・ Notas ・
Como sabrán, hay varias modificaciones respecto al episodio original iSpeed Date (Cita relámpago en español latino), así que no se sorprendan si encuentran escenas o elementos que parecen fuera de lugar. En la serie, solo vemos una cita doble y no el baile en sí, por lo que decidí tomar un rumbo diferente. Si quieren, pueden volver a ver el episodio, o al menos su parte final, aunque no creo que sea necesario. Y como mencioné antes, ¡esto será 100% Seddie!
Por otro lado, al final terminé dividiendo el capítulo nueve en tres partes, ya que me quedó muy largo. Así que si yo fuera ustedes, me iría por mis palomitas para leer esto como si fuera un especial de una hora de la serie. (Este arco de baile ya parece película de lo largo que me quedó; no bromeo.)
Nota: ¡El enlace de abajo tiene el primer fanart de este fanfic! Hecho por CChinita23. Fue hecho antes de que estrenara el capítulo, así que no son sus outfits oficiales. Aun así, me pareció muy lindo y quise compartirlo. Pueden verlo también en Wattpad y Ao3. :3
Link de pinterest: pin/922745411157554850/
Por otro lado, siento la tardanza. El cargador de mi laptop se averió y he tenido que ir editando desde distintos dispositivos.
Spotify Playlist: https/open./playlist/3QhLC6gzpVRnpkLVJ7W3VG?si=MrFDMFWeR4iZ83H5r39OcA
Capítulo 9
[ Parte 1: iGet Ready ]
A la hora acordada, Sam y Freddie concretaron los últimos detalles. Freddie sugirió que podría salir temprano de su casa para cambiarse en el cuarto de Spencer y luego pasar a recogerla en su casa para que llegaran juntos. Sam estuvo de acuerdo. Discutieron la hora exacta, cómo serían trasladados, quién pagaría, qué, entre otros aspectos.
Con ese asunto resuelto, ambos pasaron a otro tema de gran importancia: ¿quién ganaría en una pelea, un payaso ninja o un gorila mutante? Sam apoyó al gorila mutante, mientras Freddie argumentaba a favor del payaso ninja.
La conversación fue interrumpida abruptamente cuando la madre de Freddie le pidió (o más bien, exigió) a su hijo que fuera a dormir. A lo que él respondió con un exhausto "Sí, sí, ya entendí" para evitar otra charla sobre la importancia de dormir para la salud.
Cuando dejó de escuchar ruido del otro lado del teléfono, Sam comentó: "Linda mami, tienes ahí". A lo que Freddie le respondió que ella no era quién para hablar, aunque su madre no era tan loca como la suya. Sam argumentó que su madre sí era más loca, y ambos terminaron discutiendo sobre cuál de las dos era la más loca.
Terminaron la conversación con Freddie deseándole buenas noches, mientras Sam le recordaba encender su luz de noche para dormir bien. Él insistió en que ya no usaba esas cosas y cambió de tema, respondiéndole que guardara bien su comida para que su mamá no se la robara.
Y así, de esa forma tan poco romántica, pero que solo ellos entendían como romántica, colgaron la llamada.
Sam tenía que admitir que se sentía un poco rara después de sus conversaciones con él, pero no rara en el mal sentido. Era una rareza buena, una que incluso disfrutaba. Aunque había algunos insultos o bromas; ambos sabían que el otro no lo decía en serio y que, en realidad, todo estaba bien entre ellos. Era lindo.
Con esto en mente, finalmente decidió ir a bañarse, más por el calor y los mosquitos que la molestaban. Después, se preparó para dormir. Sabía que debería al menos preparar su vestido o asegurarse de que todo estuviera listo, pero no tenía energía para eso. Además, mañana tendría todo el tiempo del mundo para resolver cómo se arreglaría, peinaría y haría todas esas cosas que la gente suele hacer para una "ocasión especial".
Como al día siguiente no habría clases debido al baile (y solo irían los estudiantes encargados de organizarlo y algunos voluntarios), Sam apagó la alarma que tenía y, sin más, se echó en su cama a dormir.
En su sueño, Sam exploraba un castillo hecho de tocino cuando sintió algo tocarle el hombro. Al principio fue un roce suave, fácil de ignorar, pero pronto aquello se transformó en una sacudida insistente. Molesta, intentó patear para apartar lo que fuera que la estaba fastidiando, pero lo único que consiguió fue tirar su sábana al suelo. Frustrada, abrió los ojos, y allí estaba Melanie, con una sonrisa emocionada y la energía interminable de siempre.
—¿Qué quieres? —gruñó Sam, aún medio dormida, frotándose los ojos.
—Sacarte de la cama antes de que se nos haga más tarde.
— ¿Tarde? ¿Y qué hora es? —preguntó Sam, sentándose de prisa.
¡Rayos! De seguro, eran las tres de la tarde. Eso solo le daría como dos horas para prepararse, y definitivamente eso sería muy poco tiempo para lo que sea que Melanie tenga en mente.
—Son las diez y quince.
Sam tomó la sábana que se había caído al suelo y se arropó.
—No seas dramática —dijo con un bostezo—. Llámame cuando sean las doce.
—Si hago eso, llegaremos tarde a tu cita en el salón.
—¿Cita en el salón? ¡Pero si yo no he hecho ninguna cita!
—Tú no, pero yo sí.
—¿Qué? ¿Y desde cuándo? ¡Si ayer apenas te enteraste!
—Anoche. Hablé con una amiga que me debía un favor. Su mamá tiene un salón de belleza, y ambas te van a arreglar gratis: cabello, uñas, maquillaje, todo.
—¿Maquillaje? ¿Y quién te dijo que yo quería…?
—Tranquila, no será nada exagerado ni muy notorio. En el salón te mostrarán ejemplos o puedes buscar imágenes en internet. Puedes elegir lo que te haga sentir más cómoda. Y si al final no quieres, solo te arreglaran el cabello y las uñas.
—¿De verdad?
—¿Alguna vez he mentido?
—Solo cuando yo te lo pido, creo.
—Exacto. Así que confía en mí cuando digo que todo saldrá bien
—¿Y qué hay del vestido? ¿No hay que llevarlo a preparar o algo así? —preguntó, recordando cómo Carly le había contado alguna vez que llevaba sus vestidos a arreglar unos días antes de usarlos.
—Ya me encargué de eso también. Iré a recogerlo mientras tú estás en el salón. Además, es posible que nos quedemos allá toda la tarde para que no sudes mucho.
Melanie le había contado todo con seguridad y parecía tenerlo todo bajo control, pero, aun así, Sam no estaba muy convencida. Sobre todo, porque le estresa la idea de estar horas en una silla, arreglándose, solo para horas después, quitarse todo de encima. Además, Sam ya había quedado con Freddie para que la pasara a buscar en casa.
—¿Y el saloncito ese está muy lejos de aquí? Porque le dije a Freddie que pasara a buscarme aquí, y no quiero que termine perdido al otro lado del país por una tontería así.
—No. Está a unas cuadras de aquí, pero creo que sería mucho mejor si se encuentran allá. Como la madre de mi amiga también tiene un negocio de fotografía, hay lugares muy bonitos para tomarse fotos, tanto en la casa como en el negocio —explicó Melanie—. Lo digo porque sé que no podrán tomar fotos románticas en público como pareja, pero allí podrían tomarse algunas para que las tengan de recuerdo.
Bien. Tenía que admitirlo: la idea no estaba tan mal. El plan tenía sentido, no parecía afectarles mucho y ayudaría a Sam a cumplir el juramento del tobillo que le hizo a Carly. Además, ahora que pensaba en las fotos, no recordaba que ella y Freddie se tomaran una juntos-juntos. Ya saben, no como el "juntos" de amigos, sino como el "juntos" de pareja. Así que, supuso, no estaría mal aceptar.
(De todos modos, no es como si Melanie hubiera aceptado un "no" por respuesta. Era bastante parecida a Sam en ese sentido: insistente hasta el final.)
—Bien. Lo haré —aceptó Sam—, pero solo porque le prometí a Carly que lo haría.
—Asumo que se trata de una promesa del tobillo.
—Sí, asumes bien. —Sam bostezó y se palmeó las mejillas para despertarse un poco—. Y asumo yo que no te atreverías a levantarme sin prepararme algo de comer primero.
—Sip. Preparé plátano maduro con salami y queso. Está servido en la mesa —informó Melanie. En ese momento, una notificación llegó a su teléfono, y empezó a caminar hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo—. Por cierto, mamá ya desayunó y se fue, así que puedes comer tranquila y luego darte un baño antes de que salgamos.
—Está bien. Gracias.
Sam se frotó los ojos con cansancio. Realmente no quería hacer nada más que dormir, pero sabía que no tenía otra opción.
Cuando miró hacia la puerta de Melanie, notó que ella no se había ido; seguía de pie, esta vez con cara de sorpresa. Sam se preguntó si había visto un bicho o algo por el estilo.
—¿Qué pasa? ¿Viste un bicho o qué? —preguntó, mirando a su alrededor, sin notar nada extraño.
—No, yo… no es nada —negó con la cabeza, sonriendo de nuevo—. Iré a preparar mis cosas. Te veo en breve.
Melanie salió del cuarto, dejando a Sam sola con sus pensamientos.
Sam se volvió a recostar en la cama. Melanie realmente sabía cómo organizar todo en un abrir y cerrar de ojos. ¿Cómo lo hacía? Le daba un poco de miedo pensar en lo eficiente que era para encontrar soluciones y convencer a la gente. Si tan solo con enterarse el día anterior había conseguido todo eso, no quería imaginar lo que habría hecho con una semana completa. Tal vez la habría llevado a un spa o incluso les habría conseguido un tratamiento especial. Ya saben, como en esas películas de adolescentes, donde alguien pasa por un "cambio de look". Cambios que, en su opinión, eran un poco ridículos, porque los personajes ya eran lindos; solo necesitaban bañarse y peinarse para dejar de parecer vagabundos o bichos raros.
Con resignación, salió de la cama, se lavó los dientes y fue a desayunar. Mientras comía el desayuno que Melanie había preparado, su hermana se sentó a su lado y le mostró una bolsa de plástico.
Sam la miró con curiosidad, esperando que fuera algo comestible, pero se decepcionó al ver que Melanie comenzaba a sacar productos para el cabello, jabones especiales para la piel y otras cosas. Melanie empezó a explicarle detalladamente cómo debía usar cada uno, y Sam decidió prestarle atención. Conociendo a su gemela, si no entendía a la primera, ella se lo explicaría todo desde el principio, incluso veinte veces si era necesario. Y ahí sí perderían tiempo.
"Este va a ser un largo día", pensó Sam mientras seguía comiendo el salami.
Media hora después de haberse bañado y usado los productos para la piel que su hermana le prestó, ambas se prepararon para salir. Sam tomó su celular y algo de dinero, mientras que Melanie salió con una cartera al hombro y las bolsas con los productos para el cabello y otras cosas que Sam usaría más tarde.
Caminaron por las calles del vecindario, una detrás de la otra. Sam seguía a su gemela con un ritmo pausado, sin mostrar demasiado interés en iniciar una conversación. Por su parte, la otra tampoco parecía tener intención de hablar; solo se detuvo un momento para pedirle que cargara una de las bolsas más pesadas. Sam obedeció sin protestar. Su gemela le dirigió una mirada curiosa, pero ella no la notó, distraída en sus propios pensamientos.
Cuando finalmente se detuvieron, Sam levantó la vista esperando encontrar un salón de belleza o un estudio de fotografía, pero todo lo que vio fue una casa. No era particularmente grande ni pequeña, sino que tenía un tamaño justo y se notaba a leguas lo bien cuidada que estaba.
Melanie cruzó la cerca abierta con la naturalidad de quien entra en su propio hogar (como Sam hacía en el apartamento de Carly) y se dirigió hacia la entrada. Sam la siguió en silencio, sus ojos recorriendo el lugar con una mezcla de curiosidad y leve aburrimiento. Melanie tocó el timbre y, en cuestión de segundos, una voz respondió desde adentro. La puerta se abrió de inmediato, revelando a una chica de cabello negro liso, quien al ver a Melanie no tardó en soltar un grito emocionado. Su hermana respondió con la misma energía, y ambas se abrazaron con afecto.
