Aquí vamos otra vez…

Anotaciones:

Y hemos vuelto.

Disculpen la tardanza. Tuve un bache inspiracional bastante importante para la escritura de esta cosa, más cosas de la vida, más tener que actualizar el resto de historias y más falta de inspiración. Son cosas que suceden.

Quizás, si las ganas de escribir y las ideas me acompañan, no dentro de mucho debería finalizarse esta introducción.

Por cierto, he de aclarar que se han hecho cambios mínimos en cuanto algunos aspectos, más estéticos que otra cosa, de la historia (ahora el Rasengan será de color amarillo como en el manga y los ojos de Ranni cambian de color según qué poder de sus progenitores convoque. Tonterías sin demasiada importancia).

Disfruten.

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Pugna Divina

~~Introducción~~

Capítulo 5: Kurama, Señor de la Destrucción

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"Somos Kurama, Señor de la Destrucción."

El anuncio fue dado con una petrificante frialdad, déspota crueldad que en momentos se convertiría en una dolorosísima realidad, en muerte y sangre. Alguno reiría con soberbia, exaltado, pensando que este individuo era un loco, si de antemano no hubieren sido alertados por la mismísima Voluntad Mayor acerca de la fragmentación y violación de su orden, efectuados por la intromisión no permitida del ser superior.

Una máscara blanquecina como un hueso, con la gesticulación de una deidad demoníaca y una hendidura ovalada, cual párpado, en mitad de su frente. Visibles eran solo sus ojos, que despedían una congelante sensación de muerte de cegador y pálido amaranto. Una armadura segmentada, similar a la de los guerreros de las tierras del Cañaveral, de decoraciones violáceas y bordos y motivos prosaicos de leyendas perdidas en el misterio del tiempo, flamas y algo más. Del cuello colgaba un collar con seis magatamas, refulgentes en rojo y dorado. Los guantes negros cubrían sus manos que, en la diestra, sostenía una katana enteramente cenicienta, límpida y mortalmente peligrosa en su filo; susurraba en el viento con el simple chocar de este contra ella, la divina extensión del imponente Señor de otra magnitud: Dios de la Destrucción. Los pies se descubrieron un poco al él dar el primero de los pasos, revelando unas largas piernas pálidas, en la planta de los pies unas sandalias planas de madera ébano.

Se asimilaba como el tipo de guerrero o deidad destructiva que él mismo o sus lectoras de dedos habían anunciado, pero con las subestimaciones corrían los mortales incompetentes. Esto, muy bien, todos lo sabían.

Un vasto ejército parado sobre las llanuras más orientales de las Tierras Intermedias; entre los pastizales de verdoso y soleado resaltaban las figuras armadas, encerradas en suntuosas piezas de metal, que rodeaban, guardando una distancia segura, aquel sauce, de fogosas hojas anaranjadas y tronco negro, antinatural, tanto como el ser que lo custodiaba.

En su dragón montado el divino campeón áureo de los gobernantes mayores de las vastas tierras. Parte de sus rizos dorados se escapaban de su casco, y él se dispuso a las negociaciones que no duraron mucho con el extraño. Sus palabras fueron escuetas pero directas, llenadoras y advertidoras. No habría paz en aquel día de batalla. Correría la sangre.

Primero cayeron los soberbios hijos de Márika de menor rango, no tan alabados y ensalzados, muy probablemente olvidados en los añales incluso con su heroica voluntad de luchar contra lo que más tarde se convertiría en la mayor pesadilla, y en el mayor provocador de insurrecciones, de todas las Tierras Intermedias.

Un movimiento rápido, elusivo, hicieron caer a la primera línea de batalla, y Godwyn el Dorado no dudó más y ordenó el abalanzamiento de la multitud. Sin dudas se arrepintió tras los eventos, pues el invasor divino resistió el embiste y combatió, individual y conjuntamente, contra quien se cruzara por su camino. Gráciles cortes y esquives de un bailarín y artista de la batalla, alguien que iba tan seguro y que desperdiciaba tanto talento y experiencia que dejaba boquiabiertos y enervaba la sangre de envidia de sus adversarios, a su vez de rabia por verse incompetentes e incapaces de asestar tan siquiera un golpe.

