Nota de la autora:

¡En este día han pasado muchas cosas! Espero que disfrutéis de uno más largo :)

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El séptimo día transcurrió como el anterior. Hermione entró en la cocina y vio la pizarra en la que Malfoy había actualizado su progreso a 2, pero en lugar de investigar en su habitación todo el día, trasladó sus libros a la mesa de la cocina.

Él se unió a ella de forma intermitente a lo largo del día, leyendo un poco y tomando algunas notas, pero ella se dio cuenta de que no había encontrado nada prometedor. En un momento dado, le cogió la mano izquierda, que estaba sobre la mesa, y le puso su mano derecha encima. Ella levantó la palma para acomodársela y permanecieron sentados durante varios minutos, mientras él le pasaba distraídamente el pulgar por los nudillos. Ella agradeció su iniciativa y observó con agrado lo cómodo que resultaba que ninguno de los dos tuviera que renunciar al uso de la mano dominante para mantener el contacto.

Cuando él se levantó, le apretó ligeramente los dedos antes de soltárselos y luego dejó caer una mano sobre su hombro al pasar.

Se quedó mirando la página después de que él saliera de la habitación, considerando aquel pequeño roce. Era algo diferente, pero desde luego no más íntimo que él tocándole la pierna. Se movió ligeramente en la silla. Aun así, era bueno que él estuviera dispuesto a ampliar los límites, aunque le hubiera parecido más amistoso que otra cosa.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por un fuerte golpe procedente del piso superior. Miró al techo y arrugó la frente, confundida, mientras el ruido continuaba, un golpeteo decididamente rítmico. Supuso que estaba relacionado de algún modo con la visita de los Malfoy a la casa, pero no se imaginaba qué podía estar haciendo para causar semejante alboroto. Justo cuando estaba a punto de levantarse para investigar, el ruido cesó. Esperó unos instantes más, pero todo quedó en silencio.

Encogiéndose de hombros, volvió a centrarse en su libro. Esta historia era un estudio de caso sobre la experiencia de una pareja con una ley matrimonial instituida en la Suiza del siglo XVIII, pero Hermione tenía la sensación de que la traducción era...

Levantó la vista cuando el ruido empezó de nuevo.

¿Qué demonios estaba haciendo?

Miró el reloj que había encima de la estufa y vio que el golpeteo continuaba más o menos durante el mismo intervalo que la primera vez, unos dos minutos. Después, todo volvió a la calma.

Después del tercer ciclo, Hermione estaba decidida a asegurarse de que su casa no sufriera ningún daño permanente, pero cuando estaba a medio levantarse de la silla, oyó el ruido de Malfoy bajando las escaleras.

Tenía una pregunta preparada en la lengua, pero cuando él entró en la cocina, su mandíbula estaba demasiado ocupada cayendo como para articular cualquier discurso humano.

Malfoy estaba sin camiseta, sudando y jadeando. Porque claro que lo estaba.

Ella observó, completamente atónita, cómo él sacaba un vaso de uno de los armarios y lo llenaba en el fregadero. Echó la cabeza hacia atrás y bebió de un trago antes de volver a llenarlo con agua del grifo. Lo repitió dos veces más antes de que su sed se saciara lo suficiente como para mirarla, y cuando lo hizo, sonrió satisfecho.

—Lo sé, no es justo, —dijo con fingida exasperación, llevándose una mano al torso—. ¿Todo esto y además las cicatrices? Si Potter supiera lo mucho que harían por mí, seguro que habría elegido otra maldición.

Hermione se quedó boquiabierta. Bueno, se quedó aún más boquiabierta para ser exactos. Aunque era cierto que estaba en una forma increíble y que la red de finas cicatrices blancas que se extendía desde los hombros hasta las caderas parecía acentuar la amplitud de su pecho y la definición de sus abdominales, le costaba creer que se refiriera a su físico con tanta ligereza. Y a ella.

—Casi mueres, —fue todo lo que se le ocurrió.

Sus cejas se alzaron divertidas.

—Bueno, para estar guapo hay que sufrir. Estoy seguro de que hay un cartel por aquí en alguna parte con eso.

Frunció los labios. De hecho, estaba estampado en un plato de cerámica de su cuarto de baño, que formaba parte de un kit de depilación de la zona del bikini. Sin embargo, después del primer intento, Hermione había decidido que prefería que le volvieran a lanzar Crucios.

Malfoy apoyó una cadera en el mostrador y sus ojos se deslizaron impotentes sobre la fina estela de pelo rubio que llegaba hasta la cintura de su pantalón de chándal verde. SLYTHERIN estaba estampado en letras plateadas a lo largo de una pierna.

—¿Qué estabas haciendo? —preguntó finalmente.

Hizo una pausa con el vaso a medio camino de la boca.

—¿En serio? —Se pasó una mano por la frente, donde el pelo estaba oscurecido por el sudor.

Se encogió de hombros.

—Estaba haciendo ejercicio.

—¿Cómo?

Sus cejas se fruncieron, y ella continuó.

—He oído ruidos.

—Ah, deben haber sido los burpees.

La incomprensión debió de reflejarse en su cara, porque él le explicó.

—Son flexiones, pero con saltos.

Hermione asintió, aunque no tenía ni idea de cómo se podía saltar haciendo flexiones. Rápidamente reprimió el impulso de pedirle que le hiciera una demostración.

—¿Qué más estabas haciendo?

Los labios de Malfoy dibujaron una sonrisa pecaminosa y Hermione se arrepintió inmediatamente de la pregunta.