Las preguntas llovían por aquí y por allá: "¿Cómo estás? ¿Todo bien con la beca?", y las respuestas llegaban con la misma rapidez: "Sí, hago lo posible por seguir siendo digna de esta, pero dime tú, ¿cómo va todo? ¿Alguna novedad?", y ya pueden imaginar el resto de la conversación.
Sam observó aquella escena con una expresión impasible, pero no pudo evitar sentirse fuera de lugar. Le recordó la vez que Missy llegó a casa de Carly, y ambas hablaban con ese mismo entusiasmo que la hacía sentirse invisible. Sin embargo, esta chica pelinegra parecía ser diferente, más genuina, más amable. Además, Melanie jamás se rodearía de alguien que no fuera una buena persona… al menos fuera de la familia.
En lugar de prestar atención a la charla, Sam decidió distraerse observando los alrededores. La casa tenía un estilo americano típico, con un pequeño jardín cercado que parecía sacado de una postal. Entre los macizos de flores se encontraban bancos cuidadosamente colocados y un columpio doble colgaba de un árbol, añadiendo un toque de ensueño al lugar. Todo estaba impecable, desde el jardín lleno de flores vibrantes hasta la entrada, adornada con detalles sutiles que creaban una atmósfera cálida y acogedora.
Melanie tenía razón: este sitio sería ideal para las fotos, mucho mejor que cualquier rincón improvisado en su casa o cualquier sitio aburrido en la escuela.
—Está bonito, ¿verdad?
Le tomó unos segundos darse cuenta de que su hermana le hablaba a ella.
—Sí, supongo —respondió con desinterés. La idea seguía sin emocionarla.
—Será perfecto para que tú y tu cita del baile se tomen las fotos hoy, una vez que todo esté listo, claro —añadió la otra chica, sonriendo con amabilidad—. Soy Jessica Johnson, por cierto, pero puedes llamarme Jessie —se presentó, extendiendo una mano hacia ella.
—Sam Puckett —contestó Sam, sin molestarse en devolver el saludo de mano. Era innecesario, seguro que ya sabía quién era, ya fuera por Melanie o por el programa.
Jessica, o Jessie, no pareció ofenderse por su actitud distante. En lugar de eso, las invitó a pasar con un tono cálido. Dentro, les ofreció algo de comer y beber, cosa que Sam aceptó sin titubear. La chica explicó que tendrían que esperar un poco, ya que su madre, quien se encargaba del "mayor trabajo", estaba ocupada con otros clientes. En unos quince minutos, les escribiría para atenderlas.
Sam no prestó mucha atención a los detalles. En otro momento, habría protestado o tratado de inventar alguna travesura para entretenerse, pero esa vez no tenía ganas de nada. Mientras Melanie y Jessie seguían charlando y compartiendo anécdotas en la sala, Sam se entretuvo viendo una caricatura en la televisión.
De vez en cuando, lanzaba una mirada de reojo hacia las otras dos. Aunque no era fan de las personas excesivamente alegres, no podía evitar reconocer que había algo sólido y auténtico en la amistad que compartían. Por un momento, se preguntó si Carly y ella tendrían un reencuentro igual de emotivo si alguna vez se separaran. ¿O simplemente cada una seguiría su camino, dejando que la distancia las convirtiera en extrañas?
Sintiéndose incómoda, desechó rápidamente esos pensamientos. No tenía sentido preocuparse por algo que claramente no iba a ocurrir. No si Freddie y ella podían impedirlo, como la vez que casi se fue a Yakima, o cuando tuvo la oportunidad de irse a esa escuela de élite. Sonrió ante el recuerdo. Aquellas eran de las pocas veces en las que, de alguna forma, Freddie y ella se habían compinchado. Mucho antes de que él comenzara a interesarse en ella o de que Sam lo viera de una forma distinta a la de "el ñoño debilucho que babea por Carly".
Algo que, además de ñoño, Freddie ya no era.
Aún era un poco más débil que la mayoría de los chicos, y definitivamente más que ella, pero ya no babeaba por Carly, sino que la quería a ella. La quería tal y como era, con defectos incluidos. O al menos, eso le gustaba pensar, especialmente después de todo lo que él había dicho y hecho que le demostraban que su cariño era real.
Bien. Tal vez la caricatura no era suficiente para callar sus pensamientos, pensó Sam, sintiéndose un poco avergonzada por todo lo que rondaba en su cabeza. No era malo sentirse así, pero aún le costaba adaptarse a la idea de reconocer tan seguido sus sentimientos, especialmente cuando la mayor parte de su vida había intentado evitarlos.
¿Cómo hacían los demás para acostumbrarse a enfrentar sus emociones con tanta naturalidad?
Decidió revisar su teléfono para distraerse un poco más. Entre los mensajes de Carly, encontró varios que hablaban sobre los planes para después del baile. Carly mencionaba iría Licuados Locos con su cita y le preguntaba si Freddie y ella quisieran acompañarlos.
«¿No sería eso una especie doble cita?», se preguntó Sam al leer el mensaje, pero no lo expresó a su amiga, ni le dio mucha importancia al pensamiento.
Revisando su chat con Freddie, notó que tenía dos mensajes de él de esa mañana. Uno de buenos días, el usual, y el otro, que decía: ¿Todo bien?
Si bien eso podía pasar como un saludo normal, Sam sabía que de seguro se refería a que sí estaba bien con todo eso del baile. Y pues, no se sentía mal, ni nerviosa del todo, solo un poco… a la expectativa por la espera.
Ignorando el sentimiento de hormigueo en su estómago, Sam respondió sus mensajes y luego le contó el resto. También le contó en dónde se encontraba ahora mismo, diciéndole las mismas razones que le dio Melanie. Le preguntó a Melanie y Jessica por la dirección del lugar y la escribió, detallando como se veía la casa por fuera también.
En lo que esperaba su respuesta, dejó el teléfono a un lado y trató de distraerse con la televisión otra vez.
.
.
.
No pudo. Aunque no quería admitirlo, algo la inquietaba. No quería que se repitiera lo de la última vez. Cuando se arregló por completo—y por un chico, ugh—, solo para terminar sintiéndose incómoda consigo misma. Pero se repitió una y otra vez que esta vez no sería igual. La diferencia era que, aunque no tuviera todos esos productos elegantes sobre ella, Freddie seguiría viéndola como era. Estaba muy segura de eso.
Se preguntó qué estaría haciendo él en ese momento. ¿Estaría estudiando? ¿Mirando televisión? O, al igual que ella, ¿estaría preguntándose qué estaba haciendo?
Tomó su teléfono nuevamente y revisó los mensajes. Nada aún. Miró el botón de llamada por unos segundos, y sin pensarlo demasiado, se levantó del sofá, se dirigió al jardín y marcó el número de Freddie.
La primera vez, él no contestó. Ni la segunda. A la tercera, por fin, escuchó su voz al otro lado de la línea.
—¿Sam? No pensé que me llamarías ahora. ¿Pasa algo?
Sam sonrió, sintiendo cómo el nerviosismo que llevaba consigo comenzaba a desvanecerse.
—No. Solo quería… —"oír tu voz, hablar contigo un rato"—, saber si ya leíste los mensajes que te envié hace un rato.
—Apenas tomé el teléfono para responder la llamada, así que no he revisado nada todavía. ¿Es importante?
—No mucho —respondió ella, dejándose caer en un columpio del jardín—. Lo que pasa es que Melanie me hizo una cita en el salón de belleza de la mamá de una amiga suya. No me preguntes por qué, no lo sé y, no, no se lo pedí yo por el juramento del tobillo que hice con Carly. Pero bueno, el caso es que ahora estoy en la casa de su amiga esperando a que sea mi turno. Y al parecer vamos a quedarnos aquí toda la tarde porque según Melanie aquí hay más lugares para tomarnos fotos.
—Ah, entiendo. ¿Quieres que lleve mi cámara?
—No es necesario. La mamá de su amiga también tiene un negocio de fotografía, seguro tiene equipo de sobra.
—Suena bien, supongo. Pero ¿no crees que todo esto es demasiado conveniente? Es como si Melanie lo hubiera planeado todo de antemano.
—Lo mismo pensé, pero parece que no. Según ella, les hizo un favor hace tiempo, y su amiga solo quiere devolvérselo. Así que creo que no nos están cobrando nada por lo del salón ni por las fotos.
—Vaya, bien por nosotros, supongo.
—¿Bien? ¿No vas a decir nada más?
—… No se me ocurre nada ingenioso ni un chiste malo ahora mismo —admitió Freddie—. Pero quiero saber algo: ¿de verdad te sientes cómoda con esto?
—¿Con las fotos aquí? Sí, no veo por qué no. El lugar se ve bastante decente. Tal vez te mande una foto luego para que veas cómo es por fuera y eso.
—No me refería a eso. Me refiero a todo esto de maquillarte y arreglarte. Sé que no eres muy fan de esas cosas. Y aunque hiciste un trato con Carly… no quiero que sientas que tienes que hacerlo solo por compromiso.
—Si pudiera, lo evitaría. No quiero sentirme como una muñeca, como aquella vez que me arreglé un montón para salir con Peter. Fue… incómodo —confesó ella—. Pero tampoco quiero ser una gallina y huir de esto.
—No creo que serías una gallina si decides no hacerlo —replicó Freddie—. Y, honestamente, a mí no me importa mucho si te arreglas o no. Mientras podamos divertirnos juntos, me basta.
Sam se balanceó lentamente en el columpio, una ligera sonrisa apareciendo en su rostro.
Y esa amabilidad es otra cosa que me gusta de ti, pensó… o al menos, creyó haberlo pensado para sí misma.
—Yo… gracias por… es bueno saberlo —dijo Freddie, un tanto dubitativo.
Sam se congeló, su sonrisa desapareciendo mientras el rubor se extendía por sus mejillas.
—¿Dije eso en voz alta? —preguntó, llevándose una mano a la boca.
Cielos, una cosa era pensar cosas cursis, y otra muy distinta era decirlas. Eso era un nivel distinto de vergüenza. Menos mal que no se le escapó nada aquella vez que se imaginó a sí misma como Cenicienta y a Freddie como su príncipe.
Esperen. ¿Eso hacía a Melanie su hada madrina en esta situación?
—Sí. Pero, si quieres, puedo fingir que no lo oí —dijo Freddie, devolviéndola a la realidad.
Sam suspiró, aliviada, aunque seguía sintiéndose como una tonta.
—Hazlo, por favor.
—Solo guardaré esas palabras en un baúl en mi corazón, y luego tiraré la llave al fondo del mar y jamás volveré a hablar de eso —completó él.
—Ahora sí te salen tus líneas, ¿eh, Romeo? —replicó Sam, rodando los ojos, aunque todavía podía sentir el calor en sus mejillas.
—Solo cuando me inspira mi Julieta —respondió Freddie, con una sonrisa que se podía escuchar en su voz.
—Ya —rio suavemente. Hubo unos segundos de silencio antes de que ella recordarla lo otro que quería contarle—. Casi se me olvida decirte lo otro por tus tonterías.
—¿Decirme qué?
—Carly me pregunto si queríamos ir a Licuados Locos después del baile. Ella, su cita, tú y yo.
—¿No sería eso una especie de doble cita?
—Podría parecerlo, pero Carly seguramente lo ve como una salida con su posible novio y sus dos amigos. Pero dime, ¿quieres ir?
—Claro, no veo por qué no. Aunque… si quieres, podríamos hacer otra cosa, como ir al cine. O podríamos cenar juntos, dar un paseo romántico bajo la luz de la luna…
—No lo creo. Seguro, cuando termine el baile, solo querré dormir y dormir. Y si haces un chiste sobre despertarme con un beso como en los cuentos de hadas, te voy a…
—Perdona que interrumpa, pero ya es hora de irnos, Sam —dijo una voz detrás de ella.
Sam giró la cabeza para encontrarse con Melanie y la otra chica, cuyo nombre ya había olvidado. Su hermana llevaba varias las bolsas de antes.
—Está bien —les respondió, antes de volver al teléfono—. Ya tengo que irme.
—Entiendo. Hablamos luego.
Sam siguió a Melanie y a la otra chica hasta el salón, ubicado al lado de la casa. Todo parecía estar bien hasta que cruzaron la puerta. En ese instante, Sam sintió un cambio en la atmósfera, como si de pronto se hubiera sumergido en un mundo distinto. Ya no parecía la vida real, sino el set de una película donde ella, inesperadamente, era la protagonista a punto de vivir su famoso "cambio de look".
