Año 201 CE.
17 de Última Semilla.
Paso Norte, Montañas Jerall.
El movimiento del carro hace que abra los ojos. Un dolor abrasador recorre su cuerpo. Entre parpadeos, observa cadenas en sus manos, un tenue brillo azul recorre el hierro. Está sentada sobre un carro que traquetea por un camino de montaña. Su cabeza y oídos retumban, el dolor amenaza con volver a dejarla inconsciente.
Repite en su mente las palabras de los antiguos poemas, las frases de valor que se han trasmitido durante incontables generaciones y aportan calma al corazón. Concentra su mente en la repetición de las palabras. Instinto y corazón, la parte del alma que no puede ser reprimida.
Veinte latidos y su cuerpo recupera el control.
Diez latidos. El dolor remite.
Otros diez, y abre los ojos.
Eyra levanta la cabeza. Frente a ella, un hombre nórdico de pelo rubio oscuro con canas y barba descuidada. Tiene una mordaza con una tira de cristal imbuida de magia. En los ojos azules, en las arrugas junto a los ojos y el rostro curtido, hay la fuerza y el valor de un guerrero veterano. Ella también lleva una mordaza. Observa una hilera de pinos detrás del hombre, al lado del camino, bajo una alta pendiente abrupta de roca, vertical, como si un hacha hubiera partido la montaña y transitaran por esa herida. El aspecto habitual de los escasos pasos de las montañas Jerall. En la parte delantera del carro, hay dos soldados de la Legión con los cascos puestos conduciendo los caballos.
El paso se abre, y en el horizonte nublado se vislumbran otras montañas. Apoya la espalda en la madera, concentrándose en sentir su cuerpo. Músculos cansados y doloridos por buena parte, una herida en el brazo derecho y otra en la pierna izquierda.
Una emboscada por la noche. Habían acampado al sur del Lago Verde, las tierras que tan bien conoce, en una pequeña cueva resguardada. Dhokk notó el cambio en el olor del bosque. La magia estalló en la oscuridad; fuego y relámpagos, el olor del humo y la carne quemada se fundía con hechizos y el choque de las armas, los gritos de demonios convocados en ambos bandos... Y el rugido de Dhokk, cargando una y otra vez, siendo el martillo que les daba espacio para responder.
El carro empieza a descender por una pendiente más pronunciada. Escucha el sonido de los pájaros ante el amanecer. Mira hacia atrás del carro, donde cabalga un grupo de soldados de la Legion. Llevan puesto los cascos y la mitad portan armadura pesada. Parecen haber forzado el viaje, algo poco habitual en las tácticas imperiales. Otro carro desciende, detrás hay tres thalmor. Tal vez, los únicos supervivientes del grupo que les atacaron.
Mira sus manos. Tiene vendas en la mano izquierda y la muñeca, y en la mano derecha un feo moratón de un pisotón. El escudo de ébano no fue suficiente ante el choque mágico por tres direcciones. No tuvo ninguna oportunidad. Fue empujada contra la tierra húmeda del bosque, donde la retuvieron con una red conjurada. Una bota en su mano, la magia quemaba su piel y una espada atravesó su brazo derecho. Mientras se revolvía, los elfos fueron atacados y dos cayeron tras los cortes certeros en el cuello de las dagas de S'nia. Pudieron replegarse para respirar junto a Dhokk, quién sangraba y gruñía; quedaban pocos enemigos en pie, saborearon otra victoria... Y entonces apareció una compañía de la Legion.
En su regreso a Skyrim, es derrotada y encadenada por la Legion. Al menos vencieron a los malditos elfos y vigilantes. Será otro duro golpe para el orgullo del Dominio. Algo que no puede disfrutar en este momento. Baja la mirada. Debajo de una capa de tela, cedida por algún soldado auxiliar, lleva la camisa medio rota y tiene una doble capa de vendas a lo largo de su brazo derecho y en la pierna izquierda. Sigue teniendo en su cuello el amuleto de Akatosh. Un signo de respeto de los soldados.
El camino se hace más inclinado. La amplitud entre montañas, los pinos y bordes más suaves de las laderas envueltos en niebla, le permiten reconocer el Paso Norte, el lugar que conecta Falkereath y La Grieta. Se dirigen a Helgen, el baluarte de la Legion que controla el desfiladero.
