Buenas aquí les dejo una adaptación de un libro que me gusto, los personajes de inuyasha no me pertenecen si no a "Rumiko" ni la historia ni los personajes del libro sino a "Shelby" espero que les guste

Asesino de brujas

Libro 1

La bruja blanca

(poco a poco, el pájaro construye su nido)

Cap.28

Monsieur Bernard

Kag

Al día siguiente, el festival de San Nicolás estalló a nuestro alrededor mientras nos dirigíamos a la tienda de pan. Inuyasha me había comprado otra capa: esta vez roja, no blanca. Apropiada. Me negaba a que lo ocurrido en la herrería envenenara mi buen humor. Sonriendo, miré a Inuyasha y recordé la sensación de la nieve sobre mi piel desnuda. El viento gélido en mi cabello.

El resto de la noche había sido igual de memorable. A petición mía, él había accedido a quedarse conmigo en el ático y había aprovechado al máximo mi última noche allí. No regresaría al Soleil et Lune.

Había encontrado un nuevo hogar.

Y la forma en que ahora se lamía el glaseado de los dedos… Mi estómago se contrajo placenteramente.

Clavó sus ojos en los míos, curvando las comisuras.

- ¿Por qué me miras así?

Alzando una ceja, acerqué su índice a mi boca y lamí el resto del glaseado lentamente, a propósito. Esperaba que mirara alrededor, con las mejillas sonrojadas y mandíbula tensa, pero permaneció inmutable. De hecho, tuvo las agallas de reírse.

-Es insaciable, madame Diggory.

Satisfecha, me puse de puntillas para depositar un beso en su nariz… luego, la golpeé despacio con mi dedo por si acaso.

-No sabes ni la mitad. Aún tengo mucho que enseñarte, chass.

Sonrió ante la expresión de cariño, presionando mis dedos contra sus labios antes de sujetar con firmeza mi brazo debajo del suyo.

-Realmente eres una pagana.

- ¿Una qué?

Sus mejillas ardieron y apartó la vista, avergonzado.

-Solía llamarte así. En mi mente.

Me reí fuerte, ajena a los transeúntes.

- ¿Por qué no me sorprende? Por supuesto que no me llamabas por, ya sabes, mi nombre

- ¡Tú tampoco me llamabas por mi nombre!

- ¡Porque eres presumido! -La brisa hizo volar un folleto enlodado de las hermanas Olde. Lo pise con mi bota, aun riendo-. Vamos. Debemos apresurarnos si queremos llegar a tiempo al espectáculo especial para el arzobis… -Centró su mirada en algo a mis espaldas y la palabra murió en mi garganta. Me giré, seguí su mirada y vi a madame Izayoi avanzando con determinación hacia nosotros.

-Mierda.

Me miró preocupado.

-No hables así.

-Sinceramente, dudo que los insultos la ofendan. Es una madama. Créeme, ha visto y oído cosas peores.

Llevaba puesto un vestido que resaltaba el azul magnífico de sus ojos y había recogido su cabello con una peineta perlada.

Una sensación molesta zumbó en la parte posterior de mi cráneo al verla. Como una comezón que no podía rascarme.

- ¡Kagome, cariño! Qué maravilloso verte de nuevo. -Sujetó mi mano libre entre la suyas-. Esperaba cruzarme contigo…

Hizo un silencio abrupto al ver el anillo con madreperla que tenía en mi dedo. Sujeté más fuerte el brazo de Inuyasha. El movimiento no pasó desapercibido.

Ella miró el anillo, luego nos observó a los dos y abrió la boca mientras miraba a Inuyasha. Él se movió en su lugar bajo el escrutinio, evidentemente incómodo.

- ¿Podemos ayudarla, madame?

-Capitán Inuyasha Diggory. -Hablaba despacio, como si saboreara las palabras. Tenía los ojos encendidos de asombro-. Creo que no nos han presentado formalmente. Soy madame Helene Izayoi.

Él la fulminó con la mirada.

-La recuerdo, madame. Intentó comprar a mi esposa para su burdel.

Ella lo miraba cautivada, parecía no notar la hostilidad de Inuyasha.

-Su apellido significa "perdido", ¿Verdad?

Los miré, el zumbido en mi nuca era más fuerte. Más insistente. Era una pregunta extraña e inesperada. Inuyasha no parecía saber con certeza cómo responderla.

-Eso creo -balbuceó finalmente.

- ¿Qué quiere, madame? -pregunté con desconfianza. Todo lo que sabía sobre esa mujer me advertía de que no estaba allí para tener una conversación amable.

La mirada de madame Izayoi se volvió desesperada al mirarme a los ojos…

- ¿Es un buen hombre, Kag? ¿Es amable?

