Black Clover: El Sendero de la Inscripción

Capítulo 3: El final de la Pesadilla.

Punto de vista de los caballeros:

El amanecer apenas rompía el horizonte cuando el escuadrón de caballeros llegó a las ruinas del refugio. El sonido de sus pasos resonaba en el suelo carbonizado, donde el fuego había consumido todo a su paso. La escena era desoladora: cuerpos calcinados, estructuras derrumbadas y un silencio inquietante que solo era interrumpido por el crujido de la madera aún humeante.

El capitán del escuadrón, un hombre de mirada severa y con un manto de los Ciervos Celeste cubierta de polvo, desmontó de su escoba mágica y avanzó con cautela. Los demás caballeros siguieron su ejemplo, explorando los restos de lo que una vez había sido un pueblo.

—Dioses… —susurró uno de los soldados más jóvenes, cubriéndose la nariz y la boca con la mano al ver la magnitud de la masacre.

—Esto no fue solo un ataque… —respondió otro caballero, examinando las marcas en el suelo—. Fue una ejecución.

El aire estaba impregnado de ceniza y muerte. Las capas de los caballeros mágicos ondeaban levemente con la brisa matinal mientras avanzaban entre los escombros. Sus escobas mágicas, aun flotando a baja altura, se mantenían listas en caso de cualquier imprevisto, pero la quietud del lugar solo confirmaba que habían llegado demasiado tarde.

El líder del escuadrón de la orden de los Ciervos Celestes, un hombre de cabello oscuro y expresión imperturbable, examinaba el panorama con los labios fruncidos. El fuego había devorado la mayor parte de las estructuras, dejando solo esqueletos de madera chamuscada y muros de piedra resquebrajados además de una u otras partes del pueblo que se veían descompuestas. Restos de magia aún flotaban en el aire, partículas de maná residual que sugerían un combate intenso.

—¡Busquen sobrevivientes! —ordenó con voz firme, pero sin elevar demasiado el tono, como si el silencio mismo fuera una amenaza latente.

Los caballeros se dispersaron con cautela. Cada uno vestía la capa distintiva de su escuadrón, pertenecientes a los Ciervos Celestes realizando la misión de búsqueda y rescate. Algunos usaban escobas mágicas para desplazarse entre los escombros, mientras que otros avanzaban a pie, sus botas hundiéndose en la ceniza.

Un joven caballero con una cicatriz en la mejilla apartó una viga quemada con un chasquido de dedos, utilizando un hechizo de aire para despejar los escombros. Tosió por el polvo levantado y entrecerró los ojos.

—Aquí tampoco hay nada… solo más cadáveres —murmuró con amargura.

Cerca de la plaza central, otra caballera, de cabello corto y rojizo, encontró restos de una barrera mágica. Tocó con la yema de los dedos las grietas de lo que parecía haber sido un escudo protector y sintió un ligero cosquilleo de maná todavía presente.

Él asintió con gravedad. Su mirada se desvió hacia una estructura parcialmente derrumbada, donde el residuo mágico era más fuerte. Avanzó con pasos medidos al lugar parecido a un refugio y, con un simple movimiento de su mano, disipó el polvo que cubría la entrada. Al hacerlo, el gemido débil de un niño rompió el silencio.

Los caballeros se tensaron. Uno de ellos corrió hacia el sonido y apartó los restos con rapidez. Debajo de un trozo de pared, cubierto de hollín y con la ropa hecha jirones, yacía un niño inconsciente. Su cuerpo mostraba signos de agotamiento extremo, y sus débiles respiraciones eran lo único que indicaba que aún se aferraba a la vida.

El capitán se arrodilló junto a él y le apartó con cuidado los mechones de cabello pegados a su rostro por el sudor y la suciedad.

—Está vivo —anunció con un tono contenido, pero con un atisbo de alivio en su voz.

