Capitulo 10: Baile y Amistad
〈29 años después de la muerte de Himmel el Héroe, en la ciudad fortaleza de Vorig, situada en las tierras del norte〉
El aire frío de las tierras del norte azotaba las capas del grupo mientras observaban la imponente silueta de la ciudad fortaleza de Vorig a la distancia. Sus murallas de piedra, altas y robustas, se erguían como un centinela vigilante contra el horizonte grisáceo. Naruto Uzumaki, acostumbrado a la arquitectura más orgánica de Konoha, no pudo evitar silbar con admiración.
—¡Vaya fortaleza! —exclamó, sus ojos azules recorriendo las defensas—. Parece que aquí se toman la seguridad muy en serio, ¿verdad? ¿Será que hay muchos enemigos cerca?
Stark, ajustándose el hacha en la espalda, miró hacia la ciudad con una mezcla de curiosidad y quizás un leve nerviosismo.
—¿Eso es Vorig? —preguntó, su voz un murmullo contra el viento.
—Es una parada en el camino hacia la mágica ciudad de Äußerst —explicó Frieren con su calma habitual, sus ojos dorados fijos en la fortaleza.
Fern suspiró, un sonido casi imperceptible pero cargado del cansancio del viaje.
—¿Por fin llegamos a la mitad del camino? ¡Qué largo viaje!
—Konoha está muy, muy lejos —murmuró Naruto para sí mismo, sintiendo una punzada de nostalgia, pero rápidamente sacudió la cabeza, volviendo al presente—. ¡Bueno, al menos estamos avanzando! ¡Seguro que esa ciudad Äußerst es increíble!
—De todos modos, repongamos nuestros suministros en Vorig... —comenzó a sugerir Frieren, pensando ya en pociones o ingredientes raros que podría encontrar.
Pero Fern la interrumpió, su tono lleno de una preocupación práctica que contrastaba con la serenidad de la elfa.
—Señora Frieren, esto es incómodo, pero casi nos quedamos sin fondos —dijo, su voz apenas audible.
La mención de la falta de dinero hizo que Naruto frunciera el ceño. Él tampoco tenía mucho, y depender siempre de Frieren o Fern para los gastos lo hacía sentir un poco inútil.
—¿Sin fondos? ¡Rayos! ¿Tan mal estamos? —preguntó, preocupado.
Fue en ese preciso instante que una voz autoritaria rompió la quietud.
—Oye, tú.
Todos se giraron. Un carruaje elegante, claramente perteneciente a un noble, se había detenido cerca. Un hombre de mediana edad, con un aire militar y un parche en el ojo, descendió acompañado por un mayordomo anciano. El hombre vestía un uniforme impecable, de tonos oscuros con detalles dorados y plateados, y su cabello castaño rojizo estaba cuidadosamente peinado. Sus ojos rojos se posaron inmediatamente en Stark, inspeccionándolo de arriba abajo con una mirada penetrante.
—¿Qué es? —preguntó Sein
—Ese es el carruaje de un noble— reconociendo las insignias.
Naruto entrecerró los ojos, su instinto ninja poniéndose alerta. No le gustaba la forma en que ese noble miraba a Stark.
Stark, sintiéndose incómodo bajo el escrutinio del noble, retrocedió un paso.
—¿Eh? ¿Qué? ¿Qué pasa? —preguntó, confundido.
El noble, Lord Orden, ignoró la pregunta y continuó su evaluación.
—Tienes un buen cuerpo. Tu apariencia tampoco es tan mala. Ven a mi mansión —ordenó, más que invitar.
—¡¿Qué pasa?! —exclamó Stark, sorprendido por la audacia del hombre.
Naruto frunció el ceño. —¿A su mansión? ¿Así sin más? ¡Este tipo es raro,!
Poco después, se encontraron en una lujosa sala dentro de la mansión de la familia Orden. El aire olía a cera pulida y a riqueza antigua. Lord Orden se sentó frente a ellos, su expresión seria e imponente.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, dirigiéndose directamente a Stark.
—Stark —respondió el joven guerrero, aún algo desconcertado.
Frieren, que había permanecido en silencio hasta entonces, intervino con firmeza.
—Lord Orden, no puede hacer esto —dijo, reconociendo al noble.
Orden la miró con desdén. —¿Sabes quién soy?
—Esta es la mansión de la familia Orden, una de las Tres Grandes Familias de Caballeros de las tierras del norte —respondió Frieren, demostrando su conocimiento—. Tu abuelo también era un hombre autoritario.
Orden desestimó el comentario con un gesto. —¿Qué es esta tontería? En fin, estoy hablando con Stark ahora mismo.
—Stark es el vanguardia de mi grupo —insistió Frieren, protectora.
Orden se giró hacia Stark con una sonrisa condescendiente.
—Stark, ¿necesitas el permiso de tu mami para tener una conversación?
Naruto apretó los puños. ¡Nadie insultaba a sus amigos! Estaba a punto de saltar, pero Stark intervino rápidamente, tratando de calmar la situación.
—Por favor, no pelees —pidió, incómodo con la tensión.
Orden ignoró la interrupción y volvió a centrarse en Stark.
—Tengo una petición. Te pagaré —dijo, yendo directamente al grano.
Frieren se levantó, claramente disgustada.
—Esto es ridículo. Nos vamos, Stark.
Pero antes de que pudieran moverse, Fern intervino con urgencia.
—Señora Frieren… —dijo, mostrando discretamente la palma de su mano, donde descansaban apenas unas pocas y míseras monedas de cobre.
Los ojos de Frieren se abrieron ligeramente al ver la realidad de su situación financiera.
—¿Qué son esas monedas de cobre? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Son todos los fondos que nos quedan —confirmó Sein, su voz baja y preocupada.
Naruto suspiró. La falta de dinero siempre era un problema.
Frieren se volvió hacia Lord Orden, su expresión resignada pero pragmática.
—Supongo que al menos podemos escucharte —concedió, volviendo a sentarse.
El grupo siguió a Lord Orden por los opulentos pasillos de la mansión. Las paredes estaban adornadas con tapices antiguos y retratos de aspecto severo. Naruto observaba todo con curiosidad, comparándolo mentalmente con la torre del Hokage, aunque esto era mucho más… extravagante.
—Stark, ¿de dónde eres? —preguntó Orden mientras caminaban, rompiendo el silencio.
—Una aldea guerrera en la región Klee de las tierras centrales —respondió Stark.
—Ya veo. Mi familia también es originaria de ese pueblo —comentó Orden, un dato que pareció sorprender a Stark.
Finalmente, llegaron a una gran escalera. En la pared principal, colgaba un retrato imponente de un joven que guardaba un parecido asombroso con Stark.
—Mi hijo mayor, Wirt. Mi heredero y héroe de esta ciudad —anunció Orden, su voz teñida de un orgullo doloroso.
Fern miró el retrato y luego a Stark, sus ojos violetas parpadeando con sorpresa.
—Se parece a usted, señor Stark —comentó.
—¡Es verdad! ¡Son casi iguales! —exclamó Naruto, acercándose al retrato—. ¡Solo que este tipo no tiene tu cicatriz, Stark!
—Son prácticamente idénticos —concordó Orden—. Si los aseáramos, solo alguien de la familia podría notar la diferencia.
Frieren, siempre directa, fue al centro del asunto.
—¿Y qué tiene eso que ver con tu petición? —preguntó.
La expresión de Orden se ensombreció. —Hace un mes, libramos una gran batalla contra demonios. Wirt murió en combate. Él y el comandante enemigo se mataron mutuamente. —Su voz se quebró ligeramente—. Lo bueno es que fue una pelea a gran escala. Los únicos que saben de la muerte de Wirt son Gabel, que está allí —señaló al mayordomo—, y algunos de mis hombres de mayor confianza.
Naruto sintió una punzada de empatía. Había visto la muerte de cerca muchas veces. Perder a un hijo… debía ser un dolor inimaginable.
—¿Qué planeas hacer con Stark? —preguntó Frieren, su voz tranquila pero directa.
—La ciudad fortaleza de Vorig es clave para la defensa de esta región —explicó Orden, recuperando su compostura—. No podemos permitir que la moral decaiga mientras reconstruimos las fuerzas que perdimos.
—Así que quieres encubrir la muerte de tu hijo hasta entonces —dedujo Sein, entendiendo la estrategia.
—Dentro de tres meses, las figuras influyentes de esta región se reunirán en una velada. Les demostraremos que Wirt está sano y salvo —afirmó Orden. —Y ahí es donde entras tú, Stark. Te harás pasar por mi hijo.
—¡¿Hacerme pasar por él?! —Stark parecía horrorizado ante la idea. —¿Durante tres meses? ¡Eso es mucho tiempo!
—¿Cuánto nos pagarás? —preguntó Frieren, práctica como siempre, aunque Naruto notó un ligero brillo de interés en sus ojos ante la perspectiva de una recompensa.
—Diez monedas de oro Strahl —ofreció Orden.
Fern calculó rápidamente, susurrando al oído de Frieren.
—Son tres comidas al día más refrigerios durante un año —informó.
¡Diez monedas de oro! Naruto abrió los ojos. ¡Eso era una fortuna! Podrían comprar ramen para meses… si lo encontraran.
—Agrega un grimorio —exigió Frieren, aprovechando la situación para satisfacer su propia pasión.
Orden asintió sin dudar. —Puedes tomar uno de tu elección de la biblioteca.
Stark, sin embargo, seguía lleno de dudas. Se tocó la cicatriz en la frente.
—Espera. No puedo con esto. ¿Qué voy a hacer con esta cicatriz en mi frente? —preguntó, buscando una salida.
—La gente ya cree que Wirt se está recuperando —replicó Orden con calma—. Es una cicatriz de batalla honorable. Nadie sospechará.
Fern miró a Stark con ojos suplicantes.
—Señor Stark, necesitamos el dinero —recordó, su tono suave pero firme.
Stark suspiró, sintiéndose atrapado entre la necesidad del grupo y su propia incomodidad.
—Esto es triste —murmuró, resignado.
—¡Ánimo, Stark! —intervino Naruto, dándole una palmada en la espalda—. ¡Piensa en ello como una misión de infiltración de alto nivel! ¡Serás como un actor! ¡Además, podremos comer bien durante un año! ¡Y Frieren tendrá su libro raro!
Stark le lanzó una mirada de resignación, pero la intervención de Naruto pareció aliviar un poco su carga.
Orden sonrió levemente, satisfecho con el resultado. Se giró hacia su mayordomo.
—Gabel, enséñale a Stark la etiqueta apropiada —ordenó.
Y así, el grupo de Frieren, con la inesperada adición de Naruto y ahora con un miembro a punto de convertirse en actor suplente, aceptó la peculiar y arriesgada misión en la ciudad fortaleza de Vorig, todo por unas monedas de oro, un grimorio y la promesa de un año de comidas aseguradas.
Los días siguientes en la mansión Orden se establecieron en una rutina peculiar para el grupo. Mientras Frieren se perdía en la vasta biblioteca de la mansión, felizmente cobrando parte de su recompensa por adelantado en forma de grimorios polvorientos, y Fern intentaba mantener una apariencia de normalidad y disciplina en sus propios estudios mágicos, el foco principal recaía sobre Stark.
Bajo la tutela implacable pero metódica de Gabel, el anciano y estoico mayordomo, Stark comenzó sus lecciones intensivas de etiqueta noble. Las sesiones eran un espectáculo digno de verse, especialmente a través de los ojos de Naruto.
—¡Más recto, joven Stark! —indicaba Gabel con voz monótona, ajustando la postura del guerrero con un ligero toque de su bastón—. Un heredero de la casa Orden no se encorva como un saco de patatas.
Stark, acostumbrado a la libertad de movimiento del combate y a la postura relajada de un aldeano, sudaba tratando de mantener la espalda erguida, los hombros hacia atrás y la barbilla alta.
—¡Pero esto es incómodo! —se quejó Stark, moviéndose ligeramente—. Siento que se me va a romper la espalda.
—La incomodidad es el precio de la elegancia, joven amo —replicó Gabel sin inmutarse—. Ahora, la reverencia. No, no, eso parece más bien una zancadilla. Observe.
Naruto, que había estado observando desde una esquina con una mezcla de diversión y simpatía, no pudo evitar soltar una carcajada.
—¡Jajaja! ¡Stark, pareces un pato mareado! ¡Así no se saluda a nadie importante!—Naruto se levantó de un salto—. ¡Mira, tienes que hacerlo con estilo! ¡Como un ninja al saludar al Hokage!
Naruto hizo una reverencia exagerada, casi tocando el suelo con la frente, añadiendo un sello de manos dramático al final.
—¡¿Ves?! ¡Con impacto!
Gabel miró a Naruto por encima de sus gafas con una expresión indescifrable. —Joven... Naruto, ¿verdad? Agradezco su... entusiasmo, pero las costumbres de los nobles del norte difieren ligeramente de las de sus... ¿Hokages? Por favor, permita que el joven Stark aprenda la forma apropiada.
—¡Pero mi forma es más genial! —protestó Naruto.
Fern, que observaba desde un sillón cercano con un libro abierto en el regazo (aunque sus ojos no seguían realmente las líneas), suspiró. —Naruto, deja de molestarlo. Ya es bastante difícil para el Señor Stark sin tus payasadas.
—¡No son payasadas! ¡Son técnicas de saludo ninja avanzadas! —replicó Naruto, aunque volvió a sentarse, haciendo un puchero.
Las lecciones continuaron día tras día. Aprender a caminar sin arrastrar los pies, a usar correctamente la desconcertante variedad de cubiertos en una cena formal, a bailar valses sin pisar a su pareja (Gabel sacrificó sus propios pies en numerosas ocasiones), y a mantener conversaciones triviales sobre el clima y la política local sin decir ninguna barbaridad. Cada tarea era una nueva tortura para el pobre Stark.
—¿Por qué hay tantos tenedores? —se lamentaba Stark una noche, mirando con horror la mesa puesta para una cena de práctica—. ¡Con uno me basta!
—Cada uno tiene su propósito, joven amo —explicaba Gabel pacientemente—. Este es para el pescado, este para la ensalada, este pequeño para el postre...
—¡Yo uso el mismo para todo! ¡Y a veces ni eso, como con las manos! —intervino Naruto, recordando sus comidas rápidas de ramen.
—No ayudas, Naruto —le susurró Fern, dándole un discreto codazo.
Frieren, cuando emergía de la biblioteca, observaba el progreso de Stark con una curiosidad distante. Una vez, mientras Gabel intentaba enseñarle a Stark a sostener una copa de vino correctamente, Frieren comentó:
—Hmm, interesante. En la época del Rey Demonio, los nobles solían beber directamente de cuernos. Era más práctico para brindar después de decapitar enemigos.
Gabel casi deja caer la copa. Stark miró a Frieren con horror. Naruto soltó una carcajada. Fern simplemente se cubrió la cara con la mano.
A pesar de las dificultades y las interrupciones cómicas de Naruto, Stark, impulsado por la necesidad del grupo y quizás por un creciente sentido de responsabilidad (o el miedo a la mirada severa de Gabel), comenzó a mostrar una leve mejoría. Su postura era menos desgarbada, sus modales en la mesa menos catastróficos, e incluso lograba encadenar algunas frases educadas sin tropezar demasiado con las palabras.
Naruto, aunque seguía encontrando la situación divertida, también ofrecía su apoyo a su manera.
—¡Vamos, Stark, tú puedes! —le animaba después de una sesión particularmente frustrante—. ¡Piensa en esto como un entrenamiento súper difícil!
—No es lo mismo, Naruto —respondía Stark con un suspiro, pero una pequeña sonrisa se dibujaba en su rostro ante el ánimo de su amigo.
Los tres meses en la mansión Orden transcurrieron en una mezcla de disciplina forzada, descubrimientos mágicos y la peculiar dinámica del grupo.
Mientras Stark sudaba tinta bajo la estricta supervisión de Gabel, el mayordomo, intentando dominar el arte de caminar sin tropezar con sus propios pies y recordar cuál de los veinte tenedores usar para los guisantes, una nueva complicación surgió.
—Joven Stark —anunció Gabel un día, interrumpiendo una lección sobre cómo no derramar el té durante una conversación sobre el clima (una habilidad que Stark aún no dominaba)—. Lord Orden requiere que asista a la velada con una acompañante adecuada. Es costumbre que el heredero presente a una dama.
Stark palideció. —¿Una… acompañante? ¡Pero si apenas puedo caminar derecho! ¿Cómo voy a bailar o hablar con una chica noble sin hacer el ridículo?
Fue entonces cuando Frieren, emergiendo de las profundidades de la biblioteca con un nuevo y polvoriento grimorio bajo el brazo, ofreció la solución más práctica, aunque no necesariamente la más entusiasta.
—Fern puede hacerlo —dijo con su calma habitual—. Ella sabe cómo comportarse. Más o menos.
Fern, que estaba cerca practicando un hechizo de levitación con una pluma, casi deja caer su concentración. —¿Yo? ¿Acompañar al Señor Stark? ¿A una fiesta de nobles?
—Exacto —confirmó Frieren, volviendo a su lectura—. Necesitarás un vestido. Y tal vez aprender a bailar sin pisar a Stark. O viceversa. Será… educativo.
Y así, Fern se vio arrastrada a la órbita de la etiqueta noble. Si bien sus modales eran inherentemente más refinados que los de Stark, las complejidades de los bailes de salón y las conversaciones insulsas de la alta sociedad eran un desafío diferente. Gabel, con una paciencia infinita, ahora dividía su tiempo entre enseñar a Stark a no parecer un guerrero intentando cortar un pastel con una cuchara de postre y enseñar a Fern los pasos del vals y cómo sonreír cortésmente incluso si el tema de conversación era increíblemente aburrido.
