Capítulo 243. Un muro llamado desesperación
En el preciso momento en que Caronte estaba por chasquear los dedos y destruir todos aquellos cuerpos y almas, una saeta carmesí le golpeó la mano, paralizándola.
—¿Qué…? —apenas atinó a decir el astral, viendo un corte en la piel invulnerable.
Un fino corte que sangraba oscuridad. Giró la cabeza con parsimonia. Más allá de los atemorizados insectos y los cautos héroes, estaba la ninfa bendecida por Escorpio. El manto dorado y el cuerpo se habían restaurado de todo daño, gracias a Reloj.
—¿El árbol? —cuestionó Caronte.
—Ahí quieto, con todos esos brazos, eres tú quien parece un árbol —acusó Shaula, gélida—. Aquí y ahora, voy a podar todas tus ramas, maldito demonio.
Él sonrió, haciendo un gesto con la mano. El fino corte ya no estaba.
Ella volvió a disparar. Once tandas de catorce Agujas Escarlata, que marcaron con el dolor cada uno de los brazos de oscuridad. Los prisioneros encendieron sus cosmos, preparándose para liberarse de una vez, mientras que Tetis de Ceto pasaba a la ofensiva, cercenando con Hydros y Thessis las garras de los brazos que la perseguían a ella. Solo el hecho de que pudieran regenerarse impedía a la nereida llegar hasta Caronte de Plutón. Ni siquiera cuatro a la vez eran rivales para el poder combinado de una hija de los dioses y un arma sagrada, después de todo. Harían falta diez, por lo menos.
De las heridas, tan numerosas, llovió fuego, aunque no demasiado. Los que habían buscado partir los brazos de oscuridad tuvieron tiempo de retirarse. Todos ellos.
—¿Qué está pasando? —se preguntó Caronte, sombrío.
En ese breve espacio de tiempo, pudo la santa de Escorpio ejecutar el decimoquinto golpe de la técnica insigne de Escorpio. A la vez, los brazos de oscuridad empezaron a retorcerse sobre sí mismos, mientras que los santos de Tauro, Libra y Sagitario, al igual que los santos de Mosca y Cefeo, el siervo del Hijo, el ángel del Olimpo y el chico ciego, poseedor del verdadero poder del rayo, escogían ese momento para escapar y reagruparse. También la ninfa de vasto cosmos volvió al punto de partida, desde donde observó cómo los brazos de oscuridad colapsaban sobre sí mismos en una explosión de fuego que al punto se tornó en implosión. Las llamas del infierno, más ardientes que las estrellas, fueron consumidas por las responsables de proteger a todo aquel ejército de insensatos. Las doce armas de Libra quedaron a la vista, doradas y agrietadas.
El escudo dorado fue el último de los recursos de Arthur para protegerlos en emerger. Apareció allí donde estaba el brazo de oscuridad que ella logró destruir apoyándose en sus compañeros, Mithos y Subaru, la alianza de sanadores y la sinergia de cosmos que dominaba el ambiente. Ahora, unida a la naturaleza, lo comprendía todo. La razón por la que aquellos santos de bronce y de plata, aquel siberiano y aquellos caballeros negros, habían podido golpear constructos de oscuridad generados por uno de los Astra Planeta. Sin saberlo, todos habían estado imitando su modo de hacer las cosas. El estilo combativo de la santa de Escorpio, siempre apoyada por Escudo y Reloj.
Rememorando los milagros que habían logrado juntos, le vino a la mente la sanación de Lucile de Leo. Ella también había sido atravesada por un astral, como Soma.
—Cura a mi hermano —ordenó Shaula, llenando con su cosmos el pecho de aquel.
—Está muerto —contestó Subaru, el santo de Reloj, el amo y señor del tiempo de la santa de Escorpio, capaz de resucitar a placer el manto de Escorpio.
—Cura a mi hermano —repitió Shaula, sin más, alzando la voz.
Debió haberlo dicho muy fuerte, porque Subaru de Reloj retrocedió, espantado. Después, en todo caso, se puso manos a la obra.
Mientras que la mayoría de leñadores, como fueron llamados por Lesath de Orión, terminaron volviendo al punto de partida, Takeshi de Oso Negro aprovechó lo poco de valor que le quedaba para despertar a Ofión de Aries.
—Se ve que nadie te tiene en mucha estima —comentó el caballero negro, sonriendo. Fuerte como era, no le costó mucho ayudar a levantarse al santo de oro.
—Soy el Ermitaño —dijo sin más Ofión, antes de teletransportarlos a ambos allá donde se hallaban, a modo de línea defensiva para el grueso del ejército, Gestahl Noah, Alcioneo, Noa de la Nobleza, Bianca de Can Mayor, Nico de Can Menor, Lesath de Orión, Aerys de Erídano, Noesis de Triángulo y Retsu de Lince—. ¿Qué estáis haciendo? ¿Por qué huir? —les preguntó, callando en cuanto miró a aquellos ojos dominados por el espanto. Lo que fuera que los animó a entrar en liza, se había extinguido. Oteó mediante su poder mental el campo de batalla, viendo el cuerpo y armadura de Soma de León Menor Negro intactos, aunque sin un alma. Mientras lo hacía, percibió algo, un cosmos omnipresente del que Shaula de Escorpio no era más que la punta del iceberg—. Qué poder, es igual que… igual que…
Takeshi de Oso Negro le animó descansar, pero él apenas podía escucharlo. El magnánimo poder que la Muerte Roja había despertado le evocaba el duro combate contra Bía de la Violencia, así como la desaparición de Shizuma de Piscis.
—Es por eso que han huido, Ermitaño —respondió Gestahl Noah, aferrado al ángel de la Nobleza como si fuera un bastón—. Porque ya pueden delegar sus sueños en alguien.
