El sol de la tarde se filtraba a través de los ventanales del salón, arrojando una luz cálida sobre los elaborados tapices que adornaban las paredes. Yamato, el sultán, se encontraba sentado en su trono con los codos apoyados en los brazos del asiento, la cabeza inclinada mientras sus dedos se entrelazaban nerviosamente. Desde el nacimiento de Kouichi, su hijo menor, una creciente preocupación lo atormentaba. La debilidad del pequeño no mejoraba, y cada día que pasaba sentía que no estaba haciendo lo suficiente.

Delante de él, Masami Izumi Pashá, el gran visir, observaba a su señor con el semblante tranquilo que siempre lo caracterizaba. Aunque era conocido por su sagacidad y tacto político, Masami también era un hombre compasivo, y las tribulaciones del sultán no le eran indiferentes.

—Majestad. —dijo finalmente, rompiendo el silencio que llenaba la sala—. Puedo ver que esta preocupación lo consume.

Yamato levantó la mirada, su expresión sombría.

—Es mi hijo, Masami. Kouichi es tan pequeño y ya enfrenta una lucha que ningún niño debería conocer. Como padre y como sultán, me siento impotente. —Su tono era grave, casi un susurro, pero cargado de emoción contenida—. ¿Cómo puedo proteger a mi pueblo si no puedo siquiera proteger a mi propio hijo?

Masami se acercó un paso más, inclinándose ligeramente en un gesto de respeto.

—Entiendo su dolor, mi señor. Pero no debe perder la esperanza. Hay caminos que aún no hemos explorado, lugares donde quizás podamos encontrar respuestas.

El sultán frunció el ceño, su interés despertado por las palabras de su visir.

—¿Qué quieres decir con eso, Masami? ¿Qué caminos?

—Egipto, majestad. —respondió Masami, su tono deliberadamente calmado—. En las tierras de los faraones se encuentra uno de los textos más antiguos conocidos por la humanidad: el Papiro de Ebers. Este documento, que data de hace más de mil años, contiene conocimientos sobre enfermedades respiratorias, entre ellas, el asma.

Yamato se enderezó en su asiento, sorprendido.

—¿Egipto? —preguntó, la incredulidad mezclándose con la esperanza en su voz—. ¿Por qué no se me ha informado de esto antes?

—Porque hasta ahora no había sido necesario. —respondió Masami con sinceridad—. Pero hace tiempo que he estado recopilando información sobre las prácticas médicas de otras tierras. En Egipto, la medicina es considerada un arte antiguo, y el Papiro de Ebers es una reliquia invaluable que describe tratamientos que podrían aliviar el sufrimiento de su hijo.

El sultán se levantó de su trono con una energía renovada, aunque la preocupación seguía reflejándose en su mirada.

—¿Crees que hay algo en ese papiro que pueda ayudar a Kouichi?

—No lo creo, majestad. Lo sé. —dijo Masami con una seguridad que parecía calmar momentáneamente las dudas de Yamato—. Los médicos egipcios eran expertos en tratar problemas respiratorios. Si el papiro contiene el conocimiento que pienso, podría ser clave para encontrar una solución.

Yamato comenzó a caminar de un lado a otro del salón, procesando la información. Egipto, su nueva provincia, era conocida por su historia y sus maravillas, pero nunca pensó que pudiera ser también la respuesta a los problemas de su hijo.

—Esto no será sencillo. —murmuró, más para sí mismo que para el visir—. Viajar hasta Egipto, buscar este papiro, entenderlo...

—Con el debido respeto, majestad. —interrumpió Masami suavemente—. Nada que valga la pena es sencillo. Pero usted es un líder fuerte y un padre dedicado. Si alguien puede lograrlo, es usted.

Yamato se detuvo y volvió a mirar a su visir, sus ojos llenos de determinación.

—Tendremos que preparar todo de inmediato. Este viaje no puede esperar.

—Por supuesto, majestad. —respondió Masami, inclinando la cabeza—. Haré los arreglos necesarios y convocaré a un grupo de expertos que puedan asistirlo en Egipto.

El sultán asintió, agradecido por el apoyo incondicional de su visir. Pero antes de que Masami pudiera retirarse, Yamato lo detuvo con un gesto.

—Masami. —dijo con un tono más bajo— Gracias.

El gran visir esbozó una pequeña sonrisa, un gesto raro en él.

—Mi deber, majestad, es servirle y velar por el bienestar de usted y de su familia. Pero más allá de eso, mi lealtad está con usted como hombre, como padre.

Yamato asintió lentamente, dejando que esas palabras calaran hondo en su espíritu. Aunque la incertidumbre seguía pesando sobre él, ahora tenía un propósito claro: viajar a Egipto y encontrar la solución que Kouichi tanto necesitaba.


Mimi estaba sentada junto a la cuna de Kouichi, sus manos descansaban en el borde mientras observaba a su pequeño dormir. La preocupación era una constante en sus días desde que el médico había confirmado que el bebé sufría de asma. La suave brisa de la tarde entraba por la ventana, trayendo consigo el aroma de las flores del jardín, pero ni siquiera eso lograba calmar su mente.

El sonido de la puerta al abrirse la sacó de sus pensamientos. Yamato entró con su porte solemne y decidido, como siempre. Sin embargo, había algo en su expresión que la hizo fruncir el ceño: una mezcla de determinación y preocupación. Mimi se levantó inmediatamente.

—¿Qué ocurre, Yamato? ¿Algo más sobre Kouichi? —preguntó, adelantándose hacia él, su voz temblando apenas.

El sultán negó con un movimiento de cabeza, colocándose frente a ella.

—No hay nada nuevo que temer. —su tono era firme, pero en sus ojos se podía leer una inquietud latente—. Pero he recibido noticias de Egipto, de nuestra nueva provincia. Al parecer, allí han desarrollado tratamientos para condiciones respiratorias como la de Kouichi.

Mimi entrecerró los ojos, tratando de procesar sus palabras.

—¿Tratamientos? ¿Qué clase de tratamientos? —preguntó, su tono lleno de esperanza.

—Métodos que utilizan su clima seco y cálido, además de ciertas hierbas y técnicas que no se conocen aquí. Creo que podría ser una oportunidad para aprender y traer ese conocimiento a nuestro palacio. —Yamato hizo una pausa, observando cuidadosamente su reacción antes de añadir—. Voy a viajar a Egipto para supervisar esto personalmente.

El corazón de Mimi dio un vuelco. Aunque entendía la importancia de la misión, la idea de separarse de Yamato justo ahora, en un momento tan delicado, le resultaba insoportable. Dio un paso adelante y tomó sus manos entre las suyas.

—Entonces iremos juntos. —dijo con firmeza, su mirada llena de determinación—. Si es algo que puede ayudar a Kouichi, quiero estar allí, a su lado, para asegurarme de que recibe lo mejor.

Yamato negó suavemente, aunque con una resolución inquebrantable.

—No, Mimi. —dijo, su tono más bajo pero firme—. Kouichi necesita estabilidad. Viajar a Egipto sería demasiado para él en su estado. El viaje es largo, agotador, y las condiciones allá son desconocidas para él. Es mejor que permanezca aquí, en el palacio principal, bajo los cuidados que ya conocemos.

Mimi soltó sus manos, retrocediendo un paso, herida por sus palabras.

—¿Y qué hay de mí? —susurró—. Yo también quiero estar allí, quiero hacer todo lo posible por él. ¡Soy su madre, Yamato!

—Y precisamente por eso debes quedarte con él. —respondió el sultán, su tono más suave esta vez—. Aquí tienes todo lo necesario para cuidarlo, y yo me aseguraré de que regrese con la información y los recursos que necesitamos.

Mimi apretó los labios, tratando de contener las lágrimas que amenazaban con brotar. La idea de separarse de Yamato, de no poder estar involucrada directamente en algo tan importante para su hijo, era un golpe difícil de asimilar.

—¿No confías en que yo pueda soportar un viaje como ese? —preguntó finalmente, su voz temblorosa—. ¿Crees que soy demasiado débil para enfrentar esto contigo?

Yamato suspiró y se acercó a ella, colocando una mano en su mejilla para que lo mirara a los ojos.

—No es eso, Mimi. —respondió con sinceridad—. Sé que eres fuerte, más de lo que a veces te das cuenta. Pero esta no es una cuestión de fuerza. Es sobre lo que es mejor para nuestro hijo. Y ahora mismo, lo mejor es que él esté aquí, en un lugar seguro, donde tú puedas estar cerca para cuidarlo.

Mimi apartó la mirada, sintiendo cómo las lágrimas finalmente se escapaban de sus ojos. Aunque entendía sus razones, eso no hacía que la decisión fuera más fácil de aceptar.

—Prométeme que regresarás pronto. —murmuró finalmente, volviendo a mirarlo, con un brillo de vulnerabilidad en sus ojos—. Y que harás todo lo que sea necesario para ayudar a nuestro bebé.

Yamato asintió, inclinándose para besar suavemente su frente.

—Te lo prometo. —susurró contra su piel—. No descansaré hasta encontrar lo que necesitamos.

Por un momento, el silencio llenó la habitación, solo interrumpido por la respiración tranquila de Kouichi. Yamato miró a su hijo desde donde estaba y luego volvió a posar sus ojos en Mimi.

—Kouji e Izumi también te necesitarán mientras estoy fuera. Thomas puede ayudar, pero todos ellos necesitarán tu fuerza, Mimi. —le recordó con suavidad.

Ella asintió lentamente, su pecho todavía apretado por la tristeza, pero entendiendo que tenía que ser fuerte, no solo por Kouichi, sino por todos sus hijos. Yamato le dedicó una última mirada antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la puerta.

—Te escribiré cuando esté allá. —dijo antes de salir—. Confía en mí, Mimi. Esto es por nuestra familia.

Cuando la puerta se cerró tras él, Mimi se quedó en silencio, mirando a su pequeño que seguía durmiendo. Acarició su mejilla con cuidado, susurrándole con voz temblorosa:

—Tu padre hará lo mejor para ti, cariño. Y yo estaré aquí, cuidándote hasta que regrese.


Natsuko se encontraba en su habitación privada, decorada con tonos cálidos y elegantes, mientras observaba a través de una ventana los jardines del palacio. La sultana madre siempre proyectaba una figura regia, con su cabello perfectamente recogido y una mirada que parecía atravesar a quien osara enfrentarla. Cuando la puerta se abrió, giró su cabeza con lentitud, encontrándose con la figura de su hijo, el sultán Yamato.

—Hijo mío. —dijo con un tono neutro, aunque sus ojos brillaban con algo de orgullo al verlo—. ¿Qué te trae aquí tan temprano?

Yamato cerró la puerta detrás de él y avanzó hacia ella, su expresión seria pero con un dejo de calidez. Se inclinó ligeramente para besar la frente de su madre antes de hablar.

—Madre, necesito discutir algo importante contigo.

Natsuko arqueó una ceja, curiosa, pero hizo un gesto con la mano para que continuara.

—¿Es sobre el reino o sobre tu familia?

—Sobre ambos. —respondió Yamato, tomando asiento frente a ella—. He tomado la decisión de viajar a Egipto.

La sorpresa se reflejó en los ojos de Natsuko, pero pronto fue reemplazada por su característica calma.

—Egipto... ¿Y qué te lleva a dejar el palacio por tanto tiempo?

Yamato suspiró, inclinándose ligeramente hacia adelante.

—Es por Kouichi. —admitió—. Ha mostrado signos de problemas de salud desde su nacimiento, y me han informado de posibles tratamientos que podrían ayudarlo en nuestra nueva provincia.

Por un momento, la expresión de Natsuko se suavizó, mostrando un destello de preocupación genuina.

—Entiendo que quieras buscar lo mejor para tu hijo. —dijo finalmente—. Pero dejar el palacio en este momento... ¿estás seguro de que es lo correcto?

—No es una decisión que haya tomado a la ligera, madre. —respondió Yamato con firmeza—. Pero Kouichi es tan pequeño... no puedo quedarme sin intentar algo.

Natsuko asintió lentamente, aunque su mirada pronto adquirió un matiz más crítico.

—Y en tu ausencia, ¿qué sucederá aquí? ¿Confías en que todo estará bajo control?

Yamato tomó aire profundamente, preparándose para abordar el tema que sabía sería más complicado.

—Madre, necesito que me ayudes con eso. —dijo con sinceridad—. Confío en ti para que, durante mi ausencia, mantengas la estabilidad en el palacio y, lo más importante, cuides de los niños.

Natsuko estrechó los ojos ligeramente, como si intuyera lo que venía.

—Supongo que eso incluye a los hijos de Mimi.

—Sí. —respondió Yamato sin titubear—. Incluye a todos mis hijos, madre.

El silencio se instaló entre ambos, pesado y cargado de significados no dichos. Finalmente, Natsuko habló, su tono frío.

—Sabes bien que mi relación con Mimi es, cuanto menos, complicada. No apruebo muchas cosas sobre ella, Yamato.

—Lo sé. —interrumpió él con suavidad—. Pero esto no se trata de ti ni de ella. Se trata de los niños, madre. Thomas, Izumi, Kouji y Kouichi necesitan estabilidad, necesitan a su abuela.

Natsuko lo observó con intensidad, buscando algún rastro de duda en su mirada, pero solo encontró determinación.

—¿Y qué pasa si Mimi intenta imponer su manera de hacer las cosas mientras no estás? —preguntó con un dejo de desdén.

—Ella está haciendo su mejor esfuerzo. —respondió Yamato, su tono más firme—. Y tú también tendrás que hacerlo. Por el bien de mis hijos, necesito que encuentres una manera de llevarte bien con ella, aunque sea solo mientras estoy fuera.

Natsuko entrecerró los ojos, claramente contrariada por la idea, pero no dijo nada de inmediato. Yamato aprovechó el momento para inclinarse hacia adelante y tomar la mano de su madre en un gesto inesperadamente afectuoso.

—Madre, sé que esto no es fácil para ti, pero confío en tu sabiduría. Tú siempre has sido una mujer fuerte y capaz. Si alguien puede manejar esto, eres tú.

Natsuko lo miró, sorprendida por la súplica en su tono. No estaba acostumbrada a que su hijo, el sultán, le hablara de esa manera. Finalmente, suspiró.

—Está bien. —dijo con un dejo de resignación—. Por el bien de mis nietos, haré un esfuerzo. Pero no prometo milagros con Mimi.

