¡Por fin!

Al fin retomamos la escritura anterior. Ya por fin tendremos el tan esperado encuentro *_* T_T

BTW, es importante recordar que aunque el evento del Ikedaya ocurrió en 1864, en mi historia dichos eventos se retrasaron un año debido a que Kenshin no ingresó directamente al Ishin shishi en las filas de Katsura Kogoro sino que se unió al Sekihotai y en su lugar peleó a campo abierto.


Capítulo 32

"Acuerdos Políticos"

KIOTO 1865

Era entrada la noche cuando la casa de té comenzó a vaciarse de clientes. Dado lo tenso que había estado el ambiente político, más de uno de los residentes de la ciudad optaban por seguir un toque de queda autoimpuesto. La noche afuera era densa, cálida y húmeda. El verano se pegaba a la piel como un segundo aliento. Dentro, las velas titilaban con ansiedad en los faroles de papel.

Katsura Kogorō llegó puntual. Como siempre. Miyabe Teizō ya lo esperaba, sentado en posición seiza con una expresión imperturbable. Su haori oscuro contrastaba con la seda blanca del abanico que sostenía sin agitar. No había cortesía en su mirada, solo paciencia.

El líder del clan Chosu fue llevado a la habitación donde Miyabe residía, alejados de las voces de los otros comensales. Tan pronto cruzó el umbral de la puerta, Miyabe le habló con reproche.

—Te tardaste —dijo, sin mirarlo.

Katsura no se inmutó, sin embargo, e hizo lo propio, sentándose en frente de su compañero mientras permitía que el sirviente le llenase su taza con té.

—Las patrullas se han duplicado desde el incidente en el mercado de Karasuma. -Dijo el moreno a modo de explicación-. Ya no nos movemos tan libres, Miyabe-dono.

Aquello fue un recordatorio, la situación estaba sin duda a borde de estallar y debían de ser cuidadosos. Pronto tendrían que empezar a esconderse. El aludido esbozó una mueca que no alcanzó a ser sonrisa.

—Lo que confirma mi punto: no queda tiempo. Ni espacio.

Katsura bebió de su taza y dejó que el calor le inundase el pecho. Luego habló con seriedad.

—He leído la reinterpretación del plan de Momiji sama. Yumi dono me confirmó tu intervención.

—Intervención no —corrigió Miyabe—. Precisión. Las revoluciones se hacen con cuerpos. No con sombras.

Ahí estaba el asunto que Katsura debía refutar. Todo el plan le parecía una tontería.

—Y aún así me pides que use a una niña como bandera ensangrentada.

—Te pido que reconozcas el símbolo que esa niña representa —replicó Miyabe con dureza—. La princesa de Kioto, heredera de un linaje que los campesinos aún reverencian como sagrado. No es una niña. Es una llama.

"Y si no arde... jamás encenderá a los demás." Fue lo que quiso decir y Katsura lo entendió. Mas no por eso significaba que estuviese de acuerdo. Como eran las cosas, ya se sentía suficientemente culpable de las almas arrastradas a ese conflicto y que luchaban por su causa.

Katsura apretó los labios.

—El plan de Momiji sama buscaba simular la muerte de Kaoru miko Sama. Crear el sacrificio sin ejecutarlo. Era un acto simbólico, suficiente para mover la fe del pueblo sin derramar su sangre. Tu sugerencia es otra cosa. -Acusó.

—Mi sugerencia es realismo —dijo Miyabe sin parpadear—. Estamos en 1865, Katsura-dono. El bakufu ha desplegado agentes dobles entre nuestras filas. El shinsengumi ejecuta sin juicio y los templos están siendo vigilados. Las aldeas que protestan son quemadas. Los que rezan son interrogados.

—¿Y por eso crees que el siguiente paso es asesinar a nuestra figura más pura? -Cuestionó Katsura elevando la voz una octava-. ¿A la única miko a quien los sectores bajos y medios del pueblo aún siguen como guía espiritual?

Miyabe lo miró fijamente. Sus ojos eran tan serenos como crueles.

—Por eso mismo. -Sentenció.

Katsura se irguió, el tono de su voz se tornó más grave.

—¿Y si la esperanza se convierte en rabia? ¿Y si, al ver su cuerpo, el pueblo no se levanta contra el shogun, sino contra nosotros?

Hubo un breve silencio en donde ambos hombres se medían uno al otro con la mirada. Al final Miyabe respondió con la misma frialdad de antes.

—Entonces la historia nos juzgará. Pero con fuego se purifica la carne. Y Kaoru-miko sama… -El hombre se interrumpió de pronto, bajando la mirada; bebió de su taza como si necesitase de ese gesto para darse seguridad-. Kaoru-miko sama ha sido cuidada como un relicario. Es tiempo de que se convierta en una reliquia.

El silencio que siguió fue frío. No por la temperatura, sino por el abismo que se abría entre ambos hombres. El líder del clan Chosu afiló la mirada.

—¿Ella lo sabe? —preguntó, tras una pausa.

—No —respondió Miyabe, sin una pizca de duda, aunque sin poder mirarlo a los ojos—. Y no debe saberlo. Cuanto más auténtica sea su fe, más verdadero será su sacrificio.

—¿Y tú puedes dormir con eso?

Miyabe lo miró como si la pregunta fuera irrelevante, a pesar del disgusto tan claro en la expresión de su compañero.

—No busco dormir. Busco que el emperador regrese a Kioto. Y para eso, el fuego debe hacer temblar al bakufu. Y nada arde más que la muerte de una miko venerada por el pueblo como realeza.

Katsura se levantó con rigidez mientras sentía un sabor agrio en la garganta, manos en puño.

—No acepto tu propuesta. -Declaró.

—Pero tampoco la detienes. -Sonrió Miyabe.

Katsura no respondió. Su silencio fue más duro que cualquier palabra. No lo consentía pero tampoco lo detendría, simplemente no tomaría parte.

—El incendio de Kioto es inminente —añadió Miyabe, como quien arroja el último fósforo sobre el papel—. Puedes negarlo ahora, pero cuando los tejados ardan, y el pueblo grite, y el shogunato se tambalee… recordarás esta conversación.

Katsura se dio media vuelta, el corazón pesado. Antes de cruzar el umbral, habló sin mirar atrás:

—Y si ella muere… la sangre no limpiará nada.

Miyabe no contestó. Solo se inclinó. Como un sacerdote ante su altar.

... ... ...

Durante todo el camino de vuelta a la posada en la que de momento residía, Katsura no paró de sentirse asqueado de sí mismo; la impotencia al ser consciente de que estaba atado de manos lo hacía cuestionarse de su papel como líder. Si no podía controlar a sus propios aliados, ¿cómo esperaba poder liderar a todo un pueblo?

Tras llegar a sus aposentos, se bañó y tomó la cena en su cuarto en compañía de Ikumatsu, aquella geisha a la que amaba desde antaño y a quien deseaba pronto hacer su esposa. Pero incluso en su compañía, la angustia que sentía no cedió.

La lámpara de aceite proyectaba sombras largas sobre la pared de papel. Katsura Kogorō estaba sentado junto a la ventana cerrada, bebiendo con lentitud. No había hablado desde que entró. El sake aún no tocaba sus labios con voluntad.

Ikumatsu, envuelta en una yukata sencilla, lo observaba desde el otro lado de la estancia. Sus gestos eran suaves, pero su mirada, filosa.

—No es sólo el humo de los templos —dijo ella, finalmente—. Hay otro tipo de niebla en tus ojos esta noche.

Katsura dejó el cuenco de porcelana sobre el suelo, sin mirar.

—¿Acaso no debería tener niebla, cuando mi ciudad podría convertirse en ceniza?

Ikumatsu se acercó. Se arrodilló junto a él y tomó el cuenco vacío entre los dedos.

—No hablas de batallas. Hablas de decisiones.

Katsura suspiró. Luego se abrió ante ella, contándole sus preocupaciones; Ikumatsu no era sólo una amante para él, sino su más fiel aliada.

—Miyabe quiere sangre. No sólo del shogunato. No sólo de soldados. Quiere la de Kaoru miko Sama.

Ikumatsu no reaccionó con sorpresa. Solo bajó la mirada, pensativa.

—¿Yumi dono sigue con ella?

Katsura lo consideró un momento, recordando las acciones de la ex-miko durante los últimos meses.

—Sí. Pero algo ha cambiado. La noto más callada… más calculadora. Se ha vuelto cercana a Shishio.

Demasiado cercana. Ikumatsu asintió lentamente. Había oído el nombre antes. Makoto Shishio, el nuevo hitokiri favorito del Ishin Shishi. Más joven. Más voraz. Más... flamable.

—¿Y crees que Yumi dono está de acuerdo con el plan de Miyabe dono?

—Aún no. Pero está a una idea de distancia.

Katsura se frotó el rostro. Sus hombros caídos. Su espalda encorvada. Parecía un hombre de veinte años más. El corazón de Ikumatsu se apretujó en su pecho.

—Momiji Sama tenía un plan más limpio. Una muerte fingida. Un escape. Pero ahora… ahora quieren verla morir de verdad. Y me usan a mí para vestirlo de estrategia.

Ikumatsu lo tocó por fin. Una mano sobre su rodilla. Su calor era real, firme.

—¿Y qué vas a hacer, Kogorō?

Él no respondió de inmediato. Cerró los ojos, exhaló lento, y dentro del silencio, una imagen cruzó su mente: cabello rojo, mirada culpable, voz suave pero cargada de acero.

Himura Kenshin.

"Hay una persona a la que deseo proteger. El santuario debe ser protegido a toda costa."

Aquel fue el acuerdo. Himura no pidió una posición, ni un título, ni privilegio. Solo eso. Solo ella. Y Katsura, conociendo el peso que el pelirrojo arrastraba, le había prometido algo aún más difícil:

"Si sobrevives a esta era, si ambos logran mantenerse con vida… entonces haré que tu amor por ella sea legítimo en la siguiente."

Y ahora ese futuro pendía de una sola decisión. De si podía mantener a su propia gente bajo control. De si podía salvar a una joven que todos ya estaban dispuestos a enterrar por adelantado.

