Na: Estoy pensando seriamente en hacer "La sultana del imperio 2" ¿para qué? para dar un salto en el tiempo, ejemplo: escribir de la historia de Mimi y sus hijos cuando ya son grandes (porque al paso que voy nos demoraremos en llegar) No obstante, también iré actualizando esta, iremos avanzando hasta llegar a lo que paralelamente iré escribiendo en "La sultana del Imperio 2"
No sé ¿qué dicen?
~Semanas después~
En una amplia sala decorada con colores cálidos y alfombras suaves, Kiriha y Thomas estaban sentados en una mesa baja, rodeados de papeles, tintas y lápices de colores. Kiriha, de ocho años, trabajaba meticulosamente en su dibujo, mientras que Thomas, con solo cuatro años, hacía lo que podía para llenar su papel con trazos desordenados pero llenos de entusiasmo. El ambiente era tranquilo hasta que ambos posaron sus ojos en el mismo lápiz azul, que descansaba a un lado de la mesa.
—¡Quiero ese lápiz! —dijo Thomas, alargando su mano hacia él.
—No. Yo lo necesito primero —replicó Kiriha, apartando el lápiz del alcance de su hermano menor.
Thomas frunció el ceño, claramente ofendido.
—¡No es justo! Yo lo vi primero.
Kiriha cruzó los brazos, con una expresión de superioridad que claramente había heredado de su madre.
—No importa si lo viste primero. Yo soy mayor, y eso significa que lo merezco más.
Thomas frunció aún más el ceño, inflando las mejillas en un gesto que hacía evidente su indignación.
—¿Por qué importa que seas mayor?
—Porque ser mayor significa que soy más importante —declaró Kiriha con una seguridad aplastante—. Además, algún día yo seré el sultán, así que deberías respetarme.
Thomas se enderezó en su asiento, claramente sorprendido por esa afirmación.
—¡No! ¡Yo seré el sultán!
Kiriha se rió, una risa burlona que encendió aún más la rabia de Thomas.
—No puedes ser el sultán, Thomas. Yo nací primero. Y eso significa que soy el heredero.
—¡No importa! —protestó Thomas, golpeando la mesa con sus pequeñas manos—. ¡Yo quiero ser el sultán!
—Eso no puede pasar —replicó Kiriha con una calma exasperante, como si hablara con alguien que simplemente no entendía las reglas básicas de la vida—. Solo el hijo mayor puede ser sultán, y ese soy yo.
—¡Pero yo también soy hijo del sultán! —gritó Thomas, cada vez más enfadado.
—Eso no importa. Las reglas son las reglas.
La discusión continuó escalando, ambos alzando la voz y gesticulando furiosamente, hasta que sus gritos atrajeron la atención de Miyako, la sirvienta de Sora, y Yoshino, la sirvienta de Mimi, quienes estaban cerca. Las dos mujeres entraron rápidamente a la sala, alarmadas por el alboroto.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Miyako, dirigiéndose a Kiriha con una mezcla de autoridad y preocupación.
—Estábamos pintando, pero Thomas quiere mi lápiz —respondió Kiriha, señalando a su hermano menor con un dedo acusador.
—¡Es mío! —insistió Thomas, cruzando los brazos con un puchero.
Miyako miró a Yoshino con una ceja arqueada.
—Parece que tu pequeño necesita aprender a respetar a su hermano mayor.
Yoshino, quien había estado observando la escena con calma, se cruzó de brazos, claramente molesta por el comentario.
—¿Ah, sí? Pues tal vez deberías enseñarle a Kiriha a ser más amable y considerado. No siempre se trata de imponer su voluntad solo porque es mayor.
—Kiriha tiene razón. Es el mayor y, algún día, será el sultán. Es natural que Thomas deba entender eso desde ahora —replicó Miyako, con un tono firme.
Yoshino negó con la cabeza, sin ocultar su desacuerdo.
—Eso no significa que deba menospreciar a su hermano menor. Ambos son hijos del sultán, y ambos merecen respeto.
Kiriha, que había estado escuchando atentamente, intervino con un aire de superioridad.
—¿Ves? Incluso Miyako sabe que yo seré el sultán.
Thomas no se quedó atrás.
—¡Yo también puedo serlo!
Yoshino rodó los ojos. Lo mejor sería retirarse.
—Thomas...—Suavemente tomó al príncipe— Mejor es que nos vayamos.
—Nosotros también Kiriha.— Miyako tomó la mano del príncipe para llevárselo.
En el lujoso salón del harén reservado para las reuniones privadas de la sultana Rika, Catherine entró con paso firme pero humilde, su vestido de seda marfil ondeando con cada movimiento. La luz del sol se filtraba a través de las celosías, creando un ambiente cálido y dorado. Rika, sentada sobre un diván adornado con cojines de terciopelo y bordados de oro, observaba a Catherine con una expresión serena, aunque sus ojos destilaban autoridad.
—Sultana Rika —dijo Catherine, inclinándose en una reverencia respetuosa—. Vengo a entregar mi reporte, como me fue solicitado.
—Habla —ordenó Rika, sin apartar la mirada de ella mientras tomaba una copa de té perfumado.
Catherine respiró hondo antes de comenzar.
—Takeru me ha llamado todas estas noches a sus aposentos —dijo con un leve rubor en sus mejillas—. Hemos pasado las noches juntos, como usted dispuso. Él ha sido atento y… apasionado.
Una ligera sonrisa se formó en los labios de Rika, claramente satisfecha con lo que escuchaba.
—Bien. Parece que mi hermano finalmente empieza a valorar lo que se le ha dado —comentó, su tono cargado de orgullo—. Te lo advertí, Catherine. Paciencia y dedicación.
Catherine asintió, aunque algo en su expresión sugería que tenía más que decir.
—Sultana, tengo una pregunta… —dijo finalmente, su voz suave pero firme.
Rika arqueó una ceja, señalándole que continuara.
—¿Ya me está permitido quedar embarazada?
El ambiente en la sala cambió de inmediato. La expresión de Rika se endureció, sus ojos azules relampagueando con una mezcla de sorpresa y enojo. Bajó lentamente su copa, haciendo un leve ruido sobre la mesa.
—No —respondió con un tono cortante, que parecía congelar el aire a su alrededor.
Catherine parpadeó, desconcertada.
—¿Por qué? —se atrevió a preguntar, aunque sabía que estaba caminando sobre terreno peligroso.
Rika se levantó de su asiento, su figura alta y elegante proyectando una sombra imponente sobre Catherine.
—No mereces explicaciones —declaró con voz firme y autoritaria—. Yo soy la sultana, y tú estás bajo mi mando. ¡Tú solo debes obedecer!
Catherine frunció el ceño, su orgullo herido reflejado en su expresión, aunque no se atrevió a desafiarla directamente. Pero odiaba esta situación ¡quería ser madre y mejorar su estatus!
—No puedes quedar embaraza ¡y punto!
—Pero...
—¡Pero nada!
Catherine se mordió el labio inferior.
Rika la observó en silencio durante unos momentos, evaluando su reacción. Luego, con un gesto de su mano, despidió a Catherine.
—Vete. Y asegúrate de no olvidar tu lugar.
Catherine se inclinó en una reverencia, aunque sus labios se apretaron con frustración contenida. Dio media vuelta y salió del salón, su mente llena de pensamientos contradictorios.
Rika, por su parte, permaneció de pie, observando la puerta por donde Catherine había salido. Aunque estaba orgullosa del control que ejercía, una parte de ella reflexionaba sobre lo mucho que estaba en juego, no solo para su hermano, sino para el equilibrio de poder dentro del palacio.
Thomas caminaba hacia los aposentos de Mimi, con los hombros caídos y una expresión de profunda frustración. En sus manos, apretaba el lápiz azul que había estado discutiendo con Kiriha, pero el pequeño príncipe no podía concentrarse en el color brillante del objeto. Su mente estaba llena de la misma pregunta una y otra vez: ¿por qué su hermano mayor no lo respetaba?
Al llegar a la habitación de su madre, Mimi lo miró desde su asiento, donde descansaba tras un largo día. Al ver la cara contrariada de Thomas, sus ojos se suavizaron, preocupada por lo que pudiera haberle sucedido.
—¿Qué ocurre, pequeño? —preguntó, su voz suave y cálida, invitándolo a acercarse.
Thomas se acercó lentamente, mirando al suelo antes de soltar, casi como si una burbuja de frustración hubiera estallado en su interior.
—Kiriha no me respeta. Dice que como es mayor, tiene que tener todo, el lápiz, los juegos... ¡y todo! —el pequeño levantó la vista hacia Mimi, buscando comprensión—. ¡No es justo! ¡Quiero ser sultán ya!
Mimi se levantó con calma, se acercó a él y, agachándose, le acarició el cabello con ternura, como si intentara calmar la tormenta que revoloteaba en su pequeño corazón.
—Mi amor —dijo con un susurro cálido—, debes estar tranquilo. Hay momentos en los que, cuando eres pequeño, hay cosas que no puedes cambiar. La paciencia es importante.
Pero Thomas, con la franqueza que solo los niños pequeños poseen, sacudió la cabeza con firmeza, rechazando las palabras de consuelo de su madre.
—¡No quiero estar tranquilo! —exclamó, levantando la voz con una mezcla de ira y tristeza—. ¡Quiero ser sultán ahora! ¡Quiero ser el más importante! Kiriha no me escucha, ni me respeta... ¡y no me importa ser pequeño! ¡Quiero ser sultán YA!
Mimi lo miró fijamente a los ojos, con una expresión que era mezcla de ternura y preocupación. Sabía lo que pasaba por la mente de su hijo, y aunque entendía su impaciencia, también sabía que aún era demasiado joven para entender las implicaciones de lo que pedía.
—Lo sé, Thomas, lo sé... —dijo con una voz suave pero firme—. Pero llegará un momento, un momento en el que tú serás el sultán, pero no puedes apresurarte. Ahora, cuando eres pequeño, no debes discutir por cosas tan insignificantes como un lápiz o una pelea con Kiriha. La vida tiene su ritmo, y tú aprenderás a ver las cosas de una manera más grande, cuando seas mayor.
El pequeño Thomas frunció el ceño, mirando a su madre como si no entendiera del todo, y de alguna manera eso lo frustraba aún más. Sin embargo, Mimi sabía que había algo más profundo en su hijo, algo que no se resolvía solo con palabras suaves.
—Pero quiero ser sultán ahora, mamá. No quiero esperar. —Thomas miró a Mimi, con sus ojos grandes y llenos de determinación.
Mimi suspiró, pensativa, sabiendo que la respuesta que le daría sería más difícil de escuchar de lo que él esperaba.
—Thomas, escucha, cariño... —dijo, con una pausa dramática en su voz—. Si tú fueras el sultán ahora, eso significaría que tu padre, Yamato... tendría que morir.
Las palabras de Mimi golpearon a Thomas como un balde de agua fría. Su rostro, lleno de determinación, se desmoronó por un momento, y sus ojos se agrandaron en sorpresa.
—¿Morir? —murmuró, como si no pudiera procesar lo que acababa de oír.
Mimi asintió lentamente, su expresión seria. Sabía que era necesario que su hijo entendiera lo que estaba en juego, aunque a su corta edad no pudiera comprender todo.
—Sí, morir. —Respondió con calma, buscando en su hijo la chispa de comprensión. —Porque si tú fueras el sultán, tu padre ya no sería el rey. El ciclo de la sucesión en nuestra familia es claro. El sultán debe pasar el trono al siguiente en línea, y si tú eres el sultán, eso significaría que tu padre... ya no estaría aquí.
Thomas se quedó en silencio, procesando lo que su madre había dicho. No entendía del todo, pero la imagen de la muerte de su padre lo aterraba, porque a pesar de su deseo de ser el sultán, en su corazón aún amaba profundamente a Yamato.
—¿Dime, pequeño... —Mimi inclinó su rostro hacia el de él, mirando profundamente a sus ojos—, ¿quieres que tu padre muera?
Thomas no pudo responder de inmediato. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y sus pequeñas manos apretaron el lápiz, sin saber cómo expresar lo que sentía. No quería que su padre muriera. Él lo amaba demasiado.
—No... —respondió finalmente, con voz suave y temblorosa—. No quiero que muera.
Mimi lo abrazó con fuerza, sintiendo el peso de las emociones de su hijo. Sabía que la vida no era simple, y que su pequeño príncipe, aunque tan joven, ya comenzaba a entender que el poder venía con responsabilidades enormes.
—Entonces, cariño... ahora no es tu momento. El tiempo llegará, lo sé. Pero por ahora, no te preocupes. Tu padre te necesita, y nosotros te necesitamos a ti. Y cuando llegue el momento adecuado, serás el sultán que todos esperamos.
Thomas asintió lentamente, todavía con lágrimas en los ojos, pero sintiéndose más tranquilo al sentir el abrazo reconfortante de su madre.
—Lo sé, mamá... pero... ¡quiero que llegue pronto! —murmuró entre sollozos, abrazándola con fuerza.
Mimi sonrió con ternura, acariciando su cabello mientras sus pensamientos se llenaban de la esperanza de que, algún día, su hijo entendería que el verdadero poder no se trataba de ser sultán, sino de saber cuándo era el momento adecuado para asumir el cargo.
—Llegará, Thomas. Llegará... —susurró, mientras seguía abrazándolo.
Kiriha caminaba rápidamente hacia el jardín, su rostro marcado por una expresión de frustración que no podía ocultar. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados, pero nada de eso lograba calmar la tormenta que arremolinaba en su interior. Había tenido otro altercado con Thomas, y la situación había alcanzado un punto crítico. ¿Cómo podía ser que su hermano menor, tan obstinado y tan testarudo, no entendiera su lugar?
Se detuvo en el jardín, respirando hondo para calmarse un poco antes de enfrentar a su madre, Sora. Estaba decidido a hablar con ella, porque ya no podía soportar más la falta de respeto de Thomas. Se sentó en un banco cercano, sus manos entrelazadas con fuerza, y esperó. No pasó mucho tiempo antes de que Sora llegara, caminando hacia él con su característico porte elegante y tranquila serenidad.
—Kiriha —dijo Sora con suavidad, sentándose junto a él—, ¿qué te ocurre? Puedo ver que algo te está molestando.
Kiriha no tardó en hablar, su voz llena de molestia y pesar.
—¡Thomas no me respeta! —exclamó, su tono reflejando su frustración—. ¿Cómo puede ser? ¡Yo soy el mayor! ¡Soy el futuro sultán, el que tiene que tomar el trono! Pero él... él actúa como si no importara, como si fuera yo quien está equivocado.
Sora lo miró fijamente, y por un momento, su mirada fue cálida, pero también llena de una seriedad profunda. Sabía que Kiriha aún era joven, y su impaciencia era algo natural, pero también sabía que debía enseñarle algo importante.
—Kiriha —comenzó Sora con calma, colocando una mano sobre la de él, buscando su atención—, el tiempo llegará. Sé que te sientes frustrado, pero no puedes forzar que las cosas sucedan antes de su momento.
Kiriha lo miró con una mezcla de incredulidad y desdén. No podía comprender cómo su madre podía decirle que esperara, cuando sentía que ya era el momento de tomar el control.
—¡No quiero esperar! —dijo con una furia contenida, levantándose del banco y cruzando los brazos con firmeza—. ¡Quiero ser el sultán ahora! No quiero que me sigan ignorando.
—Kiriha siempre serás el mayor, siempre serás el heredero...
—Pero Thomas no lo entiende. ¡No me respeta! ¿Por qué debería esperar si ya estoy listo para gobernar?
Sora se levantó también, caminando lentamente hacia él, con una expresión que transmitía la experiencia de una madre que había visto muchas luchas, tanto internas como externas. Sabía lo que Kiriha necesitaba escuchar.
—Porque el tiempo llega para todos —respondió, con un tono que mostraba tanto calma como autoridad—. Y cuando llegue tu momento, será el momento adecuado. Lo que debes aprender ahora es a ser paciente, pero también a reconocer tu lugar, y lo más importante: imponerte cuando sea necesario.
Kiriha lo miró fijamente, todavía no del todo convencido.