—No espero milagros. —respondió Yamato con una ligera sonrisa—. Solo paciencia y comprensión.

Se levantó y se inclinó para besar la frente de su madre una vez más.

—Gracias, madre. Esto significa mucho para mí.

—Solo asegúrate de volver pronto, Yamato. —respondió ella con seriedad—. Este palacio es fuerte contigo aquí, pero sin ti... habrá más tensiones de las que podemos manejar.

—Lo sé. —dijo Yamato antes de dirigirse a la puerta—. Regresaré tan pronto como pueda.

Cuando se marchó, Natsuko se quedó mirando la puerta por unos segundos, sumida en sus pensamientos. A pesar de sus diferencias con Mimi, sabía que su hijo confiaba en ella, y eso era algo que no podía defraudar.

Mientras Yamato se disponía a salir de la habitación, se detuvo por un momento, como si una idea acabara de cruzar por su mente. Giró sobre sus talones y volvió a mirar a su madre, quien todavía permanecía sentada con la misma dignidad imperturbable.

—Madre, hay algo más que quiero decirte antes de partir.

Natsuko levantó una ceja, ligeramente intrigada, pero no perdió su compostura.

—¿De qué se trata?

—He decidido que Takeru me acompañará en este viaje a Egipto. —anunció Yamato con seriedad—. Creo que es una oportunidad para que él se enfoque en asuntos importantes, lejos de las distracciones de Estambul.

Por un instante, una chispa de alivio cruzó los ojos de Natsuko, aunque rápidamente se esforzó por ocultarla detrás de una expresión más neutral.

—¿Takeru? —repitió ella con calma—. ¿Y cómo llegó a esa decisión?

Yamato sonrió con suavidad, reconociendo en su madre el intento de aparentar desinterés.

—Relena está allá y hace un tiempo me pidió que, nuestro hermano Takeru, la fuera a visitar.

Natsuko asintió lentamente, como si procesara la información. Luego, con un tono más cálido, dijo:

—Me alegra que pienses en él, Yamato. Siempre he creído que Takeru tiene un potencial inmenso, pero también sé que necesita dirección. Alejarse de todo esto... puede ser justo lo que necesita para reencontrarse consigo mismo.

—Y para encontrarse con nuevos desafíos. —añadió Yamato—. Su habilidad para manejarse en distintas situaciones será invaluable en este viaje.

Por primera vez en la conversación, Natsuko dejó entrever una sonrisa genuina.

—Estoy de acuerdo contigo, hijo mío. Es una decisión sabia. Aunque echaré de menos verlo todos los días, sé que esto será lo mejor para él.

Yamato notó el brillo en los ojos de su madre y supo que, más allá de su firme fachada, estaba profundamente agradecida por su decisión.

—Prometo cuidar de él, madre. —dijo con seriedad—. Y me aseguraré de que este viaje le aporte más de lo que le quite.

Natsuko se puso de pie, acercándose a su hijo para colocar una mano en su hombro.

—Confío en ti, Yamato. Siempre lo he hecho. Pero también confío en que Takeru aprenderá mucho de ti en este viaje.

Yamato asintió, inclinando la cabeza en un gesto respetuoso hacia su madre antes de dirigirse finalmente a la puerta.

—Nos veremos antes de mi partida. —dijo antes de salir.

Natsuko lo observó mientras se marchaba, sintiendo una mezcla de emociones. Por un lado, se preocupaba por el futuro del palacio en ausencia de Yamato, pero, por otro, sabía que su decisión de llevar a Takeru era una de las mejores noticias que había recibido en mucho tiempo.

Al quedarse sola, miró de nuevo por la ventana hacia los jardines del palacio, donde los niños jugaban despreocupados.

—Quizá este viaje no solo sea una oportunidad para mi nieto... —murmuró para sí misma—, sino también para mi hijo menor.

Y en su interior, Natsuko empezó a hacer planes para lo que sería su rol como guardiana del palacio en ausencia del sultán.


El ambiente en la estancia era tranquilo, iluminado por los rayos del sol que se colaban a través de las altas ventanas. Takeru estaba sentado frente a un escritorio, aparentemente revisando algunos documentos, aunque su mirada ausente indicaba que su mente estaba en otro lugar. De repente, la puerta se abrió con suavidad, revelando la figura elegante de Natsuko.

—¿Madre? —preguntó Takeru, levantándose de inmediato y dejando los papeles de lado—. ¿A qué debo el honor?

Natsuko avanzó hacia él con paso firme, su porte imponente como siempre. Vestía un traje tradicional en tonos claros que realzaban su elegancia natural.

—Takeru, necesito hablar contigo sobre un asunto importante. —dijo con seriedad, deteniéndose frente a él.

Takeru la miró con curiosidad, pero también con cierta cautela. Había aprendido que, cuando su madre adoptaba ese tono, algo trascendental estaba por venir.

—¿De qué se trata?

Natsuko tomó asiento en uno de los sillones, e hizo un gesto para que él la acompañara. Una vez que ambos estuvieron sentados, ella fue directamente al grano.

—Yamato ha decidido invitarte a que lo acompañes en su próximo viaje a Egipto.

Takeru parpadeó, atónito, antes de dejar escapar una carcajada nerviosa.

—¿Egipto? ¿Con Yamato? Madre, eso debe ser un malentendido. No hay razón para que yo...

—Es una decisión tomada, Takeru. —lo interrumpió Natsuko, su tono firme pero no cruel—. Yamato cree que este viaje será una gran oportunidad para ti, y estoy de acuerdo con él.

La sonrisa de Takeru desapareció de inmediato, reemplazada por una expresión de incredulidad.

—No puedo irme, madre. Hay cosas aquí... cosas importantes que requieren mi atención.

Natsuko lo observó con detenimiento, como si intentara leer más allá de sus palabras.

—¿Te refieres a Hikari?

El nombre de Hikari en labios de su madre fue suficiente para tensar todo su cuerpo.

—No es eso. —respondió rápidamente, aunque su tono no convenció a Natsuko—. Tengo responsabilidades aquí.

—Takeru, por favor. —dijo ella, inclinándose hacia él con la mirada fija en sus ojos—. Sabemos perfectamente que tu verdadera razón para querer quedarte es Hikari. Pero tienes que aceptar que ella nunca será para ti.

La dureza de sus palabras cayó como una losa sobre los hombros de Takeru. Se levantó de golpe, incapaz de mantenerse quieto, y comenzó a caminar por la habitación.

—¡No puedes pedirme eso! —exclamó, su voz cargada de frustración—. No puedo irme ahora, no cuando ella está a punto de regresar al palacio... ¡y casarse con ese hombre!

Natsuko permaneció sentada, su postura inmutable mientras observaba el arrebato de su hijo.

—Hikari regresa para casarse con Daisuke. Es un matrimonio acordado, y no hay nada que puedas hacer para cambiarlo.

—¡Pero no puedo aceptarlo! —gritó Takeru, girándose para enfrentarla—. No puedo quedarme quieto mientras la veo casarse con alguien que no ama.

—¿Y crees que tu presencia cambiará algo? —preguntó Natsuko, su voz baja pero cargada de autoridad—. Takeru, lo que sientes por Hikari nunca podrá ser. Lo sabes tan bien como yo.

Takeru apretó los puños, luchando por contener las lágrimas que amenazaban con escapar.

—No es tan fácil, madre. No puedo simplemente... alejarme de ella.

—Precisamente por eso necesitas irte. —insistió Natsuko, levantándose ahora para acercarse a él—. Estar aquí solo te hará más daño. Ir a Egipto no solo te dará un propósito, sino también la distancia que necesitas para dejar atrás lo que nunca podrá ser.

Takeru sacudió la cabeza, incapaz de aceptar lo que su madre le decía.

—¿Y qué pasa si me arrepiento? ¿Qué pasa si, al irme, pierdo la única oportunidad de estar cerca de ella?

—Esa oportunidad nunca existió, Takeru. —respondió Natsuko con una franqueza dolorosa—. Hikari es parte de una unión política que fortalecerá el futuro de este reino. Tú lo sabes. Y aunque me duele verte sufrir, es mejor que enfrentes esta verdad ahora.

El silencio llenó la habitación mientras Takeru procesaba sus palabras. Finalmente, se dejó caer en el sillón, cubriéndose el rostro con las manos.

—¿Por qué tiene que ser así? —susurró, casi para sí mismo—. ¿Por qué no puedo ser feliz con ella?

Natsuko se inclinó y colocó una mano sobre su hombro, en un gesto inusualmente afectuoso.

—A veces, el destino nos obliga a tomar caminos que no queremos. Pero esos caminos suelen llevarnos a donde realmente pertenecemos.

Takeru no respondió de inmediato. Su mente estaba atrapada entre el deseo de quedarse y la comprensión de que su madre tenía razón. Finalmente, levantó la mirada, sus ojos todavía brillantes de emoción contenida.

—Si voy a Egipto... ¿qué pasará aquí?

—Takeru, esta decisión es de Yamato y no la cambiará.—Declaró la mujer— Además, aunque te quedes aquí. Taichi jamás permitirá que interfieras en el matrimonio de Hikari y Daisuke. Esa decisión no tiene vuelta. Porque también fue aprobada por Yamato.

Takeru frunció el ceño molesto.


La cálida luz de las velas iluminaba la mesa de comedor, dando al ambiente una sensación de tranquilidad que contrastaba con la tensión palpable en el aire. La comida estaba servida en delicados platos de porcelana, con los aromas tentadores de especias exóticas flotando sobre la mesa. Natsuko, con su porte elegante, se encontraba sentada frente a sus dos hijos, Yamato a su derecha y Takeru a su izquierda. A pesar de la atmósfera sofisticada y el hermoso banquete, la atmósfera entre ellos era todo lo contrario a relajada.

Yamato, quien siempre mostraba una calma imperturbable, observó a su hermano menor con una ligera sonrisa. Había algo en Takeru que le preocupaba, pero no lo demostraba abiertamente. Sabía que el viaje que estaba por emprender, a Egipto, no era algo que Takeru recibiera con entusiasmo, pero eso no le quitaba el deseo de pasar tiempo con él. La distancia entre ellos siempre había sido evidente, pero con el tiempo, Yamato esperaba que ese espacio se redujera.

—Takeru —comenzó Yamato con una sonrisa despreocupada mientras tomaba un sorbo de vino—, ¿tu madre te informó de nuestro viaje a Egipto?

Takeru levantó la vista, sin una sonrisa, y asintió de manera mecánica, su expresión tensa, sin mostrar mucho interés en la conversación.

—Sí. —La palabra salió de sus labios como si fuera un suspiro, no por entusiasmo, sino por resignación. No le gustaba la idea de ir, no le gustaba que todo se estuviera llevando a cabo de esa manera. Lo que menos quería era separarse de Hikari, sabiendo lo que eso significaba para su futuro. Sin embargo, no podía evitar la sensación de estar atrapado, como si su vida estuviera siendo controlada por fuerzas ajenas.

Yamato, al notar la falta de entusiasmo de Takeru, no pudo evitar sonreír de manera juguetona. Su hermano siempre había sido tan serio, tan renuente a cumplir con sus deberes. Era casi como un reto para él, pero no le preocupaba. Aunque Takeru parecía un poco molesto por la noticia, él sabía que sería una experiencia que Takeru no podría rechazar al final.

—¡Qué bien! —dijo Yamato con una sonrisa amplia. —Yo también iré. Quiero pasar un tiempo contigo, hermano. Además, Relena, nuestra media hermana, también desea verte.

Takeru hizo una mueca ante esas palabras, pero no dijo nada. Aquel viaje a Egipto le resultaba aún menos atractivo ahora que sabía que su hermana Relena estaría presente. El silencio entre ellos creció, y Natsuko, quien había estado observando la conversación en silencio, intervino con una voz suave, pero con una autoridad innegable.

—Será una buena experiencia para ti, Takeru —dijo Natsuko, mirando a su hijo con una mezcla de ternura y preocupación. —Conocerás más sobre el mundo, sobre los intereses de tu hermano, y aprenderás a ser parte de lo que él representa. La familia, la dinastía, todo tiene un propósito.

Takeru asintió vagamente, pero su mente seguía en otro lugar. A pesar de las palabras de su madre, no podía dejar de pensar en todo lo que significaba este viaje para él. Más allá de la política, de la familia, de la dinastía, lo que más le dolía era tener que dejar atrás a Hikari. Sabía que no sería fácil para ella, que ella también sentiría la ausencia de él, y lo peor de todo era que no podría hacer nada para detener lo que ya estaba en marcha.

El silencio se asentó entre los tres mientras continuaban comiendo. Los suaves ruidos de la vajilla y los murmullos de los sirvientes que atendían la mesa fueron lo único que se escuchó durante algunos minutos. La incomodidad se podía sentir en el aire, y Takeru luchaba contra sus pensamientos, mientras miraba a su hermano con una mezcla de admiración y resentimiento. Sabía que no podía cambiar la situación, pero aún así, algo dentro de él se rebelaba contra la idea de obedecer sin cuestionar.

Finalmente, Takeru levantó la vista, fijando sus ojos en Yamato. Su mirada era seria, casi desafiante, como si hubiera estado esperando el momento adecuado para hacer la pregunta que lo carcomía por dentro. Tomó aire, preparándose para decir lo que nunca había osado preguntar antes.

—¿Y qué ocurriría si... si yo no quisiera ir al viaje? —preguntó con una voz baja pero firme. Sus palabras flotaron en el aire, causando que tanto Yamato como Natsuko lo miraran con sorpresa.

Yamato, evidentemente sorprendido por la pregunta, dejó caer la copa de vino sobre la mesa, haciendo un pequeño ruido. Por un segundo, el mundo pareció detenerse. Él había esperado que Takeru aceptara sin problemas, que hiciera su parte, como siempre lo había hecho. Pero esa pregunta lo tomó desprevenido. A pesar de la sorpresa, su rostro permaneció sereno, aunque su mirada se tornó curiosa.

—Es una pregunta interesante, Takeru —respondió finalmente Yamato, con una ligera sonrisa en los labios. La sorpresa no se había ido de su rostro, pero había algo en su tono que denotaba una mezcla de curiosidad y, quizás, un toque de diversión.

—Es una pregunta interesante, Takeru —respondió finalmente Yamato, con una ligera sonrisa en los labios. La sorpresa no se había ido de su rostro, pero había algo en su tono que denotaba una mezcla de curiosidad y, quizás, un toque de diversión— ¿No quieres ir?