Katsura abrió los ojos. Su rostro estaba en sombras.

Pero su resolución, no.


La primera vez que escuchó a Hajime Saito hacerle una petición de escuchar a la miko de Inari, nada menos, Kondo apenas si daba crédito a la escena que tenía en frente.

Él y Saito no eran precisamente nakama(compañeros de lazos fuertes). Si bien ambos eran parte del mismo grupo y luchaban a favor del Shogún, quedaba claro que Saito no era alguien particularmente idealista, incluso si se regía bajo un precepto "el mal debe morir". Aquello dejaba en claro que si el capitán de la tercera división veía mal en el régimen del Shogún, no duraría en levantar su espada en contra de éste. Y tal acción no se podía considerar como lealtad.

Sin embargo, había mutuo respeto entre ambos. Saito incluso admiraba a Kondo en su liderazgo y sus habilidades con la espada, incluso si no compartía su rigidez y su fe ciega en el bakufu. No era además, alguien que se interesase en el juego político; por lo que escucharle decir aquella petición lo dejó descolocado por un segundo.

... ... ...

La lluvia golpeaba los techos con insistencia cuando Saitō Hajime entró en la oficina de Kondō Isami. El comandante alzó apenas la vista de los documentos sobre el escritorio. No se sorprendió, Saito acostumbraba a entrar y salir sin anunciarse y ni una sola vez lo había hecho sin motivo aparente. No. El lobo de Mibu siempre tenía una razón de peso y esta vez no fue la excepción.

—¿Qué es tan importante como para interrumpirme sin anunciarte? -Cuestionó Kondo.

Saitō no se inmutó. Dejó su sombrero mojado a un lado y se cuadró con la calma de quien no teme decir verdades.

—Una joven quiere hablar contigo. -Dijo con soltura, sus ojos paseando por la habitación.

Kondō enarcó una ceja, exasperado.

—¿Otra cortesana jugando a política? -Se burló.

—No. -Contestó Saito al instante, casi interrumpiendo la pregunta, sus ojos por fin clavados en la figura de su superior-. Una miko. Del santuario Fushimi Inari. La princesa de Kioto.

Kondō se recostó contra el tatami. Sus ojos se entrecerraron.

—¿Kaoru-miko sama?

—Ella.

Silencio. El nombre tenía peso.

—Quiere una tregua —dijo Saitō sin más, deseando acabar con aquello pronto—. Y propone algo más útil que palabras: información. Visiones. Predicciones sobre amenazas extranjeras. Información necesaria si queremos que el Shinsengumi prevalezca.

Kondō alzó la mirada por completo. Ahora estaba interesado.

—¿Y tú qué opinas?

—No me gusta. Pero le debo la vida —admitió Saitō con tono seco—. Y si sus visiones son reales, podrían evitar más sangre en nuestras filas. O en nuestras calles.

Kondo afiló la mirada.

—¿Te estás volviendo creyente, Hajime?

—No. Pero creo en la utilidad de quien sabe cuándo va a llover.

Kondō se quedó callado por un momento. Luego asintió lentamente, volviendo después a su trabajo.

—Escucharé lo que tenga que decir. Nada más.

Saito ya se había dado la vuelta, sombrero en mano.

—Eso es todo lo que ella pidió.

... ... ...

La miko de Inari había resultado ser una bocanada de aire fresco, recordó Kondo. Una visión por sí misma. Aunque el entendimiento sobre el por qué era tan venerada no vino simplemente de verla. Si era justo, la joven le había parecido pasable tan pronto lo había tenido de frente.

Había sido su comportamiento y la forma en la que expresaba sus ideales y convicciones lo que había terminado por convencerlo de que podía confiar en ella.

... ... ...

La habitación había olido a incienso y madera de pino, un intento del resto de sus compañeros del Shinsengumi por hacer sentir cómoda a la princesa de Inari. Absurdo para Kondo, pero entendible en cuando a tácticas políticas se refería. La sala era de las más sencillas pero también de las más elegantes, la cual daba además al jardín de bambú. Un escritorio bajo, dos tazas de té que se enfrían.

Kondō sentado como señor de guerra. Kaoru, de pie, recta como un altar, mas sin bajar la cabeza.

—Gracias por recibirme, Kondō-dono.

—No lo hago por cortesía —dice él—. Lo hago porque uno de los míos me pidió que lo hiciera. -Remarcó mientras observaba la respuesta de ella, y descubriendo que le hacía sentir bien el que ella no se descubriese con ninguna reacción en su rostro. —Habla.

Kaoru asiente. Sus manos están entrelazadas, pero su voz es firme.

—El santuario de Inari está perdiendo su neutralidad. No porque lo hayamos decidido, sino porque las balas y las llamas ya no respetan los templos. Y aunque servimos a los dioses, también recibimos a los hombres que los veneran y que tienen, me temo, ideologías políticas propias.

Kondo afiló la mirada. Si bien esperaba cierta justificación por parte de su envolvimiento en recientes eventos relacionados con la revolución, no esperaba que fuese tan bien versada en política como para poder defender el santuario al punto de dejarlo impune.

—Quiero convertirlo en un refugio. Para los niños que quedan cuando sus padres mueren por causas que ni comprenden. Para las familias que han quedado desprotegidas.

Kondō no dice nada. Su ceño apenas se frunce. Aquella petición, más que una noble causa, parece un sueño dulce casi inalcanzable. Demasiado noble para existir en medio de una rebelión que pretendía usar la religión como estandarte.

—A cambio, ofrezco lo que mis visiones me han mostrado —continúa ella—. Intervenciones extranjeras. Colonias disfrazadas de tratados. Amenazas disfrazadas de comercio. No es solo el shogunato o el emperador. El enemigo ya ha tocado nuestras costas… y regresará.

Kondō se ríe. Seca. Breve. No con burla. Con escepticismo.

—¿Y crees que yo, un comandante con hombres por alimentar y espías en cada esquina, voy a apostarlo todo por la palabra de una miko?

Kaoru vuelve a enderezarse. Altiva.

—No. Pero no le pido que lo apueste todo. Solo que no lo destruya cuando el fuego llegue a los cimientos. -Explicó, aunque aquello parecía más una orden. Y Kondo se preguntó quién servía a quién en ese momento. —Le pido un pequeño margen… para salvar lo que sí puede ser salvado.

El comandante del shinsengumi se inclina hacia adelante, tiene ganas de retarla.

—¿Y vuestra excelencia cree poder salvar algo en este país podrido?

Kaoru lo mira directo a los ojos. Su resolución no cede.

—Creo que todavía hay niños que no han aprendido a matar.

Kondō parpadea, descolocado por tal respuesta. Por un instante, ve algo. Una versión de sí mismo más joven. Más limpio. Con la espada aún sin sangre. Cuando sus ideales eran una lucha en blanco y negro y no en los grises matices en los que ahora vive.

—Yo también fui así —murmura para sí mismo.

Kaoru no responde.

Silencio.

Kondo vuelve a mirarla. La dureza en sus ojos, sin embargo, esta vez no responde a un cinismo ni al deseo de frenarla sino a la esperanza de que, tras medirla, aquel ideal olvidado pueda pasar de sus manos a las de ella.

—¿Tienes enemigos? —pregunta él.

—Estoy viva. Así que sí. -Declara.

Kondō asiente con leve resignación, pero con una sonrisa oculta en la comisura de sus labios. -Tendrás tu tregua. -Le dice.

Y aunque Kaoru asiente en una señal de agradecimiento, ella no ha terminado aún.

—Hay algo más que quiero pedir. -Le dice.

Kondo la escucha paciente.

—Durante el conflicto… el santuario debe ser intocable. Tierra neutra, si no puede llamarlo refugio. No solo por los niños. Sino porque incluso la esperanza necesita un lugar donde esconderse del fuego.

Kondō la observa en silencio, meditando. Luego se recuesta, y cuando habla su tono es más duro.

—En una guerra no hay tierras neutrales, Kaoru-miko sama. Hay dos bandos. Dos fuegos. Y tarde o temprano, todo lo demás arde entre ellos.

Kaoru no titubea.

—De los idealistas me encargo yo.

—¿Y cómo planeas hacerlo?

—Porque ya tengo el mismo acuerdo con el Ishin Shishi. -Declara firme. Casi hasta solemne.

Eso lo congela por un momento. No de sorpresa… sino de reconocimiento.

—Haces tratos con ambos fuegos —dice finalmente como advertencia, como si evaluara el filo de una espada prestada.

—Lo hago porque si nadie lo hace, no quedará tierra alguna que salvar. -Le asegura ella.

Kondō se incorpora al fin. La mira fijamente. Por fin asiente.

—Se hará como pides. Tienes mi palabra. -Kaoru es incapaz de ocultar la sonrisa que nace, mas el hombre le añade al instante-. Pero no me pidas que lo defienda si tú no puedes sostenerlo con tus palabras.

Kaoru pasa saliva con dificultad. Y el comandante se recuerda entonces que la joven frente a él, aunque ha madurado a prisa dada su posición, sigue siendo poco más de una niña. La miko se inclina apenas.

—No lo haré.

Aquello es suficiente para Kondo.

—No traicione esto, Kaoru-miko sama. Porque no le daré una segunda oportunidad.

Kaoru inclina la cabeza. Solo una vez. Sin quebrarse.

—Doumo arigato gozaimasu(Muchísimas gracias).

... ... ...

De aquél arreglo hacía ya una semana. La princesa de Kioto había partido al día siguiente de su reunión. Y aunque en las calles de Kioto se rumoraba sobre una posible alianza entre el Shinsengumi y el Santuario Inari, no había ni una sola persona en todo Kioto que dudase de la inocencia de la miko de Inari.

El comandante pensó entonces que quizá ellos debieron de haberse aliado con la joven miko desde el inicio de los disturbios. Ahora ya era tarde. Y lo único que podía ganar de tan acuerdo, era la ventaja en cuanto a encuentros con amenazas extranjeras.

Hasta ahora, todo cuanto Kaoru miko sama les había informado, había resultado cierto.

¿A dónde iremos ahora, Kondo dono? -Le cuestionó Okita, cuya división llevaba acabo aquella misión encubierta.

