Mimi observó a sus gemelos con el corazón lleno de emoción. La alegría y sorpresa de ver no solo a uno, sino a dos hijos en sus brazos era indescriptible, un regalo inesperado que llenaba su alma de dicha. La visión de sus pequeños príncipes la conmovió profundamente; se sentía bendecida y poderosa al mismo tiempo. Acarició sus cabecitas con ternura, notando las diferencias sutiles entre ellos: Koichi, con su llanto vigoroso y sus finos mechones oscuros, y Kouji, quien descansaba en paz con sus ojos azules reflejando la serenidad de Yamato.

El significado de tener gemelos no escapaba a su entendimiento. Con Koichi y Kouji, su lugar en el palacio ganaba una nueva fortaleza. Ahora, sus hijos no solo eran miembros de la dinastía, sino futuros príncipes con derechos al trono. Esta posición, que tanto ambicionaba para su descendencia, la acercaba a sus deseos más profundos. Sabía que en la corte, cada hijo varón era una promesa de poder y una garantía de protección para ella, una posición sólida frente a las demás concubinas, especialmente frente a Sora.

Acarició la mejilla de Kouji, quien abrió sus ojos azules como si la estuviera reconociendo, y un suspiro de satisfacción escapó de sus labios. Yamato, observándola, compartió esa alegría tranquila, comprendiendo la importancia de este momento para Mimi. Él también veía el futuro de estos dos niños como una nueva oportunidad para la paz, para enmendar las sombras de su pasado.

—Gracias, Yamato —murmuró ella, sin apartar la mirada de los bebés—. Gracias por estos hijos.

Yamato le dedicó una sonrisa, un gesto de comprensión y complicidad, que Mimi interpretó como una promesa silenciosa de apoyo.

—Es un honor para mí, Mimi. Ellos serán grandes príncipes, y nosotros cuidaremos de ellos juntos.

Mimi asintió, sintiendo una mezcla de amor y gratitud, mientras el sultán la observaba con un orgullo genuino. Ella, ahora madre de gemelos, se posicionaba con fuerza en la dinastía, un papel que le daba el poder y la seguridad que siempre anheló. Los pequeños Koichi y Kouji simbolizaban no solo un nuevo capítulo en su vida, sino también la luz que guiaba su camino hacia un futuro en el que su descendencia podía reclamar el trono.

Mientras los pequeños se quedaban dormidos en sus brazos, Mimi cerró los ojos un instante, permitiéndose soñar con el futuro que construiría para ellos.

Thomas, el hijo mayor de Mimi y Yamato, se aferraba a la mano de su abuela, mirando curioso a sus nuevos hermanos. Izumi, la pequeña bebé, dormía en brazos de una sirvienta cercana, ajena al momento trascendental. Alice y Rika, las medias hermanas de Yamato, permanecían de pie, intercambiando miradas que oscilaban entre el interés y la incomodidad.

Mimi acarició la mejilla de Kouji, quien abrió sus ojos azules por un breve instante antes de volver a cerrarlos, como si estuviera reconociendo el mundo que ahora lo rodeaba. Yamato la observó, con una leve sonrisa en los labios, mientras ella murmuraba:

—Gracias, Yamato. Gracias por estos hijos.

Él inclinó ligeramente la cabeza, respondiendo con suavidad:

—Es un honor para mí, Mimi. Ellos serán grandes príncipes, y juntos los protegeremos.

Natsuko alzó una ceja, pero no dijo nada. Su silencio era más elocuente que cualquier comentario, y Mimi lo sabía. Sin embargo, el momento se quebró cuando las puertas se abrieron lentamente, y una figura familiar apareció en el umbral.

Era Sora.

Su vestido de tonos cálidos contrastaba con la frialdad que parecía emanar de su presencia. En sus manos llevaba una pequeña caja adornada con intrincados detalles de plata. Sus pasos eran firmes, pero en sus ojos podía percibirse una mezcla de emociones: el dolor de ver que Mimi le había dado no uno, sino dos hijos al sultán, y la determinación de mantener su dignidad ante la situación.

La tensión en la sala se hizo palpable. Natsuko frunció el ceño ligeramente, mientras Rika y Alice se miraron con intriga. Yamato observó a Sora con interés, sus labios curvándose en una leve sonrisa al notar su presencia.

—Felicidades mi sultán.—Musitó con reverencia— Que sus hijos tengan una vida prospera y llena de alegría.

Sora se acercó lentamente a las cunas donde los gemelos descansaban. Mimi, aunque sorprendida, mantuvo su mirada firme, sosteniendo a uno de sus hijos con más fuerza, como si intentara protegerlo.

—Sultana Mimi —dijo Sora, con una voz tranquila que apenas disimulaba el nudo en su garganta—. He traído un presente para los príncipes.

Abrió la pequeña caja y sacó dos prendedores delicadamente trabajados, cada uno con una gema diferente: un zafiro para Kouji y un ónix para Kouichi. Los colocó con cuidado en las cunas, sus manos temblando ligeramente mientras lo hacía.

Yamato observó a la pelirroja y en su rostro se formó una media sonrisa, orgulloso ante este acto. Ese era el comportamiento que debía tener una sultana.

—Que estos prendedores simbolicen la fortaleza y la sabiduría que necesitarán para su futuro —añadió, sin mirar a Mimi.

Yamato, viendo el gesto, sonrió con orgullo.

—Sora, tu generosidad no pasa desapercibida. Aprecio tu gesto y tu lealtad.

Sora inclinó ligeramente la cabeza, pero no respondió. En su interior, su corazón ardía con el peso del resentimiento y la tristeza. A pesar de ello, se mantuvo firme, dispuesta a no mostrar su vulnerabilidad.

Mimi, por su parte, mantuvo la compostura. Agradeció con un leve movimiento de cabeza, aunque en sus ojos se percibía una mezcla de sorpresa y cautela.

Mientras Sora se retiraba lentamente, la atmósfera en la sala seguía cargada. La sonrisa de Yamato no disminuyó, y Natsuko, observando la escena, parecía estar midiendo cada reacción con precisión.

—Estos niños traerán gloria a esta dinastía —dijo Yamato, rompiendo el silencio, mientras miraba a los presentes con orgullo—. Y cada uno de nosotros jugará un papel importante en su futuro.

Mimi cerró los ojos por un instante, permitiéndose soñar con el camino que construiría para sus hijos. Pero en su interior sabía que, con cada paso hacia adelante, las tensiones y los desafíos dentro del palacio solo aumentarían.

—Espero que ese futuro llegue pronto.


~Días después~


El tiempo pasó, y el reino pronto se llenó de júbilo por los nuevos príncipes nacidos. Las celebraciones en honor a los hijos de Yamato se extendieron desde el palacio hasta las tierras más lejanas. Las calles estaban decoradas con cintas doradas y carmesí, los colores de la dinastía, mientras músicos y bailarines entretenían a la multitud en los mercados y plazas.

Dentro del palacio, sin embargo, la euforia pública contrastaba con una calma tensa. Aunque la noticia de los nacimientos fortalecía la posición del sultán y consolidaba alianzas, también despertaba rivalidades y nuevas intrigas entre las concubinas y los cortesanos.


La noche llegó al palacio, el silencio envolvía los majestuosos pasillos del palacio, roto únicamente por el susurro del viento que acariciaba las cortinas de seda. Sin embargo, la calma se desmoronó cuando un llanto desgarrador rompió la quietud, perturbando la calma de los aposentos de Mimi. El príncipe Kouichi, no dejaba de llorar desde hacía horas, y cada minuto que pasaba, su llanto se hacía más agudo, más desesperado. Mimi, visiblemente angustiada, lo mecía en sus brazos, tratando de calmarlo, pero nada parecía funcionar.

—Por favor, mi pequeño, calma... —susurraba con voz temblorosa, acariciando su diminuto rostro.

Mimi observó a su hijo totalmente preocupada, Kouichi no llevaba mucho tiempo de nacido, al contrario, llevaba unos siete días y en todas las noches de eso siete días, en todas esas noches, sin excepción alguna. Kouichi lloraba y lloraba sin cesar.

—Sultana...—Yoshino se acercó a Mimi— ¿Nuevamente está llorando el príncipe?

Mimi asintió mientras mecía a su pequeño.

Mientras tanto, el príncipe Kouji, quien dormía pacíficamente en una cuna junto a su hermano, también despertó.

La castaña hizo una mueca: —Yoshino, por favor, toma a Kouji.—Rogó.

La kalfa asintió y suavemente tomó al gemelo menor. Mientras que sultana volvía su atención al mayor.

—Kouichi, por favor...—Rogó— Deja de llorar.—Musitó preocupada.

Llevaba demasiado tiempo llorando. Por unos minutos creía que era hambre y lo alimentaba, algunas veces pensaba que eran reflujos y suavemente golpeaba su espalda, lo mecía intentando que durmiera. Pero ¡nada!

—Mi sultana, creo que, es buena idea llamar a una nodriza.—Habló Yoshino.

—El bebé lleva llorando mucho tiempo.—Habló Airu—Quizás, tiene hambre...

Mimi hizo una mueca: —Ya llamé a una nodriza para que lo alimentara.—Comentó—Pero se negó a beber. Solamente lloraba.

—Quizás, no se sienta cómodo.—Declaró la oji-rosa.

—Lo he acostado en todos lados, lo he mecido, lo he paseado...—Enumeró Mimi— ¡He hecho todo lo que está en mis manos y deja de llorar!

