El aire del salón era denso, cargado de una mezcla de aromas florales y la tensión silenciosa que envolvía a Hikari. De pie frente a un espejo alto, Hikari se observaba detenidamente. Su reflejo mostraba a una mujer vestida con un elegante vestido rojo, confeccionado con finos bordados dorados que destacaban su delicada figura. Un velo del mismo tono caía suavemente sobre sus hombros, enmarcando su rostro. Aunque el atuendo era digno de una princesa, sus ojos hablaban de una melancolía que no podía ocultar.
Hikari suspiró profundamente, intentando contener las lágrimas que amenazaban con derramarse. Su mente estaba llena de pensamientos sombríos. Este matrimonio no era un sueño hecho realidad, sino una cadena que la ataba a un destino que no había elegido.
El suave sonido de pasos la sacó de sus pensamientos. Esmahan, su cuñada, entró en la habitación con una sonrisa cálida, aunque no del todo ajena al estado de ánimo de Hikari. Esmahan se acercó a ella, admirándola desde los pies hasta la cabeza.
—Estás hermosa, Hikari —dijo Esmahan con sinceridad, colocando una mano reconfortante sobre su hombro—. Este vestido te queda como un sueño.
Hikari, sin embargo, no respondió de inmediato. Sus ojos permanecieron fijos en su reflejo, y su mirada bajó lentamente hacia el suelo.
—Gracias, Esmahan —respondió finalmente, su voz apenas un susurro cargado de tristeza.
Esmahan frunció ligeramente el ceño, entendiendo el peso de las emociones que Hikari estaba llevando. Abrió la boca para decir algo más, pero en ese instante la puerta se abrió, y Taichi, el hermano mayor de Hikari, entró en la habitación. Su expresión era grave, pero trataba de mantener la compostura.
—Hikari —dijo Taichi, caminando hacia ella con pasos firmes—. La ceremonia ha culminado. Oficialmente estás casada con Daisuke Pashá.
Las palabras de Taichi cayeron como un peso insoportable sobre los hombros de Hikari. La tristeza en su rostro se intensificó, y sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Giró lentamente hacia su hermano, buscando una chispa de consuelo en él, pero solo encontró la fría confirmación de una realidad que no podía cambiar.
—Es oficial… —repitió Hikari en un susurro, como si necesitara escuchar las palabras de nuevo para comprenderlas por completo. Sus labios temblaron, y las lágrimas finalmente comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
Taichi se acercó a ella con rapidez, colocando ambas manos sobre sus hombros. La miró a los ojos, intentando transmitirle fuerza.
—Hikari, entiendo que esto es difícil para ti, pero debes ser fuerte. Este matrimonio no es una condena, es una oportunidad. Ahora estarás lejos del peligro, lejos de quienes querían aprovecharse de ti.
Hikari negó con la cabeza, con un movimiento lento pero decidido. Su voz temblaba cuando habló.
—No estoy lejos del peligro, hermano. Ahora estoy atrapada en una pesadilla. Este matrimonio no es una salvación, es el inicio de mi condena.
Taichi apretó ligeramente los hombros de Hikari, con una mezcla de frustración y preocupación en su mirada.
—Hikari, entiendo tu dolor, pero no puedes seguir pensando en lo que dejas atrás. Takeru no es un hombre con el que puedas estar segura. Este matrimonio te dará la estabilidad y la protección que necesitas.
El nombre de Takeru hizo que el corazón de Hikari se encogiera. Cerró los ojos, como si al hacerlo pudiera ahogar los recuerdos y emociones que venían con él.
—Taichi… tú no entiendes. No es solo por él. No es solo por lo que he perdido. Es por lo que esto significa. Nunca seré feliz, nunca podré ser yo misma. Ahora soy solo una pieza más en el juego de alguien más.
La voz de Hikari se quebró, y su cuerpo tembló bajo las manos de su hermano. Taichi la miró, claramente afectado por sus palabras, pero decidido a mantenerse firme.
—Hikari, tienes razón en algo: esto no es lo que soñaste. Pero te prometo que mientras estés bajo mi protección y lejos de Takeru, estarás segura. No puedo ofrecerte felicidad inmediata, pero puedo ofrecerte paz.
Hikari abrió los ojos y miró a Taichi con una mezcla de tristeza y resignación. Sabía que él quería lo mejor para ella, pero en ese momento, la distancia entre lo que deseaba y lo que tenía parecía insalvable.
—Paz… —murmuró, con un tono amargo—. Tal vez algún día encuentre paz, pero no será hoy.
Esmahan, que había permanecido en silencio durante la conversación, dio un paso adelante y colocó una mano suave en la espalda de Hikari.
—Hikari, sé que esto no es fácil. Pero no estás sola. Estamos aquí para ti, y haremos todo lo posible para que este nuevo camino sea más llevadero.
Hikari asintió ligeramente, pero el dolor seguía siendo evidente en su rostro. Miró una vez más su reflejo en el espejo, viendo a una mujer que no reconocía del todo, vestida para un futuro que no deseaba.
—Gracias… a ambos —susurró finalmente, con una voz apenas audible.
Taichi y Esmahan intercambiaron miradas, conscientes de que no podían hacer más por ella en ese momento. Hikari, por su parte, respiró profundamente, intentando reunir las fuerzas necesarias para enfrentar el destino que le habían impuesto.
El salón de banquetes del palacio de Egipto estaba iluminado con candelabros dorados y decorado con sedas de colores cálidos que evocaban el desierto. En el centro de la larga mesa de madera oscura se encontraban Yamato, Takeru, Relena y su esposo, Rentaro Pashá. Los platos estaban adornados con especias y aromas exquisitos, que llenaban el aire con una promesa de sabores únicos.
Relena, sentada con la gracia propia de una sultana provincial, observó a sus hermanos con una sonrisa ligera mientras su esposo, Rentaro, servía vino especiado en las copas.
—Espero que estén disfrutando la comida —dijo Relena con una voz serena, mirando a Yamato y Takeru, quienes ocupaban los lugares principales junto a ella.
Takeru, siempre cálido y encantador, sonrió ampliamente mientras dejaba el tenedor sobre su plato vacío.
—Todo está delicioso, hermana. No sabía que aquí en Egipto tenían un don especial para las especias. Este plato de cordero es sencillamente espectacular.
Relena rio suavemente, agradecida.
—Me alegra que lo digas, querido hermano. Aquí, la cocina es un arte que respeta tanto las tradiciones como la creatividad.
Yamato, sentado en la cabecera, asintió en silencio, pero con aprobación.
—Es excelente, Relena —comentó con su tono sobrio pero sincero, dejando su copa en la mesa—. Tus esfuerzos por mantener esta provincia digna de su reputación no pasan desapercibidos.
El cumplido hizo que los ojos de Relena brillaran con orgullo, aunque su sonrisa se tornó melancólica al escuchar esas palabras.
—Es triste pensar que ya ha llegado la hora de que regresen a Estambul —dijo, con un tono que reflejaba tanto su deber como su tristeza.
Yamato la miró con calma, pero con firmeza.
—Es mi deber como sultán estar en Estambul —respondió con voz clara—. El imperio no puede gobernarse desde la distancia.
Rentaro, que había permanecido atento a la conversación, intervino con una inclinación de cabeza hacia Yamato.
—Estamos profundamente agradecidos por su visita, mi señor. Y más aún por haber traído la medicina para el príncipe Kouichi. Ojalá sea de ayuda.
Yamato asintió solemnemente, mirando por un instante su copa de vino antes de responder.
—Eso espero. Mi hijo merece la mejor oportunidad de recuperación.
Relena, con una expresión serena y optimista, añadió:
—Estoy segura de que así será. La medicina que trajeron es conocida por su eficacia. Mis oraciones estarán con el príncipe Kouichi.
La conversación continuó por un momento en un tono más relajado, hasta que Yamato, en un gesto familiar, preguntó:
—¿Y ustedes? ¿Cuándo viajarán a la provincia para conocer a mis príncipes?
Rentaro y Relena intercambiaron una mirada rápida. Fue Rentaro quien respondió primero, su voz cargada de una leve vacilación.
—Mi señor, no he querido viajar con Relena y nuestros hijos porque… bueno, ella no ha querido.
Relena, sonrojándose ligeramente, levantó la mirada hacia Yamato.
—Es porque nuestros hijos son todavía pequeños, mi señor. No quiero exponerlos a un viaje tan largo y agotador.
Yamato, con su porte imponente y una pizca de calidez en su tono, insistió con amabilidad.
—Relena, entiendo tus preocupaciones como madre, pero tus sobrinos merecen conocerte. Alice y Rika estarán felices de verte en el palacio.
Relena se quedó pensativa por un momento, su mirada fija en su copa antes de alzarla hacia Yamato.
—Si la invitación viene especialmente de usted, mi señor, entonces con gusto aceptaré.
Una sonrisa leve pero satisfecha curvó los labios de Yamato.
—Entonces será un honor recibirte a ti, a Rentaro y a tus hijos en el palacio. Les aseguro que se sentirán bienvenidos.
La cena continuó con una atmósfera más cálida, marcada por el intercambio de anécdotas y risas ocasionales. Aunque la despedida era inminente, el momento dejó en todos los presentes un eco de cercanía que ni siquiera la distancia entre provincias podría borrar.
La conversación en la mesa fue interrumpida abruptamente por la entrada de Ryo Bey, un servidor de confianza de Yamato. El hombre, de porte firme y mirada aguda, se inclinó respetuosamente ante el sultán antes de dirigirse a él.
—Mi señor —dijo Ryo Bey con voz clara y solemne—, traigo noticias desde Estambul.
Yamato, levantando ligeramente la cabeza, asintió con autoridad.
—Habla, Ryo.
Ryo enderezó su postura y continuó:
—Taichi Pashá ha enviado un mensaje para informar que el matrimonio entre Daisuke Pashá e Hikari se ha efectuado. ¡Están oficialmente casados!
Las palabras resonaron en el salón como un eco que impactó a todos los presentes de diferentes maneras. Yamato, ajeno a las miradas a su alrededor, sonrió levemente, claramente complacido por la noticia.
—¡Excelente! —exclamó Yamato con satisfacción—. Es una buena noticia.
Relena, sorprendida pero curiosa, ladeó la cabeza hacia su hermano mayor, sus ojos buscando respuestas.
—¿Qué matrimonio es ese, mi señor? —preguntó con cortesía, aunque con evidente interés.
Yamato, todavía sonriente, explicó con calma:
—Taichi Pashá, me pidió permiso para casar a su hermana Hikari con el nuevo Bey de Beys, Daisuke Pashá. Es un matrimonio importante, que fortalecerá las alianzas dentro del imperio.
Mientras Yamato hablaba, la atención de todos estaba fija en él, excepto la de Takeru. Su rostro había perdido todo rastro de color. Las palabras de Ryo Bey y de su hermano eran como cuchillos que perforaban su pecho. Se sentía paralizado, como si el tiempo se hubiera detenido para él, mientras el mundo seguía girando.
Relena notó el silencio de Takeru y, aunque no entendía del todo la razón, había algo en su expresión que la inquietó. Decidió no presionar más, pero sus ojos se llenaron de una leve preocupación por su hermano menor.
—Es una decisión sabia, mi señor —dijo Rentaro Pashá, intentando suavizar la tensión invisible que parecía flotar en el aire—. Un matrimonio así fortalecerá las fronteras del imperio y asegurará la estabilidad.
Yamato asintió, claramente satisfecho con el apoyo de su cuñado.
—Así es. Taichi sabe lo que hace. Es un hombre de estrategia y honor.
Mientras tanto, Takeru apenas podía respirar. Su corazón latía con fuerza, pero cada latido era un recordatorio de que algo que había guardado en lo más profundo de su ser ahora estaba fuera de su alcance. Hikari, la persona que había significado tanto para él, ahora pertenecía a otro.
Se levantó de la mesa con movimientos torpes, atrayendo la atención de todos.
—Disculpen —murmuró, evitando las miradas y tratando de mantener la compostura—. No me siento bien.
Antes de que alguien pudiera detenerlo o preguntar más, Takeru salió del salón, dejando tras de sí una atmósfera cargada de confusión y tensión. Relena lo siguió con la mirada, claramente preocupada, mientras Rentaro intentaba continuar la conversación para desviar la atención del momento incómodo.
Yamato, sin percatarse del verdadero impacto de la noticia en su hermano, tomó un sorbo de vino y miró a Ryo Bey.
—Informa a Taichi Pashá que estoy complacido con la noticia y que espero que el matrimonio sea próspero para ambos.
—Así se hará, mi señor —respondió Ryo Bey antes de retirarse con una reverencia.
Takeru llegó a su habitación con pasos pesados, como si cada uno le costara un esfuerzo descomunal. Cerró la puerta tras de sí y apoyó la espalda contra ella, dejando escapar un suspiro cargado de dolor. La penumbra del cuarto lo envolvió, dándole la intimidad necesaria para enfrentar la tormenta que se agitaba en su interior.
Se deslizó lentamente hacia el suelo, con las manos temblorosas apoyadas sobre sus rodillas. Su pecho subía y bajaba con respiraciones irregulares, mientras sus pensamientos lo arrastraban a un abismo de angustia.
—¿Por qué? —murmuró con la voz quebrada, apenas un susurro en la soledad de la habitación—. ¿Por qué la vida es tan injusta conmigo?
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, pero él las contuvo, como si se negara a aceptar completamente el dolor que lo consumía. Su mente no dejaba de repetirse la escena en la mesa, las palabras de Ryo Bey, el tono triunfal de Yamato al anunciar el matrimonio. El nombre de Hikari resonaba en su cabeza como un eco implacable.
Se puso de pie de manera abrupta y comenzó a caminar de un lado a otro en la habitación, su frustración aumentando con cada paso.
—Yo… yo habría hecho todo por ella —dijo en voz alta, como si necesitara escucharse a sí mismo para creerlo—. ¿Acaso no era suficiente? ¿Por qué no pudo ser diferente?
Su mirada se desvió hacia la ventana, donde la luz de la luna entraba tímidamente, iluminando parte de la estancia. Por un momento, pensó en los momentos que compartió con Hikari, los recuerdos que ahora se sentían tan lejanos, casi irreales.
—Ella… ella siempre fue tan brillante, tan llena de vida. ¿Cómo pudo simplemente…? —se detuvo, incapaz de terminar la frase, porque la verdad era demasiado dolorosa para ponerla en palabras.
Se apoyó en el borde de la cama, cubriéndose el rostro con las manos. Las lágrimas que había intentado contener finalmente cayeron, corriendo por sus mejillas como ríos silenciosos.
—No era esto lo que soñaba, lo que quería… —dijo con voz ahogada.
El peso de la realidad lo aplastaba. Hikari ahora pertenecía a otro, y no importaba cuánto dolor sintiera o cuántas veces se preguntara "¿por qué?", nada cambiaría el hecho de que su mundo había cambiado para siempre.
Takeru se dejó caer sobre la cama, mirando el techo con los ojos enrojecidos y vacíos. La pregunta seguía repitiéndose en su mente, un lamento constante que no encontraba respuesta:
—¿Por qué yo? ¿Por qué la vida tuvo que ser así conmigo?
La noche continuó avanzando, pero para Takeru, el tiempo parecía haberse detenido, atrapándolo en un ciclo interminable de dolor y desconsuelo.
~Dos semanas después~
El sonido de los cascos resonó en la entrada principal del palacio, anunciando la llegada del sultán Yamato. El sol estaba a punto de esconderse, tiñendo el cielo de tonos dorados y carmesí, mientras los sirvientes se apresuraban a abrir las grandes puertas. En el patio interior, toda la familia esperaba en una formación ordenada pero llena de expectación.
Mimi, la concubina principal, sostenía a Thomas, quien agitaba los brazos emocionado al escuchar el estruendo. A su lado, Izumi, sostenía con torpeza la mano de su madre mientras miraba curiosa hacia la entrada. Los gemelos Kouji y Kouichi estaban en sus cunas, cuidados por sirvientes, demasiado pequeños para comprender la magnitud de la escena.
Sora estaba de pie a unos pasos de Mimi, con una postura rígida y elegante. Su hijo Kiriha, de siete años, mantenía la cabeza alta, intentando parecer mayor de lo que era. Detrás de ellos, la sultana madre, Natsuko, observaba con una expresión serena pero calculadora, mientras las medias hermanas del sultán, Rika y Alice, murmuraban entre ellas con discreción.
El gran portón finalmente se abrió por completo, y Yamato apareció montado en su caballo blanco, rodeado por su guardia personal. Su porte era imponente, su capa ondeaba con el viento, y el brillo en sus ojos mostraba tanto cansancio como satisfacción por regresar a casa.
Cuando desmontó, un silencio reverencial cayó sobre todos los presentes. Yamato dio unos pasos hacia adelante, sus botas resonando en el mármol del patio, y su mirada recorrió a cada miembro de su familia antes de detenerse en Mimi, quien sonrió cálidamente.
—Padre ha vuelto —exclamó Kiriha con entusiasmo, rompiendo el silencio, y corrió hacia él.
Yamato se agachó para recibir al pequeño en un abrazo fuerte.
—Kiriha, mi hijo —dijo con orgullo mientras desordenaba el cabello del niño—. Has crecido en mi ausencia.
Kiriha asintió con emoción.
—He estado practicando mis lecciones, y pronto seré tan fuerte como tú.
Yamato soltó una breve risa antes de ponerse de pie nuevamente, con Kiriha aún aferrado a su brazo. Su mirada se dirigió a Mimi, quien avanzó con Thomas e Izumi.
—Bienvenido, mi señor —dijo Mimi con una ligera inclinación de cabeza.
Yamato extendió una mano hacia ella, pero antes de que pudiera decir algo, Thomas lo interrumpió con una exclamación alegre.
—¡Padre!
El pequeño se lanzó hacia Yamato, quien lo alzó con facilidad, riendo mientras Thomas le rodeaba el cuello con sus brazos pequeños.
—Thomas, mi pequeño príncipe. ¿Has estado cuidando bien de tu madre y tus hermanos?
—Sí, padre —dijo Thomas con seriedad infantil, aunque su sonrisa lo delataba.
Yamato miró a Izumi, que se escondía detrás de Mimi.
—¿Y tú, pequeña? ¿No vienes a saludarme?
Izumi dudó un momento, pero Mimi la animó suavemente a acercarse. Cuando lo hizo, Yamato se inclinó para cargarla también. Izumi lo miró con sus grandes ojos curiosos antes de abrazarlo tímidamente.
—Estás más hermosa cada día, mi pequeña sultana —le dijo Yamato, plantando un beso en su frente.
Tras dejar a los niños con Mimi, su mirada se dirigió hacia las cunas donde descansaban los gemelos. Se acercó, y una sonrisa suave apareció en su rostro al observarlos.
—Kouji y Kouichi —murmuró, acariciando la frente de cada uno—. Los he extrañado.
Sora se acercó entonces, llevando la cabeza alta.
—Bienvenido de vuelta, mi señor —dijo con una reverencia perfecta.
Yamato asintió hacia ella.
—Sora. Espero que tú y Kiriha hayan estado bien.
—Gracias a la voluntad de Alá, sí —respondió ella, aunque su tono era más formal que cálido.
Yamato pasó a saludar a Natsuko, quien lo recibió con una leve sonrisa y un abrazo lleno de dignidad.
—Hijo mío, siempre es un alivio verte regresar sano y salvo.
—Madre —respondió Yamato con respeto—. Es un honor regresar a casa y encontrar todo en orden.
Finalmente, se dirigió a Rika y Alice, quienes se inclinaron ligeramente al acercarse.
—Hermano —dijo Rika con una sonrisa juguetona—. El palacio no es lo mismo sin tu presencia.
Alice asintió, añadiendo:
—Esperamos que esta vez no nos dejes tanto tiempo.
Yamato rió suavemente, sabiendo que ambas tenían razón.
—Haré lo posible por quedarme más tiempo esta vez.
Cuando hubo terminado de saludar a todos, se dirigió al centro del grupo, levantando la voz para que todos lo escucharan.
—Es bueno estar en casa. Mi ausencia ha sido larga, pero ahora estoy aquí, y juntos afrontaremos lo que el futuro nos depare.
La familia, unida en ese momento, respondió con sonrisas y reverencias, mientras el sultán Yamato regresaba al corazón de su hogar.
Yamato comenzó a caminar hacia los pasillos interiores del palacio, con Kiriha aún aferrado a su brazo y Mimi siguiendo con Thomas e Izumi. Todo parecía estar en calma, con la familia adaptándose al regreso del sultán, cuando el sonido de unos pasos suaves resonó desde la entrada.
Una figura femenina emergió tras la guardia personal de Yamato, llamando de inmediato la atención de todos. La mujer tenía un porte elegante, su cabello negro como la noche caía en cascada hasta su cintura, y sus ojos verdes brillaban como esmeraldas bajo la luz del atardecer. Vestía un conjunto refinado, que aunque discreto, resaltaba su figura estilizada.
Mimi, al verla, frunció ligeramente el ceño, aunque trató de mantener su expresión neutral. No reconocía a la mujer, pero la forma en que esta caminaba, con seguridad y elegancia, dejaba claro que no era una simple sirvienta.
Sora, en cambio, reaccionó de inmediato. Su rostro, que hasta ese momento había estado compuesto y sereno, se tensó visiblemente. Sus labios se apretaron en una fina línea, y sus ojos se entrecerraron mientras observaba a la recién llegada.
La mujer se detuvo a unos pasos detrás de Yamato, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto. Yamato, al sentir la atención de todos, giró sobre sus talones para enfrentarla. Una ligera sonrisa curvó sus labios, aunque había algo en su mirada que dejaba entrever una mezcla de formalidad y aprobación.
—Namika —dijo Yamato con voz firme pero serena—. Bienvenida al palacio.
Namika inclinó nuevamente la cabeza.
—Es un honor estar aquí, mi señor —respondió con una voz suave pero segura, que resonó claramente en el espacio.
Mimi observó la interacción con cautela, intentando descifrar quién era esa mujer y qué papel jugaba en el regreso de Yamato.
—¿Quién es ella? —murmuró Mimi para sí misma, pero lo suficientemente alto como para que Yoshino Kalfa, que estaba cerca, la escuchara.
Yoshino no respondió de inmediato, pero su expresión lo decía todo. Finalmente, tras un largo momento, murmuró en un tono bajo pero cargado de resentimiento:
—Namika…
Mimi alzó una ceja, notando el desagrado en la voz de Sora.
—¿La conoces? —preguntó con un deje de curiosidad.
Yoshino no apartó la mirada de Namika.
—Demasiado bien.
Yamato, sin percatarse del intercambio entre las dos mujeres, miró hacia Juri Kalfa, la encargada del harén, quien estaba parada en un rincón supervisando la escena.
—Juri —llamó Yamato con autoridad—. Encárgate de acomodar a Namika en el harén.
El aire pareció volverse más denso con esas palabras. Mimi sintió un leve escalofrío, aunque se obligó a mantener su compostura. La mención del harén dejó claro que Namika no era una simple invitada: era una nueva concubina.
Juri inclinó la cabeza obedientemente.
—Como ordene, mi señor.