—No importa, —se apresuró a decir cuando él apoyó las manos en la encimera y se inclinó ligeramente hacia delante, flexionando los músculos de los brazos. Supuso que, si estaba haciendo flexiones con saltos, probablemente también estaba haciendo flexiones normales, e imaginar eso era suficiente para seguir adelante.

—¿No te da pereza quedarte en esta casa todo el tiempo? —preguntó—. Hacía años que no pasaba tanto tiempo sin volar.

Hermione miró hacia abajo, intentando recordar cuándo había sido la última vez que había realizado una actividad física a propósito.

—Quemo energía de otras maneras.

—¿Oh? —Arqueó una ceja y esbozó una sonrisa.

Ella se estremeció.

—No quería decir eso.

El problema era que, aunque no había querido insinuar nada sexual, era la verdad. Tenía un método estándar para aliviar el estrés en solitario y no consistía en hacer flexiones.

Milagrosamente, Malfoy pareció apiadarse por una vez de sus mejillas encendidas y se limitó a llevarse de nuevo el vaso a los labios. Cuando levantó el brazo, sus ojos se fijaron en las líneas negras de la Marca Tenebrosa que se retorcían sobre su superficie. No se había desvanecido como ella había supuesto; parecía notablemente fresca.

—¿Has pensado alguna vez en cubrirla? —preguntó.

Se miró el brazo y negó con la cabeza mientras tragaba saliva.

—El glamour no funciona.

—Oh, no, quería decir como con otro tatuaje, —explicó—. No cubrirlo necesariamente, sino cambiarlo de alguna manera. Hacerlo tuyo.

Su ceño se frunció y Hermione respiró hondo.

Antes de que pudiera dudar de sí misma, enganchó el pulgar bajo el dobladillo de su camiseta y se levantó el medio hasta la garganta, mostrando la larga cicatriz púrpura entre sus pechos y las enredaderas florecidas tatuadas que la decoraban.

El vaso chocó con fuerza contra la encimera cuando Malfoy lo dejó en ella, y dio varios pasos hacia delante, con la mirada clavada en su pecho.

—La cicatriz es cortesía de Dolohov. De la lucha en el Departamento de Misterios, —explicó—. Las flores son glorias de la mañana, la flor de mi mes de nacimiento. Son preciosas, pero cuando crecen silvestres, algunos las consideran una plaga. Son tercas... difíciles de matar.

Sus ojos se volvieron a posar en los de ella, y ella se alegró de ver que parecía ligeramente aturdido. No sabía si era por el hecho de que acababa de enseñarle las tetas, envueltas en un sujetador blanco de encaje, o por el hecho de que tenía un tatuaje en ellas, pero estaba bien haberle dado a probar al menos un poco de su propia medicina.

Ella se bajó la camisa y él volvió a mirarse el brazo.

—Lo pensaré.

Ella le dedicó una pequeña sonrisa.

El ambiente en la habitación se había vuelto increíblemente cargado en ese corto espacio de tiempo, y Hermione se preguntó distraídamente si se habían ganado un 3 sin siquiera tocarse.

—Voy a terminar, —soltó Malfoy—. Mi entrenamiento, quiero decir. Fuera.

Señaló la puerta trasera y Hermione asintió.

—Oh, sí, claro, por supuesto.

Volvió a llenar el vaso de agua y se lo llevó consigo cuando se marchó.

Cuando Hermione cerró la puerta de su dormitorio, se apoyó en ella durante unos largos instantes. El corazón le latía con fuerza en el pecho y, aunque en parte se debía a haber subido las escaleras (Dios mío, ¿cuándo se había puesto tan fuera de forma?), sabía que no era la única explicación.

Especialmente cuando su ritmo aumentó cuando se acercó a la ventana que daba a la parte trasera de la casa. No es que intentara ver qué estaba haciendo Malfoy. Acababa de subir a su habitación. Algo perfectamente normal. Si las dos habitaciones traseras daban al jardín, bueno, no es que ella hubiera diseñado la casa. Era solo una feliz coincidencia.

Feliz, sin duda.

Estaba haciendo flexiones en la barra superior del columpio. Porque claro que lo hacía.

Era demasiado alto para colgar completamente por debajo de la estructura, por lo que sus rodillas estaban dobladas a noventa grados, y aún rozaban la hierba mientras bajaba cada vez. Era un espectáculo extraordinario.

No es que Hermione estuviera mirando. Simplemente... supervisaba. Después de todo, el columpio era para niños; seguramente él estaba excediendo el límite de peso recomendado. Si se derrumbaba, bueno, ella no quería que se quedara allí malherido, achicharrándose bajo el sol del verano.

No estaba muy segura de cuándo se había convertido en algo que no quería, pero eso apenas importaba. Sobre todo, cuando el sol del verano hacía que corrieran chorros de sudor...

Vale, puede que haya estado mirando un poco. O mucho. Lo suficiente como para no darse cuenta de que otra persona entraba en el patio hasta que hablaron y atrajo la atención de Malfoy.

Los ojos de Hermione se abrieron de par en par, asombrada, cuando se bajó de la barra y se volvió para mirar a la recién llegada: la niña muggle que vivía en la casa de al lado.

Hermione se quedó helada junto a la ventana mientras hablaban. ¿De qué demonios estarían hablando? Pero cuando Malfoy dio un paso hacia la chica, Hermione entró en acción. Salió corriendo de la habitación y bajó las escaleras. No es que pensara que pudiera atacar a una niña, aunque fuera muggle, Merlín, qué idea tan horrible, pero tampoco sabía lo que podría hacer.

