Episodio 2
"No es… bueno, sí es, pero no ha hecho daño a nadie."
Las palabras de Tanjiro salieron torpes, su voz temblando con la fuerza de su desesperación. Sus manos, tensas y sudorosas, se aferraban a Nezuko como si al soltarla pudiera perderla para siempre. Sentía las miradas de los Hashira como un peso sobre sus hombros, y aun así, no se atrevía a retroceder.
"Yo creo que no hay mucho problema por ahora," dijo Rengoku, con su característico tono confiado y optimista. Sonrió ampliamente mientras inclinaba ligeramente la cabeza, como si con solo su actitud pudiera aliviar la tensión en la sala. "Conozco a la serpiente de Iguro y tampoco veo que la joven se esté lanzando a acabar con nosotros."
"No lo hará," intervino Tomioka, su voz tan pasiva como siempre. Permaneció inmóvil, su postura inquebrantable, como una estatua que emanaba serenidad incluso en medio de la discordia.
"Me pregunto…" Tokito ladeó ligeramente la cabeza, observando a Nezuko con una curiosidad que parecía ajena a la tensión que los rodeaba. "Si no es un peligro ahora, ¿podrá serlo en el futuro?"
"Es posible," dijo Himejima, su tono más cordial y calmado, como el de Rengoku, pero con una gravedad que le añadía peso. Sus grandes manos descansaban juntas frente a él, como si su postura estuviera diseñada para transmitir equilibrio. "Aunque ahora mismo no se perciba nada."
El grito de Tanjiro rompió la atmósfera como un cristal estrellándose contra el suelo.
"¡No es así!" exclamó, su voz cargada de una mezcla de frustración y angustia. "Ella no es así… ella es buena y yo solo… solo necesito una cura."
El eco de sus palabras reverberó por la sala. Los Hashira se giraron hacia él, algunos con expresión de sorpresa, otros con escepticismo. Incluso Tomioka alzó ligeramente una ceja, un gesto pequeño pero significativo.
Nezuko, viendo su incomodidad, lo abrazó con fuerza. Kaburamaru, la serpiente de Iguro, los observaba desde el hombro de Nezuko, con una quietud que parecía traer calma al caos del momento. Iguro observó la escena en silencio, sus pensamientos retrocediendo a otro tiempo, otra lucha.
Una imagen fugaz cruzó su mente: él, mucho más joven, sentado en una celda mientras Kaburamaru se deslizaba a su lado, brindándole una compañía silenciosa que lo mantenía cuerdo. Ahora veía esa misma lucha en Tanjiro, y no pudo evitar sentir una punzada de empatía en su pecho.
"Debemos evaluarla," dijo Shinobu con tranquilidad, ladeando ligeramente la cabeza mientras miraba a los demás pilares. Sus ojos, aunque suaves, parecían analizar cada detalle. "Es difícil decidir qué es lo más justo, pero hasta que tengamos una prueba clara, quizá debamos dejarlo estar, mientras puedas controlarla, Kamado."
"No será un problema."
Detrás de Tanjiro, los leves movimientos de Zenitsu e Inosuke no pasaron desapercibidos para Iguro. Aunque su postura parecía relajada, podía sentir la tensión contenida en ambos, una determinación compartida con Tanjiro para proteger a Nezuko.
Uzui dejó escapar un largo suspiro, cruzándose de brazos y mirando a Tanjiro con una expresión mezcla de resignación y advertencia. "Mientras no moleste y no mate a nadie, por mí está bien. Pero si ataca a un solo humano, acabaré con ella."
Sus palabras hicieron que las miradas se centraran en él, y Uzui se encogió de hombros como si nada. "Además, si el chico está tan dispuesto a morir por su hermana, será por algo, ¿no?"
"Quizá si pasamos tiempo con ella también le ayudará, ¿verdad?" dijo Mitsuri, inclinándose hacia adelante con una mezcla de esperanza y sinceridad que parecía iluminar la sala. Sus manos estaban apretadas sobre sus rodillas mientras miraba a los demás pilares. "Si tiene algo de humanidad, como cazadores, ¿no deberíamos intentar ayudarla?"
