Disclaimer: Esta historia está inspirada, en parte, en el universo de Harry Potter de J.K. Rowling. Salvo algún que otro personaje de mi invención, todos los ambientes, personajes, argumentos, hechizos y todo lo reconocible pertenece a la autora. Yo solo los tomo, los mezclo y agrego cosas.
Aclaración: La siguiente es una historia que habla de sufrimiento y violencia de todo tipo hacia la mujer. Sugiero discreción. Aunque este fanfic está basado en el argumento de una novela turca, el siguiente Dramione tomará su propio rumbo dentro del universo de Harry Potter.
Dato: no me gusta deformar las palabras para mostrar que una persona tiene algún acento en particular, así que no lo haré. Sin embargo, siéntete libre de leer algunos diálogos con marcado acento búlgaro.
Capítulo 9: juguetes rotos
Los gritos desesperados de Hermione lo habían llevado, una vez más, hasta su habitación en medio de la noche. A sus propias pesadillas se habían sumado los terrores nocturnos de la mujer a la que alguna vez había deseado los peores males, pero que ahora despertaba en él instintos desconocidos.
Desde que el medimago la había declarado oficialmente sana físicamente, las pociones sedantes y para dormir sin sueños habían sido retiradas del menú, y la hora de dormir se había convertido en la peor experiencia para una de las nuevas habitantes de la mansión.
Las paredes de Malfoy Manor no habían cobijado a durmientes serenos en más de una década. A sus habituales moradores ahora se sumaban madre e hija, con su propio repertorio de sueños terroríficos.
Tampoco era extraño ver a Lucius paseándose de madrugada por el ala norte de la mansión, agobiado por los espasmos involuntarios de un cuerpo que intentaba encauzar la magia que ya no poseía. Según el medimago familiar, él padecía algo similar al síndrome del miembro fantasma: su cuerpo aún echaba de menos la magia. Y era de noche, cuando todo en la mansión fingía dormir, cuando más difícil le resultaba ignorar el hecho de que había sido condenado a ser un squib el resto de su vida.
No era raro, tampoco, encontrar a Narcissa espiando desde los ventanales de su alcoba, intentando divisar el distante balcón de su hijo para asegurarse de que estuviera fuera de peligro, mientras se suponía que ella descansaba.
Nadie dormía mucho en Malfoy Manor. Mucho menos Draco, quien revivía en sus sueños los recuerdos de la guerra y despertaba con cualquier mínimo ruido, convencido de que Voldemort había regresado de la tumba y había logrado colarse en su habitación con la intención de acabar con su servidor más inútil.
Solo Enya parecía estar recuperando la capacidad de descansar sin despertar en medio de una crisis de llanto. Se sentía a salvo entre las paredes de la mansión, protegida por el "príncipe dragón", sus abuelitos Malfoy y su madre, quien ahora podía arroparla antes de dormir sin que nadie le dijera que ya había terminado su tiempo.
—Shhh, estás a salvo, estás a salvo.
Desesperado por despertarla, Draco hizo lo único que se le ocurrió: la envolvió entre sus brazos, intentando calmarla con su calor y susurros suaves.
—¿Draco?
—Sí.
Aunque la luna iluminaba la habitación con una luz fría y espectral, ambos podían verse claramente debido a los escasos centímetros que los separaban.
—¿Te desperté?
Podría haberle dicho la verdad: que jamás dormía mientras afuera estaba oscuro, que se limitaba a contar las horas hasta el amanecer y que solo cuando el cielo comenzaba a aclararse se permitía cerrar los ojos, con la esperanza de que sus fantasmas le temieran al alba. Aunque rara vez lo hacían.
—No. Acabo de llegar y estaba a punto de acostarme cuando te oí. ¿Quieres hablar de tu sueño?
—No, no realmente.
Hermione no estaba lista para contarle lo que acababa de soñar. Últimamente, sus pesadillas más recurrentes ya no trataban de Viktor irrumpiendo en la mansión para llevársela por la fuerza. Tampoco revivía tan a menudo los malos momentos que él le había hecho pasar durante diez años, ni veía en sueños aquel terrorífico parto que, a veces, incluso la mortificaba estando despierta.
Sus sueños más recurrentes ahora trataban de algo diferente, profundamente desolador. A sus miedos más comunes se sumaba uno nuevo, distinto, que hacía que la hora de dormir fuera tan aterradora como las horas de vigilia.
Cada sueño era único, pero todos compartían un protagonista común que la hería de maneras indescriptibles, aunque jamás tocara un solo cabello de su cabeza. Quería creer que su mente le estaba jugando una mala pasada, que él solo representaba la seguridad y la diferencia entre la vida y la muerte tanto para ella como para Enya. Sin embargo, en el fondo sabía que no era únicamente por eso.
En su última pesadilla, Draco traía a una mujer a la mansión. Era una despampanante rubia, prácticamente salida de una pasarela de alta costura, y le exigía que se marchara de inmediato porque su nueva esposa no toleraría que Enya y ella siguieran viviendo allí. En aquel sueño, la hermosa mujer había tomado el brazo de su hija para llevarla fuera de la casa y la empujó contra el empedrado de la entrada, haciéndola llorar de dolor por las heridas en sus rodillas.
Todo eso sucedía mientras él, el hombre que las había ayudado todo este tiempo y que era padrino de Enya, la sujetaba sin permitirle socorrer a su hija.
Hermione había luchado con todas sus fuerzas para liberarse del agarre de Draco, desesperada por asegurarse de que el rostro de aquella bruja se hiciera jirones bajo sus uñas por haber osado lastimar a Enya. Pero él no le dejó espacio para moverse, mientras le susurraba al oído que ningún favor es completamente gratuito.
—¿Sabes una cosa?
Hermione negó con la cabeza, luchando por dejar ir aquella imagen de su niña siendo expulsada del único lugar que consideraba completamente seguro.
—Blaise y Theo han descubierto una manera de que ese bruto no pueda llevarse a Enya de la mansión. No es legal, pero creo que cometer un crimen por un bien mayor es menos inmoral que hacerlo por un beneficio egoísta.
—¿Cometerías un crimen por Enya?
—He hecho cosas peores por motivos menos nobles. Por supuesto que lo haría por mi ahijada.
La voz de Draco sonaba entusiasta, muy diferente a la que había susurrado cosas terribles en su sueño. Eso hizo que Hermione se sintiera un poco mejor. Pero sabía muy bien que, si no quería convertir sus pesadillas en realidad, debía marcharse de allí cuanto antes, retomar su vida donde Viktor la había truncado o forjarse una nueva junto a Enya. La ayuda de Draco siempre sería invaluable, pero no podían vivir de su caridad para siempre.