Inuyasha se puso tenso ante aquella pregunta personal y ofensiva, y el zumbido en mi cabeza tomó forma. Los miré a los dos y noté sus rasgos del rostro similares especialmente sus miradas.

Joder.

Mi corazón se detuvo. Miré a Inuyasha lo suficiente como para reconocerlo en el rostro de otra persona. Madame Izayoi era la madre de Inuyasha.

-Lo es. -Mi susurro apenas era audible por encima del ruido del mercado… por encima de mi propio corazón descontrolado.

Ella exhaló y cerró sus ojos delatores con alivio. Luego los abrió; de pronto, eran alarmante intensos.

-Pero ¿te conoce, Kag? ¿Te conoce de verdad?

Mi sangre se convirtió en hielo. Si madame Izayoi no tenía cuidado, las dos pronto estaríamos teniendo una conversación muy distinta. Sostuve su mirada con cautela, articulando una advertencia silenciosa.

-No sé de qué se refiere.

Ella entrecerró los ojos.

-Ya veo.

Incapaz de evitarlo, miré a Inuyasha. Su rostro había pasado de confundido a irritado. A juzgar por la tensión en su mandíbula, no le gustaba que habláramos del con él presente. Abrió la boca para preguntar qué narices pasaba, pero lo interrumpí.

-Vámonos, Inuyasha. -Miré por última vez a madame Izayoi con desdén antes de darme la vuelta, pero ella extendió la mano y sujetó la mía, en la que tenía el anillo de Midoriko.

-Úsalo siempre, Kag, pero no permitas que ella lo vea. -Me moví para apartarme, alarmada, pero el amarre de la mujer parecía de acero-. Está en la ciudad.

Inuyasha avanzó apretando los puños.

-Suéltela, madame.

Ella me sujetó más. Antes de que pudiera reaccionar, Inuyasha apartó sus dedos a la fuerza. Ella hizo una mueca, pero continuó mientras Inuyasha me guiaba por la calle.

- ¡No te lo quites! -El pánico en sus ojos brillaban con claridad mientras su voz desaparecía-. Hagas lo que hagas, ¡no permitas que ella lo vea!

- ¿Qué porras ha sido eso? -Gruñó Inuyasha, sujetando mi brazo más fuerte de la necesario.

No respondí. No podía. Mi mente aún pensaba en la arremetida de madame Izayoi, pero un estallido repentino atravesó la nebulosa de mis pensamientos. Madame Izayoi era una bruja. Tenía que serlo. Su interés en el anillo de Midoriko, su conocimiento sobre los poderes de la joya, sobre mi madre, sobre mí… no había otra explicación.

Pero la revelación trajo más preguntas que respuestas. No podía centrar la atención en ellas: no podía centrarme en nada más que en el miedo crudo y debilitador que subía por mi garganta, el sudor frío que cubría mi piel. Miré con rapidez alrededor y un temblor involuntario recorrió mi cuerpo. Inuyasha decía algo, pero no lo escuchaba. Un zumbido sordo había aparecido en mis oídos.

Mi madre estaba en la ciudad.

-:-

El festival de San Nicolás perdió su encanto durante el regreso a la Torre de los Chasseurs. Los pinos parecían menos bonitos. La fogata ardía con menos brillo. Incluso la comida había perdido atractivo, el hedor a pescado volvió para asfixiarme.

Inuyasha me bombardeó a preguntas. Cuando comprendió que no tenía respuestas, guardó silencio. No lograba reunir fuerzas para disculparme. Lo único que podía hacer era ocultar mis dedos temblorosos, pero sabía que él, de todos modos, los veía.

Ella no te ha encontrado.

No te encontrará.

Repetí el mantra una y otra vez, pero no ayudaba mucho. Saint-Cécile apareció ante nosotros y suspiré aliviada. De inmediato, el suspiro se convirtió en un grito cuando vi algo inesperado moverse en el callejón.

Inuyasha me acercó a él y relajó el rostro un segundo después. Exhaló exasperado.

-Tranquila. Es solo un mendigo. Pero no era solo un mendigo. El entumecimiento corrió por mis extremidades cuando miré con atención… y reconocí el rostro, los ojos lechosos que me miraban desde las sombras.

Monsieur Bernard.

Estaba agazapado en un cubo de basura con trozos de lo que parecía un animal muerto colgando de su boca. Su piel, antes humedecida por su propia sangre, se había oscurecido hasta alcanzar un negro absoluto, y las líneas de su cuerpo parecían borrosas. Difuminadas. Como si se hubiera convertido en una sombra viva.

-Dios mío -Susurré.

