Sinopsis:
Bienvenidos al arco de la Hermione Oscura.
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"Si el zapato no encaja, ¿hay que cambiar el pie?"
-Gloria Steinem
Ni Oleandre ni Aaldharg volvieron a la biblioteca durante el resto de aquella semana, y Draco se sumió en una nueva e incómoda rutina.
Antes de su enfrentamiento con las Ucilenas, seguía a Granger a dondequiera que se dirigiera por la noche: a veces a una de las alcobas talladas en el tercer piso; a las escaleras de piedra que daban al campo de Quidditch; o a la sala común de su casa. Aunque la mayoría de las veces iba a la biblioteca, así que él también.
Luego, una vez que estaba seguro de que a Granger no la seguía nadie más, se marchaba tranquilamente sin que ella se diera cuenta y sin pensar demasiado por qué se había desviado hasta allí. Por lo general, buscaba a sus amigos para cenar y evadía sus preguntas sobre por qué siempre llegaba tan tarde.
Ahora, sin embargo, parecía que había renunciado por completo a esa tercera comida.
Porque por una razón que no se detuvo a considerar, empezó a unirse a Granger en la biblioteca. Nunca en la misma mesa de estudio, por supuesto. No, él reclamaba la más lejana que el espacio le permitía, que no era muy lejos.
La primera noche que Draco se sentó en vez de marcharse, no intercambiaron ni una sola palabra, lo cual era típico de cómo se trataban en las clases y en el dormitorio que compartían: una falta total de reconocimiento.
Excepto que ya no era total. Quizás hacía tiempo que no lo era.
Incluso después de escupirle esas cosas a Granger en el comedor, los límites entre ellos habían parecido artificiales. Como si la Sangre sucia levantara muros en defensa propia; por instinto, porque estaba enfadada por no haber expuesto todo lo que él hacía ante todo el colegio. Porque era una desagradecida por el hueso que le había tirado en aquel balcón y esperaba algo más que la puta heroicidad.
Pero las grietas en aquellos muros ya estaban presentes y no habían desaparecido con los insultos. Eran visibles en la pequeña y reservada sonrisa que Granger lució la primera noche que se sentó en lugar de dejarla sola.
Era el tipo de tregua más exasperante. Pellizcaba a Draco peor que un par de zapatos de cuero mal ajustados que aún no se habían vuelto cómodos y que tal vez nunca se adaptaran del todo.
Aun así, mantuvo el acto ya que Granger también lo hizo. De hecho, no volvieron a hablar en la biblioteca hasta el nueve de octubre. E incluso eso apenas contó como una verdadera conversación. Ella se había limitado a mirarle en su dirección y preguntarle:
—¿Cuánto falta para el toque de queda?
Draco consultó el reloj de pared que colgaba entre sus cabezas, cosa que Granger podría haber hecho ella misma con la misma facilidad.
—Dos horas y quince minutos.
El diez de octubre, Granger le pidió prestada una pluma de repuesto que no tenía, dejándola sin más remedio que conformarse con la perfectamente funcional que ya tenía en la mano.
La noche siguiente se acordó de traer una pluma de repuesto. Aunque obligó a Granger a acercarse a buscarla. Luego, extrañamente, ella se había quedado en su mesa, ocupando una silla en el lado opuesto mientras ambos terminaban la redacción de Pociones del día siguiente, con solo el ocasional paso de páginas para llenar el silencio.
Estar aquí por "deberes" era una excusa igual de endeble. Aparte de Pociones, pocas clases les asignaban tareas tradicionales. Como eran de octavo año, sus horarios se centraban en la aplicación práctica, como la magia sin varita, en lugar de las cosas que podían aprender en los libros. Por eso la biblioteca no estaba abarrotada por las tardes, y solo la utilizaban los pocos alumnos más jóvenes que seguían estudiando las asignaturas básicas, como Encantamientos.
Así que casi no había nadie cuando estaban aquí juntos... estudiando... o coexistiendo... o lo que fuera que estuvieran haciendo dentro de esta tambaleante casa de libros que fue construida para derrumbarse.
