-¿Quieres ser inmortal?—le pregunté a mi prisionero, mientras dejaba a la ventisca, rozar mi rostro. —Estoy harto de ser el eslabón para el último lugar. —Continué. — ¿Por qué yo? Mis habilidades son superiores al resto del clan, estoy seguro. ¡Nadie domina los muros cómo mi estirpe! ¡Nadie posee la agilidad ni astucia para cazar! ¡Nadie!—Golpeé con fuerza el soporte de mármol del balcón. Advertí de pronto, cómo el corazón de mi prisionero se aceleraba.
–-¿Tienes miedo? El miedo siempre se encarga de frenar nuestras pasiones, y uno es más estúpido si lo permite. –-Me volví hacia él. Cuánto sudor le escurría de sus carnes, ¡estaba muerto de miedo! Le mostré mis caninos. —Si conocieras a mí creador… ¡Yo no puedo permitirme esto! Mis hijos llevan la sangre de una de las criaturas más longevas y poderosas que ha visto Nosgoth; llevan también mi sangre. ¡Somos descendientes del señor de los vampiros! ¿Por qué demonios, ocupar este lugar en el clan?—Pasé mi diestra sobre mi ojos. — ¿Y tú, sólo temes perder tu vida? ¿Qué has hecho? ¿Has tenido un cargo importante en tu aldea? Lo dudo, eres un miserable campesino, tu hedor es evidente y, tu cuerpo enclenque, ni siquiera sé si pueda beber tu sangre. —Dirigí mis ojos hacia la pesada luna. —Por tu condición, tal vez tengas más de 20 años. Demasiado joven para mí. La existencia vampírica comparada con la de un humano, es realmente incomprensible. ¡La sangre no nos dota de nutrientes cómo a ustedes su alimento! Simplemente, la necesitamos. Heme aquí, no creerás la edad que tengo, además, no es tu asunto. —Me aproximé al desdichado, sin ninguna prisa, congelando la secuencia temporal. Eso lo alteró. — ¿Por qué eres tú, esta noche, mí prisionero? ¿Por qué no me pudieron regalar a alguien con mejores carnes? De un rostro más hermoso, que la sangre le ruborice los pómulos, volviéndolo más apetitoso. —Le lancé una mordidilla en el aire. — ¿Por qué yo, Zephon, tengo que conformarme con un humano cómo tú? ¡Es inaceptable! ¡Soy parte del clan! ¡Del clan de mi señor, Kain! ¿Sabes quién es él, verdad?—Me acerqué más, casi rozando mi nariz con la suya. —A todos sus enemigos se les endurece el corazón, y la sangre se les torna gélida… ¿Y tú, piensas ser mi merienda, para esta noche? ¿Piensas yacer en mi aposento?—Caminé de nuevo al balcón. —Puedo sentir el sabor de tu sangre. Va a recorrer sin problemas mi interior, otorgándome más, más tiempo sobre tu mundo. Un tiempo que no entenderías. Y esa ligera satisfacción, no obstante, con un elevado nivel de ego, también se alimentaría, posicionándome sobre tu estulta raza. Somos la única especie que se ha colocado por encima de las demás. —Moví mi cabeza en dirección a mí prisionero. Le sonreí. —La sangre humana es la más deliciosa de todas. ¿Pero de qué sirve? ¡Dime, de qué sirve cuándo mi clan, mi estirpe se mantiene por debajo de las expectativas de Lord Kain, de mi señor!—Lancé una piedra al vacío.
-¡Por favor! ¡Por favor, déjeme ir!—Me habló el desdichado.
-¿Qué te deje ir?—Me volví algo molesto.
-¡Quiero vivir! Al igual que usted. —me respondió con el miedo encima.
-¿Vivir?—le pregunté.
-Sí, mi señor. Pues si no quisiera vivir, ¿para qué entonces arroja a los vientos, toda su contraria de los suyos?
Le sostuve la mirada, realmente quería desollarlo vivo… ¿Una criatura cómo él, teniendo la osadía de comunicarse conmigo?
-Tú no eres el desdichado… Hasta un campesino me cuestiona. ¿Tan baja es mi posición en este clan?
¡Qué terrible cantidad de cólera puede contener en mi cadáver! Él estúpido tenía razón. ¡Qué amarga la verdad! Liberé al campesino, le insistí que no quería volver a verlo…
-O si volvemos a encontrarnos, —agregué—por favor, que ya no se trate de un campesino.
