sentir su piel bajo sus manos. Pero ella no lo había hecho. Mimi había jugado con él, había desafiado su autoridad al negarse, sabiendo que su rechazo no haría más que alimentarle el deseo.
Yamato golpeó suavemente el borde de piedra del balcón, frustrado consigo mismo. ¿Por qué solo ella? En ese vasto harén, lleno de mujeres jóvenes y hermosas, ninguna lograba despertar en él el mismo fuego. ¿Era amor? No, él no creía en el amor. Había visto cómo esa debilidad había destruido a su padre. Esto no podía ser amor. Solo era un anhelo, un deseo incontrolable de poseerla, de tenerla para él.
"¿Por qué ella?", se preguntaba de nuevo. Su cuerpo reaccionaba solo al pensar en ella, en su piel, en sus labios, en cómo gimoteaba cuando la hacía suya. ¿Era solo eso? ¿Su cuerpo? Yamato se resistía a creer que una mujer pudiera tener tanto poder sobre él, pero allí estaba, una y otra vez, regresando a los mismos pensamientos.
Las demás mujeres del harén no le significaban nada, por más perfectas que fueran. Ninguna tenía la capacidad de trastornar su mente como lo hacía Mimi, y eso lo enfurecía. Se sentía vulnerable, un sentimiento que no podía permitirse como sultán. Se suponía que debía ser fuerte, frío, invulnerable a los encantos de cualquier mujer. Y, sin embargo, ella lo tenía así, consumido por la necesidad.
Yamato abrió los ojos y miró al horizonte. El sol se desvanecía, y la sombra de la noche comenzaba a cubrir el palacio. Pero en su mente, Mimi brillaba más intensamente que cualquier estrella en el cielo.
¿Era eso lo que realmente deseaba? Tenerla bajo él, sometida, gimiendo su nombre. ¿O había algo más?
Yamato caminaba por los jardines del harén, sus pasos resonando sobre los mosaicos de mármol mientras el aroma de flores exóticas llenaba el aire. El sol comenzaba a ponerse, proyectando una luz dorada sobre los coloridos tejidos y las risas que se oían a su alrededor. Sin embargo, su mente no estaba presente en el momento; estaba atrapado en pensamientos de Mimi, su belleza, su desafío, y la decisión de cambiar el mausoleo en su honor.
A medida que avanzaba, se encontró con Sora, su concubina principal, que lo esperaba cerca de una fuente adornada con azulejos brillantes. Sus ojos se iluminaron al verlo, y una sonrisa cálida se dibujó en su rostro.
—¡Yamato! —exclamó Sora, acercándose a él con un movimiento grácil—. Me alegra verte. ¿Cómo te encuentras hoy?
Yamato la miró, intentando enfocar su atención en ella, pero su mente seguía divagando hacia Mimi, y la sombra de su enojo lo envolvía. Aún así, el impulso de mostrar afecto hacia Sora era fuerte.
—Hola, Sora —respondió, su voz un tanto distante, como si las palabras se sintieran vacías.
Sora frunció el ceño, notando su falta de interés, pero con una sonrisa comprensiva, continuó hablando.
—He estado organizando una pequeña celebración para ti esta noche. Espero que te guste la idea. Quiero que sepas lo mucho que te valoro —dijo con dulzura, intentando captar su atención.
Yamato asintió, pero su mente estaba lejos. No podía evitar pensar en cómo se sentía, en cómo la imagen de Mimi lo consumía, y en la tormenta de emociones que sentía por su rechazo. Fue entonces cuando, sin pensarlo, tomó a Sora de la cintura y la atrajo hacia él, sus labios se encontraron con los de ella en un beso impulsivo.
El contacto fue instantáneo, pero en el fondo de su ser, Yamato sintió que algo no encajaba. No había la chispa que solía acompañar esos momentos con Sora. El beso se sentía extraño, casi como si sus labios estuvieran buscando algo que no podían encontrar.
Sora, sorprendida por la repentina acción, cerró los ojos y se dejó llevar, pero cuando Yamato se apartó, ella lo miró con confusión.
—¿Mi sultán? —preguntó, su voz suave pero llena de incertidumbre—. ¿Te encuentras bien?
Yamato se sintió culpable por su comportamiento impulsivo. Se había dejado llevar por el momento, pero en el fondo, sabía que su mente estaba atrapada en otro lugar. Se dio cuenta de que no podía seguir así, tratando de reemplazar a Mimi con Sora, aunque esta lo intentara con tanta devoción.
—Lo siento, Sora —dijo finalmente, su tono más serio—. Solo... estoy distraído.
Sora lo observó con preocupación, pero Yamato se dio la vuelta, deseando alejarse antes de que la confusión se hiciera más evidente. Mientras se alejaba, sintió un vacío en su pecho, como si la conexión que alguna vez compartieron se desvaneciera. En su mente, solo había un nombre que podía llenar ese vacío: Mimi.
Mimi se encontraba en sus aposentos, rodeada por el aroma suave de las flores que adornaban la habitación, pero su mente estaba lejos, atormentada por la decisión de no ceder ante Yamato. La puerta se abrió de golpe y Yoshino Kalfa, una de las sirvientas más cercanas y amiga de Mimi, entró con el ceño fruncido.
—Mimi, ¿qué estás haciendo? —exclamó Yoshino, su voz cargada de preocupación—. ¡Estás haciendo esperar al sultán!
Mimi giró la cabeza, sorprendida por la entrada repentina de su amiga, pero no pudo evitar que una mueca de desdén se formara en su rostro.
—No tengo la intención de ir, Yoshino —respondió Mimi con firmeza, aunque una parte de ella dudaba.
—¿Por qué? —insistió Yoshino, cruzando los brazos—. Sabes que el sultán no es un hombre que tolere ser ignorado. Si sigues así, perderás su favor.
La advertencia de Yoshino caló hondo en el corazón de Mimi. La idea de perder el favor de Yamato la aterraba, pero la rabia que sentía por el mausoleo y su decisión de construirlo para Sora la mantenía firme en su postura.
—No se trata de eso, Yoshino. Se trata de lo que significa. No puedo simplemente hacer como si nada. El mausoleo será para ella, no para mí. —El resentimiento temblaba en su voz, como una corriente oscura que no podía ignorar.
Yoshino dio un paso adelante, su mirada preocupada buscando la de Mimi.
—Lo entiendo, pero piénsalo bien. Eres la madre de sus hijos. Tu posición debería ser fuerte, pero al negarte, te arriesgas a que lo vea como un rechazo. No puedo soportar la idea de que pierdas todo por lo que has luchado.
Mimi sintió un tirón en su pecho ante esas palabras. Era verdad; Yamato había sido un sultán generoso con ella, y aunque había momentos en que lo detestaba por su comportamiento, también había muchos en los que sentía un profundo cariño hacia él. Sin embargo, esa línea era difusa, y no estaba dispuesta a ceder en lo que creía correcto.
—No voy a ceder, Yoshino. No quiero que me vea como una simple concubina que se somete a sus deseos. —Su voz temblaba, pero se mantenía firme—. Quiero que sepa que no estoy dispuesta a aceptar ser menos que lo que merezco.
Yoshino suspiró, frustrada, pero comprendía el sentimiento de su amiga.
—Mimi, está bien tener principios, pero también es necesario ser pragmática. No olvides que el sultán tiene muchas mujeres a su disposición. Agradece que tiene interés en ti.
Mimi apretó los puños, luchando contra sus emociones. La lucha interna era agónica.
—No puedo ser una mujer que se conforma con menos. No lo haré —declaró, aunque su voz era menos segura de lo que hubiera querido.
Yoshino la miró, la compasión en sus ojos.
—Lo sé, pero no puedes jugar con fuego. Si sigues así, podrías quemarte. —Su tono era suave, casi un susurro.
Mimi bajó la mirada, sintiendo una mezcla de rabia y miedo. Pero la verdad era que, a pesar de sus temores, no iba a permitir que Yamato se saliera con la suya.