Takeru hizo una mueca: —E-es solo una pregunta...—Comentó— Verás, tú eres el sultán y, generalmente es bueno que impartas autoridad en solitario. No conmigo, ya sabes, un príncipe renegado.

Yamato frunció el ceño— Independiente de lo que digan o piensen los demás, tú eres parte de mi familia, ir a visitar a nuestra hermana no es algo malo.—Declaró— Además, no es algo político, vamos a buscar una cura para la enfermedad de mi hijo. Es un honor que un príncipe de tu estatus participe en la busqueda de la cura del hijo del sultán.

—¿En verdad lo crees?

El mayor asintió.

Natsuko, que había estado escuchando en silencio, ahora frunció el ceño, claramente molesta por la pregunta de Takeru. Sus ojos destellaron de incomodidad, y la mirada que le lanzó a su hijo fue punzante.

—No entiendo por qué haces estas preguntas, Takeru —dijo Natsuko, su voz baja pero firme, llenando el espacio entre ellos con su autoridad. Sus ojos se clavaron en él, como si estuviera reprimiendo una decepción profunda. —No considero que sea malo que vayas, después de todo, es tu responsabilidad como parte de esta familia. Tienes que aceptar lo que se te da, porque todo tiene un propósito. Piensa en lo que está en juego. Este viaje no solo es una travesía personal, es un paso importante para todos nosotros.

Takeru tragó saliva, sintiendo el peso de las palabras de su madre. No era la primera vez que le hablaban de esa manera, pero esta vez algo se sintió diferente. En su mente, la rebeldía comenzó a arder con más fuerza. ¿Por qué siempre tenía que ser así? ¿Por qué su vida parecía estar dictada por decisiones que no había tomado?

Pero antes de que pudiera responder, Yamato lo interrumpió suavemente.

—Takeru —dijo, sin perder su calma—, si no deseas ir, me gustaría entender por qué.

—¿No ir?— Preguntó el menor— N-no...nunca dije eso...

—¿Seguro?— Preguntó el sultán.

—Seguros.—Respondió rápidamente Natsuko— Takeru solo hace una pregunta. Pero él es consciente de que debe obedecer a su majestad ¿no?

Takeru se mordió el labio inferior y asintió. Sin mucho interés.


El sol comenzaba a despuntar en el horizonte cuando Yamato llegó al jardín, donde Mimi esperaba con sus hijos. Había una melancolía en el aire, mezclada con la calidez del amanecer. Mimi sostenía a Kouichi con cuidado, mientras Kouji descansaba en una cuna portátil cerca de ellos. Izumi, con su cabello suave y enmarañado, estaba sentada en la falda de su madre, observando a su alrededor con curiosidad. Thomas, en cambio, corría alrededor de su familia, enérgico como siempre.

Yamato se detuvo frente a ellos, su mirada recorriendo a cada uno, como si quisiera memorizar cada detalle antes de partir.

—Thomas, ven aquí, hijo. —llamó con una sonrisa, extendiendo los brazos.

El niño de tres años se detuvo en seco y corrió hacia su padre, riendo. Yamato lo levantó en brazos con facilidad y lo sostuvo contra su pecho.

—¿Cuánto vas a tardar, papá? —preguntó Thomas, sus ojos grandes y llenos de inocencia.

—No mucho, te lo prometo. —respondió Yamato, acariciando su cabello rubio—. Mientras no estoy, quiero que cuides a tus hermanos y a tu madre. Eres el mayor, y sé que harás un excelente trabajo.

Thomas asintió con seriedad, como si acabara de recibir una misión importante.

—¿Y si Kouichi se pone triste?

—Entonces lo abrazas y le dices que todo estará bien. —dijo Yamato, sonriendo—. Tú tienes el poder de hacer que todos se sientan mejor.

Tras depositar un beso en la frente de Thomas, lo bajó al suelo con cuidado antes de acercarse a Mimi, quien lo observaba en silencio, sus ojos llenos de emociones. Yamato miró a Kouichi en sus brazos y extendió las manos para tomarlo.

—Ven aquí, pequeño.

Mimi le entregó al bebé con cuidado, y Yamato sostuvo a Kouichi con una ternura sorprendente. El niño, inquieto por naturaleza, comenzó a mover sus pequeños brazos y piernas, balbuceando sonidos ininteligibles. Yamato le acarició la cabecita con suavidad, inclinándose para susurrarle:

—Sé fuerte, pequeño guerrero. Cuando regrese, traeré todo lo que necesites para estar mejor. —Su voz era suave, pero cargada de promesas—. Papá siempre estará contigo, incluso cuando esté lejos.

Kouichi balbuceó algo que sonó como una protesta, y Yamato soltó una leve risa antes de devolverlo a los brazos de Mimi. Luego, tomó a Kouji, quien dormía profundamente en la cuna portátil.

—Tú eres el tranquilo, ¿verdad? —murmuró, mirándolo con cariño—. Cuida de tu hermano, aunque no lo sepas aún, lo necesitas tanto como él a ti.

Colocó un beso en su pequeña mejilla antes de volver a recostarlo con cuidado. Su atención, entonces, se centró en Izumi, quien ahora lo observaba con curiosidad, sus ojos brillando como si entendiera que algo importante estaba ocurriendo.

—Ven conmigo, pequeña. —le dijo Yamato, sentándose en el suelo para quedar a su altura.

Mimi la ayudó a acercarse, y la niña balbuceó algo mientras extendía sus manitas hacia su padre. Yamato la alzó con ternura, sentándola sobre sus piernas.

—Eres la princesa de esta familia. —le dijo, acariciando su mejilla—. Quiero que seas feliz y que no te preocupes por nada, ¿de acuerdo?

Izumi soltó un balbuceo alegre que sonó como una risa, y Yamato no pudo evitar reír también.

—Papá volverá pronto. —susurró mientras depositaba un beso en su frente—. Prometo traerte algo especial de mi viaje.

Izumi, como si entendiera la importancia del momento, apoyó su cabecita contra su pecho, y Yamato la sostuvo unos segundos más, sintiendo cómo su corazón se apretaba. Finalmente, la devolvió a Mimi, quien la abrazó mientras le dedicaba a Yamato una mirada de comprensión.

Yamato se puso de pie, dirigiéndose hacia Mimi.

—Te dejaré todo listo antes de partir. —dijo, colocando una mano sobre su hombro—. Confío en ti, Mimi. No tengo dudas de que cuidarás de ellos mejor que nadie.

Ella asintió, tratando de mantener la compostura.

—Ten cuidado, Yamato. Regresa pronto.

Él la miró un instante más antes de inclinarse y besarla en la frente. Luego, con una última mirada hacia su familia, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia los carruajes que lo esperaban.

Mientras se alejaba, los balbuceos de Izumi y los gritos de despedida de Thomas lo siguieron, recordándole todo lo que dejaba atrás. Pero también le daban la fuerza para continuar. Estaba haciendo esto por ellos, y nada en el mundo sería más importante que regresar con las respuestas que su familia necesitaba.


La luz del sol se colaba suavemente a través de las cortinas, iluminando el elegante aposento de Sora. La sultana estaba sentada en un sillón con Kiriha, su hijo de seis años, acurrucado a su lado mientras leía un libro en voz baja. Al escuchar pasos acercándose, ambos levantaron la mirada. Yamato entró con su porte majestuoso, su expresión serena pero cargada de emociones.

—Mi sultán. —Sora se levantó con gracia, dejando el libro a un lado y haciendo una ligera reverencia.

Yamato asintió con una leve sonrisa, su mirada recayendo en su hijo mayor. Kiriha se levantó del sillón, observando a su padre con una mezcla de curiosidad y admiración.

—Kiriha, ven aquí, hijo. —dijo Yamato, extendiendo una mano hacia él.

El niño corrió hacia su padre, quien se arrodilló para quedar a su altura. Yamato colocó ambas manos sobre los hombros del pequeño, mirándolo fijamente con una expresión solemne pero afectuosa.

—Hijo mío, voy a viajar a Egipto por un tiempo. —comenzó, su voz firme—. Es una misión importante para nuestra familia y nuestro reino, pero mientras no estoy, necesito que seas fuerte.

Kiriha asintió con seriedad, aunque su expresión delataba que no entendía del todo la magnitud de lo que su padre le pedía.

—¿Qué debo hacer, padre? —preguntó con una voz curiosa pero decidida.

Yamato sonrió con orgullo y acarició el cabello rubio de su hijo.

—Debes cuidar de tus hermanos más pequeños. —respondió—. Ellos te necesitarán, y tú eres el mayor. Sé que eres valiente y que harás todo lo que esté en tu poder para protegerlos.

Kiriha asintió de nuevo, su pecho hinchándose de orgullo.

—¿Y qué pasa si necesitan ayuda?

—Entonces acude a tu madre. —dijo Yamato, mirando de reojo a Sora, quien observaba la escena en silencio—. Pero confío en que sabrás qué hacer en cada momento.

Kiriha se lanzó a abrazar a su padre, envolviendo sus pequeños brazos alrededor de su cuello. Yamato lo estrechó con fuerza, cerrando los ojos mientras absorbía ese momento. Después de unos segundos, lo soltó y se puso de pie, girándose hacia Sora.

—Cuidaré de él y de los demás mientras estás fuera, Yamato. —dijo Sora, con una mezcla de seguridad y orgullo en su voz—. Pero espero que regreses pronto.

Yamato asintió, acercándose a ella.

—Lo haré. —respondió con suavidad, su mirada conectando con la de ella por un instante cargado de complicidad—. Confío en ti, Sora.

Ella inclinó ligeramente la cabeza, y Yamato depositó un beso breve pero respetuoso en su frente.

Antes de girarse para marcharse, volvió a mirar a Kiriha, quien seguía parado firme, como si ya estuviera asumiendo el peso de la responsabilidad que le había sido encomendada.

—Estoy orgulloso de ti, hijo. —dijo Yamato antes de dar un paso hacia la puerta—. Recuerda lo que te he dicho, y cuida de todos en mi ausencia.

Kiriha, con una determinación impropia de su corta edad, respondió:

—Lo haré, padre. Prometo que no te defraudaré.

Yamato asintió una última vez antes de salir del aposento, dejando atrás a su primogénito y a la sultana.

—Que tengas buena estadía Sora.—Fueron las únicas palabras que le dirigió a la pelirroja.

Sora lo observó con tristeza: —Que le vaya bien sultán.

Fue así como Yamato sin decir más se fue.


El sol comenzaba a descender lentamente sobre el palacio, bañando las paredes doradas del lugar con un resplandor suave, casi melancólico. En el interior de las estancias más privadas del harem, Takeru estaba de pie junto a una mesa de madera, mirando al suelo con el ceño fruncido. En su rostro se reflejaba un claro desagrado, como si todo el peso del mundo cayera sobre sus hombros. Había escuchado la noticia unas horas antes, y aún no lograba asimilarla. La misión que su hermano Yamato le había encomendado parecía una burla, una condena a la que no podía escapar.

Frente a él, Natsuko, la sultana madre, lo observaba en silencio. Ella sabía que su hijo no aceptaba la orden de buen grado. A pesar de su aparente serenidad, su corazón se apretaba al ver el dolor y la frustración en los ojos de Takeru. Sabía lo que significaba para él. Egipto no era un destino deseado por nadie, y mucho menos por un joven que, como Takeru, había comenzado a enamorarse de Hikari. Lo sabía. La distancia que se interpondría entre ellos parecía interminable.

—Takeru, debes ir —dijo Natsuko finalmente, su voz llena de firmeza, pero también de una tristeza palpable. Se acercó a él, tocando suavemente su hombro, buscando mirarlo a los ojos. Sabía que no sería fácil para él, pero entendía que no podía desafiar una orden directa de Yamato. En la dinastía, la obediencia era una de las leyes más estrictas. Nada podía cambiar eso.

Takeru levantó la cabeza, pero su mirada estaba cargada de frustración. Los músculos de su rostro se tensaron al escuchar la voz de su madre.

—No quiero ir, madre. No quiero alejarme de aquí —respondió con un tono agrio, casi despectivo, como si la simple idea de partir hacia Egipto fuera una traición hacia sí mismo.

Natsuko cerró los ojos por un momento, sabiendo que las palabras de su hijo no eran por rebeldía, sino por el dolor que sentía al pensar en Hikari. Sabía que su vínculo con ella era profundo, que la amaba a su manera, aunque la situación no les favoreciera. No obstante, Natsuko sabía que el deber debía prevalecer.

—Tienes que hacerlo, Takeru —dijo con una voz más suave, pero igualmente firme. —Es una orden del sultán Yamato. Él es tu hermano, pero también tu superior. Como hijo de la dinastía, tu deber es obedecer, incluso cuando no lo desees. Es por el bien de nuestra familia. Lo sabes.

Takeru apretó los puños, luchando con las emociones que hervían en su interior. ¿Cómo podía ir a Egipto cuando sabía que Hikari, la mujer a la que deseaba, estaba a punto de casarse con otro? Sabía que la boda de Hikari no era solo un acto de política, sino también una jaula para ella. Su corazón se retorcía solo de pensar en ello.

—¡No quiero ir! —gritó Takeru, su voz quebrada por la frustración. Sus ojos se llenaron de rabia, de impotencia. —¡No quiero separarme de ella! No puedo soportar saber que va a casarse con otro... que va a estar con él. ¡Yo quiero quedarme aquí!

Natsuko se acercó a él y, con un suspiro pesado, acarició su mejilla. Su mirada se suavizó, pero también estaba llena de una sabiduría amarga. Sabía que su hijo sentía que su destino estaba siendo sellado de una manera que no había elegido. Sabía lo que implicaba amar a alguien y tener que dejarlo ir. Pero no podía hacer nada para evitarlo.

—Lo sé, Takeru. Lo sé. —dijo Natsuko, sus ojos reflejando una tristeza profunda—. Entiendo lo que sientes, pero tu destino no siempre es el que quieres. Eres parte de la dinastía otomana, y el deber siempre estará por encima de los deseos personales. Debes hacerlo. La lealtad a la familia es lo que te permitirá sobrevivir en este mundo.

Takeru miró a su madre, su respiración agitada por la ira y la desesperación. En su mente, luchaba con la idea de irse tan lejos, mientras sentía que Hikari lo necesitaba. ¿Cómo podría irse? ¿Cómo podría dejar que ella se casara con otro?