Namika agradeció con una reverencia discreta, y tras un momento de pausa, comenzó a seguir a Juri hacia los aposentos reservados para las mujeres del harén. Pero no antes de dirigir una última mirada al grupo, especialmente a Sora, quien seguía observándola con una mezcla de ira y desconfianza.
Cuando Namika desapareció por los pasillos, Mimi se acercó a Yamato, quien había retomado su andar.
—Mi señor, ¿quién es esa mujer? —preguntó con tono calmado, pero cargado de una curiosidad difícil de disimular.
Yamato la miró, sus ojos azules brillando con un destello de advertencia.
—Todo a su tiempo, Mimi. Por ahora, confía en mi juicio.
Mimi apretó los labios, asintiendo levemente, aunque en su interior una tormenta de preguntas comenzaba a formarse. Mientras tanto, Sora permaneció en silencio, sus manos apretadas en puños, y su mirada fija en la dirección en la que Namika había desaparecido.
La paz del regreso de Yamato había durado poco, y una nueva tensión empezaba a instalarse en el palacio.
Salón del Palacio Imperial, Cena Familiar
El gran comedor del palacio brillaba con la luz de los candelabros. La mesa estaba dispuesta con elegancia, decorada con detalles dorados y exquisitos manjares que parecían sacados de un festín de cuentos. Alrededor de la mesa se encontraban los miembros más importantes de la familia del sultán Yamato, quienes celebraban su regreso junto al príncipe Takeru.
—Es un verdadero honor tenerlos de vuelta, Su Majestad —comentó Natsuko, la madre sultana, con una sonrisa cálida mientras miraba a Yamato—. El palacio no es lo mismo sin ustedes.
—Gracias, madre. —Yamato inclinó la cabeza con respeto hacia ella—. Pero el deber nos llama, y ustedes saben bien que no podemos ignorarlo.
—Aunque sea por unos días, es un alivio tenerlos aquí —añadió Alice con entusiasmo, sus ojos brillando mientras sonreía a su hermano mayor—. Takeru, debo decir que luces más maduro desde la última vez que te vi.
Takeru, sentado al lado de Yamato, sonrió débilmente. Sus ojos, sin embargo, se desviaron momentáneamente hacia Hikari, quien se encontraba en el extremo opuesto de la mesa junto a Daisuke. Su mirada fue intensa, cargada de emociones no dichas, pero Hikari rápidamente desvió los ojos hacia su plato. Nadie pareció notar el intercambio, salvo Taichi, quien observó de reojo con el ceño apenas fruncido.
—Nos sentimos completos con esta reunión —dijo Mimi, la concubina principal, mientras servía un poco de té para Yamato—. El regreso de ustedes es un motivo para celebrar.
Sora, sentada junto a Kiriha, su hijo de siete años, miró a Mimi con una sonrisa que no alcanzó sus ojos.
—Por supuesto. El palacio siempre resplandece más cuando la familia está reunida. ¿No es así, Kiriha? —dijo Sora, mirando a su hijo.
—Sí, madre. Estoy feliz de que el tío Takeru y mi padre estén aquí. —La voz infantil de Kiriha resonó, llenando de ternura el ambiente.
En ese momento, Alice tomó un sorbo de su vino y comentó:
—Debo decir que el vino de esta región es especialmente delicioso. Daigo y yo lo hemos disfrutado mucho desde que llegamos.
—Siempre has tenido un excelente gusto, Alice. —Mitsuo Yamaki, esposo de Rika, agregó con una ligera sonrisa, sus ojos deteniéndose en Alice por un segundo más de lo necesario.
Alice rió suavemente, jugueteando con su copa.
—Quizás sea porque me encanta probar lo mejor que cada lugar tiene para ofrecer.
La respuesta hizo que Rika apretara ligeramente los labios. Aunque su expresión seguía siendo tranquila, su incomodidad era evidente para aquellos que la conocían bien.
—Es cierto que los mejores vinos suelen venir de estas regiones —dijo Rika, tratando de desviar la atención de Mitsuo hacia sí misma, pero su esposo asintió distraídamente, todavía observando a Alice.
Mientras tanto, Taichi seguía observando de reojo a Hikari y Takeru. Aunque los demás conversaban alegremente, él no podía ignorar la tensión palpable entre ellos. Hikari mantenía la mirada fija en su plato, evitando cualquier contacto visual con Takeru, quien, por su parte, no dejaba de lanzar miradas furtivas en su dirección.
Esmahan, sentada junto a Taichi, notó su distracción y tocó suavemente su brazo.
—¿Todo bien? —susurró.
Taichi asintió brevemente, pero no pudo evitar que su mandíbula se tensara.
—Sí, todo está bien —respondió con un tono que no convenció del todo a su esposa.
Yamato, ajeno a las tensiones y las miradas ocultas, alzó su copa.
—Quiero aprovechar este momento para felicitar la unión entre Daisuke Pashá e Hikari, hija del antiguo gran visir Susumo Yagami Pashá.
El anuncio provocó una reacción inmediata. La mayoría de los presentes sonrieron y alzaron sus copas para brindar.
—¡Por la feliz pareja! —exclamó Mimi, con una sonrisa radiante, seguida por un coro de felicitaciones y buenos deseos.
Sora asintió, levantando su copa.
—Es un honor celebrar esta unión. Seguro que traerá prosperidad al imperio.
Hikari sonrió tímidamente y agradeció las palabras con una inclinación de cabeza, mientras Daisuke, a su lado, parecía disfrutar de la atención.
Sin embargo, Takeru luchaba por mantener la compostura. Su rostro mostraba una expresión de tranquilidad, pero sus ojos reflejaban una mezcla de dolor y resignación. Intentó enfocarse en su comida, moviendo el tenedor en su plato sin verdadero interés.
Sentada cerca de él, Natsuko observaba a su hijo con detenimiento. Conocía demasiado bien a Takeru como para no notar su incomodidad. Sin decir nada, extendió su mano por debajo de la mesa y tomó la de Takeru en un gesto silencioso de apoyo.
Takeru levantó la mirada hacia su madre y, por un momento, la fuerza en sus ojos parecía flaquear. Sin embargo, el calor de la mano de Natsuko le dio el aliento que necesitaba para recomponerse. Asintió levemente hacia ella y forzó una sonrisa.
—Es una gran noticia —dijo Takeru con voz firme, aunque algo apagada—. Estoy seguro de que serán muy felices juntos.
Hikari alzó la mirada hacia Takeru por un instante, sorprendida por sus palabras, pero rápidamente volvió a bajar los ojos hacia su plato, sintiendo una mezcla de emociones que no podía expresar.
La conversación continuó alegremente entre los demás. Alice bromeaba con Daigo sobre algún detalle trivial, mientras Rika intentaba captar la atención de Mitsuo, quien, de vez en cuando, lanzaba miradas furtivas hacia Alice.
Yamato, satisfecho con el ambiente, miró a todos alrededor de la mesa.
—Me llena de orgullo ver a mi familia reunida. Espero que podamos compartir muchos más momentos como este.
—Eso espero también, Su Majestad —respondió Rika, aunque su tono revelaba una ligera molestia al notar la distracción de Mitsuo.
En medio de los brindis y los comentarios felices, Takeru permaneció en silencio, aferrándose a la mano de su madre. Su corazón estaba roto, pero sabía que no podía permitir que nadie más lo viera caer.
Dormitorio de Mimi, Palacio Imperial
La habitación parecía envuelta en un aura de serenidad, iluminada por la luz plateada de la luna que se colaba a través de las cortinas de seda. La suave brisa nocturna apenas hacía ondear los delicados tejidos, creando un ambiente íntimo y acogedor.
Mimi jadeó ligeramente, sus labios entreabiertos y sus mejillas teñidas de un leve rubor mientras se incorporaba ligeramente, tirando de las sábanas hacia su pecho desnudo. Sus rizos desordenados caían en cascada sobre sus hombros, enmarcando su rostro iluminado por un brillo que mezclaba cansancio y felicidad.
Yamato, tumbado a su lado, respiraba con dificultad, su pecho subiendo y bajando mientras sus ojos azules permanecían fijos en ella, llenos de una calidez que contrastaba con su expresión normalmente estoica. Una sonrisa suave se dibujó en sus labios mientras alargaba una mano para apartar un mechón de cabello que caía sobre el rostro de Mimi.
—Te extrañé tanto —murmuró Yamato, su voz profunda y cargada de emoción.
Llevó una mano a la mejilla de Mimi, acariciándola con la yema de los dedos en un gesto que hablaba más que mil palabras. Mimi cerró los ojos ante la ternura de su toque, inclinando la cabeza ligeramente para buscar más de esa caricia que parecía envolverla en un cálido refugio.
Yamato se inclinó hacia ella, dejando un suave beso en su frente antes de bajar lentamente a sus labios. Mimi correspondió al beso, sus labios encontrándose en un gesto que destilaba complicidad y amor. Cuando se separaron, sus rostros permanecieron a escasos centímetros el uno del otro, compartiendo un momento de silencio en el que sus respiraciones se entrelazaban.
—No sabes cuánto esperé este momento —continuó Yamato, envolviéndola en sus brazos, como si temiera que pudiera desaparecer.
Mimi sonrió, dejando escapar un leve suspiro mientras sus dedos dibujaban líneas suaves sobre el pecho desnudo de Yamato. Sentía el latir de su corazón bajo su mano, un recordatorio de la conexión que compartían.
—Yo también te extrañé —respondió en un susurro, sus ojos encontrándose con los de Yamato.
El sultán acarició su cabello con delicadeza, permitiendo que sus dedos se entrelazaran con sus rizos. Se inclinó una vez más para besarla, esta vez con mayor intensidad, dejando que sus labios expresaran lo que las palabras no podían. Mimi lo abrazó, aferrándose a él como si quisiera detener el tiempo, disfrutar de ese instante eterno en el que el mundo parecía limitarse a ellos dos.
Fue entonces, mientras ambos se sumían en esa burbuja de intimidad, que Mimi rompió el momento con una pregunta que llevaba rondando su mente desde que él había regresado.
—¿Quién es la nueva mujer que trajiste contigo? —preguntó Mimi de repente, rompiendo el silencio.
Yamato arqueó una ceja, su expresión reflejando una ligera confusión.
—¿Qué mujer?
Mimi se apartó un poco para mirarlo, con una mezcla de curiosidad y seriedad en su rostro.
—La mujer que mandaste a acomodar en el harén.
El sultán cerró los ojos por un momento, como si estuviera intentando recordar. Cuando lo hizo, rodó los ojos con algo de fastidio.
—Nadie —respondió, encogiéndose de hombros.
Mimi frunció el ceño, claramente no convencida.
—Y si es "nadie", ¿por qué la mandaste al harén? —insistió, sus ojos buscando una respuesta en los de él.
Yamato suspiró, pasando una mano por su cabello.
—Es una concubina —dijo finalmente, con un tono que intentaba restarle importancia.
Mimi parpadeó, sorprendida por su respuesta. Se separó un poco más, sujetando las sábanas con fuerza.
—¿Una concubina? ¿Por qué trajiste una concubina?
El sultán la miró directamente, notando la mezcla de incredulidad y descontento en su expresión.
—Mimi... —comenzó, intentando suavizar su tono—. Es parte de mis responsabilidades como sultán.
—¿Tus responsabilidades? —repitió Mimi, cruzándose de brazos—. ¿Es necesario que traigas a otra mujer aquí?
Yamato suspiró profundamente, sabiendo que no sería una conversación sencilla.
—Fue un regalo de mi hermana Relena.
¿Un regalo de su hermana?
—Pero no significa nada para mí. Es solo un acuerdo, algo que debía hacer.
Mimi bajó la mirada, mordiéndose el labio con fuerza mientras procesaba sus palabras. Aunque entendía las implicaciones de ser la concubina principal de un sultán, la noticia no dejaba de afectarla.
—¿Y crees que eso lo hace más fácil para mí? —preguntó en un susurro, levantando los ojos llenos de emociones encontradas.
—Mimi, no quiero que esto se interponga entre nosotros. Sabes lo que significas para mí.
Él extendió una mano hacia ella, y aunque Mimi dudó por un momento, finalmente la tomó. Yamato la atrajo hacia él, envolviéndola en un abrazo firme mientras sus labios rozaban su frente.
—Confía en mí —murmuró Yamato, intentando transmitirle tranquilidad—. Tú eres mi prioridad. Ya verás que no es nadie.
Mimi cerró los ojos, dejando que el calor de sus palabras la reconfortara, aunque en el fondo sabía que el asunto no terminaba allí.
Yamato, que no podía apartar su mirada de Mimi, comenzó a recorrer su cuello con besos suaves, dejando que sus labios se deslizaran por su piel cálida. Mimi cerró los ojos ante la sensación, un escalofrío recorriéndola cuando sintió el roce de su aliento. Las manos de Yamato se movían con delicadeza, acariciando su figura voluptuosa con una devoción que solo él podía ofrecerle. Cada toque parecía una declaración de amor y posesión, como si no quisiera dejarla ir nunca.
—Eres mía, Mimi —murmuró Yamato con voz baja, su aliento cálido contra la piel de su cuello—. Ninguna otra mujer va a ocupar tu lugar.
Su mano recorrió su espalda, apretándola hacia él mientras sus labios seguían trazando un camino a lo largo de su clavícula. Mimi sintió el calor de su cuerpo cerca del suyo, el peso de sus palabras resonando en su mente. Se sintió querida, deseada, pero también marcada como suya de una manera tan profunda que no había necesidad de más explicaciones.
—No tengo intención de compartir lo que es mío —agregó ella.
—Soy tuyo.
Mimi sonrió levemente, aún recostada en su pecho, sus dedos acariciando su piel de manera suave y profunda. Sabía que su posición como concubina principal no estaba en juego, pero las palabras de Yamato siempre eran una mezcla de seguridad y protección que la hacían sentirse especial. Su lugar a su lado estaba asegurado, y aunque él era el sultán, ella nunca sería simplemente una más entre sus mujeres.
—Nunca nadie más será como tú para mí —respondió Mimi, sus dedos deslizándose por el pecho de Yamato, marcando su territorio, como una respuesta tácita a sus palabras.
Yamato la observó con intensidad, y en ese momento, sintió una mezcla de satisfacción y orgullo. Nadie podría ocupar el lugar de Mimi en su vida, y aunque en su imperio había otras mujeres, ella era su preferida, su compañera más fiel. Era su favorita, la madre de sus hijos, y eso le daba un vínculo que nada ni nadie podía romper.
~Al día siguiente~
Mimi, sentada en el gran sofá, levantó la mirada al escuchar los pasos firmes de Yamato acercándose. La puerta se abrió suavemente, y detrás de él, apareció una figura femenina que, con una postura arrogante y una mirada altiva, entró en la sala.
Yamato se acercó sin prisa, su expresión controlada, pero había algo en sus ojos que Mimi reconoció de inmediato: la presencia de una nueva concubina. La joven caminaba con una gracia calculada, cada paso en su dirección parecía imbuido de confianza, y su actitud mostraba una certeza que no era ajena al harem. Mimi observó cómo Yamato no se apartaba de su lado, caminando en silencio mientras la joven a su lado parecía casi orgullosa de su cercanía con él.
Mimi, sintiendo una punzada en el estómago, alzó una ceja, una mezcla de curiosidad y celos en su mirada. A pesar de que había asumido la posición de concubina principal, algo en ella siempre temía este tipo de sorpresas. No podía evitar preguntarse si su lugar estaba, en algún momento, en riesgo.
—¿Quién es ella? —preguntó Mimi, su voz suave pero cargada de una autoridad que no podía disimular.
Yoshino, que estaba cerca, observó la llegada de los dos con atención. Al ver el interés evidente de Mimi, se acercó y susurró en su oído con discreción.
—Es Namika, mi señora —dijo Yoshino, sin mirar a la joven que acababa de llegar—. Fue concubina de Yamato hace años, cuando era todavía príncipe. Fue la primera mujer de Yamato.
—¿Su primera mujer no fue Sora?
—Oficialmente sí.—Respondió la pelirosa— No en su vida...—Se acercó a ella para susurrar— Intima.
Mimi sintió incomodidad al escuchar eso.
—Namika fue la primera y Yamato la consideraba, pero luego llegó Sora y le quitó su lugar.—Comentó Yoshino— Algo similar a lo tuyo, solamente que en menos magnitud. Namika por ser la primera se creía mucho. Pero frente a todos era una más. Porque Sora llegó al harem y llamó la atención de su majestad, Yamato la comenzó a llamar los Jueves, y logró quedar embarazada. Sin embargo, después de un tiempo, Yamato la dejó con su hermana Relena, y desde entonces se ha mantenido en un segundo plano. Parece que hoy ha regresado al harem, como una nueva opción.
Mimi escuchó las palabras de Yoshino con una mezcla de desdén y preocupación. Su mirada se endureció por un momento, observando a la nueva concubina, cuyos ojos brillaban con una seguridad que Mimi no podía ignorar. Aunque su posición de concubina principal era firme, algo en su interior se revolvió al saber que Yamato había decidido traer a otra mujer a sus aposentos. La incertidumbre se apoderó de ella, pero Mimi se mantuvo tranquila, consciente de que su posición debía ser defendida.
—¿Cómo es posible que ella haya vuelto después de todo este tiempo? —preguntó Mimi, sin apartar la vista de Yamato y Namika. Su voz, aunque controlada, delataba una ligera tensión.
Yoshino observó la situación con una ligera sonrisa en sus labios. Sabía bien que las palabras de la joven concubina podían ser interpretadas de diversas maneras.
—La decisión fue de Yamato —respondió Yoshino con un tono algo evasivo—. Tal vez haya algo entre ellos que aún no se haya extinguido. Lo cierto es que Relena, la hermana de Yamato, ha decidido dejarla nuevamente en sus aposentos.
Mimi no dijo nada más, pero sus ojos se entrecerraron ligeramente. El regreso de Namika no era simplemente una cuestión de lo que el sultán decidiera; era un recordatorio de lo volátil que podía ser su posición en el harem. Pero ella estaba decidida a no ceder.
Mimi, con una mirada tensa, observó cómo Yamato permanecía en silencio mientras Namika se acercaba a él, no pudiendo evitar sentir una ligera punzada de celos al ver la cercanía entre ellos. Sin embargo, su mirada se desvió hacia Yoshino, que se acercó a ella con una expresión que parecía saber exactamente qué sentía Mimi.
—Mi señora, esa mujer —comenzó Yoshino en voz baja, sin apartar los ojos de Namika—, fue un verdadero dolor de cabeza para Sora.
Mimi la miró fijamente, intrigada por las palabras de Yoshino. La tensión en el aire se volvió palpable, y la curiosidad de Mimi creció aún más.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Mimi, su tono suave, pero lleno de una pregunta implícita: ¿por qué alguien como Namika había sido un problema para Sora?
Yoshino se acercó un poco más, como si estuviera a punto de revelar un secreto.
—Sora logró convertirse en la concubina principal, pero Namika... ella sabía cómo manipular a Yamato —continuó Yoshino en un susurro, como si temiera que alguien pudiera escucharlas—. Ella nunca aceptó pasar a ser la "segunda", y constantemente intentaba acercarse más a Yamato, buscando su atención y afecto. Fue una de las razones por las que la relación entre ellos se volvió tensa. Sora no soportaba que Yamato tuviera esos acercamientos hacia Namika, especialmente después de que comenzó a ocupar más espacio en el harem.
Mimi escuchaba en silencio, su mente trabajando rápidamente. Todo lo que Yoshino decía tenía sentido, y de alguna forma, se sentía aliviada al saber que, al menos en el pasado, Namika había causado problemas para la concubina principal. Pero ahora, la situación era diferente. Sora ya no estaba al lado de Yamato, y el regreso de Namika podría tener consecuencias para su lugar.
—¿Y qué pasó al final? —preguntó Mimi, aunque la respuesta ya comenzaba a formarse en su mente.
—Bueno... Sora la desterró del harem durante un tiempo —continuó Yoshino, mirando de reojo hacia Namika, que parecía disfrutar de la mirada que Yamato le otorgaba—. Después de ese incidente, Relena la recibió y la mantuvo a su servicio, fuera de la vista de Yamato por un largo tiempo. Pero ahora, parece que ella ha regresado con fuerza, especialmente ahora que Sora ya no tiene el control del harem.
Mimi, al escuchar las palabras de Yoshino, apretó ligeramente los labios. No podía evitar sentir un leve temor al pensar que el regreso de Namika podría significar más de lo que aparentemente representaba. Ella sabía que Yamato no olvidaba fácilmente a las mujeres que lo habían cautivado en el pasado, y Namika no era una excepción.
—¿Y tú qué opinas? —preguntó Mimi, mirando a Yoshino con algo de tensión en su rostro.
Yoshino sonrió suavemente, como si intentara tranquilizarla.
—Mi señora, sólo le diría que se mantenga alerta. Yamato tiene muchas mujeres a su alrededor, y aunque la situación con Sora terminó, no me sorprendería que Namika intente recuperar su lugar principal.
Mimi asintió con una mezcla de comprensión y determinación. Aunque sabía que Yamato tenía su pasado con mujeres como Namika, ella no pensaba dejar que nadie la despojara de su lugar. Sin embargo, el regreso de Namika complicaba las cosas.
Al final, Mimi no dijo nada más. Su mente estaba ocupada, considerando qué medidas tomar para asegurarse de que el regreso de Namika no interfiriera con su posición junto a Yamato.
Hikari caminaba lentamente por los pasillos del palacio, sus pasos resonando suavemente contra el suelo de mármol. Sus ojos se perdían en las finas decoraciones de las paredes, pero su mente estaba muy lejos de allí. Pronto, todo esto sería un recuerdo. El bullicio del palacio, las risas de su cuñada Mimi, las largas charlas con su hermano Taichi, y, sobre todo, los días compartidos con Takuya, su travieso sobrino. Un peso extraño se asentaba en su pecho. Sabía que podría regresar a visitar, pero no era lo mismo. Ya no sería su hogar.
Con un suspiro profundo, acarició un fino brazalete que llevaba en la muñeca, un regalo de su hermano cuando cumplió dieciséis años. Sentir el frío del metal le dio un poco de consuelo, aunque breve. Doblando por uno de los largos pasillos, donde los candelabros iluminaban tenuemente los intrincados mosaicos del techo, se perdió en sus pensamientos sobre lo que le esperaba. La vida con Daisuke Pashá no le asustaba, pero tampoco le llenaba de emoción. Todo parecía tan... inevitable.
De repente, algo interrumpió su caminar. Sintió un tirón en su muñeca, fuerte y decidido. Al principio, pensó que alguien había tropezado con ella, pero la fuerza con la que fue jalada no dejó espacio para dudas. Apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando fue arrastrada hacia una puerta que no había notado antes. Trató de gritar, pero su voz se apagó al sentir una mano firme posándose sobre su boca. Un destello de pánico cruzó por sus ojos mientras era empujada al interior de una habitación oscura y silenciosa.