Kondo le entregó la carta que llevaba consigo.

Responde a Hajime. Hazle saber que todas las divisiones deberán permanecer en Kioto durante el Gion Matsuri.

Okina parpadeó algo confundido.

Faltan todavía poco más de dos semanas.

Tiempo suficiente para concentrar las fuerzas -respondió el comandante-. Según lo informado, además, el siguiente conflicto no ocurrirá sino hasta final de año. No hay más que hacer aquí.

Okita suspiró viéndolo partir, agradeciendo el que su comandante se fuese justo en ese instante y lo dejase solo. Tan pronto como se aseguró de que el mayor estuviese lo suficientemente lejos como para no oírlo, se dobló sobre sí mismo y comenzó a toser violentamente hasta escupir sangre.

Cuando el espasmo terminó, el joven apenas si se limpió la boca cuando ya estaba sonriendo.

Esta maldita enfermedad... -Se quejó con el dolor en el pecho.

No podría ocultarlo por más tiempo.

Pero igualmente... lo intentaría.


EDO

El sol apenas había comenzado a salir cuando Enishi despertó en su habitación, en una posada cercana a Edo. Le dolía el cuerpo todavía, pero el mareo había cedido, así que se irguió lentamente.

Deberias descansar más. -Le indicó su shinobi a cargo. Aquel joven de facciones parecidas a las suyas pero evidentemente más grande en edad-. Tus heridas no han sanado del todo.

Puedo levantarme sin problema. -Declaró Enishi ya sentado sobre la cama. Todavía le costaba acostumbrarse a las camas extranjeras, seguía prefiriendo el futón. -¿Kaoru miko Sama?

Tuvo que continuar. -Le informó el shinobi, todavía de pie junto a la ventana; observaba atento el exterior mas era consciente de su amo -Ya se había retrasado lo suficiente. No podía esperar más. Sin embargo, te verá en la residencia Kiyosato.

Ya veo. -Asintió Enishi. -Supongo que las dos caravanas ya se encuentran juntas.

El shinobi asintió. -¿Deberé mandar un mensaje?

No. La carta a mi hermana tendrá que ser suficiente. -Sentenció. Para él no había necesidad de informar nada más. Había cumplido con lo que su hermana le había pedido en cierta forma, y eso ya le era suficiente. -Shinji Nissan ya no está en Edo, además.

Enishi pensó que quizá debió haberle contado a Tomoe sobre los planes de Shinji para con el clan. Sin embargo, aquello todavía era un secreto a voces que los ancianos del clan de momento desconocían, y si era así, sin duda significaba que sería algo a lo que se opondrían. Enishi sabía muy bien que tras la muerte de Akira la sucesión sería para él de manera inmediata, pero estaba consciente de los sacrificios que tal puesto conllevarían.

"No." Se dijo a sí mismo. "Seguiré los pasos de Akira niisan."

Pero no como una copia ni como un mártir.

"Salvó que yo no moriré."

Cerró los ojos, y por primera vez desde la muerte de Akira, respiró sin rabia.


El papel tenía aún la huella del sello familiar, deshecho con cuidado. Tomoe lo sostuvo entre los dedos por más tiempo del necesario antes de abrirlo. Aquella carta había llegado por la mañana, cuando el sol no había despertado siquiera pero el gallo ya cantaba. Había sido entregada por un shinobi de la casa Kiyosato.

Estaba sentada bajo el alero de un jardín interior, con los ciruelos floreciendo demasiado temprano para lo que dictaba el clima. El aire olía a lluvia detenida. Tomoe sintió de pronto que ella contenía sus emociones igual que aquel cielo cubierto de nubes.

Leyó cada palabra sin interrupción.

Sintiendo con cada línea nueva que leía, cómo el palpitar de su corazón se volvía pesado.

"La deseo... No solo ante los ojos del clan o de la ley."

"No será una farsa. No para mí."

"Y si alguien se interpone en mi camino… Lo acabaré de un golpe."

La mano con la que sujetaba el papel tembló apenas. No de miedo. De tristeza.

—Oh, Enishi… —murmuró, apenas audible, como si el viento pudiese llevarle la voz.

Él aún no entendía.

No sabía que amar también era perder. Que a veces, lo correcto no se podía forzar. Que Kaoru no era un símbolo ni una promesa a reclamar. Ella sabía bien a quién pertenecía el corazón de la miko.

Y no era a su hermano.

Tomoe cerró los ojos un momento. El rostro de Kaoru se le apareció con claridad: la forma en que lo miraba a él, a Kenshin; la forma en que Kenshin miraba a su vez a Kaoru. Había paz en esa mirada. Y amor. No deseo, no deuda. Amor real.

Guardó la carta sin doblarla. No quemaría esas palabras. No aún. Porque eran las palabras del niño que había arrullado contra su pecho, y del hombre que aún no sabía que el amor era realmente. Tomoe se quedó sentada un rato más. Sin moverse. Sosteniendo en el regazo el peso de una elección que no le correspondía, pero cuyo dolor sí sentía como propio.

... ... ...

Sanosuke sabía que ya había extendido su estancia en Edo más de lo que se podía permitir. ¡Hacía casi dos semanas que debería haber partido a Kyoto! Sin embargo, no podía obligarse a partir aún. En la última carta al capitán Sagara, éste le había dicho que si no partía en tres días, sería imposible llevar a cabo el proceso de adopción. Los ánimos del país estaban cada vez más y más tensos, y si dejaban pasar más tiempo, los procesos adminitrativos se verían frustrados.

Sin embargo, para Sano había sido difícil - sino imposible - el irse tras el enfrentamiento simbólico entre Kenshin y el campeón elegido por el shinchogumi. Tras descubrir además, la relación que había entre este último y Kenshin, quedaba claro que no podía irse dejando a su amigo en tan triste estado.

Habían sido tortura los días que siguieron al encuentro.

Dos sepelios se llevaron a cabo entonces, el anterior líder del clan Kamiya y el samurai caído Kiyosato Akira. El primero se llevó a cabo como evento simbólico en la ciudad, mientras que el segundo se llevó a cabo en lo privado. Sano había asistido a ambos, más por seguir al pendiente de Kenshin que por rendir sus respetos a los difuntos. Pero aún con todo, le había sido imposible acercarse a su amigo.

... ... ...

Himura kun necesita estar en soledad. -Les había dicho entonces el maestro Genzai, cuando tanto él como Megumi habían insistido en verlo tras el encuentro. —Sé que es difícil. Pero la lucha interna que lleva en este momento, es una que debe librar él solo. Cuando él esté listo, será él quien los busque.

Sanosuke había querido refutar. Pero Megumi le había detenido por el brazo.

—Créeme que te comprendo. Pero si te proclamas su amigo, sabrás ser paciente.

—Che! -Había exclamado al soltarse del agarre de ella. —Como si no tuviera suficiente...

... ... ...

Después, había llegado Kiyosato Tomoe, y la paciencia del castaño comenzó a frustrarse. Como amigo de Kenshin, Sano - que todavía era más adolescente que hombre - temió el que el ánimo de su compañero decayese aún más. Después de todo, ¿qué podría decirle la esposa del hombre que acababa de matar?

Tanto para él como para Megumi había resultado desesperante el tener que estar al pendiente de ambos (Megumi procurando monitorear a la mujer del clan Kiyosato), y llegar al punto incluso de tener que seguirlo tras del aparente acuerdo entre ambos - Kenshin y Tomoe - una vez pudieron hablar.

... ... ...

—Te lo digo. A Jouchan no le va a gustar nada ésto. -Se había quejado en algún momento. Días después de la conversación entre Battousai y Tomoe.

Y aunque Megumi compartía igualmente sospechas sobre aquella mujer - especialmente de la cercanía que mostraba con Kenshin - no podía evitar ser más prudente.

—Personalmente, creo que te preocupas demasiado. Se te olvida que la princesa de Kioto se rumora estar prometida justamente con el clan Kiyosato. Por donde lo veas, la misma cercanía de Tomoe san puede justificarse al pertenecer al mismo clan.

—Tal vez, pero eso no significa que deban estar tanto tiempo juntos -había refutado el castaño.

—¿Por qué no admites que lo que realmente te molesta es el hecho de no poder hablar tú con él?

Aquello había dado por terminada tal conversación. Sanosuke tuvo que enfrentar la verdad en las palabras de Megumi. Lo que le molestaba era que aquella completa extraña pudiese estar tan cerca de Kenshin, y que él, a pesar de llamarse su amigo, todavía tuviese que guardar distancia.

... ... ...

Para su fortuna, Kenshin lo buscó tan pronto su ánimo había regresado casi por completo. Una pequeña charla tras la cena, afuera en el patio donde se encontraba el pozo.

Pero aunque habían, a su modo, hecho las paces, Sanosuke seguía sintiendo que había una línea que no podía cruzar. Kenshin cumpliría los 16 en menos de tres días, mientras que él tenía que esperar cerca de ocho meses más para poder tener su ceremonia de genpuku - si su adopción, claro está, se concertaba.

El castaño suspiró, llevaba rato medio lamentando su suerte.

¿Estás bien? -Le cuestionó Megumi, que en ese momento había salido a su encuentro.

Lo estoy -le contestó él. —Simplemente estoy pensando en cómo resolver un par de líos.

La morena le entendió al instante.

—¿Kyoto? -Preguntó.

Durante los últimos días, Sanosuke se había asincerado sobre su historia y su relación con el capitán Sagara.

—Al parecer tengo tres días para decidir si quiero ser adoptado o no.

—¿Realmente es tan difícil? Creí que ser parte de la familia del capitán Sagara era lo que más deseabas.

Sano arrugó el gesto.

—Y lo es. Pero no quisiera irme justo ahora. Sé que Kenshin está bien y que su lucha no va ligada del todo a la mía. Es sólo que esperaba no tener que viajar solo.

Megumi lo miró con cierta pena. Tras de que Sano se quedase durante el rescate al que era ahora el líder del clan Kamiya, el castaño había perdido la oportunidad de viajar con miembros del Sekihotai, algunos de los cuales también tenían asuntos en Kyoto.