La puerta trasera se abrió de golpe y Hermione salió volando por ella, casi cayendo por los escalones del porche mientras se esforzaba por comprender lo que estaba viendo.

La chica se balanceaba en uno de los columpios. Y Malfoy la estaba empujando.

—Hola, Hermione, —dijo alegremente.

—Hola, Gemma, —dijo Hermione, cerrando la puerta trasera antes de bajar al césped—. ¿Cómo estás?

—Bien, —respondió, mientras sus coletas castañas se balanceaban con el movimiento.

—Sabes que no debes hablar con extraños, —amonestó Hermione con ligereza.

—Dijo que se llama Draco.

Hermione miró a Malfoy por primera vez. Parecía ligeramente confuso sobre cómo había acabado donde estaba.

—Así es, —confirmó Hermione.

—Ese nombre suena inventado.

—Sí, es verdad, —asintió Hermione con una sonrisa burlona.

—Dijo que era tu marido.

Sintió que la sonrisa se le borraba de la cara. A pesar de todas las veces que Malfoy se había referido a ella como su mujer, ella aún no lo consideraba su marido. Pero lo cierto era que el mismo sol de verano brillaba en su anillo de casado mientras lo empujaba contra la espalda de Gemma.

—Lo es, —admitió.

—No sabía que tenías marido.

—Es nuevo.

—Ni siquiera sabía que tenías novio.

—No lo tenía. Es... nuevo.

—Oh. —Gemma bombeó las piernas, balanceándose en silencio durante unos pases. Entonces—, ¿Puedo ver tu vestido de novia?

Hermione le dedicó una sonrisa triste.

—No pude ponerme uno.

Malfoy levantó la vista al oír aquello, pero Hermione mantuvo la mirada fija en la niña. Parecía profundamente decepcionada, pero lo único que dijo fue:

—Oh.

Hermione se acercó y se sentó en el extremo del pequeño tobogán de plástico del parque infantil, donde podía estar a la sombra.

—¿Qué tal tu clase de natación de la semana pasada?

—Bien, —dijo Gemma con confianza—. Ahora puedo nadar de espaldas sin que me entre agua en la nariz. Y puedo aguantar la respiración durante dos minutos.

Hermione lo dudaba bastante, pero no le cabía duda de que Gemma lo intentaría. Era una Gryffindor hasta la médula, muggle o no. Aún pasarían algunos años antes de que recibiera una carta de Hogwarts, pero una pequeña parte de Hermione tenía esperanzas.

—Es impresionante, —dijo.

—Soy la primera de la clase, —proclamó Gemma.

Hermione se encontró entonces con la mirada de Malfoy.

—Eso está muy bien.

Puso los ojos en blanco.

—No pasa nada por ser el segundo a veces, —dijo.

Gemma miró hacia atrás por encima del hombro, girando en el columpio como si se hubiera olvidado de que él estaba allí.

—¿Eras el segundo en algo?

Asintió.

—¿Quién era el primero?

Hermione resopló una carcajada mientras Malfoy esbozaba una plácida sonrisa.

—Mi maravillosa mujer, por supuesto.

Gemma miró entre ellos un momento.

—¿No te molesta que tu mujer sea mejor?

Hermione se tapó la boca con una mano. Merlín, se había olvidado de lo mucho que quería a aquella niña.

—Soy el mejor en algunas cosas, —dijo resoplando.

—¿Cómo qué?

Hermione enarcó una ceja mientras él fruncía los labios. No podía decir volar en escoba, cosa que Hermione habría admitido cualquier día de la semana, ni preparar pociones, cosa que ella habría discutido, pero admitía que estaba más cerca que cualquier otro tema. Potencialmente, lo último que esperaba que dijera era...

—Bailar.

Gemma parecía intrigada.

—¿Eres bueno bailando?

Se encogió de hombros.

—Por supuesto, pero lo más importante es que a Hermione se le da fatal.

Gemma giró la cabeza para ver si Hermione iba a permitir que se mantuviera aquella calumnia.

—Fatal es un poco exagerado, —murmuró Hermione.

—Veamos entonces, —gorjeó Gemma, recordando dolorosamente a Hermione a esa edad.

Ahora, Malfoy era el que sonreía.

—No puedo simplemente... bailar, —argumentó Hermione.

—Baila con él, —sugirió Gemma como si fuera obvio.

Hermione tragó saliva.

—No hay música, —dijo débilmente.

—Yo cantaré.

Malfoy soltó una carcajada y Hermione no pudo evitar sonreír también. Gemma cantaba para que pudieran bailar. Los niños eran criaturas tan ridículas.

Malfoy salió de detrás de los columpios y extendió los brazos en señal de burla. Hermione puso los ojos en blanco, pero se levantó y fue hacia él.

—Ugh, estás tan sudado, —se quejó mientras le pasaba el brazo por encima del hombro.

—Es hora de que te pongas cómoda, —respondió él, rodeando con el brazo la parte superior de su espalda y tirando de ella para acercarla.

—Eso es rastrero, —refunfuñó ella, colocando la otra mano en la palma que él esperaba.

No respondió, pero miró a Gemma y asintió con la cabeza. Entra la música.

Gemma empezó a tararear una serie de notas desde su posición en el columpio. No eran letras, sino más bien una aproximación de sonidos de instrumentos. Hermione pensó vagamente en el Cascanueces.

Malfoy esperó, sintiendo el ritmo.