La puerta se cerró de golpe, y la tenue luz de los candelabros del pasillo quedó atrás. Su respiración se aceleró, y sus ojos buscaron desesperadamente alguna pista de lo que estaba ocurriendo. La silueta de un hombre, apenas iluminada por una pequeña ventana al fondo de la habitación, se hizo visible. Hikari forcejeó, intentando liberarse, pero se detuvo en seco al ver el rostro del intruso.
—¿Takeru? —murmuró, su voz amortiguada aún por la mano sobre su boca.
El príncipe, con el ceño fruncido y los ojos cargados de emociones que Hikari no lograba descifrar, retiró la mano de su rostro con cautela. Su respiración también estaba acelerada, como si acabara de tomar una decisión impulsiva y ahora estuviera lidiando con las consecuencias.
—Lo siento, Hikari —dijo en un susurro apremiante—, pero necesitaba hablar contigo. No podía dejar que te fueras sin... sin esto.
Hikari lo miró confundida, frotándose la muñeca que aún sentía el agarre de Takeru. La situación le parecía surrealista. El joven príncipe, siempre tan controlado y reservado, ahora estaba frente a ella con una intensidad que nunca antes había visto.
—¿Qué significa esto, Takeru? —preguntó, cruzándose de brazos para ocultar su desconcierto—. ¿Por qué me arrastraste aquí?
Takeru dio un paso atrás, como si su propia proximidad lo intimidara. Sus ojos, normalmente serenos, estaban llenos de una mezcla de desesperación y algo más profundo, algo que Hikari no podía nombrar pero que sentía palpitar en el aire entre ellos.
—Porque necesitaba hablar contigo.—Respondió— Desde que llegué no hemos podido hablar ¡y no nos hemos visto hace mucho tiempo!
Hikari se mordió el labio inferior.
Una suave brisa entró por la ventana moviendo suavemente los cabellos de Hikari, pero no era suficiente para aliviar la tensión que llenaba el aire. Takeru cerró la puerta con un golpe bajo, lo suficientemente fuerte como para que ella lo escuchara. Hikari se giró lentamente al escuchar el sonido, y sus ojos se encontraron con los de Takeru.
Un suspiro escapó de los labios de Hikari, pero no dijo nada. Sabía que él había venido con intenciones de confrontarla.
—Dima ¿por qué?
—¿Por qué?—Repitió la castaña.
—Sí ¿Por qué? —preguntó Takeru, su voz baja pero firme, como un hilo de ira contenido—. ¿Por qué aceptaste casarte con él?
Hikari sintió un nudo en el estómago al ver la intensidad en los ojos de Takeru. Estaba claro que no había venido a hacer preguntas amables, y el dolor en su mirada lo dejaba aún más claro. Se giró completamente, apoyándose en la ventana, buscando una respuesta que no sabía cómo dar.
—Takeru, esto no es tan sencillo... —comenzó a decir, pero él no la dejó continuar.
—No es sencillo... —repitió él, interrumpiéndola, su tono de voz cargado de frustración—. ¡No puedo creer que lo hayas hecho! ¿Cómo pudiste aceptar casarte con Daisuke Pashá? ¿Después de todo lo que hemos compartido?
Hikari apretó los dientes, cerrando los ojos por un segundo, y luego lo miró de nuevo, intentando buscar las palabras adecuadas, aunque sabía que no sería fácil.
—No lo hice por gusto... —dijo con voz firme, pero con un leve temblor en la garganta—. Takeru, no es como crees. No es solo una cuestión de lo que yo quiero. Es algo que debía hacer, algo que me pidieron, y... y pensé que era lo mejor para todos.
Takeru avanzó hacia ella, casi sin pensarlo, el dolor y la ira creciendo dentro de él.
—¡Lo mejor para todos! ¿Y qué hay de lo mejor para ti, Hikari? ¿Qué hay de lo que tú sientes? ¿No cuentas en todo esto?
Hikari lo miró de frente, con el corazón latiendo a toda velocidad. Estaba a punto de explotar, de liberar todo lo que había estado guardando. Pero algo en los ojos de Takeru la hizo detenerse, como si de alguna forma él también estuviera esperando algo más, algo que pudiera salvarlo.
—No entiendo por qué te sorprendes —dijo ella finalmente, sin apartar la vista de él—. Sabías que esto podía pasar. Sabías que las circunstancias no eran fáciles para nosotros. Siempre nos miraron con desconfianza, y yo no podía seguir siendo la excusa para que ambos termináramos atrapados en una situación sin salida.
Takeru frunció el ceño, sintiendo cómo la rabia se apoderaba de él, pero al mismo tiempo, un dolor profundo le recorrió el pecho.
—¿Entonces esto es lo que querías todo este tiempo? ¿Casarte con otro hombre solo para asegurarte de que no haya complicaciones? —dijo él, la voz quebrada por la frustración—. ¿Cómo pudiste tomar una decisión así sin decirme nada?
Hikari no dijo nada durante un momento, como si todo lo que había guardado en su interior ahora fuera un peso demasiado grande para cargar. Miró hacia el suelo, evitando los ojos de Takeru.
—No era solo mi decisión, Takeru. No soy libre para elegir por mí misma. Tenía que hacerlo, por mi familia, por mi futuro. Daisuke... Daisuke no es un mal hombre. Él puede ofrecerme una vida segura, sin tanta incertidumbre.
Takeru dio un paso atrás, como si un golpe invisible lo hubiera alcanzado en el pecho. Cerró los ojos, tratando de calmarse, pero la herida seguía abierta, sangrando con cada palabra que ella pronunciaba.
—¿Y yo? ¿Qué soy yo, entonces? —preguntó él, con la voz ahogada, como si el dolor le impidiera hablar con claridad—. ¿Acaso nunca me viste como alguien con quien podrías estar? ¿No te importaba lo que sentía por ti?
Hikari finalmente alzó la cabeza, y en sus ojos se podía ver el conflicto, el dolor y la frustración que también sentía. Sabía que no era justo, pero había tenido sus razones, aunque no quisiera admitirlo.
—Sí me importaba —respondió con voz suave, pero firme—. Te lo juro, Takeru. Me importas más de lo que puedes imaginar. Pero a veces, lo que sentimos no es suficiente. Las circunstancias pesan demasiado. Y aunque no lo creas, esto es lo que tenía que hacer.
Takeru la miró en silencio, sus ojos oscilando entre el enojo y la tristeza. No podía creer lo que escuchaba, no podía aceptar que ella lo había dejado ir tan fácilmente. Se dio la vuelta abruptamente, caminando hacia la puerta, casi sin poder soportar más la situación.
—Entonces, ¿qué somos? ¿Qué fue todo lo que compartimos, Hikari? ¿Una mentira? —preguntó, su voz quebrada por el dolor.
Hikari lo miró, sintiendo que todo su cuerpo se tensaba con las palabras que acababa de escuchar. Era la última vez que hablarían de este tema, y lo sabía. Lo entendía. Pero aun así, las palabras dolían, como una herida abierta que nunca sanaría.
—No fue una mentira, Takeru —respondió, con los ojos llenos de tristeza—. Fue lo mejor que pudimos hacer. Y aunque no lo entiendas ahora, algún día lo verás.—Declaró— Mañana me iré junto a Daisuke y comenzaré una nueva vida. Tú también deberías hacer lo mismo.
Takeru movió la cabeza: —Jamás podré comenzar una nueva vida ¡sin ti!
—Pues tendrás que hacerlo.—Hikari giró en dirección a la puerta— Así como yo lo haré.— Fue lo único que hizo antes de salir con rapidez del lugar dejando a Takeru con el corazon destrozado.
El harem estaba en completo silencio, con solo el susurro del viento a través de las cortinas y el sonido de los sirvientes alejándose de las puertas. El ambiente de la sala era relajado, pero tenso en el aire. La luz suave de las lámparas de aceite iluminaba los rostros de las mujeres que se encontraban allí, algunas sentadas en cojines, otras en lo que parecía una calma previa a la tormenta.
Mimi estaba recostada en un cojín de terciopelo, sus ojos brillando con una mezcla de cansancio y desdén. Había estado esperando en su aposento cuando Sora entró, con una sonrisa socarrona en su rostro. La sultana, madre del primogénito de Yamato, no podía evitar la necesidad de lanzar una última indirecta, algo que había aprendido a hacer con maestría.
—Así que el sultán ha traído a una nueva mujer al harem —comentó Sora, con una risa burlona que apenas logró disimular su satisfacción. Sus ojos se iluminaron al observar la reacción de Mimi.
Mimi la miró con una calma que solo la experiencia y la seguridad en su puesto podrían proporcionarle. No respondió de inmediato, dejando que el eco de la risa de Sora se disipara en el aire.
—La trajo sin ningún fin en particular —respondió Mimi con una sonrisa fría, sus dedos jugando con la tela de su vestido. Estaba decidida a no dejarse afectar por las palabras de Sora, pero el tono sarcástico de la otra mujer no pasaba desapercibido.
Sora soltó una risa aún más fuerte, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.
—¿Esas palabras se las dijo el sultán? —preguntó Sora, con una mirada cargada de desdén. Sabía que lo que estaba diciendo era una pura falsedad. Yamato, por más que intentara esconderlo, nunca traía a una nueva mujer al harem sin un propósito claro.
Mimi asintió con firmeza, sin mostrar una pizca de duda.
—Así me lo dijo —respondió, aunque por dentro, sus pensamientos se encontraban en un torbellino de emociones. Aun así, no iba a permitir que Sora viera ni una grieta en su fachada.
Sora soltó una carcajada estridente, que resonó en la sala. Se acercó más a Mimi, casi como si disfrutara de la incomodidad ajena.
—¡Esas son las típicas palabras que el sultán usa! ¡Mentiras! —exclamó, casi a punto de saltar de la emoción. —Tú sabes que el sultán nunca trae a alguien al harem sin que haya un motivo. Y si dices que no es nada, ¿por qué la mandó a acomodar allí? Es obvio que tiene alguna intención.
Mimi rodó los ojos, ya cansada de la actitud de Sora, pero no la dejó ver su incomodidad. Sus ojos se endurecieron, y su voz se volvió fría y controlada.
—Eso no es un tema que te incumba, Sora. Mejor preocúpate por ti misma —respondió, sin rodeos.
Sora, sintiendo que su provocación no estaba funcionando como esperaba, decidió intensificar su ataque. Su sonrisa se amplió, y con una mezcla de burla y arrogancia, continuó.
—Te dije que el sultán se aburriría de ti, Mimi. Después de todo, ahora con tu hijo enfermo, no le sirves al sultán. —Las palabras fueron como un dardo lanzado con precisión, y Sora no podía esperar ver la reacción de Mimi.
Mimi no se inmutó, pero sus ojos destellaron con furia contenida. La mención de Kouichi, su hijo enfermo, tocaba una fibra sensible, pero Mimi había aprendido a mantener su compostura, incluso en los momentos más difíciles.
—Deja de decir tonterías, Sora. Mejor preocupa de ti misma. —dijo Mimi, la calma regresando a su tono. —Ahora, con una concubina más, Yamato tiene menos razones para llamarte a sus aposentos.
El aire en la sala parecía congelarse. Sora apretó la mandíbula y sus ojos brillaron de ira. No esperaba esa respuesta de Mimi. Ella creía que la sultana había perdido su control, pero ahora, veía que no era así.
—Es solo cuestión de tiempo —murmuró Sora, casi entre dientes. No podía evitar lanzar un último golpe, como si pensara que iba a quebrar a Mimi.
Mimi se inclinó ligeramente hacia adelante, su sonrisa se amplió con un toque de desdén. La respuesta fue clara y directa, sin lugar a malentendidos.
—Tú sabes que el sultán ya no te desea —le dijo, la voz llena de seguridad y conocimiento. La frase fue como un golpe directo al corazón de Sora, quien parpadeó por un momento, sorprendida. Mimi lo sabía, lo sentía en el aire, en las miradas que Yamato ya no le daba.
Sora se quedó en silencio por un instante, su rostro tornándose rojo de furia y frustración. No podía creer que Mimi, la misma mujer que había sido su competencia constante, ahora la estaba venciendo en el terreno emocional.
Pero en el fondo, Sora sabía que Mimi tenía razón. Yamato ya no la deseaba de la misma manera. Y eso, más que cualquier otra cosa, era lo que la hería profundamente.
—Pronto ocurrirá lo mismo contigo.
Mimi rie: —Tú sabes que no.—Comentó antes de voltear y disponerse a salir del lugar.
La tensión en el aire era palpable, como si la batalla entre las dos mujeres hubiera dejado cicatrices invisibles pero profundas. Sora, furiosa y avergonzada, intentó recuperar la compostura mientras Mimi se levantaba lentamente de su cojín, sin un ápice de remordimiento en su rostro.
Sora, con la voz tensa, dejó escapar una última amenaza, una que intentaba sembrar dudas en la mente de Mimi.
—Pronto ocurrirá lo mismo contigo —murmuró, su voz baja, pero cargada de veneno.
Mimi soltó una risa suave, casi divertida, mientras comenzaba a caminar hacia la salida, sin mostrar ninguna preocupación en su rostro.
—Tú sabes que no —comentó con suficiencia antes de girarse y comenzar a dar pasos firmes hacia la puerta. No quería perder más tiempo con Sora, quien cada vez se mostraba más insignificante a sus ojos.
Pero justo cuando estaba a punto de salir, una figura apareció en la puerta. Gennai Aga, uno de los oficiales del palacio, hizo una reverencia respetuosa hacia Mimi, y luego, sin detenerse mucho en ella, se dirigió rápidamente hacia Namika, la nueva concubina. Mimi se detuvo en seco y observó en silencio mientras Gennai se acercaba a la joven mujer.
—¿Qué sucede? —preguntó Namika con cierta inquietud, al ver el comportamiento inusual de Gennai.
Gennai no le dio rodeos, su rostro serio pero con un toque de deferencia hacia ella.
—Prepárate, porque esta noche irás con el sultán —dijo, sin titubear.
Namika, sorprendida pero claramente complacida, sonrió ante la noticia. Su corazón parecía dar un vuelco mientras sus ojos se iluminaban.
—¿De verdad? —preguntó, con una mezcla de alegría y nerviosismo. Estaba consciente de lo que eso implicaba para su estatus en el harem.
Mimi, al escuchar la conversación, se quedó quieta en su lugar, su mirada se volvió más dura, más fría. No podía creer lo que estaba escuchando.
—¿Es una broma? —preguntó, con una risita entrecortada, pero claramente furiosa. Sus ojos no dejaban de mirar a Gennai, quien la evitó por completo.
Gennai no mostró ningún signo de incomodidad, simplemente respondió con la misma cortesía de siempre.
—No es una broma, madre sultana ordenó prepararla —dijo sin mirarla directamente, como si ella no fuera quien debía explicar lo sucedido.
Las palabras de Gennai cayeron pesadas en el ambiente. Mimi apretó su puño involuntariamente, una oleada de rabia recorriéndola. Sabía perfectamente lo que esto implicaba: la madre sultana había dado la orden, y por lo tanto, Namika se estaba ganando un lugar en la vida del sultán, despojando a Mimi de parte de su poder y control.
Sora, quien había estado observando en silencio, no pudo resistir la tentación de acercarse a Mimi, con una sonrisa burlona dibujada en su rostro. Su tono era venenoso y llena de malicia, disfrutando cada palabra que salía de sus labios.
—Te lo dije —dijo Sora, como si estuviera disfrutando cada segundo de la humillación que Mimi estaba experimentando.
Mimi, aún con el puño apretado, no le dedicó ni una mirada a Sora. Su expresión era una máscara de furia controlada, su mente trabajando a mil por hora mientras procesaba lo que acababa de ocurrir. Sin embargo, su voz fue tranquila, casi mortalmente calmada cuando respondió:
—Este juego no ha terminado, Sora —murmuró con frialdad, antes de girarse y salir de la sala con pasos decididos, dejando atrás a Sora y el bullicio de la conversación que acababa de desarrollarse.
Dentro de la habitación, la atmósfera quedó cargada de un aire denso y tenso. Sora, por un momento, pensó en seguir a Mimi y continuar con sus provocaciones, pero algo la detuvo. La mujer que tenía enfrente, en ese instante, era más peligrosa que cualquier otra cosa que pudiera hacerle. En silencio, observó cómo Mimi se desvanecía de su vista, y, por un breve momento, se dio cuenta de que las cosas entre ellas dos apenas estaban comenzando a ponerse realmente interesantes.
~Al día siguiente~
La atmósfera en el harem estaba cargada de tensión, el aire denso con el resentimiento de una mujer que no podía controlar la ira que hervía dentro de ella. Mimi caminaba de un lado a otro en su habitación, sus pasos pesados, casi violentos, como si cada movimiento estuviera impregnado de su frustración. Su rostro estaba tenso, y sus ojos destilaban rabia contenida. La idea de que Yamato había pasado la noche con Namika, esa concubina recién llegada, la consumía.
Yoshino, su sirvienta leal, se acercó a ella con cautela, su voz suave y calmante, intentando calmar la tormenta que se había desatado en el corazón de la sultana.
—Madame, calma. He oído que la concubina solo estuvo unas horas con el sultán, y luego él la hizo dormir en el harem, sin más —dijo, tratando de consolarla.
Pero Mimi no estaba dispuesta a escuchar ninguna excusa. Dio un giro brusco hacia Yoshino, su mirada furiosa fija en ella.
—¡Como sea! —dijo con una rabia tan palpable que Yoshino se tensó ante su tono. —¡Lo logró! Estuvo a solas con él, y está más que claro lo que hicieron.
Yoshino intentó suavizar la situación, pero sabía que las palabras no podían calmar la tormenta interna de Mimi. Antes de que pudiera decir algo más, la puerta se abrió con un leve crujido, y una figura familiar entró en la habitación, seguida por su kalfa y el pequeño Kiriha. Era Sora, la sultana secundaria y madre del hijo primogénito de Yamato, con una sonrisa que no parecía tener buena intención.
—Buenos días, Mimi —saludó Sora con un tono suave pero lleno de sarcasmo, su mirada fría y calculadora.
Mimi, claramente molesta, le dedicó una mirada fulminante antes de rodar los ojos en señal de desdén. No tenía ganas de lidiar con ella en ese momento, pero Sora no parecía tener la misma consideración.
—Al parecer no tuviste una buena noche, ¿eh? —dijo Sora, su tono burlón impregnado de una ironía que hacía que cada palabra sonara aún más amarga.
Mimi, sin perder la compostura, respondió con calma, pero su voz tenía un filo peligroso.
—Eso no es asunto tuyo —respondió, sabiendo que Sora estaba jugando a sembrar más discordia entre ellas.
Sora no dejó que la conversación terminara allí, su sonrisa no hacía más que crecer mientras tomaba asiento, haciendo un gesto a su kalfa Miyako y a su hijo Kiriha para que se acomodaran.
—Me enteré de que Namika estuvo hasta tarde en los aposentos del sultán —continuó Sora con una risita burlona. —¿Sabes? El sultán parece muy generoso con su atención, ¿verdad? Aunque, claro, no fue tan generoso contigo anoche.
Mimi apretó los dientes, pero se esforzó por mantener la calma. La última cosa que quería era perder su compostura ante Sora. Aun así, la situación la estaba poniendo al límite.
—Ya basta, Sora —respondió con una tranquilidad que no hacía justicia a la furia que sentía en su interior—. Eso no es de tu incumbencia.
Sora, disfrutando de su poder momentáneo, se inclinó hacia adelante, sin mostrar ni una pizca de remordimiento, como si se regodeara en la humillación de Mimi.
—Pronto perderás tu lugar, Mimi —dijo con un tono presuntuoso—. Ya no le interesas al sultán. Y esa nueva concubina… seguramente él la tendrá más en cuenta que a ti.
Mimi sintió cómo su estómago se retorcía. La amenaza era directa y cruel. Sin embargo, no podía dejar que Sora viera el impacto que sus palabras tenían en ella.
—¿Cómo tú? —preguntó Mimi con voz tensa, sin poder ocultar su incredulidad ante la insinuación de Sora.
Sora soltó una risa ligera, casi como una mueca, y la miró con suficiencia.
—Es curioso que lo digas, porque el sultán me invitó a desayunar junto a él —dijo, su voz cargada de triunfo, dejando claro que quería que Mimi supiera que aún tenía un lugar especial en la vida de Yamato.
Mimi la observó, sus ojos brillando con desconfianza. No quería creer lo que estaba oyendo.
—No puede ser —respondió, con una incredulidad evidente. No estaba dispuesta a tragar esa mentira. El sultán no podía haberle dado tanto poder a Sora, no después de todo lo que había pasado entre ellos.
Sora, sin embargo, mantuvo su sonrisa arrogante y siguió insistiendo.
—Es la verdad, Mimi. El sultán y yo... compartimos una relación especial, que tú ya no tienes. Y lo sabes —dijo, con la intención de perforar más hondo la herida de Mimi.
Antes de que Mimi pudiera decir algo más, la puerta se abrió una vez más, interrumpiendo la tensa conversación. Gennai Aga, con su porte serio, entró y se acercó rápidamente a Sora. Hizo una reverencia respetuosa antes de dirigirse directamente a ella.
—Madame Sora, el sultán la está esperando a usted y al príncipe Kiriha —dijo con su usual tono profesional.
Mimi se quedó sin palabras, observando cómo Gennai dejaba a Sora en una posición aún más privilegiada, mientras ella misma se sentía desplazada, su furia alcanzando niveles peligrosos. ¿Cómo podía Sora seguir ganando terreno en todo esto?
Sora, con una última sonrisa triunfante hacia Mimi, se levantó y tomó a Kiriha de la mano, lista para dirigirse a donde el sultán la esperaba.
—Nos vemos luego, Mimi —dijo Sora, su voz llena de una amenaza silenciosa.
Y mientras salía de la habitación, dejando atrás a Mimi completamente furiosa, la sultana principal solo pudo sentir cómo su mundo comenzaba a desmoronarse bajo la presión de sus rivales y la competencia que nunca había desaparecido.
Takeru estaba en el campo de entrenamiento, el sol abrasador de la tarde no hacía más que intensificar la furia que ardía en su pecho. Su cuerpo se movía con rapidez y agresividad, ejecutando los movimientos con una precisión casi frenética. Cada golpe, cada patada, parecía cargada de una furia interna que no dejaba espacio para la calma. Su respiración era pesada, su rostro enrojecido por el esfuerzo físico, pero la verdadera lucha ocurría en su mente.
Golpeó la bolsa de arena con tal fuerza que esta se balanceó violentamente, el sonido sordo del impacto resonó por todo el campo. El sudor le caía por la frente y las gotas se mezclaban con la rabia en su interior. No podía dejar de pensar en Hikari, su Hikari, y en la traición que sentía en su pecho al verla casarse con Daisuke. El dolor de verla unirse a otro, de perderla ante los ojos de su familia, le corroía más de lo que podía soportar.
Con cada golpe, revivía la imagen de Hikari en los brazos de Daisuke, sonriendo como si él nunca hubiera existido en su vida, como si jamás hubiera habido una conexión entre ellos. Esa imagen lo atormentaba, y la furia se apoderaba de cada fibra de su ser, como si golpear el saco de entrenamiento pudiera hacer desaparecer esa sensación de impotencia que lo envolvía.
