Na: Este capítulo es como muy de relleno, pero tiene unas escenas importantes. Sin embargo, le pedí a chat gpt que me ayudara. Así que si encuentran un error ya saben porque es.
El ambiente en los aposentos de Natsuko era tranquilo y solemne, con la suave luz de la mañana filtrándose a través de los gruesos cortinajes. La sultana estaba sentada en un cómodo diván, con unos informes extendidos frente a ella. Los papeles crujían levemente bajo sus dedos, pero su mente estaba lejos de esos documentos, perdida en pensamientos que solo ella comprendía. De repente, la puerta se abrió y Juri Kalfa, con su postura recta y mirada respetuosa, apareció en el umbral.
—Mi sultana, la sultana Mimi está aquí —anunció Juri con una reverencia.
Natsuko levantó la vista, una ligera sonrisa que no alcanzaba a ser cálida cruzó su rostro. Sabía que las visitas de Mimi nunca eran agradables, pero no podía rechazar a la concubina del sultán. Al menos no en este momento.
—Déjala entrar —respondió Natsuko con su voz fría y medida, señalando la entrada con un gesto de la mano.
Juri asintió y se apartó, permitiendo que Mimi, con su porte elegante y su expresión solemne, pasara a la habitación. Mimi hizo una ligera reverencia antes de alzar la cabeza y enfrentar a Natsuko. Aunque su rostro mostraba una calma aparente, había algo en sus ojos que delataba la incomodidad que sentía ante la presencia de la sultana.
—¿Por qué vienes a molestarme? —preguntó Natsuko, con un tono cortante y desinteresado, como si no hubiera ningún motivo que la hiciera interesarse por la visita.
Mimi sintió un leve nudo en el estómago al escuchar esas palabras. Sabía que Natsuko no la trataba con amabilidad, pero siempre encontraba una forma de armarse de valor. Respiró hondo y, con una sonrisa algo forzada, dijo:
—Vengo para felicitarla, mi sultana —respondió Mimi, con una sonrisa tensa.
Natsuko arqueó una ceja, observando a Mimi con desconfianza. Ella no era una mujer dada a las felicitaciones, especialmente de una concubina como Mimi, quien siempre se había mostrado más como una rival que una aliada.
—¿Felicitación? —preguntó Natsuko, aún con el ceño ligeramente fruncido—. ¿Qué razón tienes para felicitarme?
Mimi sintió que el ambiente se volvía más denso y, aunque se sintiera incómoda, no pudo evitar compartir la noticia que llevaba consigo. La sonrisa en su rostro se amplió un poco más, aunque sin llegar a brillar de forma genuina.
—Va a ser abuela nuevamente —dijo Mimi, con una leve inclinación de cabeza, observando la reacción de Natsuko—La médica me dijo que tengo un mes de embarazo.
Natsuko guardó un breve silencio, sus ojos se entrecerraron al escuchar esas palabras. La noticia no le resultaba agradable, no solo porque Mimi fuera la madre de sus nietos, sino también porque las emociones que involucraban a Mimi siempre eran complicadas de manejar para Natsuko. A pesar de la noticia, evitó que su rostro mostrara siquiera una fracción de emoción. Por un momento, pudo haber sentido algo cercano a la felicidad, pero rápidamente la apagó. No podía dejar que Mimi la hiciera sentir algo distinto a lo que ella ya pensaba de ella.
—Qué bien... —dijo Natsuko, manteniendo su tono indiferente. Luego, miró a Mimi con frialdad—. Debes cuidarte. Es un embarazo delicado, no es un juego.
Mimi bajó la mirada brevemente, comprendiendo el mensaje implícito en las palabras de Natsuko. La sultana no le estaba mostrando alegría por su embarazo, como cualquier otra mujer de su posición hubiera esperado. En cambio, lo que recibía de Natsuko era una fría advertencia.
Natsuko volvió a sus informes, sin darle más importancia al asunto. Sabía que su papel no era ser cariñosa ni comprensiva con las concubinas de su hijo, mucho menos con una como Mimi. Sin embargo, no pudo evitar sentirse, en el fondo, un tanto contrariada. ¿Por qué debería preocuparse por lo que Mimi sentía? Después de todo, su relación con el sultán era complicada, y su propia posición de madre de Yamato debería ser suficiente para distanciarla de cualquier otra mujer que pretendiera influir en su vida.
Mimi no respondió de inmediato. Sintió la pesadez del silencio y la frialdad de la sultana a su alrededor. Sin embargo, agradeció al menos haber logrado compartir la noticia, aunque Natsuko no se lo hubiera recibido de la manera que esperaba.
—Lo sé mi sultana—dijo Mimi finalmente, inclinándose una vez más antes de darse la vuelta y salir de la habitación— Espero que mi hijo le traiga felicidad.
—Eso espero.
Siempre quiso ser abuela y, a pesar de todo, siempre amaría a sus nietos. Pero Mimi le desagradaba.
Con una ligera sacudida de cabeza, la sultana regresó su atención a los informes sobre la mesa, mientras sus pensamientos vagaban hacia otras preocupaciones.
La luz suave de la tarde se filtraba a través de las pesadas cortinas, iluminando tenuemente los aposentos de Sora. El ambiente estaba cargado de una tristeza que parecía envolverse en cada rincón de la habitación. Sora, sentada en el diván de seda, había perdido toda su compostura, con las manos entrelazadas sobre su regazo, apretando los dedos con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Sus ojos, usualmente tan serenos, estaban rojos e hinchados por las lágrimas que no cesaban de caer.
El eco de sus sollozos había llenado la habitación, el sonido de su dolor resonaba en el aire pesado. La noticia del embarazo de Mimi había sido un golpe duro, una verdad que la había dejado tambaleando. Mientras las lágrimas recorrían su rostro, Sora sentía una mezcla de impotencia y dolor. Su corazón, tan lleno de amor por Yamato, ahora se encontraba atormentado por la imagen de Mimi, la madre de los hijos del sultán, llevando otro niño en su vientre.
Desde la entrada, Miyako, la kalfa de Sora, observaba en silencio por un momento. La preocupación reflejada en su rostro mostraba el vínculo que tenía con la sultana, quien siempre había sido fuerte y resuelta. Verla vulnerable de esa manera, rota por dentro, no era algo fácil de soportar.
Sin embargo, sabiendo que las palabras de consuelo eran necesarias, Miyako avanzó hacia ella con pasos suaves y cuidadosos, como si temiera romper el delicado momento. Se agachó a su lado, tocando suavemente el hombro de Sora.
—Mi sultana —dijo con voz suave y calmada—, ¿cómo te encuentras?
Sora levantó la cabeza, mirando a Miyako con los ojos llenos de desesperación y dolor. No respondió de inmediato, solo dejó que las lágrimas siguieran fluyendo mientras buscaba las palabras adecuadas. Finalmente, la voz quebrada de Sora salió, cargada de emoción.
—¿Por qué, Miyako? ¿Por qué Mimi? —sollozó, su cuerpo encogido de tristeza—. ¿Por qué ella sigue estando cerca de Yamato, mientras yo…? No puedo soportarlo. ¡No puedo!
Miyako la miró con compasión, su rostro lleno de empatía. Sabía que Sora estaba sufriendo por más de lo que parecía, y el embarazo de Mimi no hacía más que aumentar su dolor y frustración. Con una mano suave, la kalfa la tomó de la mano, buscando transmitir algo de consuelo, aunque era consciente de lo difícil que sería calmar el alma quebrada de su sultana.
—Sé que este es un golpe difícil para ti, mi sultana —dijo Miyako, sus palabras suaves pero firmes—. Pero debes saber que no es culpa tuya. No puedes controlar lo que sucede en el harem ni lo que el sultán decide. Mimi siempre ha sido una parte de su vida, y ahora, al estar embarazada, su lugar en el harem se reafirma aún más. Pero eso no cambia lo que eres para él.
Sora se cubrió el rostro con las manos, dejando que la angustia se apoderara de su ser. No podía evitar sentirse desplazada, como si su amor y dedicación a Yamato no fueran suficientes, como si, a pesar de ser su primera concubina, Mimi siempre tuviera una ventaja. La idea de ver a otro hijo de Mimi crecer bajo el cuidado del sultán la devastaba, y más aún, pensaba en los momentos en que su propia relación con Yamato parecía estar a punto de desmoronarse.
—¿Qué pasa si ya no soy suficiente para él? —dijo, entre sollozos, mirando a Miyako con los ojos llenos de miedo y dolor.
Miyako, sin perder su calma, apretó ligeramente la mano de Sora, transmitiéndole todo el apoyo que le era posible.
—Tú eres todo lo que él necesita, mi sultana —respondió Miyako con firmeza, con un tono lleno de devoción. Sus palabras eran sinceras, no solo como kalfa, sino también como alguien que respetaba profundamente a Sora—. No permitas que esta situación te haga dudar de ti misma. El sultán ha elegido a Mimi, pero eso no cambia lo que eres para él. Eres su sultana, la que ha estado a su lado y ha compartido todo con él. No dejes que lo que sucede en el harem te haga perder la confianza en ti.
El sonido suave de unos pasos pequeños interrumpió el momento íntimo entre Sora y Miyako. Al volverse, ambas vieron a Kiriha, el pequeño hijo de Yamato, parado en la entrada de la habitación. Sus ojos brillaban con una mezcla de curiosidad e inquietud, y su rostro juvenil reflejaba una preocupación que solo los más sensibles pueden mostrar.
Sora, al notar la presencia de su hijo, rápidamente intentó recomponerse, secándose las lágrimas de la cara con una mano. Forzó una sonrisa, una que no lograba ocultar por completo el rastro de tristeza que se había instalado en su corazón.
—Kiriha, ¿qué haces aquí? —dijo con voz suave, intentando que sonara tranquila, pero su tono traicionaba la pena interna que sentía.
Kiriha la observó fijamente, hace un tiempo había notado que su madre ya no era la misma de antes. Durante las últimas semanas, la había visto triste, y en muchas ocasiones había encontrado sus ojos enrojecidos por las lágrimas que intentaba ocultar. No entendía bien por qué su madre sufría, pero sí sabía que algo no estaba bien.
Se acercó a ella con paso lento, preocupado. Su voz, suave y sincera, resonó en la habitación con una preocupación genuina:
—Mamá, ¿qué te pasa? ¿Por qué lloras? —su voz tembló levemente, como si sus palabras pudieran hacerla sentirse mejor.
Sora, al ver la preocupación de su hijo, no pudo evitar sentirse más afectada. Intentó sonreírle con suavidad, pero la tristeza se reflejaba en sus ojos, por más que intentara esconderla.
—N-no...no estoy llorando.
—Claro que lo estas.—Respondió el rubio— ¿Qué te sucede?
—Na-nada...—Contestó la pelirroja.
—Mamá, por favor, dime...—Kiriha la ánimo— ¿qué te ocurre? Estoy preocupado.
—No te preocupes, Kiriha. Son problemas de grandes —respondió rápidamente, buscando evitar que el niño se preocupara más de lo necesario. Trató de tranquilizarlo, pero el esfuerzo solo la hacía sentirse más quebrada por dentro.
Kiriha no estaba convencido. A pesar de su corta edad, podía ver más allá de las palabras. Sabía que algo no estaba bien, y no iba a permitir que su madre se quedara sola con su dolor.
—No quiero que estés triste, mamá —dijo con un tono decidido, con un pequeño fruncido en su rostro de preocupación—. Yo también veo cómo lloras muchas veces. No me gusta verte así.
Las palabras del niño golpearon a Sora con fuerza, recordándole la dolorosa verdad de que su hijo, aún siendo tan joven, era testigo de su sufrimiento. El peso de esa realidad la hizo sentir un dolor aún más profundo. Kiriha no debía cargar con todo esto, él no debería ver a su madre de esa manera.
Sin poder evitarlo, Sora se dejó envolver por su hijo cuando este la abrazó, rodeándola con sus pequeños brazos con toda la ternura de su corazón inocente. Su abrazo era tan cálido y genuino que Sora sintió como si un bálsamo curativo intentara aliviar su dolor, aunque por dentro seguía sintiendo una tormenta.
Kiriha, abrazado a su madre, susurró con una promesa seria, un susurro lleno de la determinación que solo un niño con un gran corazón podría tener:
—Cuando sea sultán, mamá, nunca más permitiré que te hagan sufrir. No lo permitiré. Yo te protegeré siempre.
Las palabras de Kiriha, tan simples pero llenas de una sinceridad pura, calaron profundo en el alma de Sora. Ella lo miró, sus ojos llenos de lágrimas que nuevamente no pudo retener. Aquella promesa de su hijo, aunque tan lejana, era lo más cercano a la esperanza que había sentido en mucho tiempo. Lo abrazó con más fuerza, agradecida por su amor incondicional, pero al mismo tiempo, desbordada por el dolor de saber que él también debía crecer en un mundo lleno de dificultades que ella deseaba evitarle.
—Gracias, Kiriha —susurró, con la voz quebrada—. Gracias por ser mi fuerza, por ser tan valiente.
Kiriha, con su inocente sonrisa, levantó la cabeza para mirarla. Su pequeño rostro mostraba una determinación firme, algo tan propio de su carácter. Como si realmente, algún día, pudiese cumplir esa promesa que acababa de hacer.
Sora besó la frente de su hijo, acariciando su cabello con ternura, antes de tomar una respiración profunda y levantarse un poco, en un esfuerzo por reponerse y devolverle la calma.
—Kiriha, ¿no estás feliz? Pronto tendrás un nuevo hermano —le dijo con una sonrisa que buscaba contagiar su entusiasmo al niño.
Kiriha miró a su padre con una expresión seria, una que era poco común para un niño de su edad. Su mirada era tan profunda como sus pensamientos, y al oír las palabras de su padre, una pequeña sombra se dibujó en su rostro.