—Tal vez, no es que tenga un malestar...—Comentó Airu— Quizás, solamente sea berrinchudo.—Habló— Todo lo contrario a su hermano ¡tiende más a llorar!

Mimi pasó su mirada por Kouji, él a diferencia de Kouichi era muy calmado, apenas lloraba. Y, como si se hubiese acostumbrado a los llantos de su hermano, dormía sin esfuerzo. Pero su gemelo...

Mimi dirigió su mirada hacia el pequeño Kouichi, pero apenas hizo esto, algo llamó su atención. Volvió su mirada a Kouji, quien tenía su piel pálida sana, con un color rosáceo...pero Kouichi comenzaba a tomar un tono morado, mientras el pequeño luchaba por respirar. Mimi sintió que el miedo se apoderaba de ella.

—¡Yoshino! —gritó, llamando a su sierva con urgencia. La joven sierva entró rápidamente al cuarto, alarmada al ver la escena.

—¡Mi sultana! ¿Qué sucede?

—N-no...no lo sé.—Respondió Mimi alarmada.

—El príncipe ha llorado mucho y no tiene un color sano.— Declaró la kalfa.

—¡Llama a la médica, Yoshino! ¡Rápido! Kouichi no puede respirar… —La voz de Mimi era una mezcla de súplica y desesperación, mientras intentaba, sin éxito, calmar a su hijo, quien seguía llorando en un tono ahogado, casi sin aliento.

Yoshino corrió hacia la salida para buscar ayuda, y Mimi trató de mantener a Kouichi en una posición erguida, como si eso pudiera aliviar su malestar. Sin embargo, el pequeño comenzaba a debilitarse, y el color azul se hacía más intenso. Mimi sintió lágrimas brotar de sus ojos, pero se obligó a mantenerse firme.

—Por favor, mi pequeño, resiste… —le murmuró desesperadamente.

Su bebé estaba afligido, y su pecho se apretaba al verlo tan vulnerable y sin poder ayudarlo.

Minutos después, la partera y la médica del palacio llegaron apresuradas,


La cena en el harem

La suave iluminación de las lámparas de aceite llenaba el salón con un cálido resplandor, mientras las melodías de un laúd tocado a lo lejos aportaban un ambiente íntimo. Alice y Mitsuo compartían una cena en uno de los rincones más apartados del harem, rodeados de cojines bordados y una delicada mesa de madera tallada donde los platos, cuidadosamente preparados, esperaban su turno.

Mitsuo alzó su copa, mirándola con una sonrisa sincera.

—Gracias por invitarme esta noche, Alice. —Su voz era serena, pero sus ojos no podían ocultar el aprecio que sentía.

Alice le devolvió la sonrisa, una chispa de alegría iluminando su rostro.

—No tienes nada que agradecer, Mitsuo. Soy yo quien está agradecida de que aceptaras mi invitación. —Hizo una pausa para mirar la copa en sus manos, como si sus palabras pudieran resultar demasiado reveladoras—. Ha sido... agradable tener esta oportunidad de cenar y hablar contigo.

Mitsuo dejó la copa sobre la mesa y asintió, sus dedos jugando distraídamente con el borde del mantel.

—Lo ha sido, realmente. Es raro encontrar momentos de calma como este. Aunque... —vaciló, como si eligiera con cuidado sus palabras—, tal vez no sea lo más apropiado, considerando la hora y el lugar.

Alice rió suavemente, inclinándose hacia adelante con una expresión que mezclaba diversión y ternura.

—¿No lo crees, Mitsuo? —preguntó, con un leve toque de desafío en su voz—. Somos solo dos amigos conversando y divirtiéndonos, ¿verdad?

Mitsuo la observó, sorprendido por la facilidad con la que ella desarmaba sus reservas.

—Supongo que sí... —respondió, con una sonrisa más relajada esta vez—. Y debo admitir que lo estoy disfrutando más de lo que imaginé.

La conversación fluyó con una naturalidad inesperada, y ambos se encontraron riendo y compartiendo anécdotas como si fueran viejos amigos. Pero en medio de esa ligereza, Alice se inclinó hacia adelante para alcanzar un recipiente con frutas que descansaba en la esquina de la mesa.

El movimiento, aunque deliberado, fue traicionado por el resbalón de su mano sobre la tela del mantel, haciéndola perder el equilibrio. Antes de que pudiera reaccionar, Mitsuo se adelantó instintivamente, sujetándola por el brazo para evitar que cayera.

El contacto fue inmediato y firme, pero lo que realmente los detuvo fue la cercanía repentina. Sus rostros quedaron a escasos centímetros, tan cerca que podían sentir la respiración del otro. La conversación y el bullicio distante del harem se desvanecieron, reemplazados por un silencio cargado de electricidad.

Alice levantó la mirada, y sus ojos se encontraron con los de Mitsuo. Por un momento, ninguno se movió, atrapados en una conexión que no necesitaba palabras. Y entonces, sin pensarlo, sin planearlo, sus labios se encontraron en un beso suave y fugaz, pero cargado de emoción.

Fue un instante breve, pero lleno de significado. Cuando se separaron, ambos quedaron mirándose, sorprendidos por lo que acababa de suceder.

—Alice, yo... lo siento —murmuró Mitsuo, llevando una mano a su nuca, visiblemente incómodo—. No quise ser irrespetuoso.

Alice negó suavemente, una sonrisa serena curvando sus labios.

—No tienes que disculparte, Mitsuo. —Su voz era baja, un susurro que parecía flotar entre ellos—. A veces, las mejores cosas suceden por accidente, ¿no crees?

Él la miró, inseguro pero intrigado por la calma con la que ella aceptaba lo ocurrido. Finalmente, una sonrisa se dibujó en sus labios, y Mitsuo asintió.

—Pero esto no está bien, Alice. —Su voz era grave, teñida de un conflicto interno evidente—. Estoy casado con Rika, y tú con Daigo.

Alice dejó escapar un suspiro largo y rodó los ojos, inclinándose hacia él con una expresión que mezclaba frustración y una pizca de ternura.

—¿Y acaso eso importa? —preguntó, su tono suave pero lleno de intención—. Ninguno de los dos es feliz en nuestros matrimonios, ¿no es cierto? Es natural que nos sintamos atraídos por otras personas.

Mitsuo levantó la vista, encontrándose con los ojos de Alice, que lo miraban con una mezcla de desafío y comprensión.

—Además —continuó ella, con una pequeña sonrisa ladeada que no alcanzaba a ser completamente burlona—, ¿realmente quieres serle leal a Rika después de cómo te trata? ¿Después de todo lo que te ha negado?

El comentario golpeó a Mitsuo como una verdad que había evitado enfrentar durante mucho tiempo. Cerró los ojos y respiró profundamente, dejando que los recuerdos de su matrimonio lo invadieran.

Rika, con su mirada fría y palabras cortantes, desestimando cada uno de sus intentos por acercarse. Las discusiones constantes, los rechazos, las promesas rotas. Recordó, con un dolor sordo en el pecho, cómo ella había negado repetidamente su deseo de tener un hijo, argumentando que no quería cargar con semejante responsabilidad ni alterar su vida por "algo tan insignificante".

En contraste, Alice había sido una presencia constante, alguien que lo escuchaba sin juzgar, que lo comprendía de una manera que Rika nunca había intentado. Con Alice no había máscaras, solo conversaciones genuinas, risas compartidas y una sensación de comodidad que había creído perdida.

Mitsuo abrió los ojos, su resolución tambaleándose mientras su mirada se posaba en Alice. Ella lo observaba con paciencia, como si entendiera perfectamente la tormenta de emociones que se desataba dentro de él.

—No puedo negar que contigo... es diferente —admitió finalmente, su voz apenas un murmullo.

Alice sonrió, pero esta vez fue una sonrisa suave, casi vulnerable. Se inclinó hacia él, cerrando la distancia entre ellos. Mitsuo no se apartó, aunque su respiración se volvió más profunda, más irregular.

—Entonces deja de luchar contra lo que sientes, Mitsuo. —Su voz era un susurro que lo envolvió como una caricia—. Solo por esta vez, deja de pensar en lo que está bien o mal.

Antes de que pudiera responder, Alice cerró el espacio entre ellos, posando sus labios sobre los de él en un beso suave pero lleno de intensidad contenida. Por un instante, Mitsuo se quedó inmóvil, sus pensamientos atrapados entre la culpa y el deseo. Pero cuando las manos de Alice se deslizaron hacia su rostro, atrayéndolo más hacia ella, algo dentro de él cedió.

Con un suspiro profundo, Mitsuo correspondió al beso, dejando de lado las dudas y permitiéndose ser arrastrado por el momento. En ese instante, no había matrimonios ni promesas incumplidas, solo el consuelo y la pasión que ambos habían encontrado en el otro.

El mundo a su alrededor pareció desvanecerse, y el beso, que comenzó como un roce temeroso, se transformó en una declaración silenciosa de todo lo que habían reprimido durante tanto tiempo.


Yamato avanzaba a grandes zancadas por los majestuosos pasillos del palacio, su túnica ondeando tras de sí con cada paso decidido. La noticia lo había alcanzado hacía apenas unos minutos, llevada por uno de sus sirvientes con voz temblorosa: "Es el príncipe Kouichi, su majestad. No para de llorar, y la sultana Mimi está desesperada."

El rostro del sultán reflejaba una mezcla de preocupación y tensión contenida mientras sus botas resonaban contra el mármol pulido. Los sirvientes y guardias se apartaban rápidamente a su paso, inclinando la cabeza con respeto, conscientes de que el ánimo de su gobernante no era el más sereno en ese momento.