Ken, su fiel sirviente, observaba desde un costado del campo, con el rostro preocupado. Había estado entrenando a Takeru durante años, pero nunca lo había visto tan descontrolado, tan lleno de ira. Cada uno de sus movimientos estaba marcado por una fuerza bruta, un impulso casi animal. Sabía que algo lo consumía por dentro, algo más allá de lo que mostraba en su rostro.
Finalmente, Ken no pudo callarse más. Caminó hacia él con paso firme y, al llegar cerca, pronunció su nombre con suavidad.
—Takeru... —dijo Ken, con una mezcla de preocupación y respeto en su voz—. Estás muy sulfurado. Esto no es bueno para ti.
Takeru no respondió, no levantó la mirada. Su cuerpo continuó moviéndose, los puños chocando contra el saco de arena con una furia imparable. Sus ojos, llenos de rabia, seguían fijos en algún punto en la distancia, como si no estuviera en el campo de entrenamiento, sino en otro lugar, en un lugar donde los recuerdos de Hikari y Daisuke seguían torturándolo.
Ken se acercó más, con el rostro serio, intentando no interrumpir su concentración, pero sabía que no podía dejar que siguiera de esa forma. Su señor estaba al borde de la desesperación, y eso lo preocupaba profundamente. Takeru siempre había sido reservado, pero nunca había dejado que su ira lo consumiera de esta manera.
—Takeru, por favor... —insistió Ken, esta vez con más firmeza—. Esto no te va a llevar a nada.
Finalmente, Takeru se detuvo, pero no por completo. Con un suspiro pesado, dejó que el saco de arena colgara frente a él. La furia aún ardía en su interior, pero ahora había una pequeña chispa de cansancio en sus ojos. No decía nada, no podía, porque las palabras no bastaban para expresar lo que sentía. La sensación de pérdida, de traición, lo envolvía, y no importaba cuánto golpeara, nada lo liberaba de ese dolor.
Ken lo miró por un momento, esperando una respuesta, algo que indicara que Takeru estaba dispuesto a escuchar. Pero el joven simplemente cerró los ojos, respiró profundamente y, al abrirlos, la mirada era más oscura que nunca. Estaba atrapado en su propio tormento, en sus propios pensamientos, y esos pensamientos no dejaban de girar en torno al matrimonio de Hikari y Daisuke.
—¿Lo ves, Ken? —murmuró Takeru finalmente, su voz grave y cargada de resentimiento. No miraba a su sirviente, sino al horizonte, como si buscara algo en la lejanía que pudiera traerle alguna paz. —Hikari... está casándose con él. Daisuke.
Su tono era bajo, pero lleno de veneno. Cada palabra parecía cortarle más que el golpe más fuerte. Ken lo observó en silencio, sabiendo que no podía hacer mucho más que estar allí, esperando a que su joven amo finalmente dejara salir lo que tenía atrapado en su pecho.
—Takeru... —comenzó Ken, su voz suave—. Ya lo has dicho muchas veces. No puedes seguir así, envenenándote con estos pensamientos.
Takeru se giró abruptamente, su mirada afilada como una daga.
—No es tan fácil, Ken —respondió, su voz temblando ligeramente por la furia que aún lo mantenía tenso—. No puedo... no puedo dejar de pensar en lo que pasó. En lo que está pasando. Ella... nunca me miró de la forma en que yo la miraba. Y ahora, se va con él.
Ken no dijo nada más por un momento. Sabía que no podía ofrecer consuelo, no cuando la herida era tan profunda. Pero lo que sí sabía era que Takeru no podía seguir anclado en esa ira, que el dolor solo lo destruiría más rápido.
—Te entiendo, Takeru —dijo finalmente Ken, con un tono comprensivo—. Pero no puedes seguir lastimándote de esta manera. Si no lo dejas ir, te arrastrará al mismo lugar que temes.
Takeru lo miró con los ojos brillando con una mezcla de frustración y confusión, como si las palabras de su sirviente no pudieran penetrar en su alma atormentada. Pero, al menos por un momento, había algo en su mirada que indicaba que, aunque no lo dijera, entendía lo que Ken intentaba decirle.
Se dio la vuelta de nuevo, mirando hacia el horizonte, mientras la ira seguía ardiendo en su pecho, pero en un rincón oscuro, una pequeña chispa de duda comenzaba a formarse.
La luz suave de la mañana entraba por las grandes ventanas del comedor del palacio, iluminando la mesa donde Yamato, Sora y su hijo Kiriha estaban disfrutando de un desayuno juntos. El aroma de los manjares recién preparados llenaba el aire: panecillos calientes, frutas frescas, miel, y jugos recién exprimidos. Kiriha, de apenas seis años, comía con entusiasmo, su rostro radiante mientras le hablaba a su padre.
—Papá, en mis clases de hoy, aprendí mucho sobre cómo las estrellas se mueven en el cielo —comentó Kiriha, mientras daba un bocado a una rebanada de pan.
Yamato lo observó, su rostro se suavizó con orgullo, y sonrió al escuchar a su hijo.
—Eso es maravilloso, hijo —respondió, acariciando la cabeza de Kiriha. —Eres muy inteligente. Estoy seguro de que serás un gran líder algún día, con todo lo que estás aprendiendo.
Kiriha sonrió ampliamente, claramente complacido con la aprobación de su padre, y continuó comiendo mientras miraba a su madre, Sora, que se encontraba a su lado. Sora, aunque generalmente reservada, no podía evitar sentirse feliz al ver a su hijo tan contento. El ambiente era ligero y alegre, como la paz de la mañana misma.
Después de unos momentos de tranquilidad, Yamato se volvió hacia Sora, su expresión se suavizó aún más, como si su mente se hubiera alejado de las responsabilidades de gobernar.
—¿Y tú, Sora? ¿Cómo has estado? —preguntó, interesado en su bienestar.
Sora lo miró, complacida por la atención de su esposo, pero su respuesta fue breve y cuidada.
—Todo está bien, sultán —respondió con una sonrisa ligera.
Yamato asintió, contento de escuchar que su sultana estaba en paz. Sin embargo, sus ojos se llenaron de curiosidad cuando preguntó:
—¿Te has sentido cómoda en el harem? ¿Estás disfrutando de tu tiempo aquí?
Sora asintió de inmediato, su voz suave al responder:
—Sí, la sultana madre y yo siempre tenemos actividades juntas, y es agradable. Hay una atmósfera de camaradería, algo que me ayuda a adaptarme mejor.
El ambiente parecía perfecto, pero Yamato percibió un pequeño cambio en la expresión de Sora. Su curiosidad se despertó aún más.
—¿Aunque? —preguntó, notando que algo más estaba detrás de sus palabras.
Sora miró hacia abajo, su rostro tornando ligeramente serio antes de responder con cierta reticencia:
—Aunque... hay un pequeño problema con la sultana Mimi.
Yamato arqueó una ceja, curioso y algo preocupado.
—¿Por qué dices eso? —preguntó.
Sora dejó escapar un suspiro, mirando a su esposo directamente a los ojos.
—Mimi se cree mejor que todas las demás —dijo con algo de frustración en su voz. —No coopera con las demás concubinas, se comporta como si el favoritismo que tienes por ella la hiciera superior. No le gusta relacionarse con nadie, ni siquiera con las otras mujeres del harem, porque cree que no somos dignas de su presencia.
Yamato frunció el ceño, claramente no convencido.
—Dudo mucho que esa sea la actitud de Mimi —respondió, mirando a Sora con una mezcla de sorpresa y escepticismo.
Sora asintió, segura de lo que decía.
—Te lo aseguro. Todo esto es culpa del favoritismo —murmuró Sora. —Ella actúa así porque sabe que eres más indulgente con ella que con las demás. Y eso no le permite convivir con el resto como una verdadera sultana.
Yamato se quedó en silencio por un momento, pensativo. Luego, hizo una mueca de disgusto y, con una leve sonrisa irónica, le dijo:
—Esos mismos comentarios los hacían las otras concubinas sobre ti en el pasado.
Sora se tensó ligeramente al escuchar esas palabras, pero su expresión no cambió. Respondió con una leve mueca de desdén.
—Eso es pasado, Yamato. Ya no es relevante —dijo, como si no quisiera seguir hablando de aquello.
Yamato, sin embargo, no dejó que el tema se desvaneciera tan fácilmente.
—Lo es, pero la historia tiene una tendencia a repetirse. —Hizo una pausa, y miró a Sora con seriedad—. Sora, en honor a esa historia, deberías tener una mejor relación con Mimi. No puedes dejar que las viejas tensiones sigan interfiriendo.
Sora se sintió desconcertada ante las palabras de su esposo, y rápidamente le contestó:
—Es imposible para mí, especialmente después de lo que hizo. Ella me quitó mi lugar en el harem, ¿lo recuerdas?
Yamato no parecía impresionado por la respuesta. Con calma, le recordó:
—Recuerdo la razón, Sora. Recuerdo muy bien por qué sucedió. Te adelantaste a empujar a Mimi cuando ella estaba embarazada.
Sora apretó los labios, sintiendo cómo una oleada de arrepentimiento la invadía. Miró hacia abajo, incapaz de sostener la mirada de Yamato.
—Yo... estoy arrepentida de eso —admitió, con una ligera tensión en su voz—. No fue justo el castigo que recibí por ese error. Yo solo... me dejé llevar por mis emociones.
Yamato hizo una mueca de disgusto, como si aún no pudiera perdonar por completo lo que sucedió en ese entonces. Su voz se volvió más fría cuando respondió:
—No fue solo un error, Sora. Fue una falta de juicio. Pero ya pasó. Y aunque te arrepientas, las consecuencias siguen ahí.
Sora cerró los ojos por un momento, sintiendo el peso de las palabras de Yamato. La conversación se había tornado más seria, y el ambiente alegre de antes parecía haber desaparecido.
—Lo sé, Yamato. Lo sé. Pero... aún creo que el trato que me dieron no fue justo. —Suspiró y levantó la vista hacia él, con un rastro de tristeza en los ojos. —Nunca quise que las cosas terminaran de esta manera.
Yamato la observó durante un largo momento, sin decir nada más. Luego, levantó su copa de jugo de granada y la llevó a sus labios, sin cambiar su expresión.
El sol se filtraba a través de los ventanales del palacio, y la luz suave acariciaba el salón principal del harem en donde Yoshino, la sirvienta de Mimi, estaba sentada en un cómodo sillón, sosteniendo en sus brazos a la pequeña Izumi. La niña, de tan solo dos años, parecía estar disfrutando de una mañana tranquila, sus ojos brillaban con curiosidad mientras a su costado había una cuna en la cual su hermano menor, el príncipe Kouji descansaba. Justo en ese momento en el harem apareció Esmahan, quien estaba en sus brazos a su hijo, Takuya.
—Buenos días Yoshino.— Esmahan saludó a la kalfa.
—Buenos días sultana.—Yoshino hizo una reverencia— ¿Durmió bien?
Esmahan asintió: —Bien. Takuya no lloró mucho esta noche, al contrario, durmió en su mayoría, lo cual me permitió descansar.
—Eso es bueno.—Respondió la kalfa y acarició suavemente la mejilla del bebé.
—¿Y la sultana Mimi?
—Está en su habitación.—Contestó Yoshino— El príncipe Kouichi estaba llorando, así que lo está atendiendo.—Comentó—Mientras yo, cuido a Kouji.—Dirigió su mirada hacia la cuna junto a ella— Y a la sultana Izumi.
Esmahan pasó su mirada por el príncipe que dormía en la cuna y luego por Izumi, suavemente acarició su cabello.
Takuya, con su mirada fija en Izumi, alzó las pequeñas manos hacia ella, haciendo un intento torpe de alcanzarla. La niña, muy curiosa y traviesa a su corta edad, extendió sus manitas y le ofreció un juguete de madera con una sonrisa traviesa.
—Juguemos, Takuya —dijo Esmahan, intentando fomentar el vínculo entre los dos pequeños.
Izumi levantó otro pequeño muñeco esta vez de tela y se lo ofreció a Takuya con una sonrisa traviesa, esperando que él lo tomara. Takuya, con su mirada fija en el juguete, estiró sus manitas para alcanzarlo, pero la pequeña bebé lo retiró, Takuya frunció el ceño y estiró más su mano para alcanzarlo, pero Izumi se lo negó, de repente, en un arrebato de frustración infantil por parte del bebé, empujó el primer juguete de madera contra Izumi. La pequeña, al ver este gesto, sintió el impulso de devolver el golpe, no de manera juguetona, sino con un pequeño movimiento lanzó el juguete de tela contra Takuya.
La situación rápidamente escaló cuando Takuya, irritado por la reacción de Izumi, extendió su brazo y le dio un manotazo a su prima. La niña, sorprendida, lo miró por un segundo antes de devolvérselo con la misma fuerza. Ambos niños se quedaron mirando fijamente al otro, sus pequeñas caras arrugadas en un gesto de enojo. Izumi no entendía por qué Takuya había reaccionado así, pero tampoco estaba dispuesta a quedarse callada.
Esmahan observaba la escena con una mezcla de sorpresa y frustración. Sabía que los niños eran pequeños, pero ¡No debían comportarse así!
—¡Takuya! —dijo Esmahan, alzando la voz con firmeza—. No le hagas eso a la sultana, ¡eso no está bien!
Pero Takuya, visiblemente molesto, no prestó mucha atención a la reprimenda. En lugar de detenerse, le dio otro pequeño manotazo a Izumi, lo que solo empeoró la situación. La pequeña, al sentirse atacada, respondió con la misma agresividad, empujando a Takuya con ambas manos.
—Y la pelea continua.—Musitó Yoshino.
—¡Niños, basta! —exclamó Esmahan, levantándose para separar a los niños—. ¡No puedes seguir peleando!
Pero los niños no parecían dispuestos a detenerse. El rostro de Izumi se tensó aún más mientras le devolvía otro golpe a Takuya, mientras él respondía con igual fuerza. Esmahan los separó finalmente, pero ambos bebés no mostraban signos de arrepentimiento, solo de un enojo tan infantil como profundo.
Yoshino, observando la escena con una sonrisa contenida, intervino de manera más suave.
—Esmahan, creo que sería mejor calmarlos un poco, son solo niños —sugirió, mientras abrazaba con más fuerza a Izumi, quien seguía con la cara roja de rabia.
Esmahan suspiró, mirando a los dos niños, ahora en sus brazos, y se dio cuenta de que era casi imposible detenerlos en su afán de discutir.
—¡Por favor, ya basta! —dijo Esmahan, su voz ahora con un tono más exasperado.
Sin embargo, los pequeños, cada uno en brazos de sus respectivas cuidadoras, seguían frunciendo el ceño y claramente no estaban dispuestos a rendirse.
Yoshino levantó los juguetes y se los entregó a los niños. Pero Izumi sin piedad lanzó su juguete contra Takuya y el moreno hizo lo mismo.
—¡Oh, vaya!— Exclamó la sultana de ojos azules.
—Es difícil calmar a dos pequeños tan furiosos —comentó Yoshino, mirando la escena con una leve sonrisa—. Pero al menos están aprendiendo a defenderse, ¿verdad?
Esmahan asintió lentamente, aunque no estaba tan segura de si esa era la lección que debía enseñarles. Lo que sí estaba claro es que ambos tenían un carácter fuerte, y parecía que la paz entre ellos tardaría un poco en llegar.
En ese momento, los sonidos de pasos firmes se escucharon cerca de la entrada. Takeru, con el rostro marcado por el enojo, caminaba rápidamente hacia la mesa de bocadillos. Al verlo, Esmahan hizo una mueca, sabiendo que algo no andaba bien con él. Sin embargo, no tuvo tiempo de preguntarle, ya que el príncipe se dirigió directo hacia los pastelillos sin siquiera mirarla.
—¡Buenos días, príncipe Takeru! —dijo con una sonrisa amable, pero Takeru respondió secamente:
—Hola.
La falta de entusiasmo en su respuesta hizo que Esmahan hiciera una mueca de incomodidad, pero no dijo nada más. Takeru, claramente irritable, se acercó a la mesa llena de pastelillos, agarró uno con poca delicadeza y lo llevó a su boca. Sin embargo, tan pronto como lo probó, su expresión cambió por completo. Con una mirada furiosa, escupió el pastelillo y lo lanzó de nuevo sobre la mesa.
—¡¿Quién hizo estos pastelillos?! ¡Están horribles! —gritó, levantándose de inmediato y mirando a su alrededor con una furia evidente.
El caos momentáneo hizo que Gennai Aga, uno de los sirvientes encargados del lugar, se acercara rápidamente, tratando de calmar la situación.
—Príncipe Takeru, lo siento mucho. Iré a reemplazar esos pastelillos de inmediato —dijo Gennai, visiblemente nervioso ante la reacción de Takeru.
Takeru lo miró con desdén antes de responder con un tono frío y cortante.
—Que lo hagan rápido —murmuró, sin darle importancia al pedido de Gennai. Aparentemente, su mal humor no tenía lugar para consideraciones.
Esmahan, que había estado observando todo el intercambio, se sintió incómoda ante la actitud del príncipe, básicamente su tío, porque era hermano de su padre. Este tipo de comportamiento no era común en él, y su malestar la hizo pensar que algo más estaba ocurriendo. Después de un breve momento, se acercó a él, haciendo una reverencia respetuosa.
—Al parecer alguien se levantó de malas.—Yoshino le susurró a Esmahan.
La sultana sintió mientras Takeru observaba con disgusto la mesa.
Esmahan hizo una mueca y dirigió su mirada hacia la kalfa— Yoshino ¿puedes cuidar a Takuya?
—¡Claro sultana!— Exclamó la oji-rosa.
Fue así como la sultana depositó al bebé en el sofá junto a Yoshino.
—Por favor, no permitas que se mate con Izumi.—Rogó la oji-azul.
—No se preocupe, me encargare que no ocurra.—Contestó la kalfa depositando a Izumi a su lado izquierdo, quedando Yoshino entre medio de la sultana Izumi y del pequeño Takuya.
Esmahan sonrió y fue así como se dirigió en dirección hacia Takeru.
—Príncipe Takeru, ¿puedo hablar con usted? —preguntó, su tono de voz mostrando una ligera preocupación.
Takeru levantó la vista hacia ella, su expresión aún tensa. Al principio, parecía que no iba a responder, pero al final asintió con un movimiento brusco de cabeza.
—¿Qué pasa? —preguntó, visiblemente impaciente.
Esmahan se sentó junto a él, manteniendo una postura calmada, aunque internamente estaba inquieta. Observó a su sobrino durante unos segundos, buscando las palabras adecuadas para abordar el tema delicado.
—¿Está todo bien? —preguntó con suavidad, intentando romper el hielo de su actitud tan cerrada—. Lo he notado... Estás diferente. Como si algo te molestara profundamente.
Takeru, que había estado mirando al frente, no pudo evitar tensarse al escuchar la pregunta. En su mente, Hikari estaba constantemente presente, como un fantasma que lo perseguía sin descanso. Su ira, su frustración, todo parecía estar relacionado con ella, pero no estaba dispuesto a hablar de ello tan fácilmente.
—Estoy bien —respondió, con un tono seco, sin querer profundizar en el tema.
Esmahan no se dejó engañar por la respuesta superficial. Sabía que Takeru no era de hablar abiertamente sobre sus sentimientos, pero su actitud le decía lo contrario.
—¿Seguro? —insistió, suavizando su voz.
—¡Seguro!
La oji-azul hizo una mueca— Príncipe, no debe mentirme...—Se acercó a él para susurrar—. ¿Esto tiene que ver con Hikari? —preguntó directamente, sabiendo que él no escaparía de la verdad si la confrontaba.
Takeru se quedó en silencio por un largo momento, mordiéndose el labio inferior mientras evitaba el contacto visual con Esmahan. Finalmente, soltó un suspiro, como si estuviera cansado de ocultar lo obvio.
—¿Qué importa? —dijo finalmente, sin ganas de continuar con la conversación.
Esmahan lo miró fijamente, preocupada. Estaba claro que su sobrino estaba pasando por algo complicado, algo que no estaba dispuesto a compartir con nadie. Sin embargo, ella no podía quedarse de brazos cruzados.
—Lo siento, Takeru, pero me gustaría ayudarte. Si alguna vez necesitas hablar, sabes que puedes contar conmigo. Somos familia.
Takeru la miró por un momento, pero no dijo nada.
—No quiero hablar con nadie, todos me juzgan.
—Yo no te juzgo.—Respondió Esmahan.
—¡Claro que sí!— Exclamó— Apuesto a que estás de acuerdo con el matrimonio de Daisuke e Hikari ¿no? Como todo el resto ¡para que Hikari se mantenga lejos de mi!
Esmahan hizo una mueca: —Querido, entiendo que estés enojado, y entiendo la razón.
Takeru se quedó en silencio nuevamente, sus ojos vacíos de emoción. Parecía que el enojo y la frustración lo estaban consumiendo por completo, como si su propia ira fuera la única forma de defenderse de todo lo que lo rodeaba. Estaba harto, y lo único que deseaba era que todos lo dejaran en paz, pero algo en las palabras de Esmahan parecía hacerle eco en lo más profundo.
Esmahan lo observó con compasión, pero también con una ligera preocupación. Sabía que lo que estaba pasando en la mente de su sobrino era algo más complejo de lo que él estaba dispuesto a compartir, y aunque ella no podía entender completamente su dolor, tampoco podía quedarse de brazos cruzados viéndolo autodestruirse.
—Takeru —dijo suavemente—, el matrimonio de Hikari con Daisuke… sé que te duele. Pero hacer esto más grande solo va a hacer que te lastimes aún más. No te estoy juzgando, lo que pasa es que eres joven y lo que sientes es real, pero las cosas no siempre son como las vemos cuando estamos en medio del dolor.
Takeru dejó escapar una risa amarga, casi como si la idea de alguien tratando de consolarlo le pareciera absurda. Se pasó una mano por el cabello con frustración, dejándose caer en la silla frente a la mesa. Sus dedos jugueteaban con el borde del pastelillo que había rechazado antes, pero no parecía tener el ánimo ni las ganas para probarlo de nuevo.
—¿Realmente crees que me va a hacer alguna diferencia? —dijo, su voz teñida de desdén. —Hikari está casándose con Daisuke. Todos están celebrando, y yo soy el villano en esta historia. El que no sabe hacer las cosas bien, el que no puede controlar su ira. Ya todo está decidido.
Esmahan frunció el ceño, el tono de Takeru había cambiado, más amargo y lleno de frustración que antes. Era evidente que el dolor de perder a Hikari lo había alcanzado, pero también había algo más, algo profundo que no estaba dispuesto a dejar ver.
—Takeru, nadie te está haciendo el villano —insistió ella con firmeza—. Pero tienes que aceptar que no puedes controlar todo lo que ocurre. Hikari tomó su decisión, y aunque te duela, no puedes vivir tu vida solo en base a lo que otros hacen. Tú mereces algo mejor, pero para llegar a eso, necesitas liberarte de lo que te atormenta.
Takeru levantó la mirada, y por un segundo, sus ojos brillaron con un destello de dolor.