Fue en ese momento cuando la puerta se abrió y Rika, su media hermana, entró en la habitación. Ella no era hija de Natsuko, pero había crecido junto a Takeru y había aprendido a reconocer las dificultades que él enfrentaba. Aunque su relación no siempre había sido la más cercana, había momentos en los que sabía lo que Takeru necesitaba escuchar.

Rika observó la escena con una mirada de comprensión. No era una sorpresa que Takeru estuviera luchando con la idea de ir a Egipto, pero en su mente, no podía permitir que su hermano se desmoronara. Ella también entendía lo que sentía, pero la lealtad a la familia era un principio irrompible.

—Takeru —dijo con calma, acercándose a él—. Debes ir. No tienes opción. Yamato lo ha ordenado, y tú debes obedecer. No importa si te gusta o no. Tu deber es estar a su lado y cumplir con lo que él necesita. Es lo que se espera de ti.

Takeru la miró con frustración, pero al ver la determinación en los ojos de su hermana, sintió que las palabras de ella se clavaban en su corazón como dagas.

—¡No quiero! —repitió, su voz temblando, pero firme—. ¡Hikari está a punto de casarse con otro! ¿Cómo puedo irme sabiendo eso? No puedo dejarla.

Rika suspiró y dio un paso más cerca, poniendo una mano sobre su hombro. —Lo sé, Takeru. Yo también lo sé. —Su tono se suavizó por un momento, pero la dureza volvió enseguida—. Pero no puedes quedarte aquí solo porque tu corazón lo pida. La familia tiene un papel importante en todo esto. No es solo tu felicidad la que está en juego. Es todo lo que hemos construido. Y tu posición también lo es. Ahora más que nunca, debes estar con Yamato.

Takeru miró a su hermana, a su madre, y su corazón se hundió aún más. Sabía que tenían razón. Sabía que la lealtad a la familia y a su hermano era lo que debía prevalecer. Pero, en ese instante, todo lo que sentía era dolor y rabia.

—Lo haré, pero no lo haré felizmente —dijo con voz baja, mientras giraba sobre sus talones. Sus ojos estaban opacos, derrotados. —Ir a Egipto será el último sacrificio que haré.

Natsuko observó cómo su hijo se alejaba, sabiendo que lo que estaba sucediendo era inevitable. Lo único que podía hacer era esperar que, con el tiempo, Takeru comprendiera la importancia de lo que le había dicho.


~Días después~


La puerta del gran salón se abrió lentamente, y Hikari cruzó el umbral con paso firme, pero sus ojos brillaban con una mezcla de emociones. El regreso a palacio era algo que había pospuesto por mucho tiempo, pero al final, el deber y la familia la habían llamado de nuevo. La luz dorada del atardecer iluminaba el salón, creando un ambiente cálido y acogedor. Frente a ella, Taichi estaba sentado junto a su esposa Esmahan, ambos rodeados por la calma de su pequeña familia. En los brazos de Esmahan descansaba el pequeño bebé Takuya, un niño de apenas unos meses de vida, que dormía plácidamente envuelto en mantas suaves.

Hikari observó a su hermano y su familia con una mezcla de admiración y ternura. No había estado en palacio desde hacía algún tiempo, pero el amor y el calor familiar nunca se olvidan.

Con una sonrisa tímida pero sincera, Hikari caminó hacia Taichi, su hermano mayor, quien la miró de inmediato. La distancia entre ellos fue cortada rápidamente cuando él se levantó de su asiento y la envolvió en un fuerte abrazo.

Hikari —dijo Taichi, su voz llena de afecto y alivio—. No sabes cuánto me alegra verte de nuevo en casa. Pensé que nunca volverías después de todo lo que ha pasado.

Hikari cerró los ojos por un momento, disfrutando del abrazo de su hermano. Taichi siempre había sido una figura de protección para ella, y ahora más que nunca, su cercanía la reconfortaba.

Te extrañé, hermano —murmuró Hikari, apartándose lentamente de él, pero con una sonrisa cálida en su rostro.

Taichi la observó con una mezcla de orgullo y preocupación, como si al verla regresar, una gran carga se hubiera levantado de sus hombros.

—¡Yo también a ti!

—Los días se me hicieron eternos.

—Lo importante es que estás aquí ahora —respondió con una sonrisa suave, antes de sentarse de nuevo junto a Esmahan.

Hikari, con un gesto de respeto, se inclinó ante Esmahan, quien no solo era su cuñada, sino una sultana, merecía el respeto correspondiente. Esmahan la miró con suavidad, un brillo cálido en sus ojos al ver a Hikari después de tanto tiempo.

—Hikari —dijo Esmahan, su voz llena de cordialidad—. Me alegra mucho que hayas regresado. Tú sabes que este es tu hogar.

Hikari levantó la cabeza, sonriendo agradecida ante la amabilidad de Esmahan.

—Gracias, sultana Esmahan. Estoy feliz de volver —respondió Hikari, sintiendo una gran paz al ver que su regreso era bien recibido.

Con una suave inclinación, Hikari pasó hacia Takuya, el pequeño hijo de Esmahan y Taichi. La curiosidad brillaba en sus ojos al ver al bebé en los brazos de su madre. El pequeño Takuya, de tan solo unos meses, tenía el rostro inocente de un niño recién llegado al mundo. Dormía plácidamente, ajeno a la escena que se desarrollaba a su alrededor.

Hikari sintió emoción al ver al pequeño, era similar a Taichi. Suavemente extendió su mano hacia él para acariciar su cabello.

—¿Puedo conocer a mi sobrino? —preguntó con voz suave, casi temerosa de despertar al niño.

Esmahan asintió, sonriendo con cariño mientras levantaba al bebé y lo entregaba a Hikari.

—Por supuesto, Hikari. Aquí tienes a Takuya—respondió Esmahan, con una sonrisa de felicidad maternal.

Hikari tomó al pequeño con delicadeza, sus ojos brillando de emoción al sentir el suave peso del bebé en sus brazos. Takuya, al sentir el calor de sus manos, abrió los ojos por un instante, mirando a Hikari con curiosidad. Ella se quedó quieta, maravillada por lo pequeño que era. Era tan frágil y hermoso, una nueva vida que había llegado para unir aún más a la familia. Hikari no pudo evitar sentirse emocionada al ver cómo su hermano y Esmahan habían formado esta hermosa familia.

—Es tan hermoso —susurró Hikari, acariciando la pequeña mano del bebé. —Es un verdadero tesoro.

Takuya, con una pequeña sonrisa, extendió su manita hacia Hikari, como si ya estuviera reconociendo a su tía. Hikari sintió una calidez profunda en su corazón, una sensación de amor que la invadió por completo.

—¡Es tan lindo!— Musitó la castaña— Los felicito por su nacimiento. Espero que crezca sano y fuerte.

—Eso esperamos.—Comentó Taichi.


Yamato entró a los aposentos de su hermana Relena, quien lo había invitado a discutir algunos asuntos del palacio. Las velas iluminaban suavemente la estancia, proyectando sombras que parecían moverse al ritmo de la brisa que entraba por las ventanas abiertas. Relena lo recibió con una sonrisa cálida y una leve inclinación de cabeza.

—Hermano, qué bueno que has venido —dijo ella, haciéndole un gesto para que se acercara a uno de los cojines de seda.

Sin embargo, antes de que Yamato pudiera tomar asiento, sus ojos captaron una figura que lo dejó inmóvil. A pocos pasos de Relena, una mujer estaba de pie, en silencio, con la cabeza ligeramente inclinada. Yamato la reconoció al instante: Namika. Su corazón dio un vuelco al verla.

Namika había cambiado con los años, pero su belleza seguía intacta, o tal vez se había vuelto aún más deslumbrante. Su cabello oscuro, liso y brillante, caía como un río de seda sobre sus hombros, y su piel de tono dorado relucía bajo las luces cálidas de las velas. Llevaba un vestido ceñido de colores vibrantes que resaltaba sus curvas, dejándolo fascinado con cada línea de su silueta. Sus ojos, profundos de color verde, lo miraban con una mezcla de nerviosismo y nostalgia, y en sus labios se dibujaba una leve sonrisa que parecía esconder recuerdos compartidos.

Relena notó la mirada de Yamato y, con una sonrisa juguetona, le dijo:

—Ah, veo que recuerdas a Namika. Ella ha sido una sirvienta leal aquí conmigo desde que… bueno, desde hace bastante.

Namika hizo una leve reverencia ante Yamato, y aunque su gesto era humilde, la intensidad en su mirada no era fácil de ignorar. Yamato sintió una tensión en su pecho que no experimentaba desde hacía mucho tiempo. Sabía que su vida había cambiado y que ahora Mimi era su concubina principal, pero ver a Namika ahí, tan cerca, despertó en él un torbellino de emociones que creía enterradas.

—Namika… —murmuró, sin poder evitar que su voz sonara más suave de lo que pretendía—. No esperaba verte aquí.

Namika levantó lentamente la vista, y su expresión contenía una mezcla de respeto y atracción que hacía eco de lo que él mismo sentía.

—Es un honor, mi sultán —dijo en voz baja, y aunque sus palabras eran formales, su tono tenía un dejo de seducción que Yamato no pudo ignorar.

Relena, sin perder el humor, decidió dejarlos solos por un momento.

—Iré a buscar un poco de té para nosotros —anunció, con una sonrisa traviesa—. No tardo, hermano.

Tan pronto como Relena salió de la habitación, el silencio entre Yamato y Namika se hizo más palpable, cargado de la tensión de un pasado compartido y no olvidado. Yamato sintió un impulso que apenas podía contener; algo en ella seguía atrayéndolo, un magnetismo que no había perdido con el tiempo.

—Es extraño encontrarte aquí después de todo este tiempo, Namika —dijo él, acercándose un poco más.

Ella sonrió, con un brillo seductor en los ojos.

—Algunas cosas cambian, pero otras… siempre permanecen, mi sultán —murmuró, sin apartar la mirada.

Yamato sintió cómo ese breve intercambio lo llenaba de una mezcla de recuerdos y deseo. Por un instante, olvidó el peso de sus deberes y el rol de Mimi en su vida. Frente a él, Namika representaba un pasado prohibido, un deseo latente.


La luz cálida de los candelabros iluminaba el comedor, lanzando destellos dorados sobre la vajilla de porcelana y los adornos intrincados de la mesa. Taichi, Esmahan e Hikari estaban sentados frente a frente, una comida exquisita dispuesta entre ellos. Sin embargo, el ambiente estaba lejos de ser cálido. Hikari jugaba distraídamente con su tenedor, moviendo los alimentos en su plato, mientras Taichi hablaba con entusiasmo.

—Entonces, el banquete estará compuesto por los mejores manjares.—Comentó Taichi— Esmahan ¿recuerdas los postres que sirvieron en nuestra boda?

Esmaha asintió: —Sí, estuvieron deliciosos.—Contestó mientras mecía al pequeño Takuya.

—Estoy pensando en un menú similar que combine platos tradicionales con los preferidos de Daisuke.—Comentó Taichi.

La sultana pasó su mirada azulada por Hikari, quien a diferencia de Taichi, no parecía estar muy a gusto.

—Y para la decoración, Juri Kalfa sugirió tonos dorados y blancos, algo que resalte tu belleza, Hikari.

Hikari levantó la vista brevemente, su mirada apagada, antes de volver a centrarla en su plato.

—Taichi, por favor, ¿podrías dejar de hablar de eso? —su voz era un susurro, pero la tensión era evidente.

Taichi detuvo su discurso, sorprendido por la súplica en sus palabras.

—¿Por qué? —preguntó con suavidad, inclinándose un poco hacia ella—. Es tu boda, Hikari. Un evento importante para nuestra familia.

—Mereces lo mejor querida.—Comentó Esmahan mientras acariciaba la cabecita de su pequeño.

Hikari apretó los labios, sintiendo cómo su pecho se llenaba de un peso insoportable. Finalmente levantó la mirada, encontrándose con los ojos de su hermano.

—Lo sé, pero...—No pudo hablar más.

Esmahan hizo una mueca, la tensión era evidente en el ambiente. Lo mejor sería darles espacio.

—Permiso, pero creo que lo mejor será que me retiré. Takuya se quedó dormido y lo mejor será llevarlo a su cuna.—Declaró.

Taichi pasó su mirada por su esposa: —¿Te ayudo con el bebé?

—No gracias.—Respondió Esmahan— Quédate con Hikari. Yo me encargaré de nuestro hijo.

Taichi asintió— Está bien.— Fue así como se acercó a su hijo y depositó un beso en su frente.

Esmahan dirigió su mirada hacia Hikari— Buenas noches querida.

—Buenas noches.—Contestó la castaña y bajó su cabeza en señal de reverencia.

Fue así como la sultana salió del lugar con su pequeño.

Taichi, al quedar solo con su hermano, dirigió una mirada hacia ella.

—Hikari ¿por qué no quieres hablar de tu boda? Es un evento importante.

—Porque me duele —dijo, su voz temblando ligeramente.

Taichi frunció el ceño, confundido.

—¿Te duele? —hizo una pausa, sus ojos llenos de preocupación—. ¿Es por el príncipe Takeru, cierto?

Hikari bajó la mirada, incapaz de sostener la intensidad de los ojos de su hermano. Lentamente, asintió.

—Tú sabes lo que siento por él —admitió, con un tono quebrado que reflejaba la lucha interna que llevaba consigo desde hacía tanto tiempo.

Taichi suspiró, apartando su plato. Su incomodidad era palpable, y por un momento, pareció debatirse consigo mismo. Finalmente, tomó una decisión, aunque le costara admitir lo que sabía.

—Hikari... hay algo que necesito decirte —comenzó con cautela, su voz baja—. Creo que es mejor que lo sepas ahora, aunque no sea fácil.

Hikari lo miró, preocupada, al notar el cambio en su tono.

—¿Qué pasa, Taichi?

Él tomó aire profundamente, buscando las palabras correctas.

—Vi a Takeru —dijo al fin—. Lo vi a altas horas de la noche... con Catherine.

Hikari parpadeó, confusa, sin comprender al principio.

—¿Con Catherine?

—Se estaban besando —añadió Taichi, con un tono que no dejaba lugar a dudas, aunque sus palabras parecían cargadas de pesar.

Hikari lo miró, como si intentara procesar lo que acababa de escuchar.

—Eso no puede ser verdad —dijo finalmente, sacudiendo la cabeza—. Takeru no haría algo así.