—Padre... —empezó Kiriha en voz baja, como si dudara en expresar lo que realmente sentía—. Para mí... es difícil sentirme feliz por eso cuando veo a mamá tan triste.
La sonrisa de Yamato se desvaneció y una ligera sorpresa apareció en su rostro. No esperaba una respuesta tan sincera, ni que su hijo notara el dolor de Sora. Intrigado, Yamato se inclinó un poco hacia él, preocupado.
—¿Qué sucede, Kiriha? ¿Por qué dices eso? —le preguntó, tratando de comprender la profundidad de lo que su hijo sentía.
Kiriha bajó la vista, con las manos entrelazadas y apretadas en una pequeña muestra de frustración y tristeza.
—Es que no me gusta ver a mamá llorar... —dijo con un susurro tembloroso—. Últimamente, siempre está triste, aunque intenta ocultarlo. Y yo no entiendo por qué... ¿por qué llora tanto, padre? —Kiriha lo miró con ojos llenos de dolor e inocencia, buscando en Yamato respuestas que él mismo no lograba comprender.
La pregunta, simple pero devastadora, hizo que Yamato se quedara en silencio. No supo qué decir; la realidad era que él no había notado el efecto que su relación con Mimi y su creciente familia tenía en Sora, o quizá no quería admitirlo. Ver la tristeza de Sora reflejada en el rostro de su hijo le hacía comprender la gravedad de su propio papel en todo ello.
Kiriha siguió hablando, su voz temblando levemente mientras buscaba una respuesta que aliviara su corazón.
—Para mí... es muy triste ver a mamá así. Ella intenta ser fuerte, pero yo sé que sufre... y yo no puedo hacer nada para que esté feliz —sus ojos se humedecieron, y con toda la honestidad de un niño, volvió a preguntar—. Padre, ¿por qué tiene que ser así?
Yamato lo miró en silencio, abrumado por la mezcla de emociones que las palabras de Kiriha habían despertado en él. No tenía una respuesta que pudiese aliviar el dolor de su hijo, y una parte de él se sentía culpable. No era fácil explicarle a un niño como Kiriha la complejidad de las relaciones en el palacio, ni cómo las decisiones que tomaba como sultán afectaban a aquellos que más amaba.
Con un suspiro, Yamato apoyó una mano en el hombro de Kiriha, buscando transmitirle algo de consuelo aunque él mismo se sentía desconcertado.
—Kiriha, a veces... las cosas en el palacio son complicadas.
—Pero tú eres el sultán. Si te lo propusieras podrías evitarle el dolor a mi madre.
Yamato se mordió el labio inferior ante esa declaración, la verdad era que, no esperaba esas palabras de su hijo.
—Sultana Rika —dijo Catherine, haciendo una reverencia y conteniendo su alegría con dificultad—. El príncipe Takeru... aceptó darme una oportunidad.
Rika levantó la vista, y aunque su expresión permaneció serena, sus ojos reflejaron una leve sorpresa.
—¿De verdad? —preguntó con una ceja levantada, evaluando la sinceridad en la voz de Catherine.
—Sí, finalmente lo logré —respondió Catherine con emoción, como si aún no pudiera creer que su esfuerzo había dado resultado.
Rika, sin embargo, permaneció impasible, estudiándola en silencio. Luego de unos segundos, le respondió con un tono más frío del que Catherine esperaba.
—No cantes victoria tan rápido, Catherine —le advirtió Rika, con una firmeza que hizo que la sonrisa de Catherine titubeara ligeramente—. No estaré convencida de que Takeru ha olvidado a Hikari hasta que te convierta oficialmente en su concubina.
Catherine intentó mantener su confianza, aunque las palabras de Rika sembraron una pequeña duda en su pecho. Sabía que Rika no era una mujer fácil de impresionar ni de convencer. Respiró hondo, tratando de mantenerse firme.
—Entiendo, sultana. Pero este es un comienzo —dijo, intentando recuperar su seguridad.
Rika asintió lentamente, pero en su mirada aún brillaba una mezcla de escepticismo y expectativa.
—Lo es. Pero recuerda, Catherine, una oportunidad no siempre significa un lugar seguro.
Sora y Kiriha cenaban en silencio, cada uno inmerso en sus pensamientos. La suave luz de las lámparas de aceite iluminaba el aposento con un brillo cálido, y el sonido de los cubiertos era lo único que rompía la tranquilidad. Kiriha miraba su plato, distraído, mientras Sora comía con calma, pero en su mirada había una melancolía apenas contenida.
De pronto, el silencio se vio interrumpido por un grito que resonó en el corredor: "¡El sultán!" Sora levantó la vista, sorprendida, y Kiriha también giró su rostro hacia la entrada, intrigado. Segundos después, la figura de Yamato apareció en el umbral, su porte imponente y su expresión seria capturaron de inmediato la atención de ambos. Sora y Kiriha se levantaron de inmediato, haciendo una reverencia en señal de respeto.
—Buenas noches —saludó Yamato, con un tono solemne pero amigable.
—Buenas noches, Su Majestad —respondieron ambos, casi al unísono.
Sora lo miraba con cierta incredulidad, sin entender del todo la razón de su visita. Respiró hondo y, con una mezcla de sorpresa y cautela, le preguntó:
—¿Qué hace usted aquí, mi señor?
Yamato se tomó un instante antes de responder, recorriendo con la mirada la pequeña mesa y el ambiente íntimo de los aposentos de Sora y Kiriha. Luego, miró a ambos con determinación, aunque en sus ojos había algo más suave, algo más humano que pocas veces dejaba ver.
—Quiero cenar con ustedes —dijo con serenidad, sentándose en uno de los cojines de la mesa sin esperar respuesta—. Quiero pasar un tiempo en familia.
Kiriha y Sora intercambiaron una mirada, aún sorprendidos, y luego volvieron a sus lugares, sintiendo el peso de la presencia del sultán junto a ellos en un espacio tan íntimo. Sora se acomodó, observándolo con una mezcla de respeto y una ligera aprensión; era inusual que él buscara ese tipo de momentos. Pero Yamato parecía dispuesto a dejar de lado su estatus por una noche, aunque su seriedad aún dominaba la atmósfera.
Kiriha, emocionado y al mismo tiempo nervioso, le dirigió una sonrisa leve a su padre, sintiendo que tal vez, esta vez, las cosas serían distintas.
Ken observaba a Takeru en silencio, sus ojos analíticos captando cada detalle de su expresión. Finalmente, rompió el silencio, con un tono serio y una pizca de preocupación en la voz.
—Príncipe Takeru... ¿está seguro de lo que está haciendo? —preguntó, con un matiz que dejaba entrever que ya conocía la respuesta, pero necesitaba oírla de los labios del propio Takeru.
Takeru, quien se había mantenido pensativo, suspiró y asintió lentamente, como si tratara de convencerse a sí mismo en ese mismo instante.
—Sí, lo estoy —afirmó, aunque su tono carecía de la seguridad habitual—. Si logro convencer a Rika de que he olvidado a Hikari, entonces ella permitirá su regreso.
Ken inclinó ligeramente la cabeza, comprendiendo la intención de Takeru, aunque no del todo convencido.
—Entiendo ese punto, alteza, pero… para que Rika realmente lo crea, tendrá que hacer de Catherine su concubina oficial. Y eso implica algo más… tendrá que quitarle su pureza.
Takeru apartó la mirada, una incomodidad evidente reflejándose en su rostro. No había considerado el peso total de sus acciones hasta ese momento. No le gustaba la idea, y aunque Catherine era una buena chica y alguien a quien apreciaba, no tenía interés en llevar esa intimidad a ese nivel. Sin embargo, sabía que cualquier duda o falta de compromiso podría hacer que Rika sospechara.
—Catherine merece respeto —murmuró Takeru, con el ceño fruncido—. No quiero… engañarla de esa forma.
Ken lo observó en silencio por un instante, luego puso una mano sobre su hombro, intentando brindarle un poco de apoyo, aunque sus palabras eran firmes.
—Alteza, si desea que Rika esté completamente convencida, no tiene opción. Deberá dar ese paso, por difícil que sea.
En la tenue luz de la mañana, Mimi observaba a Yamato en silencio, intentando ocultar la inseguridad que le llenaba el corazón. Finalmente, respiró hondo y decidió romper la calma.
—Yamato… —empezó, con voz suave pero firme—. ¿Anoche fuiste a los aposentos de la sultana Sora?
Yamato, quien estaba revisando unos documentos, levantó la mirada y asintió sin vacilar.
—Sí, fui a los aposentos de Sora.—respondió con calma, notando de inmediato la inquietud en los ojos de Mimi.
Mimi asintió levemente, como si intentara asimilar su respuesta antes de continuar.
—¿Y… por qué decidiste ir a verla justo anoche? —preguntó, esforzándose por mantener un tono neutral, aunque el temor de que hubiera más en esa visita la carcomía por dentro.
Yamato suspiró, sabiendo que las preguntas de Mimi no solo eran curiosidad. Había algo más profundo, una necesidad de entender su lugar en su vida.
—Lo hice por mi hijo, Mimi. Kiriha estaba pasando por un momento difícil, y quise asegurarme de que estuviera feliz —explicó, mirándola con franqueza—. Eso es todo.
Un silencio denso se instaló entre ellos, y Mimi bajó la vista, sus dedos jugueteando nerviosamente con el borde de su vestido. Finalmente, levantó la mirada, observándolo con dolor.
—¿Ocurrió algo más…? —preguntó en voz baja, intentando disimular el temblor en su tono.
Yamato negó con la cabeza, su voz clara y sin titubeos.
—No, Mimi. Solo pasé tiempo con Kiriha y su madre, como haría cualquier padre de familia—aseguró.
Mimi exhaló, aliviada por su respuesta, pero la tristeza aún opacaba sus ojos. Lentamente, lo miró con una mezcla de vulnerabilidad y celos reprimidos.
—Eso espero, Yamato… porque me destrozaría el corazón saber que has vuelto a los brazos de Sora —confesó, con una sinceridad que lo dejó sorprendido.
Yamato frunció el ceño suavemente, percibiendo el dolor que emanaba de sus palabras. Con un tono firme y sereno, le recordó:
—Mimi, soy el sultán. Debo ser equitativo con toda mi familia. No puedo dejar de cumplir mis deberes y responsabilidades por uno de ellos.
Mimi asintió con dificultad, bajando la vista, mientras sus hombros caían bajo el peso de aquella realidad. A pesar de saberlo, escuchar esas palabras siempre le dolía, recordándole la constante competencia en la que vivía.
—Sí, lo sé, pero...—Bajó la mirada—Usted sabe la relación difícil que tenemos.
—Sí, lo sé. Y créeme, aun estoy enojado por el último inconveniente que tuvimos.—Habló el rubio— Pero es parte de mi vida. Madre de mi primogénito. Debo considerarla.
—Lo sé...—Comentó la castaña— Sé que ella fue su primera mujer mi sultán. Pero para mim es difícil entender que no soy la única en su corazón.
Notando su tristeza, Yamato se acercó, levantando su mentón con suavidad, forzándola a mirarlo a los ojos.
—Mimi… tú eres mi favorita —le susurró, acariciando su rostro con ternura. Antes de que ella pudiera responder, él inclinó la cabeza y la besó, transmitiéndole en ese gesto toda la calidez y afecto que sentía por ella.
El beso fue breve, pero intenso, y cuando se separaron, Mimi lo miró con un brillo de esperanza, aunque sus ojos aún reflejaban una sombra de duda.
—Yamato… —murmuró, queriendo expresar su agradecimiento, pero también su temor—. A veces, siento que soy solo una pieza más en tu vida, y tengo miedo de perderte.
Yamato la observó con seriedad, tomando sus manos entre las suyas.
—Nunca serás una pieza, Mimi. Eres una parte de mi vida, y siempre serás especial para mí. Pero como sultán, tengo obligaciones que debo cumplir. Eso no significa que te ame menos —aseguró, dándole una última caricia en la mejilla.
Mimi asintió, aún vulnerable pero reconfortada por sus palabras. Sabía que la vida en el palacio siempre sería complicada y que, como concubina favorita, debía enfrentar no solo el cariño de Yamato, sino también su rol de sultán y los deberes que esto implicaba.
Sin embargo, en ese momento, el beso y las palabras de Yamato la hicieron sentir que, a pesar de todo, aún ocupaba un lugar especial en su corazón.
~Meses después~
La noche había caído sobre el palacio, y en la tranquila sala privada de Yamato, el sonido de las velas crepitando era lo único que rompía el silencio. El sultán, con una copa de vino en la mano, se encontraba sentado en su silla habitual. Frente a él, la imponente figura de Natsuko, su madre, lo observaba detenidamente. Habían estado en silencio durante unos minutos, y Yamato sabía que la conversación que se avecinaba no sería sencilla.
Finalmente, Natsuko rompió el silencio con su voz profunda y autoritaria.
—Yamato, sé que la situación dentro del harén es tensa. Con el embarazo de Mimi, la situación se complica aún más. —Natsuko se acercó un paso más hacia su hijo, sus ojos fríos y calculadores fijos en él—. Tal vez sea hora de considerar la idea de aceptar más concubinas, para evitar que el ambiente se desequilibre.
Yamato dejó la copa sobre la mesa con un leve golpe. Miró a su madre, un poco sorprendido por la sugerencia. Él siempre había sido cuidadoso con las dinámicas en el harén, pero no esperaba que ella le propusiera algo tan… directo.
—No necesito más concubinas, madre —respondió Yamato con firmeza, su voz sin titubeos, aunque sentía una pequeña tensión recorrer su cuerpo. Ya tenía suficientes complicaciones en su vida, y añadir más mujeres solo podría empeorar las cosas.