Granger debía darse cuenta de cómo él solo estaba aquí por esas chicas Ucilena; complaciendo su vago interés en descifrar por qué ella había sido herida más allá del límite de su capacidad para recordar. De cómo él no estaba aquí con otro propósito que el de alimentar su propia fascinación, y que una vez que lo hiciera, se iría.
Porque durante las veintiuna horas restantes del día no había nada entre ellos excepto aquellas paredes. Incluso más que en Hogwarts. Allí, ella había sido la chica a la que él creció aborreciendo por su inexistente linaje, la compañía que mantenía y cien razones mejores. Por pensar que alguna vez podría ser su igual.
Esa parte permaneció igual, porque no podía cambiar.
Pero aquí dentro, se sentían diferentes. Aislados entre estanterías, libros de tapa dura y demasiados pergaminos, era posible olvidar lo que había más allá de la biblioteca. Al menos durante tres breves horas, todo lo que existía era una fortaleza de papel oculta en lo más profundo de una fortaleza de piedra.
Era posible olvidar quiénes eran fuera.
—
—Ayúdame a traducir este párrafo. Sé que puedes, y mi varita prestada no coopera esta noche.
Draco extendió la mano por encima de la mesa y cogió el libro de los dedos de Granger sin tocarlos. Mientras lo leía, con cara de aburrimiento, dijo:
—Estás leyendo sobre Gellert Grindelwald otra vez.
La poca información que Draco tenía sobre el hombre provenía de los textos de la mansión del verano anterior, cuando tenía mucho tiempo que matar esperando su audiencia con el Wizengamot. Sabía que Durmstrang había expulsado a Grindelwald, aunque no estaba seguro de por qué. También sabía que Grindelwald tenía talento para inventar hechizos, como Vulnera Sanentur, Gehennam Ignis y su favorito: Protego Diabolica... el Escudo del Diablo.
Granger asintió y se inclinó para señalar la página que estaba leyendo.
—Ese párrafo de ahí. No ahí arriba. Te lo pasaste, Malfoy. La frase que empieza con Forskere tror det... No puedo entender lo que dice después de esas palabras. Traduce el noruego en voz alta mientras transcribo, como hicimos ayer.
—¿Por qué no empiezas por explicar tu obsesión con el mago más oscuro de la historia moderna? —contraatacó Draco.
—Uno de los más oscuros, —dijo Granger con voz exasperada—. Voldem... —Draco había hecho una mueca de dolor—, Quien-tú-sabes, quiero decir, hizo cosas peores en lo que se refiere a daños generalizados. Sus planes eran sistémicos, trabajaba dentro del Ministerio para apoderarse de una rama a la vez y siempre desde las sombras. Por eso, incluso tras el final de la Primera Guerra Mágica, muchos de sus seguidores no solo evitaron Azkaban. Conservaron sus puestos en el gobierno. En cambio, Grindelwald no era conocido fuera del norte de Europa y algunas partes de América, o al menos no durante mucho tiempo. No después de que lo encerraran en Nurmengard. Y Grindelwald nunca asesinó a sus propios parientes consanguíneos para hacer un Horrocrux.
Draco se tensó, y volvió a traducir el libro sin pronunciar palabra en su cabeza. A lo largo de las semanas, Granger había sacado numerosos temas que no debía. Casi como si intentara llevarlo al límite.
Pasó la página.
—Toda esta sección trata sobre el ascenso al poder de Grindelwald en los años veinte. El resto del capítulo tiene extractos en inglés copiados del Fantasma de Nueva York sobre los crímenes que cometió en Estados Unidos que puedes leer por ti misma. Supongo que no es eso lo que esperabas encontrar.
Granger respondió con un suspiro frustrado.
Luego arrancó el libro de las manos de Draco, cerró la tapa con un golpe que lanzó polvo al aire, y se puso de pie.
—Voy a probar un nuevo ángulo. Volveré pronto, —dijo en un susurro propio de una biblioteca.
