Rika se encontraba en sus aposentos, un lugar sencillo pero elegante que reflejaba su carácter. La carta que tenía entre las manos provenía de Haruna, y el papel, aunque frágil, contenía palabras de una importancia crucial. Desdobló la carta con cuidado y comenzó a leer en silencio, con la expresión concentrada mientras absorbía cada frase.
"Esmahan ha cumplido ya sus catorce años, y, como es costumbre, debes hablar con el sultán para acordar su matrimonio," leía en uno de los párrafos. La mención de este tema, aunque esperado, la hizo respirar profundamente.
Rika dejó caer la carta sobre la mesa y fijó la vista en la distancia, pensativa. Sabía que el deber la llamaba a la capital, y que, más allá del protocolo, el futuro de su sobrina Esmahan dependía de las decisiones que se tomaran en los próximos meses. Pero regresar al palacio... Allí la esperaban otros dilemas.
Su mano se posó en el mentón, y un destello de preocupación cruzó sus ojos. Si iba a la capital, también debía llevar consigo a Takeru, quien no había visitado el palacio en un tiempo. A pesar de ello, una parte de ella temía el encuentro que probablemente se daría. Hikari seguía en el palacio y, aunque se había mantenido al margen, Rika sabía que los sentimientos y conflictos del pasado aún podían desestabilizar la calma de Takeru.
Suspiró, sopesando los pros y los contras de la visita. Sabía que sería necesario ver a Esmahan y, sobre todo, cumplir con su responsabilidad de hablar con Yamato sobre su matrimonio. Pero al mismo tiempo, el peso de la decisión recaía también sobre sus preocupaciones personales.
Finalmente, Rika se levantó, decidida a preparar su viaje, aun con las incertidumbres en mente. Su rol como sultana y tía era importante, después de todo, le prometió a su hermano ver por sus hijas. Sin embargo, ahora se le presentaba esta otra situación con su otro hermano, Takeru, a quien también debía cuidar.
Se mordió el labio inferior. Sabía que debía ir por Esmahan y a la vez cuidar a Takeru Pero ¿cómo haría ambas a la vez?
Rika permanecía absorta en sus pensamientos, su mente aún procesando las implicancias de la carta de Haruna sobre el matrimonio de Esmahan, cuando un suave toque en la puerta la devolvió a la realidad. Era Suzie, quien hizo una respetuosa reverencia antes de entrar.
—Sultana, le ha llegado una carta de la sultana madre —anunció Suzie con calma, pero Rika notó en sus ojos una chispa de cautela.
Rika frunció ligeramente el ceño, sorprendida. No era común recibir correspondencia de la sultana Natsuko, y mucho menos sin previo aviso. Extendió la mano, y Suzie le entregó el pergamino. Con delicadeza, Rika desdobló la carta y comenzó a leer en silencio.
"Rika," comenzaba la misiva con el pulcro y elegante trazo de la sultana madre. "Es tiempo de que mi hijo Takeru regrese a la capital. Quiero que esté junto a su familia, y confío en que comprenderás la importancia de este momento."
La carta era breve y directa, pero el mensaje estaba claro. Natsuko solicitaba a Takeru en la capital, y aquello cambiaba por completo los planes de Rika. Mientras releía la carta, un nudo de preocupación se formó en su pecho. Había deseado evitar el encuentro entre Takeru e Hikari, pero ahora, con la petición formal de la sultana madre, comprendía que sería imposible impedir el regreso de su hijo al palacio Topkapi.
Rika dejó la carta sobre la mesa y cerró los ojos por un momento, asimilando la nueva situación. Los designios de la sultana madre no se desobedecían, y ella sabía que, al igual que Esmahan, Takeru tenía un destino que cumplir en la capital. Sin embargo, la realidad de ver a su hijo envuelto en los juegos de poder y la política de la corte le causaba una inquietud profunda.
Suzie la observó en silencio, leyendo la preocupación en su expresión.
—¿Todo está bien, mi sultana? —preguntó con un tono amable.
Rika asintió con lentitud y abrió los ojos, fijando su mirada en Suzie.
—Todo está en orden, Suzie. Solo… habrá que hacer ciertos preparativos. Al parecer, es hora de regresar al palacio —respondió, tratando de mantener la serenidad en su voz.
Suzie asintió con comprensión, reconociendo el peso de aquella decisión. Rika, por su parte, se preguntaba cómo podría proteger a Takeru de los conflictos que probablemente lo esperaban. Pero sabía que no tenía otra opción; su familia y su deber la llamaban de nuevo a la capital.
En el lujoso comedor del palacio, la luz tenue de las lámparas iluminaba las caras de Yamato, Alice, Daigo y la madre sultana, Natsuko. La cena avanzaba entre charlas amenas, pero la conversación pronto giró hacia un tema más sensible.
—¿Le gustó la comida, hermano?— Preguntó Alice.
Yamato asintió: —Sí.—Comentó— Tiene buen sabor.
—Es un honor para nosotros que haya aceptado nuestra invitación a cenar.—Comentó la rubia.
Yamato sonrió, de vez en cuando, era bueno cenar con su madre, hermanas y yernos. Aunque ahora solo estaba con Alice, Daigo y la madre sultana, Natsuko.
Los cuatro continuaron comiendo.
—Mi sultán, he estado pensando mucho en nuestro hermano, Takeru —comentó la rubia— Lo extraño demasiado.
—¿Cuándo planea que regrese de Hungría?— Musitó Daigo.
—Posiblemente pronto.—Comentó Yamato y dirigió su mirada hacia Natsuko— Madre¿Le enviaste la carta de Rika?
—Sí, lo hice —respondió Natsuko con una sonrisa nostálgica—. Estoy muy animada. Ojalá Takeru nunca más se aleje de mi lado.
Al escucharla, Yamato sintió un nudo en el estómago. Mantuvo el silencio, pensando en la mejor forma de abordar la situación. Tener a Takeru lejos, en cierta medida, había sido lo mejor; evitaba problemas en el palacio. Sin embargo, la idea de mantenerlo siempre con Rika lo incomodaba. Sabía que eso podría interpretarse como un signo de debilidad ante su hermano, y eso era algo que no podía permitirse.
—¿Qué tienes planeado para Takeru cuando regrese? —preguntó Natsuko, rompiendo el silencio que se había formado entre ellos.
Yamato se encogió de hombros, sin poder evitar que sus pensamientos se dispersaran.
—Aún no lo tengo decidido —admitió, mirando hacia el plato—. No sé si debería permitirle continuar con sus estudios como antes.
—Podría continuar con lo anterior, teniendo clases y asistiendo a las reuniones con Taichi —sugirió Natsuko con una mirada esperanzada—. Eso lo mantendría ocupado y aprendería mucho.
Yamato la observó, viendo el brillo en sus ojos, y se sintió un poco más aliviado.
—Lo tendré en cuenta —dijo, sin poder evitar una leve sonrisa ante su entusiasmo.
Ojalá no. Pensó Daigo y dirigió una mirada a Alice. O tal vez sí. ¿Taichi sabría de ese romance clandestino de Takeru e Hikari?
Natsuko sonrió con calidez, y por un momento, la tensión que envolvía a Yamato se disipó un poco. Aunque sabía que el regreso de Takeru traería consigo un torrente de complicaciones, la felicidad de su madre era algo que deseaba proteger. Sin embargo, la presión de su propio título y las expectativas que lo rodeaban lo mantenían alerta, consciente de que no todo sería tan simple como deseaba.
La atmósfera en el comedor cambió ligeramente cuando Yamato se preparó para compartir una noticia importante. Natsuko, con la mirada curiosa, lo observó mientras él dejaba a un lado su plato.
—Ya que mencionaste a Taichi Pashá... —musitó Yamato, tomando un respiro profundo—. Necesito darles una noticia.
Todos dirigieron su mirada hacia él.
—Como partes de la familia real creo que es importante que sepan los primeros en saber lo siguiente.—Comentó—Esmahan, hija de nuestro hermano, Kouji...—Dirigió su mirada hacia Alice—, ha alcanzado la edad apropiada para el matrimonio —continuó Yamato, con un tono que buscaba ser neutral, pero que contenía una carga emocional—. He decidido que Taichi Pashá será su prometido.
La reacción de Natsuko, Alice y Daigo fue inmediata; sus ojos se abrieron con "sorpresa"
—¿Qué? —preguntó Daigo, tratando de procesar la información—. Taichi y Esmahan...