—En un par de días vendrán a darnos los detalles. Confían en que tú entenderás mejor que yo las implicancias de sus planes, y además deseo que Enya consienta cada parte del proceso, si ambas deciden seguir adelante.
Como parecía ser su nueva costumbre, permanecieron sentados lado a lado, con las manos unidas. Hermione terminó apoyando la cabeza en el hombro de Draco, buscando comodidad para escuchar su noticia. Ninguno de los dos había hablado del bienestar que sentían al estar en contacto, ni se habían atrevido a poner en palabras las sensaciones que experimentaban al darse cuenta de que uno de ellos siempre terminaba quedándose dormido tras un largo rato de silencio compartido. Ambos estaban rotos de maneras diferentes, pero sus heridas parecían dejar de sangrar cuando estaban juntos, en paz.
—Entonces... ¿qué es lo que quieren hacer?
Aunque la oscuridad reinaba casi por completo en la habitación, podían distinguir sus siluetas gracias al reflejo de la luna. Eso hacía que la conversación susurrada resultara mucho más íntima y serena.
—Han descubierto que no hay registros del nacimiento de Enya. Ni aquí, ni en Bulgaria, ni en ningún lugar de Europa. Así que podríamos falsificar sus papeles, darle una identidad nueva, incluso diferente, y así evitaríamos que Viktor pudiera reclamarla. Imagina: si intentara llevársela, los aurores lo detendrían de inmediato por secuestro y terminaría donde pertenece... en Azkaban.
—Eso suena maravilloso. Pero... ¿cómo lo harían?
Draco se rascó la frente con su mano libre. Había llegado el punto en el que no estaba seguro de que el plan fuera del agrado de Hermione, pero sabía que tarde o temprano tendría que contárselo. Había decidido ser él quien lo explicara, en un ambiente controlado, y no dejar que Zabini y Nott lo hicieran, ya que ambos carecían completamente de tacto. La sola idea de que sus amigos pudieran ofenderla lo desquiciaba. Había descubierto que ver sufrir a Granger era su nuevo talón de Aquiles. Definitivamente, el karma era una perra insensible.
—No creo que te guste la idea. No tienes por qué aceptarla si te parece demasiado descabellada. Podemos buscar otra alternativa, algo más cómodo para ti o para Enya, si ella tampoco está de acuerdo. Después de todo, solo es una idea que podría ayudarlas a ambas.
Hermione notó el cambio en el tono de Draco. Había pasado de un susurro ilusionado a uno casi disculpatorio, y luego, rápidamente, a uno más arrogante. A pesar de que le molestó un poco, decidió no mencionarlo. Había comprendido que atacar como método de defensa era el principal instinto que guiaba a su protector.
—Draco… solo cuéntame la idea. Si crees que ayudará a evitar que Viktor tome a mi hija, la aceptaré. Y estoy segura de que Enya querrá cualquier cosa que tú le propongas. Te nombré su padrino porque, de alguna forma, confío en que buscarás lo mejor para ella.
Draco dejó escapar un suspiro audible, dejando claro que no estaba completamente seguro de poder cumplir con las expectativas de Hermione. Después de aclararse la garganta un par de veces, tomó una profunda bocanada de aire antes de soltar la propuesta, casi sin detenerse a respirar:
—El año en que Enya nació, yo estaba viviendo en Francia, en casa de unos parientes lejanos de mi madre… y Theo dice que tiene algunos amigos que podrían colar actas apócrifas de nacimiento en los registros franceses.
Hermione comenzó a entender la idea tan pronto como Draco mencionó el acta de nacimiento. Aunque no le parecía justo cambiar la identidad de su hija, estaría dispuesta a hacerlo si eso significaba evitarle el horror de volver con su verdadero padre. Además, sabía que, ante cualquier tribunal mágico, quien diera el apellido al niño tendría mayores derechos sobre este.
—¿Estás seguro? Si lo haces, tus padres podrían enfadarse. Yo jamás permitiría que Enya te reclamara nada, pero tus verdaderos hijos podrían tener problemas con esta situación. Incluso un juez podría poner en peligro sus herencias.
Draco había pensado en ello antes de sugerirlo. Había hablado con Lucius, quien, sorprendentemente, no puso mayores objeciones al asunto. Su padre estaba visiblemente cautivado por Enya y, de hecho, parecía ilusionado con la posibilidad de reclamarla oficialmente como parte de la familia.
—Lucius está de acuerdo con esto. Mi madre no lo sabe aún, pero no creemos que tenga mayores problemas. Y en cuanto a "mis hijos" —dijo, haciendo un gesto de comillas en el aire—, Enya es mi ahijada y, por lo tanto, mi única heredera por ahora. Cambiar su identidad solo afectaría un poco su porcentaje en caso de que algún día tuviera hijos a quienes heredarles algo.
Cuando Hermione lo nombró padrino, nunca consideró las implicancias administrativas y legales de aquel acto. Había estado desesperada por encontrar un protector para Enya, y ahora sentía culpa por haberlo hecho sin pensar en lo que podría significar para la herencia de los Malfoy haber forzado a Draco a aceptar ese rol.
—Lo siento, nunca pensé en nombrarte padrino de Enya para obligarte a heredarle algo. Ni siquiera consideré ese detalle cuando lo hice.
—Lo sé. Es una ley arcaica, y garantizar el porvenir económico del ahijado viene en el paquete. Nadie elige padrinos solo por su capacidad de dar cariño, Granger. También se los elige por sus ventajas económicas, su poder o su protección, como fue el caso de Enya.
—Me acabas de decir Granger…
Hermione habló con un tono casi ofendido, y Draco no pudo evitar reírse. Había respondido con cierto enfado a su disculpa, lo que hizo que las viejas costumbres afloraran y la llamara por su apellido, algo que ya casi no hacía.
—Volviendo al tema… —dijo, recuperando la seriedad tras un momento de risa—. Theo cree que podríamos crear una historia convincente: que Enya es una hija que tuve en Francia. Suelo viajar a París cuatro o cinco veces al año por negocios. Decir que aprovechaba esos viajes para visitar a una hija bastarda no sería problema.
Hermione estuvo a punto de señalar que la palabra "bastarda" sonaba demasiado fuerte, pero se contuvo. Después de todo, si Enya fuera realmente una hija extramatrimonial de Draco, sería, técnicamente, una bastarda.
—¿Y quién sería su madre?