—¿Un vals, entonces?

—Aparentemente, —respondió Hermione.

—Muy bien.

Él dio un paso adelante, apretándole el brazo contra la espalda para girarla ya y ella le pisó los pies. Lanzó una mirada a Gemma como diciendo, Te lo dije, y Hermione apretó los dientes. Sabía bailar el vals, pero hacía mucho tiempo.

Siguió adelante, con paso ligero y haciéndolos girar en un círculo rápido mientras se movían por el patio. Hermione no tenía remedio. Tropezaba constantemente cuando intentaba anticiparse a sus movimientos, e incluso una vez giró en sentido contrario, casi dislocándose el codo.

Gemma detuvo la banda sonora.

—¿No bailasteis juntos en vuestra boda?

—No, —contestó Hermione, alzando la mano para apartarse el pelo de la cara.

—Oh. —Gemma parecía dudar de la veracidad de todo el asunto, y Hermione no podía culparla.

—El problema, —explicó Malfoy con suficiencia—, es que a Hermione le cuesta ceder el control. No quiere dejarme dirigir, pero no conoce los pasos lo bastante bien como para seguirlos sin ella.

—No lo hago a propósito, —espetó ella, retorciéndose en su agarre.

—Lo que debería parecer, —continuó como si ella no hubiera hablado—, es esto. —Hizo otro gesto con la cabeza a Gemma, que empezó la canción desde el principio.

Antes de que Hermione tuviera oportunidad de protestar, Malfoy se agachó y bajó el agarre hasta su cintura, atrayéndola con fuerza contra él y levantándola hasta que los dedos de los pies abandonaron el suelo.

—Malfoy... —advirtió ella, pero se interrumpió cuando él empezó a barrer la hierba en una serie de gráciles giros. Las piernas de ella colgaban inútilmente, y con ellas fuera del camino, él pudo ejecutar los pasos impecablemente.

No le gustaba que la arrastraran como a una muñeca de trapo, con la barbilla chocando contra su hombro sudoroso, pero Gemma estaba radiante y había que reconocer que era mejor que dejarse pisar.

Cuando la secuencia llegó a su fin, volvió a ponerla en el suelo y la hizo girar bajo su brazo, cogiéndola por la espalda y bajándola en una espectacular inclinación. Arqueó una ceja mientras se inclinaba sobre ella, demasiado satisfecho de sí mismo.

—Apestas, —dijo.

La soltó y ella se desplomó sobre la hierba.

Gemma soltó una carcajada y aplaudió a rabiar.

—Definitivamente, eres el mejor en bailar, —anunció.

Malfoy hizo una exagerada reverencia, pasando el brazo por encima de la cintura mientras se inclinaba.

Gemma se levantó del columpio.

—También soy muy buena bailando.

—¿En serio? —preguntó Malfoy.

Ella asintió, saltando hacia delante y colocándose directamente frente a él.

Hermione se rio desde su asiento en la hierba. Sin duda una Gryffindor.

Malfoy le lanzó una mirada como pidiendo orientación, pero Hermione se limitó a encogerse de hombros.

Volvió a mirar a la niña y se aclaró la garganta.

—Bueno, Gemma, ¿te gustaría bailar conmigo?

—¡Vale! —dijo enseguida.

Le ofreció la palma de la mano y ella la apoyó con delicadeza. Se agachó frente a ella y Hermione soltó una risita mientras hablaba en un susurro escénico.

—Debo advertirte. Al parecer, apesto.

Gemma soltó una risita.

—No pasa nada.

—Si estás segura... —Le pasó el otro brazo por detrás de las piernas mientras se levantaba, sentándola en el pliegue de su codo—. ¿Todo bien?

—Sí. —Ella sonrió, agarrándolo fuertemente por el cuello con la mano libre.

Se quedó allí de pie, y la sonrisa de Gemma vaciló un instante antes de que pareciera recordar que era ella quien ponía la música.

—¡Oh! —Volvió a cantar.

Malfoy se movió de inmediato, dando pasos rápidos mientras les daba la vuelta, y Gemma perdió inmediatamente el hilo de la música mientras la invadían unas risitas.

—¡No te rías, ahora! —Malfoy fingió regañar—. Bailar vals es muy serio.

Gemma se rio aún más, y Malfoy soltó un resoplido exasperado.

—Tienes suerte de que sea el mejor bailando, —dijo mientras la colocaba en el suelo para darle una vuelta. La hizo girar una, dos, tres veces hasta que estuvo a punto de tropezar, y entonces la agarró por debajo de ambos brazos y la lanzó bastante más alto de lo estrictamente necesario para un vals tradicional. Gemma chilló de emoción.

Algo muy extraño ocurría dentro de Hermione mientras observaba. Se reía con ellos y sentía una especie de ligereza en el pecho al asimilar la naturaleza sana de la escena. Pero también sentía un dolor agudo y punzante en el abdomen, casi como un calambre. De hecho, se pasó una mano por el vientre cuando volvió a sentir una punzada y se preguntó si estaría a punto de empezar la menstruación. Pero no podía ser, acababa de terminar. Sin embargo, el dolor era similar y estaba localizado en la misma zona.

Volvió a levantar la vista cuando Gemma hizo otro valiente esfuerzo por seguir cantando el vals, y Hermione estuvo a punto de gritar por la fuerza de la punzada que le provocó. El shock la inundó al darse cuenta de que la sensación provenía de sus ovarios. Su cuerpo estaba reaccionando al ver a Malfoy interactuar con una niña.