—Sí —respondió Yamato, asintiendo lentamente—. Creo que es un buen acuerdo. Taichi es leal y digno de confianza. Además, un matrimonio entre ellos fortalecería nuestras alianzas y la posición de Esmahan en la corte.
Natsuko hizo una mueca: —Disculpa hijo, pero no creo que sea lo más apropiado comprometer a Taichi con Esmahan.
Esto sorprendió al rubio.
—¿Por qué no?
—Porque Taichi es importante para el imperio y Esmahan es la hija de un príncipe que perdió en la batalla por el trono.—Respondió Alice.
Daigo asintió— Frente a todo el pueblo, los príncipes muertos son considerados como traidores.
—El príncipe Kouji no fue un traidor.
—No, pero fue el que más impedimentos te colocó al momento de acceder al trono.—Recordó Natsuko.
—Desde su muerte, sus descendientes no son bien vistos por el pueblo.—Comentó Daigo—Comprometer a Taichi con ella sería un castigo antes que una honra.
—Yo no creo eso. Es una princesa de una dinastía después de todo.
—Sí, pero hija de un traidor. No creo que los pashás estén de acuerdo con esto, ya que podría generar un revuelo.—declaró Daigo.
—Daigo tiene razón.
—Haruna no tendría por qué. Sus hijos y el príncipe la murieron.
—Sí ya perdió todo, pero usted sabe como es esa mujer. Siempre me ha odiado y estoy segura que, sigue teniendo rencor hacia nosotras luego de todo lo que ocurrió.
Eso era verdad
—Al igual que la sultana madre, yo tampoco estoy de acuerdo.—Comentó Alice— Frente a todo el imperio los príncipes muertos y su descendencia son mal vistos.—Recordó— No creo que sea lo mejor casar a Taichi, un fiel y buen súbdito de Yamato, con alguien de ese rango.
Yamato repasó estas palabras en su mente. Jamás pensó en eso.
—Debería pensar en nuestras palabras.—Musitó Daigo— Es todo por el bien de Taichi.
En el salón privado de Rika, las cortinas ondeaban suavemente por la brisa de la tarde. Catherine estaba allí, con las manos entrelazadas y la mirada baja, esperando pacientemente. Rika la observaba en silencio desde su lugar, sus ojos críticos y serenos. Catherine, a pesar de su postura tranquila, no podía ocultar el ligero temblor en sus manos ni el nerviosismo que la invadía ante el intenso escrutinio de la sultana.
Finalmente, Rika se levantó y se acercó, cada paso calculado y firme. Su expresión era indescifrable, y aunque en su rostro no había signos de hostilidad, Catherine sentía la fuerza de su autoridad en cada mirada y cada movimiento.
—Catherine —dijo Rika en voz baja, pero con una claridad que cortaba el silencio del salón—, he decidido que tú nos acompañarás al palacio de casa. Irás con nosotros a la capital.
Catherine parpadeó sorprendida, alzando la mirada por un instante, pero se contuvo de preguntar o siquiera emitir sonido alguno. Guardó el silencio, apenas asintiendo para mostrar su respeto. Su mente, sin embargo, se llenaba de preguntas. ¿Por qué la sultana querría llevarla a la capital? ¿Qué esperaba ella de su presencia?
Rika continuó observándola, esperando quizá algún gesto de duda o resistencia, pero, al ver que Catherine seguía en su lugar, añadió con una leve sonrisa de aprobación:
—Necesito que cuides de Takeru —le dijo Rika finalmente, inclinándose un poco hacia ella, en un gesto tanto de complicidad como de advertencia—. He observado la amistad que tienen y la confianza que ha crecido entre ustedes. Necesito que sigas acompañándolo… que lo mantengas enfocado en sus tareas, pero también que me informes de todo lo que haga.
Catherine se tensó apenas al escuchar la última instrucción, pero intentó disimularlo. Mantuvo su postura respetuosa, sin interrumpirla, aunque por dentro experimentaba una mezcla de desconcierto y responsabilidad. Sabía que el encargo de la sultana no era algo que pudiera tomar a la ligera, y menos cuando se trataba de un asunto tan delicado como vigilar al propio príncipe Takeru.
Rika se detuvo frente a ella, extendiendo una mano en un gesto que invitaba a Catherine a mirar su rostro.
—Confío en que sabrás ser discreta y diligente —dijo Rika, con un tono que dejaba claro que no toleraría errores—. Lo que necesito es tener la seguridad de que Takeru se mantendrá en el camino correcto, alejado de distracciones. Sé que él confía en ti… y eso es algo que necesito a mi favor en estos tiempos.
Catherine asintió, sintiendo la responsabilidad pesar en sus hombros. Sabía que este mandato la comprometía en formas profundas, pero también entendía que su papel al lado de Takeru ahora iba más allá de una simple relación de amistad.
—Lo haré, sultana —respondió Catherine con voz firme, inclinando la cabeza en señal de respeto.
Rika la miró una vez más, un atisbo de satisfacción en su expresión, y asintió con suavidad.
—Eso espero, Catherine. No me decepciones.
En el salón privado del sultán, la atmósfera era solemne. Yamato, con expresión severa, observaba cómo Taichi entraba e inclinaba la cabeza en señal de respeto.
—Taichi, necesito hablar contigo sobre un asunto importante —comenzó Yamato, mirándolo con intensidad.
Taichi alzó la vista, expectante y con un ligero atisbo de curiosidad en el rostro.
—Como desee, mi sultán.
Yamato tomó aire, reflexionando por un breve instante antes de continuar.
—He decidido que no te casarás con Esmahan.
La sorpresa fue evidente en el rostro de Taichi. Sus ojos se abrieron ligeramente, y por un instante su postura se tensó. Inmediatamente después, inclinó la cabeza en señal de acatamiento, aunque la inquietud permanecía.
—¿Puedo… saber la razón, mi sultán? —preguntó con cautela, cuidando su tono para no parecer insolente.
Yamato lo miró con calma, evaluando sus palabras con franqueza.
—Lo he pensado con detenimiento, y siento que no es lo más apropiado. Hay otros planes en marcha, y no quiero que este matrimonio comprometa los intereses del palacio o ponga una carga indebida sobre ti.
Taichi bajó la cabeza, dejando que el silencio llenara el espacio entre ellos. Entendía las implicaciones: un matrimonio con Esmahan no solo le habría traído beneficios personales, sino también un rango y un respeto que le habrían permitido tener una posición aún más destacada. Sin embargo, como mano derecha de Yamato, sabía que cuestionar las decisiones del sultán no era su lugar.
—Entiendo, mi sultán. Me pondré a disposición de lo que considere mejor para el palacio y para usted —dijo, intentando que su voz no reflejara la ligera decepción que sentía.
Yamato lo observó con reconocimiento en la mirada, consciente de la lealtad inquebrantable de Taichi, y asintió, mostrando un leve gesto de aprobación.
—Confío en tu discreción y en tu lealtad, Taichi. Tu lugar en el palacio no depende de un título, sino del valor que demuestras día a día.
En los aposentos de Rika, el ambiente era sereno, con una suave luz que se filtraba por las cortinas y el aroma delicado de los inciensos que llenaba el aire. Rika estaba sentada, en una postura relajada pero pensativa, cuando Suzie entró con una pequeña reverencia.
—Sultana, el príncipe Takeru ha llegado.
Rika asintió, dando un leve gesto de mano para que lo hiciera pasar.
Suzie se retiró, y, momentos después, Takeru entró en la habitación. Su mirada reflejaba curiosidad y una leve tensión. Al ver a su hermana, hizo una inclinación respetuosa, sin perder el aire de interés que lo había llevado hasta allí.
—Hermana, ¿por qué me has llamado? —preguntó, mirándola con atención.
Rika lo observó con una calma que solo acentuaba el peso de sus palabras.
—Takeru, ha llegado el momento de regresar al palacio en la capital —anunció con tono firme.
Los ojos de Takeru se abrieron en una mezcla de sorpresa y emoción.
—¿En serio? —inquirió, sin poder ocultar una sonrisa de entusiasmo.
Rika asintió con la cabeza, confirmando lo que él tanto deseaba escuchar.
—La madre sultana ha solicitado tu presencia. Además, yo misma debo atender ciertos asuntos en el palacio —añadió, con una mirada penetrante, evaluando la reacción de su hermano.
Takeru, aunque intentó mantener la compostura, no pudo evitar la satisfacción interna que se reflejaba en sus ojos. La idea de volver a la capital lo llenaba de alegría: finalmente, podría regresar al lado de su madre y, aunque lo ocultaba cuidadosamente, también pensaba en Hikari, en la oportunidad de verla nuevamente.