Uno de los caballeros, especializado en magia curativa, se acercó de inmediato y colocó las manos sobre el niño, canalizando un hechizo de sanación. Un resplandor verdoso rodeó su pequeño cuerpo, estabilizando su respiración.

—Está deshidratado y al borde del colapso, pero sobrevivirá —informó.

Los caballeros intercambiaron miradas serias. No había duda: este niño era el único testigo de lo que había ocurrido. Y quizás, la única clave para entender quién había perpetrado tal atrocidad.

El capitán se puso de pie, mirando una vez más el pueblo destruido. Sus puños se apretaron.

—Nos lo llevamos. Alguien tendrá que responder por esto. — antes de irse se fijó más en la entrada del refugio viendo el cuerpo carbonizado y herido de lo que parecía una mujer que al suponer por los rasgos faciales que aún se podían identificar era su madre. —esto va a ser difícil—

El aire frío de la mañana envolvía al escuadrón de caballeros mientras se dirigían hacia la capital, el niño entre ellos. A pesar de la calma en su trayecto, la tensión era palpable. Nadie hablaba mucho, la atmósfera era sombría, opacada por la destrucción que acababan de presenciar. El capitán se mantenía al frente, su rostro tan imperturbable como siempre, pero sus pensamientos estaban en constante agitación. La imagen de la mujer calcinada en el refugio le rondaba la mente, y no podía deshacerse de la sensación de que algo mucho más grande se cernía sobre ellos.

El niño seguía inmóvil, envuelto en mantas, recibiendo atención de los caballeros mientras su respiración se estabilizaba. Nadie sabía qué esperar de él, pero el hecho de que hubiera sobrevivido, en un lugar tan devastado, solo indicaba que había presenciado algo crucial.

Al llegar a la capital, las puertas de la ciudad se abrieron para permitir el paso del escuadrón. Los guardias del puerto los saludaron de manera rápida y eficiente, sin hacer demasiadas preguntas. El capitán guiaba la comitiva hacia el cuartel de los Ciervos Celestes, un edificio imponente donde los interrogatorios y las decisiones importantes se llevaban a cabo.

El pequeño fue llevado inmediatamente a una sala de curaciones mientras el capitán se dirigía a una de las oficinas del cuartel. Un oficial de alto rango, con una capa que destacaba entre las demás por su calidad, le esperaba allí.

—¿El niño está bien? —preguntó el oficial con tono grave, sabiendo la importancia de cualquier testigo en un caso como este.

—Está vivo, pero débil. Habrá que esperar hasta que recupere fuerzas antes de interrogarlo —respondió el capitán, con un suspiro.

Después de un intercambio de información, el capitán salió de la oficina. El tiempo parecía dilatarse a su alrededor. El hombre, de pie frente a una ventana, contemplaba las murallas de la capital, pensativo. La destrucción en las ruinas del pueblo era solo el principio. El hecho de que el niño fuera la única pista los ponía en una situación delicada.

Fin de Pvo

Rayleigh se encontraba en un espacio vacío, un lugar donde no podía distinguir ni el tiempo ni el espacio. Todo estaba borroso, una oscuridad infinita que parecía envolverlo. Sentía el peso de su cuerpo, pero a la vez, era como si estuviera flotando. A su alrededor, voces suaves, familiares, comenzaron a surgir entre la quietud.

—Rayleigh… —una voz suave, pero llena de una profunda preocupación, resonó en la oscuridad.

El niño parpadeó, pero no podía ver nada. Solo las voces, las que le eran tan conocidas.

—Madre… ¿Padre? —preguntó, su voz quebrada, casi inaudible. No entendía qué sucedía, pero algo dentro de él le decía que no estaba solo.

—Estamos aquí, hijo mío —respondió la voz de su madre, cálida y reconfortante—. No tienes que temer. Te estamos cuidando.

—Es hora de que descanses, Rayleigh —dijo su padre, con una tranquilidad que parecía surgir de un lugar profundo, lleno de amor.

