Gracias a mi cómplice Li por su lectura previa. Los errores siguen siendo míos.


Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer, la trama pertenece a mi imaginación.

Capítulo 3

Edward

Ella me gustaba en demasía.

Me gustaba su personalidad, actitud, altanería y su encantadora sonrisa.

No podía sacarla de mis pensamientos, tenía su bonita cara tatuada en mi retina, que podía cerrar los ojos y su rostro aparecía para alegrar mi vida.

Poder entablar una conversación con ella era mi sueño hecho realidad. Pero que pusiera su absoluta atención en mí sin interrumpir y que fuera capaz de ver mis ojos… era un deleite que hombres como yo nunca jamás podrían imaginar.

Así era ella.

Tan auténtica y real que podía imaginar su perfecta cara frente a mí mientras estamos acostados en la cama…

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Bella

Me exalté. Lo hice cuando los débiles rayos dieron en mi cara y molestaron mi sueño, mas no era el motivo por el cual me había removido entre las mantas, si no porque Edward había soltado un grito ahogado.

Asustada lo miré. Él parecía haber entrado en trance.

― Edward ¿estás bien?

Acostado como estaba, miró hacia todos lados, supuse que buscaba sus anteojos los cuales tomó del buró y se los puso con torpeza. Reaccionó sentándose en la cama, su semblante enrojeció hasta su cuello al darse cuenta que no llevaba camisa y dormía entre las mismas mantas que yo.

― ¿Qué- qué pasó entre nosotros?

Estreché los ojos. ¿Ese era su nerviosismo? Si tan solo habíamos dormido en calidad de bulto, él en un extremo y yo en otro.

― Anoche te emborrachaste, decidí traerte a mi habitación y te quedaste dormido.

Llevó una mano a su pelo desordenado y suspiró.

― Pero no tengo ropa ―susurró avergonzado.

Sonreí a medias. Edward el tipo más dulce e inocente que hubiese conocido.

― ¿Hice mal en quitarte la camisa y zapatos?

De un brinco salió fuera de la cama. Se tambaleó en el proceso tratando de equilibrar su postura y se mantuvo pegado a la pared, manteniendo su distancia conmigo.

― No debiste ―sacudió la cabeza mientras sus hombros se hundían. Parecía preocupado y no entendía la razón―. Discúlpame por mi atrevimiento ―murmuró― si quieres puedo remediar mi falla y no permitir que tus vecinos me vean salir de aquí.

Pestañee. Abracé mis piernas y apoyé el mentón en mis rodillas al mismo tiempo que seguía mirándolo.

― Te aseguro que a mis vecinos no les importa lo que yo haga.

― Para mí es importante que nadie hable de ti ―sus mejillas se enrojecieron― y pueden empezar a… hacerse ideas por verme salir de aquí tan temprano.

Junté las cejas.

― Entonces puedo preparar el desayuno y así no te vas de aquí tan de mañana. Además si tuviera ropa de hombre, aquí mismo podrías darte una ducha e irnos a la constructora.

Los ojos de Edward estaban a casi nada de salir de sus cuencas.

― ¿Me estás invitando a desayunar? Tú… ―carraspeó― ¿sabes cocinar?

Enarque una ceja. Debería de sentirme ofendida porque dudara de mis dotes culinarios, sin embargo no podía enojarme con él, era un tipo agradable y simpático que prácticamente no conocía nada de mí.

― Entiendo que pienses que solo sirvo para maquillarme o quizás para elegir un buen vestuario para cada día de la oficina ―no oculté la amargura en mi voz―. Te aseguro…

― No, discúlpame ―se inclinó a la cama― no es mi intención ofenderte. Te juro que jamás he pensado tal cosa de ti, lo decía por mí, porque mira lo que soy… ―su cara enrojeció― seguramente no soy el tipo de hombre que invitarías a tu apartamento.

Tiernamente sus dedos recorrieron mi mano que seguía posada en mis piernas.

Suspiré. Por algún motivo no me gustaba que Edward tuviera complejo de inferioridad, no debería, siendo un chico tan noble no podía sentirse menos que los demás.

― Oye… ―mordisquee mis labios― eres el primer chico que se queda a dormir conmigo ―confesé, haciendo que su rostro se enrojeciera por completo y al mismo tiempo que esbozara una mediana sonrisa de felicidad, noté como el brillo de sus ojos se intensificó―. Así que te corresponde calificar mi sazón.

Asintió con vehemencia sin ocultar su emoción.

Salí de la cama. Él de inmediato dio media vuelta para evitar mirarme en ropa de cama, era un poco tonto cuando habíamos compartido el mismo colchón.

― Tu camisa está ahí ―señalé el perchero de la esquina.

Edward no volteó, se mantuvo dándome la espalda y respetando mi momento para poner sobre mi camisón una bata de seda.

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El desayuno fue un omelet preparado con claras de huevo y espinacas, bañado en salsa de tomate miniatura. Edward se encargó de picar la fruta y ponerla en un tazón le añadió yogur griego, acompañamos nuestro desayuno con jugo de zanahoria recién exprimido.

Nos dimos cuenta que éramos un buen equipo para cocinar y no solo para trabajar. Le conté casi toda mi vida, mientras él se maravillaba escuchando cada anécdota de mi niñez.

― Así que fuiste una niña rellenita.

― Sí. Pero eso nunca fue impedimento para sentirme menos. Siempre mentalicé que yo era más que un cuerpo robusto ―le di un guiño.

― Eres admirable, Bella.

― ¿Por qué?