De forma instintiva, todos los cautivos salvo el impedido Ofión de Aries formaron un semicírculo alrededor de Shaula de Escorpio, Mithos de Escudo y Subaru de Reloj. Triela e Ícaro, las puntas, mantenían la vista fija en Caronte de Plutón.
El astral, por supuesto, estaba indemne. Más confundido que molesto. Sus ropas se habían restaurado y la única herida que conservaba era la de la flecha clavada en el ojo.
—Bien —dijo Makoto—, ¿cuál es el plan?
—Yo lo mato, vosotros no estorbáis —respondió Shaula, dirigiéndose a las mentes de todos a la vez que apretaba con fuerza el puño dorado. Fue extraño, el metal vibraba, sufriendo la presión del poder de su portadora. Un poder excesivo.
Esperó que el santo de Mosca replicara. En lugar de eso, desvió la mirada hacia Aqua de Cefeo, cuya pierna recién curada temblaba, mandándole latigazos de dolor.
—¿Tú sola podrías con él? —cuestionó Ícaro, airado, señalando al enemigo.
Como queriendo demostrar lo imposible que tal cosa era, Caronte de Plutón formó otra docena de brazos de oscuridad, culminando cada una en unas zarpas de bestia que pronto tomaron las distintas armas de Libra. De nada sirvió la protección que Arthur otorgaba a sus tesoros, la versión localizada de la Armadura Celestial con la que protegió por igual el áureo armamento y sus compañeros. Los brazos de oscuridad tenían el poder de atravesar el tejido espacio-tiempo, ignorando toda distorsión. Por eso habían podido herir de gravedad a Soma, pese a las bendiciones que los trabajos de Indech de la Tierra confirieron a las armaduras negras.
—Cuando el fuego no es suficiente —murmuró Garland—, viene el hielo.
Las espadas, barras, lanzas y escudos se congelaron de inmediato.
—Sois fuerte, santa de Escorpio —reconoció Orestes—, mas la fuerza no basta para este enemigo. Solo unidos tendremos una posibilidad.
A Caronte solo le bastó un pequeño apretón para reducir a polvo todas las armas.
Ni siquiera el Cero Absoluto suponía para él un obstáculo. Tenía la fuerza de un dios.
«Y un demonio, es el recadero de un dios, no un dios —se recordó Shaula.»
Después, miró al caballero de la Corona Boreal. Tan recto, tan orgulloso.
—Yo pienso luchar con todo lo que tengo. ¿Lo harás tú? Te has estado conteniendo todo este tiempo. Lo mismo va por ti, Arthur. Te agradezco todo lo que has hecho por nosotros, nos has protegido de mil muertes, no sé cómo. El control que tienes sobre la gravedad excede incluso lo que yo puedo hacer unida a la naturaleza. Sin embargo, porque nos defiendes, tu poder ofensivo se reduce a la mitad. ¿Crees que podemos permitirnos eso a estas alturas, en la batalla final? Lo mismo va por ti, ángel del Olimpo. No puedes concentrarte en luchar y por eso tus golpes no son contundentes.
—Como dices, soy un ángel del Olimpo —replicó Aubin, sin perder la compostura—. Luchar y defender es la manera en que escojo luchar. Eso nunca cambiará.
—Estoy dando todo lo que tengo sin poneros en riesgo. —se adelantó Tetis, a la vez que Makoto y Aqua asentían—. Me encuentro demasiado lejos de casa como para recurrir a toda mi fuerza, y si lo hiciera, temo que os haría más mal que bien.
Orestes y Arthur, entretanto, intercambiaban miradas y mensajes secretos.
—Hablad —pidió Shaula, sintiendo la fría mirada del astral.
Un orbe violeta, flotando en una oscuridad aún atravesada por el oro y el blanco.
—En primer lugar —dijo Arthur—, tu cuerpo no aguantará tanta presión por mucho tiempo. —Eso era cierto, el manto de oro no dejaba de temblar, exigiendo la acción continuada de Subaru de Reloj para impedir que empezara a agrietarse—. En segundo lugar, no puedo permitirme usar toda mi fuerza a la ligera. El punto débil del enemigo se encuentra en la Esfera de Plutón. Una vez se abra, actuaré y lo mataré.
—¿Es una promesa?
—Es un hecho.
Por supuesto, Triela no dijo nada. Tampoco Ícaro añadió algún comentario, fuera de un gruñido hastiado. El hijo de Gestahl Noah lo había hecho bien antes, con el apoyo de los caballeros negros; ahora estaba cada vez peor, más machacado y débil. En opinión de Shaula, tanto él como los santos de Mosca y Cefeo no tenían nada que hacer allí. La imitación de su conexión con Mithos y Subaru había sido un milagro, una cuestión de suerte, y en cualquier caso, ni Escudo ni Reloj le daban seguridad alguna ahora.
Solo el universo, al que se hallaba unida, le daba alas para volar.
—No se sintió como matar a un santo de Atenea —adujo Caronte, a la vez que uno de los doce brazos volaba hacia atrás, más raudo que la luz.
Ella ni siquiera tuvo que moverse. Ya estaba allá donde las zarpas estaban por cernirse, deteniendo con suma facilidad aquel poder que antes había logrado someterla. Alcioneo, Gestahl Noah y Noa la miraron con los ojos muy abiertos, impresionados.
—Cállate —exigió Shaula.
—Tu hermano no era un santo de Atenea —prosiguió Caronte, ejerciendo más presión a través de ese único brazo de oscuridad—. No se sintió igual.
Los cinco dedos se cernieron sobre su espalda, ella los despedazó con una sola mano.
—Ese poder —dijo Alcioneo, formando una sonrisa—, ¡es el poder de la Madre Tierra!