Rayleigh sintió una calidez envolviéndolo. No podía ver, pero sentía que sus padres estaban cerca. Un consuelo que no había experimentado desde que la tragedia había comenzado. Las voces de sus padres, tan cercanas, pero tan distantes, lo hacían sentir seguro, como si todo estuviera bien, como si nunca hubiera ocurrido lo que sucedió.

—Rayleigh, hijo mío —susurró su madre, la voz temblorosa—. Sabemos que esto es difícil, pero tienes que ser fuerte. El mundo no siempre será amable, pero tú siempre serás más fuerte de lo que crees. Sigue adelante, por nosotros… por ti mismo.

Las palabras de su madre se mezclaban con el sonido distante de los ecos del pasado. Era como si pudiera ver a través de sus ojos, sentir su calidez. Pero mientras esa sensación lo invadía, algo comenzaba a romper la quietud, algo profundo y doloroso. El niño sintió una presión creciente en su pecho, un vacío que no podía comprender del todo.

—Madre, padre… no quiero… —su voz se quebró, el miedo comenzaba a apoderarse de él nuevamente, la oscuridad lo envolvía.

—Te amamos, Rayleigh —dijo su padre con voz suave, pero firme—. No olvides lo que eres, y nunca dejes que el dolor te controle. Lo que está por venir será difícil, pero recuerda que el amor que compartimos siempre estará contigo. Siempre.

Rayleigh quiso decir algo más, algo que pudiera hacer que todo volviera a la normalidad, pero las palabras se desvanecieron en el aire. La presencia de sus padres comenzó a desvanecerse lentamente, como si se alejaran de él, dejándolo solo con la oscuridad.

—No te olvides de nosotros, hijo —susurró su madre, la voz desvaneciéndose en un eco.

La presión aumentó hasta que la oscuridad lo engulló por completo.

Rayleigh despertó de golpe, respirando rápidamente, sus ojos abriéndose con dificultad. La luz de la habitación era suave, pero aún lo cegaba un poco. Su cuerpo estaba agotado, pero estaba vivo. La sensación de frío y sudor en su piel le recordó el sufrimiento reciente. Un dolor punzante recorrió su cabeza, y su vista se nubló por un momento.

Los recuerdos volvieron rápidamente, las imágenes del ataque al pueblo, la visión de su madre cayendo ante los invasores… la confusión y el horror se apoderaron de él, pero algo más lo mantenía firme, una sensación de que algo o alguien lo había estado cuidando. Su mirada vagó por la habitación en la que se encontraba. Estaba en un lugar que no reconocía, pero la familiaridad del ambiente lo tranquilizó ligeramente.

El sonido de pasos acercándose lo sacó de sus pensamientos. Un caballero, vestido con la capa de los Ciervos Celestes, entró en la habitación. Rayleigh lo miró fijamente, sin decir palabra alguna. No sabía qué esperar, si estaría a salvo o si más dolor estaba por llegar.

—¿Cómo te sientes, niño? —preguntó el caballero con voz amable, pero con la cautela de quien no sabe qué esperar de un sobreviviente.

Rayleigh apenas pudo responder. Su mente aún estaba confundida, los recuerdos de la tragedia se entrelazaban con las últimas palabras de su madre y su padre. Quería preguntar por ellos, pero algo en su interior lo detenía, como si temiera escuchar lo que ya sabía.

—¿Dónde… dónde están ellos? —preguntó finalmente, su voz rota, la necesidad de saber más clara que nunca.

El caballero vaciló, sin saber cómo responder. El silencio llenó la habitación por unos segundos antes de que finalmente hablara.

—Lo siento mucho, niño. No podemos… —las palabras del caballero se detuvieron, como si no pudiera encontrar el valor para decir lo que temía.