—¿Estás lista?
Sam miró a su gemela. Se sentía nerviosa, sí, pero la charla con Freddie le había dado un impulso de confianza. Así que asintió y, por primera vez desde que se reencontraron, le devolvió la sonrisa con una expresión más segura. Melanie alzó las cejas, sorprendida por un momento, pero rápidamente recuperó la compostura. Con entusiasmo, guio a Sam hacia la silla donde debía sentarse y luego se acercó a su amiga.
Aprovechando que la silla giraba, Sam dio una vuelta y se encontró mirando hacia una pantalla. Jes—¿Jeslyn, era así como se llamaba? Bueno, Jes—estaba poniendo algo en el televisor. Parecía una película, un musical. Al notar que Sam la observaba, Jes le sonrió con tranquilidad y se encogió de hombros.
—Para animar un poco el ambiente —comentó sin más explicación.
Un minuto después, la señora Johnson apareció cargada con utensilios y materiales, enfocada únicamente en su trabajo, para alivio de Sam, quien no tenía ánimo de charlas.
Melanie mostró una imagen del atuendo de Sam, y entre las cuatro discutieron las opciones más viables. Sin embargo, la mayoría de las decisiones quedaban entre Sam y la señora Johnson: el estilo de cabello que quería, si estaba dispuesta a cortarlo un poco, si prefería rizos o liso, entre otros detalles. Respecto al maquillaje, tal como Melanie había prometido, Sam pudo elegir la opción que más le gustaba y con la que se sentía más cómoda.
Un par de horas después, Sam estaba completamente lista. Su cabello rizado lucía bien, su rostro maquillado con tonos que resaltaban su belleza natural, y su atuendo, desde el vestido hasta sus zapatos, encajaba a la perfección. Incluso llevaba las uñas pintadas con un esmalte del mismo tono que su vestido.
Todo estaba en armonía, pero lo mejor de todo era cómo se sentía: segura, hermosa, y fiel a sí misma. No era una muñeca que alguien había preparado a su antojo, ni una imitación de una chica dulce y delicada al estilo Carly o una copia de Melanie. Era Sam Puckett, una chica fuerte, con una belleza única, capaz de ser tierna y linda a su manera sin perder un ápice de su esencia.
La puerta del cuarto en el que estaba se abrió de golpe, y Melanie apareció con su característico aire entusiasta. Después de ayudarla con los últimos detalles, se había marchado a… bueno, Sam no recordaba exactamente a qué. Había estado demasiado absorta admirando su reflejo en el espejo como para prestar atención.
—¡Estás espectacular! —exclamó Melanie, sus ojos brillando mientras se acercaba con una sonrisa llena de orgullo—. Sabía que todo te quedaría bien, pero jamás imaginé que sobrepasarías los límites de la belleza permitida.
Sam se rio, no tanto por las palabras de su hermana —que le recordaban las cursilerías de Freddie—, sino por la forma en que Melanie comenzó a caminar a su alrededor, como si inspeccionara su obra maestra, dando pequeños brincos de emoción al final.
—¡Ay, de verdad me encanta! —prosiguió Melanie, juntando las manos con entusiasmo—. Pero dime, ¿cómo te sientes? ¿Te gusta todo? ¿Hay algo que quieras ajustar? ¿Sientes que las botas tienen demasiado tacón? Todavía estamos a tiempo de cambiarlas.
—Noup, así estoy bien —respondió Sam con decisión, mirando su reflejo una vez más con una sonrisa satisfecha—. Me gusta todo, sobre todo los zapatos. Son tan perfectos que posiblemente no los vuelvas a ver jamás.
—Me imaginé que dirías eso, así que considéralos mi regalo.
—¿En serio? —Sam arqueó una ceja—. Pero, parecen caros y de seguro, te gustan mucho.
Si bien había bromeado (o tal vez no) sobre quedárselos, no pensó que su gemela aceptaría con tanta facilidad. Nadie podía ser tan amable.
Melanie asintió en respuesta, demostrándole a Sam que quizás sí había gente así.
—Ya conseguiré otros luego. Además, ayer iba a comprarte algo de regalo, y como no pude por ayudarlos, pues, no sé, considéralo como tu regalo si quieres.
—Lo haré. Gracias.
—No hay de qué. Para eso estamos las hermanas.
Volvió a mirarse en el espejo mientras Melanie, ajustándose un arete, observaba su propio reflejo. Aunque parecía que no quedaba nada más por decir, Sam sentía que un simple "gracias" no era suficiente. Tomó un momento para ordenar sus pensamientos y, con algo más de seguridad, pero sobre todo sinceridad, volvió a mirar a su gemela.
—No solo me refiero a los zapatos o al cumplido —dijo finalmente. Melanie dejó de mirar su reflejo y la observó con curiosidad—. Hablo de todo esto: ayudarme a escoger, quedarte aquí mientras me arreglaban, asegurarte de que me sienta cómoda… No te pedí nada de esto, ni creo haber hecho algo para merecerlo. Pero gracias, de verdad. Te debo una.
—No tienes que deberme nada. Yo… sé que no siempre nos llevamos bien, porque somos muy diferentes y chocamos mucho, pero eso no me importa. Solo quiero ayudarte, porque eres mi hermana y me importas mucho. Y si un par de zapatos puede hacerte feliz, entonces dártelos es lo de menos. Ya habrá otros que pueda comprar.
—Oh. —Sam apenas pudo responder, conmovida por esas palabras—. Bueno, ya sé que dijiste que no, pero si algún día cambias de opinión y necesitas algo, ya sabes dónde encontrarme.
Melanie alzó una ceja con picardía.
—¿En casa de Carly o en los brazos de Freddie?
El rubor que invadió las mejillas de Sam casi igualó el tono de su vestido.
—¡Sabes perfectamente a lo que me refería! —protestó, intentando perseguirla, pero las botas de tacón bajo la traicionaron. Melanie aprovechó para correr hacia la puerta, riendo con ganas.
Como no podía correr, agarró una almohada de la cama y, con impecable puntería, se la lanzó. Melanie tropezó en el pasillo y cayó al suelo entre carcajadas. Sam no pudo evitar reírse también.
Sí, su hermana era rara, pero no la cambiaría por nada.
Más tarde, ambas bajaron a la sala. Sam fue recibida con elogios por Jessie (finalmente había aprendido su nombre tras escucharlo varias veces) y la señora Johnson. Estuvieron charlando hasta que Melanie propuso que Sam se tomara unas fotos en la casa mientras esperaban a Freddie.
Sam aceptó. La idea le pareció razonable y, en pocos minutos, Melanie, Jessie y la señora Johnson organizaron una mini-sesión de fotos en la sala. La señora Johnson le tomó fotos y le dio varias indicaciones, mientras Melanie y Jessie sugerían poses y Sam improvisaba algunas espontáneamente. Extrañamente, la experiencia no resultó tan incómoda como había temido. Sin embargo, no podía evitar pensar cómo sería si Freddie estuviera detrás de la cámara con sus comentarios tontos y compartiendo datos técnicos que solo él entendía.
Johnson llamó su atención y Sam se obligó a dejar esos pensamientos de lado para concentrarse. Pero, en el fondo, no podía esperar más para verlo.
Horas antes, Freddie había pasado por una situación similar a la de Sam.
Recapitulemos un poco.
Su día empezó, como de costumbre, con su madre, despertándolo con canciones infantiles como si fuera un niño de cuatro años, para luego darle instrucciones sobre cómo asearse correctamente y prepararle un desayuno "nutritivo" que solo lo dejaba con más hambre. Después de eso, ella le dejó algo de dinero y se despidió de él para irse a trabajar. Freddie le deseó que tuviera un buen día y esperó unos diez minutos antes de salir a comprar comida para hacerse un desayuno decente.
Cuando logró su cometido y comió bien, hizo los quehaceres de la casa y avanzó con varias tareas escolares. Sin embargo, no pudo progresar con la que tenía que hacer junto a Sam. Decidió que intentaría convencerla otro día para trabajar en el proyecto en grupo que les habían asignado, como una especie de "cita de estudio".
Aunque intentó tomarse las cosas con calma, sin preocuparse demasiado por el tiempo, Freddie no pudo evitar mirar el reloj cada veinte minutos. Se sentía un poco ansioso por el baile. No porque no quisiera ir, si no porque deseaba que todo saliera bien, sobre todo que él y Sam se divirtieran.
En algún momento de la mañana, probablemente entre las once y doce, recibió una llamada en su teléfono. La primera vez que sonó, no lo escuchó porque estaba viendo videos de baile en su laptop. Para la segunda, ya había notado el sonido y se levantó del sofá para buscarlo. Cuando sonó por tercera vez, respondió un poco sorprendido de que fuera la misma Sam.
La conversación fue breve, pero le subió los ánimos y los nervios al mismo tiempo. Ánimos porque ya no podía esperar para ver a Sam y pasar un buen rato juntos, y nervios porque temía que algo saliera mal. No quería que se les notara demasiado su afecto o que Sam no se sintiera cómoda con su apariencia. Por eso le dijo con claridad que a él realmente no le importaba cómo luciera, siempre y cuando ella estuviera cómoda esa noche. También añadió algunas de sus "líneas" para divertirla, pero lamentablemente no pudieron seguir hablando porque ella tenía que irse. Aun así, Freddie no se desanimó, sabiendo que faltaba cada vez menos para el evento.
El tiempo pasó rápidamente, y cuando Freddie menos lo esperaba, ya era hora de alistarse. Realizó su rutina de alistarse con más esmero que de costumbre; usando el mejor jabón y champú que tenía. Luego secó su cabello y entonces miró los diferentes perfumes y cremas que tenía disponibles. Entre ellos estaba la crema de vainilla que había utilizado el día que Sam estaba bajo los efectos del gas en la oficina del dentista.
No lo pensó mucho y se aplicó un poco antes de regresar a su habitación, dando pasos pequeños para retrasar el momento de ponerse el traje que su madre había comprado.
Y quizás piensen: "Pero, Freddie, ¿por qué no te vistes en el apartamento de los Shay?" Pues no era tan sencillo. Su madre dijo que saldría más temprano del trabajo para "ayudarlo a prepararse" y tomarle fotos. Por lo tanto, tendría que usar el traje al menos una vez para contentarla antes de irse.
¿O quizás no? Su madre aún no había llegado, así que quizás todavía tenía chance de evitarla.
Se vistió rápidamente, agarró algunas cosas esenciales y se dirigió a la puerta. Pero justo cuando su mano tocó la perilla, la puerta del apartamento se abrió de golpe, y ahí estaba su madre.
—¡Pensé que no iba a llegar a tiempo! Vamos a bañarte, Freddie, que ya es tarde para que te arregles —anunció su mamá mientras entraba apurada, acomodando sus cosas en la sala.
—Eso no es necesario, mamá, ya me bañé y sí, si seguí todos los pasos como siempre —añadió al ver cómo ella lo inspeccionaba para comprobar si se bañó bien, lo cual, era un poco (muy) vergonzoso—. Solo tengo que cambiarme la ropa, pero, dime, ¿de verdad es necesario que me ponga esa cosa? Es demasiado ridículo.
—No deberías hablar así del país de tu cita —le reprendió ella con una mirada desaprobatoria.
—Pero no es un festival cultural ni una convención, es un baile normal. No creo que sea apropiado llevar algo así puesto.
—Con mayor razón estoy segura de que ella apreciará el detalle. Seguro se emocionará mucho al verte así —argumentó Marissa con una sonrisa confiada. Su expresión se suavizó con un toque de ternura y preocupación—. ¿Irás a recogerla a su casa?
—Algo así.
—¿Y ya has pasado por ahí antes? Puedo llevarte hasta allá y también tomarles fotos.
—No creo que sea buena idea. Ella es muy… tímida.
Marissa lo observó por un momento antes de suspirar, resignada.
—Está bien, pero ponte el traje. Te ayudaré a vestirte.
—No hace falta, mamá. Puedo hacerlo solo.
Después de insistirle unos minutos, ella finalmente lo dejó solo. Freddie exhaló aliviado. Amaba a su mamá, pero a veces—bueno, la mayoría de las veces—ella era demasiado intensa.
Se puso el traje rápidamente, sin siquiera mirarse en el espejo, y salió para que su madre evaluara el resultado. Aunque no tenía nada en contra de la cultura de su cita imaginaria, le incomodaba que su madre pensara que era algo lindo cuando el traje era una imitación barata y no algo auténtico.