Un nudo se formó en la garganta de Draco al detectar el dolor en la voz de Hermione. Oficialmente, ella estaba muerta, y habían averiguado que lo mejor era no intentar revivir su nombre. Hacerlo traería complicaciones que ninguno de los dos estaba preparado para afrontar. La realidad era que, en cualquier documento oficial, Enya no podría ser reconocida como hija de Hermione porque los muertos no pueden dar a luz, y eso seguramente la afectaría.
—Tú. Tú eres su madre, y me niego a buscar a cualquier otra mujer que finja serlo. Además, ella es demasiado pequeña para sostener mentiras elaboradas sobre su origen. La prensa suele dejarme en paz, pero siempre existe la posibilidad de que noten que hay una niña pequeña viviendo aquí.
—Pero estoy muerta según los papeles, y nadie creería que tuve una hija contigo hace siete años.
—Eso nos lleva a la idea de Blaise. Él sugiere que podrías presentarte como una sobrina lejana de mi madre, una Black de Francia. La historia sería que tuviste a la niña durante mi estadía allí. Ambos éramos demasiado jóvenes y nuestros padres no llegaron a un acuerdo para un matrimonio que ocultara el desliz, así que tú y la niña fueron enviadas lejos para esconder la vergüenza. Ahora, como yo he tomado las riendas de mi familia, he decidido traer a mi hija a casa.
—¿Y por qué yo estaría aquí ahora?
—Eso es lo que aún no sé cómo justificar. Aunque podríamos simplemente decir que Lucius lo ordenó. Quizá cree que no soy lo suficientemente bueno para tener otro hijo y ha decidido que quiere ver crecer a su nieta. Tú vienes en el paquete porque eres su madre. Después de todo, creo que él está casi convencido de que no soy capaz de tener hijos propios, así que no sería del todo descabellado.
Hermione percibió el matiz de resentimiento y dolor en la voz de Draco. Cuando eran niños, ella pensaba que su tono era monótono, aburrido y carente de matices, salvo cuando arrastraba las palabras para mostrar desprecio. Sin embargo, desde su reencuentro, había aprendido a identificar los sutiles cambios que reflejaban las emociones que él no lograba controlar.
—¿Por qué dices eso?
Hermione retiró su cabeza del hombro de Draco para enfrentar su silueta, recortada en la oscuridad y apenas iluminada por la tenue luz de la luna que entraba por el ventanal.
—Es una historia más sobre Astoria... larga y lúgubre.
—Puedes contármela si lo deseas.
Draco sintió el apretón que Hermione dio a su mano en la penumbra, un gesto que lo animó a abrirse. Ella era, sin duda, un par de oídos confiables donde depositar sus miedos más profundos.
—Lucius jamás quiso a Astoria como nuera. Siempre decía que era una cazafortunas, y me lo repitió todos los días durante los cuatro años que duró mi matrimonio. Yo, por supuesto, intentaba demostrarle que se equivocaba... aunque claramente tenía razón. En esa época solo quería que formáramos nuestra propia familia, pero cada vez que ella se embarazaba, lo perdíamos. Gasté miles de galeones viajando por el mundo, buscando respuestas sobre por qué no podíamos tener un hijo.
Hablar de aquellos años oscuros le producía más vergüenza que ira o dolor. Sin embargo, ahora que podía contarlo sin sentirse juzgado, el nudo en su garganta comenzó a deshacerse. Recordó las incontables habitaciones que destruyó a punta de hechizos cada vez que Astoria le confesaba haber perdido otro embarazo. Al principio, vivía semanas de euforia, llenándola de regalos para celebrar la noticia, solo para sumergirse después en una espiral de ansiedad que inevitablemente terminaba en malas noticias.
—La gota que colmó el vaso y terminó con mi matrimonio fue cuando descubrí que no había ningún problema en mí. Resultó que todos los médicos que habíamos visitado eran farsantes. No había nada malo en mi magia ni en mi sangre que impidiera tener un hijo. De hecho... —hizo una pausa, tragándose el nudo de dolor que aún le quedaba—, jamás existieron tales niños. Ella contrataba médicos falsos que me engañaban, haciéndome creer que nuestros hijos eran deformes y por eso morían antes de nacer.
Hermione, conmovida, comenzó a acariciar la mano que Draco mantenía apretada contra la suya, no solo para consolarlo, sino también para aliviar la presión que él ejercía inconscientemente debido a su ira. No quería interrumpirlo ni romper la conexión entre ambos; simplemente buscaba calmarlo.
—Un día decidí buscar una segunda opinión, y me dijeron que nunca hubo ninguna maldición ni impedimento en mí. Sin embargo, Lucius todavía cree que algo de cierto hay en la idea de que los Malfoy tenemos problemas para concebir. Según él, los siglos de sangre pura en nuestro linaje y el linaje Black han "podrido" las semillas.
Hermione suspiró, empatizando con el dolor que Draco había llevado tanto tiempo en silencio.
—Lo siento mucho. No merecías ese tipo de trato. Si ella no quería tener un hijo contigo, debió decírtelo. No era necesario que te hiciera tanto daño.
—Quizá sí. Me empeñé en quedarme con una mujer que claramente no era para mí, y debí pagar el precio de mi testarudez.
El silencio llenó la habitación por un rato. Draco necesitaba dejar ir el peso de su dolor, y Hermione, procesar la confesión. Finalmente, ella rompió la calma.
—Estoy de acuerdo.
Draco frunció el ceño, desconcertado.
—¿Qué?
—Dejaré que Enya sea tu hija ante la ley. Después de todo, en tan solo unos días has sido más un padre para ella que quien la engendró.
El corazón de Draco dio un vuelco al escuchar las palabras de Hermione. Desde el primer instante en que conoció a Enya, la niña lo había subyugado. Había llenado esa brecha que Astoria dejó en su pecho, una herida abierta por los embarazos falsos que le hicieron creer que nunca sería padre. Ahora, un profundo e inestimable lazo lo unía a la pequeña, un lazo que había crecido mientras Hermione estaba cautiva en Bulgaria.
—¿Estás segura?
—Sí. Yo simplemente podría ser esa prima lejana que cayó en tus encantos y terminó con una niña a la que criar.
Draco había sido educado para asumir la responsabilidad de sus acciones. Si alguna vez hubiera tenido un hijo fuera del matrimonio, se habría casado con la madre sin dudarlo. Sin embargo, estaba dispuesto a fingir que se había desviado de sus principios si eso garantizaba la seguridad de su ahijada.
—Incluso, cuando pueda salir de esta cama sin marearme, podría buscar un empleo y alquilar una casa para que Enya y yo vivamos. Podrías decir que querías tener a tu hija cerca, pero respetar tu privacidad. Eso te daría libertad para encontrar una esposa algún día y formar la hermosa familia que siempre deseaste. Aún eres joven, Draco.