—Tal vez sea un juego peligroso, pero es un juego que estoy dispuesta a jugar —respondió finalmente, con una voz decidida.
Yoshino la observó, la preocupación aún grabada en su rostro, pero asintió lentamente.
—Solo ten cuidado, sultana Mimi. No quiero perderte en el camino.
Mimi sintió un pequeño alivio en su pecho al escuchar la lealtad de su sirvienta y amiga, pero también una determinación renovada.
—No te preocupes, Yoshino. Esta batalla no ha terminado.
Yoshino se despidió con un leve asentimiento, dejando a Mimi sola en sus pensamientos. La angustia y la rabia seguían latiendo en su interior, pero la decisión de no ceder era más fuerte que nunca.
Yamato se recostó en su cama, cerró los ojos, intentando calmar su mente, pero en lugar de hallar tranquilidad, la imagen de Mimi apareció de inmediato, vívida, imposible de ignorar.
La recordaba con precisión, cada curva, cada detalle de su piel suave y tersa. Su cuerpo era una obra de arte, moldeado con una perfección que parecía casi irreal. Sus pechos, firmes y generosos, siempre parecían desafiar la tela que los cubría, como si anhelaran ser liberados de la ropa que los ocultaba. Las caderas de Mimi, pronunciadas por los embarazos, eran amplias y femeninas, y cada movimiento que hacía parecía diseñado para atraer su atención, para provocarlo, para invitarlo a acercarse más.
Yamato se imaginaba recorriendo su piel con las manos, desde sus delicados hombros hasta sus muslos. Su cuerpo respondía a su toque, estremeciéndose levemente, con una sensualidad que solo ella poseía. Recordó cómo sus pechos se presionaban contra su torso cuando se inclinaba hacia él, y el calor que irradiaba de ella cuando la hacía suya en la intimidad de sus aposentos.
Mimi era todo lo que un hombre podría desear en una mujer. Sus labios carnosos y tentadores, que se curvaban en una sonrisa burlona cuando sabía que tenía el control, parecían pedir a gritos ser besados. Su vientre plano, suave y cálido, se movía de manera hipnótica bajo sus caricias, y el solo hecho de pensar en ese cuerpo tan perfecto lo hacía enloquecer de deseo.
Yamato se encontró apretando los puños, sus pensamientos más oscuros y carnales dominando su mente. Cada detalle de ella lo perseguía, desde la curva de su espalda hasta el aroma de su piel después de haberse bañado en aceites perfumados. Recordó cómo se arqueaba bajo él, la forma en que su pecho subía y bajaba, sus respiraciones entrecortadas mientras él la tomaba con pasión. El calor de su cuerpo lo envolvía, y su mente se llenaba del recuerdo de esos momentos en los que nada más importaba, solo él y ella, unidos en una danza de deseo incontrolable.
¿Cómo podía ser que una mujer lo tuviera así? Se preguntaba, con una mezcla de frustración y lujuria. El cuerpo de Mimi era un imán, y por más que intentaba distraerse con otras concubinas, ninguna podía compararse. Era un hechizo del cual no podía escapar, y mientras más intentaba luchar contra esos pensamientos, más se sumergía en ellos.
Imaginó sus manos deslizando lentamente la seda de su vestido, desnudándola poco a poco, revelando la piel que tanto deseaba. Suavemente recorriendo su cuello, sus clavículas, y bajando por su pecho hasta el centro de su ser. Podía verla estremecerse bajo su toque, mordiéndose los labios como solía hacerlo cuando él la excitaba, sus ojos llenos de deseo. La manera en que su cuerpo respondía a cada caricia era como una melodía perfecta, orquestada solo para él.
Yamato sacudió la cabeza, intentando alejar esos pensamientos. Era absurdo estar tan obsesionado con una mujer que, además, osaba desafiarlo y rechazarlo. Pero por mucho que intentara ignorarlo, la imagen de Mimi seguía invadiendo su mente, sus pensamientos, sus sueños. Ese cuerpo, que tantas veces había poseído, lo atormentaba.
Yamato se detuvo en seco, un instante de claridad atravesó su mente al darse cuenta de lo que estaba sucediendo. La humedad que comenzaba a acumularse en su entrepierna era una traición de su propio cuerpo, un recordatorio tangible de lo que su mente había estado conjurando. Un ardor intenso le subió por el rostro, mezclándose con la frustración que ya sentía.
—¡Maldita sea! —murmuró para sí mismo, apretando los puños con fuerza, intentando contener la oleada de deseo que lo invadía. Era vergonzoso. Un sultán, el hombre más poderoso en el palacio, estaba a merced de sus pensamientos lujuriosos sobre una concubina. Era una posición indignante, una que nunca había imaginado soportar.
Se pasó una mano por el cabello, intentando despejar la confusión en su mente. "Debo ser fuerte", pensó. "No puedo dejar que esto me controle. No puedo dejar que ella tenga ese poder sobre mí." Sin embargo, a medida que lo intentaba, más presente se hacía la imagen de Mimi, su cuerpo, su risa provocativa y esos ojos que parecían invitarlo a seguir deseándola.
El sudor comenzó a acumularse en su frente, y en un intento de aliviar la presión que sentía en su interior, se levantó de su cama y se acercó al borde del balcón, buscando el aire fresco de la noche. Pero incluso el viento suave no podía disipar el calor que se acumulaba en su cuerpo, ese ardor que solo parecía intensificarse con cada pensamiento que pasaba por su mente.
"No puedo seguir así", se dijo, sintiendo que la cordura comenzaba a escaparse. La lucha interna entre su deber como sultán y su deseo por Mimi lo estaba consumiendo. Tenía que actuar. No podía permitir que una mujer lo hiciera sentir así, especialmente una mujer que, a pesar de todo, había decidido negarse a él.
Con un suspiro profundo, dio un paso atrás, tratando de reorganizar sus pensamientos. "Quizás debería probar con otra mujer", pensó, aunque en el fondo sabía que eso era solo un intento vano de salir de su situación actual. Ninguna de las otras mujeres lo excitaba como lo hacía Mimi. La sola idea de tocarlas, de ser tocado por ellas, lo llenaba de desinterés.
Se pasó la mano por la cara, tratando de enfriar su mente ardiente. Debía concentrarse en el deber, en la responsabilidad que tenía como sultán. "Mimi no es más que una concubina", se recordó a sí mismo. "No debería importarme tanto."
Pero la voz en su cabeza, la que lo instaba a seguir deseándola, a seguir pensando en sus curvas y su piel, era más fuerte. A pesar de su rabia y frustración, no podía escapar de la verdad. Yamato estaba, sin duda, atrapado en un deseo profundo y abrumador.
Aún en pie en el balcón, sintió que la frustración se transformaba en un tipo de determinación oscura. Un fuego interno comenzó a arder en su pecho, alimentado por la rabia y el deseo. La imagen de Mimi, desafiante y provocativa, se hizo más vívida en su mente, y una sonrisa sardónica se dibujó en sus labios.
"Cuando vuelva a estar contigo, Mimi," pensó con malevolencia, "te haré gritar de placer. Te haré desearme con la misma intensidad que yo te deseo a ti." La amenaza, aunque formulada en un tono lujurioso, venía acompañada de una promesa de dominio.
"¿Crees que puedes ignorarme? Que puedes rechazarme y quedarte impune?" Yamato se preguntó, dejando que su mente se adentrara en un juego peligroso de pensamientos. "Te haré entender que soy yo quien controla esto. No puedes jugar conmigo y salirte con la tuya." El poder que sentía al imaginarla bajo su control, gimiendo y sucumbiendo a su deseo, le ofrecía una satisfacción innegable.
"Te haré experimentar cada segundo de placer, y cuando lo hagas, recordarás por qué soy el sultán, por qué soy el único que puede hacerte sentir así." La idea lo excitaba, desafiando la frustración que lo había consumido. El pensamiento de Mimi, finalmente cediendo a su deseo, gritando su nombre, fue como un elixir para su ego herido. "Voy a asegurarte que jamás me rechaces de nuevo."