—¡Oh, mi pequeño Fredward, te ves increíble! Ahora, posa para que mamá te tome unas fotos.
Freddie lo hizo a regañadientes.
—¿Seguro que no puedo acompañarte? —preguntó ella cuando terminó, con un tono casi suplicante.
—Cien por ciento seguro —respondió Freddie con firmeza—. No creo que ella —corrección: él mismo—, se sienta cómoda con eso.
Marissa suspiró nuevamente, pero lo dejo pasar. Con ternura, acarició sus mejillas antes de posar sus manos sobre sus hombros.
—Está bien. Solo recuerda: te ves fantástico. No dejes que la opinión de nadie arruine tu noche.
—Gracias, mamá —dijo Freddie, esta vez con una sonrisa más sincera.
Ella lo abrazó cálidamente, le dio un beso en la frente y lo empujó suavemente hacia la puerta.
—Apúrate o llegarás tarde.
Cuando Freddie estaba a punto de salir, su madre lo llamó de nuevo.
—¡Espera, hijo! Casi se me olvida darte esto.
Freddie se giró para verla sosteniendo un pequeño ramo de rosas rojas perfectamente arreglado.
—Sé que has estado ocupado y no tuviste tiempo para comprarle algo a tu cita, así que lo hice por ti. Espero que le guste.
Freddie tomó el ramo, sorprendido. Era bonito y, para su alivio, no tenía espinas, un detalle práctico considerando que era más probable que Sam lo usara como un arma que para ponerlo en un florero.
—Gracias, mamá. No tenías que hacerlo.
—Claro que sí. Sabes que haría cualquier cosa por ti, mi niño hermoso —respondió ella, sonriendo con orgullo—. Sé que es pequeño, pero espero que te guste. Explícale que es solo un agradecimiento por la invitación, y si algo más surge entre ustedes, ya sabrás cómo manejarlo, ¿no es así?
Freddie sonrió, genuinamente conmovido.
—Por supuesto. Gracias de nuevo.
—No es nada. Ahora apúrate, que, si no, llegarás tarde. ¡Y diviértete!
—Eso haré —respondió Freddie, levantando la mano en un gesto de despedida antes de salir por la puerta, con el ramo aún en la mano.
Como Freddie sabía que su mamá lo seguiría hasta el ascensor, se dirigió allá y esperó unos minutos antes de irse por la otra entrada hacia el apartamento de los Shay. Al llegar, encontró a Spencer tirado en el sofá, viendo caricaturas. Levantó una ceja, sorprendido. Normalmente, Spencer estaba creando algo nuevo, no viendo televisión. Pero no se detuvo a pensar mucho en eso y decidió seguir adelante.
—Voy a cambiarme en tu cuarto, como acordamos —le dijo a Spencer, quien simplemente asintió sin dejar de mirar la pantalla.
Pero justo cuando Freddie se acercaba al cuarto, escuchó la voz de Carly llamándolo.
—¿Freddie? ¿Qué haces aquí?
—Hola a ti también, Carly —respondió con una risa apenada mientras se daba la vuelta.
—Deja los saludos para otro día. Dime, ¿por qué estás vestido así? ¿Vienes de una fiesta de disfraces o qué? —preguntó Carly, claramente divertida, levantando una ceja.
—Noup. Según mi mamá, este traje y las flores son lo adecuado para ir al baile con la «chica extranjera que invité» —Al ver la confusión en el rostro de Carly, añadió—: La inventé para que no sepa que iré con Sam.
—Con razón. ¿Pero piensas ir así al baile o…?
—Para nada. Pienso cambiarme en el cuarto de Spencer con la ropa que dejé aquí ayer —contó. Entonces, sonrió con diversión al notar que su amiga tenía puesta una toalla rosa fucsia con dibujos de flores blancas y una redecilla en el cabello—. Y me imagino que tú también te estás preparando.
—Sí, estaba en eso, pero me dio hambre y decidí comer algo antes de vestirme. ¿Quieres algo? Creo que tenemos galletas de sobra.
—No, así estoy bien. Prefiero dejar espacio en el estómago. Seguro que Sam y yo estaremos cerca de la mesa de comida por un largo rato y sería difícil seguirle el ritmo después.
—Me lo imagino, aunque aquí entre nos, estoy segura de que ella no te dejaría comer mucho de todas formas —bromeó Carly, y él la acompañó en su risa. Sí, esa era su Sammy: un pozo sin fondo muy adorable—. Entonces, ¿ustedes piensan encontrarse en la escuela o pasarás a buscarla?
—Lo segundo, pero no a su casa, sino a la casa de una amiga de Melanie.
—¿Qué? ¿Melanie está en Seattle? —se emocionó Carly—. Espera, pensé que tú no creías que existía.
—Así era, hasta que ayer la encontramos en el centro comercial, cuando fuimos a comprar lo que necesitábamos. Larga historia —le explicó Freddie—. Ya lo demás, ella o Sam te lo pueden contar luego. Ahora mismo tengo poco tiempo.
—Está bien. Hablamos luego, entonces.
—Sí. Espero que te vaya bien con tu cita.
—Gracias. Lo mismo digo. Solo procuren no matarse entre ustedes antes de llegar.
Freddie solo rio y, mientras se dirigía al cuarto de Spencer, pensó para sí mismo. Bien, manos a la obra.
Estando en el interior del taxi, la inquietud de Freddie crecía con cada metro que acortaba la distancia hacia la dirección que Sam le había enviado. Sentía un nudo creciente en el estómago, y, por más que intentaba serenarse, sus manos no cesaban de tamborilear con nerviosismo sobre sus piernas. Incapaz de quedarse quieto, revisó su apariencia en el retrovisor del auto una vez más. Se aseguró de que su cabello estuviera perfectamente peinado y que su atuendo luciera impecable, pero eso no fue suficiente para aplacar su ansiedad.
Cuando su imagen reflejada le devolvió una versión tensa de sí mismo, empezó a imaginar posibles escenarios de lo que podría salir mal: ¿Y si me tropiezo? ¿Y si las flores no son de su agrado? ¿Y si todo esto del baile resulta ser un terrible error? Tal vez si debimos tener una cita en otro lugar…
Tratar de prever soluciones a estos problemas ficticios solo avivaron más su ansiedad. Para cuando el taxi se detuvo, su corazón latía con tal fuerza que parecía querer escapar de su pecho. Con manos apenas firmes, pagó al conductor y descendió del vehículo, respirando profundo en un vano intento de calmarse. Logró recomponerse lo suficiente para caminar como una persona normal—y no con las piernas temblando como gelatina—, hacia la puerta principal. Lo único que traía consigo era su celular, la billetera y el ramo de rosas para Sam.
No se detuvo a admirar el vecindario ni la casa, aunque recordaba vagamente por las descripciones de Sam que debía tratarse de un lugar acogedor. Su mente estaba demasiado ocupada lidiando con sus pensamientos como para apreciar algún detalle a su alrededor.
«Concéntrate», se ordenó a sí mismo, fijando la mirada en el timbre que aguardaba frente a él.
Tomó aire una vez más, estiró la mano y presionó el botón. A medida que esperaba, comenzó a balancearse de un pie al otro, sin poder permanecer inmóvil. Desde el interior de la vivienda, se oían voces y murmullos, pero eran tan distantes que no podía comprender lo que decían.
Justo cuando estaba a punto de tocar el timbre por segunda vez, la puerta finalmente se abrió, revelando a una muchacha cuyo rostro le resultaba completamente desconocido.
—¡No puede ser! ¿Eres ese chico nerd de iCarly? ¿Freddie? —preguntó la chica, su voz llena de sorpresa y entusiasmo.
—El mismo en persona —respondió él, esbozando una sonrisa tímida—. Este… ¿Esta es la casa donde están Sam y Melanie?
—Sí, lo es. Te están esperando en nuestra sala —confirmó ella con una sonrisa cálida mientras hacía un ademán para invitarle a pasar—. Por cierto, soy Jessica, pero puedes decirme Jessie. Encantada de conocerte.
—El gusto es mío —contestó él con cortesía, siguiendo a Jessica al interior de la casa.
Ahora que había entrado, sus pensamientos finalmente se calmaron y se desviaron hacia su entorno.
Todo en la casa estaba perfectamente arreglado. Cada mueble parecía seleccionado cuidadosamente, las paredes exhibían obras de arte bien enmarcadas, y los pequeños detalles decorativos —como jarrones con flores frescas y velas aromáticas— atribuían al lugar un ambiente armonioso y acogedor. Ahora veía con claridad por qué Melanie había sugerido que se reuniesen allí.
Freddie se encontraba tan absorto contemplando cada detalle que no se percató de que ya habían llegado a la sala hasta que Jessica se detuvo, señalándole hacia adelante con una ligera sonrisa.
Lo primero que llamó su atención fue una mujer situada en el centro de la estancia, revisando una cámara de mano de esas que son para video. Melanie estaba de pie junto a ella, con la mirada fija en otra entrada de la sala.
—Hola, Melanie —saludó, deteniéndose junto a ella.
—¡Freddie! Me alegra ver que llegaste bien. —Melanie se giró hacia él con una sonrisa radiante y lo abrazó amistosamente—. Ay, pero mírate nada más. Te ves muy apuesto, y mira que eso no se lo digo a cualquiera, ¿eh? —añadió con una risita.
Freddie no pudo evitar sonreír. Su alegría era muy contagiosa.
—Gracias. No estaría así de no ser por tu buen ojo para estas cosas. Fuiste de gran ayuda.
—Solo es ropa. No es para tanto —insistió ella con un ademán despreocupado, volviendo a fijar la mirada hacia esa apertura que parecía conducir a otra parte de la casa.
Intrigado, Freddie dirigió también su atención hacia allí.
—¿Y qué están haciendo ahora? —le preguntó en voz baja. La mujer que sostenía la cámara, y que ahora le parecía similar a Jessica (¿Sería su madre?), parecía muy concentrada y él no quería molestarla haciendo ruido.
—Estábamos haciendo una especie de sesión de fotos mientras te esperábamos —contestó Melanie en el mismo tono susurrante—. Pero como ya tomamos muchas de Sam, a Jessica se le ocurrió que podríamos grabar un pequeño vídeo de ella y… ¡Mira, creo que ya están por comenzar!
Freddie miró de nuevo hacia la señora, quien comenzaba a desplazarse hacia otra parte de la casa. Melanie la siguió y le hizo señas para que él hiciera lo mismo.
Al cruzar el umbral, Freddie se encontró en una sala mucho más amplia. Los muebles eran escasos, pero estratégicamente colocados, como si el espacio estuviera diseñado para ocasiones especiales, tal vez reuniones familiares o pequeñas celebraciones. El suelo brillaba impecable bajo la luz suave de las lámparas, que daban al lugar un aire cálido. También había una elegante escalera que ascendía hacia las habitaciones superiores, con una barandilla perfectamente pulida. En las paredes colgaban cuadros discretos, y las ventanas llenaban la sala de luz natural y un brillo sereno.
Cada detalle en aquel hogar hablaba de cuidado y buen gusto. Freddie no pudo evitar preguntarse si cuando fuera un adulto con un trabajo estable y ahorros considerables, tendría una casa propia así de linda, acogedora y espaciosa. Una que pudiera compartir con su propia familia. También se cuestionó si alguna vez sería capaz de asumir el rol y la responsabilidad de ser la cabeza de un hogar.
Antes de que pudiera seguir profundizando en esos pensamientos, la voz de la señora lo despertó y confundió a su vez.
—En tres, dos… ¡Ahora, Samantha! —anunció la mujer con la cámara de video en mano.
De forma instintiva, dirigió la mirada hacia las escaleras, esperando que Sam descendiera por ellas como pasaba en las películas. No obstante, grande fue su sorpresa cuando escuchó pasos firmes detrás de él. Por un momento pensó que era Melanie, pero ella seguía a su lado y Jessica se encontraba junto a su mamá. Entonces, volvió la vista hacia atrás, y el tiempo, para él, simplemente dejó de fluir.
Era Sam.
Bien, lo reconocía. Aquella observación era un tanto absurda porque por supuesto que sería ella. ¿Quién más, sino?
