Amapola Roja
Akai Keshi


Sinopsis: En sus andanzas por Japón, un joven artista marcial choca con una antigua conocida quien, atrapada en una vida indeseada, se ve obligada a pagar con su vida una deuda ya saldada.


Descargo de responsabilidad: Ranma 1/2 y sus personajes son propiedad de la talentosa Rumiko Takahashi. Yo soy únicamente una fan que disfruta creando historias sin fines de lucro para entretenerse y entretener a otros fans.


Nota inicial: Antes, llamado "Desastre - Primera parte". Las explicaciones se las doy al final. Disfruten.


Capítulo 3
Completo Desastre

Con la respiración agitada, Akane apoyó sus manos sobre sus rodillas, arrugando en sus rojizos puños la tela blanca de su Yukata. Tibias lágrimas caían en sus dorsos desde sus entristecidos ojos que, reticentes, se negaban a dejar escapar más lágrimas.

No sabía qué hacer ni qué pensar. Sentía una mezcolanza dolorosa de emociones que se desbordaban ardientemente en sus ojos y desgarraban su alma con su funesta presencia.

No lo soportaba, no más.

¿Por qué? – Se preguntó en su angustia, llevando sus manos frías a sus mejillas, retirando los caminos de sal que le quemaban la piel – ¿Por qué hacerme sufrir así? ¿Por qué no decirme la verdad? ¿Tantas ganas tenía de hacerme daño? ¿Tanto…? – Más lágrimas cayeron de sus ojos – ¿Tanto me odiaba?

Su corazón se hizo un nudo ante el pensamiento.

La muchacha negó vehementemente con la cabeza, como si eso pudiera realmente liberarla de los demontres que la atormentaban, se encogió sobre sí misma, abrazándose, buscando consuelo en medio de su tempestuoso sentir. Gruesos lagrimones recorrieron su acongojado rostro, tan mojado que era ya inútil tratar de retenerlas, retirarlas y reprenderlas de su ser; sus labios temblorosos las saborearon y estas no le supieron a nada más que a óxido y hiel.

Quizá la ignorancia me haga bien… – Pensó – Quizá la verdad no le hará bien a nadie… – Trató de convencerse, sin embargo, en lo más profundo de los océanos de su alma, algo se sacudió.

Akane levantó el rostro y abrió sus enormes orbes que reflejaban en sus terrosos irises un asombro inmenso, solo comparable a la indignación que la embargó pocos segundos después.

¡¿Qué la verdad no hará bien a nadie?! – Se reprendió a sí misma – ¡¿Qué demonios te pasa, Akane?! ¡Ese pensamiento es propio de cobardes! – Se reprochó a sí misma, apretando los dientes sobre sus labios ante el azote de emociones que estaba experimentando. Sus manos buscaron su lugar en su rostro mojado y las lágrimas que momentáneamente la abandonaron, volvieron a hacerse presentes en sus ojos con vehemencia.

Que ironía, ¿Cómo podía ser que ellas, tan cristalinas y puras, inofensivas como ninguna, pudieran debilitar su alma al tiempo que liberaba su atribulado corazón?

– ¿En qué clase de ridícula mujer te estás convirtiendo, Akane? – Susurró contra sus palmas – ¿Es para esto que escapaste? ¿Para esconderte como una rata? ¿Para permitir que alguien más pague algo que no le corresponde, tal y como hicieron contigo? –

Aun con sus ojos anegados en su propio desconsuelo, la muchacha levantó con parsimonia su bello rostro. Cerró con fuerza los ojos liberando las últimas lágrimas que su cuerpo fue capaz de producir durante esa noche, ellas corrieron sin prisa por sus mejillas hasta reposar en su mentón, esperando el más mínimo movimiento para desplomarse a la nada.

Su visión irritada, aún nublada por la tormenta de sal, se fijó en los apenas visibles grabados de la puerta frente a ella y sus dedos buscaron ansiosos los kanjis mal escritos que alguna vez en su infancia grabó en aquel lugar.

Pasó sus maltratados dedos sobre las líneas temblorosas, trazando las palabras que antaño trató de plasmar y recordó esos años felices donde sus preocupaciones consistían en entrenar, jugar y estudiar. Una sonrisa cruzó su rostro y sus ojos se entrecerraron, dificultando ver más allá de su nariz, contrastando sus brillantes recuerdos con la realidad deslucida en colores opacos y borrones entrecortados por sus negras pestañas entreveradas, encerrándola en una oscuridad tal y como las sombras de aquel oscuro rincón de la casa.

Akane retiró sus dedos de la puerta y suspiró cansada. Tan cansada que apenas podía parpadear sin el riesgo de caer rendida en brazos de su anhelado descanso. Quizá se trataba de eso, del querido descanso que la embaucaba en deseos nacientes de su atrofiada mente que, deseosa de encontrar libertad, tranquilidad y seguridad en los brazos de alguien querido, decidió revisitar sus memorias y traer de vuelta a una de las personas que por tantos años añoró volver a ver; ¿Será que al abrir sus ojos volvería a encontrarse de nuevo en aquella celda roja y corroída? ¿En soledad?

En absoluto.

¿Los sueños acaso podían ser tan vívidos? ¿Tan minuciosamente detallistas? ¿Tan dolorosos y desesperantes que no te permiten el respiro en medio de la tempestad?

Ella sabía que sí.

Sin embargo, la vida le probó, de la forma más brutal posible, que los sueños, aunque parezcan quemarte en sus brumas, no son nada comparados al incendio abrasador que suscita la realidad.