—¿Sigues con eso?— Natsuko levantó una ceja, sin apartar su mirada de su hijo. Sabía que Yamato tenía sus reservas, pero la situación era demasiado seria como para ignorarla.
Yamato asintió.
—Pero es necesario, hijo—dijo, dando un paso más hacia él. Su tono era más persuasivo, pero no exento de autoridad—. Mimi es una concubina principal, lo sabemos. Pero no puede cumplir siempre con sus labores de concubina, por su embarazo debe cuidar, creo que mereces darle la oportunidad a otras mujeres de satisfacer ese lado. Tener otras concubinas podría aliviar esa presión, incluso asegurar que el orden en el harén se mantenga.
Yamato se levantó lentamente de su asiento, caminando hacia la ventana con la copa de vino en la mano. Miraba las luces que se veían en la lejanía, las mismas luces que iluminaban el reino que él gobernaba, pero que a veces le parecían demasiado lejanas y distantes.
—No quiero causar más tensiones —dijo con voz grave, mientras se giraba hacia su madre. Sus ojos reflejaban una mezcla de preocupación y decisión—. El harén ya está lo suficientemente complicado como para añadir más mujeres al caos. No quiero que Mimi sienta que está siendo reemplazada o que alguna de las demás concubinas se sienta menospreciada. Ya hay suficiente en juego aquí. Si acepto más concubinas, solo empeoraré las cosas.
Natsuko lo observó en silencio por un momento. Su expresión era inmutable, pero en su interior sabía que Yamato tenía razón en parte. Sin embargo, ella también sabía que los problemas del harén, aunque aparentemente sencillos, podían volverse rápidamente insostenibles si no se manejaban con cautela.
—Entiendo tus reservas, Yamato —respondió ella, cruzando los brazos sobre su pecho—, pero debes ser pragmático. Como sultán, no solo eres responsable de tu familia, sino también de la armonía dentro de ella. Si las mujeres sienten que no hay un equilibrio, que no tienen lo que les corresponde, eso podría arrastrar a todo el harén a una tormenta de celos y desconfianza. Esto no es solo sobre Mimi; es sobre todas ellas.
Yamato cerró los ojos por un momento, sintiendo el peso de las palabras de su madre. Sabía que lo que decía tenía algo de razón, pero aún así no quería sacrificar su paz por el bien de la política.
—Además, el vientre de Mimi está gigante, de aquí a un tiempo no podrá cumplir sus labores de mujer, tendrás que buscar a otra.
Sí, eso era verdad. El vientre de Mimi cada vez crecía más, tenía cinco meses pero parecía de más.
—Bueno, madre, llegaron el día se verá...—dijo finalmente, con una resolución más firme en su voz. Abrió los ojos y miró a Natsuko con una mirada decidida—. Pero, por el momento, no quiero más concubinas. No voy a crear más tensión innecesaria. Mi familia ya está lo suficientemente compleja, y quiero manejarla de la mejor manera posible sin agregar más complicaciones por el momento.
Natsuko lo observó en silencio durante unos segundos. A pesar de su naturaleza dominante y su deseo de controlar la situación, sabía que, como sultán, Yamato tenía la última palabra. Su hijo siempre había sido obstinado, pero también sabía cuándo y por qué tomar decisiones que pudieran cambiar el rumbo de su vida.
Finalmente, suspiró, comprendiendo que, al menos por ahora, no podía cambiar su decisión.
—Está bien, Yamato —dijo con una suave sonrisa, aunque su tono era aún serio—. Como sultán, esa es tu prerrogativa. Pero recuerda que, como madre, quiero que consideres todas las opciones posibles. No quiero que esta tensión se convierta en algo que no puedas manejar. Haz lo que creas que es mejor, pero ten cuidado.
Yamato asintió lentamente, mirando a su madre con una mezcla de gratitud y desafío.
—Lo tendré en cuenta, madre. Gracias por tu consejo.
Con una última mirada, Natsuko salió de la habitación, dejándolo a solas con sus pensamientos. Yamato se quedó de pie junto a la ventana, mirando las luces del palacio, pensando en lo que estaba por venir. Sabía que su decisión no era fácil, pero también sabía que tenía que mantener la paz en su familia. El tiempo diría si esa elección sería la correcta.
La luz del mediodía llenaba el harén de un ambiente cálido y festivo. Entre risas y charlas animadas, Mimi, con su barriga de cinco meses, disfrutaba de una celebración especial. Rodeada de las jóvenes del harén, compartía postres de todo tipo: dulces de miel, frutas en almíbar y pastelillos decorados con almendras. La emoción iluminaba su rostro mientras tomaba un pastelito y daba un pequeño mordisco, haciendo alarde de su apetito con una sonrisa divertida.
Mimi acariciaba suavemente su vientre de supuestamente "cinco meses". Sí, supuestamente, porque parecía ¡de más! Era como si tuviese más de un bebé en su vientre o su bebé midiera cien metros. ¡Su vientre era gigante!
A un costado se encontraban sus hijos, Thomas, de tres años recién cumplidos, e Izumi jugando.
—Mi sultana.—Yoshino llegó al lugar con una bandeja— Sultana aquí traje los postres.
—¡Muchas gracias!— Exclamó Mimi y dirigió su mirada a las jóvenes del harem— Reparte algunos con las damas del harem.
Las concubinas observaron sorprendida a la sultana y Yoshino comenzó a repartir postres.
—¿Postres?—Preguntó una joven.
—¿Otra vez?— Musitó otra también sorprendida.
—Al parecer a la sultana Mimi le gustan los postres.— Comentó una tercera.
—¡Pues claro que me gustan!— Exclamó Mimi—Dicen que si como muchos postres —comentó con una sonrisa juguetona, guiñando un ojo—, ¡es más probable que tenga un príncipe! Así que… ¡tendré que comer muchos más! —rió, mientras tomaba otro bocado.
Las jóvenes la observaban entre risas y susurros, algunas animándola a probar más postres, otras mirándola con asombro y alegría. Mimi estaba en su elemento, disfrutando de la atención y la felicidad de la ocasión.
Sin embargo, a un lado de la sala, Sora observaba la escena en silencio, con una expresión tensa. Mientras Mimi reía y disfrutaba de los postres, Sora no podía evitar que una oleada de frustración y enojo creciera en su interior. La alegría de Mimi, y su constante alarde sobre el posible nacimiento de un nuevo príncipe, tocaban un punto sensible en ella.
Intentando mantenerse en control, Sora entrelazó sus dedos y miró a las jóvenes del harén rodear a Mimi, quien no dejaba de hablar sobre los futuros títulos y las bendiciones que esperaba para su hijo.
—Espero que este bebé sea tan fuerte como su padre y que el sultán esté muy orgulloso de él —dijo Mimi, pasando su mano suavemente sobre su vientre.
Al escuchar esto, Sora apretó los labios y miró hacia otro lado, sintiendo una mezcla de celos y enojo. Mientras Mimi disfrutaba de la atención y el entusiasmo de todas, Sora sentía que cada palabra era una puñalada que recordaba su propia posición y las dificultades por las que había pasado.
Las jóvenes, sin percatarse del malestar de Sora, seguían celebrando junto a Mimi, quien, con una risa despreocupada, probaba otro pastelillo y levantaba una copa de jugo en un brindis improvisado.
—Por el futuro príncipe —exclamó Mimi, riendo y levantando su copa.
Las jóvenes la imitaron, brindando también, y la atmósfera se llenó de risas y alegría, mientras Mimi se deleitaba con la idea de su posible hijo varón.
Sora, en cambio, se levantó silenciosamente, su rostro endurecido, y se retiró de la celebración. La algarabía del harén contrastaba con el peso que llevaba en el corazón. Sin decir palabra, abandonó la sala, dejando a Mimi y a las demás disfrutando de la celebración que ella no podía soportar.
La alegría continuaba en el harén, con Mimi rodeada de las jóvenes y disfrutando de la atención. En medio de una carcajada, Mimi levantó una mano para apartarse un mechón de cabello, pero en ese gesto su anillo quedó enredado con la tela de su vestido.
—¡Rayos! —exclamó, intentando liberarlo, mientras algunas de las jóvenes la miraban con curiosidad.
Yoshino, su leal sirvienta, reaccionó al instante y se acercó con cuidado, deshaciendo el enredo con precisión.
—Déjeme, yo la ayudo.
—Ten cuidado con anillo Yoshino.— Rogó la castaña.
—¡Ese anillo es hermoso!— Exclamó una de las mujeres del harem.
—¡Lo es!— Musitó otra de las mujeres.
Mimi asintió, acariciando el anillo con una mirada de orgullo y afecto.
—Este anillo es especial —comentó en voz alta, como si recordara un momento íntimo—. Es la muestra del amor que mi sultán me dio. Él lo eligió pensando en mí. —Dijo esto con una sonrisa satisfecha, mirando el anillo con un cariño que hacía evidente lo mucho que significaba para ella.
Las jóvenes del harén murmuraron admiradas ante el comentario, algunas observando el anillo con fascinación. Pero, desde el otro lado de la sala, Sora sintió cómo la furia se encendía dentro de ella. Cada palabra de Mimi era un recordatorio doloroso de que el afecto de Yamato se había volcado hacia alguien más, alguien que no solo compartía su posición en el harén, sino que también alardeaba de su papel como concubina principal.
Mimi, consciente de la atención de todas, continuó con su comentario, acariciando el anillo como si fuera el más preciado de sus tesoros.
—Es un símbolo de mi lugar en el corazón del sultán —añadió, dejándose llevar por el orgullo—. Después de todo, soy su concubina principal.
Aquellas palabras fueron el detonante para Sora, quien se levantó con decisión, con la mirada fija en Mimi. Caminó hacia ella, y el murmullo de las jóvenes se detuvo de inmediato al ver la tensión que emanaba de cada uno de sus pasos.
—Mimi, ya es suficiente de alardear —le dijo Sora, con la voz firme y cargada de resentimiento—. Puedes tener todos los anillos y joyas que quieras, incluso presumir todos los hijos que le des al sultán, pero, por más que intentes, jamás serás más importante que yo.
El rostro de Mimi cambió al instante, la sorpresa reflejada en sus ojos. Las jóvenes observaban con asombro la confrontación entre ambas, en un silencio absoluto.
—¿Perdón? —respondió Mimi, intentando mantener la compostura, aunque sus ojos se afilaron—. No sé de qué estás hablando, Sora. Soy la concubina principal y, te guste o no, tengo los mismos derechos que tú.
—Eso no significa nada —replicó Sora, con una chispa de dolor en su mirada—. Ese anillo que presumes debería ser mío, yo debería ser la única a la que él ama. Tú nunca estarás por encima de mí, Mimi. Podrás ser la concubina principal, pero yo… —la voz de Sora tembló ligeramente, su orgullo herido haciéndose evidente—. Yo soy la sultana, y ese lugar es algo que jamás podrás quitarme.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, y Mimi, aunque claramente ofendida, se obligó a mantener la calma. Enderezándose, le dirigió una mirada desafiante a Sora.
—Pues entonces, querida sultana —respondió Mimi, con un tono sarcástico y una media sonrisa—, quizás deberías preguntarte por qué el sultán eligió a otra persona para darle algo tan especial.
Ambas se miraron fijamente, la tensión entre ellas palpable. Las jóvenes del harén apenas se atrevían a respirar, conscientes del conflicto y del dolor oculto que cada una estaba enfrentando.
El silencio que siguió a las palabras de Mimi se cortó abruptamente cuando Natsuko, la madre del sultán, apareció en la puerta del salón. Su presencia se sintió al instante, como una ola de autoridad que envolvía el ambiente. Las jóvenes del harén, que hasta ese momento habían estado observando con discreción la confrontación, rápidamente se pusieron de pie, demostrando respeto. La tensión aumentó aún más cuando Natsuko caminó con paso firme hacia el centro de la sala.
Su mirada, fría y calculadora, se posó en Mimi primero. Con una voz firme y cargada de desaprobación, Natsuko habló, interrumpiendo el intercambio entre las dos concubinas.
—Mimi —dijo con tono severo, cruzando los brazos—. Como concubina principal, deberías comportarte con más compostura y madurez, no alardear de tus posesiones o títulos frente a los demás. Esto no solo es inapropiado, sino también despectivo para las demás.
Mimi, sorprendida por la reprimenda de la sultana, dio un paso atrás, pero su orgullo la impulsó a responder, aunque en un tono más cauteloso.
—Sultana Natsuko, yo... —comenzó, pero Natsuko la interrumpió con un gesto de la mano, exigiendo silencio.
—No me interesa tu justificación, Mimi —la cortó Natsuko, su voz tan firme como una roca—. En este harén, todos deben conocer su lugar, y tú, como concubina principal, deberías ser un ejemplo para las demás. No puedes permitirte exhibir tus logros como si fueran premios que ganaste en una competencia. El sultán puede haberte dado ese anillo, pero no es un símbolo para que lo uses como una forma de humillar a las demás. Es para ti, sí, pero también es una muestra de responsabilidad.
Mimi guardó silencio, mordiéndose el labio, mientras la mirada de Sora, que había estado observando el enfrentamiento, se suavizaba un poco. Natsuko era una figura a la que todos en el harén respetaban, y su presencia parecía calmar las aguas por un momento. La sultana dirigió su atención a Sora por un instante, haciendo un ligero gesto con la mano para indicarle que se apartara, sin decir nada más. Sora, aunque irritada, bajó la cabeza en señal de respeto, pero su furia no había desaparecido.
Con una mirada penetrante, Natsuko regresó a Mimi, quien no se atrevió a hablar mientras la madre del sultán continuaba con su regaño.