En fin, no era su presencia lo que había logrado conmocionarlo, sino lo… ¿Hermosa, radiante, espléndida, deslumbrante, encantadora que lucía? Vaya. Había mil y un adjetivos desfilando uno tras otro en su mente, y aun así a todos le parecían insuficientes para describir lo preciosa que Sam se veía en ese instante, o siempre. Porque poco tenía que hacer ella estos días para que él se asombre con lo increíble que es.
Ella continuó su andar hacia las escaleras, y Freddie, incapaz de apartar la mirada, se vio cautivado por cada pequeño detalle de su apariencia. El vestido rojo iba a la perfección con la chaqueta negra, los leggings del mismo tono y las botas negras de tacón bajo. Además, llevaba una muñequera negra en la muñeca que se lastimó el otro día, pero no se veía fuera de lugar. Al contrario, le quedaba como anillo al dedo.
Sam se detuvo en la escalera, posando con gracia mientras miraba hacia Jessica, quien le tomó una foto. En ese instante, ella, con un suave gesto de su cuello, echó su cabello hacia atrás, y él notó que tenía aretes puestos, ¿o eran aros? No podía afirmarlo con certeza debido a la distancia que los separaba, pero de lo que sí estaba seguro ahora es que estos resaltaban mucho con su peinado.
Y es que, siendo honesto consigo mismo, Freddie temía que, al igual que cuando Carly la ayudó a ser más femenina, Sam hubiese recurrido nuevamente a un estilo que dejaba su cabello lacio y… un poco aburrido, para ella. Afortunadamente, esta vez no fue así. Al contrario, su cabello lucía más vivo que nunca, con rizos dorados perfectamente definidos, que caían libremente sobre sus hombros y espalda. Se veía un poco más corto de lo regular, pero supuso que era algo propio de ese tipo de peinado y la verdad es que el resultado era espléndido. Aquel estilo no hacía más que realzar la belleza de su rostro, que… ¿Tenía maquillaje?
Parpadeó un par de veces, creyendo que sus ojos le habían jugado una mala pasada. Al abrirlos, se dio cuenta de que, en efecto, no se había equivocado. Sam sí tenía maquillaje. Más o menos de ese tipo que no se impone de manera evidente, ni de aquel estilo que usarían chicas como Carly o Melanie, no, nada de eso. Era sencillo, delicado, tan sutil que parecía casi natural. Sus mejillas lucían ligeramente teñidas con la cantidad justa de rubor; tal vez tendría algo de polvo y sombra de ojos aquí y allá. No sabría decirlo; él no era experto en esas cosas y ella seguía a una distancia considerable. Lo único que realmente destacaba en su rostro —y que Freddie no comprendía cómo no se dio cuenta antes— era el labial rojo que adornaba sus labios. Pero no era tan intenso, así que no estaba fuera de lugar.
Nada de lo que tenía ella puesto tenía algo fuera de lugar.
Todo en ella encajaba de una manera tan perfecta que resultaba casi difícil de explicar. Porque, seamos sinceros, siempre que al nombre de "Sam" se le sumaba la palabra "vestido" en una misma oración, el resultado solía ser una chica que, aunque linda, no terminaba de ser ella.
Pero esta vez, ese no era el caso en absoluto.
Esta vez, Sam no solo lucía linda, sino que resplandecía una belleza que iba más allá de lo superficial de aquella vez con Pete. Se veía hermosa, sí, pero también fuerte, serena y sobre todo, muy segura y cómoda consigo misma.
Y, a diferencia de lo que cualquiera podría imaginar, no se la veía incómoda en absoluto mientras posaba. Al contrario, parecía completamente en su elemento. Ni siquiera esperaba las indicaciones de la fotógrafa; se adelantaba, cambiando de postura, con una naturalidad tan auténtica que daba la impresión de que había nacido para estar frente a una cámara.
Vale, quizás ya estaba exagerando.
Era más probable que Sam ya tuviera algo de experiencia. Cuando tuvieron su segunda cita en su casa, ella mencionó que su madre la había inscrito en un sinfín de actividades cuando era pequeña. Quizás las "sesiones de fotos" fueron una de ellas. Eso explicaría, además, cómo es que ella manejaba tan bien las cámaras y sabía moverse frente a ellas, algo que siempre había demostrado en iCarly.
Freddie, mientras tanto, solo podía lamentarse de no tener una cámara en ese preciso instante. Sí, confiaba en que la señora fotógrafa sabía lo que hacía, pero no era lo mismo. Había algo en aquella imagen, en la forma en que Sam se desenvolvía, que él quería capturar con sus propios ojos, desde su propia perspectiva. Tendría que conformarse con las fotos que les entregaran después. Pero cuando las tuviera en sus manos, se encargaría de conservarlas. Tal vez incluso las guardaría en un álbum de fotos especial. O, quién sabe, quizá hasta enmarcaría alguna…
—¡Y… listo! Ya puedes bajar, Samantha.
Como si hubiese sido una orden para él, Freddie salió de su burbuja. Era como si hubiese estado sumido en una escena sacada de un filme romántico, uno de esos en los que el tiempo se detiene y todo a su alrededor parece desvanecerse. No fue sino hasta ese instante cuando despertó, y el rubor le subió a la cara al darse cuenta de lo que acababa de suceder. De seguro, Jessica y Melanie lo habían pillado observando en silencio, y eso le resultaba un tanto vergonzoso.
Justo en ese momento, como si hubiese leído sus pensamientos, sintió un suave toque en su hombro izquierdo. Era Melanie.
«De seguro va a molestarme por quedarme mirando tanto rato», pensó apenado. «Aunque, probablemente, solo hayan sido unos segundos para ellas…»
—Ve, y ayúdala. Creo que todavía no se acostumbra a usar las botas —le sugirió Melanie, con una expresión más seria de la que él esperaba—. Le recomendé que las cambiara, pero dijo que no. Aun así, sería bueno que le dieras una mano.
—Sí.
Sin decir más, desvió la mirada hacia la escalera. Como dijo Melanie, Sam estaba comenzando a bajar, avanzando con pasos lentos y cautelosos. Ahora su rostro había adoptado una expresión más neutral, pero Freddie pudo notar que solo intentaba ocultar el esfuerzo que le costaba mantener el equilibrio. Así que, con el ramo de rosas todavía en su mano, reunió el valor y se encaminó hacia ella, sintiéndose determinado y nervioso al mismo tiempo.
Desde que se movió, Sam lo percibió y, al verlo aproximarse hacia ella, su rostro reflejó una ligera sorpresa, tal vez la misma que Freddie había tenido cuando la vio en primer lugar. Pero, en lugar de hablar, ella se limitó a observarle en silencio.
—¿Me concedería usted el honor de escoltarla hasta el piso inferior? —musitó él, extendiendo la mano hacia ella con los nervios todavía a flor de piel. No comprendía bien por qué había hablado de esa manera. Fue lo primero que salió de su boca.
Ella no respondió de inmediato y eso incrementó sus nervios. Freddie se preguntó si hizo algo mal. ¿Será que fue muy cortés? Pensó que Sam intentaría seguirle la corriente, pero ella permaneció callada durante unos interminables segundos. La ansiedad amenazó con crecer en su pecho, mas Freddie no se dejó abatir con facilidad. Tal vez ella también se sentía nerviosa, igual que él. Consideró qué podría hacer para animarla un poco y, al final, optó por inclinar ligeramente la cabeza, mirándola con afecto y una sonrisa cálida.
—¿Me darías el honor, princesa? —pidió de nuevo—. ¿Por favor?
Aquellas palabras, tan simples, cursis y, a la vez, tan sinceras, lograron sacarla de su ensoñación. Como si despertara de un sueño, ella pareció volver en sí, devolviéndole la mirada.
—Ciertamente, Fredward —empezó ella con voz suave, un susurro que apenas él podía oír—, no hallo en mi ser razón alguna para declinar tan amable petición de vuestra parte.
Ella concluyó aquella oración educada con una sonrisa que no contenía la más mínima burla hacia él. ¡Lo opuesto! Sam lo miraba con alegría (¿y admiración?) mientras aceptaba la mano que él le ofrecía. Y por un segundo, Freddie sintió que realmente era un príncipe escoltando a su princesa.
Claro está, ese era un pensamiento que jamás compartiría con Sam. Una cosa era permitirse tales ideas en su mente, y otra muy distinta era expresarlas en voz alta. Seguro que ella reiría a carcajadas, llamándole cursi sin remedio antes de cambiar de tema. Lo cual, reflexionó él, sería una reacción mucho más amable que la que habría tenido si ninguno de los dos fuera pareja o se gustara.
«No es momento de pensar en eso», se recordó, acariciando brevemente la mano de Sam antes de guiarla con delicadeza.
Juntos comenzaron a bajar la escalera, ambos con la mirada fija en el otro. La escena, en su perfecta simplicidad, bien podría haber sido extraída de una película romántica… aunque la realidad pronto se encargó de devolverle los pies a la tierra. Apenas había dado un par de pasos cuando Freddie tropezó ligeramente con el borde de un escalón, rompiendo la atmósfera del momento.
Está de más decir que un conjunto de risas femeninas estallaron en la sala, empezando por la misma Sam.
Freddie no se enojó, ni se mostró nervioso, sino que también rio con ella. ¡Qué importaba que hubiera tropezado y pasado el ridículo! Si su Sammy era feliz, él también lo era.
—Y así querías ayudarme. Buen trabajo, Romeo —comentó Sam, aferrándose a la baranda de la escalera mientras intentaba recuperar el equilibrio.
—¡Fue un simple desliz! No fue intencional —replicó él con una sonrisa algo apenada.
—Lo sé. —Ella alzó de nuevo la vista hacia él, esta vez con una expresión mucho más relajada y cercana que casi le roba el aliento—. Ven, intentémoslo de nuevo, pero esta vez me sujetaré de tu brazo. Así que acércate un poco más.
Freddie se acomodó para que a ella se le hiciera más fácil entrelazar su brazo con el suyo. Con más cuidado esta vez, ambos retomaron el descenso, prestando atención a cada escalón para evitar más descuidos.
—¡Deténganse ahí! —exclamó alguien cuando estuvieron a media escalera. Era la fotógrafa, que ahora los observaba con una sonrisa satisfecha mientras ajustaba el lente de su cámara—. ¿Les importaría si les tomo otras fotos ahí? La luz es perfecta.
Freddie, un tanto desconcertado por la interrupción, se volvió hacia Sam en busca de su aprobación.
—¿Estás de acuerdo?
—Sí, ya llevo rato en esto de todas formas —respondió ella, encogiéndose de hombros. Luego señaló algo cerca de él—. ¿Vas a posar con eso o…?
El dedo de Sam señaló el ramo de rosas que él olvidó que tenía en la otra mano. Aparentemente, ese día estaría olvidando muchas cosas, como, por ejemplo, cómo funcionar como un ser humano normal junto a Sam.
—No. Yo… En realidad, son para ti —confesó con timidez, sintiéndose un poco tonto por olvidarlo. Le ofreció el regalo en silencio, esperando que sí le gustara el detalle.
Sam tomó el pequeño ramo con delicadeza, observándolo primero con curiosidad. Luego sonrió, y eso fue todo lo que necesitó para relajarse casi por completo.
—Gracias. Está muy bonito —dijo finalmente, todavía observando las flores. Se veía tan linda sonriendo de esa manera que Freddie tuvo que hacer todo lo posible para no abrazarla y besarla con la misma ternura—. Diría que no debiste molestarte, pero sé que no me escucharás, y seguirás dándome regalos, así que…
—Sí, me conoces muy bien.
El momento quedó suspendido en el aire, con ambos mirándose de nuevo como si fueran los únicos presentes en el mundo. Pero fue Sam quien rompió la burbuja esta vez, desviando la mirada hacia el resto de la sala. Allí, Jessica y Melanie cuchicheaban entre risas cómplices, mientras la mujer continuaba ajustando su cámara.
Freddie miró con confusión a la fotógrafa hasta que recordó que para eso estaban en esa casa ajena. Para tomar mejores fotografías, y no para coquetear, claro.
—No me miren. Sigan hablando como antes —les instó la mujer, con voz firme pero amable.
—Espere. ¿Ya nos tomó varias fotos? —se dio cuenta Freddie. Ella asintió, revisando algo en su cámara—. ¡Pero ni siquiera estábamos posando!
—Mientras más natural, mejor. La espontaneidad siempre captura la verdadera esencia —respondió ella—. Ahora bien, ¿dónde les gustaría tomarse el resto de las fotos? Tenemos varias opciones: la otra sala aquí mismo, el jardín, el estudio que tengo arriba o incluso un set más elaborado que está a unas cuadras de esta casa. Ustedes escogen.