Se escabulló detrás de la estantería de la izquierda.
Cuando pasaron los minutos sin que Granger regresara, Draco dejó a un lado la entrada del diario de Oclumancia que había estado escribiendo.
Era difícil encontrarla entre las estanterías, que se extendían hasta el techo abovedado y estaban dispuestas en hileras serpenteantes que se desvanecían en rincones tenues y llenos de telarañas. Las luces de las paredes apenas penetraban en la penumbra a estas profundidades de la biblioteca, por lo que resultaba difícil ver algo más que los suaves contornos de las estanterías.
—Lumos.
Sujetando la varita con una mano y recorriendo con la otra una hilera de lomos de cuero, Draco merodeó por los pasillos. Se detenía aquí y allá para leer un título que le llamaba la atención.
Estaba limpiando el polvo de un libro especialmente deteriorado cuando una mano tiró de su túnica y miró hacia atrás para ver a Granger detrás de él. De pie, la coronilla le llegaba solo hasta la barbilla y temblaba de frío, pues se había dejado la varita y la capa en la mesa.
Se hizo a un lado.
—No hubo suerte, —dijo en voz baja—. No veo nada y se está haciendo tarde. Deberíamos subir antes de que los profesores empiecen sus rondas nocturnas.
Así que salieron de la biblioteca como Granger sugirió, aunque no caminaron juntos hacia la sala común. Más bien siguieron caminos paralelos a tres metros de distancia, al mismo tiempo y en la misma dirección. Como si se hubieran encontrado por casualidad en el pasillo.
Habría sido una actuación más convincente si Granger no hubiera estado parloteando entusiasmada durante los cuatro pisos mientras Draco escuchaba. No había forma de bloquearla, ya que su voz rebotaba en las paredes de roca y le llegaba directamente a los tímpanos.
Pero como estaban solos, no le importaba.
—Grindelwald también fue un famoso Vidente. No es que tenga fe en la adivinación, que no es un verdadero arte de magia. No puedo esperar a que la profesora Ivanov nos haga progresar hacia la verdadera Magia de Sangre. Tal vez incluso un poco de nigromancia.
Draco le lanzó una mirada perspicaz.
—No veo qué tiene que ver alguien como tú con la nigromancia... a menos que intentes resucitar las neuronas muertas de Weasley.
Granger puso los ojos en blanco y luego dijo:
—Por lo que he oído, Ilvermorny, Beauxbatons y Koldovstoretz no ofrecen Artes Oscuras. Así que sí, estoy interesada. Es parte de por qué elegí Durmstrang en lugar de esas opciones más civilizadas.
—Todo eso te lo contó el búlgaro, ¿verdad? ¿En esos pergaminos kilométricos que te envía todos los días? —dijo Draco con burla.
—Son cartas, no pergaminos, y él no es el búlgaro. Tiene un nombre. Ni siquiera es largo ni difícil de pronunciar.
—¿Puede pronunciar él tu nombre correctamente? —Draco lo fulminó con la mirada.
—No lo sé, —resopló Granger—. ¿Tú puedes? ¿O lo mejor que se te ocurre es decir "asquerosa Sangre sucia"?
Habían subido la última escalera de caracol y se dirigían a la muralla que conducía a la Casa Soscrofa, todavía en extremos opuestos mientras luchaban por mantener una distancia de tres metros que disminuía constantemente a medida que las murallas se estrechaban con cada paso rápido.
Draco sintió que se le apretaba la mandíbula.
—¿Por qué importa lo que yo diga? Son solo palabras sin sentido y no debería molestarte.
—¿Y si voy por ahí llamándote pequeño hurón endogámico? —espetó Granger, sin fijarse en dónde pisaba. Caminaba peligrosamente cerca del borde exterior de la muralla, que estaba cubierto de hielo negro—. ¿Cómo te sentirías tú?
—No hay nada pequeño en mí, —replicó Draco, poniéndose más erguido—, y tú me llamaste así dos veces la semana pasada. Te oí reírte de ello con Nott en clase de Psicometría.