Sin embargo, Rika, quien parecía leer sus pensamientos con una precisión inquietante, le lanzó una mirada seria que lo hizo enderezarse.
—Escúchame bien, Takeru —le dijo, con una firmeza que borró la sonrisa de su rostro—. Volveremos al palacio, pero quiero que entiendas algo. No tendrás contacto alguno con Hikari. Es mejor que te mantengas lejos de ella.
Takeru abrió la boca, intentando protestar, pero al ver la determinación en el rostro de Rika, cerró los labios. Sabía que su hermana hablaba en serio, y que cualquier intento de desafiar su advertencia solo empeoraría las cosas. Aun así, no podía ocultar la decepción en su rostro, aunque intentara disimularla con una mirada respetuosa.
Rika lo observó un momento más, su expresión inquebrantable, antes de añadir con suavidad:
—Es por tu propio bien, Takeru. Hay cosas que tú aún no comprendes.
Takeru asintió, inclinando la cabeza en señal de obediencia. Aunque su interior estaba dividido, sabía que Rika no lo dejaría en paz hasta estar lejos de Hikari, pero su corazón latía de emoción al pensar en volver a ver a su amada, la extraña ¡demasiado!
Sora estaba sentada en uno de los divanes del harén, rodeada por las decoraciones suaves y cálidas que normalmente le brindaban consuelo, pero hoy parecían solo acentuar su tristeza. Miraba sin ver a las demás mujeres, absorta en sus pensamientos, cuando Natsuko, su suegra, notó su distracción y decidió acercarse.
—Sora —llamó Natsuko suavemente, posando una mano maternal en su hombro—, te veo distraída y triste. ¿Qué sucede, querida?
Sora, sorprendida, levantó la vista hacia Natsuko. Sus ojos, enrojecidos por la tristeza acumulada, mostraban cuánto la dolía el peso que llevaba.
—Madre... —susurró, sintiendo cómo se rompía su voz—. Es Yamato.
Como lo suponía.
—Hace meses no me presta atención.—Declaró— Apenas me habla y… está tan enojado conmigo. —Su voz era un hilo apenas audible, cargado de pena.
Natsuko se sentó a su lado, rodeándola con un brazo y acercándola a su lado. —Lo sé, Sora. Yamato ha estado enfrentando muchos problemas. Pero no te ha olvidado, te lo aseguro.
—Pero parece tan distante, como si mi presencia le resultara indiferente —Sora se mordió el labio, conteniendo las lágrimas—. No sé qué hacer. Solo quiero que vuelva a mirarme como antes.
Natsuko suspiró, sintiendo empatía por la joven. —A veces, el orgullo o el dolor pueden hacer que las personas se cierren, incluso con quienes más aman. Tal vez necesite un poco más de tiempo para aclarar sus emociones.
—Yo no quiero tiempo, quiero a Yamato —replicó Sora, en un susurro casi desesperado—. No entiendo por qué no puede perdonarme.
Natsuko suspiró: —Es un tema delicado, Sora.—Comentó— Piensa que tú actuar provocó que perdiera un hijo. Tú sabes en que posición está Yamato, necesita descendientes.
Sí, lo sabía.
—Yo podría darle hijos.—Declaró Sora— Pero ni siquiera me llama a sus aposentos.
La oji-azul hizo una mueca, lamentablemente eso era verdad, Yamato ya no la llamaba. Decidió darle su tiempo a Mimi, ya que, según sus palabras, se lo merecía. Y era la única que podría darle descendientes porque era más fértil.
Y esto último era verdad, porque Sora con todos esos años juntos, apenas le dio uno. Mientras que en esos tres años que llevaba Mimi en ese lugar, logró quedar embarazada tres veces seguidas, lo cual era un logro.
—Querida, no te coloques triste, estoy segura que pasado un tiempo. Yamato recapacitará.
—Eso espero. Aunque se ve difícil, sobre todo ahora que me quitó mi lugar y nombró a Mimi como Bas Kadin.
Natsuko hizo una mueca: —Yo no estoy de acuerdo con esa decisión, tú bien sabes que tú eres la única merecedora de ese puesto.—Habló— Pero, lamentablemente, Yamato también está enojado conmigo.
Muy enojado.
—¿Qué le habrá hecho esa bruja?— Musitó Sora— Es como si lo hubiera hipnotizado.
Sí, lamentablemente. Mimi algo le hizo a Yamato, ya no era el mismo.
~Días después~
La gran sala del palacio irradiaba solemnidad y poder, con cada rincón adornado de una forma majestuosa y austera, tal como requería la presencia del sultán Yamato y su madre, la sultana Natsuko. Ambos estaban de pie, esperando la llegada de sus familiares que habían estado lejos en tierras húngaras.
Cuando Rika y Takeru hicieron su entrada, ambos avanzaron con pasos firmes hacia el sultán y la sultana madre. La reverencia de respeto fue inmediata: Rika inclinó la cabeza con elegancia, mientras que Takeru, con una mezcla de respeto y aprecio, bajó la mirada y se inclinó ante ellos. Yamato, con una ligera sonrisa, extendió la mano hacia Rika, quien la aceptó con gracia. Él le besó la mano, cumpliendo con el respeto que le tenía a su hermana.
Natsuko, por su parte, se adelantó y envolvió a su hijo Takeru en un abrazo cálido. Takeru, sorprendido y emocionado, correspondió el abrazo de su madre, sintiendo el alivio de estar en casa después de tanto tiempo.
—Mi querido hijo… —susurró Natsuko, reteniéndolo unos segundos más—. Cuánto te he extrañado.
Takeru le sonrió a su madre, sintiendo el peso de sus emociones. Natsuko finalmente lo soltó, y Rika, con la elegancia que la caracterizaba, avanzó y se inclinó ante Natsuko, quien le dio un gesto amable de reconocimiento. Takeru luego se giró hacia su hermano mayor. La seriedad en el rostro de Yamato era notable; sin embargo, sus ojos revelaban una calidez oculta. Durante su ausencia, Yamato había sentido la falta de su hermano, aunque no lo admitiera con facilidad.
Con una respiración profunda, Takeru le tendió la mano en señal de saludo formal. Yamato lo miró un momento, evaluando la situación, antes de ceder a sus emociones y tomar a su hermano en un abrazo firme.
—Es bueno verte de nuevo, hermano —murmuró Yamato, aunque trataba de mantener su tono neutral.
Takeru se mostró visiblemente conmovido mientras correspondía el abrazo, sintiendo el respeto y el afecto detrás del gesto de su hermano mayor.
—Igualmente, Yamato. Es un alivio regresar —respondió Takeru en un tono tranquilo.
Con el recibimiento formal cumplido, todos se dirigieron a sus respectivos lugares en el salón, cada uno tomando asiento. Yamato miró a Rika, satisfecho de ver a su hermana en buen estado después del extenso viaje.
—Rika, dime… ¿ha sido de tu agrado el viaje? —preguntó Yamato con interés sincero.
Rika sonrió, tranquila, y asintió.
—Sí, hermano. Fue un viaje provechoso. Aunque no te negaré que extrañaba el palacio —respondió, manteniendo un tono de gratitud—. Estoy feliz de estar de vuelta, y Takeru también.
Yamato asintió, complacido, y le dirigió una mirada a su hermano menor.
—Eso es bueno escuchar, hermana. Me alegra que estén de vuelta —dijo, con un destello de satisfacción en sus ojos. Señaló unos cómodos asientos cerca de ellos—. Por favor, acomódense. Tienen que estar agotados.
Rika y Takeru obedecieron, tomando asiento cerca de ellos, mientras Natsuko no podía apartar la mirada de su hijo, quien aún no superaba la emoción de haberlo recuperado. Yamato notó la expresión de su madre y se permitió una leve sonrisa, comprendiendo cuán fuerte era el vínculo entre ambos.
El ambiente en el harem estaba impregnado de expectativa y nerviosismo. Las concubinas, las kalfas, las sultanas y sus hijos se alineaban cuidadosamente, con miradas atentas al pasillo central. Las sultanas, vestidas con finos trajes que destellaban con el juego de luces, lucían radiantes, preparadas para recibir a la sultana Rika y al príncipe Takeru, quien regresaba tras un largo tiempo.
Con un suave murmullo, la puerta principal se abrió, revelando la figura de Rika, quien avanzaba con gracia y dignidad. La sala se llenó de reverencias mientras todos se inclinaban, mostrando respeto a la sultana que había regresado. Rika sonrió con satisfacción, consciente de la admiración que despertaba en su gente.
