Choque de mundos Saotome/Tendo
Ranma se encontraba sentado en su despacho, con las manos entrelazadas sobre su escritorio. La inquietud que había sentido durante la reunión con el abogado Kuno seguía atormentándolo. Las palabras del abogado resonaban en su mente, y aunque había estado evitando tomar una decisión, sabía que no podía seguir postergando lo inevitable. Su familia, su honor y, sobre todo, la responsabilidad que su padre le había
Después de mucho pensarlo, finalmente había tomado una decisión.
Decidió que no podía desproteger a las hermanas Tendo. Aunque el compromiso de hacerse cargo de ellas no era algo que hubiera deseado, el testamento de su padre lo obligaban a actuar. Pero, al mismo tiempo, quería asegurarse de que su propia vida no se viera completamente alterada
Pero, al mismo tiempo, quería asegurarse de que su propia vida no se viera completamente alterada por esta carga.
Con esa resolución, tomó su teléfono y se comunicó con el abogado Kuno. Lo citó en su oficina para comunicarle su decisión de manera formal.
Poco después, Kuno llegó a la oficina de Ranma, con su porte serio y profesional. Se acercó al escritorio de Ranma y lo saludó con un leve movimiento de cabeza.
—Buenos días, joven Saotome. ¿Ha tomado una decisión? —preguntó, con su tono habitual, que denotaba un ligero aire de curiosidad y respeto.
Ranma respiró hondo, tratando de calmarse antes de hablar. No le era fácil tomar decisiones, especialmente cuando se trataba de algo tan complejo como esto. Finalmente, levantó la mirada y miró al abogado fijamente.
—Sí —respondió con firmeza—. Acepto. Acepto hacerme cargo de las chicas Tendo, como estipula el testamento. Pero hay algo que quiero aclarar. No quiero que vivan en mi casa. Las trasladaré a la casa principal, donde vive mi familia. Yo me quedaré allí un tiempo, para pensar y decidir cuál de ellas será mi esposa.
El abogado Kuno asintió con gravedad, como si esperara esa respuesta. No parecía sorprenderle la decisión de Ranma, pero comprendía la seriedad de la situación.
—Está muy bien, joven Saotome —respondió, sacando una hoja de su portafolio y revisándola rápidamente—. Solo recuerde que el testamento establece un plazo. Tiene un mes como máximo para tomar una decisión sobre con quién se casará. Ese es el tiempo que tiene para cumplir con lo que se estipula.
Ranma asintió, consciente de la presión que caía sobre él. Un mes era un tiempo limitado, y aunque había tomado una decisión, aún le quedaba mucho por hacer.
—Lo sé, Kuno —respondió Ranma con tono serio—. No lo tomaré a la ligera.
El abogado, al ver la determinación en el rostro de Ranma, se levantó y le hizo una leve inclinación con la cabeza.
—Perfecto, joven Saotome. Entonces, procederemos con el traslado de las señoritas Tendo a la casa principal. Si necesita algo más, no dude en contactarme.
Ranma asintió, y el abogado salió de la oficina, dejándolo solo con sus pensamientos. Un mes para decidir quién sería su esposa. Un mes que definiría su futuro, el de las hermanas Tendo y, también el de su propia familia.
Sabía que no podía permitir que el testamento de su padre lo atrapara en un destino sin salida, pero ¿cómo escapar de la red que había tejido con tanto cuidado?
Fue en ese momento que recordó las palabras de Daisuke, su gran amigo y abogado personal. Daisuke siempre había sido una voz racional en medio del caos, y sus consejos nunca fallaban. En un encuentro reciente, Daisuke le había dado una recomendación crucial.
—Por más que lo reviso, no tienes escapatoria, amigo mío —le había dicho Daisuke, con su tono habitual, entre serio y preocupado—. Tu padre cuidó muy bien cada detalle, tapó cada hueco que podríamos haber ocupado.
Ranma se reclinó en su silla, recordando la expresión de su amigo. Daisuke había sido claro: no había forma de burlar el testamento. A pesar de su conocimiento en leyes, incluso él había encontrado poco margen para maniobrar.
—Lo que te conviene —había continuado Daisuke— es decirle al abogado Kuno que aceptas, pero con ciertas condiciones. No vivas solo en la misma casa con ellas, o no podrás elegir tú a la esposa. Además, realiza una investigación sobre ellas antes de que hables con Kuno. Necesitas saber más antes de tomar una decisión que te cambiará la vida, aún así seguiré estudiandolo en busca de opciones.
Ranma recordó cómo Daisuke le había insistido en lo importante que era establecer límites desde el principio, de modo que no estuviera atrapado en una situación en la que no pudiera tomar sus propias decisiones.
Al menos si mantenía distancia, tendría tiempo para evaluar a las hermanas Tendo y las circunstancias antes de tomar cualquier paso definitivo.
Ranma había decidido seguir el consejo de Daisuke y comenzó a investigar a fondo sobre las hermanas Tendo.
No fue fácil, pero gracias a los contactos de Hiroshi su otro amigo, Ranma pudo acceder a información más detallada.