Llegó finalmente a los aposentos de Mimi. Antes de entrar, inhaló profundamente, intentando calmar su agitación, pero el sonido del llanto desgarrador de Kouichi traspasaba las puertas cerradas. Con una ligera sacudida de la cabeza, empujó las puertas con fuerza, entrando en la habitación.

La escena ante él era desgarradora. Mimi estaba con su bebé en brazos, su rostro pálido y marcado por la fatiga, meciendo a Kouichi en sus brazos con desesperación. Los sirvientes permanecían al fondo de la habitación, inmóviles y sin saber qué hacer, temerosos de empeorar la situación.

—¿Qué le sucede? —preguntó el rubio con voz tensa, acercándose rápidamente. Mimi le entregó a Kouichi, apenas logrando contener el miedo en sus ojos.

Mimi alzó la mirada hacia él, sus ojos brillando con lágrimas reprimidas.

—No sé qué le pasa, Yamato. —Su voz era un susurro quebrado mientras acunaba al pequeño con ternura—. Lleva horas llorando y no hay nada que lo calme. He intentado todo: alimentarlo, cambiarlo, cantarle, pero nada funciona.

Yamato se acercó rápidamente, su expresión suavizándose al mirar a su hijo. Tomó al pequeño en sus brazos con cuidado, observando su carita enrojecida por el llanto.

—Kouichi, soy yo, tu padre. —Su voz, aunque firme, se volvió sorprendentemente dulce mientras lo mecía suavemente—. Todo está bien, pequeño. Estoy aquí.

—Mi sultán.—Justo en ese momento Yoshino ingresó en el lugar— La médica acabó de llegar.

—Déjala entrar.

Fue así como a los pocos segundos una anciana entró al lugar e hizo una reverencia.

—Mi sultán, sultana. Estoy aquí para examinar al pequeño príncipe.

Yamato asintió con un gesto breve, aún sosteniendo al pequeño Kouichi en sus brazos.

—Adelante, revisa a mi hijo. —dijo con voz firme pero cargada de urgencia.

La anciana, vestida con túnicas sencillas pero portando un aire de sabiduría y experiencia, se acercó con cuidado al sultán, tomó al bebé y lo depositó sobre la cama para comenzar a examinar al pequeño mientras la partera intentaba calmar a Mimi, quien observaba la escena con el corazón en un puño.

Justo en ese minuto, Kouji que yacía en su cuna se removió entre sueños y emitió un sonido, Yamato y Mimi voltearon hacia él. El pequeño había despertado y comenzó a llorar, a diferencia de su hermano de una forma bastante suave, pero escuchable.

Yamato al ver esto se acercó a él y lo tomó. Sin decir palabra, meció suavemente a su hijo menor, quien no habrá durado muchos minutos llorando porque se calmó al instante y volvió a dormir. Mimi le sonrió a Kouji y suavemente depositó un beso en su mejilla.

El pequeño momento con Kouji no duró mucho porque el llanto de Kouichi se hizo presente en el lugar. Contrastando todo a su hermano. Llorando como si no hubiera un mañana.

—Está teniendo dificultades para respirar… parece que se está ahogando —musitó la médica, mientras presionaba suavemente el pecho de Kouichi y lo volteaba, buscando ayudarlo a expulsar cualquier obstrucción que pudiera tener.

Tras unos segundos de esfuerzo, Kouichi comenzó a toser débilmente, y poco a poco, el color azul de su rostro empezó a disiparse, volviendo a un tono más saludable. Mimi dejó escapar un suspiro de alivio, sin poder contener las lágrimas mientras veía a su pequeño hijo respirar de nuevo.

—Mi pequeño… —murmuró ella.

La médica se quedó un momento más, asegurándose de que Kouichi se estabilizara, antes de hablar con ellos en tono tranquilizador:

—Parece que fue solo un espasmo respiratorio. Quizás su sistema aún es frágil, pero con cuidados y atención, es probable que no vuelva a suceder.

Mimi asintió, abrazando a Kouichi mientras este comenzaba a calmarse en sus brazos. Yamato se inclinó hacia ella y le susurró suavemente:

—Estás haciendo un trabajo maravilloso, Mimi. Kouichi es fuerte, como tú.

Ella le dedicó una mirada llena de gratitud, agradeciendo que él estuviera allí para apoyarla en este momento tan difícil. Kouichi, su pequeño príncipe, ya se había convertido en el centro de su vida, al igual que sus demás hijos, y saber que Yamato compartía esa preocupación y amor por él le daba una fuerza inquebrantable para enfrentar cualquier desafío que el destino les pusiera en el camino.

El alivio de Mimi al ver a su hijo respirar con normalidad se transformó en una sensación de seguridad al sentir el apoyo de Yamato. Aunque su corazón seguía acelerado por el miedo de momentos antes, la cercanía de él y sus palabras llenas de ternura la reconfortaban.

Kouichi, aún débil pero en paz, descansaba en los brazos de su madre, y ella lo abrazó con una devoción imparable. La calma finalmente se apoderó de la habitación, aunque el peso de la situación no desapareció por completo. Sin embargo, la presencia de Yamato, firme y protector, ofreció un consuelo que Mimi agradecía profundamente.

La médica, viendo que el bebé se encontraba fuera de peligro, se levantó con una sonrisa sutil, señalando a la familia que la situación estaba bajo control.

—Debe descansar y mantenerse vigilante. Si vuelve a ocurrir algún incidente, no duden en contactarme de inmediato —les indicó antes de despedirse, dejando a Mimi y Yamato con su pequeño hijo.

Yamato se quedó cerca de Mimi, observando a su hijo con orgullo, mientras ella lo mantenía acurrucado en su pecho, aún temerosa pero aliviada.

—Está bien ahora —dijo ella, con una voz temblorosa pero firme, mirando a Yamato—. Estaremos bien, ¿verdad?

Él asintió, su expresión suavizada por la preocupación, pero también por la certeza de que su familia estaría a salvo.

—Lo estamos, Mimi. Siempre lo estaremos. —Yamato colocó su mano en el hombro de Mimi, acercándose para abrazarla con suavidad. Aquel gesto de apoyo, tan genuino, hizo que el nudo en su garganta se soltara.

—Gracias… por estar aquí. —Mimi levantó la vista hacia él, sus ojos brillando con una gratitud que no necesitaba palabras adicionales.

Kouichi, aunque aún cansado, abrió los ojos lentamente y miró a su madre con una pequeña sonrisa. Mimi le acarició la mejilla, llena de amor y protección. El destino les había dado un gran susto, pero ahora, con Yamato a su lado y la salud de Kouichi recuperándose, sentía que podían enfrentar cualquier obstáculo juntos.

El pequeño estaba a salvo, y en ese momento, todo lo demás parecía desvanecerse.


Los pasos de Takeru resonaban suavemente en los largos y silenciosos pasillos del harén. La penumbra apenas era rota por los débiles haces de luz que se filtraban a través de las persianas. No buscaba nada en particular aquella tarde; solo un momento de calma y de escape, alejado de las intrigas y las miradas pesadas de la corte. Sin embargo, sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando, al pasar junto a una esquina cercana, sus oídos captaron un susurro apagado, seguido de una carcajada contenida.

Por un instante, Takeru se detuvo, escuchando con atención. Los murmullos venían del otro lado de la pared, donde algunos agas –los guardias de mayor rango del harén– conversaban sin notar su presencia. Dudó por un momento, pero decidió quedarse en silencio, escondido tras la esquina, mientras prestaba atención.

—Dicen que el sultán está feliz, y cómo no, con dos príncipes gemelos ahora, tiene el futuro asegurado —comentó uno de los agas con una voz áspera y llena de convicción—. Dos más que heredan su linaje.

Otro de los agas se rió suavemente. —Así es. Cuatro príncipes, dos concubinas poderosas que le han dado hijos... En estos tiempos, es raro que los sultanes tengan tantos herederos varones.

—Es una bendición, sin duda —añadió un tercer aga—, aunque, ahora que tiene a tantos hijos varones, el sultán no tiene necesidad de compartir poder.

La tensión se acumuló en el pecho de Takeru, que seguía escuchando en silencio, aguzando el oído. Sabía a dónde se dirigían esas palabras, pero el tono en el que hablaban era tan casual, tan desapegado, como si su vida fuera un asunto insignificante.

—El príncipe Takeru es joven y tiene carisma —continuó el segundo aga, bajando un poco la voz—. Cualquiera podría pensar que algún día podría hacerse un nombre en la corte, ¿pero para qué mantenerlo cerca? Ahora que el sultán Yamato tiene herederos propios, Takeru podría ser... prescindible.

—¿Es que acaso no saben todos los que gobiernan que dos hermanos no pueden coexistir en un trono sin conflicto? —dijo el primer aga, su tono sombrío y lleno de una certeza helada—. Quizás el príncipe aún no se ha dado cuenta de que su presencia ya no es bienvenida. Cuatro príncipes… no hay lugar para un quinto Ishida, mucho menos si es un tío del futuro sultán.

El silencio cayó entre los agas mientras la verdad se asentaba en el aire. Takeru, tras la esquina, sintió una oleada de emociones cruzadas. Había sabido siempre que su existencia era algo delicado, una amenaza latente en una corte tan estructurada y llena de rivalidades. Sin embargo, escuchar a los agas hablar tan crudamente sobre su futuro lo llenó de una mezcla de tristeza, enojo y... ¿tal vez, una sombra de temor? Había sido leal a su hermano toda su vida, pero sabía que el peso de la política y las ambiciones podían superar los lazos de sangre.