—Hostia puta, —susurró, agarrándose a la hierba en un intento de poner los pies en la tierra mientras el pánico se apoderaba de ella. A pesar de que aumentar la población era el objetivo de la ley de matrimonio, estaba tan convencida de que encontraría una salida que ni siquiera se había planteado la idea de tener un bebé con Malfoy. Incluso si no lo conseguía antes de que tuvieran que consumar, tenían un año antes de que ella necesitara quedarse embarazada. Estaba dispuesta a admitir que no parecía que dos semanas fueran a ser tiempo suficiente, pero un año... seguro que encontraría algo antes.

Pero si no... Se le apretó el pecho de emoción al verlos girar hacia ella a través del patio. Ni en un millón de años se habría imaginado que a Malfoy se le darían bien los niños, pero Gemma parecía extasiada. Era cierto que para criar a un niño hacía falta mucho más que bailar y bromear, pero basándose en lo poco que había conocido a los padres de Malfoy, habría esperado que fuera mucho más rígido. Más estirado. Potencialmente un severo disciplinario.

Sonrió cuando él se detuvo frente a ella, aún con Gemma en brazos. Desde luego, no se lo esperaba.

—¡Ahora inclíname! —gritó Gemma.

—Ah, pero por supuesto, —dijo, agarrándola por la cintura e inclinándola hacia atrás hasta que se puso completamente boca abajo. Ella chilló mientras sus coletas rozaban la hierba.

—¡No me dejes caer!

Malfoy se burló con afrenta.

—Nunca, milady. —Tiró de ella y la puso de pie con cuidado.

Gemma se desplomó en la hierba junto a Hermione, con la cara roja por haber estado boca abajo. Tiró de la mano de Hermione hacia su regazo y le pasó un dedo por la fina banda de oro del cuarto dedo.

—Tienes suerte de que tu marido sea tan buen bailarín.

Hermione tragó saliva, pero antes de que pudiera responder, una voz sonó desde la puerta de al lado, llamando a Gemma por su nombre.

—¡Tengo que irme! Adiós. —Se puso en pie de un salto y cruzó corriendo el patio, cerrando tras de sí la verja abierta.

Hermione se quedó mirando el anillo, sin saber cómo proceder.

Después de un momento, Malfoy habló.

—Debería ir a darme una ducha.

Ella asintió, pero no le miró.

—De acuerdo.

Se quedó allí en la hierba durante mucho tiempo después de que él se fuera.

Hermione oyó el sonido de la ducha cerrándose justo cuando pasaba por delante de la puerta de Malfoy. Se tomó su tiempo para desvestirse y cepillarse el pelo por si él había gastado toda el agua caliente, pero para cuando abrió el grifo de su propio cuarto de baño, ya estaba bastante caliente.

Se pasó una esponja por el cuerpo, como aturdida, intentando conciliar el hecho de que se estaba quitando el sudor de Malfoy de la piel. Por supuesto, su ropa había absorbido la mayor parte, pero era un poco desconcertante que no se sintiera más molesta por la idea.

Mientras salía de la ducha y se secaba, supuso que ese era el objetivo del plan de contingencia.

Se estaba poniendo una camiseta limpia cuando escuchó una carcajada de Malfoy, lo bastante fuerte como para que la oyera desde el piso de abajo. No le había oído reír así hasta entonces, y se preguntó si Gemma habría vuelto para algo.

Saliendo silenciosamente al pasillo, evitando el crujido, escuchó mientras bajaba las escaleras. Sin duda estaba hablando con alguien, y cuando estuvo lo bastante cerca para oírlo, el carácter chirriante de la voz que respondía delató enseguida su identidad.

—Nilly le da a este... una S, señor.

—Supera las expectativas, ¿eh? —Respondió Malfoy—. Adelante, entonces.

Hermione se asomó a la puerta de la cocina a tiempo de ver a Nilly entregándole una patata frita de la bolsa que llevaba. Malfoy la cogió y se quedó pensativo.

—Mm, bastante buena, —estuvo de acuerdo—. Es S. ¿Y esta?

Le dio a Nilly una patata frita de su bolsa y observó con una sonrisa expectante cómo la probaba.

—Oh, no, —dijo de inmediato, haciendo una mueca—. ¡Este es espantoso, señor!

—¿Una D? —repitió, metiéndose una en la boca—. Seguro que al menos es un aceptable.

—No, no, —repitió ella, arrebatándole la bolsa de la mano—. ¡Qué horror!

Se echó a reír.

—Eres demasiado dura. No todos tenemos un paladar tan exigente.

—Nilly probó una en una bolsa púrpura ayer. Esa fue la mejor.

Malfoy rebuscó en el armario abierto encima del mostrador.

—¿Esta? —Le tendió una bolsa para que la examinara.

—¿El Amo está olvidando los colores que le enseñó Nilly? —preguntó con una mirada de desaprobación.

Hermione contuvo una carcajada cuando la pequeña elfina cruzó los brazos sobre la funda de almohada. La de hoy era azul empolvado, de nuevo con encaje a juego en las orejas.

—Esto es púrpura, —argumentó Malfoy—. Un púrpura rojizo.

Era más bien un rojo rojizo, pensó Hermione, y estaba claro que Nilly estaba de acuerdo.

Malfoy hizo una mueca ante su silencio severo.

—Bien, ¿por qué no la buscas entonces? —Se agachó y levantó a la elfina para que pudiera ver los objetos de los estantes altos.