Las hermanas Tendo, Kasumi, Nabiki y Akane, eran huérfanas de madre desde que eran muy pequeñas. Su padre, el señor Tendo, había estado a cargo de ellas. Sin embargo, el desapareció hace poco más de cinco años, quedando bajo la tutoría de Genma Saotome mejor amigo de Soun. A pesar de las dificultades, Kasumi, la mayor, había asumido el rol de la figura materna en la casa, mientras que Nabiki se encargaba de la administración del dinero que Genma les enviaba con su aguda mente práctica, y Akane, la más joven, se ocupaba de las tareas físicas y de mantener la disciplina.
Al revisar más a fondo, Ranma descubrió que todas eran menores de edad. La mayor, Kasumi tenía 17 años, le seguia Nabiki de 16, y al último, Akane de solo 15. Esto explicaba por qué su padre, había dejado instrucciones claras en el testamento para que él se hiciera cargo de ellas. Las tres aún dependían legalmente de un tutor, y ahora, ese rol recaía en él.
Todo esa información le había servido a la hora de hablar con Kuno… ahora solo quedaba esperar que las chicas
llegarán a la casa de su familia.
Por supuesto debía comunicar a su madre y hermanos sobre la llegada de las jóvenes.
Días después:
Kasumi, Nabiki y Akane se encontraban en el auto que ese tal Ranma había enviado para llevarlas a la mansión. Mentirían si dijeran que no estaban sorprendidas: el vehículo en el que viajaban acababa de cruzar el umbral de una propiedad enorme y majestuosa, como sacada de una revista de lujo. Sabían que el tío Genma tenía dinero, pero nunca imaginaron cuánto.
El auto se detuvo frente a la entrada principal de la casa, y apenas unos segundos después de que bajaron, la gran puerta se abrió con un suave zumbido. Al otro lado, tres personas las esperaban, observándolas con una leve inclinación respetuosa.
—Bienvenidas, señoritas. Permítannos ayudarlas con su equipaje.
Mientras observaban cómo se llevaban su equipaje, Akane comenzó a forcejear ligeramente con uno de los empleados que intentaba tomar la jaula de P-chan, su querida mascota.
—¡Cuidado con él! ¡Yo lo llevo! —exclamó con firmeza, aferrando la jaula contra su pecho.
En ese momento, apareció un hombre alto, de porte distinguido, vestido con un impecable traje oscuro. Su voz, tan elegante como su apariencia, rompió el silencio con una calma autoritaria mientras observaba a la muchacha con una clara expresión de desaprobación.
—Eso no era necesario —dijo el hombre con voz serena pero firme, sin apartar la vista de la joven—. Los del servicio están para encargarse de esas cosas.
Akane sostuvo la jaula con más fuerza, sin bajar la mirada. Había algo en su actitud que desafiaba sutilmente la autoridad que él proyectaba.
—Él no es "una cosa" —respondió, tranquila pero decidida—. Ha estado conmigo desde que era una niña. Si alguien debe llevarlo, soy yo.
——Muy bien. Como desee, síganme por aquí, señoritas. El joven Saotome las está esperando en el despacho.
Las chicas lo siguieron en silencio. Akane podía sentir la mirada de censura de sus hermanas tras la escena que acababa de protagonizar, pero no le importaba. Pchan no se separaría de ella, no ahora, no nunca. Lo apretó un poco más contra su pecho, como reafirmando esa decisión..
El pasillo por el que caminaban estaba decorado con obras de arte y vitrales que teñían la luz con tonos suaves. Cada paso que daban las llevaba más lejos de su mundo familiar, y más cerca de un destino que ninguna de ellas terminaba de comprender.
Era tanto el lujo y la ostentación de la casa que se sentían transportadas a otra época, como si cada rincón estuviera impregnado con la esencia de una aristocracia olvidada. Los pisos de mármol pulido reflejaban la luz de los candelabros de cristal que colgaban del techo, mientras las paredes estaban adornadas con tapices antiguos que contaban historias de generaciones pasadas. El aire, impregnado con un suave perfume a madera y flores frescas, solo aumentaba la sensación de estar en un lugar fuera de su tiempo.
Se detuvieron frente a una ostentosa puerta de madera que el mayordomo abrió con completa naturalidad, como si fuera algo que sucediera todos los días. El sonido de la puerta abriéndose resonó en el silencio del pasillo, pero lo que les aguardaba al otro lado las dejó sin palabras.
Al cruzar el umbral, se sorprendieron al no encontrar una oficina, sino una enorme biblioteca. Las estanterías, repletas de libros de todos los tamaños y colores, cubrían las paredes hasta el techo. En el centro de la sala, una gran mesa de roble estaba rodeada de sillas de elegante diseño, y la luz que se filtraba a través de los ventanales iluminaba con suavidad los ricos acabados de la madera.
Dentro, lo primero que llamó su atención fue la enorme cantidad de libros apilados en estanterías que cubrían casi por completo las paredes. El aire fresco y cálido a la vez de la biblioteca las envolvía, dándoles una sensación de quietud casi solemne.
En un sillón de respaldo alto, ubicado cerca de una ventana que dejaba entrar la luz del día, una bella señora, de aire tranquilo y distinguido, estaba sentada, completamente completamente absorta en la lectura de un libro. Su porte elegante y su postura serena hacían que pareciera parte del mobiliario mismo, como si el espacio hubiera sido diseñado en torno a ella.