—He escuchado que la madre sultana no lo permitiría —añadió uno de los agas con voz cautelosa—. No olvidemos que fue quien insistió en que Takeru se mantuviera en la corte, a pesar de los consejos de algunos ministros.

—La madre sultana tiene sus límites también —respondió otro—. Ella es sabia, pero sabe que el poder del sultán es supremo y que la dinastía está por encima de todo. Si el sultán decidiera que Takeru… sobraba, no habría nada que ella pudiera hacer.

Takeru sintió que su garganta se secaba. Aquellas palabras eran certeras, y no podía evitar recordar las veces en las que había visto a su hermano debatirse entre las decisiones políticas y los afectos familiares. Se forzó a dar un paso atrás, con cuidado de no hacer ruido, y tomó aire. Su mente se llenó de recuerdos de las veces en las que había sido un hermano cercano y leal para Yamato, pero ahora, más que nunca, comprendía que la lealtad era una moneda de cambio en la corte, y su existencia misma era solo otra pieza en el intrincado tablero de ajedrez del imperio.

Sintió que no podía seguir escuchando más. Decidió alejarse, dejando atrás las sombras y las voces de los agas, quienes seguramente no tenían idea de cuán cerca había estado el príncipe de escuchar su conversación. Con cada paso que daba, su mente se llenaba de pensamientos sobre qué debía hacer. ¿Confrontar a su hermano? ¿Ignorar aquellas palabras y seguir con su vida?

Sin embargo, en el fondo de su ser, sabía que, para mantenerse a salvo, tendría que estar preparado para lo peor. Los gemelos recién nacidos significaban más que simples herederos. Significaban que Takeru debía replantearse su lugar en aquella familia y en aquella corte.

Al llegar al final del pasillo, tomó una decisión: no huiría ni abandonaría su posición en la corte sin luchar. Había pasado demasiado tiempo siendo una sombra amable y un hermano silencioso.


La habitación estaba apenas iluminada, con la tenue luz de las velas proyectando sombras que danzaban en las paredes. Alice apenas podía contener la emoción mientras los brazos de Mitsuo Yamaki Pashá se entrelazaban con los suyos. No había sido un plan premeditado, sino algo que había surgido casi de forma instintiva, como una chispa que se enciende en el momento justo.

Los labios de Mitsuo se encontraban con los de Alice en una fusión feroz y hambrienta, llenos de una pasión que ambos habían reprimido durante demasiado tiempo. Jadeos y suspiros escapaban de sus labios mientras sus cuerpos se aproximaban más, como si intentaran consumir toda la energía acumulada entre ellos en ese instante. Mitsuo deslizó sus manos por la cintura de Alice, atrayéndola con fuerza, y ella dejó que él la dominara, disfrutando de la sensación de estar envuelta en su intensidad.

En un momento de claridad entre los besos, Alice sintió un destello de ironía que le arrancó una sonrisa entrecortada. Todo lo que Rika está perdiendo, pensó mientras sentía los labios de Mitsuo sobre su piel. ¿Cómo puede rechazar a un hombre como él?

Por más que conocía la lealtad y el sentido del deber de su hermana, no podía entender cómo Rika había sido tan indiferente con alguien tan apasionado y dedicado como Mitsuo. ¿No se daba cuenta de lo que estaba desperdiciando? Alice no pudo evitar compararse, sintiendo cómo el fuego que ardía en su interior contrastaba con la frialdad que Rika le había mostrado siempre a Mitsuo.

Cada caricia de Mitsuo, cada roce de su piel contra la suya, le recordaba lo que él era capaz de ofrecer, algo que su hermana había rechazado ciegamente. Alice, en cambio, estaba dispuesta a absorber cada sensación, a disfrutar de la intensidad que Mitsuo entregaba sin reservas.

—Alice… —murmuró Mitsuo entre jadeos, sin dejar de besarla, mientras su respiración se volvía más pesada.

Alice respondió con un suspiro ahogado, dejando que sus pensamientos se desvanecieran por completo, perdida en el momento, en la cercanía de Mitsuo. La pasión era casi abrumadora, pero ella la aceptaba, dejando que cada beso y cada caricia la llenaran de una fuerza renovada. Era como si Mitsuo le transmitiera no solo su deseo, sino una parte de él mismo que Rika nunca había querido ver, y Alice se sentía afortunada por ser la única que lo conocía en esa dimensión.

Mitsuo deslizó una mano por su rostro, deteniendo por un momento los besos para mirarla, como si quisiera asegurarse de que aquello era real. Alice lo miró a los ojos, y en ese instante, no había duda alguna. Sin decir una palabra, retomaron su unión, sus labios encontrándose con una necesidad renovada, ignorando cualquier consecuencia, solo enfocados en el calor y el deseo que los envolvía.

Para Alice, aquello no era solo un momento de pasión, sino una prueba de todo lo que estaba dispuesta a ganar y de todo lo que su hermana había dejado atrás.

Aunque eso significara involucrarse con el esposo de Rika, Mitsuo Yamaki Pashá, quien le triplicaba en edad.


Mientras tanto en los aposentos de la sultana Sora, la atmósfera era tranquila, iluminada por la suave luz de las lámparas de aceite. Sora estaba recostada en su cama, vestida con un lujoso camisón de seda, mientras su hijo Kiriha dormía profundamente a su lado. La sultana acariciaba con ternura la frente del pequeño, observándolo con una mezcla de orgullo y devoción.

De repente, un sonido de pasos apresurados rompió la calma. La puerta se abrió y Miyako entró con expresión preocupada. Sora alzó una ceja, claramente molesta por la interrupción.

—¿Por qué tanto alboroto, Miyako? —preguntó con voz fría mientras se sentaba un poco más erguida en la cama—. ¿Qué sucede ahora?

Miyako hizo una reverencia rápida antes de hablar.

—Sultana, el palacio ha estado en conmoción. El bebé de la sultana Mimi no dejaba de llorar. Su llanto era tan desgarrador que despertó a medio harem.

Sora bufó con exasperación y rodó los ojos.

—¿El bastardo de Mimi llorando sin parar? —dijo con tono burlón, cruzando los brazos—. ¿Qué problema tenía esta vez?

—Al parecer estaba teniendo un problema de salud. La médica tuvo que ser llamada de urgencia para atenderlo. —respondió Miyako con voz firme.

Sora frunció el ceño, claramente irritada. Sus ojos brillaron con una mezcla de desprecio y desdén.

—No es común que a unos días de haber nacido tenga tantos problemas. Ese niño ya está demostrando ser una carga, igual que su madre.

Miyako, aunque incómoda con el tono de Sora, decidió continuar.

—Incluso el sultán se levantó de sus aposentos para ir donde la sultana Mimi. Estuvo allí hasta que el bebé se calmó.

Las palabras parecieron encender una chispa en los ojos de Sora. Su mandíbula se tensó y una mueca de disgusto cruzó su rostro. Odiaba, más que nada, saber que Yamato prestaba tanta atención a Mimi.

—Por supuesto que fue corriendo a ella. —murmuró con sarcasmo, apartando la mirada—. Ese hombre tiene un punto débil por esa mujer. Mimi debería aprender a ser una mejor madre, en lugar de depender de él para todo.

Miyako intentó suavizar el momento.

—Sultana, estoy segura de que la sultana Mimi está haciendo todo lo posible por cuidar al pequeño. Es natural que esté preocupada.

La risa de Sora llenó el aire, fría y burlona.

—¿Todo lo posible? —repitió con ironía, lanzando una carcajada que hizo eco en la habitación—. Lo único que sabe hacer Mimi es revolcarse en la cama con Yamato. Eso es lo que la mantiene aquí. Si no fuera por eso, estaría lejos de este palacio.

Volvió su atención a Kiriha, quien dormía plácidamente, ajeno a la tensión que flotaba en la habitación. Con suavidad, acarició su frente, como si en ese gesto reafirmara su propia posición y la de su hijo en el palacio.

Miyako dio un paso adelante, bajando un poco la voz.

—El bebé al parecer tiene serios problemas de salud, mi sultana. Todos están preocupados por él. La médica mencionó que podrían repetirse episodios como este.

Sora, sin dejar de mirar a Kiriha, hizo un gesto despectivo con la mano.

—Eso no es asunto mío. —dijo con frialdad, aunque una pequeña sonrisa asomó en sus labios—. Aunque, para ser honesta, mejor para nosotros si ese niño tiene problemas de salud. Será una amenaza menos para el trono de Kiriha.


Mientras tanto en la torre más alta.

La tenue luz de las velas acariciaba la escena, dejando al descubierto los cuerpos de Alice y Mitsuo tendidos sobre la alfombra, aún agitados después de haber cedido a la pasión que los consumía. El calor de sus cuerpos aún permanecía en el aire, y el silencio, ahora pesado, estaba cargado de satisfacción y secretos.

Alice, recostada sobre el suave tejido de la alfombra, cerró los ojos mientras una sonrisa de satisfacción asomaba en sus labios. Había logrado lo que se había propuesto. Mitsuo, el hombre al que Rika había rechazado, estaba ahora a su lado, vulnerable y completamente entregado. Todo estaba saliendo como lo había planeado. Había querido ganarse su lealtad, su atención, y lo había conseguido. Por un instante, recordó las miradas de reprobación de su hermana y, en lugar de sentir culpa, se sintió eufórica. Era ella, y no Rika, quien había despertado esa parte de Mitsuo, quien había alcanzado ese espacio que su hermana había despreciado.