Naruto, por su parte, aprovechó el tiempo y el relativo lujo de la mansión (¡comida caliente todos los días!) para centrarse en su entrenamiento mágico. Con la base establecida durante el invierno y la ayuda ocasional de Frieren (cuando no estaba dormida o leyendo), Naruto se esforzaba por controlar el maná sin necesidad de recurrir constantemente al Modo Sabio.
—¡Concéntrate, Naruto! —le indicaba Frieren durante una breve sesión matutina, antes de bostezar—. No es como tu chakra. No lo fuerces, siéntelo. Es como… pedirle amablemente a una corriente que cambie de dirección, no como romper una presa.
Naruto fruncía el ceño, intentando crear una pequeña llama en su mano. A veces lo lograba, una chispa temblorosa que duraba unos segundos. Otras veces, solo sentía un leve calor o, peor aún, nada en absoluto. Progresaba lentamente, aprendiendo hechizos básicos de luz, calor y pequeñas ráfagas de viento, pero la precisión y la facilidad con la que Frieren y Fern manejaban la magia seguían siendo un objetivo lejano. A menudo terminaba usando clones de sombra para practicar diferentes enfoques simultáneamente, llenando alguna sala vacía de la mansión con múltiples Narutos murmurando encantamientos y agitando las manos, para gran confusión (y a veces ligera alarma) del personal de servicio.
Frieren, fiel a su naturaleza, pasaba la mayor parte del tiempo devorando los grimorios de la biblioteca de Lord Orden. Para ella, era el paraíso. Descubría hechizos olvidados, teorías arcanas y la historia mágica de las tierras del norte. A veces, salía de su reclusión con los ojos brillantes por algún descubrimiento particularmente interesante, murmurando sobre técnicas de disipación de ilusiones o la composición elemental de pociones raras, antes de volver a sumergirse en las páginas amarillentas.
Los tres meses volaron entre lecciones de vals, intentos mágicos frustrantes y la lectura silenciosa de tomos antiguos. La fecha de la velada se acercaba inexorablemente, y con ella, la prueba final para Stark y Fern. La tensión crecía en la mansión, mezclada con la anticipación de una noche que decidiría el éxito de su misión encubierta y, quizás, el futuro inmediato de la ciudad fortaleza de Vorig.
La gran sala de la mansión Orden bullía con el murmullo de conversaciones educadas, el tintineo de copas y la suave música de una orquesta escondida. Nobles vestidos con sus mejores galas circulaban, intercambiando sonrisas forzadas y comentarios velados. En una mesa algo apartada, Stark y Fern observaban cómo las parejas comenzaban a reunirse en la pista de baile pulida. Ambos llevaban trajes formales que les resultaban incómodos; Stark con un atuendo oscuro que contrastaba con su habitual ropa de guerrero, y Fern con un vestido sencillo pero elegante que Gabel había insistido en que era apropiado.
—Este último mes ha sido un infierno... —murmuró Fern, alisando una arruga inexistente en su vestido.
Stark asintió, sintiendo el cuello de su camisa apretado. —Necesitamos el dinero, ¿verdad?
Fern suspiró. —Lo siento.
Stark la miró, y a pesar de la incomodidad de la situación y la ropa, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro. Vio la tensión en los hombros de Fern, la forma en que sus manos jugueteaban nerviosamente. —Bueno, pongamos a prueba lo que practicamos.
Se levantó, haciendo una reverencia algo rígida pero reconocible gracias a las incesantes lecciones de Gabel, y le ofreció su mano. —¿Me concedes este baile?
Fern lo miró, sorprendida por el gesto, y luego una pequeña sonrisa, genuina y casi tímida, iluminó su rostro. —Eso realmente no te queda bien. —dijo, aceptando su mano.
Se unieron a las otras parejas en la pista. La música comenzó, un vals suave y elegante. Al principio, Fern estaba visiblemente nerviosa, sus pasos eran vacilantes y su mirada fija en sus propios pies. Pero Stark, a pesar de su propia incomodidad inicial, encontró una calma inesperada. Su presencia, firme y tranquila, pareció anclar a Fern. La guio con suavidad, recordando las instrucciones de Gabel, y poco a poco, ella se relajó, sus movimientos se volvieron más fluidos y levantó la vista para encontrar la sonrisa de Stark. Comenzaron a moverse juntos, siguiendo el ritmo de la música, perdidos por un momento en el baile.
Mientras tanto, en una mesa estratégicamente ubicada para observar sin ser demasiado vistos, se sentaban los otros tres miembros del grupo, también vestidos con una formalidad inusual. Sein llevaba un traje oscuro prestado que le quedaba sorprendentemente bien, Frieren un vestido sencillo que probablemente había encontrado en algún rincón olvidado de la mansión, y Naruto... Naruto se retorcía en su asiento, claramente incómodo.
—¡Agh! ¡Este cuello aprieta! —se quejó Naruto en voz baja, tirando del cuello de su camisa formal—. ¿Cómo puede la gente usar esto todo el tiempo? ¡Siento que me ahogo! ¡Y estos zapatos! ¡Son como cajas de madera!
Sein soltó una risita, tomando un sorbo de su copa. —Te acostumbras, muchacho. Es el precio de mezclarse con la alta sociedad. Aunque prefiero la comodidad de la taberna, si te soy sincero!
Naruto suspiró, pero su atención se desvió rápidamente hacia la pista de baile, donde Stark y Fern giraban al compás de la música. Una sonrisa amplia se dibujó en su rostro. —Pero miren a esos dos tortolitos —comentó, con un tono divertido—. Cada vez parecen más unidos, ¿no creen? Después de todo el drama del cumpleaños y el brazalete, ¡quién lo diría!
—Es cierto —convino Sein, observándolos con una mirada divertida y algo paternal—. La tensión entre ellos es... palpable. No me sorprendería que empezaran a salir pronto, si es que Stark se arma de valor. Aunque conociendo a ese chico, probablemente necesite otro empujón.
Mientras Naruto y Sein comentaban la escena, Frieren permanecía ajena a la conversación romántica. Estaba completamente concentrada en un trozo de pastel de aspecto delicioso que había conseguido de una bandeja cercana, comiéndolo con pequeños y metódicos bocados, disfrutando del dulce manjar. Para ella, la verdadera atracción de la fiesta era, sin duda, la comida.
La misión en Vorig concluyó con éxito. Stark, a pesar de su incomodidad inicial, logró interpretar su papel como el heredero Wirt con suficiente credibilidad durante la velada, gracias en gran parte a la presencia tranquilizadora (y a veces intimidante) de Fern a su lado y a las incontables horas de entrenamiento con Gabel. Lord Orden cumplió su palabra, entregando las diez monedas de oro Strahl y permitiendo a Frieren elegir un valioso grimorio de su biblioteca como recompensa adicional. Con sus fondos repuestos y un miembro más en el grupo, partieron de la ciudad fortaleza, dejando atrás las intrigas nobles y retomando su viaje hacia el esquivo Äußerst.
Varios días de viaje los llevaron a través de paisajes que lentamente abandonaban la severidad del extremo norte. Llegaron a una aldea tranquila, enclavada en un valle boscoso donde los últimos vestigios del invierno se aferraban a las sombras. Mientras Frieren buscaba una posada y Stark y Naruto estiraban las piernas después del camino, Sein aprovechó para indagar en la pequeña taberna local, mostrando un viejo retrato dibujado de su amigo desaparecido.
Regresó al atardecer, encontrando al resto del grupo reunido en la posada, discutiendo la ruta a seguir. La expresión de Sein era una mezcla de esperanza y conflicto.
—He encontrado algo —anunció, su voz resonando con una emoción contenida—. Información sobre Gorila. Alguien aquí lo reconoció. Dijo que lo vio dirigirse hacia el este, hacia una ciudad comercial importante.
—Pero este es el objetivo de mi viaje —añadió, mirando al grupo—. Reencontrarme con mi amigo que partió hace diez años.
Frieren levantó la vista de un mapa que estaba estudiando. —¿Descubriste a dónde fue Gorila?
—A una ciudad comercial en medio de las tierras del norte —confirmó Sein.
—Eso está muy lejos al este de aquí —señaló Frieren, trazando una línea imaginaria en el mapa—. Está en dirección opuesta a Äußerst.
—Sí —admitió Sein, su mirada encontrándose con la de la elfa. —Amigos, vine en este viaje para perseguir a Gorila.
—Lo sé —respondió Frieren con calma.
El dilema quedó flotando en el aire. El objetivo personal de Sein chocaba directamente con la ruta que necesitaban seguir para llegar a Äußerst y buscar la ayuda de Serie para Naruto.
—El sol está a punto de ponerse —intervino Fern, siempre práctica—. ¿No podemos esperar hasta mañana para tomar una decisión? Necesitamos descansar.
—Le pedí al pueblo que nos prestara una cabaña —informó Stark—. Dijeron que podíamos usarla como quisiéramos mientras decidimos. Está un poco a las afueras, pero es espaciosa.
—Gracias —dijo Frieren, asintiendo.
Se instalaron en la cabaña prestada, un refugio rústico pero acogedor. Sin embargo, la naturaleza tenía otros planes. Esa misma noche, sin previo aviso, una repentina ola de frío descendió sobre la región. El viento aulló con furia y una densa nevada comenzó a caer, transformando el paisaje en un torbellino blanco en cuestión de minutos. La temperatura se desplomó drásticamente.
Frieren, Naruto y Stark ya se habían refugiado junto a la crepitante chimenea de la cabaña cuando la puerta se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de viento helado y nieve. Eran Sein y Fern, que habían salido a buscar provisiones antes de que la tormenta empeorara.
—Tengo leña —anunció Sein, sacudiéndose la nieve de la capa y dejando caer una carga de troncos secos junto al fuego.
Fern entró detrás de él, temblando visiblemente, con las manos enrojecidas y sosteniendo una bolsa con algunos víveres. —Compré ingredientes para la cena. Tengo las manos heladas.
—¡Wow, Fern, sí que estás congelada! —exclamó Naruto, acercándose—. ¡Ten cuidado, no te vayas a convertir en estatua de hielo!
Frieren se acercó y tomó suavemente las manos de Fern entre las suyas. —Ya hace bastante frío. En serio. Increíble. Esto podría ser un nuevo récord...
Stark también se acercó, preocupado. —Déjame ver. —Tomó las manos de Fern, que seguían en las de Frieren—. Tienes razón. Hace mucho frío.
—¿Verdad? —dijo Frieren.
Fern se quedó callada, mirando a Stark mientras él sostenía sus manos frías. Una idea traviesa cruzó su mente y, antes de que él pudiera reaccionar, llevó sus manos heladas al rostro de Stark.
—¡NO! ¡Detente! —gritó Stark, dando un respingo y apartándose, aunque más por la sorpresa helada que por enfado.
—¿No es este un nuevo récord? —preguntó Frieren, divertida por la escena.
—Sí. Se están congelando —confirmó Stark, frotándose la cara y lanzando una mirada de reproche juguetón a Fern.
—Está nevando fuerte —dijo Fern, mirando por la ventana cómo la ventisca arreciaba—. ¿Tendremos que esperar a que pase el invierno otra vez?
—Esta vez no cruzaremos ninguna montaña empinada —la tranquilizó Frieren—. A menos que haya una ventisca fuerte como esta durante semanas, estaremos bien.
Al día siguiente, la tormenta no había amainado. El grupo salió brevemente a observar la furia blanca que azotaba el exterior.
—Está cayendo una ventisca —constató Frieren, ajustándose la capucha.
—Seguro que lo es —confirmó Sein, el viento tirando de su capa.
El dueño de la cabaña, un aldeano robusto que había venido a ver cómo estaban, se acercó. —En esta región, las olas de frío duran un mes entero. No recomiendo ir muy lejos. Puedes seguir usando la cabaña un tiempo, no hay problema.
Regresaron al calor del refugio. La decisión sobre la ruta parecía pospuesta por la fuerza mayor del clima.
—¿Qué quieres hacer, Sein? —preguntó Frieren, mirando al sacerdote—. ¿Nos vamos igualmente? ¿Intentarás ir al este tú solo?
Sein suspiró, mirando la nieve caer tras la ventana. —¿Acaso necesitas preguntar? Sería un suicidio salir con este tiempo, y más solo.
—Así que nos quedaremos aquí hasta que pase la ola de frío —concluyó Frieren, con un tono que mezclaba resignación y una chispa de interés.
—Eso es lo que suena —confirmó Sein.
—Pero al menos aquí hay bares y tiendas —dijo Frieren, animándose visiblemente—. Esta cabaña también es bonita y grande. Es mucho mejor que la cabaña de montaña donde nos alojamos antes. —Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios—. Y lo más importante, hay una tienda de magia en este pueblo dirigida por un viejo sospechoso. En mi experiencia, este tipo de tiendas suelen tener hechizos legendarios. Poder explorarla con calma es todo un acierto.
—¡Una tienda de magia! ¡Sí! —exclamó Naruto, emocionado—. ¿Crees que tengan grimorios con jutsus secretos o algo así? ¡O quizás algo para volver a casa!
—¿Hechizos de nivel legendario? —preguntó Stark con curiosidad—. ¿Qué tipos has encontrado hasta ahora, Frieren?
—Un hechizo para eliminar el moho y un hechizo para eliminar las manchas difíciles de aceite —respondió Frieren con total seriedad.
—Esos hechizos son tan convenientes que cambiaron mi mundo —añadió Fern con una convicción sorprendente.
—Suenan como la sabiduría familiar de una abuela —comentó Sein, divertido.
—En cualquier caso, lo único que podemos hacer ahora es esperar —concluyó Frieren, volviendo a su pragmatismo—. Moriremos si subestimamos el invierno de las tierras del norte.
—El señor Stark casi muere en las montañas Schwer —recordó Fern.
—Soy del norte. Eso lo sé —afirmó Sein—. De todos modos, parece que nos quedaremos juntos por un tiempo más.
Naruto suspiró. —Bueno, al menos habrá tiempo para practicar mi magia... ¡y para investigar esa tienda sospechosa! ¡Quizás encuentre algo increíble!
Los días se convirtieron en una rutina helada en la cabaña. La tormenta azotaba el exterior sin descanso, manteniendo al grupo confinado. Sein encontraba consuelo en el fondo de una jarra en la taberna del pueblo cada noche. Stark, incapaz de quedarse quieto, realizaba extenuantes series de ejercicios en el limitado espacio de la cabaña, sus músculos tensándose contra el aburrimiento. Fern y Frieren, cada una a su manera, se sumergían en el estudio de grimorios; Fern con disciplina y Frieren con su habitual mezcla de curiosidad y somnolencia.
Naruto, por su parte, no desperdiciaba el tiempo forzado de inactividad. Se pasaba horas intentando dominar los hechizos básicos que Frieren le había enseñado, a menudo con resultados cómicos.
—¡Vamos, lucecita, enciéndete! —murmuraba Naruto, concentrado intensamente, con las manos extendidas. Una pequeña y vacilante esfera de mana apareció, parpadeó... y se apagó con un sonido casi imperceptible—. ¡Rayos! ¡Otra vez! Frieren, ¿estás segura de que no hay un truco ninja para esto?
—La magia no funciona con trucos ninja, Naruto —respondía Frieren sin levantar la vista de su libro—. Requiere paciencia. Y menos gritos.
Una noche, mientras el viento aullaba fuera, Sein estaba en la taberna, compartiendo una bebida con el dueño de la cabaña y otros aldeanos reunidos alrededor del fuego.
—La ola de frío debería terminar pronto —comentó el dueño de la cabaña, sirviendo más hidromiel—. Pronto podrán, aventureros, continuar su viaje.
—Sí, tienes razón —dijo Sein, tomando un trago—. Espera. ¿No pasamos la mayor parte del tiempo separados? —reflexionó en voz alta, pensando en las distintas dinámicas del grupo.
Justo en ese momento, la puerta de la taberna se abrió y Frieren entró, su habitual calma teñida por una ligera pero visible preocupación.
—Sein. ¿Tienes un minuto? —preguntó, acercándose a la mesa.
Sein la miró, sorprendido. —¿Qué pasa, Frieren? No sueles venir a la taberna.
—Stark y Fern se comportan de forma extraña —explicó Frieren—. Creo que están peleando. ¿Podrías mediar?
Sein arqueó una ceja. —Claro, pero ¿por qué me preguntas a mí?
—Porque mediar es tarea de un sacerdote —respondió Frieren con una lógica impecable.
Sein parpadeó. —¿Lo es?
Dejando la taberna, los dos se dirigieron de vuelta a la cabaña. Al entrar, encontraron a Stark y Fern sentados en extremos opuestos de la habitación principal. Fern le daba la espalda a Stark, visiblemente enfadada, con los brazos cruzados y un puchero infantil en el rostro. Stark miraba al suelo, con una expresión de abatimiento. Naruto estaba sentado cerca de la chimenea, fingiendo afilar un kunai pero claramente escuchando la tensa atmósfera.
—Qué situación tan lamentable —dijo Sein, evaluando la escena con un suspiro—. ¿Qué ha pasado aquí?
—Es culpa del señor Stark —declaró Fern sin volverse.
—Sí, todo es culpa mía —confirmó Stark con resignación.
Sein se pasó una mano por la cara. —Así no llegaremos a ningún lado. Reúnanse conmigo en la otra habitación, uno a la vez. —dijo, asumiendo el rol de mediador que Frieren le había asignado.
—Por cierto —dijo Sein, mirando alrededor de la habitación principal antes de llevar a Fern a la habitación contigua—, ¿dónde está Naruto?
—Dijo que tenía que hacer algo y salió —respondió Frieren con su habitual laconismo, acomodándose cerca del fuego con su libro—. Murmuró algo sobre "entrenamiento especial de paciencia" mirando la tormenta.