—¿Imponerme? —repitió con escepticismo—. ¿Cómo se supone que debo hacer eso si Thomas sigue desafiándome? ¡No lo respeta! Siempre tiene algo que decir, siempre pelea por todo.
Sora suspiró levemente y luego miró a Kiriha con una mezcla de determinación y cariño.
—Thomas es pequeño, Kiriha. No tiene el mismo entendimiento que tú, ni la misma visión de lo que significa ser el futuro sultán. Pero no importa lo que haga él. Lo importante, y lo que debes recordar siempre, es que tú eres el mayor. Tú eres el que tiene el derecho de ser el sultán. Y eso es algo que tienes que hacer valer, no con palabras, sino con acciones.
Kiriha se cruzó de brazos, molesto. No entendía por qué Sora no parecía ver la gravedad de la situación. No podía permitir que su hermano menor lo desafiara todo el tiempo, sin consecuencias. Tenía que hacer algo al respecto.
—¡Pero él no me escucha! —exclamó Kiriha, con los ojos llenos de frustración—. ¡No me respeta, mamá! No entiendo por qué no se da cuenta de que yo soy el que tiene que tomar el trono algún día, no él.
Sora lo miró con firmeza, y por un momento, su rostro se volvió más serio que nunca. Se acercó un paso más a él, su voz firme y cargada de autoridad materna.
—No importa si Thomas te respeta o no. Tú debes imponerte sobre él, Kiriha. Eres el mayor, y si no aprendes a mostrarle eso, no serás un buen líder. No te preocupes por lo que él diga ahora. Recuerda siempre que el respeto no se exige a través de peleas constantes, sino a través de tu propio comportamiento, tu dignidad, y tu capacidad de liderazgo.
Kiriha, a pesar de la ira que sentía, sabía que su madre tenía razón en lo que decía, pero no podía evitar sentirse impotente. No le gustaba sentirse tan pequeño, tan ignorado, por alguien tan joven como Thomas. No podía aceptar que él tuviera que esperar aún más, que tuviera que permitir que su hermano se saliera con la suya.
—Pero... —murmuró, mirando al suelo—. ¿Y si nunca me respeta? ¿Y si siempre me desafía?
Sora le sonrió con ternura, pero también con un toque de severidad en sus ojos.
—Entonces, imponte aún más. No se trata de gritar ni pelear, Kiriha. Se trata de que él vea que tú eres el que tiene la capacidad para ser sultán. No dejes que nadie te haga dudar de tu lugar. Y recuerda, el tiempo llegará. Pero cuando llegue, no será solo porque tú lo desees, sino porque tú habrás demostrado que estás listo para el reto.
Kiriha la miró en silencio por un momento, sintiendo la fuerza de sus palabras calar profundamente en su mente. Su madre tenía razón en muchas cosas, pero su impaciencia seguía siendo un obstáculo difícil de superar. Sin embargo, algo en su interior le dijo que, tal vez, Sora tenía una visión más amplia que él, y que el camino hacia el trono no se trataba solo de ser el mayor, sino de ser el mejor en todo lo que hiciera.
Finalmente, Kiriha asintió lentamente, su mirada más calmada ahora, aunque todavía con una chispa de frustración en sus ojos.
—Entiendo, mamá. Pero... ¿y si nunca me respeta?
Sora se agachó frente a él y le acarició el cabello con suavidad.
—Entonces, muéstrale que tú eres digno de respeto, Kiriha. Porque al final, cuando llegue tu momento, serás el sultán. Y ese respeto, el verdadero respeto, no lo ganarás por lo que digas, sino por lo que hagas.
En una esquina del amplio jardín del harén, Catherine y Catriona se sentaron bajo la sombra de un árbol de granada, alejadas de las demás mujeres. Los murmullos de las otras concubinas resonaban a lo lejos, acompañados por las risas ocasionales que Catherine reconocía como burlas veladas hacia ella. Sus dedos jugaban distraídamente con la suave tela de su falda mientras escuchaba a su amiga.
—No puedo entenderlo —dijo Catriona, con un tono que mezclaba curiosidad y frustración—. ¿Por qué la sultana Rika te prohíbe quedar embarazada?
Catherine suspiró, su mirada fija en el suelo.
—No lo sé —respondió con honestidad—. Nunca me dio una explicación. Solo dijo que debo obedecer, y eso fue todo.
Catriona frunció el ceño, claramente indignada por la situación.
—No es justo, Catherine —dijo con firmeza—. Llevas tiempo sirviendo al príncipe Takeru. Si estás con él noche tras noche, mereces tener un hijo suyo, un príncipe que asegure tu posición.
Catherine asintió lentamente, su frustración reflejada en sus ojos.
—Lo sé —dijo con un tono amargo—. Lo merezco. Pero parece que, para la sultana, nunca es suficiente.
Catriona se inclinó hacia ella, su voz bajando a un susurro conspirativo.
—Deberías intentarlo de todas formas —sugirió, sus ojos brillando con determinación—. Dale un hijo a Takeru. Eso cambiaría las cosas, Catherine. Las mujeres del harén solo te desprecian porque eres la concubina de un príncipe, no del sultán. Un hijo cambiaría todo eso.
Catherine apretó los labios, recordando las miradas de desprecio y los comentarios mordaces que escuchaba constantemente.
—Lo sé —admitió, con la mandíbula apretada—. Me ven como alguien inferior, como si no mereciera estar aquí. Me llaman "la sombra del príncipe" y se ríen cuando paso cerca.
Catriona colocó una mano reconfortante sobre la de Catherine.
—Entonces demuestra que están equivocadas. Un hijo te daría poder, te daría un lugar que nadie podría cuestionar.
Catherine se quedó en silencio, mirando hacia el cielo despejado. Sabía que Catriona tenía razón. Su posición en el harén era precaria, y cada día que pasaba sin asegurarse un lugar más sólido, sentía que las burlas y los desprecios aumentaban.
—Pero si lo hago sin el permiso de la sultana… —murmuró, dejando la frase incompleta.
Catriona apretó su mano con más fuerza.
—Takeru te protegerá. Él no permitiría que nada te suceda. Además, es tu derecho, Catherine. Eres su concubina, y un hijo consolidaría tu posición no solo en el harén, sino en el palacio entero.
Catherine miró a su amiga, sus ojos reflejando una mezcla de miedo y determinación.
—Tal vez tengas razón —dijo finalmente, su voz temblando levemente—. Tal vez es hora de tomar mi destino en mis propias manos.
Catriona asintió con aprobación, mientras ambas permanecían en silencio, escuchando el suave susurro del viento que agitaba las ramas del árbol. Catherine sabía que las palabras de su amiga tenían sentido, pero también comprendía que cualquier movimiento en falso podría costarle caro. Sin embargo, el deseo de mejorar su posición y dejar de ser objeto de burlas era demasiado fuerte para ignorarlo.
En una de las salas privadas del harén, adornada con alfombras lujosas y cortinas de seda que se mecían suavemente con la brisa, Takeru estaba de pie junto a una ventana, observando los jardines del palacio. Su madre, Natsuko, estaba sentada elegantemente en un diván, con un aire de tranquilidad que contrastaba con la tensión visible en el rostro de su hijo.
—Los jenízaros más jóvenes están inquietos —dijo Takeru, rompiendo el silencio. Su tono era contenido, pero había una chispa de preocupación en sus palabras—. No aceptan las nuevas normas que Yamato ha impuesto. Las consideran una ofensa a las tradiciones que ellos han jurado proteger.
Natsuko alzó la vista hacia él, sus manos descansando con calma sobre su regazo.
—¿Qué normas exactamente? —preguntó con un tono sereno, aunque sus ojos azules, idénticos a los de Yamato, reflejaban un interés agudo.
Takeru se giró hacia ella, cruzando los brazos.
—La prohibición de ciertos privilegios que históricamente se les han concedido, como su autonomía en asuntos internos. Yamato dice que es necesario centralizar el poder, pero los más jóvenes sienten que esto es un ataque a su honor.
Natsuko mantuvo el silencio por un momento, observándolo con atención.
—Los jenízaros han sido una piedra angular del imperio desde hace generaciones —respondió finalmente—. Su lealtad y disciplina son fundamentales. Si los más jóvenes están inquietos, podría ser un reflejo de que no se sienten escuchados.
Takeru asintió, paseándose lentamente por la habitación.
—Es lo que pienso —admitió, mirando de reojo a su madre—. Ellos me buscan, aunque saben que no puedo hacer nada. Hablan de cómo el sultán no comprende sus necesidades, de cómo las tradiciones están siendo socavadas.
—¿Y tú qué les dices? —preguntó Natsuko, con un leve arqueo de cejas.
Takeru hizo una pausa antes de responder.
—Les digo que confíen en Yamato, que todo lo que hace es por el bien del imperio. Pero… —Se detuvo, apretando los labios antes de continuar—. Es difícil cuando incluso yo no estoy seguro de ello.
Natsuko lo observó con atención, percibiendo la sombra de duda que cruzaba el rostro de su hijo.
—Takeru —dijo con suavidad, pero con firmeza en su voz—, eres un príncipe, no un gobernante. Estos temas no te corresponden.
Takeru se giró hacia ella, sus ojos reflejando una mezcla de frustración y resignación.
—Lo sé, madre —dijo, bajando ligeramente la voz—. Pero es inevitable no estar al tanto. Yamato no tiene todo bajo control, y los jenízaros lo saben. Si esto continúa, podría haber consecuencias que nadie desea.
Natsuko se levantó del diván, acercándose a él con la gracia y autoridad que la caracterizaban. Colocó una mano en su hombro, mirándolo directamente a los ojos.
—Deja que Yamato se ocupe de sus responsabilidades —dijo con firmeza—. Como príncipe, no es tu deber encargarte de estos asuntos. No permitas que estas inquietudes te desvíen de tu camino.
Takeru mantuvo la mirada de su madre durante unos segundos, asintiendo finalmente.
—Tienes razón, madre —respondió, aunque en su interior la discordancia con el reinado de su hermano crecía día a día.
Natsuko esbozó una leve sonrisa, dándole un apretón en el hombro antes de volver a su asiento.
—Confía en que todo se resolverá —dijo, retomando su aire sereno—. Este imperio ha enfrentado desafíos mucho mayores en el pasado.
Takeru permaneció en silencio, su mirada volviendo a la ventana. Mientras observaba los jardines, sabía que no podía compartir con su madre la verdadera profundidad de su descontento. Aunque era príncipe, se sentía cada vez más atrapado entre la lealtad familiar y sus propias convicciones sobre el futuro del imperio. Yamato no estaba haciendo las cosas bien y él no estaba dispuesto a ver como todo se destruía sabiendo que él podía hacerlo mejor.
En los aposentos privados de Yamato, un lugar decorado con intrincados mosaicos y muebles de madera tallada, la luz suave de la tarde entraba por las altas ventanas, iluminando la figura de Natsuko mientras se sentaba en una silla cercana al gran ventanal. Yamato, quien había estado de pie junto a su escritorio revisando unos documentos, levantó la mirada al escuchar la voz de su madre.
—No entiendo por qué dejaste a esa mujer que trajiste, Namika, de lado de repente —dijo Natsuko, su tono sereno pero cargado de curiosidad. Su mirada fija y penetrante se centró en su hijo—. Ya no la llamas a tus aposentos como antes. ¿Qué ha pasado?
Yamato, sin mostrar señales de incomodidad, dejó los papeles y caminó hacia una mesa para servirse un vaso de agua. Alzó la mirada hacia su madre con una leve sonrisa de indiferencia.
—Me aburrí de ella —respondió de manera directa, sin dudarlo.
Natsuko frunció el ceño, su ceja derecha alzándose ligeramente con sorpresa y desaprobación.
—¿Aburrido? —preguntó, claramente desconcertada—. ¿Cómo puedes decir eso? Tú mismo la trajiste a este palacio. La trajiste porque creías que tenía algo que ofrecer. ¿Ahora simplemente la descartarás así?
Yamato, con una calma inquebrantable, dejó el vaso sobre la mesa y se acercó un poco más hacia su madre, cruzando los brazos.
—Sí, la traje porque Relena me la obsequió —dijo sin ningún rastro de emoción en su voz—. Pero Namika tiene casi treinta años. ¿Qué me puede ofrecer ahora que no haya perdido? Ya no me llama la atención de la misma manera. El tiempo le ha pasado factura, y su encanto se ha desvanecido. No tengo interés en seguir viéndola.
Natsuko hizo una mueca de desaprobación, su rostro expresando claramente su disgusto por la declaración de su hijo. Se levantó de su asiento, caminando hacia él con una elegancia calculada.
—Es lamentable —dijo con una voz más firme—. Tú mismo la trajiste, la aceptaste. No puedes simplemente deshacerte de ella porque ya no te complace. Es una falta de respeto hacia ella, y hacia mí, que me esforcé en asegurarme de que tu elección fuera la correcta. Ahora te deshaces de ella como si fuera algo sin valor.
Yamato no parecía afectado por las palabras de su madre, pero el tono de su voz cambió ligeramente, mostrando un destello de impaciencia.
—Lo que me molesta es que siempre quiero que todo sea perfecto a tus ojos —respondió con un suspiro—. Pero si la relación con Namika ya no me interesa, no tengo por qué seguirla. Prefiero darme a la paz que a la obligación de mantener algo que ya no tiene sentido.
Natsuko se quedó en silencio por un momento, mordiéndose el labio inferior mientras observaba a su hijo. Sabía que su desaprobación hacia su nuera, Mimi, estaba relacionada con esa actitud de Yamato hacia las concubinas que él mismo había traído. Si comenzaba a dejar de lado a otras, la preferencia de su hijo por Mimi podría fortalecerse, y eso no le convenía en absoluto.
—Si estás aburrido de Namika, podrías llamar a otras mujeres —dijo Natsuko con una calma calculada, su tono casi maternal pero con un trasfondo de estrategia—. Tal vez una más joven, que te haga sentir como antes. Así no tendrás que recurrir a una que ya ha perdido su encanto. Y además, podrás refrescarte en otras opciones.
Yamato la miró por un momento, un destello de comprensión cruzando su rostro.
—¿Quieres que lo haga para mantener un equilibrio? —preguntó con una sonrisa fría, casi como si comprendiera el juego que su madre estaba tratando de jugar.
Natsuko lo miró fijamente, sin ocultar su desagrado hacia Mimi.
—No es solo cuestión de equilibrio, Yamato —respondió con firmeza—. Es una cuestión de poder y control. Sabes muy bien que las mujeres del harén son fundamentales para la estabilidad del palacio.
Como madre sultana, no podía dejar que una sola, como Mimi, tome todo el protagonismo.
Yamato movió la cabeza: —Madre, por favor, si quiero otra mujer te la pediré. Ahora necesito concentrarme en otras cosas.
—Lo sé hijo, lo sé.—Declaró Natsuko— Pero, piensa en esas pobres mujeres, cada vez llegan nuevas mujeres con el propósito de servirte. No creo que sea justo estar toda su vida aquí sirviendo, luego de ser privadas de su libertad, sin tener opción de ser algo más en la vida.
Yamato hizo una mueca ante esto, lamentablemente su madre tenía razón, mucha razón.
El viento suave de la tarde se filtraba por las cortinas doradas de la habitación de Natsuko, creando sombras que danzaban en las paredes decoradas con intrincados motivos árabes. El ambiente estaba impregnado de un aire tranquilo y solemne, pero también pesado con la sensación de expectación que se cernía sobre la sultana madre. Natsuko se encontraba sentada ante un espejo de cuerpo entero, su expresión reflejando la serenidad habitual que ocultaba una tormenta interna de pensamientos y estrategias. Mientras pasaba una mano por su largo cabello oscuro, su mente calculaba cada movimiento con precisión. El imperio debía mantenerse en equilibrio, y, para ello, necesitaba asegurarse de que ciertos elementos caían en su lugar.
Las puertas de la habitación se abrieron lentamente, y una figura esbelta y delicada, de cabello rubio como el sol y ojos rosa pálido, apareció en el umbral. Era Airu, una joven que había sido presentada al sultán Yamato como concubina hacía algún tiempo, aunque su unión aún no había sido consumada. En su rostro se dibujaba la típica reverencia que le ofrecían las mujeres del harén cuando se dirigían a la madre sultana.