—¿Liberarme? —dijo, con una risa triste. —¿Cómo se supone que haga eso, Esmahan? ¿Dices que olvide todo lo que ha pasado? ¡Que ignore lo que siento! ¿Cómo se hace eso cuando todo lo que quiero es estar con ella, y ella ni siquiera me mira?
La tensión en la habitación aumentó. Esmahan sabía que el amor no correspondido podía ser una de las pruebas más duras, y ver a su sobrino sufrir de esa manera la desgarraba. Pero también sabía que Takeru necesitaba enfrentar lo que sentía y encontrar una manera de sanar, de dejar ir lo que no podía cambiar.
—No te pido que olvides lo que sientes —dijo, esta vez con voz suave pero segura—. Solo quiero que no dejes que eso te consuma. Tienes el derecho de estar herido, pero no de dejar que esa herida te controle. Lo que sientes es válido, Takeru, y es importante, pero no te conviertas en un prisionero de eso.
Takeru se quedó en silencio, mirando sus manos, como si estuviera buscando una respuesta en ellas. No dijo nada durante unos momentos, como si las palabras de Esmahan estuvieran luchando por abrirse paso en su mente llena de confusión y rabia.
Finalmente, levantó la cabeza y la miró con una expresión dura.
—¡Es que, verdaderamente no puedo aceptar esto!— Exclamó Takeru— Mi vida está marcada por un destino que yo no escogí ¡al igual que tu padre!— Comentó— La única diferencia es que, yo no morí.—Musitó—Pero así como a él se le fue arrebatada su vida. Yo estoy condenado a no poder vivir la mía. Por ser un príncipe renegado.
Esmahan hizo una mueca: —Tienes vida, eso es de buena suerte ¿sabes?
—Lo sé, pero aun así ¡es injusto que solo por el hecho de continuar con vida tenga que adaptarme a lo que los demás digan!— Exclamó Takeru.
—Entiendo que para ti sea difícil, después de todo, no tuviste opción para luchar por el trono.—Comentó Esmahan— Pero, Takeru, aunque así hubiese sido. Jamás hubiese podido estar con Hikari.
—¿Quién dijo eso?— Preguntó Tk.
—La ley otomana. Ni siquiera el sultán puede estar con una mujer otomana libre.
—Siendo el sultán hubiese podido cambiar las reglas.—Comentó el rubio.
—No hubiese sido tan fácil.
—Quizás no, pero no tendría que temer por mi vida porque ya estaría en el trono.—Habló Takeru.
—No está bien que pienses en eso, Takeru.—Habló Esmahan— Eres un príncipe y debes adaptarte a la situación en la cual estás.
—Lo dices porque para ti es fácil.
—¿Para mí?— La joven rió— ¡Mírame! Me tuve que casar con Taichi y no tuve opción de escoger. Acaso ¿crees que para mi ha sido muy grato que los demás dicten mi vida?—Preguntó— ¡Obvio que no! Pero si quería sobrevivir debía aceptarlo.
Takeru observó sus manos: —Yo no sé si quiero vivir sin Hikari.
¿Qué?
—Príncipe, no pienses eso.
—Lo siento, pero no puedo evitarlo.—Declaró el rubio— No soporto estar lejos de Hikari.
Esmahan suspiró. Al parecer, Takeru estaba cerrado en su dolor y eso no era bueno.
—Querido, no es bueno en que te cierres en tu dolor.—Comentó—Entiendo lo que sientes, pero no pienses solo en ti, piensa en ella. Hikari también tiene derecho a ser feliz y a estar bien. Dime ¿enserio quieres que sacrifique su vida y su posición para estar contigo sabiendo que eso no saldría bien?
"No saldría bien" Y ¿por qué? ¡Porque no era el sultán!
Si lo fuera. Todo sería diferente.
—Quiero que Hikari esté bien.
—¿Entonces?
Takeru se mordió el labio inferior y apretó su puño. Quería que Hikari estuviese bien...pero con él.
~Días después~
Takeru se encontraba en la bañera de mármol, el agua caliente envolviendo su cuerpo en un intento desesperado por aliviar la tensión de su mente. A pesar de la suavidad del agua, la furia que lo consumía seguía ardiendo en su pecho, como una llama indomable que no podía apagar. Sus pensamientos volvían una y otra vez a Hikari, a la imagen de ella casándose con Daisuke, a la traición que sentía que su corazón no podía soportar.
Se frotó la frente con la mano, mientras se sumergía un poco más en el agua, buscando algún tipo de alivio. Sin embargo, cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Hikari en los brazos de otro hombre se apoderaba de él. Era como si no pudiera escapar de la tormenta emocional que lo arrasaba por completo.
En ese instante, la puerta de la habitación se abrió suavemente y una figura femenina entró, con movimientos ligeros y casi indetectables. Takeru no la vio venir, pero sintió la presencia de Catherine, su esclava, acercándose lentamente. Era un hecho conocido que ella había sido una de las más leales a su familia, pero también era alguien que no dudaba en usar sus encantos cuando le convenía.
Catherine se acercó al borde de la bañera, su figura reflejada en la luz tenue de las velas. Sonrió de forma seductora, consciente de que Takeru, en su estado de furia y desesperación, podría estar buscando algo para calmar su alma. Aunque siempre había mantenido una distancia respetuosa, hoy había algo diferente en la forma en que la miraba, una confianza renovada.
—¿Puedo ayudarte, Takeru? —su voz fue suave, casi susurrante, mientras se inclinaba un poco más cerca de él, dejando que el aroma de su perfume envolviera la habitación.
Takeru no le respondió de inmediato, su mirada fija en el agua. Su mente estaba tan nublada por la ira que apenas registraba la presencia de Catherine. Sin embargo, cuando sus palabras penetraron en su mente, Takeru alzó la vista, sin mucho interés, pero con una ligera curiosidad sobre lo que ella quería.
—¿Ayudarme? —repitió Takeru en un tono frío y distante, su mirada fija en los ojos de Catherine, pero su mente seguía en otro lugar, en Hikari y en su rechazo hacia él.
Catherine no se inmutó ante su tono, acostumbrada a la indiferencia de su señor. Se acercó aún más, dejándose caer de rodillas junto a la bañera, su mirada repleta de un brillo que no pasaba desapercibido. Con un suave movimiento, comenzó a masajear su espalda, sus manos delicadas pero firmes presionando sobre los músculos tensos de Takeru.
—Puedo ofrecerte mis servicios, Takeru —dijo Catherine, su voz llena de una insinuación que dejaba claro que no hablaba solo de un masaje. Sus dedos recorrían lentamente la espalda de él, buscando liberar la tensión de su cuerpo, pero su objetivo estaba claro: quería hacerle olvidar a Hikari, distraerlo de la tormenta emocional que lo destrozaba por dentro.
Takeru, aún en silencio, apretó los dientes. Las manos de Catherine, aunque hábiles y suaves, no lograban calmar la tormenta que rugía en su interior. Por un momento, pensó en lo que ella le ofrecía. Sabía que Catherine nunca se detenía en sus avances, que nunca dudaba en aprovechar cualquier oportunidad. Sin embargo, a pesar de la oferta de consuelo, su mente solo podía centrarse en una persona: Hikari.
Sus pensamientos volvían una y otra vez a la imagen de ella en los brazos de Daisuke, a la sonrisa que le ofrecía, a la forma en que se entregaba a otro hombre. Era como si todo lo demás se desvaneciera, incluyendo a Catherine, cuyos esfuerzos por distraerlo le parecían vacíos en ese momento.
Catherine notó la falta de respuesta, la desconexión en los ojos de Takeru, y, aunque entendía que su mente estaba en otro lugar, no pudo evitar sentirse un tanto frustrada. No por ella, sino por su falta de poder sobre él en ese instante. Por un momento, dejó de masajear su espalda y lo observó en silencio, esperando a que algo cambiara en su expresión, esperando que sus palabras penetraran en su mente de alguna manera.
—¿No te interesa? —preguntó, esta vez con una ligera sonrisa en los labios, como si tratara de provocarlo, de traerlo de regreso a la realidad.
Takeru la miró sin realmente verla, como si estuviera mirando a través de ella. Finalmente, murmuró, su voz grave y cargada de amargura:
—No necesito esto, Catherine.
Catherine lo miró en silencio, sin sorprenderse por su respuesta. Ya lo conocía bien, sabía que Takeru nunca cedía fácilmente a sus avances, pero también sabía que la frustración lo llevaba a momentos de debilidad. Aún así, no insistió más. En su lugar, continuó con el masaje, esta vez de una manera más tranquila, casi como si intentara relajarlo, pero sin ninguna esperanza de que pudiera cambiar su estado emocional.
Takeru, por su parte, no dejaba de pensar en Hikari. A pesar de la proximidad de Catherine, a pesar de su seducción, su mente seguía ocupada con imágenes de ella y Daisuke, con la sensación de que todo lo que había sido importante para él se desmoronaba. La ira seguía hirviendo en su interior, pero también había algo más, algo más doloroso que no podía expresar con palabras.
—¿Sabes, Catherine? —dijo de repente, su voz apagada—. Aunque me ofrezcas todo lo que tienes, nada me hará olvidar lo que está pasando con Hikari.
Catherine dejó de masajearlo por un momento, sorprendida por la confesión. Pero no dijo nada, solo continuó con el suave movimiento de sus manos, sabiendo que, al menos por ahora, no podría aliviar la tormenta interna de su amo.
Mimi, sentada en los cómodos cojines de los aposentos de Yamato, observaba atentamente cómo él se acercaba para sentarse junto a ella. Su rostro, sereno pero decidido, reflejaba el torbellino de pensamientos que había estado rondando por su mente en los últimos días. La presencia de Namika en el harem había cambiado el aire, y aunque Mimi había intentado ignorarlo, algo dentro de ella sentía la necesidad de preguntar, de aclarar la situación.
Yamato se reclinó hacia atrás, sus manos entrelazadas sobre su pecho, mientras miraba a Mimi con una ligera sonrisa en su rostro. No esperaba que la tranquilidad de la noche fuera interrumpida, pero la mirada que Mimi le dirigió no dejaba lugar a dudas de que algo pesado estaba por salir a la luz.
Mimi, respirando profundamente, reunió el coraje necesario para hablar, sus ojos clavados en los de Yamato.
—Yamato —dijo, su voz tranquila pero cargada de una preocupación sutil—, quiero saber algo.
Yamato levantó una ceja, observando la seriedad de su rostro.
—¿Qué pasa? —preguntó con un tono suave, notando la tensión que había en el aire.
Mimi dudó por un momento, mordiéndose el labio inferior, pero finalmente lo soltó.
—¿Qué vas a hacer con Namika? —su pregunta fue directa, pero su corazón latía con fuerza. No quería mostrar inseguridad, pero el cambio en la dinámica del harem había sido evidente.
Yamato, al escuchar el nombre de Namika, dejó de sonreír y observó fijamente a Mimi. Un destello de incomodidad cruzó su rostro, pero fue fugaz. Sabía que tarde o temprano tendrían que hablar de ello.
—Namika... —murmuró, sin apartar la mirada de ella. Luego, se recostó con más comodidad, como si buscara una manera de procesar sus pensamientos antes de hablar—. Ya sabes que las cosas han cambiado, Mimi. Relena me dijo que la trajera de vuelta al harem, y ella... se ha mostrado útil, en más de un sentido.
Mimi frunció el ceño, sus ojos reflejando una mezcla de confusión y recelo. No esperaba que Yamato lo viera como algo tan "sencillo". La forma en que hablaba de Namika no hacía más que alimentar sus dudas.
—¿Útil? —repitió Mimi, con un tono casi imperceptible de incomodidad. Intentó ocultarlo, pero no pudo evitarlo. —Entiendo que lo sea en términos de servicio, pero... ¿qué más?
Yamato miró hacia otro lado por un momento, su mente viajando hacia el pasado, hacia los momentos con Namika que habían sido complicados, pero también intensos. Ella había sido una concubina que le había brindado muchas cosas... y en cierto modo, la atracción aún existía.
—Mimi... no es fácil de explicar. —dijo, buscando la forma correcta de abordar el tema—. Hubo una época en la que Namika fue importante para mí, pero las cosas han cambiado. No quiero que malinterpretes nada... Lo que siento por ti es diferente.
Mimi, aunque quería creerle, no podía evitar sentir celos y una inquietud que se apoderaba de su pecho. Su mirada no vaciló, pero su voz se tornó más firme.
—Entonces, ¿qué significa que ella esté aquí, ahora? —insistió Mimi, sin apartar los ojos de él. La duda seguía creciendo en su interior, pero no quería demostrar vulnerabilidad. Necesitaba respuestas.
Yamato se quedó en silencio por un momento, pensativo. Su mirada se suavizó al verla tan decidida, pero también sentía la presión de sus propias emociones conflictivas. Sabía que Mimi merecía su respeto y sinceridad.
—Lo que quiero es que sepas que ahora no hay lugar para comparaciones, Mimi. Tú eres mi concubina principal, y eso no va a cambiar. Si Namika está aquí, es porque Relena me la ofreció y yo acepté.
—¿Por qué?
—Porque necesito que alguien me atienda como concubina.
—Pero, yo puedo atenderte.
—Lo sé, pero no quiero cansarte, el último tiempo por el tema de Kouichi y en cuidar a nuestros hijos no has tenido mucho tiempo. Y no quiero sobre exigirte.
¿Sobre exigirle?
Bueno sí, por el tema de Kouichi, y por intentar cuidar a sus cuatro hijos siempre terminaba cansada, ante así que, apenas le daba una noche a Yamato.
—Yo puedo atenderte Yamato en ese sentido.
—Pero no quiero que te sobrecargues. Tenemos cuatro hijos y tú estás al pendiente de ellos. No quiero quitarles atención.
¿Quitarles atención? Acaso ¿Yamato estaba diciendo que preferiría dejarla de lado como concubina porque prefería privilegiar la crianza de sus hijos?
—Pero eso no significa que debas alejarte de mi.
—No me alejo de ti. Simplemente quiero darte espacio...—su voz sonó más seria de lo que había anticipado, y se acercó un poco más a Mimi, como buscando transmitirle confianza—. Me importas tú, Mimi. Eres mi elegida. La mujer que quiero...—Yamato depositó un beso en sus labios.
—Pero trajiste a esa mujer.
—Mimi... —comenzó, su voz grave pero tranquila—. La razón por la que traje a Namika al harem no tiene nada que ver con lo que tenemos tú y yo. Esto no cambiará entre nosotros. Quiero que lo entiendas. No quiero que pienses que mi atención hacia ella afectará lo que siento por ti, ni por un segundo.
Mimi lo miró atentamente, aunque sus ojos aún reflejaban una mezcla de incertidumbre y algo de temor. La idea de que otra mujer estuviera cerca de Yamato la inquietaba, aunque sus palabras intentaban calmarla. Aun así, necesitaba escuchar más.
—¿Por qué entonces? —preguntó, su voz suave pero cargada de una curiosidad sincera. No quería pensar que había algo más detrás de las palabras de Yamato, pero sentía que aún había más que debía comprender.
Yamato dio un paso más cerca, sus manos descansando sobre las de ella con firmeza, buscando transmitirle seguridad. La relación entre ellos, a pesar de la complejidad del harem, era algo que él valoraba profundamente, y no quería perderla.
—No quiero que sientas que tienes que cargar con todo el peso de ser la única. No quiero que te sientas estresada, sobrecargada por las expectativas del harem. Tú eres mi concubina principal, Mimi, y siempre lo serás. Lo que quiero es que te concentres en ser madre, en cuidar de Kouichi y de los que vendrán, porque eso es lo que más importa. No quiero que tu atención esté dividida por las intrigas del harem o por mujeres como Namika.
El tono de Yamato era sincero, pero también había un dejo de preocupación en su voz. Sabía que Mimi era una mujer fuerte, pero también entendía la presión que pesaba sobre ella. No deseaba que su amor por él se viera opacado por esa carga. La quería feliz y tranquila.
Mimi bajó la mirada por un momento, absorbiendo sus palabras. El pensamiento de ser madre la llenaba de orgullo, pero también le generaba un temor profundo: el temor de perder a Yamato. No quería perder lo que habían construido juntos, no solo como concubina y sultán, sino como pareja.
Finalmente, alzó la mirada hacia él, su voz suave pero firme.
—Para mí es un honor ser madre, Yamato. Siempre lo ha sido. —dijo, dejando claro que su rol como madre no era una carga para ella, sino una bendición. Sin embargo, un suspiro escapó de sus labios, mostrando una vulnerabilidad que no solía mostrar. —Pero no quiero perderte, no quiero que entre tú y yo haya algo que cambie por completo. El harem... las concubinas... todo eso lo comprendo, pero tú eres lo que más importa para mí. No quiero sentir que estoy perdiendo tu amor por nada.
Yamato la observó en silencio por un momento. El dolor en su voz le caló hondo, y sin pensarlo, acercó su rostro al de ella, acariciando su mejilla suavemente.
—No tienes que temer, Mimi. No te perderé, nunca. Lo que tenemos es único, y lo voy a proteger. —dijo con una firmeza que, aunque suave, estaba llena de promesas.
Mimi lo miró, y por un momento, todo el miedo que había estado acumulando pareció desvanecerse. La sinceridad en sus palabras le dio un respiro, y aunque las dudas aún flotaban en su mente, sentía que lo que Yamato le decía era la verdad.
—Te creo, Yamato. —respondió, tomando su mano con más fuerza. Su corazón aún estaba cargado de emociones, pero al menos sentía que, en ese momento, no estaba sola— Pero espero que mantengas todo bajo control.
Yamato se inclinó hacia ella, mirando sus ojos con sinceridad. Puso una mano suavemente sobre la suya, en un intento de tranquilizarla.
—Voy a manejarla, Mimi. No tienes de qué preocuparte. No dejaré que nada ni nadie interfiera entre nosotros —dijo con convicción, sabiendo que en ese momento necesitaba ofrecerle seguridad.
Mimi lo miró un instante más, su corazón latiendo con fuerza. Aunque sus pensamientos seguían agitados, la calidez de la mano de Yamato sobre la suya le transmitió una sensación de calma.
—Lo espero, Yamato. —respondió, con una leve sonrisa que apenas se asomó en su rostro, pero que era suficiente para mostrar que confiaba en él, aunque aún quedaran dudas flotando en el aire.
La conversación había terminado por ahora, pero algo en el ambiente seguía pesado, como si hubiera más por decir. Sin embargo, en ese momento, Mimi decidió que lo mejor sería darle tiempo a Yamato y esperar ver cómo se desarrollaban las cosas.
Takeru caminaba por los pasillos del palacio con pasos pesados, el eco resonando en el suelo de mármol. A pesar de la magnificencia de su entorno, su mente estaba atrapada en un recuerdo reciente, uno que no lograba apartar. Era el último día que vio a Hikari antes de partir hacia su nuevo hogar con Daisuke Pashá.
La imagen estaba grabada en su memoria con dolorosa claridad: Hikari del brazo de Daisuke, su rostro iluminado por una sonrisa serena. Iban caminando juntos, como si fueran la pareja perfecta. Ella estaba radiante, y aunque Takeru sabía que Hikari siempre había tenido esa luz especial, algo en ese momento le hizo sentir que ahora esa luz pertenecía a otro.
La escena lo había golpeado con más fuerza de la que habría admitido. Había estado de pie, observándolos desde la distancia, incapaz de moverse o apartar la vista. Hikari no lo había visto, demasiado concentrada en su conversación con Daisuke, quien parecía estar haciéndola reír con algún comentario. Esa risa, tan cristalina y llena de vida, había sido como una daga que se clavaba en su pecho. ¿Era realmente feliz? ¿Había encontrado lo que buscaba lejos de él?
Sacudiendo la cabeza, Takeru intentó alejarse de ese pensamiento mientras sus pasos lo llevaban, casi sin darse cuenta, hacia el harem. Sin embargo, las voces de las mujeres que charlaban alegremente llegaron a sus oídos, despertando en él una mezcla de curiosidad y molestia. Se detuvo a escuchar desde la sombra de una columna, manteniéndose fuera de la vista.
—¿Escucharon las últimas noticias? Todos habla de la nueva casa donde viven Daisuke Pashá y la señorita Hikari —Habló una de las mujeres, con tono de admiración.
—¡Oh, claro que sí! Es enorme, un palacio en miniatura a las afueras de la ciudad. —La emoción en su voz era evidente.
—Dicen que tiene jardines que parecen sacados de un cuento de hadas, con fuentes y pérgolas por todas partes. Incluso tienen un salón de baile privado. —Otra voz se unió a la conversación, llena de envidia contenida.
—Y pensar que ella ahora vive rodeada de tanto lujo. —Suspiró una tercera voz. —Debe sentirse como una reina. Y feliz ¡porque no debe compartir a su marido!
—¡Que envidia!
Takeru cerró los ojos con fuerza, intentando bloquear las palabras que parecían alimentar el fuego que ardía en su interior. Imágenes imaginadas de Hikari paseando por esos jardines, riendo despreocupada, lo atormentaban. Su corazón se sentía pesado, una mezcla de tristeza y enojo que lo consumía lentamente. No era solo la pérdida de Hikari lo que dolía, sino la idea de que ella pudiera estar verdaderamente feliz en esa nueva vida.
Con los puños apretados, Takeru continuó caminando, alejándose de las voces que seguían hablando de la vida perfecta de Hikari. Entró en sus aposentos y cerró la puerta de golpe, el sonido resonando en la habitación vacía. Todo lo que había acumulado, su estatus, su poder, se sentía completamente inútil. ¿De qué servía todo eso si no podía tener a quien realmente quería a su lado?
Se acercó a la mesa donde había una copa de vino, su bebida favorita de los últimos días, y la tomó con manos temblorosas. Dio un largo trago, sintiendo cómo el líquido ardía en su garganta, pero no lo suficiente como para aliviar el dolor en su pecho. Dejó la copa con fuerza sobre la mesa y se sentó en una silla, hundiendo el rostro entre las manos.
El vino ardía en su garganta, pero eso no lo detuvo. Hikari, tan cercana y tan distante al mismo tiempo, siempre había sido su debilidad. Había dejado que se escapara, había dejado que el destino se llevara la única persona que le importaba realmente, y todo por mantener su posición. ¿De qué servía ser parte de la nobleza, de qué servía ser importante si no podía tener lo que más deseaba?
La habitación comenzó a dar vueltas, el vino lo embriagaba rápidamente, pero en su mente, la imagen de Hikari seguía clara. La veía en los brazos de Daisuke, su rostro iluminado por una felicidad que él no podía darle. Su corazón se rompió aún más. ¿Cómo había podido ser tan ciego? ¿Cómo había dejado que todo se desmoronara? ¿Por qué no había actuado cuando aún podía?
El vaso en su mano volvió a ser llenado, y de nuevo lo vació. ¿Qué más podía hacer? ¿Cómo podía reparar el daño que él mismo había causado? Mientras la oscuridad comenzaba a envolverlo, la rabia y el dolor lo ahogaban. No podía soportar la idea de que Hikari, tan hermosa, tan fuerte, estuviera ahora en los brazos de otro hombre. Un hombre que no era él. Un hombre que, al parecer, había sabido lo que él nunca se atrevió a hacer.