No escatimaba en el combate, pero tampoco se lucía el dios destructor. Daba rienda suelta a sus habilidades, aunque ciertamente se contenía para no aburrirse en poco tiempo, aniquilando a la totalidad de adversarios.

Godwyn pidió que arribaran las fuerzas de mayor grado, las élites de la batalla. Varios semidioses fueron guiados en manada; muchos hijos bastardos y olvidados de la reina eterna. Sin embargo, cuando a la figura ya llegaba la nueva oleada, Godwyn descubrió que un grupúsculo que él mismo envió alcanzó aquel árbol tan singular en medio de la llanura, quemándolo tal como ordenó. Craso error que terminaría pagando con una explosión repentina que terminó por acabar con la vida de centenares, si no miles de soldados y dragones montados por estos en el campo de batalla, siendo quemados y despedazados por una onda vaporosa y vertiginosa de calor y poder; la servidumbre albináurica siendo licuada en charcos que rápidamente se esfumaron con el viento y la energía divina.

El Dorado admiró el campo de muertos y moribundos con terror y algo de animadversión, pues entre esos seres muertos estaban sus amigos, tanto dragones y bestias e inferiores, como llamaba la Orden Dorada a todo ser no proveniente de su progenie, como aquellos hermanos y hermanas de sangre noble con los que creció. Todos asesinados en un instante. Su propio dragón de aspecto mortecino suspiró y rugió débil.

"Idiota… el árbol estaba sellando nuestro verdadero poder." Resonó la potente voz del dios, proveniente de todos lados y de ninguno a la vez. "La próxima vez no seas tan ingenuo, y la próxima vez unan todas sus fuerzas para derrocarnos. O si no los gobernaremos como a la plebe más pobre y desagradecida."

Delante de Godwyn el Dorado, el ilustre, galardonado y amado montador y adiestrador de dragones que supo anteponerse a la invasión de estos liderados por Gransax y que ahora se encontraba medio tirado, intentando reanimar a su compañero de batalla el Dragón liche Fortissax, se personó la figura que parpadeaba en áureo ancestral, veteado con lánguidas líneas de negra penuria y mortandad. El que decía ser Kurama, un Señor de la Destrucción, frente a él.

"Trae a todos tus padres, hermanos, primos, hijos y sobrinos." Dijo la deidad con una rugiente vociferación espectral. "Convence a las especies, razas y dioses de que somos una amenaza real, y no tan solo unos viajantes pasajeros que se divierten con las singularidades de estas vastas tierras. Si no se reúnen y nos derrotan, nosotros los condenaremos."

Y así, con un simple retazo de su poder, el ser más que divino y destructivo golpeó Fortissax en el vientre, dándole la suficiente fuerza como para mandarlo de regreso a la capital, a Leyndell.

Radagon y Márika, así como la Orden Dorada, subestimaron a su tremebundo rival. Godwyn también, al creer que siquiera uniendo todas las fuerzas del mundo podría hacerse algo. Pero no quedaba alternativa. Y por algo el Señor de la Destrucción lo eligió como su encomendado.

~~o~~

Semanas después, acompañado por su nueva figura de padre, que iba seguido por sus dos hijos semidioses varones con la reina Caria, y por su reina madre, que trajo consigo a sus dos últimos vástagos, un ejército conjunto de las mayores fuerzas de las Tierras Intermedias comandado por Godwyn se paró en las ahora tierras áridas de Caelid, hace no mucho un hermoso y enorme campo próspero en el borde oriental del sano mar.

Un gigante, pero no tan enorme, Radahn estaba allí. Un Rykard gallardo y avaricioso, pero todavía con muchas cosas por aprender y un sentido del apego desarrollado. Una Malenia veloz y hábil, pero joven y no tan experimentada. Todos se unieron a la guardia real que era liderada por el Dorado y su padrastro; esto se hacía así porque, obviamente, no muchos simpatizaban, sobre todo los hijos de la Casa Lunar, con lo que representaba el pelirrojo: héroe y campeón elegido de la Orden Dorada, aquel que abandonó a su prole con tal de cumplir su deber. En general, la gente admiraba más al «hijo bueno de Márika», como solían llamar a Godwyn.