Sus palabras fueron como un golpe directo al estómago. La idea de que Hermione y Enya abandonaran la mansión le quitó el aliento. En su mente, el plan de convertir a Enya en su hija implicaba que madre e hija vivirían con él bajo el mismo techo, indefinidamente. Incluso después de lidiar con Krum, quien en su imaginación ya había sido convenientemente arrojado como alimento para los cerdos.
—No pienses en eso. Krum sigue ahí fuera, y tú no estás en condiciones de protegerla sola. No tienes una identidad —al menos, no una que esté viva—. No terminaste tu formación mágica ni tienes una varita. Mientras ese bastardo respire, ni tú ni Enya pueden alejarse de mi vista.
—Pero… es demasiado. No podemos seguir abusando de tu generosidad. En algún momento nuestros caminos deben separarse. Sé que siempre tendremos esta amistad que estamos construyendo, pero no puedo vivir en tu casa y comer tu comida el resto de mi vida. Tengo que salir de aquí y construir nuestro destino, aunque eso signifique cuidar mis espaldas mientras Viktor siga por ahí.
—Lo siento, Granger, pero desde que te subiste a mi coche y me entregaste a tu hija como ahijada, tu destino quedó enlazado al mío. Estamos hablando de que prácticamente voy a adoptar a tu hija. No voy a permitir que la expongas innecesariamente. Ambas son mi responsabilidad ahora.
—Eres imposible, Malfoy.
—Y tú, una testaruda.
Hermione intentó soltarse del agarre de Draco, ofendida por su insistencia, pero él no la dejó.
—No te enojes conmigo —dijo con una sonrisa ladina—. Recuerda que soy el padrino de tu hija, y que ella me quiere mucho.
—Te odio.
Hermione se rindió con un suspiro. En realidad, podría haberse soltado fácilmente, pero no lo intentaba con fuerza. No quería lastimarlo ni iniciar una pelea real.
—No lo haces. ¿Y sabes qué es lo mejor? Yo tampoco…
Entonces, Draco se inclinó y depositó un suave beso en su mejilla. Hermione quedó paralizada, con su mente convertida en un torbellino de emociones. Antes de que pudiera reaccionar, él se levantó con rapidez y salió de la habitación sin decir una palabra más.
-o-
—¿Y bien?
El rompe maldiciones, un hombre de mediana edad con el rostro curtido por años de enfrentar las artes oscuras, no se apresuró a responder. Con movimientos meticulosos, guardó cada una de sus herramientas: manuales de contraconjuros, talismanes desgastados y extraños frascos llenos de líquidos iridiscentes. Parecía disfrutar del suspenso, ignorando deliberadamente la impaciencia de Alexander Petrov, quien lo observaba con el ceño fruncido desde un rincón de la habitación.
Finalmente, el ruso levantó la vista, con una expresión de ligera exasperación ante la insistencia de Petrov, y habló:
—La maldición es algo nuevo. Un invento… y debo decir, uno brillante. El mago que la creó debe haber sido un genio de las artes oscuras. La intensidad de la ira impregnada en ese hechizo… es magnífica —exclamó con cierto éxtasis.
Alexander giró los ojos ante la obviedad de la respuesta del carísimo rompe maldiciones que habían traído desde un congelado agujero de la estepa siberiana.
—¿Magnífica? —replicó con incredulidad—. ¿Eso es todo lo que tienes que decir? Estuve allí cuando fue lanzada. Ya sé que es poderosa. Lo que quiero saber es si pudiste romperla.
El ruso alzó una ceja, divertido ante la frustración de Petrov, y sacudió la cabeza con calma.
—Oh, no. Por supuesto que no. Una maldición hecha con tanta saña solo puede romperse cuando quien la lanzó decide perdonar al hechizado.
Alexander se tensó al escuchar aquello.
—¿Perdonar? ¿Eso es una broma?
—No es una broma. Es la naturaleza del conjuro. Está diseñado para enlazar la vida del afectado con las emociones del mago que lo lanzó. Si la ira del lanzador desaparece, también lo hará la maldición. Sin embargo, hasta entonces, puede que exista un contraconjuro temporal, algo que permita mantener al afectado con vida mientras el "ojo por ojo" sigue activo. Pero romperla… eso no está a mi alcance.
Las palabras resonaron como una sentencia en la habitación. Alexander frunció el ceño aún más, intentando procesar la información. El acento áspero del ruso complicaba su comprensión, pero el mensaje era claro: Viktor Krum no se liberaría de esa maldición a menos que su autor lo decidiera.
—¿Se salvará? —preguntó finalmente, su voz más baja, casi un susurro.
—Por supuesto que sí —respondió el ruso, con un leve encogimiento de hombros—. Lo he sumergido en animación suspendida. Es lo mejor que podemos hacer por ahora. La maldición no avanzará mientras esté en ese estado.
Alexander soltó un resoplido incrédulo.
—¿Y cuánto tiempo durará esto? Dijiste que solo se romperá si lo perdonan. Podrían pasar años.
El rompe maldiciones lo miró con una sonrisa ladeada, como si el concepto de tiempo no lo afectara en absoluto.
—No creo que sea tanto. Las personas capaces de lanzar hechizos con tanto odio también tienen la capacidad infinita de amar, aunque no lo parezca. Además… —Hizo una pausa, como si saboreara sus próximas palabras—, odiar requiere un esfuerzo tremendo, mi amigo. Nadie puede sostener tal odio sin perder su alma en el proceso.
Alexander no respondió. Su mente estaba demasiado ocupada imaginando los años de trabajo y sacrificio que había dedicado a su amo, solo para encontrarse con esta absurda situación. ¿Perdón? ¿Cómo demonios podían depender de algo tan impredecible?
El ruso terminó de recoger sus cosas y se levantó.
—Mi trabajo aquí ha concluido —dijo, tomando su capa con un ademán teatral—. Cuando el perdón llegue, yo no estaré aquí para verlo. Pero recuerde esto, señor Petrov: el odio siempre encuentra un límite.
Y con esas palabras, desapareció, dejando a Alexander solo en la penumbra de la habitación, observando el cuerpo inmóvil de Viktor Krum, atrapado entre la vida y la muerte.
-o-
—Cissy, vuelve a la cama. Sabes que Draco debe estar en la habitación de la niña, velando su sueño, o en la de la madre, haciendo lo mismo…
Narcissa cerró las cortinas de la habitación con un movimiento brusco, dejando entrar apenas un atisbo de la fría luz lunar, y se sentó en el borde de la cama que compartía con su esposo. La frustración estaba grabada en cada línea de su rostro.