El vino comenzó a nublar sus pensamientos, pero al menos, por un momento, podía dejar de sentir el peso de la derrota. Sin embargo, no importaba cuánto bebiera, nunca podría ahogar la sensación de que Hikari le había pertenecido una vez, y ahora… ahora ella era de otro. Y eso, por encima de todo, lo destrozaba.
El sol de la tarde bañaba el harem con su luz cálida, y Mimi estaba en el centro de todo, radiante y feliz. Sentada en un amplio diván cubierto de suaves cojines, observaba cómo sus hijos jugaban frente a ella. Thomas, con su energía desbordante, reía mientras perseguía a Izumi, quien sostenía una muñeca de madera decorada con finos grabados. A pesar de su corta edad, Izumi ya mostraba una inteligencia vivaz y un carácter dulce que conquistaba a todos a su alrededor.
Mientras tanto, los gemelos dormían plácidamente en una cuna cercana, ajenos al bullicio de sus hermanos mayores. Mimi, con una sonrisa de satisfacción, se inclinó para acariciar sus pequeñas cabezas, asegurándose de que las mantas de seda que los cubrían estuvieran perfectamente acomodadas. Su corazón se llenaba de ternura al verlos tan tranquilos, tan perfectos.
—Izumi, cuidado con tu hermano, no lo hagas tropezar —advirtió Mimi con dulzura al ver que Thomas intentaba alcanzarla sin éxito.
De pronto, el sonido de pasos pequeños y apresurados resonó en el pasillo. La figura de Kiriha, el hijo mayor de Yamato y Sora, apareció en la entrada del harem. Sus ojos azules brillaban con entusiasmo cuando vio a sus hermanos menores.
—¡Thomas! ¡Izumi! —gritó Kiriha mientras corría hacia ellos con los brazos abiertos.
Mimi se levantó de su lugar con elegancia y recibió al pequeño príncipe con una cálida sonrisa.
—Príncipe Kiriha, qué gusto verte —dijo Mimi, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto.
Kiriha la saludó con un tono cortés pero lleno de emoción.
—Gracias, sultana Mimi. ¿Puedo jugar con mis hermanos? —preguntó con una mirada ilusionada.
—¡Claro que sí, querido! —respondió Mimi, entregándole un juguete de madera tallada que había estado en el suelo.
Kiriha no perdió tiempo y se unió al juego de Thomas e Izumi. Los tres niños reían y compartían con una armonía que llenaba el espacio de alegría. Mimi los observaba con una expresión de genuina felicidad, pero su tranquilidad pronto se vio interrumpida por la presencia de Sora, quien se había detenido en la entrada del harem.
Sora llevaba un porte imponente, con una túnica bordada en hilos dorados que resaltaba su posición como sultana. Sus ojos, calculadores y fríos, se encontraron con los de Mimi, quien intentó ignorarla al principio, enfocándose en los niños. Pero, finalmente, Mimi levantó la mirada, su rostro ahora serio y sereno.
—Buenos días —dijo Mimi, con un tono neutral pero contenido.
—Buenos días —respondió Sora con la misma seriedad.
Un silencio incómodo se instaló entre ambas, interrumpido solo por las risas de los niños. Sora no tardó mucho en romperlo.
—Supongo que debes estar sufriendo —comentó, con una sonrisa apenas perceptible que destilaba malicia.
Mimi la miró fijamente, sin mostrar ninguna emoción evidente.
—¿Sufriendo? —preguntó con calma, aunque su voz tenía un matiz de desconfianza.
—Por las nuevas noticias —continuó Sora, como si estuviera saboreando cada palabra.
Mimi frunció el ceño ligeramente.
—¿Qué noticias? —preguntó, manteniendo su tono firme.
Sora arqueó una ceja, disfrutando del momento.
—¿Acaso no lo sabes? —dijo, fingiendo sorpresa.
Mimi negó con la cabeza, sin apartar la mirada.
—Namika pasará la noche con el sultán… por segunda vez esta semana —soltó Sora, con una expresión que era una mezcla de diversión y falsa compasión.
Los ojos de Mimi se abrieron ligeramente, pero rápidamente recuperó la compostura.
—Oh, ¿de verdad? —respondió, tratando de mantener la calma, aunque el golpe había sido certero.
Sora sonrió con satisfacción al ver la reacción de Mimi, aunque fuera mínima.
—Por supuesto. Es un ascenso rápido, ¿no crees? Tal vez el sultán encuentre en ella lo que parece faltarle en otras… —dijo, dejando la frase en el aire, como si fuera un veneno que se extendía lentamente.
Mimi respiró hondo, apretando ligeramente los labios. No quería darle a Sora la satisfacción de ver cuánto le afectaban sus palabras.
—Puede ser que esté con Namika y también conmigo.—Comentó— Pero lamentable debe ser para ti.
—¿Por qué?
—Porque contigo no está ni una sola noche —dijo Mimi con firmeza, cada palabra cargada de una seguridad que perforaba como una daga—. Solo te invita a desayunar, almorzar o cenar con tu hijo. Pero… ¡nada más sucede! —declaró con un toque de satisfacción en su voz—. ¡Qué triste, ¿eh?!
Las palabras cayeron como un martillo. Sora frunció el ceño, la rabia brillando en sus ojos.
—Él no me toca porque me respeta. Sabe que soy una dama y no una prostituta como tú —respondió Sora, tratando de recuperar terreno.
Mimi rió suavemente, un sonido que resonó como un eco triunfante en el espacio.
—Ni siquiera tú te crees eso —musitó Mimi, sus palabras llenas de un desprecio sereno pero devastador. Con un movimiento elegante, se levantó de su lugar, sus ojos nunca abandonando los de Sora—. Porque muy bien sabes que el sultán no te toca por ser una dama… sino porque ya no desea tu avejentado cuerpo.
—¿Avejentado? —repitió Sora, sus palabras casi un susurro incrédulo, como si no pudiera procesar lo que acababa de escuchar.
La mirada de Mimi permaneció fija, su semblante inquebrantable.
—Me dices a mí que ya no soy joven, pero deberías conseguirte una buena crema. Después de todo, a tus arrugas les hace falta mucha ayuda —dijo Mimi con una sonrisa que bordeaba la burla antes de girarse con gracia hacia sus kalfas.
—Yoshino, Airu, cuiden de mis hijos. Tengo asuntos que resolver —ordenó Mimi, dejando a Sora sin oportunidad de responder.
Mimi se alejó con pasos firmes y seguros, su porte dejando claro quién había salido victoriosa en ese intercambio. Detrás de ella, Sora se quedó paralizada, sus manos temblorosas llevándose automáticamente al rostro.
—¿Arrugas? —murmuró, incrédula.
Con un sobresalto, palpó su piel, y su expresión cambió de furia a algo cercano al pánico al notar una textura que no le parecía familiar.
—¡Miyako! —gritó, con la voz quebrada por una mezcla de miedo y orgullo herido—. ¡Tráeme un espejo ahora mismo!
Miyako acudió apresurada, con un espejo en las manos. Sora lo tomó de un tirón y examinó su reflejo con detenimiento. Cada línea, cada pliegue que antes ignoraba ahora parecía amplificado bajo su escrutinio.
—No… —susurró Sora, apartando el espejo con un movimiento brusco mientras sus ojos se llenaban de lágrimas contenidas.
Mimi, aunque ya no estaba presente, había dejado su huella, una victoria aplastante que resonaría en el harem por mucho tiempo.
Mimi caminó rápidamente por los pasillos, su rostro reflejaba una ira contenida que la hacían caminar con paso firme y apretando los dientes. La noticia de que Namika pasaría la noche con Yamato la había dejado furiosa. Aunque había intentado calmarse, no lograba dejar de pensar en la imagen de su esposo con aquella mujer, esa mujer que había sido un dolor de cabeza para Sora, y ahora parecía ser una amenaza para su propio lugar en su vida.
Al final de uno de estos pasillos, Esmahan estaba sentada en un sofá, jugando tranquilamente con su hijo, Takuya. A pesar de la paz que intentaba crear a su alrededor, Mimi no podía calmarse, y cuando la vio, no pudo evitar ir hacia ella, buscando desahogar su frustración.
—¡Esmahan! —dijo Mimi, con la voz tensa y fuerte, mirando a la madre de su hijo menor, quien la observaba tranquila, casi serena.
Esmahan levantó la vista y vio la ira de Mimi. Sabía lo que ocurría, y aunque su tono era apacible, entendía que las emociones de su amiga no podían ser ignoradas.
—¿Qué pasa, Mimi? —preguntó Esmahan, sin dejar de mirar a los niños que jugaban, pero con la atención puesta en ella.
Mimi respiró hondo, intentando calmarse, pero no lo logró. Miró hacia el interior del harem, como si fuera capaz de ver a Yamato con Namika en ese mismo momento.
—¡No puedo estar tranquila, Esmahan! ¡No puedo! —exclamó Mimi, tomando aire profundamente antes de continuar—. ¡Voy a perder a Yamato! ¡Él está pasando la noche con ella! ¡Con Namika! ¿Qué se supone que haga con esto? No puedo quedarme de brazos cruzados mientras esa mujer intenta acercarse a él, ¡yo tengo hijos con él!
Esmahan observó a Mimi, comprendiendo perfectamente lo que sentía. Aunque su vida con Yamato era distinta, también comprendía la presión que implicaba ser parte de su vida, con las intrigas del harem y las mujeres que rondaban siempre a su alrededor. Sin embargo, con calma, le habló de una manera que intentaba calmar su espíritu sin desestimar sus preocupaciones.
—Mimi, entiendo lo que sientes, de verdad lo entiendo. —Esmahan acarició a Takuya y miró a Mimi con una mirada cálida y comprensiva—. Pero debes pensar. No puedes permitir que las emociones del momento nublen tu juicio. Los celos son naturales, pero también debes pensar en lo que es mejor para tus hijos. Ellos necesitan a su madre tranquila, no a una mujer angustiada.
Mimi miró a Esmahan con ojos brillantes de frustración y angustia. No estaba preparada para escuchar palabras que la calmara, lo que necesitaba era un poco de comprensión en su dolor.
—¿Calmarme? —repitió Mimi, entrecerrando los ojos—. No puedo, Esmahan. Necesito a Yamato a mi lado. Él es el padre de mis hijos, y no puedo permitir que se acerque a esa mujer. Ella está aquí porque él la invitó, ¡porque él decidió pasar la noche con ella! ¿Y ahora me pides que me calme?
Esmahan suspiró, colocando a Takuya en su regazo, mientras miraba a Mimi con una seriedad que solo la experiencia podía dar. Sabía lo que estaba en juego.
—Mimi, no es que te pida que ignores tus sentimientos. Al contrario, sé que es difícil, pero… tú debes pensar en lo que verdaderamente importa. Tienes a tus hijos, y a ellos les das lo mejor de ti. Eso es lo que Yamato necesita ver. Si ves que te dejas llevar por los celos, por la ira, eso solo generará distancia entre ustedes.
Mimi miró hacia el horizonte, recordó a sus hijos, y por un momento la tensión en su rostro se suavizó, pero la angustia seguía allí, profundamente en su corazón.
—Yo sé que tengo que mantenerlo de mi lado, por ellos. —Mimi dijo, su voz más tranquila, pero cargada de dolor. —No solo por mí, sino por mis hijos. Ellos no tienen culpa de esto. Pero, ¿y si todo esto termina mal? ¿Y si esta mujer logra lo que quiere? ¿Y si Yamato decide que ella es más que yo?
Esmahan se acercó a Mimi, acariciando su brazo de manera reconfortante.
—No lo dejarás ir tan fácil, Mimi. Y Yamato sabe lo que significa ser padre. Sé que no te dejará ir. Solo, debes ser fuerte. No dejes que tus inseguridades te dominen. Tú eres la madre de cuatro de sus hijos, y eso no lo puede olvidar. Ten paciencia y piensa bien qué pasos dar.
Mimi asintió lentamente, mirando a sus hijos. Su respiración se fue calmando poco a poco, aunque aún sentía la presión en su pecho. Al menos, en ese momento, sentía que alguien comprendía lo que pasaba por su mente.
—Lo sé… Lo intentaré, Esmahan. Por ellos. —dijo Mimi, volviendo su mirada hacia la mujer que, a pesar de ser madre de su hijo menor, parecía ser su amiga y confidente en ese momento.
Pero en su corazón, aún sentía la urgencia de proteger su lugar junto a Yamato.
La noche caía lentamente sobre el palacio, y en la quietud de la habitación, Yamato estaba sentado en su trono, la mirada fija en el vacío. Había algo inquietante en el aire, una sensación de expectación que lo mantenía en vilo. El sonido de los pasos se hizo presente, primero suaves, luego más cercanos, y su corazón comenzó a latir con mayor rapidez.
Las puertas se abrieron, y allí estaba Namika, tal como lo había esperado. Su figura imponente, su caminar elegante, se imponía sobre la atmósfera de la habitación. Cada paso parecía resonar como un eco, anunciando su llegada. Yamato, que no había apartado los ojos de la entrada, observó cómo ella cruzaba el umbral con gracia, su presencia llenando el espacio.
Namika se detuvo en el centro de la sala, realizando una profunda reverencia ante el sultán. Aunque su gesto era uno de respeto, había una seguridad en su postura, una confianza que desbordaba. Su mirada fija en Yamato, sus ojos tan intensos que parecía que los dos pudieran leerse sin palabras.
—Sultán —dijo Namika con voz suave, pero cargada de una energía que no podía ser ignorada—. He venido como me pediste.
Yamato no pudo evitar sentir una oleada de deseo recorrer su cuerpo al escuchar su voz. Estaba nervioso, algo en su interior le decía que esta noche sería diferente. Había algo en Namika, algo que lo atraía de una manera que no lograba controlar. No lo pensó dos veces; se levantó de su trono y dio unos pasos hacia ella, su mirada fija y sus labios ligeramente curvados en una sonrisa, pero con una intensidad que ninguno de los dos podía negar.
Sin una palabra más, Yamato la tomó por la cintura y la atrajo hacia él, sus cuerpos alineándose en un solo movimiento, tan naturales como si todo estuviera predestinado. Sus ojos se encontraron y en ese instante todo lo que había entre ellos, todas las tensiones, se disiparon. La conexión era innegable, casi eléctrica.
Namika respondió con la misma pasión, deslizando sus manos por el torso de Yamato hasta llegar a su cuello, atrayéndolo aún más cerca. La distancia entre sus labios desapareció cuando sus bocas se encontraron en un beso profundo, ansioso, lleno de promesas no dichas. El roce de sus lenguas y el calor de sus cuerpos creaban una atmósfera cargada de deseo.
A medida que el beso se intensificaba, Namika, con una sonrisa apenas perceptible, comenzó a despojarse lentamente de su vestido. La tela cayó suavemente al suelo, dejando su figura desnuda ante él, como una obra de arte que desafiaba la visión de todo lo demás. Yamato, sin apartar la mirada de ella, recorrió su cuerpo con los ojos, apreciando cada curva, cada detalle que le pertenecía solo a él.
—Namika... —susurró Yamato contra sus labios, con una mezcla de posesión y deseo, como si estuviera reclamando todo lo que había en ella, todo lo que representaba.
Namika sonrió en respuesta, dejando que sus dedos recorrieran la piel de Yamato, trazando líneas invisibles de posesión sobre él. No necesitaba palabras; el gesto, la acción, todo hablaba por sí mismo. Se entregaban al momento, a la pasión que los envolvía, sin pensarlo, sin detenerse.
El deseo los consumía, y mientras la pasión aumentaba entre ellos, no había más que el uno para el otro, solo la necesidad de estar juntos, de pertenecer el uno al otro en esa oscuridad, lejos de los ojos del mundo. Yamato no podía pensar en nada más que en Namika, en cómo se sentía en sus brazos, en la suavidad de su piel, en la forma en que se entregaba a él. Era un momento de total liberación.
Namika, sin apartar su mirada de él, sonrió con suficiencia, sabiendo que tenía el control, al menos por esa noche. Yamato, por su parte, se sintió más atrapado que nunca, pero no le importaba. En ese momento, ambos se pertenecían, sin preguntas, sin arrepentimientos.
La luna iluminaba tenuemente los aposentos de Mimi, cuyos suaves cortinajes ondeaban por la brisa que se filtraba desde los ventanales. Sentada en el diván junto a la ventana, Mimi observaba el cielo estrellado con una expresión vacía. Su delicado rostro estaba surcado por rastros de lágrimas que no había intentado secar. Entre sus manos sostenía un pañuelo bordado, el mismo que Yamato le había regalado en uno de los primeros días de su unión, y que ahora parecía un recuerdo lejano de tiempos más felices.
Yoshino, su sirvienta y confidente, entró silenciosamente con una bandeja de té caliente. Observó a Mimi con preocupación antes de colocar la bandeja sobre una mesa cercana.
—Mi sultana —comenzó con suavidad, inclinándose respetuosamente—, ¿qué la tiene tan abatida?
Mimi no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en las estrellas, como si buscara respuestas en el firmamento. Finalmente, tras un largo suspiro, murmuró:
—Él está con ella.
Yoshino alzó la mirada, entendiendo al instante a quién se refería. Aunque había intentado no inmiscuirse demasiado en los asuntos del harem, la presencia de Namika no había pasado desapercibida para nadie.
—¿Por qué dejó que esto ocurriera, mi sultana? —preguntó con un tono que combinaba tristeza y reproche. Caminó lentamente hacia Mimi y se sentó frente a ella—. Usted siempre ha tenido un lugar especial en el corazón del sultán. ¿Qué la hizo ceder ante esta situación?
Mimi apartó la mirada del cielo y dejó caer el pañuelo sobre su regazo. Sus ojos brillaban con una mezcla de dolor y resignación.
—No tuve opción, Yoshino. —Su voz temblaba ligeramente, pero su determinación la mantenía firme—. Yamato me lo explicó... Me dijo que no quiere sobreexigirme, que no desea que lleve el peso completo de atenderlo como concubina.
Yoshino frunció el ceño, su expresión era una mezcla de incredulidad y compasión.
—¿Sobre exigirla? ¿Eso justifica darle espacio a otra mujer? Mi sultana, usted siempre ha sido suficiente para él. Todos lo sabemos.
—¿De verdad, Yoshino? —replicó Mimi con amargura—. Porque últimamente no lo siento así. —Se puso de pie y comenzó a caminar por la habitación, sus manos entrelazadas mientras hablaba—. Yamato dice que me ama, pero... ¿cómo puede un hombre amar de verdad si busca consuelo en los brazos de otra mujer?
Yoshino permaneció en silencio, dándole espacio para desahogarse.
—He soportado mucho, Yoshino. Este harem, las intrigas, las miradas llenas de envidia... Todo, porque creí en nuestro amor. Pero ahora... —se detuvo frente a su tocador y miró su reflejo, como si buscara respuestas en él—. Ahora siento que no puedo más.
Yoshino se acercó y posó una mano en el hombro de Mimi, buscando reconfortarla.
—Mi sultana, usted es fuerte. Pero no está sola en esto. Siempre puede apoyarse en mí. —Hizo una pausa antes de añadir con cautela—. Sin embargo, parece que tiene algo más en mente. ¿Qué decisión ha tomado?
Mimi giró lentamente hacia Yoshino, su expresión transformándose en una mezcla de determinación y tristeza.
—He tomado una decisión, Yoshino.—Declaró— No tendré más hijos.
La declaración cayó como un peso en la habitación. Yoshino abrió los ojos con sorpresa.
—¿Está segura, mi sultana? Es una decisión importante... y difícil.
—Lo sé. —Mimi asintió, cruzando los brazos sobre su pecho como si intentara protegerse del dolor que sentía—. Pero creo que es lo mejor. Yamato dice que no quiere sobrecargarme, ¿verdad? Entonces, esto aliviará esa carga, y tal vez... tal vez podamos recuperar algo de lo que teníamos antes.
Yoshino la miró con tristeza, entendiendo la profundidad del sacrificio que Mimi estaba dispuesta a hacer.
—¿Y cómo piensa explicárselo al sultán? —preguntó con suavidad.
—No lo haré. —Mimi apretó los labios, su mirada ahora decidida—. No es algo que él deba decidir por mí. Este es mi cuerpo, Yoshino. Mi elección.—Declaró— Además...—Dirigió su mirada hacia las cunas— Ya tengo tres príncipes y una sultana.
La sirvienta asintió lentamente, admirando la fortaleza de su señora a pesar de las circunstancias.
—Lo apoyo, mi sultana. Siempre estaré a su lado.
Mimi le dedicó una pequeña sonrisa, agradecida por el apoyo de Yoshino. Luego, volvió a sentarse en el diván, con la mirada perdida nuevamente en el cielo.
—Espero que esta decisión nos permita encontrar la paz, Yoshino. Porque, aunque amo a Yamato, ya no puedo seguir perdiéndome a mí misma en esta lucha.
La noche continuó su curso, y el silencio entre ambas mujeres estaba cargado de una comprensión mutua. Mimi sabía que la decisión que había tomado era solo el primer paso hacia un futuro incierto, pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que había recuperado un poco del control sobre su vida.
La habitación estaba en silencio, solo interrumpido por el suave sonido de la respiración de Yamato. El sultán yacía en su cama, cubierto por las sábanas de seda, pero sus ojos no parecían descansar. La luz tenue de las velas bañaba la habitación, creando sombras que danzaban en las paredes. Junto a él, Namika se encontraba recostada, su figura delicada y provocativa al mismo tiempo. Había algo en el aire entre ellos, una tensión no resuelta, un juego que ambos conocían pero que ninguno deseaba admitir por completo.
Namika, con una sonrisa traviesa, se inclinó ligeramente hacia Yamato, buscando su atención. Sus ojos, siempre tan llenos de misterio, lo observaban con una mezcla de deseo y desafío.
—Sultán... —dijo Namika en un susurro, casi como si probara la atmósfera que los rodeaba—. Siempre me preguntas por qué sigo aquí, ¿no? Después de todo lo que ha pasado, después de todas las veces que me has ignorado... ¿por qué sigo a tu lado?
Yamato la miró en silencio, su mirada calmada pero cargada de emociones reprimidas. Él sabía que Namika nunca había sido alguien fácil de entender, pero había algo en su presencia que lo atraía, una mezcla de intriga y poder que siempre lo dejaba cautivado. Sin embargo, hoy había algo diferente en su voz. No era solo un deseo, era una acusación disfrazada de pregunta.
—No lo sé, Namika. Quizás porque eres parte de este harén —respondió, pero su tono no era tan seguro como otros días. Había algo en su interior que se agitaba, como si él también estuviera tratando de entender por qué la mantenía cerca.
Namika sonrió de manera enigmática, sus ojos brillando con malicia. Se acercó más a él, hasta que su aliento rozó su piel.
—¿Parte del harén? —repitió con una risa baja—. ¡Yo no soy solo una "parte", Yamato! Yo fui... una de las primeras, una de las que realmente conquistó tu corazón, ¿no lo recuerdas? ¿O acaso ya me has olvidado entre tantas otras?