—Sí —respondió Shaula, destrozando con la mera fuerza de sus músculos aquella extremidad de tinieblas. Un frío terrible le golpeó en el acto, como el aliento de la misma Muerte. Inútil, el Cero Absoluto no podía congelarla ya—. La Madre Tierra tiene presencia aquí, en los confines del universo. Me habla de los albores del tiempo, de cómo todo cuanto existe empezó con ella, de tu hogar.
El brazo de oscuridad volvió a reformarse, golpeándola, o intentándolo al menos. Ella estaba en todas partes, no podía ser alcanzada ni siquiera por esas zarpas demoníacas.
—Si estuviera en mi tierra de nacimiento —dijo Alcioneo—. Estoy seguro de que habría podido… —Calló a media disculpa, recibiendo un mensaje telepático de la santa de Escorpio. Una sugerencia de lo más audaz, basada en el mismo principio que usaba para que Subaru de Reloj pudiera curar a alguien que no fuese ella.
Después se retiró, esquivando el envite de cinco brazos de oscuridad.
—Podéis serme útiles —decidió Shaula, apareciendo frente a Makoto y Aqua—. Todos.
Sabiendo que el tiempo escaseaba, les mostró en qué estaba pensando, formando un enlace. Siempre y cuando mantuviesen la distancia, los santos de Mosca y Cefeo, al igual que Tauro y Sagitario, y el ángel del Olimpo, el caballero y la sombra de Sagitario, podrían ocuparse de todos los brazos de oscuridad que Caronte enviase sobre ellos. Al tiempo, Shaula podría ocuparse solo del astral, con sus dos únicas manos, mientras que Tetis podía despreocuparse de herir a nadie y Arthur alistaba ese secreto poder que se adivinaba incluso mayor que la Unidad de la Naturaleza. Como los tres más fuertes, obligarían al enemigo a exhibir su mayor poder y su mayor debilidad. Después solo sería cuestión de destruirlo, de matarlo para siempre.
—Suena sencillo —dijo Makoto.
—Matamos a un astral —señaló Arthur—. Podemos matar a otro.
No era la primera vez que lo decía. De hecho, empezaba a sonar a mantra.
—¡Matamos a Ío de Júpiter! —gritó Shaula, extendiendo su cosmos a lo largo de la costa del Jardín de las Hespérides—. ¡Te mataremos también a ti, Caronte de Plutón!
Como esperaba, ese grito de guerra entusiasmó a todos los de la retaguardia. Henchidos de un nuevo orgullo, elevaron sus cosmos, repeliendo la embestida del primer brazo de oscuridad, mientras que otros once se cernían sobre Shaula y los demás. Siguiendo al pie de la letra la estrategia pactada, Orestes descargó el Resplandor de Luz sobre tres de ellos, incinerándolos por completo. Aubin embistió otro par a velocidad súper lumínica, usando las alas para un doble corte a modo de cuchilla; tan breve fue el período de exposición, que llegó a ser alcanzado por el frío de Cocito. Entretanto, Aqua aferraba un tercer brazo al suelo con las siete cadenas del Sello del Rey, reformándolas una y otra vez según eran congeladas mientras Makoto golpeaba y retrocedía. Garland, sin un manto de oro protegiéndole, fue atrapado por tres enormes manos mientras se daba de golpes como un bruto gigante con otra, pero todo resultó ser una estratagema para arrastrarlas a todas a la nada más absoluta, gracias a la Tabla Rasa.
Haciendo gala de una coordinación perfecta, Ícaro y Triela fulminaron el último brazo, partiéndolo en dos. Tetis, Shaula y Arthur cargaron a través de ese nuevo camino.
De los restos de los brazos de oscuridad inutilizados, emergió otro, tan veloz como todos ellos. Pero Subaru y Mithos, siempre junto a Shaula, se habían preparado para la conocida estratagema y ya habían levantado el Rho Aias.
Era una barrera formidable, a la altura de aquella que pudo proteger a la santa de Escorpio y el recién renacido Campeón del Hades del poder del Caos.
—Incluso si ya no puedo alcanzarte —dijo Mithos—, ¡siempre te cuidaré, lady Shaula!
Palabras dulces y cálidas que en verdad no podían llegar a ella. Fría como el universo, llegó hasta su objetivo, al que en ningún momento había dejado de asaetear mediante haces carmesís. Las ropas del enemigo eran un sinfín de agujeros, y aunque no fluía la sangre por ellos, cuando Arthur liberó sobre él el Martillo de Dios, Caronte retrocedió. Tres pasos, hacia donde lo esperaba, erguido y bañado en sudor, Alcioneo. La magia que nacía de la hombrera derecha de la armadura esmeraldina actuó, anulando el manto de oscuridad que cubría a Caronte a modo de armadura.
Antes de que Tetis lo alcanzara con un doble corte en diagonal, Shaula pudo maravillarse con la visión de un cuerpo que ya no era invulnerable, pues lucía picoteado. Hydros y Thessis pasaron a través de esa piel herida, cortándola.
«Este es tu fin —decidió Shaula, omitiendo todo lo que pasaba alrededor. Los brazos de oscuridad alzándose y cayendo, Tetis tapándose una herida en el cuello… Todo.»
Nada existía más allá del regente de Plutón, vulnerable por primera vez, listo para morir. Shaula sintió que el manto de Escorpio vibraba hasta el punto de rotura en el momento en que manifestó a los ojos del enemigo los Siete Escorpiones de Isis.
—Incluso Ío de Júpiter, el más fuerte de vosotros, temía esta técnica. ¡Muere, monstruo!
Aunque los Colmillos de Cancerbero se cernieron enseguida sobre el cuello de Shaula, Arthur estaba listo, desviando las mortíferas manos del astral en el momento oportuno. Así, la santa de Escorpio pudo ejecutar los siete ataques en los hombros, el pecho, las piernas, el ombligo, la frente y el corazón, aislándolo por completo del mundo.