—¿Por qué estás tan calmado, Lucius Abraxas Malfoy? —espetó, cruzando los brazos con exasperación—. ¿Qué es lo que sabes y no me has dicho? Esta situación me tiene sin dormir, y a ti parece no afectarte en lo más mínimo.
Lucius alzó los hombros con un aire de indiferencia que solo consiguió irritarla aún más. Con calma, se quitó las gafas muggles que Draco le había traído desde Alemania, unas lentes toscas que se había resignado a usar desde que perdió su magia y su vista comenzó a fallar.
—No sé mucho todavía, pero sospecho lo que va a suceder —respondió con voz pausada, dejando las gafas sobre la mesilla—. No estés enfadada conmigo, esposa mía. Simplemente he optado por confiar en nuestro hijo y apoyarlo, en lugar de ir en contra de su voluntad.
Narcissa se giró hacia él, sus ojos azules fulminantes en la penumbra. Se sentó a su lado, con la espalda recta y los labios apretados.
—Lucius…
No necesitó decir más. El tono de su voz, bajo y severo, fue suficiente para hacerlo ceder.
—Los jóvenes Zabini y Nott han ideado un plan —confesó al fin, con un suspiro cansado—. Resolverán los problemas de identificación de la niña y le darán una nueva identidad a la madre. Un soborno aquí, unas cuantas lechuzas allá, una mentira bien tejida por acá, y todo se solucionará rápido y sin problemas para nosotros.
Narcissa arqueó una ceja, incrédula.
—¿Y aceptaste todo eso sin ninguna objeción?
—¿Por qué no lo haría? Ambos sabemos que tu hijo lo haría de todos modos, con o sin nuestro apoyo. Y si no contara con nuestra ayuda, se pondría en peligro, solo para demostrar su punto.
Lucius se arrodilló sobre el colchón y, con movimientos expertos, comenzó a masajear los tensos hombros de su esposa. Sabía que, detrás de su mirada glacial, Narcissa estaba pensando con la velocidad de un rayo, evaluando todas las posibles consecuencias de aquella situación. Pronto, soltaría un juicio que sería tan devastador como un bombarda bien dirigido.
—Siempre fui un mal padre para nuestro hijo, Cissy —murmuró, con un deje de autocrítica en su voz—. No lo apoyé en su matrimonio fallido, y al menospreciar a su esposa, solo conseguí que se aferrara más a esa arpía. Si me opongo ahora, simplemente se arrojará frente a la varita de Krum, y desde aquí, no hay manera de que pueda hacer control de daños.
Suspiró profundamente y dejó de masajear sus hombros, quedándose arrodillado junto a ella. Levantó una mano en un gesto de rendición, como si declarara una resolución irrevocable.
—He decidido cambiar de estrategia. Voy a apoyarlo en lo que pueda, darle los consejos que necesita. Seré su padre, por primera vez, en casi treinta años.
Narcissa no respondió de inmediato. Seguía rígida, sus pensamientos girando en un torbellino. Finalmente, habló, su voz baja pero cargada de inquietud.
—¿En verdad crees que eso será suficiente para protegerlo?
—Estoy seguro —aseguró Lucius, con una firmeza inusual—. La niña ya es su ahijada. No podemos hacer nada para evitar que la proteja. Draco es mágica y moralmente responsable de su bienestar.
A pesar de sus palabras, la tensión en los hombros de Narcissa no se disipó del todo. Entendía el punto de Lucius, aunque no le gustara. Ellos ya habían discutido, hasta el agotamiento, las implicaciones de la irrupción de madre e hija en sus vidas. Las posibles consecuencias catastróficas para la familia Malfoy eran evidentes. Pero lo que más le inquietaba era que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía el control absoluto de la situación.
—Y si somos sinceros, él también tiene una especie de apego casi insano por la madre. La señora Granger no es la bruja que desearía que encante a Draco —dijo Lucius, con una mezcla de resignación y frialdad—. Ella no es sangre pura, y además, es excesivamente problemática, pero creo que podría estar a la altura si recibiera una formación acorde a nuestro estatus. Técnicamente, ya no es una sangre sucia, está "muerta", y podemos fingir que su sangre es tan pura como la nuestra. Los Malfoy lo hemos hecho por siglos para perpetuarnos sin las desventajas de la consanguinidad. Lo sabes, Cissy.
Aquel era uno de los secretos mejor guardados de la familia Malfoy. Desde tiempos inmemoriales, habían manipulado identidades para casarse con miembros "puros" de la casta mágica que, casualmente, siempre habían sido "niños bastardos", "secuestrados en sus cunas", o "brujas y magos dados por muertos en extrañas circunstancias" que reaparecían décadas después, solo para contraer matrimonio dentro de la familia. Incluso la madre de Lucius había sido una mujer mestiza cuya identidad se había manipulado para casarla con Abraxas, después de que este se encaprichara con ella y rechazara cualquier otro contrato matrimonial. Pero aquello no se mencionaba jamás; las apariencias debían mantenerse a cualquier costo.
—Y siempre cabe la posibilidad de que él pierda su interés romántico en ella y se enfoque en la siguiente dama en apuros. Me temo que nuestro hijo es un romántico idealista…
Durante los últimos minutos, Narcissa había permanecido en un mutismo absoluto. De repente, una exclamación alarmante escapó de sus labios.
—¡Por Merlín…! ¿Qué he hecho?
Lucius, sorprendido, volvió a sentarse en la cama; sus rodillas comenzaban a quejarse después de tanto movimiento. Observó el anormalmente pálido rostro de su esposa con evidente preocupación.
—¿De qué hablas, querida?
Narcissa se levantó de un salto y, como poseída por alguna fuerza invisible, comenzó a revolver frenéticamente los cofres de su tocador. Tras unos minutos de búsqueda desesperada, encontró un pergamino cuyo lacre había sido roto hacía tiempo.
—Él va a odiarme… Lo hará. ¿Qué he hecho? Simplemente podría haberme quedado quieta, esperar. Todo saldría bien… ¡pero no! Tenías que ir y meter tu varita… Ay, Narcissa, ¿qué has hecho?
Sin molestarse en ponerse las pantuflas, Lucius salió de la cama y comenzó a perseguir a su esposa por toda la habitación. Finalmente, la alcanzó y, tomándola por los hombros casi con brusquedad, detuvo su ir y venir para enfrentarla.
—Cissy, estoy seguro de que no has hecho nada malo. Dime qué sucede y déjame consolarte. Me asustas…
Narcissa, con los ojos desorbitados, lo miró finalmente y exhaló un largo suspiro, como si todo el peso del mundo descansara sobre sus hombros.
