Prólogo: El Último Grito del Amanecer

Batalla Final contra Muzan

Iba a morir.

Iguro Obanai lo sabía, no le hacía falta verlo. Y, realmente, ya no podía verlo. Proteger a Kamado en el fragor de la batalla lo había dejado ciego, y en aquel momento, tampoco es que quisiera ver nada. Todo a su alrededor era una tormenta de muerte y desesperación. Si algo extrañaría, pensó, sería ver la cara de horror de Muzan cuando finalmente lo destruyeran.

Porque pasara lo que pasara, este sería su final.

El sonido del acero chocando, las explosiones de energía demoníaca, y los gritos desgarradores de sus compañeros llenaban el aire. Era como si el propio mundo estuviera gritando su último aliento. Iguro, con cada músculo de su cuerpo adolorido y al borde de colapsar, apenas podía mantenerse en pie. Pero no importaba. Su voluntad seguía siendo tan fuerte como el filo de su espada.

Junto a él, Tomioka, Sanemi y Tanjiro atacaban sin cesar, como un huracán que se negaba a disiparse. Pero en medio del caos, Iguro se permitió un instante para pensar en los que no estaban allí. ¿Dónde estaban los demás? Los cuervos habían avisado de sus muertes pero Iguro no quería creerlo. Podrían estar vivos, pero en el corazón de Iguro, se sintió como si a muerte fuera la única explicación si no, sabía que ninguno de ellos habría perdido la oportunidad de estar aquí.

Muchos nombre rompieron en sus pensamientos: Genya, Shinobu, Tokito…sus sacrificios habían sido tan crudos como valientes. En muchos casos ni siquiera quedaba un cuerpo para enterrar y el que tenía cuerpo, quedaría perdido en aquel maldito castillo.

Esos pensamientos lo llevaron a reflexionar sobre sus propias pérdidas, y solo una surgió de inmediato, tan clara como una herida abierta. Mitsuri Kanroji.

La Pilar del Amor había luchado junto a él. Su fuerza y valentía habían brillado en la oscuridad de la batalla, arrancando un brazo a Muzan antes de caer. Iguro casi podía sentir su sonrisa mientras lo hacía, un destello de luz en medio del infierno. Pero entonces, ella también cayó. Mitsuri había resultado herida de gravedad… y, aunque el corazón de Iguro se negaba a aceptarlo, sabía que las probabilidades de que siguiera con vida eran efímeras.

¿Por qué Kanroji? La pregunta se clavó en su mente, ardiendo más que cualquier herida que Muzan pudiera infligirle. ¿Por qué no yo? Soy una maldita basura… ella era todo lo contrario. Era luz, fuerza. Todo lo que yo nunca fui.

Un grito escapó de su garganta, visceral y lleno de rabia. Con un movimiento certero, Iguro le clavó la espada a Muzan en el costado, hundiéndola con toda la furia y desesperación que podía reunir. La hoja atravesó su carne inmortal, pero no era suficiente. No podía ser suficiente. Iguro giró la espada, sintiendo la resistencia del cuerpo de Muzan, como si intentara arrebatarle algo más que su fuerza física.

"Perdóname, por favor..." Su mente se llenó del cabello verde y rosado de Mitsuri, de su sonrisa que iluminaba todo a su alrededor, incluso en los momentos más oscuros. "No fui capaz de protegerte. No fui suficiente."

Sus manos temblaban mientras apretaban la empuñadura de la espada, girándola con una fuerza renovada, como si con cada giro pudiera borrar su propia culpa. Pensó en todos los que habían peleado por la misma causa, aquellos que estaban aún en pie, y los que ya no eran parte del mundo. "Algún día… algún día, quizás pueda ser mejor persona."

"¿¡Creen que pueden vencerme!?" rugió Muzan, su voz un trueno que sacudió las ruinas del castillo. "¡No saben nada de mí!"

Y entonces, algo cambió.

Iguro no podía verlo, pero lo sintió. Una onda expansiva estalló desde el cuerpo de Muzan, una fuerza que resonó como si el propio aire estuviera gritando de dolor. Escuchó a sus compañeros gritar, sus voces cortadas por la intensidad de la explosión. Pero él no cayó. Su espada, clavada profundamente en Muzan, lo mantuvo anclado en su lugar.

El dolor lo atravesó como mil dagas; sus huesos crujieron bajo la presión aplastante. Era como si el propio peso del mundo se derrumbara sobre él. Pero no soltó la espada. No podía hacerlo.

Y entonces sintió algo más: una mano fría en su espalda. La sensación lo paralizó tanto como el dolor que lo recorría.

"No deberías estar aquí, Cazador," escuchó murmurar a Muzan, su voz como un susurro venenoso en el viento.