Inuyasha abrió los ojos de par en par. Me empujó detrás de él y extrajo el Balisarda de la bandolera que llevaba debajo de la chaqueta.

-Quédate detrás…

- ¡No! -Pasé por debajo de su brazo y me coloqué frente a su cuchillo-. ¡Déjalo en paz! ¡No está haciendo daño a nadie!

-Míralo, Kag…

- ¡Es inofensivo! Sujeté su brazo-. ¡No lo toques!

-No podemos dejarlo aquí…

-Déjame hablar con él -supliqué-. Quizás vuelva a la Torre conmigo. Yo… siempre lo visitaba en la enfermería. Tal vez me escuche.

Inuyasha nos miró a los dos, ansioso. Adoptó una expresión severa.

-Quédate cerca. Si hace un movimiento para hacerte daño, te pones detrás de mí. ¿Entendido?

Habría puesto los ojos en blanco de no haber estado tan aterrada.

-Puedo defenderme sola, Inuyasha.

Él sujetó mi mano y la aplastó contra su pecho.

-Tengo una daga que atraviesa la magia. ¿Entendido?

Tragué con dificultad y asentí.

Bernie observó cómo nos acercábamos con sus ojos completamente vacíos.

- ¿Bernie? -Sonreí alentadora, consiente del cuchillo de Hiten en mi bota-. Bernie, ¿me recuerdas?

Nada.

Extendí la mano hacia él y algo centelleó en sus ojos cuando mis dedos rozaron su piel. Sin advertencia, cruzó el cubo de basura hacia mí. Grité y tropecé hacia atrás, pero él sostuvo mi mano como un grillete de acero. Una sonrisa aterradora apareció en su rostro.

-Te encontré, cariño.

El miedo puro y auténtico recorrió mi columna. Me paralizó.

Te encontré cariño… cariño… cariño…

Inuyasha tiró de mí hacia atrás con un rugido y retorció la muñeca de Bernie con una fuerza brutal. Él abrió sus dedos ennegrecidos y logré apartar la mano. En cuanto nuestro contacto cesó, Bernie cayó al suelo, inerte como una marioneta sin cuerdas.

Inuyasha lo apuñaló.

Cuando el Balisarda atravesó su pecho, las sombras que cubrían su piel desaparecieron y dejaron expuesto al verdadero Monsieur Bernard por primera vez.

La bilis subió por mi garganta mientras observaba su piel delgada como un pergamino, su cabello blanco, las líneas de expresión alrededor de su boca. Solo sus ojos lechosos permanecieron iguales. Ciegos. Gritó y se ahogó mientras la sangre roja, limpia y pura, brotaba de su pecho. Caí de rodillas a su lado y tomé sus manos entre las mías. las lágrimas caían por mi rostro.

-Lo siento mucho, Bernie.

Me miró por última vez. Y luego, cerró los ojos.

-:-

Los carros cubiertos de las hermanas Olde estaban reunidos fuera de la iglesia, pero apenas los veía. Moviéndome como en el cuerpo de otro, flotaba en silencio entre la multitud.

Bernie estaba muerto. Peor: mi madre lo había hechizado.

Te encontré, cariñó.

Las palabras resonaban en mis pensamientos. Una y otra vez. Inconfundibles.

Temblé al recordar la forma que Bernie había cobrado vida ante mi tacto. El modo en que me había observado con tanta atención en la enfermería. Como una tonta, había pensado que quería poner fin a su dolor intentando saltar por la ventana de la enfermería. Pero su fuga… la advertencia de madame Izayoi…

La sincronía no podía ser casualidad. Él había intentado ir con mi madre.

Inuyasha no dijo nada mientras caminábamos hasta nuestro cuarto.

La muerte de Bernie también parecía haberlo afectado. Su piel dorada se había vuelto cenicienta y sus manos temblaban levemente cuando abrió la puerta de la habitación. La muerte. Me seguía a todas partes, tocando a todos y todo lo que me importaba, parecía imposible escapar de ella. Imposible esconderse. La pesadilla nunca terminaría.

Cuando cerró con firmeza la puerta al entrar, me quité la capa y el vestido ensangrentado y lancé el cuchillo de Hiten sobre el escritorio. Estaba desesperada por quitar todo recuerdo de sangre de mi piel. De todos modos, el cuchillo no me protegería. No de ella. Me puse un vestido limpio, intentando en vano ocultar mis dedos temblorosos. Inuyasha presionaba los labios mientras me observaba y supe por el silencio tenso entre los dos que no me daría respiro alguno.

¿Qué? -Me hundí en la cama, el cansancio venció todo vestigio de orgullo.

Él no suavizó la mirada. No esta vez.