¿Acaso no era real el dolor que la doblegaba? ¿No era acaso real el sabor de las lágrimas en sus labios? ¿No era real el hombre que la llevó en su espalda y le brindó refugio? ¿Acaso no existe el insondable azul de sus ojos que resplandecieron bajo la luz de la luna plateada? ¿Fue producto de su imaginación el tacto de sus dedos acariciando su rostro? ¿Y qué hay de su voz, tan suave cuando pronunció su nombre? ¿También lo había soñado?

No estaba soñando.

Y eso la hizo reaccionar.


Esa noche, parecía ser la más fría que alguna vez experimentó, como si el mundo hubiese vaciado toda su nieve para anunciar el arribo del invierno, sin embargo, dentro de la añeja casa nadie parecía reparar en ello; salvo una persona.

Un desconocido.

Un viajero.

Un hombre que, apenas cubierto por una gruesa y ajada capa de viaje, bajaba las escaleras con pasos resueltos y mesurados. Los hombres, algunos apostados en los primeros escalones ascendentes, le vieron con una mezcla de pasmo e incredulidad. ¿Por qué el amante de la cortesana fugitiva se atrevería a dar la cara de esa forma?

No tenía sentido.

Con una calma cuasi ofensiva, el desconocido continuó avanzando hasta entremezclarse con los hombres acechantes, quienes, desconfiados, posaron sus manos sobre sus sables, atentos y preparados para atacar al más mínimo movimiento percibido en su contra.

El hombre avanzó como quien avanza con la seguridad de conocer un camino mil y una veces recorrido, y siguió así hasta encontrarse de frente a las puertas descalabradas de lo que alguna vez fue el refectorio. Ahí, calmo y seguro, completamente rodeado y en aparente desventaja, el extraño se fijó por un instante en la superficie ondulante de la pequeña laguna, trazando con sus ojos las formas liquidas que producía la nieve junto al gélido viento.

Así, ensimismado en la apacible visión de la blanca y pulcra cortina que se cernía sobre el viejo barrio carmesí, el joven hombre se desprendió de su abrigo. Los guardias le vieron, expectantes, creyendo que quizá portaba un arma y con ello, tendrían por fin la perfecta excusa para detenerle, sin embargo, no había nada de eso.

Enfundado en ropas extranjeras de colores escarlata y negro, el desconocido de largo cabello azabache trenzado dejó caer la pesada tela sobre el suelo, girándose solo para ver el rostro estupefacto de los presentes, quienes no daban crédito a lo que veían.

Era un foráneo.

O al menos, eso pensaron… Hasta que repararon en una prenda atada a su cintura. No llegaron a procesarlo del todo cuando, con una amplia sonrisa, el joven se la ciñó con firmeza y dijo en un japonés impecable:

– Les aconsejo que no desenfunden sus sables. –

Algunos de los hombres se vieron entre ellos totalmente desconcertados, y otros se echaron a reír como si lo que les acababan de decir fuese el mejor chiste que les hubieran contado en mucho tiempo y no una sutil amenaza.

– Nunca el amante de una prostituta había sido tan gracioso. – Se carcajeó uno.

– ¿Quién eres? ¿Qué te hace creer que tienes ventaja sobre nosotros? – Exigió saber el otro.

– ¿Amante? – Repitió el joven, torciendo el gesto con la misma insolente sonrisa – ¡Que ingenioso! – Se carcajeó, desconcertando al grupo de hombres que le veían agraviados por su desfachatez – Ah… No es de extrañar que lo piensen, pero eso a ustedes no les importa. A lo que deberían prestar atención es a esas armas suyas. Fíjense bien en ellas, y no me culpen si acaban por perderlas después. –

– Imbécil, ¿te crees muy gracioso? – Gruñó otro, desenvainando su arma de un solo movimiento y siendo imitado rápidamente por los demás guardias. Al ver esto, el joven hombre alzó las manos, burlón.

– ¡Vaya! – Silbó divertido – Qué carácter… – Sus ojos otearon sobre todos los cuerpos a su alrededor y no se detuvo en su escrutinio sino hasta ver al segundo que le dirigió la palabra desenvainando tardíamente. Al verse escudriñado, el hombre fijó su mirada donde creyó que estaban los ojos del inusual personaje al que se enfrentaba.

– No respondiste a mis preguntas. – Insistió grave – ¿Quién eres? ¿Qué te hace creer que tienes ventaja sobre nosotros? –

– Mi nombre no es importante. – Respondió encogiéndose de hombros – Además, yo no creo tener ventaja sobre ustedes, que la tengo. –

– ¿Ah, sí? – Se dijo otro – Qué estúpido. Nosotros somos veinte y tú estás solo. –

– Oh, claro que lo sé. – Volvió a reír – Y también sé que conmigo es más que suficiente. –

Tenso como una cuerda de shamisen, el ambiente parecía idóneo para dictar la más mortífera y cruenta sentencia, sentencia que se hallaba marcada a fuego en los irises azules indistinguibles del solitario hombre, quien en un instante se vio rodeado de acero desenvainado y furiosos gritos de guerra.

Sin perder su sonrisa, barrió con la mirada a todos los presentes, y solo eso le bastó para saber su nivel, para saber a quién y en qué orden los pondría a morder el suelo por atreverse a mancillar su hogar con su nauseabunda presencia y negras intenciones.

Todos, al unísono, se lanzaron sobre él con torpes movimientos, y aunque esquivar era tan solo un calentamiento para alguien como él, lo hizo con gracia, desplegando una elegancia de movimientos que se no vio interrumpida sino hasta que decidió que ya había brindado tiempo más que suficiente para que se detuvieran y se rindieran por su propio pie, porque a esas alturas, una persona prudente sabría que no tendría oportunidad de tocarle a menos que él lo quisiera de ese modo.