—¿Nos oíste? —preguntó Granger tímidamente.
—No fuisteis precisamente silenciosos, —resopló Draco.
—Cierto...
Ahora caminaban aún más rápido, en una competición tácita por ver quién llegaba antes a la sala común.
Apenas habían visto su entrada arqueada cuando fueron golpeados por una repentina y poderosa ráfaga de viento. Los fragmentos de hielo les atravesaron la piel como metralla helada, rasgando el aire con tanta fuerza que Granger resbaló en el suelo mojado.
Luego, lentamente, se deslizó hacia los lados. Su pie derecho se deslizaba fuera del parapeto; el zapato caía en picado cientos de metros hacia el abismo sin fondo que había debajo; desaparecía en un parpadeo de hielo y cuero.
Los brazos de Granger salieron disparados en busca de algo, cualquier cosa que impidiera que cayera por el borde.
Y Draco estaba allí de repente.
Agarrándola de los dedos para apartarla de la caída y acercarla a su pecho.
Cayeron juntos hacia atrás y aterrizaron bruscamente sobre la dura piedra. Y pudo sentir el pulso de un corazón que se aceleraba.
Sin embargo, durante un breve instante, ambos permanecieron allí, con las extremidades crispadas y el pecho agitado. Tumbados sobre los ladrillos helados mientras su respiración se estabilizaba. La espalda de su uniforme estaba rasgada por la caída, la nieve se arremolinaba en densos remolinos sobre su cabeza y el viento que soplaba sobre la muralla nunca había sido tan gélido.
Pero lo único que sintió fue a Granger contra él, temblando de frío y con el corazón acelerado.
No intentó moverse.
—
—¡Slytherin de nuevo en posesión! —gritó Blaise, adoptando un tono de locutor mientras aseguraba la Quaffle bajo un brazo y se abalanzaba en picado.
Draco inclinó los hombros hacia delante sobre la escoba para aumentar la velocidad, alcanzando rápidamente a su antiguo compañero de equipo mientras decía:
—Casa equivocada, idiota. Grita esa mierda durante un entrenamiento de los Wolverine y te echarán antes del partido inaugural.
Blaise soltó una carcajada.
—Ehhh, Munter ya ha intentado echarme tres veces porque, y cito "las serpientes pertenecen a la tierra". Desafortunadamente para él, Kuytek sigue imponiéndose. Jura que una vez que volemos en el mismo equipo durante una temporada, dejaremos de intentar arrancarnos las gargantas mutuamente. Sigue siendo una locura si me preguntas, pero ¿quién soy yo para juzgar? Todo lo que puedo hacer es ser tan bueno cazando que Munter se ahogue en su propia saliva.
Motivado, Blaise lanzó la Quaffle entre las ramas de un abedul con tal precisión que no perturbó ni una sola hoja.
En Hogwarts, el ágil mago de piel oscura siempre había sido un buen jugador de Quidditch. Solo había mejorado gracias a las clases de combate y, al parecer, a los enfrentamientos con Wolf fuera de clase. Eso, y practicando con sus amigos los fines de semana, como estaban haciendo ahora.
Draco se zambulló para recuperar la pelota, contento de estar de vuelta en su Nimbus 2001, que le habían enviado desde casa mediante un traslador de larga distancia. No volvería a dar por sentado el hecho de montar en su propia escoba.
Goyle, sin embargo, seguía arreglándoselas con una escoba prestada del colegio, que no cooperaba. Daba vueltas desesperadamente en círculos al otro lado del campo, mientras Daphne observaba sus payasadas desde la lejana escalera del colegio.
Blaise aterrizó en la nieve junto a Draco, que le lanzó la Quaffle.
—Goyle mencionó que te vio jugar el otro día, —comentó Blaise, quitando el hielo cristalizado del cuero del balón con un codazo—. Dijo que parecías un goleador nato con esos espeluznantes gemelos en tu casa. ¿Piensas hacer una prueba para un puesto fijo?