—Creo que estaría bien empezar por la otra sala —sugirió Sam con calma, mientras sus dedos jugaban distraídamente con el ramo de flores que aún sostenía—. ¿Te parece bien, Freddie?
—Sí, claro.
Y con eso, todos comenzaron a caminar hacia la sala indicada. Freddie asumió que Sam se despegaría de él tan pronto como estuvieran lejos de la escalera, especialmente con las miradas de las demás aún sobre ellos. Pero, para su sorpresa, no fue así. Ella permaneció cerca, su brazo todavía entrelazado al suyo, aunque ya no había necesidad. Era un gesto que parecía tan natural, tan cómodo, que él se permitió disfrutarlo sin cuestionarlo.
Sam no mostraba la menor intención de apartarse, y Freddie tampoco tenía el más mínimo deseo de que lo hiciera.
Si a Sam le hubieran preguntado cómo logró mantener la compostura durante todo el tiempo que estuvieron tomándose fotos, habría respondido que no tenía la menor idea.
Desde el instante en que escuchó a Freddie conversando con Melanie, los nervios la invadieron por completo. Se esforzó por mantener una expresión neutra mientras se dirigía a las escaleras, siguiendo las mismas poses e instrucciones que un instructor le había enseñado años atrás, cuando aún participaba en concursos de belleza.
Y él no ayudaba mucho. Lucía bien. Demasiado bien. Su camisa, el chaleco de traje, su cabello cuidadosamente arreglado, su rostro en sí… Todo en él, como casi siempre, era impecable.
Aquello la inquietó aún más. ¿Y si al final no se veía tan bien como había pensado? Quería asumir que sí, por las felicitaciones de Melanie, Jessie y la señora Johnson. No obstante, una pequeña parte de ella seguía preguntándose si, por una vez, podía ser el centro de atención no por su carácter rudo, sino por su belleza genuina, sin necesidad de renunciar a su esencia.
Es por eso que cuando la señora Johnson la llamó, Sam se tomó su tiempo en las escaleras. No porque el tacón de las botas le incomodara —si le había dicho a Melanie que estaba bien, era porque así lo sentía—, sino porque los nervios la abrumaban al recordarle que Freddie aguardaba allí, esperándola. Así pues, comenzó a descender con calma, un escalón tras otro, procurando retrasar lo inevitable.
Hasta que su novio, tan amable como siempre, subió las escaleras y le preguntó si podía ayudarla a bajar, usando ese tipo de expresiones que ningún otro joven de su edad emplearía, y mucho menos con ella. A menos que se tratara de una burla. Sin embargo, al juzgar su expresión sincera y expectante, dudaba que ese fuera el caso. Es decir, en otras ocasiones ambos habían bromeado usando frases similares, pero esta vez ella estaba segura de que no era así porque…, pues, porque sí. Porque aquello comenzaba a formar parte de él, de ellos, de esa singular dinámica que llamaban su relación.
No obstante, Sam no respondió de inmediato. No porque quisiera negarse o mostrarse esquiva, sino porque la proximidad de Freddie le dejó, por un segundo, sin aliento. Lo peor de todo era tenía la sensación de que bastaría una sola palabra más de él para que sus emociones la vencieran y terminara arrojándose a sus brazos.
Tan solo pensar en eso le asustaba mucho. Pocas veces permitía que alguien tuviera tal dominio sobre sus sentimientos, sobre ella. Pero al mismo tiempo, no podía evitar desear que todo aquello saliera bien, porque con cada día que transcurría sentía que le quería aún más.
No, eso no. "Querer" no era la palabra que estaba buscando. Tampoco lo era "sentía", pues aquella vez en la enfermería, ella se sintió simplemente atraída hacia él, sin comprender el porqué. Pero después de haber pasado tanto tiempo juntos las últimas semanas, Sam podía sentir la diferencia.
También podía sentir que, con cada día que pasaba, se estaba enamorando de él un poco más.
Y estar consciente de eso era tan hermoso como aterrador. ¿Qué ocurriría si lo arruinaba todo? ¿Sí, al final, todo esto era para nada y rompían? ¿Y si…?
—¿Me darías el honor, princesa? —dijo él entonces, trayéndola de vuelta a la realidad—. ¿Por favor?
Al mirar de nuevo sus ojos marrones, esos que la observaban con tanto cariño, Sam sintió cómo sus dudas regresaban al fondo de su mente. Pronto sus nervios fueron reemplazados por la calma. Una vez más, se sintió como una princesa recibida por su príncipe como en los viejos cuentos de hadas. Un príncipe que quizá nunca soñó tener, pero que había tenido la dicha de conocer.
Sam aceptó su invitación con palabras tan educadas que harían que su propia madre se cuestionara si ella es su hija. No deseaba decir nada grosero ni rechazarlo frente a otros por aquel contrato que habían hecho. Solo quería disfrutar del momento a su lado.
Y bien que lo hizo, aun cuando ambos tropezaron en las escaleras por estar embelesados el uno con el otro. Aun cuando él, con cierto nerviosismo, le ofreció un bonito ramo de rosas. Aun cuando tuvieron que reprimir sus sentimientos al posar para las fotos rodeados de otras personas, Sam se permitió ser un poco más abierta con sus sentimientos, al menos durante aquella tarde, y más adelante, noche.
La siguiente media hora, ambos se dedicaron a tomarse fotos por toda la casa. Algunas eran poses formales, otras más espontáneas, y algunas incluso se tomaron sin que ambos se dieran cuenta.
Sam tenía que admitir que después de un rato ya se sentía agotada. Sin embargo, no se atrevió a quejarse ni una sola vez. Después de todo, todos en el lugar se habían esforzado tanto por ellos cuando no tenían por qué hacerlo. Lo mínimo que podía hacer era mostrar una actitud positiva.
Freddie y ella se mantuvieron cerca durante todo ese rato, pero no hablaron mucho. Solo intercambiaban expresiones como «Creo que así está bien», «¿Debería acercarme más?», etc. Y siempre con mucha amabilidad. Sam realmente no sentía el deseo de ser ruda con él, ni siquiera frente a los demás por puro show.
Después de un rato, finalmente terminaron con TODAS las fotos, incluidas las del jardín.
Sam disfrutó esas últimas, porque afuera había aire fresco y pudo sentarse en el columpio. Además, según la señora Johnson, se vería muy bien en una foto si Freddie la columpiaba. A ella le pareció bien la idea porque quería relajarse un rato, así que aceptó. Al principio a Freddie le costó un poco darle impulso, pero logró hacerlo. Sam incluso lo felicitó genuinamente por eso.
Cuando acabaron, fueron a merendar adentro. Jessie y Melanie les prepararon "algo ligero" que no ensuciara mucho, algo que Sam agradeció. Sabía que el mismo Freddie sería capaz de darle de comer con tal de no ensuciar aquel vestido y, honestamente, ella le habría dejado. No quería que se estropeara tan rápido sin estrenarlo como se debe.
Al terminar de merendar, fue con Melanie al baño para que la ayudara a retocarse, y esta vez, cuando su hermana le explicó qué debía hacer para mantener su maquillaje intacto, le hizo caso. También le dio las gracias cuando Melanie le prestó una carterita negra —de esas que parecen mochilas pequeñas—, para que guardara el maquillaje que le compró. Además de otras cosas como una botellita de agua y una bolsita pequeña con trozos de jamón.
Sam la miró con una ceja alzada por lo último, pero Melanie dijo que era "para los nervios".
—No estoy nerviosa —insistió Sam.
—¿Segura? Porque desde que lo viste, te quedaste mirándolo sin mover un solo dedo hasta que él te dijo… lo que sea que te haya dicho —comentó Melanie—. No digo que él estuviera mucho mejor cuando te vio, pero parecía que estabas nerviosa.
—Quizás me… sorprendí un poco, pero estoy bien. No tengo nada.
—¿En serio? —preguntó ella, alzando una ceja, esperando una respuesta más sincera.
Sam no dijo nada. No le gustaba expresar sus dudas sobre sí misma. No estaba hecha para eso. Le había costado bastante abrirse con Freddie, y ellos ya eran cercanos como amigos. Melanie era otra historia. A pesar de ser hermanas gemelas, nunca habían conectado mucho. Ya fuera por la distancia, por sus diferencias… lo que fuera. Lo más que habían hecho era hacerse pasar la una por la otra, pero ya hacía mucho tiempo de eso. Sam estaba segura de que, en esta última visita, habían hablado más que en toda su vida.
Permítanme plantearlo de otra forma: si apenas mantenían conversaciones regulares, ¿cómo iba a abrirse con ella y contarle cosas privadas, como sus inseguridades?
Melanie pareció entender la razón de su silencio y, en lugar de molestarse o indignarse, asintió con tranquilidad, siendo la hermana dulce y comprensiva que Sam no sabía si merecía.
—Está bien, no importa —sonrió Melanie, aunque esta vez su expresión tenía un dejo de tristeza, pese a que intentaba verse comprensiva—. No tienes que decir nada que no quieras, solo… intenta relajarte un poco, ¿sí? Estoy segura de que ambos la pasarán bien juntos, así que todo pensamiento que no sea sobre eso, aléjalo de ti. Puedes, este… escribirlo en un papel y luego romperlo, como estrategia.
—Sí, lo haré si es necesario —respondió—. Gracias por todo. Realmente nos has ayudado mucho. Sé que ya lo dije cuando estuvimos en la habitación antes, pero… en serio, te debo una.
—No es necesario un favor, aunque un abrazo no estaría mal —sugirió un poco insegura.
Sam por costumbre casi dice no, pero terminó aceptando.
—Solo uno rápido, ¿sí?
Melanie la abrazó con cuidado. Sam se lo devolvió en un intento de darle al menos un poco de afecto. Cuando se separaron, Melanie tenía los ojos un poco aguados, pero ninguna dijo nada al respecto.
—¿Qué hora es? —preguntó Sam, intentando cambiar de tema (y ambiente).
—Déjame ver —miró el reloj rosado en su muñeca y sus ojos se abrieron mucho—. Ay, cielos, pero qué despistada, ya casi es hora de que se vayan y yo aquí entreteniéndote. —Antes de que Sam pudiera replicar, ella continuó—. Déjame verte… Maquillaje perfecto, cabello espectacular, y tú estás increíble.
—Siempre —respondió Sam, sintiéndose un poco apenada por los halagos.
—Bueno, ¿qué estás esperando, entonces? Tu príncipe seguro te está esperando allá abajo o en el jardín.
—Él no es mi príncipe —farfulló, apenada.
—Pero sí se veía como uno cuando te ayudó a bajar la escalera, ¿no?
Ella no respondió. Melanie parpadeó.
Sam desvió la mirada y su gemela se sorprendió.
—¿Acaso pensar en eso fue lo que te paralizó?
Bien. Hasta aquí llegó la hora de socializar con su hermana.
—Ups. Pero mira qué hora es, ya tengo que irme.
Salió del baño con la mayor prisa que pudo considerando sus zapatos. Sabía que Melanie no se quería burlar de ella ni nada, pero de verdad no tenía más batería para conversaciones así. Ni con ella, ni con nadie.
Al llegar a la sala y ver que Melanie se acercaba, salió corriendo hacia el jardín delantero. Allí se escondió detrás del grueso árbol que sostenía el viejo columpio.
Una vez que recuperó el aliento, se regañó a sí misma por haber reaccionado de esa manera tan tonta.
—¿Sam?
Esa era la voz de Freddie. Se preguntó por un segundo si él la siguió desde la sala o si ya estaba en el jardín desde antes. Decidió que realmente no importaba.
—¿Por qué tú…?
Antes de que él dijera algo más, ella lo tomó del brazo y lo situó frente a ella, pidiéndole con un gesto que guardase silencio. A lo que él asintió sin más.
Fue entonces que se escucharon las voces de Melanie y Jessie.
—¿Estás segura de que está por aquí? —inquirió Jessie.
—Sí… o al menos eso creí. Tal vez se ocultó en otro sitio. Ojalá no haya ido demasiado lejos. Falta poco para que ambos se vayan, y aún me falta darle algo más.
Ante esas palabras, Sam y Freddie se miraron con extrañeza.
Freddie alzó una ceja, preguntando en silencio: "¿Sabías de eso?"