—¿Me llamó, mi señora? —preguntó Airu con una voz suave pero cargada de una tensión palpable, como si ya intuyera el motivo de la citación.
Natsuko, aún mirando su reflejo, levantó lentamente la mirada. Su rostro, en su habitual quietud, no mostró ni una pizca de emoción al enfrentarla. Sin embargo, en su mirada se escondía una astucia que pocos sabían reconocer.
—Sí, te llamé, Airu. —respondió Natsuko con tono firme, su voz acariciando el aire con su autoridad. —Quiero saber si hoy estás dispuesta a pasar la noche con el sultán.
El silencio que siguió a estas palabras fue pesado. Airu, al oírlas, se quedó petrificada por un momento, el rubor invadiendo sus mejillas y sus ojos se agrandaron con sorpresa. Era una petición tan directa, tan audaz, que no esperaba recibirla. Sabía bien que ser llamada por la madre sultana no siempre era un honor, y aún menos cuando la pregunta era tan… delicada.
—¿Yo...? —susurró Airu, tomando un instante para asimilar las palabras de Natsuko. La confusión estaba escrita en su rostro, pero la curiosidad pronto la dominó. —¿Por qué yo, señora?
Natsuko se giró lentamente hacia ella, con una calma que desarmaba a quien no conocía su verdadera naturaleza.
—Porque, como bien sabes, el final del ayuno de Ramadán ha llegado. El sultán, después de este largo periodo de abstinencia, volverá a tener relaciones con una de sus concubinas. Y esa concubina debe ser virgen. —explicó Natsuko, como si hablara sobre cualquier asunto trivial. —Eso es lo que necesitamos. Una joven pura, dispuesta a entregarse en la noche que marca el fin del ayuno. La virginidad de una mujer es importante para mantener el orden, la armonía dentro del harén.
Airu, aún sorprendida, tragó con dificultad. Lo que Natsuko sugería no era algo pequeño. Sabía bien que en la jerarquía del harén, la posición de cada mujer dependía de muchos factores, y la virginidad era uno de los más importantes. Aunque a lo largo de los años había estado esperando este momento, la oportunidad de consumar su unión con Yamato, ahora que finalmente se le ofrecía, sentía una mezcla de excitación y conflicto. Su mente, luchando contra el nerviosismo, recordaba lo que había sucedido antes: cuando se le había presentado al sultán para ser una de sus concubinas, todo había quedado suspendido. Mimi, la madre de los hijos de Yamato, había comenzado a mostrar signos de embarazo, y, como era de esperarse, toda la atención se había centrado en ella.
—Pero... —Airu comenzó, su voz temblando levemente. —¿Y qué pasa con la sultana Mimi?
El nombre de Mimi, siempre presente en la mente de todas las mujeres del harén, hizo que el aire en la habitación se tensara aún más. Sabía que cuestionar a Mimi, aunque fuera indirectamente, podía tener consecuencias graves. Sin embargo, no podía dejar de plantear la inquietud que la había estado acosando desde aquel día en que su propia oportunidad se había desvanecido debido al embarazo de la otra mujer.
Natsuko esbozó una pequeña sonrisa, pero no era una sonrisa amable. Era una sonrisa que emanaba control y poder, una que indicaba que el juego ya estaba en marcha.
—Mimi no se enterará de esto. —Natsuko dejó que sus palabras flotaran en el aire antes de agregar con frialdad. —No te preocupes por ella. Yo me encargaré de que no interfiera.
Airu, aún vacilante, sintió que una parte de su conciencia se rebelaba ante la idea de traicionar a Mimi. Pero también entendía que en el harén, las lealtades no eran simples, y las oportunidades como esta no se presentaban todos los días. El pensamiento de finalmente obtener lo que siempre había deseado la impulsó a continuar, aún sabiendo que, al hacerlo, traicionaría a la mujer que había sido su compañera en aquel espacio.
—¿Entonces...? —preguntó Airu, con la respiración entrecortada por el dilema que comenzaba a tomar forma en su mente.
Natsuko asintió lentamente, sus ojos brillando con un destello de satisfacción ante la duda que se reflejaba en el rostro de la joven.
—Entonces, esta noche, ve a ver al sultán. Él te espera.
Airu, consciente de la decisión que estaba a punto de tomar, asintió finalmente. Sabía que su futuro dependía de cómo manejara esta oportunidad. Pero también sabía que el precio de esa oportunidad era alto. Miró una última vez a la madre sultana, cuya mirada fría le hacía recordar que en el harén, las reglas siempre eran cambiantes y que la lealtad, como todo lo demás, tenía su precio.
Natsuko la observó mientras se retiraba, sin decir una palabra más. Sabía que había sembrado la semilla de una nueva dinámica en el harén. Yamato tendría lo que necesitaba, y Airu, por fin, encontraría su lugar en la cama del sultán. La pieza del rompecabezas del poder estaba completándose.
La suave luz de las velas iluminaba el aposento de Yamato, envolviendo la habitación en una atmósfera cálida y casi hipnótica. Sobre la cama, Yamato y Mimi se encontraban recostados, sus cuerpos relajados, pero sus miradas fijas, intensas, atrapados en el magnetismo que siempre los conectaba. Entre ellos, parecía que el tiempo se había detenido.
De pronto, unos sirvientes entraron en la habitación, trayendo una bandeja con una selección de frutas y dos copas de vino. Mimi, con una sonrisa delicada, tomó una de las copas mientras Yamato la imitaba. El ambiente era tranquilo, casi íntimo, con una carga de algo que iba más allá de las palabras. El suave tintineo de las copas al chocar se mezcló con el murmullo de sus respiraciones, mientras ambos bebían.
Pero entonces, en un descuido, el líquido oscuro se deslizó de la copa de Mimi y cayó sobre su vestido, manchándolo con el vino tinto.
—Oh, no… —Mimi se lamentó, mirando la mancha que se extendía rápidamente por la tela—. Mi vestido… ahora está arruinado.
Yamato la observó con una ligera sonrisa, completamente relajado, sin darle demasiada importancia.
—No importa —respondió con calma, bajando su copa—. Solo es una mancha.
Mimi frunció el ceño, mirando la tela manchada. Sabía que pronto tendría que irse a cambiar, no podía presentarse así ante nadie, ni siquiera frente a Yamato.
—Me veo impresentable —dijo, sacudiendo la cabeza—. Debo irme a cambiar.
Pero Yamato, con esa tranquilidad característica suya, dejó su copa a un lado y la miró con una mezcla de deseo y humor en los ojos.
—O —dijo, su voz baja y sugerente— podrías simplemente quitarte la ropa y quedarte aquí… conmigo.
Mimi lo miró, sorprendida por su propuesta, pero no pudo evitar sonreír ante el descaro de Yamato. Las palabras que él acababa de pronunciar flotaban en el aire, cargadas de intenciones, de esa conexión que siempre los había envuelto.
Yamato se inclinó un poco más hacia ella, sus ojos fijos en los de Mimi, invitándola a dejar de lado cualquier preocupación por el vestido, por la mancha o por lo que pudiera pasar fuera de esa habitación. En ese momento, solo existían ellos dos, envueltos en una burbuja de intimidad y deseo.
—¿Qué dices? —preguntó Yamato suavemente, acercándose más a ella, rozando su mejilla con los labios.
Mimi, atrapada entre el nerviosismo y la atracción que sentía por él, vaciló por un instante. Luego, lentamente, llevó las manos a su vestido, evaluando la propuesta de Yamato con una pequeña sonrisa en los labios, sabiendo que, al ese día, podría dejar de lado todas sus preocupaciones y simplemente ser.
—Pero, mi sultán usted está en ayuno ¿no?—Comentó— Por el mes de Ramadan.
—Soy el sultán, puedo hacer lo que quiera.
Yamato, mantuvo su mirada fija en los ojos de Mimi, notó su vacilación. Con un movimiento suave pero firme, se volvió hacia los sirvientes que aún permanecían en la habitación, inmóviles junto a la puerta.
—Salgan —ordenó Yamato en un tono bajo, pero autoritario.
Los sirvientes se inclinaron en señal de respeto y, sin decir una palabra, se retiraron del aposento, cerrando la puerta detrás de ellos. La habitación quedó en completo silencio, salvo por el suave crujir del fuego que ardía en la chimenea y el sonido leve de sus respiraciones.
Yamato volvió su atención a Mimi, con una sonrisa que mostraba su absoluta confianza. El ambiente se tornó más íntimo, más pesado, mientras la propuesta de Yamato flotaba aún entre ellos.
—Ahora estamos solos —dijo, su voz era un susurro mientras se inclinaba hacia ella—. No hay nada que te preocupe... ni que te detenga.
Mimi sintió cómo el ambiente se volvía más denso. El latido de su corazón se aceleraba mientras las palabras de Yamato y su mirada penetrante la envolvían por completo.
Mimi, aún sintiendo el peso de la mirada de Yamato sobre ella, llevó sus manos temblorosas hacia el borde de su vestido. Su mente dudaba, pero su cuerpo ya comenzaba a moverse de forma instintiva. Con un lento tirón, empezó a desabrochar el delicado broche en la parte trasera de su atuendo, soltando el primer lazo que sostenía el vestido en su lugar.
Yamato no apartaba la vista, su respiración se volvía más profunda, observando cada movimiento.
Mimi, con la mirada baja pero consciente de la atención de Yamato, dejó caer una de las mangas de su vestido, revelando su hombro desnudo. El contacto del aire frío sobre su piel hizo que un ligero escalofrío recorriera su espalda, pero no se detuvo. Despacio, dejó caer la otra manga, sintiendo cómo el vestido comenzaba a deslizarse lentamente por su cuerpo.
—¿Estás segura? —murmuró Yamato, su voz ronca mientras daba un paso más cerca de ella.
Mimi lo miró por un momento, sus ojos llenos de una mezcla de deseo y confusión, pero no dijo nada. Solo dejó que el vestido cayera por completo al suelo, quedándose de pie frente a él, vulnerable y expuesta.
Yamato, sin decir una palabra más, extendió su mano, acariciando suavemente su mejilla, mientras ambos quedaban hipnotizados por la intensidad del momento que compartían.
Mientras el vestido de Mimi caía lentamente, Yamato no podía apartar la mirada. A medida que la tela se deslizaba hacia abajo, revelaba la suave y tersa piel de sus hombros, que contrastaba con la fina tela que dejaba atrás. La curva de su clavícula, delicada y femenina, parecía atraer toda la luz de la habitación, haciendo que cada detalle de su figura resaltara con una elegancia casi irreal.
A medida que el vestido continuaba su descenso, Yamato pudo ver el contorno de sus pechos, sutilmente cubiertos por una fina prenda interior. El movimiento suave y lento con el que Mimi se quitaba la ropa añadía una sensualidad natural que lo atrapaba más con cada segundo que pasaba.
Sus ojos recorrieron su cintura estrecha y el suave arco de sus caderas, cada centímetro de su piel parecía brillar bajo la tenue luz de la estancia. Cuando el vestido finalmente cayó hasta el suelo, dejando a Mimi casi completamente descubierta, Yamato contempló la imagen completa de su belleza. Sus largas piernas desnudas se extendían con una elegancia innata, mientras su postura reflejaba una mezcla de vulnerabilidad y fuerza.
Mimi estaba de pie frente a él, cubierta solo por una prenda delicada, que apenas ocultaba su desnudez, y Yamato quedó cautivado por la perfección de su cuerpo, pero sobre todo por la mirada decidida que lo desafiaba a pesar de la fragilidad de la situación.
Yamato se acercó un poco más, su voz baja y cargada de deseo. Con una mirada intensa que la mantenía cautiva, le dijo:
—Ahora, Mimi... ¿te gustaría deshacerte del sujetador también?
El tono de su voz era una mezcla de firmeza y seducción, y mientras lo decía, su mirada se centraba en la pequeña prenda que aún cubría parte de su figura.
Mimi sintió un escalofrío recorrer su cuerpo ante la petición, un torbellino de emociones atravesando su mente. El deseo y la duda luchaban en su interior, pero la atmósfera entre ellos estaba cargada de una tensión electrizante. Su corazón latía con fuerza mientras sus ojos se encontraban nuevamente, esa conexión inexplicable entre ellos parecía llenar el aire de la habitación.
Con un suspiro entrecortado, Mimi sabía que estaba a punto de cruzar un límite, pero la manera en que Yamato la miraba hacía que fuera difícil resistirse. Se tomó un momento para contemplar la situación, y aunque la razón le advertía sobre los problemas que su relación podría traer, la atracción era innegable.
Finalmente, asintió levemente, sintiendo cómo una mezcla de nervios y emoción la invadía. Su mano se deslizó hacia atrás, buscando desabrochar la prenda que la mantenía parcialmente cubierta.
Mimi sintió cómo su pulso se aceleraba mientras sus dedos alcanzaban el pequeño broche del sujetador, temblando ligeramente ante la inminencia de su decisión. La habitación estaba envuelta en una luz suave y cálida, creando un ambiente íntimo que parecía absorber el sonido de su respiración entrecortada.
Yamato, atento y absorto en el espectáculo, observaba cada movimiento con una intensidad que la hacía sentir vulnerable, pero al mismo tiempo poderosa. Su mirada estaba fija en ella, casi como si la estuviera hipnotizando, y había un fuego en sus ojos que la incitaba a seguir adelante.
Con un suave tirón, Mimi liberó el sujetador, sintiendo cómo caía lentamente, como si en ese instante el tiempo se hubiera detenido. La tela se deslizó de su cuerpo, dejando su piel al descubierto, y una mezcla de nerviosismo y emoción la envolvió. Se sentía expuesta, pero también liberada, como si deshacerse de esa prenda significara soltar las cadenas de la preocupación y la culpa.
En el momento en que el sujetador tocó el suelo, Yamato se inclinó hacia ella, su mirada ardiente, y en sus ojos había un deseo palpable. La forma en que la observaba la hacía sentir como si fuera la única persona en el mundo, y el roce de su piel desnuda contra el aire la llenó de electricidad.
La habitación se llenó de una tensión palpable mientras ambos compartían esa conexión, un instante en el que todo lo demás se desvanecía, dejando solo a los dos y el deseo que los unía. Sin poder evitarlo, Mimi se sintió atraída hacia él, incapaz de resistirse a la energía que pulsaba entre ellos, mientras su corazón latía en un ritmo que parecía sincronizado con el de Yamato.
Cuando el sujetador de Mimi cayó al suelo, Yamato fue atrapado por la visión de su belleza, la cual se extendía ante él como una obra de arte expuesta a la luz tenue de la habitación. Sus ojos se deslizaron por su figura, admirando la suavidad de su piel, que parecía brillar con un sutil resplandor dorado.
Mimi tenía una complexión delicada, con curvas que fluían naturalmente y una silueta que evocaba tanto sensualidad como gracia. Sus pechos, ahora al descubierto, eran perfectos en su forma y proporción, elevándose suavemente y dejando entrever la sutileza de su piel. La piel de su pecho era un tono claro, con un ligero sonrojo que la hacía lucir aún más radiante.
Los pezones, erectos y de un suave tono rosado, contrastaban con la palidez de su piel, capturando la atención de Yamato de inmediato. Cada movimiento que hacía, cada ligero vaivén, parecía atraer su mirada, mientras el aire en la habitación se cargaba de una tensión casi palpable.
Yamato se dio cuenta de la forma en que su piel brillaba, como si un suave rayo de luz iluminara cada centímetro de su cuerpo. La suavidad de su abdomen, con una curva delicada, y el contorno de su cintura eran suficientes para hacer que su corazón latiera con fuerza.
El momento era íntimo y cargado de deseo, y Yamato se sintió completamente cautivado por la belleza de Mimi. La vulnerabilidad de ella, en ese instante, la hacía aún más atractiva, y no podía evitar pensar en lo afortunado que era al tenerla frente a él, tan abierta y dispuesta a compartir ese momento especial.