Cosa que claramente no ocurriría.

El joven hombre rodó por el suelo, posicionándose en el centro de la estancia con una risotada de suficiencia. Desde esa posición, todos los sables le apuntaron directamente, amenazantes.

– Creí escuchar que estaba en desventaja. – Comentó el joven con sorna – Pero ya ha sido suficiente teatro. – Exhaló con fastidio, alargando los dedos hasta que rozaron el lomo helado del sable más cercano – Así que ahora, me toca a mí. –

En menos de lo que dura un parpadeo, su mano se cerró en torno a la afilada arma y de un certero rodillazo la partió a la mitad como si estuviera hecha de fina madera. Los guardias, que vieron todo desde sus posiciones, contuvieron exclamaciones de autentico pasmo al comprender, tardíamente, ellos solos se metieron a la morada de la bestia. No hubo tiempo de retrocesos ni esquives, siquiera de soltar las armas o acatar órdenes y volverlas a enfundar en sus vainas, pues el extraño se movió raudo, rodeándoles y arrancándoles los sables y los puñales, retorciendo sus necias articulaciones y haciéndoles tragar sus silbatos cuando los veía llevárselos a la boca para alertar a los otros.

Sus piernas cortaban el aire, impactando poderosas en sus torsos, y sus puños encontraban rápidamente su lugar en los rostros atemorizados. De ese modo, los cuerpos fueron amontonándose en la estancia, uno junto al otro y uno sobre el otro, en una especie de montículo de carne que fácilmente se desmoronaría con el más mínimo toque, sin embargo, los guardias que permanecieron de pie no tenían tiempo que perder en asistir a los caídos.

Desprovistos de sus armas, no encontraron más remedio que alzar los puños antes de echarse sobre el artista marcial, quien divertido, dio una voltereta hacia atrás, tomando con ambas manos las codiciadas armas y lanzándolas a la pequeña laguna tras él para evitar más problemas innecesarios.

Pero los hombres no se detuvieron, todo lo contrario, apretaron los puños y fueron directos a él con ciega furia. Una vez aterrizó, el joven rodó por el suelo y apoyó ambas manos contra la madera, elevando ambas piernas y propiciando una dura patada doble al rostro de uno de ellos, quien cayó al suelo inmediatamente desprovisto de consciencia.

Sin rastro alguno de cansancio, el extraño, impulsándose con sus brazos, saltó poniéndose de pie, estiró la mano y enganchó de la pechera al próximo incauto, hundiendo un codo en sus costillas sin piedad alguna para luego barrer sus piernas y apoyar una mano en su cabeza, empujándolo hacia el suelo reciamente. Al volverse para verlos, esquivo una patada directa al costado y con el antebrazo bloqueo un puñetazo a la nuez.

Con soltura, enroscó su brazo en el ajeno y sin dejarlo ir, atacó con patadas veloces al incauto que esquivó segundos antes. Dos patadas visitaron su rostro y tres patadas de talón impactaron en su pecho antes de que el sujeto cayera víctima de una contusión. Entonces, se fijó en el pobre que tenía aun enganchado tan solo un segundo previo a propiciarle un cabezazo monumental y escuchar tras de sí, el sonido de pasos presurosos aproximándose.

El pobre idiota que corría hacia él fue realmente el menos afortunado de entre todos los hombres que enfrentó en ese encuentro, pues creyendo que en una pelea sucia podría verse victorioso, se impulsó vigoroso a espaldas de su adversario, tratando de encajar una patada entre las piernas de su oponente, no obstante, el joven no era estúpido, sabía que algo como eso podría pasar. Así que, rápidamente, se giró y tomó su pierna al vuelo, sujetándola desde el tobillo con fuerza. Sus ojos azules, indistinguibles en las sombras, se fijaron en él, y por primera vez en toda la contienda, su rostro perdió esa sonrisa socarrona tan característica.

No pronunció palabra, tan solo se limitó a retorcer su pierna hasta atraerlo, y cuando lo hubo hecho, le incrustó un rodillazo brutal en las pelotas. El hombre siquiera gritó, tan solo cayó sobre sus rodillas, sujetándose.

– Hasta para pelear sucio hay que saber cómo. – Le escupió el joven, antes de rematarle con otro feroz golpe en las pelotas – Imbécil. –

El joven suspiró molesto. Ese último encuentro había terminado por molestarlo de sobremanera, no obstante, se sacudió el resentimiento, encontrándose a sí mismo parado en medio de una veintena de hombres inconscientes y armas desperdigadas por el suelo, y, con un gruñido de resignación, se dedicó a confiscar las armas desperdigadas (y las que permanecían ocultas en sus ropas) antes de ir a buscar a Akane.

No es como si existiera diferencia alguna entre enfrentar a inútiles como esos con o sin armas. Serían derrotados incluso por quien apenas sabe sostener su propia cabeza y eso ya era decir demasiado. ¿Cómo era posible entonces que Akane, siendo la dura chica que recordaba, no hubiese podido escapar de esos inservibles guardias?

Cuando se la encontró en el portal, parecía tan asustada, aterrorizada como nunca en su vida la había visto, diciendo que si ellos la atrapaban lo lamentaría.

Algo se le estaba escapando.

Más no tuvo tiempo de pensar en ello. Abruptos y pesados, escuchó pasos ascendiendo por las escaleras. Sabiendo lo que aquello podía significar, se apresuró a lanzar las armas a la laguna y corrió hacia las gradas, solo para ver a más guardias entrando a toda velocidad en la casa. Apenas tuvo tiempo de ocultarse tras una de las paredes y volver sobre sus pasos, sabiendo que, una vez vieran los cuerpos que no alcanzó a esconder, las cosas se complicarían. Estarían con la guardia en alto y los silbatos listos para alertar a más hombres al menor avistamiento.