—Tu comportamiento es una muestra de inmadurez, Mimi —dijo Natsuko, con un tono que dejaba claro que no toleraría más disputas—. Eres importante concubina de Yamato y madre de sus hijos, no olvides que tu rol en este harén es ser un pilar de apoyo, no solo para él, sino también para las demás mujeres que aquí viven. No permitas que tu orgullo te haga perder lo que has logrado.
Las palabras de Natsuko calaron profundamente en Mimi. Por un momento, se sintió avergonzada, pero también, en el fondo, algo en ella se rebelaba ante la autoridad de la sultana. Sin embargo, ante la mirada de desaprobación y la presencia dominante de Natsuko, no pudo hacer más que asentir con la cabeza.
—Lo siento, Sultana Natsuko —dijo, controlando su tono, aunque en sus ojos aún brillaba un dejo de resentimiento.
Natsuko la observó por un momento, evaluando si la reprimenda había surtido efecto. Finalmente, con un suspiro breve, se relajó un poco.
—Mejor. No quiero ver otra escena como esta. Como concubina principal, tienes el poder de influir en el ambiente del harén. Si tú sigues con estas actitudes, todo se desmoronará, y no quiero eso para ti.
Dicho esto, Natsuko dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida, su porte elegante y altivo como siempre. Las jóvenes del harén, al ver que la reprimenda había terminado, respiraron aliviadas. Mimi, aún sintiendo la presión de las palabras de Natsuko, miró al suelo mientras una sombra de enojo cruzaba su rostro. Sin embargo, la sultana de mayor rango había hablado, y en ese momento, el poder de sus palabras era innegable.
Sora, por su parte, observaba en silencio, una mezcla de resentimiento y satisfacción en sus ojos. A pesar de la reprimenda a Mimi, el hecho de que Natsuko hubiera intervenido de tal forma no dejaba de ser una victoria para ella. Sabía que Mimi, por mucho que fuera la concubina principal, aún no tenía la seguridad completa que creía poseer.
La tensión seguía palpable en el aire, pero por el momento, el orden en el harén se había restaurado.
Mimi regresó a sus aposentos con pasos ligeros, su cabello aún húmedo cayendo en ondas sobre sus hombros. Había disfrutado de una ducha refrescante, sintiendo que el agua arrastraba las tensiones del día. Con una toalla en mano, comenzó a secar su melena mientras avanzaba hacia el tocador. El suave aroma de sus esencias favoritas llenaba el ambiente, dándole una sensación de paz.
Alzó la mirada al espejo mientras soltaba la toalla sobre el tocador. Sus ojos recorrieron las joyas cuidadosamente colocadas frente a ella: brazaletes, collares, pendientes… Pero algo faltaba. Su corazón dio un leve salto, y un atisbo de preocupación apareció en su mirada. Su anillo, ese anillo que tanto significaba para ella, no estaba.
—¿Dónde…? —murmuró, frunciendo el ceño. Recordaba habérselo quitado antes de la ducha y dejarlo sobre el tocador, como hacía siempre. ¿Cómo era posible que no estuviera?
Mimi comenzó a revisar cada rincón del tocador, moviendo cada objeto con cautela y rebuscando entre sus cosas, pero el anillo no aparecía. La inquietud creció en su pecho mientras su mente intentaba recordar cada detalle, cada movimiento desde el momento en que se lo había quitado.
—No puede ser… —se susurró, cerrando los ojos con frustración y apoyando una mano en el tocador. La ausencia del anillo no era cualquier cosa; representaba un símbolo valioso, una parte de ella que le traía recuerdos y le otorgaba fortaleza.
Por un momento, se quedó inmóvil, mirando su reflejo en el espejo, con la sensación de pérdida agolpándose en su mente. Repasó mentalmente si alguien había entrado mientras ella se duchaba o si, quizá, en su descuido, el anillo había caído al suelo sin que ella lo notara. Decidida, se agachó y miró alrededor de la alfombra, revisando cada rincón cercano, pero nuevamente, no había señales de la joya.
Con un suspiro pesado, se levantó y comenzó a considerar a quién podría pedirle ayuda. Sabía que en el palacio todos respetaban sus aposentos, pero la idea de que su anillo estuviera perdido la desasosegaba. Justo cuando estaba a punto de salir a preguntar a sus sirvientes si alguien había visto algo, se detuvo, haciendo un esfuerzo por calmarse.
—Debe estar aquí en alguna parte —se dijo a sí misma, tratando de infundirse tranquilidad.
En silencio, recorrió nuevamente con la vista cada rincón de la habitación, esperando encontrar un destello de la joya, esa pequeña pieza que de repente se sentía tan indispensable.
Yoshino ingresó al aposento de Mimi, cargando a Izumi en brazos. La pequeña se había quedado dormida mientras la paseaba por los jardines, y ahora se acurrucaba en el hombro de Yoshino con una expresión serena. Al ver a Mimi mirando el tocador con una mezcla de preocupación y desconcierto, Yoshino frunció el ceño.
—¿Mimi? ¿Ocurre algo? —preguntó en voz baja para no despertar a la niña, pero su tono reflejaba su inquietud.
Mimi se volvió hacia ella, su rostro mostrando una leve frustración mezclada con la preocupación que crecía en su pecho.
—¿Has visto mi anillo, Yoshino? —le preguntó sin rodeos—. Estoy segura de haberlo dejado aquí, sobre el tocador, pero ahora no está.
Yoshino miró rápidamente el tocador y luego observó a Mimi, tratando de pensar si en algún momento había visto la joya.
—No, no lo he visto… —respondió Yoshino con sinceridad, acercándose un poco más al tocador para echar una segunda mirada por si acaso. Después, giró hacia Mimi, frunciendo el ceño—. ¿Estás segura de que nadie ha entrado?
Mimi suspiró, tratando de recordar.
—Es extraño, Yoshino. No hay muchas personas que puedan acceder aquí sin avisar… pero no logro recordar si alguien vino mientras yo me duchaba.
Yoshino observó a Mimi en silencio por un momento, antes de colocar a Izumi en el sofá para no despertarla. Se acercó a Mimi y le puso una mano en el hombro en un intento de consolarla.
—Vamos a encontrarlo, Mimi. Quizá cayó detrás del tocador, o en algún lugar donde no lo hemos visto. Si necesitas ayuda, puedo buscar a alguien para que mueva algunos muebles y lo revisemos a fondo.
Mimi asintió lentamente, agradecida por el apoyo de Yoshino, aunque en el fondo una ligera inquietud no desaparecía.
Sora se encontraba en sus aposentos, sentada frente a su espejo mientras arreglaba su cabello con calma y elegancia. La serenidad de la estancia se vio interrumpida cuando Miyako Kalfa entró, inclinando la cabeza en señal de respeto.
—¿Lo hiciste? —preguntó Sora, sin siquiera voltear. Su voz era baja, pero cada palabra estaba cargada de interés.
—Sí, sultana —respondió Miyako, con tono obediente.
Sora asintió, complacida, y dejó escapar una pequeña sonrisa al escuchar la confirmación.
—Perfecto. —Dijo con suavidad y finalmente giró para observar a Miyako directamente—. Estaba segura de que cumplirías con lo que te pedí.
Miyako asintió, aunque una leve expresión de preocupación cruzó su rostro.
—Sultana, debo advertirle que el harén está en completo desorden. La sultana Mimi hará lo posible por encontrar este anillo. Ya comenzó a movilizar el harem.
La sonrisa de Sora se ensanchó ligeramente, con una mezcla de ironía y despreocupación.
—¿Mimi? —repitió, como si la mención del nombre le causara gracia—. No te preocupes, Miyako. Sé muy bien cómo manejar a Mimi. No es la primera vez que tiene uno de sus arranques… y no será la última.
Miyako hizo una leve reverencia, pero no ocultó la ligera preocupación en su rostro.
—Eso espero, sultana —dijo, manteniendo un tono firme—. Ella no es fácil de prever, y menos en estos momentos en los que está decidida a causar conmoción por ese anillo.
Sora asintió, sin perder su expresión tranquila, como si nada de lo que ocurría a su alrededor le causara el menor temor o alteración.
—Confía en mí, Miyako. Todo esto terminará pronto. —Le hizo un gesto con la mano, indicándole que podía retirarse—. Y recuerda, mantente atenta a cualquier movimiento de Mimi. Sabremos qué hacer cuando llegue el momento.
Miyako hizo una última reverencia, claramente aliviada por la seguridad de Sora, y se retiró en silencio, dejando a la sultana en sus aposentos con una sonrisa segura y una serenidad que no dejaba entrever el más mínimo nerviosismo.
La sultana madre, Natsuko, ingresó al harén con su paso imponente, envuelta en una fina túnica de tonos oscuros y con su característico porte altivo. Se detuvo en seco al ver el movimiento caótico que se desarrollaba a su alrededor: sirvientas, concubinas, y hasta las mujeres de mayor rango revolvían los muebles, levantaban cojines, y escudriñaban cada rincón.
Frunció el ceño, perpleja ante la escena, y sus ojos se encontraron con Juri Kalfa, quien supervisaba la búsqueda con una expresión concentrada.
—¿Qué sucede aquí? —preguntó Natsuko, su voz fría y llena de autoridad.
Juri Kalfa se acercó a ella y, con una leve inclinación de cabeza, respondió:
—La sultana Mimi ha perdido su anillo, madre sultana. Nos ha pedido que lo busquemos, ya que parece haberse extraviado en sus aposentos.
Natsuko alzó una ceja, sorprendida, y echó un vistazo a las mujeres que continuaban revisando cada rincón. Una sonrisa irónica se asomó en sus labios.
—¿Buscando un anillo? —repitió, casi con incredulidad.
Juri asintió respetuosamente, manteniendo la compostura mientras Natsuko observaba el esfuerzo colectivo con una mezcla de burla y desdén.
Natsuko dejó escapar una exclamación entre risas cortas.
—Pero ¡qué estúpido! —declaró con desdén, sin molestarse en bajar la voz—. Es solo un anillo. ¿Cómo pueden movilizar a todo el harén por algo tan trivial?
Las sirvientas que estaban cerca intercambiaron miradas incómodas, pero nadie se atrevió a responder. Algunas continuaron su búsqueda en silencio, mientras otras bajaron la cabeza, evitando la mirada de Natsuko.
Juri Kalfa trató de suavizar la situación y, con tono conciliador, explicó:
—La sultana Mimi le tiene un aprecio especial, madre sultana. Dice que fue un regalo del sultán y es muy valioso.
—Aprecio especial… —Natsuko se cruzó de brazos y resopló, claramente irritada—. No deja de ser una niñería. No debería detenerse todo el harén por semejante capricho. Esto es una pérdida de tiempo.
Juri se mantuvo en silencio, sin atreverse a contradecirla, pero tampoco cediendo al desdén que Natsuko expresaba. Las palabras de la sultana madre resonaron en el ambiente, sumiendo al harén en una incómoda quietud.
Sora estaba de pie junto a su tocador, ordenando pacientemente sus joyas. Cada pieza estaba pulida, destellando con la suave luz que entraba por la ventana. Estaba tan concentrada en la tarea que el sonido repentino de la puerta abriéndose de golpe la sobresaltó.
Al girarse, vio a Mimi entrando a la habitación con paso decidido, sus ojos ardían con una mezcla de furia y determinación. Sora alzó una ceja, manteniendo su compostura.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó, dejando caer una pulsera de regreso al tocador con un movimiento pausado, pero tenso.
Mimi avanzó sin detenerse, ignorando el reproche en la voz de Sora.
—¿Qué osadía es esta de entrar sin avisar? —continuó Sora, tratando de ocultar la incomodidad detrás de una expresión impasible.
—¿Te crees muy astuta, verdad? —Mimi se detuvo a pocos pasos de ella, con la mirada fija en su rostro. Su tono estaba lleno de reproche—. ¿Eres tú la responsable?
Sora parpadeó, afectando una expresión de genuina sorpresa.
—¿Responsable? ¿De qué hablas, Mimi? —respondió con voz tranquila, aunque en el fondo su mente se puso alerta.
Mimi entrecerró los ojos, avanzando un paso más hacia ella.
—No finjas, Sora. —Su tono era cortante, cargado de acusación—. Sé perfectamente que fuiste tú quien robó mi anillo.
Sora dejó escapar una risa baja, casi incrédula, y la miró con una mezcla de desdén y diversión.
—¿Robar tu anillo? —repitió, negando lentamente con la cabeza—. Mimi, qué imaginación tienes. ¿Por qué habría de querer tu anillo?
—Porque eres envidiosa, Sora, y has querido provocarme. Sabes cuánto significa esa joya para mí —Mimi la observaba sin titubear, esperando alguna reacción reveladora en su rostro.
Sora suspiró, como si la acusación le resultara una molestia absurda.
—De verdad, Mimi, esto es ridículo. No sé qué te hace pensar que yo tendría algo que ver con la desaparición de tu anillo. Quizá deberías revisar mejor tus aposentos o preguntar a alguna de tus sirvientas.
Mimi apretó los labios, evidentemente molesta por la actitud impasible de Sora. Dio un paso más, invadiendo el espacio de la otra con una mirada desafiante.
—No juegues conmigo, Sora. Sé lo que estás haciendo, y te advierto que esto no quedará así. No descansaré hasta recuperar lo que me has quitado.
Sora estaba dispuesta a responder, sin embargo, antes que pudiese hablar un grito se escuchó en el lugar.
—¡Atención! La sultana madre está aquí.
Ambas mujeres miraron hacia la puerta, donde Natsuko, la sultana madre, ingresaba al aposento con paso elegante y expresión severa. Su presencia imponía, y el silencio cayó sobre el lugar como un manto.
