La autoría de Ranma y todos los derechos, pertenecen a Rumiko Takahashi. Esta obra es sin ánimo de lucro y para entretenimiento.
AVISO: Temática adulta. Escenas 18 y uso de drogas.
Capítulo 3 - Tercero en discordia.
Tocaba con una concentración imperturbable. Solamente permitía que su aura tan admirablemente asertiva fuera penetrada por el flujo de emociones del contexto melódico para lograr ensamblarse con el conjunto. Sus bellos ojos luminosos paseaban por los trastes de su poderosa guitarra, a la vez que cada acorde era ejecutado con una cadencia e impronta tan particular, que cualquier persona, tuviera o no el oído entrenado, reconocería esos virtuosos dedos con tan solo escucharlo.
Su aporte era valioso, irremplazable. Una pieza fundamental del sonido. Él podía trasladar las desgarradoras emociones sobre las que Akane escribía, a la música.
No en vano la conocía tanto.
Desde que eran inocentes niños de 14 años, que se reunían en la habitación de la chica después de clases y que con una vieja guitarra acústica componían desastrosas canciones con melodías mediocres, se habían vuelto inseparables.
Él la comprendía al punto de lograr canalizar en sus seis cuerdas, el ahora desgarrado corazón de la artista.
Ryoga lo miró, encendido por el entusiasmo de saber que estaban brindando una interpretación perfecta, y le indicó con la cabeza un corte en la canción, que daba pie al puente previo a ese heroico solo de guitarra que ejecutaría aquel niño bonito que parecía haber engatusado a todos sus amigos: Ranma Saotome.
Ranma le inspiraba rechazo.
Saberlo tan descaradamente interesado en la chica que amaba hacía años, le revolvía las tripas de bronca. Siempre tan entrador, apuesto y ocurrente… Sin esfuerzo alguno, la gente caía a sus pies. Parecía intocable, predestinado a reinar con éxito donde sea que fuere.
No solo lo rechazaba, lo detestaba.
Lo detestaba porque le recordaba a él. Al galante y guapo chino de rodete que conquistó a Akane y a la industria musical asiática al mismo tiempo. El que había logrado, sin siquiera luchar, todo lo que él siempre había deseado.
El que la había lastimado.
Porque así eran estos fanfarrones… tomaban lo que querían sin pedir permiso, sin merecerlo y lo destrozaban. Usaban a las personas para su mero entretenimiento, ya que desde su óptica narcisista, todos eran funcionales a ellos y a su ego.
Maldito Kirin y maldito Ranma. Esta vez no permitiría ver cómo herían a su musa.
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-Anímate. Te juro que soy un excelente piloto.- Ranma intentaba por todos los medios convencer a Akane de que subiera a su motocicleta. Ardía por tenerla cerca después de haberla visto cantar tan sensualmente durante toda la jornada.
La chica se mecía en sus talones entretenida, de brazos cruzados y mordiéndose el labio. El joven de trenza la miraba encantador con una media sonrisa, recostando su peso en su codo apoyado sobre el tanque de combustible de su Yamaha y con las piernas cruzadas. Era tan absurdamente arrogante y sexy, que en vez de resultarle molesto, le gustaba.
-Vamos... ¿Por favor?- insistió haciendo puchero con una vocecita tierna que le arrancó una carcajada.
-¿Por qué exactamente debería volver en tu moto?-
-Porque así no solamente disfrutaré de conversar contigo a solas, sino que llegaremos antes que los demás y podremos elegir qué ver en la Tv sin opiniones.-
La hermosa chica sonrió y estaba a punto de aceptar, cuando Shinnosuke se aproximó por detrás y le envolvió los hombros con un brazo, llevándosela consigo. -Vamos, ya está todo cargado en la camioneta.-
Ranma lo observó y luego a ella. Notó como si de repente la joven hubiera perdido ese espíritu juguetón que le había mostrado. -Te veo en casa, "piloto".- le sonrió de esa manera hermosa que le revolucionaba el pulso y él solo pudo asentir mientras ese alto bobo la alejaba de él.
-Yo te acepto el aventón, cariñito.- Ryu se le colgó de los hombros y comenzó a intentar darle besos en la mejilla, haciendo que Saotome forcejee en un ataque de risa.
Ryoga silbó desde la van con un dedo en cada extremo de su boca. -¡Ey, Kumon, deja de coquetear con Ranma y sube que tengo hambre!-
Antes de hacerle caso a su amigo, Ryu bajó su usualmente escandaloso vozarrón y poniendo una mano en el hombro del joven de ojos azules, le confió en un tono más serio. -Tenle paciencia a Shinno. A veces se excede en sus formas, pero él solo quiere cuidar a Akane.-
-¿Cuidarla de mí? Pero… yo no soy un mal tipo.-
-Lo sé, colega. Pero la historia es un poco más… complicada.- le sonrió tristemente con los labios cerrados, antes de irse trotando a reunirse con los demás para volver a la casa.