—Antes del viaje de Draco… —comenzó a decir, con voz temblorosa—, él no se negó a que yo entrara en conversaciones con una familia amiga para conseguirle una esposa. Estaba tan cansado de mis insistencias que decidió darme una oportunidad… y yo la aproveché.
Lucius la observó, sin comprender del todo el problema.
—¿Y qué hiciste, Narcissa?
—He estado intercambiando notas con su madre —confesó, alzando el pergamino tembloroso—. Y ella está encantada de darnos a su hija como esposa para Draco.
—¿La hija de quién?
—La niña es mestiza, hija de mi amiga Amaranta Fawley con un muggle que conoció en Roma. Pero Héctor ha decidido darle el apellido familiar, y todos creen que es hermana de Sullivan Fawley… ¿lo recuerdas? El compañero de Draco en Hogwarts.
Lucius asintió lentamente, recordando al joven Fawley.
—La niña fue a Beauxbatons. Es una muñeca francesa, Lucius. Amaranta está lista para casarla antes de que cometa los mismos errores que ella.
La revelación dejó a Lucius pensativo, aunque no tan alarmado como su esposa. Con un tono que buscaba calmarla, dijo finalmente:
—Cissy, si Draco no se ha opuesto a tus planes, significa que tal vez, en algún rincón de su mente, está dispuesto a considerar esta posibilidad. Tal vez, todo se alinee como debe. No te castigues por haber intentado asegurar su felicidad.
Aubrey Fawley era una muchacha de veintitrés años, de tez blanca y mejillas rosadas, con el cabello del color del caramelo líquido, enormes ojos de cierva, del color de la miel de flores silvestres, y un enorme corazón que la había llevado a comenzar sus estudios de medimagia mental, con la intención de ayudar a todos los magos y brujas afectados por las guerras o situaciones adversas que los habían convertido, de una u otra forma, en juguetes rotos de la sociedad mágica.
—Puedes pausar las negociaciones por un tiempo, Cissy —dijo para calmarla, aunque temía que aquel contrato matrimonial estuviera ya casi en un punto de no retorno, pues conocía demasiado a su esposa como para saber que jamás haría algo a medias o con lentitud.
—Por supuesto que no puedo detenerlo. La joven Fawley ya ha sido transferida desde Francia a San Mungo. Los contratos prematrimoniales ya han sido firmados entre los abogados familiares. Solo falta que ellos se conozcan y que la boda se oficialice. Lucius, Draco va a odiarme…
Justo en ese instante, él comprendió aquella conversación que había tenido con su esposa y a la que tan poco le había prestado atención. Él había declarado que le permitiría casarse con una elfa doméstica si eso hacía a Draco feliz, cuando su esposa sugirió una mujer que no fuera pura para su hijo. Y recién ahora comprendía el porqué de su pregunta.
—Narcissa, Narcissa, escúchame. No caigas en pánico. No tenías manera de saber que tu hijo vendría a casa con una niña y una mujer cuyo esposo aún reclama. Deja que la muchacha venga, que Draco la conozca, y si no funciona, pagaremos a sus padres las penalizaciones por la disolución del contrato. Es nuestro único hijo; prometimos no forzarlo a nada más cuando Severus se hizo cargo de la misión que el Señor Oscuro le dio por mi culpa.
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Dos días después - Malfoy Manor
Al día siguiente de que Draco le comunicara a Hermione su intención de adoptar a Enya, todos los adultos de la mansión se reunieron en el despacho de Lucius para discutir las implicancias de aquel arriesgado plan.
En esa reunión, Hermione había insistido en firmar un contrato de puño y letra, ya que no poseía varita, donde aseguraba que ni ella ni su hija reclamarían jamás ni un solo galeón de la fortuna Malfoy. En contra de la voluntad de Draco, Lucius había dictado el contrato a una vuelapluma, que Narcissa hechizó, y todos los presentes firmaron el acuerdo, con la promesa de revisar sus puntos una vez que las nuevas identidades de ambas mujeres estuvieran establecidas.
Hermione también había solicitado un préstamo para adquirir una varita, cuando pudiera enarbolar su nuevo nombre, y ayuda para conseguir un empleo con el que pudiera mantener económicamente a su hija, una vez que pudieran salir de Malfoy Manor e irse a vivir juntas a otro sitio. Tanto Lucius como Draco se habían negado rotundamente a que ambas mujeres abandonaran los terrenos de la mansión hasta que la amenaza de Krum fuera completamente neutralizada, pero habían accedido y estado de acuerdo en que Hermione necesitaba con urgencia un nuevo vestuario y una varita propia, misión a la que Narcissa se había presentado voluntaria de inmediato.
Por la tarde, Draco había puesto el grito en el cielo al enterarse de sus futuras nupcias concertadas, y solo dejó de quejarse y gritar cuando su madre se descompensó debido a la pena. Él terminó por acceder a continuar con los protocolos, pero dejando muy claro que no estaba interesado en casarse de inmediato con una desconocida, sobre todo porque ahora tenía a Enya y no sabía cuánto podría afectar a la niña el tener, de un día para otro, una mujer nueva en su círculo cercano. Además, siendo sincero, sentía cosas por Granger, y cada noche que la acompañaba hasta que se durmiera, se sentía más inclinado a explorar aquellos sentimientos que apenas comenzaban a florecer. Sin embargo, le había permitido a su madre iniciar las conversaciones, y ahora no podían echarse atrás.
Por la noche, durante una cena íntima con Enya y Hermione, Draco se había sincerado con ambas mujeres. Con ayuda de su madre, le explicó a la niña sus intenciones y cómo buscarían evitar que Viktor se la llevara, si ella lo deseaba, y quiénes serían de ahora en más. También optó por comentar el posible contrato matrimonial que se avecinaba y cómo eso afectaría la dinámica familiar, en caso de que sucediera.
En esa instancia, él no logró percibir los cambios en la actitud de Hermione cuando oyó que él se casaría, pues estaba concentrado en no herir los sentimientos de Enya. Él solo notó que algo había cambiado cuando ella no le permitió ingresar a su cama luego de que él fuera a su habitación para ayudarla a salir de sus terrores nocturnos, y simplemente le suplicó que le consiguiera alguna poción para dormir sin sueños.
Ese día, Draco había amanecido con un humor bastante cáustico, y ni siquiera Enya había logrado que cambiara su actitud. Haber sido rechazado por Hermione la noche anterior lo había dejado con un mal sabor de boca, y ni siquiera la perspectiva de recibir a Theo y Blaise con los nuevos papeles para su ahijada podía alegrarlo.