—¿Qué está sucediendo aquí? —preguntó Natsuko, dirigiendo una mirada afilada primero a Sora y luego a Mimi.
Sora, siempre rápida y astuta, se adelantó a hablar, aprovechando la oportunidad.
—Sultana madre, —empezó Sora con voz calmada y ligeramente indignada—, he sido acusada falsamente. La sultana Mimi insiste en que le he robado una de sus joyas, un anillo. Yo jamás cometería tal acto, y esta acusación es totalmente infundada.
Mimi la miró con una mezcla de incredulidad y enojo, pero antes de que pudiera protestar, Natsuko frunció el ceño.
—¿Es eso cierto, Mimi? —preguntó, su tono era gélido.
Mimi no retrocedió, aunque sabía que se estaba metiendo en terreno peligroso al enfrentarse a Sora frente a Natsuko.
—Sí, sultana madre, es cierto. He perdido mi anillo, y tengo razones para creer que Sora está involucrada en su desaparición —explicó Mimi con firmeza, manteniendo la mirada fija en Natsuko.
Natsuko suspiró, su paciencia claramente agotada ante el conflicto. Miró a Mimi con un reproche que no se molestó en disimular.
—¿Es que has perdido la cabeza, Mimi? —dijo en tono severo—. Armar semejante alboroto por un simple anillo. Este lugar es un palacio, no un mercado para estar vociferando acusaciones sin fundamento. Deberías saberlo mejor.
Mimi apretó los labios, indignada pero consciente de que replicar podría ser aún más arriesgado. Sin embargo, su mirada contenía un destello de frustración y humillación.
—Con respeto, sultana madre —dijo Mimi, controlando el tono—, este anillo tiene un valor sentimental para mí. No puedo simplemente ignorar que ha desaparecido.
Natsuko negó con la cabeza, evidentemente irritada.
—Entonces recurre a tus sirvientes y encuentra la joya de manera discreta. Este alboroto no es propio de una sultana.
—Pe-pero...— Mimi intenta hablar.
—¡Pero nada! —exclamó Natsuko, su voz cortante resonando en el aposento—. Eres una sultana, Mimi, y espero que te comportes como tal. No quiero volver a escuchar que has creado un escándalo por algo tan trivial como un anillo.
Mimi retrocedió, sus ojos brillaban con una mezcla de ira y humillación, pero mantuvo la cabeza en alto, sin atreverse a replicar. Sabía que cualquier palabra en ese momento solo empeoraría las cosas. Sora, por otro lado, sonrió con autosuficiencia, aprovechando la situación para inclinarse respetuosamente hacia Natsuko.
—Gracias por su intervención, sultana madre. Lamento mucho que haya tenido que presenciar esto —dijo Sora con voz melodiosa, fingiendo humildad.
Natsuko la miró brevemente y asintió, aceptando sus palabras sin gran entusiasmo.
Mitsuo estaba de pie junto a una mesa de madera oscura, revisando algunos documentos finales mientras Alice escuchaba atentamente sus palabras. Él repasaba los detalles de las medidas implementadas y los cambios que habían mejorado considerablemente la situación en Alejandría. Alice lo miraba con gratitud reflejada en sus ojos, sin perder un solo detalle de su explicación.
—Hemos equilibrada el arca fiscal de la provincia de Alejandría.—Relató— Con el dinero que invertí y con el corte de personal se mejoró la situación.—Declaró—Con esto, los problemas de abastecimiento en Alejandría deberían estar bajo control —concluyó Mitsuo, cerrando un informe y colocándolo sobre la mesa.
Alice esbozó una sonrisa de alivio y admiración. Había sido un trabajo arduo, y sabía que Mitsuo había puesto un gran esfuerzo en ayudarla a estabilizar su provincia.
—No sé cómo agradecerte, Mitsuo —dijo ella, con la voz teñida de sinceridad—. Realmente, Alejandría no habría salido adelante sin tu apoyo.
Mitsuo inclinó la cabeza en un gesto de respeto, respondiendo con formalidad y un toque de orgullo en su tono.
—Ha sido un honor poder servirte, sultana Alice —contestó él, volviendo a sus papeles y comenzando a ordenarlos en silencio, su mirada fija en el escritorio.
Mientras Mitsuo se ocupaba de organizar sus cosas, Alice lo observó por un momento en silencio, su mente viajando por los pensamientos que había estado conteniendo. Finalmente, rompiendo la quietud de la oficina, hizo una pregunta que llevaba rato rondando en su mente.
—¿Rika sabe sobre esto? —inquirió, con voz serena pero firme, sus ojos fijos en la espalda de Mitsuo.
Mitsuo se detuvo en seco, su cuerpo rígido, y luego frunció ligeramente el ceño antes de girarse lentamente para mirarla. Su rostro adoptó una expresión seria y fría, como si esa pregunta lo hubiera tomado por sorpresa.
—No —respondió con voz grave y decidida—. No lo sabe.
Alice parpadeó, sorprendida por la respuesta de Mitsuo. Estaba segura de que él le habría contado a su esposa, y la revelación de que lo había mantenido en secreto la inquietó.
—¿Por qué no? —preguntó, sin ocultar la curiosidad en su voz.
Mitsuo continuó ordenando los documentos en silencio, sin desviar la mirada de la mesa. Alice lo observaba con una mezcla de gratitud y reserva, y luego dio un paso adelante, inclinando ligeramente la cabeza.
—Con más razón tengo que agradecerte —dijo ella, con una sonrisa serena—. Has hecho mucho por mí, Mitsuo, y quisiera invitarte a una cena en señal de agradecimiento.
Mitsuo se detuvo, sus manos suspendidas sobre los papeles. La miró, claramente sorprendido ante la inesperada propuesta, sus ojos oscuros buscando los de Alice como si intentara leer sus intenciones.
—Una cena… —repitió, en un tono bajo, sin disimular su sorpresa—. Sultana Alice, no sé si eso sería… prudente. Rika tal vez no lo vea con buenos ojos.
Alice entrecerró los ojos levemente, sus labios curvándose en una media sonrisa.
—¿No fuiste tú quien dijo que no es su obligación darle cuentas? —replicó suavemente, sin perder el contacto visual.
Mitsuo consideró sus palabras en silencio, analizándolas con cuidado. Había pronunciado esa frase sin titubeos, pero ahora, frente a la invitación de Alice, le parecía como si esas mismas palabras le estuvieran imponiendo un desafío. Finalmente, relajó la postura y exhaló en una ligera señal de asentimiento.
—Tienes razón —dijo al fin, esbozando una leve sonrisa de aceptación—. Acepto tu invitación, sultana Alice.
Los rayos del sol apenas se filtraban por las cortinas de seda que adornaban los aposentos de Mimi. La luz tenue iluminaba el desorden de la habitación, donde Mimi estaba agachada frente a un pequeño cofre, revolviendo frenéticamente el contenido. Sus manos temblaban de frustración mientras revisaba una vez más, desesperada, la caja que guardaba sus pertenencias más preciadas.
—¿Dónde está? —murmuró para sí misma, su voz temblando entre la ira y la angustia. Miró alrededor, los ojos rojos de coraje mientras su mirada se dirigía a cada rincón. El anillo, su anillo de bodas, ese que le había sido entregado en una ceremonia íntima con Yamato, simplemente había desaparecido.
Yoshino Kalfa, que estaba cerca con Izumi que tambaleaba mientras intentaba dar unos pasos torpes, observaba en silencio, con una expresión preocupada. Tras un momento de ver a Mimi tan alterada, decidió acercarse lentamente.
—Mimi, por favor, cálmate... —dijo Yoshino, con voz suave pero firme, tocando su brazo con suavidad.
Mimi la miró, el rostro marcado por la frustración, sus ojos brillando de enojo.
—¡Cálmate! ¿Cómo quieres que me calme, Yoshino? ¡Mi anillo ha desaparecido! ¡No puede ser! —exclamó Mimi, sus palabras llenas de rabia mientras se levantaba rápidamente, como si pudiera hacer que el objeto apareciera solo con su furia.
Yoshino la miró con compasión, pero su tono no vaciló.
—Lo sé, sé lo que significa para ti... Pero perder la calma no va a ayudarte. Sabes que hay muchos ojos en este palacio, y no podemos dejarnos llevar por nuestros sentimientos.
Mimi respiró profundamente, tratando de controlar su temperamento, aunque su ira seguía creciendo.
De repente, un grito resonó desde el pasillo.
—¡Atención, el sultán está aquí!
Yoshino inmediatamente se levantó, dirigiéndose hacia Mimi. Ambas se enderezaron y, con el rostro impasible, hicieron una reverencia profunda cuando la figura imponente de Yamato apareció en la puerta de los aposentos.
—Su majestad.—Musitó Mimi.
—Mimi.—Respondió el rubio.
El sultán, con su porte majestuoso, caminó hacia ellas sin apresurarse, observando el ambiente con ojos atentos. Sin embargo, lo que llamó la atención fue el pequeño paso torpe de su pequeña hija, al ver la figura de su padre, intentó comenzar a caminar hacia él, moviéndose de un lado a otro con esfuerzo.
—Papá... —murmuró Izumi, con su pequeño rostro de apenas un año, buscando el contacto con su padre.
Yamato, sonriendo con ternura, se agachó para tomarla entre sus brazos con facilidad, levantándola suavemente.
Mimi, a pesar de su preocupación, no pudo evitar sonreír ante la escena.
—¿Qué haces aquí, Yamato? —preguntó Mimi, su voz ahora más suave, pero cargada de curiosidad y, quizás, algo de reproche. La presencia del sultán siempre traía consigo una mezcla de emociones en ella, aunque en este momento solo se sentía aún más desbordada por la situación.
Yamato la miró mientras abrazaba a su hija con cariño, sin apartar la vista de la pequeña que se aferraba a él.
—Vengo a verlas, como siempre lo hago —respondió con calma, sonriendo mientras Izumi estiraba sus manitas hacia el rostro de su padre.
Mimi observó la escena, una sensación de desconcierto y desconexión se instaló en su pecho mientras la imagen de su hija con Yamato contrastaba con el vacío que sentía por la pérdida de su anillo.
Yoshino, en silencio, se retiró un paso atrás, respetuosa ante el momento familiar, mientras el sonido suave de los pasos de Izumi y la calma del sultán llenaban el aire.
Pero en el fondo, Mimi seguía con la inquietud de su pérdida, mientras observaba a Yamato con su hija, preguntándose si alguna vez encontraría lo que había desaparecido en su vida.
—Me enteré de lo que sucedió con el anillo. Y me comentaron que estabas triste por eso.
Mimi bajó la mirada: —Lo estoy mi sultán.— Declaró— ¡Lamentablemente desapareció el anillo!
—Tranquila. Es normal que entre tantas cosas se te haya perdido.
—¡No! Alguien me lo robó.—Respondió la castaña— Estoy segura de eso.
—¿Por qué dices eso?
—¡Por que estoy segura! Todos en este harem están en mi contra y quieren hacerme sentir mal.
Sí, eso era verdad. Sin embargo, no quería aumentar la tristeza y presión que sentía Mimi por esta situación.
—Mimi no te coloques triste por eso—dijo suavemente, acercándose a ella con una mirada de cariño—. No quiero que ninguna tristeza empañe la alegría de nuestro hijo. Esas malas emociones llegan a él, y no quiero que se sienta así.
Mimi levantó la vista, mirando a Yamato con una expresión mezcla de tristeza y comprensión.
—Ese anillo… era una muestra de tu afecto —respondió, con un suspiro que traía consigo el peso de la nostalgia—. No solo era un simple objeto, sino un símbolo de lo que significas para mí.
Yamato, al ver la expresión de su concubina, caminó hacia ella con paso decidido. Su mirada era profunda, pero cálida.
—Lo sé, Mimi —dijo con suavidad, tocándole la mejilla con una mano—. Y aunque ese anillo no esté ahora aquí, lo que representa nunca desaparecerá. No quiero verte triste por eso.
Mimi lo miró, sintiendo que sus palabras la reconfortaban, pero aún con una pequeña pena en su corazón.
—Entonces, ¿qué debo hacer? —preguntó, buscando consuelo en sus ojos.
La tristeza era evidente en sus ojos.
—Tengo una sorpresa más para ti —dijo con una sonrisa misteriosa, sus ojos brillando con esa mezcla de cariño y diversión que a menudo usaba para sorprenderla.
Mimi levantó las cejas, un destello de curiosidad iluminando su rostro.
—¿Una sorpresa? —preguntó, sus ojos siguiéndolo mientras él se acercaba a un pequeño mueble cercano.
Yamato asintió y suavemente depositó a su pequeña princesa en el sofá, le dio un beso en la frente, y lueo se giró hacia Mimi. Sacó algo de su chaqueta, una caja negra y elegante que sostuvo entre sus manos con cuidado. Con un gesto solemne, la abrió lentamente frente a ella, revelando un hermoso collar, delicadamente diseñado en forma de tulipán de esmeralda ¡muy verdoso! parecido a su anillo. La piedra que adornaba el centro del florero brillaba con un matiz dorado, como si reflejara la luz del sol.
Mimi se quedó quieta, sorprendida por la belleza del collar. Su mirada recorrió el delicado trabajo de la joya, cada detalle parecía estar hecho para ella, como una extensión de sus propios sentimientos.
Por su mente pasó el recuerdo de Haruna Hatun, la madre de Esmahan, ella tenía una joya similar pero colo azul.
—Yamato... —murmuró, tocándose suavemente el collar con las yemas de los dedos, completamente cautivada.
Yamato la miró con dulzura, mientras su voz resonaba con una solemne calma.
—Este tulipán tiene un significado muy especial, Mimi —dijo, observando cómo el collar brillaba en la caja. Luego levantó la vista y le sonrió con ternura—. Es el símbolo de la familia real del imperio otomano.—Declaró—¿Y sabes por qué?