Yamato se tensó. Sus recuerdos se agitaron. Sabía que Namika había sido importante para él, en su momento. Pero esa época parecía lejana, como si todo hubiera sido parte de un sueño distante. Los años y las circunstancias lo habían cambiado, y su relación con Namika no era lo mismo. Sin embargo, no podía negar que había algo allí, algo que aún lo ataba a ella, aunque no lo entendiera completamente.
—No me olvidé de ti, Namika —respondió en voz baja, sus ojos evitando los de ella por un momento—. Pero las cosas cambian. Todo cambia. Y yo también. Ahora estoy enfocado en mis hijos y en mi mujer.
Namika no lo dejó continuar. Se acercó a él con rapidez, su mano rozando su pecho, buscando una cercanía física que parecía ser más una forma de control que de afecto. Su cuerpo, tan cerca del de él, lo desestabilizaba de una manera extraña.
—Sí, todo cambia, ¿no? —dijo, dejando que sus palabras flotaran en el aire—. Pero hay algo que no cambia, Yamato... tu debilidad por mí. Aunque te hayas rodeado de otras, aunque me ignores cuando la situación lo exige, sé que en el fondo siempre me has deseado.
La afirmación fue directa, una declaración de guerra disfrazada de seducción. Yamato, con una leve exhalación, finalmente la miró a los ojos. Sabía que Namika estaba jugando con él, pero también conocía que era una jugadora hábil, capaz de hacerle cuestionarse incluso a él mismo.
—No hables como si lo supieras todo —respondió con firmeza, pero su tono era más grave de lo que deseaba. La tensión entre ambos se palpaba, y aunque él intentaba mantener la distancia, una parte de él aún sucumbía a la cercanía de Namika.
Namika sonrió, casi satisfecha con la reacción de Yamato. Con una mirada desafiante, su mano comenzó a trazar lentos círculos sobre el pecho del sultán, buscando provocar más de esa reacción en él.
—Lo sé porque siempre has sido como yo —dijo, con una seguridad que le daba miedo—. Ambos deseamos el poder, la posición... y también el control. No soy una simple concubina, Yamato. Soy más que eso. Y lo sabes.
Yamato respiró hondo, alejándose ligeramente de la cercanía de Namika. Había algo en sus palabras que lo hacía sentir incómodo, como si de alguna manera estuviera expuesto, vulnerable ante sus manipulaciones.
—Te equivocas —respondió con firmeza, aunque su voz sonaba menos convencida que antes—. No todo en mi vida es un juego de poder, Namika. No todo gira en torno a eso. Ni en torno a ti.
Namika se echó hacia atrás, observándolo con una expresión que mezclaba desafío y una leve tristeza que nadie, ni siquiera él, había visto en ella antes.
—¿Y qué hay de nosotros? —preguntó, su voz más suave ahora, casi susurrante—. ¿Qué pasa con todo lo que compartimos? ¿O acaso todo eso no fue más que una mentira también?
Yamato la observó en silencio por un momento largo. La pregunta le caló hondo. Sabía que lo que habían compartido había sido real en su momento, pero también sabía que las circunstancias y sus propios sentimientos habían cambiado. Sin embargo, no estaba dispuesto a admitirlo frente a Namika. No ahora.
—Yo quiero a Mimi.
—¿A Mimi?
Yamato asintió.
—Ella es la madre de mis hijos. Y siempre será importante.
Namika frunció el ceño.
Yamato se colocó en pie. Ya no soportaba estar ahí. Fue así como se encaminó a los baños del harem. Necesitaba una rápida ducha.
Catherine había estado caminando por los pasillos del palacio cuando, al pasar cerca de los aposentos de Takeru, escuchó el sonido de copas chocando y el murmullo bajo de alguien que aparentemente estaba luchando contra su propio dolor. Una sensación incómoda se apoderó de ella, una mezcla de preocupación y curiosidad. Sabía que algo no estaba bien. Takeru, el hermano de Rika, nunca se mostraba vulnerable; siempre tan controlado, tan seguro. Pero ahora, algo había cambiado.
Con paso firme pero cauteloso, Catherine se acercó a la puerta. Un leve crujido le indicó que no estaba cerrada con llave, por lo que no dudó en empujarla suavemente. La habitación estaba a oscuras, iluminada solo por la tenue luz de una lámpara en el rincón. El aire estaba cargado de la pesada fragancia del vino, que rápidamente llenó sus pulmones al entrar.
Takeru estaba reclinado contra la pared, su rostro oculto entre sus manos. Su cuerpo estaba inclinado hacia adelante, como si todo su peso se hubiera acumulado sobre sus hombros. Los ojos de Catherine se suavizaron al verlo en ese estado, pero la preocupación se transformó en una determinación silenciosa. Sabía que él no era el tipo de hombre que pediría ayuda, pero también sabía que algo debía haberse roto en su interior para que llegara a este punto.
—Takeru… —dijo suavemente, acercándose a él con pasos cautelosos.
Él levantó la cabeza lentamente, sus ojos vidriosos, las mejillas enrojecidas por el alcohol. Su mirada se nubló por un momento antes de fijarse en ella, como si realmente no la reconociera, o tal vez ya no pudiera ver nada claramente.
—¿Catherine? —su voz sonó ronca, como si estuviera luchando por mantener la coherencia—. ¿Por qué estás aquí?
Catherine se arrodilló junto a él, su corazón latiendo rápidamente al ver cómo él se tambaleaba. La tristeza en sus ojos la conmovió profundamente. Sin embargo, no podía dejarse llevar por la emoción. Sabía que si quería ayudarlo, debía mantenerse firme.
—No te preocupes, estoy aquí para ayudarte —dijo suavemente, acariciando su brazo con una mano reconfortante.
Takeru la miró con una sonrisa torcida, un rastro de burla mezclado con la desolación que se reflejaba en su rostro. Hizo un intento de levantarse, pero su cuerpo parecía no responderle como deseaba. Al final, solo quedó allí, mirando a Catherine como si fuera un espejismo.
—Eres muy bella, Catherine… —murmuró, con la voz temblorosa, y luego levantó la mano, acercándose lentamente a su rostro.
Catherine no supo si fue por el vino o por la necesidad de contacto humano que Takeru parecía estar buscando, pero no pudo evitar sentir un estremecimiento cuando su mano tocó su mejilla. La suavidad de su toque, la manera en que sus dedos trazaban un camino lento sobre su piel, hizo que su respiración se acelerara. Takeru estaba completamente fuera de sí, pero había algo tan vulnerable en ese gesto que ella no pudo resistir.
—Takeru… —susurró, aunque no sabía si hablaba para calmarlo o para sí misma. Sin embargo, él no parecía escucharla, ya que lentamente se acercó, presionando sus labios contra los de ella. El beso fue lento, incierto, pero cargado de una necesidad evidente que llenaba la habitación. El alcohol en su aliento se mezcló con el deseo que desprendía su toque, y Catherine sintió cómo su cuerpo reaccionaba ante la intensidad de la cercanía.
Por un momento, el tiempo pareció detenerse. Catherine se dejó llevar por la corriente de emociones que había estado reprimiendo durante tanto tiempo. Sentirlo cerca, sentir que finalmente, en su estado vulnerable, él la deseaba, la hacía sentirse poderosa. Sin embargo, también sabía que el momento era más complejo de lo que parecía. Pero al final, el deseo se adueñó de ella.
Takeru, con los ojos semi cerrados y la respiración agitada, comenzó a acariciar su espalda, empujándola suavemente hacia él. Catherine respondió al gesto, dejando que sus cuerpos se acercaran aún más, como si todo lo que había entre ellos durante tanto tiempo fuera finalmente derrumbado. El deseo se hizo más intenso, más insostenible. Takeru la rodeó con sus brazos, como si no quisiera soltarla nunca más.
Ambos cayeron hacia la cama, sus cuerpos entrelazados de manera desordenada. Las sábanas se enredaron alrededor de ellos, cubriéndolos solo parcialmente mientras el mundo exterior se desvanecía. Los suspiros de Takeru se mezclaron con los de Catherine, sus manos explorando, buscando esa conexión que parecía haber estado tan lejos todo el tiempo. Catherine, en ese momento, no pensaba en las consecuencias. No pensaba en nada más que en él, en ese hombre que finalmente se había entregado a ella.
Cuando sus cuerpos finalmente se calmaron, Catherine se recostó junto a él, escuchando su respiración acelerada. La satisfacción de haber logrado que Takeru la aceptara, la convierta en su concubina, la llenó por completo. Sabía que no sería fácil, que la relación entre ellos nunca sería simple, pero en ese momento, no importaba. Había logrado lo que tanto había deseado.
Takeru, con los ojos entrecerrados, la miró una última vez antes de cerrar los ojos, sumido en el agotamiento del vino y el desasosiego de su corazón. Pero Catherine sonrió para sí misma, acariciando su pecho desnudo con suavidad, satisfecha con lo que había conseguido. La espera, las emociones reprimidas, todo había valido la pena. Al fin, Takeru era suyo.
La habitación estaba bañada por la luz tenue de las velas, el silencio solo roto por el suave respirar de los niños dormidos. Mimi observaba a sus hijos, sus corazones latiendo en calma, ajenos a la tormenta de emociones que se agitaba en el pecho de su madre. Kouichi, el más pequeño, dormía plácidamente entre las sábanas, mientras que Izumi, que solo tenía dos meses, estaba en su cuna, envuelta en sus suaves cobijas.
Pero no todos estaban dormidos. Kouji, el menor de los gemelos, permanecía en su rincón, los ojos abiertos, fijos en el techo, inmóvil. Mimi le observó con una leve preocupación, aunque no le sorprendiera. En los últimos días, Kouji había estado actuando de manera extraña. Algo en su comportamiento le recordaba a un hombre lobo en las noches de luna llena, inquieto y trastornado, sin poder conciliar el sueño. Mimi acarició su mejilla suavemente, como si intentara transmitirle su cariño, aunque sabía que no podía consolarlo completamente.
Suspiró.
Algunas veces sentía que, por estar tan pendiente de Kouichi desatendía demasiado a Kouji, quien también necesitaba de ella. Suavemente lo tomó y depositó un beso en su mejilla. Lo abrazo contra su pecho y observó al techo.
El dolor en su pecho no se desvanecía. El pensamiento de que Yamato estuviera con otra mujer, tocando a alguien que no era ella, era insoportable. Había llegado a ser una constante en su vida, una espina que no dejaba de punzar su corazón. La presencia de su hijo menor, al menos, le ofrecía un pequeño consuelo, un alivio efímero en medio de sus dudas y angustias.
De repente, una voz fuerte y clara resonó en la habitación, interrumpiendo sus pensamientos.
—¡Atención! —exclamó la voz. —¡Su majestad está aquí!
Mimi alzó la mirada, sorprendida. En ese instante, la puerta se abrió y Yamato entró en la habitación, con su porte majestuoso y una calma que solo él sabía imponer. Su presencia llenó la estancia, y Mimi se levantó inmediatamente, haciendo una reverencia.
—Mi sultán —dijo, con una voz suave pero respetuosa. Aunque en su interior, la tensión seguía presente, las palabras se mantenían amables, como dictaba su deber.
Yamato se acercó a ella sin prisas. Con una mano, le levantó el rostro con ternura, acariciando su mejilla con delicadeza. Mimi no pudo evitar tensarse ligeramente, notando la frialdad de sus propios sentimientos. Sabía que él no podía evitar sus visitas a otras mujeres, pero el dolor seguía siendo punzante.
El sultán, tras unos momentos, se inclinó y acarició suavemente la cabeza de Kouji, que había quedado inmóvil, observándolo con sus ojos somnolientos.
—¿Cómo están mis hijos? —preguntó Yamato, con un tono que, aunque cálido, no conseguía disipar la inquietud que sentía Mimi.
—Bien, mi sultán —respondió ella, sin poder ocultar una mueca. Sabía lo que él había estado haciendo. A pesar de su presencia, el aroma que traía consigo no podía pasar desapercibido.
Yamato, al notar el cambio sutil en la expresión de Mimi, frunció el ceño, sorprendido.
—¿Qué sucede? —preguntó, observándola con más atención.
Mimi, de manera irónica, sonrió con amargura, aunque sus palabras no intentaban ocultar su dolor.
—¡Vaya! Al parecer, su cita fue bastante agradable. —dijo, con un tono que trataba de sonar ligero, pero que traicionaba sus verdaderos sentimientos.
Yamato la miró, confundido por su tono.
—¿Por qué dices eso? —preguntó, con una mezcla de curiosidad y desconcierto.
Mimi, al percatarse de lo que había dicho, intentó calmarse, pero no pudo evitar soltar sus palabras con un poco más de dureza de lo que hubiese querido.
—Porque viene todo perfumado —respondió, observando la forma en que la fragancia de otro perfume se mezclaba con el aroma propio de Yamato. Había algo en él, algo que denotaba que había estado en otra parte, en otro lugar, con alguien que no era ella.
Un silencio incómodo se instaló entre los dos. Yamato, al notar el sutil tono de celos que emanaba de Mimi, sintió una punzada de ternura. En el fondo, él sabía que ella lo amaba, y el amor de Mimi siempre había estado marcado por una pasión feroz y celosa. La forma en que su mirada se volvía dura, protectora, era algo que le resultaba tan familiar como agradable.
Con una sonrisa suave, Yamato se acercó un poco más y, con un gesto tierno, acarició el rostro de Mimi con el pulgar.
—No te preocupes —dijo en voz baja—. Solo fui a darme un baño antes de venir aquí. Necesitaba relajarme un poco.
—¿Por qué? —Mimi preguntó, con una mezcla de tristeza y frustración. —¿Su nueva mujer lo dejó muy cansado?
Yamato alzó una ceja. La pregunta era directa, pero su tono era más un susurro, casi como un reproche. Sabía que estaba tocando una fibra sensible en ella, y a pesar de que le gustaba ver cómo el celos de Mimi surgía, no podía evitar sentirse incómodo por ello. Había sido una escena que vivió tantas veces con Sora, quien explotaba, gritaba, y le reclamaba sin descanso. Pero Mimi... Mimi no lo hacía de esa manera. Ella fruncía el ceño de forma tierna, arrugando la nariz como una niña caprichosa, un gesto que lograba enternecer a Yamato de una forma inexplicable.
Un leve suspiro escapó de sus labios mientras, sin pensarlo, levantaba la mano para acariciar suavemente la mejilla de Mimi. La ternura de su gesto estaba llena de una calma que contrarrestaba la tormenta emocional de la castaña.
—Olvida lo que sucedió esta noche —le dijo, con un tono suave, intentando que su mirada transmitiera lo que sus palabras no lograban.
Mimi hizo una mueca, claramente inconforme con la propuesta. Su ceño fruncido no desapareció, y su mirada no cedió.
—¿Cómo voy a olvidar...? —murmuró, claramente aún afectada por la situación.
Yamato, sin darle tiempo a que continuara, extendió su mano y colocó un dedo sobre sus labios—Sh...— silenciándola con un gesto suave. Mimi se mordió el labio inferior, sintiendo la tensión y el conflicto en su interior. ¿Por qué seguía sufriendo por este hombre que no parecía ser solo suyo? ¿Por qué lo seguía amando cuando él estaba con tantas otras?
Yamato, sintiendo la tensión palpable en el aire, la tomó suavemente de la mano.
—Ven conmigo —le dijo, con una firmeza que parecía invitarla a dejar todo atrás por un momento, aunque fuera solo por unos minutos.
Mimi alzó una ceja, desconcertada.
—¿Ir? —preguntó, como si aún no comprendiera del todo por qué él la invitaba a ir a algún lugar.
Yamato asintió con un gesto serio, aunque en su rostro brillaba una expresión que intentaba transmitir calma y seguridad.
—¿Dónde? —preguntó finalmente Mimi, mirando a Yamato, esperando una respuesta.
Sin responder inmediatamente, Yamato se agachó un poco y tomó a Kouji en sus brazos, como si la invitación implicara algo más que simplemente ir a algún lugar. Sin prisa, comenzó a caminar hacia el jardín privado del palacio. Mimi lo siguió, algo escéptica, pero sin negarse.
Cuando llegaron al jardín, Yamato se detuvo y, al ver las flores alrededor, miró a Mimi con una expresión algo nostálgica.
—¿Recuerdas qué sucedió aquí? —preguntó, su voz cargada de una dulzura que rara vez mostraba, algo en la manera en que la miraba parecía indicar que ese lugar guardaba un significado especial para él.
Mimi frunció el ceño, un poco desconcertada, y luego, como si la respuesta le viniera en un suspiro, dejó escapar una pequeña sonrisa triste.
—Este jardín... —murmuró, mirando alrededor—. Aquí fue donde nos conocimos. Pero ahora no parece especial, mi sultán.
Yamato la observó, con un leve dolor reflejado en sus ojos. Había una melancolía en sus palabras, una nostalgia profunda. Era cierto, este jardín, este lugar, había sido testigo de su primer encuentro, de la primera chispa de algo que él siempre había considerado algo único, algo especial. Pero ahora, después de tanto tiempo, las cosas habían cambiado. Su relación no era la misma.
—No pienses en eso —le dijo, suavemente, sin querer que las dudas o el dolor de ese momento empañaran lo que había sido su historia, aunque en el fondo sabía que no era tan fácil.
Pero Mimi, aún con el corazón dolorido, no podía simplemente dejarlo ir.
—Es imposible, Yamato. —su voz era suave, pero firme—. Me duele. Me duele mucho.
Yamato la miró, intentando comprender la profundidad de lo que ella sentía. No era fácil para él, nunca lo había sido, pero en ese momento deseaba poder aliviarla de alguna manera, aunque sabía que su amor por ella nunca podría ser suficiente para borrar el daño causado.
—Lo sé —murmuró, casi con pesar, mientras la miraba fijamente.
Yamato sintió un nudo en el estómago al escuchar la tristeza en la voz de Mimi. Aquella sensación de dolor era algo que no le gustaba ver en ella. La castaña, por muy fuerte y decidida que fuera, siempre había tenido una vulnerabilidad que él temía herir. Pero ahora, ella estaba herida, y no sabía cómo sanar esa herida sin que algo de su propio ser también se desgarrara.
Mimi, por su parte, no pudo evitar sentir un vacío en su interior. Las palabras de Yamato eran dulces, pero no lograban calmar el dolor que llevaba dentro. Sabía que él la quería, pero su amor por ella no era suficiente para hacerla sentir que era la única mujer en su vida. Había tantas otras, tantas mujeres a las que él le brindaba su atención y cariño, y aunque Mimi intentaba convencerse de que todo estaba bien, su corazón le decía lo contrario. No podía olvidar lo que había sucedido esa noche, no podía olvidar lo que estaba ocurriendo.
—Mimi... —dijo suavemente, tomándola por los hombros, forzándola a mirarlo. Ella no lo hacía inmediatamente, pero después de unos segundos, sus ojos se encontraron con los de él.
La tristeza y la confusión eran evidentes en esos ojos, pero Yamato no se apartó. Sostenía su mirada, no con la arrogancia que solía mostrar, sino con una sinceridad palpable.
—Yo... sé que no soy el único en tu vida —comenzó, sin saber exactamente cómo seguir, como si sus palabras pudieran no ser suficientes para lo que ella necesitaba oír—. Sé que eso te duele. Sé que no soy el hombre que te prometí ser.
Mimi frunció el ceño y miró a Yamato, sin decir nada, pero con una mirada que decía más que mil palabras.
—Te he fallado, Mimi. Pero eso no significa que no te ame —continuó él, más firme, como si esa confesión le diera el valor para hablar lo que realmente sentía—. Todo lo que hago, todo lo que he hecho, ha sido por ti... aunque sé que no siempre lo he hecho bien.
Mimi dio un paso atrás, sintiendo una especie de dolor adicional en su pecho.
—¿Por qué, Yamato? ¿Por qué no puedes entenderlo? —su voz se quebró un poco mientras trataba de comprender las palabras del sultán.— No puedo simplemente olvidar... Tú tienes tantas mujeres... tantas que te acompañan. ¿Por qué me pides que olvide? ¿Por qué me pides que te acepte así?
Yamato la observó en silencio, sabiendo que lo que decía era verdad. Sabía que sus decisiones, su comportamiento, debido a su posición podrían separarlos. Pero no podía dejarla ir, no podía permitir que su amor por ella se extinguiera en el aire como algo irreal.
—Porque te necesito, Mimi.— Señaló al bebé— ¿Ves a nuestro hijo? Es la muestra de eso. Que eres la persona más importante para mi.
Mimi movió la cabeza: —¿Cómo estaré segura de eso?
El rubio besó sus labios.
Yamato profundizó el beso con suavidad, tratando de transmitir a través de él lo que sus palabras no lograban expresar. Cuando se separaron, Mimi lo miró con los ojos llenos de emociones encontradas. Su corazón deseaba creerle, pero su mente le recordaba las muchas veces que sus promesas se habían desvanecido.
Yamato acarició su rostro con ternura.
—Mimi, sé que no puedo borrar lo que te he hecho sentir. Pero ten por seguro que eres la dueña de mi corazón, y cada vez que te veo sufrir, siento que estoy perdiendo algo irremplazable. Tú y nuestros hijos son mi mundo.
Mimi bajó la mirada hacia Kouji, que dormía tranquilamente en sus brazos. El pequeño era una extensión de ambos, la prueba del amor que había surgido de una manera que ella jamás esperó. En ese momento, supo que, más allá de su dolor, debía proteger a sus hijos, incluso de las decisiones de su propio padre.
—¿Qué puedo hacer para demostrarte que digo la verdad? —preguntó Yamato con sinceridad—. ¿Cómo demostrarte que, a pesar de que hayan más mujeres en mi harem, tú eres la más importante?
Ella lo miró fijamente, sus ojos evaluando la veracidad de sus palabras. Después de un largo momento de silencio, Mimi respiró hondo y habló con voz firme, aunque algo temblorosa.
—Quiero que me prometas algo, Yamato. Algo que no puedes romper, sin importar lo que pase.
—Lo que sea, Mimi —respondió él sin dudar, inclinándose ligeramente hacia ella.
Mimi tomó una pausa, reuniendo fuerzas para pronunciar las palabras.
—Prométeme que no tendrás más hijos con ninguna de tus concubinas.
Yamato abrió los ojos con sorpresa, no por la naturaleza de la petición, sino por el peso que llevaba. Sabía lo importante que era para Mimi, pero también entendía las implicaciones de lo que estaba pidiendo. Sin embargo, al mirar el rostro decidido de su esposa y los ojos cerrados de su hijo, comprendió que debía hacerlo.
Si esa era la forma entonces...lo haría.
—Te lo prometo, Mimi. —Sus palabras fueron firmes, su mirada fija en la de ella—. No tendré más hijos con ninguna otra mujer.
Mimi observó su rostro, buscando cualquier signo de duda o falsedad, pero no encontró ninguno. Por primera vez en mucho tiempo, sintió una chispa de alivio, aunque el miedo seguía latente.
—Espero que no rompas tu promesa, Yamato. Porque si lo haces… no habrá vuelta atrás.
Yamato asintió, tomando sus manos entre las suyas con fuerza, como si con ese gesto pudiera reafirmar su compromiso.