Las palabras de Mitsuri cayeron suavemente, como un bálsamo sobre la tensión acumulada en la sala. Por un momento, incluso Sanemi pareció contenerse, sus cejas fruncidas relajándose apenas. Iguro, a su lado, no pudo evitar mirarla de reojo, preguntándose cómo alguien podía mantener tanto optimismo en medio de la tormenta.
El momento, por desgracia, no duró demasiado. Sanemi dio un paso al frente, con la clara intención de probar a Nezuko. Iguro lo sabía; Sanemi siempre había sido impulsivo y directo, pero sus métodos, aunque efectivos, no eran adecuados para este momento. Sin pensarlo demasiado, Iguro se movió con un silencio digno de una serpiente a la caza de su presa, y bloqueó la mano de Sanemi justo cuando Tomioka desenfundó su espada, apuntando directamente al cuello de Sanemi.
Tomioka y yo de acuerdo en algo, ¿quién lo diría? pensó Iguro con una mezcla de ironía y sorpresa.
Sanemi se detuvo, claramente sorprendido al ver a los dos pilares frente a él. Su intención no era golpear a Nezuko con fuerza, solo sacar su lado demoníaco para demostrar que no era tan inocente como parecía. Pero, en lugar de eso, solo logró tener la espada de Tomioka peligrosamente cerca de su garganta y, en un arranque de frustración, darle un puñetazo a su mejor amigo.
El golpe resonó como un terremoto para Iguro. Gracias a los cielos que no era Himejima, pensó, imaginando lo que habría pasado si hubiese sido el pilar más fuerte. Aun así, el dolor fue real; Sanemi pegaba duro, o quizás era Iguro quien era más débil de lo que le gustaría admitir. A pesar del impacto, se mantuvo firme mientras Tomioka bajaba lentamente su espada.
"Buen escudo, Iguro," murmuró Tomioka, su tono tan inexpresivo como siempre.
"Buen uso de la espada, Tomioka. Lento, pero bueno," replicó Iguro, sin perder su calma habitual.
Tomioka lo miró, y aunque su expresión apenas cambió, Iguro pudo percibir cierta sorpresa. No era común que Iguro elogiara a sus compañeros, y mucho menos a Tomioka. Siempre hay una primera vez para todo, pensó Iguro, con suerte, también será la última.
Tomioka dio un paso atrás mientras Sanemi bajaba su mano, claramente frustrado. No quería realmente herir a Iguro, y la culpa empezaba a filtrarse en su rabia. Pero para él, la única manera de procesar esas emociones era con una furia que no podía controlar. Por suerte, Iguro entendía bien a su amigo.
"Voy a tener que ir a la enfermería por tu culpa, Shinazugawa," dijo Iguro en tono neutral, llevándose una mano al rostro. "¿Puedes calmarte ya, o vas a seguir con esto?"
"Yo… es que no puedo vivir con un demonio," respondió Sanemi, mirándolo directamente. "No puedo."
Sin decir nada más, Sanemi salió de la sala. Las miradas preocupadas de los pilares lo siguieron, pero Iguro simplemente suspiró. Sabía que, tarde o temprano, Sanemi encontraría su propia manera de aceptar la verdad. Pero hasta entonces, la tensión seguiría presente.
Fue en ese momento cuando Iguro sintió una punzada de dolor. Maldito Sanemi…
"Bueno, parece que todo está bien por ahora," dijo Kagaya con una sonrisa tranquila. Su voz devolvió algo de calma a la sala. "No se preocupen, Kamado, Nezuko, ustedes y sus compañeros estarán bien aquí mientras entrenamos a Kamado. Por ahora, deberían volver a sus cuartos. Mi esposa les mostrará el suyo y el de sus amigos, Tanjiro."
"Sí… gracias," respondió Tanjiro, su voz llena de gratitud. Antes de irse, lanzó una última mirada a Iguro. "Gracias."
Iguro lo ignoró, manteniendo su compostura habitual. Sin embargo, notó cómo Nezuko, antes de salir, dejó a Kaburamaru en el suelo con delicadeza. La serpiente regresó a su lado de inmediato, y él asintió. Pero al hacerlo, sintió otra punzada de dolor en la nariz, una que no pasó desapercibida para Shinobu Kocho.
La mujer suspiró y se levantó, con una expresión tranquila pero firme. "Sígueme, Iguro. Tengo algo para esa nariz."