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La mañana siguiente, la mujer de grandes ojos castaños despertó de repente a causa de unos golpes rítmicos, secos y fuertes que hacían retumbar la pared. Frunció el ceño, eso no parecía ser la cama de Ryu. Además, ya le había pedido que la despegara de la pared y su amigo la había contentado.
Luego de asearse rápidamente, salió al pasillo y notó que el sonido provenía de la habitación de al lado. Se asomó y vio la puerta abierta, por lo que pudo curiosear a gusto. Observó la figura del alto hombre de trenza, con las piernas bien plantadas al ancho de sus caderas, dando golpes certeros a un makiwara que había atornillado a la pared.
Tragó saliva… solo vestía esos curiosos pantalones chinos, revelando una espalda tallada, musculosa y brillosa por el sudor. Su sedosa trenza bailaba con la precisión de un metrónomo conforme cambiaba de brazo. El fuerte hikite marcaba sus delineados tríceps cada vez que retrocedía el puño que había golpeado para darle paso al otro, en una especie de polea de gran tensión pero bien aceitada. Los hombros relajados, la columna bien derecha. Se concentró en esas afortunadas gotas de sudor que lo recorrían lentamente, surcando esa definición magra y fibrosa… esa piel bronceada pero tersa.
El artista marcial percibió la presencia y sin dejar de golpear, giró la cabeza para posar su azul mirada en ella, por arriba de su hombro. -Buenos días, bonita.-
-B-Buenos días.-
Detuvo el entrenamiento y se giró, limpiándose el sudor de la frente con el reverso de su mano. Akane no pudo evitar bajar la mirada, intentando torpemente que él no lo notara. Si su espalda era para morirse, su torso era… irreal. Fuertes pectorales, abdomen privilegiado, oblicuos perfectos. Miguel Ángel seguramente se había inspirado en un espécimen como este para esculpir sus obras maestras.
-¿Te desperté?- le preguntó con voz ronca. Había notado el efecto que su cuerpo había causado en ella y no pensaba ceder semejante oportunidad para coquetearle. Su corazón comenzó a latir más fuerte mientras empleaba su valentía para acercarse, acechador. Sin embargo, apeló a sus años de meditación y se mantuvo expectante. Ella debería dar su consentimiento para que pudiera avanzar como él quería.
Los ojos de Akane estaban nublados, se relamía inquieta los labios. Quería saltarle encima. Quería arrancarle esos malditos pantalones de kung fu con los dientes, morderlo, lamerlo, besarlo, entregarse a él. Sentir sus fuertes manos ahorcándola mientras la destrozaba. La dulzura que parecía predominar en sus rasgos se había esfumado. Sus ojos se tornaron felinos, osados. Bajó el mentón sin dejar de mantenerle la mirada y utilizando la aproximación del joven, lo confundió dando un paso hacia él, casi haciendo que las puntas de sus pies descalzos se tocaran. Lo miró con una sonrisa peligrosa, disfrutando de esos ojos color noche detrás del despeinado flequillo azabache, comiéndosela viva.
Vio la nuez de Adán moverse repentinamente, tragando duro.
Cerró la mano con la palma hacia arriba y extendió el dedo índice. Con la uña, recorrió de forma ascendente el calado surco que separaba las abdominales de Ranma. Notó que temblaba, que su respiración se entrecortaba a causa del inesperado y sensual contacto.
-Pues despertarse así, da gusto.- ronroneó con su hermosa voz. Retrajo su mano y estratégicamente apoyó el dedo con el que lo había tocado en el hueco entre sus senos, jugando despacio con el encaje de su escote. El muchacho tembló, su bajo vientre se contrajo, tensando aún más los músculos. Las venas de sus antebrazos se marcaron cuando cerró los puños para contenerse y no arrancarle ese camisoncito de satén blanco de un tirón.
-Akane, te llaman.- la voz de Shinnosuke interrumpió el momento una vez más. La chica le guiñó el ojo, haciéndolo exhalar tembloroso y, volviendo a su expresión inocente, se dirigió a la sala para atender.
Ranma abrió y cerró los puños en un esfuerzo por relajarse y obligar a su cuerpo a bombear sangre a otro lado que no fuera su entrepierna. Miró cómo el alto amigo de la chica lo observaba, enojado. -¿Y a tí qué te pasa?-
Reprimir sus impulsos sexuales lo convertían en una bomba de testosterona, así que tener a su rival parado justo frente a él, queriendo comenzar un duelo de malas caras, le venía como anillo al dedo para liberar la tensión.
