La conciencia regresó lentamente para Mimi, como si emergiera de una oscuridad densa y sofocante. Entre las sombras que nublaban su mente, empezó a distinguir una voz familiar. La voz de Yamato. La llamaba con preocupación, rompiendo el silencio.

Al abrir los ojos, se encontró rodeada por la penumbra de la habitación, iluminada solo por unas pocas velas. Sintió una presión terrible en sus piernas, como si algo pesara sobre ellas, inmovilizándola. Un dolor sordo la envolvía, dificultando cualquier intento de moverse.

Yamato, al percatarse de que había despertado, se apresuró a inclinarse hacia ella, tomando suavemente su mano entre las suyas. Su rostro mostraba un alivio palpable, aunque una profunda preocupación persistía en su mirada.

—Mimi… —murmuró, con una mezcla de ternura y preocupación—. Gracias al cielo que has despertado.

Ella intentó devolverle la sonrisa, pero el dolor y el agotamiento la mantuvieron en silencio por un momento, sus ojos entrecerrados mientras miraba a Yamato. Finalmente, se atrevió a hablar, aunque su voz era apenas un susurro.

—¿Qué… ocurrió?

El rubio se quedó en silencio ante esta pregunta. No tuvo valor para responder.

No fue necesario contestar, ya que Mimi recordó lo sucedido anteriormente: Su discusión con Sora.

—Tuviste un inconveniente con Sora.—Declaró Yamato serio— Lamentablemente...

Mimi hizo una mueca y llevó su mano a su vientre.

¡Oh no! ¡Su bebé!

—U-una médica...—Balbuceo—Por favor, traigan a una médica.

—Tranquila, tranquila.—Le habló Yamato— Ya te revisó.

Mimi observó el lugar.

¡Claro! Estaba en la enfermería del harem.

—Mi sultán ya revisé a su concubina.— Declaró la mujer.

Y la habitación se sumió en un silencio tenso, apenas roto por la respiración entrecortada de Mimi y el susurro de la médica que se preparaba para dar la noticia. Yamato permanecía de pie junto a Mimi, con su semblante marcado por la preocupación y la incertidumbre, sin poder apartar la vista de su rostro pálido y visiblemente afectado.

—¿Q-qué me sucedió?— Preguntó Mimi— ¿Me revisó?

La médica asintió.

—¿Y-y?—Cuestionó la castaña—¿A qué se debió ese sangrado?

La mujer hizo una mueca—Sultán… sultana… —comenzó, esforzándose por mantener la voz firme, aunque en su rostro se notaba la dificultad para comunicar lo que estaba por decirles—, lamento mucho traer estas noticias en un momento tan delicado, pero siento que deben saberlo.

Mimi, quien se encontraba recostada en la cama y debilitada, apenas alcanzó a abrir los ojos lo suficiente para mirar a la médica, buscando una explicación para la mezcla de dolor y cansancio que sentía en el cuerpo. Yamato le dio un suave apretón en la mano, como si tratara de infundirle fuerza, aunque en su interior la inquietud comenzaba a cobrar un peso abrumador.

—Ya tengo el veredicto luego de haber revisado a la sultana.—anunció la médica, dejando caer las palabras con delicadeza, pero su voz aún resonaba con el peso de lo irremediable. Mimi se quedó en completo silencio, sus ojos ensanchándose por el asombro y el desconcierto— Usted ¿sabía que estaba embarazada cierto?

Yamato se sorprendió ante esto: —¿Embarazada?—Volteo hacia ella.

Mimi asintió— Sí, lo sabía.—Declaró.

El rubio la observó sorprendido: —¿Por qué no me dijiste?

—Que-quería que fuera una sorpresa.—Informó Mimi— Ahora que regresábamos a palacio quería darle la noticia.

Yamato volteo hacia la médica.

—¿Eso explica el sangrado?

La mujer asintió.

—Dígame...—Mimi le habló—¿Mi bebé está bien?

La médica hizo una mueca ante esta pregunta.

—¡Responda!— Exclamó Yamato— ¿Está bien?

La médica suspiró, su expresión reflejaba la pena de lo que estaba por añadir. —Lo siento… —hizo una pausa, midiendo cada palabra con cuidado—, debido al golpe y al estrés de la caída, el embarazo no pudo continuar. Lamento decirles que han perdido al bebé.

En ese instante, Mimi sintió como si el suelo se desvaneciera bajo ella. El mundo, que ya le parecía oscuro y lejano, se tornó aún más sombrío al escuchar la sentencia final. Un dolor sordo y desgarrador comenzó a extenderse por su pecho mientras las lágrimas inundaban sus ojos, rodando lentamente por sus mejillas. Se llevó una mano al abdomen, como si instintivamente intentara aferrarse a algo que ya no estaba allí, mientras un sentimiento de pérdida irrecuperable se apoderaba de su ser.

—No… no puede ser —musitó en voz baja, como si se negara a aceptar la realidad. Yamato, todavía aturdido por la noticia, tomó con más fuerza su mano, inclinándose hacia ella para envolverla en sus brazos en un intento de consolarla, aunque él mismo estaba devastado.

—Mimi… —susurró Yamato, su voz apenas un murmullo de apoyo en medio de la tristeza compartida. Podía sentir la desesperación y el dolor de ella como propios, un golpe que lo afectaba no solo por el hijo que habían perdido, sino también por la agonía evidente de su amada.

—N-no...esto no...—continuó Mimi entre sollozos, sus palabras apenas audibles por la profunda tristeza que las ahogaba. Se cubrió el rostro con las manos, deseando por un instante poder borrar aquel dolor que parecía consumirla desde lo más profundo de su alma.

La médica, respetuosa del momento, se apartó un poco, dejándoles espacio en medio del duelo que apenas comenzaba. Yamato cerró los ojos, sintiendo el peso del dolor crecer en su pecho, incapaz de encontrar las palabras adecuadas que pudieran aliviar aquella herida. Todo en su ser le rogaba poder hacer retroceder el tiempo, evitar que aquella desgracia cayera sobre ellos.

Finalmente, Yamato volvió a mirarla, con una mezcla de tristeza y determinación, acariciando su rostro húmedo por las lágrimas. —Estaré aquí contigo, Mimi… pasaremos por esto juntos. No tienes que cargar con este dolor sola.

Mimi asintió levemente, aunque su dolor apenas se veía mitigado. En ese instante, ambos se aferraron al otro, sintiendo el vacío de la pérdida y compartiendo en silencio la promesa de apoyarse mutuamente en los días que les aguardaban, conscientes de que aquel dolor no se desvanecería tan fácilmente.


Yamato caminaba de un lado a otro en su habitación, la ira y el dolor reflejándose en cada uno de sus movimientos. Natsuko, su madre, lo observaba desde la distancia, con el semblante lleno de tristeza y preocupación. Finalmente, se acercó, intentando apaciguar la tormenta que se reflejaba en los ojos de su hijo.

—Yamato, por favor, calma ese enojo —le dijo con suavidad—. Entiendo que esto ha sido doloroso, pero...

—¿Calmarme, madre? —interrumpió él, girándose hacia ella con una expresión de angustia—. No puedo estar tranquilo después de lo que pasó. ¡Sora no tuvo reparo alguno en hacerle esto a Mimi! ¿Y tú? Tú le diste el espacio, la confianza, para que se sintiera libre de hacer lo que quisiera.

Natsuko suspiró, con el peso de la culpa reflejándose en su rostro—. No era mi intención, Yamato. —Se acercó y le puso una mano en el hombro—. Yo solo… siempre quise a Sora. Pensé que era la mejor elección para ti, la veía como a una hija. Nunca habría imaginado que algo así pudiera suceder. Estoy segura de que fue un accidente, Sora no haría algo así a propósito.