Maldijo en voz baja.

Definitivamente, eso era un problema.

No podría sacarla de ahí así.

Espérame, Akane.


Agarrándose con uñas y dientes de esa única oportunidad que la vida le concedió, Akane echó de todas sus fuerzas para recomponerse. Se sentó sobre sus pantorrillas, y pese a su cansancio, se concentró en pensar. Necesitaba salir de ahí, pero no podía hacerlo sin conocer su panorama. Sabía que él estaba ahí afuera, seguramente, y fiel a su estilo, recibiendo calurosamente a sus perseguidores, tal y como en los viejos tiempos. Una sonrisilla surcó su rostro fugazmente y con cuidado de no echar por tierra los esfuerzos realizados, la joven deslizó suavemente la puerta recibiendo de lleno la pura luz de la luna, que iluminaba durante cortos lapsos de tiempo aquella vieja habitación antes de que densas nubes oscuras se tragaran el plateado astro. El vendaval invernal azotó los finos cristales de las ventanas y ella sintió, aun sin quererlo, un desasosiego alojado en su pecho al percibir entre el afilado silbido del viento, el asomo de voces masculinas que clamaban inclementes contra ella.

Las voces se escuchaban lejanas y dispersas, opacas a cortesía de las tantas paredes y la distancia que les separaba, no obstante, no echó en falta aquellos sonidos que percibió cercanos, pasos que parecían recorrer el pasillo de forma abrupta y desorganizada, yendo y viniendo por los listones de madera del piso, abriendo puertas, lanzando objetos y, por supuesto, destrozando todo aquello a lo que no podían acceder.

Temiendo un mal encuentro ante la proximidad del ruido, Akane se apresuró a encerrarse nuevamente dentro de su refugio segundos antes de escuchar como azotaban violentamente la puerta corrediza de la habitación. Pasos frenéticos entraron como una exhalación seguidos de otros exactamente igual de ansiosos. Ella contuvo el aliento.

– ¡Aquí no hay nadie! – Vociferó alguno de ellos a la vez que azotaba algo contra el suelo.

– Tampoco la he encontrado. – Contribuyó otro con notas de resignación asomando en su voz.

– Es la última habitación que revisamos… – Contribuyó otro – Y no es que esté culpando a nadie, pero… –

– ¿Qué mierda quieres decir? – Inquirió el primero, cuyos pasos resonaron nuevamente.

– Digo… – Le enfrentó el tercero – Que te equivocaste; porque en esta casa… –

– ¡¿Cómo iba a equivocarme yo?! ¡A diferencia de ti…! – Gritó el acusado – ¡Yo sí veo bien, imbécil! –

– Oigan… – Quiso mediar el otro, sin demasiado éxito.

– ¡Oh, sí! ¡Fíjate nada más en lo bien que ves que ni siquiera has vuelto a ver a esa en todo el recorrido! –

– ¡Yo nunca me equivoco y lo sabes! –

– ¡Lo único que sé es que la maldita casa está vacía! ¡Acéptalo ya! –

– ¡Ya está bien! ¡Cállense ustedes dos! –

Mientras más hablaban, ella menos escuchaba, las palabras parecían perderse en sus oídos desde el preciso instante en que escuchó afirmar que nadie se encontraba en casa. Durante la incipiente discusión a escasos metros, Akane comprendió, con creciente alivio, que él no había sido descubierto aún, sin embargo…

– ¡Encontraríamos a esa ramera más rápido si todos ustedes hicieran bien su maldito trabajo! – Al escuchar las primeras sílabas pronunciadas por su voz, Akane contuvo la respiración y casi podría jurar que incluso su corazón detuvo su palpitar por un instante. El nudo en su garganta se formó asfixiándola, e inconscientemente, comenzó a temblar.

Sobre las tablas de su particular escenario, el protagónico de sus esperanzas fue aniquilado dramáticamente.

Akane no supo hacer más que rezar.

– ¡¿Qué demonios están haciendo?! – Le escuchó vociferar – ¡Ustedes! ¡Quiero se larguen inmediatamente! ¡Vayan a reunir a los otros! –

– ¡Sí señor! –

– ¡Y tú…! ¡Oh, tú me vas a escuchar…! – Sus pesados pasos se adentraron en la estancia; mientras más avanzaba, más se fundía la fugitiva en las paredes del diminuto espacio que la resguardaba – ¡Te has equivocado en grande! –

– N-No, Señor… Inquirió el hombre, temeroso – La he visto entrar aquí, Señor, Ella… Llevaba puesto un yukata blanco y abrigo grana. Iba descalza y… – El pardillo siquiera pudo terminar su frase antes de callar abruptamente por un iracundo puñetazo, ella comenzó a temer lo peor.

– ¡Eres un grandísimo imbécil! – Clamó contra él – ¡Ella entró aquí, sí, pero escoltada por un hombre! ¡¿Sabes lo que eso significa?! –

– Señor, suplico me escuche, ella… Ella… –

– ¡Idiota! – Volvió a atizarle – ¡Podría ser su amante! ¡Si esa zorra tiene un amante y logra escapar con él estaremos en graves problemas! –

– Con todo respeto, Señor, no pienso que ella… –

– ¡Tu trabajo no es pensar! – Le cortó en seco – ¡Tu maldito trabajo es encontrarla antes de que huya! –

– P-Pero Señor, ella nunca ha llegado tan lejos… –

Su superior le vio tan solo unos segundos en agónico silencio, furioso e incrédulo frente a la posibilidad de que un simple patrullero venido a nada estuviese llevándole la contraria, cosa de la que, tardíamente, el pardillo se percató al ver la embravecida expresión del hombre, quien lo fulminaba con la mirada a la vez que se cuadraba en su sitio.