Se armaron las catapultas, se lanzó cantidades de magia y proyectiles irrisorias para el invasor divino, quien simplemente se mantuvo estático, recibiendo los golpes pero no dañándose; un pozo en la tierra lo rodeaba, pero él permanecía inmóvil en un pilar indestructible, tan recio como su propia voluntad.

"No lo acabaremos así." Dijo Radagon, solemne y serio. Encapuchada la reina eterna los acompañaba para darles sus bendiciones a todos, para inspirar los corazones hasta el absurdo. En campamentos, en torres de madera construidas a la rapidez del evento, los magos de Caria preparaban sus cañones mágicos más potentes y prohibidos. "Tendremos que cargar y esperar que las fuerzas combinadas lo aniquilen."

Y el cabeza rojiza tenía un punto: ni los rayos de antiquísima hechicería de los más fuertes y célebres miembros de la Academia de Raya Lucaria, incluyendo a su Reina de la Luna Llena, eran capaces de penetrar a aquello que defendía el terreno inmediato del invasor divino, proveniente del exterior desconocido.

Godwyn asintió, y dio la orden. Aunque a sabiendas de que, con un mero chispazo, la deidad invasora los podría desvanecer y convertirlos en polvo y ceniza.

"¡Carguen!" Anunció a los sucedáneos generales de las vastas fuerzas que cubrían una increíble porción del árido páramo donde solo resaltaban, de cuando en cuando, la opaca brillantez de las armaduras de los caídos de no hace demasiado. Aun así, embravecidos los luchadores de las Tierras Intermedias aullaron con orgullo y ganas de demostrarse a sí mismos que merecían estar vivos, algunos lo hacían por la gracia divina de, quizá, poseer algo de la reina eterna, aunque sea un saludo.

Los dragones volaron y escupieron sus llamaradas en la forma imperturbable. Los arqueros lanzaron sus flechas metálicas, gigantes, de fuego o mágicas en miríadas prácticamente irreconocibles. No obstante, todo ello ni sirvió para despeinar a su fiero rival, que se mantenía erguido cual estatua.

Una vez lo proyectiles demostraron ser lo suficientemente inútiles como para descartarlos en absoluto, la primera línea de trols de Caria se abalanzó con gruesas espadas a la deidad invasora. Éste, por fin, se movió y se lanzó a la trifulca; perfumistas ya haciendo su labor de apoyar a los del frente y preparándose para curar y resarcir las heridas de los que caían.

Los espíritus de leyendas combatían, el invasor divino atravesaba el cuerpo de los trols cual bala de cañón explosivo, destrozando y esparciendo sus entrañas. A los dragones le lanzó unas armas giratorias de cuatro puntas que cortaron sus cabezas limpiamente. Con sus katanas y demás armas de proveniencia cañaveral se deshacía de los guerreros que poco y nada suponían en su camino. Ahora el invasor turnaba entre una katana negra y otra blanca. Las dos ecuánimemente mortales.

Respondiendo a las acometidas, el mismo invasor lanzaba fuego y agua por la boca, formulaba rayos y torbellinos en su derredor y en la extensión metálica de sus desusadas armas. La tierra y la arena se rompían y construían muros defensores y retenedores en favor del invasor divino, quien se aprovechaba de esto para tirar miríadas de armas punzantes y otras formuladas como estrellas. Congelaba a su paso, derretía a sus lados con vapores y ácidos, fuego tan caliente como el sol y microtormentas tan espectaculares como las que rodean los restos de Farum Azula avanzaban sin cesar en torno a él. Los elementos, fuego, agua, tierra, rayo y viento, el mundo a su alrededor le correspondía y le respondía como un entregado sirviente a su amo sentado en su enaltecido e inalcanzable trono.

Hasta que se cansó, y la Bestia apareció en toda su magnitud.

En un pilar de fuego y llamas ignífugas, la Bestia Dorada hizo acto de presencia. Nueve colas ondulantes, unos rasgos como vulpinos y brillante forma espectral. Allí comenzó la verdadera masacre.

Y cuando Godwyn y los otros pretendían abalanzarse, el mismo invasor divino los arribó personalmente, en la forma corporal de antes, en pleno campamento real; los solados inmovilizados del pavor. El Dorado desenvainó y, sin muchas premeditaciones, se arrojó y cortó mientras el invasor parecía querer enfilar para su madre y padrastro.

