Notas Previas:

En esta versión alternativa, Tricia (Orphan: First Kill (2022)) sería la hermana mayor de Gemma (M3GAN (2023)), tomando de cierta forma el papel que tenía la hermana de Gemma de la película original. A su vez, Esther/Leena (Orphan (2009) y Orphan: First Kill (2022)) sería la "sobrina" de Gemma, tomando el papel de Cady de la película original. Esto traerá consigo grandes cambios en la historia ya conocida, incluyendo algunos ajustes en el trasfondo de la propio Gemma que se irán explorando conforme la historia avance.

La trama comienza y se ambienta en el mundo y época de M3GAN (2023), tomando como supuesto que los acontecimientos de Orphan: First Kill (2022) ocurren un poco antes del inicio de ésta. Los hechos ocurridos en Orphan: First Kill (2022) se tomarán como base tal cual como ocurren en la película original, salvo algunos ajustes menores que se irán describiendo en el pasar de los capítulos.

Cualquier nota adicional que sienta importante aclarar, la iré agregando al final de su respectivo capítulo.

Sin más, disfruten de este interesante, y espero que divertido, crossover…


Una Niña y Su Muñeca

Por
Wingzemon X

Capítulo 01.
La Tía Gemma

Gemma odiaba Connecticut; nunca lo diría abiertamente con esas palabras, pero lo cierto era que lo odiaba con cada fibra de su ser. No por nada en cuanto tuvo la oportunidad laboral correcta, se mudó literalmente el otro lado del país. Y no había día que no estuviera convencida de que había sido la decisión correcta.

Aunque quizás era un poco dura con el pobre Estado de la Constitución, pues éste no tenía la culpa de todos sus problemas personales y familiares que le hacían estar a un paso del ataque de ansiedad cada vez que debía ir para allá. Por suerte, eso ya no era tan seguido desde la muerte de su madre, y eso le alegraba como no hubiera imaginado; otra cosa que tampoco se atrevería a decir en voz alta.

Pero cuando su sobrina Esther, la hija menor de su hermana, regresó luego de cuatro años desaparecida, Gemma sabía que no podría postergar mucho el tener que hacer un viaje a visitar a la única familia que le quedaba… si es que "familia" era la forma correcta de describirlo. Porque Tricia, Allen, Gunnar, y la pequeña Esther, ellos cuatro eran una familia. Gemma era alguien ajeno y apartado de ellos, que no encajaba en lo absoluto en ese pequeño y "perfecto" círculo.

Aunque de nuevo, quizás estaba siendo injusta. Bien o mal, Allen siempre había sido amable con ella, o al menos lo intentaba. Y no había llegado a conocer demasiado a Esther como para saber si le agradaba o no.

Las circunstancias de la desaparición de su sobrina siempre le resultaron extrañas. En aquel entonces Esther tenía apenas seis años; ahora debía tener diez. No hubo una llamada o nota de rescate; no pidieron dinero; no hubo rastros de sangre ni señales de violencia; y, por supuesto, nunca se encontró un cuerpo.

Gemma tenía muy presente que en aquel entonces Allen estaban destrozado. Pero Tricia, pese a todo, conservó siempre la calma y el temple para mantener a su familia en pie, y dirigir ella misma la búsqueda de su hija. Gemma no la juzgaba, ni tampoco le sorprendía su actuar. Ella sabía bastante bien que Tricia era el tipo de persona que nunca permitiría que la gente la viera decaída, cansada o sin control; nada que fuera menos que "perfecto" a sus ojos. Pero también era de las que lloraba en privado cuando creía que nadie la veía. En eso, quizás, ambas eran parecidas, pero en poco más.

Cuando Esther desapareció, Gemma intentó estar ahí para ellos, aún en contra de su aversión por Connecticut, o la fría hostilidad que existía entre Tricia y ella. Pero bastó muy poco tiempo para darse cuenta de que Tricia no sólo no la necesitaba: no la quería ahí con ella, en lo absoluto. Así que con una mezcla de sentimientos encontrados, empacó su maleta y volvió a Seattle lo más pronto que las aerolíneas se lo permitieron.