—Si Goyle está tan interesado en el Quidditch, mételo contigo, —despidió Draco. Dio una patada en el suelo, alzando el vuelo de nuevo. La voz de Blaise surcó el aire tras su ondulante capa de piel.
—El simio no pasó el corte. Como era de esperar, hay una dura competencia para los puestos de Golpeador en Wolverine y la verdad es que no está hecho para otra cosa.
—Solo necesita una escoba de verdad.
Entonces, sin previo aviso, Draco se agachó hacia la izquierda en una finta que había visto una vez en una revista de Quidditch, antes de cortar el aire por debajo de Blaise, arrancándole la Quaffle de las manos.
Echando el brazo hacia atrás, Draco lanzó la pelota a través del campo. Siguió un arco curvo sobre el campo y se precipitó entre las ramas tan rápido que el abedul se astilló.
—
Horas más tarde, estaban reunidos en la escalinata que domina los terrenos de la fortaleza. A pesar de ser solo las primeras horas de la tarde, el sol ya estaba bajo en el horizonte. Parecía que la temperatura bajaba con la misma rapidez.
—No podéis pasar el próximo sábado en el aire. Es el tercer fin de semana del mes, así que podemos visitar Longyearbyen, —dijo Daphne, frotándose las palmas de las manos para calentarlas. Aunque sus palabras iban dirigidas al grupo, sus ojos azul pálido se posaron en Blaise, que estaba tirado en la escalera a sus pies, hecho polvo por el vuelo—. Deberíamos planear ir en grupo otra vez. Pero sin separarnos esta vez.
Blaise se estiró, cambiando de tema.
—Solo faltan dos semanas para que el Departamento de Seguridad Mágica llame a la puerta. El treinta de octubre para ser exactos: Víspera de Halloween.
—Qué festivo para nosotros, —replicó Draco, con voz llana.
—¿Qué? ¿No es una cita con nuestro agente de la condicional la forma más espeluznante de celebrar Halloween? —sonrió Blaise.
Daphne frunció el ceño con desaprobación. Dobló la manta que había extendido sobre su regazo y se levantó.
—Está oscureciendo, así que me voy dentro. Divertíos congelándoos antes de cenar.
Blaise le hizo un gesto indiferente.
—¿Qué ha pasado entre vosotros dos? —preguntó Draco, notando la tensión.
Blaise hizo otro gesto con la mano mientras se reclinaba más en los escalones. Goyle, mientras tanto, dormía profundamente sobre la hierba seca más cercana.
—No preocupes a tu bonita cabeza rubia por eso. Probablemente solo tenga hambre, —dijo Blaise con un bostezo que sonó forzado. Estaba mirando el paisaje nuboso que se movía rápidamente por el cielo. Se avecinaba una tormenta que rivalizaba con la que había azotado la muralla tan repentinamente el jueves por la noche.
Luego Blaise añadió:
—Últimamente, estoy más preocupado por mi entrevista que por la tuya. Con el tiempo que pasáis Granger y tú en la biblioteca, tus notas deben de haberse jodidamente disparado. —Su cara se ensombreció—. A menos que no estés ahí para...estudiar.
—No sabes lo que dices, —replicó Draco, echando un vistazo a Goyle para confirmar que seguía dormido.
—Y tú siempre has sido una mierda mintiendo, o al menos cerca de mí. He visto dónde te escondes cuando estás seguro de que no te veo. La cosa es que soy bastante bueno con la desilusión y escabulléndome. Debe venir de familia.
Los dos estaban sentados ahora, manteniendo la voz baja para no despertar a Goyle. Draco tenía los hombros rígidos y el ceño fruncido.
—La Sangre sucia podría caerse muerta mañana y este lugar sería mucho mejor por ello, —dijo entrecortadamente.
Blaise se mordió el labio, pensativo.
—Te estás obsesionando con ella, Malfoy. O quizá siempre has estado obsesionado y no querías admitirlo. Pero ahora te acurrucas con ella en ese gélido dormitorio de Soscrofa al que los tortolitos volvéis cada noche. Haciendo que Nott lance un Muffliato alrededor de su cama para evitar sonrojarse...