—No... ¿Por qué? —preguntó Mimi, casi en un susurro, su curiosidad despertada por la serenidad de la voz de la otra persona.
El interlocutor, con una sonrisa suave, tomó el collar con cuidado, como si fuera un objeto sagrado.
—El tulipán es más que solo una flor. Durante el reinado de los otros sultanes, esta flor simbolizó la unidad y el florecimiento del imperio, el poder de la familia real. Era un recordatorio de la belleza efímera de la vida, pero también de la abundancia que se lograba bajo su dominio. Los sultanes, Mimi, lo usaban para representar su vínculo con la tierra y la naturaleza, y su capacidad para dar vida y prosperidad a su gente.
Se acercó un poco más, asegurándose de que sus palabras calaran en su interlocutora.
—Y, en un sentido más personal, el tulipán también representa la lealtad y la protección que la familia real brindaba a sus propios miembros. Es un símbolo de la unidad dentro de la dinastía, algo que no se debe romper ni olvidar. Este collar... este tulipán, lleva con él un legado que va más allá de lo material. Es un lazo, Mimi, un lazo entre tú y todo lo que representa la grandeza de tu familia.
—Se cree que quien lleva un tulipán de este tipo recibe la protección y bendición de la flor, y es una declaración de afecto que trasciende el tiempo.
Mimi, sorprendida y emocionada, lo miró fijamente, como si las palabras de Yamato tuvieran un poder más allá de lo físico. A pesar de las dificultades que ambos habían enfrentado, ella sabía que cada detalle, cada gesto de él, estaba lleno de significado. Este collar no solo era un regalo, era un recordatorio de la profunda conexión que compartían.
—Es hermoso... —dijo con voz suave, sus ojos brillando con una mezcla de gratitud y emoción.
Yamato tomó la caja y, con suavidad, sacó el collar, colocándoselo con cuidado alrededor del cuello de Mimi. Su rostro se iluminó al verla con la joya, y su mano acarició su cuello con ternura, ajustando el collar para que quedara perfectamente.
—Esta es una muestra de mi amor por ti.
Mimi sonrió ante esto.
—¡Muchas gracias mi sultán!
Yamato depositó un beso en sus labios y luego acarició su vientre que, supuestamente tenía cinco meses, pero parecía tener casi nueve debido a lo grande que estaba.
La luz tenue de las velas iluminaba el salón en la torre más alta del palacio, creando un ambiente íntimo y elegante. El aire fresco de la noche fluía suavemente a través de las ventanas abiertas, mientras la ciudad se extendía bajo ellos, con su bullicio distante y sus luces titilando como estrellas en la oscuridad. La gran mesa de madera estaba decorada con un mantel blanco de seda y cubiertos finos, a la espera de los comensales.
Alice estaba de pie cerca de la mesa, ajustando los detalles finales con una sonrisa tranquila. Su vestido azul celeste reflejaba suavemente la luz, y su cabello estaba recogido en un elegante moño. Se veía relajada, casi serena, mientras esperaba la llegada de Mitsuo Yamaki, a quien había invitado para una cena privada, como muestra de su agradecimiento.
Unos momentos después, los suaves pasos de un sirviente se acercaron a la puerta, anunciando la llegada de Mitsuo.
—El Pashá Yamaki ha llegado, Sultana Alice —dijo la sirvienta, abriendo la puerta.
Mitsuo apareció en el umbral, vestido con su traje formal de noche, su porte elegante y decidido. Cuando sus ojos se encontraron con los de Alice, una ligera sonrisa apareció en su rostro, aunque sus ojos reflejaban algo de sorpresa por el ambiente tan acogedor que ella había preparado. Alice lo recibió con una calidez genuina.
—Bienvenido, Mitsuo —dijo Alice, extendiendo una mano hacia él. —Espero que hayas tenido un buen camino.
Mitsuo la miró por un momento antes de responder, su tono cordial pero observador.
—Gracias, Sultana Alice —dijo mientras tomaba su mano suavemente y la besaba con respeto. —Este lugar... es impresionante.
Alice asintió con una sonrisa, moviéndose para indicarle que se sentara.
—Me alegra que te guste. Pensé que sería un buen lugar para una cena tranquila, lejos del bullicio —dijo mientras se acomodaba también en su silla, justo frente a él.
Mitsuo se sentó, observando atentamente el ambiente. Parecía relajado, pero no pudo evitar hacer una pregunta con una mirada curiosa.
—¿El Pashá Daigo vendrá? —preguntó, manteniendo su tono calmado.
Alice frunció ligeramente el ceño, su expresión revelando un leve desconcierto.
—Sí, pero… —dijo, buscando las palabras correctas—. Le surgió un inconveniente. Llegará más tarde. Pero no te preocupes, tenemos tiempo para disfrutar de la comida.
Mitsuo asintió, su expresión suavizándose al escuchar la respuesta. Como si sintiera la tensión desaparecer, se acomodó en su asiento, y un sirviente se acercó con el primer plato. La velada comenzó de manera tranquila, ambos disfrutando de la compañía mutua, conversando sobre temas ligeros. Alice, animada por la atmósfera relajada, le hizo preguntas sobre su gestión en Hungría, y Mitsuo compartió algunas anécdotas divertidas de su trabajo. El intercambio entre ambos parecía natural, sin la pesada carga de formalidades que normalmente marcaba sus interacciones en el palacio.
La cena transcurría sin inconvenientes. Risueños y relajados, Mitsuo y Alice compartían risas y comentarios, disfrutando de la comida y de la compañía. El ambiente era cálido, y ambos parecían estar alejados de las tensiones del palacio, como si fueran dos personas comunes que se habían encontrado por casualidad.
Pero justo cuando Alice se inclinó un poco hacia adelante, sonriendo por alguna broma de Mitsuo, la puerta se abrió de nuevo. Una sirvienta entró, con una caja envuelta en tela blanca.
—Perdón por la interrupción, Sultana Alice —dijo la sirvienta, bajando la cabeza en señal de respeto. —El encargo que hizo ha llegado.
Alice se giró hacia ella, sorprendida, y luego miró la caja. La sirvienta la sostenía con cuidado, como si fuera algo valioso. Alice levantó una ceja.
—¿A esta hora? —preguntó, su tono reflejando una ligera sorpresa.
La sirvienta asintió, sin dudar.
—Sí, Sultana. El encargo fue entregado ahora.
Alice intercambió una mirada fugaz con Mitsuo antes de levantarse lentamente. Caminó hacia la sirvienta y tomó la caja. La abrió cuidadosamente, la tela blanca cayendo suavemente sobre sus dedos. Dentro, había un pequeño conjunto de ropa de bebé, hecho de seda fina, en tonos suaves de blanco y azul.
Alice se quedó quieta, mirando el conjunto con atención. Sus dedos rozaron la tela con delicadeza, y por un momento, el aire pareció volverse más denso a su alrededor. Mitsuo la observó en silencio, notando el cambio en su expresión. La sorpresa se mezcló con algo más en sus ojos, como si la situación estuviera cargada de un sentimiento complicado.
—Es... es para el bebé de Mimi —murmuró Alice, casi para sí misma. Pero en su voz había algo que denotaba una profunda reflexión, una tristeza apenas disimulada.
Mitsuo observó la prenda, sin decir nada por un momento, antes de soltar un suspiro suave.
—Es un bonito gesto —comentó él, sabiendo que las palabras no podían llenar el vacío que Alice sentía.
Alice no respondió de inmediato. En su mente, una tormenta de pensamientos se agitaba mientras miraba la delicada tela. Finalmente, se giró hacia Mitsuo con una sonrisa que no alcanzaba a iluminar sus ojos. Era una sonrisa que él conocía bien, la de una mujer que ocultaba algo, una tristeza que no quería dejar al descubierto.
—Sí —dijo finalmente, con una pequeña risa que no se sentía genuina—. Como todos saben, ¡amo a los niños!
La tensión entre ellos era palpable. Mitsuo la observó, sin saber si debía seguir con la conversación o si la mejor opción era dejarla en el aire. No obstante, su curiosidad y su naturaleza inquisitiva lo impulsaron a seguir adelante.
—Dime, Mitsuo Pashá —dijo, su tono más relajado, como si intentara romper el hielo—, ¿a ti te gustan los niños?
Alice lo miró fijamente por un momento, sorprendida por la pregunta, pero no dejó que su emoción fuera visible. En lugar de responder inmediatamente, su expresión cambió brevemente, y el leve destello de incomodidad en sus ojos pasó desapercibido para Mitsuo.
—No tanto, la verdad —respondió Mitsuo con una sonrisa algo nerviosa, algo que no era común en él—. Nunca me han gustado mucho los niños.
Alice se inclinó un poco hacia adelante, observando los ojos de Mitsuo con atención.
—Ah, ¿y eso explica el hecho de que Rika no te haya dado un hijo? —preguntó, sus palabras impregnadas de curiosidad y algo más, una mezcla de desafío y una pequeña pizca de ironía. La pregunta parecía sencilla, pero el tono con que la dijo llevaba consigo más de lo que dejaba ver.
Mitsuo, visiblemente sorprendido, hizo una mueca. Sus ojos se oscurecieron brevemente, y por un momento pareció que la pregunta lo había pillado por sorpresa. Se quedó en silencio, con una ligera tensión en el rostro, incapaz de encontrar las palabras correctas para responder de inmediato. La verdad era que sí deseaba tener un hijo con Rika, pero el problema era ella, no él. Sin embargo, nunca lo había expresado tan directamente a nadie. La situación se complicaba.
La pregunta de Alice colgaba en el aire entre ellos, pero para Mitsuo, las palabras que debía decir le resultaban difíciles. Finalmente, para evitar profundizar en un terreno demasiado personal, intentó desviar la conversación.
—Es un tema personal. Ya sabes que a Rika no le gustan...—respondió evasivamente, su tono menos firme de lo habitual. Después, con una ligera sonrisa, continuó—: ¿y usted? sultana Alice, ¿por qué tú no tienes?
Alice se quedó en silencio, sorprendida por la pregunta. El tono de Mitsuo había cambiado, como si quisiera probarla o quizás incluso empujarla a revelar más de lo que estaba dispuesta a decir. Alice, sintiendo el peso de la mirada de Mitsuo sobre ella, se sintió vulnerable por un instante. Pero, como siempre, no dejaría que él viera lo que había dentro de ella. En cambio, fingió una ligera tristeza, como si la conversación sobre los niños fuera un tema que tocaba un rincón doloroso de su vida.
La tristeza en sus ojos fue rápida, casi imperceptible, pero Mitsuo lo notó. Alice suspiró profundamente antes de responder, su voz suave y cargada de una melancolía que no podía esconder.
—Es... —murmuró, mirando la caja con la ropa de bebé como si buscara algo en ella que pudiera darle consuelo—. Es por Daigo, y por sus antecedentes familiares. En su familia, hay un historial de infertilidad debido a la papera. —Alice se detuvo, como si las palabras le costaran salir. Finalmente, agregó con una sonrisa triste—: Los médicos me dijeron que sería un milagro si pudiera tener hijos.
Mitsuo observó a Alice en silencio por un momento, sintiendo una mezcla de desconcierto y comprensión. La expresión triste en su rostro, aunque falsa en parte, lo hizo sentirse incómodo. Por un momento, no supo qué decir. La conversación había tomado un giro inesperado, y lo que antes había sido una cena agradable se había tornado en algo mucho más serio.
—Lo siento mucho —dijo finalmente, su tono suave y sincero. Aunque no sabía completamente qué se sentía tener la esperanza de ser padre y perderla, podía ver el dolor en los ojos de Alice, y eso era suficiente para que sus palabras fueran cargadas de empatía.
Alice asintió, pero no dijo nada más. Volvió a mirar la caja con la ropa de bebé por un instante, mientras el silencio entre ellos se asentaba en la habitación.
Alice dejó escapar un suspiro suave, como si las palabras que acababa de pronunciar no las hubiera planeado, pero ya una vez dichas, se sentían demasiado reales. Su mirada, que antes había estado centrada en la caja con la ropa de bebé, se desvió hacia Mitsuo. Sus ojos, normalmente tan firmes y controlados, ahora reflejaban algo más profundo: una nostalgia agridulce, una interrogante que había estado rondando en su mente desde hacía tiempo.
—Me pregunto... ¿cómo hubiese sido si, en vez de casarme con Daigo, me hubiese casado contigo? —comentó Alice, su voz baja, casi como si estuviera hablando consigo misma más que con Mitsuo. Los recuerdos parecían flotar a su alrededor, como sombras del pasado que tomaban forma ante sus propios ojos. Había algo en su tono que indicaba que estas palabras no eran solo un pensamiento fugaz; era algo que había estado sopesando durante un largo tiempo.
Mitsuo la miró sorprendido, sin saber exactamente cómo reaccionar. Alice, sin embargo, pareció perdida en sus propios pensamientos, su mirada ahora fija en algún punto lejano de la habitación, como si estuviera viendo una escena que solo ella podía ver. Su mente viajaba atrás, hacia aquellos días cuando la decisión de su matrimonio fue tomada, cuando las expectativas familiares pesaban más que cualquier deseo propio.
El eco de esas palabras comenzó a llenar el aire, y Mitsuo pudo sentir el cambio en la atmósfera. Era como si Alice hubiera abierto una puerta al pasado, invitando a Mitsuo a entrar en un rincón que él había creído que nunca sería tocado. Ella continuó, como si las palabras simplemente fluyeran sin filtro.