—¿Un accidente? —repitió Yamato con incredulidad, apartándose de su madre—. ¿De verdad crees eso? No justifiques lo que hizo, madre. —Su voz se quebró, revelando el dolor que trataba de ocultar—. No fue justo para mí… ¡perder otro hijo por su culpa!

Natsuko bajó la mirada, sintiendo una punzada de tristeza en su pecho al escuchar esas palabras. Había perdido la oportunidad de conocer a otro nieto, una vida que ni siquiera llegó a ver la luz. No pudo evitar un suspiro cargado de pena y dolor.

—Y también es culpa tuya.—replicó, acercándose con firmeza.

—¿Mía?

Yamato asintió: —Debido a tu decisión de exiliar a Mimi no tuvo los cuidados suficientes y perdió a nuestro bebé, madre. ¡Nuestro bebé!

La habitación se quedó en un silencio sepulcral, y los consejeros intercambiaron miradas nerviosas. Natsuko frunció el ceño, sin poder evitar que un atisbo de culpa se asomara en su rostro.

—Yamato, no puedes culparme por lo que ocurrió. Sabes que lo hice para protegerte a ti y al harem —defendió ella, pero su voz tembló levemente.

—¡Protegerme! —exclamó Yamato, su voz elevándose—. ¿De qué me has protegido, madre? ¿De ser feliz? ¿De tener una familia? Este exilio ha hecho más daño del que imaginas. Mimi no está bien y no sé cómo ayudarla.

Natsuko lo miró fijamente, la tensión entre ambos palpable. El dolor de su hijo era evidente, y por primera vez, sintió el peso de su decisión.

—No pensé que esto sucedería... —musitó, con un hilo de voz—. Creí que alejarla del palacio sería lo mejor para todos. Pero no quería que esto ocurriera.

—No lo pensaste —Yamato la interrumpió, la frustración brillando en sus ojos—. Siempre has estado tan centrada en el poder y en las apariencias que olvidaste lo que realmente importa. No solo exiliaste a Mimi, la dejaste sola y vulnerable. Y ahora, hemos perdido a un hijo que ni siquiera llegamos a conocer.

Las palabras de Yamato resonaron en la habitación, llenas de dolor y furia. Natsuko sintió que las lágrimas amenazaban con brotar, pero las contuvo. Sabía que había cometido un error, pero su orgullo le impedía admitirlo por completo.

—Yo... —comenzó, pero Yamato no le dio la oportunidad de terminar.

—Ya no quiero escuchar más excusas. Solo quiero que entiendas el daño que has causado. Esto no se trata solo de la dinastía, madre; se trata de mi familia, de Mimi. Te exijo que reconozcas tu parte en esto.

Un profundo silencio se instaló en la sala. Natsuko bajó la mirada, sintiendo la presión de la culpa y la desesperación. Su hijo había crecido, y su amor por Mimi había tomado un lugar central en su vida.

—Voy a hacer lo que sea necesario para enmendar esto —dijo finalmente, su voz más suave, pero con un leve temblor—. Haré todo lo que esté en mi mano para ayudar a Mimi a recuperarse.

—¡Claro que tendrás que hacerlo!— Yamato continuó, con la determinación endureciendo su voz— Pero no solo tú. Yo también tendré que colocar límites.

—¿Límites?

Yamato asintió: —No puedo permitir que esto siga ocurriendo. —Miró a su madre, como si tratara de hacerle entender la magnitud de lo que sentía—. Estoy profundamente decepcionado de Sora. La confianza que tenía en ella ha desaparecido, y me duele porque nunca esperé que llegáramos a esto.

—Yamato… —murmuró Natsuko, su voz temblando—. ¿Qué vas a hacer ahora?

—Sora ya no es de mi interés —respondió él, con frialdad y firmeza—. No puedo seguir viéndola como antes, no después de lo que hizo.

—Es la madre de tu hijo mayor —replicó Natsuko, intentando que reconsiderara.

—Lo sé, y es precisamente por eso que no la castigué. Por respeto a Kiriha, no quise que esto se tornara aún más amargo —respondió Yamato, sus ojos fríos y firmes—. Pero que quede claro, madre: desde hoy, todo cambió entre Sora y yo.


Minutos después

Yamato observó a Sora con una mirada dura, su ceño fruncido y la mandíbula tensa mientras trataba de contener la mezcla de furia y dolor que lo invadía. La ira se reflejaba en sus ojos, dejando claro el peso de la decepción que cargaba en ese momento.

—¿Sabes en qué lío nos has metido, Sora? —inició Yamato, con voz firme y cortante.

Sora, sorprendida por el tono inusual en él, intentó defenderse—. Fue ella quien comenzó, Yamato. Mimi me molestó primero.

Yamato soltó una carcajada amarga, sin perder su tono severo—. ¿Y eso justifica lo que hiciste? ¡No importa quién empezó, Sora! ¡Por tu culpa, Mimi perdió al bebé que esperaba!

Sora se quedó paralizada, sus ojos abriéndose de par en par mientras el peso de la noticia caía sobre ella. Se quedó sin palabras, sin saber cómo reaccionar, intentando procesar lo que acababa de escuchar. Finalmente, logró articular en un susurro—¡Mentira! Ella inventó que estaba embarazada.

—¡No lo inventó!— Gritó Yamato— La médica lo acabo de confirmar.

¿Qué?

—¿Estaba… estaba embarazada?

—Sí —respondió Yamato, su voz cargada de resentimiento—. Y debido a tu arrebato, lo hemos perdido. ¡He perdido a un hijo!

¿Lo perdió?

—Ya-Yamato...—Sora balbuceó, su tono ahora tembloroso y su mirada desbordada de ansiedad. Sintió un estremecimiento recorrer su cuerpo, aunque no por el dolor de Mimi, sino por el de él, y por lo que eso podía significar para ella—. Te juro que yo no quería...

—¡Eso no importa! —espetó Yamato, su voz resonando en la habitación como una sentencia—. Deberías haber pensado en las consecuencias antes de actuar tan impulsivamente. ¡Lo que has hecho no tiene excusa!

Sora dio un paso hacia él, con los ojos brillantes de lágrimas y un aire desesperado—. Yamato, por favor… Yo no quise hacerle daño a nuestro hijo. No sabía… por favor, perdóname…

Pero él la miró con desdén, la decepción en su rostro transformándose en un gesto de desprecio que ella no había visto antes—. Perdón… —repitió en voz baja, con un tono gélido—. ¿Tú crees que mereces perdón luego de provocar la muerte de mi hijo? Nunca pensé que podrías llegar a hacer algo tan… tan cruel, tan… egoísta.

—¡No quería hacerle daño a tu hijo! —suplicó Sora, ahora con lágrimas corriendo por su rostro, la culpa mezclada con su desesperación. Su voz se quebraba mientras trataba de buscar en él algún signo de comprensión—. Por favor, Yamato, no era mi intención…

Yamato negó con la cabeza, aún sin inmutarse por las lágrimas de Sora. Su expresión se endureció aún más—. Jamás esperé esto de ti, Sora. Creí que podía confiar en ti, que nunca harías algo tan bajo… Y ahora, ¿qué me queda? ¿Qué he ganado con tu traición? Has matado a mi hijo. —Su voz subió de tono, cada palabra cargada de un resentimiento que lo carcomía—. ¡Te mereces perder todos los privilegios que tienes, y más!

Sora, desbordada por el pánico, dio un paso hacia él, estirando una mano suplicante—. ¡No, por favor! No me quites lo que tengo. Yamato, yo te amo, yo… no quiero perderte.

Pero Yamato apartó su mano de un movimiento frío, sin mostrar piedad alguna—. Tu amor no es suficiente para reparar esto, Sora. Has demostrado que no eres digna de la posición que te di, ni de la confianza que alguna vez puse en ti.