Más cerca del suelo, dos jóvenes se encontraban enfrascados en una silenciosa partida de ajedrez, totalmente concentrados en el tablero. La manera en que movían las piezas con tanta precisión daba la sensación de que cada movimiento estaba calculado con esmero, como si el juego fuera una cuestión de vida o muerte.
Las hermanas, sorprendidas por la calma y el misterio de la escena, no sabían si dar un paso más o quedarse allí observando en silencio.
El mayordomo carraspeó levemente, llamando la atención de los presentes.
—Señora Saotome, le presento a las señoritas Tendo. Las estoy conduciendo a la oficina del joven Saotome.
Nodoka asintió levemente, su mirada manteniendo la misma serenidad de antes. Sin embargo, no perdió la oportunidad de presentarse a sí misma.
—Encantada de conocerlas, señoritas Tendo. Soy Nodoka Saotome —dijo con una suavidad que contrastaba con la solemne atmósfera de la biblioteca. Luego, giró hacia los dos jóvenes que continuaban su partida de ajedrez, sin apartar la mirada del tablero.
—Y estos son mis hijos, Ryoga y Mousse. —Los chicos levantaron la vista al oír sus nombres, pero sin interrumpir su juego. Ryoga, un joven de complexión fuerte y mirada algo melancólica, le hizo un gesto con la cabeza, mientras que Mousse, un poco más alto y de aspecto más tranquilo, sonrió tímidamente. Ambos regresaron a su partida, como si el juego tuviera prioridad por encima de la presencia de las visitantes.
Nodoka sacudió la cabeza con una sonrisa comprensiva.
—Sabrán disculpar a estos muchachos, cuando entran en un juego, no hay quien los saque —comentó con un tono amable, como si estuviera acostumbrada a esa escena.
Kasumi, siempre la más reservada y educada, dio un paso al frente. Con una sonrisa cordial, hizo una leve inclinación de cabeza.
—Muchísimas gracias por su atención, señora Saotome. Mi nombre es Kasumi Tendo, y estas son mis hermanas, Nabiki y Akane —dijo, señalando a cada una de ellas con un gesto respetuoso. Nabiki asintió con una sonrisa más contenida, mientras que Akane aunque más seria, también hizo un pequeño gesto de cortesía.
—Es un honor conocerla —continuó Kasumi—. Apreciamos mucho la hospitalidad que nos están brindando.
Nodoka respondió con una suave sonrisa, su mirada cálida pero algo enigmática.
—El placer es mío, señoritas. Bienvenidas a nuestra casa
Hasta ese momento, Nodoka reparó en la pequeña jaula que Akane sostenía con tanto cuidado contra su pecho. Alzó una ceja con curiosidad y se inclinó levemente hacia ella.
—Oh, pero querida... qué adorable mascota —dijo con genuina ternura—. No tienes por qué traerla enjaulada, parece muy dócil.
Antes de que Akane pudiera responder, el mayordomo intervino con una nota de preocupación en su voz.
—Pero señora, el señor Saotome jamás habría permitido—
Nodoka lo interrumpió suavemente, pero con firmeza, sin perder la elegancia.
—Genma ya no está —dijo, sin necesidad de levantar la voz para dejar en claro su autoridad—. Y estoy segura de que a mi hijo no le molestaría en lo más mínimo.
Akane miró a Nodoka con sorpresa y una pizca de alivio. No esperaba comprensión, mucho menos defensa. Con una leve sonrisa, se agachó y abrió con cuidado la jaula, dejando que P-chan asomara su hocico curioso.
El pequeño cerdito miró a su alrededor, olfateando el aire, y luego se acomodó sobre los brazos de Akane como si supiera que, al fin, estaba a salvo.
—No las entretengo más —dijo Nodoka amablemente, después de acariciar al pequeño cerdito, que respondió con un suave gruñidito de aprobación—. Sasuke, llévalas a la oficina de Ranma, por favor.
El mayordomo asintió con una reverencia casi imperceptible y, sin decir una palabra, retomó la marcha. Las hermanas lo siguieron, cruzando la biblioteca en silencio, con la sensación de que cada paso las acercaba a algo importante... o inevitable.
Al fondo de la sala, parcialmente oculta tras una hilera de estanterías, había otra puerta. Sasuke se detuvo frente a ella y, con gesto preciso, tocó suavemente con los nudillos.
—Toc, toc.
El sonido fue casi un susurro, pero se sintió como un golpe firme en el pecho de las chicas. Akane apretó inconscientemente a P-chan contra sí, Nabiki entrecerró los ojos con atención, y Kasumi respiró hondo, preparándose para lo que vendría.
—¿Joven Saotome? Las señoritas Tendo han llegado. ¿Podemos entrar? —preguntó Sasuke con tono respetuoso, sin abrir aún la puerta.
—Adelante —respondió una voz grave y varonil desde el interior.
A pesar de lo breve de la frase, algo en el tono —seguro, sereno, con un peso casi palpable— les erizó la piel a las tres hermanas. Se miraron por un instante, como si compartieran una sensación que ninguna se atrevía a poner en palabras.