—Lo vi con mis propios ojos, Hikari —insistió Taichi, inclinándose hacia ella—. Y no solo eso. Le pregunté directamente al príncipe, y él mismo me confirmó su relación con Catherine.

Hikari sintió como si el mundo se desmoronara a su alrededor. Su corazón latía con fuerza, y las palabras de su hermano resonaban en su mente como un eco cruel.

—Eso es imposible —repitió, sus ojos comenzando a llenarse de lágrimas—. Él... él no me haría esto.

Taichi extendió una mano hacia la suya, apretándola con firmeza.

—Lo siento, Hikari, pero es la verdad. Por eso tienes que olvidarte de él. Takeru no es para ti, y cuanto antes lo aceptes, menos sufrirás.

Ella apartó la mano, llevándosela al pecho como si intentara protegerse de un golpe invisible.

—No... no puedo creerlo.

—Tienes que hacerlo —insistió Taichi, con una mezcla de compasión y dureza en su voz—. Por tu propio bien. Ahora debes centrarte en tu futuro, en lo que te espera con Daisuke.

Hikari se levantó bruscamente, las lágrimas deslizándose por sus mejillas.

—No puedo hacer esto, Taichi —dijo, con la voz rota—. No puedo simplemente olvidarlo.

Y antes de que él pudiera responder, salió del comedor, dejando a Taichi solo con su propia culpa e impotencia. Sabía que había hecho lo correcto al contarle la verdad, pero eso no hacía que fuera más fácil verla sufrir.

—¡Pues debes! Dentro de dos semanas estarás casada con Daisuke.—Declaró el mayor— Con aprobación absoluta del sultán. Y deberás aceptarlo.


Relena regresó con una sonrisa y una bandeja de té que colocó suavemente sobre la mesa. Mientras Yamato y Namika se miraban, Relena rompió el silencio con una voz ligera y traviesa.

—Hermano, traje té.—Comentó la rubia.

Namika se acercó a Relena: —Sultana, yo la ayudo.

—No te preocupes, Namika.—Respondió la hermana de Yamato— Puedes retirarte a tus aposentos.

Fue así como la joven de cabello negro y ojos verdes hizo una reverencia para retirarse del lugar.

Yamato simplemente se mordió el labio inferior ante la tensión.

—Parece que el destino se complace en ofrecerte una segunda oportunidad —dijo, sin disimular el tono de insinuación en sus palabras—. Si lo deseas, puedo hacer que Namika pase la noche en tus aposentos.

Yamato levantó la mirada, sorprendido por la propuesta de Relena. Sintió que una parte de él se encendía al imaginar a Namika entre sus sábanas, tan cerca como lo habían sido en otro tiempo. Era una tentación que lo envolvía en el deseo y los recuerdos de noches pasadas, en las que la intensidad y complicidad entre ambos era inigualable.

Apenas unos segundos de silencio bastaron para que los pensamientos se arremolinaran en su mente. Recordaba cómo su historia con Namika había comenzado en secreto, una pasión, mejor dicho su primera pasión ¡Fue su primera concubina! No obstante, luego llegó Sora, y sabía cuánto había sufrido Sora al convivir con ella. Aunque aquella relación con Namika le había traído momentos de placer, también había dejado una sombra de tensión y remordimiento en el pasado.

Pero ahora las cosas eran distintas. Mimi era su concubina principal y madre de sus hijos, una mujer que había aportado estabilidad y luz a su vida. En estos momentos, ella estaba enfrentando el reto de cuidar a su hijo enfermo, Kouichi, y Yamato sabía que Mimi necesitaba de su apoyo y presencia más que nunca. Aun así, sentía que Namika ejercía una atracción única, y la idea de tenerla nuevamente en su cama lo hacía debatirse entre el deber y el deseo.

Relena notó su vacilación y, con una leve sonrisa, le dio un golpecito en el hombro.

—No tienes que decidir ahora, Yamato. Piensa en lo que realmente deseas y lo que tu corazón anhela. Si decides tener a Namika esta noche, basta con que me lo digas.

Yamato asintió, enredado en sus propios pensamientos. Una parte de él sentía la emoción de revivir aquel vínculo con Namika, aunque fuera por una noche, mientras que otra le recordaba el peso de sus responsabilidades y el valor de la paz que había construido junto a Mimi.

—Gracias, Relena —respondió finalmente, sin apartar la mirada de Namika, quien seguía en silencio, esperando su decisión.

Se sintió dividido entre la atracción que aún ardía por Namika y el compromiso hacia su familia, consciente de que, cualquiera que fuera su decisión, el eco de esa noche resonaría mucho más allá de sus aposentos.


La luz suave del sol entraba a través de las persianas del harem, bañando con una calidez dorada la estancia en la que Mimi se encontraba. Los risueños sonidos de risas infantiles llenaban el aire, mientras Mimi se sentaba en una alfombra adornada, rodeada de sus hijos pequeños. Thomas, de tres años, reía a carcajadas mientras intentaba encajar bloques de madera en un juguete de formas. Izumi, su hija de dos años, balbuceaba palabras incomprensibles mientras jugaba con un muñeco, imitando el sonido de una conversación, como si ella misma fuera parte del juego.

En las cunas cercanas, los gemelos, Kouji y Kouichi, dormían plácidamente, envueltos en mantas suaves, con las pequeñas manos fijas sobre sus rostros, respirando con calma.

Mimi sonrió al verlos. El sonido de la alegría de sus hijos le traía una sensación de paz, aunque muy a menudo se sentía atrapada en las tensiones de su vida como concubina principal de Yamato. Pero esos momentos, esos instantes fugaces de tranquilidad, eran lo que la mantenía a flote. Aunque sabía que en su vida había pocos momentos donde ella podía relajarse completamente.

Fue en ese instante cuando la puerta del harem se abrió con suavidad, y entró Sora, la segunda concubina de Yamato. Su presencia era inconfundible, un aire de autoridad y distanciamiento que la acompañaba siempre. Tras ella, Kiriha, el hijo mayor de Yamato, de siete años, entró corriendo, con su cabello desordenado por el entusiasmo. Al ver a sus hermanos menores, sus ojos se iluminaron y dio un grito alegre:

—¡Thomas! ¡Izumi! —exclamó mientras corría hacia ellos.

Thomas dejó caer los bloques y se levantó rápidamente, corriendo hacia Kiriha. Izumi, aunque más pequeña, sonrió y levantó los brazos como si también quisiera ser parte de la alegría. Mimi observó la escena con una sonrisa sincera. Los niños, por un momento, parecían no preocuparse por las complejidades del mundo adulto, y su inocencia era un bálsamo para el alma.

Pero la tranquilidad de la escena cambió cuando Sora se acercó con paso firme hacia Mimi. La castaña sintió el cambio de energía de inmediato, una tensión que comenzó a formar una burbuja en el aire. La sonrisa en su rostro se desvaneció lentamente al ver que Sora se detenía frente a ella, observándola con esa mirada que siempre la incomodaba.

Sora, con su cabello rojo como fuego y su porte imponente, la miró fijamente, sin la mínima muestra de cordialidad.

—Mimi —musitó Sora, su voz suave pero cargada de seriedad. Su tono no era el de una amiga ni el de una hermana concubina. Era el tono de alguien que estaba exigiendo algo, o más bien, imponiendo su presencia.

Mimi, levantando una ceja, no pudo evitar responder con una calma que parecía desafiante.

—Sora —dijo simplemente, su tono sin interés, como si lo que ella pudiera decirle no tuviera importancia alguna.

Sora, sin embargo, no dejó que el ambiente se relajara y corrigió a Mimi con firmeza.

—Sultana Sora —dijo, dejando que el título se impregnara en sus palabras, como una orden que esperaba ser acatada.

Mimi dejó escapar una leve risa, pero no era una risa amistosa. Su expresión se endureció ligeramente mientras miraba a Sora, notando la tensión en el aire.

—Tú no me dices sultana —comentó Mimi, su tono despreocupado, pero sus ojos revelaban algo más. Un desafío. Un recordatorio sutil de su lugar, aunque la jerarquía en el palacio a menudo no era clara para todos.

Sora frunció el ceño, su mirada desafiante encontrándose con la de Mimi. Ella no era una mujer que aceptara pasivamente ser ignorada o tratada sin el debido respeto.

—¿Por qué debería hacerlo? —preguntó Sora, cruzando los brazos con un gesto de arrogancia. Sus ojos se llenaron de desdén, como si Mimi no fuera más que una molestia que necesitaba ser recordada de su lugar.

El ambiente en la habitación cambió instantáneamente. Aunque los niños continuaban jugando, ajenos a la tensión entre las dos mujeres, la atmósfera se volvía cada vez más densa. Mimi sabía que Sora, a pesar de su rol como concubina de Yamato, no podía evitar mirar con recelo a Mimi, la concubina principal. No solo era madre de tres príncipes y una princesa, sino que también disfrutaba de una posición que Sora nunca podría alcanzar, independientemente de sus ambiciones.

Mimi dejó caer sus hombros, dejando escapar un suspiro. La paz momentánea que había estado disfrutando con sus hijos ya no era posible con Sora en la habitación.

—Porque sabes que es necesario —respondió Mimi con calma, su mirada ahora completamente fija en los ojos de Sora—. Sabes muy bien lo que represento.

—Yo tengo una posición más alta que tú.

—Por tu hijo, pero o en el harem, yo soy la consorte principal.—Recordó la oji-miel.

—Yo solo le debo respeto a la sultana madre. No a ti.

—¡Claro que sí!— Comentó Mimi— Soy la madre de tres príncipes y una sultana. Nadie en este palacio debería olvidarlo.

Sora hizo un movimiento imperceptible, pero su mandíbula se apretó. Sabía que, en muchos sentidos, Mimi tenía razón. La jerarquía estaba clara: Mimi había dado hijos a Yamato, y esos hijos eran los herederos directos. Pero Sora no se conformaba con su posición. Aún pensaba que, en su propia forma, merecía algo más, algo que la distancia de su rol como madre del primogénito de Yamato, Kiriha, no podía otorgarle.

—No me importa lo que representes, Mimi. —La pelirroja dio un paso más cerca, su tono más frío—. Solo me importa lo que el sultán piensa. Y eso, querida, es lo único que importa en este palacio.

Mimi se levantó de su cojín, su cuerpo erguido con gracia, pero con una firmeza que dejaba claro que no iba a ceder ante Sora. Miró a sus hijos, que ahora jugaban tranquilos, como si el conflicto entre las dos mujeres no fuera más que un eco distante en sus mentes inocentes.

—Lo que el sultán piense es importante, sí —dijo Mimi, su tono ahora lleno de una calma aterradora—. Y es exactamente por eso que debes respetarme. Porque él me valora.

—Solo porque pasas noches con él.—Declaró Sora— Como una prostituta. Pero eso no te durará mucho tiempo.

—¿Por qué dices eso?

—Porque el tiempo pasa y pasa. Y tú no eres la misma joven que llegó a este palacio.— Comentó la pelirroja.

—Lo que dices no tiene sentido —respondió Mimi, su voz serena, pero cargada de una amenaza contenida—. ¿Crees que Yamato se aburrirá de mí? Solo porque los años pasen y los cuerpos cambien, ¿eso me convierte en menos importante?

Sora no dio señales de retroceder. En cambio, dio un paso más cerca, mirando a Mimi con una sonrisa fría y calculadora.

—Lo que quiero decir, Mimi —dijo Sora, con una claridad cortante—, es que tu tiempo como la favorita en su cama está contada. Nadie puede retener su interés para siempre. Ni siquiera tú, la madre de sus hijos.

La mirada de Mimi se endureció. Sabía a lo que se refería Sora, pero no iba a permitir que su rival jugara con su mente de esa manera. En lugar de responder con una provocación, Mimi se mantuvo en silencio, esperando a que Sora continuara, sabiendo que sus palabras venenosas no eran más que una táctica para desestabilizarla.

Sora, al ver que no obtenía la respuesta esperada, se inclinó ligeramente hacia adelante y señaló hacia uno de los gemelos que descansaba tranquilamente en la cuna. El pequeño Kouichi, envuelto en suaves mantas, no parecía consciente de la conversación tensa que ocurría a su alrededor. Pero lo que Sora quería señalar era la fragilidad de la situación de Mimi. El niño estaba enfermo, y la madre lo sabía.

—¿De verdad crees que todo estará bien, Mimi? —preguntó Sora, con una sonrisa fría mientras su dedo apuntaba hacia Kouichi—. ¿Cómo vas a atender los deseos del sultán cuando tienes un hijo enfermo, cuya vida está en peligro? ¿Qué harás cuando él se canse de esperar, y tú no puedas ir a su lado?

Mimi sintió un nudo en el estómago, pero mantuvo la calma. Sabía exactamente a lo que Sora se refería. Kouichi, el gemelo menor, había estado enfermo durante días. Su fiebre no cedía, y la preocupación de Mimi por su salud había eclipsado todo lo demás. La mujer miró a su hijo, que dormía profundamente, su respiración débil y lenta.

—Mi hijo está enfermo, Sora —dijo Mimi, con una dureza en su voz que hacía eco de su dolor. Sus ojos nunca se apartaron de la cuna, donde Kouichi descansaba en su frágil estado. La preocupación por su hijo era palpable, pero también lo era su determinación—. Y haré todo lo que esté a mi alcance para que se recupere.

Sora no pareció impresionada. Su mirada se mantuvo fija en Mimi, como si estuviera esperando una reacción que aún no llegaba. Su rostro mostró una expresión casi despectiva, como si creyera que Mimi no podría manejar todo lo que se le venía encima.

—Tú no puedes controlar todo, Mimi —dijo Sora, con tono burlón—. ¿Qué harás cuando el sultán te deje de lado porque ya no eres interesante para él? No tienes tiempo para ir a sus aposentos, ¿verdad? Tienes una familia que cuidar, pero los deseos del sultán son muchos y, cuando te necesite, ¿serás capaz de responder?

Mimi respiró hondo, su pecho se llenó con un aire tenso mientras procesaba las palabras de Sora. La visión que Sora le presentaba de su futuro no era algo que Mimi quisiera aceptar, pero la realidad era más compleja de lo que Sora deseaba admitir. Mimi era consciente de las expectativas y los peligros que se cernían sobre ella, pero algo dentro de ella se negaba a sucumbir.