– Eres un insolente e inservible pedazo de mierda… – Sentenció rudo, arrastrando las palabras secamente y encaminándose hacia el intimidado hombre – "Ella nunca ha llegado tan lejos", ¿Dices? –

– No, espere Señor. Yo nunca… –

– ¡Si nunca ha llegado tan lejos es porque jamás ha obtenido ayuda y ahora sí la tiene! – Exclamó su superior, preparándose para fustigar al temeroso hombre quien solamente atinó a retroceder al percibir el peligro del encolerizado capitán frente a él, que se aproximaba beligerante con una mano apoyada en su sable – No sabemos si ella se llevó algo más que su testimonio, cualquier prueba física que comprometa el honor del yūkaku, no sabemos cómo ni por dónde ella logró escapar… – Sus pasos se escuchaban más y más cercanos, secos y firmes sobre los tatamis viejos y polvorientos de la habitación, y, aunque Akane sabía que no podía verla, se paralizó de terror como si lo tuviera frente a ella – ¡Ni siquiera sabemos si ese infeliz que la escolta es alguno de nuestros hombres! – El capitán arremetió contra él, pateándolo con tal fuerza que le hizo caer a escasos centímetros del improvisado escondite.

– S-Señor, por favor… – Rogó temeroso, volviendo a levantarse ante la mirada que le envió el embravecido hombre.

– ¡Oh, pero ella nunca ha llegado tan lejos! ¡Maldito iluso! ¡Esa perra es la única que ha llegado así de lejos en la historia del yūkaku! ¡Desobedeciendo y desafiando la jerarquía! ¡Batallando contra sus clientes! ¡Huyendo de sus obligaciones desde el maldito día en que fue adquirida! –

– ¡Señor, yo no…! –

– Ella no solo es mercancía valiosa que no podemos permitirnos perder – Le cortó su superior – Ella también es una presidiaria, una que sabe demasiado, y si ella escapa… – Rumió con rabia, cerrando su mano sobre su sable, deslizándolo suavemente fuera de su vaina, provocando ese frío y característico sonido metálico que hizo que, tanto la fugitiva como el patrullero, palidecieran al comprender lo que estaba próximo a suceder – ¡Sí esa puta logra escapar ninguna de nuestras cabezas quedara pegada a nuestro cuerpo, comenzando por la tuya! – Vociferó al desenvainar, impulsándose reciamente contra el aterrorizado hombre, quien nada pudo hacer sino desplomarse hacia atrás al ver el brillante filo acercarse veloz e implacable.

El hombre chocó con las puertas del oshiire mientras su mano buscaba, tardíamente, su propia arma para defenderse de lo inevitable, consiguiendo tomar la empuñadura tan solo segundos antes de que el filo de su superior cercenara su cabeza en un perfecto corte transversal descendente. La sangre, brotando a chorros de su cuello abierto, bañó todo con su ferrosa esencia, acompañando al compás el profuso grito de dolor naciente de las entrañas de la joven fugitiva, quien, aunque lo intentó, no consiguió contenerlo en su garganta.

Fue largo y profundo, agónico e imparable. Ninguna de sus heridas podía siquiera compararse al dolor que la azotó al instante en que el primer milímetro del frio metal seccionó su carne. El odioso llanto no tardó en acudir a su garganta y ella, terca como ninguna, trató de acallarlo mordiendo fieramente sus labios, como si toda la maldita casa no la hubiera escuchado ya.

– Si no quieres acabar peor que él, será mejor que te entregues. –


Sí las circunstancias fueran diferentes, en esos momentos se encontraría en esa misma estancia, observando las expresiones perplejas de sus acompañantes, admirando los cambios que el tiempo grabó en sus rostros y escuchando un sinfín de preguntas acerca de lo que hizo durante aquellos años de separación. Y él, sin duda, se cruzaría de brazos, negándose a hablar de ello, alegando que no era importante, que era parte de un pasado que prefería dejar atrás. Diría que ahora estaba en casa, y que eso, solo eso, era lo único que realmente importaba.

Sin embargo, ahora sabía que aquello era imposible.

Porque todo lo que hizo que su viaje valiera la pena, había desaparecido. Porque todos se habían ido.

Podía cerrar los ojos, mentirse si quería, pero su alma lo supo desde que poso sus pies en aquella tierra tintada en carmesí, desde el mismo instante en que tocó aquel portal: No existía un hogar al cual volver. No quedaba calidez, ni voces, ni almas… Solo memorias pálidas y moribundas, aferradas al eco vacío de lo que una vez fue sagrado para él. Sin embargo, en medio de aquella desolación, un vestigio de esperanza se alzó. Solo entonces comprendió que lo único que quedaba de su hogar… Era ella.

Akane.

Y eso era más que suficiente para él.

Por eso, cuando un grito agónico rompió el silencio de la noche, sintió que perdería la cabeza… Y probablemente lo hizo. De pronto, la distancia que los separaba pareció prolongarse con cada segundo. Sus pensamientos se volvieron inteligibles, una maraña de hilos imposibles de desenredar.

Salió de su escondite y avanzó con paso firme por la estancia. Cuando, al fin, se cruzó con uno de esos hombres, quien desenvainó su filo y atacó sin dudar, el hilo de su consciencia se rompió. En un parpadeo, los guardias se vieron asediados por una sombra surgida de la nada. Y, de pronto, hasta olvidaron cómo gritar.