Mitsuo respiraba profundamente, con los ojos aún cerrados, mientras sus manos descansaban en la espalda de Alice. Ella lo observó en silencio, apreciando cómo la confianza que él le había entregado en ese momento no era algo que pudiera regalarse a cualquiera. Había ganado algo más que su tiempo o su compañía; tenía su atención completa, su compromiso, su alianza en un nivel que Rika no podría imaginar.

Tuvo intimidad...Un hombre necesitaba eso...

—Alice… —murmuró él, todavía recuperándose, abriendo los ojos para encontrarse con su mirada—, eres… inesperada.

Ella solo le dedicó una sonrisa enigmática y le acarició el rostro con ternura, como quien tiene el control total de la situación.

—Inesperada, sí —susurró ella—. Pero necesaria, Mitsuo. ¿No es cierto?

Mitsuo le sostuvo la mirada, perdido en sus palabras, y ella supo que la tenía exactamente donde quería. Se quedó a su lado, entrelazando sus dedos con los de él. No había palabras necesarias para confirmar lo que ambos sabían: ahora eran aliados de una forma que Rika nunca podría desafiar, unidos no solo por la intimidad compartida, sino por un acuerdo tácito que Alice había orquestado.

Alice sabía que este era solo el comienzo, y mientras observaba el rostro de Mitsuo, tenía claro que su objetivo se había cumplido. Él estaba comprometido con ella, y no habría marcha atrás.


~Al día siguiente~


Takeru entró a la estancia de su madre con el ceño fruncido, cada paso más lento mientras pensaba en cómo abordar el tema que lo venía inquietando desde hacía tiempo. Natsuko, con una serenidad casi impenetrable, levantó la vista de su costura al verlo.

—Takeru, hijo mío. ¿A qué debo esta visita? —preguntó Natsuko con una sonrisa suave, observando a su hijo con una mezcla de cariño y expectativa.

Takeru no respondió de inmediato. Tomó asiento frente a ella, luchando por controlar el remolino de emociones que le carcomía.

—Madre, quería hablar con usted de algo… importante —dijo, casi titubeando.

Natsuko lo observó con atención, detectando la tensión en su voz.

—Dime, querido —le animó—. ¿Qué es lo que te inquieta?

Takeru respiró hondo y, después de un momento, soltó lo que llevaba guardado tanto tiempo.

—Rika. Ella… ha estado insistiendo en algo que me parece… —se interrumpió, buscando las palabras adecuadas—. Algo que considero innecesario. Me presentó a una concubina, una mujer llamada Catherine, con la excusa de que… así olvidaría a Hikari.

Natsuko permaneció en silencio por un momento, sus labios formando una línea firme mientras sus ojos seguían fijos en él. Takeru buscaba algún indicio en su expresión, alguna señal de sorpresa o desaprobación, pero no encontró nada de eso.

—Lo sé, Takeru —respondió Natsuko con calma, dejando a un lado la costura—. Yo misma estuve de acuerdo en que Rika interviniera en esto.

Takeru parpadeó, sorprendido. Jamás se imaginó que su madre estuviera al tanto de algo tan personal, y mucho menos que apoyara los planes de Rika. Inclinó la cabeza ligeramente, tratando de comprender.

—¿Usted… estaba al tanto y lo aprobó? —preguntó, incrédulo, con una mezcla de desconcierto y algo de resentimiento en la voz—. No pensé que, entre todos, sería usted quien quisiera que… que estuviera con alguien que no amo.

Natsuko lo miró con una expresión seria, pero no había rastro de arrepentimiento en su semblante.

—Lo hice porque creo que es lo mejor para ti, Takeru —le respondió con firmeza—. Y creo que, con el tiempo, entenderás que he actuado por tu bien. Estar enamorado de Hikari… es un error.

Takeru se quedó en silencio, intentando procesar esas palabras. Su madre, a quien tanto respetaba, estaba rechazando de forma clara sus sentimientos, como si fueran algo trivial.

—¿Por qué? —preguntó al fin, mirándola directamente a los ojos—. ¿Por qué piensa que es un error amar a Hikari?

Natsuko suspiró, como si hubiera esperado esa pregunta, y entrelazó las manos en su regazo antes de responder.

—Porque Hikari, aunque sea una buena muchacha, y me encantaría que fuera mi nuera, no puede estar contigo, Takeru. Su lugar en frente al imperio es delicado, y una relación contigo solo traería inestabilidad. Además, ella tiene sus propias obligaciones y responsabilidades. No sería justo ni para ella ni para ti seguir adelante con esto.

Takeru sacudió la cabeza, con una expresión de tristeza y frustración en su rostro.

—Pero madre, ¿cree realmente que un vínculo como el amor puede ser sustituido así? —dijo, con un tono casi implorante—. Catherine… es una buena persona, pero no puedo sentir por ella lo que siento por Hikari. Rika ha insistido una y otra vez en que Catherine es la mejor opción para mí, pero yo…

—¿Por qué no puedes intentarlo, Takeru? —lo interrumpió Natsuko suavemente—. Catherine es hermosa, leal, y ha mostrado un gran respeto hacia ti. Si tan solo le dieras una oportunidad, podrías descubrir una conexión genuina.

Él negó con la cabeza, aún sin poder creer que su madre insistiera en esto.

—¿Cree que puedo "aprender" a amar a alguien? —murmuró, sin apartar los ojos de su madre—. El amor que siento por Hikari no puede forzarse ni fingirse con otra persona, madre.

Natsuko se inclinó hacia él, su expresión se suavizó, pero la firmeza en su voz permaneció.

—Lo que sientes ahora es un amor joven, Takeru, apasionado, y confuso. Puede parecer profundo, pero el tiempo, hijo, cambia las prioridades y templa el corazón. Con el tiempo, Catherine podría darte la estabilidad que necesitas para tu futuro. No todos los matrimonios son de amor, pero pueden construirse sobre la confianza y el respeto.

Takeru, visiblemente dolido, se llevó una mano a la frente. Las palabras de su madre resonaban en él, pero su corazón se rehusaba a aceptarlas. Después de un momento de silencio, levantó la vista y la miró con una mezcla de desilusión y desafío.

—Jamás esperé que usted fuera capaz de anteponer la conveniencia al amor —dijo, su voz apenas un susurro—. No puedo… aceptar esto. No puedo olvidar a Hikari solo porque usted y Rika piensan que es lo mejor.

Natsuko suspiró y extendió una mano hacia él, pero Takeru no se movió. Su decepción era evidente, y él no hizo ningún esfuerzo por ocultarla.

—Entiendo que te duela, hijo mío, y lamento tener que decirte esto. Pero un día, cuando veas la responsabilidad que recae sobre tus hombros, entenderás mis razones. No estoy en contra de ti, Takeru. Esto lo hago por tu bienestar y el de nuestra familia.

Takeru solo asintió, sin pronunciar más palabras. La decepción pesaba en su pecho como una carga imposible de ignorar. Con un último vistazo a su madre, se levantó y salió de la estancia, sintiéndose más distante de ella que nunca antes.


La habitación estaba en silencio, a excepción del suave sonido de las hojas que se pasaban en el escritorio de Yamato, quien se encontraba revisando documentos. De pronto, la puerta se abrió con un leve crujido, y Taichi Pashá, con paso firme, entró al despacho. Su expresión era seria, pero la determinación en sus ojos era evidente.

—Permiso sultán.

Yamato levantó la vista del papel que estaba leyendo, sorprendido por la presencia de su mano derecha en ese momento.

—Taichi —saludó el sultán, sin ocultar el atisbo de curiosidad en su voz—. ¿En qué puedo ayudarte?

Taichi se adelantó unos pasos, tomando aire antes de hablar. Sabía que lo que estaba a punto de pedir no era algo común, ni algo que se esperara de él. El respeto por el protocolo y por la jerarquía siempre había sido una parte fundamental de su vida, pero esta vez debía ser diferente.

—Sultán... —comenzó, refiriéndose a Yamato con la debida deferencia, aunque su tono revelaba un ligero nerviosismo—. Vengo a solicitar su autorización para algo que considero importante, no solo para mi familia, sino también para nuestro futuro.

Yamato frunció el ceño, intrigado, sin comprender a qué se refería exactamente.

—Habla, Taichi, ¿qué es tan urgente? —preguntó, acomodándose en su asiento.

Taichi respiró profundamente y se inclinó levemente, mostrando el respeto que siempre le había profesado a Yamato.

—Mi hermana, Hikari, está en una edad donde ya debe ser considerada para su futuro —dijo, con cautela—. Y después de algunas conversaciones con el Bey de Beys, Daisuke Pashá, quiero pedir su permiso para que ella se case con él.

El silencio que siguió a esas palabras fue denso, tan pesado que Taichi pudo sentir el peso de cada segundo que pasaba. Yamato no reaccionó de inmediato, solo lo observó, con la mirada fija, pero sin mostrar una emoción clara.

—¿Daisuke Pashá? —repitió Yamato, el nombre resonando en sus labios mientras lo digería—. ¿El Bey de Beys?

Taichi asintió con seriedad.

—Sí, Sultán. Yo sé que eso es un tema netamente de mi familia, pero considerando mi posición, la posición de Daisuke y de mi hermana, creo que es necesario que usted lo sepa.

Que Taichi le informara de esto y le pidiera permiso hablaba bien de él.

—Claro, Taichi, agradezco que me hagas participe de esta decisión. Pero dime ¿por qué Daisuke?