Y esa había sido hasta entonces su última vez en Connecticut. Y en un abrir y cerrar de ojos habían transcurrido cuatro años…

Ahora Esther había aparecido, bajo circunstancias igual de extrañas. Los hechos no los tenía claros, pero al parecer alguien la había secuestrado y llevado a algún país extranjero; Rusia, Rumania, Estonia… no estaba segura. La noticia se volvió viral rápidamente, y todo el mundo hablaba al respecto. Y claro, la mitad de sus conocidos sabían de su relación con el caso, y la otra mitad no tardó en enterarse también. Así que las preguntas no tardaron:

"¿Ya hablaste con tu hermana?"

"¿Tu sobrina está bien?"

"¿Sabes cómo la encontraron?"

"¿Se está recuperando?"

"¿Ya fuiste a verla?"

"¿Cuándo vas a ir para allá?"

Gemma intentó lo mejor posible sortear todas esas cuestiones, intentando burlar en especial el hecho, un tanto humillante, de que tuvo que enterarse de lo sucedido por las noticias como todo el mundo, pues Tricia no se había molestado en comunicárselo en lo absoluto.

Adicionalmente, aunque sabía que por presión social tendría que ir y ofrecer sus felicitaciones y alegrías a su hermana y su familia, también sabía de antemano que ella de nuevo no la iba a necesitar, ni querer, ahí. Le había planteado la posibilidad en un par de mensajes, mismos que Tricia rara vez se molestaba en mirar, mucho menos responder. Y dichas respuestas terminaban siempre oscilando entre "no es necesario" y "estamos bien". Ya al final el mensaje más positivo que recibió de ella ante la idea de ir a verlos, fue un "haz lo que quieras".

Gemma hubiera estado más que contenta de tomarle la palabra, si no fuera porque "lo que quería" era quedarse en Seattle, enfocarse en su trabajo, y no poner ni un pie en Connecticut. Y había podido usar hasta entonces la excusa del trabajo entre sus conocidos, y en sí misma, hasta que David Lin, CEO de su empresa y jefe, directamente fue quién le cuestionó por qué no había ido aún a ver a su hermana.

—Dijiste que la entrega del nuevo prototipo de PurrPetual Petz era muy, muy importante, ¿recuerdas? —señaló Gemma entre dientes en ese momento.

—Oh sí, para que luego digas a la prensa que tu jefe sin corazón no te dio ni un día para ir a ver a tu sobrina cuatro años desaparecida, ¿no? —exclamó David con ironía.

—No pensaba decir tal cosa en lo absoluto.

—Como sea, el caso está llamando mucho la atención sobre tu familia. Por consiguiente, está llamando la atención sobre ti. Y por consiguiente, está llamando la atención sobre la empresa. Y esa atención se puede convertir rápidamente en mala publicidad en las redes sociales. ¿Entiendes a lo que quiero llegar?

—Supongo. Pero no creo que en realidad sea tan así.

—Pues antes de que lo sea, esfuérzate un poco en trabajar en equipo y pon de tu parte, ¿quieres? Tomate dos días libres, vuela a Connecticut, abraza a tu sobrina en nombre de todos en Funki, y regalaré uno de nuestros modelos más recientes de PurrPetual Petz de nuestra parte; y de preferencia que te tomen un par de fotos al hacerlo. Y luego traes tu maldito trasero de regreso, y me entregas de una vez ese prototipo que debiste entregarme hace tres semanas, y que de haber sido así no tendríamos por qué tener esta conversación. Así que, ¿estamos de acuerdo?

«Cómo si tuviera opción a decir que no» pensó Gemma con ironía, pero lo que salió de su boca fue:

—Por supuesto que sí. Mañana mismo subo mi maldito trasero a ese avión…

Y, para su desgracia, no lo decía en broma.

Su avión aterrizó a la tarde siguiente en el Aeropuerto del Condado de Westchester, en New York, y de ahí tuvo que alquilar un transporte privado que la llevara hacia Darien. El viaje no fue precisamente el más cómodo, pero tampoco fue lo suficientemente largo para su gusto. Pues al no desearlo, en un abrir y cerrar de ojos ya estaba ante la imponente mansión de los Albright a las afueras de Darien, Connecticut. Ostentosa, aislada, y exagerada; como le gustaba a Tricia.

En cuanto su transporte se aproximó a la propiedad, le sorprendió un poco ver que había varios vehículos estacionados frente a la casa; unos cinco, o quizás un par más. Aquello la puso particularmente más nerviosa de lo que ya estaba.

—Parece que llegó a tiempo para la fiesta —bromeó su conductor mientras estacionaba el vehículo frente a la puerta principal. Gemma se limitó a sólo sonreírle como respuesta.