Ante aquel gesto, Hermione sintió que la sonrisa se le congelaba en la cara. Nilly estaba sentada en su brazo, aparentemente feliz de poder hurgar en los paquetes de patatas fritas, pero la pose le recordaba tanto a la forma en que había sujetado a Gemma que Hermione se sintió repentinamente enferma.

Había dejado que una parte de ella creyera que él no podía ser tan amable con una hija de muggles si seguía manteniendo sus mismas creencias. Que no habría estado dispuesto a interactuar con ella en absoluto, y mucho menos a tocarla si ese fuera el caso.

Pero aquí estaba él, tratando a Nilly de la misma manera, una criatura que ella sabía a ciencia cierta que él consideraba inferior a sí mismo. La consideraba un objeto que debía poseer y al que debía dar órdenes. ¿Pero aun así era capaz de tratarla con amabilidad, si no con franco afecto? La disonancia cognitiva hizo que Hermione quisiera gritar.

Cuando la vio, sus pensamientos debieron de reflejarse claramente en su cara, porque la expresión de Malfoy se endureció de inmediato. Dejó a Nilly con cuidado sobre el mostrador y le quitó el paquete de patatas fritas de la mano. La elfina se volvió para seguir su mirada, y sus ojos se abrieron de par en par con miedo al ver a Hermione.

—Eso es todo por ahora, Nilly, —dijo Malfoy suavemente—. Puedes irte si quieres.

Nilly le devolvió la mirada el tiempo suficiente para asentir con la cabeza antes de Desaparecer.

—¿Qué te pasa? —espetó Hermione en cuanto se quedaron a solas.

Malfoy la fulminó con la mirada mientras empezaba a devolver el surtido de aperitivos a la alacena.

—¿Ahora mismo? Se me ocurre una cosa.

—¿Cómo puedes tratarla así? —continuó Hermione—. ¿Como si la vieras como una persona?

—Creí haber dejado bastante claro que no me interesa escuchar tus opiniones sobre Nilly.

—Me da igual lo que te interese, —dijo ella, avanzando hacia él—. ¡Te dije que no quería verla aquí, y es por esto! Dices que te preocupas por ella, pero es tu sirvienta. Me pone enferma...

—Tienes que dejar de hablar ahora mismo, —dijo Malfoy en tono peligroso.

—No, tienes que empezar a escuchar, —replicó ella—. ¡Es perverso! No hay ninguna razón...

—Granger, te lo advierto...

—¡¿Por qué no la liberas?!

—¡Porque ya es libre! —gritó.

Hermione se quedó paralizada a medio camino de la cocina, con el pelo goteando sobre la baldosa.

—¿Es... libre?

—Sí, —siseó Malfoy—. Siempre ha sido mi elfina personal, y su propiedad pasó exclusivamente a mí cuando alcancé la mayoría de edad. La liberé el mismo día.

Hermione parpadeó.

—Pero... la forma en que reaccionó... cuando le ofrecí ropa.

Malfoy puso cara de asesino.

—Todavía no puedo creer que lo hicieras. Casi te hechizo.

—Pero...

—Lo que no entiendes, Granger, es que cuando un elfo es liberado, su conexión con la magia de su familia se rompe. Los ancestros de Nilly han servido a la Mansión durante siglos. La magia de los Malfoy forma parte de ella tanto como de mí.

Los pensamientos de Hermione se paralizaron al escuchar a Malfoy hablar de compartir magia con un elfo de esa manera.

Continuó en el mismo tono áspero, con las mejillas enrojecidas.

—Trabajé durante meses para encontrar la forma de liberarla de las ataduras de la servidumbre sin cortar su vínculo con la magia ancestral. Me envenené una y otra vez diseñando una poción para el ritual. Y aunque tuve éxito, aún tuve que regalarle ropa.

La respiración de Hermione era cada vez más superficial, pero la ira de Malfoy parecía aumentar con cada palabra.

—Por muy jodido que suene, los elfos domésticos viven para servir a sus Amos, —explicó—. Es su principal propósito en la vida; la única cosa de la que obtienen satisfacción. Por eso, para los elfos que quieren a sus Amos, la ropa es el peor castigo posible, la reprimenda más severa. Es la encarnación de todos sus peores temores: han fracasado en su servicio y ya no son queridos.

Hermione volvió a sentirse mal, pero esta vez era la culpa la que se deslizaba horriblemente por su estómago en lugar del asco.

—Nilly quería ser libre, —continuó Malfoy—. Ella me ayudó a diseñar el hechizo que preservaría nuestro vínculo. —Hizo una pausa y Hermione vio que su garganta se estremecía al tragar saliva—. Pero aun así tuvo que aceptar la ropa de la persona en la que más confiaba en el mundo. Y fue el momento más traumático de su vida.

Unas lágrimas que Hermione ni siquiera se había dado cuenta de que se estaban formando resbalaron de repente por sus mejillas, y Malfoy sacudió la cabeza con disgusto.

—Y luego le lanzas un calcetín ni treinta segundos después de haber aparecido en la habitación.

Hermione se sintió desgraciada, y el cobarde impulso de desviarse fue demasiado fuerte para reprimirlo.

—Dijiste que ella también respondería ante mí, —dijo en voz baja.

Malfoy soltó una risita sin humor.

—Te estaba jodiendo, y créeme, no me he perdonado lo que pasó después. Iba a explicarte que Nilly respondería ante ti porque eres mi mujer. Pensé que eso te molestaría lo suficiente, aunque supieras que la habían liberado.

—Pero ¿por qué lo haría? —preguntó Hermione, moviéndose bajo el calor de la mirada de Malfoy.