Yamato respiró hondo, sintiendo el poder que le daba esa mentalidad. A medida que se imaginaba a sí mismo llevándola al borde del éxtasis, comenzó a sentirse más seguro. "La próxima vez, Mimi, no tendrás opción. Te haré olvidar a Sora y cada otra preocupación que tengas. Eres mía, y voy a reclamarte de la manera más placentera posible."
Con ese pensamiento dominante ocupando su mente, dio la espalda al balcón, la determinación reemplazando el desasosiego que había sentido. Era hora de recuperar el control, no solo sobre su deseo, sino también sobre su relación con ella. Nada lo detendría.
—¡Taichi! —gritó Yamato, su voz resonando en los lujosos aposentos.
En cuestión de segundos, Taichi apareció en la puerta, con una expresión de preocupación.
—¿Qué sucede, mi sultán? —preguntó, notando de inmediato la tensión en el rostro de Yamato.
Yamato se encontraba de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, su mirada fija en el horizonte a través de la ventana. Era evidente que estaba lidiando con un torbellino de emociones, pero a pesar de su habitual desdén, hoy había algo diferente.
—Necesito que envíes una carta a Daisuke Pashá —dijo Yamato, girando lentamente su cabeza para mirar a Taichi—. He cambiado de opinión sobre el mausoleo.
Taichi arqueó una ceja, sorprendido.
—¿Cambiaste de opinión? ¿Te refieres al mausoleo que planeabas construir para Sora?
—Exactamente —respondió Yamato con firmeza—. Ahora será para Mimi.
El silencio que siguió fue abrumador. Taichi frunció el ceño, tratando de procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Estás seguro de esto, Yamato? Sora ha sido una figura importante en tu ascenso al trono. Cambiar de rumbo así podría traer complicaciones.
Yamato se acercó al escritorio, donde yacía un pergamino en blanco, y comenzó a trazar líneas con los dedos, como si trazara un mapa de sus pensamientos.
—Lo sé —dijo, su voz ahora más suave, pero cargada de determinación—. Pero lo que siento por Mimi no se puede ignorar. Ella merece algo más que ser una simple concubina.
—¿Y si Sora se entera? —Taichi preguntó con cautela, sabiendo que esa información podría causar un gran revuelo—. No quiero que termines en una situación más complicada de la que ya tienes.
Yamato soltó un suspiro, consciente de los riesgos, pero también de sus propios deseos.
—No me importa. Sora ha tenido su parte en mi vida, pero ahora estoy listo para hacer lo correcto por la mujer que realmente amo.
Taichi observó a su sultán, viendo la resolución en sus ojos. Sabía que Yamato había estado atormentado por la situación con Mimi.
—Está bien. Si estás decidido, lo haré. Pero ten cuidado con las repercusiones que esto pueda traer. —Taichi tomó un momento antes de continuar—. ¿Qué quieres que incluya en la carta?
Yamato se giró, mirándolo fijamente.
—Quiero que Daisuke comience la planificación del mausoleo con los siguientes cambios.
Alice parpadeó, procesando la información. Las palabras de su esposo la impactaron. Hikari involucrada con el príncipe, su hermano, Takeru. Un amorío entre ellos podría ser el escándalo que tanto necesitaban para desestabilizar a la familia real.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó Alice, tratando de mantener la calma a pesar de la emoción que comenzaba a burbujear en su interior.
—Sí, es cierto. Escuché a Rika advertirle a Takeru que no se acercara demasiado a Hikari —afirmó Daigo con confianza—. Es el momento perfecto para sacar provecho de esta situación y poner a Taichi en su lugar. Después de todo, un escándalo de esta magnitud podría hacer tambalear su posición junto al sultán.
Alice se quedó en silencio, sopesando las palabras de su esposo. La idea de usar el romance de su hermana para debilitar la influencia de Taichi era tentadora, pero había algo que le decía que debían proceder con cautela.
—Es una buena idea, Daigo, pero no creo que sea el momento adecuado —respondió finalmente, cruzando los brazos mientras se sumía en sus pensamientos.
Daigo frunció el ceño, sorprendido por su respuesta. —¿Cómo que no es el momento? ¡Esta es nuestra oportunidad!
—No lo veo así —replicó Alice, manteniendo la firmeza en su voz—. Debemos pensar bien las cosas y esperar a que todo caiga por su propio peso. Si actuamos demasiado rápido, podríamos ponernos en una situación precaria, y no queremos que eso nos vuelva en contra.
Ya sabía, por experiencias pasadas que, actuar muy rápido arruinaría sus planes.
—Pero, Alice... —insistió Daigo, sintiendo que la frustración comenzaba a apoderarse de él.
—No. Escucha —interrumpió ella, con un brillo decidido en sus ojos—. Mientras tanto, podemos ayudar a que esta situación se vuelva aún más complicada para ellos. Podemos dejar que la cercanía entre Takeru y Hikari se vuelva más evidente y generar rumores. La presión aumentará, y cuando todo explote, podremos aprovecharlo.
Daigo se quedó en silencio por un momento, procesando el plan de su esposa. Si bien quería actuar de inmediato, no podía negar que Alice tenía un punto. Con el tiempo, la situación se haría insostenible y podría jugar a su favor.
—Está bien, haré lo que sugieres —dijo finalmente, resignándose pero también intrigado por la astucia de su esposa—. Juntos, haremos que esto funcione.
Alice sonrió, satisfecha con su decisión. Mientras Daigo se retiraba, su mente ya comenzaba a trazar los pasos que debían seguir. Sabía que, al final, todo sería un juego de estrategia, y estaba dispuesta a jugarlo hasta el final.
La noche reinaba sobre el palacio, y los pasillos estaban iluminados tenuemente por la luz de las antorchas que titilaban suavemente, proyectando sombras danzantes en las paredes decoradas. Taichi avanzaba con paso firme, sintiendo el peso de la responsabilidad como mano derecha de Yamato. Sus pensamientos se entrelazaban con las decisiones del sultán, pero una sensación de satisfacción lo acompañaba al pensar en las recientes novedades en el harem.
Por otro lado, Yoshino se movía con cuidado por el mismo pasillo, llevando en su corazón la preocupación por su sultana, Mimi. La sirvienta conocía bien las intrigas que se gestaban en el palacio y estaba ansiosa por ver cómo se desenvolvía la situación tras la decisión de Yamato.
En un instante, sus caminos se cruzaron. Yoshino, al reconocer la figura de Taichi, se detuvo y, en un gesto de respeto, hizo una profunda reverencia.
—¡Taichi! —saludó con calidez, su voz resonando suavemente en la quietud de la noche.
Taichi sonrió y, con un movimiento de su cabeza, correspondió al saludo. —Yoshino, buenas noches —respondió cordialmente, notando la luz de satisfacción en sus ojos.
Ambos comenzaron a caminar juntos por el pasillo, y la conversación fluyó naturalmente.
—Me alegra verte Yoshino Kafa.—dijo Taichi—Quería felicitarte —dijo de repente, su voz llena de entusiasmo.
La pelirosa se detuvo en seco, frunciendo el ceño en confusión. —¿Felicitaciones? ¿Por qué?
—Porque tu sultana, a la que sirves, ha logrado algo notable —explicó Taichi, su tono reflejando el orgullo que sentía por Mimi.
Los ojos de Yoshino se agrandaron mientras escuchaba a Taichi. —¿De qué hablas?
—Yamato ha decidido cambiar el lugar de honor en el mausoleo. Sora ya no será la principal; será Mimi quien ocupe ese lugar —anunció, la emoción brillando en su mirada.
Yoshino se quedó boquiabierta, incapaz de procesar la noticia de inmediato. —¿Mimi? ¿De verdad? —preguntó, incredulidad en su voz.
—Así es. Es un gran cambio y, sin duda, un gran triunfo para ella —afirmó Taichi, sintiéndose orgulloso del reconocimiento que Mimi finalmente recibiría.