—Porque él es un hombre respetable, y creo que un matrimonio con él sería beneficioso para ambas casas. Nuestra familia, la suya, y por supuesto, para la estabilidad que siempre hemos buscado.

Yamato se reclinó en su silla, entrelazando sus dedos con tranquilidad, aunque en su mente comenzaba a procesar la petición. Aunque no podía negar que la unión entre dos casas poderosas como la suya y la de Daisuke tendría grandes implicaciones, no había dejado de sorprenderle la decisión de Taichi.

—No pensaba que querías que tu hermana se casara tan pronto. Es una unión importante, Taichi —dijo Yamato, observando al joven Pashá—. ¿Estás seguro de que este es el mejor paso para ella?

Taichi, aunque pensativo, no vaciló en su respuesta.

—Hikari es fuerte y capaz, pero necesita una alianza sólida. La de Daisuke Pashá puede ofrecerle justamente eso. Además, sé que este matrimonio será favorable para el futuro de nuestro imperio. La unión con Beys fortalecerá nuestras posiciones, y será un paso importante para la consolidación de las familias.

Yamato asintió lentamente, procesando las palabras de Taichi. Parecía comprender las razones políticas detrás de la solicitud, pero aún le quedaba una duda.

—Entiendo tu planteamiento —dijo finalmente—, pero aún me sorprende que lo hayas propuesto. ¿Estás dispuesto a comprometer a tu hermana tan rápidamente?

Taichi no apartó la vista de Yamato, decidido a seguir adelante con su plan.

—No quiero que Hikari pase por lo mismo que otras mujeres de la corte, que no tienen la oportunidad de elegir a su esposo por amor o por afinidad. Ella merece un hombre de poder y respeto, y Daisuke es ese hombre.

Hubo un largo silencio mientras Yamato reflexionaba sobre lo que le había dicho Taichi. Finalmente, después de un rato, miró al joven Pashá, su expresión más relajada, aunque todavía seria.

—Está bien —dijo Yamato, su tono de voz profundo y calculador—. Te doy mi permiso. Pero recuerda, Taichi, que los matrimonios son más que alianzas. Los compromisos, una vez aceptados, pueden tener consecuencias que no siempre podemos prever. Asegúrate de que tu hermana esté preparada para ello.

Taichi sintió un suspiro de alivio recorrer su cuerpo al escuchar la aprobación del sultán, aunque la seriedad de sus palabras no pasó desapercibida.

—Lo haré, Sultán. Gracias por confiar en mí.

Yamato le hizo un gesto para que se retirara, y mientras Taichi daba unos pasos hacia la puerta, el sultán lo detuvo con una última palabra.

—Taichi, no olvides que en todo lo que hacemos, la lealtad es la clave. No solo hacia mí, sino hacia la familia. No tomes esta decisión a la ligera.

Taichi asintió, sabiendo que estas palabras llevaban mucho más peso del que se veía a simple vista.

—Lo tendré en cuenta, Sultán. Gracias.

Y, con una reverencia más, Taichi salió del despacho, dejando a Yamato solo con sus pensamientos sobre la nueva alianza que se estaba gestando y las consecuencias que tendría para todos los involucrados.

¡Toc, toc!

Justo en ese momento la puerta sonó.

—Adelante.

Fue en ese minuto que Gennai Aga apareció en el lugar.

—Mi sultán.—Hizo una reverencia—El doctor Shin Kido está aquí.

Yamato ante esto se sintió aliviado y se levantó de su lugar: —¡Genial! Iré enseguida. Vayan a buscar a Kouichi a los aposentos de su madre y traiganlo para acá.

—Sí mi sultán.—Respondió el aga.


Mientras tanto, en los aposentos de Mimi, la sultana se encontraba junto a sus hijos. Thomas e Izumi jugaban en la cama con unos juguetes de madera, mientras Kouji dormía en su cuna, ajeno a cualquier preocupación. Mimi, sentada en un sofá junto a la cuna, sostenía a Kouichi en sus brazos, observándolo con atención. De vez en cuando, acariciaba la mejilla de Kouji, pero su mirada volvía inevitablemente al gemelo mayor, como si un presentimiento inquietante rondara su corazón.

Todo parecía estar en calma, o al menos por el momento. Kouichi también dormía tranquilamente, sus pequeñas manos cerradas como si estuviera soñando con algo apacible. Sin embargo, esa paz no duró mucho.

De repente, un sonido desgarrador rompió el silencio: una tos profunda y angustiosa. Mimi se alarmó al instante. Sus ojos se agrandaron de preocupación al ver cómo el cuerpo de su bebé se sacudía en un esfuerzo por respirar. El pequeño comenzaba a palidecer, y su tos se volvía más insistente, como si estuviera luchando por cada respiro.

—¡Kouichi! —susurró Mimi con voz temblorosa, levantándose del sofá rápidamente mientras lo sostenía con delicadeza. Sus brazos lo envolvieron con firmeza protectora, y su corazón comenzó a latir desbocado.

El ruido también despertó a Thomas, quien dejó sus juguetes y se acercó a su madre con una mezcla de curiosidad y miedo en su carita.

—¿Qué le sucede al bebé? —preguntó, mirando con ojos llenos de preocupación.

Mimi intentó calmar a Thomas, aunque apenas podía controlar su propia ansiedad. Le acarició el cabello y le habló suavemente, aunque su voz revelaba su angustia.

—No lo sé, cariño… pero vamos a ayudarlo. —Giró la cabeza hacia la puerta y, sin poder contenerse, gritó con fuerza—. ¡Yoshino!

La sierva apareció casi al instante, alarmada por la urgencia en el llamado de su sultana. Sus ojos se posaron en Kouichi, cuya pequeña figura luchaba por respirar.

—¿Qué sucede, mi sultana? —preguntó Yoshino, con la voz impregnada de preocupación.

—¡Llama a la médica, rápido! —ordenó Mimi, su tono cargado de desesperación—. Kouichi… no puede respirar.

Yoshino asintió de inmediato y salió corriendo por el pasillo, mientras Mimi intentaba calmar al pequeño. Lo sostuvo en posición erguida, acariciando suavemente su espalda mientras murmuraba palabras reconfortantes. Thomas, aún a su lado, miraba a su madre con lágrimas en los ojos.

—¿Mamá, él estará bien? —preguntó el pequeño con un hilo de voz.

Mimi esbozó una sonrisa temblorosa, haciendo un esfuerzo por tranquilizarlo.

—Sí, Thomas, estará bien. Pronto llegará ayuda. —Pero en su interior, la incertidumbre la consumía.

En ese momento, los pasos apresurados resonaron en el pasillo, y Gennai Aga entró en la habitación, inclinándose ligeramente al saludar.

—Mi sultana, el doctor Shin Kido ya ha llegado. —Su voz era firme, pero reconfortante.

Mimi sintió una oleada de alivio que casi la hizo llorar. Sus ojos brillaron mientras miraba a Gennai.

—¡Justo a tiempo! —exclamó, su tono lleno de esperanza.

El aga continuó con su mensaje, sin embargo, sus palabras tomaron un matiz más solemne.

—El sultán me ha ordenado llevar al pequeño Kouichi al despacho para que el doctor pueda examinarlo de inmediato.

Mimi vaciló un instante, mirando a su hijo con una mezcla de amor y preocupación. Finalmente, entendió que era lo mejor para el pequeño. Con cuidado, depositó un beso en la frente de Kouichi y lo entregó a Gennai, sus manos temblando ligeramente mientras lo hacía.

—Por favor, ten cuidado —murmuró, con los ojos llenos de lágrimas.

—Lo prometo, mi sultana —respondió Gennai con respeto, sosteniendo al bebé con seguridad antes de salir con rapidez.

Mimi observó la puerta cerrarse, su corazón dividido entre la ansiedad y la esperanza. Se sentó nuevamente junto a la cuna de Kouji, suavemente tomó a su hijo, y rezó en silencio para que todo saliera bien.


En un salón iluminado solo por la luz de las velas, Yamato sostenía a su pequeño Kouichi en brazos, acunándolo con una mezcla de ternura y preocupación. El bebé respiraba con dificultad, sus pequeños ojos cerrados y su pecho moviéndose al ritmo irregular de sus jadeos. La atmósfera en el cuarto era tensa, y las sombras danzaban en las paredes mientras el médico, el mejor del imperio, terminaba de examinarlo.

Yamato se inclinó hacia el hombre de bata blanca, quien parecía sumido en una profunda reflexión. Finalmente, con un tono grave y voz pausada, el doctor levantó la vista hacia el sultán, el peso de su diagnóstico claro en sus ojos.

—¿Qué le sucede a mi hijo? —preguntó Yamato, la voz baja pero cargada de inquietud.

El médico suspiró, ordenando sus pensamientos antes de responder.

—Mi sultán… luego de examinarlo, creo que puedo darle un diagnóstico. Su hijo padece una condición que nuestros antepasados griegos llamaron "asma" —explicó, eligiendo cuidadosamente sus palabras para hacerle comprender la gravedad y, al mismo tiempo, evitar alarmarlo demasiado.

Yamato frunció el ceño, tratando de entender.

—¿Asma? —repitió, recordando vagamente haber escuchado alguna vez sobre esa dolencia, pero nunca en sus cercanías. Se inclinó un poco más sobre su hijo, su mirada oscura clavada en el médico—. ¿Qué significa eso? ¿Por qué le cuesta tanto respirar?

El doctor asintió, entendiendo la preocupación del sultán.