Rayleigh cerró los ojos, su garganta apretada. En ese momento, entendió lo que había sucedido, pero aún no quería aceptarlo. Su madre y su padre… se habían ido. Todo lo que quedaba era su propia supervivencia, y el dolor era un recordatorio constante de la brutalidad del mundo. Comenzó a soltar lagrimas mientras su rostro se retorcía de dolor y tristeza.

El caballero lo miró con tristeza, acercándose al él y consolarlo manchando la ropa de este con lágrimas y mocos. El soldado simplemente lo ignoro siguiendo aportándole apoyo, pasaron minutos hasta que los llantos cesaron.

Momentos después se podía ver a Rayleigh en el cuarto de enfermería comiendo mientras miraba el paisaje de la capital, una médica revisaba el estado del chico para asegurarse de que estuviera bien.

El sonido de los cubiertos chocando contra el plato era lo único que rompía el silencio en la habitación. Rayleigh masticaba lentamente, su mirada perdida en el horizonte de la capital. Desde la ventana, podía ver los grandes edificios de piedra y las calles iluminadas por faroles, pero nada de eso le parecía real. Todo le resultaba ajeno, distante.

—¿Te duele algo? —preguntó la médica con suavidad, revisando los vendajes en sus brazos.

Rayleigh tardó unos segundos en responder.

—No… —murmuró.

La mujer lo observó con atención, notando la falta de emoción en su voz. Sabía que el dolor que sentía no era físico. Suspiró y terminó su revisión, dejando a un lado los vendajes.

—Si necesitas algo, solo llámame —dijo con una sonrisa amable antes de salir de la habitación.

Rayleigh dejó los cubiertos sobre el plato sin terminar su comida. El hambre no era lo que sentía en ese momento. Cerró los ojos y apoyó la frente sobre sus brazos cruzados en la mesa.

"¿Qué haré ahora…?"

Las palabras del caballero seguían resonando en su mente. "Lo siento mucho, niño". Todo se había ido en un abrir y cerrar de ojos. Su hogar, su familia… todo.

No sabía cuánto tiempo pasó en esa posición, pero cuando levantó la cabeza, la luz del sol ya estaba disminuyendo. Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos.

—Rayleigh —llamó una voz.

Era el caballero de antes. Su rostro seguía mostrando tristeza, pero ahora también había determinación en su mirada.

—Necesito hablar contigo. Es importante.

Rayleigh lo miró en silencio antes de asentir. Sabía que nada de lo que dijera le devolvería lo que había perdido, pero si quería seguir adelante, tenía que escuchar.

Rayleigh apretaba los puños sobre sus rodillas, sintiendo el peso de los recuerdos golpeándole como una ola imparable.

Respiro hondo antes de hablar.

—Fue en la madrugada… —comencé, con la voz más baja de lo que esperaba—. Las campanas de la aldea empezaron a sonar, como una advertencia. Me desperté de golpe… había algo extraño en el aire, una sensación sofocante… y entonces lo escuché.

Hice una pausa, sintiendo cómo mi garganta se cerraba.

—El estruendo. Algo explotó y, cuando miré por la ventana, vi el cielo teñido de naranja. Fuego. Gritos. La aldea estaba en llamas.

El caballero se mantuvo en silencio, pero podía notar su atención fija en mí.

—Corrí al salón y ahí estaban mis padres en la entrada de la casa. Mi padre con su espada y su grimorio flotando a su lado, mi madre sujetando el suyo con fuerza. No entendía qué pasaba, pero en cuanto vi sus rostros… supe que algo estaba muy mal.

Tragué saliva y desvié la mirada hacia el suelo.

—Mi padre me gritó que me escondiera. Pero no pude moverme. No hasta que los vi…

Apreté los dientes, tratando de contener la mezcla de rabia y miedo que se agitaba dentro de mí.

—Eran muchos… guerreros con túnicas oscuras, avanzando entre las casas en llamas. Y al frente de ellos… estaba él.

Levanté la mirada, encontrándome con los ojos del caballero.