― Porque nada te ha detenido, ni las críticas ni todos los obstáculos que se te han presentado. Para ti no debió ser fácil dejar tu ciudad y familia para emprender un nuevo reto.

― Estamos hechos de retos ―dije― nosotros decidimos si vamos a por ellos.

Las comisuras de sus labios cayeron débilmente.

Entonces, la duda que invadía mi cabeza desde ayer decidió hacerse presente en voz alta.

― ¿Cuántos años tienes, Edward?

― Veintiséis, ¿por qué?

― Eres un año menor que yo.

Acomodó sus gafas por el puente de su nariz.

― ¿Hay algún problema con la edad? ―se aclaró la garganta―. Es decir, ¿no podemos ser amigos?

Sonreí al ver su cara sonrojada. Me agradaba la forma en que se ruborizaba con facilidad.

― Para nada ―respondí inmediatamente―. Me gusta saber que ahora tengo un nuevo amigo.

Me sostuvo la mirada por breves segundos. Aprecié esa chispa llena de alegría al saberse mi amigo.

― Espero que Diego no se enfade y te metas en problemas con él por mi culpa.

― Diego puede hacer todo tipo de berrinches si quiere. No tiene nada que ver en mi vida.

Los labios de Edward se mantuvieron abiertos en una graciosa "o".

― Creo que es hora de irme ―mencionó desanimado y arrastrando un poco los pies cuando se incorporó―. La próxima vez me dirás el ingrediente secreto de la receta salsa de tomate, promételo.

― No sé qué tan buen amigo seas que merezcas esa información privilegiada. Quizá aún es prematuro revelarte el ingrediente secreto ―me burlé.

Tomó suavemente mi mano y me dejó un corto beso en el dorso.

― Nos vemos más tarde, Bella Swan.

― Hasta más tarde, compañero.

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Los cuchicheos sobre nosotros empezaron a correr como pólvora. En cada chisme de pasillo se rumoraba que Edward Cullen y yo teníamos una relación clandestina.

Sus suposiciones eran fundamentadas por vernos todo el tiempo conversar, añadiendo que media constructora sabía que varios días a la semana nos reunimos en mi apartamento.

Varias veces me vi obligada a dejarle claro a Renata que nada era cierto, hasta que dos semanas después me cansé de desmentirlo y dejé que creyeran lo que quisieran.

Era de mañana cuando llegué corriendo a la oficina.

Renata me esperaba a medio vestíbulo. Por su cara comprendí que tenía un chisme prometedor sin soltar.

Se acercó rápidamente y tiró levemente de mi mano.

― Diego quiere dimitir, en estos momentos está hablando con Aro ―Renata contó en mi oído―. Deberíamos hablar con él y darle ánimo ¿no crees?

Difería un poco con Renata. Ella parecía preocupada por Diego mientras él seguramente ya había pedido ayuda a su padre para ser admitido en otra constructora.

― ¿Ahora por qué hizo berrinche?

Renata sacudió la cabeza, acercándose de nuevo a mi rostro.

― Está celoso de Edward Cullen. Ya sabes, sigue dolido porque no fue elegido para el resort. Diego se imaginaba que pasaría las noches junto a ti.

Puse los ojos en blanco.

― Y creo que otra celosa es Ángela Weber ―murmuró―. ¿Te has fijado cómo te mira?

Miré directamente hacia su escritorio. La chica de melena larga me observaba desde su lugar, cuando se percató que la miraba, despistadamente desvió su mirada de mí y se centró en la computadora.

Edward llegó corriendo se notaba apurado. Pasó por un lado de mí y no me saludó, quizá por la misma prisa no se dio cuenta de mi presencia.

― ¿Cómo sigue tu abuela Elizabeth? ―Ángela lo detuvo con mucha confianza.

― Mejor. Nos dio un gran susto ―reveló él.

Caí en cuenta que ni siquiera sabía que Edward tenía familia. Y ella lo sabía, fue cuando pensé que era la razón por la que no asistió anoche a casa. Me había enviado un escueto mensaje disculpándose.

Me sentí incómoda. Era una sensación extraña y nueva como si un hueco se abriera en la boca de mi estómago, era como si me irritara que Ángela lo conociera más a él que yo, ¿no se suponía que éramos amigos? ¿Por qué no sabía nada de él?


Llevan dos semanas compartiendo. Edward ya sabe la vida entera de Bella y pues… nuestra chica se está quedando atrás, por lo pronto ya se enteró que Edward tiene una abuela. Les agradezco mucho su apoyo, de todo corazón gracias por darle una oportunidad a esta bonita historia, nos leemos pronto.

Para ver a este Edward en la cama de Bella, únete al grupo de Facebook. Li hizo un estupendo trabajo, les aseguro que lo amarán.

Edward tiene 26 años y Bella 27, no hay mucha diferencia.

Gracias especiales a quienes comentaron el capítulo anterior: marisolpattinson, mrs puff, Pepita GY, Daniela Masen, Rosemarie28, Dulce Carolina, krisr0405, Elizabeth Marie Cullen, Ary Cullen 85, ALBANIDIA, Cary, Antonella Masen, Flor McCarty-Cullen, Sinn Ontiveros, Tata XOXO, Adriu, The Vampire Goddess, Smedina, Maryluna, Diannita Robles, Noriitha, Adriana Molina, rociolujan, saraipineda44, Lili Cullen-Swan, Marxtin, Cassandra Cantú, Car Cullen Stewart Pattinson, y comentarios Guest.

Gracias totales por leer💕