Unos minutos después, ya estaba de pie frente a la puerta, con el aza de su maleta de ruedas sujeta con su mano derecha, y bajo su brazo izquierdo sujetaba su regalo envuelto en un brillante papel rosado y blanco, y un moño de los mismos colores; lo más decente que tenían en esa tienda de regalos del aeropuerto que por suerte acababa de abrir cuando llegó.

Desde su posición, logró escuchar los murmullos de las numerosas personas en el interior, acompañadas además de música. Sí parecía ser una fiesta; una a la que no fue directamente invitada.

Respiró hondo, e hizo acopio de valor para atreverse a llamar al timbre, deseando por unos momentos que entre todo el barullo de la fiesta o reunión, nadie la oyera y nadie le abriera, y tuviera así una excusa para sólo dejar el regalo en la puerta e irse. Pero, por supuesto, eso no pasó. Y no sólo alguien sí que le abrió la puerta, sino que fue la persona que menos deseaba que lo hiciera.

Tricia abrió la puerta, con una radiante y amistosa sonrisa en los labios; misma que se desvaneció rápidamente, en cuanto sus ojos se posaron en ella y se dio cuenta de quién era en realidad.

—Gemma —masculló su hermana con una mezcla de confusión y frialdad—. ¿Qué haces aquí?

«Empezamos bien» pensó Gemma con ironía.

—Te dije que llegaría hoy —se explicó Gemma, intentando sobre todas las cosas que su voz se oyera firme—. Te envíe un mensaje ayer.

—No creí que estuvieras hablando en serio —fue la escueta respuesta de su hermana, que no tuvo mucho reparo en recorrer su mirada de arriba abajo por su atuendo: unos jeans deslavados, tenis, una chaqueta de mezclilla holgada, y una camiseta algo desgastada del MIT. Ropa cómoda para un largo viaje.

Por supuesto, Tricia traía todo lo contrario. Su hermana usaba un bonito vestido de coctel color rosa claro, zapatos de tacón alto, aretes de perla en sus orejas, y un maquillaje discreto. En su mano sujetaba una copa alargada con champán, o algún otro alcohol de tono similar.

Así que no sólo era una fiesta, sino una con cierta etiqueta en su vestimenta.

—No sabía que tendrías invitados —se disculpó Gemma, avergonzada.

—¿Por qué habrías de saberlo?

—Eso… es verdad…

—¿A qué viniste exactamente?

—Pues… te lo puse en mis mensajes, ¿recuerdas? Quería venir a verlos, a ver que todos estuvieran bien, y… darle un pequeño regalo a Esther.

Alzó como pudo la caja rosada que traía bajo su brazo para que ella la viera.

—¿Volaste seis horas desde Seattle sólo para darle un "pequeño" regalo a Esther? —masculló Tricia con voz escéptica.

—Fueron como cinco horas y media en realidad —fue la respuesta ingeniosa de Gemma, o al menos ella pensó que lo fue.

La expresión de piedra de su hermana no se movió ni un centímetro. Sólo se le quedó mirando en silencio varios segundos, y Gemma pensó que estaba sopesando qué excusa podía dar para cerrarle la puerta en la cara, y que no terminara viéndose como la grosera del cuento. No supo al final cuál fue su línea de pensamiento, pero quizás no encontró ninguna buena excusa. Y en lugar de hacer eso, suspiró con marcada resignación, y se hizo lentamente hacia un lado.

—Supongo que puedes pasar —susurró de malagana, dejándole el camino libre para que avanzara hacia adentro.

—Gracias —le respondió Gemma, prácticamente obligada a hacerlo, y luego ingresó a la casa arrastrando detrás de sí su maleta.

El epicentro de aquella reunión estaba claramente en la sala de estar que estaba a la derecha del recibidor, si no recordaba mal. El mayor indicador fue la hermosa música de piano, que la atraía como en cántico de una sirena. Aunque para Gemma, la música de piano siempre traía consigo sensaciones distintas, dependiendo de la ocasión; en esa, lo que sentía resultaba un poco difícil de describir con palabras.

Mientras Tricia la guiaba hacia la sala, Gemma se preguntó quién estaría tocando tan espléndidamente. Debía ser Gunnar, aunque recordaba vagamente que lo había dejado hace ya varios años por la esgrima.