Ambos compartieron una sonrisa, sabiendo que la vida en el palacio siempre estaba llena de sorpresas, pero el triunfo de Mimi era un resplandor de esperanza en medio de la complejidad de su mundo.
—Es-espera...—Musitó Yoshino— ¿Me estás diciendo que el sultán le dará el mausoleo a Mimi?
Taichi asintió: —Me lo acabó de ordenar.
La kalfa quedó estática ante esta noticia sin saber como reaccionar.
La kalfa quedó estática, los pensamientos agolpándose en su mente. La noticia era asombrosa, un giro inesperado en la compleja trama del harem, y aún no podía creerlo. Las palabras de Taichi reverberaban en su cabeza, llenándola de una mezcla de alegría y esperanza.
—Esto… esto cambiará todo —dijo, su voz llena de emoción. En ese momento, comprendió que debía compartir esta noticia con Mimi lo antes posible. Sería un aliento de vida en medio de sus preocupaciones.
¡Debía informarle a Mimi!
—Permiso, Yoshino, debo retirarme.— Musitó Taichi.
Yoshino asintió, pero antes de que Taichi pudiera desaparecer por el pasillo, él se detuvo. Una chispa de preocupación cruzó su mente y decidió que debía decir algo más.
—Espera un momento —dijo, volviéndose hacia ella—. Hay algo más que creo que deberías considerar.
Yoshino frunció el ceño, su curiosidad despertándose. —¿Qué es?
—Mimi… —Taichi se tomó un momento para buscar las palabras adecuadas—. Ya sabes cómo es el sultán cuando se siente emocionado por algo. Esta noche podría ser especial para ella.
Yoshino comprendió al instante, su mirada se iluminó con una mezcla de entendimiento y nerviosismo. —¿Quieres decir que…?
—Exactamente. Quizás sería bueno que la prepares para la noche que le espera —sugirió Taichi, manteniendo un tono neutral pero con un dejo de urgencia en su voz.
Yoshino asintió, su mente trabajando a toda velocidad. Sabía que no solo era cuestión de ir a hablar con Mimi sobre el mausoleo; había más en juego, un profundo deseo que Yamato podría estar listo para liberar.
—Tienes razón —dijo, sintiéndose determinada—. Iré a prepararla.
—Solo asegúrate de que esté lista para lo que podría suceder —Taichi le lanzó una mirada significativa, y Yoshino entendió sin necesidad de más palabras.
Con un último intercambio de miradas, Yoshino se dio la vuelta y comenzó a caminar rápidamente hacia los aposentos de Mimi, mientras que Taichi, por su parte, se desvaneció en la oscuridad del pasillo, sintiendo que el ambiente estaba cargado de expectativas para esa noche.
Yoshino se despidió con un ligero movimiento de cabeza y comenzó a apresurarse por el pasillo, su corazón palpitando con fuerza. Mientras corría hacia los aposentos de Mimi, su mente imaginaba la sonrisa de la sultana al escuchar la noticia. La kalfa pensaba en cómo este reconocimiento no solo reforzaría la posición de Mimi, sino que también podría ayudar a sanar las heridas que la habían separado del sultán.
Yoshino llegó rápidamente a los aposentos de Mimi, su corazón latiendo con anticipación. Al abrir la puerta, encontró a su sultana sentada frente al espejo, ajustándose una diadema con destellos de luz. A su lado se encontraba la cuna de Thomas que dormía plácidamente y en el sofá se encontraba Airu cuidando a la pequeña Izumi.
—Yoshino, ¿qué sucede? —preguntó Mimi, notando la emoción en el rostro de su amiga.
—¡Sultana! —exclamó Yoshino, cerrando la puerta detrás de ella. —¡Tengo una noticia increíble para ti!
Mimi levantó una ceja, sintiendo un pequeño destello de esperanza en su interior. —¿Qué es? ¿Por qué pareces tan emocionada?
—Taichi… —Yoshino tomó aire, la emoción casi desbordándose de sus labios—. Taichi me acaba de informar algo que te va a alegrar.
Mimi alzó una ceja sin entender.
—¿Qué sucede Yoshino?— Preguntó— ¿Qué te dijo?
Yoshino intentó mantener la calma, pero fue inutil, estaba muy emocionada: —Me dijo que el sultán ha decidido que el mausoleo será para ti.
Mimi se quedó paralizada, sus ojos se abrieron con incredulidad. —¿Qué?
—¡Lo que escuchaste!— Exclamó la kalfa— Será para ti.
—¿Estás segura?
—Sí, así es —afirmó Yoshino, viendo cómo la emoción comenzaba a apoderarse de Mimi—. Es un gran triunfo para ti, sultana. ¡Lo has logrado!
Las lágrimas comenzaron a formarse en los ojos de Mimi mientras un torrente de sentimientos la invadía. La tristeza de los últimos días se desvaneció, dejando solo la alegría de saber que finalmente su esfuerzo había valido la pena. —No puedo creerlo…
Yoshino sonrió, feliz de ver a su amiga así. —Y hay más. El sultán viene a verte.
—¿Viene? —Mimi se volvió hacia Yoshino, su voz un susurro lleno de expectación. —¿En este momento?
—Sí, ahora mismo. Deberías prepararte, sultana —dijo Yoshino, moviéndose hacia ella para ajustar un mechón de cabello que caía sobre su frente. —Esto es una gran oportunidad, y el sultán debe verte en tu mejor luz.
Yamato se adentró en los aposentos de Mimi, sintiendo una mezcla de ansiedad y anticipación. Había estado pensando en esta visita durante días, y ahora que estaba a punto de enfrentarla, la adrenalina corría por sus venas. Las paredes decoradas con ricos tapices y el aroma a flores frescas que llenaba la habitación lo rodeaban, pero su enfoque estaba completamente en la mujer que se encontraba frente a él.
Mimi, vestida con su impresionante vestido de seda esmeralda, lo miró con una mezcla de sorpresa y curiosidad. Su rostro se iluminó al ver la expresión en el rostro de Yamato. —¿Sultán?— preguntó con suavidad, sintiendo que su corazón latía más rápido.
—Vengo a darte una noticia.
Mimi lo observó "curiosa" aunque ya sabía de qué trataba.
—Vengo darte información sobre el mausoleo— comenzó Yamato, su voz grave resonando en el ambiente. —He decidido que será para ti, Mimi. Eres la que realmente merece este honor.— Sus ojos se encontraron, y por un momento, el tiempo pareció detenerse. La emoción brilló en los ojos de Mimi, y una sonrisa de incredulidad se dibujó en su rostro.
—No puedo creerlo— susurró Mimi, el asombro llenando su ser. —¿De verdad?
El rubio asintió— Será el mausoleo de la sultana Mimi.
La castaña sonrió ante esto— ¡Oh! Mi sultán, no sé cómo le podré pagar esto.
El corazón de Mimi latía con fuerza, y su mente luchaba entre la razón y el deseo. Sabía que este momento era crucial, que sus decisiones tendrían consecuencias, pero en el fondo, también sabía que el deseo ardiente que compartían era algo que no podía ignorar.
—Yamato…— comenzó, pero él la interrumpió, dejando que sus labios se posaran levemente sobre los de ella. El beso fue suave al principio, como un susurro, pero se llenó rápidamente de urgencia y necesidad.
—Tú sabes como...—Yamato suavemente desabrochó el vestido de la castaña y lo dejó caer, dejando al desnudo tu torso.
Mimi se dejó llevar, sintiendo cómo su cuerpo respondía a su cercanía. La noche se llenó de promesas y susurros, un nuevo capítulo comenzando en su historia juntos.
La noche entre Mimi y Yamato estuvo cargada de pasión y deseo desenfrenado. Después de que su vestido cayó suavemente al suelo, el aire del cuarto se impregnó de una tensión palpable. Los labios de Yamato recorrieron cada centímetro de su piel con hambre, mientras Mimi respondía con suspiros entrecortados, entregándose completamente a sus caricias.