El camino sufre un bache, y aprieta la mandíbula, sintiendo un leve mareo que nubla su mente. En vanguardia hay soldados a caballo y detrás marcha un oficial de alto rango con capa roja rodeado de soldados del Penitus Oculatus, la élite imperial, con armaduras de peto de acero oscuro y placas en los hombros, los bordes de tela roja y negra. También hay dos vigilantes de Stendarr, de túnicas grises y blancas, con las capuchas puestas.
¿Porque la han dejado viva? Los vigilantes son eficaces; cuando rompen el vínculo con un príncipe daedrico, matan rápidamente al devoto sin torturarlo.
Gira la cabeza y mira al hombre con quién comparte destino. Tiene los ojos cerrados, la mirada hacia el suelo. Rezando a los Divinos. Es un guerrero y líder, cierto estatus, pues tiene peto y brazaletes de acero, manchados de sangre y suciedad. Un hombre de la nobleza nórdica.
Eyra gira la cabeza. Las murallas se perfilan entre las laderas de las montañas, bloqueando el paso. Los emblemas rojos del dragón negro tendidos sobre la piedra remarcan un lugar bajo el mando personal de la Legion. Tal vez era su destino, y en su desesperación creyó que podía cambiarlo.
"Está en tus manos. La mancha de pactar con un daedra no desaparece, muchacha. Pero puedes compensar ese accidente, adorar a los Divinos en todos los aspectos, luchar con justicia y piedad".
Palabras grabadas en su mente. El anciano sacerdote intento ayudarla, de los pocos que le tendieron la mano con verdadera compasión.
"Nunca vaciles. Los Divinos siempre te tenderán la mano, tu alma pertenece al lugar que tengas fe. Lucha y vive por las creencias que tienes, tu hogar, y Svongarde será el lugar de tu alma al final".
Para llegar a Svongarde tiene que luchar, no morir atada de manos y desangrada en un carro. Ni siquiera puede hablar.
El final del camino está cerca. La vanguardia está entrando por la puerta abierta. Dos torres redondas de piedra se alzan imitando los antiguos fuertes. Vuelve a mirar atrás. Hay otros tres carros. No puede reconocer a sus compañeros entre las personas amontonadas y el movimiento del carro. Victus murió, y por lo que recuerda, Dhokk debió caer también tras cargar contra los soldados, estaba muy herido. Solo un orco cargaría de frente contra un muro de escudos imperiales. Los carros están llenos, deben ser una veintena de guerreros, con armaduras de cuero y algunas partes de acero, teñidos de azul, un color que en los últimos años ha sido acaparado como símbolo de los rebeldes, liderados por el jarl de Ventalia.
Un bache mueve el carro. Al girar la cabeza, observa a los soldados del Penitus Oculatus dividirse; cinco quedan atrás junto a los vigilantes mientras los demás acompañan al oficial que se adelanta, pasando por el portón abierto. Una fila de arqueros observa desde las almenas.
Tras una docena de latidos, el carro pasa hacia el interior. El oficial imperial, en el camino descendente hacia la puerta del sur, está hablando con una elfa de alto rango, de túnica negra sin cubrirse el rostro afilado y duro. A los lados, hay soldados de armadura negra de cristal y hechiceros de túnicas que ocultan cinturones de pociones y dagas, todos con el rostro cubierto. Una guardia de elite escogida entre los thalmor. El oficial y la elfa parecen discutir...
- ¡Justicia!
- ¡Muerte a los rebeldes!
- ¡Justicia por el rey Torygg!
- ¡Por el Imperio!
Eyra mira a la multitud reunida entorno a la puerta que se adentra en el interior del fuerte. Gritos, manos alzadas y rostros exaltados contenidos por soldados a los lados del carro. Eyra gira la mirada hacia el hombre frente a ella. Es Ulfric Capa de Tormenta, el jarl de Ventalia, quién tiene el poder del thu'um en su voz, y hace tres meses mató al joven rey supremo.
El carro pasa entre la multitud y los gritos ensordecedores. Hay demasiados refuerzos reunidos en este lugar para que un puñado de prisioneros puedan escapar. Al pasar por la puerta, las sombras tapan el tenue amanecer. Siempre presente en su camino. La maldición que ha salvado y condenado su vida.