—Es una afección en la cual las vías respiratorias, los conductos por donde entra el aire, se estrechan y se inflaman de manera temporal —explicó, sus ojos transmitiendo una mezcla de sabiduría y compasión—. Esto provoca que el niño respire con dificultad, y que en ocasiones tenga ataques en los que el aire parece no llegar a sus pulmones. Es una condición que puede persistir durante la vida, aunque algunos niños mejoran al crecer.

Yamato sintió una opresión en el pecho, como si él mismo compartiera la lucha de su hijo por respirar. Su mente se llenó de preguntas y temores; después de todo, Kouichi era aún tan pequeño, tan frágil.

—¿Esto… tiene cura? —preguntó, esforzándose por mantener la calma en su voz, aunque su tono no lograba disimular la ansiedad.

El médico negó suavemente con la cabeza.

—No existe una cura definitiva, mi sultán. Sin embargo, hay formas de manejarlo. Podemos aliviar los ataques y hacer que su vida sea lo más tranquila posible. Hay remedios a base de hierbas que pueden abrir sus vías respiratorias, y algunas técnicas para ayudarlo a respirar mejor durante los ataques. Pero… —El médico hizo una pausa, consciente de que cada palabra sería juzgada con detalle—. Debemos ser cuidadosos. El niño deberá evitar ciertos esfuerzos y cambios bruscos de temperatura, ya que esto podría empeorar su condición.

Yamato asintió, aunque sus ojos seguían fijos en Kouichi, quien ahora respiraba un poco más tranquilo en sus brazos. Sus dedos acariciaron suavemente la cabeza de su hijo, y una promesa silenciosa creció en su corazón: haría todo lo posible para protegerlo y asegurarse de que viviera sin dolor.

—Haremos lo que sea necesario, doctor. ¿Qué me recomienda para protegerlo de estos… ataques? —preguntó finalmente, decidido.

—Manténgalo en lugares bien ventilados y lejos de fuertes olores, como el humo —respondió el médico—. También asegúrese de que no pase frío, especialmente en las noches. Y cuando tenga otro ataque, llámeme de inmediato. Podremos aliviarlo con los tratamientos que prepararé para él.

Yamato asintió, su expresión endureciéndose mientras grababa cada consejo en su mente. Kouichi merecía toda su fortaleza y protección, y estaba dispuesto a tomar cualquier medida para brindársela.

—Gracias, doctor —dijo finalmente, con un tono más firme—. No dudaré en llamarlo cuando sea necesario.


Mientras tanto en los aposentos de Mimi.

Yamato pasó su mirada por Mimi, quién suavemente mecía a su pequeño, Kouichi. Mientras él, sostenía en brazos a Kouji, quien a diferencia de su gemelo, parecía gozar de buena salud. A su lado estaba, recostada contra él se encontraba Izumi, del otro lado estaba Thomas, en la misma posición.

—¿Mi hermano está enfermo?—Preguntó Thomas.

Yamato hizo una mueca ante esto: —Tiene un pequeño problema.—Comentó—Pero estará bien.

—¿De verdad?

El mayor asintió y depositó su mano en su cabello.

—Tienes que ser cuidadoso con tu hermano.

Thomas asintió.

Mimi paso su mirada por el sultán y sus demás hijos, era inevitable sentirse vulnerable por Kouichi, pero agradecía que sus demás hijos estuviesen bien.

Yamato deposito su mano sobre el cabello de Izumi y suavemente la acaricio. Inevitablemente su mirada se fijó en su hija, cada vez estaba más bella, cada vez más parecida a Mimi.

—Padre...—Thomas habló.

—¿Sí?—Musitó el sultán.

—¿Yo puedo ayudar a que se mejore? —preguntó con inocencia Thomas.

Mimi sonrió ante la ternura de su hijo mayor y respondió antes de que Yamato pudiera hacerlo:

—Claro que puedes, cariño. Al ser amable con él, al cuidarlo y jugar con él cuando crezca un poco más, estarás ayudando mucho.

Thomas asintió con determinación, como si acabara de recibir una misión importante. Yamato observó el intercambio con orgullo antes de volver su atención hacia Mimi. La fragilidad en los ojos de su esposa no pasó desapercibida para él. Se inclinó un poco hacia ella, su tono más bajo, íntimo.

—Estás haciendo un gran trabajo, Mimi. —le dijo con sinceridad—. Kouichi está en buenas manos contigo.

Ella levantó la mirada, sorprendida por la suavidad en las palabras de Yamato. Su vulnerabilidad estaba a flor de piel, pero también lo estaba su gratitud. Mimi asintió ligeramente, sin dejar de mecer a su bebé.

—Solo quiero que esté bien. —respondió en un susurro—. Haré todo lo que sea necesario para que se recupere.

Yamato colocó una mano sobre la de Mimi, dándole un apretón ligero pero reconfortante. Era un gesto pequeño, pero significativo. Después, su mirada se posó en Kouji, quien dormía plácidamente en sus brazos.

—Son tan diferentes, y al mismo tiempo iguales. —murmuró mientras estudiaba el rostro tranquilo del pequeño Kouji.

Mimi asintió, una sonrisa leve pero llena de amor asomando en sus labios.

—Así son los gemelos. Kouichi y Kouji tienen un vínculo especial, y sé que eso los hará más fuertes con el tiempo.

Eso esperaba.

Justo en ese momento, el sonido de pasos resonó en el pasillo, y una figura elegante apareció en el umbral de la habitación. Natsuko, la madre de Yamato, entró con un porte regio, vistiendo un kimono de tonos suaves que contrastaban con la intensidad de su mirada. Aunque había calidez en sus ojos al posarse sobre los niños, esa dulzura se disipó al encontrarse con la figura de Mimi.

—Hijo mío —saludó, inclinando ligeramente la cabeza hacia Yamato.

—Madre...—Respondió el rubio—¿Qué haces aquí?

—He venido a ver a mis nietos.—Contestó Natsuko.

Por lo general, no le gustaba compartir el mismo aire con Mimi, pero amaba estar tiempo con sus nietos.

—Me informaron que uno de ellos no se encuentra bien.

Yamato se puso de pie con Kouji aún en brazos y asintió.

—Así es, madre. Kouichi ha estado teniendo problemas de salud, pero estamos haciendo todo lo posible para que se recupere. —Sus palabras eran firmes, pero había una sombra de preocupación en su rostro.

Natsuko avanzó con gracia hacia Mimi, quien seguía acunando a Kouichi con cuidado. Aunque sus labios formaron una sonrisa leve, sus ojos no ocultaban un destello de desdén al mirar a la sultana.

—Mimi. —Su tono era cortés, pero frío—. Espero que estés atendiendo adecuadamente a mi nieto.

Mimi respiró hondo, manteniendo la calma a pesar de la tensión palpable.

—Estoy haciendo todo lo que puedo, sultana. Kouichi es mi prioridad. —respondió con voz serena, aunque sus manos apretaron con más fuerza la manta que envolvía al pequeño.

Natsuko no dijo nada de inmediato. En cambio, se inclinó para mirar más de cerca al bebé, su expresión suavizándose al observar la carita frágil de Kouichi.

—Es tan pequeño... —murmuró, acariciando con delicadeza una de sus mejillas—. Pero tiene la fuerza de los Ishida. Estoy segura de que se recuperará.

Yamato, viendo el momento de ternura de su madre con su hijo, decidió intervenir para aliviar la tensión.

—Madre, Kouji también está aquí. Está en perfecta salud. —dijo, levantando un poco al gemelo, quien dormía profundamente en sus brazos.

Natsuko se giró hacia Kouji, y su rostro se iluminó al verlo.

—Mi pequeño Kouji. —dijo con una sonrisa más sincera—. Qué tranquilo se ve, como su padre cuando era un bebé. —Extendió una mano para acariciar suavemente la cabecita del niño—. Estos dos serán grandes hombres algún día, Yamato.

Yamato asintió, sintiendo un extraño alivio al ver el afecto genuino de su madre hacia los niños. Sin embargo, no pudo ignorar las miradas que seguía lanzando hacia Mimi, cargadas de desaprobación apenas velada.

Thomas, quien había estado observando en silencio, decidió hablar:

—Abuela, ¿puedo ayudarte a cuidar a Kouichi? Papá dijo que todos podemos ayudar.

Natsuko miró al niño, y su expresión se suavizó aún más.

—Por supuesto, querido. Tú siempre serás un gran hermano mayor. Estoy segura de que Kouichi y Kouji estarán muy agradecidos por tenerte a su lado.

Mimi observó el intercambio, agradecida de que Thomas no percibiera la tensión que flotaba en el aire. Yamato, por su parte, decidió redirigir la atención.

Natsuko sonriendo se acercó al sofá y tomó asiento, pasó su mirada por Izumi, y sin dudarlo le dio un beso en la frente: —Mi pequeña preciosa ¿cómo está princesa de nuestros corazones?

—Abuela...—Izumi entre balbuceos fue la palabra que dijo antes de abrazarla.

La sultana madre sonrió aun más y le correspondió al abrazo.


La luz tenue de la tarde se colaba por las ventanas del salón donde Takeru estaba sentado, su mente en otro lugar, sumida en un mar de pensamientos que no conseguía disipar. Había algo en el aire, algo que presagiaba que los eventos a su alrededor iban a cambiar, pero no tenía idea de qué. Sus ojos, fijos en la mesa, apenas registraban los detalles de la habitación, mientras su mente recorría, una y otra vez, los momentos que había compartido con Hikari, su corazón aun anhelando lo que no podría tener.