—Ya veo —dijo Sein, aunque dudaba que Naruto estuviera haciendo algo tan tranquilo. Probablemente estaba intentando hacer un Rasengan de nieve o algo por el estilo.
Sein procedió entonces con su tarea de mediador. Primero habló con Fern, escuchando su versión de los hechos, sus frustraciones y su orgullo herido. Luego, hizo lo mismo con Stark, quien, aunque abatido, también expresó su propia perspectiva y arrepentimiento. Con la paciencia de un sacerdote acostumbrado a lidiar con las complejidades (y a veces la terquedad) de la naturaleza humana, Sein guio la conversación, señalando malentendidos y alentando la empatía.
No fue un proceso fácil, requirió tacto, pero finalmente, la mediación de Sein dio sus frutos. Al cabo de un rato, Stark y Fern salieron de la habitación contigua, no exactamente sonriendo, pero sí con la tensión visiblemente disminuida. Se lanzaron una mirada rápida, un asentimiento casi imperceptible, y un silencio menos hostil se instaló en la cabaña. Habían hecho las paces, al menos por el momento.
A los pocos días, la furia de la ventisca comenzó a disminuir. La nieve ya no caía con tanta intensidad y el viento no aullaba con la misma ferocidad amenazante. Sin embargo, el frío persistía y el paisaje seguía siendo un manto blanco y profundo. Aún no era seguro reanudar el viaje; el riesgo de quedar atrapados en ventisqueros o perderse en la inmensidad blanca era demasiado alto.
Una de esas noches, mientras el silencio helado envolvía la cabaña y sus compañeros dormían, Naruto se agitó en su saco de dormir. Su respiración se volvió entrecortada y pequeñas gotas de sudor frío perlado aparecieron en su frente, a pesar de la baja temperatura. Estaba atrapado en una pesadilla vívida y perturbadora.
Imágenes fragmentadas de su hogar, Konoha, pero envuelta en sombras y con el eco lejano de la destrucción aún presente, se mezclaban con las siluetas amenazantes de los miembros de Akatsuki. Vio el rostro de Sasuke, lleno de una frialdad distante que le helaba el corazón. Y entonces, la figura enmascarada, Tobi, apareció ante él, su único ojo visible brillando con el Sharingan. Sintió una presión intensa, como si el ojo rojo lo estuviera penetrando, hurgando en su mente, en sus miedos más profundos.
El escenario cambió abruptamente. Ya no estaba en la cabaña ni en los paisajes oníricos de su pasado. Se encontró en el vasto y húmedo espacio de su subconsciente, frente a la imponente jaula que contenía a la bestia que había definido gran parte de su vida. El agua le llegaba hasta los tobillos, y las enormes barras rojas se alzaban ante él, emanando un poder y una malicia palpables. Detrás de ellas, dos enormes ojos rojos con pupilas rasgadas lo observaban fijamente desde la oscuridad.
Una voz grave y gutural, cargada de un resentimiento milenario, rompió el silencio.
—Vaya, hasta que al fin te dignas a venir, mocoso.
Naruto tragó saliva, sintiendo la familiar mezcla de temor y desafío que siempre le provocaba estar en presencia de la bestia.
—Kyubi... —murmuró.
El enorme zorro dejó escapar un gruñido bajo, una vibración que pareció sacudir los mismos cimientos de la jaula.
—¿Qué quieres ahora, insecto? ¿Vienes a lloriquear por tu patética situación? ¿O quizás a pedirme prestado mi poder otra vez, como siempre haces cuando tu propia fuerza no es suficiente?
—No he venido a pedirte nada —replicó Naruto, intentando mantener la voz firme—. Solo... tuve una pesadilla.
—¿Pesadillas? ¡Ja! Patético humano —se burló el Kyubi, sus labios curvándose en una mueca—. Tu mente débil es incapaz de soportar la carga de mi poder y la insignificancia de tu existencia. ¿Y ahora estás atrapado en este... lugar extraño? ¿Qué clase de estupidez te trajo aquí? Seguro que fue tu debilidad, tu incapacidad para proteger lo que te importa.
—¡No fue mi culpa! —protestó Naruto—. ¡Y no soy débil!
—¡Silencio! —rugió el Kyubi, golpeando las barras de la jaula con una de sus enormes garras, haciendo que resonaran con un estruendo metálico—. Eres débil. Siempre lo has sido. Dependes de otros, dependes de mi poder. Y ahora, en este mundo desconocido, sin tus amiguitos y con esa extraña energía flotando por todas partes... eres aún más vulnerable. Puedo sentirlo. Esta energía... me irrita. Me hace sentir... inquieto. —Los ojos del Kyubi brillaron con una intensidad peligrosa—. No sé qué es este lugar, pero no me gusta. Y tú, contenedor inútil, harías bien en no meterte en más problemas de los que ya tienes. Tu estupidez podría costarnos caro a ambos
El Kyubi soltó una risa áspera, un sonido que parecía arañar las paredes de la mente de Naruto.
—¿Crees que están a salvo solo porque sobrevivieron a Pain? ¡Iluso! El mundo ninja no se detiene porque tú desapareciste. Akatsuki sigue ahí fuera, cazando a los Jinchuriki restantes. ¿Y quién los protegerá ahora? ¿Tus amigos inexpertos? ¿El ninja copia que apenas puede mantenerse en pie después de usar su Sharingan? ¿Crees que realmente están seguros sin ti, su "héroe"? Están expuestos, mocoso. Vulnerables.
La imagen de sus amigos luchando, heridos, asaltó la mente de Naruto, pero el Kyubi no había terminado.
—Y hablando de vulnerables... ¿qué hay de tu preciado Sasuke? Mientras tú estás aquí, perdiendo el tiempo en este mundo ridículo, él se hunde cada vez más en la oscuridad. Cada día que pasas aquí es un día más que él se aleja, un día más que su venganza lo consume. ¿Creíste que podrías salvarlo? ¡Qué estupidez! Estás más lejos de él que nunca, incapaz de alcanzarlo, incapaz de detener su caída.
El Kyubi se inclinó, sus ojos rojos brillando con malicia pura. —¿Y qué haces tú al respecto? ¿Entrenar? ¿Este estúpido entrenamiento de "magia"? ¡No me hagas reír! ¿De qué te servirán esas chispas inútiles y esos soplos de aire cuando vuelvas a tu mundo... si es que vuelves? ¿Vas a intentar detener a Akatsuki con un truco de luz? Eres patético. Atrapado en este mundo, persiguiendo habilidades que no te sirven de nada para proteger lo que dejaste atrás.
La voz del Kyubi bajó a un gruñido amenazante. —Estás atrapado, Naruto. Anclado aquí mientras tu mundo te necesita. Tu aldea está debilitada, con la Hokage en coma. ¿Cuánto crees que podrán aguantar así? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que otro enemigo ataque, aprovechando su debilidad, aprovechando tu ausencia? Y tú no podrás hacer nada. Estarás aquí, impotente, jugando con energías que no comprendes, mientras todo por lo que juraste luchar se derrumba a kilómetros de distancia.
El Kyubi sonrió, mostrando sus colmillos. —Admítelo. Eres inútil aquí. Incapaz de proteger a nadie. Incapaz de cumplir tus promesas. Solo eres un niño perdido con un monstruo dentro, esperando a que todo se venga abajo.
Naruto retrocedió un paso, sintiendo el peso aplastante de las palabras del Kyubi. La duda y la desesperación lo inundaron, más fuertes que nunca. La imagen de Konoha en ruinas, de sus amigos en peligro, de Sasuke consumido por la oscuridad, y de sí mismo, atrapado e impotente en este mundo extraño, se grabó a fuego en su mente. La hostilidad del Kyubi había encontrado su marca, dejando a Naruto temblando en el frío y húmedo espacio de su interior.
El veneno de las palabras del Kyubi se filtró en Naruto, haciendo que las dudas y los miedos que siempre acechaban en el fondo de su mente cobraran una fuerza aterradora. La imagen de Konoha vulnerable, de Sasuke perdido en la oscuridad, de sus amigos luchando sin él... era casi insoportable. Se sintió pequeño, impotente, atrapado en las enormes barras de la jaula y en las circunstancias que lo rodeaban.
Bajó la cabeza, apretando los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. El temblor que recorría su cuerpo no era solo por el frío del subconsciente, sino por la angustia y la rabia impotente.
—¿Ves? —siseó el Kyubi, saboreando la desesperación de Naruto—. Ni siquiera puedes negarlo. Sabes que tengo razón. Eres un fracaso como Jinchuriki, un fracaso como amigo y un fracaso como ninja.
Naruto levantó la cabeza de golpe, sus ojos azules, aunque nublados por la duda, brillaron con un destello de su característica terquedad.
—¡Cállate! —gritó, su voz resonando débilmente en el vasto espacio—. Puede que esté atrapado... puede que no sepa cómo volver ahora mismo... ¡pero no me rendiré! ¡Encontraré la manera! ¡Y protegeré a todos! ¡Siempre lo hago!
—Palabras vacías de un mocoso asustado —replicó el Kyubi con desdén—. Tu determinación es tan frágil como tu control sobre mí. Vuelve a tu patética realidad, juega con tu "magia". Pero recuerda esto: cada segundo que pasas aquí es un segundo más cerca del desastre para tu preciado mundo. Y cuando ocurra, será tu culpa.
Con una última risa cruel que pareció helar el alma de Naruto, la presencia del Kyubi retrocedió hacia las sombras de la jaula, dejando a Naruto solo en la oscuridad de su mente, con el eco de sus palabras venenosas resonando en sus oídos.
El escenario se disolvió. Naruto jadeó, abriendo los ojos de golpe. Estaba de vuelta en la cabaña, en su saco de dormir, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. El fuego de la chimenea casi se había extinguido, dejando la habitación en una penumbra fría. Afuera, el viento de la tormenta que amainaba aún silbaba suavemente. Sus compañeros dormían, ajenos a la batalla interna que acababa de librar.
Naruto se llevó una mano al pecho, sintiendo la persistente sensación de angustia que le había dejado la pesadilla y la confrontación con el Kyubi. Las dudas sembradas por la bestia eran como espinas clavadas en su mente. ¿Estaban sus amigos realmente en peligro? ¿Se hundía Sasuke irremediablemente? ¿Era su entrenamiento aquí una pérdida de tiempo? La sensación de impotencia lo invadió, más fuerte y fría que el aire de la cabaña. Miró hacia la ventana, hacia el paisaje nevado e interminable, sintiéndose más solo y más lejos de casa que nunca.
La inquietud sembrada por el Kyubi se aferró a Naruto como una sombra helada incluso después de despertar. Las palabras de la bestia resonaban en su mente: sus amigos en peligro, Sasuke hundiéndose en la oscuridad, su propia impotencia en este mundo... La necesidad de saber, de tener alguna noticia de su hogar, se volvió apremiante. Fukasaku había prometido volver, pero ¿cuándo? ¿Habría averiguado algo ya? La incertidumbre era una tortura.
Decidió intentarlo. Quizás el vínculo era más fuerte ahora, o quizás el viejo sapo ya estaba preparado para ser contactado.
Esperó a que los primeros y tímidos rayos del sol comenzaran a pintar el cielo. Con cuidado de no despertar a sus compañeros, Naruto se deslizó fuera de su saco de dormir y salió sigilosamente de la cabaña, buscando de nuevo aquel claro apartado rodeado de pinos.
Respiró hondo el aire gélido, concentrándose para calmar su mente agitada. Buscó la energía natural, sintiéndola fluir hacia él, entrando en Modo Sabio. Las marcas naranjas aparecieron alrededor de sus ojos. Con esta conexión amplificada, esperaba poder alcanzar a Fukasaku, dondequiera que estuviera en el Monte Myōboku.
Realizó la secuencia de sellos con precisión, poniendo su esperanza y urgencia en el jutsu.
—¡Jutsu de Invocación! —su voz resonó en el claro silencioso mientras golpeaba la nieve con la palma de su mano.
Una densa nube de humo blanco surgió, arremolinándose en el aire frío. Naruto contuvo la respiración, esperando.
El humo se disipó lentamente, revelando la pequeña y arrugada figura de Fukasaku, apoyado en su bastón nudoso. El viejo sapo miró a su alrededor, reconociendo el paisaje nevado, y luego fijó sus ojos amarillentos en Naruto.
—Vaya, Naruto —dijo Fukasaku, su voz sabia sonando un poco cansada pero también aliviada—. Sentí tu llamada. Parece que tu conexión con el Modo Sabio se fortalece en este lugar. Justo estaba discutiendo tu caso con los ancianos. ¿Sucede algo? Pareces... perturbado.
Un inmenso alivio inundó a Naruto. ¡Había funcionado! ¡Podía contactarlo!
—¡Viejo Sapo! —exclamó, la tensión acumulada saliendo en sus palabras—. ¡Tuve una pesadilla horrible! ¡cosas terribles sobre mis amigos, sobre Sasuke, sobre la abuela Tsunade y Konoha! ¡Necesitaba saber! ¿Ha averiguado algo? ¿Cómo están todos? ¿Hay... hay alguna noticia?
Fukasaku observó el rostro angustiado de Naruto, su expresión suavizándose con comprensión al notar la genuina desesperación del joven ninja. Dejó escapar un suspiro, apoyándose un poco más en su bastón.
—Tranquilo, Naruto, respira hondo —dijo el viejo sapo con calma—. Entiendo tu preocupación. Las pesadillas pueden ser terribles, y la influencia del Kyubi no ayuda. Hablemos.
Hizo una pausa, reuniendo sus pensamientos antes de dar las noticias. —En cuanto a Konoha... las cosas están... complicadas, pero estables por ahora. La reconstrucción avanza a buen ritmo gracias al esfuerzo de todos. Tus amigos están bien, Naruto. Sakura trabaja sin descanso en el hospital, Kakashi ayuda a mantener el orden y a entrenar a los más jóvenes. Todos te echan mucho de menos y preguntan constantemente por ti. La noticia de que estabas vivo, aunque perdido, les dio algo de esperanza, pero tu ausencia pesa.
La mención de sus amigos trajo un ligero alivio a Naruto, pero la sombra de la preocupación no se disipó por completo. —¿Y... y Sasuke? ¿Se sabe algo?
El rostro de Fukasaku se ensombreció notablemente. Vaciló, eligiendo sus palabras con cuidado. —Naruto... sobre Sasuke... Han pasado cosas graves. Atacó la Cumbre de los Kages.
Los ojos de Naruto se abrieron de golpe, el impacto de la noticia reflejándose en su rostro. —¿¡Qué!? ¿¡La Cumbre de los Kages!? ¡Pero eso...! ¿Se enfrentó a todos los líderes? ¿Está...?
—Sobrevivió —interrumpió Fukasaku rápidamente, viendo la alarma de Naruto—. Pero sus acciones han empeorado mucho las cosas. Ha cruzado una línea peligrosa, Naruto. Su camino está cada vez más sumido en la oscuridad y la venganza. Las tensiones entre las grandes aldeas son... extremadamente altas ahora. Las cosas están muy complicadas en el mundo ninja, más de lo que te imaginas.
Fukasaku decidió omitir la declaración de guerra de Tobi; decírselo a Naruto ahora, atrapado en otro mundo, solo lo sumiría en una desesperación inútil y peligrosa.
Continuó con un tono más sombrío. —¿Y la abuela Tsunade? ¿Ha despertado?
—Aún no —respondió Fukasaku con suavidad—. Su condición sigue siendo delicada. Los médicos hacen lo que pueden, pero usó una cantidad inmensa de poder para proteger a todos. Sin embargo, no han perdido la esperanza. Shizune no se aparta de su lado. La aldea aguanta, Naruto, pero la falta de un Hokage oficial crea cierta inestabilidad. Danzo... bueno, Danzo aprovechó la situación, como era de esperar, pero su liderazgo es cuestionado.
Miró a Naruto con seriedad. —En cuanto a tu regreso... confirmamos lo que hablamos la última vez. El "hechizo de anclaje" del que sospechábamos es casi con seguridad la causa de que no podamos traerte de vuelta. Los ancianos han estado buscando en todos los archivos antiguos del Monte Myōboku información sobre jutsus dimensionales o sellos de esa naturaleza, pero es un campo muy oscuro y poco documentado. No hemos encontrado nada específico que nos diga cómo romperlo todavía, pero seguimos buscando sin descanso. Es una magia poderosa y desconocida para nosotros la que te retiene ahí.
Fukasaku suspiró. —Sé que es difícil escuchar todo esto, Naruto, especialmente las noticias sobre Sasuke y Tsunade. Pero no podemos perder la esperanza. Seguiremos investigando desde nuestro lado, y tú debes seguir buscando respuestas desde el tuyo, con la ayuda de la maga Frieren y tus compañeros. Encontrar a esa maga Serie parece ser la pista más prometedora por ahora. Ten cuidado, sé fuerte y no dejes que el Kyubi te manipule con tus miedos.
Fukasaku observó la determinación ardiendo en los ojos de Naruto, una llama que ni siquiera las malas noticias parecían poder extinguir por completo. Asintió lentamente, su expresión volviéndose aún más seria.
—Escucha, Naruto —dijo, su voz adquiriendo un tono de consejo—. Ya que estás aprendiendo esta "magia", quizás no sea solo una distracción o una forma de defenderte aquí. Tal vez sea necesario. Si este anclaje es de naturaleza mágica, como sospechamos, entonces entenderla, dominarla, podría ser la única manera de encontrar una debilidad, una forma de contrarrestarla desde dentro.
»—Tu conexión única con la energía natural a través del Modo Sabio te da una ventaja que nadie más tiene para interactuar con ella. Trabaja de cerca con la maga Frieren. Su conocimiento de la magia de este mundo es vasto. Juntos, combinando tu energía y su experiencia, quizás tengan más posibilidades de descifrar este hechizo y romperlo que nosotros desde el Monte Myōboku. Domina esa magia, Naruto. Podría ser tu billete de vuelta a casa.