En la sala había unas siete u ocho personas, todas de pie en torno al elegante piano negro; todos tan bien vestidos como Tricia, y sujetando también sus respectivas copas. Pero quién captó de inmediato la atención de la recién llegada, fue la persona sentada ante el piano; y no era Gunnar, sino una niña pequeña y delgada, vistiendo un bonito vestido de fiesta color rosado, y su cabello negro sujeto con dos trenzas detrás de su cabeza. Movía sus dedos grácilmente sobre las teclas del piano, ejecutando a la perfección la pieza, ante los ojos asombrados y jubilosos de su público.

«¿Esther?» pensó Gemma, azorada.

Permaneció de pie en el umbral de la sala, con Tricia de pie a su lado, uniéndose en silencio al resto de los presentes. No reconoció a las demás personas, salvo a Allen de pie a un lado del piano con una amplia sonrisa de orgullo en el rostro, y a Gunnar sentado en uno de los sillones con una cara de aburrimiento que parecía a punto de caérsele hasta el suelo.

Justo cuando la pieza terminó y los dedos de la niña dejaron de tocar, Allen de inmediato comenzó a aplaudir con entusiasmo, y todos los demás se le unieron, incluida Tricia. La pequeña se giró en el banco hacia ellos, agradeciendo sus aplausos con una sonrisita tímida, y un ligero asentimiento de su cabeza. Gemma pudo en ese momento verle el rostro, y…

Su pensamiento inmediato fue que se había equivocado, y no se trataba de Esther, sino de otra niña; quizás la hija de algún otro invitado. Y esta deducción se debió principalmente a que, a simple vista, no captó nada en aquel rostro infantil que le resultara familiar. Pero cuando vio que Allen se le aproximaba a la niña, la felicitaba pronunciando "muy bien hecho, hijita", para luego abrazarla y besarla… bueno, eso se lo dejó más claro.

—¿Cuándo aprendió a tocar así? —preguntó Gemma con curiosidad.

Tricia la volteó a ver de soslayo, con cierta desaprobación radiando de sus facciones.

—Lo tiene en la sangre, después de todo.

—¡Gemma! —escucharon a Allen pronunciar en ese momento con genuino entusiasmo, en cuanto se percató de su presencia. Se aproximó rápidamente hacia ella, y le dio un gentil abrazo, así como un beso en su mejilla; su barba le provocó pequeñas cosquillas en su piel—. Tricia no me dijo que vendrías.

—¿No lo hice? —masculló Tricia con una falsa incertidumbre, que sólo Gemma captaba como tal.

—Fue un poco repentino —se disculpó Gemma, intentando esbozar la más genuina de sus sonrisas.

—¿Quieres una bebida? ¿Algún bocadillo? —le ofreció Allen de inmediato.

—No, gracias. La verdad no sabía que tendrían invitados hoy. De haber sabido me habría puesto algo mejor…

—Tonterías, si es sólo una reunión casual —indicó Tricia, agitando una mano con indiferencia en el aire, misma que luego usó para tomarla del brazo, y jalarla de forma un poco brusca hacia la multitud de personas, antes de que Gemma tuviera tiempo de hacer algo para evitarlo—. Chicas, ¿recuerdan a mi hermana Gemma? Decidió acompañarnos desde Seattle esta tarde para celebrar el regreso de nuestra pequeña.

Gemma se quedó petrificada en su sitio, mientras todas aquellas personas elegantes y sofisticadas posaban sus miradas en ella, esbozando sus ensayadas sonrisas amistosas, y alzando sus copas de alcohol caro hacia ellas a modo de saludo. Mientras que ella se encontraba desarreglada, despeinada, sudada, cansada tras un largo viaje, y sin un sólo gramo de maquillaje o perfume encima que disimulara alguna de esas cosas.

Y Tricia lo sabía bien; lo hacía apropósito para humillarla. Y lo peor es que ni Allen, ni nadie más, se daba cuenta de eso. Sólo apreciaban su mirada y sonrisa gentil, escuchaban el tono afligido y dulce de su voz, y se derretían ante ella. Así había sido siempre.

—Esther, ven un momento —la llamó Allen, agitando una mano. Gemma se giró sobre su hombro, justo para ver a la pequeña de vestido rosa aproximándose hacia ellos con paso cauteloso—. ¿Recuerdas a tu tía Gemma?