Mientras Yamato contemplaba la figura de Mimi, una mezcla de anhelo y frustración lo invadía. Su corazón palpitaba intensamente, pero una voz en su mente le recordaba que estaba en un período de abstinencia, impuesto por la tradición antes de una ceremonia que se acercaba rápidamente. La idea de no poder tocarla, de no poder cruzar esa línea que tanto deseaba, era casi insoportable.
Sin embargo, a pesar de la restricción, no podía evitar sonreír. Ver a Mimi en esa vulnerabilidad, con su vestido deslizándose hacia el suelo y la luz acariciando su piel, llenaba su ser de una felicidad profunda. Era como si cada centímetro de ella le hablara, sus ojos brillando con una mezcla de deseo y travesura que lo cautivaba. La belleza de su cuerpo, la suavidad de sus rasgos, la forma en que sus labios se curvaban en una pequeña sonrisa, todo eso lo mantenía hipnotizado.
Yamato se permitió simplemente admirar, disfrutar de su presencia. La tensión en el aire se transformó en una especie de conexión silenciosa entre ellos, un entendimiento implícito de que, aunque las circunstancias no le permitieran actuar, el deseo que compartían estaba presente y era palpable. Cada segundo que pasaba observando a Mimi lo hacía sentir más vivo, más feliz, incluso sin poder tocarla.
En su mente, Yamato trazó la imagen de un futuro en el que las restricciones se desvanecerían, donde podrían estar juntos sin reservas. Por ahora, sin embargo, se contentaba con el regalo de la vista de Mimi, con el hermoso y efímero momento que compartían, que, aunque estaba limitado por la abstinencia, le ofrecía una felicidad pura e intensa.
—¿Le gusta lo que ve sultán?
Mimi, con un tono juguetón y una sonrisa desafiante, lanzó la pregunta mientras se mantenía en una pose que dejaba poco a la imaginación. Sus ojos se encontraron con los de Yamato, un brillo travieso reflejado en su mirada. La atmósfera estaba cargada de tensión, y cada segundo parecía alargarse entre ellos, la anticipación flotando en el aire.
Yamato, atrapado entre la admiración y el deseo, no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en su rostro. Su corazón latía con fuerza mientras se sumergía en la belleza que tenía frente a él.
—Sin duda, es un espectáculo digno de un sultán —respondió él, su voz más baja de lo habitual, casi un susurro.
Mientras hablaba, no podía apartar la vista de ella, cada detalle de su figura grabado en su mente. La sensación de querer acercarse, de tocarla, de hacerla suya, se volvió más intensa.
Mimi, consciente del efecto que tenía en él, se inclinó un poco hacia adelante, desafiándolo a responder no solo con palabras, sino con acciones.
—Entonces, ¿por qué no lo dice? —replicó, manteniendo su tono ligero, pero con un trasfondo de deseo que solo ellos podían captar.
Yamato sintió cómo la temperatura en la habitación aumentaba, su deseo luchando contra la restricción que había impuesto sobre sí mismo. La provocación en la voz de Mimi lo hacía querer cruzar esa línea, pero algo en su interior le decía que debía resistir, al menos por un momento más.
—Porque, querida Mimi, hay tiempos y lugares para todo —dijo, intentando mantener la calma, pero su mirada traicionaba su verdadero anhelo.
Mimi se rió suavemente, disfrutando del tira y afloja entre ellos. A pesar de la tensión, había una ligereza en el aire, una chispa que prometía algo más en el futuro.
Mimi, consciente de su poder sobre Yamato, comenzó a tocarse suavemente, recorriendo su piel con delicadeza, como si el simple roce encendiera el fuego de la tentación entre ellos. Cada movimiento era deliberado, una danza de seducción que hacía que el aire a su alrededor se tornara más denso y cargado de deseo. Yamato, atrapado entre la vorágine de sus emociones y la necesidad de mantenerse firme, sintió que su autocontrol se tambaleaba al borde del abismo.
—Mimi… —murmuró, su voz más profunda de lo habitual, un ruego disfrazado de advertencia. Pero la mirada de ella, llena de desafío y complicidad, solo avivaba su deseo.
Ella sonrió, disfrutando del juego. —¿No te gusta lo que ves, sultán? —preguntó con un tono juguetón, acercándose un poco más, como si quisiera desatar aún más la tormenta que se agolpaba en su interior.
Sin embargo, Yamato sabía que debía mantenerse firme. La ceremonia estaba cerca y su deber lo llamaba, incluso si su corazón anhelaba quedársela solo un poco más. Con un suspiro entrecortado, finalmente hizo un movimiento decidido y se giró, evitando que el deseo lo arrastrara.
—Es hora de que te vistas, Mimi. —dijo, su voz tensa pero firme— Debo ir a mi ceremonia.
Mimi hizo una mueca.
—Pero me acompañarás a la ceremonia.
La sorpresa iluminó el rostro de Mimi. —¿La ceremonia? Pero… es un evento importante, sultán. No deberías quererme allí.
Yamato se giró para mirarla de nuevo, sus ojos fijos en los de ella. —Quiero que estés a mi lado. No hay más que discutir.
Mimi sintió una mezcla de emociones. La idea de estar a su lado en una ceremonia tan significativa la llenaba de alegría, pero también comprendía la seriedad del momento. —¿Estás seguro de que esto es lo que deseas? —preguntó, su voz suavizándose mientras la tensión en el aire comenzaba a disiparse.
Yamato asintió, dejando claro que su decisión era firme. —Sí. Es lo que quiero. Así que, por favor, vístete.
Mimi sonrió, una chispa de emoción brillando en sus ojos mientras se movía hacia sus ropas, sabiendo que aunque la ceremonia sería un momento formal, lo que realmente importaba era la conexión que compartían, independientemente de las expectativas del mundo exterior.
Yamato observó con pesar cómo Mimi comenzaba a vestirse, cada movimiento suyo pareciendo una danza que contradecía la urgencia de la situación. Mientras ella se abrochaba el sujetador y deslizaba el vestido sobre su figura, él no podía evitar sentir que la magia de su momento se desvanecía. Cada pliegue que cubría su piel era un recordatorio de que, por el momento, estaban atrapados en sus roles y responsabilidades, distantes de la intimidad que habían compartido.
El vestido caía suavemente, delineando su figura con gracia, pero Yamato anhelaba el momento anterior, la libertad de mirarla como deseaba sin las cadenas del deber que lo mantenían alejado. Ella levantó la mirada hacia él, sus ojos brillantes llenos de complicidad y una mezcla de tristeza que hizo que su corazón se retorciera.
—Sabes que esto no cambia lo que siento por ti, ¿verdad? —dijo Mimi, mientras ajustaba el vestido en su lugar. Su voz era un susurro, como si temiera que el simple acto de hablar pudiera romper el hechizo que aún permanecía en el aire.
Yamato asintió, su expresión seria. —Lo sé, pero… el mundo espera de nosotros. Y no puedo dejar que mis deseos interfieran con nuestras obligaciones.
Mimi terminó de abrocharse el vestido, su rostro tornándose serio. —Entiendo. Pero también sé que este momento, aunque fugaz, es solo nuestro. —Sonrió, una sonrisa triste pero hermosa—. Siempre habrá algo entre nosotros, sin importar las circunstancias.
La tristeza en su mirada lo golpeó con fuerza. Yamato deseaba poder cambiar las cosas, hacer que las responsabilidades y las reglas que los rodeaban desaparecieran. Pero mientras ella se terminaba de vestir, sabía que ese deseo no era suficiente para alterar la realidad que enfrentaban.
Cuando Mimi finalmente se volvió hacia él, lista para enfrentar el mundo, Yamato sintió que el peso de la ceremonia se hacía aún más presente. A pesar de que cada vez que la veía vestida, un pedazo de su corazón se rompía, él sabía que necesitaba ser fuerte, no solo por él, sino por ella también.
—Vamos —dijo finalmente, con un tono más decidido—. Hagamos lo que se espera de nosotros.
Mimi asintió, y aunque su corazón estaba lleno de emociones contradictorias, se preparó para seguirlo, sabiendo que, en el fondo, lo que había entre ellos era un secreto que siempre llevarían consigo.
La atmósfera dentro de la gran sala destinada para la ceremonia de Ramadán estaba cargada de solemne reverencia. Los hombres de confianza de Yamato, los más cercanos a él y sus aliados más leales, estaban alineados en filas perfectamente organizadas. La luz suave de las lámparas de aceite iluminaba los muros de piedra y el aire estaba impregnado con el olor de incienso, creando una atmósfera reverente y mística. Todos sabían que este era un ritual sagrado, uno que trascendía lo político y lo personal, un momento de conexión con lo divino y con la tradición del Imperio Otomano.
El silencio era profundo cuando la puerta principal de la sala se abrió, y los murmullos cesaron de inmediato. Los hombres se alinearon con aún más rigor, sus manos descansando sobre sus corazones, preparados para seguir el rito de la manera más solemne. De pie, con la cabeza inclinada y el cuerpo ligeramente doblado en señal de respeto, esperaban la llegada del sultán Yamato.
En ese instante, la figura del sultán apareció en el umbral. Su porte era imponente, y aunque sus ropas de lujo parecían casi insignificantes en el contexto de la ceremonia, su presencia las hacía brillar como nunca. Yamato caminó con paso firme y seguro, su mirada seria, pero con una ligera sombra de calma detrás de sus ojos oscuros.
Cuando sus pies tocaron el suelo de la sala, todos los presentes hicieron una reverencia sincronizada, un acto de respeto hacia el líder de su nación, el hombre que no solo gobernaba con poder, sino también con la sabiduría de las generaciones pasadas.
—Sultán Yamato —pronunció uno de los hombres de confianza, su voz reverente y solemne.
Yamato levantó una mano, indicando que podía levantarse, y la sala se llenó de un silencio respetuoso mientras él avanzaba hacia el altar preparado para la ceremonia.
Pero antes de que pudiera llegar a su destino, otro paso resonó suavemente en el suelo. La puerta volvió a abrirse, y los ojos de todos se dirigieron, sorprendidos. Una figura cubierta por un velo entró en la sala con pasos medidos, el sonido de su vestimenta elegante rozando el suelo de piedra. Su silueta era delicada, pero había algo inconfundible en su caminar: la gracia que solo una mujer de alto estatus podía tener. Los murmullos comenzaron a circular rápidamente entre los hombres presentes, pero ninguno osó romper el protocolo, permaneciendo en su lugar.
Yamato, quien hasta ese momento se había mantenido de pie frente al altar, giró su rostro hacia la entrada. Su mirada se suavizó al ver a la mujer que acababa de entrar, y sus labios esbozaron una pequeña sonrisa. Sin embargo, la multitud no podía ver más que la figura oscura del velo cubriéndola por completo, ocultando su rostro y su belleza. Solo Yamato, quien había vivido años a su lado, sabía lo que se encontraba detrás de esa tela.
Con una voz firme pero cargada de un tono protector, Yamato habló:
—He invitado a mi favorita, madre de mis hijos, a participar en la ceremonia.
Un murmullo recorrió la sala. Nadie esperaba tal revelación. Las costumbres del imperio siempre habían sido claras: los rituales de Ramadán eran sagrados y se realizaban entre hombres. Las mujeres no formaban parte de este tipo de ceremonias. Sin embargo, Yamato, como siempre, desafiaba las normas, pero esta vez era aún más evidente, pues la figura que había traído con él no era una simple concubina, sino la madre de sus hijos, alguien cuyo papel en la dinastía no era cuestionado.
El sultán hizo un gesto para indicar que la mujer se acercara a él. La figura cubierta por el velo avanzó lentamente hacia él, y cada paso de ella generaba una nueva oleada de asombro en los presentes. Nadie en la sala podía ver quién era, pero todos sabían que esta mujer había sido elegida por Yamato para compartir un momento tan significativo. El ambiente, antes cargado de solemnidad, se transformó en una mezcla de sorpresa, curiosidad y respeto.
Mimi, cubierta por el velo, se acercó a su lado. Nadie podía ver su rostro, pero su presencia era inconfundible. Solo el sultán, quien la conocía mejor que nadie, era capaz de ver a través de la tela y de saber qué tan hermosa y serena lucía.
Yamato tomó su mano con una suavidad y una cercanía que mostraban cuán profundo era el vínculo entre ambos. Los hombres en la sala, aunque respetuosos, no podían evitar preguntarse cuál era el verdadero propósito de su presencia en este ritual. No era común, ni siquiera esperado, que una mujer participara de esta forma. Pero al ver la actitud tranquila de Yamato y su mirada protectora hacia ella, pronto comprendieron que había algo más detrás de esa decisión.
—Hoy no solo celebramos el Ramadán —dijo Yamato, su voz resonando en la sala mientras los demás lo escuchaban atentamente—, sino también la bendición de la familia que hemos formado. Esta ceremonia es para todos los que están conmigo, para mis hijos, y para la mujer que ha dado a mi sangre y legado.
La sala guardó un silencio aún más profundo, y todos los hombres, sin excepción, inclinaron sus cabezas en señal de respeto hacia la figura que Yamato había decidido incluir. Nadie se atrevió a cuestionar la decisión del sultán, y el acto de traer a una mujer a la ceremonia se convirtió en un símbolo de su poder y control sobre las normas del imperio.
Mimi, aunque no podía ver los ojos de aquellos que la observaban, sabía que su presencia allí, a su lado, tenía un significado profundo. Su destino, junto a Yamato, estaba entrelazado con el futuro del imperio.
La ceremonia continuó, pero la presencia de Mimi, junto a Yamato, permanecía en el centro de las miradas furtivas y los susurros entre los asistentes. El rezo comenzó a tomar un tono más solemne, y los hombres, sin apartar la vista de sus rezos, seguían con devoción las palabras sagradas que resonaban en el aire. La figura de Mimi, cubierta por el velo, parecía intensificar la atmósfera de respeto, aunque su identidad permaneciera oculta. El ritual debía continuar, pero el murmullo en la sala indicaba que algo extraordinario estaba ocurriendo.
Los hombres comenzaron a recitar las oraciones en sincronía, con las voces graves y profundas llenando el espacio:
—Subhana rabbiyal 'azeem... Glorificado sea mi Señor, el Magnífico.
La sala se llenaba con las palabras de los rezos, y cada hombre se sumergía en la reverencia de la ceremonia. A lo lejos, los ojos de Yamato brillaban con una mezcla de satisfacción y orgullo. Aunque su postura era firme y respetuosa, se notaba en su mirada que sentía una profunda conexión con Mimi, su favorita, la madre de sus hijos. Él estaba dando un paso audaz, desafiando las costumbres más arraigadas, y a la vez consolidando su poder y la unidad de su familia frente a todos.
Mientras los hombres seguían con el rito, Daisuke Pashá se acercó a Henry Bey, su rostro reflejando una mezcla de sorpresa y curiosidad. Susurró en voz baja, asegurándose de que nadie más escuchara.
—¿Es la sultana Mimi? —preguntó con tono incrédulo, sin poder apartar la mirada de la figura cubierta por el velo que estaba al lado de Yamato.
Henry Bey, un hombre de mirada calculadora, le respondió con seriedad, pero también con una pizca de sorpresa.
—Eso dijo el sultán —respondió Henry Bey en voz baja, mirando de reojo hacia la figura en cuestión.
Daisuke, aún asombrado, no pudo evitar lanzar una exclamación suave, casi inaudible, mientras seguía observando con atención la escena.
—¡Vaya! Nunca había ocurrido que el sultán invitase a una mujer a esta ceremonia —murmuró, mientras las palabras de su compañero parecían calar hondo. En sus ojos brillaba un destello de admiración hacia Yamato, aunque no podía evitar la sensación de que este acto tenía un significado mucho más profundo.
Henry Bey asintió con un gesto leve, su expresión grave.
—Esto debe significar que él la aprecia profundamente —comentó en voz baja, más para sí mismo que para Daisuke.
Daisuke observó el rostro de Yamato, notando la forma en que el sultán, con un brillo inusual en sus ojos, se dirigía hacia Mimi. No era simplemente una invitación a un ritual; era un símbolo de su poder, de su control sobre las normas, y de la importancia que ella tenía en su vida. Esa acción estaba destinada a cambiar el rumbo de muchos pensamientos en la corte, a dejar claro que Mimi no era una figura menor en su reinado, sino una pieza esencial en el poder y la familia del sultán.