Fukasaku se irguió, apoyándose firmemente en su bastón. —Ahora debo irme. Me interrumpiste en medio de una consulta muy importante con el Gran Sabio Sapo sobre precisamente estos asuntos dimensionales. Cada momento cuenta en nuestra investigación.
Miró a Naruto con ojos llenos de afecto y preocupación. —Sé fuerte, Naruto. No te dejes vencer por las palabras del Kyubi ni por la desesperación. Sigue entrenando, confía en tus amigos y busca a esa maga Serie. Volveré a contactarte tan pronto como tengamos alguna novedad significativa. ¡No te rindas!
Sin esperar respuesta, Fukasaku juntó sus manos en el sello de invocación inversa. Con una última mirada de ánimo hacia Naruto, desapareció en una nube de humo blanco, dejando al joven ninja solo una vez más en el silencioso claro nevado.
Naruto se quedó allí por un momento, asimilando las palabras de su maestro. La idea de que aprender magia no fuera solo una necesidad de supervivencia en este mundo, sino quizás la clave misma para volver a casa, le dio un nuevo propósito, una dirección más clara a su entrenamiento. Miró sus manos, imaginando el mana y el chakra fluyendo juntos. El camino era difícil, las noticias preocupantes, pero ahora tenía un objetivo tangible más allá de simplemente esperar. Volvería con Frieren y los demás, listo para aprender todo lo que pudiera.
Aunque la conversación con Fukasaku le había dado a Naruto un objetivo más claro —dominar la magia como posible clave para volver—, no había calmado del todo la tormenta en su interior. Las noticias de Konoha, la imagen de Tsunade en coma, el ataque de Sasuke a la Cumbre... todo ello, sumado a las palabras venenosas del Kyubi y al reciente fracaso en invocar de nuevo al viejo sapo, lo tenían en un estado de alarma contenida. Sentía que cada día atrapado en este mundo era un día perdido, un día en que no podía ayudar.
Esa misma tarde, decidido a no desperdiciar ni un segundo más mientras la tormenta los mantenía confinados, Naruto buscó a Frieren. La encontró, como era habitual, cerca de la chimenea, absorta en un grimorio recién adquirido.
—¡Frieren! —dijo Naruto, su tono más serio de lo normal—. Tenemos que entrenar. Más. Necesito aprender esta magia lo más rápido posible. Ya que estamos atrapados aquí por la tormenta, no podemos perder el tiempo. Por favor, enséñame en serio.
Frieren levantó la vista lentamente, parpadeando como si acabara de despertar de una siesta (lo cual era bastante probable). —¿Más? Ya estamos entrenando, Naruto.
—¡Pero no es suficiente! —insistió Naruto, su frustración evidente—. Necesito mejorar más rápido. ¡Lo que sea que me retiene aquí podría ser mágico, necesito entenderlo! ¡Por favor!
Frieren suspiró, un gesto que Naruto ya conocía bien. —Está bien, está bien. No grites. Practicaremos más. —marcó la página de su libro con un dedo—. Ahora, intenta de nuevo ese hechizo de luz. Pero con calma.
Frieren aceptó, pero su idea de "entrenar más" seguía siendo... muy al estilo Frieren. Las sesiones eran esporádicas, a menudo interrumpidas por sus bostezos, sus comentarios crípticos o su repentina necesidad de buscar otro grimorio para "verificar algo". Naruto se esforzaba al máximo, intentando sentir el mana, moldearlo, pronunciar los encantamientos tal como ella le indicaba, incluso sin usar clones para enfocarse mejor, pero los resultados seguían siendo lentos y frustrantes. Pequeñas chispas en lugar de llamas, brisas débiles en lugar de ráfagas, luces que parpadeaban y morían.
—Esto es desesperante —se quejó Naruto después de varios días de progreso mínimo—. Siento que no avanzo nada.
—Ten paciencia, Naruto —le dijo Frieren un día, observando sus fallidos intentos con una expresión neutral—. Dominar la magia cuando toda tu vida y tu cuerpo se han adaptado al chakra no es fácil. Son energías fundamentalmente distintas. Es como intentar que un río cambie su curso de repente. Tu naturaleza, tan ligada al chakra y a esa bestia tuya, posiblemente hace que te sea incluso más difícil manejar la magia que a una persona normal de este mundo. Requiere tiempo para que tu sistema se adapte.
Naruto la miró fijamente, la desesperación bullendo bajo su piel. —¡Tiempo es lo que no tengo, Frieren! ¡Y no ayudaría si tú te tomaras esto en serio! —estalló finalmente—. ¡Siempre estás flojeando con tus libros o durmiendo! ¿No entiendes lo importante que es esto para mí? ¡Necesito volver! ¡Necesito que me entrenes de verdad! ¡Por favor!
La intensidad en la voz de Naruto, su angustia palpable, pareció sorprender a Frieren y sacarla de su habitual letargo. Lo observó con atención por un momento, sus ojos milenarios notando la profunda preocupación que Naruto intentaba ocultar tras su energía habitual. Algo había cambiado. No era solo impaciencia; era una urgencia nacida del miedo.
Frieren cerró su grimorio lentamente. —...Ya veo. Tienes razón, Naruto. He sido... quizás demasiado laxa. —Se puso de pie—. Está bien. A partir de mañana, entrenaremos en serio. Sin distracciones. Te ayudaré a dominar esto.
Naruto sintió un rayo de esperanza ante la promesa de Frieren. —¡Gracias, Frieren! ¡De verdad!
Estaba lleno de anticipación al día siguiente. Se levantó temprano, ansioso por comenzar el entrenamiento intensivo. Salió al claro donde solían practicar, esperando encontrar a Frieren lista.
Pero lo único que encontró fue a la elfa profundamente dormida, acurrucada bajo un árbol, usando su mochila como almohada, con un pequeño hilo de baba escapando de la comisura de sus labios y un leve ronquido rompiendo el silencio matutino. Había vuelto a flojear.
Naruto se quedó parado, mirando la escena con una mezcla de incredulidad y exasperación. —¡No puede ser...! —murmuró, sintiendo cómo su recién recuperada esperanza se desinflaba—. ¡Frieren!
Naruto observó con incredulidad cómo Frieren, envuelta en mantas cerca del calor menguante de la chimenea, dormitaba plácidamente. ¡Otra vez! Después de su promesa de entrenar en serio, después de su propia angustia por volver a casa... la elfa simplemente se había rendido al sueño. La frustración hervía en él. Esta vez, no habría advertencias, ni bromas a medias. Ya lo había preparado.
Mientras Frieren había estado distraída con un grimorio más temprano, Naruto y un par de clones sigilosos habían trabajado rápido. Habían llenado un cubo con el lodo más espeso y frío que encontraron fuera y, usando un poco de alambre ninja y equilibrio precario, lo habían suspendido ingeniosamente de una viga del techo, justo encima del lugar favorito de Frieren para sus siestas junto al fuego. Un hilo casi invisible estaba conectado al borde de la manta que ella usaba. Cualquier movimiento significativo al despertar...
Stark estaba sentado cerca, intentando sin éxito reparar una correa de su armadura. Fern leía en silencio en un rincón, y Sein observaba las llamas, perdido en sus pensamientos. Naruto, sin embargo, no le quitaba ojo a Frieren, una sonrisa tensa de anticipación en su rostro.
Entonces, Frieren se movió. Un suave murmullo, un estiramiento perezoso bajo las mantas. El movimiento tiró del hilo casi invisible.
¡Splash!
El cubo se inclinó y una cascada de lodo frío y oscuro cayó directamente sobre la figura envuelta en mantas. No fue una inundación, pero sí lo suficiente para cubrirla con una capa generosa de barro helado y pegajoso.
El sonido sobresaltó a todos. Stark dejó caer las piezas de su armadura con un estrépito. Fern ahogó un grito, sus ojos violetas dilatados por el horror. Sein levantó ambas cejas, una lenta sonrisa de pura diversión extendiéndose por su rostro.
Frieren se incorporó, no con calma esta vez, sino con una rigidez inusual. El barro goteaba de ella. Lentamente, muy lentamente, se limpió un pegote de la mejilla. Sus ojos, normalmente serenos y distantes, se clavaron en Naruto con una frialdad que heló la sangre del joven ninja. Un ligero tic apareció en su párpado izquierdo.
—Naruto... —su voz fue baja, peligrosamente tranquila, cada sílaba pronunciada con una precisión gélida que contrastaba enormemente con su habitual apatía—. Explícame. Ahora.
—¡Naruto, pero que has hecho! —chilló Fern, corriendo hacia Frieren con varios paños, aunque dudaba en tocar a su maestra mientras esta irradiaba esa aura gélida—. ¡Discúlpate ahora mismo! ¡Está cubierta de lodo
Stark intentaba desesperadamente no reírse, pero el terror en la cara de Naruto y la imagen de Frieren cubierta de barro y visiblemente molesta eran una combinación demasiado potente. Se tapó la boca, sus hombros sacudiéndose.
—Impresionante... pero arriesgado, muchacho —murmuró Sein, cerrando su libro y observando con gran interés. La calma habitual de la elfa rota era un espectáculo digno de verse—. Ahora viene la parte interesante.
—¡Y-yo... eh... b-bueno...! —tartamudeó Naruto, retrocediendo instintivamente—. ¡Prometiste entrenar! ¡Estabas durmiendo! ¡Era solo... una pequeña... llamada de atención! ¡Una broma! ¡Solo una broma!
Los ojos de Frieren se entrecerraron peligrosamente. El aire en la cabaña pareció bajar varios grados. —Una... broma —repitió, su voz aún peligrosamente baja—. Ya veo. Entonces... supongo que necesitas una demostración práctica de cómo canalizar la energía... para enfriarte un poco, Naruto.
Antes de que Naruto pudiera reaccionar o huir, Frieren levantó una mano, de la cual goteaba lodo, y una pequeña pero intensa ráfaga de aire helado salió disparada, Naruto muy apenas pudo esquivar el ataque. No era un ataque poderoso, pero el mensaje era claro. La paciencia de la maga milenaria tenía un límite, y Naruto acababa de encontrarlo... de la manera más embarrada posible.
Naruto se quedó paralizado por un segundo, el shock causado por la represalia directa de Frieren. Era la primera vez que ella reaccionaba así a una de sus travesuras. Definitivamente, había cruzado una línea.
Frieren se sacudió un poco de lodo de la manga con un gesto brusco, su mirada gélida todavía fija en Naruto. La calma apática había desaparecido por completo, reemplazada por una irritación palpable que parecía emanar de ella como un aura fría. Ignoró los paños que Fern le ofrecía tímidamente y el intento de Stark por disimular una risa nerviosa.
—Así que... —comenzó Frieren, su voz tan fría como el aire que acababa de lanzar, haciendo que Naruto se encogiera instintivamente—. Querías una "llamada de atención". Querías que me tomara tu entrenamiento "en serio". ¿Eso es lo que realmente quieres, Naruto? ¿Entrenamiento de verdad?
Naruto tragó saliva, el miedo reemplazando cualquier rastro de triunfo por la broma. Asintió lentamente, sin atreverse a hablar.
—Muy bien —dijo Frieren, y una sonrisa casi imperceptible, desprovista de calidez, apareció en sus labios—. Ya que insistes tanto... entrenaremos de verdad. A partir de... ahora mismo. Olvídate de lucecitas y brisas suaves. Veremos si tu famosa determinación ninja soporta un verdadero régimen de entrenamiento mágico al estilo antiguo. Prepárate, Naruto. Pediste entrenamiento serio, y créeme, lo vas a tener.
El cambio en su tono y la promesa ominosa en sus palabras hicieron que un escalofrío recorriera la espalda de Naruto, uno que no tenía nada que ver con el reciente golpe de aire helado. Fern y Stark intercambiaron miradas preocupadas, y hasta Sein arqueó una ceja, como si pensara: "Pobre chico". Naruto se dio cuenta de que había despertado a la maga milenaria... y quizás iba a lamentarlo profundamente.
El aire frío de la mañana siguiente no hizo nada para enfriar la determinación (o la leve irritación) de Frieren. Aún con restos de barro seco apenas disimulados en los pliegues de su túnica (Fern había insistido en limpiarla, pero Frieren había sido obstinada), condujo a Naruto al claro nevado con una eficiencia que bordeaba lo marcial. No hubo bostezos ni distracciones con grimorios esta vez.
—De acuerdo, Naruto —dijo Frieren, su tono desprovisto de cualquier calidez—. Querías entrenamiento serio. Empezaremos con lo básico y más crucial: defensa. Vas a crear un escudo mágico y lo vas a mantener.
Naruto, aún sintiendo el frío recuerdo de la ráfaga helada del día anterior, asintió con nerviosismo. —Entendido, Frieren-sensei. ¿Un escudo? ¿Como una barrera?
—Exacto. Visualiza una barrera de energía a tu alrededor. Siente el mana formándola, sólida, protectora. Y mantenla. No quiero que parpadee, no quiero que se disipe. Mantenla estable. Por mucho tiempo. —Cruzó los brazos, su mirada fría y expectante.
Naruto respiró hondo. Cerró los ojos, buscando esa conexión con el mana, más difícil sin la ayuda inmediata del Modo Sabio. Se concentró con todas sus fuerzas, imaginando una cúpula de energía azulada rodeándolo. Sintió el cosquilleo del mana respondiendo, pero era débil, inestable. Le costó varios minutos de intensa concentración, con la frente perlada de sudor a pesar del frío, hasta que una tenue y temblorosa barrera semitransparente se materializó a su alrededor.
—¡L-lo tengo! —jadeó Naruto, esforzándose por mantenerla estable. Era agotador, como intentar sostener una enorme roca con pura fuerza de voluntad.
Frieren lo observó sin decir nada durante lo que parecieron horas, aunque probablemente fueron solo quince o veinte minutos. La barrera de Naruto parpadeaba, se debilitaba en algunos puntos, pero él apretaba los dientes y la reforzaba, negándose a dejarla caer bajo la mirada crítica de la elfa.
Finalmente, cuando Naruto ya sentía que sus reservas de concentración (y mana) estaban al límite, Frieren asintió levemente, casi imperceptiblemente.
—Bien. Parece que puedes mantenerlo, al menos por ahora —dijo, su tono aún frío—. Ahora, probaré tu escudo de magia.
Naruto abrió los ojos, alarmado. —¿Probarlo? ¿Cómo? ¡Espera, Fri...—
Antes de que pudiera terminar la frase, Frieren levantó su bastón. Un círculo mágico brilló brevemente en el extremo, y una andanada de pequeños proyectiles de energía pura, como dardos de luz sólida, salió disparada hacia Naruto. No eran hechizos letales, pero definitivamente no eran amistosos.
¡Ping! ¡Ping! ¡Crack!
Los proyectiles golpearon la barrera de Naruto. El escudo resistió, pero vibró violentamente con cada impacto, y la energía que lo componía parpadeó peligrosamente. Naruto gritó por la sorpresa y el esfuerzo, vertiendo toda su concentración en mantener la barrera intacta.
—¡Oye! ¡Te dije que esperaras! —gritó Naruto, luchando por mantener el escudo mientras Frieren preparaba otra ráfaga, esta vez acompañada de cortantes ráfagas de viento helado que silbaban alrededor de la barrera.
—El enemigo no espera, Naruto —replicó Frieren con frialdad—. Un escudo que no resiste un ataque sorpresa no sirve de nada. ¡Mantenlo!
La andanada de hechizos continuó. Frieren, con una eficiencia fría, no le dio respiro a Naruto. Proyectiles de energía, ráfagas de viento cortante y fragmentos de hielo golpeaban la temblorosa barrera mágica sin cesar. Naruto gruñía por el esfuerzo, sus brazos temblando mientras canalizaba desesperadamente el poco mana que lograba controlar para mantener el escudo. Podía sentir cómo se agrietaba, cómo la energía flaqueaba bajo la presión constante.
—¡Ya basta, Frieren! ¡Ya entendí! —gritó Naruto, sintiendo que el escudo estaba a punto de ceder.
Pero Frieren no se detuvo. Con un último y más potente disparo de energía concentrada, impactó directamente en el centro de la barrera.
¡CRACK!
El escudo se hizo añicos como cristal, la energía disipándose en el aire frío. La fuerza del último golpe y el repentino cese de la resistencia enviaron a Naruto volando hacia atrás, aterrizando con un golpe sordo sobre la nieve y el barro semi-congelado. Se quedó allí tendido por un segundo, aturdido y dolorido.
Se incorporó rápidamente, con el cuerpo adolorido y la ropa cubierta de nieve sucia. Miró a Frieren con pura furia en los ojos.
—¡¿ESTÁS LOCA O QUÉ?! —le gritó, poniéndose de pie de un salto—. ¡Pudiste haberme lastimado de verdad! ¡Eso no fue entrenamiento, fue un ataque!
Frieren bajó su bastón lentamente. Una pequeña, casi imperceptible, pero definitivamente maliciosa sonrisa curvó sus labios por un instante.
—Fue una pequeña venganza por lo de antes —respondió con calma, refiriéndose claramente al incidente del cubo de lodo—. Además, un escudo debe resistir. El tuyo no lo hizo.
La admisión tan tranquila de su venganza y la crítica a su escudo solo enfurecieron más a Naruto.
—¡Venganza! ¡Casi me atraviesas con hielo por una broma! ¡Eres increíble! ¡Eres una vieja bruja loca! ¡Eso es lo que eres!
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Stark, Fern y Sein, que habían estado observando el "entrenamiento" con una mezcla de asombro y preocupación desde la distancia, se quedaron helados al escuchar el insulto de Naruto. Gritarle a Frieren era una cosa, pero llamarla "vieja bruja"...