"Divinos, escuchad mi ruego. Dejadme luchar antes de morir. Para ser digna de que Tsun pruebe mi valor y Shor juzgue mi paso a Sovngarde".
El carro atraviesa la antigua calle principal, que tiene la anchura de dos carros. Los soldados siguen en formación a los lados y hay algunas personas agazapadas en los pequeños claros de fuentes y jardines entre las estrechas casas de piedra, una tosca mezcla del estilo imperial y nórdico.
Mira al hombre frente a ella, un jarl, un guerrero legendario y portador del antiguo poder. Sus padres le respetaban, como muchos nórdicos, aunque pensarán de forma distinta. Ha sido derrotado en poco tiempo tras los refuerzos enviados desde el sur, y aunque fuera ajusticiado en este día, la guerra no terminaría. Demasiado dolor y rabia en un pueblo terco que anhela las antiguas formas y la venganza por la "vergüenza" del Concordato.
Llegan a la plaza, donde se alza el cuartel imperial tras la primera muralla que se construyó hace quinientos años. El carro pasa por delante de la gran posada de piedra y madera, deteniéndose junto al salón del thane del Paso Norte. De espaldas a la Primera Torre, una sacerdotisa de Arkay y un verdugo esperan de pie junto a un tocón con varias cajas.
El carro se detiene. Escucha el tintineo de armas y armaduras; gritos y órdenes se mezclan en la agitación que se extiende entre la gente que se amontona en la plaza. Dos soldados suben al carro. El líder rebelde la mira, en sus ojos brilla el valor furioso de quién no se ha rendido pese a las circunstancias. Los dos soldados le sujetan por ambos brazos y le bajan del carro. Sus padres temían el día en que estallara la guerra. No lo han presenciado en vida pero sentirán los ecos desde Sovngarde.
Un thalmor, de rostro sereno y joven sube al carro. Tiene una fea cicatriz de arañazos que le cruza la frente y mejilla izquierda. Sonríe, parece que algunos sobrevivieron a la batalla. Se levanta, mirando hacia delante, donde los soldados registran en listas a los prisioneros y los llevan hacia la plaza. Al bajar del carro, sus piernas se resienten y se encorva ante el dolor. Su cabeza parece que va a explotar y se tambalea. El elfo la agarra el brazo, impidiendo que caiga al suelo, sujetándola de su brazo derecho.
Ni siquiera puede tenerse en pie.
Un grito solitario surge en el tenso silencio. Eyra levanta la vista, viendo caer a un hombre en harapos que intentaba huir, con cuatro flechas atravesándole. En la posada, al otro lado de la plaza, hay una multitud de civiles amontonados, con una fila de soldados delante. Los gritos han enmudecido y observan el espectáculo que anticipa el golpe mortal a la rebelión.
Frente a ella, una mujer roja de pelo corto, con el rostro moreno surcado de antiguas cicatrices, peto de acero pesado con hombreras, el casco bajo el brazo. A su lado, un joven soldado de pelo rojizo largo, sin barba y aspecto nórdico, con un libro de registro y una pluma en las manos.
- Eyra Escudo Negro, mercenaria buscada por crímenes contra el Imperio Mede y el Dominio de Aldmer- dice el elfo que la sujeta, manteniendo un firme agarre-. Acusada de asesinatos, bandidaje, destrucción de propiedad, grave alteración del orden público, nigromancia, sacrilegio, traición y pactar con un príncipe daedrico.
El soldado levanta la mirada un instante, claramente asustado. La capitán mantiene la seriedad y una mirada fría hacia el elfo. La lista de cargos es verdad, aunque desde su perspectiva algunos cargos son cuestionables.
- Ya está, podéis seguir, señor- dice el recluta-.
Un empujón la guía hacia donde están reunidos los prisioneros en la plaza. Hay más vigilantes de Stendarr, seis que hablan con los dos supervivientes de la emboscada, que llevan la ropa sucia con rastros de sangre. Esa es la razón de que siga viva, solo habían sobrevivido dos de los vigilantes que les atacaron, y deben estar demasiado heridos para hacer el ritual.