Godwyn respiró arrebatado por el dolor y el pánico cuando la katana negra y límpida del invasor le cercenó el brazo retenedor de su propia espada. Acto seguido, el invasor divino le clavó hondo en el pecho una daga con forma de cuña en el pectoral izquierdo, atravesando su corazón.

"Gracias por atender a nuestras peticiones. Nuestra injerencia será rápida por ti, y agradecidos eternamente te estamos, Godwyn el Dorado." Le dijo el invasor exterior previamente a decapitarlo.

El hijo pródigo de Márika muerto.

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Márika observaba como obnubilada. Rápidamente, los hermanos Caria y la espadachina Malenia tomaron posiciones. Aunque de poco serviría.

Rykard preparó su espadón, ancho y dorado, con decoraciones que remitían a la Orden, de los hermanos Caria el más cercano a ellos, y Radahn hizo lo propio con sus dos espadones gemelos, tan negros como las piedras meteóricas de los ancestros estelares. Y así comenzó la primera batalla que de verdad interesó a la deidad invasora, o por lo menos se tomó el suficiente tiempo como para alertar a sus rivales y esquivar sus primeros golpes con la gracilidad que acostumbraba.

Rykard usaba potencia y hechizos mágicos para contrastar al invasor. Mientras que Radahn se decantaba por atraerlo a trampas gravitatorias, cargando ferozmente con sus espadones girando sobre su eje cual rueda. El invasor se defendía con choques de metal de su katana, a veces las dos, que siempre lo dejaban sin poder a respuesta, anulándolo para un contraataque. O, al menos, así se mostraba él, concentrado en la batalla.

Un disco de luz, posiblemente lanzado por Radagon, casi lo atraviesa tras evadirse de una patada que resquebrajó la tierra de Rykard, y un sorpresivo disparo de atracción lo llevó al invasor de blanca melena a ser testigo del primer golpe, convocado por los dobles espadones del pelirrojo menor.

Eso, consecuentemente, provocó un choque de energía que sacó a volar a los soldados que miraban incrédulos como el invasor, claramente, jugaba con las deidades, bailaba con ellas.

En el fragor de la batalla, se unió una contendiente que dos de sus extremidades eran de un oro purificado, y no porque viera en él un punto flaco, sino porque el invasor, en su tremenda explosión de abrumador poder, destrozó la tienda en donde se ocultaba el eternamente joven Miquella, quien desde las sombras procuraba dar su apoyo debido a su obvia ineficiencia en lo físico.

Detrás de la máscara del albino invasor, los ojos se entornaron entretanto intercambiaba veloces combos de golpes de sus katanas con la mujer pelirroja, enardecida por la furia. Perdía la calma con facilidad en cuanto se inmiscuía la integridad de su hermano en el asunto, pero fue una excelsa luchadora. Una espadachina con ya algo de renombre que sin dudas alcanzaría nuevas cuotas de habilidad y perfección en el arte que manejaba tan escrupulosamente.

"Ni tan mal." Dijo la deidad invasora. "Pero novata al fin y al cabo."

Y de este modo el invasor aumentó la frecuencia de sus ataques dejando a la pelirroja agotada y en desventaja. En un invisible movimiento, el enmascarado bloqueó la espada de la pelirroja con una de sus dagas puntiagudas y le otorgó un tajo horizontal que le abrió una sangrante pero superficial herida, más tarde apartándola de una simple patada cuando ella cayó presa de la impresión y, en parte, del miedo de casi ser duramente rajada por el negro filo. El invasor no lo hizo porque quiso. Porque quería jugar y divertirse más.

El polvo y la humareda asentándose a su derredor, dejando ver a guerreros que querían interceder. Sin embargo, antes de que Radagon, Rykard y Radahn, apoyados por una distanciada Márika, pudieran hacer algo, unos seres idénticos al invasor divino se crearon del mismo aire, empuñando cada uno un arma igual y una armadura y cobertura de rostro sin diferencias; quizás lo único que resaltaba distinto fue el aura que rodeaba al dios exterior, muy notable en las capacidades sensoriales de la realeza áurea y lunar.

"¿Cómo…?" Musitó Malenia cuando esto sucedió, aunque fueron raudamente interrumpidas sus preguntas por el corte inquebrantable del invasor.