"No te preocupes, Kocho, puedo arreglármelas solo," respondió Iguro, intentando desviar la atención.
Shinobu se detuvo y le lanzó una mirada que parecía capaz de congelar el mismísimo infierno. Y Kamado piensa que yo o Sanemi somos los peores… pensó Iguro, resignándose a seguirla fuera de la sala.
Mientras tanto, los demás pilares permanecieron en la sala. Rengoku, siempre optimista, dejó escapar una risa y se volvió hacia Mitsuri. "Bueno, todo está bien ahora. ¿Quieres ir a entrenar? Podemos preguntarle a otros si quieren unirse. ¿Estás bien?"
Mitsuri, sumida en sus pensamientos, se sobresaltó, dejando escapar un pequeño grito de sorpresa. Rengoku rió de nuevo mientras Mitsuri escondía su rostro entre las manos, completamente avergonzada. ¿Qué me estaba pasando? pensó Mitsuri, sintiendo cómo el calor subía a sus mejillas. ¿Cuándo he empezado a reaccionar así por Iguro-san? ¿Y por qué hace tanto calor en este cuarto?
Nunca lo había visto de esa manera, pero Mitsuri no pudo evitar pensar que, si Iguro-san seguía comportándose así, tendría que encontrar una manera de controlarse antes de que fuera demasiado tarde.
En una zona apartada, Shinobu Kocho esperaba pacientemente. Había preparado todo lo necesario para aliviar el dolor en la nariz de Iguro, cuya lesión, aunque leve, requería su atención. Iguro sabía que, aunque no estaba roto, Kocho no iba a dejarlo ir sin curarlo adecuadamente. Había algo en sus movimientos que lo delataba: su precisión meticulosa y esa mirada que nunca perdía la sonrisa, pero que dejaba entrever algo más profundo.
Iguro estaba seguro de que Shinobu quería saber por qué había actuado como lo hizo en la sala de reuniones. No hacía falta más que observar los detalles para entenderla. Aunque Shinobu siempre mantenía una fachada tranquila y amable, había algo en la forma en que se movía que hablaba de una curiosidad persistente. Si sabías dónde mirar, los pequeños gestos revelaban lo que las palabras no decían.
Era extraño para Iguro saber ahora dónde mirar, pero esa habilidad le permitía ver mejor no solo a Shinobu, sino también a los demás Hashira. Rengoku y Kanroji, con sus emociones siempre a flor de piel, eran claros como el día; incluso Sanemi, con su naturaleza explosiva, no era difícil de descifrar. Sin embargo, figuras como Kocho, Tomioka, Tokito e incluso Himejima eran un misterio aparte. Comprenderlos era como descifrar un enigma, pero ese entendimiento lo tranquilizaba, ayudándolo a actuar con mayor intención.
No somos tan diferentes, pensó Iguro. Los traumas y tragedias los habían moldeado, transformándolos en lo que eran ahora. Mientras Iguro había escogido un camino que lo hacía despreciarse a sí mismo, otros, como Kocho, habían encerrado su verdadero ser dentro de una caja que parecía imposible de abrir.
Lo siento, Kocho, pero te voy a hacer salir de una manera u otra, pensó Iguro mientras luchaba contra sus propias inseguridades.
Esto no significaba que no le diera miedo. Iguro nunca contaba su pasado. Era algo que llevaba consigo como una carga que nunca podía soltar. Sin embargo, sabía que había una manera de ayudar a los Hashira a compartir más, a ver más allá de sus propias penas. Para él, este viaje temporal y el recuerdo de lo perdido se mezclaban con las memorias de su amor por Mitsuri Kanroji, quien lo había guiado hasta el último momento de aquel tiempo.
Y aunque nunca se sentiría suficiente para nadie, Iguro no podía negar el fino hilo de esperanza que comenzaba a crecer dentro de él, como una pequeña luz en la oscuridad. Si algo como él podía salvarse, ¿por qué no podían los demás?
Por eso estaba allí, a solas con Kocho, enfrentando su propio miedo. Sabía que detrás de su amargura estaba una mujer destinada a ayudar a otros, como siempre lo había hecho.