-Aléjate de ella. Akane no es una de tus putitas, idiota.- le respondió venenoso el muchacho de Ryugenzawa. Los ojos del moreno se encendieron, estaba listo para usar a ese idiota como saco de boxeo. En un movimiento tan veloz que resultó imperceptible, se abalanzó contra Shinnosuke y lo tomó del cuello, estrellándolo contra la puerta del otro lado del pasillo y levantándolo varios centímetros del suelo.
Apretando los dientes y acercando su rostro amenazadoramente, siseó. -No me conoces. No sabes nada de mí. Yo no pienso en Akane de esa asquerosa manera, así que si sabes lo que te conviene, DÉJANOS EN PAZ.- Gritó apretando más la mano que se ceñía al cuello. Shinnosuke intentó forcejear, pero se vio abrumadoramente superado por la fuerza animal de su contrincante. De repente, la puerta donde estaban apoyados se abrió de par en par, haciéndolos caer.
Ranma rodó en el suelo como un gato y se irguió en cuclillas, apoyando una mano en el suelo, listo para seguir la pelea. Shinno tosía tocándose el cuello, que ya se observaba rojo por la mano de Saotome.
-¿Pero qué carajos hacen?- Ryoga los regañó, furioso.
Los pasos acelerados de Ryu resonaron por el pasillo y entró a la habitación al segundo. -Mierda, Ranma, qué diablos te pasa?- observó a la víctima del confuso ataque para cerciorarse de que estaba bien, pero desconfiando de qué habría hecho para generar semejante reacción.
El muchacho de trenza y su rival se pusieron de pie simultáneamente. El castaño tosió adolorido antes de acusarlo. -Es un animal, un inadaptado. Solamente le dije que no acosara más a Akane y casi me mata.-
-Yo no la acosaba, idiota. Para tu información, fue ella la que entró a mi cuarto para hablar conmigo.-
Ryu le puso una mano en el pecho a Ranma para frenarlo, ya que se dirigía nuevamente a increpar a su némesis. -Muchachos, mantengamos la armonía. Akane es bien grandecita para elegir con quién anda y deja de andar. Sé que tus intenciones son muy nobles Shinno, pero no necesitas andar de niñera.-
El de Ryugenzawa lo fulminó con la mirada completamente indignado al comprobar que en efecto sus amigos habían sido cooptados por el deleznable intruso y se alejó iracundo.
-Y tú…- continuó Kumon -Te pedí que tuvieras paciencia con él. Será mejor que domines ese temperamento, o esta convivencia se convertirá en una batalla campal.-
Ranma bajó los hombros, reflexivo. Había reaccionado de manera excesiva ante una mínima provocación. -Lo siento… Lo siento de verdad, muchachos. No se repetirá.-
Ryoga lo empujó, divertido. -Menos mal que no te gustó Ukyo, o te habría partido la nariz.-
-Habrías besado el piso antes de siquiera tocarme.- lo provocó juguetonamente el de trenza mientras se relajaba gradualmente.
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Finalmente había llegado la semana de sesiones diferenciadas, donde la base de la banda (batería y bajo) se dedicarían a pulir sus interpretaciones en la sala contigua y la vocalista, la corista y el guitarrista líder, agregarían pistas de color y matices en el estudio principal.
Durante una pausa en la grabación y mientras el ingeniero de sonido y Shinnosuke en su rol de productor revisaban lo trabajado hasta el momento con Akane, Ranma salió a tomar aire y a comer una manzana sentado en el cantero de ladrillo que rodeaba al edificio.
Hacía un día hermoso y se encontraba de especial buen humor. No solo había confirmado satisfactoriamente que su enemigo era un excelente profesional capaz de dejar los conflictos personales de lado al momento de trabajar, sino que había compartido todo un día con el objeto de su deseo y su nueva gran amiga.
Ukyo era una chica muy dulce. Siempre se preocupaba por los demás, los protegía y consentía como una madre. Podía ser el alma de la fiesta y era una muchacha por demás divertida, pero también era cálida, contenedora y desempeñaba el rol de confidente mejor que nadie. Siempre daba los mejores consejos, lograba apaciguar cualquier conflicto y hacía razonar hasta al más cabeza dura. Y sobre todo… cocinaba como los dioses, algo que un glotón como Ranma valoraba inclusive hasta más que todo lo demás.
-Ahí estás, trenzudito. ¿Puedo?- la menuda castaña sonrió y luego de que él asintiera, tomó asiento a su lado, desenvolviendo su bandejita de mochis caseros.
-Ese idiota de Shinnosuke es muy profesional.- reflexionó en voz alta el ojiazul.