—No me subestimes, Sora —dijo Mimi finalmente, su voz baja pero firme—. El sultán sabe lo que soy, y sabe lo que represento. No tengo que ir a sus aposentos todos los días para que me valore. Y en cuanto a Kouichi, no permitiré que su enfermedad sea utilizada contra mí. Mi hijo está por encima de todo, incluso de los juegos de poder en este palacio.

Sora frunció el ceño, claramente insatisfecha con la respuesta. No estaba acostumbrada a que alguien le respondiera con tanto aplomo. Sin embargo, no iba a abandonar tan fácilmente.

—Eso está por verse —respondió con una sonrisa amarga—. El tiempo lo dirá. Pero recuerda, Mimi, cuando el sultán se canse de ti, no tendrás más que tus hijos para consolarte. Y si ellos no están bien… entonces perderás más que solo su interés.

Mimi la observó en silencio, sus ojos brillando con determinación. Sabía que Sora estaba intentando jugar con sus miedos, pero no permitiría que lo hiciera. A pesar de la enfermedad de su hijo, a pesar de las amenazas veladas, Mimi no iba a sucumbir. Su prioridad era Kouichi, y estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para asegurarse de que él estuviera a salvo. El resto del mundo podría esperar.

—No me digas lo que puedo o no puedo hacer, Sora. Yo soy la madre de tres príncipes y una sultana. Nadie en este palacio debería olvidarlo —repitió, como un recordatorio de su posición y su poder.

Sora no dijo nada más. Simplemente giró sobre sus talones y salió de la habitación, dejando a Mimi con sus pensamientos y su dolor. La discusión no había terminado, pero Mimi sabía que lo único que realmente importaba en ese momento era la salud de su hijo. Y no descansaría hasta ver a Kouichi sano nuevamente, sin importar los obstáculos que Sora o cualquier otra persona pusiera en su camino.


La noche había caído sobre el palacio, envolviendo a los aposentos de Yamato en una atmósfera tranquila, pero cargada de tensión. El sultán se encontraba de pie, observando por la ventana, absorto en sus propios pensamientos. Su mirada era profunda, fija en la oscuridad que se extendía más allá de los muros del palacio, mientras su mente aún luchaba con las decisiones que había tomado en los últimos días.

De repente, la puerta se abrió suavemente, y Namika entró sin hacer ruido, como una sombra que se deslizaba por el aire. Su presencia, imponente y seductora, rompió el silencio de la habitación. Yamato no se giró al principio, pero pudo sentirla acercándose. La conocía demasiado bien, y algo en el aire había cambiado cuando ella apareció.

Namika vestía un traje muy diferente al de antes: una prenda de seda de color marfil que se adhería a su figura como si fuera parte de su piel. El corte del vestido era osado, con una abertura que dejaba ver más de lo que cubría, resaltando sus caderas y sus curvas delicadas. Un cinturón dorado adornaba su cintura, mientras que las mangas largas de seda se ajustaban perfectamente a sus brazos, con un detalle de bordado que brillaba sutilmente bajo la luz tenue de las lámparas.

Yamato no pudo evitar volverse hacia ella al sentir la intensidad de su presencia. Namika lo observaba con ojos llenos de desafío y seducción. Sonrió ligeramente, sabiendo que tenía la atención del sultán.

—Mi sultán, ¿me permitiría un momento de su tiempo? —dijo con una voz suave, casi un susurro, mientras comenzaba a moverse hacia el centro de la habitación, alzando una mano para indicarle que debía prepararse para lo que estaba por suceder.

Sin esperar una respuesta, comenzó a moverse con gracia, ejecutando suaves movimientos, cada uno más fluido y sensual que el anterior. Sus pies se deslizaban por el suelo de mármol, mientras sus ojos no dejaban de buscar los de Yamato, desafiándolo con cada paso que daba. La música suave de un laúd comenzó a sonar, emanando desde algún rincón de la habitación, marcando el ritmo de su danza.

Yamato la observaba en silencio, el corazón latiendo más rápido a medida que Namika se acercaba. Ella giraba y movía su cuerpo con una sensualidad que no dejaba lugar a dudas. Cada uno de sus movimientos parecía estar diseñado para seducirlo, para hacerlo recordar lo que alguna vez compartieron, lo que él había perdido cuando eligió a Mimi como concubina principal.

Namika comenzó a girar lentamente, mostrando su espalda desnuda mientras su cabello fluía como una cascada. Cada giro era un recordatorio de las noches en que compartían la cama, de los secretos y la pasión que habían compartido en ese mismo palacio. A medida que danzaba, el ambiente se cargaba de electricidad, y Yamato no podía apartar la mirada.

Ella se acercó más, lentamente, hasta quedar a pocos centímetros de él. Con una sonrisa arrogante, se detuvo y, sin apartar la vista de los ojos del sultán, inclinó su cabeza hacia él, ofreciendo su cuello, como una invitación silenciosa.

—Sé que en el fondo, mi sultán, aún me desea. —dijo con una voz que era un murmullo sensual, cargado de promesas.

Yamato sintió un nudo en el estómago. La atracción que sentía por ella era innegable, pero algo dentro de él lo mantenía firme. Mimi, sus hijos, su deber... todo aquello que lo anclaba a una vida que ya no incluía a Namika. Pero el poder de la seducción de la joven concubina no podía ser ignorado.

Namika se acercó aún más, su rostro casi rozando el de él. Yamato sintió el calor de su cuerpo, su fragancia dulce y embriagadora que parecía envolverlo en una nube de deseo. Podía sentir cómo su corazón latía más rápido y cómo su voluntad comenzaba a vacilar.

—¿Qué tal, mi sultán? —Namika preguntó en un susurro, sus labios tan cerca de los de él que casi podía tocarlos. —¿Puedo quedarme con usted esta noche?

Yamato cerró los ojos un instante, luchando con sus pensamientos y emociones. Sabía que ceder a sus deseos podría poner en peligro lo que había construido con Mimi, pero la tentación era grande.

El silencio se alargó, y por un momento, todo lo que podía escuchar era el susurro del laúd, la respiración acelerada de Namika, y su propia respiración.

Finalmente, con una sonrisa en los labios, Yamato susurró con voz grave:

—Tal vez esta noche no sea la mejor, Namika.

Namika no dijo una palabra. En su mirada había una mezcla de comprensión y desdén, pero no insistió. Sabía que, por esta vez, su intento había fracasado. Pero su danza, sus palabras, su presencia, quedarían grabadas en la mente de Yamato, recordándole una pasión que había creído enterrada.

Yamato, por su parte, se quedó quieto, inmóvil, mientras la joven se alejaba, su figura desvaneciéndose en la penumbra, dejándolo con el eco de su danza en su mente y el sentimiento de deseo que aún no había desaparecido por completo.


En los pasillos del harén, la luz del sol se filtraba a través de los ventanales altos, creando reflejos dorados sobre los mosaicos y las delicadas cortinas de seda que adornaban el lugar. Hikari caminaba con la mirada perdida, sus pensamientos cargados de tristeza. Sabía que los preparativos para su boda con Taichi avanzaban sin descanso, y con cada paso que daba, sentía el peso del destino que no había elegido. El matrimonio significaría el final de cualquier esperanza de volver a ver a Takeru, el hombre que realmente ocupaba su corazón.

Sus pasos eran lentos, casi automáticos, mientras su mente divagaba en recuerdos de momentos compartidos con Takeru. Su sonrisa, su voz, su calidez... Todo parecía alejarse más con cada segundo que pasaba. La opresión en su pecho crecía, y el mundo a su alrededor parecía difuso, hasta que un movimiento inesperado la devolvió a la realidad.

Hikari tropezó con alguien. Un suave jadeo escapó de sus labios mientras recuperaba el equilibrio, y al girar la cabeza para disculparse, se encontró con Catherine. La mujer, alta y elegante, la observaba con una mezcla de sorpresa y evidente molestia. Su largo cabello dorado caía en cascadas sobre sus hombros, y su vestido azul celeste, decorado con delicados bordados dorados, parecía brillar bajo la luz.

—¿Qué estás haciendo? —exclamó Catherine, con el ceño fruncido—. ¡Me empujaste!

Hikari dio un paso atrás, levantando las manos en un gesto de disculpa.

—Lo siento mucho, Catherine. No te vi.

Catherine colocó una mano en su cadera, claramente insatisfecha con la disculpa.

—¿Crees que con un simple "lo siento" solucionas esto? —respondió, su tono lleno de desdén—. ¡Mira lo que hiciste!

Hikari siguió la dirección de la mirada de Catherine y vio que había pisado el borde del vestido, dejando una ligera marca en la delicada tela.

—No fue mi intención, te juro que no me di cuenta —dijo Hikari rápidamente, con un tono conciliador—. Por favor, no te enojes.

—¡Claro que me enojo! —replicó Catherine, cruzando los brazos con altivez—. ¿Acaso sabes cuánto significa este vestido?

Hikari levantó una ceja, confusa, pero antes de que pudiera responder, Catherine continuó, su tono cambiando a uno lleno de orgullo.

—Este vestido me lo regaló el príncipe Takeru. Personalmente.

Hikari sintió una punzada en el pecho al escuchar ese nombre salir de los labios de Catherine.

—¿Takeru te lo dio? —preguntó, intentando sonar indiferente, aunque su corazón parecía detenerse por un instante.

—Por supuesto —dijo Catherine, con una sonrisa triunfante—. ¿No es hermoso? Él mismo eligió los colores y los detalles, porque sabe cuánto me favorece este tono. Después de todo, soy su favorita.

Hikari sintió como si el aire se volviera más pesado. Las palabras de Catherine eran un recordatorio cruel de que Takeru estaba fuera de su alcance. Apretó los puños ligeramente, tratando de controlar la mezcla de emociones que la invadían.

—Qué afortunada eres —respondió Hikari finalmente, esforzándose por mantener un tono neutro, aunque su voz sonó apagada—. Él siempre ha sido generoso.

Catherine, sin captar la lucha interna de Hikari, continuó hablando, disfrutando del momento.

—No solo generoso, querida. Él sabe quién merece su atención. Ser la favorita del príncipe Takeru tiene sus beneficios, ¿sabes? Aunque entiendo que no puedas imaginarlo.

Hikari sintió que sus mejillas se calentaban. La frialdad y la arrogancia en las palabras de Catherine eran casi insoportables, pero no quería dejar que sus emociones se desbordaran.

—Es el pago de todas las noches de servicio que le doy.

¿Qué?

La castaña la observó sorprendida.

Eso no era posible

—Como buena concubina, estoy a sus órdenes.—Declaró Catherine.

—Dudo que el príncipe Takeru haga eso.—Comentó Hikari—Él no es de pasar noches con mujeres.

—No con muchas, solo con una...—Habló la rubia— Conmigo.—Sonrió.

Hikari apretó su puño ante esto.

—Pero bueno pronto sabrás lo que se siente complacer a tu hombre. Cuando estés casada con Daisuke Pashá.—Musitó la oji-azul burlona.

Hikari hizo una mueca ante esto.

Catherine simplemente sonrió al ver el enojo en la cara de la castaña.

—Permiso. Ahora debo irme.— Musitó antes de voltear y disponerse a irse de ahí.

El aire en el pasillo parecía más pesado mientras Hikari intentaba contener sus emociones. Catherine había logrado su objetivo: dejarla molesta, insegura y con el corazón aún más roto. El eco de sus palabras seguía retumbando en su mente. "Él no es de pasar noches con mujeres... no con muchas, solo conmigo".

Hikari apretó los labios y respiró hondo, tratando de calmarse. Sin embargo, el dolor era evidente en sus ojos. No podía permitirse perder el control en un lugar donde cualquier gesto suyo podría ser interpretado como debilidad.

Justo cuando estaba por darse la vuelta e irse, la figura elegante de Esmahan junto a su pequeño bebé en brazos apareció al final del pasillo. La sultana se detuvo al ver la escena: Catherine alejándose con una sonrisa triunfal y Hikari cabizbaja, claramente afectada. Con paso firme, Esmahan se acercó a la joven, sus ojos azules analizando cada detalle de su rostro.

—Hikari —dijo con suavidad—, ¿estás bien?

Hikari levantó la mirada rápidamente, sorprendida por la presencia de la sultana. Inclinó la cabeza en señal de respeto, esforzándose por recuperar la compostura.

—Sí, sultana. Estoy bien —respondió, intentando sonar convincente.

Esmahan entrecerró los ojos, claramente no creyendo en su respuesta. Tomó con delicadeza el brazo de Hikari, obligándola a mirarla directamente.

—No es necesario que me mientas, Hikari —dijo con un tono que mezclaba calidez y autoridad—. Puedo ver que algo te está molestando.

Hikari vaciló por un momento, pero la ternura en los ojos de Esmahan la desarmó. Finalmente hizo una mueca de frustración, incapaz de mantener la fachada.

—Es por Takeru, ¿cierto? —preguntó Esmahan con perspicacia.

Hikari la miró sorprendida, con los ojos bien abiertos.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó con cautela.

No fue necesario que Esmahan respondiera.

—Taichi se lo dijo... ¿verdad, sultana? —murmuró, más como una afirmación que como una pregunta.

Esmahan asintió con suavidad.

El tiempo que llevaban casados ambos habían logrado entablar una buena relación de marido y mujer, en la cual Taichi le contaba sus problemas y ella escuchaba, prometiendo fielmente guardar todo.

—Él está preocupado por ti, y con razón. Ambos sabemos lo difícil que es lo que estás atravesando. Pero quiero que sepas que no estás sola en esto.

Hikari desvió la mirada, sintiéndose aún más vulnerable. Hablar de Takeru con alguien más solo hacía que la herida se sintiera más fresca.

—Mi sultana yo...

—No tienes que sentirte avergonzada por eso.—Esmahan se acercó más a ella para susurrar— Puedes confiar en mi.—Musitó— Ahora somos parte de una misma familia.—Declaró— Puedes confiar en mi.

Hikari hizo una mueca, la verdad es que le dolía mucho hablar de este tema. Sin embargo, había algo en el tono comprensivo de Esmahan que la hizo sentir menos sola, aunque solo fuera por un instante.

—No sé qué hacer —admitió en un susurro—. Él... no deja de estar en mi mente, pero cada día parece más lejano.

Esmahan hizo una mueca mientras mecía a Takuya.

—No es para menos, él y tú se conocen desde hace años ¿no?

Hikari asintió: —Siempre hemos sentido una conexión muy especial. Desde pequeños él...ha sido muy bueno conmigo...