Mientras tanto, la ceremonia continuaba en su ritualidad. Los hombres seguían recitando las palabras sagradas con seriedad. El sonido del "Subhana rabbiyal 'azeem" se repitió, creando una vibración en el aire que parecía absorber las tensiones y preocupaciones de los presentes.
—At-tahiyyatu lillahi wa as-salawatu wa at-tayyibatu...
A cada palabra pronunciada, el silencio de la sala se hacía más palpable. Todos seguían el ritmo de los rezos, pero sus mentes, aunque enfocadas en la espiritualidad del momento, no podían evitar los pensamientos que surgían por la presencia de Mimi. Este ritual, tan conocido y repetido, ahora tenía una nueva capa de significado: la aceptación de una mujer en este espacio sagrado, la madre de los hijos del sultán, una mujer que ya no era solo una figura de apoyo, sino una parte fundamental de la dinastía.
La ceremonia continuó con los rezos de los hombres, la sala impregnada de la solemnidad del momento. Pero en el corazón de todos, una pregunta flotaba: ¿Qué implicaba realmente la presencia de Mimi aquí? ¿Era un acto de poder, de cariño, o de algo más profundo? Los murmullos no cesaron, pero la voz firme del sultán se alzó para poner fin a cualquier duda, al mismo tiempo que el rezo se acercaba a su fin.
—Assalamu alaikum wa rahmatullahi wa barakatuh... La paz y las bendiciones sean sobre ustedes.
La sala permaneció en silencio absoluto después de esa última frase, y los hombres se inclinaron hacia adelante, mostrando su respeto no solo por la ceremonia, sino también por la decisión del sultán de compartir ese momento con su favorita, la madre de sus hijos. En esa breve pausa, la figura de Mimi, oculta tras el velo, se volvió aún más significativa. Todos sabían que este ritual, por siempre, estaría marcado por la decisión de Yamato de incluirla, dándole un papel en su reino que nunca antes había tenido.
La ceremonia de Ramadán ya había terminado, y el gran palacio se sumía en un ambiente de respeto y reverencia. Sin embargo, detrás de las paredes adornadas y los pasillos imponentes, un sentimiento de tensión se estaba gestando. En un salón privado, Natsuko, la madre de Yamato, Alice, la media hermana del sultán, y Sora, la concubina secundaria, se encontraban reunidas. Sus rostros, normalmente serenos, estaban marcados por una ira contenida.
Sora, con el rostro enrojecido por la frustración y los celos, comenzó a caminar de un lado a otro, sus manos temblando con furia. Cada vez que sus pensamientos regresaban a la ceremonia, un ardor crecía dentro de ella, un fuego incontrolable alimentado por la humillación que sentía.
—No puedo creer lo que he presenciado hoy —dijo Sora, alzando la voz, su tono cargado de indignación. No podía callarse más. ¿Cómo pudo el sultán hacer algo tan… tan desmesurado? ¡Invitar a Mimi a una ceremonia de hombres! ¡Esto nunca había sucedido! —añadió, mientras sus ojos destilaban furia hacia Natsuko y Alice, buscando un apoyo que su corazón ya sabía que no iba a encontrar.
Natsuko, siempre tan elegante y calculadora, no podía evitar mostrar el desdén en su rostro. Sentada en una silla, con la mirada fija en el suelo, sus manos delicadamente entrelazadas, intentó mantener la compostura. Sin embargo, la rabia de la situación la estaba corroyendo por dentro.
—Es una ofensa, Sora —murmuró Natsuko con voz baja pero cortante, levantando la mirada con frialdad. Nunca había visto tal falta de respeto. El protocolo del imperio se ha violado hoy ante nuestros ojos. Mimi, una simple concubina, jamás debió haber pisado ese recinto. —Su tono de desaprobación fue como un látigo que azotó el aire. Esto… esto no puede ser permitido.
Sora, sintiendo la misma humillación, asintió con la cabeza, su cuerpo temblando de rabia. No podía entender cómo Yamato, el hombre al que había entregado su cuerpo y alma, podía mostrar tanta preferencia por Mimi, la madre de sus hijos. La imagen de ella, tan serena y protegida por Yamato durante la ceremonia, la consumía por dentro.
—Es una humillación, madre. —dijo Alice, la voz de su hija también cargada de una furia contenida. Alice, que siempre había mantenido una distancia calculada y fría con Yamato, sentía que esta nueva acción del sultán la dejaba sin palabras. —¿Cómo se atreve a hacer esto frente a todas nosotras? Ella no es más que una concubina, y ahora, está por encima de nosotras.
Alice apretó los dientes, los ojos oscilando entre rabia y frustración. Su orgullo, como mujer y como miembro de la familia real, no podía soportar la imagen de Mimi siendo tratada con tanto respeto, casi como si fuera una reina. Ella misma, con sus propios méritos y su posición dentro de la corte, se sentía menospreciada.
Natsuko, al escuchar las palabras de su hija, frunció el ceño y se levantó lentamente, con la dignidad que solo una madre de sultán podía poseer. Caminó hacia una mesa cercana y, con cuidado, tomó una copa de cristal, levantándola en sus manos como si fuera un símbolo de su propio poder.
—No solo es una ofensa, es una afrenta al imperio. —Natsuko continuó, su voz ahora llena de veneno. El sultán, mi hijo, ha desafiado abiertamente las costumbres. Las leyes de nuestra tierra no permiten que una mujer participe en una ceremonia como esa. Las mujeres solo deben observar y quedarse en el lugar que les corresponde. Esto pone en peligro la estructura que hemos levantado durante siglos. —dijo con tono firme, como si las palabras fueran cuchillos afilados que cortaban cualquier duda en el aire.
Sora se acercó a Natsuko, sus ojos brillando de furia, casi como si buscara una aprobación o un consuelo. Ella necesitaba saber que no estaba sola en este desdén, que alguien más entendía su dolor.
—No solo es una ofensa para nosotras, madre, sino para todas las mujeres que han estado a su lado, a su servicio. Mimi… Mimi ha conseguido todo lo que siempre he deseado. —Sora apretó las manos, luchando por controlar las lágrimas de rabia que amenazaban con caer. ¿Cómo puede ser que ella esté tan por encima de todas nosotras ahora?
Natsuko, con una mirada dura, le hizo un gesto a Sora para calmarla. La mano de la concubina temblaba, pero se contuvo ante la autoridad de la madre de Yamato.
—Lo que hace falta ahora es control, Sora —le advirtió Natsuko. Lo que debemos hacer es mantenernos firmes, como siempre lo hemos hecho. Si el sultán se ha equivocado, será nuestra tarea corregirlo.
Alice observaba la conversación con una mezcla de desdén y desprecio. Las palabras de su madre le resultaban lógicas, pero no la tranquilizaban. La humillación estaba fresca en su mente. Podía sentir su orgullo herido por la preferencia del sultán hacia Mimi, una mujer que, según las costumbres, no era nada más que un objeto más en su harén. Pero ahora, su poder sobre Yamato era innegable.
—Y aún más sorprendente es el hecho de que… Mimi nunca antes había tenido una presencia tan destacada. —dijo Alice, sus ojos estrechándose mientras pensaba en lo que había presenciado. ¿Es este su nuevo lugar en la corte? ¿Es esto lo que ahora espera el sultán de nosotras?
Natsuko, su rostro endurecido por el coraje, asintió lentamente. A medida que la ira crecía dentro de ella, también lo hacía su determinación. Este no era un golpe solo hacia las mujeres que rodeaban al sultán, sino también hacia el imperio en su conjunto. Nadie podía atreverse a desafiar la estructura que había hecho de Yamato un líder. Nadie podía permitir que una concubina ocupara un lugar tan elevado.
—Esto debe ser corregido. —dijo Natsuko con voz baja y firme. Mimi ha cruzado una línea. Es hora de que tomemos las riendas de la situación.
Sora, finalmente logrando controlar su furia, asintió con determinación.
Alice miró a las dos mujeres, las manos entrelazadas con fuerza, y compartió la misma resolución. Ninguna de ellas dejaría que Mimi, esa concubina de ojos suaves y sonrisa cautivadora, destruyera el equilibrio de poder que tanto les había costado mantener.
A partir de ese momento, no solo la humillación de la ceremonia quedaría grabada en sus corazones, sino que la guerra silenciosa por el control de Yamato y del imperio comenzaba. Las mujeres que lo rodeaban ahora sabían que su lugar en su vida estaba más amenazado que nunca.
La atmósfera en los aposentos de Yamato estaba cargada de una tensión palpable cuando él cerró la puerta detrás de ellos, aislando el mundo exterior. La ceremonia había terminado, pero la chispa entre ellos permanecía, vibrando en el aire como una cuerda tensa a punto de romperse.
Mimi se detuvo en medio de la habitación, su corazón latiendo con fuerza mientras miraba a Yamato. Aún llevaba el vestido que había usado durante la ceremonia, un vestido que ahora parecía una segunda piel, abrazando cada curva y recordándole a ella la forma en que él la había mirado antes de la ceremonia.
—¿Quieres hacer esto otra vez? —preguntó Yamato, su voz grave resonando con un tono de deseo que hizo que Mimi se estremeciera. Se acercó a ella, su mirada intensa como si pudiera leer cada pensamiento en su mente.
—¿Te refieres a…? —Mimi empezó, su voz temblando entre la curiosidad y la ansiedad.
Yamato asintió, sin apartar la vista de ella. —Sí, a ese espectáculo de esta tarde.
Mimi sintió un escalofrío recorrer su espalda, recordando la intensidad de lo que habían compartido. La idea de revivir ese momento la llenó de anticipación y un poco de temor. No era solo un espectáculo; era una conexión profunda, un intercambio de vulnerabilidad que desnudaba sus almas tanto como sus cuerpos.
—Pero… —dijo Mimi, su mente luchando con la lógica y el deseo—. No deberíamos. No soy virgen.
—Eso no importa—respondió Yamato con una sonrisa traviesa—. Solo tú y yo. Lo prometo.
La sonrisa de Yamato era contagiosa, y Mimi sintió su resistencia desmoronarse. Ella sabía que lo que había entre ellos era especial, que cada vez que se encontraban, las reglas parecían desvanecerse. Era como si el tiempo se detuviera y el mundo exterior desapareciera.
—Está bien —respondió finalmente, su voz llena de resolución—. Pero tú tienes que prometerme que será solo por esta noche.
Yamato dio un paso hacia ella, su mirada cargada de complicidad. —Te lo prometo.
Con un gesto suave, Yamato tomó la mano de Mimi y la guió hacia el centro de la habitación, donde la luz de las velas danzaba en las paredes, creando un ambiente íntimo y acogedor. La tensión que antes había llenado el aire ahora se transformaba en una corriente eléctrica que conectaba sus cuerpos.
Mientras la música suave comenzaba a sonar en el fondo, Mimi se sintió cada vez más segura. Se soltó el cabello, dejando que cayera en ondas suaves sobre sus hombros, y con cada movimiento, la distancia entre ellos se fue acortando.
Yamato, hipnotizado por su belleza, dio un paso más cerca, sus ojos fijos en ella. Con un gesto suave, la invitó a bailar, y ella aceptó, dejándose llevar por la música y el momento.
La habitación parecía desaparecer mientras se perdían el uno en el otro, y a medida que la danza avanzaba, las barreras que habían mantenido en pie durante tanto tiempo se desvanecieron. Era solo el principio de una noche que prometía ser inolvidable.
Mimi comenzó a desabrochar su vestido lentamente, cada botón que se deslizaba por el tejido era una declaración de intenciones. La tensión en el aire era palpable, y ella lo sabía. Con cada movimiento, mantenía su mirada fija en Yamato, buscando leer sus deseos mientras su corazón latía con fuerza.
—Sultán Yamato —dijo con un tono seductor, su voz suave como el terciopelo—. Antes de que continúe, hay algunas cosas que me gustaría pedirte.
Yamato arqueó una ceja, intrigado. —¿Y qué es lo que deseas, mi sultana?
Mimi sonrió con picardía mientras el primer botón se desabrochaba, dejando al descubierto una pequeña parte de su piel. —Primero, me gustaría una asignación mensual más generosa. Un ingreso que refleje no solo mi estatus como sultana, sino también la influencia que tengo en tu vida.
Yamato asintió, su expresión contemplativa. —Consideraré tu petición.
El segundo botón se soltó, y el vestido comenzó a caer ligeramente, revelando más de su figura. Mimi sonrió, sintiendo que el poder que había reclamado se expandía con cada aceptación.
—También me gustaría que me otorgaras propiedades en el palacio. Un espacio solo para mí, donde pueda tener mi propio dominio —continuó, su voz casi un susurro.
—Hecho —respondió Yamato, su mirada ardiente mientras observaba cómo su vestido se deslizaba hacia abajo, dejando al descubierto más de su piel.
Mimi dio un paso más, su corazón latiendo con la emoción de su audaz juego. —Y, por último… —su voz se volvió más intensa—. Quiero toda su atención, mi sultán.
Yamato sonrió, encantado por su audacia. —Tendrás lo que pides.
Cuando el último botón se desabrochó, el vestido de Mimi se deslizó suavemente por sus caderas, cayendo al suelo y dejando su figura al descubierto ante los ojos de Yamato. Él inhaló profundamente, sintiendo cómo la intensidad del momento lo abrumaba.
Fue entonces cuando sus ojos se fijaron en su pecho. Mimi no llevaba sujetador. La revelación lo golpeó como un rayo, intensificando la atmósfera cargada de deseo en la habitación.
Yamato no pudo evitar admirar la belleza de su sultana, su cuerpo perfectamente esculpido por la luz suave de las velas. La emoción de la situación lo llevó al límite. Se dio cuenta de que había caído en su trampa, y aunque sabía que no debía, el deseo se apoderaba de él.
—Mimi… —su voz era un murmullo, casi un ruego, mientras sus ojos no se apartaban de ella.
Ella sonrió, sintiéndose empoderada por su respuesta silenciosa. —Ahora, Sultán, ¿qué más estás dispuesto a darme?
La tensión en el aire se hizo más fuerte, una combinación de poder, deseo y el juego de seducción que los mantenía a ambos al borde. Yamato supo que no podría resistirse por mucho tiempo, atrapado entre lo que debía hacer y lo que realmente deseaba.
El ambiente se volvió eléctrico cuando Yamato y Mimi comenzaron a besarse, sus labios se encontraron en una danza ardiente, como si el tiempo se detuviera a su alrededor. Mimi se acomodó sobre las piernas de Yamato, sus cuerpos fusionándose en una conexión palpable de deseo y anhelo.
Sin embargo, en medio de la pasión, Mimi se detuvo, su mirada fija en él, su corazón latiendo con fuerza. —Espera un momento —susurró, sus ojos reflejando curiosidad y desafío—. ¿Qué tan grande es tu devoción por mí, Yamato?
Yamato, sintiendo el calor de su cuerpo y el roce de sus labios, se quedó momentáneamente atónito. La pregunta le dio un giro inesperado a la situación, y él tomó un profundo aliento, preparándose para abrir su corazón.
—Mi devoción por ti es… —empezó, su voz un susurro cargado de emoción. Se inclinó hacia ella, besando suavemente su cuello, dejando un rastro de fuego donde sus labios se posaban. —Es como un fuego inextinguible. Cada día que paso contigo, siento que mi alma se enciende más y más.
Mimi cerró los ojos, disfrutando de la caricia de sus labios en su piel. Yamato continuó, sus palabras fluyendo como un río apasionado. —Eres mi inspiración, mi luz en este mundo oscuro. Cada instante a tu lado es un regalo, una promesa de lo que podría ser nuestra vida juntos.
Mientras sus labios exploraban su cuello, Yamato dejó caer sus manos sobre la cadera de Mimi, disfrutando de su suavidad. —Tu belleza, tu inteligencia, tu fuerza… todo en ti me atrae de una manera que no puedo describir. Estoy dispuesto a desafiar cualquier obstáculo por ti, a luchar contra el destino si eso significa que estaré a tu lado.