-Dale un respiro, Ranma. Shinno es un chico amoroso, un excelente amigo y mejor persona. Simplemente ama mucho a Akane y luego de lo que le ocurrió… pues no quiere que se repita.-
El chico dio otro mordisco a su fruta posando sus ojos en ella. -¿Qué fue lo que le pasó? Si se puede saber… Porque siento que ese abraza árboles me condena sin que yo haya hecho nada.-
La chica rió por lo bajo por el atinado y gracioso mote que había usado y comió despacio, deliberando en su interior sobre si debía contarle semejantes intimidades de su mejor amiga al nuevo integrante. Quizá si supiera tan solo una parte… entendería la actitud de su otro compañero.
-Si bien siempre fue deseada por cada hombre que se cruzara en su camino desde la preparatoria, Akane solo tuvo un novio… Kirin Lei. Lo conoció durante un evento en el Roxy, donde talentos locales eran evaluados por músicos consumados, pertenecientes a Nerima Records. Ella tenía 17 años, pero por su talento y presencia escénica, destacó por sobre todos los participantes.-
El de la trenza suspiró concordando con lo que escuchaba. Es que esa chica era… hechizante.
-Comenzó una pasantía como corista de los Nekonron durante su gira por el norte y centro de Japón y rápidamente Kirin la atrapó en sus redes. Fue su primer beso, su primer hombre, su primer todo. La hundió en un mundo de excesos y sustancias aprovechando que su corta edad e inexperiencia, la hacían vulnerable. Ella lo amaba con locura, lo idolatraba, hasta discutió con su familia y casi corta relación con ellos, por salir en su defensa. Y para él… Bueno… tan solo fue una conquista más.-
Ranma frunció sus gruesas cejas. -Conozco muy bien a los idiotas como él. Son malditos cobardes que abusan de la confianza de niñas inocentes para exhibirlas como un trofeo… Si me lo cruzo, te juro que le partiré todos los huesos.-
Ukyo lo miró enternecida. Sabía distinguir cuando alguien hablaba en serio, y el chico era absolutamente transparente. -Tú le recuerdas a Kirin.-
Saotome se atragantó y golpeó su pecho con el puño mientras tosía. -¿Q-Qué!? ¿Es que acaso es boba? ¡Yo no tengo nada que ver con ese maldito imbécil!-
-A Shinnosuke. Le recuerdas a Kirin.-
El muchacho se mordió la mejilla, con una mueca de curiosidad. ¿Entonces ese tarado no lo odiaba a él sino a la persona a quien le remitía?
-La realidad es, que desde entonces a Akane no le ha interesado nadie más, nunca más. Hasta que llegaste con tu estúpido karategi.- sonrió ella logrando que el rostro de su interlocutor se tornara carmesí y levantara temperatura.
La chica le pidió la mano y él se la entregó sin dudarlo. Le depositó un mochi en la palma abierta y lo miró con una expresión agridulce. -No la lastimes, Ranma.-
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La convivencia había transcurrido sin mayores altibajos. Los dos involucrados en la pelea se evitaban y cuando se dirigían el uno al otro, era por razones estrictamente laborales. Si bien Saotome comprendía el origen de los sentimientos del alto, le resultaba precipitado e injusto que lo juzgara sin siquiera conocerlo. Además, él no era idiota… sabía que el castaño también pretendía a la hermosa chica y seguramente lo carcomían los celos cada vez que la veía coquetear con él.
La noche del viernes trajo consigo la celebración por la finalización de las grabaciones. El disco había pasado a la etapa de masterización y la banda ya se encontraba barajando propuestas de presentaciones en vivo y organizando el trabajo de prensa.
La fiesta se llevaba a cabo en el VIP de un club nocturno bastante escondido en el centro de la ciudad. Habían comenzado a beber desde temprano y para cuando se hizo la medianoche, el ánimo de los jóvenes estaba bastante exacerbado.
-Si logro que esta bolita de papel caiga en el martini de aquella chica, debes ligártela.- le propuso un mareado Ryoga a su amigo inseparable.
El baterista se peinó el flequillo con una mirada seductora. -No hace falta que tires ninguna bolita, idiota. Mira y aprende.-
Entre risas, el muchacho del colmillo observó divertido, cómo rechazaban a su amigo de una forma nada amigable.
-¡Esa maldita loca me arrojó su trago! Te voy a matar Hibiki…-
-Pues quítate la camisa y de paso nos deleitamos con la vista…- una sexy y conocida voz femenina hizo que Kumon se tensara entero. Giró la cabeza muy lentamente y cuando la vio, tragó duro cerrando los ojos para controlar su revolucionado pulso.