Yamato se mantuvo firme, su mirada fija en Sora, que seguía temblando por la combinación de tristeza y temor. El silencio que llenaba la habitación se sentía como un peso asfixiante, interrumpido solo por el eco de las palabras no dichas entre ellos.

—Sora —dijo finalmente, su voz profunda y autoritaria—, he tomado una decisión.

Ella tragó saliva, sintiendo que su corazón se detenía.

—¿Qué decisión? —preguntó, su tono titubeante.

—Has demostrado ser incapaz de manejar la responsabilidad que conlleva tu posición. Por tus acciones, yo… no puedo permitir que sigas siendo mi Bas Kadin.

Sora se quedó paralizada, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar. La palabra "despojada" resonó en su mente como un eco, y el terror se apoderó de ella.

—No… —musitó, sacudiendo la cabeza con incredulidad—. Yamato, por favor… no puedes hacerme esto.

—He tomado mi decisión —repitió él, con una frialdad que cortaba como un cuchillo—. No puedo confiar en alguien que ha sido tan egoísta y desconsiderada. Has puesto en peligro no solo a nuestra familia, sino a mi legado.

Ella dio un paso hacia él, buscando alguna señal de que su relación pudiera ser salvada, pero él se mantuvo firme, como una pared impenetrable.

—¡No lo entiendo! —exclamó, su voz llena de pánico—. ¡Todo lo que hice fue por celos! No quería que Mimi tuviera lo que yo no podía darle…

—¿Y qué has logrado con eso, Sora? —interrumpió Yamato, el desdén marcado en su voz—. Solo has sembrado más discordia y dolor. He perdido a un hijo por tu culpa.

Sora sintió que las lágrimas brotaban de sus ojos, incapaz de contener la oleada de desesperación. Se aferró a la esperanza, a la posibilidad de que pudiera cambiar su decisión.

—Yamato, por favor… —imploró—. Te prometo que haré lo que sea necesario para ganarme tu confianza de nuevo. No puedo perderte. No puedo perder mi lugar.

—Lo siento, Sora —respondió, su voz más firme que nunca—. Has cruzado una línea que no puedo ignorar. Ya no serás la Bas Kadin. Tu título será revocado, y deberás asumir las consecuencias de tus actos.

Ella se tambaleó, sintiéndose como si el suelo se desvaneciera bajo sus pies.

—¿Y qué pasará conmigo? —preguntó, su voz quebrándose—. ¿Seré solo una sombra en el palacio, desterrada a un rincón olvidado?

—No tengo tiempo para considerar tus sentimientos ahora. Debes irte, y encontrarte a ti misma. —Las palabras de Yamato eran un golpe brutal, despojándola de cualquier esperanza.

Sora se dio cuenta de que no había nada más que pudiera decir para cambiar su destino.

—Yamato… —susurró, sintiendo que su mundo se desmoronaba—. Te amaré siempre.

—Eso ya no importa —replicó él, su mirada inquebrantable—. Mi decisión está tomada. Ahora, por favor, vete.

Sora sintió que su corazón se rompía mientras se daba la vuelta, dejando atrás la única vida que había conocido. Las lágrimas caían libremente por su rostro mientras se alejaba, y Yamato se quedó mirando su figura desvanecerse en la distancia, sintiendo que la traición había dejado cicatrices que nunca sanarían.


La cena transcurría en un silencio casi solemne. Yamato observaba a Mimi desde el otro lado de la mesa, contemplando cada uno de sus movimientos mientras ella intentaba aparentar tranquilidad. Cada vez que alzaba la vista, ella le devolvía una sonrisa forzada, una mueca que, aunque dulce, no lograba esconder el dolor que se reflejaba en sus ojos.

—Mimi… —murmuró Yamato con suavidad, inclinándose un poco hacia ella. Sabía que su mirada penetrante no le daría escape.

Mimi bajó la vista al plato, trazando con el tenedor círculos sobre la comida sin verdadero interés. Tras un segundo, volvió a mirarlo, manteniendo aquella sonrisa débil.

—Estoy bien —dijo en voz baja, como si intentara convencerse a sí misma tanto como a él—. Es solo que… es mucha emoción volver a casa y toda la presión que...

Yamato frunció el ceño, su expresión endurecida. No necesitaba que ella pretendiera; él entendía su tristeza y su duelo, y la impotencia lo carcomía al no poder cambiar lo que había ocurrido.

—No tienes que fingir conmigo —respondió con un tono firme, aunque manteniendo la suavidad en su mirada—. Sé que estás herida… que no es fácil perder a un hijo.

La mano de Mimi tembló ligeramente sobre la mesa, y una sombra de vulnerabilidad cruzó su rostro. Desvió la mirada, sus pestañas ocultando el brillo que amenazaba con convertirse en lágrimas.

—Yamato… —susurró, luchando por mantener su compostura—. Lo intenté todo, realmente lo intenté. Pero no pude hacer nada… Él simplemente… se fue.

El sultán se levantó de su asiento, acercándose a ella en silencio. Colocó una mano sobre su hombro, transmitiéndole una calidez y una cercanía que las palabras no podían expresar.

—No estás sola, Mimi —dijo, su voz apenas un murmullo—. Nunca estarás sola en esto. Juntos superaremos esta pérdida. Thomas y Izumi necesitan de ti, y yo también.

Mimi asintió, finalmente dejando que las lágrimas se deslizaran por sus mejillas. Yamato rodeó sus hombros con su brazo, atrayéndola hacia él mientras apoyaba la cabeza en su pecho, permitiéndose, por primera vez, aceptar el consuelo.

Yamato sostuvo a Mimi entre sus brazos por un largo momento, permitiéndole descargar la tristeza que había estado conteniendo. La estrechó con firmeza, deseando que su cercanía aliviara al menos una fracción de su dolor. Finalmente, la miró y acarició con suavidad su rostro enrojecido.

—Mimi… —comenzó con un tono decidido pero gentil—. Sé que esto no puede reparar lo que perdiste, pero quiero que tengas algo que te recuerde cuánto significas para mí y para este imperio. Te ofrezco un deseo, lo que tú quieras, pídeme lo que tu corazón desee, y te lo concederé.

Mimi lo miró en silencio, su expresión desbordada de tristeza. Tomó una respiración temblorosa, y finalmente habló, su voz quebrada.

—Quiero… quiero a mi bebé de regreso, Yamato.

El sultán sintió un nudo en el pecho. Era lo que temía oír, pero también era lo que había esperado. Bajó la mirada, el dolor en sus propios ojos reflejando el de ella.

—Mimi… —dijo suavemente, sosteniendo su mano con ternura—. Lo siento. No puedo cumplir ese deseo, no puedo traer de vuelta a nuestro hijo.

Mimi dejó caer la cabeza y suspiró, cerrando los ojos mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla. Yamato apretó su mano, tratando de transmitirle su apoyo.

—Pero pídeme otro regalo y lo cumpliré.

Por la mente de Mimi pasó la idea de ahorcar a Sora con sus propias manos, acabar con ella, expulsarla del lugar. Pero se retractó de esto, por dos razones; Primero, Yamato ya estaba aplicando la ley del hielo con ella y la despojo de su título de concubina principal como Bas Kadin. Con eso ya esta sufriendo. Segundo: ella misma se encargaría de hacerla sufrir poco a poco por lo que ocurrió. Sin embargo, por el momento quería estar tranquila, no buscar más problemas con Sora.

—Quizás… —continuó con cautela, esperando no abrumarla más— no es el momento para que respondas a mi ofrecimiento. Pero cuando sientas que ha llegado el momento, cuando encuentres algo que anheles, algo que pueda darte… cumpliré tu deseo.

Mimi asintió lentamente, aceptando sus palabras en silencio. Yamato la rodeó una vez más con sus brazos, y Mimi se dejó consolar, sintiendo una chispa de esperanza.