Mimi sintió cómo su corazón se aceleraba con cada palabra, cada beso que él depositaba sobre su piel. La pasión ardía entre ellos, pero en el fondo, anhelaba más que solo palabras. —¿De verdad lo sientes así? —preguntó, con un tono que combinaba vulnerabilidad y deseo.
—Lo siento con cada fibra de mi ser —respondió Yamato, alzando la mirada para encontrarse con la suya—. No hay nada que no haría por ti, ni barrera que no cruzaría. Eres la única que ha logrado romper las cadenas que mantenían mi corazón cautivo.
Mimi, cautivada por sus palabras y su cercanía, se dejó llevar nuevamente por la pasión. Se acercó, sus labios se encontraron con fervor, y por un instante, el mundo exterior se desvaneció. Estaban perdidos el uno en el otro, entregándose a la devoción que los unía.
Yamato, movido por la intensidad del momento y por la devoción que había declarado, dejó que sus manos se deslizasen suavemente hacia los pechos de Mimi. Su toque era firme pero delicado, como si tuviera miedo de romper el hechizo que los unía. Los dedos de Yamato se encontraron con la suavidad de su piel, un contraste perfecto entre la calidez de su cuerpo y la frialdad de la noche que los rodeaba.
Mimi sintió una oleada de sensaciones recorrerla, una mezcla de deseo y vulnerabilidad. Su respiración se volvió entrecortada mientras él exploraba, admirando cada curva y cada detalle de su figura. El corazón de ella latía con fuerza, y la conexión entre ellos se volvió más intensa.
—Eres perfecta —susurró Yamato, su mirada ardiente reflejando la admiración y el deseo que sentía. Se inclinó más cerca, dejando que sus labios rosen suavemente contra la piel de su cuello, mientras sus manos seguían explorando, dibujando círculos delicados sobre sus pechos.
Mimi se arqueó hacia él, deseando más de su toque, más de la pasión que estaba construyendo entre ellos. El calor de su cuerpo la envolvía, y mientras Yamato la acariciaba con ternura, ella no pudo evitar cerrar los ojos y perderse en la intensidad de aquel instante.
—Yamato… —murmuró, incapaz de contenerse, buscando su cercanía. La mezcla de devoción y deseo se convirtió en un torrente que la impulsaba a querer más, a desear unirse a él de una manera que trascendía lo físico.
Yamato, sintiendo su respuesta, profundizó en su exploración, ansioso por demostrarle cuán grande era su devoción. Su mano se movió con más confianza, disfrutando de cada instante, mientras la pasión crecía entre ellos, convirtiéndose en una vorágine de emociones y sensaciones que los absorbía por completo.
La noche envolvía el palacio en un manto de silencio absoluto, como si el tiempo se hubiera detenido en el corazón del imperio. Solo las estrellas y una luna creciente en lo alto iluminaban las afueras del majestuoso recinto, donde Cody Bey esperaba pacientemente. Envuelto en una capa oscura que lo hacía indistinguible de las sombras, permanecía alerta, sus ojos atentos a cualquier movimiento. El aire era fresco, y el sonido ocasional del viento acariciando los árboles rompía la quietud del entorno.
De repente, unos pasos firmes resonaron en la distancia. Cody alzó la vista, identificando la figura de un hombre que se aproximaba con una seguridad tranquila. Cuando el recién llegado estuvo lo suficientemente cerca, Cody se inclinó profundamente, mostrando la reverencia que solo se ofrecía a un miembro de la familia real.
—Su alteza. —murmuró con respeto.
El hombre alzó una mano enguantada, sujetando los bordes de la capa que cubría su rostro. Con un movimiento fluido, descubrió sus facciones, dejando que la luz de la luna iluminara su cabello rubio y sus ojos de un azul profundo que reflejaban determinación. Era Takeru, el hermano del sultán Yamato, un hombre cuyas intenciones y ambiciones eran un misterio para muchos, pero no para Cody Bey.
—Cody Bey. —dijo Takeru con voz baja pero cargada de autoridad—. Qué bueno que pudiste venir.
Cody enderezó la espalda, aunque mantuvo su postura respetuosa.
—Su alteza, no me agradezca. Es mi deber obedecerle. —respondió con solemnidad.
Los ojos de Takeru escrutaron el rostro de Cody, como buscando leer más allá de sus palabras. Luego asintió con suavidad.
—¿Tienes noticias? —preguntó el príncipe, su tono ahora teñido de una urgencia contenida.
Cody asintió, bajando un poco la voz para garantizar que no fueran escuchados más allá de ese rincón apartado.
—Así es, mi señor. He hecho lo que ordenó. He distribuido el dinero entre los jóvenes jenízaros, tal como me indicó. —comenzó, cuidando cada palabra como si fuera un bien precioso. —Usé la excusa de que era una recompensa por sus servicios leales, pero también dejé claro que provenía de alguien que valora su esfuerzo más que el actual trono. Algunos de ellos dudaron al principio, pero al final, el oro siempre habla más fuerte.
Takeru cruzó los brazos, escuchando con atención mientras su rostro permanecía impasible, aunque sus ojos brillaban con una mezcla de satisfacción y cálculo.
—¿Cuántos aceptaron? —preguntó, sin desviar la mirada.
—La mayoría, su alteza. Unos pocos mostraron dudas, pero no lo suficiente como para rechazar el pago. Estoy convencido de que, llegado el momento, estarán dispuestos a actuar en su favor. Les hice entender que usted representa el futuro del imperio, y no un futuro cualquiera, sino uno donde ellos también prosperarán.
Takeru dejó escapar una leve sonrisa, que desapareció tan rápido como apareció.
—Hiciste bien, Cody Bey. Los jenízaros son la clave para derrocar a mi hermano. Sin ellos, cualquier intento sería condenado al fracaso. —Takeru caminó unos pasos, mirando hacia las torres del palacio que se alzaban imponentes contra el cielo nocturno. —Yamato se siente intocable, pero subestima lo que puede hacer el resentimiento cuando se alimenta con cuidado.
Cody asintió, aunque una pizca de inquietud cruzó por su rostro.
—Su alteza, debo preguntar… ¿qué sigue? He hecho todo lo que me pidió, pero el sultán sigue siendo fuerte. Su poder no solo reside en el trono, sino también en el respeto que todavía inspira en el pueblo.
Takeru se giró hacia Cody, su expresión ahora más seria.
—No basta con ganarse a los jenízaros. También debemos debilitar la posición de Yamato. Hay rumores en la corte, rumores que podemos usar en nuestra ventaja. Las facciones descontentas dentro del consejo serán nuestras aliadas, incluso si no lo saben aún.
—¿Habla de los visires? —aventuró Cody.
Takeru asintió lentamente.
—Exactamente. Algunos de ellos ya están cansados de las decisiones de mi hermano. Yamato se ha vuelto más indulgente, más permisivo, especialmente con Mimi y su influencia. Eso ha molestado a quienes esperan un sultán firme, no uno distraído por las querellas del harén. En cuanto a los jenízaros… el momento llegará cuando menos lo espere.
Cody observó al príncipe durante unos segundos, como si tratara de descifrar el alcance de su ambición. Finalmente, bajó la cabeza en señal de aprobación.
—Estoy a su servicio, mi señor. Cuando lo necesite, estaré listo para actuar.
—Lo sé, Cody Bey. —respondió Takeru con una sonrisa calculadora—. Esa lealtad será recompensada. Cuando tome el trono, habrá un lugar para ti entre mis aliados más cercanos.
La brisa nocturna sopló nuevamente, llevando consigo el eco de sus palabras. Takeru volvió a cubrirse el rostro con su capa, y sin más, comenzó a caminar hacia las sombras, dejando a Cody solo en el lugar. El silencio regresó al palacio, pero esta vez, era un silencio cargado de conspiración y promesas de un futuro incierto.
~Al día siguiente~
El sol iluminaba tenuemente el interior del harén a través de las celosías ornamentadas que filtraban la luz, dibujando sombras intrincadas sobre los lujosos cojines y alfombras. El aire estaba impregnado con el suave aroma del incienso y las flores frescas. En un rincón del salón, Kiriha, de ocho años, se encontraba sentado en un diván, con una postura altiva y un aire de autoridad. Su mirada seguía cada movimiento de su hermano menor, Thomas, que jugaba con unos bloques de madera en el suelo, completamente ajeno a la tensión que llenaba el ambiente.
Kiriha decidió que había llegado el momento. Se levantó del diván con determinación y caminó hacia Thomas, su expresión reflejando su enojo acumulado desde el día anterior.
—Thomas —llamó, su voz resonando con un tono de mando que no parecía propio de un niño—. Deja eso y ven aquí. Tenemos algo que hablar.
Thomas alzó la vista, frunciendo ligeramente el ceño al escuchar a su hermano mayor. Sin mucho entusiasmo, dejó los bloques y se puso de pie, sosteniendo en sus manos un camello de madera que había traído consigo.
—¿Qué quieres ahora? —preguntó Thomas, su tono desafiante, algo inusual para un niño de cuatro años.
Kiriha se cruzó de brazos, con el porte que había aprendido de su madre, Sora, en momentos serios.
—Ayer me faltaste el respeto —dijo, enfatizando cada palabra—. Ese lápiz era mío, y tú lo tomaste sin permiso. ¿Sabes lo que significa eso?
Thomas parpadeó, confundido, pero su temperamento heredado de Mimi comenzó a asomar.
—Era solo un lápiz —respondió, con un tono desinteresado—. Además, mamá Mimi dijo que podía usarlo.
La mención de Mimi pareció encender algo en Kiriha. Su rostro se endureció, y dio un paso hacia Thomas.
—¡Tu mamá no manda aquí! —espetó, alzando la voz—. Yo soy el primogénito, el futuro sultán. Algún día, todos me obedecerán, incluido tú. Así que más te vale empezar ahora.
Thomas retrocedió un paso, apretando el camello de madera contra su pecho. Aunque era pequeño, su espíritu era fuerte.
—¡Eso no es justo! —gritó, con lágrimas acumulándose en sus ojos—. ¡No puedes mandarme! ¡También soy hijo del sultán!
Kiriha golpeó el suelo con el pie, furioso.
—¡No te compares conmigo! —bramó—. Eres un niño mimado que siempre corre a esconderse detrás de mamá Mimi.
Las lágrimas finalmente brotaron de los ojos de Thomas, y un sollozo fuerte llenó el aire. Antes de que Kiriha pudiera decir algo más, Mimi apareció desde el otro extremo del salón. Llevaba un vestido de seda en tonos verdes que realzaban su elegancia, y su rostro reflejaba preocupación.
—¿Qué sucede aquí? —preguntó, apresurándose hacia Thomas y agachándose para abrazarlo.
Thomas, entre sollozos, señaló a Kiriha.
—¡Me dijo que no importo... porque él será el sultán!
Mimi alzó la vista hacia Kiriha, quien la miraba con una mezcla de desafío y remordimiento. Su tono fue firme, pero contenía un dejo de decepción.
—Kiriha, eso no está bien. Thomas es tu hermano, y todos ustedes son importantes. No tienes derecho a tratarlo de esa manera.
Antes de que Kiriha pudiera defenderse, Sora entró en el salón, atraída por el ruido. Llevaba un vestido azul celeste, y su expresión era seria mientras caminaba hacia el grupo.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, mirando primero a Mimi y luego a Kiriha.
Mimi se levantó, sosteniendo a Thomas contra su pecho.
—Tu hijo está intimidando a Thomas y haciéndolo llorar —explicó, su tono cargado de reproche—. Tal vez deberías enseñarle a respetar a sus hermanos.
Sora frunció el ceño, cruzándose de brazos.
—¿Mi hijo? —replicó, alzando una ceja—. Kiriha no hizo nada malo. Es el mayor y el futuro sultán. Thomas debe aprender desde ahora a respetar su lugar y a su hermano mayor.
Mimi dio un paso hacia Sora, con una mirada protectora mientras acariciaba el cabello de Thomas.
—Thomas tiene derecho a ser tratado con dignidad y respeto, Sora. No crío a mi hijo para que sea un súbdito, sino un hombre fuerte y justo.
El tono de Sora se volvió helado, y su mirada se clavó en Mimi.
—Quizás crías a Thomas para desafiar el orden natural. Kiriha es el heredero legítimo. Cualquier otro hijo es secundario. Deberías enseñarle eso.
—¿Secundario? —Mimi entrecerró los ojos, dando un paso más cerca—. Mis hijos no son menos que nadie, y nunca permitiré que sean tratados como tales. Tal vez deberías preocuparte por enseñarle a Kiriha a liderar con justicia y no con arrogancia.
El ambiente en el harén se volvió tenso, y el aire pareció cargarse de electricidad. Kiriha apretó los puños, mientras Thomas se aferraba al vestido de su madre, sollozando en silencio. Las dos mujeres se miraron con una intensidad que prometía que este enfrentamiento no sería el último.
El aire del harén era tenso, cargado de las emociones desbordadas por la discusión. Thomas seguía llorando suavemente en los brazos de Mimi, mientras Sora yacía de pie frente a ella con una postura desafiante. Kiriha miraba a las dos mujeres desde un costado, su expresión oscilando entre el orgullo y la incertidumbre.
De repente, el sonido de pasos firmes resonó en el pasillo cercano, y en pocos instantes la figura imponente de la sultana madre, Natsuko, apareció en la entrada del harén. Llevaba un vestido de seda púrpura adornado con intrincados bordados dorados, y su cabello gris estaba recogido en un peinado elegante que reflejaba su estatus y autoridad. Su presencia inmediatamente silenció el ambiente.
Natsuko recorrió la escena con su mirada penetrante: los ojos enrojecidos de Thomas, la postura desafiante de Sora, la expresión preocupada de Mimi, y finalmente, el rostro confundido de Kiriha.
—¿Qué está sucediendo aquí? —preguntó, su tono calmado pero cargado de autoridad.
Mimi fue la primera en hablar, sosteniendo a Thomas con fuerza mientras lo miraba con ternura.
—Sultana madre, Kiriha hizo llorar a Thomas. Lo intimidó y le dijo que no importa porque él será el sultán.
Sora frunció el ceño, dando un paso al frente para intervenir.
—Kiriha solo estaba defendiendo su posición —dijo, su tono a la defensiva—. Como primogénito y futuro sultán, es su deber establecer su autoridad, incluso entre sus hermanos.
Natsuko alzó una mano, interrumpiendo a Sora con un gesto firme.
—Silencio —ordenó, su mirada dura posándose primero en Sora y luego en Mimi—. Estoy escuchando a ambas, pero ninguna parece comprender lo importante aquí.
Sora, confundida, se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Pero, sultana madre, Kiriha es el mayor. Él tiene derecho a ser respetado por sus hermanos.
Natsuko dejó escapar un suspiro, cruzándose de brazos mientras miraba a Sora con una mezcla de decepción y paciencia.
—¿Derecho? —repitió, su tono frío como el acero—. Kiriha tiene responsabilidades como hermano mayor, no derechos a intimidar.
Sora intentó protestar, pero Natsuko la interrumpió nuevamente.
—Los hermanos no están aquí para pelear entre sí, Sora. Son familia. Su vínculo debe ser más fuerte que cualquier disputa, más importante que cualquier título.
Mimi, aunque satisfecha con la reprimenda a Sora, sintió el peso de la mirada de Natsuko girarse hacia ella.
—Y tú, Mimi, no estás exenta de responsabilidad. ¿Acaso no te enseñaron a educar a tus hijos en la unidad y el respeto? Alimentar la competencia entre ellos solo los separará.
Mimi apretó los labios, bajando la mirada momentáneamente.
—Solo quiero proteger a mis hijos, sultana madre —dijo en un tono más suave—. No quiero que Thomas sea menospreciado.
—Y yo no quiero que ninguno de mis nietos crezca odiando a su propia sangre —replicó Natsuko con firmeza—. Esta rivalidad es inaceptable.
Natsuko dirigió su atención a Kiriha, quien permanecía inmóvil pero visiblemente afectado por las palabras de su abuela.
—Kiriha, eres el mayor, y con eso viene la responsabilidad de liderar con bondad y sabiduría, no con crueldad. Thomas es tu hermano, y debes cuidarlo, no intimidarlo.
Kiriha asintió lentamente, bajando la cabeza.