Los cuerpos de ambos se entrelazaron en una danza que parecía no tener fin, donde cada movimiento, cada roce, era una explosión de sensaciones. Yamato, decidido a satisfacer su promesa, llevó a Mimi al límite de sus deseos, haciéndola gritar de placer en más de una ocasión. La pasión y el control se fusionaron, convirtiendo esa noche en un momento inolvidable para ambos, un vínculo renovado entre el sultán y su sultana.
La noche terminó con Mimi recostada en el pecho de Yamato, ambos envueltos en una suave manta de seda que apenas cubría sus cuerpos exhaustos. El latido constante del corazón de Yamato resonaba en sus oídos, dándole una extraña sensación de paz tras la intensidad vivida. Mimi, con una sonrisa satisfecha en los labios, sintió sus dedos rozar suavemente la piel de su sultán, mientras sus pensamientos aún estaban dispersos entre la emoción y el alivio.
~A la mañana siguiente~
El agua caía sobre el cuerpo de Mimi, cálida y relajante, mientras se frotaba suavemente la piel. Aún podía sentir las marcas del toque de Yamato, las huellas de la pasión que habían compartido durante la noche anterior. Cerró los ojos, dejando que el agua acariciara su rostro mientras sus pensamientos volvían a los momentos que había vivido junto a él.
El sultán la deseaba. No había duda de eso. Cada vez que estaban juntos, la intensidad en sus ojos, la forma en que la buscaba con una urgencia casi desesperada, dejaba en claro que Yamato sentía una pasión arrolladora por ella. Esa pasión no era solo física; había algo más profundo, algo que iba más allá del simple deseo.
"¿Acaso esto es amor?" pensó Mimi mientras se enjuagaba el cabello, permitiendo que el jabón se deslizara por su cuerpo. Era difícil saberlo con certeza. Yamato era un hombre de poder, un sultán que debía equilibrar la responsabilidad de un imperio y las emociones que le provocaban sus concubinas. Pero cada vez que estaban juntos, él la hacía sentir como si fuera la única mujer en su mundo, como si su cuerpo y su alma le pertenecieran por completo.
Sin embargo, ese mismo amor y pasión que Yamato sentía por ella también podía ser un arma de doble filo. ¿Era solo pasión lo que lo impulsaba a buscarla? ¿O había algo más profundo, algo más duradero? Mimi se preguntaba si, detrás de esos encuentros ardientes, existía un verdadero vínculo que pudiera resistir el tiempo y las tormentas del palacio.
Mientras el agua continuaba cayendo, Mimi dejó escapar un suspiro. Sabía que su lugar en el corazón de Yamato era único, pero también comprendía lo volátil que podía ser el afecto de un sultán. Había otras mujeres, otras concubinas, y aunque ella era la madre de sus hijos, siempre había una constante lucha por su atención y su favor.
A pesar de todo, no podía negar lo que sentía cada vez que estaba con él. Había una conexión entre ellos, algo que no podía explicar con palabras. Tal vez era amor, tal vez era poder, o tal vez una mezcla de ambos. Pero cuando estaban juntos, cuando sus cuerpos se encontraban en la oscuridad de la noche, todo lo demás parecía desvanecerse. En esos momentos, no importaba la política, ni las otras mujeres, ni las luchas internas del palacio. Solo existían ellos dos.
Mimi abrió los ojos lentamente, dejando que el agua la limpiara de cualquier duda. Yamato la deseaba, eso era innegable. Y mientras ese deseo existiera, mientras él la buscara con la misma intensidad que la noche anterior, ella sabía que tendría el poder de mantener su lugar a su lado. Por ahora, ese amor, o lo que fuera que compartían, era suficiente.
—Debe ser una broma.—Natsuko comentó— ¿Le darás esa parte del mausoleo a esa esclava?
Yamato hizo una mueca y asintió— Si.—Respondió—¿Algún problema?
—¡Todo!—Exclamó al mujer—Esa mujer no merece un mausoleo.
—Es madre de mis hijos.
—Sí, pero no quita que su posición sea por debajo de la posición de Sora.
—Ya tomé mi decisión y nadie la va a cambiar.—Declaró el rubio.
Natsuko frunció el ceño molesta.
—Debe ser una broma —dijo con desdén, su voz cargada de desaprobación—. ¿Le darás esa parte del mausoleo a esa esclava?
Yamato, con los brazos cruzados y la expresión seria, asintió sin dudar.
—Sí —respondió con firmeza, sin apartar la mirada de su madre—. ¿Algún problema?
La reacción de Natsuko fue inmediata, sus cejas se fruncieron y un destello de furia brilló en sus ojos.
—¡Todo! —exclamó, levantando la voz—. Esa mujer no merece un mausoleo. Sora es tu concubina principal, la madre de tu primogénito. ¡Es una deshonra que pongas a Mimi, una esclava, por encima de ella!
Yamato respiró hondo, intentando mantener la calma, pero su tono no pudo evitar volverse defensivo.
—Mimi es madre de dos de mis hijos, Thomas e Izumi —replicó con dureza—. Merece un lugar en el mausoleo por eso, y no voy a permitir que la traten como si no tuviera valor.
Natsuko lo miró con incredulidad, sacudiendo la cabeza en desaprobación.
—Eso no cambia su origen ni su posición, Yamato —señaló, con un tono cargado de veneno—. Sora es la madre de Kiriha, tu primogénito. La tradición y la historia la respaldan. Ella es la concubina principal, y todos esperan que sea ella quien reciba los honores más grandes. No puedes rebajarte de esta manera.
El sultán apretó los puños, sintiendo cómo la frustración crecía en su interior.
—Ya tomé mi decisión y nadie la va a cambiar —declaró con firmeza, su voz resonando en la habitación—. Mimi ha estado a mi lado en los momentos más difíciles. Es la madre de mis hijos y merece ser reconocida, sin importar lo que piensen los demás.
Natsuko no podía creer lo que escuchaba. Dio un paso hacia él, sus ojos centelleaban con furia.
—¿Y Sora? —increpó—. ¿Acaso has olvidado lo que ha hecho por ti? Ella te dio a Kiriha, te ha servido con lealtad y ha mantenido su dignidad a pesar de todo. Sora merece más que eso, Yamato. Es un insulto darle a Mimi un lugar que pertenece por derecho a ella.
Yamato la miró con un brillo desafiante en sus ojos, sin retroceder ante la confrontación.
—No estoy negando lo que Sora ha hecho —respondió con voz controlada—. Pero también tengo que pensar en Mimi y en mis otros hijos. Mimi ha sido una madre ejemplar, y Thomas e Izumi merecen ver a su madre honrada. No es una competencia entre ellas, madre. Es un reconocimiento justo.
Natsuko bufó, indignada.
—¡Justo! —repitió con sarcasmo—. No puedes estar hablando en serio, Yamato. ¡Sora es quien debe estar a tu lado incluso en la muerte! Si le das este honor a Mimi, los demás verán eso como una traición a tu linaje y a tu deber como sultán.
Yamato dejó escapar un suspiro frustrado, tratando de mantener la compostura.
—Mi deber como sultán es con todos mis hijos y sus madres —contestó—. No voy a permitir que el pasado de Mimi defina su futuro. Ella ha demostrado más valor y amor que muchos en este palacio, y se lo ha ganado. No voy a revocar mi decisión porque otros piensen lo contrario.
Natsuko cruzó los brazos, su semblante endurecido por la ira y la decepción.
—Estás siendo necio, Yamato —sentenció, sacudiendo la cabeza—. No estás pensando en las implicaciones de tus acciones. Estás poniendo en riesgo tu reputación, la de tu familia, y todo lo que Sora ha construido para Kiriha. Este mausoleo simboliza más que un simple lugar de descanso; es un legado.
—Lo sé —replicó Yamato, mirando a su madre con un brillo de desafío en sus ojos—. Y ese legado debe incluir a todos los que han sido importantes en mi vida, no solo a los que se ajustan a tus expectativas. Mimi es parte de mi historia, y merece estar allí. Esto no es una cuestión de favoritismo, sino de justicia.