Sora se encontraba en el jardín del palacio, el aire fresco y fragante de las flores no lograba aliviar la opresión en su pecho. Se sentía desolada y perdida, su mundo tambaleándose a su alrededor. Se acercó a Natsuko, quien observaba desde un banco, con una expresión de decepción que la hizo estremecer.

—Natsuko, por favor, tienes que ayudarme —le suplicó Sora, sus ojos brillantes de lágrimas—. Convence a Yamato de que no me quite mi posición. No puedo perderlo, no puedo perderlo todo.

Natsuko la miró, el desdén evidente en su rostro, y negó con la cabeza.

—Sora, lo que hiciste fue imperdonable. No puedo interceder por ti. Has arriesgado todo por un arrebato de celos.

—¿Por qué no puedo hacer algo? —preguntó Sora, su voz temblorosa—. Dime la razón, por favor.

—Actuaste de manera imprudente —respondió Natsuko, con una dureza que cortaba—. No debiste empujar a Mimi. Esa fue una línea que no debiste cruzar.

Sora sintió que su corazón se hundía.

—Pero… yo creía que el embarazo era una mentira —insistió, buscando algún resquicio de comprensión en la mirada de Natsuko—. Pensé que solo estaba tratando de manipular a Yamato.

—No, Sora —contestó Natsuko, alzando la voz con fuerza—. Era verdad. La médica lo confirmó, y por eso mismo, ¡no debiste empujarla!

El rostro de Sora palideció, el peso de la revelación cayendo sobre ella como una losa.

—Y ahora, ¿qué crees que pasará? —continuó Natsuko, su tono implacable—. Yamato jamás te perdonará por esto. Has matado a su hijo.

—¡No lo hice! —gritó Sora, sus lágrimas fluyendo libremente—. ¡No quería que eso sucediera! Solo actué por impulso… no pensé que todo fuera tan grave.

—Tu impulso ha tenido consecuencias fatales —replicó Natsuko, con una frialdad que hizo que Sora se sintiera aún más aislada—. No hay vuelta atrás. Debes aceptar lo que has hecho y las repercusiones que conlleva.

Sora se dejó caer sobre un banco cercano, sintiendo que el mundo se desmoronaba a su alrededor.

—¿No puedes hacer nada? —preguntó, su voz casi un susurro—. ¿No puedes hablar con él, tratar de hacerle entender?

Natsuko la miró con compasión, pero también con un desdén palpable.

—No soy quien para abogar por alguien que ha traicionado la confianza de mi hijo ¡matando a mi nieto!. Has hecho tu cama, Sora. Ahora tendrás que acostarte en ella.

Sora sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Su relación con Yamato, que una vez había sido tan prometedora, se desmoronaba ante sus ojos.

—Se lo suplico sultana madre...—murmuró, sintiéndose completamente perdida—. No quiero ser solo una sombra en este palacio.

Natsuko se levantó del banco, dándole la espalda a Sora.

—No serás una sombra.— Comentó— Siempre te apoyaré. Pero, frente a esto, no puedo hacer más.

Sora la observó marcharse, el desamparo la envolvía como una niebla oscura. La incertidumbre y el arrepentimiento la consumían, mientras se preguntaba si había algún camino de regreso a la vida que una vez había conocido.


~Días después~


La tensión en el palacio había alcanzado un punto álgido. A Mimi la consumía la tristeza, a Sora la ira por perder su lugar, no obstante, debía admitir que se sentía feliz en cierto modo porque Mimi no daría a luz a otro hijo. Era un sentimiento sombrío, aunque era irónico, esa experiencia la unía a la otra sultana...Porque también perdió a un hijo, mejor dicho, a dos.

Mimi se encontraba en el harem, viendo como su pequeño hijo Thomas jugaba con su hermano, Kiriha. Mientras que ella mecía a su pequeña hija Izumi en sus brazos.

La tristeza era evidente, jamás esperó perder un bebé, al contrario, a pesar de estar exiliada se hizo muchas ilusiones de regresar al palacio y formar una hermosa familia con Yamato, Thomas, Izumi y su tercer bebé, teniendo una familia grande. Pero ahora ese sueño se reducía.

La tristeza la envolvía como una nube densa.

De repente, el suave ruido de pasos la sacó de sus pensamientos. Sora apareció en la entrada, con una expresión severa, su mirada fija en Kiriha. Los niños se detuvieron al verla, pero continuaron jugando al no recibir ninguna señal de sus madres.

—Kiriha —llamó Sora con voz firme—, es hora de que regreses conmigo.

Mimi no dijo nada, manteniendo su atención en Izumi, balanceándola en sus brazos como si Sora no estuviera ahí. Pero Sora, con un toque de sarcasmo en la voz, se inclinó un poco hacia ella.

—Es curioso, ¿no? —dijo Sora en tono frío, observando a Mimi—. Qué tan frágil puede ser la vida, incluso en medio del lujo del palacio. Es casi como si algunas personas simplemente no estuvieran destinadas a tener… esa vida perfecta que imaginan.

Mimi sintió un nudo en la garganta, pero se mantuvo en silencio. Sabía que Sora estaba buscando una reacción, queriendo aprovechar su vulnerabilidad. Sin embargo, Mimi se limitó a ignorarla, apretando suavemente a Izumi contra su pecho, buscando el consuelo en la calidez de su hija.

Sora, viendo que no obtenía la respuesta que deseaba, decidió llevar la provocación un paso más allá.

—Acaso ¿no hablas Mimi?— Preguntó.

Mimi frunció el ceño ante esto y alzó la mirada: —¿Qué quieres, Sora? —preguntó, tratando de ocultar su malestar al ver a la mujer que había sido una fuente constante de frustración.

—¡Vaya! Hasta que finalmente hablas.

—Solo venía a ofrecer mis condolencias —respondió Sora, su tono suave pero lleno de desdén—. Pero, al parecer, ya no hace falta.

—¡No necesito tus condolencias!— Exclamó Mimi— Después de todo, tú eres la asesina de mi bebé.

Sora frunció el ceño: —No soy una asesina.

—¡Si lo eres!

—¡Hey! Respétame. No eres quien para hablarme así.

—¡Claro que sí!— Exclamó la castaña—Soy la favorita de su majestad y madre de dos de sus hijos.

Sora rodó los ojos: —¿Y?

Mimi frunció el ceño airada.

—¿Sabes? Verdaderamente me estaba apiadando de ti al verte triste.—Comentó la pelirroja—Pero veo que no necesitas que me apiade de ti.

—No hables tonterías. Sé muy bien que estás feliz de verme así.

Sora movió los labios— Pues...—Comentó—Sí. w

Mimi la miró con incredulidad, sintiendo cómo la rabia empezaba a burbujear en su interior.

—¿Te alegra mi dolor? —exclamó, incapaz de contenerse—. ¿No tienes un poco de respeto, Sora? Perder a un hijo es algo terrible, y no debería ser motivo de celebración.

—Oh, por favor, Mimi —respondió Sora, riendo con desdén—. Sabes lo que se siente. No hace mucho tiempo, yo también pasé por eso. Pero, ¿quién se preocupó por mí? Nadie. Solo tú, intentando arrebatarme el lugar que me corresponde como la sultana principal.

Mimi sintió que su corazón se aceleraba. La insolencia de Sora era insoportable.

—No tengo la culpa de que tú perdieras a tu bebé en el pasado—gritó Mimi, levantándose con furia—. No puedo creer que estés aquí disfrutando de mi sufrimiento como si fuera un espectáculo.

—No lo disfruto, pero es justo —respondió Sora, avanzando hacia ella, su mirada desafiando a Mimi—. Has intentado robarme todo, desde mi posición hasta el amor de Yamato. ¿Por qué debería sentir compasión por ti?

Mimi apretó los puños, la ira brotando con cada palabra de Sora.