—¡Atención, la sultana Rika y el príncipe Takeru están aquí!
La voz resonó en el harem, y la atmósfera se volvió electrizante. Las concubinas se enderezaron, y una oleada de murmullos se esparció entre ellas, ansiosas por ver al príncipe que había estado ausente tanto tiempo. Rika, con su porte majestuoso, avanzó con paso firme, seguida por Takeru, quien irradiaba una mezcla de confianza y nostalgia.
Al llegar a la entrada del harem, Rika hizo una señal con la mano, y el murmullo se disipó, dando paso a un silencio reverente. La sala, antes bulliciosa, parecía contener la respiración, cada mirada fija en el príncipe.
Takeru, consciente de la atención que recibía, buscó entre la multitud. Sus ojos finalmente se encontraron con Hikari, quien estaba al borde de la sala. El tiempo pareció detenerse. Una chispa de reconocimiento brilló en sus miradas, llenando el aire de una emoción palpable.
Rika caminó por entre medio de las dos filas de mujeres siendo reverenciada por todas ellas. Justo detrás de ella, Takeru también caminó cada vez acercándose más a Hikari. Ella le sonrió, una sonrisa llena de amor y añoranza, la que había estado guardando durante su ausencia. Él también le devolvió la sonrisa.
Sin embargo, el cálido resplandor de su sonrisa se apagó abruptamente cuando su mirada se desvió hacia una joven rubia que, con un aire de familiaridad, tomó del brazo a Takeru. Catherine, con una dulzura fingida, miró al príncipe y le susurró:
—Disculpa, príncipe. Sin querer tropecé.
Takeru rápidamente sostuvo a la joven—No te preocupes.— Suavemente tomó su mano para darle estabilidad.
El corazón de Hikari se hundió al observar cómo Takeru, sin vacilar, ayudaba a la joven a mantener el equilibrio. Su gesto cortés no pasó desapercibido y, mientras él la guiaba con atención, Hikari sintió que un nudo se formaba en su estómago. La escena que una vez había sido un momento de felicidad ahora estaba teñida de celos y confusión.
El ambiente del harem cambió; los murmullos se apagaron y el aire se volvió denso. Las concubinas, observando la interacción, intercambiaron miradas de curiosidad y juicio.
Takeru, aún enfocado en Catherine, no notó el efecto que su simple acto tenía en Hikari. Ella, por otro lado, trató de reprimir sus sentimientos, recordando que él tenía el derecho de socializar con quienes deseara. Sin embargo, el eco de su risa, la forma en que la rubia se acercaba a él, todo le parecía un recordatorio doloroso de lo que había perdido.
Mientras el harem continuaba en su reverencia, Hikari sintió que la distancia entre ellos se ampliaba. Esa conexión que habían compartido durante su tiempo separados parecía tambalearse, y el regreso de Takeru, lejos de ser la celebración que había imaginado, se convertía en un momento de incertidumbre que apenas podía soportar.
Luego del regreso de Takeru y Rika, cada quien volvió a sus labores dentro del harem.
Como siempre, cada quién preocupado de su quehacer.
Yamato se encontraba en sus aposentos, rodeado de papeles y documentos que requerían su atención. La luz suave de las lámparas iluminaba la habitación, creando un ambiente de concentración. Mientras revisaba unas notas, un leve toque en la puerta lo interrumpió.
—¿Puedo entrar, Su Majestad? —preguntó Taichi, su voz resonando con respeto.
—Adelante —respondió Yamato, sin apartar la vista de los documentos.
Taichi ingresó, la puerta se cerró suavemente detrás de él. Su expresión era seria, un leve matiz de inquietud se notaba en su rostro.
—La sultana Rika desea hablar con usted —anunció Taichi, inclinando la cabeza en señal de respeto.
—Que entre —ordenó Yamato, preparándose para la visita.
Taichi salió y, a los pocos segundos, Rika entró en la habitación. Su porte elegante y su vestido que flotaba con gracia en el aire le daban una apariencia majestuosa. Al verla, Yamato se levantó levemente de su asiento.
—Rika —la saludó, con un tono que combinaba formalidad y cercanía.
Rika hizo una reverencia, su cabello largo cayendo en cascada sobre su espalda mientras se inclinaba.
—Su Majestad —respondió con una sonrisa—. Espero no interrumpir.
—¿Qué hace aquí? —preguntó Yamato, su curiosidad piquendo al notar el brillo en los ojos de Rika.
—He venido a solicitar permiso para ir al palacio antiguo —dijo Rika, su tono formal, pero con un destello de emoción—. La sultana Esmahan está de cumpleaños y me gustaría hacerle una visita.
Yamato consideró su solicitud por un momento, recordando lo importante que era para Rika mantener ese vínculo familiar.
—Tienes mi autorización —respondió finalmente—. Puedes ir.
—Gracias, Su Majestad —dijo Rika, su rostro iluminándose por la gratitud.
Sin embargo, antes de darse la vuelta, Rika hesitó un instante y luego continuó—. ¿Ha pensado en el compromiso de Esmahan? Ya cumplió catorce años y está en la edad justa.
Yamato frunció el ceño, recordando las conversaciones pasadas sobre el futuro de su sobrina. Era un tema delicado y siempre había habido expectativas sobre su matrimonio.
—Sí, he pensado en eso —respondió, su voz seria—. Pero he tomado una decisión. No me casaré con Taichi.
La afirmación dejó a Rika momentáneamente aturdida. Su mirada se profundizó en busca de entender las razones detrás de esa decisión inesperada.
—¿Por qué, Su Majestad? —preguntó, sorprendida.
—Siento que no es el compromiso adecuado—dijo Yamato, su mirada fija.
—¿No?— Preguntó Rika— ¿por qué no?
—Porque no es el tiempo. Toda la situación con nuestros hermanos está muy reciente.
—Pe-pero ¡su majestad! —exclamó, cerrando la puerta tras de sí— Usted me prometió que, apenas Esmahan cumpliera la mayoría la iba a casar con Taichi.
—Sí, lo hice.
—Entonces ¿por qué ahora me dice que no?— Preguntó Rika— Di-digo...—Aclaró su garganta. Por unos segundos olvidó a quien tenía adelante—Disculpe, mi sultán, sé que no puedo criticar sus decisiones. Pero no puedo creer que se haya retractado de tu decisión. ¿Acaso has olvidado lo que prometiste?
Yamato, que se encontraba revisando unos documentos en su escritorio, alzó la vista, sorprendido por la intensidad de su tono.
—Rika, calma... —comenzó a decir, levantándose y acercándose a ella—. Entiendo que estés molesta, pero...
—¿Pero qué? —interrumpió, su voz llena de indignación—. Las leyes dictan que debes darle un matrimonio digno a nuestra sobrina. Taichi es la mejor opción para nuestra sobrina, quien fue la primera nieta del antiguo sultán, Hiroaki, nuestro y, actualmente, es la sultana con edad perfecta a casarse, es quien nos puede dar una alianza perfecta con Taichi.
—Sí, lo sé, pero Esmahan no es la apropiada para Taichi, Rika —respondió Yamato, tratando de mantener la calma—. Es hija de un príncipe muerto que no ascendió al trono. Esa unión no será bien vista por el pueblo.
Rika frunció el ceño, negando con la cabeza.
—Eso no importa, Yamato. Esmahan sigue siendo parte de la dinastía. Con este matrimonio, Taichi ascenderá en poder, y sería una alianza fuerte para nosotros. ¿No ves el beneficio?
Yamato se pasó una mano por el cabello, sintiéndose atrapado entre las expectativas de su familia y las realidades del imperio.
—Lo sé, Rika, pero también tengo que considerar las repercusiones de tal unión. La gente no olvida fácilmente los pecados de los muertos. Y la historia de Esmahan no es algo que podamos ignorar.
—Pero no puedes dejar que el miedo a lo que piensen los demás controle tus decisiones. Taichi se merece esta oportunidad, y tú, como su sultán, tienes la responsabilidad de otorgársela —replicó Rika, su voz firme y decidida.
Yamato sintió un nudo en el estómago al recordar las palabras de su madre sobre el deber y las consecuencias de sus decisiones.
—Ese momento llegará, no digo que no, pero no ahora.—Declaró Yamato— Y no con Taichi.
Hikari caminaba por los amplios pasillos del palacio, sus pensamientos perdidos en un torbellino de emociones. Las paredes adornadas con intrincados mosaicos reflejaban la luz suave que se filtraba a través de las ventanas, pero su mente estaba distante, atrapada en recuerdos de tiempos pasados y en la incertidumbre de lo que estaba por venir.