—Lo siento, abuela —murmuró.
Natsuko se volvió hacia Thomas, quien todavía estaba aferrado a Mimi.
—Thomas, tú también debes aprender a respetar a tu hermano mayor. Ambos son hijos de Yamato, y ambos son importantes.
Thomas asintió con lágrimas en los ojos, aunque permaneció en silencio.
Finalmente, Natsuko miró nuevamente a Sora y Mimi.
—Esto no debe volver a suceder. Como madres, ustedes son responsables de mantener la paz entre sus hijos, no de avivar las llamas de la discordia. ¿He sido clara?
Ambas mujeres asintieron, aunque Sora no pudo evitar fruncir los labios con molestia.
—Perfectamente clara, sultana madre —respondieron al unísono.
Natsuko asintió, satisfecha, y con un último vistazo a sus nietos, se dio la vuelta y salió del harén. El silencio que dejó a su paso era pesado, pero también traía consigo una promesa de reflexión y cambio.
La gran sala del consejo imperial era un lugar imponente. La mesa central, de cedro tallado, estaba rodeada por los hombres más poderosos del imperio, quienes discutían bajo el brillo de un majestuoso candelabro de cristal. Yamato, el sultán, ocupaba la cabecera, su postura erguida y su mirada firme dejaban en claro quién gobernaba.
A su derecha, de pie con actitud vigilante, estaba Taichi Yagami Pashá, su guardia personal y mano derecha. A su izquierda, Masami Izumi Pashá, el gran visir, leía unos pergaminos con atención. Más adelante, Daigo Pashá, cuñado de Yamato, y Masaru Daimon Pashá, el tesorero imperial, estaban sumidos en una discusión sobre las finanzas del reino. Al fondo de la mesa, sentado en una postura que parecía casual, pero cuya mente estaba lejos de serlo, estaba Takeru, hermano del sultán.
—Los ataques en la frontera con Siria se han intensificado —dijo Masami Izumi Pashá, dejando un pergamino sobre la mesa—. Hemos perdido cargamentos importantes y varias aldeas han sido saqueadas.
—Estos bandidos no respetan nuestra autoridad —añadió Masaru Daimon Pashá, frunciendo el ceño—. Si no actuamos, podríamos perder el control de la región.
—¿Y qué propones, Masami? —preguntó Yamato con calma, aunque sus ojos reflejaban preocupación.
—Una expedición militar, mi sultán —respondió el gran visir—. Necesitamos mostrar nuestra fuerza y asegurar la frontera.
—Eso requerirá recursos significativos —intervino Daigo Pashá, cruzando los brazos—. No solo dinero, sino tropas. Si enviamos demasiadas, podríamos dejar vulnerable la capital.
El silencio cayó por un momento. Todos los ojos estaban puestos en Yamato.
—Enviaremos las tropas necesarias, pero no al costo de nuestra seguridad interna —decidió Yamato—. Masami, organiza un plan detallado para la expedición.
El gran visir asintió, mientras los demás comenzaban a discutir los detalles.
Mientras los hombres hablaban de logística, recursos y comandantes, Takeru permaneció en silencio, escuchando con atención. No necesitaba intervenir aún; su papel era observar y analizar.
Un pensamiento cruzó su mente: una expedición militar podía dividir las fuerzas del sultán, creando un vacío que podría ser aprovechado. Aunque Takeru no dijo nada en voz alta, sabía que esta decisión podría convertirse en la oportunidad que había estado esperando.
Había escuchado rumores en los pasillos del palacio: descontento entre algunos jenízaros jóvenes, que creían que Yamato estaba perdiendo fuerza al gobernar con demasiada moderación. Takeru sabía que si lograba capitalizar ese descontento, podría usarlo para su beneficio.
—Sultán, si me permite —dijo finalmente, rompiendo su silencio—. Creo que debemos ser cautelosos con la elección del comandante de esta expedición. Una mala elección podría debilitar la moral de nuestras tropas.
—Estoy al tanto, Takeru —respondió Yamato, sin mirarlo directamente—. Tomaré esa decisión con cuidado.
Takeru inclinó la cabeza en un gesto de respeto, aunque internamente sabía que tenía que trabajar rápido.
Mientras continuaban discutiendo, Masaru Daimon Pashá expresó sus preocupaciones sobre los costos.
—Los cofres imperiales están bajo presión, mi sultán. Las incursiones han afectado nuestras rutas comerciales, y esta expedición no será barata.
—El dinero no será un problema —aseguró Yamato, mirando al tesorero—. Nuestro pueblo espera seguridad, y no escatimaremos en protegerlos.
Takeru sonrió para sí mismo. La presión económica también era un arma poderosa. Si podía demostrar que Yamato estaba debilitando al imperio financieramente, sería un argumento más para socavar su gobierno.
Cuando la reunión llegó a su fin, los pashás comenzaron a levantarse. Takeru aprovechó la oportunidad para acercarse a Masami Izumi Pashá con una expresión amigable.
—Gran visir, la logística de esta expedición será crucial. Quizás podría ayudarte a supervisar algunos detalles menores.
Masami lo miró, sorprendido por el ofrecimiento.
—Príncipe, usted no tiene que molestarse por esos asuntos.
—Sé que no.—Comentó el rubio— Y como príncipe renegado jamás se me ha permitido hacerlo. Pero me gustaría ayudar a mi hermano, Yamato, en sus funciones.
El gran visir observó sorprendido a Takeru.
—¿Usted que opina sultán?— Masami le preguntó a Yamato.
—¿Usted qué opina, sultán? —Masami le preguntó a Yamato, su tono demostraba duda.
Yamato, al principio desconcertado por la actitud de su hermano, lo miró detenidamente. La oferta de Takeru le resultaba extraña, pero si Masami Izumi Pashá no veía inconveniente, él tampoco tendría problema.
—No veo razón para negarlo, si el príncipe Takeru desea involucrarse en estos detalles, que lo haga —respondió Yamato, con una mezcla de incomodidad y aceptación.
Takeru se inclinó ligeramente, agradecido por la respuesta de su hermano, aunque su mente ya estaba maquinando sus próximos pasos. Este sería su punto de entrada.
—Gracias, hermano —dijo con tono cordial, mientras sus ojos brillaban con la sutil satisfacción de quien acaba de dar el primer paso en su plan.
Masami asintió, aunque aún algo dubitativo. El gran visir, acostumbrado a las intrincadas dinámicas del palacio, sabía que las acciones de Takeru no siempre eran tan transparentes como parecían. Sin embargo, no podía permitirse cuestionar las decisiones del sultán frente a los demás.
Yamato observó en silencio, mientras los demás miembros del consejo comenzaban a retirarse. Algo en su hermano le causaba inquietud, pero no podía señalar con certeza qué era. Se encontraba atrapado entre la confianza en su hermano y la creciente sensación de que, tal vez, Takeru tenía sus propios intereses en mente.
Takeru asintió, aparentando humildad. Sin embargo, su mente trabajaba rápidamente. Este acceso le permitiría obtener información clave sobre las tropas que serían enviadas y las que permanecerían en la capital.
Mientras Takeru y Masami discutían, Yamato los observó desde la cabecera. Algo en la forma en que su hermano actuaba lo inquietaba. Era demasiado... solícito.
Por otro lado, Taichi, de pie junto al sultán, estrechó los ojos al ver la interacción. No confiaba en Takeru, y su instinto le decía que su lealtad no era tan firme como pretendía.
Cuando la sala quedó vacía, Takeru salió con una leve sonrisa en el rostro. La reunión le había dado mucho más de lo que esperaba. La expedición era un riesgo calculado que Yamato estaba dispuesto a tomar, pero para Takeru, era una oportunidad de sembrar dudas, debilitar la posición de su hermano y ganar el favor de aquellos que compartían su descontento.
El juego de poder había comenzado
Alice se acomodó en su diván, observando cómo las luces titilaban a través de las ventanas, proyectando sombras suaves sobre las paredes. Su mente estaba ocupada, repasando los eventos que se sucedían, y estaba a punto de recibir la confirmación de una parte crucial de su plan. Daigo, su esposo, acababa de revelarle lo que ya sabía, pero ahora necesitaba escuchar su parte en esta jugada. Cuando Daigo se acercó, Alice levantó la vista, sus ojos reflejando una mezcla de aprobación y satisfacción.
—Y no olvidemos, querido Daigo —dijo Alice, con una sonrisa elegante en sus labios—, que todo esto no habría sido posible sin tu intervención directa.
Daigo la miró, un poco confundido al principio, pero entonces entendió hacia dónde quería llegar Alice. Un leve toque de orgullo apareció en su rostro.
—¿A qué te refieres, mi señora? —preguntó con una ligera sonrisa, sabiendo que estaba a punto de recibir una felicitación, aunque con la típica frialdad de Alice.
Alice dejó escapar un suspiro complacido y, sin apartar los ojos de él, respondió en voz baja pero cargada de significados.
—Me refiero a Cody, por supuesto. Tu generosa recompensa para él le ha asegurado que Takeru tenga el apoyo de los jenízaros en el momento justo. Le pagaste lo necesario para que se asegurara de que los movimientos dentro del ejército se mantuvieran bajo control, y a través de él, Takeru no solo está ganando poder, sino que también está jugando justo en nuestras manos.
Daigo asintió, claramente complacido con su papel en el proceso. Sabía que había sido una jugada estratégica, pero el reconocimiento de Alice siempre tenía un sabor especial.
—Cody Bey siempre ha sido útil, y ahora más que nunca. No solo aceptó el dinero, sino que también lo usó para darle a Takeru la confianza que necesita, asegurándose de que su ambición lo guíe por el camino que queremos. No es una persona fácil de manipular, pero creo que lo hemos logrado.
Alice inclinó la cabeza ligeramente, observando a Daigo con una mezcla de respeto y admiración.
—Has hecho bien, Daigo. No solo has alimentado la ambición de Takeru, sino que también has dejado en claro que el precio del poder siempre tiene un costo. Cody, al recibir tu generoso pago, se ha convertido en una pieza clave en todo esto. Le has dado lo que necesitaba para moverse, y ahora lo ha hecho, justo como lo planeamos. —Alice pausó por un momento, su mirada fiera y calculadora—. Todo lo que resta es esperar.
Daigo sonrió ante el elogio, satisfecho por el reconocimiento de su esposa. Sin embargo, también comprendía que nada de esto habría sido posible sin el cuidadoso diseño de Alice, que había trazado cada paso con una precisión asombrosa.
—Gracias, mi señora. Estoy feliz de haber podido contribuir a tu plan. Pero, como bien dices, ahora solo nos queda esperar a que Takeru cometa el error que todos sabemos que cometará.
Alice volvió a sonreír, pero esta vez, fue una sonrisa fría, cargada de una seguridad absoluta. Se levantó lentamente del diván, con la elegancia que la caracterizaba, y caminó hasta la ventana, observando la calma de la noche.
—Exacto, Daigo. Takeru no será el primero ni el último en caer bajo su propia arrogancia. Y cuando lo haga, Yamato no tendrá más opción que encargarse de él, como debe ser. —Alice se giró hacia él, sus ojos brillando con una promesa de victoria—. Y cuando eso suceda, todo el poder del imperio será nuestro.
Daigo la observó, sabiendo que su esposa era una mujer que no dejaba nada al azar. Juntos, habían tejido una red de intriga que, ahora, parecía imparable. Alice, con su mente fría y calculadora, había asegurado la caída de Takeru antes de que él siquiera se diera cuenta. Todo estaba en su lugar, y el futuro se extendía ante ellos como un campo fértil listo para ser cosechado.
Alice, satisfecha con la dirección que tomaban los eventos, finalmente habló una última vez.
—Bien hecho, Daigo. Ahora, solo debemos asegurarnos de que nada ni nadie interfiera en nuestro camino. El trono está más cerca de lo que pensamos.
La sonrisa de Alice era una mezcla de satisfacción y predestinación.
—¡Por cierto!— La rubia tomó una papiro de la mesa— Toma, aquí tienes el comprobante del último pago de nuestra deuda.
¿Qué?
Daigo se sorprendió ante esto.
Alice extendió el papiro hacia Daigo, su mirada fija en él mientras le entregaba el documento con una calma inquietante. Daigo lo miró, sus ojos recorriendo el papel con una mezcla de confusión y sorpresa. El comprobante parecía indicar que la deuda que le había preocupado durante tanto tiempo, por fin había sido saldada, pero no entendía cómo había sido posible.
—¿Qué… es esto? —preguntó Daigo, con un tono que evidenciaba su desconcierto—. ¿Es… ¿es verdad?
Alice asintió con suavidad, su sonrisa nunca desvaneciéndose. Sus ojos brillaban con una tranquilidad que Daigo no podía interpretar completamente, pero algo en su interior le decía que había más en esa historia de lo que parecía.
—Sí, es cierto. —respondió Alice con voz suave, como si lo que acababa de decir no fuera nada más que una simple declaración.
Daigo miró el comprobante nuevamente, sus dedos lo tocaban con un leve temblor. La deuda había sido una carga constante, algo que lo había mantenido preocupado, siempre intentando encontrar la manera de saldarla, pero ahora, de alguna manera, había desaparecido. Alice nunca le había dado detalles sobre cómo había gestionado sus finanzas, y ahora, de repente, todo estaba resuelto.
—No entiendo... —dijo Daigo en voz baja, dejando caer el papiro sobre la mesa con una expresión de sorpresa genuina—. ¿Cómo lo hiciste, Alice? ¿De dónde salió este dinero?
Alice lo observó, sin perder la serenidad que la caracterizaba. No parecía sorprendida por la pregunta, ni mucho menos preocupada por la insinuación que podría estar implícita en las palabras de Daigo. Con calma, se acercó a él y acarició suavemente su brazo, una caricia calculada, casi estratégica.
—Ya sabes cómo soy, Daigo. Siempre encuentro una forma de hacer que las cosas sucedan. —respondió con una sonrisa enigmática—. No te preocupes por los detalles. El dinero está aquí, y eso es lo que importa. Ya no tienes que preocuparte por la deuda.
Pero Daigo no estaba tan convencido. Su mirada se tornó más intensa, como si estuviera tratando de leer más allá de las palabras de Alice. A pesar de su intento por ocultarlo, sentía que había algo en el aire, una tensión silenciosa que lo incomodaba.
—Alice, no entiendo… —dijo de nuevo, mirando fijamente a su esposa—. Es solo que... esta deuda… no era pequeña. Y hemos tenido dificultades últimamente… ¿Cómo pudiste saldarla tan de repente?
Alice no se inmutó, pero un destello de algo que Daigo no pudo identificar cruzó por un instante sus ojos.
—Mi querido Daigo, —respondió ella, con un tono ligeramente burlón— no todo en la vida se resuelve con dificultades. A veces, las soluciones llegan de la manera más inesperada. Pero tú no tienes que preocuparte por eso.
Daigo frunció el ceño, buscando alguna pista en la actitud de Alice, alguna palabra que le revelara algo más. Durante todo el tiempo que habían estado casados, había aprendido a confiar en su instinto, y en ese momento, algo no le cuadraba. Había algo oculto, un misterio del que no sabía nada, y eso lo inquietaba.
—Alice, ¿estás segura de que todo está bien? —preguntó finalmente, la duda impregnando su voz—. Este dinero... de verdad no entiendo cómo lo conseguiste.
Alice, con una sonrisa misteriosa, se apartó lentamente de él, cruzando sus brazos como si toda la conversación ya hubiera llegado a su fin.
—No tienes que entender todo, Daigo. Solo acepta que las cosas han cambiado, y ahora tenemos lo que necesitábamos. —Alice se acercó a la ventana y observó el paisaje nocturno, como si la conversación fuera un tema cerrado—. Es momento de centrarnos en lo que realmente importa. El futuro del imperio está por delante de nosotros, y tenemos que estar preparados para aprovecharlo.
Daigo la observó en silencio, sintiendo que, aunque no comprendía por completo la situación, había algo más profundo que no quería o no podía ver. Esa sonrisa tranquila de Alice, su seguridad al hablar, algo en su actitud le decía que había algo más tras las palabras de su esposa.