Esmahan observó a Hikari con una mezcla de comprensión y ternura, mientras mecía suavemente a Takuya en sus brazos, como si su propio dolor también pudiera ser aliviado por la calma que otorgaba el bebé. Los ojos de la sultana se suavizaron al escuchar la confesión de Hikari, dándose cuenta de lo profundo que era el vínculo que había existido entre ella y Takeru desde su infancia.

—Es natural que lo extrañes —dijo Esmahan en un susurro—. Cuando uno siente esa conexión tan fuerte con alguien, es difícil imaginar un futuro sin esa presencia en su vida.

—¿Algunas vez has sentido algo así?

Esmahan hizo una mueca: —No.—Respondió— Pero mi madre siempre me habló de eso. En su caso también le tocó seguir hacia adelante. Sin mi padre. Aunque, no es tu misma posición, pero la vida la obligó a estar sin él.

Era irónico. Básicamente, por la misma razón que el padre de Esmahan murió, era la razón por la cual ella no podía estar con Takeru. ¿Y cuál era esa razón? Ser un príncipe otomano.

—Pero, Hikari, recuerda que el amor no siempre sigue los caminos que esperamos, ni siempre llega cuando lo deseamos. A veces el destino tiene sus propios planes, y aunque parezca doloroso ahora, no sabemos lo que el futuro nos depara.

Hikari se quedó en silencio por un momento, procesando las palabras de Esmahan. Se sentía atrapada entre su amor por Takeru y el peso de la obligación que sentía hacia su matrimonio con Daisuke. La idea de estar casada con alguien a quien no amaba le parecía insoportable, pero al mismo tiempo, sabía que no podía desafiar la voluntad de su familia ni la de Taichi.

—No sé si puedo dejar ir lo que siento por él —dijo finalmente, su voz quebrada por la frustración. Desvió la mirada hacia el suelo, incapaz de mirar a Esmahan a los ojos. El dolor de esa despedida no la dejaba tranquila.

Esmahan la observó en silencio durante un momento, pensando en las palabras que iba a decir a continuación. Sabía que era difícil para Hikari, que el corazón de la joven estaba dividido entre el deber y el amor. Y aunque ella misma había experimentado la presión de un matrimonio arreglado, tenía la sensación de que Hikari estaba en una encrucijada mucho más dolorosa.

—No tienes que olvidarlo todo de inmediato, Hikari. El amor no es algo que se pueda apagar con solo decirlo. Pero sí puedes aprender a vivir con ello de una manera diferente. —Esmahan hizo una pausa, asegurándose de que Hikari la escuchara— Piensa en que, estando con Daisuke, proteges a Takeru.

Sí, eso era verdad. Estando con Daisuke protegía y libraba a Takeru de cometer algún error al involucrarse con ella.

—Y, con respecto a tu matrimonio con Daisuke. Entiendo que te sientas presionada.—Comentó Esmahan— Yo también fui prácticamente obligada a casarme.—Suspiró— Pero ¡ya verás que no es tan malo! O al menos para mi no lo ha sido.—Señaló a Takuya que jugaba con sus manos— Cuando te cases con Daisuke, no será el fin del mundo. Puede que no sea Takeru, pero tal vez, con el tiempo, podrías encontrar una nueva forma de amor, un amor que también te haga sentir completa, aunque de una forma distinta.

Hikari levantó la mirada, pero no dijo nada. Las palabras de Esmahan resonaban en su cabeza, aunque era difícil de aceptar. El amor que sentía por Takeru era tan profundo y único que no podía imaginar compartir su vida con otro hombre. Sin embargo, la sultana tenía razón en un punto: no podía aferrarse eternamente a un amor no correspondido o inaccesible.

—Y si el amor no llega, Hikari, si no puedes encontrar paz con esa idea... —continuó Esmahan—, al menos sabrás que tu vida tiene un propósito más allá de eso. Tienes una familia, un futuro que te espera, y quizás, si te permites, también el respeto y la comprensión de aquellos que están a tu alrededor.

Hikari la miró con una mezcla de gratitud y melancolía. Sentía el peso de la responsabilidad, pero también la necesidad de encontrar alguna forma de paz en medio de su tormenta emocional.

—Te agradezco por tus palabras, Esmahan. De verdad lo hago... —dijo, su voz aún cargada de emociones no resueltas.

Esmahan sonrió con suavidad, dejando que el silencio se hiciera presente entre ellas. Finalmente, rompió el silencio para decir:

—No estás sola, Hikari. Yo estaré aquí para ti. Y aunque tu camino sea difícil, recuerda que no todo en la vida es blanco o negro. Habrá días buenos y días malos, pero lo importante es que sigues adelante.

Hikari asintió lentamente, mirando al suelo en una mezcla de agradecimiento y dolor. La sultana tenía razón en que la vida seguía adelante, aunque no sabía cómo avanzar en ese momento.

Mientras Esmahan continuaba meciendo a Takuya, Hikari se permitió unos momentos para cerrar los ojos y respirar profundamente, tratando de calmar el torbellino de emociones que la agitaban por dentro. Sabía que aún no tenía todas las respuestas, pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que, tal vez, podría encontrar una manera de seguir adelante, aunque el camino fuera incierto y lleno de sacrificios.

—Gracias, sultana —dijo finalmente, con un tono más sereno—. No sé qué haría sin tus palabras de apoyo.

Esmahan le sonrió cálidamente y asintió, reafirmando el lazo de confianza que habían comenzado a construir en los últimos meses. Sabía que, aunque Hikari todavía tenía mucho que procesar, había dado un pequeño paso hacia la aceptación de su realidad.

—Siempre puedes contar conmigo, Hikari —respondió, con una sonrisa sincera— Ahora ¿te gustaría ir con nosotros a caminar por el jardín? Creo que a Takuya le haría bien pasar tiempo con su tía.

Hikari alzó la mirada y observó a su pequeño sobrino...La copia de Taichi, con toques de Susumo Yagami, su padre.

—¡Pues claro! Me encantaría.—Musitó antes de extender sus manos.

Esmahan entendió el gesto y suavemente depositó al pequeño en los brazos de Hikari quién besó la mejilla de su sobrino.


La luz del atardecer se filtraba suavemente a través de las pesadas cortinas de terciopelo, creando sombras delicadas sobre el mármol pulido de los aposentos de Yamato. La habitación estaba impregnada con una fragancia sutil, el aroma de aceites esenciales y flores frescas, que envolvía el aire en una atmósfera tranquila y lujosa.

Yamato estaba en la gran bañera de mármol, sumergido en agua caliente que lo envolvía como un abrazo relajante. El vapor se elevaba lentamente desde la superficie del agua, cubriendo su piel mientras se recostaba, dejando que el calor aliviara los músculos tensos por el estrés de la jornada. Sus ojos estaban cerrados, y su mente divagaba entre los recuerdos de las últimas semanas.

De repente, sintió la presencia de alguien acercándose a él. Abrió los ojos lentamente y vio a Namika entrar al cuarto con una expresión serena, casi como si hubiera anticipado el momento. Su figura, envuelta en una túnica ligera, se deslizaba silenciosamente por la habitación, mientras se acercaba a la bañera con una elegancia casi felina.

Namika se detuvo a su lado, una sonrisa ligera dibujada en sus labios. Su mirada era fija en Yamato, y él pudo ver la determinación en sus ojos. Sin decir palabra alguna, ella comenzó a despojarse de su túnica, dejándola caer suavemente al suelo, revelando un vestido de seda color marfil que se ajustaba perfectamente a su figura, destacando cada curva de su cuerpo. El brillo en su piel y la suavidad de su atuendo la hacían parecer aún más etérea, casi mística.

Yamato observaba en silencio, una mezcla de atracción y cautela en su mirada. Sabía que Namika tenía una forma única de influir en él, y aunque las voces de la responsabilidad y el deber seguían presentes en su mente, no podía negar lo que sentía al verla tan cerca.

—¿Te gustaría un masaje, mi sultán? —preguntó Namika con voz suave, pero cargada de promesas. No era una pregunta casual, sino más bien una invitación que él sabía que no podría rechazar fácilmente.

Yamato respiró hondo, sopesando sus opciones. La idea de un masaje, de dejarse llevar, era tentadora, pero también sabia que el contacto cercano con Namika podía deshacer la delicada compostura que había intentado mantener en su relación con Mimi. Sin embargo, la tentación era demasiado grande.

Con un asentimiento lento, le dio permiso.

Namika sonrió con satisfacción, y se acercó al borde de la bañera, mojándose las manos en el agua caliente antes de comenzar. Con movimientos delicados, comenzó a frotar los aceites esenciales en sus manos, aplicándolos sobre la espalda de Yamato con una suavidad que contrastaba con la firmeza de sus dedos. Cada movimiento era preciso, diseñado no solo para aliviar el dolor físico, sino también para provocar una reacción en su piel, en sus sentidos.

El agua caliente y el aceite se mezclaban en su cuerpo mientras Namika aplicaba sus manos sobre sus hombros, realizando un masaje profundo que aliviaba la tensión acumulada. Sus dedos se deslizaban con destreza, presionando y soltando en los puntos adecuados, mientras el suave vapor envolvía la habitación.

—¿Está bien, mi sultán? —preguntó ella, su voz apenas un susurro, mientras sus manos continuaban trabajando, moviéndose hacia sus hombros y espalda baja.

Yamato, con los ojos entrecerrados, asintió lentamente. El toque de Namika era innegablemente hábil, y a pesar de sus esfuerzos por mantenerse distante, la cercanía de su cuerpo, el suave roce de sus dedos sobre su piel, comenzaban a desbaratar su autocontrol. Los pensamientos de su esposa Mimi, de su deber como sultán, parecían desvanecerse mientras las manos de Namika continuaban su trabajo.

Ella se inclinó un poco más cerca, su aliento cálido acariciando la piel de Yamato mientras sus manos seguían su curso, ahora bajando hacia su torso, pasando por su pecho con una suavidad que lo hacía sentir la calidez de su cuerpo. Namika no dejaba de mirarlo, sus ojos brillando con una mezcla de deseo y control, mientras sus manos se movían con lentitud, disfrutando de cada segundo de su cercanía.

—Te he extrañado, mi sultán —murmuró Namika, su voz como un susurro sensual. Aunque no estaba esperando una respuesta, Yamato no pudo evitar tensarse ante sus palabras.

—Namika… —dijo con voz grave, como si luchara por mantenerse en control, aunque sabía que estaba perdiendo la batalla.

Ella sonrió ligeramente, dándole a entender que sabía exactamente lo que él sentía. Sin embargo, Namika no apuró el ritmo, disfrutando de cada momento, de cada contacto, mientras el sultán se sumergía más en la sensación de su toque, en el calor de su cuerpo. No importaba cuánto intentara resistir, el deseo por ella comenzaba a tomar el control.

El masaje continuó, y el ambiente en la habitación se cargaba de tensión, de la misma forma en que lo hacía la presencia de Namika. Aunque él sabía que debía mantener una distancia, la realidad era que el deseo seguía ahí, latente y creciente, mientras ella continuaba su trabajo, un trabajo que sabía que lo haría ceder más y más con cada movimiento que realizaba.

Finalmente, la sensación de calor y placer envolvieron a Yamato completamente, mientras su mente se desvanecía un poco más en el caos de sus propios deseos.


La noche estaba quieta, solo el sonido de la brisa suave filtrándose por la ventana se colaba en la habitación. Mitsuo y Alice yacían en la oscuridad, las sábanas desordenadas entre ellos, ambos inmersos en sus propios pensamientos. El silencio era casi palpable, una atmósfera densa que envolvía la habitación, una sensación de secreto y complicidad que pesaba sobre ellos.

Alice, que había estado mirando al techo, volteó lentamente hacia Mitsuo, sus ojos brillando con una intensidad inexplicable. La oscuridad la envolvía, pero su mirada parecía cortar la penumbra como un filo afilado.

—Mitsuo... —susurró suavemente, como si la pregunta que a punto de hacer necesitara ser dicha en voz baja, casi como si temiera las repercusiones de las palabras—. ¿Por qué nadie le ha dicho a Yamato del amorío secreto entre Takeru y Hikari?

Mitsuo, que estaba mirando fijamente hacia adelante, se tensó al escuchar el nombre de Takeru y Hikari en la misma frase. Sabía que la situación era delicada, pero también sabía que Alice era más astuta de lo que dejaba ver. Su pregunta era más una provocación que una duda genuina, y no podía dejar que se extendiera demasiado.

—No sé de qué hablas —respondió, tratando de desviar la conversación.

Alice hizo una mueca ante su respuesta. Sabía que él no le diría la verdad, pero eso no la detenía. Mientras él permanecía callado, ella comenzaba a hacer sus propios cálculos en su mente. Alice había aprendido a manipular las situaciones a su favor, y a esa hora de la noche, en la intimidad de la habitación, sabía que no había mejor momento para llevar las piezas a su lugar.

—No te hagas el inocente, Mitsuo —dijo con una sonrisa fría—. Yo sé que tú lo sabes.

Se suponía que era un secreto a voces, pero Rika tenía la facilidad de saber todo, así que estaba segura que Mitsuo lo sabía.

Mitsuo no dijo nada, pero sus ojos, aunque oscuros en la penumbra, mostraron una chispa de preocupación. Alice no estaba jugando, él lo sabía. Y ahora, más que nunca, sentía la presión de su cercanía. Pero lo que Alice dijo a continuación fue lo que realmente le hizo temblar internamente.

—Es una traición a la corona del Sultán —continuó Alice, su voz ahora más baja pero firme—. Takeru está desafiando las órdenes de no tener mujer. Y tú lo sabes.

Mitsuo parpadeó, sorprendido por la afirmación directa. Sabía que Takeru había sido cercano a Hikari, pero las implicaciones eran mucho más graves de lo que había anticipado. El consejo del Sultán había dejado claro que tal comportamiento era inaceptable, y la madre sultana se había encargado de asegurar que las reglas no se rompieran.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó finalmente, su tono bajo, aunque claramente desconcertado.

—Daigo me lo contó —respondió Alice, sin dudar. Su voz estaba cargada de una calma calculada—. No te hagas el sorprendido, Mitsuo. Estoy segura de que le cuentas todo a Rika, ¿verdad?