"Concéntrate. Y concédeme una buena pelea, niña." Habló el hastiado ser celestial. Un atisbo de excitación por la batalla en las palabras.

Se inmiscuyeron otra vez en la danza de metales chocantes. Fuera de su combate Radahn invocaba la caída de meteoritos. Rykard destrozaba el terreno y pretendía asestar golpes demoledores. Radagon usaba encantamientos en dorado de inmensas áreas mientras se enfrascaba contra una de las copias del invasor. Y Malenia apenas pudo preguntarse por qué a ella le tocó ser la que se enfrentaba al divino invasor en toda su magnificencia. Tal vez no importaba y fue al azar, o puede que al visualizar su cólera por lo que hizo con su hermanito se sintiera extasiado de placer, queriendo humillarla y vapulearla hasta el extremo.

La reina eterna miraba impotente en su sitio, por alguna razón estática, no siendo capaz de asistir demasiado a los guerreros.

Malenia desplegó todo su material como maestra de la espada, usando cada postura y cada consejo como experiencias recogidas para luchar contra el soberbio ser que claramente la aventajaba. Nada de lo que pudiera o se propusiera hacer podía defenestrar la impecable, inexorable guardia del sujeto de cabellos cenicientos; vivía sencillamente en otro espacio donde predecía sus movimientos como viendo el futuro. Incluso sus tácticas quedaban desnudadas ante la adversidad del hombre… No del animal de la guerra que combatía y más bien se reía en silencio y con aires superiores de ella, con la mueca seguramente divertida que ocultaba con mezquindad tras el níveo lechoso de las fauces demoníacas de su máscara.

Aunque ya no tan impoluta se encontraba su máscara pues en el intercambio ya se había cubierto de tierra y sangre de los pobres infelices que tan solo generaron rasguños a su armadura imperial.

El rugido bestial seguido de una explosión astronómica brilló en el horizonte lejano, y esa distracción le costó caro a la Espada de Miquella, siendo derribada y su brazo protésico arrancado y despedazado por violento agarre. Un golpe de una patada lateral en su cráneo mandó a volar su casco alado.

Un tanto ciega y parándose sobre sus endebles piernas, la última hija de Márika vio como el general del caos se paraba justo delante de ella, a unos cuantos palmos. Atormentada por el hecho de perder y que su hermano sufriera las consecuencias (hermano que perdió de vista tras la explosión; esperaba que Finlay haya acatado la orden de evacuarlo ante la primera chance como Malenia pidió). Agobiada por la desdicha de su situación, los susurros en su cabeza arañaron los últimos brotes de su autoconsciencia, derrumbándola y empujándola al abismo de la desesperación.

Alas florales, rojas y casi espectrales, similares a grandes protuberancias aladas de una mariposa naciente, surgieron de la espalda de Malenia. Un torrente de poder y podredumbre circulando por sus venas y por sus órganos. Por cada pedazo de su ser. Iba a inmolarse. Iba a reventar todo con tal de proteger a su hermano. No obstante, la corriente se desvaneció de un momento a otro, una palma puesta en su espalda baja le arrancó sus nuevas alas con un destello de calor invisible. Y entonces…

"Luchaste bien, Malenia. Pero no puedo dejar que corrompas el futuro dominio."

Subsiguientemente, un golpe con el mango de la katana del invasor divino bastó para despacharla al mundo de la inconsciencia total, mas luego el invasor la atizó con un duro puñetazo que le quebró la columna, mandándola muy lejos, fuera del combate final.

Radahn y Rykard habían caído: el primero sin brazos y desangrándose, el segundo con un hueco aberrante en su caja torácica, probablemente muerto. Ambos se deshicieron de sus copias o estas se fueron al cumplir con su cometido, reduciendo a los distractores mientras el mandamás jugaba con la espada con la niña pelirroja.

Aunque, hubo uno que se mantenía de pie, desafiante, herido y con una lanza dorada clavada en la espalda de su ser copiado que rápidamente se transformó en viento y humo. Quedando solo dos figuras en la batalla.

Un fulgor estalló dando fruto en un árbol áureo que, con su magnífica aura, combinó sus fuerzas con el luchador bermejo, de armadura semidestrozada, medio pecho al descubierto. El invasor, intocable aún.