Cuando el desayuno fue servido, Enya y Lucius se excusaron, diciendo que el mayor ayudaría a la niña con un pequeño proyecto investigativo de última hora, pero que ambos estarían listos y presentes para recibir a Nott y Zabini al mediodía.
Durante las horas en que ambos estuvieron desaparecidos en la biblioteca, Narcissa había secuestrado a Hermione en su vestidor para que juntas prepararan un atuendo que pareciera lo suficientemente moderno como para que lo luciera una joven bruja que se había mudado recientemente de Francia y que salía con su tía a recorrer el Callejón Diagon para conseguir algunas prendas nuevas para su guardarropa. Aprovechando ese tiempo, Narcissa entabló con Hermione una conversación de mujer a mujer.
– He hablado con Lucius. Hay una casa de huéspedes dentro de los límites de las tierras de los Malfoy que, tras algunos arreglos, les permitiría a ti y a la niña tener su propio espacio.
– Lo agradezco, señora Malfoy.
– Dime Cissy, serás presentada como mi sobrina de ahora en adelante. Debes ser más cercana.
– Lo sé, lo siento.
Narcissa tomó una blusa de seda color azul noche y la observó con atención. Quizá, si le cortaban las mangas, podría ser más moderna y acorde a lo que buscaban.
– Sé que Draco no estará de acuerdo, querida, pero creo que es bueno para él. Se ha involucrado demasiado en esto. Temo que deje por completo su vida, más ahora que la está recuperando.
Hermione podría haber pasado años en cautiverio, pero aún comprendía las indirectas a la perfección. Así que decidió hablar con ella sin tapujos.
– Usted sabe que no es mi intención perjudicar a Draco ni a nadie. Jamás pensé que esto se convertiría en algo permanente, pero sepa que devolveré el favor en cuanto me sea posible.
– Sé que lo harás, querida – dijo Narcissa antes de hacer una pausa para tomar aliento. – Eres madre y comprendes lo que significa buscar lo mejor para tu hija. Es lo que estoy haciendo, a riesgo de equivocarme u ofenderte... Conozco a mi hijo, y él se dejará el pellejo por ti y por la niña. Sobre todo si Lucius y yo intentamos impedirlo. Draco tiene un gran corazón, él ama sin límites y sin importarle las consecuencias. Y tú no estás lista para él, Hermione. Has sufrido como nadie a quien conozca, y eso te hace inestable, peligrosa en el peor de los casos. Él no necesita ser tu enfermero, necesita una esposa, y no puedes darle eso, no en lo inmediato, no como la señorita Fawley.
Estas últimas palabras calaron hondo en el corazón de Hermione. No sabía muy bien por qué, pues aún no se había planteado nada romántico con su salvador, pero la sola idea de que se le arrebatara esa posibilidad la hirió. Ella había descubierto que se sentía realmente bien estando junto a él, pero aún no podía pensar en cosas como el amor o siquiera el sexo, pues sus heridas apenas estaban sanando, y no podía pensar en sí misma ni en sus necesidades hasta que Enya estuviera completamente segura y a salvo de Krum.
– Si lo que intenta pedirme es que no interfiera en el matrimonio de Draco, no es necesario. No tengo intenciones de coartar la posibilidad de que él encuentre a alguien que pueda darle el amor y la familia que me ha confesado que desea. También le aseguro que mi hija no dará problema alguno. En cuanto pueda garantizar su seguridad por mis propios medios, ambas nos iremos. Quédese tranquila con respecto a eso.
Narcissa comprendió que había ofendido seriamente a Hermione, pero decidió que alguien en esa casa debía poner un límite a lo que sucedía entre ella y su hijo. Lucius parecía empeñado en no oponerse a ningún plan de Draco. Draco solo tenía ojos para la niña, que en unas horas nombraría como propia, y pasaba más tiempo con la madre que enfocado en su vida amorosa, desde que ambas irrumpieron en sus vidas como un regalo inesperado. Ella no tenía nada en contra de la bruja y adoraba a la pequeña, pero no podía dejar de pensar en los años de sufrimiento que Hermione podría generar en su hijo si permitía que esa atracción derivara en algo que no pudieran contener más tarde. Propiciar el matrimonio con Aubrey sería lo más sensato. Draco se alejaría de Hermione y, quizá, con suerte, pronto le traería nietos que corretearan por todos lados y que realmente fueran sangre de la sangre de su hijo.
– Lo agradezco y tomo tu palabra, Hermione.
Ella estaba por agregar algo más cuando la elfa doméstica apareció, con un crack, sobresaltándolas a ambas.
– El joven amo Malfoy convoca a la señora y a la señorita al despacho del amo Lucius. Los amos Zabini y Nott acaban de llegar a la mansión.
Ambas dejaron las prendas que habían estado analizando y se dirigieron en silencio hacia el despacho de Lucius. La conversación que acababan de tener había sido tensa y mucho más profunda de lo esperado, así que ambas necesitaban procesar lo dicho antes de intentar volver a conversar.
– Hermione, ¡mia bellezza dai lunghi ricci! Qué bueno es verte en pie.
Exclamó Blaise, abalanzándose para abrazar a Hermione casi sin darle tiempo a negarse o retroceder en cuanto ingresó a la sala. Luego de eso, el moreno dejó a la patidifusa bruja en su lugar para dar dos besos, uno por mejilla, a la madre de Draco, antes de que Nott le diera un codazo en las costillas que le recordó que estaban allí para una situación bastante más seria.
– Hermione, Señora Malfoy, como le decía a su hijo antes de que llegaran, estamos listos para rellenar algunos papeles que nos permitirán dar nueva identidad a la pequeña Enya y establecer una historia de su nacimiento. También hemos creado una identidad paralela a Hermione, luego de haber investigado en profundidad el árbol genealógico Black, en sus ramas francesa y danesa.
Todos estaban tomando asiento alrededor de la amplia mesa de cedro que dominaba una gran parte del despacho y que se oponía al escritorio, cuando Enya entró en la habitación agitada, por haber corrido, y seguida de un Lucius casi sin aliento, con las mejillas enrojecidas por el esfuerzo.
– Aquí, aquí estamos. Perdonen la demora, no fue sencillo encontrar la información.
– Princesa, ven, siéntate aquí. Deja que Lucius recupere el aliento mientras Blaise y Theo nos explican lo que sucederá.
Enya aceptó la invitación de Draco y se sentó en la silla, mágicamente elevada, que habían separado para ella. Sobre la mesa colocó un par de pergaminos y guardó silencio mientras los adultos le explicaban cuál sería la historia que tendría que aprender para el futuro. Solo tomó la palabra cuando le dieron el espacio para hacer preguntas o añadir cualquier cosa que quisiera decir.