No pensaba, no razonaba; su cuerpo se movió solo, como un maldito autómata. Uno con la única misión de despedazar a cualquiera que interfiriera en su camino, a quien se atreviera negar el impulso primitivo de protección que se abría en sus entrañas.

Así, partió brazos y piernas, esparció dientes y coaguló sangre entre los tejidos retorcidos de los guardias, esos que apenas alcanzaban a desenvainar o lanzar un ataque antes de ser arremetidos con una violencia tal que dejaba cuerpos desmadejados a su paso. Los golpeaba, los lanzaba al suelo o contra las paredes como si fuesen simples sacos de arroz, y no hombres armados y entrenados, con protectores de cuero endurecido y silbatos que les hizo tragar a la menor oportunidad.

Nadie, absolutamente nadie más que esos guardias vendrían esa noche.

Y nadie más que Akane y él saldrían de ahí, si era necesario.


De repente, sentía demasiado frio.

Con un temblor salvaje agitando su cuerpo, la joven llevó ambas manos a la manante herida en su muslo izquierdo. El escalofrío que se adueñó de su torrente sanguíneo parecía haberla paralizado en esa posición dificultosa, que no le permitía mover las piernas para liberarlas de la presión que su cuerpo ejercía sobre ellas. La joven apretó ambas manos sobre la herida, aunque realmente no había diferencia alguna entre hacerlo o no; ni siquiera tenía la fuerza suficiente para mantener los ojos abiertos y enfrentarse a la realidad.

La atraparía. Oh, por Dios, sí lo haría…

Pero… ¿Qué haría ella? ¿Se dejaría arrastrar, o, por el contrario, se dejaría morir en ese lugar?

Las preguntas bailaban al son de su irregular respiración, de su brutal ritmo y asfixiante velocidad. En su penumbra mental, Akane volvió a enderezar su cabeza al tiempo en que abría los ojos, y frente a ella, creyó ver un par de profundos orbes cobalto que la escudriñaban intensamente.

Ranma…

Casi se había olvidado de él.

Y eso la enfureció.

Que estúpida era, ¿iba a dejarse morir cuando él estaba arriesgando su preciosa vida por ayudarla? ¿Iba a permitir que ese hombre que la asechaba echara mano sobre ella? ¿Dónde estaba su honor? ¿Su orgullo? ¿El amor que le profesaba a aquellos que lo arriesgaron todo para ayudarla a escapar? ¿Serian vanos sus sacrificios?

Esa no es la clase de mujer que su madre querría ver, no era la clase de mujer que ella misma quería ser.

La muerte era inevitable, sí, pero si quería reencontrarse con su madre en el otro mundo, al menos quería darle la alegría de verla llegar a ella como una mujer adulta que tuvo una vida plena y honorable, no como una prostituta fugitiva que traicionó a todos quienes amaba tras ser capturada o morir en un escondrijo de su antiguo hogar. Con la determinación naciente en sus entrañas, golpeo la herida en su pierna y el dolor la hizo reaccionar con una fría conmoción.

No iba a morir allí.

Y tampoco regresaría a su prisión.

Los segundos se volvieron minutos dentro de aquel endeble espacio y el miserable hombre comenzaba a perder la escasa paciencia que le quedaba. Con el sable húmedo suspendido en el aire, el hombre comenzó a disminuir la absurda distancia que le separaba del nidal de la fugitiva.

– ¿No saldrás? – Preguntó amenazante al tiempo en que la maltrecha puerta cedía frente a él, desplomándose a sus pies con un sonido seco, amortiguado por el charco de sangre tibia en el suelo. Sus ojos viajaron hacia ella, quien permanecía quieta, sentada sobre sus rodillas y escondiendo su terrea mirada clavada en sus manos, posadas delicadamente sobre la tela grana que cubría sus piernas. Sin verlo al rostro, la joven posó sus manos sobre el empapado tatami tratando, de alguna forma, de conseguir arrastrarse fuera del viejo armario. El frufrú de las telas siendo apuradas resonó en los oídos masculinos y se reflejó en sus ojos, quienes parecían regocijarse en el lamentable espectáculo que presenciaban, aun así, su impaciencia ganó a su placer y su mano libre viajó en busca de asir de los cabellos a la joven herida a sus pies.

Ella no grito ni siquiera cuando sintió como sus pies heridos volvían a posarse forzosamente sobre el suelo. Mientras más la levantaba, más trataba ella de detenerlo, buscando tomar su fuerte mano entre las suyas para afianzar su agarre y frenarle, demostrando así una decisión inquebrantable en cada uno de sus movimientos bajo la mirada de superioridad de su agresor, quien sonreía ante el espectáculo.

– No me caracterizo por ser paciente, ¿sabes? – Le escuchó decir sobre su cabeza, con sus ojos buscando forzosamente su rostro esquivo, escondido bajo el amasijo de brazos y manos interpuestos en su camino.

– Yo tampoco. – Respondió ella bruscamente, y al instante en que consiguió ponerla firmemente de pie, la presión de las manos femeninas sobre su muñeca se volvió más violenta. Dudó un segundo previo a ver como una pierna ensangrentada pasaba sobre su brazo y segundos después, comprendió lo que estaba ocurriendo al ver una segunda pierna uniéndose a la anterior. Ambas se enredaron cual serpientes hasta controlar la extremidad con una precisión perfecta. El dolor fue el bálsamo perfecto para ella, quien se vio liberada de los cabellos y se asió al él como si su vida dependiera de ello; posiblemente así era. Él soltó el sable y maldijo en voz alta al no predecir que eso podría suceder.