"Iguro, necesito que te quites la venda para poder curarte bien," dijo Shinobu, su voz calmada pero firme. Sus ojos vacíos lo observaban con una determinación que no aceptaba excusas. "No querrás que te la quite yo."
El tono de Shinobu no dejaba lugar para discusión. Iguro sabía que debía hacerlo. Pero al levantar la mano hacia su venda, sintió algo más que resistencia física: las sombras que lo ataban a su pasado trataron de detenerlo, como una barrera invisible.
Había una posibilidad que no podía ignorar: que Shinobu se asqueara al ver la razón por la que llevaba la boca tapada. ¿Qué pasaría si su cicatriz revelaba más de lo que estaba dispuesto a compartir? Pero no había vuelta atrás. Conociendo a Kocho, si no lo hacía pronto, ella misma arrancaría la venda, probablemente con una sonrisa en los labios.
Armándose de un valor que no sentía, Iguro aguantó la respiración mientras sus dedos temblorosos rozaban el vendaje que ocultaba su rostro. Las manos le temblaban, como si cada movimiento llevara consigo el peso de su historia. Al otro lado de la sala, Shinobu lo miraba con curiosidad, sus ojos fijos en él mientras mantenían su habitual compostura. Sin embargo, algo en su mirada parecía más atento de lo normal, como si tratara de adivinar lo que se escondía bajo el velo de tela.
Para Shinobu, las cicatrices eran algo normal. Sanemi estaba cubierto de ellas; Himejima llevaba una visible en su frente. Nada de eso la asustaba ni la hacía mirar hacia otro lado. Así que, ¿qué podía ser tan horrible como para que Iguro dudara tanto en mostrárselo? Había una sola respuesta para ella: la historia detrás de aquello, lo que hubiera bajo las vendas, debía ser algo más que físico.
Por razones que no alcanzaba a comprender, Shinobu se sintió conmovida al verlo hacer el esfuerzo de exponerse, de quitar las cadenas que lo ataban a sus propios temores. Era algo que ni siquiera había hecho con Kanroji, su compañera más cercana. Mientras Shinobu recogía los utensilios necesarios para encargarse de su nariz, intentó esconder su preocupación, preguntándose si había llevado la situación demasiado lejos.
Pero todo se detuvo cuando Iguro finalmente apartó las vendas.
La vista del rostro de Iguro fue suficiente para congelar a Shinobu por un momento, apenas un segundo en el que no pudo evitar que el horror pasara por su rostro. Las cicatrices a cada lado de su boca parecían deliberadamente talladas, como si alguien hubiera intentado agrandar su boca y darle una apariencia más cercana a la de una serpiente. Era una visión que desafiaba cualquier lógica o empatía.
¿Qué clase de infierno pasó? pensó Shinobu, mientras intentaba procesar lo que tenía frente a ella.
Por su parte, Iguro notó la reacción al instante. Bajó la mirada, como si la carga de esa breve expresión en el rostro de Shinobu fuera suficiente para hundirlo un poco más. Claro que había reaccionado así; todos lo hacían. Era una marca horrible, pero la historia detrás de ella era aún peor.
Iguro estaba acostumbrado a estas reacciones. Las pocas veces que se había quitado las vendas frente a alguien, las miradas no eran de empatía, sino de asombro o incluso miedo. Recordaba el único momento en que lo había mostrado frente a Rengoku cuando eran más jóvenes. Rengoku, como siempre, no se había asustado de nada, ni siquiera de él. Pero Iguro sabía que no podía decir lo mismo de los demás.
Con un ojo de cada color y una cicatriz que lo hacía parecer más un demonio que un cazador, Iguro sabía cómo lo veían los demás. Incluso su fiel Kaburamaru, con quien compartía un vínculo irrompible, parecía reforzar esa imagen de extrañeza.
"Discúlpame, Kocho. Yo me encargaré de curarme," dijo Iguro, su voz casi un susurro, como si pronunciarlas fuera un esfuerzo. Sus palabras salieron más como un reflejo instintivo que como una decisión consciente. "Por favor, no le digas a nadie…"
"Déjame ver esa nariz."