—No intenté robarte nada, Sora. Siempre he tratado de hacer lo correcto por nuestra familia, mientras tú te mueves entre las sombras, manipulando a todos para obtener lo que quieres. ¡Tú eres la que ha causado más dolor!

Sora se rió, una risa llena de veneno.

—¿Y ahora te haces la víctima? No me hagas reír. Sabes que la vida es un juego de poder. Si no te gusta, entonces simplemente no deberías haber entrado en este mundo.

La tensión era palpable, y el ambiente se cargó con la energía de la confrontación. Mimi sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas de rabia.

—Lo que tú digas no cambiará lo que he sufrido —declaró, su voz firme aunque temblorosa—. Y, por si no lo sabías, no necesito tu aprobación.

Sora sonrió con desdén, disfrutando de cada palabra hiriente que intercambiaban.

—Eres una ilusa si crees que puedes tener un lugar aquí sin luchar por él. Y, al final, creo que el destino es justo. Perdiste a tu bebé, y ahora entiendes un poco de lo que yo pasé. No hay mayor tristeza que tener que ver a tu hijo arrebatarse antes de nacer.

Mimi sintió que el veneno de Sora se clava en su corazón.

—¡Cállate! No tienes derecho a hablarme de dolor —gritó, sintiendo cómo la rabia y la tristeza se unían en un torbellino de emociones—. Perder a un hijo no es una competencia, y no lo convertiremos en una.

—Pero tú lo hiciste —replicó Sora, con un tono burlón—. Tuviste el atrevimiento de poner en peligro mi posición. Esto es un recordatorio de que el poder siempre tiene un precio, y tú lo estás pagando ahora.

La rabia de Mimi alcanzó su punto máximo, y dio un paso hacia Sora, acercándose lo suficiente para que sus rostros casi se tocaran.

—¡No soy tú! No quiero vivir en un mundo de rencores y odio. Pero me doy cuenta de que tú no puedes escapar de tu propio veneno. Este dolor que sientes, no es solo por la pérdida de un hijo, es la consecuencia de tus propias decisiones.

Sora retrocedió ligeramente, sorprendida por la claridad en las palabras de Mimi, pero rápidamente recuperó su actitud desafiante.

—Te equivocas. Mi dolor es solo el resultado de mis elecciones y de la forma en que he elegido manejar este mundo. Pero tú, querida Mimi, te has vuelto débil. Y eso es algo que no puedo permitir.

Mimi sintió una mezcla de tristeza y determinación.

—No soy débil. Solo estoy cansada de luchar contra ti. Pero no permitiré que uses mi dolor como una herramienta para hacerme daño.

Sora la miró, su sonrisa desvaneciéndose, y por un breve momento, las dos sultanas se quedaron en silencio, enfrentándose en una batalla de miradas que representaba mucho más que sus palabras. Era una lucha por el poder, por el respeto, y por lo que significaba ser mujer en un mundo que a menudo las veía como meras piezas de un juego.

Finalmente, Sora se dio la vuelta, dejando atrás a Mimi con la sensación de que la batalla aún no había terminado, que sus caminos se cruzarían nuevamente en esta guerra silenciosa por la supremacía dentro del palacio. Mientras la puerta se cerraba detrás de Sora, Mimi sintió que el vacío de su dolor era aún más profundo, pero también estaba decidida a no dejar que nadie la pisotease.


Yamato mantuvo su mirada en Mimi, sus ojos oscuros reflejaban un pesar profundo.

—Mimi, creo que no es la mejor decisión —dijo, su voz teñida de una mezcla de frustración y tristeza—. Hemos pasado por mucho, sí, pero esta pérdida no debería separarnos. Al contrario, deberíamos apoyarnos, sostenernos en esto.

Mimi bajó la vista, su expresión endureciéndose mientras apretaba sus manos. Yamato se acercó un paso más, buscando sus ojos.

—Entiendo que estés herida —continuó, suavizando su tono—. Pero, juntos podemos sanar, podemos construir el hogar que soñamos. No quiero que apartes todo lo que hemos construido por miedo.

Ella tragó saliva, y alzó la vista hacia él con una leve amargura en los ojos.

—No es solo el miedo, Yamato. Es todo lo que implica estar a su lado… —su voz se quebró—. No quiero vivir con el riesgo de que un día me aparte de Thomas e Izumi porque alguien en el palacio decida que soy una amenaza o porque se dé otra de estas situaciones… No quiero someterme a eso.

—Mimi, te prometo que eso no volverá a suceder. Haré lo que sea necesario para que tú y nuestros hijos estén seguros. Confía en mí —su tono se volvió casi suplicante.

—Lo intento, Yamato —admitió ella, con una voz quebrada—. Pero ahora… siento que la única forma de protegerlos es alejarme de esa parte de nuestra relación.

Yamato suspiró, tomándose un momento antes de responder, su mirada serena pero decidida.

—Mimi, por favor, no pienses en los demás ¿sí? Yo ya te he intentado demostrar que eres importante para mi...—comentó, su tono inquebrantable—. Ellos pueden hablar, pueden criticar, pero nadie tendrá poder para hacerte daño mientras estés bajo mi protección.

Mimi bajó la mirada, luchando con el torbellino de emociones que despertaban en ella. La promesa de seguridad, el deseo de Yamato de mantenerla cerca… y, a la vez, la creciente certeza de que ese camino solo traería más conflictos y peligros.

—Pero… ¿a qué costo, Yamato? —preguntó finalmente, su voz suavizándose mientras levantaba la vista para mirarlo—. No quiero que esto termine por separar aún más a tu familia, ni que nuestros hijos paguen las consecuencias de estas decisiones.

Yamato suspiró, dándose cuenta de la magnitud de sus palabras. Sin embargo, con la misma convicción, le tomó las manos.

—Ese riesgo lo asumiré yo. Mi responsabilidad es contigo y con nuestros hijos. Nadie, ni siquiera la madre sultana, estará por encima de mi decisión.

Mimi lo miró en silencio, su corazón dividido entre el amor y la razón. Aunque entendía su determinación, no podía dejar de sentir que los problemas apenas comenzaban.

Yamato se acercó lentamente a Mimi, sus ojos reflejaban una mezcla de vulnerabilidad y deseo que pocas veces dejaba ver. Sin decir nada, la besó, un beso profundo y sincero, como si intentara sellar con él todas las promesas que acababa de hacerle. Al separarse, la miró intensamente, buscando en sus ojos algo que aún no había puesto en palabras.

—¿Me quieres, Mimi? —preguntó en voz baja, casi susurrando.

Mimi lo miró a los ojos, y, después de un breve silencio, asintió.

—Sí… —susurró—. En este tiempo… me he enamorado de ti, Yamato. Te amo.

Las palabras salieron de sus labios con una suavidad que reflejaba toda la sinceridad de su corazón. Pero rápidamente, sus ojos se ensombrecieron, y bajó la mirada, atrapada en la realidad que los rodeaba.

—Pero… esta situación es tan difícil —continuó, su voz temblando apenas—. Por todo lo que ha pasado, por todo lo que viene. Tengo miedo de lo que nuestras decisiones puedan traer… para nosotros y para los niños.

Yamato la tomó de la mano, sus dedos acariciando los de ella en un intento de transmitirle calma.

—Nada será fácil —murmuró, inclinándose para que sus ojos volvieran a encontrarse—. Pero estoy dispuesto a enfrentar lo que sea necesario contigo. No permitiré que el miedo dicte nuestra vida.

Mimi lo miró, sus ojos llenos de amor, pero también de una profunda preocupación. Aunque el amor que sentía por él era real, las consecuencias de su relación pesaban sobre ella, como una sombra de incertidumbre.