La parte superior de su espalda y la parte posterior de su cabeza golpearon el tatami ensangrentado mientras el Capitán hincaba una rodilla en el suelo, buscando esa estabilidad para liberarse que no tenía de pie. Viendo que la posibilidad de flexionar su brazo para liberarse del impresionante agarre de la muchacha no era viable, así como tampoco lo era recolocar la palma de su mano hacía abajo, convirtió su mano libre en un puño y comenzó a golpear la pierna más cercana: la pierna derecha; creyendo erróneamente que la herida por la que ella fue descubierta se encontraba en esa extremidad.

Los impactos fueron dolorosos y ella se lo hizo saber. Con un grito corto y seco, ella retorció su muñeca y comenzó a ganar terreno, estirando su brazo y usando el hueso de la pelvis como anclaje para estribar en su dominancia segundos antes de arquear su espalda y ejercer presión sobre su codo de forma terminante. Los ataques cesaron al instante y el Capitán gritó adolorido, sin embargo, ella no se detuvo.

Con la superioridad que le daba el peligroso agarre, la joven fugitiva no le dio tregua, continuó aplicando más y más presión ante la certeza de estar causando un daño contundente que le permitiría valiosísimo tiempo para escapar.

Mientras más pasaban los segundos, el brazo del capitán siguió cediendo terreno hasta que, delante de sus sobresaltados ojos, vio como su brazo cedía por completo, permitiéndole a ella sacar el codo de su lugar.

– ¡MALDITA PUTA! – El hombre gritó hincando la otra rodilla en el suelo y azotando a la terca muchacha en el impase. Su cabeza se emboto por unos segundos, no obstante, no fueron los suficientes como para echar por tierra sus esfuerzos. Sabiéndose ganadora al mover nuevamente el antebrazo y sentirlo flojo, la muchacha empujó la extremidad lejos de ella con ambas manos y ambas piernas, provocando otro estremecimiento de dolor al hombre que ya se hallaba arrodillado en el suelo.

Ella precipitó la planta de sus pies contra el tatami y con ambas manos se apoyó para levantarse como una exhalación. El dolor la torturaba a cada movimiento, a cada respiración, sin embargo, confiaba en el subidón de adrenalina para apalearlo por unos momentos. Ya se ocuparía de sus heridas una vez saliera de ahí. Doblada sobre sí, una vez más, tiro de ella misma hacia arriba, parándose firme y llevando su mano izquierda sobre el vendaje grana en su herida previo a echarse a correr.

En ningún momento volteó, tan solo se concentró en echar sus piernas una detrás de otra, cojeando, deslizándose, tropezando y apretando los dientes por el dolor intenso en su extremidad izquierda, que parecía destilar brea espesa y oscura, ferrosa y pegajosa que encontraba su desemboque entre la planta de sus pies y los listones de madera añeja. Presurosa, siguió avanzando dificultosamente con sus cortos pasos hasta alcanzar con sus ojos el final del retorcido pasillo y el primer escalón escaleras abajo.

Al primer vistazo, Akane supo que algo no andaba bien. Sus ojos, por más que tratará de enfocarlos, no lograban encontrar el camino correcto, o más bien, verdadero, entre las dos hileras de escalones sobrepuestos que descendían frente a ella.

¿Era uno o el otro? No podía saberlo, su visión estaba fallando, sin embargo, no tenía tiempo para perder. Sin detenerse y con la completa certeza de estar dando un paso en falso, Akane finalmente alcanzó el final del pasaje, estiro una pierna y la punta de sus pies se precipitó sobre la escasa superficie de la grada. El vértigo afloró en sus entrañas cuando cayó por las escaleras como un peso muerto, rodando incontables veces sobre su espalda y conectando su cabeza contra el frio suelo de madera.

Por unos instantes, el silencio se lo tragó todo; hasta a ella misma.


Lanzó el ultimo de los cuerpos contra el suelo y ni siquiera se molestó en evitar pasarle por encima para atacar al siguiente.

Tenia por norma no atacar con furia, pues eso hacía cometer errores hasta a los más expertos. Cometió un par de ellos y la consecuencia fueron algunos cortes molestos en los brazos que escocían menos que la preocupación en su pecho, la cual no hacia más que crecer al escuchar el ajetreo de una brusca pelea y los apresurados e irregulares pasos livianos corriendo por la planta superior.

Los reconoció rápidamente y su corazón latió presuroso dentro de su pecho.

Necesitaba apresurarse.

Necesitaba llegar a ella.

Sin frenar la fuerza de sus golpes, aterrizó potentes patadas a la cabeza y fieros puñetazos a los cuellos de los necios guardias, quienes blandían sus armas contra él solo para acabar perdiéndolas o hiriéndose entre ellos al perder el control de estas.

Rodó por el suelo, desencajo algunas rodillas de su lugar y escuchó contra la madera del suelo el duro golpe de una caída desde las alturas. Nuevamente, su corazón se agitó.

Se levantó como una exhalación, olvidándose por un momento de que tras de él, quedaban dos guardias que, viéndolo darles la espalda, aprovecharon su oportunidad.

– ... –

Su cabeza retumbaba pesarosa y sus oídos no parecían recoger nada más que un constante y cadencioso pitido que la ensordecía por momentos. Sentía el cuerpo adormecido, por unos instantes el dolor desapareció y no volvió a ella sino hasta que quiso recogerse del suelo.

– ¡AH! – Trató de ponerse en pie y lo hizo francamente bien, recogiendo ambos brazos y piernas, apoyándolos contra el suelo y tirando de sí misma hacia arriba hasta que, finalmente, sus piernas cedieron en sus esfuerzos – Levántate. – No importaba qué tantas veces lo intentara, sus piernas no respondían, y el pitido, molesto e invariable, no parecía hacer más que agravarse con el tiempo, sonando cada vez más y más cercano, más y más parecido a… Pasos.