Las palabras de Shinobu dejaron a Iguro completamente helado. Por un momento, no supo cómo reaccionar, y en ese instante, ella aprovechó para acercarse con calma, dándole el espacio que necesitaba para no sentirse invadido. Shinobu, como siempre, mantenía su tono sereno y su sonrisa habitual. No iba a forzarlo ni a indagar demasiado. Si Iguro quería ocultar la historia detrás de aquella cicatriz, ella lo respetaría. Haría lo que mejor sabía hacer: asegurarse de que estuviera bien.
Trabajó con cuidado, sus movimientos fluidos y precisos mientras aliviaba el dolor en la nariz de Iguro. No le llevó mucho tiempo terminar, y cuando dio un paso atrás para recoger lo que había utilizado, ambos permanecieron en silencio. Shinobu no quería decir algo que pudiera incomodarlo o avergonzarlo, mientras que Iguro no sabía cómo reaccionar.
Fue solo cuando sintió algo en sus manos que se dio cuenta de que habían terminado. Bajó la mirada hacia las vendas que Shinobu le había dado. Sus manos más pequeñas sostenían el vendaje con firmeza, pero también con delicadeza, como si ese gesto pudiera suavizar la barrera invisible que Iguro había levantado.
"Seguramente te cambias los vendajes con mucha frecuencia," dijo Shinobu, esbozando una sonrisa sincera. "Estas vendas son más fuertes. Úsalas, y si tienes algún problema con tu cicatriz, búscame."
Iguro observó las vendas en silencio, incapaz de articular una respuesta inmediata. El recuerdo de otro momento similar lo golpeó con fuerza. Tiempo atrás, cuando recién había escapado de su miseria, fue la madre de Rengoku quien le cambió las vendas por primera vez. Entonces, era demasiado joven para comprender del todo lo que estaba sucediendo, pero la bondad de aquella mujer lo marcó profundamente.
Ahora, viendo a Shinobu hacer lo mismo, sintió un peso en el pecho que no esperaba. ¿Esto es lo que uno siente cuando deja de alejarse de la gente? pensó. ¿Es esto una parte de lo que perdí en la otra línea temporal por miedo?
Casi se apartó de Shinobu en ese momento, impulsado por la necesidad de recordarle que él no era nadie y que debía centrarse en otras cosas. Pero algo lo detuvo, algo que lo llevó de vuelta a sus recuerdos.
En el pasado, había huido porque quería vivir, incluso cuando muchas vidas se perdieron para que eso fuera posible. Ahora, quería algo diferente. Su yo más joven quería hacer amigos, quería momentos que recordar, mientras que su yo adulto cambiaría todo por tener más tiempo con Kanroji.
Y entonces, sintió aquellas manos—las sombras de su pasado—agarrándolo de nuevo, empujándolo al abismo. Pero esta vez, no estaba solo. La mano de Shinobu también estaba allí, un toque tenue pero suficiente para anclarlo en el presente. Aunque no dijo nada, esa presencia lo calmó levemente.
Dejó que aquellas manos lo arrastraran de nuevo al fondo de su miseria mientras se colocaba las vendas y se levantaba para marcharse.
"¿Estás seguro sobre la hermana de Kamado?"
La voz de Shinobu, aunque suave, llevaba un matiz de duda que lo obligó a detenerse. Iguro podía sentir el peso de esas palabras, una duda que no era exclusiva de ella. Muchos compartían la misma inquietud. En la otra línea temporal, él mismo había estado del lado de Sanemi, pero ahora que sabía lo que sabía, no podía permitirse repetir los mismos errores.
Ya no era así. Kanroji ya lo había estado cambiando antes, en ese tiempo que parecía tan lejano. Y ahora, con el conocimiento de ambos lados de la moneda, sabía que no podía actuar como antes.
"Lo estoy," dijo Iguro finalmente, sin mirar atrás. "Y tú, aunque no lo digas, también lo estás."
Sus palabras dejaron a Shinobu momentáneamente sorprendida. Lo observó marcharse, sus pasos firmes pero cargados de un peso que no podía ver del todo. Cuando finalmente sonrió, fue con una mezcla de aceptación y determinación.
Quizá el Pilar de la Serpiente tenía razón. Y si no, todos ellos tendrían que estar listos para afrontar las consecuencias. Shinobu apretó su mano alrededor del mango de su espada. Ella estaría lista para lo que viniera.