La niña se paró delante de ellos. Miró un momento a su padre, y luego posó su atención en Gemma, a quien de inmediato le recorrió una extraña sensación. Entre ese rostro infantil e inocente, aquel par de ojos grises sobresalían de una manera extraña, como si no concordaran con lo demás. Lo que fuera, se amortiguó un poco en cuánto la niña le sonrió ampliamente, de la forma más dulce y adorable que Gemma hubiera visto en un niño… que en realidad no era decir mucho.

—¡Hola, tía Gemma! —le saludó la pequeña con entusiasmo—. ¿Tú te acuerdas de mí?

—Claro, sí —respondió ella a su vez, dubitativa, y en parte estaba mintiendo.

Esperaba que la sensación de extrañeza que le había provocado hace rato se esfumara al verla más de cerca, pero no fue así. Seguía sintiendo que no estaba hablando con la Esther que ella recordaba, sino con cualquier otra niña que se hubiera cruzado en la calle.

Aunque en realidad no era como si hubiera convivido mucho con la pequeña Esther antes de su desaparición. A la niña le tocó nacer apenas cuatro años antes de la muerte de la madre de Gemma y Tricia, cuando ya la relación entre ellas estaba más que desgastada. Y además habían pasado cuatro años; los niños cambian mucho en cuatro años… ¿o no?

Algunos creían que alguien de su profesión debería saber más de niños, pero ciertamente no era el caso.

—Pero qué grande estás —exclamó Gemma con voz festiva, intentando reponerse—. Prácticamente no te reconozco.

—Gracias —masculló la pequeña, ruborizándose un poco y meciendo su cuerpo hacia los lados, haciendo girar la falda de su vestido.

—Me alegro mucho de que hayas vuelto… y que estés bien… y…

Gemma intentó pensar en qué más decir, pero nada bueno se le vino a la mente. ¿Qué se supone que decía la gente en esos casos realmente?

—Gracias, tía Gemma —masculló Esther en voz baja—. Extrañé demasiado a mi familia. Es… hermoso estar de vuelta.

Tricia dejó escapar un pequeño quejido de ternura, y colocó una mano cariñosa en la espalda de su hija.

—Y es hermoso para nosotros tenerte, mi vida —musitó Tricia, su voz sonando casi como si estuviera a nada de llorar.

Sólo hasta ese momento Gemma fue consciente del marcado acento que acompañaba a la pequeña Esther al hablar. Le recordaba un poco a los accionistas extranjeros de Europa del este que a veces iban a la oficina. ¿Había pasado tanto tiempo en… dónde sea que hubiera estado como para que se le pegara tanto el acento?

Era mejor no darle muchas vueltas. ¿Quién era ella para juzgar eso?, ¿experta en lingüística? Mejor limitarse a lo que sabía que era lo suyo.

—Te traje un obsequio —indicó Gemma en ese momento, agachándose hasta colocarse de rodillas delante de ella para que estuvieran a la misma altura, y le extendió la caja rosada. El rostro de la niña se iluminó masivamente al posar sus ojos en ella.

—¿Para mí?

—¿Cómo se dice? —comentó Allen, agachándose un poco hacia el oído de su hija.

—Gracias, tía Gemma —masculló Esther, de forma un poco mecánica, como solían hacer los niños al repetir algo que sus padres les enseñaban.

Esther tomó la caja, y comenzó a retirarle el moño y el papel de envoltura, con bastante, bastante paciencia… La Gemma de diez años hubiera arrancado y destrozado el papel sin tantas consideraciones.

Lo que ocultaba aquella bonita envoltura rosada era, por supuesto, la caja de uno de sus PurrPetual Petz; el modelo más reciente, justo como había dicho David, aunque se lamentaría al saber que nadie le tomaba fotos. En la parte frontal de la caja se veía una imagen de la mascota, de pelaje rosado y parado, ojos enormes, una boquita, y brazos y pies pequeños.

Esther sujetó la caja delante de ella, y observó la imagen de la caja con una expresión difícil de descifrar para Gemma. Ladeó un poco la cabeza, al igual que la caja, como si batallara en agarrarle forma.

A la mayoría aquel diseño le parecía adorable, en especial a los niños, pero a Gemma siempre le habían parecido un poco… feos. Por supuesto aquel no había sido su diseño inicial, sino el aprobado al final por el área de mercadotecnia y manufactura, reduciéndolo a lo más básico de lo básico. Y aun así esperaban que les diera un diseño aún más económico y simple que ese…

—¿Qué es? —preguntó Esther con curiosidad, alzando su mirada hacia su tía.