– ¿Puedo tener un segundo nombre como todos los Malfoy? El abuelito Lucius me explicó que todos los hijos llevan el nombre de sus papás como segundo nombre. Draco se llama Lucius, y Lucius, Abraxas.
Los mayores habían acordado que ponerle un nuevo nombre a la niña solo significaría mayores trastornos para su frágil memoria, así que decidieron que seguiría llamándose Enya. Krum carecía de cualquier prueba real que vinculara el nombre de la hija de Draco con su, jamás inscrita, hija desaparecida.
– Princesa, me halagas, pero el femenino de Draco es un nombre demasiado feo. No querrás llamarte Draca, ¿o sí?
Enya lanzó una risita antes de negarse y luego mostró a su madre y a Draco el nombre que había garabateado en la biblioteca, luego de obligar a Lucius a encontrar cada manual y diccionario de lengua antigua que allí había.
– ¿Wyrm?
Dijo Draco mirando fijamente a Lucius, con una ceja levantada, buscando respuestas a tan extraño nombre.
– Enya Wyrm Malfoy. En inglés antiguo significa Dragón. No puede llamarse Draco y Draca suena mal, así que decidió traducirlo. Yo simplemente fui el sujeto alto que bajó los libros de sus estantes. A mí no me miren…
En un sencillo acto, Lucius se deshizo de la responsabilidad de haber ayudado a encontrar el nombre más extraño que una niña pudiera tener y dejó a los "padres" la decisión de si lo aceptarían o no.
– ¿Estás segura, cariño?
– Sí, mami. Draco me explicó que tendría que decir que es mi papá. Entonces le pedí al abuelo Lucius que me ayudara a buscar un nombre que significara Draco. Después de todo, Viktor insistía en que mi nombre era Viktorova y ese sí que suena feo…
Luego de una ronda de risas de Blaise, todos estuvieron de acuerdo en aceptar la voluntad de la pequeña y se escribieron con magia todas las actas que la establecían como una hija bastarda de Draco, que él reconoció a posteriori, asignando el apellido Malfoy a cambio del de su madre, quien era una prima Black que se había mudado a Dinamarca luego de enrollarse con Draco durante la estadía de ambos en Francia.
– Está hecho. Enya Wyrm Malfoy… Hija de Draco Lucius Malfoy y de… – Blaise hizo una pequeña pausa para darle más drama a su lectura de las actas. – Redoble de tambores… Hemera Black, hija de Orphée Black y Isabeau D'Aubigny, hermana gemela del fallecido Hélios Black.
– ¿De dónde has sacado toda esa historia?
Narcissa creía recordar a un primo llamado Orphée, pero no tenía idea de dónde estaban ni quiénes eran en realidad.
– Orphée, Isabeau y sus hijos Hemera y Hélios murieron en una gran inundación del Valle de Garona en 1981 – Interrumpió Theo. – Si bien se encontraron sus cuerpos, hemos hecho algunos arreglos para que se asuma que Isabeau y Hemera fueron rescatadas con vida y fueron enviadas a Dinamarca con el hermano de Orphée, quien convenientemente murió de viruela de dragón un par de años después. Luego, la niña fue a Beauxbatons y, durante el verano, vacacionaba en una casa de Burdeos perteneciente a los Black, donde se conocieron con Draco un tiempo después. Enya y Hemera han vivido en una aldea mágica de Dragør, cerca de Copenhague, hasta que Draco decidió traerlas a ambas a Inglaterra. Asumiremos que Isabeau ha muerto también.
– Me gusta Hemera, – interrumpió Enya. – ¿Mami, sabías que es una diosa griega que representa la luz del día? El abuelo Lucius me ha dado un libro con historias de la mitología.
Hermione, sin decir nada, había comenzado a leer el listado de nombres, fechas e historias que debería memorizar cuando Blaise puso frente a sus narices una caja que tenía todo el aspecto de ser tinte muggle para el cabello.
– Niña, oficialmente eres una Black, así que tu cabello puede conservar sus rizos, pero por nada del mundo puede ser castaño. Ponte esto, lo hemos conseguido gracias a la amiga de una amiga. No existe ningún finite incantatem que te quite el tinte muggle.
– Gracias, creo…
Draco no estaba de acuerdo con cambiar el color de los rizos de Hermione, pero sabía que tendría que ceder si quería que la charada los protegiera a todos. Solo en los últimos días el cabello real de Hermione se había comenzado a mostrar en todo su esplendor y la idea de volverlo oscuro como el de Bellatrix no le agradó. Sin embargo, no tenía más opciones.
– Entonces… Creo que todo está hecho. Bienvenida a la familia, pequeña Wyrm – dijo Lucius antes de dirigirse a la mesita de servicio y servir una copa para festejar. – ¿Qué? Permítanme brindar por mi nueva nieta – dijo al ver que todos lo observaban mientras se servía una copa de bourbon.
El ambiente se había distendido bastante luego de que tanto la niña como la madre aceptaran sus nuevos nombres e identidades, así que todos comenzaron a conversar animadamente y a brindar con copas de zumo o bourbon, dependiendo de sus gustos y edades, hasta que una elfa apareció para anunciar lo que sería el fin prematuro de la tranquilidad.
– Amo Malfoy, tiene una visita. ¿Le permito pasar?
Draco, que no esperaba visitas a esa hora, se encogió de hombros y permitió que la visita pasara. Solo una persona, aparte de los presentes, podría aparecer para buscarlo ese día. Sabía que tarde o temprano Potter regresaría a ver a Hermione, así que ocultarla no tendría razones.
– Buenos días, soy Aubrey. Aubrey Fawley…
La voz melodiosa de la muchacha irrumpió en el salón como un cántico de sirena. Todos los hombres presentes se giraron de inmediato hacia ella, solo para quedar hipnotizados por sus curvas y su angelical rostro, mientras que Hermione se hacía realmente consciente de su vestimenta y mal aspecto.
– Yo… hola, Aubrey.
– Tú debes ser Draco, – dijo con una sonrisa. – Hola, soy tu prometida.
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N.A: Ya sé, soy horrible por haber demorado tanto. Es que simplemente sentarme a corregir el texto fue imposible hasta hoy. Espero que aún estén por ahí y que confíen en que no importa cuánto tiempo pase, tarde o temprano seguiré con esta historia y, no importa lo que pase, la voy a terminar. Espero que les haya gustado leerla tanto como a mí escribirla. ¡Saludos, hasta la próxima!