Mitsuo la miró, un destello de incomodidad cruzando su rostro. Sabía que Alice no mentía. Las reuniones del consejo eran privadas, pero él no había sido del todo cuidadoso con la información que compartía con Rika. Sabía que ella quería saber más de lo que debería, y en muchas ocasiones le había transmitido detalles importantes, lo que dejaba la puerta abierta para que Rika pudiera manipular esas informaciones a su favor.

Alice sonrió, como si viera a través de él, sabiendo exactamente lo que había estado ocurriendo detrás de las puertas cerradas.

—La lealtad de Takeru es más frágil de lo que piensas —continuó Alice, su tono aún sereno pero cargado de intención—. Si no sabe lo que le espera, está actuando sin comprender las consecuencias. Yamato ha decidido que no se entere de la sentencia del consejo. Pero eso no cambia lo que está sucediendo.

Mitsuo, por primera vez desde que comenzó la conversación, se sentó un poco más recto en la cama. Aunque el contacto físico entre ellos era cercano, ahora había una distancia invisible que lo separaba de Alice. El miedo comenzó a crecer en su pecho mientras pensaba en lo que Alice acababa de insinuar.

—Eso está mal —dijo Alice, un poco más firme, con la seguridad de que lo que estaba diciendo tenía peso—. Takeru está haciendo cosas que no debería hacer. Si no sabe la verdad, está poniendo en riesgo todo. La corona, su futuro... todo está en juego.

Mitsuo asintió lentamente, ahora completamente consciente de lo que estaba en juego. No podía permitir que Takeru siguiera actuando sin saber las consecuencias. Pero, ¿qué podía hacer él solo? Y, lo más importante, ¿cómo involucrar a Yamato sin que eso desatara aún más caos dentro del palacio?

Alice notó la quietud de Mitsuo y se acercó más a él, tocando su brazo con suavidad, como si estuviera midiendo su reacción.

—Alguien debe decirle al sultán.

—Eso significaría un problema.—Comentó el mayor.

Sí, lo sabía. Por eso mismo ni ella ni Daigo le habían dicho al sultán, preferían mover las piezas para que alguien se lo dijera. Así ellos lograban quedar exentos de represalias.

—Lo más prudente es callar.

Alice lo observó con una ligera sonrisa, sabiendo que Mitsuo estaba atrapado entre lo que debería hacer y lo que era más seguro para él. Su mirada estaba fija en él, como si buscara una respuesta, pero también era consciente de que, en este tipo de situaciones, las palabras no siempre son las que cuentan.

—Callar no siempre es lo más prudente, Mitsuo —dijo Alice, su tono ahora más bajo, casi un susurro—. No sabiendo que la corona está en peligro.

Mitsuo la observó en silencio por un momento, las palabras de Alice retumbando en su mente. Pero pronto se dio cuenta de que, en este mundo de poder y secretos, no podía permitir que el caos comenzara a desbordarse. No sin consecuencias. No sin perder algo más importante que todo lo demás. Así que, aunque la tentación de hacer lo correcto estuviera allí, sabía que era mejor seguir el curso actual.

—Olvidémoslo —respondió Mitsuo, su voz grave, pero con una cierta suavidad—. No vale la pena hablar más de esto ahora. Mejor... sigamos con lo que está delante de nosotros.

Con una leve sonrisa, Mitsuo dejó que sus palabras flotaran en el aire mientras se acercaba más a Alice, esa familiaridad y tensión volvieron a llenar el espacio entre ellos. Alice, sin decir una palabra más, se dejó llevar por la cercanía, como si ya no quedara lugar para nada más que el deseo que ambos compartían.

El ambiente en la habitación cambió de nuevo, el silencio se transformó en algo más íntimo, más pesado, mientras sus cuerpos se alineaban, las sábanas cubriéndolos casi como un refugio privado.

Alice se inclinó hacia Mitsuo, y en su mirada había una mezcla de desafío y necesidad. Un toque ligero en su cuello, una sonrisa que no necesitaba ser explicada, y todo lo demás desapareció en la penumbra de la habitación.

El juego entre ellos había comenzado nuevamente, esta vez sin preguntas, sin secretos. Solo el calor de la oscuridad y el murmullo de sus cuerpos entrelazados.


La luz del atardecer se filtraba suavemente a través de las pesadas cortinas de terciopelo, creando sombras delicadas sobre el mármol pulido de los aposentos de Yamato. La habitación estaba impregnada con una fragancia sutil, el aroma de aceites esenciales y flores frescas, que envolvía el aire en una atmósfera tranquila y lujosa.

Yamato estaba en la gran bañera de mármol, sumergido en agua caliente que lo envolvía como un abrazo relajante. El vapor se elevaba lentamente desde la superficie del agua, cubriendo su piel mientras se recostaba, dejando que el calor aliviara los músculos tensos por el estrés de la jornada. Sus ojos estaban cerrados, y su mente divagaba entre los recuerdos de las últimas semanas.

De repente, sintió la presencia de alguien acercándose a él. Abrió los ojos lentamente y vio a Namika entrar al cuarto con una expresión serena, casi como si hubiera anticipado el momento. Su figura, envuelta en una túnica ligera, se deslizaba silenciosamente por la habitación, mientras se acercaba a la bañera con una elegancia casi felina.

Namika se detuvo a su lado, una sonrisa ligera dibujada en sus labios. Su mirada era fija en Yamato, y él pudo ver la determinación en sus ojos. Sin decir palabra alguna, ella comenzó a despojarse de su túnica, dejándola caer suavemente al suelo, revelando un vestido de seda color marfil que se ajustaba perfectamente a su figura, destacando cada curva de su cuerpo. El brillo en su piel y la suavidad de su atuendo la hacían parecer aún más etérea, casi mística.

Yamato observaba en silencio, una mezcla de atracción y cautela en su mirada. Sabía que Namika tenía una forma única de influir en él, y aunque las voces de la responsabilidad y el deber seguían presentes en su mente, no podía negar lo que sentía al verla tan cerca.

—¿Te gustaría un masaje, mi sultán? —preguntó Namika con voz suave, pero cargada de promesas. No era una pregunta casual, sino más bien una invitación que él sabía que no podría rechazar fácilmente.

Yamato respiró hondo, sopesando sus opciones. La idea de un masaje, de dejarse llevar, era tentadora, pero también sabia que el contacto cercano con Namika podía deshacer la delicada compostura que había intentado mantener en su relación con Mimi. Sin embargo, la tentación era demasiado grande.

Con un asentimiento lento, le dio permiso.

Namika sonrió con satisfacción, y se acercó al borde de la bañera, mojándose las manos en el agua caliente antes de comenzar. Con movimientos delicados, comenzó a frotar los aceites esenciales en sus manos, aplicándolos sobre la espalda de Yamato con una suavidad que contrastaba con la firmeza de sus dedos. Cada movimiento era preciso, diseñado no solo para aliviar el dolor físico, sino también para provocar una reacción en su piel, en sus sentidos.

El agua caliente y el aceite se mezclaban en su cuerpo mientras Namika aplicaba sus manos sobre sus hombros, realizando un masaje profundo que aliviaba la tensión acumulada. Sus dedos se deslizaban con destreza, presionando y soltando en los puntos adecuados, mientras el suave vapor envolvía la habitación.

—¿Está bien, mi sultán? —preguntó ella, su voz apenas un susurro, mientras sus manos continuaban trabajando, moviéndose hacia sus hombros y espalda baja.

Yamato, con los ojos entrecerrados, asintió lentamente. El toque de Namika era innegablemente hábil, y a pesar de sus esfuerzos por mantenerse distante, la cercanía de su cuerpo, el suave roce de sus dedos sobre su piel, comenzaban a desbaratar su autocontrol. Los pensamientos de su consorte Mimi, de su fidelidad, parecían desvanecerse mientras las manos de Namika continuaban su trabajo. Sobre todo al recordar que hace tiempo no tenía una mujer en su cama. Desde que Kouichi enfermó prefería no estresar a Mimi llamándola tan seguidamente a sus aposentos.

Ella se inclinó un poco más cerca, su aliento cálido acariciando la piel de Yamato mientras sus manos seguían su curso, ahora bajando hacia su torso, pasando por su pecho con una suavidad que lo hacía sentir la calidez de su cuerpo. Namika no dejaba de mirarlo, sus ojos brillando con una mezcla de deseo y control, mientras sus manos se movían con lentitud, disfrutando de cada segundo de su cercanía.

—Te he extrañado, mi sultán —murmuró Namika, su voz como un susurro sensual. Aunque no estaba esperando una respuesta, Yamato no pudo evitar tensarse ante sus palabras.

—Namika… —dijo con voz grave, como si luchara por mantenerse en control, aunque sabía que estaba perdiendo la batalla.

Ella sonrió ligeramente, dándole a entender que sabía exactamente lo que él sentía. Sin embargo, Namika no apuró el ritmo, disfrutando de cada momento, de cada contacto, mientras el sultán se sumergía más en la sensación de su toque, en el calor de su cuerpo. No importaba cuánto intentara resistir, el deseo por ella comenzaba a tomar el control.

El masaje continuó, y el ambiente en la habitación se cargaba de tensión, de la misma forma en que lo hacía la presencia de Namika. Aunque él sabía que debía mantener una distancia, la realidad era que el deseo seguía ahí, latente y creciente, mientras ella continuaba su trabajo, un trabajo que sabía que lo haría ceder más y más con cada movimiento que realizaba.

Finalmente, la sensación de calor y placer envolvieron a Yamato completamente, mientras su mente se desvanecía un poco más en el caos de sus propios deseos.

El suave crujir de las sábanas y el leve murmullo del agua eran los únicos sonidos que llenaban la habitación, mientras las manos de Namika continuaban su masaje en el cuerpo de Yamato. Su toque era firme pero delicado, como si intentara deshacer la tensión acumulada no solo en sus músculos, sino también en su mente. Sin embargo, el aire estaba cargado de algo más, algo que Yamato no podía ignorar. La atracción que había sentido por ella años atrás había resurgido con fuerza, y aunque intentaba concentrarse en la sensación relajante del masaje, la cercanía de Namika lo envolvía de manera irremediable.

Ella, como siempre, estaba cerca, tan cerca que podía sentir su aliento cálido en la piel de su cuello, su perfume suave flotando en el aire. Los dedos de Namika continuaban su ruta por su pecho, pasando por su abdomen con una suavidad tan seductora que le dificultaba pensar con claridad.

Namika, consciente del poder que tenía sobre él, se inclinó aún más cerca, rozando sus labios contra la piel de su cuello. La cercanía era palpable, casi eléctrica, y Yamato, que había estado tratando de mantenerse firme, no pudo evitar cerrar los ojos por un momento. El deseo lo invadió de inmediato, y la lucha interna que había mantenido comenzó a desmoronarse, su autocontrol quebrándose bajo la intensidad del momento.

Namika, con una sonrisa traviesa y segura, levantó su rostro, encontrando la mirada de Yamato. Los ojos de él se encontraron con los suyos, profundos y llenos de un deseo callado. No era una mirada de orden, ni de poder. Era una mirada que reflejaba la atracción mutua, la atracción que había estado latente desde su primer encuentro.

Fue entonces cuando, casi sin pensarlo, Yamato alcanzó el rostro de Namika con una mano. Sus dedos recorrieron suavemente su mejilla antes de que sus labios se encontraran con los de ella, con una suavidad inicial que pronto se transformó en algo más ardiente. El beso era apasionado, cargado de la tensión que ambos habían estado ocultando durante tanto tiempo.

Namika respondió con la misma intensidad, sus manos moviéndose rápidamente por el torso de Yamato, mientras su cuerpo se acercaba al suyo, sin dejar espacio entre ellos. Yamato la atrajo más cerca, sintiendo la suavidad de su piel y el calor de su cuerpo, sin importarle las consecuencias ni las responsabilidades que había estado evitando. Todo lo que importaba en ese momento era el deseo abrumador que se apoderaba de ambos.

El beso se prolongó, intenso y profundo, como si fuera una liberación para ambos. El sultán, sumido en la emoción del momento, dejó que sus pensamientos se desvanecieran. Sabía que, aunque era un acto impulsivo, la atracción hacia Namika había sido parte de su historia, y por más que deseara mantenerse alejado, el deseo lo había arrastrado nuevamente hacia ella.

Finalmente, cuando se separaron, Yamato respiró con dificultad, sus ojos fijos en los de Namika. Ella, sin perder su expresión seductora, sonrió ligeramente.

—Te lo dije, mi sultán —susurró ella, mientras sus dedos tocaban suavemente los labios de Yamato, como si marcara su territorio.

Yamato, aunque todavía jadeante, no pudo evitar sentirse atrapado por la conexión que había reavivado entre ellos. Sabía que esta noche había sido un punto de no retorno, pero también entendía que, por mucho que lo intentara, siempre existiría una parte de él que desearía a Namika de una manera que no podía controlar.


+Funa A Yamato jajaj Explicación: Quiero que esta historia sea de Mimi venciendo todas estas costumbres del imperio Otomano. Pero para esto debe pasar tiempo. Es difícil ir contra el sistema.

Adrit126: ¡Hola! Sí, empezó bastante fuerte, como solo son 4 hijos (por votación popular) quería revivir un poco el tema de Cihanger y ¿por qué escogí a Kouichi? a futuro van a saber. Mitsuo es hombre ¡es normal que caiga! Lamentablemente. Takeru está al borde del colapso. Lamentablemente. Espero que estés disfrutando la historia. Muchas gracias por tomarte el tiempo de leerla y compartir tus comentarios. Espero que sigas acompañándome en este viaje. Te envío un abrazo enorme.

KeruTakaishi: ¡Hola! Sí, es una pena lo que sucede entre Takeru e Hikari, lamentablemente están condenados a fracasar (si ellos desaparecen ¿continuarás leyendo?) Al menos tenemos Revenge para consolarnos. Lamentablemente no pudieron disfrutar de estar juntos y es triste. Pero es el destino Jajaja Debí imaginarme que no querrías que Catherine estuviera con ella. Entiendo que la hayas odiado, yo también la odié, pero (Dato: Random. Cuando trata del Takari odio a Catherine. Pero he pensado seriamente en shippearla con Taichi me cae bien) Tienes razón al decir que el dolor de Takeru es profundo y siempre lo será porque a Hikari la ama. Aciertas, aciertas, Takeru se va a adentrar pronto. Ya verán lo que ocurrirá. Espero que estés disfrutando la historia. Muchas gracias por tomarte el tiempo de leerla y compartir tus comentarios. Espero que sigas acompañándome en este viaje. Te envío un abrazo enorme.