La pequeña sonrisa desapareció del rostro de Frieren tan rápido como había llegado. Su expresión se volvió gélida, mucho más fría que cualquier ráfaga de viento que pudiera conjurar. Sus ojos dorados se clavaron en Naruto, y el aire alrededor de ella pareció descender varios grados más, haciendo que incluso Stark y Sein sintieran un escalofrío involuntario. Frieren odiaba que le recordaran su edad de esa manera, y el término "bruja", aunque común en cuentos, dicho con esa rabia, claramente no le sentó nada bien.
El escudo de energía se hizo añicos con un sonido agudo, la fuerza del último hechizo de Frieren lanzando a Naruto hacia atrás para que aterrizara bruscamente sobre la nieve medio derretida. El aire le faltó por un segundo, y el frío húmedo se filtró a través de su ropa. Se levantó de un salto, temblando, pero esta vez no era solo por el frío o el golpe. Era una rabia profunda, nacida de la impotencia, del miedo por su hogar y de la frustración aplastante de su situación.
—¡¿Qué demonios te pasa?! —gritó, su voz ronca por la emoción—. ¡Eso no era un entrenamiento!
Miró a Frieren, no solo con la ira del momento, sino con toda la angustia acumulada. —¡Esto es una mierda! ¡Todo esto! ¡Estoy atrapado aquí mientras mi hogar podría estar al borde del colapso! ¡La abuela Tsunade está en coma! ¡Sasuke...! ¡Y yo estoy aquí, "a salvo", perdiendo el tiempo con esto! —Gesticuló salvajemente hacia sus propias manos—. ¡La magia es una mierda! ¡Quizás esta no es la respuesta! ¡Quizás todo este estúpido entrenamiento no sirve para nada si no puedo volver!
La furia y la desesperación de Naruto alcanzaron su punto álgido. Había volcado su frustración sobre Frieren, dudando de la magia, del entrenamiento, de todo, y la había retado.
—¡¿Estás contenta?! ¡¿Te divierte esto?! —le gritó, la voz rota por la angustia—. ¡Mientras tú te paseas por aquí como si nada importara, yo tengo un mundo que se cae a pedazos! ¡Gente que me necesita! ¡Pero claro, qué vas a saber tú de eso! ¡Llevas tanto tiempo viviendo que seguro que ya ni recuerdas lo que es sentir algo de verdad!
Fern dio un paso atrás, asustada por el veneno en la voz de Naruto. Stark palideció. Sein observó con el ceño fruncido.
Naruto, ciego de dolor y rabia, continuó, sus palabras volviéndose deliberadamente crueles, buscando herir donde sabía que dolía la indiferencia.
—¡¿Es que no te cansas de estar sola?! ¡Mil años y sigues igual! ¡Quizás por eso eres tan fría! ¡Porque no sabes conectar con nadie! ¡Eres como una estatua de hielo que solo sabe de libros y magia inútil!
—¡Todo te da igual! ¡Nuestras vidas, mis problemas, son solo un parpadeo para ti! ¡Apuesto a que ni siquiera te acuerdas de la mitad de la gente que has conocido! ¡Somos solo... polvo en tu camino! ¡Un estorbo! ¡Eres incapaz de entender lo que significa preocuparse de verdad!
Las palabras golpearon el aire como piedras. Hubo un instante de silencio absoluto. En el rostro de Frieren, por una fracción de segundo, la máscara de calma se resquebrajó. Naruto vio, o creyó ver, un destello de algo increíblemente antiguo y doloroso en sus ojos dorados: una mezcla de sorpresa, cansancio y una profunda, insondable tristeza. Fue como vislumbrar un glaciar milenario revelando una herida oculta bajo el hielo.
Pero tan rápido como apareció, desapareció, reemplazado por una frialdad tan intensa que quemaba. Su mirada se volvió dura como el diamante.
—Proyectas tu propia miseria sobre los demás, Naruto —dijo Frieren, su voz baja, controlada, pero vibrando con una furia helada—. Tus palabras son tan crueles como ignorantes.
Naruto, aún consumido por su propia angustia, no se detuvo. Dio un paso adelante. —¡Si eres tan fuerte como dices, si tu magia sirve para algo más que para atormentarme, entonces demuéstralo! ¡Deja de jugar! ¡Pelea conmigo de verdad! ¡Te reto!
—¡Naruto, detente! —gritó Fern, interponiéndose de nuevo, aterrada por la audacia de su amigo. Stark y Sein observaban, la tensión palpable en el aire frío. Esperaban una explosión, un contraataque, una lección aún más dura que la anterior.
Pero Frieren hizo algo completamente inesperado. La gélida furia que había mostrado tras ser llamada "vieja bruja" pareció disiparse, no en calma, sino en algo mucho peor: una profunda e insondable indiferencia.
Lo miró fijamente por un largo segundo, sus ojos dorados evaluando al joven ninja que humeaba de rabia frente a ella. No había ira en su mirada ahora, ni siquiera la frialdad calculadora de antes. Había... nada. Era la mirada que uno podría dirigir a un insecto particularmente ruidoso o a una roca en el camino.
Luego, sin decir una sola palabra, Frieren suspiró. Fue un suspiro casi imperceptible, pero cargado con el peso de mil años de trivialidades. No fue un suspiro de cansancio, sino de absoluto aburrimiento.
Un ligero pulso de mana emanó de ella, no agresivo, no amenazante, simplemente... presente. Era como una declaración silenciosa: "La diferencia entre nosotros es tan vasta que este desafío ni siquiera merece una respuesta".
Y entonces, Frieren simplemente se dio la vuelta. Le dio la espalda a Naruto, a su desafío, a su ira y a su desesperación. Comenzó a caminar tranquilamente de regreso hacia la cabaña, como si la conversación hubiera terminado, como si Naruto y su arrebato fueran completamente irrelevantes para su existencia. Ajustó ligeramente su túnica, quizás examinando la pequeña quemadura que el Rasengan había dejado antes, pero sin dedicarle más pensamiento.
Naruto se quedó paralizado. El grito, la adrenalina, la preparación para una confrontación... todo se desvaneció, dejando un vacío aturdidor. Había esperado gritos, magia destructiva, una lección dolorosa... pero no esto. No la completa y absoluta indiferencia. Ser ignorado, ser descartado como si no fuera digno ni siquiera de una reprimenda o una pelea, fue, de alguna manera, más aplastante que cualquier ataque mágico. Su ira se desinfló, reemplazada por una confusión desconcertante y una punzada de humillación.
Fern miró a Frieren alejarse y luego a Naruto, con una expresión de alivio mezclada con lástima. Stark no entendía bien qué había pasado, pero sintió que la tensión se rompía de una manera extraña y anticlimática. Sein soltó una risita silenciosa, negando con la cabeza. La elfa, a su manera, había "ganado" la confrontación sin lanzar un solo hechizo más, simplemente demostrando que el arrebato de Naruto estaba por debajo de su interés.
Naruto permaneció allí, en medio del claro nevado, sintiéndose increíblemente pequeño y estúpido, observando la espalda de la maga milenaria mientras se alejaba sin mirar atrás.
El silencio que dejó Frieren al marcharse fue más pesado y frío que la propia nieve que cubría el claro. Naruto permaneció inmóvil, con los puños aún apretados, observando la figura de la elfa que se alejaba con una calma exasperante, como si nada hubiera pasado, como si su desafío, su rabia, su desesperación, fueran menos que el susurro del viento entre los pinos.
La adrenalina de la confrontación lo abandonó de golpe, dejándolo con una sensación de vacío y una humillación que le quemaba la cara más que el aire helado. Había gritado, había desafiado, había estado listo para pelear... y ella simplemente le había dado la espalda. Ni siquiera se había molestado en rechazarlo verbalmente. Era un desprecio tan absoluto, tan indiferente, que lo dejó sin palabras, sintiéndose increíblemente estúpido. El grito de batalla murió en su garganta, reemplazado por una confusión amarga.
Fern se acercó con cautela, la tensión abandonando sus hombros ahora que el peligro inmediato de una pelea había pasado, pero su expresión era una mezcla de alivio y reproche.
—Naruto... —comenzó suavemente, sin saber muy bien qué decir—. Eso fue... muy imprudente. No debiste gritarle así, y mucho menos retarla. Tienes suerte de que la Señora Frieren... bueno, de que simplemente se fuera.
Naruto se giró hacia ella, pero no había fuego en su mirada, solo una confusión herida. —¿Suerte? ¿Crees que esto es suerte, Fern? ¡Me ignoró por completo! ¡Como si no fuera nada! ¡Preferiría que me hubiera atacado de nuevo! ¡Al menos eso significaría algo!
—No digas eso —replicó Fern, frunciendo el ceño—. Una pelea real contra ella... no la hubieras ganado. Ser ignorado es mejor que terminar congelado o peor. Te lo dije, tienes que tener paciencia con ella y con la magia.
Stark se acercó también, rascándose la cabeza, claramente sin entender la dinámica que acababa de presenciar. —Yo tampoco entendí muy bien —admitió—. Parecía que iba a lanzar un hechizo increíble, pero luego... solo se fue. ¿Se rindió? ¿O es que tú...?
—No se rindió, grandulón —intervino Sein, acercándose con las manos en los bolsillos y una sonrisa irónica—. Simplemente decidió que el combate no merecía su tiempo. Es la forma más elegante y, si me preguntas, más humillante de ganar una pelea sin siquiera empezarla. —Miró a Naruto con una mezcla de diversión y simpatía—. Te dio una lección diferente, muchacho. Te demostró que para ella, tu desafío era irrelevante. A veces, la indiferencia duele más que un golpe.
Las palabras de Sein dieron en el clavo, avivando la humillación de Naruto. Apretó los dientes. —¡No es irrelevante! ¡Mi hogar, mis amigos...! ¡Todo es importante! ¡Ella no lo entiende porque ha vivido mil años y nada parece importarle!
—Quizás importe más de lo que crees, pero lo demuestra de forma diferente —dijo Sein encogiéndose de hombros—. O quizás, simplemente, sabe que una pelea directa contigo ahora mismo no resolvería nada fundamental. Te superaría fácilmente y tú seguirías frustrado. A veces, la mejor lección es hacer que el alumno se dé cuenta por sí mismo de la distancia que le queda por recorrer.
Naruto pateó la nieve con frustración. —¡Pues es una forma estúpida de enseñar! ¡Necesito respuestas, necesito volver, no necesito que me ignoren!
—Quizás necesites calmarte primero —sugirió Fern con suavidad—. Volvamos a la cabaña. Hace frío y gritar no va a ayudar. Podemos hablarlo allí.
—Ustedes no entienden —dijo, su voz baja pero cargada de una emoción contenida, una mezcla de tristeza y frustración—. No entienden nada.
Miró hacia la cabaña, donde Frieren probablemente ya estaría leyendo, ajena a todo. Luego miró a sus amigos, a sus rostros preocupados pero fundamentalmente ajenos a la tormenta que se libraba dentro de él.
Sin esperar respuesta, sin querer escuchar más palabras de consuelo o consejos que sentía vacíos, Naruto se dio la vuelta. No se dirigió hacia la cabaña, sino hacia la espesura del bosque que bordeaba el claro. Necesitaba estar solo. Necesitaba pensar, gritar, golpear un árbol... cualquier cosa menos seguir allí, sintiendo la brecha entre él y este mundo, entre él y sus nuevos compañeros.
—¡Naruto! ¡Espera! —llamó Fern, dando un paso para seguirlo.
Pero Sein puso una mano en su hombro, deteniéndola. —Déjalo, niña. Necesita espacio. A veces, la única compañía que uno soporta es la propia.
Fern, Stark y Sein se quedaron allí, observando cómo la figura de Naruto se adentraba en el bosque invernal, sus hombros encorvados, hasta que los árboles y las sombras lo ocultaron de la vista. El silencio volvió al claro, ahora cargado no de tensión, sino de una preocupación silenciosa y la sensación de una herida abierta.
El regreso a la cabaña se sintió como caminar sobre hielo delgado. El silencio entre Fern, Stark y Sein era tenso, cargado con la preocupación por Naruto y la extraña secuela de la confrontación. El frío del exterior parecía haberse colado dentro con ellos.
Abrieron la puerta y encontraron a Frieren sentada junto a la ventana, no leyendo esta vez, sino examinando con una concentración inusual un pequeño frasco de vidrio que contenía lo que parecían ser... ¿escamas de pescado iridiscentes? Lo giraba lentamente bajo la luz, ajena a su llegada, completamente absorta en el brillo de las escamas.
—Señora Frieren... —comenzó Fern, su voz sonando demasiado alta en la quietud—. Hemos vuelto.
Frieren no levantó la vista. —Hmm.
—Naruto... se fue —continuó Fern, la preocupación tiñendo su tono—. Hacia el bosque. Estaba muy... muy enfadado y frustrado.
Frieren inclinó el frasco, observando cómo la luz refractaba en una de las escamas. —¿Ah, sí? —Su tono fue completamente plano, desprovisto de cualquier emoción o interés. Era el tono que usaría para comentar sobre una nube pasajera—. Qué inconveniente. Interrumpe la rutina.
Stark dio un paso adelante, incrédulo. —¡Inconveniente! Frieren, ¡estaba furioso! ¡Y te gritó...! ¡Se fue solo al bosque helado! ¿No te preocupa en absoluto?
Frieren finalmente levantó la vista, pero no hacia Stark, sino hacia el frasco de nuevo, como si buscara un defecto en el vidrio. —Preocuparse es ineficiente. Gastar energía en hipotéticos no cambia el presente. Si tiene frío, volverá. Si se pierde, lo buscaremos... eventualmente. Si lo ataca un monstruo... bueno, entonces tendremos un problema menos ruidoso. —Volvió a centrarse en las escamas—. Estas escamas de Piscis Luminis son fascinantes. Su estructura cristalina es única.
La frialdad de su respuesta fue como una bofetada. No era la calma distante de antes; era un desapego activo, una indiferencia tan profunda que rayaba en lo cruel. Fern se quedó sin palabras, la boca ligeramente abierta. Stark apretó los puños, sintiendo una oleada de impotencia ante la actitud de la elfa.
Sein suspiró, esta vez sin rastro de ironía, solo cansancio. Se pasó una mano por el cabello. —Ya veo. Así que realmente... no te importa en absoluto, ¿eh? —murmuró, más para sí mismo que para ella.
Frieren dejó el frasco sobre el alféizar de la ventana con un suave clic. —¿Importar? Es un compañero de viaje temporal. Ruidoso. Impulsivo. Con problemas que no son de este mundo. Mi objetivo es Äußerst. Su crisis emocional es una desviación. —Se levantó y se dirigió hacia la pila de grimorios—. Ahora, si me disculpan, tengo investigaciones más pertinentes que realizar. Avísenme cuando regrese. O no. Realmente no afecta mi lectura.
Se sentó y abrió un libro, sumergiéndose en él instantáneamente, dejando a Fern, Stark y Sein parados en medio de la cabaña, envueltos en un silencio helado que ya no provenía del clima exterior, sino de la gélida indiferencia de la maga que se suponía era su líder. La preocupación por Naruto se mezcló ahora con una incómoda y desalentadora comprensión de la vasta distancia emocional que los separaba de Frieren.
El silencio en la cabaña era espeso y frío, mucho más que la nieve que aún cubría el exterior. Frieren estaba completamente absorta en su grimorio, su indiferencia hacia la reciente partida de Naruto siendo una barrera casi física. Fern parecía frustrada e impotente, mientras Sein observaba la dinámica con una resignación casi cínica.
Fue Stark quien finalmente rompió el pesado silencio. Había estado callado, procesando la confrontación, la indiferencia de Frieren y la ausencia de Naruto. Se levantó de donde estaba sentado torpemente cerca de la puerta, su rostro mostrando una mezcla de timidez y una resolución inesperada. Miró directamente a Frieren, quien ni siquiera levantó la vista de su libro.
—Frieren —dijo Stark, su voz un poco vacilante al principio, pero ganando firmeza—. Sé que Naruto... bueno, sé que dijo cosas terribles y actuó como un tonto al retarte. Pero...
Hizo una pausa, respirando hondo antes de continuar, sus palabras resonando en la quietud de la cabaña.
—A pesar de que Naruto se comportó como un completo idiota, él es nuestro amigo.
La simplicidad y la lealtad en las palabras de Stark parecieron, por un instante, penetrar la burbuja de indiferencia de Frieren. Dejó de pasar la página, aunque no levantó la vista. Hubo un silencio casi imperceptible, una pausa en el ritmo de su respiración tranquila.
Fern miró a Stark con sorpresa y gratitud. Sein levantó una ceja, claramente interesado en la reacción de la elfa ante esta defensa directa.
Finalmente, Frieren habló, su voz tan monótona como siempre, sin rastro de emoción, pero quizás... solo quizás... con un milimétrico cambio en el tono.
—La amistad no excusa la imprudencia —dijo, su mirada aún fija en las runas del grimorio—. Ni la estupidez.
Y sin más, pasó la página, volviendo a sumergirse en su lectura como si la conversación nunca hubiera tenido lugar. La defensa de Stark, aunque sentida, había chocado contra el mismo muro de aparente indiferencia. La tensión persistía, y la preocupación por el amigo que estaba solo en el bosque helado seguía flotando en el aire de la cabaña.
Naruto caminó sin rumbo fijo por el bosque nevado, alejándose cada vez más de la cabaña. El frío del aire no hacía nada para apagar el fuego de la humillación y la frustración que ardía en su interior. La imagen de Frieren dándole la espalda, ignorando por completo su desafío y su angustia, se repetía una y otra vez en su mente.
Se detuvo junto a un pino enorme, cuya corteza estaba cubierta de nieve, y apoyó la frente contra la madera fría. Respiró hondo, el vapor escapando de sus labios en la quietud del bosque. ¿Qué había hecho? Le había gritado, la había insultado... la había llamado "vieja bruja loca". Una maga milenaria que, a su manera extraña y a menudo exasperante, estaba tratando de ayudarlo.