Entonces el manto de Escorpio empezó a caer, pedazo a pedazo. Aunque ya no tenía importancia. La mano de Shaula había alcanzado el corazón del enemigo.
—Es el momento —anunció Arthur—. Abrirá la Esfera de Plutón.
—¿De qué hablas? —rio Shaula—. Lo he matado.
Nadie había muerto. Incluso Tetis se había puesto de pie, con nada más que una mancha de piel gris en el cuello, por la zona que Caronte había desgarrado.
De pronto, una presión fría y terrible se apoderó de su brazo.
—¿El más fuerte de nosotros? —cuestionó el regente de Plutón, ladeando la cabeza. La mano de Shaula, el último de los Siete Escorpiones de Isis, fue golpeada por un sonido regular, familiar. Eran los latidos del corazón de Caronte, que no había sido atravesado, que jamás podría ser atravesado. Unos latidos que presagiaban la muerte, que eran la muerte, pues amenazaban con pulverizarle los huesos—. Respetaba mucho al comandante, aún lo respeto, mas él había sido rechazado por la Esfera de Júpiter. —En el lapso de tiempo infinitesimal que le tomó a Arthur sacarla de allí, mientras Tetis saltaba hacia el enemigo y Mithos y Subaru corrían en su auxilio, Caronte le hizo probar el verdadero dolor, desgarrándole el estómago mediante los Colmillos de Cancerbero. La hirió, a pesar de la Unidad de la Naturaleza, a pesar de que se había unido con el mundo entero—. Yo soy amado por la Esfera de Plutón. Nunca en toda su existencia tuvo un portador mejor para los dones divinos de Hades. Por eso jamás moriré. —Herida en lo más profundo de su alma, Shaula se dejó transportar por Arthur lejos. Aun así, pudo oír al regente de Plutón cuando dijo—: Menos contra un santo de Atenea. —Con un mero ademán rechazó el filo de Hydros y Thessis.
—Duele, duele, duele… —repetía Shaula, desesperada. A pesar de que Subaru ya había restaurado su manto de oro y las heridas causadas.
—¿Daño al alma? —preguntó Arthur.
—Sí —dijo Subaru—. Al igual que en la pelea contra Deríades de Flegetonte.
—Duele, duele, duele… —decía Shaula, mirando en todas direcciones—. ¡He fracasado, maldita sea! —dijo, golpeando el suelo con la mano libre. La otra estaba aferrada a la de Mithos, quien no decía nada—. Al menos Soma está bien, ¿verdad?
El santo de Libra no tenía tiempo para eso. Entendía que en el caso de Shaula, edad y poder no iban de la mano, pero no podía permitirse ser compasivo.
Caronte de Plutón había parecido vulnerable por varios minutos, desde el momento en que Triela de Sagitario le acertó un disparo mientras manifestaba el manto celestial. Hambre, el proyectil escogido por la Silente, lo había estado limitando todo ese tiempo. Sin embargo, después del intento de Shaula por aprovechar esa repentina vulnerabilidad, todo avance se había esfumado. Se arrancó, divertido, la flecha que mantuvo en su cabeza todo el tiempo y ahora la usaba para rechazar a Hydros y Thessis.
—¿Queréis que abra la Esfera de Plutón? —decía el astral, viendo a Tetis retroceder cada vez más—. ¡Está bien, os daré el gusto!
Aquello serían buenas noticias si Caronte no lo dijera sin dejar de sonreír.
—Juez —dijo Ofión, el único que se había unido a la línea de ataque para sustituir a Shaula—. Mientras tenía esa flecha en la cabeza, no solo estaba debilitado físicamente.
—¿Insistes en tu estrategia? —cuestionó Arthur.
—La mente es un lugar más —dijo Ofión, antes de llevarse una mano a la cabeza y caer de rodillas. Aqua de Cefeo se acercó a él enseguida tras un significativo intercambio de miradas con Makoto. Usando sus manos, se dispuso a masajear la cabeza del santo de Aries, no por primera vez, para mitigar el avance de la maldición que el astral había desatado sobre los pensamientos del santo de Aries—. Un lugar más.
Arthur era consciente del miedo creciente entre quienes protegía Tetis. Todavía más, podía percibir que sus compañeros, los que habían retado en varias ocasiones al astral, sobreviviendo a su ira y destruyendo sus brazos de oscuridad, lo temían.
En verdad no tenía tiempo para eso. No estaba en posición de ser humano, pues para asir el poder que trascendía incluso la Unidad de la Naturaleza, no se podía ser humano.
—Así que es cierto —dijo Garland—. Lo alcanzaste peleando contra esa cosa.
El santo de oro lo miraba con aire de saber más de lo que decía, mucho más.
—Sí —respondió Arthur—. Desperté el último sentido. Y pienso hacer uso de él.
Mientras la oscuridad amenazaba con rodearlos, Arthur invocó su poder.
Un poder que no era de oro, de plata o de bronce.
—Ángel de la Tercera Orden, Aubin de la Audacia, ¿me recibes?
—¿Quién…? —susurró Aubin, estremeciéndose. Un aluvión de imágenes llegó hasta el guerrero celestial. De Caronte de Plutón, indemne, del fuego que fluía bajo los pies de quienes Tetis creía estar protegiendo, de quien se estaba comunicando con él y lo que pensaba hacer—. Señor, necesitamos ayuda con urgencia. Esto es demasiado.
Se sintió un auténtico imbécil pidiendo ayuda a un ángel de la Primera Orden, con sus tres pares de alas. ¡Sin duda él estaría de parte de los Astra Planeta! Pero estaba desesperado. El regente de Plutón formaba a sus espaldas doce brazos de oscuridad.