El despacho que se abría ante ellas contrastaba con la biblioteca: elegante, sí, pero más moderno y sobrio. La luz entraba por amplios ventanales, iluminando un escritorio imponente detrás del cual estaba él… Ranma Saotome..
No era para nada como lo habían imaginado.
Esperaban a alguien más tosco y la barriga prominente de su padre… pero el joven detrás del escritorio no se parecía en nada a Genma Saotome. De hecho, si tenían que decirlo, se parecía mucho más a su madre: postura elegante, rostro bien definido y esa mirada aguda que transmitía inteligencia y control.
Su figura era atlética, musculosa sin ser exagerada, como esculpida con disciplina y equilibrio. Su piel estaba ligeramente bronceada, y sus ojos —unos impactantes ojos azul profundo— no pasaban desapercibidos.
Ahora que lo pensaban, ninguno de los muchachos en la casa se parecía realmente a Genma. Ryoga tenía un aire melancólico y reservado, Mousse parecía sacado de una novela de misterio, y aunque físicamente ninguno compartía los rasgos del viejo Saotome, quizá Mousse era el único que había heredado algo de él… su problema de visión, para ser exactos.
Akane tuvo que contener una sonrisa al pensarlo, mientras Ranma se levantaba con calma para recibirlas.
Tan absortas estaban en sus pensamientos —comparaciones, sorpresas y silenciosas especulaciones— que ni siquiera notaron cuándo Ranma hizo un leve gesto con la mano. El mayordomo, entendiendo la señal sin necesidad de palabras, se retiró con la misma discreción con la que había llegado, cerrando la puerta tras él con un suave clic.
Ranma esperó unos segundos, observándolas en silencio desde detrás del escritorio. Pero al ver que ninguna reaccionaba, intentó llamar su atención con voz calmada:
—Señoritas...
Nada. Seguían inmersas en sus pensamientos, como si la figura frente a ellas aún no encajara con la realidad.
Entonces, carraspeó ligeramente.
—Ejem.
Ese pequeño sonido bastó para traerlas de regreso al presente. Las tres alzaron la vista al mismo tiempo, un poco sobresaltadas, como si se dieran cuenta de golpe de que estaban en medio de una reunión importante.
Ranma arqueó una ceja, con una expresión entre divertida y paciente.
Ranma las observó en silencio mientras las tres volvían en sí tras su discreto llamado de atención. No dijo nada de inmediato; simplemente las miró con detenimiento, permitiéndose un momento para pensar.
Esas muchachas… le recordaban tanto a sus hermanos.
Ya sabía, por supuesto, que eran más jóvenes que él. Lo había visto en los documentos, en los informes, en todo lo que había leído antes de su llegada. Pero una cosa era saberlo en papel, y otra muy distinta era tenerlas allí, de pie frente a él, con la confusión y la tensión
Fue chocante. Debía admitirlo, al menos para sí mismo. No por la diferencia de edad, sino por la familiaridad que sentía al verlas, como si esa mezcla de personalidades —la calidez de Kasumi, la agudeza en los ojos de Nabiki, y la energía contenida de Akane que no soltaba a un pequeño cerdito negro— ya formara parte de su vida desde antes de conocerlas.
Inspiró profundamente, dejando escapar el aire con discreción.
—Por favor, tomen asiento —dijo finalmente, con voz firme pero sin dureza, señalando los sillones dispuestos frente a su escritorio.
—Gracias —dijo Kasumi amablemente, sentándose con la suavidad que la caracterizaba.
—Sí, claro —añadió Nabiki mientras tomaba asiento con elegancia, sus ojos recorriendo con aguda atención cada rincón del despacho, como si cada detalle pudiera decirle algo útil sobre su anfitrión.
Akane fue la última en sentarse. Lo hizo con cierta rigidez, colocando a P-chan sobre sus piernas y acariciándolo de forma automática, sin apartar la vista de Ranma. Aún le costaba creer que ese hombre —tan serio, tan distinto a lo que había imaginado— fuera el mismísimo Ranma Saotome. Ese nombre había sido una sombra, una expectativa, una figura lejana... y ahora estaba allí, tan real que parecía fuera de lugar en su propia historia.
Ranma los observó a cada una con calma. Decidió que antes de cualquier otra cosa, lo más correcto —y sensato— era empezar por las presentaciones.
—Supongo que lo primero es presentarnos debidamente —dijo, incorporándose un poco en su asiento, con los codos apoyados sobre el escritorio y las manos entrelazadas—. Soy Ranma Saotome como ya intuían supongo. Y aunque imagino que tienen muchas preguntas… por ahora, solo quiero que estén cómodas.
Su tono era formal, pero no frío. Había en su voz una cortesía que no sonaba ensayada, sino sincera.
Las hermanas se miraron brevemente entre sí, como si decidieran en silencio quién debía hablar primero. Fue Kasumi quien, con su habitual gentileza, respondió.
—Muchas gracias, señor Saotome. Apreciamos su hospitalidad. Mi nombre es Kasumi, y ellas son Nabiki y Akane —dijo con una sonrisa suave—. Y también gracias por tomarse el tiempo para recibirnos personalmente..