-Oh vamos, no seas ahora un bebé. El camino a Kyoto es de apenas una semana; y estoy segura de que recibirás suficientes víveres para sobrevivir el camino -Se burló ella, decidiendo en ese momento sentarse en la hierba a un lado de él.

El aire sopló entonces, llevándose con él algo del calor de aquél día.

—Es fácil para ti decirlo. Tienes tu lugar aquí, junto al maestro Genzai.

Silencio.

Sanosuke volteó a verla al instante.

—¿Tienes un lugar aquí o no?

Megumi sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.

—Me pregunto...

El aire volvió a soplar, esta vez con más fuerza.

—En realidad, estaba pensando en viajar a Kyoto también. Mi padre se encuentra en la ciudad y ha estado allí por cerca de tres años. Deseo volver a reunirme con él.

El castaño recordó entonces que los Takani eran una reconocida familia noble de doctores, y se preguntó qué logros había hecho en su anterior vida que en ésta había terminado rodeado de tanta gente importante.

—¿Por qué no viajan juntos? —Escucharon la voz de Kenshin justo entonces.

—¡Kenshin! —Brincó Sano. A su lado Megumi le miró igual de sorprendida.

El aludido estaba de pie en la engawa y, contrario a los días anteriores, vestía de nuevo sus ropas de siempre, portando incluso ambas espadas a la cintura; su cabello de nuevo amarrado en una coleta alta.

—Lamento el haberlos sorprendido -se disculpó el pelirrojo -no había querido interrumpirlos antes.

—Mas como que estabas espiando

—¡Sanosuke! —Le regañó Megumi.

Kenshin únicamente pudo reír en respuesta. Luego hizo una reverencia ante la joven aprendiz de doctora.

—Lamento las molestias causadas durante los días anteriores. Agradezco profundamente la atención que me dió, Megumi dono, y me disculpo por mi agradecimiento tardío.

La morena no pudo evitar sonrojarse.

—Para nada Ken-san —Le aseguró ella con un gesto de la mano y sonrisa nerviosa.

—¿Ken-san? -Cuestionó Sanosuke con el seño fruncido. —¡ow! -En respuesta, la joven le dio un codazo en el vientre. -¿Por qué me golpeas?!

Megumi lo ignoró y se concentró en el espadachín.

—Yo también tengo un deber que cumplir. Me alegro que ya te encuentres mejor.

El pelirrojo sonrió.

—Fue gracias al cuidado de todos. Pero no quisiera que mi sugerencia se quedara en las sombras. Deberían viajar juntos, sería al menos más seguro para ambos y sin duda llamarían menos la atención. Estoy seguro, además, que Kamiya dono les provería de transporte.

Sano y Megumi se miraron el uno al otro, sopesando.

—Mientras no se vuelva costumbre el trato a golpes no veo por qué no -respondió Sanosuke sacudiendo los hombros.

Megumi puso los ojos en blanco.

—Mientras sepas comportarte, no veo por qué tenga que tratarte como a un bárbaro.

—¿A qué te refieres? —se quejó al instante.

Megumi se cruzó de brazos e infló las mejillas.

—Bueno, bueno; me parece que tenemos un acuerdo -interrumpió Kenshin.

—Ya enserio, Kenshin -le habló Sanosuke —¿Cómo te encuentras? Me sabe mal el tener que dejarte cuando apenas te recuperaste.

El sol se vio cubierto entonces por nubes peresozas, y la luz disminuyó un tanto; casi igual que como lo hizo la expresión del samurai.

—Me encuentro bien Sano... Agradezco cómo no te imaginas la preocupación que has mostrado por mí, y todo el apoyo que me has proveído. Por como son las cosas, me siento más que en deuda contigo, te he retenido más tiempo del necesario. Lo lamento.

El aire volvió a levantarse en pequeños remolinos. Las nubes pasaron y el sol volvió a iluminar el jardín. E igual que la luz se encargó de deslumbrar el paisaje, Sanosuke hizo lo propio con Kenshin.

—¡Sanosuke!

—¡Oro!

Le propino un golpe a modo de coscorrón al pelirrojo.

—Idiota. -Gruñó el castaño.

Megumi corrió a atender a Kenshin que seguía quejándose del dolor con una serie de "oros"

—¡¿Qué acaso eres bruto!? -Le reclamó ella.

—Óyeme bien Kenshin, porque sólo lo diré una vez -le advirtió el muchacho. Su amigo tuvo a bien prestarle atención entonces. —No me gusta que me hables con ese tonito de samurai a medio morir. Te ayudo porque se me da la gana ayudarte, no me debes nada ¿escuchaste? —luego se cruzó de brazos y se giró para dejar en claro su punto. —Que lo lamentas. ¡Ridículo!

Megumi comenzó a lanzarle improperios entonces. Pero Kenshin...

Kenshin por fin lo miró con el brillo de su sonrisa iluminándole el rostro.

—Me quedó claro. Sanosuke.

Pasaron el resto del día poniéndose al corriente. Hablaron sobre las preocupaciones a futuro y los planes que se habían recientemente abierto para cada uno de ellos.

Se acordó que Megumi y Sanosuke viajarían juntos a Kyoto, rumbo al santuario Inari, y buscarían al Guji que Sozo había mencionado en su carta. Aprovecharían el camino para reunir información clave para el movimiento, y Sano ayudaría a Megumi a reunirse con su padre, el maestro Takani.

Kenshin permanecería un tiempo más en Edo. No lo dijo abiertamente, pero para ambos amigos quedaba claro que deseaba esperar a la llegada de la princesa de Kyoto. Y aunque ninguno sabía realmente nada sobre el estatus de la relación de ambos, no le cuestionaría, sino que rezarían porque la bienaventura estuviese de su lado.

El atardecer llegó antes de que se dieran cuenta del tiempo que había pasado. Estaban por encaminarse cada uno a sus respectivas habitaciones para después reunirse para la cena en el salón principal, cuando Genzai los había encontrado.

—Himura kun -le llamó.

El aludido volteó a verlo al instante, deteniendo el paso igual que lo hicieron Sanosuke y Megumi con él.

—Kamiya dono solicita tu presencia en el dojo.

Kenshin parpadeó. Megumi y Sanosuke compartieron una mirada con algo de preocupación.

Y es que tras el funeral del anterior líder del clan Kamiya, Kenshin no había vuelto a cruzar palabra con él...


El sol había comenzado su descenso cuando la compañía de Kaoru había llegado a la mansión donde residirían previo a su llegada al día siguiente a la mansión a cargo del clan Kiyosato, para luego - si tenían suerte - moverse al castillo de los Kamiya.

Habían llegado con algo de tiempo extra, por lo que se podían permitir un descanso más que prolongado. Sin embargo, tan pronto Kaoru había cambiado sus ropas tras un baño, la miko ya se preparaba para partir. Todo bajo la discreción del chokkai Kaito, y la miembro del maekkai Mae, la mujer mayor que estaba a cargo de vestirla.

—¿Kaoru miko sama, está segura de esto? -Cuestionó Kaito, al tiempo en que le entregaba la máscara de conejo bajo la que la miko ocultaría su rostro.

Mae por su parte, acomodó la capa en los hombros de la miko.

—Ya tengo un shinobi a cargo de mi protección y la guía de mis visiones. -Respondió Kaoru con confianza. -Te aseguro que no hay nada que temer. Volveré incluso antes de que Enishi kun regrese.

Había tenido que esperar tanto, se dijo la miko. Si Kondo dono hubiese respondido a tiempo, habría llegado desde dos días atrás, y su encuentro con Kenshin no tendría que ser tan conflictivo.

—¿Qué hago si alguien del santuario pide audiencia? -Cuestionó Kaito al tiempo que seguía a la miko a la salida de la servidumbre por donde ella se escabulliría. Mae sonrió ante el nerviosismo de su compañero.

Kaoru sonrió comprensiva.

—No deberás preocuparte por éso. Los disturbios impedirán el que nadie salga sino hasta después del medio día de mañana. -Declaró.

Había tenido aquella visión tras de que el conflicto en la villa se calmara y antes de reencontrarse con Enishi. Para estar segura, había hecho divinación durante los dos días siguientes, asegurándose de que siempre obtuviese el mismo resultado pero con vistas a posibles variables.

Además, se había hecho de una especial precaución extra.

—Me retiro entonces. -Les dijo, tan pronto llegó a la salida.

—Tendré todo listo a vuestro regreso. —Le aseguró Mae, y tanto ella como Kaito dijieron después con una reverencia: Que la diosa de la suerte esté de su lado, Kaoru miko sama.

Kaoru salió a la calle, la cual colindaba con un río no profundo pero bastante ancho. Cerca de la entrada, y a lo largo de toda la silueta del río, se eregían árboles arcianos. Incluso si no sabía en dónde exactamente estaba su nuevo aliado, podía sentir levemente la vibración de su ki.

—Quedo a tu cuidado, Beshimi san. -Dijo poniéndose la máscara de conejo.

Desde las sombras, la respuesta llegó.

—No hace falta el keigo, su excelencia. Deje en mis manos su protección. Puede confiar en que nadie de los Oniwabanshu fallaría una misión tan importante.

Kaoru ajustó el nudo al frente de su capa.

—Lo sé. Arigatou.

Con cuidado, pero con prisa, la miko se escurrió entre la noche y avanzó a paso seguro al tan esperado encuentro.


El dojo Kamiya estaba sumido en un silencio que parecía respetar la memoria de quienes ya no estaban y la presencia de quienes aún dudaban de su lugar. El atardecer colaba líneas de luz dorada a través de los paneles de papel, tiñendo los tablones del suelo con tonos de fuego apagado.

Kenshin se presentó en el dojo tras recibir el mensaje del doctor Genzai. Fue Koishijirō quien lo hizo llamar, pero ahora, al tenerlo frente a él, parecía luchar contra el impulso de hablar primero. Se mantenía de pie, rígido, con las manos cruzadas tras la espalda.

—Himura kun —dijo al fin—. Gracias por venir.

Kenshin asintió, con esa quietud que siempre parecía guardar emociones bajo una superficie controlada.

—Usted me hizo llamar —respondió simplemente—. Y por eso estoy aquí.