Todos y cada uno se proyectaron sobre ellos, atraídos por el despertar cósmico del santo de Libra, cuyo manto dorado adquiría una impresionante transformación.
—Te equivocas, soy yo el que necesita tu ayuda.
—¿Qué podría querer de mí el Gran Espíritu Bhunivelze?
Una nueva visión lo golpeó de frente. La Esfera de Plutón, abriéndose y consumiéndolo todo en su oscuridad. El espacio en torno a ella formando más de cien distorsiones.
—Fin del juego —advirtió Caronte, con la flecha de Sagitario, Hambre, entre las dos cuchillas de la dama Tetis. La nereida había luchado bien, debía reconocerlo.
Pero él era mejor.
Alcioneo echó un vistazo hacia el Segundo Hombre y el ángel de la Nobleza, quienes asintieron, alzando sus cosmos. Demasiado tarde. El santo de Aries, luchando contra el dolor que quebraba su mente humana, formó en torno a Caronte una prisión de energía psíquica. Demasiado tarde. Can Mayor, Can Menor, Triángulo, Lince y otros muchos santos de bronce y de plata quisieron dar un paso al frente, inspirador para las sombras. Demasiado tarde. Todos esos gestos habían llegado demasiado tarde.
A él le bastó dar un paso y el río del infierno se elevó como la llamarada de un dragón, un dragón inmenso. Así vio al santo de Aries arder hasta las cenizas, pues ningún manto sagrado lo protegía. También cayeron todos los necios de bronce y de plata, desapareciendo con caras llenas de espanto y decepción. El siberiano, envuelto en un cosmos gélido, tuvo una fracción de segundo para profesarle todo su odio con la mirada antes de esfumarse de la faz de la existencia. El gigante pudo escapar de la muerte gracias a su armadura, pero Tetis ya no estaba para ayudarle, había ido corriendo hacia el otro lado, donde un grupo de guerreros sagrados de élite había quedado reducido a un bosquecillo de estatuas de cristal a Cero Absoluto. Mientras la hija de Nereo descubría que su hermana había muerto, el regente de Plutón desgarraba la garganta del gigante que intentaba en vano ahorcarlo con esas manecillas tan débiles.
Las sombras sobrevivieron a las llamas y se llevaron a su impotente líder, el Segundo Hombre, apoyándose en sus formidables armaduras y el ángel de la Nobleza, quien pudo protegerse con su única ala. Caronte, con el rostro manchado de sangre de gigante, dejó que huyeran lejos, hacia el punto en el que la Esfera de Plutón ya se estaba manifestando. Que murieran de asfixia mientras él se ocupaba de las grandes ligas.
Dejó que el gigante muriera de pie, con la flecha en su garganta. Le dio la espalda, sabiéndolo muerto, y degustó los sollozos de una diosa. ¡Cuán maravilloso manjar!
Todos habían sido congelados en su intento por destruir los brazos de oscuridad. Orestes y el ángel, Tauro y Sagitario, Mosca y Cefeo. La dama Tetis había logrado descongelar a su hermana, denotando que Poseidón había hecho mucho más que darle una bonita armadura. Pero el resultado era un cadáver. Sin cosmos, sin voluntad, sin vida. Cerca de las hermanas estaba el más grande de los necios, el santo de Mosca, con el dedo extendido hacia el frío del infierno. Había muerto creyendo que un simple mortal podía proteger a una criatura divina. Caronte le dedicó un gesto de asentimiento, a modo de respeto, para después destruir la estatua de una patada.
—Miserable —maldijo Tetis, alzando su magnífico cosmos.
—Cosas de la guerra, mi dama —se excusó Caronte, viendo con satisfacción las estatuas de Escorpio, Escudo y Reloj. Había hecho bien en cortar el lazo de la Unidad de la Naturaleza con los Colmillos de Cancerbero—. Bien, ¿cómo resolveremos esto?
Más rápida que la luz, Tetis descargó un doble corte, formando una cruz, con Hydros y Thessis. Esta vez no pudo cortarlo, por supuesto. No tenía la flecha en la cabeza.
«Qué estúpido fui al dejar que esas estúpidas acusaciones me afectaran…»
Él no era Fobos, había ido más allá de ser un simple hijo de Ares.
—¿Has estado jugando con nosotros todo este tiempo? —cuestionó Tetis.
—¿Quién no soñó alguna vez con jugar con una diosa? —sonrió Caronte, alzando los doce brazos de oscuridad, con el hielo más frío fluyendo bajo la superficie—. Aunque hubieseis reunido a todas las sombras y guerreros azules, a todos los santos de Atenea y a todos los marinos de Poseidón, el resultado habría sido el mismo. Soy superior. —Las doce zarpas se cernieron sobre la nereida, frenándola en seco. Sujetaron sus brazos y piernas, su cuerpo, su garganta, su cabeza—. Eso es todo. —Tuvo que presionar con gran fuerza, aun así, logró doblegar a la nereida hasta partirla por la cintura.
De la hermosa hija de Nereo y Doris, solo quedaron las dos mitades de una bella estatua. Nada tan agradable como oírla sollozar, pero seguía habiendo belleza en eso.
La satisfacción de vencer a un enemigo era incomparable.
«¿Lo es? —se preguntó Caronte.»
El cadáver de la hermana de Tetis seguía a la vista. También las estatuas de Tauro, Escorpio y Sagitario, de Escudo y Reloj. Su olfato aún estaba inundado por el olor de las cenizas de los muchos santos de Atenea que había matado.
«¿Los he matado? —se planteó Caronte—. ¿Dónde está Libra?»
No había ni rastro del más fuerte de los santos de oro, aunque el poder que estaba manifestando era más que suficiente para detener los doce brazos de oscuridad.