—Tenía una capa roja y un grimorio flotando en su mano con el símbolo de una pica. Su magia… —mi voz tembló por un instante—. Su magia podía descomponerlo todo con solo tocarlo.

El caballero frunció el ceño, pero no me interrumpió.

—Dijo que éramos solo un grupo de campesinos… que se divertiría con nosotros.

Sentí las uñas clavarse en mis palmas.

—Mi padre se puso en guardia. Le dijo a mi madre que me llevara con Héctor… que él nos daría tiempo. Pero yo no quería irme…

Inspiré hondo, cerrando los ojos por un momento antes de continuar.

—Papá usó su magia. Magia de Alquimia. Hizo surgir enormes picos de piedra desde el suelo, … iban directo hacia Hadeon.

El caballero no dijo nada, pero su expresión se endureció.

—No sirvió.

Las palabras salieron como un susurro amargo.

—El hombre solo levantó la mano. Su magia gris envolvió todo y las púas de roca… se desmoronaron. Se hicieron polvo antes de tocarlo.

El silencio entre nosotros se volvió pesado.

—Se burló de mi padre. Lo llamó "plebeyo". Y siguió avanzando como si nada.

Me quedé en silencio por un instante, con la mirada perdida en el fuego.

—Mi madre no esperó. Me tomó del brazo y comenzó a correr. No me soltó ni cuando intenté mirar atrás. Solo me gritó que no mirara.

El caballero asintió con lentitud.

—¿Pero lo hiciste?

Tragué saliva.

—Sí.

El recuerdo golpeó mi mente como una daga helada.

—Vi a mi padre. Con su espada en mano, conjurando otro hechizo. Y lo vi a él… avanzando, con esa misma sonrisa arrogante.

El silencio se alargó.

—Nos adentramos en el bosque. Mi madre y yo corrimos hasta que encontramos a Héctor. Nos llevó lejos. Nos salvó.

Bajé la cabeza, sintiendo el ardor en mis ojos.

—Pero mi padre…

Mi voz se quebró.

El caballero me miró con seriedad, pero con un atisbo de comprensión en su mirada.

—Luchó para que ustedes vivieran.

Asentí lentamente, sintiendo la ira, la tristeza, la impotencia… todo entremezclado en mi pecho.

El caballero se quedó en silencio por un momento tras escuchar mi historia. Luego, suspiró y me miró con expresión solemne.

—Lamento mucho tu pérdida, muchacho. Nadie debería pasar por algo así, y menos a tu edad.

Rayleigh bajo la mirada, sin saber qué decir. Agradecio sus palabras, pero al mismo tiempo, el dolor en su pecho no disminuía.

El caballero continuó:

—Debo informarte lo que sucederá a partir de ahora. Como no tienes ningún familiar que pueda hacerse cargo de ti… —Hizo una pausa, mirándome con cautela—. ¿Tienes algún otro pariente vivo?

Negó con la cabeza, sintiendo un vacío al decirlo en voz alta.

—No… no tengo a nadie más.

El caballero asintió lentamente.

—En ese caso, serás trasladado a un orfanato.

Sus palabras le hicieron tensarme ligeramente.

—¿A cuál?

—Al orfanato del pueblo de Hage.

Frunció el ceño.

—¿Hage…? ¿Por qué tan lejos de la capital?

El caballero suspiró.

—El orfanato de la capital ya está lleno. No pueden aceptar más niños por ahora. Hage es una aldea tranquila y tienen espacio para recibirte.

Asentí lentamente. No tenía muchas opciones. Aceptarlo era lo único que podía hacer.

—Está bien… —dije con voz baja.

El caballero asintió, pero cuando estaba a punto de levantarse, hablé de nuevo.

—Pero… antes de irme, ¿puedo volver al pueblo?

El caballero arqueó una ceja.

—¿Para qué?

—Quiero ver si mi casa sigue intacta. Si lo está… quiero recoger algunas cosas antes de marcharme.