Natsuko lo miró en silencio por un momento, su expresión severa, pero también tocada por un rastro de preocupación. Sabía que su hijo estaba decidido, pero no podía evitar sentirse traicionada por sus elecciones.
—Estás jugando con fuego, Yamato —advirtió, finalmente—. Espero que no te quemes.
Sí, lo sabía. Pero él era el sultán, podía hacer lo que quisiera.
—Cambiando de tema...—Musitó Yamato— Debo informarte que estaré fuera un tiempo.
—¿Otra vez?— Preguntó la mujer.
El rubio asintió—Acabé de nombrar nuevo gobernador para Egipto.—Declaró.
—¿A sí?— Musitó Natsuko— ¿Quién?
—Rentaro Pashá.—Respondió el sultán— El esposo de mi hermana Alice.
Natsuko lo observó con una mezcla de sorpresa y satisfacción ante la mención del nuevo nombramiento. No era común que su hijo tomara decisiones que ella considerara acertadas sin consultarle primero, y esta elección en particular le parecía un movimiento inteligente.
—Rentaro Pashá... —repitió con un leve asentimiento, mostrando su aprobación—. Una decisión acertada, Yamato. Rentaro es un hombre capaz, y su lealtad a la familia está fuera de toda duda. Además, Relena se mantendrá a su lado, lo que fortalece aún más nuestra presencia en Egipto.
Yamato asintió, complacido de contar con la aprobación de su madre en esta ocasión. Sabía que Rentaro era la mejor opción, no solo por sus habilidades políticas, sino también por la tranquilidad que le daba saber que su hermana estaría a salvo y bien acompañada.
—Exactamente. Rentaro tiene experiencia y conoce bien la región —agregó Yamato, manteniendo su tono serio—. Además, quiero consolidar nuestra influencia allá, y creo que él es la persona indicada para mantener el control y el orden.
Natsuko lo miró con orgullo y una sonrisa satisfecha se dibujó en sus labios.
—Es un buen movimiento, Yamato. Egipto ha sido un territorio complejo, y tener a alguien de confianza a cargo asegura nuestra estabilidad en la región. Rentaro sabrá cómo manejarse entre los nobles y los comerciantes, y también cómo lidiar con las tensiones que surgen.
El sultán asintió, notando el apoyo sincero de su madre, lo cual era un cambio refrescante comparado con sus recientes desacuerdos.
—Lo sé. Confío plenamente en su capacidad. Además, Relena estará con él, lo cual me da paz. Creo que juntos harán un gran trabajo y sabrán cuidar de los intereses del reino. —Comentó Yamato.
—Relena es una mujer fuerte y astuta —dijo Natsuko, sus ojos brillando de orgullo—. Sabrá apoyar a su esposo y asegurarse de que Egipto se mantenga fiel a nuestra corona. Ambos forman un equipo formidable.
—Parecida a su madre.—Musitó Yamato.
Natsuko se sorprendió ante esto y volteo hacia su hijo.
—Relena se parece bastante a su madre...—Declaró el rubio—¿No lo crees?
—¿Qué tiene que ver esa mujer en esta conversación?— Preguntó la oji-azul.
—Nada.—Repsondió Yamato— Simplemente es un comentario.
Natsuko negó.
Sabía que su hijo traía el recuerdo de esa mujer para fastidiarla.
—Aunque algunas veces no es malo olvidar el pasado.—Comentó el oji-azul— Acaso ¿olvidas que tú también fuiste la madre de un segundo príncipe? La segunda concubina de mi padre. No la primera.
Natsuko apretó los labios ante la declaración de su hijo, sintiendo cómo su orgullo era herido con esas palabras tan punzantes. No esperaba que Yamato trajera a colación un tema tan sensible, uno que había marcado su pasado y que siempre intentaba dejar enterrado.
—No es lo mismo, Yamato —respondió con frialdad, intentando mantener la compostura—. Tu padre hizo lo que debía hacer por el bienestar del reino. Yo no era solo una concubina más; fui la madre que te crio y te hizo sultán.
Yamato la miró fijamente, sin desviar la vista. Sabía que su madre no soportaba que le recordaran su posición original y lo que tuvo que soportar para llegar a donde estaba. Sin embargo, no podía permitir que ella minimizara la posición de Mimi ni la relegara a un papel secundario, especialmente cuando había sido una parte fundamental de su vida y la madre de sus hijos.
—Sé muy bien lo que hiciste, madre —replicó Yamato con firmeza—. Pero esa mujer que desprecias también es madre de mis hijos y merece respeto. No es menos porque no esté en la posición que tú deseas.
Natsuko lo observó, entrelazando sus manos con tensión. Era raro que Yamato le hablara de esa manera, y aunque entendía su enojo, no podía evitar sentirse atacada por su propia sangre.
—Yo no desprecio a Mimi —insistió Natsuko, aunque su tono reflejaba lo contrario—. Pero hay un orden que debe mantenerse. Sora es tu concubina principal, la madre del príncipe heredero. No puedes simplemente relegarla por una simple esclava que tuvo la suerte de dar a luz.
El sultán frunció el ceño ante esas palabras, sus ojos brillando con un enojo contenido.
—Mimi no es una simple esclava. Es la mujer que ha estado a mi lado en momentos difíciles y ha traído al mundo a Thomas e Izumi. No permitiré que la minimices, madre. Ya has hecho suficiente daño con tu exilio injusto, y ahora intentas desmerecerla aún más.
Natsuko bufó, en un intento de desviar la conversación.
—Yamato, yo solo quiero lo mejor para ti y para el reino. No puedes actuar guiado por impulsos emocionales. Debes pensar en lo que es mejor para todos, no solo para una concubina que se ha ganado tu favor temporalmente.
—No es temporal. Es la madre de mis hijos.
Natsuko movió la cabeza: —¿Sabes? Me cansé de hablar de este tema.— Declaró— Volvamos a hablar de tu viaje.— Declaró molesta—Entiendo que quieras tener un gobernador. Pero ¿por qué irás? ¿no basta con enviar al gobernador.
—Esta presentación es importante. Como es una provincia que tuvo problemas. Debo, personalmente, encargarme que esa nueva provincia siga nuestras reglas...—Declaró el oji-azul— Las personas que viven ahí necesitan saber quien es su nuevo sultán y es mi obligación ir.—Habló— Sobre todo ahora, la guerra ya pasó y por la expedición no tuve tiempo para ir a ver como mis hombres de confianza han llevado la región. Necesito asegurarme que en este tiempo, hayan exterminado de manera definitiva a los seguidores de Joe.
—Comprendo.—Asintió la madre sultana— Entonces, estarás fuera ¿sabes cuanto tiempo?
—El tiempo que sea necesario.—Respondió Yamato—Confió que mantendrás todo en orden mientras yo no esté.
—En el harem puedo, pero en el imperio...—Comentó Natsuko— Considero que Takeru, tu hermano, sería mejor.
Esto molestó al rubio.
—Madre, ya hablamos de esto antes, no quiero que Takeru se involucre con ese tipo de cosas.
Natsuko lo miró fijamente, sin comprender del todo la resistencia de Yamato a involucrar a su hermano menor en los asuntos de gobierno. Para ella, era lógico que Takeru, siendo de la familia real, tomara un rol más activo en la administración del imperio, especialmente en ausencia de su hermano mayor.
—Yamato, Takeru es tu hermano y, aunque no sea el heredero, es parte de esta familia y del imperio. Debe asumir responsabilidades, especialmente ahora que tú estarás fuera —insistió Natsuko, con un tono persuasivo—. Además, él es querido por el pueblo. Su presencia sería vista como un símbolo de continuidad y estabilidad.
El sultán apretó los labios, claramente frustrado por la insistencia de su madre. No era la primera vez que Natsuko proponía a Takeru para asumir un rol más prominente, y aunque Yamato reconocía las capacidades de su hermano, había razones personales y políticas que lo llevaban a mantenerlo al margen de las responsabilidades del trono.