—Es lo menos que podía hacer —respondió Ranma con un leve asentimiento.
Nabiki cruzó las piernas, todavía observándolo con interés, aunque sin perder la cortesía.
—No esperábamos que fuera tan... directo —comentó—. Francamente, creímos que nos recibiría algún abogado o asistente.
—No me gustan los intermediarios —dijo Ranma sin rodeos, manteniendo la mirada—. Esto es un asunto de familia, ¿no es así?
Akane bajó la vista un segundo, acariciando a P-chan con suavidad. Luego levantó la mirada, clavándola directamente en Ranma.
—¿Y qué clase de familia impone compromisos sin preguntar primero Señor Saotome?
El silencio cayó por un momento. Ranma no se sorprendió por la pregunta; de hecho, casi parecía esperarla. Su expresión no cambió, pero en su mirada se encendió un destello de algo más… ¿respeto, tal vez?
—Una familia complicada —respondió al fin—. Pero si están aquí, es porque las cosas están a punto de cambiar.
Ranma se recostó ligeramente en su silla, con una media sonrisa que suavizó un poco su expresión seria.
—Y por favor… no me llamen "señor". No soy tan viejo —dijo con un deje de humor—. Solo tengo 20 años. Pueden llamarme Ranma.
Kasumi asintió con una sonrisa amable, y Nabiki alzó una ceja, como si aquel intento de cercanía lo hiciera un poco más interesante. Akane, por su parte, no dijo nada, pero bajó la vista a P-chan y murmuró apenas audible:
—Ranma, entonces...
Él pareció notar ese pequeño gesto, pero no comentó nada. En cambio, volvió a centrar su atención en ellas, ya más relajado.
—Imagino que esto debe ser muy extraño para ustedes. Para mí también lo fue, créanme. Pero hay muchas cosas que deben que debemos hablar
Luego de una breve pausa continuó con tono medido, mirando a cada una con atención.
—No sé qué tanto sepan sobre el acuerdo entre nuestros padres…
Nabiki fue quien respondió esta vez, cruzando los brazos con expresión neutra.
—Todo, creo…—dijo, con esa seguridad que usaba como escudo—. el señor Kuno nos leyó la carta del tío Gen... err, del señor Saotome —corrigió con una ligera mueca, como si el nombre aún le supiera amargo.
Ranma asintió lentamente, sin mostrar sorpresa.
—Supuse que así sería —respondió—. El viejo dejó instrucciones bastante claras. Aunque, como imaginarán, yo no tuve voz en ese arreglo.
Akane frunció ligeramente el ceño.
—¿Y ahora sí la tienes?
Ranma la miró fijamente por un segundo. No con desafío, sino con una especie de interés sincero.
Se inclinó un poco hacia adelante, sus ojos fijos en ella. Su tono seguía siendo tranquilo, pero había una firmeza que no pasaba desapercibida.
—Podría pensarse que sí, pero la verdad es que no tengo mucho margen de movimiento —dijo con una ligera exhalación, como si esa realidad también le pesara a él—. De todas formas, me gustaría que sepan… no pienso descuidarlas ni maltratarlas. La pensión que mi padre les daba… esa seguirá siendo entregada, aunque vivan aquí.
Las palabras, aunque directas, parecían sinceras. Kasumi, aunque acostumbrada a la cortesía y a escuchar promesas similares, no pudo evitar sentirse algo aliviada. Al menos, por ahora, parecía que Ranma no era el tipo de persona que pensaba usar su posición para imponer cargas adicionales.
Akane, sin embargo, no estaba tan convencida. Su mirada era firme, aunque no tanto de desconfianza como de determinación.
—Eso está bien —dijo, sin apartar la vista de él—, pero no se trata solo de dinero. No quiero que nos veas como una carga.
Ranma la observó unos segundos, como si estuviera evaluando cada palabra que decía. Finalmente, soltó un leve suspiro, como si reconociera la verdad en lo que Akane acababa de decir.
—No las veo como una carga. Entiendo lo que significa todo esto para ustedes —respondió—. De hecho, créanme, me gustaría que las cosas fueran diferentes… que tuviéramos más opciones. Pero, por ahora, solo les pido paciencia. No voy a hacerles la vida más difícil.
Ranma respiró profundamente antes de continuar, como si finalmente estuviera listo para dar el siguiente paso en la conversación.
—Vivirán aquí porque fue deseo de mi viejo que vivieran conmigo, para que yo pueda protegerlas de los trabajadores sociales —dijo, con una sinceridad inesperada. Luego hizo una pausa antes de añadir—: Como ya se dieron cuenta, es poco probable que vengan aquí, ya que en esta casa también habita mi madre.
Kasumi asintió, procesando las palabras de Ranma con una mirada comprensiva, pero Nabiki mantuvo su actitud observadora, como si estuviera buscando algo más detrás de esas palabras. Akane, por su parte, no apartaba la vista de él, esperando más detalles.
Ranma guardó para sí mismo un pequeño pensamiento que prefería no compartir. Podría haberlas llevado a vivir a mi casa... En lugar de eso, había decidido traerlas a la casa de sus padres. Su padre solo había estipulado que debían vivir con él, y no especificaba el lugar exacto. Pero eso ya era irrelevante. Lo importante era que las chicas estuvieran bajo su protección, y ahora no había vuelta atrás.