—Esta vez eres tú el que habla con el puto culo, Zabini.
—Leyéndoos los pensamientos sucios en las clases de Legeremancia.
—Ni siquiera hemos terminado con Oclumancia.
—Recitándole poesía en francés y otras lenguas románticas.
—Estoy traduciendo libros noruegos sobre magia oscura, —espetó Draco.
A Blaise se le torció la sonrisa malévola que se le había dibujado en la boca. Se inclinó más para estudiar la cara de su amigo, que no mostraba ningún atisbo de emoción a pesar de la insistencia.
—Eres un mentiroso y un hipócrita, —decidió Blaise—. Me echas mierda por atreverme a ayudar a Granger. Pero en cuanto Potter y Weasley se quitan de en medio, te apresuras a sustituirlos.
Draco exhaló con amargura.
—No te molestes con encantos de ocultación. No volverás a verme cerca de ella.
—Probablemente sea lo mejor, —convino Blaise. Volvió a inclinarse y cruzó los brazos detrás de la cabeza mientras volvía a mirar las nubes—. Las puertas no pueden permanecer cerradas mucho tiempo antes de que la gente empiece a notar patrones. A hacer preguntas o a husmear. Es como le dije a Daphne: el agua y el aceite no están hechos para mezclarse. Y cuando hay sangre sucia de por medio... —Las palabras de Blaise se quedaron en silencio.
—¿Qué tiene que ver Daphne con todo esto? —preguntó Draco haciendo una mueca.
—Digamos que sé de primera mano lo que pasa por mezclar cosas que no se deben. Los errores ocurren. La gente sale herida...
Blaise dejó caer la cabeza hacia el otro lado, mirando a lo lejos.
—
Draco estaba bajando los escalones blancos del Banco de Gringotts, el sol reflejándose brillantemente en el mármol y directo a sus ojos grises, haciéndolos llorar.
—Quiero que te quedes en tu habitación cuando el señor Borgin visite la mansión mañana para recoger los objetos. Si puedes prometerme eso, arreglaré que te unas al equipo de Quidditch de tu casa,—estaba ordenando Lucius.
Draco se detuvo en el último escalón.
—¿De verdad? ¿Cómo?
—Irrelevante,—dijo Lucius, enviándole una mirada tranquilizadora—. Simplemente dime cuántos jugadores tienen y yo me encargaré del resto. Cualquier cosa con tal de que dejes de parlotear sobre Potter, su famosa cicatriz y su escoba. Quizá incluso te sirva de motivación para subir tus notas por encima de esa chica muggle a la que también has mencionado al menos doce veces hoy.
—Hermione Granger,—dijo Draco.
Sin embargo, Lucius no lo oyó y había empezado a cruzar la bulliciosa calle principal del callejón Diagon. Dejándolo atrás en el banco.
Corriendo para alcanzar las zancadas más largas de su padre, Draco dijo con impaciencia:
—Hay siete miembros del equipo de Slytherin en la alineación inicial, más algunos jugadores de reserva.
Lucius no reparó en su hijo, que tenía la mirada clavada en la fachada de Flourish y Blotts. Un enjambre de brujas de mediana edad se apresuraba a entrar por la puerta principal, sujetando entre sus dedos regordetes ejemplares de una novela romántica de aspecto vulgar. Draco entrecerró los ojos para ver mejor el título... que decía algo sobre "Viajes" y "Vampiros".
Una chica pasó corriendo junto a Draco, parloteando emocionada:
—¡Podemos conocerlo de verdad! Ha escrito prácticamente toda la lista de libros.—Luego desapareció en la tienda en un remolino de pelo castaño.
Se acercaron.
Ante la puerta principal había un dependiente de aspecto acosado, bloqueando la oleada de clientes, diciendo:
—Con calma, por favor, señoras... No empujen... cuidado con los libros...