Un sentimiento de vergüenza comenzó a reemplazar a la ira. Se había comportado como un niño, como el mocoso impulsivo que era en la academia. Había dejado que la frustración por su situación, el miedo por Konoha y las palabras del Kyubi lo dominaran por completo. Había exigido entrenamiento serio, y cuando Frieren se lo dio (aunque con una dosis de venganza), no pudo soportarlo. Y cuando ella lo ignoró... explotó.
"Sein tenía razón", pensó con amargura. "Me comporté como un idiota. Ella simplemente me demostró lo lejos que estoy... y yo respondí con un berrinche".
Se sentía estúpido e inmaduro. Frieren, a pesar de su aparente indiferencia, le había ofrecido refugio, comida y, lo más importante, una posible vía para volver a casa a través de su conocimiento y la búsqueda de Serie. Y él le había pagado con gritos e insultos.
Suspiró, una nube de vapor blanco flotando frente a él. Necesitaba calmarse. Necesitaba pensar con claridad, no dejarse llevar por el pánico ni por la influencia del Kyubi. Buscó una rama gruesa y baja en el pino, se sacudió la nieve y se sentó sobre ella, cruzando las piernas en una postura de meditación improvisada. Cerró los ojos, tratando de encontrar su centro, de conectar con la energía natural como le había enseñado Fukasaku, buscando la serenidad que el Modo Sabio a veces le ofrecía.
Respiró lenta y profundamente, sintiendo el aire helado llenar sus pulmones. Intentó aquietar la tormenta de sus pensamientos... pero su mente era un torbellino. La imagen de Frieren dándole la espalda se superponía con la de Sasuke alejándose, la de Tsunade inconsciente...
Y entonces, el escenario cambió. El bosque nevado se desvaneció, reemplazado por la familiar humedad y oscuridad de su subconsciente. Estaba de nuevo frente a la enorme jaula roja, el agua fría lamiéndole los tobillos. Desde las sombras, los ojos rojos del Kyubi brillaron con diversión maliciosa.
—Vaya, vaya... Miren quién volvió arrastrándose —dijo el Kyubi, su voz retumbando con burla—. ¿Ya te cansaste de hacer el ridículo ahí fuera? Escuché tu pequeño berrinche. Muy impresionante.
Naruto abrió los ojos, encontrándose con la mirada burlona de la bestia.
—Gritarle a la elfa, insultarla... En verdad lo echaste a perder, ¿no, mocoso? —continuó el Kyubi, una sonrisa cruel curvando sus labios—. Te ofrece ayuda, a su manera extraña, y tú respondes como un cachorro malcriado. ¿De verdad crees que alguien querrá ayudarte si sigues comportándote así? Te quedarás solo, como siempre.
Naruto apretó los dientes, la vergüenza mezclándose ahora con la vieja y conocida irritación que el Kyubi siempre lograba provocarle.
—¡Cállate! —gruñó, su voz resonando en el espacio interior—. ¡No necesito tus comentarios! ¡Déjame en paz!
—¿¡Callarme!? —La risa del Kyubi resonó con más fuerza, una vibración grave y llena de malicia que hizo temblar el agua a los pies de Naruto—. ¿Tú me ordenas callarme a mí? ¿El gran Zorro de Nueve Colas? ¡Qué insolencia! ¡Ni siquiera puedes controlar tus propias emociones como para no hacer el ridículo frente a esa elfa, y pretendes darme órdenes a mí, aquí, en tu propia mente miserable!
El enorme zorro se acercó a las barras, sus ojos rojos brillando con desprecio. —Te dije que eras débil. Te dije que la elfa te despreciaría si mostrabas tu verdadera naturaleza infantil. ¿Y qué hiciste? Exactamente lo que predije. Te enfureciste, gritaste, la insultaste... y ella simplemente te dio la espalda. ¡Ja! Ni siquiera te consideró una amenaza digna de aplastar. Te trató como a un mosquito molesto. ¿Y vienes aquí a decirme que me calle?
—¡No fue así! —protestó Naruto, aunque la verdad en las palabras de la bestia le picaba—. ¡Estaba frustrado! ¡Ella no entiende...!
—¡Claro que no entiende! —interrumpió el Kyubi—. ¿Cómo podría entender la patética debilidad de un humano como tú? Ella ha vivido milenios. Ha visto cosas que tu mente limitada ni siquiera puede concebir. Y tú crees que tus pequeños problemas, tu incapacidad para volver a tu mundo insignificante, ¿le importan realmente? Eres una carga, Naruto. Una desviación en su camino, como ella misma dijo.
El Kyubi paseó de un lado a otro detrás de las barras, su movimiento lleno de una energía oscura y contenida. —Sigues perdiendo el tiempo. Intentando aprender su "magia", intentando ganar su favor... ¿Y para qué? ¿Crees que eso te ayudará a salvar a Sasuke? ¿Crees que detendrá a Akatsuki? ¿Crees que despertará a tu Hokage? Eres un tonto si crees que esos trucos de feria te servirán de algo en las verdaderas batallas que te esperan... si es que alguna vez logras salir de aquí.
»—Mientras tanto, tu poder real, mi poder, yace aquí, contenido, desperdiciado por un contenedor que tiene miedo hasta de su propia sombra y que prefiere jugar a ser mago antes que aceptar lo que es. Eres una contradicción andante, mocoso. Y tu indecisión, tu debilidad, será tu perdición... y quizás la de todos los que dejaste atrás.
Naruto apretó los puños, sintiendo la rabia impotente y la verdad incómoda en las palabras del Kyubi. Odiaba admitirlo, pero la bestia sabía exactamente dónde golpear para herirlo.
—Te equivocas... —murmuró, aunque su voz carecía de convicción—. Encontraré la manera. Siempre lo hago.
—Eso está por verse —replicó el Kyubi con una sonrisa colmilluda—. Ahora lárgate. Tu presencia me irrita. Ve a meditar sobre tu estupidez. Y la próxima vez que te dignes a venir, asegúrate de que sea para algo más interesante que tus lloriqueos infantiles.
Con un último gruñido de desprecio, el Kyubi se retiró a las sombras más profundas de la jaula, dejando a Naruto solo una vez más en el espacio frío y húmedo de su subconsciente, con las burlas de la bestia resonando dolorosamente en sus oídos.
La conexión con su subconsciente se rompió tan abruptamente como se había formado. Naruto abrió los ojos, el eco de las burlas del Kyubi aún resonando en su cabeza, pero la imagen dominante ahora era la de su propia estupidez. Regresó a la realidad del bosque nevado, sentado en la rama del pino donde había buscado refugio.
El sol estaba considerablemente más alto en el cielo, sus rayos atravesando las ramas y creando patrones de luz y sombra sobre la nieve que ahora brillaba intensamente. Debían haber pasado horas desde que salió de la cabaña. El aire seguía frío, pero el silencio ya no era tan absoluto; se escuchaba el goteo constante del deshielo y el lejano piar de las aves. Su estómago comenzó a quejarse, recordándole que no había desayunado.
Pero el hambre física era eclipsada por el nudo que sentía en el estómago al pensar en volver. Se cubrió la cara con las manos, sintiendo una oleada de vergüenza. ¡Qué idiota había sido! Gritarle a Frieren, insultarla... Las palabras sabían a ceniza en su boca.
Sí, estaba frustrado. Sí, estaba desesperado por volver a casa. Pero Frieren... a pesar de su pereza, su indiferencia a veces exasperante y sus métodos de entrenamiento poco ortodoxos (o directamente peligrosos), ella lo había aceptado. Lo había llevado consigo, le había enseñado los fundamentos de la magia, le había dado una pista sobre cómo volver a casa mencionando a Serie, e incluso lo había apoyado después de que él revelara lo del Kyubi. Le había buscado ropa nueva, le había preparado "ramen" para su cumpleaños, y había pasado noches buscando el anillo perdido de Himmel con él.
Y él le había pagado con insultos y un desafío estúpido. No importaba lo molesta que pudiera ser su actitud a veces, no se merecía eso. Se había dejado llevar por la frustración, por el miedo, por las palabras del Kyubi... y había actuado como un completo imbécil inmaduro.
Suspiró profundamente, el vapor blanco disipándose rápidamente. Sabía que debía volver. Sabía que debía disculparse. Pero la idea de enfrentarse a Frieren después de su arrebato... era aterradora. No por miedo a otro ataque mágico (aunque eso también era una posibilidad), sino por la vergüenza. ¿Cómo podía mirarla a la cara después de haberle gritado esas cosas? ¿Y si ella simplemente lo ignoraba de nuevo? ¿O si decidía que ya no valía la pena ayudarlo?
Se levantó de la rama y comenzó a caminar en círculos, pateando la nieve. Miró en dirección a la cabaña, apenas visible entre los árboles. Podía imaginarse a Fern mirándolo con decepción, a Stark sin saber qué decir, a Sein con una sonrisa irónica. Y a Frieren... probablemente leyendo, indiferente.
La frialdad con la que Frieren volvió a su grimorio dejó un silencio incómodo en la cabaña. Fern parecía a punto de llorar de frustración y preocupación, mientras Sein observaba a la elfa con una expresión indescifrable. Fue Stark, de nuevo, quien rompió la tensión. Se levantó, su rostro normalmente tímido ahora endurecido por la lealtad y la simple decencia.
—Quizás tengas razón, Frieren —dijo Stark, su voz firme—. Quizás para ti sea solo una desviación, quizás sea ineficiente preocuparse. Pero, a pesar de que Naruto se comportó como un completo idiota, él es nuestro amigo. Y los amigos no se abandonan en el bosque por la noche solo porque tuvieron un mal día.
Frieren no reaccionó, ni siquiera con un "Hmm". Siguió leyendo.
—Me da igual si vuelve solo o no —continuó Stark, agarrando su capa y comenzando a ponérsela—. Yo voy a salir a buscarlo. Al menos me aseguraré de que no se haya congelado o caído en algún agujero.
—¡Voy contigo, Señor Stark! —dijo Fern inmediatamente, buscando su propia capa. La indiferencia de Frieren parecía haberla impulsado a actuar.
Sein observó a los dos jóvenes prepararse para salir al frío nocturno. Suspiró y se levantó también. —Supongo que tres buscando son mejor que dos. Además, no puedo dejar que los niños se enfrenten solos a la noche y a un posible ninja enfurruñado.
Se dirigieron a la puerta, abrigándose contra el frío que se filtraba. Pero antes de salir, Sein se detuvo y se giró para mirar a Frieren, quien seguía absorta en su libro, la luz mágica iluminando las páginas.
—Frieren —dijo Sein en voz baja, pero su tono tenía un peso inusual—. Vives mucho tiempo. Has visto tanto que quizás las emociones de vidas cortas como las nuestras te parezcan triviales, como el cambio de las estaciones. —Hizo una pausa, asegurándose de que, aunque no lo pareciera, ella estuviera escuchando—. Pero incluso en mil años, la soledad sigue siendo soledad. Y los lazos, por fugaces que te parezcan, son lo único que le da algo de calor a un viaje tan largo. Descartarlos con tanta facilidad... a veces, ese es el único arrepentimiento que el tiempo no puede borrar.
Por un instante fugaz, casi imperceptible, los dedos de Frieren que sostenían el grimorio se detuvieron. Sus ojos no se movieron de la página, pero hubo una quietud, una suspensión en su ser que duró solo un segundo. Luego, tan rápido como llegó, desapareció, y continuó leyendo como si Sein no hubiera dicho nada.
Sein no esperó respuesta. Asintió levemente para sí mismo y siguió a Stark y Fern hacia la puerta. Salieron de la cálida cabaña hacia la fría oscuridad de la noche, dejando a Frieren sola con sus libros antiguos y las palabras reflexivas de Sein flotando silenciosamente en el aire junto al crepitar del fuego.
La puerta de la cabaña se cerró con un clic suave, dejando a Frieren sola en el cálido silencio, interrumpido únicamente por el crepitar del fuego. Por un momento, siguió leyendo, sus ojos siguiendo las intrincadas runas de una página, como si la partida de los demás no hubiera sido más que una breve interrupción.
Pero las palabras de Sein flotaban en el aire, negándose a disiparse tan fácilmente como el humo de la chimenea. "Incluso en mil años, la soledad sigue siendo soledad... los lazos... son lo único que le da algo de calor a un viaje tan largo. Descartarlos con tanta facilidad... a veces, ese es el único arrepentimiento que el tiempo no puede borrar."
Frieren detuvo la lectura. El libro permaneció abierto sobre su regazo, pero su mirada se perdió en las llamas danzantes. Soledad. Lazos. Arrepentimiento. Eran conceptos con los que había lidiado durante siglos, a menudo de forma inconsciente. Recordó la sonrisa fácil de Himmel, la camaradería ruidosa de Eisen, la sabiduría borracha pero profunda de Heiter. Lazos que ella había tardado demasiado en comprender, en valorar. Lazos que el tiempo, implacable, le había arrebatado, dejando un eco de algo parecido al arrepentimiento del que hablaba Sein.
¿Era Naruto... un lazo? Era ruidoso, impulsivo, exasperante... pero también era innegablemente leal, protector a su manera torpe, y poseía una determinación que le recordaba vagamente a Himmel. Y Fern... Fern se preocupaba por él, de una manera que iba más allá de la simple camaradería de viaje.
La indiferencia era su defensa habitual, una coraza forjada durante siglos para protegerse de la fugacidad de las vidas humanas. Pero las palabras de Sein habían tocado una fibra sensible, una verdad incómoda que rara vez se permitía reconocer. Sacudió la cabeza casi imperceptiblemente, apartando esos pensamientos. Naruto volvería. Siempre lo hacía. Preocuparse era, como había dicho, ineficiente. Volvió a bajar la vista al libro, aunque quizás las runas parecían un poco más borrosas que antes.
Mientras tanto, afuera, la noche era oscura y fría. La luna se ocultaba tras las nubes y el viento helado susurraba entre los pinos cargados de nieve. Stark, Fern y Sein avanzaban con cautela por el bosque, siguiendo el camino general que Naruto había tomado horas antes.
—¿Alguna señal? —preguntó Stark en voz baja, sus ojos agudos escrutando la oscuridad, buscando huellas o ramas rotas.
Fern negó con la cabeza. Había conjurado una pequeña esfera de luz que flotaba sobre su mano, proyectando un círculo tembloroso sobre la nieve. —Nada claro. La nieve que cayó después de que se fue ha cubierto la mayoría de las huellas recientes. Y está muy oscuro.
—Sigamos la dirección general en la que se fue —sugirió Sein, guiándose por los árboles más grandes y los contornos del terreno—. No creo que se haya alejado demasiado del calor de la cabaña con este frío, por muy enfadado que estuviera. Probablemente buscó un lugar para calmarse.
Avanzaron lentamente, llamando a Naruto en voz baja de vez en cuando, sus voces apenas audibles por encima del silbido del viento.
—¡Naruto! —llamó Fern, su voz teñida de preocupación—. ¿Estás por aquí? ¡Ya no estamos enfadados! ¡Bueno, yo no!
—¡Oye, Naruto! ¡Sal ya! ¡Hace un frío que pela! —añadió Stark, frotándose los brazos—. ¡Frieren ya se olvidó de lo que dijiste, probablemente! ¡O eso espero!
Sein sonrió levemente ante el comentario de Stark. —No contaría con ello, muchacho. Pero sí, ninja, si nos oyes, ¡sería un buen momento para aparecer!
Continuaron su búsqueda, adentrándose un poco más en el bosque silencioso y helado, la pequeña esfera de luz de Fern danzando ante ellos como una luciérnaga solitaria en la inmensa oscuridad, buscando a su amigo perdido en la noche.
La pequeña esfera de luz mágica de Fern danzaba entre los árboles, arrojando sombras alargadas y revelando parches de nieve virgen y troncos oscuros. El frío calaba los huesos, y el silencio del bosque solo era roto por el crujir de sus pasos y el ocasional susurro del viento. Llevaban un buen rato buscando, llamando a Naruto en voz baja, siguiendo el rastro inicial que se perdía rápidamente. La preocupación crecía con cada minuto que pasaba.
—¿Estás seguro de que vino por aquí, Sein? —preguntó Stark, aguzando la vista en la penumbra—. Podría estar en cualquier parte.
—Es lo más lógico —respondió Sein, examinando el suelo—. Estaba enfadado, pero no es tonto. No creo que se adentrara demasiado sin rumbo fijo con este frío. Estará cerca, buscando un lugar para... bueno, para estar enfadado a solas.
Fern movió su esfera de luz, barriendo lentamente los alrededores. La luz tembló sobre un grupo de rocas cubiertas de musgo helado, luego sobre un arroyo casi congelado, y finalmente... se detuvo.
—Esperen... —susurró Fern, entrecerrando los ojos—. Creo que veo algo. Allí, bajo ese pino grande.
Dirigió la luz hacia el árbol que señalaba. Al principio, solo parecía la base oscura del tronco y la nieve acumulada. Pero entonces, la luz reveló una figura sentada, casi oculta en la sombra profunda proyectada por las ramas bajas. Estaba acurrucado contra el tronco, con las rodillas recogidas y la cabeza gacha, la chaqueta naranja apenas visible en la oscuridad.
—¡Naruto! —exclamó Stark en voz baja, lleno de alivio.
Se acercaron con cautela. Naruto no se movió al principio, quizás perdido en sus pensamientos o sin haberlos oído. Cuando estuvieron a pocos pasos, levantó la cabeza lentamente. La luz de Fern iluminó su rostro. No había rastro de la furia de antes; en su lugar, había una clara expresión de cansancio, frustración y un profundo arrepentimiento. Tenía la mirada baja, fija en la nieve a sus pies, como si no pudiera encontrar la fuerza para mirarles a los ojos.