—Lo que quiero que entiendan —continuó, mirando a las tres— es que, aunque la situación es algo... peculiar, haré lo que pueda para que estén bien aquí. Mi padre tenía sus razones, aunque no las comparto todas, pero ahora, esto es lo que tenemos
Nabiki rompió el silencio, con una sonrisa leve pero cargada de incertidumbre.
—Todo eso está muy bien, Ranma. Pero, ¿qué piensas hacer respecto a lo del matrimonio? —preguntó, su tono casual, pero su mirada fija en él, como si estuviera esperando una respuesta clara.
Ranma apretó levemente los ojos, un movimiento casi imperceptible. Sabía que tarde o temprano lo dirían, pero no había querido tocar ese tema tan pronto. Sin embargo, ahora estaba claro que era inevitable.
—Eso… —comenzó, dejando escapar un suspiro—. Eso es algo que aún no tengo completamente claro. No es que me esté evadiendo, pero no es algo sencillo de resolver.
Akane frunció el ceño, notando la incomodidad de Ranma, pero aún no estaba dispuesta a dejar que el tema pasara desapercibido.
—¿No lo tienes claro? —dijo, con voz firme—. ¿Entonces qué?
Ranma la miró por un momento, reconociendo la determinación en sus ojos, antes de responder con algo de gravedad.
—Mi padre nos metió en esto, y créeme, no es lo que yo habría elegido. Pero ahora tenemos que lidiar con las consecuencias. No quiero que piensen que esto es algo que tome a la ligera. Si estamos aquí, viviendo bajo este techo, no es solo porque lo dijo él. Es porque debo asegurarme de que todos estemos de acuerdo.
La tensión en el aire se hizo más palpable, pero Ranma no evitó la mirada de Akane. Sabía que las cosas no serían fáciles.
Ranma retomó su expresión seria pero no exenta de cierta frustración.
—Miren, yo no deseo casarme con una desconocida. Imagino que el deseo es mutuo —dijo, mirando a las tres con una mirada directa, sin intentar esconder lo que pensaba—. Intenté, aunque no lo crean, buscar formas de evitarnos ese problema. Pero no hay manera. El acuerdo es claro, y no hay forma de eludirlo.
Las hermanas lo miraron, sorprendidas por su sinceridad. Nadie esperaba que fuera tan abierto respecto al tema.
—Así que pensé que la mejor forma de lidiar con esto era que nos conociéramos un poco mejor, de modo que al menos no fuera un matrimonio completamente... ajeno —continuó Ranma, manteniendo la calma a pesar de la incomodidad del tema. Luego, miró a cada una con seriedad—. Y no pienso que la decisión sea solo mía. Creo que ustedes también tienen derecho a elegir sobre quién de ustedes se casará conmigo.
Akane, Nabiki y Kasumi intercambiaron miradas, sorprendidas por el giro en la conversación. Nunca imaginaron que Ranma plantearía la idea de darles la oportunidad de decidir.
—Eso es… algo diferente —dijo Nabiki, visiblemente pensativa—. No esperaba que lo dijieras así.
Kasumi asintió suavemente, como siempre buscando mantener la calma en medio de la tensión.
—Es una forma razonable de abordarlo —comentó con su tono usualmente apacible—. Agradecemos que lo considere, Ranma.
Akane, sin embargo, parecía más confundida. A pesar de lo que había dicho Ranma, no podía dejar de sentir una mezcla de indignación y sorpresa.
—¿Así que nosotros elegimos? —preguntó, algo incrédula—. ¿Eso significa que tenemos que decidir todo esto entre nosotras, sin presiones?
Ranma la miró, notando la tensión en su voz, y asintió lentamente.
—Sí. Al final, el acuerdo puede ser nuestra carga, pero no voy a hacerles esto más difícil de lo que ya es. Si la idea es que todos estemos en paz, lo mínimo es darles esa opción. No pienso imponerme.
Ranma dejó escapar un suspiro, como si las palabras que a continuación iba a decir le pesaran.
—Lamentablemente, no tenemos mucho tiempo —dijo, con un tono grave—. El plazo máximo es de un mes.
Las tres hermanas se miraron, sorprendidas por la rapidez del proceso. El tiempo se les escapaba de las manos, y la tensión aumentaba.
—Un mes... —murmuró Nabiki, con una ligera fruncida de ceño, tratando de comprender la magnitud de la situación—. Eso no nos deja mucho margen para decidir, ¿verdad?
Kasumi, siempre tranquila, asintió lentamente, pero su rostro reflejaba una leve preocupación.
—Entiendo que el tiempo es corto, pero aún así debemos tomar una decisión importante —dijo con suavidad.
Akane, sin embargo, parecía más afectada por la revelación. Se tensó en su asiento, abrazando a P-chan con más fuerza.
—¿Por qué tan rápido? —preguntó, su voz mezclada con frustración y desconfianza—. ¿No hay forma de que podamos tomarnos un poco más de tiempo para pensar? Esto es… demasiado de golpe.