Con el ceño fruncido, Lucius extendió su bastón lacado en negro y lo utilizó para apartar a la multitud de su camino. Aun así, necesitó varios codazos y pisotones para atravesar la entrada.
Una vez dentro, vieron que había una cola que llegaba hasta la parte trasera de la tienda, donde estaba sentado un mago ridículo. Estaba rodeado de grandes retratos de su propia cara sonriente, todos guiñando un ojo y enseñando unos dientes deslumbrantemente blancos a la multitud. El mago vestía una túnica azul pavo real y llevaba un sombrero puntiagudo colocado en un ángulo ridículo sobre su pelo amarillo. La plaga que tenía delante rezaba: "Gilderoy Lockhart, Primer Evento de Firma de Libros".
La pompa le pareció desagradable y se dirigió a la sección de cajas, en un rincón más vacío de la tienda. Golpeó la caja con el bastón para llamar la atención del dependiente.
—La lista de libros obligatorios de mi hijo para su segundo curso,—entonó Lucius mientras le pasaba el pergamino doblado que Draco había recibido de Hogwarts—. Tráelos y envía la factura a la dirección habitual.
—Entendido, Sr. Malfoy. Preferiría...
En el otro extremo de la librería, Lockhart se había puesto en pie de un salto y gritaba:
—¿No me digas que es Harry Potter?
Ambos se giraron para ver cómo la multitud se separaba como un mar de capas negras. Lockhart se lanzó hacia delante, agarró a Potter por su brazo flaco y tiró de él hacia el frente para hacer fotos, sonriendo:
—Amplia sonrisa, Harry. Juntos coparemos la portada.
Con la cara acalorada por los celos, Draco se puso de puntillas para ver el frente.
Las cámaras hicieron clic. El público aplaudió cuando Lockhart regaló a Potter un ejemplar de su autobiografía y anunció:
—Damas y caballeros, qué momento tan extraordinario. Cuando el joven Harry entró hoy en Flourish y Blotts esta mañana para comprar mi extraordinaria autobiografía. No tenía ni idea de que dentro de poco recibiría mucho, mucho más que mi libro "El Encantador". De hecho, él y sus compañeros de colegio van a disfrutar de mí verdaderamente. Sí, damas y caballeros, tengo el gran placer y el orgullo de anunciarles que este septiembre ocuparé el puesto de profesor de Defensa contra las Artes Oscuras en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
El público vitoreó y aplaudió una vez más, y luego empezó a dispersarse cuando concluyó la firma.
—Vamos, Draco,—ordenó Lucius.
Cruzaron la habitación hasta donde Potter estaba con sus amigos. Mientras lo hacían, Draco puso la altiva sonrisa de desprecio que siempre usaba con los Gryffindors, todos los cuales no lo habían visto acercarse.
—Te habrá encantado, ¿eh, Potter? El famoso Harry Potter. Ni siquiera en una librería evitas ser el protagonista,—dijo en voz alta.
La chica Weasley miraba a Draco con las mejillas teñidas de un rojo tan violento como su pelo.
—¡Déjale en paz,—dijo—, él no quería todo eso!
Potter parecía estupefacto por la chica que salía en su defensa, y parpadeaba estúpidamente detrás de las gafas.
Sonriendo, Draco se burló:
—¡Oh, vaya Potter, veo que tienes novia!
Para entonces, la multitud se había reunido a su alrededor, compuesta en su mayoría por la prole Weasley, cada uno de cuyos miembros llevaba montones de libros de tercera mano en mal estado. Granger también estaba allí con un hombre y una mujer que debían de ser sus padres muggles, y que parecían fuera de lugar en la librería mágica. También eran mucho mayores de lo que Draco esperaba, sobre todo su padre, que ya tenía manchas de la edad en las mejillas y profundas arrugas en la boca.
—Oh, eres tú, Malfoy. Apuesto a que estás sorprendido de ver a Harry aquí, ¿eh?
Los ojos de Draco abandonaron a los muggles y se clavaron en Ron Weasley.