Los vigilantes abren un hueco y la observan en silencio. Todos llevan la capucha puesta y la mayoría llevan peto de acero bajo la túnica cruzada, así como hombreras de cuero. Hace una mueca hacia la mujer mayor, de rostro arrugado y bronceado, de ojos oscuros, que se detiene frente a ella. Cyrodiana, la única que lleva un peto de cuero. Una maga experta. La anciana la mira fijamente a los ojos. Sabe que no puede responder de ninguna forma, así que endereza la espalda y mantiene la mirada desafiante en la anciana. El sondeo mágico es superficial. Eyra siente movimiento a un lado, la agitación de la multitud, pero no aparta la mirada. Los ojos oscuros parpadean en tono azulado.
- No hay un vínculo fuerte, queda un simple rastro. Parece que te has apartado de Boethian. Algo inusual, pues has usando sus invocaciones- por un lado, observa al oficial imperial entrar a la plaza con sus soldados-. Ya no importa, muchacha. Stendarr te ofrece misericordia y acudir al descanso eterno en los salones de Arkay.
Eyra gruñe. La anciana no responde, ni sus compañeros muestran inquietud. Debe parecer patética con las cadenas, cubierta por vendas y sangre. Los vigilantes se dan la vuelta hacia la plaza y la empujan hasta estar en medio entre ellos. El oficial está hablando con el verdugo y la sacerdotisa de Arkay, y tras dar una rápida mirada hacia los vigilantes, camina hasta el líder rebelde, a cinco pasos de sus seguidores que están bajo la sombra de la antigua muralla, donde hay arqueros sobre sus cabezas y una veintena de soldados a sus lados.
El oficial es un general cyrodiano de tez morena, con el pelo blanco muy corto, peto dorado con relieves. Podría haber sido soldado en la Gran Guerra. Acorde al momento histórico que supone la captura del mayor enemigo interno del Imperio. Se coloca delante de Ulfric, quién gruñe varias veces, mirando desafiante al general. El silencio atrapa el momento y permite que muchos puedan escucharlos.
- No puedes usar tu poder como hiciste con Torygg. Tú has empezado esto, y el Imperio acabará esta guerra- una voz dura, seca-. No habrá gloria para el deshonor, tus seguidores responderán por tus actos y los crímenes que habéis cometido. Evitaremos que Skyrim se desangre por vuestra culpa.
Otro gruñido. El general se vuelve hacia los prisioneros. Una veintena, la mayoría hombres y heridos, hay unos cuantos bretones y un hombre rojo.
- Skyrim y el Imperio se necesitan- el general eleva la voz en el silencio-. Y vosotros, desde hace tiempo, al seguir a Ulfric, habéis hecho sangrar a vuestros parientes y el corazón del Imperio. El dolor sembrado estos años, las batallas de estos meses, han sido por vuestros actos, y por ello...
Un rugido enmudece la voz del general y rompe el silencio. Una furia atronadora que le hace cerrar los ojos, y sentir un latido violento en su cabeza que resuena por todo el cuerpo como una sacudida.
Un extraño silencio se extiende con una fuerza tirante en el propio aire. Ningún animal puede tener ese poder.
Abre los ojos. Los soldados y prisioneros muestran la misma confusión aturdida, multitud de susurros asustados llegan a sus oídos y la agitación parece sacudir a todos los presentes. Respira profundamente. Es como si el tiempo se hubiera detenido. Los soldados tienen las manos en las armas, y solo los Penitus que rodean al general y el jarl parecen mantener la calma. El general se ha girado para mirarla con el ceño fruncido. La mujer anciana se sitúa delante de ella y sus ojos oscuros vuelven a clavarse en los suyos. Los demás vigilantes la rodean, a sus lados, dos hombres: un dummer y un bretón de perilla rojiza. Ambos llevan pociones y bolsitas en los cinturones.
Unas pisadas captan su atención, y mira al general situarse junto a la anciana maga. Rostro curtido, arrugas alrededor de los ojos y expresión severa, pese a no tener cicatrices visibles, en sus ojos está el rastro de una vida larga como militar.
- ¿Tiene que algo que ver, anciana?
- No. Renunció al vínculo con Boethian. Una alumna aplicada de su diosa- Eyra gruñe y tras dar una mirara a la anciana, gira hacia el general-.
- Tus crímenes no pueden ser perdonados. Elegiste tener las manos manchadas con la sangre de soldados. Crímenes que arrastras del sur, por lo que he oído. Serás la primera, tal como dicta la misericordia de Stendarr.