Mientras avanzaba, sumida en su ensueño, no notó la figura que se encontraba justo en su camino. De repente, sus pies tropezaron con algo y perdió el equilibrio. En un instante, se encontró en el suelo, el aire escapándose de sus pulmones.
—¡Oh! —exclamó Hikari, levantando la mirada, algo sonrojada por la torpeza.
Frente a ella, Takeru la miraba con sorpresa, una mezcla de asombro y diversión en su rostro. Él había estado a punto de salir del salón contiguo, y no esperaba encontrarse con ella de esa manera.
—Hikari —dijo, con una sonrisa que iluminaba su rostro—. ¿Estás bien?
Hikari sintió que su corazón se aceleraba al ver la expresión familiar y reconfortante de Takeru. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que se habían visto en persona, y la cercanía de su presencia hizo que una ola de emociones la invadiera.
—Sí, solo fue un pequeño tropiezo —respondió ella, esforzándose por mantener la compostura mientras se levantaba lentamente, sintiendo el rubor en sus mejillas.
Takeru se acercó un paso, ofreciéndole su mano para ayudarla a levantarse. Ella la tomó, y el contacto fue electrizante, una chispa que recorrió sus brazos. Hikari se encontró mirándolo a los ojos, buscando respuestas en su mirada.
—No te vi —admitió ella, sonriendo con un ligero aire de vergüenza—. Estaba distraída.
—Lo noté —respondió Takeru, su tono ligero—. Pareces tener muchas cosas en la mente.
Hikari asintió, sintiendo que las palabras se atascaban en su garganta. Había tanto que quería decirle, tanto que había sentido durante su ausencia, pero no sabía por dónde empezar. El ambiente entre ellos se cargó de una tensión palpable, y ambos se quedaron en silencio por un momento, como si el mundo que los rodeaba se desvaneciera.
Finalmente, Hikari rompió el silencio—. Me alegra verte de nuevo, Takeru.
—Igualmente —contestó él, su voz suave y sincera—. Ha pasado demasiado tiempo.
—Sí, demasiado.
Ambos se observaron con intensidad y, antes que alguien apareciera, se unieron en un fuerte abrazo.
El abrazo fue un refugio en medio de la confusión y el caos del palacio. Hikari sintió el calor de Takeru envolviéndola, y por un momento, el mundo exterior se desvaneció. Cerró los ojos, disfrutando de la calidez y del familiar aroma que siempre había asociado con él. Era como si todas las preocupaciones y las inseguridades se disiparan en ese instante.
Takeru también sintió el alivio de tenerla cerca, y la presión de los días pasados se desvaneció. Se aferró a ella, respirando profundamente, deseando que el tiempo se detuviera. Después de tanto tiempo, finalmente estaban juntos de nuevo.
Sin embargo, la realidad se impuso rápidamente, y ambos se separaron un poco, un ligero rubor apareciendo en las mejillas de Hikari mientras evitaba su mirada.
—Takeru, te he extrañado mucho... pensando mucho —comenzó a decir, sintiendo que la vulnerabilidad se apoderaba de ella—. No sabía si alguna vez te volvería a ver y…
—Yo también he pensado en ti —interrumpió Takeru, sus ojos intensos mirándola fijamente—. Cada día, desde que partí. No importa la distancia; siempre has estado en mi mente.
Hikari sintió un nuevo calor invadirla al escuchar sus palabras. Pero, al mismo tiempo, la incertidumbre volvió a asomarse. Sabía que las cosas habían cambiado entre ellos y que había más en juego de lo que parecía.
Ambos se separaron.
—Lamento mucho que hayas tenido que irte por mi culpa.
—No fue tu culpa.—Declaró Takeru—Fue culpa mía. Sabiendo mi posición no hice esfuerzos en disimular lo que ocurría entre nosotros. Fui descuidado y por eso Rika lo supo.
—No fue solo tu culpa.— Respondió Hikari— También fue mía.
—No, no lo fue.
—Sí lo fue...
Takeru movió la cabeza— ¿Sabes?—Musitó— No importa.—Tomó sus manos—Lo importante es que ahora estamos juntos de nuevo.
Hikari asintió.
El momento era muy bonito entre ambos. La atmosfera era solo de amor, sin embargo, una voz interrumpió el momento.
—Príncipe, ¡qué bueno que lo encuentro!
Ante esto, Hikari y Takeru separaron sus manos, y ambos al voltear se encontraron con una joven rubia de ojos azules.
—Catherine.—El rubio pronunció su nombre.
—Mi príncipe.—La joven hizo una reverencia— Siento molestarlo.
Takeru hizo una mueca— ¿E?— balbuceo— N-no...—Habló— No molestas.
En realidad sí, pero no sería tan mal educado en decir eso.
—Dime ¿qué ocurre?
—He estado dando vueltas por el palacio y... la verdad es que me siento muy pérdida...este lugar es ¡gigante!. —Catherine hizo un puchero, que a Hikari le pareció un poco exagerado— No logró todavía ubicarme y eso me estresa.
La joven se acercó y posó sus manos sobre las manos de Takeru. Hikari pasó su mirada por este agarre y cierto recelo se hizo presente en su ser.
—¿Podría ayudarme a encontrarlo, príncipe?
—¿E?— Takeru dudó un momento, mirándose entre Hikari y Catherine. La sonrisa de la joven era deslumbrante, y su entusiasmo parecía contagioso. Sin embargo, él quería pasar un tiempo con Hikari. Aunque...Sabía que no debía.
Para continuar en ese palacio, debía mantenerse distanciado de Hikari, aunque no quisiera.
Suspiró.
—Claro, puedo ayudarte con eso —respondió Takeru finalmente, tratando de mantener un tono amigable.
Catherine sonrió y luego pasó su mirada por la castaña.
—¡Ups!— Exclamó como si "recién la hubiese visto"— Disculpa ¿estabas hablando con él?
—¿E? —Balbuceo Hikari— S-sí...—Comentó— Algo así.
—Disculpa.—Musitó Catherine—Pero, soy nueva, entonces...necesito orientación. Me lo llevaré unos minutos ¿si?
La castaña se sintió incómoda— ¿E?...—Respondió—¿E? ¿Takeru?
El rubio simplemente le hizo una seña. E Hikari supo que debía decir que sí.
—Cla-claro...—Contestó la hermana de Taichi.
La rubia sonrió: —Gracias.— Volvió su mirada hacia Takeru— ¿Vamos?
El príncipe asintió: —¿E? S-sí...—Respondió— Vamos.—Dirigió su mirada hacia Hikari— Luego nos vemos.
Hikari asintió.
Y fue así como Catherine prácticamente jaló a Takeru lejos de Hikari dejando a la castaña completamente desconcertada.
Mimi se encontraba en su aposento, contemplando el paisaje desde la ventana. El sol se estaba ocultando en el horizonte, tiñendo el cielo de vibrantes tonos anaranjados y violetas, mientras las sombras se alargaban lentamente por el suelo del cuarto. La luz dorada se filtraba a través de las cortinas de seda, iluminando los rincones y acentuando la calidez del ambiente. En ese momento de tranquilidad, un suave golpe interrumpió su reflexión.
Al abrir la puerta, se encontró con Rika, la media hermana de Yamato. Su rostro mostraba una expresión de seriedad y determinación que desentonaba con la atmósfera relajada del aposento.
—¿Sultana Rika?
—Hola Mimi.—Respondió la pelirroja.
—¿Que hace aquí?
—Necesito hablar contigo ¿puedo entrar?
—Por supuesto, sultana —respondió Mimi, cediendo el paso con un gesto amplio. Mientras la joven entraba, Mimi no pudo evitar notar la firmeza en su porte; había algo en su postura que indicaba que llevaba una carga importante.
Una vez dentro, Rika cerró la puerta tras de sí, el suave clic resonando en el aire, como un eco de la gravedad del momento. Avanzó un paso firme hacia Mimi, manteniendo su mirada fija en ella, casi como si estuviera midiendo su determinación.
Mimi, sintiendo la tensión en el aire, adoptó un tono respetuoso.
—¿Qué necesita hablar conmigo sultana? —preguntó, mirando a los ojos de su cuñada, dispuesta a escuchar.
Rika tomó un respiro profundo, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras. El brillo en sus ojos denotaba una mezcla de preocupación y resolución.
—¿Has escuchado los rumores sobre el plan de matrimonio fallido entre Taichi y Esmehan? —inquirió, su voz firme pero con un trasfondo de urgencia.