De pronto, alguien empezó a aplaudir.
—Bravo —dijo Aubin, cuya voz se extendía por todos lados—. ¡Bravo!
La costa del Jardín de las Hespérides, marcada por el fuego y el hielo, fue sustituida por un vacío interestelar delimitado por cuadrículas. La Otra Dimensión.
En el centro de aquel espacio entre espacios, estaban dos ángeles.
—¡Pudiste haberme avisado! —lamentó Noa.
—¿Dónde habría estado la gracia? —se excusó Aubin—. Ah, ni te molestes en buscar a nadie, un amigo nuestro los liberó mientras te regodeabas en tu victoria.
Lo primero que hizo Caronte fue comprobarlo, a través de sus sentidos y los brazos de oscuridad. No había rastro de ninguno de los miembros del ejército salvo el par de ángeles. Incluso el cadáver de la sombra de León Menor se había desvanecido.
Todo había sido una simple ilusión para distraerlo.
—Tu especialidad —aventuró Caronte—, ángel de la Audacia.
—No solo puedo engañar a los cinco sentidos, voy más allá de eso —celebró Aubin—. Aunque he de admitir que tuve un poco de ayuda extra.
—¿Ha valido la pena? —dijo Caronte, retrayendo los brazos de oscuridad, haciendo crujir sesenta zarpas demoníacas que pronto verían saciada su sed de sangre—. ¿Quedarte aquí a morir para salvar a un puñado de condenados?
—Pues la verdad es que hay un par que me caen bien —dijo Aubin antes de señalarle con el dedo—, mas es por eso por lo que me animé a hacer este espectáculo. Sí, por convertir esa sonrisa condescendiente en una expresión de enfado, sin duda ha valido la pena cada maldito segundo que dediqué crear esa ilusión. —Extasiado, el ángel de la Audacia rio—. ¡Una ilusión que saboreaste sin pena porque eres un sádico hijo de…!
—Este, ¿Aubin? —le interrumpió Noa—. ¿Estás seguro de que quieres enfadarlo más?
—Continuad, por favor —sonrió Caronte—. No es como si fuera a ser más delicado al desplumar a un par de pájaros descarriados porque aprendan a piar con respeto.
Esperó un segundo a que cualquiera de los guerreros celestiales dijese algo. Luego atacó, con los doce brazos a la vez. Los ángeles del Olimpo, como era de esperar, salieron corriendo a toda velocidad, más rápidos que el relámpago.
Entretanto, los extraordinarios sentidos de Caronte percibieron algo más allá de la Otra Dimensión. Había otras ciento dieciocho distorsiones en el tejido tridimensional como aquella, todas superpuestas unas sobre otras, en medio de la zona en que se estaba manifestando la Esfera de Plutón. Un total de ciento diecinueve portales hacia el espacio entre espacios que se acercaban entre sí, tratando de confrontar los dominios de un miembro de los Astra Planeta. Solo la fricción entre unas distorsiones y otras ya generaba un calor desproporcionado, semejante al de los soles al morir. Y el origen de aquel fenómeno era, cómo no, uno de los santos de oro de Atenea.
—¡Que la Última Explosión de Galaxias acabe contigo! —sentenció Kanon de Géminis, cuya voz reverberaba a través de ciento diecinueve dimensiones.
Enseguida lo reconoció como uno de los responsables de sellarlo. También pudo localizar el punto exacto desde donde ardía su cosmos. Desvió los brazos de oscuridad, permitiendo que el par de ángeles escapase. Eran una presa insignificante en comparación con Kanon de Géminis, sobre todo si este aún podía despertar el manto celestial. Las zarpas demoníacas tardaron poco en llegar hasta donde estaba, pero no pudieron siquiera rozarlo, porque él había previsto lo que haría Caronte.
Había calculado a conciencia el tiempo que necesitaba para rescatar a sus camaradas y preparar esa tremenda técnica sin poner en riesgo su vida. No fue un proceso de dominó: las diecinueve distorsiones explosionaron a la vez.
La Última Explosión de Galaxias lo incineró todo a cuatro mil millones de grados.
xxx
En el más alto piso de la Torre de Babel había una única estancia, aunque referirse a ella como tal era tan desacertado como considerar tan titánica construcción como una torre, a pesar de su estructura. Tan inmenso era el salón, que ni el techo, ni las paredes podían llegar a ser vistas por el ojo común desde su centro, a lo que no ayudaba la abrasadora luminosidad que lo inundaba todo desde los doce inmensos ventanales.
Solo había una mancha en aquel blanco impoluto, cerca del trono que alguna vez ocupó una mujer, diosa autoproclamada. Titania de Urano daba la espalda al asiento, más interesada en la sangre que había en el suelo.
—Aquí empezó todo, Tritos. Aquí debe acabar.
—¿Tú puedes sentir cuando estoy aquí? —preguntó el regente de Neptuno, apareciendo—. Caronte no puede.
—Te matará si descubre que lo estás espiando.
—Con esa sonrisa que pone cuando pelea, lo veo muy capaz. Sí, justo esa sonrisa que tienes ahora, así debe ser como sonríen los demonios.
Claro que en opinión de cualquier hombre sensato, Titania aparentaba ser todo lo contrario a un demonio. El nuevo cuerpo que había construido para sustituir el que ella misma destruyó era el habitual. Belleza impoluta, ojos brillantes de determinación y largos cabellos azules derramándose sobre el cielo estrellado que era su vestido. Era como si de cada hebra de pelo estuviesen cayendo estrellas. Era la regente de Urano, la guardiana del espacio, de todas las dimensiones, con una expresión inmutable muy propia de ella. La resolución de los héroes de antaño brillaba en los ojos ambarinos que heredó de su padre, Hashmal de Leo, también conocido como Ío de Júpiter.