Sus ojos se abrieron hasta lo imposible, y el pánico la invadió por completo al comprender lo que acaecía.

No.

Con sus renqueantes fuerzas, ella echó sus brazos hacia delante.

Muévete…

Sus ojos temerosos se llenaron de lágrimas.

– ¡Muévete…!

Y, mientras se arrastraba trémulamente sobre su propia sangre.

Sí te alcanza…

Los pasos se detuvieron.

– ¡Él va a…!

Justo detrás de ella.

La sangre manaba incesante desde su hombro, uniéndose a los tres cortes que surcaban su espalda y costado. De no ser por la experiencia que tenía con heridas, no habría podido moverse ante el dolor que le atenazaba. Sin embargo, en ese momento, era incapaz de sentir nada.

Sintió cómo su cuero cabelludo ardía cuando la mano de aquel hombre la aferró con furia desmedida.

Nada… Salvo temor.

Un tirón bastó para levantarla del suelo, obligándola a sostenerse con unas piernas que ya no respondían. Su cuerpo temblaba, y sus piernas resbalaban bajo la sangre que le empapaba.

– ¿¡De verdad creíste que podías joderme y salir caminando!? – Vociferó el Capitán, con su voz rasposa, quebrada por la rabia – ¡¿Ah?! –

Dejó atrás los cuerpos colapsados de sus atacantes y echó a correr tan pronto como un grito desgarró el aire a pocos metros de él.

Ella apenas podía parpadear. Todo le dolía. Todo zumbaba. El rostro del hombre se deformaba en su visión como una maldita pesadilla.

Sintió el corazón desplomarse en su pecho al ver, con sus propios ojos, cómo un hombre de complexión fuerte levantaba a Akane por los cabellos, forzándola a ponerse en pie sobre unas piernas que apenas sostenían su peso… Empapadas de sangre.

– ¡Tienes suerte de que no pueda matarte! – Escupió – ¡Puta desgraciada! –

Y entonces la arrojó.

No necesitó conocer los detalles.

Su cuerpo chocó con la pared con un golpe seco que la dejó sin aire. La espalda, las costillas, todo en ella se estremeció. Cayó, pero siquiera tuvo tiempo de doblarse por completo cuando él ya estaba encima de nuevo.

– ¡Pero eso no te va a salvar de mí! – Bramó colérico.

No necesitó razones.

La patada la tomó en su estómago, el aire salió de sus pulmones de golpe. Intentó inhalar, sin embargo, lo único que logró fue saborear sangre.

– ¡Vas a pagar por esto! –

Otra patada, ahora en las costillas. Sintió el crujido, uno que no sabía si era real o solo producto del dolor agudo que le nublaba los sentidos.

No necesitó excusas.

Intentó hablar, decir algo, cualquier cosa, no obstante, las palabras no salieron. Solo un hilo de voz, apenas audible, se escapó de su garganta.

No necesitó contexto.

– ¡Vas a arrepentirte de todas las veces que has tratado de escapar! – Levantó el pie una vez más – ¡Vas a arrepentirte de atreverte a desafiarme! –

Ella solo pudo cerrar los ojos.

No rezó. No gritó.

Solo esperó el golpe.

Lo único que importaba era que el hijo de puta que le heria iba a terminar tendido sobre el suelo.

Y que él, con sus propias manos, se encargaría de escribir esa sentencia.


Publicado originalmente: Lunes 27 de enero, 2025.

Publicado nuevamente: Martes 22 de abril, 2025.


[Notas de la autora]

Ahora mismo que escribo esto son las 2:10 AM. Y es día de practica. Voy a valer verga XD

Vayamos al grano:

El capitulo tres original era una puta vergüenza y con todo lo que tengo que hacer, escribir estaba pisado. Así que... Semana Santa fue mi "Santo Martirio", al final no pude concentrarme en mis tareas y mandé al diablo mis deberes estudiantiles por una buena causa, lavar mi pecaminosa ausencia. Y a decir verdad lo disfruté mucho, porque este es el capitulo que originalmente debía publicar aquel 27 de enero.

Algunas cosas me fueron difíciles de escribir, como la acción y la brutalidad de algunas escenas, pero creo que no me ha quedado mal del todo. Aun me falta dinamismo para hacerlo bien. Estoy segura de que tod s aquí recuerdan que el capitulo solamente narraba lo que ocurría con Akane (pobre Akane, le debo gigantescas disculpas por como la pasó), ahora, tenemos también el lado de Ranma (que le tiene que partir bien el ojete a ese cabrón).

En fin, me faltó agregar un pedacito, pero esta vez dije que era innecesario. Que seria mejor iniciar con aquello en el cuarto capitulo. Nuevamente, les imploro paciencia, estoy socada de trabajos y pronto entraré a parciales, pero así como les imploro, también agradezco todo su amor. Cuando me tupia y sentía que mi cabeza no daba para tanto, iba a leer los comentarios para animarme. Me han ayudado mucho, no tienen idea de cuanto.

Spam: En Instagram (joelletsuno) les cuento algunas cositas cuando puedo, ahora solo diré simplemente que les debía un capitulo largo y me siento más tranquila habiéndolo entregado así. Si lo pulía más no iba a publicarlo nunca, así que así se queda.

Nuevamente, agradezco su paciencia y sus lindos comentarios, espero que el capitulo les haya gustado y entretenido tanto como yo me entretengo imaginando y quebrándome la cabeza para hacer esta historia. Muchas gracias a todos y todas :D

Saludos,
Z