El general se da la vuelta y regresa junto a su guardia. El bretón a su izquierda le sujeta por el brazo para llevarla hacia el verdugo.
Acelera su corazón. El valor ensalzando su sangre.
"Akatosh, permite que luche para ser digna de Sovngarde".
"Talos, Shor, escuchad el grito de mi alma, presenciad mi valor".
Escucha los susurros rituales en honor a los Divinos. La sacerdotisa eleva las manos al cielo, el verdugo mantiene el enorme hacha de hierro apoyada en el suelo. Su latido se ha ralentizado, su instinto preparado. Una oportunidad para lograr luchar y morir, ser digna de entrar a Sovngarde.
A cinco pasos del tocón, mira al suelo y a su flanco izquierdo, comprobando la postura y espacio alrededor del bretón.
Cae de rodillas, agarrando el cinturón del hombre y tirándose al suelo para rodar mientras lo deja caer. Un humo gris verdoso se eleva sobre ella. Pociones de hechizos e ingredientes volátiles. Se arrastra por el suelo empedrado mientras tose y a su espalda suenan jadeos y gritos, el crepitar de chispas mágicas.
No llega muy lejos, pues siente que le arrancan la piel. Varias manos la agarran violentamente por los brazos y hombros, sus piernas arrastradas por la piedra. La paralización se extiende por su cuerpo y gruñe en su alma.
No puede morir. No así. Sin luchar...
Eyra se revuelve, pero las manos son fuertes y el humo repta por su garganta. El roce gélido en su nuca, el recuerdo del frío y la oscuridad ante sus ojos nublados.
Sombras.
Funciono en la emboscada. Intenta recurrir a una invocación pese a las cadenas mágicas. Mira sus manos; el destello negro surge, un simple chispazo que le provoca más dolor...
El suelo mismo tiembla. Y el tiempo se detiene durante un tenso momento que estalla con un rugido inmenso que la envuelve; violentas ráfagas de vientos ardientes la tiran hacia un lado, dando una vuelta en el suelo y quedando boca abajo. El propio mundo cruje como piedra ante tal poder. La presión la atrapa en el suelo, su rostro contra la piedra. Calor sofocante azota su espalda, y parece rodearla por todos lados, en el aire mismo. La tierra vuelve a temblar como un terremoto, un rugido que sacude el alma del mundo.
Se arrastra por la piedra; una mano y luego otra... Puede que haya muerto. Que su alma haya sido reclamada por Boethian y la haya tirado a las costas de su reino de lava y cenizas. Sigue arrastrándose. No puede detenerse, ni dejar que su mente sucumba al pánico.
Algo tira de ella por su hombro y el brazo derecho. Sus ojos ven humo, sombras y cenizas.
Sovngarde será el lugar de tu alma al final...
El valle envuelto en niebla. Los muertos buscando el puente de huesos para enfrentar a Tsun, que aguarda para juzgar el valor de los caídos... Ese paisaje legendario se convierte en cenizas, en sombras dentro de un laberinto. Polvo pegado en su lengua, sangre en los pies traspasando sus botas, las sombras rozando su piel. Todos los pasillos hacia la plaza de cenizas y sangre, con la espada curva dorada envuelta en un torbellino de sombras que se alimentan de la sangre derramada...
Escucha una voz. No entiende las palabras.
Intenta gritar, alzar la voz.
Todavía no ha muerto.
"Dejad que luche, perdonad mis pecados, Divinos".
Más voces que no entiende. El rugido de un animal, una oleada de poder que hace temblar la piedra. Siguen tirando de ella. Multitud de voces, palabras cargadas de terror. La pesadez y agotamiento inundan su cuerpo mientras en su mente resuena la súplica de luchar... Las dagas en las sombras, los enemigos en cada esquina, los golpes y cortes en su piel, el terrible dolor, los gritos agónicos de los atrapados...
No.
La derrota no es el final...
- ¿Cómo es posible, jarl? ¡Es un dragón, un monstruo de las leyendas!
- Las leyendas no queman aldeas. Esperaremos en los túneles. Ayudad a los heridos a bajar. ¡Vamos, rápido!
Su mente se pierde, cayendo en la oscuridad y el silencio, surgido de la calma en mitad de una tormenta que la arrastra...