Iguro intentó hablar, responder, gritar, pero su cuerpo no le obedecía. De repente, el mundo a su alrededor comenzó a desmoronarse. Los sonidos se apagaron, dejando un silencio que era más aterrador que cualquier grito. La nada lo envolvió como un manto oscuro, y sintió que estaba cayendo.

¿Qué… está… pasando?

Antes de terminar la pregunta en su mente, un dolor agudo atravesó su cabeza. Fue como si mil recuerdos se comprimieran en un solo instante, y luego… nada. Todo desapareció.


Sus ojos se abrieron con sorpresa y se movió tan rápido que se golpeó con la pared. El impacto resonó en el aire tranquilo, un eco que contrastaba con el caos de la batalla que había dejado atrás. La confusión era tan intensa que Iguro saltó hacia atrás, con su espada ya en mano, esperando que Muzan o algún otro demonio apareciera frente a él. Pero todo lo que vio fue… una pared.

Por un momento, Iguro pensó que había muerto. ¿Esto es el cielo?

"¿Dónde…?" susurró Iguro, la voz apenas un murmullo ahogado. Su mente estaba completamente fuera de control, y por un instante, ni siquiera sabía dónde se encontraba.

Algo se movió a su lado, y la familiar figura de Kaburamaru apareció ante él, arrastrando algo entre sus fauces. La serpiente era un ancla en la tempestad de emociones que lo envolvía, un recordatorio de que, al menos, no estaba completamente solo.

Iguro bajó la espada y observó cómo Kaburamaru empujaba un objeto hacia él. Cuando su mirada se enfocó en el calendario, su cuerpo se tensó. Era el mismo que llevaba siempre consigo, marcado con las fechas de sus misiones, notas personales sobre las cartas de Kanroji, y pequeños detalles que organizaban su vida. Pero había algo más, algo que atrajo por completo la atención de Iguro: la última fecha señalada era…

La fecha en la que Tanjiro Kamado y su hermana demonio, Nezuko, llegarían a la Mansión Ubuyashiki para ser juzgados por los Hashira.

El aire pareció desaparecer de su entorno mientras Iguro intentaba entender lo que estaba viendo. La mente de un cazador de demonios estaba entrenada para enfocarse en la lógica, en los detalles de combate, pero este momento lo quebró. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía estar en…

"Oh no… oh mierda."

Sus palabras se escaparon de su boca mientras recorría las notas del calendario, buscando respuestas que no existían. No había nada registrado después de esa fecha, como si el futuro estuviera completamente bloqueado.

Había vuelto atrás en el tiempo.

"Tú no deberías estar aquí…"

Las palabras de Muzan resonaron en su mente como un trueno lejano. Ahora recordaba el susurro venenoso que había escuchado durante la batalla, cuando el mundo parecía desmoronarse a su alrededor. ¿Esto fue obra de Muzan? pensó Iguro, mientras su sangre se helaba por completo.

Si lo era, entonces era una artimaña para alterar el flujo del tiempo y revertir todo lo que habían logrado. Cada muerte, cada sacrificio… todo habría sido inútil.

Un recuerdo se filtró en su mente, uno que lo golpeó con una fuerza aún mayor que su revelación.

"¡No, por favor! ¡No te mueras, Iguro-san!"

Las últimas palabras de Mitsuri Kanroji, acompañadas por su llanto desesperado, ahora eran solo viento, barridas por el poder de Muzan y su maldición. En ese momento, Iguro no pudo contenerse. Toda la esperanza que había acumulado, todo lo que había luchado por proteger… se sentía como cenizas en sus manos. Quiso gritar, desgarrar la calma que lo rodeaba con la rabia que bullía en su interior.

Él estaba vivo. Y los demonios también.

Al notar su rabia, Kaburamaru se deslizó por su brazo y se acomodó en sus hombros. Allí, la serpiente colocó su cabeza cerca de la de Iguro, siseando con una calma que, curiosamente, devolvió el sentido al Pilar de la Serpiente.

"Tienes razón," dijo Iguro, mirando a su serpiente mientras recuperaba el control. "Ellos han vuelto, pero nosotros también."

Un pensamiento surgió de las cenizas de su desesperación: podía usar lo que sabía a su favor. Había visto el futuro. Había vivido la destrucción, el sacrificio y el dolor que Muzan traería. Pero también había visto la fortaleza de sus compañeros, la esperanza que se formaría a través de sus vínculos.

Le asustaba verse vulnerable frente a otros. Su pasado nunca le había permitido confiar plenamente en nadie, y aunque no entendía por qué sus compañeros podrían querer pasar tiempo con él, ahora sabía que tendría que cambiar. Tendría que ser mejor.

De eso dependía no solo vencer a Muzan, sino traer la paz que este mundo tanto anhelaba.