—Mi madre... —dijo Alice, su voz cargada de un tono melancólico—. Siempre pensó que lo mejor para mí sería casarme con alguien como tú. Alguien que pudiera entenderme, que no viniera con los complejos de Daigo, con las expectativas de su familia. —Hizo una pausa, dejando que el silencio llenara el espacio por un momento antes de añadir—: Yo también lo pensaba en ese entonces. Teníamos planes... sueños que, en su momento, parecían tan reales.
Mitsuo observó en silencio, notando el cambio en la postura de Alice, como si las palabras le hubieran devuelto una parte olvidada de sí misma. Su mirada se suavizó, y por primera vez en la velada, la tensión que había sentido en sus hombros pareció desvanecerse. No era solo una conversación casual, sino una invitación a explorar algo más profundo, algo que Alice rara vez permitía mostrar.
Alice cerró los ojos brevemente, como si las imágenes del pasado la invadieran por completo. Recordó cómo su madre, con su mirada llena de determinación, le había hablado en privado, cómo había insistido en que un matrimonio con Mitsuo podría haber sido la clave para una vida más armoniosa, más estable. Pero esas conversaciones fueron interrumpidas por la figura de Daigo, por las alianzas políticas, por las obligaciones familiares que ella no pudo evitar.
—Quizás, si las circunstancias hubieran sido diferentes... —dijo Alice en voz baja, casi como si se estuviera hablando a sí misma, sin esperar respuesta. Su tono era agridulce, con una mezcla de arrepentimiento y aceptación.
Mitsuo no pudo evitar preguntarse qué habría sido de ambos si Alice hubiese seguido ese camino. ¿Qué hubiera pasado si se hubiese casado con Alice? Quizás, hubiese tenido una relación más agradable en su matrimonio, mejor que la que tenía con Rika, y tal vez...Hubiese tenido el heredero que tanto anhelaba tener. ¿Habrían encontrado la misma tensión, las mismas dificultades, o tal vez algo completamente distinto? No lo sabía, pero sentía que, al menos por un momento, podía comprender la confusión que se escondía detrás de la mirada de Alice.
—Yo podría ser madre y tu tendrías un sucesor.—Comentó la rubia.
—Tal vez nunca lo sabremos —dijo finalmente el hombre, con un suspiro suave, intentando suavizar la gravedad de la conversación. Su tono fue reflexivo, casi como si compartiera la carga del pensamiento de Alice.
Alice asintió lentamente, como si aceptara las palabras de Mitsuo, pero también como si entendiera que ese pensamiento no era más que una de esas preguntas sin respuesta que todos guardamos en lo más profundo de nuestras mentes. La historia de su vida no podía reescribirse, no importaba cuántas veces quisiera imaginarlo.
—No, tal vez nunca lo sabremos —repitió Alice, su voz mucho más suave ahora. Volvió a mirarlo, esta vez con una leve sonrisa que, aunque triste, parecía más tranquila que antes—. Pero a veces es agradable pensar en lo que podría haber sido. En lo que tal vez nunca tuvimos oportunidad de ser.
El aire entre ellos parecía haberse vuelto más denso, y, por un instante, el silencio volvió a envolverlos. Alice, con su mirada perdida en sus pensamientos, y Mitsuo, observando a la mujer que casi formó parte de su vida de maneras que ni él mismo podía describir con claridad. Lo único que sabía era que...Cualquier matrimonio hubiese sido mejor que estar con Rika.
La noche estaba tranquila en los aposentos privados de Taichi y Esmahan. La luz tenue de las velas iluminaba suavemente la habitación, creando una atmósfera cálida y reconfortante. Esmahan estaba recostada sobre un cojín de seda, con la mano suavemente descansando sobre su creciente vientre. Taichi, sentado a su lado, acariciaba su abdomen con ternura, como si quisiera conectarse con el bebé que crecía dentro de ella.
—¿Vas a moverte, pequeño? —preguntó Taichi en voz baja, con una sonrisa en los labios, como si hablara a un ser querido al que quería conocer—. Vamos, mueve un poco, quiero sentirte.
Esmahan le dirigió una mirada amorosa y acarició también su vientre, mirando a Taichi con dulzura.
—Parece que está durmiendo —respondió, con un tono de voz suave, relajado—. Quizás más tarde se despierte y podamos sentirlo.
Taichi asintió, una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro al imaginar lo que sería su vida con el bebé. Cada día que pasaba los nervios por la llegada del pequeño iban siendo reemplazados por una emoción que no podía contener. La familia se ampliaba, y el futuro se sentía lleno de esperanza.
—Cada vez falta menos, Esmahan. —Taichi se inclinó un poco hacia adelante y besó suavemente la frente de su esposa. Sus ojos brillaban con una mezcla de alegría y nerviosismo—. Qué emoción, ya pronto estará aquí con nosotros.
Esmahan asintió, mirando a Taichi con una expresión tranquila, pero también llena de ternura. La paz de ese momento la envolvía, y se sentía afortunada de tenerlo a él a su lado.
—Sí, Taichi, cada vez falta menos —respondió ella, acariciando su vientre nuevamente con suavidad—. Estoy emocionada y nerviosa a la vez, pero sé que todo saldrá bien. Estoy agradecida de tenerte conmigo.
La conversación siguió fluyendo suavemente, como siempre lo hacía entre ellos. Sin embargo, Esmahan, en ese momento, se quedó pensativa. Hubo algo en su interior que comenzó a anhelar. Algo muy específico. Algo que no podía esperar más.
—Taichi… —dijo, un tanto vacilante, mirando a su esposo con una expresión algo traviesa—. Tengo un antojo.
Taichi la miró con curiosidad. Aunque había escuchado hablar de los antojos durante el embarazo, nunca pensó que su esposa se sentiría tan rápidamente atraída por algo específico. Él la conocía bien y sabía que los antojos podían ser impredecibles, pero aún así, no esperaba que ella lo mencionara a esa hora.
—¿Un antojo? —preguntó, levantando una ceja, mientras se acomodaba mejor a su lado—. Es un poco tarde, Esmahan. ¿No crees?
Esmahan lo miró con una mezcla de encanto y determinación. Sabía que sería un poco difícil convencerlo, pero estaba segura de que si pedía con dulzura, él no podría negarse.
—Por favor, Taichi —insistió ella, tomando su mano con suavidad y llevándola hacia su vientre—. No puedo dejar de pensarlo. Tengo unas ganas enormes de comer algo que… es un poco raro, lo sé. Pero por favor, cumple mi antojo.
Taichi la observó con una sonrisa irónica, pero también con esa suavidad que siempre reservaba para ella. Esmahan estaba adorablemente obstinada en obtener lo que quería, y Taichi no era el tipo de hombre que dejara de lado los deseos de su esposa.
—¿Y qué es lo que tanto deseas comer, mi amor? —preguntó, ya sabiendo que la situación se volvería una pequeña misión para él.
Esmahan hizo una pausa, pensó por un momento y luego dijo con una sonrisa juguetona:
—Quiero… ¡unos pasteles de manzana! Y si son calientes, mejor. Con un poco de crema, si es posible.
Taichi se echó a reír por lo inesperado del antojo, pero no pudo evitar sonreír con ternura al ver la expresión de su esposa. A pesar de que no era el momento más conveniente, sabía que lo haría feliz poder cumplirle ese deseo, especialmente sabiendo que su hijo lo había despertado.
—Bueno, está bien —dijo con una sonrisa pícara—. Si eso te hace feliz, iré a buscarlos. ¡Pero sabes que tendrás que esperarme un rato!
Esmahan lo miró con gratitud y emoción, asintiendo con entusiasmo.
—Gracias, Taichi. Sabía que me lo cumplirías —respondió con una voz suave, con los ojos brillando de satisfacción.
Taichi se levantó de la cama con una risa ligera, dándole un último beso en la frente antes de salir de la habitación. Mientras lo hacía, pensó en lo afortunado que se sentía de tener a Esmahan a su lado, era una buena esposa y era feliz con la vida floreciendo en su interior, lo que provocaba que él se sintiera más ligero. Sabía que los días por venir serían desafiantes, pero también sabía que juntos podrían enfrentar todo lo que viniera.
Esmahan se recostó de nuevo, acariciando su vientre y sonriendo en silencio. No importaba si el antojo era un poco extraño, lo importante era que, en ese momento, su familia era lo más importante del mundo, y todo lo que tenía que hacer era disfrutar de esa etapa mientras esperaba con ansias el momento de la llegada del bebé.
En un rato, Taichi regresaría con los pasteles de manzana, cumpliendo su promesa y haciéndola sentir aún más querida y especial. Y mientras tanto, ella cerró los ojos, dejándose envolver por la paz que sólo su familia podía darle.
La luna llena iluminaba tenuemente los pasillos del harem, sumidos en un silencio profundo. Las luces de las lámparas titilaban como pequeñas estrellas que apenas rompían la oscuridad. Catherine caminaba ligera y alegremente al lado de Takeru, riendo y conversando, mientras él la miraba con una sonrisa forzada, aunque sus pensamientos estaban lejos de allí, en otra persona.
—Entonces, ¿qué opinas? —preguntó Catherine con una sonrisa traviesa, mientras tomaba su brazo juguetonamente—. ¿No es un paseo perfecto bajo la luna? ¡Casi me siento como una princesa, Takeru!
Takeru, que en realidad no estaba prestando atención a lo que Catherine decía, apenas sonrió, sus ojos perdidos en el brillo plateado que se filtraba desde el exterior hacia los pasillos del harem. El rostro de Hikari apareció en su mente, su risa, sus ojos... Todo eso lo mantenía atrapado, a pesar de su situación actual.
—Sí, claro... —respondió, su tono distante y pensativo, sin mirar realmente a Catherine.
Catherine lo observó de reojo, percibiendo que algo no estaba bien. A pesar de que se sentía feliz por la compañía de Takeru, sabía que algo estaba distorsionado en su actitud. Sin embargo, no podía evitar sonreír, disfrutando el momento en el que, aunque de forma superficial, él estaba junto a ella.
—¡Vamos, Takeru! —exclamó con entusiasmo, deteniéndose frente a una de las lámparas—. ¿No puedes sentir la magia de la noche? ¡Hazme caso, esta es la mejor parte del día! La calma, la oscuridad... Y tú y yo, aquí, compartiendo este momento.
Takeru finalmente la miró, tratando de contener su expresión. Sabía lo que Catherine quería, pero por dentro, no podía dejar de pensar en Hikari y en lo equivocada que era la situación en la que se encontraba.
—Sí, lo siento. Es solo que... no puedo dejar de pensar en todo lo que ha pasado —murmuró, incapaz de ocultar por completo su frustración interna.
Catherine lo miró con una mezcla de sorpresa y preocupación, al darse cuenta de que Takeru no estaba totalmente presente en la conversación. Decidió entonces cambiar de tema, buscando hacerle reír para aliviar la tensión que parecía envolverlo.
—¿Sabes qué, Takeru? Siempre me ha fascinado lo serio que puedes ser como príncipe.—dijo, intentando bromear, mientras caminaba a su lado, tomando su brazo de nuevo—. ¡Si fueras más relajado, podrías ser mucho más atractivo!
Takeru levantó una ceja, el intento de diversión de Catherine llegando a sus oídos. A pesar de lo poco que le importaba en ese momento, sintió un destello de amabilidad en sus palabras y decidió jugar a la broma por un instante.
—¿Enserio crees que soy serio?
—¿A sí? ¿Y qué opinas de esto? —Takeru imitó una postura exagerada, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza erguida, como si fuera el hombre más serio del mundo. Catherine soltó una risa contagiosa.
—¡Takeru! —exclamó entre risas—. ¡Eres un desastre! ¡Pero te queda bien!
A pesar de que Takeru trataba de jugar a la broma, su mente seguía ocupada con pensamientos de Hikari. Sentía un nudo en el estómago, pero por un momento, se permitió olvidar ese dolor al compartir con Catherine, aunque sabía que no era más que un escape momentáneo.
De repente, Catherine se acercó más a él, con una sonrisa seductora, tomándolo de la mano con suavidad. Takeru no se apartó, aunque su cuerpo tensó ligeramente. Ella se inclinó un poco hacia él, sus labios apenas a centímetros de los suyos, y sus ojos brillaban con una mezcla de deseo y cariño.
—Takeru... —susurró ella, su respiración entrecortada por la cercanía—. No tienes idea de cuánto me haces feliz.
Takeru, sorprendido por el acercamiento repentino, se quedó inmóvil por un instante. Parte de él quería apartarse, pero algo dentro de él lo retenía. A pesar de que su mente no dejaba de pensar en Hikari, en ese instante, Catherine estaba ahí, esperándolo. El roce de sus labios era inevitable.
Sin poder contenerse más, Takeru la besó, aunque con cierta reticencia. El beso fue lento pero intenso, un impulso del momento. Catherine, al sentir su respuesta, se aferró a él, correspondiendo con la misma pasión. Su corazón latía rápido, disfrutando el momento, sin darse cuenta del peligro inminente.
Takeru, aún con el rostro de Catherine cerca del suyo, levantó la vista. La silueta de una figura se recortaba en la luz débil del pasillo. El corazón de Takeru dio un vuelco, pero no fue el temor lo que sintió, sino una extraña sensación de alivio. Taichi, el guardaespaldas real, había llegado en el momento exacto.
—¡Taichi! —exclamó Takeru, fingiéndose sorprendido, pero con una sonrisa que parecía demasiado calculada—. ¡Qué sorpresa verte aquí!
Catherine, al percatarse de la presencia de Taichi, dio un paso atrás, mirando a Takeru con una ligera preocupación, mientras él fingía ser completamente ajeno a la situación.
Taichi, el hermano mayor de Hikari, no mostró sorpresa alguna. Su mirada fija se deslizó entre Takeru y Catherine, percibiendo la cercanía entre ambos. Su rostro se mantenía impasible, aunque un destello de preocupación cruzó sus ojos por un breve momento.