«De la madre le vino la sonrisa y la parte de tener un poder aterrador, supongo. ¿De dónde habrá venido el pelo? ¿Del regente de Saturno?»
—Gracias —dijo Titania—, por ocuparte de ese inconveniente.
—Oh, ¿Aquel que se desliza en la oscuridad? No fue nada —mintió Tritos. Ese enfrentamiento le iba a dejar jaqueca por unos cuantos siglos, si no es que milenios. Le había costado mucho contenerse de hundir el Argo Navis Negro cuando aquellos desagradecidos se empeñaron en impedirle hacer su trabajo—. Parece que estamos solos los tres. Titán no cuenta —se defendió Tritos ante una de esas intensas miradas que echaba Titania—. Dafne dejó pasar a los santos y sus aliados, lo más probable es que Narciso les esté ayudando y que yo sepa no hay regentes de Marte y Mercurio aún. —Se cuidó de mencionar que tampoco habría regente de Júpiter por el momento.
—Subestiman el peligro que supone el regreso del Hijo —aseguró Titania—. No tiene importancia, pues nosotros nos bastamos para detenerlos. Eliminaré a los santos de bronce mientras mi hermano se entretiene aplastando unas cuantas moscas.
—Vaya que se lo está pasando bien —sonrió Tritos, que veía al muy bruto sacándose al fin la flecha de la cabeza. Había pensado que Caronte desconocía que el proyectil estaba absorbiendo sus fuerzas, por esa tendencia tan preocupante de sobrestimar su inmortalidad. Ahora no las tenía todas consigo, veía a su compañero muy capaz de aceptar ese hándicap para darle sabor a la cacería—. Estoy un poco molesto, ¿sabes? Porque esos cuatro aparecieran sin más después de todo el tiempo que estuvimos buscándoles. ¡No me mires con esa cara, que yo también participé en la búsqueda!
Titania ladeó la cabeza.
—¿Se supone que mi expresión ha cambiado?
—La verdad es que no, eso es lo malo. No sé qué esperar de ti ahora mismo.
—Léeme la mente.
—Eres igual que tu hermano, siempre pensando mal de mí, incluso cuando estoy aquí por el único y nada conveniente motivo de echaros una mano.
Una vez más, Titania formó esa suave sonrisa de demonio.
—Soy igual que él, ¿eh?
—Igual de despiadada —asintió Tritos—. ¿Estás segura de que no podemos ahorrarnos esta batalla predestinada? Los del barco saben cómo matarnos. Si Pegaso y los demás se reúnen con ellos podemos darnos por muertos.
Si aquella advertencia pudo haber hecho repensar las cosas a Titania, Tritos no lo supo jamás, porque justo entonces el cuarteto de santos decidió aparecer en el salón.
—¿Estos son nuestros enemigos? —cuestionó Ikki, cubierto por las llamas del Fénix.
—A mí no me mires —dijo Tritos enseguida, apartándose—. No pelearé.
Aquello sorprendió a Shiryu. Podía sentir un cierto temor en las palabras del astral.
—Vosotros los Astra Planeta os afamáis de ser inmortales —acusó el santo de Dragón—. ¿Es distinto en tu caso?
—Bueno, nunca me he muerto. Eso es cierto —contestó Tritos, despreocupado.
Mientras Tritos retrocedía, Titania se acercó al cuarteto. No pudieron escuchar los pasos de la mujer, aunque sí que oyeron los ecos de la eternidad. Sintieron la magnitud del infinito sobre sus hombros, como si estuvieran padeciendo el castigo de Atlas.
—Os he buscado durante media jornada y ahora estáis aquí sin más —decía Titania. Miraba a los santos de bronce, pero era a Tritos a quien se dirigía.
El regente de Neptuno, que por alguna razón había cerrado los ojos, asintió.
—La Otra Dimensión. El santo de Géminis se los ha llevado a todos. Caronte estará echando humo por las orejas en cuanto deje de descuartizar ilusiones. ¿Los makhai echan humo por las orejas? —divagó el astral, más bien nerviosos.
Fue evidente aun para los santos que lo sucedido, fuera lo que fuese, había disgustado a Titania, aunque no demasiado.
—Vuestros compañeros fueron a luchar contra mi hermano, Caronte —decidió explicar la astral—. Estaban a punto de morir, mas uno de los vuestros lo impidió llevándoselos a algún lugar al que ni yo misma puedo acceder. Eso no deja lugar a dudas: uno de los Astra Planeta los ha ayudado, sin duda el mismo que os ha mantenido lejos de mi alcance. Narciso de Venus, el amo de esta torre. Se ha tomado muchas molestias para protegeros para ser unos completos extraños, huérfanos de la diosa —observó la regente de Urano, haciendo especial énfasis en las últimas palabras.
Shiryu, Hyoga y Seiya intercambiaron miradas llenas de preocupación. Ikki gruñó, dispuesto a ser el primero en atacar, pero alguien se le adelantó.
—Somos santos de Atenea, no vamos a arrodillarnos ni ante el Hijo ni ante el Olimpo —afirmó Seiya—. Kanon os lo dijo al principio y te lo digo yo ahora. ¡Sácate la cera de los oídos, hermana perdida de Astrea, y escucha que te lo voy a repetir de nuevo! Solo a una servimos entre los inmortales, estamos hartos de que uséis como excusa el hecho de que un dios que ni nombre parece tener podría habernos liberado la maldición para que hagamos lo que quiere, para así atormentar a gusto a toda la humanidad. ¡Si era con nosotros el problema, bien pudimos resolverlo hace trece años, de tú a tú! Ahora muchos han muerto, entre los míos y los tuyos, y no hay marcha atrás. Pienso darle una paliza a tu compañero, Caronte de Plutón, y a ti también si te interpones. —Apretó los puños, puños de bronce bendecidos por la sangre de una diosa olímpica.