Mimi asintió, recordando las conversaciones furtivas que había tenido con Alice y Sora.
—Sí, he escuchado algo al respecto. Parece que hay muchos obstáculos —respondió, intentando ocultar su inquietud.
Rika frunció el ceño, y la frustración se reflejó en su rostro. La luz del atardecer acentuaba las sombras bajo sus ojos, como si la preocupación la hubiera envejecido prematuramente.
—Exactamente. Estoy intentando que Esmehan se case con Taichi porque necesito que ese matrimonio se lleve a cabo. Pero hay personas indeseables que no están permitiendo que eso suceda —explicó, su tono cargado de determinación, mientras sus manos se cerraban en puños a los costados.
Mimi sintió una punzada en el corazón, como si el dolor de Rika se transmitiera a través de sus palabras.
—Es una pena —murmuró, sintiendo el peso de la situación. La opulencia del palacio parecía desvanecerse ante la gravedad de la conversación.
—Lo es, y es por eso que vengo a ti —dijo Rika, acercándose un paso más, su mirada intensa como una flecha que atravesaba la incertidumbre de Mimi.
Mimi se sorprendió, preguntándose cómo podría ayudar en una situación tan compleja. La tensión en el aire se podía cortar con un cuchillo, y el silencio que siguió a la pregunta de Mimi se volvió casi palpable.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó, inquieta, consciente de la responsabilidad que parecía recaer sobre sus hombros.
Rika la miró intensamente, desafiando su resolución.
—Te desafío a que me demuestres que no eres una concubina cualquiera. Eres mucho más que Sora, y es momento de que lo demuestres. Aumenta tu poder, busca venganza contra aquellos que te han hecho sufrir, que te han hecho perder a tu bebé —declaró, su voz resonando en la habitación como un tambor de guerra.
Mimi sintió un escalofrío recorrer su espalda, la gravedad de la propuesta resonando en su interior.
—No puedo hacer eso —respondió, aunque su voz temblaba ligeramente, enfrentándose a la tormenta de emociones que la envolvía.
—Sí puedes —insistió Rika, con firmeza—. Debes meterte en la cabeza de Yamato y convencerlo de que Taichi se case con Esmehan. Es tu oportunidad para obtener poder, para demostrarles a todos en este lugar que vales algo.
El aire en la habitación parecía volverse más espeso, y Mimi sintió que su mente daba vueltas, procesando la idea de actuar en contra de todo lo que había conocido hasta ahora.
—Pero, Rika... —intentó protestar, pero la mirada intensa de Rika la hizo callar.
—Si haces eso, yo apoyaré a Thomas en todo lo que sea posible, incluso por encima de Kiriha. Tu hijo merece un futuro sólido, y yo puedo ayudarte a construirlo —declaró Rika, su voz resonando en el aire con una claridad que hacía temblar las paredes.
Mimi se quedó en silencio, su corazón latiendo con fuerza mientras procesaba la propuesta de Rika. La idea de tener tanto poder, de poder ayudar a su hijo, era tentadora, pero el costo parecía alto.
—No sé si estoy lista para esto —admitió finalmente, su voz apenas un susurro, como si temiera que la afirmación pudiera desvanecerse en el aire.
Rika se acercó, colocándole una mano en el hombro, una conexión física que la hizo sentir el peso de la decisión.
—Es momento de dejar de ser la víctima, Mimi. Tienes el potencial para ser mucho más. Tómalo como un desafío. La vida en este palacio es una lucha constante; es hora de que empieces a luchar por ti y por tu familia —dijo Rika, sus ojos brillando con una mezcla de desafío y esperanza.
Con esas palabras resonando en su mente, Mimi sintió un torbellino de emociones. Sabía que debía tomar una decisión, y el tiempo para actuar se estaba agotando.
—Dime, ¿quieres que tus hijos ocupen el trono? —repitió Rika, su voz firme y decidida. Las palabras flotaron en el aire, pesadas como un destino ineludible. Mimi sintió un nudo en el estómago, la pregunta resonando en su mente como un eco inquietante.
La habitación, iluminada por la suave luz del atardecer, parecía cerrarse a su alrededor mientras analizaba la implicación de la pregunta. Sabía lo que significaba; el trono era más que una simple posición de poder; era el símbolo de un legado, de una familia que deseaba perdurar en la historia. ¿Y si su hijo Thomas podría llegar a ser el próximo sultán? Esa idea había sido un sueño lejano, pero ahora se presentaba como una posibilidad tangible.
—Si quieres que eso ocurra, debes tener a personas con poder a tu lado —declaró Rika, su mirada intensa como un fuego que ardía en el pecho de Mimi. Era un recordatorio de que la ambición no era suficiente; necesitaba aliados, necesitaba influencia, necesitaba... fuerza.
Mimi sintió el peso de las expectativas, una presión que parecía hacerla encorvarse. Miró a Rika, quien estaba frente a ella como una figura enérgica y resuelta, y se dio cuenta de que su cuñada no estaba dispuesta a dar tregua.
—Pero eso no ocurrirá hasta que demuestres que vales la pena apoyarte —continuó Rika, su tono un desafío claro. Las palabras eran como una invitación a entrar en un mundo de intrigas, a convertirse en una jugadora en el complicado tablero del palacio.
Mimi respiró hondo, intentando calmar el torbellino de pensamientos que la invadía. Su mente luchaba contra la idea de ser manipuladora, de jugar un juego que había visto romper a tantas personas en su entorno. Pero, por otro lado, sentía la urgencia de proteger a sus hijos, de garantizarles un futuro en un lugar donde el poder y la lealtad eran moneda de cambio.
—¿Y cómo se supone que debo demostrarlo? —preguntó, el desafío en su voz haciéndose más fuerte. La indignación burbujeaba en su interior, pero la lógica de Rika también comenzaba a calar en su corazón.
—Demostrando que puedes dominar al sultán.—Declaró la pelirroja.
Y esta era la mejor forma
Minutos después
Rika se encontraba en su aposento, su mirada fija en la ventana mientras el sol se ponía en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos dorados y púrpuras. Su mente estaba llena de planes y estrategias, y sabía que tenía que hablar con Taichi. Al escuchar un suave golpe en la puerta, giró la cabeza y asintió.
—Adelante —dijo, y Taichi entró con un aire de curiosidad.
—Sultana Rika —saludó.
—Taichi Pashá.
El castaño hizo una reverencia: —¿Me llamó?
Rika asintió—Sí, Taichi Pashá, te llamé.—Respondió—He encontrado una forma de hacer que Yamato acepte el compromiso entre Esmahan y tú.
La sorpresa cruzó el rostro de Taichi, abriendo sus ojos con incredulidad.
—¿Cómo? —preguntó, casi incapaz de creer lo que escuchaba.
—No importa cómo —respondió Rika, levantando la mano en un gesto de tranquilidad—. Lo importante es que debes estar feliz porque pronto serás yerno de la dinastía.
Taichi asintió lentamente, su mente procesando la noticia.
—No sé cómo podré agradecerle, sultana —murmuró, genuinamente agradecido.
—Oh, sé exactamente cómo —dijo Rika, su tono cambiando a uno más serio.
Taichi la observó, desconcertado por el cambio repentino.
—¿Cómo? —preguntó.
—Necesito que alejes a Hikari de Takeru, lo antes posible —dijo Rika, con una mirada intensa—. Ahora que Takeru ha vuelto al palacio, será difícil que Hikari lo lleve de nuevo a Hungría. Debes asegurarte de mantenerla alejada de él.
—Haré lo posible —respondió Taichi, sintiéndose un poco abrumado por la petición.
Rika frunció el ceño, no satisfecha del todo.
—¿Qué has pensado hacer? —preguntó con interés.
Taichi dudó un momento, tomando un suspiro profundo antes de responder.
—He pensado en casar a mi hermana… pero ha sido difícil tomar esa decisión —admitió—. Me cuesta mucho.
Rika lo miró con seriedad, comprendiendo la delicadeza de la situación, después de todo, Hikari era su única hermana, y única familia. En él caía toda la responsabilidad de que ella estuviese bien.
—Debes actuar rápidamente —le urgió—. No quiero que Takeru y Hikari se enreden nuevamente. Si no lo haces pronto, podría complicarse aún más.
Taichi asintió, la presión de la situación pesando sobre sus hombros.
—Entiendo —dijo, su voz firme—. Haré lo que pueda para asegurarme de que eso no suceda.