—Es un PurrPetual Petz —le explicó—. ¿No has visto los comerciales? Es el juguete de moda en estos días.

Esther arrugó el entrecejo y la miró, al parecer, un tanto perdida.

—Tu tía Gemma hace juguetes, ¿recuerdas? —le indicó Allen a su hija, colocando una mano sobe su hombro.

«Diseño la ingeniería detrás los juguetes» pensó Gemma para sí misma, resistiéndose a decirlo en voz baja.

Un nada discreto bufido desdeñoso de parte de Tricia no tardó en hacerse presente.

—Gemma y sus juguetes —masculló, antes de dar un pequeño sorbo de su copa—. ¿Sabían que mis padres se gastaron una fortuna pagándole sus múltiples títulos en robótica en el MIT? —añadió dirigiéndose a sus invitados—. Y todo para que al final terminara construyendo cositas como éstas.

—Tris, por favor —masculló Allen.

—Ay, sólo bromeo. Es… —Tricia posó sus ojos en la caja, y le resultó difícil disimular su desagrado—. Adorable…

Gemma apretó los puños y la mandíbula, resistiéndose de nuevo el impulso de decir o hacer algo que no quería. Aunque, ¿a quién quería engañar? Aunque no se resistiera, era poco probable que pudiera decirle algo a su hermana. Nunca lograba hacerlo…

—¿Cómo funciona? —preguntó de pronto la vocecita Esther, regresándola al presente.

—Es muy sencillo —indicó Gemma, y de inmediato tomó la caja y la volteó, para enseñarle las instrucciones del reverso—. Primero descargas la aplicación gratuita en tu celular o tableta, escaneando este código QR…

—No tengo celular ni tableta —indicó Esther rápidamente.

Gemma se quedó un poco helada ante esa respuesta. Se giró hacia Tricia en busca de su confirmación. Ésta se encogió de hombros y dio otro sorbo de su copa.

—Es sólo una niña de diez años, Gemma.

—¿Qué dices? —exclamó ella a su vez, riendo un poco—. Los niños prácticamente ya nacen con un dispositivo pegado a ellos…

Supo que su comentario había sido desatinado, en cuanto Tricia le clavó encima una mirada casi asesina como navaja, que hizo que un escalofrío le recorriera la espalda. Por suerte había más personas presentes, incluido Allen. Eso la hizo limitarse a sonreír de manera amistosa, en lugar de lo que realmente deseaba hacer.

—Claro… Pero también queremos cuidar a lo que nuestra pequeña se expone en estos momentos —le explicó, colocando de nuevo una mano protectora en la espalda de Esther—. Su recuperación y adaptación a casa será un proceso lento.

—Sí, lo entiendo —susurró Gemma, aún un poco dudosa—. Bueno, éste es un modelo nuevo —le explicó a Esther—. Aún no lo lanzamos al mercado. Cuando los demás niños de la escuela lo vean, serás la envidia de todos.

—Aún no voy a la escuela —explicó Esther.

—¿Piensas inscribirla el siguiente semestre, Tricia? ¿O cuál es el plan? —preguntó una de las invitadas, una mujer mayor de largo cabello rubio.

—Sí, mami —masculló Esther, mirando a su madre que la seguía abrazando—. ¿Cuáles son mis planes?

Tricia bajó su mirada hacia ella, pareciendo un poco perdida al inicio, pero de inmediato se recuperó, y volvió a sonreír con la misma seguridad de antes.

—No he pensado en eso aún —se explicó con elocuencia—. Como dije, su proceso de adaptación será lento. Por ahora, no quiero separarme de ella ni un momento.

Concluyó sus palabras abrazando a la pequeña con más fuerza, pegándola casi por completo contra su cuerpo; quizás más de lo necesario.

Gemma observó aquella interacción, un tanto extrañada, en especial por las miradas y sonrisas que Tricia le daba a Esther de vez en cuando.

De nuevo, nadie más lo notaba, pero Gemma tenía bastante experiencia leyendo las actitudes falsas de su hermana mayor. Estaba mintiendo; no sabía en qué exactamente, pero lo hacía.

Se fijó entonces en Esther, que estaba pegada a su madre, y sonreía igualmente a las demás personas; una sonrisita demasiado parecida a la de Tricia en realidad…