-¡Hey, Lychee! ¿Qué haces aquí?- la saludó Ryoga con un respetuoso abrazo. Su hermoso cabello anaranjado caía sobre sus hombros en bucles, su diminuta figura estaba envuelta en un precioso vestido largo de color celeste metalizado, con un tajo que llegaba casi al comienzo de su muslo derecho.
-La disquera cursó una invitación a todos los artistas y como mis representados y yo estábamos en Tokio grabando un video musical, decidimos venir a divertirnos un poco.-
Ryu finalmente espabiló y pudo hablar. -¿V-vinimos? Eso quiere decir…-
-Ni hao, biăo zi yăng de (Hola, hijo de puta).- el famoso baterista Mousse Tsu saludó con bronca. Una sonrisa desafiante se dibujó en el rostro de su contraparte Japonés y levantó el mentón con actitud sobradora, como acostumbraba. -Veo que lograste entrar… Quizá un ciego como tú no vio el cartel de "no se permiten imbéciles" en la puerta.-
-Chicos, chicos, haya paz.- intercedió Ukyo que se había apresurado a acercarse, mientras miraba cautelosa a los dos integrantes de Nekonron frente a ella. -Hola Lychee, hola Mousse, tanto tiempo…- intentó sonreír pero la desesperación la invadía. Si ellos estaban allí, era muy probable que los otros tres también.
La castaña se apoyó en el hombro de Ryoga para mantenerse en puntas de pie y escaneó la enorme sala hasta que, en una mesa del fondo, los vio: Taro, Toma y Kirin brindaban entretenidos, mientras se sacaban fotos con las numerosas chicas que se les acercaban para expresarles su admiración.
Tenía que encontrar a Akane cuanto antes e irse de ahí.
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-Estás haciendo trampa.- rió ella con los ojos vidriosos por el alcohol.
El muchacho sonrió apoyando su mentón en la mano y negó con la cabeza. -Es que me lo haces muy fácil.-
-A ver… me alejo.- La chica de cabello azulado se levantó de la butaca de terciopelo que rodeaba la mesa y se alejó varios pasos. -No vale que te levantes.-
-No será necesario. Lanza.-
Se mordió el labio divertida y luego de hacer varios ademanes, le arrojó la uva. Ranma siguió el improvisado proyectil con la mirada, y justo cuando hacía un arco descendente hacia él, abrió la boca y ladeó el cuerpo, masticando la fruta exageradamente, con una sonrisota mostrando todos los dientes.
Akane dio un pisotón emulando un berrinche. -No es justoooo, no puedes tener esos reflejos, es inhumano.- se quejó mientras tomaba asiento nuevamente, esta vez al lado del muchacho. Él la miró desde su altura, cruzando los brazos sobre la mesa. -Quizá, la realidad es que tienes muy buena puntería.-
Sus ojos color caramelo se alzaron dulces para mirarlo, su naricita se tiñó de rosado al sonrojarse como colegiala y sus tentadores labios se curvaron en una tímida sonrisa. -Siempre me dices cosas bonitas… Gracias, Ranma.-
El aludido miró su boca, y extendiendo la mano le peinó el flequillo. -Bonita eres tú…- le susurró embelesado. Con mucha determinación, ladeó su cuerpo para estar más enfrentado a ella y sosteniendo su suave mejilla, comenzó a acortar el espacio que los separaba.
-Akane, tenemos que irnos ya.- Ukyo interrumpió, haciendo que Ranma dejara caer su cabeza con exasperación.
La vocalista miró a su amiga, confundida. Buscó a sus compañeros de banda con la mirada y su mandíbula se aflojó cuando distinguió la alta e imponente figura de Mousse entre los asistentes.
Mientras ella se ponía de pie para observar a los invitados, Kuonji le hacía señas a Ranma desesperadamente. Pero a veces él no era el más despierto y la miraba frunciendo el entrecejo, haciendo gestos de duda con las manos. Ukyo se acercó a él furiosa y le habló al oído. Al pelinegro se le abrieron los ojos como dos platos.
Cuando miró a Akane, ella estaba cubriéndose la boca, con la vista clavada en la butaca del fondo, donde tres jóvenes chinos que identificó como Kirin y los músicos de la banda, se encontraban bebiendo.
Antes de que pudiera tomarla de la mano y sacarla de ahí, los afilados ojos del famoso cantante se posaron en ella. De repente su expresión despreocupada se tornó en una de interés, y con una disculpa a sus compañeros, se paró con claras intenciones de aproximarse.
Pero él no lo permitiría. Tomó a la joven Tendo de la cintura y la arrastró fuera del lugar. Ella estaba tan mareada y sorprendida, que se dejó hacer.
Retiró los abrigos, la subió a la moto y se la llevó ante un estupefacto Kirin, que inmediatamente comenzó a averiguar quién era ese joven de uniforme de Kung Fu y trenza.