Rika sonrió, satisfecha con su respuesta.
—Confío en ti, Taichi. Mi familia necesita estabilidad, y tú eres la clave para lograrlo.
Ambos compartieron una mirada de entendimiento, y Taichi sintió la urgencia de actuar. La vida en el palacio estaba llena de intrigas, y sabía que cada decisión que tomara podía tener un impacto duradero en su futuro y el de su familia.
El harem estaba iluminado por luces brillantes que danzaban al compás de la música, creando una atmósfera festiva y vibrante. Sultanas y concubinas giraban en elegantes trajes, mientras los niños reían y corrían entre los invitados. Hikari se encontraba en un rincón, observando la escena, sintiéndose un tanto fuera de lugar. Su mirada se cruzó con la de Takeru varias veces a lo largo de la noche, y cada vez, su corazón se aceleraba, pero no podía evitar la sensación de distancia que se había instalado entre ellos.
Decidida a tomar un respiro, Hikari se apartó del bullicio, salió del harem y se encaminó hacia un pequeño balcón que ofrecía una vista al jardín.
Hikari se apoyó en la baranda del balcón, mirando las luces del jardín mientras respiraba profundamente, intentando calmar la mezcla de emociones que la habían abrumado en la fiesta. Justo cuando giró para regresar al interior, se sobresaltó al ver una figura familiar esperándola en la penumbra.
—Hikari.
—¡Takeru! —exclamó, sorprendida. Su voz salió en un susurro, casi sin creer que él estaba allí—. ¿Qué... qué haces aquí?
Takeru le dedicó una sonrisa traviesa, sus ojos brillando con ese toque de complicidad que tanto echaba de menos.
—Noté que te escabullías de la fiesta —respondió con suavidad—. Quería asegurarme de que estuvieras bien... y quizás robar un momento contigo —admitió, bajando un poco la mirada, como si sus propias palabras lo hubieran sorprendido.
Hikari se quedó mirándolo, entre incrédula y emocionada. Había deseado tanto poder hablar con él, y ahora, con él frente a ella, no sabía por dónde empezar.
—La fiesta estaba... demasiado ruidosa —dijo al fin, intentando mantener la compostura—. Solo necesitaba un respiro.
—Sólo eso.
Hikari asintió.
—Y usted príncipe? ¿Qué hace aquí?
—Vine a verte.— Respondió el rubio— Vi que salías y como nadie me veía, aproveché el momento para venir donde ti, a ver como estabas.—Se acercó a ella.
—Pues...estoy bien.
—Sí, lo veo, y me alegra eso.— Comentó Takeru— Ya que quiero hacerte una propuesta.
—¿Propuesta?
El rubio asintió—¿Qué tal si vamos a la torre alta del palacio? Podríamos estar juntos, lejos de toda esta multitud.
Su corazón se detuvo por un momento. La idea de estar a solas con él la llenó de emoción, pero también de miedo. —No sé... No creo que sea buena idea, Takeru.
Él frunció el ceño, pero luego se suavizó al recordar las circunstancias. —Taichi no está en la fiesta y Rika está ocupada con su esposo. Es una oportunidad para nosotros, Hikari.
Ella vaciló, su mente llenándose de imágenes de lo que podría suceder si aceptaba su propuesta. Pero justo en ese instante, una figura apareció detrás de Takeru.
—Príncipe.
Ambos voltearon para ver a la mujer.
Era Catherine, luciendo radiante con su vestido que brillaba bajo las antorchas.
—Catherine.—Takeru pronunció su nombre— ¿Qué haces aquí?
—Lamento mucho interrumpir —dijo Catherine con voz suave, haciendo una reverencia.
Takeru e Hikari se miraron rápidamente, ambos respondiendo al unísono:
—No has interrumpido nada.
—Ah, eso es un alivio —dijo Catherine con una sonrisa tímida, lanzándoles una mirada entre avergonzada y agradecida.
Takeru la observó, con un leve toque de preocupación en su expresión—. ¿Qué haces aquí, Catherine?
—Es que... —titubeó, mirando a su alrededor como si se sintiera perdida—. No me siento muy bien —dijo en voz baja, su tono tembloroso—. Apenas conozco a alguien en la corte, y al verte salir, pensé que tal vez podría pedirte ayuda.
Hikari frunció el ceño al escucharla, sintiendo una punzada de celos ante el tono de vulnerabilidad que Catherine proyectaba tan hábilmente. Takeru se inclinó hacia ella, estudiándola con un gesto de genuina preocupación.
—¿Te sientes mal? —le preguntó, su voz suave y preocupada.
Catherine asintió.
—¿Qué sientes?
—Siento que...—La rubia intentó hablar, pero no pudo, ya que comenzó a tambalearse y
—Siento que... —la voz de Catherine apenas era un susurro, y, de repente, su rostro perdió todo color. Comenzó a tambalearse, sus rodillas parecían ceder, y antes de que pudiera decir algo más, su cuerpo se desplomó suavemente hacia adelante.
—¡Catherine! —exclamó Takeru, atrapándola justo a tiempo.
La sostuvo con cuidado, su expresión cargada de preocupación mientras la acomodaba en sus brazos.
—Dis-disculpe príncipe.— Declaró—Pero estoy cansada por el viajo.
—Necesitas descansar.— declaró el rubio— Ven, vamos a buscar un lugar donde puedas descansar.
La rubia asintió.
Takeru volteo hacia la castaña—Hikari, disculpa, pero tendré que irme.
—¿E?— Balbuceo la castaña— N-no, no, no te preocupes.
—Luego nos vemos.—Musitó Takeru.
Hikari asintió.
Fue así como Takeru se fue junto a joven. Hikari simplemente observaba cómo él tomaba a Catherine del brazo con gentileza, guiándola hacia un banco cercano. Aunque sabía que él solo estaba siendo atento, la escena despertó en ella una mezcla de emociones que le resultaba difícil ignorar.
La cena transcurría en un ambiente tranquilo, lejos del bullicio y de las miradas curiosas del harén. Yamato y Mimi estaban sentados en una pequeña mesa, iluminados por la suave luz de las velas. Ninguno de los dos deseaba enfrentar el ruido y la distracción de la celebración en el harén, especialmente Yamato, y Mimi, comprendiendo su ánimo, había decidido acompañarlo.
—¿Cómo te has sentido? —preguntó Yamato en un tono bajo, mirándola con atención mientras cortaba un pequeño trozo de carne.
Mimi se tomó un instante para responder, entrelazando sus manos sobre la mesa.
—Cada vez me siento mejor, gracias a su preocupación, su majestad —respondió, esbozando una sonrisa suave—. Aunque... —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas— es inevitable pensar en el bebé que perdí.
Yamato la observó en silencio, percibiendo el dolor que intentaba ocultar tras su delicada sonrisa.
—Sin embargo, —continuó Mimi, elevando la mirada hacia él—, soy consciente de que debo seguir adelante, por nuestros hijos y por usted. No quiero que mi tristeza opaque lo que aún tenemos, su majestad.
Yamato asintió, captando la fortaleza detrás de sus palabras.
—Además, soy consciente que en cualquier momento, podemos tener otro pequeño.
Sí, eso era verdad. Él confiaba en que, Mimi podía quedar embarazada nuevamente, después de todo, demostró ser mucho más fértil que Sora, ojalá pronto tuviesen otro heredero.
Nuevamente el silencio se hizo se presente y cada quien continuo comiendo, hasta que un minuto la puerta sonó.
¡Toc, toc!
—Adelante.
La puerta se abrió suavemente, revelando a Yoshino, quien entró haciendo una reverencia profunda. En sus brazos, la pequeña Izumi, envuelta en una manta suave, miraba curiosa a su alrededor.
—Su majestad, sultana —saludó Yoshino—. La pequeña sultana quiere a su madre.
Mimi, con una sonrisa amorosa, extendió los brazos para recibir a su hija. Sin embargo, Yamato levantó una mano con suavidad, mirando a Mimi.
—Déjame a mí —dijo, dirigiéndose a Yoshino—. Quiero tenerla un momento.
Yoshino asintió, acercándose con cuidado y entregándole a Izumi. Yamato la tomó en sus brazos con delicadeza, como si la pequeña fuese el tesoro más preciado del imperio. Observó su rostro con una mezcla de orgullo y ternura, notando los ojos oscuros y brillantes de su hija que lo miraban con atención, como si intentara entender quién era ese hombre que la sostenía.
—Cada día estás más grande, Izumi —murmuró Yamato, acariciando su mejilla—. Y eres hermosa, igual que tu madre.