Una breve mirada de los adversarios. Y ambos atacaron, uno inspirado por su reina eterna, el otro salpicado por el divino poder de su ansia de conquista. Radagon, al luchar con lanzas que imaginaba al momento, tenía la ventaja de la distancia, aunque una vez el enmascarado se arrimaba a combate más cercano el pelirrojo sufría las consecuencias. Mantenerlo lejos era una misión demasiado compleja. Y además, aparentemente, el dios invasor no parecía estar dando todo de sí, quizá un poco consumido por la batalla contra dragones y ejércitos que daba la Bestia Dorada en el otro frente, parte de su ser y poder si había que suponer.

Pero eso no sostuvo ni equilibró en demasía la balanza, más cuando el enmascarado produjo aquellas esferas amarillentas de mediano tamaño, pero de inmensa destructividad. Las lanzas se rompían en mil pedazos luminiscentes que caían al suelo sin gracia. Y poca gracia le hizo a Radagon esta nueva habilidad. Aún menos satisfecho se halló cuando el peliblanco se apareció delante de él, sin nada que justifique esa explosión de velocidad. Casi como si se hubiera teletransportado.

Con un grotesco crujido, el enmascarado partió el brazo con el que sostenía la lanza el pelirrojo. Sin embargo, con un brillo dorado creado del árbol áureo en miniatura de varias decenas de metros que se creó a partir de los poderes de la reina, Radagon reacomodó su extremidad y volvió al enfrentamiento, sabiendo que ya nada y poco podría probar contra este ser invasor.

Cuando se preparaba para un nuevo arremetimiento de su rival, talvez usando esa extraña habilidad de movimiento instantáneo, el enmascarado desvió su visión al horizonte. Y Radagon casi se vio tentado por aprovechar la distracción, si no fuera porque a él también lo atrajo aquello que acontecía en la distancia.

En los cielos grises, oscuros y atiborrados de rayos y bestias flotantes, una magnitud dorada tan vasta como un colosal dios de los gigantes, la Bestia Dorada, se posicionó con sus apéndices creando unas extrañas esferas de coloración cárdena, muy sombrías e inestables. Radagon ni Márika lo vieron venir, pero el disparo contra la tierra acabó con todos los soldados y con cualquier campo de batalla que hubiere por igual.

En la vastedad de cenizas y nada, el pelirrojo salió de entre las negras arenas movedizas. Atacado por el pánico buscó a su esposa y reina, hasta que la encontró no muy lejos, y por lo visto intacta tras el impacto terrible. La sostuvo en sus brazos con premura y temor, mirando a cualquier lado en busca de la bestia o la figura de hombre que causó esta calamidad.

Y allí, lo vio. Parado, su cuerpo destrozado, más que el de Radagon o Márika. A través de su máscara partida en un lado, se podía contemplar una sonrisa llena de júbilo y pasión. Su ojo expuesto tenía la tonalidad de un amarillo pútrido, fétido y mortal, como los ojos de la muerte misma. Anillos concéntricos. Seis de ellos. Ya no había amaranto. En la frente, por la abertura superior y oval, un tercer ojo abrió perezosamente.

Radagon ahora se percató de que el sujeto tenía las manos unidas, comprimidas en una suerte de mazo o algo por el estilo. Pensó que él atacaría, pero no pasó. Al contrario, el campo ceniciento resplandeció en verde, los cadáveres de sus aliados recomponiéndose mágica y absurdamente.

El tercer ojo de la frente brilló en tonalidades esplendorosas. Y entonces, cuando una gran cabeza de demonio surgía del suelo, emergiendo pilares verdosos y de energía en todo el páramo, el destructor de mundos dio su último mensaje. Una advertencia, una amenaza y una despedida. Desvaneciéndose en la nada, el invasor divino habló:

"Somos Kurama, Señor de la Destrucción, Dador de Vida."

…Continuará…

~~x~~

Anotaciones Finales:

Pues nada. Eso ha sido todo.

Gracias a todos aquellos por leer mis infames ficciones y a quienes aguanten mis extrañas formas. Y, sobre todo, muchísimas gracias a aquellos que demuestran su apoyo para con este hobby de un random de internet.

See you space cowboys…