Los ojos de Yamato reflejaban una mezcla de deseo y determinación. Mimi, atrapada en su mirada, no pudo evitar sentirse vulnerable y confundida, pero también atraída de una manera que no lograba controlar. El mundo parecía detenerse mientras él se acercaba y la acorralaba suavemente contra la pared, inclinándose para encontrarse con sus labios en un beso lento y profundo.

La conexión era palpable; los meses de separación, las dudas y el dolor parecían evaporarse en el calor del momento. Mimi sintió su cuerpo rendirse a esa intensidad, su mente nublada por las sensaciones y la cercanía de Yamato, el hombre al que había llegado a amar sin reservas, a pesar de todo lo que habían atravesado.

Yamato interrumpió el beso por un instante, lo justo para estudiar su expresión, viendo en sus ojos el brillo de lágrimas que comenzaban a deslizarse por sus mejillas.

—No… —murmuró Mimi, con un temblor en su voz que intentaba reprimir—. Por favor, no.

Sin embargo, Yamato no se detuvo; en su lugar, levantó una mano para secar con suavidad las lágrimas de su rostro, y luego bajó sus labios hasta rozar su piel con una ternura que contrastaba con la pasión contenida en su mirada. Mimi se estremeció, sintiendo cómo su boca recorría lentamente su mejilla, luego su mentón, y más abajo, explorando cada rincón de su cuello, sembrando besos que despertaban en ella un torbellino de emociones.

Cuando Yamato encontró el borde del vestido de Mimi, deslizó sus dedos hasta el lazo que lo sujetaba, aflojándolo con cuidado y dejando que el vestido se deslizara lentamente, exponiendo su piel al toque de sus manos firmes y cálidas. Ella cerró los ojos, buscando en su interior la fuerza para detenerlo, pero en ese momento era como si las barreras que había construido se desmoronaran. El dolor por la pérdida y la frustración por su situación se entrelazaban con su deseo, y la cercanía de Yamato se volvía un consuelo irresistible.

Las caricias de Yamato se volvieron más profundas mientras Mimi se abandonaba al placer que le provocaba, encontrando en su abrazo una mezcla de consuelo y liberación. Él la sostuvo con firmeza, y ella, perdida en la oleada de emociones, dejó que su mundo se redujera a ese instante, a ese roce de piel y a ese amor que, aunque complicado, la hacía sentirse viva en medio del dolor.

Cuando las lágrimas volvieron a surgir en sus ojos, esta vez no eran solo de tristeza; eran también de entrega y de esperanza, y Mimi se permitió el lujo de no pensar en lo que vendría después, de dejarse llevar por el amor y el anhelo que sentía hacia él.


~Tiempo después~


La luz del día atravesaba los grandes ventanales de la oficina de Yamato, bañando el ambiente con un resplandor cálido y solemne. Taichi, firme frente al escritorio del sultán, esperaba en silencio mientras Yamato revisaba unos documentos. Había algo en el ambiente, una expectativa que Taichi podía sentir, aunque no supiera aún de qué se trataba.

Finalmente, Yamato dejó los papeles a un lado y lo miró con una seriedad que rara vez mostraba fuera del campo de batalla.

—Taichi, hace tiempo que quería hablar contigo sobre algo importante. Has sido más que un servidor leal, más que un guardaespaldas… —lo miró con seriedad—. Has sido un amigo incondicional. Es por eso que creo que es hora de cumplir la promesa que hice hace tiempo.

Taichi lo miró, sorprendido, pero sin decir nada aún.

—Te he observado —prosiguió Yamato—, y sé que eres alguien en quien puedo confiar ciegamente.

—Me honra escuchar esas palabras.—Declaró el castaño.

—No te sientas honrado. Es lo que mereces.—Habló el rubio— Y, como miembro de la corte real, quiero que puedas solidificar tu posición.

—¿A qué se refiere con eso?

Yamato suspiró: —Seré directo contigo, Taichi.—Declaró— Eres alguien a quien quiero ver prosperar, como mi amigo me encantaría verte como yerno de esta dinastía.

Taichi comprendió al instante a qué se refería. Yamato había mencionado antes la posibilidad de que él se casara con Esmahan, la joven sultana de la familia, pero siempre había sido una idea lejana, algo que creía que tal vez nunca sucedería. Sin embargo, aquí estaba, con la propuesta de convertirse en esposo de Esmahan y formar un vínculo eterno con la dinastía.

El castaño asintió, procesando las palabras de Yamato. Sabía que este momento llegaría, pero algo dentro de él titubeaba. Esmahan era joven, mucho menor que él. Sabía que, en su cultura, no era algo extraño ni inapropiado, pero su corazón había albergado, en secreto, la idea de un matrimonio por amor, no por razones de estado. Con aquella mujer que tanto amó.

¡Qué equivocado estaba! La única forma de ser feliz era aceptando el compromiso ofrecido por el sultán.

—Dime ¿qué opinas?

—Es un honor, mi sultán —respondió finalmente, eligiendo cuidadosamente sus palabras—. Ser parte de la familia real es algo que nunca habría imaginado para mí. Acepto el privilegio de considerarlo.

Yamato sonrió, satisfecho con su respuesta.

—No es una simple propuesta, Taichi. Es una oportunidad para consolidar nuestra lealtad y nuestra amistad. Sé que serás un gran esposo para Esmahan y que cuidarás de ella como siempre has cuidado de mí.

Taichi asintió, aunque en su mente el torbellino de pensamientos continuaba. Aceptar significaba dejar de lado sus sueños de una unión por amor, y estaba dispuesto a hacerlo por Yamato y por el imperio. Pero en el fondo, no podía evitar preguntarse cómo habría sido su vida si sus deseos personales hubieran tenido más cabida en las decisiones del destino.

Sin embargo, ninguno se dio cuenta que justo en ese momento, cierto pashá estaba cerca y al escuchar aquellas palabras se detuvo en seco.

¡Esto no es posible! Pensó Daigo Pashá. ¡Debía impedir esto a toda costa!


En los aposentos de la sultana Alice, una atmósfera de paz reinaba mientras ella y Sora compartían una tarde de té. Los rayos de sol se filtraban suavemente por las delicadas cortinas, iluminando la porcelana fina y los exquisitos dulces dispuestos en la mesa entre ambas. Conversaban en murmullos, riéndose ocasionalmente, como si en ese instante, el ajetreo del palacio se desvaneciera. Sin embargo, aquella paz fue interrumpida cuando la puerta se abrió sin previo aviso.

—Mi señora, Sultana Sora —saludó Daigo Pashá, inclinándose ligeramente ante ambas. Su tono, aunque respetuoso, era inusualmente grave, y sus ojos destellaban con algo más que mera cortesía.

Alice y Sora lo miraron, sus risas apagándose al percibir la seriedad en el rostro de Daigo. Alice alzó una ceja, intrigada por la interrupción.

—Daigo, ¿ha ocurrido algo? —preguntó Alice, dejando su taza en el platillo y apartando el té con un gesto elegante.

—Tengo noticias que les interesarán —respondió Daigo, avanzando hasta quedar frente a ellas. Su tono sugería que las palabras que seguían eran algo más que una mera información cotidiana del palacio—. Me he enterado de que el sultán Yamato está considerando un compromiso para el príncipe Taichi.

Alice y Sora lo miraron, esperando que continuara. Daigo hizo una breve pausa, observando sus rostros antes de revelar el nombre.

—Está considerando comprometer a Taichi con Esmahan, la hija del príncipe Kouji.

Alice se quedó inmóvil, parpadeando mientras procesaba lo que acababa de escuchar. Sora, por su parte, dejó caer la cuchara en su plato, el sonido del metal reverberando en la sala. Ambas mujeres intercambiaron miradas de alarma, sus pensamientos saltando de una preocupación a otra con rapidez.

—Esmahan... —repitió Alice, casi en un susurro, como si el simple hecho de decir el nombre pudiera traer consecuencias—. ¿Estás seguro, Daigo? ¿Esta noticia es cierta?