Una vez que llegaron a la casa, la chica empezó a volver en sí. Aunque no era la misma que jugueteaba divertida con él hacía un rato, lo alivió saberla más tranquila.
-Ese era…-
-Kirin Lei. Sí, lo sé. No sé exactamente qué te hizo, pero de lo que estoy seguro, es de que es un maldito idiota.-
Akane se dirigió a la barra y se sirvió varias medidas de Whisky. Mientras daba pequeños sorbos, se giró a mirar al muchacho que se encontraba de espaldas a ella, abriendo una botella de agua mineral.
Haber visto a su primer amor, le revolvía profundos e hirientes sentimientos. Sus desplantes, sus infidelidades, sus promesas vacías y aquello que la había obligado a hacer. Aquello que le dolía todos los días de su vida, con lo que soñaba y no podía perdonarse.
Verlo le remitió a esas noches narcóticas, lujuriosas, descarriadas. Su piel se estremecía con la abstinencia de experimentar ese ambiente de autodestrucción y tortura que sentía merecerse. Porque ella era una basura.
Miró al joven y hermoso artista marcial. Sabía que estaba mal, que este chico no era inmundo como ella, negro por dentro como ella… pero si quería preservarlo, la única opción era alejarlo de la manera más dolorosa, para que así no volviera. Para que así la viera como realmente era, desechable.
Se terminó el vaso de un trago y se secó la boca con el antebrazo. Mientras Ranma se giraba a mirarla, dejó caer los breteles de su vestido, revelando un hermoso sostén de encaje color marfil, que complementaba su piel de porcelana, haciéndola ver casi etérea.
Él se irguió, expectante. Comenzó a respirar agitadamente y había abierto la boca para facilitar el flujo de oxígeno ante semejante espectáculo. Akane levantó una mano y desató el listón que mantenía recogido su cabello, que cayó sedoso. Algunos mechones se mezclaban en el surco entre sus senos, y los corrió con la punta de sus dedos, mirándolo sensualmente.
Los grandes ojos azules se oscurecieron. Se mantuvo quieto, dejando que ella marcara el ritmo y hasta dónde quería llegar. Él esperaría pacientemente al momento correcto para tomar el control.
La chica se acercó y apoyando sus pechos contra el torso de él, lo miró con ojitos brillantes. -Así que, volviendo a lo que me decías hace un rato… ¿Soy bonita?- le susurró encantadora. Ranma dio una sonora inspiración, contrayendo todos los músculos de su estómago. Asintió, serio. -Eres la mujer más abrumadoramente hermosa que he visto en toda mi vida.- le declaró con total sinceridad.
La chica sonrió felina, tomó el costado de su fuerte mandíbula y lo atrajo hacia sus labios. Las grandes manos del chico encontraron su lugar en la base de su espalda y su cadera.
Comenzaron lentamente, saboreándose. Se amoldaron uno al otro, descubriendo que encajaban de una manera divinamente perfecta. La electricidad del tacto mutuo les recorría íntegros.
El fogoso joven profundizó el beso, desesperado por recorrer cada rincón de ella, de grabar en su mente ese sentimiento revolucionante de invadir su deliciosa boca. A ella le gustó su agresividad disimulada, podía notar que era un joven salvaje, dominante, caliente… Deseaba desfogarse, poseída por sus fuertes emociones.
Pero sobre todo, lo deseaba a él.
Con sus pequeñas manos, tiró suavemente del cuello mao de su camisa roja y él comprendió al instante que debía quitársela. Quedó cubierto únicamente por una camiseta de tirantes negra.
Continuó besándola desesperado, ya que haberla soltado para desvestirse se había sentido como si le hubieran amputado un brazo. Necesitaba sentirla, tenerla…
Sostuvo sus redondeadas caderas, repartiendo suaves besos húmedos por el níveo cuello, mientras ella desataba su trenza y hundía sus dedos en el oscuro cabello. El muchacho subió una mano lentamente, trazando la curva de su cintura, delineando el contorno exterior de su seno y al sentir que ella se separaba levemente para darle espacio, lo tomó con hambre. Lo apretó muy suavemente por sobre la tela del sostén y cuando ella tiró su cabeza hacia atrás con un fuerte suspiro, lo liberó de la prenda para amasarlo con gusto, mientras con su lengua recorría el dulce cuello hasta detrás de la oreja. Su perfume avainillado lo volvía loco.
-Vamos… vamos a mi habitación.- habló temblorosa tironeando su mano y él se dejó llevar. Atravesaron el pasillo dando tumbos, ya que el muchacho pegaba su cuerpo a la espalda de ella para recorrer el frente de su torso con las manos mientras le besaba el cuello. Ella lo guiaba alzando el brazo hacia atrás, tomándolo de la nuca.