-Escondes algo.

Pero no tenía energía para esa conversación. No después de madame Izayoi y Bernie. No después del descubrimiento paralizador de que mi madre sabía dónde estaba.

Apoyé la cabeza en mi almohada, con los párpados pesados.

-Claro que sí. Ya te lo dije en el ático del Soleil et Lune.

- ¿A qué se refería mándame Izayoi cuando preguntó si te conocía de verdad?

- ¿Quién sabe? -Me incorporé y ofrecí una sonrisa débil-. Sin duda está loca.

Entrecerró los ojos y señaló el anillo de Midoriko en mi dedo.

-Habló de tu anillo. ¿Ella te lo dio?

-No lo sé -susurré.

Deslizó la mano por su cabello, era evidente que estaba cada vez más enfadado.

- ¿Quién vendrá a buscarte?

-Inuyasha, por favor…

- ¿Estás en peligro?

-No quiero hablar de…

Él golpeo el escritorio con el puño y una de las patas se rompió.

- ¡Dímelo, Kagome!

Me aparté de él por instinto. Su furia se fracturó ante aquel movimiento ínfimo y cayó de rodillas delante de mí, sus ojos ardían con una emoción silenciosa: con miedo. Sujetó mis manos como si su vida dependiera de ello.

-No puedo protegerte si no me lo permites -suplicó-. Sea lo que sea que te aterre, puedes contármelo. ¿Es tu madre? ¿Te busca?

No pude evitar que las lágrimas cayeran por mis mejillas. Un miedo mayor que cualquier otro que hubiera experimentado se apoderó de mí mientras lo miraba. Debía contarle la verdad. Era momento de hacerlo.

Si mi madre sabía que yo estaba allí, Inuyasha también corría peligro. Tsubaki no dudaría en matar a un Chasseur, en especial si él se interponía entre ella y su premio. Él no podía ir a ciegas. Debía estar preparado.

Despacio… asentí.

Su expresión se oscureció ante la confesión sostuvo mis mejillas con ambas manos y limpió mis lágrimas con una ternura discordante con la ferocidad de su mirada.

-No permitiré que te haga daño de nuevo, Kag. Te protegeré. Todo irá bien.

Sacudí la cabeza. Ahora, las lágrimas caían más rápido.

-Necesito decirte algo. -Sentí un nudo en la garganta, como si mi propio cuerpo se revelara contra lo estaba a punto de hacer. Como si supiera qué destino me esperaba si las palabras escapaban. Tragué con dificultad y me obligué a decirlas antes de cambiar de opinión-. La verdad es que…

Abrieron la puerta con brusquedad y para mi sorpresa, el arzobispo entró.

Inuyasha se puso de pie y realizó una reverencia. Con sorpresa y… cautela.

- ¿Señor?

El arzobispo clavó la mirada entre los dos, feroz y decidida.

-Acaban de enviar un informe de la guardia real, Inuyasha. Hay cientos de mujeres reunidas en el exterior del castillo y el rey Inu no está nervioso. Apresúrate a disiparlas. Lleva contigo a todos los Chasseurs que puedas.

Inuyasha vaciló.

- ¿Alguien ha confirmado la presencia de magia, señor?

Las fosas nasales del arzobispo de movían furiosas.

- ¿Sugieres que esperemos para descubrirlo?

Inuyasha me miró, en conflicto, pero tragué con dificultad y asentí.

Las palabras que no había dicho se congelaron en mi garganta, ahogándome.

-Ve.

Inclinó el cuerpo para apretar rápido mi mano.

-Lo siento. Enviaré a Hojo hasta que regrese…

-No es necesario -dijo el arzobispo cortante-. Yo me quedaré con ella.

Nos giramos al unísono para mirarlo boquiabiertos.

-Usted… ¿Usted señor?

-Tengo un asunto urgente que hablar con ella.

La mano de Inuyasha permaneció en mi rodilla temblorosa.

-Señor, si me lo permite: ¿podría posponer la conversación?

Ha tenido un día muy difícil y aún está recuperándose de…

El arzobispo lo atravesó con una mirada fulminante.

-No, no puedo. Y mientras permaneces ahí de rodillas discutiendo conmigo, hay personas que podrían estar muriendo. Tu rey podría estar muriendo.

Inuyasha adoptó una expresión severa.

-Si, señor. -con la mandíbula tensa, soltó mi mano y depositó un beso rápido en mi frente-. Hablaremos después. Lo prometo.

Con un mal presentimiento, lo observé caminar hacia la puerta.

Él se detuvo en la salida y me miró.

-Te quiero, Kag.

Luego, se marchó.

Continuara….

Pd: gracias por sus comentarios xD

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