Sanemi dejó escapar un profundo suspiro, observando cómo Iguro regresaba hacia el grupo de los demás Hashira. No era difícil adivinar que se quedaría cerca de Kanroji; era un comportamiento tan habitual que incluso alguien tan poco atento como Sanemi podía notarlo. Aunque, en este caso, era Kanroji quien parecía más despistada.
Para Sanemi, no era solo amabilidad lo que Iguro mostraba hacia Kanroji. No podía decidir si Kanroji simplemente no se daba cuenta o si prefería no hacerlo. No pensaba mal de ella ni mucho menos, pero Kanroji… bueno, era como un torbellino de energía y alegría, siempre avanzando de una cosa a otra sin detenerse a analizar demasiado. Quizá era su forma de evitar enfrentar ciertas verdades.
"¿Qué me puede importar a mí?" murmuró Sanemi entre dientes, como si tratara de convencer a alguien, quizás a sí mismo.
Apretó los puños, sintiendo la rabia hervir dentro de él. Aquel idiota que antes llamaba amigo ahora parecía un extraño. Iguro había elegido defender a un demonio en lugar de ponerse de su lado, algo que cualquier amigo habría hecho sin dudarlo. Sanemi no podía contener el enojo, aunque las razones eran complejas. Estaba furioso con el demonio, con la actitud de Iguro, pero también consigo mismo por haber perdido el control.
Aun así, sentía que estaba justificado. Para Sanemi, los demonios tenían que ser exterminados. Ese pensamiento era algo que antes compartía con Iguro, pero ahora ya no. Apretó los puños con más fuerza, luchando contra el impulso de golpear algo.
Ni siquiera quería mirar cómo Iguro observaba a Kanroji como un completo idiota.
"Sanemi, ¿estás bien?"
La voz calmada del líder de los Cazadores lo sobresaltó. Se giró rápidamente para encontrarse con Kagaya Ubuyashiki y su esposa, quienes lo miraban con una serenidad casi desconcertante. Para Sanemi, resultaba difícil comprender cómo podían estar tan tranquilos sabiendo que había un demonio dentro de su propia casa.
"Sí," respondió Sanemi, cortante.
Kagaya pareció percibir su conflicto interno. Tras un breve intercambio de miradas con su esposa, ella se retiró discretamente, dejándolo a solas con Sanemi. El líder se colocó a su lado, escuchando en silencio el bullicio del jardín, lleno de la risa de Rengoku y los comentarios animados de Uzui. Había una calma vibrante en el aire, una vida que parecía opuesta a los pensamientos oscuros de Sanemi.
"Sanemi, entiendo tu confusión y desconfianza," dijo Kagaya, su tono tan calmado y lleno de sabiduría que Sanemi no pudo ignorarlo. "No estás solo en tus sospechas; muchos otros piensan como tú. Pero no te pedimos aceptación, sino tiempo."
"Pero líder, ella podría…" comenzó Sanemi, pero su voz se apagó antes de terminar. Era incapaz de gritarle al líder.
"Lo sé," respondió Kagaya, con la misma serenidad inquebrantable. "Pero debes confiar en el amor de Nezuko por su hermano. Esa es la razón por la que ha luchado todo este tiempo, tanto como Tanjiro ha luchado por protegerla."
Kagaya lo miró con una sonrisa leve, pero sus palabras eran precisas, casi quirúrgicas. "Tú, mejor que nadie, conoces el poder del amor por un hermano."
Sanemi sintió cómo su cuerpo se tensaba. El peso de esas palabras golpeó directo en su interior. Aunque tratara a Genya con dureza, nunca lo abandonaría. Siempre lo protegería, sin importar qué. La conexión que sentía por su hermano era inquebrantable, y la idea de que esa misma fuerza impulsaba a Tanjiro y Nezuko lo dejó sin palabras.
El líder, sabiendo que había dicho lo necesario, le hizo un gesto para que se reuniera con los demás Cazadores. Sanemi obedeció en silencio, saltando al suelo donde el grupo estaba reunido. Lentamente, se sentó cerca de Iguro. Por un momento, ambos intercambiaron miradas, pero ninguno dijo una palabra.
Desde la distancia, Kagaya observó la escena con una sonrisa tranquila. "Todavía queda esperanza," susurró, su voz apenas audible entre el bullicio del jardín.