La puerta se abrió lentamente, interrumpiendo sus pensamientos, y Taichi Pashá, con su paso firme y su mirada segura, cruzó el umbral. Takeru levantó la vista, su semblante apenas alterado, como si ya se hubiera acostumbrado a la presencia de su amigo, a quien veía más como un aliado político que como un confidente cercano.

—Príncipe Takeru —saludó Taichi, con su tono habitual, pero había algo en su voz que hizo que Takeru lo mirara fijamente.

—Taichi —respondió Takeru, su tono igual de calmado, aunque su intuición ya le decía que algo importante estaba por decirse.

Taichi dio un paso más hacia él y, sin preámbulos, dejó caer la noticia como un peso sobre la mesa. Sus ojos, generalmente serenos, mostraron una chispa que no pasó desapercibida para el príncipe.

—Hikari regresará a Estambul —dijo, con una voz que, aunque no mostraba emoción, estaba cargada de una claridad brutal.

Takeru no pudo evitar que su corazón diera un salto, una oleada de esperanza llenó su pecho al escuchar su nombre. Pero, por algún motivo, algo le dijo que aquello no era todo. Taichi observó cómo Takeru tenso el cuerpo, y cómo sus ojos brillaron fugazmente, antes de que Takeru tomara aire, tratando de disimular su emoción.

—¿Regresará? —preguntó Takeru, su voz ligeramente temblorosa, como si se tratara de una pregunta que no quería formular, pero que no podía evitar hacer.

Taichi asintió, y su rostro se tornó más serio.

—Sí, pero no para quedarse. Hikari regresará para casarse, Takeru.

El impacto fue inmediato. Takeru sintió que su cuerpo se tensaba aún más, como si de un golpe, todo su ser se hubiera quedado en suspenso. Las palabras de Taichi se repetían una y otra vez en su mente, mientras su respiración comenzaba a acelerarse. Casarse… Hikari casándose con otro. La idea lo fulminó de golpe, como un rayo que atraviesa el cielo despejado.

Su mirada se desvió hacia la ventana, sin ver realmente lo que tenía delante, como si al mirar hacia fuera pudiera escapar de la realidad. Pero no lo conseguía. Cada palabra de Taichi le martillaba la cabeza, y el dolor se instalaba profundamente en su pecho.

Taichi observó en silencio cómo Takeru luchaba por controlar lo que sentía. La emoción que le había brotado al principio fue reemplazada rápidamente por la fuerza con la que intentaba bloquearla, como si su orgullo y su imagen estuvieran en juego.

—¿Con quién? —La voz de Takeru salió rasposa, apenas un susurro.

Taichi lo miró fijamente, sabiendo que esas palabras eran lo último que el príncipe quería escuchar.

—Daisuke Pashá, el Bey de Beys. Hikari se casará con él.

La mención de Daisuke Pashá fue como una daga directa al corazón de Takeru. El nombre resonó en su mente, un recordatorio brutal de lo que nunca podría ser. Daisuke era un hombre importante, un hombre con poder, con la influencia que Hikari necesitaba para su futuro. Takeru lo sabía. Pero lo que le dolía más era el hecho de que Hikari había tomado esa decisión. ¿Por qué? ¿Por qué no había luchado por él, por lo que compartieron?

Se obligó a mirar nuevamente a Taichi, intentando disimular la rabia y la tristeza que lo consumían. Su rostro permaneció impasible, pero sus ojos no pudieron ocultar la tormenta interna que lo devastaba.

—¿Por qué me cuentas esto, Taichi? —preguntó con una calma artificial, como si tuviera que hacerse el fuerte, como si la noticia no lo estuviera destruyendo por dentro.

Taichi, viendo la lucha en los ojos del príncipe, decidió ser directo. Sabía que no podía suavizar las palabras, que lo mejor era que Takeru lo supiera todo de golpe.

—Porque es importante que lo sepas. Y porque tienes que dejar de aferrarte a algo que no va a suceder. Hikari ha tomado su decisión, Takeru.

El príncipe se quedó en silencio, como si las palabras de Taichi lo hubieran dejado sin aliento. El golpe había sido tan fuerte que no podía procesarlo todo de inmediato. Las imágenes de Hikari, tan cercanas en su mente, se desvanecieron de repente, reemplazadas por una fría sensación de vacío. No sabía qué hacer con ese vacío, cómo llenar el espacio que Hikari había dejado en su corazón.

—¿Sabes… cómo me hace sentir esto? —dijo Takeru, finalmente, su voz quebrada, como si la rabia y la tristeza fueran fuerzas implacables dentro de él.

Taichi no dijo nada, solo lo miró con un entendimiento silencioso. Sabía que lo que estaba diciendo era lo último que Takeru quería escuchar, pero también era lo que más necesitaba oír para poder cerrar esa herida, aunque fuera imposible.

Takeru cerró los ojos un momento, dejándose envolver por el dolor. Sabía que lo que sucedía era inevitable, pero no quería aceptarlo. Hikari se iría, se casaría, y todo lo que había imaginado para los dos se desmoronaba ante sus ojos. El amor que había sentido por ella ya no sería suficiente. La idea de verla con otro, con Daisuke, lo ahogaba.

—Takeru… —Taichi llamó su atención con suavidad, viendo la tristeza reflejada en sus ojos—. Esto no es el fin. No lo es, pero tienes que dejarla ir. Tienes que ser fuerte por el bien de ti mismo y de lo que tienes por delante.

Takeru, con los puños apretados, finalmente asintió, aunque en su interior, no podía dejar de preguntarse si alguna vez podría olvidar a Hikari. La respuesta era clara, pero dolorosa: nunca.


+Nacieron los gemelos ahora a tirar apuestas ¿quién será el heredero al trono?

+Otra pregunta ¿Quieren que Mimi quede embarazada otra vez?

KeruTakaishi: ¡Hola! ¡Sí! Acertaste 2 de 3 jajaja Ya veremos si tendremos un Takumi jsjsjs Puede que sí o puede que no. Bueno, inevitablemente al nombrar a Kouji yo pienso en Kouichi, son gemelos en cualquier universo creo que están condenados a nacer juntos jajaja Cuando me dijiste que tal vez Kouji yo moría por escribirte ¡sí! pero decidí no spoilear. Kouji es, prácticamente, el hijo que más planee como hijo de Yamato junto a Kiriha porque mí en Digimon Kouji y Kiriha son los mejores sucesores de Yamato (Y Rika también pero en versión mujer) ¡Sorpresa! Dije que Taichi tenía su pasado con Sora y ya que lo pidieron ¡aquí está! Aciertas al decir que no será la última vez, ahora Mimi estará muy ocupada, e inevitablemente Natsuko querrá presentarle más concubinas a Yamato. Sé que moleste, es difícil colocarnos en mentalidad de esa época, pero pensemos en que incluso en eso un sultán podía ser criticado. Yamato ama a Mimi pero es consciente de que aquellas mujeres que son traidas a su harem también merecen una oportunidad. Sí, Takeru ama demasiado a Hikari, será difícil que se olvide de ese amor, aunque deberá hacerlo, aunque sea por un momento, y si, aciertas al decir que al concepción de fidelidad para un príncipe otomano es diferente, y créeme, Takeru actúa con Yamato actúo en un minuto de su vida. Entonces, a Takeru no le durará mucho, inevitablemente cumplirá con esa obligación (y aciertas al mencionar su deseo jajaja Takeru es un adolescente y un príncipe otomano ¡tiene por naturaleza las hormonas alborotadas!) (Mi pregunta es ¿te sería desagradable que Takeru esté con Catherine o lo aceptarías?) Y también aciertas al decir que esté con quien esté Takeru siempre amará a Hikari. ¡Y créeme! Rika se da cuenta, después de todo, ella siente lo mismo (Siempre ha amado a Ryo) Pero el deber llama. ¡Gracias por tu comentario! Espero que sigas leyendo y comentando. Te mando un gran abrazo.

miyakoinoe25: No podía darte spoiler ¡querida! Créeme no querrás saber como reaccionará Mimi al saber que fue Airu. ¡Gracias por tu comentario! Espero que sigas leyendo y comentando. Te mando un gran abrazo.

Adrit126: ¡Sí! Kouichi y Kouji son los hijos de Mimi...jsjsjsj haces bien al tener un favorito y me alegra que sea Kouji...Sí, es muy triste que Airu y Mitsuo no sean leales, pero debemos pensar que Airu no tiene opción para surgir en esa vida y Mitsuo no es amado por Rika. Sí, Sora terminó siendo más mujerzuela que Mimi, ya que tuvo una relación clandestina con Taichi. Entiendo tu decepción por Mitsuo, pero era algo inevitable, Taichi y Rika no la tendrían tan fácil. Con respecto a Firuze...Sí, fue una cefalea, me gustó pero me enojó que Hurrem venciera de la forma en que venció. Es probable que haya una pero Mimi tendrá un triunfo mucho más épico. ¡Gracias por tu comentario! Espero que sigas leyendo y comentando. Te mando un gran abrazo.

mimato bombon kou: ¡Hola! Entiendo tu alegría. Yamato finalmente no la consumó y no le dio el gusto a Natsuko. Es difícil que en el futuro no haya porque Natsuko está empeñada en derrocar a Mimi. Me alegra que te gustase el nacimiento de los gemelos (Ahora irán las apuestas o peticiones para ver quien será el heredero al trono) Con respecto a otro embarazo será algo que abordaré a futuro pero no daré spoiler. ¡Gracias por tu comentario! Espero que sigas leyendo y comentando. Te mando un gran abrazo.