—Tan cierta como que el rumor proviene de aquellos que están más cerca del sultán —respondió Daigo, con la voz baja pero firme—. No ha sido anunciado oficialmente, pero parece que Yamato está considerando seriamente esta unión.

Sora frunció el ceño, sus labios apretados y los ojos reflejando una mezcla de incredulidad y enojo. —Pero esto es... una pésima noticia —murmuró, apenas conteniendo su disgusto—. ¿Qué razones podría tener para hacer algo así?

—La política del sultán Yamato es predecible —replicó Daigo—. Ve el matrimonio como un movimiento de ajedrez. Seguramente considera que Taichi, a través de Esmahan, fortalecería su influencia. Además, la joven Esmahan es una sultana, eso significaría que...

—Taichi se convertiría en yerno de la dinastía.— Completó la rubia.

Daigo asintió.

Sora un pequeño temblor en sus manos que disimuló tomando su taza de té. Dejó escapar un suspiro, mirando de reojo a Alice, quien parecía igualmente consternada.

¡Esto no podía ocurrir! ¡Taichi no podía casarse con Esmahan! ¡No podía permitirlo!

—Sultana, esta idea es pésima.—Declaró la pelirroja.

—¡Claro que es pésima!— Exclamó Alice— Taichi no puede ser yerno de la dinastía.

Eso significaría que subiría de estatus y estaría más carca a ser gran visir. ¡Cosa que no podía permitir! Daigo debía ser superior a Taichi.

—Mucho menos con la sultana Esmahan, ella es hija de Haruna, quien fácilmente podría manipularla y colocarla tanto a ella como a Taichi en nuestra contra.—Declaró Sora.

—¡No lo podemos permitir!— Exclamó Daigo—Sultana Alice, esta situación es demasiado delicada para resolverla solos. La única persona que podría impedir que Yamato continúe con esta idea es la madre sultana. Ella sabe lo que esta unión podría significar para la estabilidad del palacio y, más aún, para nosotras.

—Es una opción.

—Pero no sé si tan efectiva.—Declaró Sora— Taichi y la sultana madre tienen muy buena relación, dudo que evite que evite que Taichi ascienda de rango.

—¡Tenemos que intentarlo!— Exclamó la rubia— No podemos permitir que esto ocurra.

La madre sultana era la única figura con suficiente autoridad para hacer que Yamato reconsiderara su decisión, y ellas tendrían que apelar a su experiencia y astucia para proteger los intereses de Daigo y la estabilidad de su familia.

—Hablaremos con la madre sultana —afirmó Alice, poniéndose en pie con la gracia de una sultana, su porte reflejando una firmeza inquebrantable—. No permitiré eso.


Mimi se sentó en la penumbra de sus aposentos, sosteniendo la carta de Haruna Hatun con delicadeza. Desdobló el pergamino y comenzó a leer, sintiendo que cada palabra de su amiga llegaba con el peso de un consuelo sincero.

"Querida amiga, no existen palabras suficientes que puedan aliviar el dolor que cargas ahora. He sabido de tu pérdida, y, aunque estamos separadas, quiero que sientas mi cercanía en este difícil momento. No hay amor más puro que el de una madre, y lo que has pasado es algo que me rompe el corazón. Nadie debería enfrentar ese dolor sola, y lamento no estar ahí para sostenerte."

Mimi sintió cómo sus ojos se humedecían, y respiró profundamente, dejando que la compasión en las palabras de Haruna llenara el vacío que sentía.

"Quiero que recuerdes siempre que eres una mujer fuerte y valiosa. A pesar de los desafíos, has demostrado tener un espíritu indomable, y sé que el amor por tus hijos te dará fuerzas para superar incluso este momento oscuro. Ellos necesitan a su madre fuerte y entera, y yo estoy segura de que sabrás hallar la manera de seguir adelante."

Los ojos de Mimi recorrieron la carta con un ritmo lento, dejándose envolver en el consuelo que le brindaba. Haruna continuaba:

"Aparte de mis condolencias, también debo recordarte nuestra conversación antes de tu regreso. Entiendo que este momento pueda no ser el adecuado, pero mi petición sigue en pie: cuento con tu palabra, y sé que en ti puedo confiar para ayudarme a asegurar un futuro para mi familia. Yamato es un hombre de decisiones firmes, pero tu voz puede ser la guía que necesitamos para ver este acuerdo realizado. Recuerda: Taichi sería un esposo justo para Esmahan, y su unión puede traer estabilidad a todos nosotros."

Mimi se tomó un momento para reflexionar, sabiendo que Haruna confiaba en ella y le recordaba la promesa que había hecho.

"Por favor, toma este tiempo para sanar y recuperar tus fuerzas, y cuando lo consideres adecuado, espero puedas traer mis palabras ante nuestro sultán. Que sepas, querida amiga, que siempre estaré en deuda contigo, y que mis pensamientos están contigo en todo momento."

Al llegar al final, Mimi dobló la carta con cuidado, guardándola como un recordatorio de la amistad que Haruna le había brindado en su momento más vulnerable. En ese momento, Yoshino Kalfa se acercó con una expresión de interés.

—¿Qué te dice Haruna en su carta, mi señora? —preguntó, observando el cambio en el semblante de Mimi.

—Me manda sus condolencias por la pérdida del bebé —respondió Mimi con voz queda, apretando la carta contra su pecho.

Yoshino asintió, su rostro reflejando la gravedad de las palabras.

—Parece que la noticia ha llegado a todo el imperio.

Mimi asintió, esforzándose por mantener la calma y ocultar el peso de la tristeza. Se aclaró la garganta antes de añadir con seriedad:

—Y también me recuerda nuestro acuerdo. Haruna desea que hable con Yamato sobre la propuesta para Taichi y Esmahan… No olvidó mi promesa.

Yoshino observó a su señora en silencio, entendiendo la carga de aquella petición.

—Es un compromiso importante, mi sultana.

Mimi asintió, respirando profundo y fortaleciendo su determinación.

—Lo sé.—Declaró.

—Y, ¿piensas hablar con el sultán sobre la propuesta para Taichi? —preguntó Yoshino en un tono de voz que dejaba entrever su curiosidad.

Mimi miró a Yoshino y, después de un momento de reflexión, asintió lentamente.

—Lo haré, en cuanto sea el momento adecuado.


Natsuko hojeaba las páginas de su libro en la quietud de sus aposentos, sumida en la lectura, cuando un suave golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos.

—Adelante —indicó, sin levantar demasiado la voz.

La puerta se abrió con suavidad, revelando a Juri Kalfa, quien le dirigió una respetuosa reverencia antes de hablar.

—Sultana, disculpe la interrupción, pero la sultana Alice, su esposo Daigo, y la sultana Sora desean verla.

Natsuko alzó la mirada, sorprendida por la inesperada visita de tres miembros importantes de su familia. No solían presentarse juntos sin una razón de peso, y aquello despertó su curiosidad.

—¿Te han mencionado la razón de su visita? —preguntó, manteniendo una expresión calmada.

—No, sultana. Solo han pedido verla de inmediato.

Natsuko asintió, considerando por un momento qué podría haber motivado su presencia. Finalmente, tomó su decisión.

—Hazlos pasar.

—Como ordene —respondió Juri antes de retirarse.

Pocos segundos después, la puerta se abrió de nuevo y el matrimonio junto a Sora entraron al aposento. Natsuko se levantó para recibirlos, percibiendo en sus rostros una mezcla de incomodidad y seriedad. Apenas habían intercambiado saludos cuando Sora también ingresó, cerrando la puerta tras ella.

Natsuko, viendo el ambiente tenso entre ellos, decidió romper el silencio.

—¿A qué se debe esta reunión tan repentina? —preguntó, tratando de mantener una actitud abierta.