—Porque lleva esperando tener una Ama desde el día en que nací. Probablemente estaba más emocionada con la idea de mi boda que incluso mi madre. Debería haber estado allí para ayudarte a prepararte, a vestirte, pero no solo no lo consiguió, sino que su Ama intentó despedirla en la primera visita. —Parecía tan enfadado que apenas pudo pronunciar las siguientes palabras—. Llevamos mucho tiempo trabajando para desprogramar su lavado de cerebro y ese pequeño truco probablemente nos hizo retroceder un año, así que gracias.

—Yo-yo no...

—¿Tú no qué? —espetó Malfoy—. ¿Lo sabías?

Hermione negó con la cabeza.

—¡Oh, Dios mío! —Se agarró el pecho dramáticamente—. Quizá si nos damos prisa podamos llegar al Profeta Vespertino. —Agitó la mano como si trazara un titular—. Noticia de última hora: Hermione Granger admite algo de lo que no tiene ni puta idea.

Cerró la puerta del armario de un portazo y se dio la vuelta para salir de la cocina, pero, por alguna razón, Hermione no se atrevió a dejarlo.

—Tienes razón, —dijo ella rápidamente, dando un paso adelante y cogiéndole la mano—. Siento lo que hice. Saqué conclusiones precipitadas y asumí y nunca habría hecho nada para hacerle daño intencionadamente.

Malfoy respiró hondo y lo soltó antes de hablar, aún sin mirarla.

—Lo sé.

—Tenías razón, —repitió ella, ya que parecía algo que él probablemente querría oír dos veces—. Sabía lo de la magia ancestral, pero no lo entendía. —Con la otra mano le agarró un lado de la camisa—. No podía entender por qué un elfo querría conservarla. Lo que podría significar para ellos.

Malfoy asintió rígido y Hermione se acercó, rodeándole la cintura con los brazos y apoyándose en su pecho.

—Gracias por liberarla, —murmuró contra su camisa.

Malfoy soltó un pequeño suspiro y ella sintió que volvía a sacudir la cabeza.

—Vete a la mierda, Granger, no lo hice por ti.

No había ningún calor detrás de las palabras, y Hermione no aflojó su agarre.

—Lo sé, solo quiero decir que me alegro de que sea libre y de que fuera lo que ella quería.

Hubo una larga pausa antes de que Malfoy dijera:

—Yo también, —y no fue hasta que sus brazos la rodearon que se dio cuenta de que lo estaba abrazando. Y ahora él le devolvía el abrazo.

Dejó escapar un ruido de incomodidad cuando sus brazos presionaron los rizos empapados de sus hombros.

—Ugh, estás muy mojada, sabes.

—Ahora ya sabes lo que se siente. —Sonrió.

Se oyó un gruñido ininteligible contra su oreja, pero él no la soltó.

—Podrías haberme dicho antes que era libre, —se sintió obligada a mencionar Hermione.

Malfoy se rio entre dientes.

—¿Y perderme el verte retorcerte mientras sacrificabas tu moral por una buena comida? Por supuesto que no.

—Supongo que me lo merecía.

—La verdad es que sí.

—Sin embargo, todavía obedece tus órdenes. No parecía libre.

—Yo no doy órdenes, —argumentó Malfoy—, hago peticiones. Ella las cumple si quiere. De hecho, la única persona que le ha dado una orden directa en esta casa eres tú.

Hermione se echó hacia atrás para mirarle.

—No lo he hecho.

Malfoy la miró con suficiencia.

—Hace dos días, en la cena, le dijiste "no traigas postres", ¿y qué hizo?

—Los trajo de todos modos, —jadeó Hermione.

—Desobedeciéndote directamente, —coincidió Malfoy—. Pero te darás cuenta de que no esperaba ningún castigo, ni se vio obligada a hacerlo ella misma. Hemos progresado mucho.

—Es extraordinario, —dijo con seriedad.

—Sí, bueno, soy muy impresionante en la mayoría de los aspectos.

—Y tan humilde, —dijo Hermione rotundamente.

—La humildad es para gente poco impresionante.

Hermione se rio a su pesar.

—Qué bueno. Quizá deberíamos ponerlo en un cartel.

—Podría quedar bien junto a la puerta principal.

—Ya hay uno en la puerta principal.

Malfoy hizo una mueca.

—Lo sé, pero ¿de verdad, Granger? ¿Encontrar la alegría en el camino? Es tan cursi.

—Creo que es esperanzador.

—No, que va, solo te gusta llevar la contraria.

—Supongo que tenemos eso en común.

Malfoy soltó un suspiro muy pesado.

—Bueno, supongo que puedo tolerar una cosa.

Hermione le sonrió. Se sentía sorprendentemente cómoda allí de pie, rodeada por los brazos de él, y echó un vistazo a la pizarra. Sin duda se habían ganado un 3, pero, de nuevo, no había ninguna razón por la que solo pudieran avanzar un número al día, ¿verdad?

—¿Te gustaría ver una película? —le preguntó.

Malfoy parecía pensativo.

—Eso depende. ¿Qué es una película?

—¿Y esta?

Hermione se inclinó hacia delante en el sofá para ver la cara muy barbuda de Tom Hanks en la portada de Náufrago.

—Ah, bueno, el protagonista tiene un accidente de avión, —explicó—. Un avión es...

—Sé lo que es un avión, —espetó Malfoy desde donde estaba arrodillado en el suelo, rodeado por la selección de películas—. Es como un autobús volador, ¿verdad?