Koishijirō caminó lentamente hasta sentarse en uno de los bancos laterales. Kenshin no lo siguió. Permaneció de pie, como un discípulo que aún no sabe si será recibido por su maestro.

—Pensé que después de lo ocurrido, después de Akira san… quizá no desearías verme.

Kenshin bajó la mirada.

Lo cierto era que tal evento le había calado hasta la médula, y había sentido una vergüenza tan grande como no la había sentido desde la primera vez que tomara una vida, incluso si el contexto ahora era diferente. La vida que había tomado había sido la de alguien a quien él admiraba.

Por otro lado, estaba la cuestión de que el plan original era no matar al contrincante, e independientemente de que las circunstancias lo hubiesen orillado a tomar un camino distinto, el pelirrojo había sentido el que había fallado de alguna manera. Y a pesar de saber internamente que el mayor no le reprocharía, no había podido evitar sentirse tan desesperado como lo había hecho.

—No vine por cortesía —repitió Kenshin, suavemente—. Vine porque tenía que hacerlo.

Koishijirō asintió. Sus ojos se perdieron en el vacío del dojo. —Kiyosato Akira residió durante medio año en la mansión Kamiya; y durante ése tiempo fue alumno de este lugar.

Kenshin escuchó en silencio. La confesión no pedía consuelo. Solo testigo. Tomoe además, ya le había contado sobre el tiempo en que ella y su esposo habían vivido en Edo, e incluso confesado el haber sabido del secreto del nacimiento de Kaoru.

Tras aquella conversación, Kenshin había comprendido aún más el conflicto interno del líder del clan. Y por ese instante, no pudo evitar pensar en su propio maestro, Hiko Seijuuro, y preguntarse cómo estaría su maestro.

—Ese duelo era mío, Himura kun —añadió Koishijirō con tono apagado, cortando de tajo los pensamientos del menor—. No tuyo. Fui yo quien debió enfrentarlo. No tú.

El pelirrojo ya negaba con la cabeza antes de siquiera contestar.

—Pero fui yo quien decidió blandir la espada. Nadie me obligó. -Le recordó, casi contradiciéndolo. —Hubo otros, además, que intentaron disuadirme, y si no recuerdo mal, fui yo quien insistió en pelear aquella lucha.

Koishijirō lo observó. No con juicio, sino con una comprensión que solo puede tener alguien que también se ha perdido alguna vez.

—Lo sé —dijo con voz baja—. Te vi… en esos días después.

El aire se volvió más denso, como si las palabras invocaran imágenes demasiado recientes. Koishijirou lo invitó a entrar al dojo con un gesto de su mano. Kenshin hizo como le indicó; caminó hasta quedar a tres pasos de distancia.

—Hablé con Tomoe san tras su llegada. Espero que no te haya molestado el que me tomara libertades en lo que le hablé sobre tí.

—En lo absoluto -respondió Kenshin. Si era sincero, le estaba agradeciendo. De haber sido por él y por Tomoe, ninguno de los dos habría podido dar el primer paso.

—Me pareció prudente intervenir. Hacer uso por fin de la experiencia que cargo. No pretendo enseñar ni decirles lo que deben hacer. No puedo darles todas las respuestas, pero puedo guiarlos. Deseo guiarlos. Lo que hablé contigo días atrás... Lo sigo sosteniendo.

Kenshin respiró con fuerza, sintiendo cómo de a poco una marea se levantaba desde su pecho para luego bajar con lentitud.

Incluso si no lo había dicho, había estado preocupado de haber caído de la gracia de quien fuera el padre de la persona a la que él más amaba. En el silencio de su habitación, cuando la culpa lo había atormentado, el miedo de haber perdido aquella bendición le había impedido dormir en más de una ocasión.

Detuvo como pudo las lágrimas que amenazaban con formarse en su ojos, así como el nudo que se hizo en su garganta.

—Si he de ser completamente honesto, Himura kun, soy yo quien siente miedo.

Kenshin parpadeó confuso.

—¿Puedo preguntar sobre qué?

Koishijirou sonrió con pena, riendo por lo bajo.

—Temo Himura kun, la reacción de una hija para con su padre -confesó.

El breve silencio que se hizo entonces, resaltó con los sonidos que venían de afuera, del jardín, de los insectos que se preparaban para recibir la noche.

—Por años no sólo viví en esta mentira, sino que también obligué a mi hija a hacerla suya. Los problemas que enfrenta al proteger su puesto en el santuario se deben en gran parte a los errores de este padre egoísta... Y ahora, con los últimos hechos... No parece que pueda ser alguien en quien ella pueda apoyarse.

Kenshin escuchó las palabras del mayor y las consideró una a una.

—Temo wu rechazo.

Era cierto que tal secreto había hecho tambalear la situación de Kaoru - aún más en el contexto de la lucha - pero quedaba claro que la intención había sido siempre el protegerla. Por otro lado, había detalles de la misma Kaoru que escapaban al control que el clan mismo hubiera podido poseer. Si Kaoru no fuera una vidente tan venerada, tal secreto no habría resultado quizá tan delicado.

Pero lo más importante...

—Si me permite decirlo, Kamiya dono, no creo que tenga nada que temer.

El hombre miró entonces al joven frente a sí. Kenshin sonreía con certeza; la sol del sol que moría en aquel atardecer le iluminaba la silueta por la espalda.

—Kaoru dono... Tiene el corazón más amable que haya conocido. Ella habla sobre el derecho de todos a tener una segunda oportunidad cuando se está arrepentido. Y yo creo en ella.

Koishijirou abrió los ojos en asombro, el corazón le brincó en el pecho.

—No pretendo decir que la conozco mejor que usted. Pero el tiempo que viví con ella, incluso los momentos en los que discutimos con vehemencia el contraste de nuestras ideologías, me ha hecho descubrir que no hay mentira en su deseo de redención para las personas por las que constantemente intercede, desde su posición de miko, en el santuario Inari.

Aquello era una apuesta, basada en un sueño que Kenshin esperaba ser cierto.

"La próxima vez que nos veamos, te lo contaré todo." Había prometido Kaoru en éste.

—Así que como ve, una persona que muestra tal amabilidad con personas a las que no conoce, mostrará mil veces más amabilidad para quien es su familia. Éso se lo puedo asegurar.

Koishijirou dejó salir una risa corta, muy corta, casi como una burla hacia sí mismo. Mas la sonrisa que se posó en sus labios era una sincera.

—Creeré en tus palabras, Himura kun.

La escena quizá habría terminado en un tono nostálgico y cálido; ambos hombres habrían podido incluso haberse dirigido juntos hacia el salón principal para la cena. Pero tan pronto como la luz del día se agotó, también lo hizo aquella calma.

—¡Koishijirou sama! -Se escuchó fuera del dojo, seguido de pasos apresurados.

Un sirviente seguido de dos guardias. Estos últimos se quedaron afuera cuando el sirviente subió la engawa.

—¡Koishijirō-sama! -Exclamó, entrando por fin al recinto, sacándose las sandalias atropelladamente. Tras quedar frente al líder hizo una rápida reverencia y volvió a hablar —Koishijirō-sama, Se ha reportado un enfrentamiento a las afueras de Edo.

Tanto el mayor como Kenshin brincaron en alarma. Era demasiado pronto para una respuesta del bakufu.

-Simbolismos del Shinsengumi y del Ishin Shishi han sido vistos. ¡Parece que el conflicto ha comenzado por un disturbio en una ladea cercana!

Kenshin ya tenía una mano en la empuñadura de su espada. Su rostro no mostraba prisa, pero sí una concentración absoluta.

—Himura kun.

—Saldré con una patrulla -declaró el samurai- Touji dono ya había solicitado mi ayuda.

Koishijirō lo observó, viendo por fin que el pelirrojo volvía a sus ropas de samurai activo, ya no más con aquella yukata oscura que reflejaba su conflicto interno. Había determinación en su mirada. El hombre reconoció entonces la fuerza del muchacho frente a sí. Himura Kenshin no era cualquier samurai. Himura Kenshin sería el guerrero que movería la balanza en su favor.

Al final asintió.

—Lo dejo a tu cargo —le dijo.

Koishijirou dio las pertinentes órdenes y pronto una división de samurai se preparó para partir al enfrentamiento, Kenshin entre ellos. El muchacho partió con el peso del pasado equilibrado sobre los hombros pero sin dejar que éste lo doblara.


El enfrentamiento tuvo lugar en un cruce de caminos polvorientos a las afueras de Edo, un lugar apartado donde las sombras de los árboles se alargaban hacia la carretera, cubriendo el terreno de un silencio expectante. El sol ya se había puesto cuando el conflicto había estallado.

Un pequeño grupo de Shinsengumi avanzaba, unos guerreros de la segunda y cuarta división, cuyos rostros estaban ocultos bajo los sombreros de ala ancha y los abanicos de guerra que las sombras proyectaban sobre sus ojos. Estos no eran los temidos capitantes, pero su destreza era tan letal como la de cualquier otro samurái de la orden. Eran los espías y los saboteadores, aquellos que preferían la táctica y la astucia a la fuerza bruta.

Había sido el mismo grupo que había estado atacando las aldeas y prefecturas que se habían puesto en favor del emperador. Recientemente, tras su falla en la última villa, habían decidido acceder a la fuerza en Edo tras escuchar de la derrota del shichogumi.

Sin embargo, no habían contado con que, ocultos en los rincones de la maleza y en las sombras de los edificios cercanos, los Ishin Shishi del sur se preparaban para el combate. Hombres y mujeres, antiguos samuráis, campesinos y mercenarios con el corazón ardiente por la causa, se alineaban en silencio, con el fervor de la revolución en sus ojos. A su mando, un comandante alto y delgado, con cicatrices que recorren su rostro como si fueran mapas de batallas pasadas, era quien los lideraba en la lucha.

El aire se había cortado con el sonido de un susurro, y luego un grito salvaje había roto el silencio. Los Shinsengumi avanzaron como una serpiente, con espadas desenvainadas, dispuestos a acortar la distancia con sus oponentes antes de que pudieran reagruparse. Sus pasos eran rápidos, pero medidos, y la tierra crujía bajo sus botas con cada avance.