Ranma las miró a cada una con seriedad, sin querer agregar más presión, pero consciente de lo que implicaba esa fecha límite.
—Lo entiendo, Akane. Yo también desearía que las circunstancias fueran diferentes, pero como ya mencioné… el acuerdo es claro y el testamento irrebatible. Si queremos evitar más complicaciones, necesitamos tomar una decisión pronto.
Las hermanas Tendo lo observaron en silencio. No había vuelta de hoja.
Kasumi, pensativa, miró a su alrededor, evaluando la situación. Había comprendido que, en cierto modo, se estaban mostrando un poco malagradecidas. Después de todo, Ranma no había pedido estar allí ni en esta posición, y, sin embargo, las había aceptado en su casa, integrándolas a su vida y a su familia. No solo eso, sino que las estaba atendiendo personalmente, resolviendo sus dudas, tratando de que todo fuera lo más sencillo posible.
Nabiki también entendió la situación, y con su mente siempre práctica, pensó:
"Bueno, no es que sea tan malo. Después de todo, es rico, guapo y joven… Algún beneficio se podrá sacar de esto"
Akane era la menos resignada, todavía sosteniendo a P-chan entre sus brazos. No estaba segura de qué le frustraba más: la situación en sí, o el hecho de que no podía culpar a Ranma por todo esto.
Kasumi fue la que habló, con una voz
suave y agradecida:
—Muchas gracias, Ranma. Aprecio todo tu apoyo en esto.
Akane y Nabiki la miraron un poco sorprendidas.
Ranma solo sonrió.
—No tienes nada que agradecerme. Comprendo que todo esto es difícil de digerir. Vayan a descansar… Mañana será otro día.
Llamó a Sasuke y, en cuanto llegó, Ranma continuó:
—Llévalas a su habitación. Tienen autorizado hacer uso de los recursos de la casa como prefieran.
—Deben ser tratadas y atendidas como parte de la familia Saotome. No quiero distinciones.
—Sí, señor —respondió Sasuke, asintiendo.
—Vengan conmigo, señoritas.
Las chicas se miraron brevemente, sorprendidas, pero pronto se dieron cuenta de que ya no sabían qué decir. Así que, con una breve reverencia, se despidieron y se disponían a salir. Fue en ese momento cuando Ranma les agregó algo que las sorprendió aún más.
—Ah, y Sasuke, dile a Hinako que prepare y consiga todos los implementos que hagan falta para la pequeña mascota de la señorita Akane.
—Como desee, señor —dijo Sasuke, con el ceño ligeramente fruncido. Era obvio que no le gustaban los animales.
Al salir, recorrieron el mismo camino que habían tomado al entrar, pero al llegar a la biblioteca ya no había nadie. El mayordomo, al notar sus expresiones, comentó:
—La señora Saotome salió a atender sus rosas. Los jóvenes Ryoga y Mousse decidieron terminar su desacuerdo en el dojo.
Ellas asintieron ante la explicación no pedida, al menos no con palabras.
Cuando escuchó la puerta cerrarse, Ranma se desplomó sobre su silla, exhausto. Eso había sido agotador. Sin embargo, se puso a reflexionar sobre ellas, tratando de decidir quién podría ser la mejor opción para ser su esposa.
Akane parecía ser impulsiva y fuerte, pero solo tenía 15 años. Además, lo confrontaría todo el tiempo, lo que no parecía ser una buena opción.
Nabiki, inteligente, pero también con una fuerte aura de manipuladora y persuasiva, había tratado con personas como ella muchas veces. Aunque era una joven de solo 17 años, la misma edad que su hermano Ryoga, podría funcionar.
"Pero seguramente intentará sangrar mi herencia todo lo que pueda antes de separarnos." Pensó con una sacudida de cabeza
Kasumi, en cambio, le parecía la mejor opción hasta ahora. Era la que más se aproximaba a su edad y parecía ser muy sensata. Seguro entendería la situación sin intentar sacarle provecho como Nabiki.
Estaba absorto en sus reflexiones cuando el teléfono sonó.
—¿Sí? —respondió Ranma.
—¡Ranma, amigo! —dijo Daisuke desde el otro lado de la línea.
—Dime.
—Oye, estuve revisando el testamento y por fin logré encontrar un hueco. Esto no evitará, de ninguna manera, que tengas que casarte con alguna de ellas, pero… no estás obligado a permanecer atado a ella para siempre, después del matrimonio puedes optar por el divorcio.
Ranma no dijo nada, solo escuchaba con atención mientras Daisuke continuaba:
—Puedes ofrecer continuar brindando una pensión tanto para ella como para sus hermanas. Solo recuerda no consumar el matrimonio. Eso facilitará mucho el proceso de separación si decides terminarlo más adelante.
—Entiendo. Muchas gracias, Daisuke.
—Cuando quieras, amigo. —La voz al otro lado sonaba sincera, aunque algo cansada.
Ranma colgó el teléfono con un suspiro. Al menos ahora tenía una salida, aunque no era precisamente la ideal. Se recostó en el respaldo de la silla, mirando el techo con el ceño fruncido.
La pregunta seguía allí, rondando en su mente como un eco persistente: ¿a cuál de ellas debería elegir?