—Ahí estás, muchacho —dijo Sein con suavidad, rompiendo el silencio—. Nos tenías preocupados.
Naruto no respondió de inmediato. Se frotó la cara con las manos, un gesto de pura vergüenza.
—Lo siento... —murmuró finalmente, su voz apenas audible, dirigida más a la nieve que a ellos—. Me... me comporté como un idiota.
Fern y Stark intercambiaron una mirada. El alivio de encontrarlo se mezcló con la incomodidad de su evidente remordimiento. El frío de la noche parecía menos importante ahora que la tensión silenciosa que emanaba de su amigo.
El alivio inicial de haber encontrado a Naruto se mezcló rápidamente con la incomodidad al verlo tan abatido. Estaba sentado bajo el gran pino, la oscuridad de la noche apenas mitigada por la luz mágica de Fern, con la cabeza gacha y los hombros caídos. La energía habitual que lo caracterizaba había desaparecido, reemplazada por un aura de profundo arrepentimiento.
—Naruto, ¿estás bien? —preguntó Fern suavemente, acercándose un poco más—. Hace mucho frío aquí fuera. Deberíamos volver a la cabaña.
Naruto levantó la vista, pero sus ojos no encontraron los de ella. Miró hacia la oscuridad del bosque.
—Lo siento... —repitió, su voz apagada—. Me... me comporté como un idiota. Un completo imbécil inmaduro.
—Bueno, sí, te pasaste un poco —admitió Stark con cautela, pero añadió rápidamente—. ¡Pero todos cometemos errores! ¡Lo importante es que estás bien! Vamos, volvamos.
Naruto negó con la cabeza, sin moverse. —No puedo.
—¿Cómo que no puedes? —preguntó Stark, confundido—. La cabaña está ahí mismo. ¡Hay fuego!
—No es eso —murmuró Naruto, pasándose una mano por el cabello—. Es... Frieren. Lo que le dije... —Tragó saliva, la vergüenza evidente en su rostro—. La llamé... cosas horribles. Y ella... a pesar de todo, me ha ayudado. Me enseñó magia, me habló de Serie, me aceptó... y yo le grité y la insulté. No sé qué hacer ahora. No puedo... no puedo volver y mirarla a la cara después de eso. ¿Qué le digo?
Su voz se quebró ligeramente al final, mostrando la profundidad de su remordimiento y su dilema. Se sentía atrapado, no solo en este mundo, sino también por su propia estupidez.
—Naruto... —dijo Fern, su tono ahora más comprensivo—. Sé que lo que dijiste estuvo mal, pero esconderte aquí no lo arreglará. Tienes que enfrentarlo. Tienes que disculparte. La Señora Frieren... puede ser indiferente, pero no creo que sea rencorosa.
—Fern tiene razón —intervino Sein, acercándose—. Metiste la pata, sí. Dijiste cosas en un momento de frustración que probablemente lamentas. Pasa hasta en las mejores familias... o en los grupos de aventureros más extraños. Pero huir del problema solo lo hace más grande. Volver, disculparte... es lo que hay que hacer. Aunque sea incómodo. Muy incómodo, probablemente. —Añadió con una media sonrisa—. Pero menos incómodo que congelarte aquí fuera toda la noche.
Naruto siguió mirando al suelo, debatiéndose internamente. Sabía que tenían razón. Sabía que debía disculparse. Pero el recuerdo de la frialdad en la mirada de Frieren, la forma en que lo había ignorado, y la vergüenza por sus propias palabras, creaban una barrera casi física que le impedía moverse.
Naruto permaneció sentado bajo el pino, la mirada perdida en la nieve sucia a sus pies. Las palabras de ánimo de Fern y Stark, aunque bienintencionadas, no lograban disipar la pesada carga de su vergüenza.
—No es tan fácil como "volver y ya está" —murmuró, su voz aún apagada—. ¿Y si...? ¿Y si no me perdona?
Levantó la vista brevemente, sus ojos encontrándose con los de Fern antes de desviarse de nuevo. —La llamé... cosas horribles. Y ella me miró... No con enfado como cuando me lanzó ese aire helado, sino... con esa indiferencia total. Como si ya no valiera la pena ni enfadarse conmigo. ¿Cómo se arregla eso? Probablemente no me perdone nunca.
Fern abrió la boca para intentar tranquilizarlo de nuevo, pero Sein dio un paso adelante, su expresión más seria de lo habitual, aunque con su toque de sabiduría mundana.
—Muchacho —dijo Sein, su voz tranquila pero firme—. El perdón no es algo que puedas controlar o exigir. Es una decisión de la otra persona. Y si hablamos de Frieren... bueno, intentar predecir lo que pasa por esa cabeza milenaria es como intentar atrapar el viento.
Se agachó ligeramente para estar más a la altura de Naruto, apoyando una mano en la rodilla. —Piensa en esto: esa elfa ha vivido más tiempo del que tú y yo juntos podríamos imaginar. Ha visto imperios alzarse y caer, ha conocido a héroes y monstruos, ha cometido sus propios errores y, te aseguro, ha visto a infinidad de tontos hacer y decir cosas estúpidas. ¿Crees que tu rabieta, por muy fuerte que fuera, es lo peor que ha presenciado? Lo dudo mucho.
»—La cuestión no es si ella te perdona o no —continuó Sein, su tono volviéndose más reflexivo—. La cuestión es si tú puedes perdonarte a ti mismo por actuar como un idiota y si tienes el valor de enfrentar las consecuencias de tus actos. La disculpa, Naruto, no siempre se ofrece esperando el perdón. Se ofrece porque reconoces que te equivocaste. Es un acto de humildad, de querer reparar el daño, independientemente de cómo reaccione la otra persona.
Se incorporó, mirando hacia la cabaña. —Quedarte aquí, sintiendo lástima de ti mismo y temiendo su reacción, no soluciona nada. Solo prolonga tu propia miseria y, francamente, nos preocupa a los demás. Enfrentarla, decirle que lo sientes, aunque sea lo más difícil del mundo ahora mismo... eso demuestra carácter. Eso demuestra que eres más que el mocoso impulsivo que gritó en el claro. Lo que ella haga después... es cosa suya. Pero tú habrás hecho lo correcto. —Añadió con una media sonrisa—. Además, en serio, empieza a hacer un frío considerable. Volvamos.
Las palabras de Sein, aunque no ofrecían una solución fácil, parecieron calar en Naruto. No le quitaban la vergüenza ni el miedo, pero le daban una perspectiva diferente. No se trataba solo de Frieren; se trataba de él mismo, de asumir su error. Respiró hondo, el aire helado llenando sus pulmones. Todavía no sabía exactamente qué decir, pero sabía que Sein tenía razón. Tenía que volver.
Naruto levantó la vista hacia Sein, las palabras del sacerdote resonando en el silencio del bosque. Enfrentar las consecuencias, disculparse no por esperar el perdón, sino porque era lo correcto... Tenía sentido. Seguía sintiéndose avergonzado, y la idea de hablar con Frieren todavía le daba pavor, pero la perspectiva de Sein le ofreció un camino a través de su propia maraña de emociones.
Fern se arrodilló a su lado, su expresión ahora más suave y llena de una preocupación genuina. —Sein tiene razón, Naruto. Y... y yo creo que la Señora Frieren lo entenderá. Puede parecer fría e indiferente, lo sé, pero... ella también comete errores, a su manera. Y ha viajado con nosotros todo este tiempo. Nos ha ayudado. No creo que te guarde rencor para siempre por un mal momento. Seguramente te perdonará si te disculpas sinceramente.
—¡Sí! —añadió Stark, acercándose también y ofreciéndole una mano para ayudarlo a levantarse—. ¡Vamos, Naruto! Frieren es rara, ¡pero no es mala! Seguro que te perdona. Eres nuestro amigo, y ella lo sabe. ¡Solo tienes que ir y hablarle! ¡Ya verás como todo se arregla!
El apoyo combinado de sus tres compañeros —la sabiduría pragmática de Sein, la comprensión tranquila de Fern y el ánimo incondicional de Stark— finalmente rompió la barrera de la vergüenza que retenía a Naruto. Sus palabras le recordaron que, a pesar de sus errores y de la difícil situación, no estaba completamente solo. Tenía amigos aquí que se preocupaban por él.
Respiró hondo, aceptando la mano de Stark para ponerse en pie. Miró a sus amigos, una pequeña pero genuina sonrisa asomando en sus labios.
—Tienen razón —dijo, su voz aún un poco ronca, pero más firme—. Gracias, chicos. Fui un idiota. Tengo que... tengo que arreglarlo.
—Ese es el espíritu —dijo Sein, dándole una palmada en la espalda—. Ahora, ¿podemos volver antes de que nos convirtamos en estatuas de hielo?
Naruto asintió. —Sí. Vamos.
Los cuatro juntos, iluminados por la pequeña esfera de luz mágica de Fern, emprendieron el camino de regreso a través del bosque oscuro y frío. El sendero parecía menos intimidante ahora, y aunque Naruto todavía sentía nerviosismo por la conversación pendiente con Frieren, ya no se sentía tan perdido ni tan solo. Caminó junto a sus amigos, preparándose mentalmente para enfrentar las consecuencias de su arrebato.
El camino de regreso a la cabaña fue silencioso, marcado solo por el crujir de sus botas sobre la nieve endurecida por el frío nocturno. La pequeña luz mágica de Fern iluminaba el sendero irregular, pero la oscuridad del bosque y la tensión entre ellos pesaban más que la falta de luz solar. Naruto caminaba con la cabeza gacha, repasando mentalmente las palabras de Sein y tratando de armarse de valor para la disculpa que sabía que debía ofrecer. Cada paso que lo acercaba a la cabaña aumentaba su nerviosismo.
Finalmente, llegaron al pequeño claro. La cabaña se veía oscura, excepto por el débil resplandor anaranjado que se filtraba por la ventana, indicando que el fuego de la chimenea aún ardía débilmente.
Se detuvieron un instante ante la puerta.
—Bueno... aquí estamos —murmuró Stark, rompiendo el silencio—. ¿Listo, Naruto?
Naruto respiró hondo. —Supongo que... tan listo como puedo estar.
Empujaron la puerta con cuidado y entraron en la cabaña. El calor residual del fuego era agradable, pero el ambiente estaba quieto. Muy quieto.
Stark, Fern y Sein miraron instintivamente hacia el rincón favorito de Frieren junto a la chimenea. Esperaban encontrarla leyendo, o quizás mirándolos con esa frialdad calculadora.
En lugar de eso, encontraron a Frieren profundamente dormida. Estaba acurrucada en su silla improvisada, envuelta en sus mantas, con el grimorio que había estado leyendo antes caído descuidadamente a su lado. Su respiración era suave y regular, completamente ajena a su regreso y al drama anterior. Después de todo el altercado, la confrontación, la indiferencia y la tensión... simplemente se había quedado dormida.
Hubo un momento de silencio atónito entre los cuatro.
Naruto parpadeó, la disculpa ensayada muriendo en sus labios. Se quedó mirando a la elfa dormida, sintiendo una mezcla extraña de alivio inmenso y una ligera exasperación. Había reunido todo su coraje para enfrentarla, para disculparse... y ella estaba durmiendo.
Fern suspiró, pero esta vez era un suspiro de puro agotamiento y resignación. Se llevó una mano a la frente. —Por supuesto... por supuesto que está dormida.
Stark soltó el aire que había estado conteniendo. —Uf... bueno, supongo que eso... ¿lo hace más fácil? ¿O más difícil para mañana?
—Definitivamente pospone lo inevitable —comentó Sein con una sonrisa divertida, encogiéndose de hombros—. Supongo que tendrás que preparar tu discurso de disculpa para el desayuno, muchacho. —Miró a Frieren dormida—. Aunque no esperes que esté muy receptiva antes de su tercer té.
Naruto sintió que la tensión abandonaba sus hombros, reemplazada por el cansancio de todo el día y la noche. La confrontación se había pospuesto. Por un lado, era un alivio no tener que enfrentarla ahora mismo, con la vergüenza tan fresca. Por otro, la incertidumbre continuaría hasta la mañana.
—Sí... supongo que sí —murmuró Naruto.
Con la "crisis" inmediata desactivada por el sueño de Frieren, el grupo se preparó silenciosamente para descansar lo que quedaba de la noche. Arreglaron sus sacos de dormir a la luz moribunda del fuego, moviéndose con cuidado para no despertar a la maga milenaria. La disculpa tendría que esperar al día siguiente.
La cabaña quedó en silencio, salvo por el suave crepitar de las brasas moribundas y la respiración regular de Frieren. Stark, Fern y Sein, agotados por la búsqueda nocturna y la tensión acumulada, no tardaron en acomodarse en sus sacos de dormir y sucumbir al cansancio. La disculpa de Naruto tendría que esperar.
Pero Naruto no podía dormir. La mezcla de alivio por el respiro temporal y la pesada carga de su vergüenza lo mantenían despierto. Se sentó en el suelo de madera, no muy lejos de donde dormía Frieren, apoyando la espalda contra la pared fría. Observó a la elfa dormir, su rostro sereno e impasible incluso en el sueño. Era tan diferente a él, tan difícil de leer.
Las horas pasaron lentamente. El fuego se convirtió en ascuas rojas, y el frío de la noche se intensificó dentro de la cabaña. Naruto se abrazó las rodillas, tiritando un poco, pero no se movió. Su mente era un torbellino. Repasaba una y otra vez su estúpido arrebato, las palabras hirientes que había lanzado. Recordaba la mirada de Frieren, esa indiferencia que lo había desarmado. ¿Cómo empezar? ¿"Lo siento, Frieren, por ser un idiota y llamarte vieja bruja loca"? Sonaba patético. ¿"Frieren, estaba frustrado, no lo decía en serio"? Demasiado débil.
Se imaginó mil escenarios diferentes para la disculpa, cada uno más incómodo que el anterior. Se imaginó a Frieren simplemente ignorándolo de nuevo, o mirándolo con esa frialdad calculadora, o peor aún, respondiendo con un sarcasmo cortante. Pero las palabras de Sein resonaban: tenía que hacerlo porque era lo correcto, no por la reacción de ella.
Vio cómo la primera luz del alba comenzaba a filtrarse por las rendijas de la ventana, tiñendo la penumbra de un gris pálido. Siguió esperando, los ojos fijos en la figura durmiente de Frieren, la determinación de disculparse luchando contra el nudo de ansiedad en su estómago.
Poco a poco, los demás comenzaron a despertar. Stark se estiró con un gran bostezo, Fern se levantó silenciosamente para reavivar el fuego, y Sein se incorporó con menos prisa. Notaron a Naruto sentado contra la pared, con ojeras visibles bajo los ojos, claramente sin haber dormido.
—Naruto, ¿estuviste ahí toda la noche? —preguntó Stark en voz baja, sorprendido.
Naruto solo asintió levemente, sin apartar la vista de Frieren.
—Tenemos que ir al pueblo a buscar más provisiones y ver si la nevada ha bloqueado algún camino —dijo Fern, ya preparando una pequeña bolsa—. ¿Vienes, Naruto?
Naruto negó con la cabeza. —No. Me quedaré aquí. Tengo que... esperar.
Fern y Stark intercambiaron una mirada, comprendiendo. Sein observó a Naruto por un momento, notando la determinación agotada pero firme en su postura, su mirada fija en la elfa que aún dormía plácidamente.
—Entendido —dijo Sein—. Nosotros nos encargamos entonces. No tardaremos mucho. —Antes de salir, se detuvo un instante y miró a Naruto—. Suerte, muchacho. A veces, la parte más difícil es la espera antes de la conversación.
Stark le dio una palmada torpe en el hombro a Naruto. —¡Ánimo!
Salieron de la cabaña, cerrando la puerta suavemente tras ellos. El silencio volvió a llenar el espacio, ahora ocupado solo por Naruto y Frieren. Naruto permaneció inmóvil, esperando, el corazón latiéndole con fuerza mientras observaba a la maga milenaria.
Pasaron quizás otros veinte minutos. La luz de la mañana ya inundaba la cabaña. Entonces, Frieren se removió. Un pequeño bostezo escapó de sus labios, un sonido sorprendentemente humano. Parpadeó lentamente, sus ojos dorados adaptándose a la luz. Se estiró con pereza, completamente ajena a la vigilia de Naruto. Su mirada recorrió la cabaña distraídamente hasta que sus ojos se encontraron con los de Naruto, que la observaba fijamente desde el suelo. Frieren se detuvo, ladeando ligeramente la cabeza, su expresión pasando de la somnolencia a una neutralidad expectante. Había despertado.
El silencio en la cabaña se estiró, pesado y expectante. Naruto, que había estado sentado en el suelo toda la noche, se puso de pie lentamente, sus músculos entumecidos por el frío y la inmovilidad. La mirada neutra de Frieren, recién despertada, se posó en él, sin revelar nada de lo que pensaba o sentía tras el altercado del día anterior. La indiferencia helada parecía haber vuelto.
Naruto tragó saliva, el corazón latiéndole con fuerza. Reunió todo el valor que pudo, la vergüenza tiñendo sus mejillas.
—Frieren... —comenzó, su voz sonando un poco ronca por la falta de sueño y los nervios. Le costaba mirarla directamente a los ojos—. Yo... quería...
Frieren simplemente lo observó, sus ojos dorados impasibles, su rostro una máscara de tranquilidad que no ofrecía ningún tipo de aliento. No dijo nada, no hizo ningún gesto. Solo esperó, con una frialdad que hizo que las palabras preparadas por Naruto se atascaran en su garganta.
—Quería... disculparme por lo de ayer —logró decir finalmente, bajando la mirada hacia sus propias manos—. Lo que dije... estuvo muy mal. Me dejé llevar por la frustración y... y no debí llamarte... esas cosas. Fui un completo idiota.