—No quiero ponerlo en esa posición, madre. Takeru tiene otros talentos y no es necesario que se involucre en los asuntos de estado mientras yo esté aquí —respondió Yamato, manteniendo la calma, pero con una firmeza que no dejaba lugar a discusión.
Natsuko bufó, frustrada por la obstinación de su hijo.
—Pero algún día podrías no estar, Yamato. No puedes protegerlo de todo, ni mantenerlo al margen por siempre. No hablo solo del gobierno, hablo de preparación. Necesita aprender y prepararse para lo que pueda venir.
—No lo estoy protegiendo —replicó Yamato, alzando un poco la voz—. Estoy cuidando del imperio y de él al mismo tiempo. Takeru tiene su vida y su propio camino. No quiero que se vea envuelto en los mismos problemas que yo. Además, su lugar no es en la corte, madre. Él puede ser un apoyo sin tener que tomar las riendas.
—¡Es tu hermano! Y está más capacitado que muchos de esos consejeros que solo quieren tu favor. Tú mismo dijiste que confiabas en él. Entonces, ¿por qué no darle una oportunidad? —rebatió Natsuko, claramente molesta.
Yamato negó con la cabeza, recordando las veces en las que Takeru había manifestado su deseo de mantenerse alejado de la política y las intrigas palaciegas. Era su deber como hermano mayor respetar esos deseos, a pesar de las expectativas de su madre.
—Lo sé, confío en Takeru, pero eso no significa que deba cargar con responsabilidades que no le corresponden. Él tiene sus propios sueños y obligaciones, y no quiero forzarlo a ser algo que no es. Además, no es necesario involucrarlo en algo que puede manejarse sin él.
Natsuko entrecerró los ojos, evaluando las palabras de su hijo.
El bullicio habitual del harén se desvaneció cuando Gennai Aga, el jefe del harén, entró en la sala con una expresión solemne en su rostro. La luz suave de las lámparas de aceite reflejaba las paredes ricamente decoradas, y el ambiente, que hasta hacía unos momentos estaba lleno de risas y murmullos, se tensó de inmediato. Todas las mujeres, concubinas, sirvientas y las propias sultanas, dejaron de hacer lo que estaban haciendo para prestar atención.
Gennai, con su porte imponente y su impecable uniforme ceremonial, se dirigió hacia el centro de la sala. En sus manos sostenía un pergamino con un sello real, lo cual era señal inequívoca de que traía un mensaje importante del sultán. Los rumores habían estado circulando por semanas, pero ahora, el anuncio oficial estaba a punto de ser leído. Los ojos de todas las presentes se agrandaron con curiosidad y nerviosismo.
—Damas— comenzó Gennai, su voz profunda y autoritaria resonando en la vasta sala—. El Sultán Yamato ha emitido un decreto importante, que debo leerles inmediatamente.
Las mujeres intercambiaron miradas rápidas, algunas con anticipación, otras con inquietud. Mimi, vestida con uno de sus vestidos más elegantes, se encontraba junto a Yoshino, su fiel kalfa. Aunque intentaba mantener la calma exterior, su corazón latía con fuerza en el pecho. ¿Sería este el anuncio que cambiaría su destino?
Sora, por otro lado, la sultana principal, mantenía una postura rígida, como si ya supiera lo que venía. Su mirada permanecía fija en Gennai, pero había una tensión palpable en su rostro, como si intentara preparar su mente para lo inevitable.
Gennai desenrolló el pergamino y comenzó a leer con una voz firme:
—Por la gracia y voluntad del sultán Yamato, se hace saber a todas las mujeres del harén y a quienes sirvan en este lugar, que el mausoleo, símbolo de honor y eternidad, será destinado para la Sultana Mimi. En reconocimiento a sus logros, su devoción y su lugar especial en el corazón de su majestad, se ha tomado esta decisión oficial. Que este sea un recordatorio de su legado duradero en la historia del imperio.—
El silencio que siguió fue abrumador. No se escuchaba ni un murmullo, ni un suspiro, solo el leve crujido del pergamino mientras Gennai lo enrollaba de nuevo. Las mujeres del harén, que hasta hacía un momento estaban charlando entre sí, ahora se mantenían en total silencio, procesando las implicaciones de lo que acababan de escuchar.
Todos los ojos se volvieron lentamente hacia la figura de Sora. Durante años, Sora había sido la concubina principal, aquella que había ayudado al sultán a consolidar su poder. Para muchas, el mausoleo estaba destinado a ella. Era el reconocimiento que, como madre del hijo mayor de Yamato, muchos creían que merecía. Pero ahora, la realidad se había torcido, y la promesa de ese honor se le había arrebatado.
Sora permanecía inmóvil, su expresión dura como el mármol, pero los que la conocían bien podían notar las grietas en su fachada. Su mandíbula estaba tensa, y sus manos, ocultas dentro de las amplias mangas de su vestido, estaban cerradas en puños. Aunque no emitió ninguna palabra de reproche o enojo, su silencio lo decía todo. En sus ojos, un fuego comenzaba a arder, un fuego que solo aquellos cercanos a ella podían reconocer como peligroso.
Mientras tanto, Mimi, que hasta ese momento había mantenido una actitud contenida, sintió una ola de emociones intensas atravesarla. El alivio, la alegría y la sorpresa se mezclaron en su interior, pero también había algo más: una pequeña chispa de miedo. Sabía que esta decisión la ponía en el centro de todas las miradas, y no todas serían amistosas. Al contrario, se había ganado el favor del sultán, pero también el rencor de otras mujeres poderosas.
Yoshino, que estaba a su lado, le apretó suavemente el brazo como señal de apoyo. —Sultana, esto es un gran honor— susurró, aunque ambas sabían lo que también significaba.
Mimi asintió, su mirada cruzándose por un instante con la de Sora. Aunque ninguna de las dos dijo nada, la tensión era palpable. Sora, con su orgullo herido, estaba sufriendo una derrota pública. Las demás concubinas, conscientes del poder que representaba el mausoleo, comenzaban a murmurar entre sí, muchas mirando con recelo y envidia hacia Mimi.
Miyako se acercó a Sora, tratando de reconfortarla con una palabra suave, pero la sultana principal la ignoró por completo. A pesar de su control exterior, Sora sabía que este era un golpe devastador. Perder el mausoleo significaba más que la pérdida de un lugar de descanso eterno; era un símbolo de que su influencia sobre el sultán estaba desvaneciéndose.
Los pensamientos de las mujeres en la sala divergieron en diversas direcciones. Algunas, secretamente aliviadas, sabían que Sora había sido una figura intimidante durante años, y ver su poder en declive les daba una extraña sensación de justicia. Otras, más leales a la sultana principal, sentían la traición y el temor de lo que esto podría significar para el futuro del harén.
Mientras tanto, Gennai Aga, después de hacer el anuncio, inclinó la cabeza y se retiró de la sala. El silencio seguía presente, pero las emociones burbujeaban bajo la superficie.
—Parece que todo está cambiando— murmuró una de las mujeres, mirando con recelo hacia Mimi.
—Sí— respondió otra.
—Se suponía que en primera instancia el mausoleo sería para la sultana Sora ¿no?
El viento del destino estaba cambiando en el harén, y todas lo sabían. El poder estaba en juego, y lo que acababa de suceder no era el final, sino el comienzo de una nueva batalla silenciosa.
No obstante, no todo era tristeza, habían algunas sirvientas felicitando a Mimi.
—¡Es un honor maravilloso, Mimi! —dijo una de las mujeres, con admiración en su voz.
—Sí, estoy muy agradecida —respondió Mimi, sonriendo radiantemente—. Yamato es un hombre generoso y comprensivo. Siempre ha visto mi verdadero valor.
Desde el otro lado del harén, Sora observó a la castaña con creciente furia. No podía soportar ver a Mimi celebrando un honor tan grande, especialmente cuando sentía que ella misma merecía más reconocimiento. Se levantó de su asiento y se acercó al grupo con pasos decididos.
—¡Estoy muy agradecida!