—Takeru, ¿qué estás haciendo aquí? —preguntó Taichi, con un tono grave, observando la escena con detenimiento.
Takeru, manteniendo su sonrisa, respondió con naturalidad, como si todo fuera parte de una conversación común.
—Oh, simplemente... disfrutando de la compañía de Catherine —dijo, mirando a la joven a su lado con una falsa dulzura. De alguna forma, se sintió satisfecho al ver a Taichi observarlos. Lo que Taichi no sabía, era que este podría ser el paso que necesitaba para desviar toda sospecha de Hikari. Cuanto más lo creyeran, más fácil sería para él asegurarse de que Hikari regresara.
Catherine, al ver que Takeru estaba actuando tan natural, se relajó, esbozando una sonrisa también. No entendía completamente la dinámica entre Takeru y Taichi, pero no le importaba. Lo único que importaba en ese momento era que Takeru parecía estar prestándole atención, lo cual le hacía sentirse victoriosa.
—Es muy tarde para caminar por los pasillos, Takeru —comentó Taichi, con una mirada severa, aunque no de manera especialmente agresiva—. Y parece que esta no es una situación adecuada para que los dos estén juntos a esta hora de la noche.
Takeru, con una leve sonrisa, contestó sin titubeos, como si todo fuera parte de un juego:
—No te preocupes, Taichi. Estamos bien. —Volvió a mirar a Catherine, que parecía algo nerviosa, pero también complacida por la atención—. Solo estábamos disfrutando de un paseo. Nada malo en eso, ¿verdad?
Taichi no respondió de inmediato, pero sus ojos permanecieron fijos en Takeru, como si estuviera buscando algo en su actitud. Takeru sabía que había logrado engañarlo, al menos por ahora. Lo que importaba era que su objetivo estaba claro: si Taichi creía que estaba realmente enamorado de Catherine, entonces su hermana Hikari podría regresar pronto a su lado, lejos de las sombras del harem.
Finalmente, Taichi suspiró, sin decir más. Observó a los dos, su rostro aún serio, y asintió ligeramente, aunque parecía estar guardando algún juicio para después.
—Está bien, pero la próxima vez, ten más cuidado —dijo, y con un último vistazo hacia Takeru y Catherine, se dio media vuelta para irse.
Una vez que Taichi se alejó, Takeru dejó escapar una leve sonrisa satisfecha. Catherine lo miró, sin entender completamente lo que había ocurrido, pero pensando que todo estaba bien ahora.
—¿Te sientes bien? —preguntó Catherine, acercándose nuevamente a Takeru.
Takeru, al ver que había ganado un poco de terreno, asintió, esta vez dejando que la máscara de su falso entusiasmo se desvaneciera lentamente. En su mente, la victoria estaba en su mano: Hikari regresaría, y él podía seguir con su plan.
El bullicio del harem resonaba en el aire. La suave luz que entraba por las ventanas de cristal iluminaba los delicados adornos y las tapicerías de seda. Las mujeres del harem se encontraban sentadas alrededor de la mesa, disfrutando de las frutas frescas, dulces y manjares que se servían a diario. Entre ellas estaba Mimi, sentada con una expresión ausente mientras tomaba un trozo de pastel y lo devoraba sin pensarlo dos veces. Su apetito, en aumento desde que se enteró de su embarazo, parecía insaciable.
El ambiente en los aposentos de Mimi estaba lleno de la fragancia de los dulces y frutas que acababa de servir Yoshino. Mimi estaba sentada en un cojín, con una bandeja de pastel frente a ella, devorando los trozos uno tras otro con avidez. Su vientre, ahora más pronunciado, le daba una sensación de plenitud que ni siquiera la podía evitar. Los antojos la habían invadido con fuerza en las últimas semanas, y a pesar de los comentarios de las demás mujeres del harem, Mimi simplemente no podía frenar su hambre.
Yoshino, con una mirada de preocupación, observaba cómo Mimi comía sin pausa. La sirvienta sabía que el apetito de Mimi había aumentado, pero también estaba al tanto de lo mucho que su joven ama se preocupaba por los juicios que los demás pudieran tener de ella.
—Mimi, querida —dijo Yoshino con tono suave, acercándose un paso hacia ella mientras veía cómo su ama tomaba otro trozo de pastel—. Debes comer más despacio. No es bueno para ti ni para el bebé que comas tan rápido. Podrías sentirte mal.
Mimi, al escuchar la advertencia, levantó la vista hacia Yoshino con una ligera expresión de frustración. Se limpió los labios con la parte posterior de la mano y suspiró.
—No puedo evitarlo —dijo Mimi, su voz un tanto cansada, pero sincera—. ¡Tengo tantos antojos! Todos esos sabores me llaman, y cuando empiezo, no puedo parar. Es como si mi cuerpo me pidiera más y más.
Yoshino observó en silencio, con una mezcla de comprensión y preocupación en su mirada. Sabía que el embarazo de Mimi no solo la había cambiado físicamente, sino que también la había hecho más vulnerable emocionalmente. Y los antojos, aunque naturales, la hacían sentir aún más insegura en un ambiente donde la crítica nunca era suficiente.
—Lo entiendo, Mimi —respondió Yoshino con suavidad, acercándose para tomar la bandeja y colocarla un poco lejos, a un alcance más prudente—. Pero debes pensar en ti y en el bebé. Comer con calma te ayudará a sentirte mejor. Además, si sigues comiendo con tanta rapidez, podrías sentirte incómoda más tarde. El sultán no querrá ver que no estás bien por culpa de algo tan sencillo de evitar.
Mimi, al ver que Yoshino le apartaba la comida, frunció el ceño, pero luego suspiró y se dejó caer hacia atrás sobre los cojines, abrazando su vientre. No estaba enojada, solo frustrada consigo misma. Sentía que no tenía control sobre su cuerpo ni sobre sus deseos, y la idea de ser juzgada por ello solo la agobiaba más.
—Sé que tienes razón —dijo con voz baja—. Pero es tan difícil, Yoshino. Siento que todo a mi alrededor está cambiando, y esto es lo único que puedo controlar... aunque no de la manera en que debería.
Alrededor de ella, algunas de las mujeres susurraban entre sí, mirándola con ojos llenos de juicio y desprecio. Una risa burlona se escuchó, seguida por otro comentario afilado que no pasó desapercibido.
—¿Ven cómo come sin parar? —dijo Ima, una de las mujeres, con voz susurrante—. ¡No me extraña que su vientre esté tan grande! Si sigue así, va a ser la más gorda del harem.
Las otras mujeres rieron entre dientes, haciendo pequeños comentarios al oído, mientras Mimi seguía comiendo en silencio, ajena a las miradas. Su vientre, aún de cinco meses, sobresalía de manera evidente, algo que la hacía sentir aún más incómoda y vulnerable.
Mimi hizo una mueca ante esto, eran las esclavas de la sultana Sora, así que no le sorprendía que hiciesen comentarios de ella.
Hana, otra de las esclavas, se acercó a la castaña: —Mimi, sultana, si sigues con ese apetito, no sé qué va a pensar el sultán de ti. Seguro que cuando des a luz, Yamato no te va a mirar igual. Te va a rechazar por estar tan... gorda.—
Un murmullo de aprobación recorrió la mesa, y varias mujeres comenzaron a reír, algunas cubriéndose la boca con las manos mientras otras se inclinaban hacia adelante, observando a Mimi como si estuvieran disfrutando de su incomodidad.
Mimi, sin embargo, no levantó la vista, sabiendo que cualquier palabra que saliera de su boca solo aumentaría las burlas. Su rostro se tensó, pero mantuvo el control, tomándose un momento para terminar el trozo de pastel antes de bajar lentamente la mano.
—¿No se cansan de hablar de lo que no entienden? —murmuró finalmente, sin alzar la voz, pero con un tono cargado de irritación.
Las mujeres se callaron por un instante, sorprendidas por su respuesta.
—¿Y tú qué sabes, Mimi? No sabes lo que es tener que cuidar tu cuerpo y tu apariencia. ¿De qué sirve ser la madre de un hijo del sultán si te vuelves tan... poco atractiva? —dijo Ima con sorna, desafiándola.
Un silencio pesado llenó la sala, pero Mimi ya no tenía ganas de seguir escuchando esos comentarios. Se levantó lentamente de su asiento, dejando el platillo vacío frente a ella, y caminó hacia la salida, sin mirar a nadie.
—No me interesa lo que piensen —dijo con firmeza, sin girarse—. Mi cuerpo está cambiando porque está dando vida. Y nadie tiene derecho a juzgarme por eso.
Con un último vistazo a las mujeres que la miraban con una mezcla de sorpresa y disgusto, Mimi se alejó, dejando atrás el bullicio y las risas vacías. En su mente, las palabras de esas mujeres se mezclaban con su propia inseguridad, pero, por primera vez, algo dentro de ella se sintió más fuerte que su duda.
Porque, a pesar de todo, el amor que tenía por su bebé y su propio deseo de ser más que una simple figura ornamental la impulsaba a ignorar las críticas y seguir adelante, sin importar cuán crueles fueran las voces que la rodeaban.
La tarde estaba apacible, con un suave viento que se colaba entre las columnas del palacio, haciendo ondear las cortinas finas de seda que adornaban los pasillos. Taichi caminaba por los corredores, su rostro serio, pero con una mirada que no pasaba desapercibida. Sabía que su conversación con la sultana Rika no sería fácil, pero tenía que hacerla. Había algo que no podía esperar más.
Llegó a los aposentos de Rika, donde la encontró sentada junto a una mesa, revisando algunos documentos. En cuanto vio a Taichi entrar, levantó la mirada y una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro. Era difícil saber si era una sonrisa sincera o si había algo más detrás de ella, pero Taichi no tenía tiempo para analizar eso.
—Taichi, ¿qué te trae por aquí? —preguntó Rika, levantándose y señalando una silla frente a ella—. ¿A qué debo este honor?
—Sultana Rika —dijo Taichi, sin rodeos, mientras tomaba asiento—, he visto algo que no debería haber visto. Takeru... —pausó un momento antes de continuar—, Takeru estaba besándose con Catherine, una joven del harem.
Rika no mostró sorpresa en su rostro. En cambio, su expresión se mantuvo serena, como si ya lo supiera.
—Eso no me sorprende en lo más mínimo, Taichi —respondió con calma, sus dedos tocando suavemente los bordes de los papeles que tenía en la mesa—. Te lo dije, ¿recuerdas? Te dije que me encargaría de separar a Takeru de Hikari, y lo estoy logrando.
—¿Qué dice sultana?
Rika se levantó y caminó hacia una ventana, mirando hacia el jardín. Los colores del atardecer pintaban el cielo de tonos anaranjados y rosas, creando una atmósfera tranquila, pero cargada de tensión.
—La traje una concubina a mi hermano para que se olvidara de tu hermana—dijo, con un tono más grave.
—¿Enserio?
Rika asintió: —Y al parecer funcionó porque llevan tiempo juntos.
Taichi, al escucharla, se sintió aliviado por un momento al ver que Takeru se estaba olvidando de Hikari, pero luego recordó la condición del príncipe y ese alivio pasó a preocupación.
—¿E? Sultana Rika, acaso ¿olvidó lo que acordaron el sultán y el consejo? —le recordó Taichi con voz firme—. Takeru no puede tener concubinas, y mucho menos hijos. ¿Qué ocurre si esa concubina queda embarazada?
Rika suspiró profundamente, como si el peso de la situación comenzara a hacerse más evidente.
—Yo lo sé, Taichi —respondió, girándose hacia él—. Pero, ¿crees que el sultán no comprende que la situación lo ameritaba? Takeru es joven, y el harem es parte de su vida, eso es algo que no podemos evitar. En cuanto a la provincia... no hay de qué preocuparse. Yo misma me encargaré de que esa concubina no quede embarazada.
Taichi la observó, un poco sorprendido por la frialdad de su respuesta, pero también por la resolución en sus palabras. Rika no era una mujer que dejara las cosas al azar. Sabía exactamente lo que hacía, y sus planes eran siempre meticulosamente ejecutados.
mimato bombon kou: ¡Hola! Que bueno que te haya gustado el capítulo. Entiendo que te haya aburrido el tema de Natsuko, después de todo, es frustrante pero esto debe ocurrir. Comprendo que no te guste o no quieras que Mimi se enfrente con su amiga. Pero Natsuko esta desesperada. Quiere destruir a Mimi y hará lo posible. Entiendo tu molestia, la actitud de Takeru está siendo inconsecuente, pero está cegada por su amor por Hikari y esto se debe a que Takeru no ha tenido una vida "normal" siempre con miedo, obligado a esconderse, entonces ahora quiere ser "libre" Un embarazo múltiple ¿e?...No daré spoiler jajaja pero es una posibilidad. Si, siendo varones obtendría más poder, es un buen punto...Mmmmm...ya lo veremos. Créeme, Natsuko es difícil que se trague su orgullo, no obstante, como abuela, siempre será buena. De a poco iré escribiendo el pasado de Taichi y Sora. ¡Gracias por tu comentario! Espero que sigas leyendo y comentando. Te mando un gran abrazo.
KeruTakaishi: ¡Hola! jajaja en todas mis historias odiarán a Catherine (excepto en una que siempre he querido subir pero nunca) En el caso de Rika es algo que van a gestionar con el tiempo, porque Rika está protegiendo a Takeru con esto, no quiere que algo le ocurra aunque tenga que sacrificar la felicidad de él. ¡Tranqui no paso a más! por el momento y sobre el embarazo...no daré spoiler. Créeme, un hijo es el riesgo menor, Hikari es su riesgo mayor. ¡Gracias por tu comentario! Espero que sigas leyendo y comentando. Te mando un gran abrazo.