Esperó alguna reacción, cualquier cosa: enfado, un regaño, incluso sarcasmo. Pero Frieren permaneció en silencio por un largo momento, su expresión tan inescrutable como siempre. El único sonido era el débil crepitar del fuego que Fern había reavivado.
Finalmente, Frieren habló, y su voz fue tan fría y distante como el viento invernal que aún soplaba afuera.
—Ya veo —dijo simplemente. No hubo inflexión, ni emoción, solo un reconocimiento plano de sus palabras—. ¿Has terminado?
El corazón de Naruto se encogió. Esa respuesta fría, esa falta total de reacción a su disculpa, era casi peor que el enfado. Sintió que sus palabras apenas habían rozado la superficie de la indiferencia de la elfa.
—Yo... sí, pero... de verdad lo siento, Frieren —insistió, levantando la vista, buscando alguna señal de que ella había aceptado, o al menos escuchado—. Sé que te has esforzado por ayudarme, a tu manera, y yo...
—Entendido —lo cortó Frieren, su tono aún gélido—. Has dicho que lo sientes. Tomo nota. Ahora, si no hay nada más, necesito mi té. Hace frío.
Se levantó con su habitual y tranquila gracia, ignorando por completo la angustia en el rostro de Naruto, y se dirigió hacia donde Fern guardaba las hierbas para el té, como si la disculpa que tanto le había costado a Naruto ofrecer fuera un mero trámite administrativo que ya había sido procesado y archivado, sin importancia alguna. La frialdad inicial no se había roto; de hecho, parecía haberse solidificado.
Naruto se quedó allí, sintiendo la frialdad de Frieren como una barrera física. "Entendido. Tomo nota." Las palabras resonaban, vacías de cualquier emoción, un simple registro burocrático de su disculpa. Vio cómo Frieren se alejaba, preparaba su té y se sentaba con su libro, ignorándolo por completo, como si él fuera menos importante que las hierbas secas que flotaban en su taza.
Una parte de él quería simplemente darse la vuelta, salir corriendo de nuevo al bosque, o sentarse en un rincón y no volver a hablarle. La humillación era profunda. Pero las palabras de Sein también resonaban: "La disculpa... se ofrece porque reconoces que te equivocaste... Enfrentarla... eso demuestra carácter". Y él se había equivocado. Mucho.
Respiró hondo, tragándose el orgullo y la vergüenza. No podía dejar las cosas así. Tenía que intentarlo de nuevo, aunque ella siguiera actuando como un iceberg milenario.
Con pasos lentos y vacilantes, se acercó al rincón donde Frieren estaba sentada, inmersa en su lectura. Se detuvo a una distancia respetuosa, sin saber muy bien cómo empezar de nuevo. Ella no levantó la vista.
—Frieren... —comenzó de nuevo, su voz más baja esta vez, pero firme—. Sé que dijiste "entendido", pero... necesito que sepas que de verdad, de verdad lo siento. No solo por las palabras horribles que usé... "vieja bruja"... —se estremeció al repetirlo—. Eso fue estúpido e injusto.
Frieren siguió leyendo, aunque quizás el ritmo con el que sus ojos seguían las líneas disminuyó casi imperceptiblemente.
—Estaba... estoy muy frustrado —continuó Naruto, mirando al suelo—. Por estar aquí, por no poder volver a casa, por sentir que no progreso, por las noticias de mi aldea... y lo pagué contigo. No es excusa, lo sé. Estuvo mal. Muy mal. Tú... tú me has ayudado, me has enseñado cosas, incluso cuando no tenías por qué hacerlo. Y yo te grité y te insulté como un mocoso. Lo siento mucho, Frieren. De verdad.
Esperó, conteniendo la respiración. Frieren permaneció inmóvil por un momento. Luego, muy lentamente, bajó el libro unos centímetros, lo suficiente para que sus ojos dorados se posaran sobre Naruto por encima del borde superior. Su expresión seguía siendo fría, indescifrable, pero al menos lo estaba mirando.
—Las acciones tienen consecuencias, Naruto —dijo finalmente, su voz aún carente de calidez, pero quizás con un matiz menos distante que antes—. Y las palabras, una vez dichas, no se borran fácilmente.
Volvió a levantar el libro, cubriendo de nuevo la mitad inferior de su rostro, pero no reanudó la lectura de inmediato. Se quedó así, en silencio, dejando que sus palabras y la disculpa de Naruto flotaran en el aire tenso de la cabaña. No era un perdón, ni mucho menos una reconciliación, pero era... algo. Una mínima señal de que, quizás, la puerta no estaba completamente cerrada. Naruto sintió un ligero, muy ligero, alivio, aunque sabía que recuperar la confianza (o al menos la tolerancia habitual) de Frieren llevaría tiempo y mucho esfuerzo. Se quedó allí de pie, sin saber si debía decir algo más o simplemente retirarse.
Naruto se quedó parado, el eco de su segunda disculpa flotando en el aire tenso de la cabaña. Había puesto su corazón en ello, admitiendo su frustración, su miedo, y sobre todo, su arrepentimiento por las palabras hirientes. Esperaba la reacción de Frieren, temiendo la frialdad, pero esperando una señal de comprensión.
Frieren bajó su libro lentamente, sus ojos dorados encontrándose con los de Naruto. La máscara de impasibilidad estaba allí, pero detrás de ella, Naruto percibió una quietud diferente, una profundidad que no era solo frialdad. Internamente, Frieren estaba procesando la disculpa de Naruto a través de un filtro inesperado. No era tanto el insulto infantil de "vieja bruja" lo que la había perturbado tan profundamente; había oído cosas peores en mil años. Era la hostilidad cruda, la furia dirigida hacia ella por este chico ruidoso y exasperante con quien, para su propia sorpresa y ligera consternación, había empezado a formar un vínculo. Su energía caótica, su lealtad feroz, su terquedad... le recordaban constantemente a Himmel, y ver esa misma intensidad vuelta contra ella con tanta amargura había sido... doloroso. Un pinchazo agudo y desconocido en la vasta extensión de su existencia. La frialdad que mostró no era solo defensa; era una reacción instintiva para protegerse de esa emoción inesperada, de ese eco de conexiones pasadas que Naruto, sin saberlo, había perturbado.
—Entiendo por qué estás frustrado, Naruto —dijo finalmente Frieren, y su voz, aunque todavía tranquila, carecía del filo helado de antes. Había una leve nota de... ¿cansancio? ¿Quizás incluso tristeza?—. Las circunstancias son difíciles, y tu carga es pesada. —Hizo una pausa, su mirada desviándose por un instante hacia el fuego—. Pero la hostilidad... la forma en que me desafiaste, la ira que dirigiste hacia mí... eso fue lo que me dolió. Más que las palabras en sí.
Volvió a mirarlo, y había una vulnerabilidad casi imperceptible en sus ojos antes de que su habitual reserva volviera a asentarse. —He viajado con muchos compañeros a lo largo de los siglos. He visto la ira, la frustración, el miedo. Pero la hostilidad directa de alguien a quien... consideras un compañero... siempre deja una marca. Me recordó que los lazos, por fuertes que parezcan, pueden ser frágiles.
Naruto sintió que se le encogía el corazón. No había pensado en cómo ella podría haberse sentido más allá del insulto. Había estado tan centrado en su propia frustración que no consideró el impacto de su agresión en alguien que, a pesar de todo, lo había estado guiando y protegiendo.
—Frieren... yo... no me di cuenta —murmuró, la vergüenza intensificándose—. Solo estaba... tan enfadado conmigo mismo, con la situación... y lo descargué en ti. Lo siento muchísimo. No quería... herirte.
Frieren asintió lentamente. —Acepto tu disculpa, Naruto. Porque es sincera. Y porque... entiendo la impulsividad. —Un ligero matiz de recuerdo cruzó su rostro—. Pero esto debe ser una lección. Controla esa furia. Canaliza esa energía tuya de forma constructiva, no destructiva. La hostilidad puede romper los lazos más rápido que cualquier hechizo.
Se levantó, cerrando el libro y dejándolo a un lado. —Ahora, levántate. Prepara té. Los demás no tardarán en volver. —Su tono era más suave ahora, casi neutral—. Y después, continuaremos con el entrenamiento. Tenemos mucho trabajo por delante si quieres dominar la magia y encontrar el camino a casa. Solo... intenta tener más cuidado con tus compañeros la próxima vez.
Naruto asintió vigorosamente, sintiendo un profundo alivio y una renovada determinación. —¡Sí! ¡Lo haré, Frieren! ¡Gracias! ¡Y haré el té ahora mismo!
La atmósfera en la cabaña, aunque todavía marcada por los eventos del día anterior, había cambiado. La herida causada por la hostilidad de Naruto no se había borrado por completo, pero la puerta para repararla se había abierto, gracias a una disculpa sincera y a la inesperada profundidad emocional de una maga milenaria.
Naruto escuchó atentamente la aceptación de Frieren. No era cálida, pero era sincera, y la advertencia sobre el control y el peligro era seria. La mención de Himmel, la forma en que ella lo comparó con él, le hizo sentir una extraña conexión, una comprensión más profunda de la maga que rara vez se dejaba ver. Vio la preocupación genuina detrás de la severidad.
—Acepto tu disculpa —había dicho ella—. Porque es sincera. Y porque... entiendo la impulsividad. [...] Necesitas aprender a controlar no solo el mana o tu chakra, sino también tus emociones...
En ese momento, al escuchar la aceptación, al sentir que la barrera helada que ella había levantado se resquebrajaba, una ola de puro alivio inundó a Naruto. Fue tan abrumadora, tan repentina, que actuó antes de pensar. Olvidando la distancia habitual, la reserva de la elfa, simplemente reaccionó como lo haría en Konoha con alguien a quien apreciaba profundamente después de una pelea o un malentendido grave.
Dio un paso adelante y, sin previo aviso, abrazó a Frieren.
Fue un abrazo rápido, impulsivo, casi un choque. La rodeó con los brazos, apretando por un segundo, la cabeza apoyada torpemente en su hombro. —¡Gracias, Frieren! ¡De verdad! ¡Lo siento tanto! ¡No quería...!
Frieren se quedó completamente rígida en sus brazos. Sus ojos dorados se abrieron de golpe por la sorpresa, su cuerpo tenso como una cuerda de arco. El contacto físico inesperado, especialmente uno tan cargado emocionalmente, era algo para lo que mil años de existencia no la habían preparado del todo, al menos no viniendo de alguien como Naruto. El grimorio que sostenía cayó al suelo con un golpe sordo.
Fue solo un segundo, pero en ese breve instante, mientras la abrazaba, Naruto sintió algo más que alivio. Sintió un profundo afecto por esta extraña y exasperante maga. Sin darse cuenta, a lo largo de los meses, de las batallas, de las noches junto al fuego, de las lecciones de magia y las búsquedas de anillos perdidos, se había encariñado enormemente con ella. No era solo una compañera de viaje o una maestra; se había convertido en una amiga, una figura casi... familiar. La idea de haberla herido de verdad, de haber roto ese vínculo, le había dolido de una forma que le recordó vagamente al miedo que sentía de decepcionar o perder a Jiraiya. No eran iguales, por supuesto, pero la intensidad del miedo a perder esa conexión, esa guía peculiar, había sido sorprendentemente similar.
Tan rápido como lo había iniciado, Naruto se dio cuenta de lo que había hecho. Sintió la rigidez de Frieren, vio sus ojos desorbitados por encima de su hombro. Se apartó de golpe, el rostro encendido de rojo.
—¡Ah! ¡Lo-lo siento! ¡Mucho! —tartamudeó, retrocediendo varios pasos, agitando las manos—. ¡No sé por qué hice eso! ¡Fue... fue el alivio! ¡O algo así! ¡Perdón, perdón!
Frieren permaneció inmóvil por otro segundo, parpadeando lentamente mientras procesaba el abrazo y la rápida retirada de Naruto. Se ajustó la túnica, aunque no había nada que ajustar, y evitó su mirada, un casi imperceptible rubor subiendo por su cuello, algo que Naruto nunca había visto y que probablemente nunca volvería a ver.
Recogió su grimorio del suelo con una dignidad forzada. —No... vuelvas a hacer eso —dijo, su voz un poco más aguda de lo normal, antes de aclararse la garganta y recuperar algo de su compostura habitual, aunque la frialdad había sido reemplazada por una clara y desconcertante confusión—. Prepara el té, Naruto. Ahora. Y luego... entrenamiento.
Se giró rápidamente y se dirigió a su rincón, abriendo el libro pero sin duda sin leer una sola palabra, dejando a Naruto increíblemente avergonzado, pero también con la extraña sensación de que, a pesar de todo, algo fundamental en su relación acababa de cambiar.
El aire en la cabaña se sentía extraño, cargado de una quietud casi tangible, cuando Fern, Stark y Sein entraron después de su salida al pueblo. El fuego crepitaba suavemente, y la luz de la mañana llenaba el espacio.
Vieron a Naruto cerca de la zona de cocina improvisada, concentrado con una intensidad inusual en servir té en unas tazas. No parecía enfadado ni angustiado como cuando lo dejaron, pero sí notablemente... cohibido, evitando mirar hacia el rincón donde Frieren estaba sentada.
Ella, por su parte, tenía un grimorio abierto sobre el regazo. A primera vista, parecía tan absorta como siempre, pero había una rigidez casi imperceptible en su postura, y sus ojos, aunque dirigidos al libro, no parecían estar leyendo realmente las runas. Era una calma forzada, una fachada tras la sorpresa del abrazo impulsivo de Naruto.
—Eh... ya volvimos —anunció Stark, dejando las provisiones con cuidado, sintiendo la atmósfera peculiar—. ¿Está todo... más tranquilo?
Naruto se sobresaltó ligeramente y se giró, ofreciendo una sonrisa tensa. —¡Ah, sí! ¡Hola! ¡Todo... todo bien! Estaba haciendo té. ¿Quieren un poco?
Fern observó a Naruto, luego a Frieren, y de nuevo a Naruto. Notó la falta de hostilidad, el nerviosismo de Naruto que ahora parecía más vergüenza que ira, y la quietud forzada de Frieren. —¿Pasó algo? —preguntó con cautela, aunque ya intuía que la confrontación había ocurrido, pero con un resultado diferente al esperado.
Frieren levantó la vista, su expresión neutral, aunque quizás un poco más rápido de lo normal. —Naruto se disculpó. Acepté su disculpa. Fin del asunto. —Su tono era llano, buscando cerrar el tema, pero carecía de la frialdad cortante de antes—. Ahora estábamos... esperando el desayuno. Trajeron pan, ¿verdad?
Sein sonrió para sus adentros, observando la escena. La torpeza de Naruto, la compostura ligeramente forzada de Frieren... estaba claro que había habido una reconciliación, aunque fuera una muy al estilo de ellos dos: incómoda y sin grandes aspavientos. La tormenta emocional había pasado, dejando tras de sí una calma un poco extraña, pero calma al fin y al cabo.
—Vaya, vaya —dijo Sein en voz baja, acercándose a dejar sus propias compras—. Parece que mientras buscábamos comida, aquí se sirvió un plato de humildad con guarnición de abrazos inesperados, ¿eh?
Naruto se sonrojó violentamente ante el comentario de Sein, mientras Frieren fruncía el ceño levemente en dirección al sacerdote antes de volver a fingir interés en su libro. Stark simplemente parecía aliviado de que no hubiera gritos ni hechizos volando.
—¡C-cállate, Sein! —tartamudeó Naruto—. ¡Solo... solo hice té!
—Claro, muchacho. Té —replicó Sein con un guiño—. Bueno, sea como sea, me alegro de que las aguas hayan vuelto a su cauce. Ahora, ¿qué hay de ese pan? Este futuro aventurero tiene hambre.
La tensión se disipó un poco más con la intervención de Sein y la perspectiva de la comida. Fern comenzó a desempacar las provisiones, Stark se ofreció a cortar el pan, y Naruto, aunque todavía visiblemente avergonzado, empezó a servir el té a los demás. La crisis había terminado. Se habían reconciliado, a su manera única y extraña. El viaje podía continuar, con su dinámica de grupo intacta, aunque quizás con una nueva capa de comprensión (y torpeza) entre el ninja y la maga
Fin del capitulo 10Bueno chicos aqui termina el capitulo 10 de esta historia, es un capitulo mas largo de lo usual pero creo que eso no les molesta, ¿Que les pareció el capitulo? El siguiente capitulo dará inicio al siguiente arco, que será el del Examen de magos de primera clase. Asi que estén atentos a las actualizaciones.Por cierto… No hay nada romántico entre Naruto y Frieren… por si alguien pensaba eso Solo que se encariñaron entre si.
Frieren le recuerda lo que fue Jiraiya para Naruto y Frieren le recuerda mucho a su amigo Himmel. No hay nada romántico.
Para Naruto: Frieren representa una figura de guía y una amiga importante en este nuevo mundo, alguien cuya pérdida le dolería de forma similar a perder a Jiraiya.
Para Frieren: Naruto, con su impulsividad, determinación y lealtad, le recuerda a Himmel, lo que provoca en ella reacciones inesperadas (como molestia ante su hostilidad o una pizca de afecto disimulado), pero basadas en el recuerdo y la comparación con Himmel, NO EN INTERES ROMANTICO.
Espero haber dejado muy en claro ese tema.
Tambien si iba a poner una batalla entre Naruto y Frieren pero creo que Frieren nunca aceptaría el reto. Aunque si tengo escrita la batalla, solo esta ahi guardada.
Otra Cosa! Termine la primera temporada de mi FANFIC de Spider-Man X My Hero Academia: Un Heroe ajeno. Agradecería que le echaran un vistazo y la apoyaran, de verdad, y son capitulo muy largos asi que tendrán algo que leer.Muy bien! Hasta la próxima! Gracias por leer!