Desde el lado opuesto, los Ishin Shishi respondieron con una ráfaga de tiros de pistola, sus proyectiles atravesando el aire en una línea recta hacia los Shinsengumi. Los disparos resonaron como truenos lejanos, pero los miembros de la división del Shinsengumi esquivaron con maestría, algunos incluso deslizándose por el suelo con agilidad felina para evitar la lluvia de balas. En un abrir y cerrar de ojos, uno de los Shinsengumi cayó al suelo, un impacto certero en su costado, pero antes de que su cuerpo tocara la tierra, su compañero estaba ya sobre él, lanzando una rápida y mortal estocada hacia uno de los Ishin Shishi, cortando a su oponente por la mitad.

El combate se desató en un torbellino de acero y sangre. El sonido de las espadas chocando, el zumbido de los katanas deslizándose en el aire, llenó el campo de batalla. Un Shinsengumi, con su katana desenfundada y su postura de combate perfecta, se enfrentaba contra un Ishin Shishi con un estilo más brusco, pero igualmente letal. El choque entre ambos guerreros era como el sonido de dos tormentas chocando, con cada golpe desmesurado buscando desestabilizar al contrario.

-¡Al frente todos! ¡Avancen al frente sin detenerse! -Ordenaba el líder de la cuarta división.

-¡Resistan! ¡No podemos permitir que entren a la ciudad! -Respondía el líder de los idealistas.

A lo lejos, en un rincón del campo, dos guerreros se miraban fijamente. Uno de ellos, un Shinsengumi de la segunda división, con una mirada llena de calculada tranquilidad, se enfrentaba a un líder del Ishin Shishi del sur, cuyas manos sujetaban un naginata con firmeza. El aire entre ellos se volvía denso, cargado de electricidad, como si ambos comprendieran la magnitud de lo que estaba en juego. El líder del Ishin Shishi levantó su naginata con velocidad, buscando la oportunidad de cortar a su oponente de un solo golpe, pero el Shinsengumi reaccionó en un instante, bloqueando el ataque con un sonido metálico que reverberó en el aire. La lucha entre ellos era una danza mortal, cada uno esperando el momento perfecto para dar el golpe final.

A medida que el combate avanzaba, el campo se llenaba de cuerpos caídos, de hombres que luchaban hasta el último aliento. La niebla del sudor y el polvo cubría a los combatientes, mezclándose con la sangre que salpicaba el suelo. Los Ishin Shishi del sur, aunque valientes, comenzaban a sentirse presionados, mientras que los Shinsengumi se mantenían firmes, como una muralla de acero, dispuestos a no ceder ni un centímetro.

-¡Estamos perdiendo avance!

-¡Rápido! ¡La bomba de niebla ahora!

-¡Repliéguense!

El grito de un Shinsengumi resonó en la noche cuando, de un solo golpe, cortó el brazo de un enemigo, arrojándolo al suelo. Pero no hubo tiempo para celebrar la victoria, porque al instante siguiente, uno de los Ishin Shishi lanzaba una bomba de humo en medio de la batalla. El humo blanco comenzó a envolver el campo, cegando a todos los presentes, y mientras la visibilidad disminuía, los guerreros comenzaron a moverse más cautelosamente.

Un instante de quietud. Luego, el sonido de pasos rápidos en la niebla. Las espadas brillaron por última vez antes de que el campo de batalla se sumiera en el caos completo, con ambos bandos sin ceder, mientras el futuro de la guerra dependía de la rapidez con la que pudieran adaptarse y decidir el rumbo de la lucha.

El enfrentamiento en las afueras de Edo no era solo una batalla entre samuráis, sino un choque entre dos visiones de Japón, entre la vieja guardia y los nuevos ideales de la revolución, y ninguno de los dos bandos parecía dispuesto a dar un paso atrás.

El aire estaba pesado, cargado de la tensión que precede a las tormentas, y el sol ya se había ocultado detrás de un manto de nubes que parecía oscurecer aún más el escenario. Kenshin avanzaba junto a su cuadrilla de samuráis hacia las afueras de Edo, donde la última chispa de resistencia entre los Ishin Shishi del sur y los Shinsengumi estaba a punto de encenderse. La misión era clara: intervenir en la lucha antes de que el caos tomara un giro irreversible. El viento helado de la noche parecía susurrar en sus oídos, como si la tierra misma esperara que la historia decidiera qué camino tomar.

El sonido de las espadas desenvainadas se perdió entre el retumbar de los gritos de guerra y el clangor de los choques de acero. Los pasos de sus compañeros de lucha resonaban detrás de él, los samuráis de Edo, todos con un mismo objetivo: defender el futuro de su nación, aunque eso significara desafiar al poder de aquellos que deseaban imponer un orden antiguo y brutal.

-Debemos tomarlos por la retaguardia -Indicó el general Touji, samurai de renombre en el clan Kamiya. Los demás asintieron.

Kenshin sentía la vibración del campo de batalla en sus piernas antes de ver la escena frente a él. No era la primera vez que enfrentaba la guerra, pero algo en esta ocasión lo hacía sentir diferente. Sabía que estaba a punto de cruzar un umbral, un punto sin retorno, como si al cruzar esa línea, el peso de lo que había sido y lo que podría llegar a ser se fusionara en un solo destino.

De repente, desde el lado derecho, una explosión de polvo y humo marcó el inicio del enfrentamiento. La batalla ya estaba en pleno auge, y la atmósfera se cargaba de una mezcla de gritos de dolor, espadas que chocaban y el sonido de los pies corriendo sobre la tierra revuelta. Sin pensarlo dos veces, Kenshin desenfundó su espada, sintiendo el familiar peso de la hoja en su mano, esa extensión de sí mismo que lo conectaba con sus ideales. Su mente estaba en calma, pero sus instintos eran los de un hombre forjado en combate.

Con un grito de guerra, el general Touji se lanzó hacia el enemigo, cortando la distancia rápidamente. Los demás lo siguieron, como una ola arrasadora que chocaba contra el muro de sus oponentes. El sonido de los choques de acero y el rugido de las espadas al atravesar el aire llenaron el espacio, mientras los Ishin Shishi y los Shinsengumi combatían con ferocidad, sin importarle la magnitud de la guerra que se desataba a su alrededor.

-¡Refuerzos! ¡Han llegado refuerzos!

Kenshin y su cuadrilla irrumpieron en el centro de la batalla, como una tormenta de acero que se despliega con precisión. Con un solo movimiento, Kenshin desvió una espada de un Shinsengumi que intentaba atacarlo desde el flanco. El hombre cayó al suelo, su grito de sorpresa ahogado en el viento. Kenshin no perdió tiempo, avanzando con rapidez, su katana deslizándose por el aire con la suavidad de una hoja flotante que corta sin dejar rastro.

La tensión era palpable, y cada golpe que daba se sentía como una lucha por el alma de la nación. Cada samurái que caía, ya fuera del bando que fuera, era una historia más de sacrificio en la larga lucha por la independencia y el cambio. Kenshin sabía que no se trataba solo de una batalla física; estaba en juego el futuro, las convicciones de un pueblo entero.

Un Ishin Shishi, con su rostro cubierto por una máscara, saltó hacia él con una agilidad sorprendente. Kenshin lo observó un segundo, viendo la determinación en sus ojos. El joven guerrero no era tan experimentado como él, pero la pasión en su ataque era feroz. Sin embargo, Kenshin no se dejó llevar por la emoción del momento. En un parpadeo, su espada cortó el aire, y con una técnica que parecía bailar entre el viento, desarmó al joven sin causarle un daño fatal.

-Espera. No es tu momento-, le dijo Kenshin, bajando la hoja para no herirlo de muerte. El joven guerrero, atónito, retrocedió, comprendiendo que no podía vencer a ese hombre con esa calma imperturbable que emanaba de él.

Otros que lo vieron, notaron al instante su presencia, reconociéndola de enfrentamientos pasados en el campod e batalla.

-¡Capitán, esa técnica!

-Sí. Es el demonio Battousai.

-Estamos salvados entonces.

-¡No pierdan la formación!

Kenshin siguió avanzando, abriéndose paso entre el caos, con su cuadrilla a su lado. Los Shinsengumi que se cruzaban en su camino eran ferozmente leales, pero su lucha era más por el honor y la antigua tradición que por una causa mayor. Los Ishin Shishi, por otro lado, luchaban con el fuego de la revolución en sus corazones, pero sin la disciplina que muchos de los samuráis de Edo poseían. Era una batalla de ideas, de principios, tanto como de espadas.

Mientras el viento arrastraba el polvo y la batalla alcanzaba su punto más álgido, Kenshin alcanzó a un Shinsengumi que estaba a punto de cortar a un joven miembro del Ishin Shishi. Con un giro rápido, Kenshin desvió su espada, protegiendo al joven, pero el movimiento lo dejó vulnerable por un instante. Un Ishin Shishi intentó aprovechar la oportunidad, lanzándose con su espada al costado de Kenshin. Sin embargo, con una habilidad tan rápida que apenas fue visible, Kenshin giró sobre sí mismo, desviando el golpe y dejando al atacante fuera de combate en un solo movimiento.

La lucha continuó, pero la presencia de Kenshin, su calma y su habilidad, comenzó a desestabilizar el campo de batalla. Los Shinsengumi empezaron a retroceder, desconcertados por la intervención de un samurái que no estaba dispuesto a matar sin razón.

-¡Se están retirando!

-¡Aprovechemos, para avanzar!

-¡Presionen al frente!

Kenshin avanzó en medio de la confusión, su katana danzando en el aire con una precisión mortal. Él no buscaba gloria, ni celebraba la violencia. Su único objetivo era acabar con la lucha, proteger a aquellos que aún tenían un futuro por el cual luchar, y quizás, tal vez, encontrar algo que se le había escapado en la oscuridad de su propio pasado.

La batalla era feroz, pero de alguna manera, el viento parecía cambiar. La intervención de Kenshin había alterado el curso de la lucha, y aunque el enfrentamiento continuaba, algo en el aire sugería que la balanza comenzaba a inclinarse.

... ... ...