—¿De qué estás tan agradecida, Mimi? —preguntó Sora, su voz fría como el hielo.
Mimi levantó la mirada, aún sonriendo, pero su expresión se tensó al ver la hostilidad en los ojos de Sora.
—¿Qué no es obvio? ¡De mi regalo! Yamato me ha otorgado un gran honor, y estoy agradecida por ello.
Sora soltó una risa amarga.
—¿Un gran honor? —replicó con desprecio—. ¿Crees que mereces más reconocimiento que las demás? ¿Crees que un mausoleo te hace mejor que nosotros?
Las otras mujeres miraron la confrontación con nerviosismo, conscientes de la tensión creciente.
—No se trata de ser mejor —respondió Mimi con calma—. Se trata de ser reconocida por lo que uno es y por lo que ha hecho.
—¿Reconocida? —Sora dio un paso más cerca, su rostro enrojecido por la ira—. Eres una farsante, Mimi. No eres más que una advenediza que sabe cómo manipular a Yamato para obtener lo que quiere.
Mimi sintió cómo la ira comenzaba a hervir dentro de ella, pero intentó mantener la compostura.
—No necesito manipular a nadie, Sora. Yamato ve mi verdadero valor, algo que tú parece que no puedes entender.
La burla y la hostilidad en las palabras de Mimi fueron la gota que colmó el vaso para Sora. Sin pensarlo dos veces, levantó la mano y golpeó a Mimi con fuerza en la mejilla.
El golpe resonó en el harén, dejando a todas las presentes en un silencio impactado. Mimi, con la mejilla ardiente, no se quedó de brazos cruzados. Se lanzó hacia Sora, defendiéndose con la misma fuerza.
—¡Eso es por no saber cuándo callarte! —gritó Mimi, empujando a Sora hacia atrás.
Sora, sorprendida por la reacción de Mimi, tropezó pero rápidamente recuperó el equilibrio, lanzándose de nuevo hacia Mimi. Ambas mujeres se enzarzaron en una pelea, tirándose del cabello y rasguñándose, mientras las demás intentaban separarlas.
—¡Basta! —gritó Juri Kalfa—. ¡Esto es indigno de ambas!
Con mucho esfuerzo, las mujeres lograron separar a Mimi y Sora, que se miraban con odio y resentimiento.
—Pero ¡que escándalo!
—¡Ella empezó!
—¡No! Ella empezó.— Respondió Mimi.
—¡Como sea!— Exclamó Juri—Esto no debería ocurrir. Ustedes son sultanas. Compórtense como tal.
—Esto no ha terminado, Mimi —espetó Sora, su respiración agitada—. Te arrepentirás de haberme enfrentado.
Mimi, con el rostro enrojecido y el cabello desordenado, no respondió. Sabía que había cruzado una línea, pero también sabía que no podía dejar que Sora la pisoteara.
Mientras las mujeres las llevaban a diferentes lados del harén para calmarlas, Mimi se prometió a sí misma que no dejaría que Sora arruinara su momento de felicidad. Aunque el enfrentamiento había sido duro, no dejaría que nada ni nadie le arrebatara el honor que Yamato le había concedido.
+Hola, hola, hola. Traje capítulo un nuevo.
+Pueden funarme por el tiempo, pero se debe a que he estado muy ocupada, y entre darles algo poco. Prefiero darme mi tiempo y darles algo de calidad (Gracias al cielo existe Chat gpt que me ha ayudado a redactar, pero a veces, no puedo pedirle solo a inteligencia artificial. Hay escenas que yo quiero escribir. Y el revisar que haya escrito bien toma su tiempo)
+Tiren sus apuestas de quienes serán los próximo hijos o hijas de Yamato y Mimi.
Respuesta a comentarios:
KeruTakaishi: ¡Hola! me alegra leer tu comentario. Sí, Yamato terminó cediendo, aunque es un buen punto el tema del enamoramiento, aunque no se haya dado cuenta, está enamorado. Aunque lamentablemente sí, le traerá más problema con Sora y Natsuko, ya que no aceptaran esto y solo aumentará su enojo. Lamentablemente sí, todo se complica para el Takari, debido a la situación en la cual están. Takeru es un príncipe renegado y si quiere a Hikari debería mantenerla fuera de peligrosa, y viceversa, pero al parecer no será tan fácil. cada vez las cosas se complican más para el takari y les resulta más difícil el mantener en secreto su relación. Vas por camino correcto, lamentablemente esto puede arruinar la relación de los hermanos, por su bien Takeru va a tener que dejar sus sentimientos si quiere sobrevivir. Espero que te haya gustado este capítulo, ojalá sigas leyendo y comentando, te mando un abrazo a la distancia.
mimato bombon kou: Sí, la tensión entre Yamato y Mimi definitivamente está subiendo a otro nivel, sobre todo en esta situación, el rubio estaba perdiendo la cabeza. ¿Gemelos o trillizos? ¡Sería una locura, pero totalmente posible con la intensidad que comparten! jajaja No daré spoiler pero, tiren sus apuestas de quienes podrían ser sus hijos considerando que yo me baso: Personalidad (esto es lo principal) y de vez en cuando en físico (aunque esto no es siempre) En cuanto a Hikari y Takeru, sí, la situación es delicada y cualquier paso en falso podría ser peligroso, ojalá puedan mantener las cosas bajo control. Sí, Sora definitivamente no se quedará de brazos cruzados con lo del mausoleo, y es cierto que verla arder en celos sería un giro increíble. ¡Todo está por definirse! Espero que te haya gustado este capítulo, ojalá sigas leyendo y comentando, te mando un abrazo a la distancia.
Gery: ¡Hola! Sí, actualicé, me he demorado porque estoy con mil cosas, pero de a poco avanzo, poco a poco. Se vienen más conflictos entre las sultanas que serán muy interesantes e intensos jsjsjs es solo el comienzo. Sí, pobre Yamato, creía que la olvidaría fácilmente y no lo logró. Es inevitable sentir pena por Sora, después de todo, le están quitando su único lugar en la vida. Es como la empatía que uno siente con Maihdevran, la única diferencia es que Sora es insoportable, y se merece lo que le está pasando. Con respecto al Takari, sí, es un amor condenado debido a la posición en la cual están. Tienes razón al decir que el amor nubla el juicio, en este caso, Takeru está perdiendo la cabeza. Con respecto a los prometidos, hay muchas opciones, pero me gustaría que me dijeras tus posibles teorías de un matrimonio para Hikari jsjsjs Sobre el ship TaichixIzumi siempre lo he tenido en cuenta, desde que comencé, pero ese ship se debe a un arco que habrá más adelante. No daré spoiler pero ¡será interesante! Sí, las edad son shockeantes, pero como mencionas, ya tenemos el ejemplo de Rika, así como el de las demás hermanas de Yamato que aparecerán pronto. Espero que te haya gustado este capítulo, ojalá sigas leyendo y comentando, te mando un abrazo a la distancia. Me encanta saber que esta historia te está gustando. Eso significa que estoy logrando mi cometido.
miyakoinoe25: ¡Hola! Me encanta tu análisis, has captado a Mimi a la perfección. Ella definitivamente sabe cómo moverse en este juego, y su inteligencia junto con su encanto es lo que la ha llevado a estar donde está. El poder y el control son claves en el palacio, y Mimi no va a dejar pasar ninguna oportunidad, ya veremos que le depara al destino a los futuros hijos de Yamato y Mimi... ¡habrá que ver! Alice, por otro lado, es complicada, pero también sus motivaciones son fuertes, y creo que su deseo de justicia, aunque un poco torcido, tiene sentido para ella. ¡Y lo de Hikari y Takeru es todo un caos! El amor prohibido siempre viene con muchas complicaciones, pero eso lo hace más intrigante, ¿verdad? Respecto a Taichi, está en una situación difícil con su hermana, pero también veremos cómo se desarrollan las cosas. Y claro, ¡Ryo y Rika tienen más escenas en camino!Gracias por tu comentario, ¡nos leemos pronto! :)