Volvió a escuchar que llamaban a la puerta, pero esta vez se trataba de sus hermanos. Ambos lucían sudorosos y con la ropa desordenada, evidentemente venían del dojo. Habían ido a buscarlo para compartir sus impresiones sobre las chicas Tendo.
—Son muy distintas a lo que imaginaba —murmuró Ryoga
En cuanto Ranma les permitió hablar,
Mousse tomó la palabra, con su típico tono soñador:
—Es cierto… son hermosas, pero no le llegan a mi Xiang-Po.
Ryoga lo miró con escepticismo y le dijo sin rodeos:
—Tú estás loco. Ella nunca te prestará atención.
Mousse levantó la barbilla con dignidad, ajustándose los lentes.
—El amor verdadero siempre encuentra un camino. Además, tú no eres precisamente un experto en mujeres, ¿o me equivoco?
—¡Tsk! Al menos yo no ando acosando a una que ni sabe que existo —replicó
Ryoga, ya con la ceja temblando.
Ranma soltó una leve risa, casi involuntaria. Su hermano llevaba años arrastrando ese enamoramiento platónico por la hija de la encargada de relaciones públicas de la empresa. Una joven de carácter fuerte, belleza exótica y, sobre todo, una determinación de acero.
A Mousse, sin embargo, parecía no importarle demasiado ese pequeño detalle… o quizás simplemente aún no entendía lo que implicaba. Como siempre, vivía atrapado entre la impulsividad y la ingenuidad.
Ranma lo observó de reojo.
—Un día vas a meterte en un lío del que ni yo voy a poder sacarte.
Mousse solo encogió los hombros con una media sonrisa.
—Tal vez. Pero valdrá la pena.
Xiampoo... pensó Ranma, mientras caminaba hacia la ventana. Una mujer admirable, sin duda, pero mucho mayor para él. Él ve amor, pero yo veo admiración mal enfocada.
Xian-Pu… pensó Ranma, mientras caminaba hacia la ventana. Una mujer admirable, sin duda, pero mucho mayor que Mousse. Él veía amor, pero Ranma solo veía admiración mal enfocada. Una idealización vestida de deseo, como tantas veces había visto en otros.
Ryoga, en cambio, permanecía en silencio, con los brazos cruzados. Observaba, sí, pero sin verdadera atención. Esas cosas del romance no parecían importarle… al menos no todavía.
En los últimos meses, Ranma mismo había comenzado a negociar directamente con Xiampoo, ya que Cologne había iniciado su retiro por edad. Era una mujer inteligente, encantadora a su modo, aunque siempre le pareció más interesada en el juego del poder que en los sentimientos.
Sabía moverse en el tablero de la política empresarial con una elegancia calculada. Nunca dejaba una palabra al azar, y aunque sus modales eran exquisitos, Ranma sabía que detrás de cada sonrisa se ocultaba una estrategia. No era alguien fácil de impresionar, y menos aún de engañar.
La admiración de Mousse hacia ella era comprensible… pero.
—Quizá un día se lo diga —dijo Mousse, como hablando consigo mismo—. Que la amo, desde siempre.
Ryoga soltó un resoplido irónico.
—Claro, cuando el cielo se parta en dos y los cerdos vuelen.
Ranma se giró hacia ellos, aún con la sonrisa en los labios.
—A veces, basta con que uno deje de esperar milagros... y empiece a moverse —dijo con tono críptico—. Pero bueno, cada quien a su ritmo.
Ranma sonreía, pero no añadió más a la conversación de sus hermanos. Sus pensamientos ya estaban lejos, perdidos en otro lugar. En esas tres miradas tan distintas. Y sobre todo, en una de ellas: firme, serena, y tan cuidadosamente inaccesible como una habitación cerrada sin llave… pero con la puerta aún entreabierta.
Kasumi...
Se quedó unos segundos pensando en ella. Era la más tranquila de las tres, la que parecía tener todo bajo control, la que no dejaba que nada la desbordara.
Eso hacía parecer que era la mejor opción.
Sabía que Ryoga y Mousse seguían discutiendo —la eterna batalla entre romanticismo ciego y cinismo agresivo—, pero para Ranma sus voces eran ya un murmullo lejano, como el zumbido suave de una radio mal sintonizada.
Un pensamiento, inesperado, lo sacudió.
No solo la hermana mayor cruzaba sus pensamientos… también la menor.
Akane.
Esa chica complicada, explosiva, que lo había mirado como si él fuera el enemigo desde el primer segundo. Una mirada furiosa, cargada de juicio, orgullo… y algo más que no lograba identificar.
—Pésima opción —murmuró para sí, sacudiendo la cabeza como si quisiera espantar la idea.
Pero ahí estaba. Persistente. Como una chispa que no terminaba de apagarse.
Volvió a mirar por la ventana, esta vez sin ver el jardín. Pensaba en Kasumi, sí… pero en un rincón de su mente, más rebelde y ruidoso, seguía encendida esa imagen de Akane. Orgullosa. Inaccesible.
Y por alguna razón que no se atrevía a analizar, eso le molestaba más de lo que debería.
Esas hermanas lo habían dejado intrigado muy intrigado…
continuara...