Kaoru comenzó a moverse rápidamente, siguiendo el curso del río que se extendía hacia el oeste, moviéndose bajo el manto de las sombras. Beshimi, en silencio, se mantenía unos pasos detrás de ella, siempre atento, siempre listo, mientras se movía entre los árboles. Ningún sonido traicionaba su avance, y si alguien los hubiera visto, no habría sido más que un parpadeo en la oscuridad, como si la misma noche los hubiera engullido.

Al llegar a donde el río se curvaba, Kaoru sintió el cambio en el ambiente. El aire se hacía más denso, cargado de presagio. Sabía que el tiempo apremiaba. Sabía que el grupo de Kenshin se estaba acercando rápidamente al núcleo de la batalla, y también sabía que una trampa se había activado. Los Shinsengumi, en su desesperación, habían colocado granadas en el terreno, un ataque tan brutal como calculado. En cuanto el grupo de Kenshin pisara el área designada, el caos se desataría. No podía permitirlo.

—Beshimi-san, hay que detenerlos antes de que caigan en la trampa —dijo Kaoru con aprehensión mientras avanzaban con prisa.

—Entendido. -Respondió desde las sombras el shinobi.

Previo a reunirse, cuando Kaoru había pedido el apoyo al entonces Okashira de los oniwabanshu antes de salir de Kyoto, la miko había informado del evento que deseaba evitar a toda costa. Se había dispuesto que Beshimi sería el más indicado para logar tal objetivo, al considerar que era alguien que atacaba desde la distancia.

Esta vez, Beshimi se adelantó indicándole a Kaoru hacia dónde moverse, asegurando así el que no entrase de lleno al campo de batalla; pues aún armada, no era un guerrero consumado que pudiese sobrevivir en medio de tal conflicto. Se había asegurado, sin embargo, de vestir completamente de blanco, un color ajeno a cualquiera de los bandos, y con un propósito con un peso delicado.

Pronto escucharon los sonidos de la lucha. Gritos tanto de guerra como de dolor y sufrimiento.

La miko respiraba con dificultad, el esfuerzo de la carrera y los ecos del trauma que aún no conseguía superar del todo le robaban el calor con cada paso que daba. Mas se obligó a seguir avanzando.

Entonces entró a una escena iluminada por el fuego... Y entonces el aire se volvió denso, como si el peso de la guerra lo aplastara. El color abandonó su rostro, y en su mente se entrelazaron los rostros de los fantasmas del pasado, desdibujados por la niebla de su terror.

—Kaoru miko sama, es importante mantener los ojos abiertos -le advirtió Beshimi, ya de pie por delante de ella.

La interrupción funcionó. Kaoru parpadeó hasta deshacerse del encanto.

Beshimi, en una fracción de segundo, se movió como una sombra. Su mano se extendió, señalando con precisión mortal las posiciones ocultas de las granadas, sus dedos apenas rozando el aire, como si cada gesto fuera parte de una danza silenciosa.

Ambos estaban a unos metros de distancia de las orillas del conflicto, casi a la mitad del terrerno, paralelos a ambos frentes.

El terreno cubierto de árboles, donde el conflicto se había desplazado, ofrecía el escondite perfecto para Beshimi, quien se deslizaba en silencio entre las sombras, invisible entre el humo y el caos que lo rodeaba.

—Le pido se mantenga a salvo, Kaoru miko sama. Una vez termine aquí, habrá terminado mi servicio y deberá moverse sola -le dijo el shinobi antes de partir.

Kaoru apenas si pudo asentir, agradeciendo la máscara que cubría el miedo que sin duda se delataba en su expresión.

Beshimi, como una sombra, se desplazó hacia el otro lado, sabiendo que el tiempo apremiaba. El sonido del campo de batalla se desvanecía para Kaoru, quien se centraba completamente en la misión: llegar a Kenshin antes de que el desastre se desatara. Comenzó a avanzar de lado, por la seguridad relativa que ofrecía el moverse a la distancia, mas consciente de que debía - de a poco - adentrarse.

Al avanzar casi hasta llegar al frente donde el shinsengumi parecía huir, Kaoru finalmente lo vió.

"Kenshin"

El corazón se le saltó un latido. Y antes de que pudiera pensar en lo que hacía, corrió hacia la batalla.

Mas de un hombre casi choca con ella - con la ventaja de que se encontraba en el bando amigo, incluso si los samurai no lo sabían - los pocos que se detenían a verla de veras, preferían ignorarla al sentir que estaban viendo de frente a un espíritu.

Y hubo otros que chocaron de lleno hasta hacerla caer de bruces al suelo.

El nudo de la máscara se rompió, y esta cayó al suelo.

En medio del caos, la miko consiguió ponerse de pie, justo tras volver a dar con la figura de Kenshin - quien ya se había adelantado al frente.

El corazón se le fue a los pies. Ya estaban demasiado cerca del límite.

Y al instante siguiente gritó.

-¡KENSHIN!

... ... ...

Fue como si un hilo invisible se hubiese tensado.

Un hilo del que pendía su corazón y que a su vez conectaba con el de ella.

Había escuchado su voz tan claramente, que por un breve instante Kenshin dudó de que estuviese siquiera despierto. Pero no tuvo tiempo de dudar, pues ella volvió a llamarle.

—¡KENSHIN!

Al oír su nombre, Kenshin giró rápidamente, sus ojos buscando el origen de la voz. Mas antes de que pudiera dar con ella, una fuerte explosión se dió al frente, el hubo se elevó tras el fuego que nació de aquel estallido.

Kenshin y los demás se detuvieron, desconcertados al principio.

—¡Detengan el avance! -Ordenó Touji y otros repitieron sus palabras.

La cuadrilla de samuráis de Edo, con la práctica de sus movimientos bien entrenados, se detuvo al escuchar la orden, mientras Beshimi, a distancia segura, hacia estallar las granadas ocultas al frente.

Kenshin lo entendió.

—¡Retrocedan! ¡El terreno está minado! —gritó.

La orden se repitió.

—¡Retrocedan!

El campo de batalla se llenó de confusión por un instante, y mientras los Ishin Shishi y los Shinsengumi -tras descubrir el fallo de su trampa- continuaban luchando sin cesar.

—¡Kenshin! -Volvió a gritar Kaoru, pues la amenaza no terminaba aún.

Hubo un estruendo enorme y luego el fuego de un cañón golpeó cerca de las filas.

Kaoru cayó al suelo ante el temblor que hubo, otros cayeron igual.

Kenshin, quien había logrado preveer el ataque apenas por dos segundos de tiempo había conseguido alejarse a tiempo. Cayó a cierta distancia y fue ahí cuando la vio.

Kaoru apenas logró levantarse, aún temblorosa, cuando sintió los pasos de Kenshin acercándose. El corazón le latió con fuerza, y cuando él apareció ante ella, la mezcla de alivio y miedo la golpeó como un torrente.

-¡Kenshin!

La sonrisa que se le dibujó al instante de verlo, sin embargo, se borró tan pronto él llegó a ella.

—¡Por qué estás aquí?! —gritó.

Y en su voz fue evidente el terror que lo invadía.

Kaoru se debatió con las palabras antes de por fin contestar.

—...Te, tenía que-

—No podemos quedarnos aquí -le interrumpió mirando ya en varias direcciones.

Durante su encuentro, la respuesta de los imperialistas se organizó y pronto sonaron cañones también del lado de los revolucionarios. Kenshin protegió a Kaoru en reacción instintiva, moviéndola y abrazándola, protegiéndola con su cuerpo cuando era necesario.

Entonces Touji - tras haberlos visto en medio del caos y de haber reconocido a su sobrina - llegó hasta ellos.

-¡Himura! -Le llamó.

Puso después una llave en sus manos.

—Llévate a Kaoru sama de aquí. Sabes dónde está la guarida, cruzamos con ella apenas pasar el límite de la ciudad.

Touji apretó la mano de Kenshin con tal firmeza que el contacto pareció decir más que mil palabras. Sus ojos se encontraron, y en ese instante, todo el peso de la guerra, la confianza y la responsabilidad se transmitieron sin necesidad de más explicaciones.

—Estoy contando contigo.

Kenshin, permitiendo que a través de aquella mirada se le midiera, asintió antes de echar a correr con Kaoru de la mano, lejos del campo de batalla.


La lluvia se desató tan pronto iniciaron su huida.

La casa estaba oculta entre los árboles, un refugio oculto apenas de la avenida principal de acceso a la ciudad pero apartado de la tormenta y de la guerra, en un rincón aislado donde las sombras de la noche se mezclaban con la humedad del clima. El techo de tejas de madera crujía bajo el peso de la lluvia, que ya caía con fuerza sobre los tejados y el suelo embarrado. Al principio, fueron gotas suaves, pequeñas, como susurros del cielo, pero pronto la tormenta estalló con la furia de un rugido antiguo, llenando el aire con un constante golpeteo, como si el mundo entero tratara de purgarse a sí mismo.

Kenshin avanzaba a prisa sin detenerse, con Kaoru siendo guiada - casi a rastras - bajo el agarre de sus manos.

—Kenshin. -Le llamó la miko que apenas y podía seguir el ritmo del samurai. -Kenshin, más despacio. —Le pidió.

Mas el pelirrojo apenas y escuchaba. Tenía la mandíbula apretada y el seño fruncido en un gesto claro de enojo.

—Kenshin, por favor deténte. -Volvió a rogar Kaoru con un nudo en la garganta, el frío y el miedo instalados en su centro, y la amenaza de lágrimas en sus ojos. —Kenshin...Kenshin, por favor deténte.

Tan pronto cruzaron la primera entrada - un muro alto de piedra que bordeaba la propiedad - Kenshin soltó a Kaoru con brusquedad, como si su tacto le quemara, mas no tan rudo como para hacerla tropezar.

Todavía desorientada, Kaoru intentó acercarse a él. El pelirrojo le daba la espalda mientras forcejeaba con el seguro de la puerta principal. —Kenshin...

El aludido se volteó con brusquedad, rechazando con la mano la de ella.

—¡¿Por qué estás aquí!? —Kenshin explotó, su voz rota por la furia, la angustia, el miedo a perderla. —¡¿Por qué, Kaoru?! ¡¿Por qué?!

Afonía.