Y ella negó con la cabeza, como si estuviera diciendo: "Nada de nada".
Lo que era cierto. La misma Melanie había dicho que Sam estaba más que lista. ¿Qué otra cosa podría ser?
—Ya aparecerá luego.
—Eso espero —dijo Melanie—. Oye, ¿y Freddie? Hace rato que no lo veo.
—Tal vez se están escondiendo juntos, como "amantes ocultándose del mundo" —sugirió Jessie en un tono melodramático que posiblemente acompañó con gestos que ninguno vio. Aun así, sus palabras fueron suficientes para que ambos se pusieran tan rojos como sus atuendos.
—Podría ser —concedió Melanie con una risa ligera—, aunque aún no son pareja.
—¿No? ¡Pero si se nota que están enamorados!
Ambos se miraron, alertados por aquella declaración.
—¿Verdad que sí? He intentado decirle eso a Sam, pero ella no me hace caso —mintió Melanie con naturalidad. Sam y Freddie respiraron con alivio—. Quizá Freddie lo esté empezando a asimilar, pero no creo que se hagan pareja tan pronto. No sin un pequeño empujoncito, al menos.
—Oh, entonces por eso decidiste ayudarlos.
—Sip. No es que no puedan arreglárselas solos, pero no siempre tengo la oportunidad de estar con Sam. Pensé que tal vez esto también compensaría… ya sabes, el que pase tanto tiempo lejos de casa.
Al oír aquello, Sam sintió un inesperado nudo en la garganta y bajó la mirada, intentando controlar sus emociones y pensamientos. No era momento de sentirse mal. No lo era.
Sintió algo rozar su mano. Era la mano de Freddie, haciendo pequeños círculos ahí. Ella lo miró y le sonrió como agradecimiento. Él le devolvió el gesto.
—Eso es lindo. No creo que tengas nada que compensar, pero, aun así, estoy segura de que Sam lo aprecia.
—Sí. De hecho, me ha dado las gracias. La última vez que me agradeció por algo fue en… Bueno, no lo recuerdo, pero no importa. Me alegra saber que pude serle de ayuda. Y aquí entre nos —bajó el tono, aunque Sam y Freddie la escucharon tan claro como si lo hubiese dicho con un megáfono—, yo creo que ha sido la buena influencia de Freddie.
—Me lo creo totalmente. Se nota que es un chico muy educado. Y si terminan siendo novios, de seguro terminará pegándoselo a Sam de alguna forma. Al menos un poco.
Sam, apenada al oír eso, decidió mirar el cielo azul… Ah, no, esperen, ya estaba atardeciendo.
—Ojalá así sea y no al revés —dijo Melanie, su voz sonando más distante—. ¿Te imaginas a Freddie adoptando las actitudes de Sam? No puedo imaginármelo como un chico malo en lo más mínimo.
«Ni yo», casi suelta Sam, pero se contuvo.
Miró de soslayo a Freddie, y este se veía igual o más avergonzado que ella. Al notar su mirada sobre él, tragó saliva y, como si buscara ocupar sus manos, arrancó una hoja del árbol y comenzó a jugar con ella.
Ella decidió dejarlo pasar y fijar la mirada hacia el cielo… o hacia cualquier sitio que no fuese Freddie.
—Yo sí. Con lo hábil que es con las computadoras, seguro terminaría como un hacker o algo por el estilo —bromeó Jessie, y ambas rieron, sus voces cada vez más lejanas.
En un minuto, el silencio volvió.
—Creo que ya se fueron —murmuró Freddie.
—Sí.
Silencio.
—¿Fingimos que jamás oímos nada? —preguntó él.
—Pensé que jamás dirías eso —contestó ella, sintiendo al fin que podía respirar.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. —Freddie suspiró, mirándola de nuevo a los ojos, su sonrisa regresando poco a poco—. Asumo que no vas a decirme por qué viniste hasta acá corriendo como si estuvieras en un maratón o por qué Melanie te buscaba.
—Estás en lo correcto.
Freddie asintió, su sonrisa ensanchándose más hasta transformarse en una risa suave.
—¿Qué es tan gracioso?
—Todo esto. Lo de Melanie, las escaleras, las fotografías… Siento que todo cuanto ha sucedido está marchando mucho mejor de lo que jamás hubiera imaginado. De lo que nosotros hubiéramos imaginado —dijo encogiéndose de hombros, permitiéndose un vistazo a su alrededor antes de mirarla a los ojos de nuevo—. Lo cierto es, Sam, que siento que en mi pecho no cabe mayor dicha que la que ahora me inunda.
—Y yo siento que se te activó el modo tonto en el cerebro, porque parece que se te han drenado las frases que diría una persona normal… otra vez —se burló, pero en sus palabras no había ningún tipo de malicia y ambos estaban conscientes de ello—. ¿O acaso debiera expresarlo así?: "Tengo la sensación de que tu cordura ha huido de ti, pues no estás…" Ay, no sé. ¿Cómo logras que parezca tan sencillo?
—No lo sé, simplemente me fluye —confesó él, mirándola por un segundo antes de mostrarle una sonrisa ladeada. Sonrisa que Sam conocía demasiado bien y que le advertía de la inminente llegada de alguna de sus frases—. Tal vez sea que la compañía lo torna todo más sencillo.
Sam negó con la cabeza, mirando hacia la derecha con una sonrisa divertida. Él nunca cambiaría, ¿no? Bueno, mejor así. Ella no lo hubiera querido de otra forma. Aunque eso era algo que jamás le diría.
(No es como si él no se hubiera dado cuenta de todos modos).
—Ya casi es hora —comentó él.
Sam asintió, todavía sin mirarlo.
—¿No estás nerviosa ni nada?
—¿Tú sí? —regresó ella, eludiendo la pregunta.
—Un poco, quizá. No tanto por el baile en sí, sino porque los demás se den cuenta. Al parecer, no estamos siendo tan discretos como creíamos. Jessica ya lo notó y, de seguro, su madre también.
—¿Crees que Carly lo note pronto? Es decir, no lo ha hecho hasta ahora, pero la posibilidad está ahí.
—Puede que sí, puede que no. No lo sé. Supongo que eso nos ahorraría el trabajo de explicarle. O lo complicaría.
Sam asintió y bostezó, comenzando a sentir el cansancio del día.
—¿Nos sentamos un rato? —propuso él, refiriéndose al columpio, ya que en este había suficiente espacio para dos personas.
Sam asintió y, en silencio, tomaron asiento.
En el columpio, ambos se mecían con suavidad, disfrutando del silencio y la brisa ligera del atardecer. Sam cabeceó ligeramente, sintiendo cómo el sueño la vencía poco a poco. Consideró por un momento apoyar la cabeza en el hombro de Freddie, pero dudó. ¿Y si le manchaba el traje con maquillaje? Suspiró y se enderezó de nuevo.
Cuando finalmente decidió hablar para sugerir que se movieran antes de quedarse dormida por completo, lo encontró mirándola con esa sonrisa tonta de siempre.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada.
—La versión honesta, si se puede.
—Si lo digo, seguro pensarás que solo estoy diciendo otra de mis frases de siempre.
—No lo haré. —Sam extendió su mano y tomó su meñique con suavidad—. Lo prometo.
Él bajó la mirada a sus dedos entrelazados por un instante y luego la miró con timidez.
—Estás muy bonita.
Sam parpadeó.
—Me has dicho eso desde el momento uno en que empezamos a salir —dijo, confundida—. ¿Por qué tan tímido de decirlo ahora?
—Es que… —Freddie alzó la mano, como si aquello le ayudara a encontrar las palabras adecuadas—. Si bien esas veces lo dije en serio, lo hice más bien como parte de, ya sabes, nuestra nueva dinámica y todo eso. Pero ahora… es diferente. Te veo diferente.
—Pues claro. Casi nunca me arreglo así; es obvio que me verás distinta.
—Sí, pero no. A lo que me refiero es que te ves hermosa siendo tú misma. No pareces otra chica con maquillaje y ropa bonita, como aquella vez con ese chico. Te ves como tú, y eso… quiero decir, es por eso que yo…
—¿No puedes evitar mirarme cada tanto?
Freddie asintió, algo avergonzado, pero Sam solo sonrió levemente.
—Está bien. Lo entiendo —dijo ella con sinceridad—. Para ser honesta, ni siquiera yo puedo creer lo cómoda que me siento con todo esto.
—¿De verdad?
—Sí. Al principio, pensaba que era una mala idea, pero el resultado realmente me gustó. Me siento femenina y yo misma a la vez. No como otra Melanie o… alguien más.
Ambos sabían que con ese "alguien más" se refería a Carly, pero ninguno lo mencionó.
—Me alegra oír eso. No me gustaría que estuvieras incómoda toda la noche. Estaría preocupado por ti todo el rato y no podríamos divertirnos como se debe.
—Seguro nos hubiéramos escapado del baile o algo.
—Sí.
Fue entonces cuando Sam se dio cuenta de lo cerca que estaban. Más cerca que antes. Lo suficiente para que solo bastara con un leve movimiento para que sus labios se encontraran.
De hecho, eso era justo lo que iba a pasar. Pero en el último momento, Freddie desvió un poco el rostro y la besó en la mejilla.
Sam frunció el ceño, confundida.
—¿Por qué retrocediste?
—Es por el labial. Puede que se me quede pegado y sería muy incómodo preguntar por algo para limpiarme. Nos delataría.
—Ya. Añade eso a mí lista de razones por las que odio el maquillaje.
—Mírale el lado bueno, te queda muy lindo.
—¿Y de qué me vale eso si no puedo…? —Se calló de golpe, sintiéndose apenada por lo que estaba a punto de decir.
Él alzó una ceja, divertido.
—¿Besarme?
Sam sintió la necesidad de salir corriendo de nuevo. Sin embargo, conocía bien a Freddie, y estaba segura de que, a diferencia de Melanie, él sí la seguiría hasta encontrarla.
Freddie solo le dio un beso en la frente y continuó meciendo el columpio por los dos.
Dos minutos después, Melanie salió de la casa de nuevo y esta vez ambos se dirigieron hacia ella cuando los llamó.
—¿Y bien? ¿Van a pedir el taxi o todavía quieren quedarse un rato más?
Freddie le dio una mirada inquisitiva a Sam y ella asintió, encogiéndose de hombros. Le daba igual irse temprano o tarde si ya estaba con él.
—Lo pediremos ahora —informó él—, pero primero sería bueno repasar si tenemos todo listo. ¿No se te queda nada, Sam?
—No. Todo lo que necesito aquí —dijo, mostrándole la carterita negra—. ¿Y tú? ¿No trajiste nada contigo?
—Solo el celular, la billetera y el… ramo que, por cierto, ¿dónde lo pusiste?
—Lo guardé —intervino Melanie—. Coloqué las flores en un frasco con agua para conservarlas frescas. Me aseguraré de que lleguen a salvo a nuestra casa.
—Perfecto. Entonces, creo que eso es todo, ¿no, Sam?
—Eso parece —respondió ella, aunque de inmediato recordó la conversación que había escuchado entre Melanie y Jessie. Algo sobre que su hermana debía entregarle algo—. O eso creo. ¿Estás segura de que no olvidaste darme nada?
—¿Yo? No lo creo —dijo Melanie despreocupada, luego se frisó—. Ay, sí, casi se me olvida. Espérenme aquí, vuelve de inmediato —exclamó antes de volver a la casa con la misma prisa con la que ella había corrido momentos antes.
—Es rápida —comentó Freddie—. Me recuerda a alguien más…
—¿No tienes un taxi que llamar? —retornó ella, sin inmutarse.
Él detectó la amenaza implícita en su tono de voz y, con una expresión de fingida inocencia, levantó las manos en señal de paz. Sin embargo, incluso mientras marcaba el número para solicitar el taxi, aquella sonrisa astuta persistía en su rostro. La misma que Sam había aprendido a querer cada día más.
Cuando Melanie regresó, trajo consigo un par de cajas, aquellas en las que suelen guardarse piezas de joyería como aretes, cadenas o pulseras. Les entregó una a cada uno. Con una mezcla de expectación y curiosidad, ambos abrieron sus respectivos estuches al mismo tiempo.
—Es una cadena —murmuró Freddie, sosteniéndola a la luz para que Sam la viera.
—Y el mío es un collar largo —respondió ella, mostrándoselo a su vez—. Son bastante parecidos. ¿Los conseguiste a juego para nosotros?