—No la romperé. Tú y nuestros hijos son todo lo que necesito.
Mimi asintió lentamente, permitiéndose, aunque fuera por un instante, creerle.
Mimi cerró los ojos mientras Yamato se inclinaba hacia ella, y sus labios se encontraron en un beso suave pero cargado de emociones. Había en ese gesto una mezcla de arrepentimiento, esperanza y un intento desesperado de reconstruir algo que se había roto con el tiempo.
El beso no era solo un acto de amor, sino una promesa sellada entre ambos. Yamato sostuvo su rostro entre sus manos, acariciando su mejilla con el pulgar, como si quisiera borrar cualquier rastro de dolor que le hubiera causado. Por su parte, Mimi permitió que las emociones que había estado reprimiendo fluyeran, derramándose en ese contacto íntimo.
Cuando se separaron, Mimi lo miró con los ojos llenos de lágrimas que no sabía si eran de alivio o de resignación. Yamato notó la lucha interna de su esposa y la abrazó con fuerza, atrayéndola hacia su pecho mientras balanceaba suavemente al pequeño Kouji en sus brazos.
—Sé que no puedo cambiar el pasado, pero haré todo lo que esté en mi poder para que no te arrepientas de estar a mi lado, Mimi. —Su voz era un susurro, pero estaba cargada de una determinación que Mimi no había escuchado en mucho tiempo.
Ella apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido de su corazón. No respondió de inmediato, permitiendo que el silencio hablara por ambos.
Finalmente, Mimi rompió el abrazo con suavidad y alzó la mirada hacia él.
—Solo espero que tus acciones respalden tus palabras, Yamato. Porque no solo me debes a mí, sino también a tus hijos.
Él asintió, reconociendo la verdad en sus palabras.
—Lo sé. Y no te fallaré, Mimi.
Mimi miró nuevamente a Kouji, quien seguía durmiendo plácidamente, ajeno a la tensión de sus padres. Alzó una mano para acariciar la pequeña cabeza de su hijo antes de dirigir una última mirada a Yamato.
—Por el bien de ellos, espero que cumplas.
Yamato se inclinó para besar la frente de Mimi, luego la de su hijo, sellando una vez más su promesa. Ambos sabían que el camino sería difícil, pero en ese momento, bajo la luz tenue del jardín privado, decidieron aferrarse a la esperanza de un futuro mejor.
~Al día siguiente~
El amanecer se filtraba suavemente a través de las finas cortinas de la habitación, llenando el espacio con una cálida luz dorada. Yamato abrió los ojos lentamente, sintiendo la familiaridad del lugar y la presencia de dos personas junto a él. Su respiración era tranquila, y por un momento, el mundo parecía detenerse en esa calma absoluta.
Giró la cabeza ligeramente y ahí estaba Mimi, dormida a su lado. Su rostro, sereno y relajado, parecía más joven, como si los años de preocupaciones y desafíos hubieran desaparecido en ese instante. Su cabello castaño caía en suaves ondas sobre la almohada, enmarcando su rostro como un halo. Sus labios, entreabiertos, respiraban con un ritmo pausado que a Yamato le resultó hipnótico. La delicadeza de su expresión lo dejó sin palabras, y por un momento, todo lo demás en su vida pareció irrelevante.
"Es hermosa," pensó, casi sorprendido por la fuerza de ese pensamiento, como si lo redescubriera en cada oportunidad que tenía de observarla así, sin filtros, sin barreras. Mimi tenía un encanto que no podía explicarse con palabras. No era solo su belleza, era la forma en que irradiaba calidez, incluso cuando dormía.
Entre ellos, acurrucado con la despreocupación de un niño, estaba Kouji. El pequeño se había movido en algún momento de la noche, colocando una de sus pequeñas manos sobre el pecho de Yamato y la otra apoyada en el brazo de Mimi. Su cabello oscuro se desordenaba de forma encantadora, y su expresión tranquila le arrancó una sonrisa a Yamato.
El sultán no pudo evitar estirar una mano para tocar la cabecita de su hijo. Lo hizo con cuidado, procurando no despertarlo, y el niño se movió ligeramente, haciendo un ruidito adormilado que provocó que Yamato soltara una leve risa. La escena era perfecta, demasiado perfecta para ser real.
Por un instante, Yamato sintió un peso en el pecho. Sabía que su vida estaba llena de responsabilidades y decisiones difíciles, pero en ese momento, mientras miraba a Mimi y a su hijo, pensó que todo valía la pena por ellos.
Sus ojos regresaron a Mimi, y, como si no pudiera evitarlo, acercó su mano para apartar suavemente un mechón de cabello que cubría su rostro. Al hacerlo, sus dedos rozaron su mejilla, y la suavidad de su piel lo llenó de ternura.
—Mimi... —susurró, más para sí mismo que para ella, como si el simple hecho de decir su nombre le diera fuerza.
Ella no se movió, pero su respiración cambió levemente, como si su inconsciente respondiera a la presencia de Yamato.
Yamato se inclinó ligeramente, apoyando su cabeza en su mano mientras seguía observándola. Pensó en todas las veces que había discutido con ella, en las lágrimas que había causado y en las sonrisas que también le había regalado. Se preguntó cómo alguien podía ser tan fuerte y tan vulnerable al mismo tiempo, cómo podía soportar tanto y seguir siendo la mujer que él amaba.
—Prometo que haré lo mejor para ti y para ellos, Mimi. —Susurró de nuevo, esta vez como si esas palabras fueran una oración.
Kouji se movió otra vez, esta vez girando su pequeño cuerpo hacia su madre y acurrucándose contra ella. Yamato sonrió al verlo, sintiendo un calor indescriptible en su pecho. Era como si el niño supiera exactamente dónde estaba su lugar, entre el amor de sus padres, protegido y amado.
Mimi pareció sentir el movimiento de su hijo, porque dejó escapar un leve suspiro y se movió ligeramente, pero no despertó. Yamato la miró con más intensidad, grabando en su memoria esa imagen de paz que parecía tan frágil y, al mismo tiempo, tan eterna.
El sol seguía subiendo, y con él, los ruidos del palacio empezaban a colarse por las ventanas. Pero Yamato no quería moverse, no quería romper ese momento perfecto. Se inclinó una vez más, esta vez para depositar un suave beso en la frente de Mimi, dejando que sus labios se quedaran ahí un instante más de lo necesario.
—Gracias, Mimi... por todo.
Y luego besó la cabeza de Kouji, sintiéndose, al menos por ese instante, el hombre más afortunado del mundo.
Justo cuando Yamato estaba completamente absorto en la tranquilidad de la escena, la puerta de la habitación se abrió con suavidad, dejando entrar a Yoshino, quien cargaba a la pequeña Izumi en brazos. La sirvienta se detuvo al notar al sultán allí, acostado junto a la sultana Mimi y al príncipe. Sus ojos se agrandaron por la sorpresa, pero rápidamente se inclinó en una reverencia respetuosa, evitando hacer ruido.
Yamato levantó una mano, indicándole que se mantuviera en silencio para no despertar a Mimi. Con un gesto tranquilo, la invitó a acercarse. Yoshino asintió y dio un paso hacia adelante, aún sosteniendo a Izumi con cuidado.
—Perdón por interrumpir, mi sultán —susurró Yoshino, manteniendo su voz baja—. La pequeña Izumi estaba llorando. Creo que extraña a su madre, todas las mañanas se recuesta a su lado.
Yamato asintió, volviendo la vista hacia Mimi, quien seguía dormida, completamente ajena a lo que ocurría. Sus ojos luego se posaron en la pequeña Izumi, que se retorcía ligeramente en brazos de Yoshino, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes de haber llorado. Algo en su pequeño rostro lo conmovió profundamente.
—Dámela —indicó Yamato, extendiendo los brazos.
Yoshino dudó un instante, pero obedeció de inmediato, depositando a Izumi con cuidado en los brazos del sultán. La pequeña emitió un leve quejido, pero en cuanto sintió la calidez de su padre, pareció calmarse un poco. Yamato la sostuvo con firmeza, pero con una delicadeza que contrastaba con su usual autoridad.
Se tomó un momento para admirar a su hija, observando cada pequeño detalle. Su cabello, tan suave y claro como el suyo, y sus diminutas manos se cerraban y abrían como si intentaran aferrarse a algo. Yamato observó a Izumi, estaba enojada, evidentemente, tenía el ceño fruncido y la nariz arrugada...igual a Mimi.
—Es igual de bella que su madre —murmuró Yamato, más para sí mismo que para Yoshino.
Yoshino sonrió levemente al escuchar esas palabras, pero no dijo nada. Se limitó a inclinar la cabeza, respetando el momento entre padre e hija.
La pequeña dejó salir un pequeño regaño y sollozó.
Yamato acarició suavemente la mejilla de Izumi con la yema de su dedo, maravillado por lo suave que era su piel. La pequeña emitió un leve balbuceo y abrió la boca, como si estuviera buscando algo. Yamato sonrió ante ese gesto.
—Debe de tener hambre...—susurró, volviendo la mirada hacia Mimi, que aún dormía tranquilamente.
Por un instante, Yamato consideró despertarla, pero al ver lo profundamente dormida que estaba, decidió que no tenía corazón para hacerlo. Después de todo, sabía cuánto había pasado Mimi para cuidar a los gemelos, en especial a Kouichi, y cuánto necesitaba descansar.
—Yoshino, tráeme una manta —indicó Yamato mientras se acomodaba a Izumi en el brazo, sujetándola con seguridad.
La sirvienta asintió y salió rápidamente, regresando con una manta suave. Yamato la tomó y envolvió a Izumi con cuidado, asegurándose de que estuviera cómoda.
—¿Es siempre así de inquieta? —preguntó Yamato en un susurro, mirando a Yoshino mientras seguía admirando a su hija.
—A veces, mi señor. Pero sobre todo extraña el calor de su madre. Es muy unida a la sultana Mimi —respondió Yoshino, con una leve sonrisa—. Izumi es una pequeña que ya sabe lo que quiere.
Yamato soltó una suave risa.
—Lo sé. Es como su madre en eso.
Izumi se movió un poco en sus brazos, haciendo un ruidito adormilado. Yamato la sostuvo con más firmeza, sintiendo una oleada de orgullo y ternura que no esperaba. Era increíble cómo una criatura tan pequeña podía tener un efecto tan poderoso sobre él.
Volvió a mirar a Mimi y luego a Kouji, que seguía dormido entre ellos. La imagen de su familia le llenó el pecho de una calidez que pocas veces había experimentado. Esto era lo que realmente importaba.
—Gracias, Yoshino. Puedes retirarte por ahora. Yo me encargaré de Izumi.
Yoshino asintió y se inclinó antes de salir de la habitación, dejando a Yamato con sus pensamientos y con la pequeña en brazos. Mientras mecía suavemente a Izumi, el sultán no pudo evitar preguntarse cómo había llegado a tener tanta suerte, a pesar de todos sus errores.
Besó la frente de su hija, con una sonrisa suave y sincera que pocas veces mostraba.
~Días después~
Yamato caminaba por los pasillos del harem, su mente en constante reflexión. Los ecos de las conversaciones, las risas lejanas y los murmullos de los sirvientes y concubinas se mezclaban con el sonido de sus pasos firmes. Había mucho en lo que pensar: su relación con Mimi, la presencia de Namika en su vida y, sobre todo, la responsabilidad que sentía como padre. Cuando se encontraba con sus hijos, todo parecía tener más sentido, aunque la situación en el harem fuera cada vez más complicada.
De repente, al pasar cerca del área de los jardines interiores, vio a Namika, quien lo esperaba cerca de uno de los bancos de piedra, donde los niños jugaban. Ella estaba conversando amablemente con una de las sirvientas, pero sus ojos se posaron en él de inmediato. Sonrió con esa actitud tan característica, una sonrisa cautivadora que Yamato no pudo evitar notar.
—Su Alteza —dijo Namika con dulzura, su tono de voz tan suave como el terciopelo—. Qué hermosos son sus hijos. Es un placer verlos crecer.
Yamato, algo distraído, se detuvo en su paso, mirando a los niños que jugaban en la alfombra. Kouji, su hijo menor, estaba jugando tranquilamente junto a Takuya e Izumi. Verlos siempre le causaba una mezcla de sentimientos encontrados, sobre todo al ver a Kouji, quien, a diferencia de Kouichi, tenía una salud inquebrantable y se destacaba por ser un bebé excepcionalmente tranquilo y sereno, tenía un año apenas y todos los lo elogiaban por su buena salud, independencia y calma.
Namika se acercó lentamente a ellos, su mirada fija en Kouji, que estaba mirando a su alrededor con curiosidad. La joven concubina sonrió con afecto y, con gesto delicado, extendió sus brazos hacia el niño.
—Vengan aquí, pequeño —dijo Namika, casi en un susurro, mientras extendía sus brazos hacia el niño—. Deberíamos tener un momento juntos. Me encantaría cargar a uno de los más bellos tesoros del harem.
Sin embargo, en cuanto sus manos tocaron a Kouji, un llanto desgarrador estalló en el aire, un llanto fuerte y angustiante que sorprendió a todos en la habitación. Yamato dio un paso atrás, sus ojos llenos de sorpresa. Nadie había visto nunca a Kouji llorar de esa manera. El pequeño, conocido por su calma y su tranquilidad, comenzó a llorar con fuerza, agitando sus manitas y mirando hacia todos lados con desesperación.
La sirvienta que estaba cerca se acercó rápidamente para intentar calmar al niño, pero el llanto de Kouji solo aumentaba, como si estuviera profundamente aterrorizado. Esmahan, que estaban a un costado, se acercó rápidamente, y sus ojos se encontraron con Yamato, quien no podía entender la reacción de su hijo.
—¿Qué sucede? —preguntó Esmahan, visiblemente preocupada—¿Por qué llora el príncipe?
Namika, sorprendida y algo desconcertada, retrocedió un paso, observando cómo Kouji se retorcía en los brazos de la sirvienta. Yamato miró fijamente a la mujer, una mezcla de confusión y frustración cruzando su rostro.
—¿Qué le has hecho? —preguntó Yamato, su voz más dura de lo habitual.
Namika, sintiéndose atrapada, negó con la cabeza rápidamente, sin saber qué responder.
—No... No le he hecho nada, Su Alteza. Simplemente intentaba cargarlo... No esperaba que reaccionara así.
Esmahan se inclinó hacia el niño, susurrándole palabras suaves para calmarlo, pero el llanto de Kouji no cesaba. Estaba completamente alterado.
Namika, por primera vez visiblemente desconcertada, negó con la cabeza, aún sin saber cómo había sucedido todo eso.
—No... No he hecho nada. Solo intenté... Estaba tratando de ser amable.
Yamato observaba la escena, sintiendo una creciente incomodidad. Podía ver que Kouji estaba MUY alterado. Su corazón se aceleró al recordar lo tranquila que siempre había sido su reacción ante otros, pero la duda seguía creciendo en su mente.
Yamato, al ver la situación, no pudo evitar sentir una punzada de preocupación. Caminó lentamente hacia su hijo y, con cuidado, lo levantó en brazos. Kouji, aunque aún sollozando levemente, se fue calmando en su abrazo, al reconocer el toque familiar de su padre. Con un suspiro de alivio, Yamato miró a Namika, intentando suavizar la atmósfera tensa.
—Probablemente no estaba de humor —dijo Yamato, su tono más relajado—. Kouji es un niño tranquilo, pero es un bebé después de todo.
Namika, aunque visiblemente incómoda por la reacción de Kouji, asintió con una leve sonrisa, tratando de disimular la tensión que sentía.
—Entiendo, Su Alteza. Quizás... quizás fue sólo un mal momento —respondió, aunque su tono parecía algo forzado.
Al ver que la situación no iba a mejorar con Kouji, Namika decidió cambiar de enfoque. Miró a Izumi, la pequeña hija de Yamato y Mimi, que jugaba tranquilamente cerca. A diferencia de Kouji, Izumi era más vivaz y activa. Namika, con una sonrisa en los labios, se acercó a ella con la esperanza de que su intento por ganar confianza con los niños de Yamato tuviera mejor resultado.
—Bueno, si Kouji no quiere estar conmigo, quizás Izumi tenga más ganas de jugar —comentó Namika mientras extendía los brazos hacia la pequeña.
Izumi, al ver a Namika acercarse, no mostró ninguna señal de rechazo, pero antes de que Namika pudiera tomarla con éxito, la niña dejó escapar un pequeño gemido y, con un movimiento rápido, comenzó a vomitar sobre la ropa de la joven concubina.
El líquido se derramó sobre el vestido de Namika, empapando la tela en cuestión de segundos. Namika, completamente sorprendida, retrocedió rápidamente, mirando la mancha en su vestido con cara de desagrado.
—¡¿Qué...?! —exclamó Namika, horrorizada mientras trataba de apartarse de la pequeña que aún no parecía entender lo que había sucedido.
Izumi, al ver la reacción de la mujer, se quedó en sus brazos, mirando a Namika con ojos llenos de lágrimas. La pequeña se puso a llorar desconsolada, sintiéndose culpable por lo que acababa de ocurrir.
Namika, furiosa por la situación, apretó los dientes, pero no dijo nada. Su intento de acercarse más a los niños de Yamato había fallado estrepitosamente. Izumi, asustada por su propio llanto y por la incomodidad de la mujer, miró el lugar desesperada, esperando que la abrazara y la calmara.
Mimi llegó al lugar con paso apresurado, al escuchar los llantos de su hija. Al ver la situación, inmediatamente tomó a Izumi en brazos, acariciando su cabeza con ternura para calmarla. La niña dejó de llorar un poco al sentir el toque familiar de su madre, aunque aún sollozaba suavemente, aferrándose a Mimi como si estuviera buscando consuelo.
Mimi miró a Namika con una expresión que no dejaba lugar a dudas: fría, calculadora y llena de desconfianza. Su voz, controlada pero firme, rompió el silencio.
—¿Qué le has hecho a mi hija? —preguntó Mimi, manteniendo la calma exterior, pero el veneno detrás de sus palabras era inconfundible. No podía evitar sentir una ola de ira creciente.
Namika, al ver la mirada de Mimi, se sintió atrapada. No podía permitir que su propia frustración la hiciera explotar. Su rostro mostró una mezcla de desconcierto y frustración mientras intentaba justificarse.
—No... No le he hecho nada, Su Alteza. —respondió, nerviosa—. De hecho, estaba intentando ser amable, como hice con Kouji... Pero no esperaba que reaccionaran así.
Mimi no respondió de inmediato. Solo observó a Namika con desconfianza, sus ojos fijos en ella mientras sostenía a Izumi, que ahora había comenzado a calmarse. Aunque la rabia se acumulaba en su pecho, no quería dar el espectáculo de un enfrentamiento frente a Yamato. Sin embargo, la sospecha seguía creciendo en ella.
Namika, sintiendo la presión, bajó la cabeza y se disculpó, intentando suavizar la atmósfera.
—Mis disculpas, Su Alteza —dijo, con la voz más baja—. Realmente me gustan los niños. Tal vez no fue el mejor momento, pero les aseguro que mi intención no era causarles ningún mal.
Pero antes de que la conversación pudiera continuar, Namika miró a Takuya, quien jugaba cerca, y decidió cambiar de enfoque. Con una sonrisa en sus labios, dio un paso hacia el niño, intentando que la situación volviera a su favor.
—En fin, si Izumi no está de humor, tal vez Takuya quiera jugar conmigo —comentó, extendiendo los brazos hacia el niño.
Pero, antes de que pudiera acercarse, Esmahan, rápidamente tomó a su hijo y lo alejó de ella.
—Takuya no está interesado en jugar contigo —dijo Esmahan con firmeza, su voz tranquila pero tajante. Namika se detuvo en seco, sorprendida por la negativa.
Yamato, que había observado todo en silencio hasta ese momento, respiró hondo, sintiendo la creciente incomodidad en el aire. Algo no estaba bien. No podía ignorar las reacciones de sus hijos, especialmente cuando esos comportamientos tan inusuales empezaban a repetirse. Sus pensamientos vagaron hacia la relación entre Mimi y sus hijos, especialmente Kiriha.
A diferencia de Namika, Mimi había logrado ganarse el cariño de su hijo mayor, Kiriha, desde el momento en que había llegado al harem. Kiriha, con su naturaleza fría, en ese entonces, logró tener buena relación con Mimi, había encontrado consuelo y seguridad en los brazos de ella, y su vínculo era claro para Yamato. Este hecho no pasaba desapercibido para él. Pero, evidentemente, Namika no lo estaba logrando.
Yamato, pensativo, se permitió un instante de reflexión mientras observaba la escena que se desarrollaba frente a él. Los niños eran un reflejo de lo que sucedía dentro del harem, y aunque su responsabilidad como líder era inquebrantable, no podía evitar preguntarse si realmente estaba tomando las decisiones correctas al permitir que ciertas personas se acercaran a su familia.
Finalmente, Yamato suspiró y, con un gesto hacia Esmahan, se dirigió a Namika.
—Creo que, lo mejor será que te vayas a tus aposentos.—Declaró el rubio.
—Pe-pero...—Habló ella.
—Pero nada.—Respondió el oji-azul acercándose a Mimi y acarició el cabello de Izumi.
Namika frunció el ceño, volteo sobre sí y caminó.
Yamato observó a su hija, luego a su hijo y luego a Mimi.
+La promesa de Yamato es muy profunda y demuestra mucho el amor a Mimi. No tener más hijos es algo muy difícil. Porque a un sultán se le exigía tener hijos por el bien de la dinastía.
+Quiero hacer una aclaración de la edad de los bebés:
+Al inicio del capítulo: Thomas tiene 3 años y un mes, Izumi tiene 2 años, Takuya tiene 7 meses (en Digimon Izumi se burla porque es mayor que Takuya por 3 meses, en esta historia es mayor por un año y tres meses) los gemelos tienen 4 meses.
+Básicamente, Thomas con Izumi se llevan por aproximadamente 1 año y un mes, y Thomas con los gemelos se llevan dos años y diez meses aproximadamente, por lo tanto, el tema de las edades puede ir variando.
+Cuando el capítulo termina pasaron tres meses entonces todos tienen tres meses más.
KeruTakaishi: ¡Hola! Jajaja Catherine sirve como villana jajaja Catherine no tiene respeto, porque tampoco considera que la posición de Hikari sea "buena". Sí y no, Hikari ya aceptó, pero Takeru no, solo estoy alimentando las ganas de ser sultán de Takeru. Alice está juntando nomás para deshacerse de Takeru (aunque tal vez no le salga bien jaja) Ya veremos que ocurre con Mitsuo. Al menos en eso le es leal a Rika. Necesitaba problemas de harem y aquí tenemos jaja con Namika. Mimi está hirviendo de celos. Me alegra saber que continuarás leyendo la historia aunque ellos no estén. Eso me da ganas de continuar escribiendo porque significa que la historia atrae. Espero que estés disfrutando cada detalle de la historia. Agradezco mucho que te tomes el tiempo de leerla y compartir tus pensamientos. Me encantaría que sigas siendo parte de este viaje conmigo. Te envío un abrazo gigante.