Al llegar al borde de la cama, la menuda chica se giró para colgarse de sus fuertes hombros, rozando provocativamente la mandíbula masculina con sus carnosos labios. Ranma deslizó sus grandes manos, que la abarcaban sin esfuerzo, hasta la deliciosa redondez de su trasero, exhalando excitado ante la firmeza y generosidad de esa parte del que, a esa altura, ya consideraba un cuerpo perfecto.
-Eres tan… tan hermosa, Akane…- suspiró con voz grave, generando un cosquilleo en el bajo vientre de su presa. Mientras dejaba una mano en la carnosa nalga, la otra subió con ansias hasta la nuca de la chica para atraerla hacia sus labios. La besó profundo, rudo, desenfrenado. Que ella se le entregase tan gustosamente lo volvía loco, estaba emborrachado de placer y lujuria. Tuvo que separar sus labios abiertos para dejar escapar un excitado gruñido al sentir la pequeña mano acariciar esa íntima parte de su anatomía, que se erguía sólida como una roca.
-¿Te gusta?- suspiró ella contra su boca y él no pudo más que cerrar sus ojos, exhalando entre acallados gemidos, fruto del increíble placer que le estaba causando esa diosa. Asintió rápido, varias veces. A ella le encantó cómo ese flequillo que caía rebelde y muy largo sobre su hermoso rostro se revolvía ante su entusiasta respuesta.
-Quítate la camiseta…- le ordenó en voz baja mientras seguía subiendo y bajando su mano por el rígido miembro. El hombre cumplió sin hacerse rogar y ella tuvo que apretar sus piernas para contener el fuego que le generaba tener a ese cuerpo tallado por los mismos dioses, a su entera disposición.
Desató la cinta de los pantalones chinos para aflojar la cintura y metió su mano con resolución. Tomó el caliente falo y desparramando la humedad que emanaba de la punta, continuó el movimiento vertical con mayor facilidad y generando mucho más placer.
Ranma tomó dulcemente el hermoso rostro entre sus manos. Mantuvo la mano izquierda en su mejilla y con la otra peinó su azulado cabello mientras la miraba extasiado y respiraba pesadamente con la boca abierta. Sus caderas habían comenzado a frotarse rítmicamente contra la mano que lo envolvía.
En ese momento de ternura, ella se sintió descolocada por lo que vio en sus preciosos ojos azules. No la miraba como los demás… la miraba con un sentimiento mucho más intenso… la trataba con mucha más delicadeza… si bien se notaba apasionado y rudo, era suave y cálido. La adulaba, la adoraba, la deseaba…¿la quería?
No podía ser… no podía quererla. ¿Amarla? ¡Menos! No la conocía. Pero esos ojos… esas caricias… Necesitaba cuidarlo. Cuidarlo de personas como ella. Espantarlo. Herir su noble corazón por hacerle un bien mayor.
Aún con los dedos del moreno enredados en su cabello, Akane se acercó al torso desnudo y comenzó a plantar dulces besos en sus pectorales. Trazó un húmedo recorrido con su lengua desde el centro del pecho hacia el abdomen, generando que se tensara, marcando aún más los músculos.
Demonios, ese cuerpazo era para el infarto…
Mordisqueó los surcos que lindaban los trabajados oblícuos y ayudándose con la mano libre, empezó a bajarle el pantalón.
-A… Aa… Akane… para por favor, me vas a...- el muchacho suplicó con voz temblorosa, retrayendo las caderas para pausar el movimiento que lo estaba llevando al borde de la locura.
Se llevó las manos a la cabeza, peinando su cabello suelto hacia atrás y tratando de normalizar la respiración.
Akane se sentó en la cama y mirándolo a los ojos se lamió los dedos de la mano que había usado tan majestuosamente en su sexo
El chico gruñó y se lanzó hacia ella. La jaló de las caderas haciéndola caer en sus espaldas y sin darle tiempo a reaccionar, le levantó el vestido y arrancó las braguitas, guardándoselas en el bolsillo. Se hincó de rodillas en el piso, acomodándose entre los cremosos muslos y sosteniendo las pequeñas caderas en sus grandes manos, comenzó a besar fervientemente el interior de sus piernas, deteniéndose a centímetros de su centro. Akane gimió suavemente, comenzando a temblar ante el aluvión de cosquillas que predominaban en la parte inferior de su cuerpo.
De repente sintió la lengua colarse entre sus pliegues, esta vez arrancándole un quejido más intenso, más caliente. El hambriento muchacho succionó, lamió y besó hasta llevarla al orgasmo, sintiéndola derretirse entre sus labios. Su virilidad ya dolía, ya estaba sufriendo por tanto deseo contenido, por el esfuerzo inhumano que estaba empleando en no derramarse ahí mismo como un inexperto.