Alice fue la primera en hablar, su tono firme, aunque respetuoso.

—Estamos aquí porque nos ha llegado la noticia de un posible matrimonio entre Esmahan y Taichi —dijo, mirando directamente a Natsuko—. Y queríamos expresarte nuestra desaprobación ante esta idea.

Natsuko parpadeó, desconcertada.

—¿Matrimonio? ¿Entre Taichi y Esmahan? —repitió, sorprendida— ¿Tan pronto?

Esto sorprendió a los tres.

—¿Usted sabía?— Preguntó Daigo.

—Pues...—Habló Natsuko— Algo me comentó mi hijo, pero hace mucho tiempo, él me dijo que esperaría a que Esmahan fuese adulta.

—Esmahan está llegando a la edad adecuada para un matrimonio.—Declaró Alice— Y mi hermano sultán quiere comprometerla con Taichi cuanto antes.

—¡Vaya!— Exclamó la oji-azul— No tenía idea.

—Es un secreto a voces.— Inventó Daigo— El cual pude confirmar hoy porque Yamato le presentó esta propuesta a Taichi.

Natsuko alzó las cejas sorprendida: —¡Vaya! No lo esperaba.

—Nosotros tampoco.—Declaró Alice.

—Pero...—Habló la mujer— ¿Por qué me vienen a hablar de esto?

Los tres intercambiaron miradas y la hermana de Yamato supo que tenía que hablar.

—Porque no creemos que sea prudente esta situación.—Declaró.

Esto sorprendió a Natsuko.

—Perdón...—Musitó desconcertada—¿Por qué no estarían de acuerdo?

—Por muchas razones.—Respondió Daigo Pashá—La primera es que Esmahan es hija de un príncipe renegado.

—Es una sultana.—Declaró la madre sultana.

—Sí, lo es.—Declaró Alice— Pero frente a todo el pueblo, los príncipes muertos no son bien vistos. Mucho menos sus hijas. No creo que sea justo para Taichi estar con alguien como ella.

—Desde su muerte, sus descendientes no son bien vistos por el pueblo.—Comentó Daigo—Comprometer a Taichi con ella sería un castigo antes que una honra.

—Pero, las sultanas de príncipes siempre han servido para crear alianzas políticas.—Habló Natsuko— Hacer una con Taichi creo que es apropiada.

—¡Claro!— Exclamó Alice— Pero no con Esmahan.

—Recuerde que es hija de Haruna Hatun.—Declaró Sora— Usted sabe que ella está muy sentida por lo que ocurrió en la guerra por el trono.—Habló—Ella es una niña, fácilmente podría ser influenciada por su madre y hacer que, Taichi esté contra nosotras.

—Eso es preocupante, sabiendo que, Taichi es muy influyente en el imperio.

Natsuko observó a los tres con una mezcla de preocupación y curiosidad. Era evidente que habían meditado cada palabra, y aunque su postura le parecía algo extrema, entendía las reservas que tenían.

—Comprendo lo que dicen —contestó con calma, posando su mirada en Daigo—. Pero también sé que Taichi ha demostrado su lealtad a Yamato y a esta dinastía en cada momento. No creo que un matrimonio lo convierta en alguien manipulable.

Daigo asintió, aunque sin perder la firmeza en su expresión.

—Pero aquí no se trata de la lealtad de Taichi, sino de lo que una unión con Esmahan puede significar para el pueblo. Aunque él sea respetado, el vínculo con una sultana como ella puede complicar su posición y la estabilidad del palacio.

Alice, con un aire de resolución, añadió:

—Para la mayoría, Esmahan sigue siendo la hija de una sombra. El pueblo no olvida. Y más aún, Haruna Hatun tiene un pasado demasiado fuerte y podría influir en ella.

Natsuko miró a Sora, quien se había mantenido en silencio hasta ahora, y fue la primera en expresar una nota de duda.

—Temo que la relación de Haruna con su hija pueda influirla demasiado. Ella aún no ha olvidado la guerra ni sus consecuencias, y no querría que Taichi quedara en medio de sus resentimientos. La cercanía de Taichi con Yamato puede hacer que lo vean como una amenaza, o peor aún, como un enemigo si se casa con alguien con un pasado tan problemático.

Natsuko se quedó pensativa, sopesando sus palabras. La situación era delicada y sabía que sus preocupaciones no eran infundadas. Finalmente, suspiró, buscando el equilibrio entre las preocupaciones de su familia y la lealtad de Taichi.

—Hablaré con Yamato sobre el asunto. Pero les pido que confíen en su juicio y en el de Taichi. No se trata solo de proteger nuestra imagen, sino de reconocer a quienes han servido fielmente a esta dinastía.


+Entiendo que a muchos les haya ocurrido que estaban perdidos en las edades, después de todo, hice una modificaciones y el tiempo ha pasado. Entonces, los personajes ya no tienen la misma edad que tenían cuando la historia comenzó, pero intentaré aclararla.

Aclaración de edades:

A inicios de esta historia, Mimi tenía 16 años; Yamato, Taichi y Sora tenían 25. Hikari y Takeru tenían 15 años, Esmahan (la nombré al inicio) tenía once años.

Actualmente, Mimi tiene 19 años; Yamato, Taichi y Sora tienen 28 años. Hikari y Takeru tienen 18 años, Esmahan (la nombré al inicio) está apunto de cumplir catorce años.

Y la edad de Thomas, me adelanté un poco, tiene dos años. Corregí esa edad.

KeruTakaishi: ¡Hola! Es probable que todos creyeran que Yamato iba a tener otra concubina o iba a perdonar a Sora cuando vi la advertencia jajaja Pero lamentablemente esto ocurrió. Muy triste ¡sin duda! El tema del exilio es complicado porque Yamato quiere que sus hijos estén bien y por eso deben estar con sus madres. Sí, Takeru tiene compañía, una amiga aunque...atentos con Catherine...ya verán como poco a poco se va desarrollando su "relación"...Con respecto a las actualizaciones, he tenido tiempo libre así que lo estoy intentando aprovechar (tengo inspiración y eso no es siempre jaja) Revenge lo actualizaré en algún momento, pero por el momento, la inspiración está en esta historia y agradezco que me sigas en ambas.

Adrit126: ¡Hola! Sí, lo dejé en la mejor parte. Tranqui, tranqui, estoy intentando avanzar con esta historia, ahora que tengo inspiración, la estoy aprovechando al cien. Bueno, aquí estuvo el castigo, Sora ya no es la principal o más poderosa en el harem luego de la sultana madre. Sí, el esposo de Rika es un buen aliado, pero eso se debe a que él intenta complacer a Rika y ella quiere que los leales triunfen, entre ellos, Taichi. Con respecto a Haruna estás cerca. Aquí aclaré la edad de los personajes. Espero que se haya entendido. Espero que te haya gustado este capítulo, ojalá sigas leyendo y comentando, te mando un abrazo a la distancia.

DespinaMoon98: ¡Hola! Sí, a muchos les dolió el corazón, pero era lo que debía ocurrir (porque, para variar, el siguiente hijo/a de Mimi va a ser importante en esta historia, sin embargo, no está en edad de llegar. Aun así quería demostrar que Mimi es más fértil que Sora jaja) jajaja bueno al menos no me abandonarán u odiarán hasta que acabe la historia. Que bueno que te haya gustado la evolución de Yamato, de a poco va adquiriendo un carácter más de sultán, sin embargo, aun le falta, Yamato va de a poco. Me alegra que te haya gustado la actitud de Yamato. Aciertas en decir que este es el declive de la relación entre Sora y Yamato (o al menos el inicio) Sora hizo algo horrible y ahora perdió el favor del sultán. Aquí aclaré la edad de los personajes. Espero que se haya entendido. Espero que te haya gustado este capítulo, ojalá sigas leyendo y comentando, te mando un abrazo a la distancia.