Cualquier broma que Tritos tuviera preparada para el momento, la tuvo que callar al percibir un sutil movimiento de la regente de Urano, cuyos ojos parecieron brillar como relámpagos al dirigirse hacia el santo de Pegaso.
—Con vuestra muerte habría quedado saldada la deuda entre el Santuario y los Astra Planeta. Mas ha sido el Santuario el que buscó la guerra contra uno de nosotros, incluso después de que Poseidón lo exiliara de la Tierra para siempre. Ya ves, santo de Pegaso, que en verdad no hay marcha atrás. La guerra es inevitable. Y tu destrucción.
—Disfrutáis viéndonos desde arriba como si fuerais dioses —acusó Ikki—. Eso acabará hoy. Nos hemos cansado de vuestros discursos sobre el bien mayor que defendéis.
—Todos los discursos de la humanidad hablan de un bien mayor que todos los hombres desconocen —replicó Titania, gélida.
El cuarteto se preparó para la batalla. Tritos abrió grandemente los ojos y la boca, asombrado. El milagro de Elíseos era algo en verdad terrible.
«Más te vale que invoques ya el alba de Urano —pensó el regente de Neptuno.»
—Vuestro reinado acaba aquí —afirmó Shiryu, fiero como el legendario dragón.
—Incluso si no nos importa la guerra entre el Olimpo y el Hijo, incluso si lo único que queremos es impedir que la voluntariedad divina siga atormentando a la humanidad. ¡No permitiremos que sigáis escondiendo los crímenes de ese monstruo como justicia! —clamó Hyoga, mensajero del frío más intenso.
—¿Qué sabrán los humanos de la justicia? —cuestionó Titania.
—¡Deja de subestimarnos! —dijo Seiya, adelantándose a sus compañeros envuelto en un halo de prístino cosmos—. ¡No subestimes a los humanos!
Cuatrocientos mil millones de Meteoros cayeron sobre Titania, evocando las estrellas de la Vía Láctea. Entre ese sinfín de luces, el Dragón del Monte Lu, las Alas del Fénix y la Ejecución de la Aurora volaron con endiablada velocidad y belleza sin par. El salón, si no es que la torre entera, tembló como si estuviera a punto de derrumbarse.
—¿Que no subestime a los humanos?
La mano de Titania estaba extendida hacia el frente, sin una sola herida.
—Imposible. ¡Quiero decir, increíble! —Tritos alzó los pulgares, a la vez que rumiaba para sí lo imposible de ese evento. El milagro de Elíseos era el poder de unos jóvenes bendecidos por Atenea. Existía una brecha considerable entre estos y los Astra Planeta, marcada sobre todo por el conocimiento y la experiencia, pero sin abrir la Esfera del Espacio y las Dimensiones y sin vestir el alba de Urano, Titania no podría frenar el poder de no solo uno, sino cuatro santos de Atenea envestidos por mantos celestiales. A no ser que el nuevo cuerpo de Titania estuviera enmascarando el alba de Urano.
Entrecerrando los ojos, examinó el estado de su amiga. Sin cortes, sin golpes. Ni el fuego, ni el hielo la habían alcanzado. Sonrió, entendiendo lo que había pasado.
Mientras él se valía de la delgada línea que separaba ilusión y realidad, así como Caronte abusaba sin la menor vergüenza de su naturaleza inmortal, Titania tenía su propio as bajo la manga. Ella vestía el infinito y la eternidad, ella señoreaba todas las dimensiones. Por tanto, si le apetecía, la distancia entre su cuerpo y cualquier ataque que fuera a recibir podía tornarse tan vasta como el universo entero.
No tenía el poder para pelear con esos cuatro, por ahora, pero bien podría ver desde lejos cómo se agotaban sin poder siquiera llegar a rozarla.
—Sois vosotros quienes deberíais dejar de sobreestimaros —sentenció la regente de Urano, alzando a aquella mano sin mácula, que ni tan siquiera temblaba.
Hyoga, Ikki y Shiryu se alistaron para atacar, pero Seiya les indicó que no lo hicieran.
—Aquí hay algo raro —dijo el santo de Pegaso—. Actuad a mi señal.
Saltándose su propio consejo, Seiya volvió al ataque. Las alas de Pegaso, extendidas, lo propulsaron a increíble velocidad, de modo que pudo ejecutar de nuevo los Meteoros en lo que una energía descomunal se formaba en la mano de la regente de Urano.
La debacle cósmica resultante del entrechocar de poderes no tardó en escapar de los dedos de la astral, antes de lo cual ya había alcanzado una temperatura tan extrema como para consumir todo el oxígeno. Era la fuerza combinada de un santo de Atenea que hacía arder su cosmos hasta el infinito y de una mujer que andaba siempre en ese estado inhumano, trascendente. Nada podía contenerla. Como una ola de destrucción, aquel poder sin límites se extendió barriéndolo. Él, Titania e incluso los santos de Cisne, Fénix y Dragón, que no podían estarse quietos, fueron consumidos de inmediato.
Tritos estaba convencido de que la destrucción se habría extendido a lo largo de la torre entera si no hubiese interpuesto inmensas murallas de consistencia cristalina alrededor del cataclismo. En el interior de la barrera solo quedó el vacío.
Espacio, tiempo y materia habían sido aniquiladas por completo.
«Oh, dioses —rezaba el astral, advirtiendo la audaz estrategia de Titania. Había destruido una porción de espacio-tiempo con el fin de arrojar a los santos fuera del dominio de Narciso—. De verdad que mis únicos amigos son un par de demonios.»
Un par de demonios a los que apreciaba, pero un par de demonios al fin y al cabo.