Aflojó el agarre en las femeninas caderas y subió las manos en una caricia curvilínea, trazando besos en toda la tersa y radiante piel, conforme iba subiendo ese delicioso vestidito que lo había estado torturando durante toda la fiesta. Besó sus hermosos pechos, dulces y deliciosos. Raspó suavemente con los dientes las erguidas cúspides rosadas, aumentando la intensidad de ese aluvión de endorfinas que la dominaba.
Con una pierna apartó más las de ella mientras se acomodaba arriba, alineándose en apresto a su entrada, apoyando su peso en los antebrazos sobre la cama, mirándola agitado. Nunca había visto algo más hermoso… Ella, sonrojada, respirando rápido, con los ojos entrecerrados y el cabello revuelto, tratando de contener las fuertes oleadas de placer que aún reverberaban en su cuerpo por el intenso orgasmo. Y lo había hecho él. Todo él.
En su imaginación, Ranma se palmeó a sí mismo en la espalda. Bien hecho, Saotome.
La besó lentamente, mientras ella le apartaba el cabello azabache que caía rebelde entre sus rostros y le bajaba el pantalón, logrando desnudarlo. La miró intensamente a los ojos y llevó la mano hacia el punto en el que sus sexos se tocaban. -¿Puedo?- preguntó en un susurro.
La chica le apoyó las palmas en el pecho y lo hizo sentarse en la cama. Se desnudó también, viéndose como un absoluto manjar, tope de gama. Al chico se le hacía agua la boca.
De repente, la chica sacó dos envoltorios de su mesita de noche. Uno era un preservativo y el otro una bolsita que contenía lo que parecían ser pastillas de LSD. Ranma frunció el ceño, pero la dejó hablar. -Primero, pongámonos a tono. Esta noche tiene que ser especial.- y sin más, tomó una pastilla rosada con forma de cerdito y se la colocó debajo de la lengua.
Tomó otra y se la ofreció, pero el muchacho negó con la cabeza. -No consumo drogas…-
La chica gateó hacia él, viéndose endemoniadamente sexy. Como una serpiente envolviendo a su presa, le recorrió los musculosos brazos y levantando la pierna en una actitud por demás erótica, se colocó a horcajadas sobre él. Automáticamente el joven rodeó su cintura pero la miró con cierto recaudo. Ella le sonreía, hermosa como era, mientras le pasaba la pastilla por los labios entreabiertos.
-Si realmente me deseas, lo harás por mí. Ranma, ¿acaso no valgo la aventura?-
-Y-yo… tú sabes bien cuánto te deseo, Akane… me tienes a tus pies ya lo comprobaste…-
La mitad de sus hermosos iris café brillaban hipnotizantes bajo las tupidas pestañas que delineaban sus párpados a medio cerrar. -Entonces, levanta la lengua y déjate llevar. Si no me acompañas, nuestras almas no estarán en sintonía y no podremos unirnos. ¿Es acaso un "no" tu respuesta final? Vamos… Déjate llevar… mi caballo salvaje…-
La miró, sorprendido por su tajante condición. El punto extremo de desesperación al que lo había empujado estratégicamente, creaba una disyuntiva intensa y desagradable en su cerebro rebosante de endorfinas. Su virilidad pulsaba, hambrienta e hinchada. Las yemas de sus dedos se quemaban al mero tacto con ese cuerpo de ensueño que tenía suspendido a milímetros de la hiper sensibilizada punta de su masculinidad. Sentía las oleadas de calor húmedo que lo atraían hacia ese núcleo de placer como el más poderoso imán.
Si no accedía, perdería la oportunidad de entrar triunfante al paraíso de sus entrañas. Renunciaría al excelso y embriagante sentimiento de hacer a la mujer que más había deseado en toda su existencia, suya.
Quería invadirla, completarla, rellenar sus espacios con él, todo él. Poseerla, adueñarse de ella. La necesitaba, más que respirar. Más que vivir.
Sus párpados se sintieron pesados con cada inspiración en la que se llenaba de su aroma, de esas endiabladas feromonas que lo llevaban manso a cumplir cualquier cosa que le fuera propuesta.
Abrió la boca, sosteniendole la mirada, embobado. Mientras la chica, complacida por su aval, le deslizaba el alucinógeno debajo de la lengua. Apenas cerró la boca, ella tomó su rostro y le dio un beso, mientras bajaba su cuerpo y sentía cómo ese jodidamente deseable hombre, se ensartaba en ella.
La primera parte de su plan para ahuyentarlo había salido perfectamente bien. Pero quizá había cometido un grave error… y ese fue subestimar a Ranma.