—Claro. De todos modos, el avión se estrella en el océano y él queda varado en una isla desierta.

Malfoy pareció captar la vacilación en su tono.

—¿No te gusta esta película?

—No, está bien, es solo que... es muy larga. Está en la isla como cuatro años, y lo parece.

—Mm, —murmuró Malfoy mientras consideraba las otras opciones—. ¿Y esta? —Levantó Titanic.

—Dios, esa es aún más larga.

—Bien, —dijo Malfoy, volviendo a pasar las manos por las cajas—. ¿Esta?

Levantó 101 dálmatas y Hermione no pudo evitar reírse ante la yuxtaposición.

—¿Qué? —espetó, claramente molesto con la tarea.

—Nada, —dijo ella con ligereza—. Es que esa es para niños.

—Oh. ¿Por qué? ¿De qué va?

—Bueno, esta pareja tiene que rescatar a un montón de dálmatas porque la villana es una diseñadora de moda que quiere matar a los cachorros y hacer abrigos con ellos.

—¿Qué cojones? —Malfoy parecía horrorizado.

Hermione se encogió de hombros.

—Sí. Nunca lo había pensado, pero es un concepto horrible.

Se quedó mirando los alegres perros de dibujos animados que adornaban la portada durante unos largos instantes antes de volver a colocar el estuche con cuidado en la estantería.

—Puto combustible para pesadillas, —murmuró.

—Eh, no, esa sería James y el melocotón gigante, —dijo Hermione enfáticamente—. No vamos a ver esa.

Malfoy echó una mirada cautelosa a la portada en la que aparecía el melocotón gigante en cuestión.

—Bueno, ¿cuál entonces? —se quejó.

—Estoy segura de que lo que elijas después estará bien, —dijo.

Así es como acabaron viendo Miss Agente Especial.

Después de que Hermione le indicara a Malfoy cómo insertar el disco, él se acomodó junto a ella en el sofá. Como la noche anterior, Hermione le cogió de la mano y se acurrucó junto a él mientras la veían. Era casi agradable, excepto...

—¿Quién es ese hombre?

—Creo que es un sospechoso.

—Oh... ¿Cómo sabía dónde ir?

—Creo que ya tenían un plan.

—Ya veo... ¿A dónde van...?

—Malfoy, —interrumpió finalmente Hermione—. Es como una obra de teatro, tienes que esperar para enterarte de la historia.

—Mm. —No parecía convencido, pero dejó el interrogatorio por el momento.

Hermione se movió, aprovechando su distracción a medida que avanzaba la trama para ponerse un poco más cómoda. Le soltó la mano y le rodeó los hombros con el brazo. Luego, levantó las piernas e inclinó los pies hacia él, colocándolos con cuidado en el sofá, entre las piernas abiertas de él. Estaba completamente acurrucada a su lado, con la cabeza acurrucada justo debajo de su hombro, y no recordaba haberse sentido nunca tan a gusto.

—Esto es ridículo, —declaró Malfoy de repente—. ¿Traen a alguien para alisarle el pelo y de repente todo el mundo se da cuenta de que es preciosa? Una absoluta tontería.

Hermione se rio de su indignación.

—Te gustaba más su pelo antes, ¿verdad?

—Bueno, no necesariamente. Estaba un poco encrespado. —La miró de arriba abajo, llevando la mano a su hombro para despeinar sus rizos—. Por supuesto, a algunas personas les gusta eso en una chica.

Hermione le dio un manotazo.

—No seas imbécil. No tuve tiempo de secarlo bien.

—Sí, debe ser eso. —Su mano volvió al hombro de ella, apretando ligeramente, y entonces pareció darse cuenta de su posición por primera vez.

—Acogedor, ¿verdad?

Ella se contoneó ligeramente.

—Sí. ¿Esto está bien para ti?

Pareció reflexionar un momento.

—Sí, pero creo que podría ser mejor.

Dio un pequeño chillido cuando el otro brazo de él pasó por debajo de sus rodillas y la subió a su regazo. Se quedó acurrucada contra su pecho, rodeada por sus dos brazos.

—Ya está.

Ella asintió.

—Sí, esto también está bien.

—¿Digno de un cuatro?

—Bueno...

Su mano derecha se deslizó por la parte posterior de su muslo hasta posarse en la curva de su culo.

—¿Qué tal ahora?

Hermione tragó saliva.

—S-Sí, probablemente.

—Encantador.

Observaron en silencio durante un rato cómo la mano de Malfoy trazaba lentos patrones sobre la pierna de ella. Las yemas de sus dedos seguían la costura de sus vaqueros y de vez en cuando se detenía para darle un ligero apretón en el trasero. Hermione intentaba mantener una respiración normal mientras el calor le recorría la parte inferior del cuerpo.

Afortunadamente, la tensión se disipó un poco cuando Cheryl Frasier describió su cita perfecta como el 25 de abril porque "no hace ni mucho calor ni mucho frío; todo lo que necesitas es una chaqueta ligera".

Malfoy soltó una carcajada.

—Merlín, qué Hufflepuff.

4

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Nota de la autora:

¡Muchas gracias por leer!

En mi cabeza, Gemma canta el tema principal del Vals de las Flores del Cascanueces :)

¡Muchas gracias y mucho cariño a naginisLinguini por el trabajo beta!

¡Ven a pasar el rato conmigo en TikTok y Twitter!

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Nota de la traductora:

En AO3 y en Wattpad podéis ver una imagen del tatuaje de Hermione.