Mimi, observando la escena, sintió un calor familiar en su pecho al ver cómo Yamato la miraba con tanto amor. Aunque el dolor de su pérdida seguía ahí, la presencia de Izumi y el cariño de su esposo le recordaban que aún tenía mucho por lo que luchar y agradecer.
—Pronto serás lo suficientemente fuerte para caminar junto a nosotros, pequeña —añadió Yamato, mientras Izumi emitía un suave balbuceo, como si respondiera a sus palabras.
—¡Sí! Crece rápido.—Comentó Mimi—No nos daremos ni cuenta cuando sea una jovencita. Con edad para casarse.
—Falta tiempo para eso.—Musitó Yamato mientras abrazaba a su pequeña.
—Pero pronto llegará ese momento.—Declaró la castaña—Será una mujer y tendrá que casarse.
El rubio movió la cabeza: —Sí, lo sé.—Habló— Pero, por el momento, prefiero pensar en eso.—Suavemente besó la frente de su hija.
Mimi sonrió ante esto. Jamás, al conocer a Yamato, se hubiese imaginado que él se derretiría tan fácil por una persona tan pequeña. Literalmente, le brillaban los ojos al tener a Izumi en sus brazos, la sonrisa en su rostro era indescriptible...¡Maravilloso!
No obstante, el momento feliz no iba a durar mucho tiempo, ya que en su mente resonaba y resonaba su conversación con Rika...y su pacto con Haruna...Ella merecía que le cumpliese.
Suspiró.
—Hablando de edad para contraer matrimonio.—Declaró Mimi— Una persona que está en edad de casarse es Esmahan...—Comentó— La hija de Haruna.
Este comentario sorprendió a Yamato, quien rápidamente quitó los ojos de su hija y observó a Mimi totalmente extrañado.
—¿Por qué mencionas a Esmahan?
—Por nada en específico.—Comentó Mimi— Es simplemente que el último tiempo he pensado mucho en mi estadía en el palacio viejo...Como usted sabe, en el palacio de lágrimas conocí a Haruna Hatun, quien fue la madre de los hijos del príncipe Kouji.
Yamato asintió.
—Y me pareció una buena mujer.—Declaró la castaña— Aunque, me dio un tanto de tristeza escuchar su historia.
Yamato se mordió el labio inferior, hacer mención de esa historia le traía malos recuerdos.
—Pero se ve que es una buena mujer y ha criado a sus hijas adecuadamente.
Ese detalle no le sorprendía, después de todo, era su obligación criar de buena manera a las sultanas. Como dignas descendientes de la dinastía Otomana.
—Escuché que la sultana Esmahan está en edad de casarse.—Comentó Mimi.
Yamato asintió: —Sí, lo está.
—Sé que es un tema ajeno a mí, pero me da cierta curiosidad, escuché que debe ser con alguien de la corte.
—Sí, así es.—Comentó el rubio.
—¿Ha visto alguna opción?
—Pues...—Yamato dudó en decirle, no obstante, se retractó de esto.
Sabía que Mimi se relacionó con Haruna y sus hijas, era inevitable que quisiera saber más de ellas, considerando que estuvieron casi dos meses conviviendo todos los días.
—He visto algunas opciones, Rika me ha hablado mucho de eso y luego de analizar, creí haber hecho una buena elección.
—¿Puedo saber con quién planea casarla?
—No vale la pena mencionarlo.—Habló el oji-azul.
—¿Por qué no?—Preguntó la castaña— Me gustaría saber.
Yamato suspiró— Tenía planeado casar a mi guarda espalda, Taichi Pashá con ella, pero mi madre no creyó que fuese lo mejor. Después de todo, es hija de un príncipe muerto que no ascendió al trono.
—Puede que no, pero de igual forma es una sultana y tiene la sangre de la dinastía en sus venas. E independiente de lo que sucedió con su padre creo que ella merece un matrimonio digno.
—¿Por qué me dices todo eso? Acaso ¿Haruna Hatun te pidió que hablaras conmigo?
—Ella simplemente me comentó que estaba esperando que usted casara a su hija con Taichi Pashá, pero al parecer no sería posible. Sin embargo, no me pidió que la ayudara.—Comentó— No obstante, le comento este tema porque me preocupó ver a aquellas sultanas en el palacio de lágrimas. Son tan jóvenes y viven en la miseria de ese palacio.
—Lamentablemente eso dicta la tradición.
—Sí, eso me comentó Haruna.—Declaró Mimi— Sin embargo, me causa cierta tristeza. Sobre todo, luego de ver la forma en que trataban a Izumi.—Sonrió—Esmahan y sus hermanas son unas verdaderas sultanas, correctas y nobles...—Comentó— Y también son descendientes de esta dinastía...—Musitó— No creo que sea justo para ellas estar en ese lugar.
—Lamentablemente las leyes son difíciles para las hijas de príncipes muertos.
—Sí, lo sé, pero me es inevitable colocarme en el lugar de su madre.—Musitó Mimi— Y pensar en Izumi.—Agregó—De haber estado en su lugar no me gustaría ver que fuese castigada por algo que directamente no era un problema suyo.
Yamato se mordió el labio inferior, la verdad es que para él siempre fue un castigo pensar que tendría que matar a sus sobrinos a causa de la lucha por el trono, pero como era "común" que las mujeres fuesen exiliadas, jamás lo analizó como correspondía, ellas también fueron víctimas de algo inevitable.
Pasó su mirada por Izumi.
—¿Por qué me dices todo esto?
—Por-porque...—Bajó la mirada— Yo sé que este asunto es independiente de mi, pero para mí, vivir en el palacio viejo significó conocer una nueva realidad. Conocer a las sultanas me hizo pensar mucho en su situación, en que soy madre, y...—Aclaró su garganta—Lo que quiero decir o pedirle es que, creo que debería reconsiderar la idea de casar a Esmahan con Taichi.
Yamato se sorprendió ante esto.
—Usted a cambio de lo que ocurrió me dijo que le pidiese lo que quisiera ¿no?
El rubio asintió.
—Ese entonces será mi deseo.—Declaró la castaña— Quiero que Esmahan se case con Taichi.
—Pero...Mimi...
—Es mi deseo.—Respondió la oji-miel— Es lo que anhelo.—Habló— Quiero compensar lo buena que fue Esmahan con nosotras mientras estuvimos allá. Y además, quiero ser una sultana justa y misericordiosa, pero principalmente, que proteja a las mujeres de esta dinastía. Y este es el primer paso.
Yamato analizó esta idea en su mente. La verdad es que, entendía de algún modo la postura de Mimi, después de todo, al vivir en el palacio antiguo conoció esa realidad que todos intentaban olvidar. No obstante, Mimi tenía un corazón noble y puro, diferente al de las demás mujeres del harem, eso le llamó la atención. Desde el inicio supo que era inocente. No le extrañaba que quisiera ser bondadosa en esta situación.
+Capítulo nuevo, espero que les haya gustado, necesito saber si ¿les está gustando la historia? Siento que va lento, y tal vez, se estén aburriendo.
+Como he dicho, adaptaré o haré pequeñas referencias al "El Sultán" y "La sultana Kosem" Ejemplo aquí en Esmahan casada con Taichi. Es una referencia a dos personas: Nergisşah Sultan, hija del príncipe Mustafá, que fue casada luego de la muerte de su padre. Y también a Ismihan Kaya Sultan, hija del Sultán Murad que se casó a los 11 años por asuntos políticos. La única diferencia es que Kaya y su esposo se llevaban por treinta años. Sin embargo, entre Esmehan y Taichi hay 14 años.
Adrit126: ¡Hola! ¡Sí! aproveche mi tiempo libre y mi inspiración para actualizar. Si, es triste la situación de Mimi, pero debía ocurrir para su desarrollo de personaje. Por primera vez Sora tuvo su merecido y ahora empieza un declive, aunque, la pelea sigue viva. Si, bueno, en realidad es una combinación de ambos, de Rika y su esposo, pero principal es Rika. Me alegra saber que te agrado la referencia, en ese entnces cuando escribi esta escena (hace un año o más estaba en el Boom de la trilogía) Si, Haruna seria buena consejera, pero lamentablemente está exiliada, no siempre pueden hablar. Si, es raro, incluso yo me inspire en Kaya Ismihan que tenia ¡11 once! (un caso de la vida real Otomano) no quise eso, así que usé una edad más pasable de 14. Espero que te haya gustado este capitulo. Ojalá sigas leyendo y comentando. Te mando un abrazo a la distancia.