El caballero guardó silencio, evaluándome con la mirada. No parecía seguro de la idea, pero finalmente suspiró.

—Está bien. Pero iremos juntos en 2 días. No quiero que andes solo entre las ruinas.

Rayleigh asintió, sintiendo un leve alivio. Aunque ya no tenía un hogar, al menos podría recuperar algo… algo que me recordara lo que perdí.

Time skip: 2 días despues

Pasaron dos días en los que el caballero tuvo que encargarse de los trámites necesarios. No solo redactó un informe detallado sobre lo ocurrido en el pueblo, sino que también lo entregó personalmente a su capitán. Además, gestionó la inscripción en el orfanato de Hage, asegurándose de que todo estuviera en orden antes de nuestro traslado.

Finalmente, el día llegó. Por primera vez desde la tragedia, Rayleigh salio del hospital acompañado por el mismo caballero que lo interrogo. Mientras caminaban, Rayleigh se dio cuenta de algo curioso: a pesar del tiempo que habíamos pasado juntos, aún no sabía su nombre.

—Oye… ¿cómo te llamas? —pregunto, mirándolo de reojo.

Él le lanzó una mirada sorprendida antes de soltar una leve risa.

—Vaya, supongo que nunca me presenté. Me llamo Cedric.

Asentí, memorizando su nombre en silencio.

El viaje en su escoba mágica fue rápido. En cuestión de unas pocas horas, las ruinas de mi pueblo volvieron a aparecer ante mis ojos. Aunque la mayoría de los cuerpos ya habían sido retirados, el aire seguía impregnado de ceniza y un silencio sepulcral cubría el lugar.

Nos dirigimos hacia mi casa, que estaba algo alejada del centro. Aunque tenía algunos daños, en comparación con las demás construcciones, se mantenía sorprendentemente intacta.

—Tuviste suerte… —murmuró Cedric, observando el estado de la vivienda.

Rayleigh no respondio. Simplemente avanzo hacia la puerta y entro, con Cedric siguiéndole de cerca.

Cada rincón de la casa le traía recuerdos. La mesa donde cenaban juntos, los estantes repletos de libros, las marcas en la pared que medían su crecimiento… todo parecía igual y, al mismo tiempo, completamente vacío.

Sin perder más tiempo, subió a su habitación. Tomé mis libros, algunos apuntes, algo de ropa y, finalmente, su espada y arco de madera con el que jugaba con su padre, lo miro con cariño y lo guardo todo. Aunque parecía mucho, logré organizarlo bien en la bolsa.

Cuando bajo, vio a Cedric hojeando uno de sus apuntes y notas antiguas con curiosidad.

—Es impresionante… —comentó—. ¿Hiciste todo esto solo?

No sabía qué responder, así que simplemente encogí los hombros.

—Supongo…

Él le miró en silencio por un momento antes de suspirar y dejar el libro en su lugar.

Antes de salir, algo en el suelo llamó su atención. Se agacho y recogió un pequeño marco de madera. Era una fotografía… de mis padres y yo. Sonreíamos juntos, como si nada malo pudiera pasarnos jamás.

Apreté la imagen contra mi pecho y respiro hondo.

"Adiós… mamá, papá."

Con el manto aún sobre sus hombros, salieron de la casa. Mientras se elevában en la escoba de Cedric, Rayleigh miro por última vez lo que quedaba de mi hogar. Sujeté con fuerza la tela del manto, como si pudiera darme la calidez que ya no estaba.

No sabía qué me esperaba en Hage, pero lo único que podía hacer ahora… era seguir adelante.

Nota:

Bueno esta es la primera nota que hago desde el primer capítulo y espero que les esté gustando la historia va a un ritmo lento, pero pronto saldremos de esta y seguiremos con la historia original espero dejen sus comentarios diciéndome que les parece la historia y que debería cambiar.

Saludos y hasta la próxima.