—No tan sorprendido como yo de verte en una tienda, Weasley,—replicó Draco, con las cejas enarcadas al ver el montón de libros que llevaba el chico en la mano—. Supongo que tus padres pasarán hambre durante un mes para pagar todos esos.
Weasley se enfadó. Dejó caer los libros en el caldero de su hermana y se lanzó contra Draco, pero Granger le agarró por la espalda de la chaqueta, tirando de él hasta detenerlo, siseando:
—Déjalo. Malfoy no merece la pena.
Draco se puso tenso.
—¡Ron!—exclamó Arthur, abriéndose paso entre la multitud—. ¿Qué estáis haciendo? Esto es una locura, vámonos.
—Vaya, vaya... Weasley padre.
Lucius se había adelantado, colocando una mano sobre el hombro de Draco, con la misma sorna que su hijo. Ojos grises igualmente fríos.
—Lucius,—dijo Arthur, asintiendo con fuerza.
—Cuanto trabajo en el Ministerio, Arthur,—respondió Lucius—. Con tanta redada... Espero que te paguen las horas extras.
Metió una mano en el caldero de la chica Weasley y extrajo, de entre los lustrosos libros de Lockhart, un ejemplar muy viejo y muy estropeado de Guía de transformación para principiantes.
—Aunque a juzgar por el estado de esto, diría que no,—rio Lucius—. ¿Qué sentido tiene deshonrar el nombre de mago si ni siquiera te pagan bien por ello?
Draco, que seguía al lado de su padre, se cruzó de brazos y sonrió burlón. Una tan merecida como hilarante.
Arthur se enderezó hasta alcanzar su estatura completa.
—Tenemos una idea muy distinta de lo que deshonra el nombre de un mago, Malfoy,—gruñó.
—Sin duda,—observó Lucius, desviando la mirada hacia los padres de Granger. Arrugó la nariz con profundo disgusto, como si hubiera olido algo asqueroso. Sin dejar de mirar a los muggles, les dedicó una sonrisa despectiva—. Relacionarse con muggles. Pensé que tu familia no podía caer más bajo.
PAM
De la nada se oyó un ruido metálico y un caldero salió volando; Arthur Weasley se había lanzado contra Lucius, haciéndole caer de espaldas contra una estantería. Docenas de pesados libros de hechizos cayeron sobre sus cabezas.
Los gemelos gritaron: "¡Agárralo, papá!"; la señora Weasley chilló: "¡No, Arthur, no!"; la multitud retrocedió en estampida, golpeando más estanterías.
El torpe Hagrid había atravesado un mar de libros para separar a los dos magos. Arthur Weasley tenía la túnica rasgada y el labio magullado. El semigigante lo estaba sujetando.
Mientras tanto, un trío de dependientes arrastraba a Lucius en la dirección opuesta. Tenía un corte largo e irregular desde la sien hasta la mandíbula. Se limpió la herida, arrojando la sangre de la mano con tanta fuerza que salpicó a Draco.
Pero Lucius ignoró a su hijo mientras luchaba por liberarse. Se retorcía en los brazos de su captor. Su rostro estaba impregnado de un odio oscuro y fanático que Draco no había visto hasta aquella pelea.
Al otro lado de la multitud, el padre muggle de Granger miró a Lucius con el ceño fruncido, y su voz recorrió claramente la librería.
—Qué hombre tan trágicamente mezquino.
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Nota de la autora:
La semana pasada, Reddit publicó su encuesta sobre los mejores fics Dramione de 2024, y Year of the Lioness fue incluido en la lista de los "Top Ten WIPs". Así que quería dar las gracias a todos los que leyeron, recomendaron o votaron esta historia. Vuestro apoyo no deja de sorprenderme.
En otras noticias, mi historia anterior en esta serie These Selfish Vows recibió el PRIMER LUGAR en la categoría "Voldemort / Dark Side Wins" entre algunas otras menciones... ¿¡QUÉ!? Todavía estoy en shock. Ha sido un gran año gracias a todos vosotros.
Gracias desde el fondo de mi agitado y ansioso corazón.
HeavenlyDew