Con un suspiro, Daigo se levantó, sin poder sacudirse el sentimiento de inquietud que lo envolvía. Sabía que Alice era astuta, que siempre estaba dos pasos por delante, pero en ese momento, algo en sus entrañas le decía que su esposa estaba involucrada en algo que no le había contado.
—De acuerdo, Alice. —dijo finalmente, con una mezcla de resignación y preocupación. Sabía que no iba a obtener respuestas esta noche, pero la duda se había instalado en su mente.
Alice giró su rostro hacia él, y por un segundo, sus ojos reflejaron algo que Daigo no logró identificar, algo que no era completamente amistoso. Luego, volvió a sonreír, esa sonrisa perfecta, que ocultaba más de lo que revelaba.
—Recuerda, Daigo, todo está bajo control. Todo está justo como debe ser.
Daigo permaneció en silencio, mirando a su esposa mientras ella se volvía hacia la ventana. Un nudo se formó en su estómago, una sensación que no podía ignorar. Algo estaba ocurriendo, algo que no entendía, y aunque no sabía exactamente qué era, podía sentir que su vida estaba a punto de dar un giro que podría no ser tan favorable para él.
Rika estaba sentada en el gran comedor, la mesa elegantemente dispuesta frente a ella. La luz suave del atardecer entraba por los grandes ventanales, iluminando los ricos platos de la cena. La atmósfera era tranquila, pero había algo en el aire que la mantenía alerta. Mitsuo Yamaki Pashá, su esposo, estaba a su lado, sirviéndose un poco más de vino mientras charlaban. Él siempre había sido un hombre de pocas palabras, pero hoy parecía más distante que nunca, como si su mente estuviera en otro lugar. Rika observó, sin disimulo, cómo él apartaba la mirada cuando ella lo miraba directamente, un comportamiento que ya había comenzado a notar con más frecuencia.
—Entonces, ¿qué opinas de la expedición que Yamato planea hacer al norte? —preguntó Rika, intentando romper el silencio incómodo que se había instalado entre ellos.
Mitsuo levantó la mirada, sus ojos llenos de una ligera distracción, como si pensara en algo completamente distinto.
—Yamato siempre tiene sus planes…—dijo Mitsuo con un tono indiferente, tomando un sorbo de vino antes de continuar—. La expedición es arriesgada, pero si sale bien, puede significar mucho para el imperio. Aunque, como siempre, me parece que está más interesado en los detalles personales que en las consecuencias.
Rika asintió, pero no pudo evitar notar cómo la voz de Mitsuo carecía de emoción cuando hablaba de algo tan importante para el reino. Siempre había sido un hombre calculador y estratégico, pero ahora parecía más desinteresado que nunca.
—¿Entonces, piensas unirte a la expedición? —preguntó Rika, buscando algo que lo conectara de nuevo a ella, a su vida y a sus responsabilidades.
Mitsuo dejó la copa de vino sobre la mesa con un ligero tintineo y se recostó en su silla, mirando la comida frente a él sin mucha atención.
—No estoy seguro aún. Depende de lo que Yamato decida. Es probable que me envíe a supervisar otras áreas. —dijo, pasando la mano por su barba con cierto aire de desdén—. Aunque, sinceramente, esas expediciones son solo una excusa para él escapar de sus responsabilidades en palacio. Como siempre, busca aventuras, pero nunca la paz que realmente necesita el imperio.
Rika lo observó en silencio por un momento, tratando de leer entre líneas, como siempre había hecho. Algo en su esposo había cambiado. Había comenzado a ser más distante, más hermético, y Rika lo sentía profundamente. Mientras él hablaba, su mente giraba, preguntándose si realmente estaba hablando de Yamato o de algo más. La sospecha había comenzado a asentarse en su pecho, como una semilla que crecía sin que ella pudiera evitarlo.
El silencio entre ambos se alargó, pero de repente, Rika dejó escapar una pregunta que había estado rondando en su mente durante toda la cena.
—¿Dónde estuviste anoche, Mitsuo? —preguntó, casi sin pensarlo.
Mitsuo, que había estado mirando su copa de vino, levantó la mirada con sorpresa y algo de irritación, como si no estuviera preparado para ser interrogado.
—¿Desde cuándo te importa lo que hago, Rika? —respondió él, la frialdad en su tono palpable. La pregunta de su esposa parecía incomodarlo más de lo que él estaba dispuesto a admitir.
Rika sintió que algo se rompía dentro de ella, una chispa de enojo que creció de inmediato al escuchar la indiferencia en la voz de Mitsuo. No era solo la pregunta lo que le molestaba, sino la forma en que él la había respondido, con desdén y una clara falta de respeto.
—Desde siempre, Mitsuo —dijo, su voz temblando ligeramente de ira contenida—. Desde siempre me ha importado lo que haces. Es mi derecho saber dónde estás cuando no regresas a casa, y más aún cuando ni siquiera me das una explicación.
Mitsuo frunció el ceño, su paciencia claramente puesta a prueba. Su actitud era arrogante, como si pensara que Rika no debería cuestionarlo, como si ella fuera una simple figura decorativa en su vida.
—No me hagas preguntas innecesarias, Rika. Sabes que mi trabajo a veces me obliga a estar fuera durante la noche. No necesitas saber cada detalle de lo que hago. —su tono se volvió más severo, pero Rika no podía apartar la mirada. Había algo en él que no podía identificar, pero que claramente no era el hombre con el que se había casado.
Rika sintió la rabia burbujeando en su interior, su corazón latiendo con fuerza mientras contenía la respiración.
—No te estoy pidiendo detalles, Mitsuo. Solo quiero saber la verdad. —dijo, clavando los ojos en los suyos, intentando hacerle entender que no era una simple conversación sin importancia. Era sobre confianza, sobre su relación, sobre todo lo que había comenzado a desmoronarse entre ellos.
Mitsuo la observó por un momento, como si evaluara si valía la pena seguir discutiendo. Finalmente, suspiró con irritación y se levantó de la mesa, alejándose un paso. La tensión entre ellos se volvió palpable, y Rika sintió que la distancia entre ambos se ampliaba.
—Si te haces tantas preguntas, tal vez deberías dejar de hacerlas y ocuparte de lo que realmente importa —dijo Mitsuo sin mirar atrás, su tono frío como el hielo.
Rika permaneció sentada en su lugar, con la mandíbula apretada y la furia quemando en su pecho. No podía creer lo que acababa de escuchar. La sensación de traición, de que algo le estaba siendo ocultado, la atormentaba más que nunca. ¿Dónde estuvo anoche, Mitsuo? ¿Qué te escondes de mí? La pregunta seguía resonando en su mente, y aunque no tenía las respuestas que necesitaba, algo dentro de ella le decía que no podía quedarse tranquila.
La verdad estaba allí, en algún lugar, y aunque no pudiera verlo por completo, Rika sabía que debía encontrarla. No iba a permitir que su vida fuera manipulada por mentiras y evasivas. No esta vez.
Yamato caminaba por el patio central del harem, con Thomas, tomándole de la mano mientras exploraban juntos los jardines. El niño corría a su lado, saltando de un lado a otro mientras su curiosidad lo llevaba a preguntar sobre todo lo que veía. El sol iluminaba suavemente el lugar, y la calma del momento contrastaba con las inquietudes que Yamato solía llevar consigo.
Thomas, con una expresión pensativa en su rostro, miró hacia su padre mientras caminaban. Su voz inocente rompió el silencio.
—Papá, ¿es divertido ser sultán? —preguntó Thomas, mirando a Yamato con ojos grandes y llenos de curiosidad.
Yamato, sorprendido por la pregunta, se detuvo por un momento y miró a su hijo. Su pequeño rostro parecía tan serio, como si comprendiera las implicaciones del título, pero en su corazón, sabía que Thomas aún era joven para entender la gravedad de ser sultán.
Yamato sonrió suavemente y se agachó para ponerse a su altura.
—Ser sultán tiene cosas buenas y otras que no lo son tanto —respondió Yamato con una voz cálida, intentando simplificar su respuesta—. Hay muchas responsabilidades, muchas decisiones importantes que tomar. Pero también tengo la oportunidad de cuidar a todos en el harem, asegurarme de que estén bien.
Thomas lo miró con una mezcla de fascinación y duda, aún sin comprender completamente lo que significaba.
—¿Y no te cansas? —preguntó el niño, frunciendo el ceño al imaginarse las pesadas responsabilidades que su padre debía cargar.
Yamato pensó por un momento. Ser sultán no era fácil, y aunque las presiones externas a veces eran enormes, sabía que parte de su deber era enseñarle a sus hijos la importancia de asumir sus roles, cuando llegara el momento.
—A veces me canso, Thomas —admitió Yamato—. Pero siempre trato de hacer lo mejor para proteger a los que quiero. Y eso me hace seguir adelante.
Thomas asintió, pensativo, pero antes de que pudiera decir algo más, Yoshino, la sirvienta que había estado con ellos todo el tiempo, se acercó suavemente.
—Si Thomas algún día se convierte en sultán, podrá vivir todo lo que tú vives, Yamato. Tendrá todo lo que tiene un sultán —comentó Yoshino con una sonrisa, observando a los dos con simpatía.
Pero la mención del futuro título hizo que Thomas se quedara en silencio, con una expresión de incomodidad y desagrado. Se apartó un poco de Yamato, cruzando los brazos y mirando hacia el suelo. El brillo en sus ojos se apagó de inmediato.
—No quiero ser sultán —dijo de repente Thomas, con un tono más serio de lo que normalmente usaba.
Yamato se sorprendió y se acercó rápidamente a su hijo.
—¿Por qué dices eso? —preguntó, bajándose a su altura para mirarlo a los ojos. El tono de su voz, aunque tranquilo, estaba cargado de curiosidad y preocupación.
Thomas levantó la vista hacia su padre, y en sus ojos brillaba una tristeza que sorprendió a Yamato.
—Porque... si yo soy sultán, eso significaría que tú tienes que morir —respondió Thomas, su voz temblando ligeramente, pero llena de convicción. Sus palabras parecían salir de lo más profundo de su corazón, como si comprendiera de alguna manera lo que ser sultán implicaba para su padre, aunque a su corta edad no pudiera entenderlo todo.
Yamato se quedó en silencio unos momentos después de las palabras de Thomas. La sinceridad de su hijo, tan pura y desgarradora, lo había dejado sin aliento. El niño, con sus ojos llenos de preocupación y su corazón tan sensible, lo había tocado más de lo que esperaba. Algo en su pecho se apretó al escuchar esas palabras, una mezcla de sorpresa y una emoción que no podía definir por completo.
Reflexionó por un instante, comparando las palabras de Thomas con las de su hijo mayor, Kiriha. Kiriha jamás le había dicho algo así, al contrario, Kiriha solo soñaba con ser sultán, pero Thomas no, el mayor nunca le había expresado algo tan honesto, tan vulnerable. No es que Kiriha no lo amara, pero la manera en que Thomas había mostrado su cariño y su preocupación lo conmovió profundamente.
Yamato miró a su hijo, quien, aunque aún con el rostro serio, se sentía aliviado por las palabras de su padre. El niño, con su inocencia y sin filtros, había revelado una parte de su alma que lo hacía más real, más cercano a él de lo que había imaginado.
—No quiero que mueras.—Comentó Thomas—Antes de sultán, eres mi padre. Eso me dice mi madre.
Mimi
La imagen de su concubina favorita vino a su mente. Las palabras de Thomas eran un reflejo en como Mimi formaba a sus hijos y eso hablaba bien de ella...
Mimi estaba criando bien a sus hijos
La habitación estaba sumida en la penumbra, solo iluminada por la luz tenue de la luna que se filtraba a través de las cortinas. Takeru, recostado sobre la cama, observaba a Catherine a su lado, su respiración calma y su cuerpo relajado. El ambiente estaba cargado de una tensión silenciosa, que solo se rompía por el suave roce de sus cuerpos. El calor entre ellos era palpable, y Takeru disfrutaba de cada momento, de cada beso que compartían. Catherine, a su vez, estaba inmersa en la proximidad de su amante, pero algo en su interior no lograba relajarse por completo.
Takeru la besó con pasión, y ella respondió con cierta timidez, pero no pudo evitar notar cómo su mente se deslizaba hacia pensamientos que no quería enfrentar. Las manos de Takeru recorrían su cuerpo con una familiaridad que la hacía sentirse deseada, pero también la desconcertaba. No podía ignorar los sentimientos que seguían siendo una sombra en su mente, una sombra que la inquietaba y que, en este momento, la mantenía algo distante.
A pesar de la cercanía, Catherine sabía que había algo más en juego, algo que Takeru no había mencionado pero que siempre estaba presente: Hikari.
Se separó un poco, llevando sus manos al pecho de Takeru, empujándolo suavemente para crear un espacio entre ellos. El silencio llenó el aire, solo interrumpido por las respiraciones agitadas de ambos.
—Takeru... —dijo Catherine con dificultad, las palabras saliendo como un susurro, como si temiera lo que pudiera suceder después—. Necesito hablar de algo importante... algo que me ha estado preocupando.
Takeru la miró fijamente, sin soltarla, pero su expresión cambió. Parecía intriga, pero también cierto cansancio. El tono de Catherine no era el mismo, y él lo percibió enseguida.
—¿Qué sucede? —preguntó, su voz grave y suave, aunque con un matiz de desinterés que no pasó desapercibido para ella.
Catherine titubeó un momento, buscando las palabras adecuadas. Sabía que Takeru, a pesar de sus sentimientos hacia ella, siempre llevaba su mente hacia otro lugar, un lugar al que ella no podía llegar: Hikari. Pero no quería pensar en eso ahora, quería concentrarse en lo que sentía en su corazón, en lo que sabía que podía cambiar su futuro.
—Sobre... los hijos —dijo finalmente, con voz temblorosa, sin saber bien cómo abordar el tema. Las palabras parecían pesarle en la lengua, como si fueran algo prohibido.
Takeru frunció el ceño, y su rostro mostró una ligera molestia, aunque trató de disimularla. Su mirada se volvió fría, distante.
—¿Hijos? —repitió, como si la palabra fuera algo ajeno a él, como si nunca hubiera considerado esa posibilidad con Catherine—. ¿Por qué eso ahora?
Catherine intentó no flaquear bajo la mirada de Takeru, pero la tensión aumentó. Sabía que si hablaba, podría perder todo lo que habían construido, pero no podía callar más. Tenía derecho a expresar sus propios deseos.
—No estoy segura de cómo decirlo... —continuó Catherine, su voz apenas audible—. Pero, si seguimos así... ¿no piensas en lo que eso podría significar? Si en algún momento quieres que esto sea más que... lo que es ahora, si alguna vez quieres que esto sea algo serio, ¿no te gustaría tener... hijos?
Takeru se quedó en silencio un momento, pensativo, pero no con la suavidad que ella esperaba. Su expresión se endureció ligeramente, y su mirada se volvió más decidida, como si algo se hubiera activado en su interior.
—No —respondió, de manera clara y firme. Las palabras salieron de su boca sin vacilaciones. Catherine lo miró desconcertada, sin comprender del todo.
—¿No? —preguntó, tratando de procesar lo que acababa de escuchar. Su corazón latió más rápido, y un nudo se formó en su estómago. —Takeru... ¿Por qué no?
Takeru suspiró y se recostó en la almohada, observando el techo con un aire que parecía desconectado de ella.
—Porque no quiero —dijo, su voz grave y sin emoción, como si hablara de un tema irrelevante. Catherine lo miró, sorprendida por su frialdad. —Si quieres seguir a mi lado, debes aceptarlo. Sin hijos. Es lo mejor para los dos.
El aire entre ellos se volvió denso, cargado de una tensión palpable. Catherine sintió una punzada en su pecho, una sensación de traición, aunque no era nueva. Sabía que Takeru nunca la había visto como algo más que una distracción temporal, un consuelo en su vida. Pero algo en sus palabras la hirió más que cualquier otra cosa.
Pero no importaba...Fuera como fuera...Quedaría embarazada.
+Capítulo "Hot" porque quería demostrar como Mimi mantiene a Yamato cada vez más encantado. Pero ya empezaron los problemas por la corona. Versus de hermanos. ¡Ya veremos que ocurrirá!