Melanie asintió con timidez.
—Así es. ¿Les gustan?
—Son muy lindos, pero no tenías que… —Empezó a decir Freddie, pero Melanie lo interrumpió con un ademán despreocupado.
—Lo sé. Pero no tiene importancia. Solo quiero que lo pasen bien.
Pero no era todo. Los tres lo sabían. Sin embargo, aquel no era el momento para ahondar en el tema.
—Gracias —dijo Sam con sinceridad.
Freddie examinó la cadena con gesto pensativo.
—¿No sería un tanto sospechoso que llevemos collares a juego?
—Oh, pueden llevarlos de diferentes maneras —explicó Melanie—. Pueden guardar el dije, añadirle otro accesorio o simplemente llevarlos bajo la ropa. Como prefieran. Aunque... —miró a Freddie—. No sé si combina con lo que llevas puesto ahora mismo. Tal vez sea mejor guardarlo para después.
—Eso haré, entonces.
—Yo quiero ponerme el mío ahora —anunció Sam—. ¿Me ayudas, Melanie?
Su gemela asintió y se acercó a ella, pero entonces la llamaron desde adentro. Ella se disculpó brevemente antes de desaparecer tras la puerta.
Sam suspiró. Bueno, parecía que tendría que arreglárselas sola.
—¿Necesitas ayuda con eso? —inquirió Freddie al verla apartar su cabello.
–Sí, por favor.
Así, sin darse cuenta, ambos rellenaron otra casilla más entre los clichés de las películas románticas: el joven colocando con delicadeza un collar alrededor del cuello de su novia. Cuando ella ya lo tenía puesto y Freddie hubo guardado su propia cajita en el bolso de Sam, el taxi llegó. Casi al mismo tiempo, Melanie reapareció, lista para despedirse.
El adiós fue breve, pero no por ello menos sentido. Le agradecieron nuevamente por todo y le ofrecieron favores que ella se negaba a aceptar. Luego, Freddie se adelantó para abrir la puerta del taxi a Sam antes de subir también. Mientras el vehículo se ponía en marcha, ambos se despidieron de Melanie desde la ventana, mientras ella agitaba su mano desde donde estaba.
Sam se sintió, una vez más, como Cenicienta, pero esta vez despidiéndose de su hada madrina. Sin embargo, lejos de apenarla, la idea le resultó divertida. Sí, definitivamente, en todo este enredo, Melanie sería su hada madrina… o la de ambos, ya que también había ayudado a Freddie.
Al rato ambos se acomodaron en el asiento, acercándose sin reservas. Inconscientemente, Sam, apoyó la cabeza en el hombro de Freddie, y él la dejó hacerlo sin decir nada.
Pasado un minuto, él rompió el silencio.
—¿Me prestas mi cadena un momento?
Sam asintió, rebuscó el objeto en su cartera y se lo entregó. Freddie lo examinó con curiosidad y, casi por reflejo, ella hizo lo mismo.
Su collar era negro, con una piedra angular que, en solitario, tenía la apariencia de un diamante sencillo. No obstante, al inclinarlo con cierto ángulo, se distinguía que en realidad era la mitad de un corazón, cuya otra parte parecía encajar perfectamente con la cadena plateada de Freddie.
Él pareció llegar a la misma conclusión.
—¿Crees que tengan imanes? —preguntó él.
—¿Lo comprobamos?
Él asintió, acercando su cadena a la de ella.
Ambos se sorprendieron por lo rápido que se unieron las piezas. Si antes solo parecían figuras con forma de rombo, ahora formaban una especie de corazón.
—Increíble —murmuró ella, fascinada.
—Definitivamente —coincidió él, acariciando la pieza entre los dedos—. He escuchado y visto algunos de lejos, pero jamás había tenido uno propio.
—No me imagino por qué —inició ella, pensando en cuál de todas sus cartas podría utilizar para molestarlo en términos de: "Antes-de-mi-tú-vida-amorosa-era-casi-nula".
Él lo notó de inmediato y frunció el entrecejo en un intento por parecer serio, aunque la curva rebelde de su boca delataba que quería sonreír.
—No empieces.
—Anda, quita esa cara de perro pateado, que se supone que debemos divertirnos.
—¿Y burlarte de mí cumple con esa función?
—Un poco, sí.
Sintiéndose más confiada que antes, tal vez porque ambos estaban volviendo a su dinámica inicial, Sam acarició su mejilla y, de inmediato, él volvió a sonreír como ella sabía que quería.
Era mejor así.
Por muy entretenido que a veces fuera molestarlo, le gustaba mucho verlo feliz. Demasiado.
—¿Qué pasa? —preguntó él, poniendo su mano sobre la de ella.
—Te ves muy lindo cuando sonríes —admitió ella, antes de que la vergüenza volviera—. También con esa ropa. Siempre.
Sam casi pudo sentir cómo las mejillas de Freddie se calentaban mientras él se sonrojaba por sus palabras.
Y, de repente, quiso besarlo. Mucho.
—Gracias —respondió él, mirándola con ternura.
Sam no pudo resistirlo más.
—¿Te puedo besar?
Era raro que fuera ella quien hiciera ese tipo de preguntas y no Freddie, pero no importaba. El chico se merecía a pulso recibir esa clase de atenciones por igual.
—Creo que ya sabes la respuesta— susurró él.
—Pero me gustaría escucharlo de ti.
Freddie besó el dorso de su mano con ternura.
—Sí.
Esta vez sí continuaron sin importarles nada más. Y fueron agraciados de que el taxista tuvo la decencia y amabilidad de subir el cristal que los separaba y, de paso, las ventanas del vehículo, que por suerte eran oscuras.
Freddie tenía que admitirlo: había sido un poco (demasiado) vergonzoso para él pagarle al taxista sabiendo que posiblemente—y con eso se refería a definitivamente—los había visto besarse en los asientos de atrás. O quizás no. Quién sabe. La ventanilla estaba arriba cuando llegaron.
(Mentira, él sabe muy bien que el conductor la subió para darles privacidad, pero prefiere no pensar en eso ahora, gracias).
Pero hey, miren el lado bueno: después de un par de besos, Sam notó que Freddie no tenía ni una mancha de labial en el rostro. Al darse cuenta de eso, ambos sintieron una mezcla de alivio y vergüenza. Alivio, porque significaba que podrían besarse sin preocuparse por marcas delatoras; vergüenza, porque eso significaba que Melanie había elegido ese tipo de labial a propósito. Definitivamente, les había dado una gran ayuda y estaba muy equivocada si pensaba que Sam y él no le devolverán el favor de alguna manera. Incluso sin que ella ni lo notara.
En fin, al bajarse del taxi, en lugar de entrar directamente junto a los demás estudiantes, se quedaron de pie en la entrada. Sam sacó su teléfono y le avisó que escribiría a Carly para saber dónde estaba, así que Freddie aprovechó para echar un vistazo a su alrededor.
La mayoría de los estudiantes entraban directamente al baile con sus parejas, mientras que los menos afortunados iban en grupos de amigos. Algunos parecían animados, otros un poco desganados, pero todos estaban vestidos para la ocasión.
El ambiente en la escuela se sentía más festivo: luces, decoraciones, carteles, y hasta podía escucharse la música proveniente del gimnasio desde afuera. Desde luego, también había maestros y guardias de seguridad por todas partes, listos para detener a cualquier pareja que intentara pasarse de lista en algún rincón solitario del edificio.
Miró la hora en su teléfono, y luego buscó algún juego para entretenerse un rato. Sí, entretenerse. No, no estaba intentando en lo más mínimo tratando de no pensar en las cosas tan lindas que Sam le dijo antes. No, claro que no. ¡Él es Freddie Benson! Estaba acostumbrado a decir cosas cursis y clichés. Un par de palabras y gestos bonitos no podía hacerlo sentir tan feliz (y ansioso).
Claro que no.
Bueno, tal vez sí. Pero, ¿podían juzgarlo? Eran contadas las veces que Sam le daba un cumplido real, que le decía lindo o admitía que se sentía atraída por él. Así que cada vez que pasaba, él se sentía muy feliz y le prestaba toda su atención, tratando de mantenerse tranquilo para que ella no se sintiera nerviosa o se echara atrás. Pero no esperaba que esa emoción fuera tan intensa como para hacerlo sentir nervioso por igual.
Una parte de él se preguntaba qué tan profundo podía llegar a quererla… y si podría manejarlo. Por muy coqueto que pueda ser, a veces, en el fondo de él todavía había algo de miedo en que le rompan el corazón, o le decepcionen. Y sí, sabía que era más que correspondido ahora, pero ¿y si un día dejaba de serlo? ¿Y si deciden ser amigos cuando finalice el mes? ¿Qué haría él entonces? ¿Cuánto tiempo tardaría en volver a querer a alguien sin temor a qué…?
—Carly dice que ella y su cita están junto a nuestros casilleros — interrumpió de pronto la razón por la que había pasado de "enamorado-pensativo-tímido" a "enamorado-pensativo-tímido-y-nervioso" en menos de un minuto—. ¿Freddie?
—Perdón, ¿me decías…? —contestó, haciéndose el loco. Había escuchado perfectamente cada palabra, pero era mejor que ella pensara que estaba distraído y no nervioso, pensando en… bueno, en ella.
—Carly me dijo que está esperándonos junto a los casilleros con su cita —repitió Sam, más despacio—. ¿Le digo que nos reunamos allí o prefieres ir a la mesa de bocadillos primero?
—Casilleros —decidió él—. Seguro habrá demasiado ruido en el gimnasio y no podremos hablar tranquilos.
—¿Seguro? Hace un minuto parecía que estabas en Belén con los pastores.
—Solo me distraje pensando en algo. No es nada. Además, si me sintiera mal, ¿por qué querría ir a comer?
—No sé. Yo lo haría. Así me enfocaría en la comida y no en lo que me molesta. Deberías intentarlo alguna vez.
—Pero eso no resolvería nada.
—O sea que si hay algo que te molesta —señaló ella con una ceja arqueada.
Freddie se quedó en silencio. Sam cruzó los brazos, esperando. Finalmente, él suspiró y cedió.
—Estoy nervioso. No por el baile en sí, sino por… ya sabes. —Hizo un gesto entre él y ella—. De verdad quiero que todo salga bien. No quiero… perder nada de… —suspiró—. Ya me entiendes. Aunque empiezo a considerar que deberíamos tener un código para hablar de esto también.
Lo último le salió un poco más triste de lo que planeaba y se arrepintió de haberlo dicho. Debería estar feliz porque habían tenido un lindo momento juntos, y en su lugar estaba arruinando el ambiente para ambos...
—Yo tampoco —confesó ella en un susurro—. Estoy feliz por… todo el asunto de los panqueques, y no quiero que termine nunca. Pero supongo que solo tenemos que seguir cocinándolos con cuidado para que sigan siendo buenos. Así que dejemos de pensar en que quemaremos todo solo por hoy y divirtámonos, ¿sí?
Freddie alzó una ceja, impresionado de que ella tomara en serio lo del código y creara uno tan rápido. Le puso un poco nervioso saber que Sam tenía dudas parecidas, pero a la vez lo alivió, porque significaba que le importaba tanto como a él mantener todo bien entre los dos.
Suspiró, asintiendo a sus palabras e intentando volver en sí mismo. Pensó en decir algo para iniciar una conversación divertida, pero, en su lugar, terminó ofreciéndole su brazo a Sam.
—¿No es esto algo que harían las parejas? —preguntó ella.
—Digamos que es por tus zapatos, entonces —sugirió él en voz baja antes de retirar el brazo en silencio—. O solo vayamos caminando, si crees que es mala idea.
—No, está bien —respondió ella, enlazando su brazo con el suyo—. Así me canso menos, supongo.
"Y me gusta estar cerca de ti, de todas formas."
Fue lo que no se dijo, pero que ambos sabían que estaba ahí. Entonces, Freddie sonrió, diciendo "Andando, entonces", para que ambos se dirigieran a donde estaba Carly.
Aunque todavía tenía sus dudas y miedos, por esta noche los dejaría de lado y la pasaría bien junto a Sam.
Bueno, eso fue todo por la primera parte. Espero que les haya gustado. En Wattpad y Ao3 les dejó algunos separadores con imágenes que generé hace tiempo con IA para este capítulo. Bendiciones y nos leemos.