Los ojos de Kaoru le miraban abiertos como platos, las lágrimas evidentes junto con el miedo.

Kenshin se giró incapaz de seguirla mirando -¡Maldición! -Exclamó tras golpear la puerta, cuyo cerrojo finalmente cedió.

El pelirrojo se quedó quieto sin embargo, respirando con dificultad, en un intento de querer calmarse.

Kaoru, empapada y temblando, abrió y cerró la boca varias veces, el nudo en su garganta le impedía el hablar.

—Tenía... Tenía que verte... —respondió al fin. El pecho le subía y bajaba con prisa. —Tenía que advertirte .

Kenshin soltó una risa corta, rota.

—¿No podrías haber mandado una carta? —El sarcasmo en su tono no ocultaba el dolor que lo consumía. Estaba furioso, no solo porque ella lo había seguido hasta allí, sino porque su presencia solo complicaba aún más las decisiones que debía tomar. La batalla no era solo externa; dentro de él también se libraba un conflicto, un tira y afloja entre su deber y sus sentimientos.

Ante su pregunta sin embargo, Kaoru frunció el seño, como si no pudiera creer lo que él estaba proponiendo, evidentemente sin notar el sarcasmo en aquella pregunta.

—¡No! —Contestó, dando un paso hacia él, desafiante pero vulnerable. —Por supuesto que no, ¡Kenshin! ...Estoy bajo constante vigilancia. No puedo arriesgarme a que una carta sea interceptada.

La frustración de Kenshin se tornó palpable, sus puños apretados mientras se giraba y la veía antes de volver a girar y abrir al fin la puerta de madera. El peso de la situación lo aplastaba... El samurai entró y Kaoru lo siguió al instante.

Tan pronto estuvieron a salvo de la lluvia, Kaoru agradeció el aire cálido de aquel lugar. La casa no era grande en tamaño, apenas con tres salas, una de ellas la cocina con el fogón central.

Kenshin dió una sencilla vuelta antes de volver a quedar de frente a ella, quedaba evidente que había seguido la discusión en su cabeza.

—¿Tu espía... no podría haber sido suficiente? —se quejó, mirando a Kaoru con una mezcla de incredulidad y desesperación.

-¿Beshimi?

—¡¿En serio tenías que venir!? ¡Al campo de batalla, no más!

Silencio.

Quizá fuera porque el calor estaba volviendo a su cuerpo, que la miko no titubió entonces.

—No me voy a disculpar —dijo ella, firme, su voz quebrada por la tensión de la situación. Sus palabras eran claras, pero su corazón, tan vulnerable, apenas podía ocultar el miedo que sentía por ambos.

Kenshin rió, una risa vacía, amarga, sin alegría.

Kaoru se apresuró a continuar, no deseaba otro malentendido. Su última confrontación meses atrás, seguía inconclusa. —No por esto, al menos. Tenía que venir.

Por un momento, ambos se miraron en silencio, y en ese instante, Kaoru percibió el torrente de emociones que se debatían en él. Kenshin estaba furioso, sí, pero también había algo más, algo que había permanecido oculto en sus ojos durante todo este tiempo: alivio. Verla sana, aquí, ahora, había encendido algo dentro de él que temía, algo que no podía controlar. Y sin embargo, la misión, el deber, la guerra, todo eso lo estaba arrastrando de nuevo a la oscuridad.

Kenshin hubiera deseado poder abrazarla.

—Debo volver a la batalla —dijo con una firmeza que no dejaba lugar a dudas, avanzando de vuelta a la entrada.

El corazón de la miko se estrujó en el pecho.

—Kenshin... —Kaoru lo llamó, con una suavidad que contrastaba con la tormenta que azotaba la casa, pero incapaz de detenerlo.

El pelirrojo apenas si se volteó para entregarle la llave en la mano.

—Esta es una casa segura, una guarida, aquí estarás a salvo.

—No puedes regresar —respondió Kaoru, sus palabras saliendo con la urgencia de quien ve un camino peligroso al alcance de la mano.

Pero Kenshin no la escuchaba. Se empeñaba en no escucharla, como si el sonido de su propia voz pudiera ahogar su preocupación. Se había girado y vuelto a salir al pasillo principal.

—Procura encerrarte y no salir hasta que venga por ti mañana —dijo, su tono autoritario, como el de un hombre que no tiene otra opción, aunque en su interior lo estuviera cuestionando.

—¡Kenshin! —El grito de Kaoru se rompió con la desesperación contenida. La lluvia volvió a golpearlos, el sonido del viento era ensordecedor, pero lo que sentía en su pecho, la angustia de no poder convencerlo, era mucho más fuerte.

Él finalmente se detuvo, mas no se giró a verla. Se quedó quieto, a punto de salir a la lluvia. Esperando a que ella dijiera lo que tuviera que decir para poder irse.

—La última vez que te vi, te dije cosas hirientes... —Kaoru lo miró, sus ojos llenos de remordimiento. —Deseo disculparme.

Kenshin siguió sin voltear.

—...No es necesario. Ambos estábamos equivocados en cierta forma. —Kenshin suspiró, dejando que el peso de esas palabras flotara en el aire. —Te veré mañana.

Y echó a andar hacia el portón principal.

Kaoru salió tras él.

—¡Kenshin...! —Kaoru volvió a decir, su voz temblorosa, pero con la firme convicción de lo que estaba a punto de decir. —¡Quédate. Por favor, no puedes regresar!

—Tengo que volver. Es mi misión. -Contestó, consiguiendo zafarse de su agarre en su gi.

Kaoru se detuvo.

—Incluso si vas, no habrá nada que puedas hacer, el resultado ya está decidido. -Declaró, manos cerradas en puños a los constados, su voz una octava arriba.

Kenshin volvió al paso.

—Con mayor razón debo volver, no tengo nada por lo que deba quedarme que justifique el que abandone la lucha.

Kaoru sintió que la irritación la dominaba. ¿Por qué de pronto era tan cabezota? Se cuestionó desesperada.

Y fue esa misma desesperación la que la llevó a gritar - y quizá también confesar - la declaración que había deseado ocurriese en otro lugar, bajo otro contexto.

—¡Estoy enamorada de ti, Kenshin no BAKA!

El cielo se iluminó, justo en ése momento, antes de que el trueno se escuchará, retumbando en el firmamento.

El silencio que siguió después fue abrumador.

Los pasos del muchacho se habían detuvieron de golpe al escucharle decir aquello. Ojos abiertos como platos.

¿Había escuchado bien?

El pelirrojo se giró lentamente, primero únicamente el rostro, como temiendo que al voltear aquella visión fuera a desaparecer. Se giró hasta poder mirarla de frente.

—¿Qué dijiste? —Susurró. La incredulidad en la voz de Kenshin era palpable, como si esas palabras no pudieran ser ciertas.

La miko respiraba forzadamente.

—Te hice una promesa —respondió Kaoru, su voz más suave, más vulnerable ahora. —Que cuando volviéramos a vernos te lo contaría todo. Kenshin, por favor, confía en mí cuando te digo que debes quedarte.

Silencio.

Luego, el samurai negó con la cabeza, totalmente ajeno a lo que ella había dicho recién.

—No. Eso no. ¿Qué dijiste antes? —Presionó. Ni una sola evidencia del enojo, ni de la desesperación anterior.

La reacción fue inmediata.

Kaoru pareció un instante encogerse en sí misma mientras las mejillas se le coloreaban como sakuranbos, a pesar del frío en el ambiente.

El corazón de Kenshin se saltó un latido. Pasó saliva con dificultad.

Tres pasos.

Sólo tres pasos le tomó volver a quedar de frente a ella. A un suspiro de distancia.

—Kaoru... -Apremió.

Porque su respuesta era lo que finalmente lo haría quedarse. Porque verla, ahí, tras meses soñándola - y alejado por fin del campo de batalla - sus sentimientos volvían a dominarlo; y estaba extasiado.

De pronto hacía calor...

Kaoru se mordió el labio, dando un paso en falso atrás, antes de erguirse y mirarlo con determinación, con asomo de lágrimas en sus ojos pero llenos de un brillo diferente a la tristeza.

De a poco, Kaoru tomó con ambas manos las de Kenshin, entrelazando los dedos. Levantó de a poco la mirada de vuelta a la de él.

Y en voz suave, confesó:

—Estoy enamorada de ti, Kenshin.

...

Kenshin sintió que respiraba por primera vez.

Sus pulmones se inflaron hasta hacerle sentir que el pecho se le había vuelto más grande, y quizá era así. El corazón latía desbocado en su pecho. Un montón de brinquitos antes de lanzarse en picada.

Kenshin asintió.

—Es lo que pensé que dijiste -soltó.

...

Aprovechando el agarre en ambas manos, Kenshin atrajo a Kaoru hacia sí hasta pegar su cuerpo con el suyo propio. Sus manos la envolvieron en un abrazo. La izquierda en la cintura, la derecha sosteniéndola por detrás de la nuca, guiándola...

Su boca, abierta, compartió el aliento tan pronto se selló con la de ella en un beso.

...

Cuando Kenshin la abrazó, Kaoru sintió una corriente de calor atravesar su cuerpo, como si todo lo que había temido y deseado finalmente se uniera en ese instante. Los latidos de su corazón se mezclaron con los de él, y por un momento, el ruido de la guerra, de la tormenta, desapareció.

Las manos de la miko había volado por instinto hasta rodearlo primero por los hombros y luego por el cuello; enterrándose en la melena roja.

Kaoru respiró su nombre, y al pronunciarlo, Kenshin sintió que algo dentro de él se deshacía. No era solo la confesión de su amor. Era la aceptación de que no podía seguir luchando solo, de que la batalla que más temía era la que se libraba en su propio corazón.

Sin despegarse, sin dejar de explorarse y reconocerse a través de aquel dulce contacto...

Kenshin guió a Kaoru de vuelta al interior de la casa...

Cerrando la puerta tras de él con un movimiento del pie.

...

Afuera la lluvia caía con fuerza apenas un instante más antes de que comenzase a ceder.

La luna brilló alta, testigo fiel de un nuevo inicio.


A/N: Manden bendiciones a esta pobre escritora para que pueda terminar.

Happy Spring Break!