Hola!

Seguimos en racha! Vamos a por un capi más de este regreso. ¡MIL GRACIAS A TODAS Y TODOS por la acogida! Y gracias a todos los que me habéis escrito. Os he respondido a todos por privado, si alguien no lo ha recibido que me escriba un MD y le respondo encantadísima! :')

A los GUEST no os he podido responder, pero lo que voy a hacer es nombraros abajo y responderos ahí. Gracias por vuestro tiempo ^^

Si os gustó el capi anterior, agarraros que vienen curvas. No quiero dar muchas pistas para no hacer spoiler, pero este capi tiene contenido adulto, leed bajo responsabilidad. He aunado lo que antes eran tres capis, así que veréis que pasan muchas cosas, espero haber sintetizado bien y que no tengáis la sensación de muchos eventos inconexos. Igualmente, lo había dejado en dos capis, pero me ha parecido anticlimático romperlos, así que los he publicado juntos como EL VALLE DE LAS ROCAS. Tiene gracia, porque de alguna forma van de lo mismo (jujuju).

Así que... haceros un café o algo porque este capi es LARGUÍSIMO.

¡POR CIERTO! En este capi, hay un personaje que canta una canción. La canción es 'DREAMS' de Aurora. Si os apetece podéis escucharla antes y así ya la conocéis para cuando aparezca. Si no, siempre la podéis escucharla en otro momento, pero creo que es ideal para el capi. La he traducido y adaptado un poquito para que tenga sentido, pero obvio la letra siempre en su idioma original.

Sin más, nos leemos!

Espero que os guste, no me matéis por ser mala.

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CUANDO AMAINE LA TORMENTA

PARTE I Y II

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Astrid despertó cuando las primeras gotas de lluvia le rozaron las mejillas.

Al principio solo sintió la lluvia acariciarle la cara mientras conseguía de nuevo enfocar el mundo y escapar de ese lugar incierto de sombras en el que había estado deambulando. Las ramas de los árboles se mecían suaves por el viento sobre su cabeza y un manto de ceniza coloreaba todo de grises a su alrededor. ¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado?

Sintió mucha sed, mucha confusión y luego mucho dolor. Mucho, mucho dolor.

A duras penas, consiguió coordinar sus extremidades para erguirse un poco, pero se sintió tan mareada y confusa que acabó vomitando una bilis espesa y negra como la ceniza que inundaba todo. El propio acto de vomitar le provocó un dolor insufrible en la cabeza y entonces recordó todo.

La caída libre, la explosión, los golpes... el ataque a Arendelle.

Se agarro el pecho angustiada y alerta, parpadeando confusa sin entender dónde estaba ni cuánto tiempo había pasado. Ya no era de noche ni había fuego. De hecho, estaba amaneciendo. ¿Cuántas horas llevaba ahí? ¡DIOSES!

Intentó ponerse en pie, pero el cuerpo se le retorció de dolor.

—Ahhhggg...—siseó de dolor, mordiéndose la lengua—. Joder...

Empezó a transpirar, nerviosa. ¿Qué había pasado? ¿Se había desmallado al caer? Al menos no se había matado, respiró con cierto alivio.

Sin embargo, ese alivio no duró demasiado, porque otras preguntas llegaron a su cabeza: ¿habrían conquistado Arendelle? ¿Y Anna? ¿Habría salido a tiempo? ¿Y los jinetes? ¿Y Tormenta? ¡Tormenta! Su chica... ¿Habrían conseguido escapar? ¿Habrían tomado el castillo? ¿Habría funcionado el plan de Chusco? ¿Y el mago del viento? ¿La explosión habría acabado con él?

La cabeza le iba a estallar. Tenía que encontrarles cuanto antes y hablar con el coronel. Ojalá su plan hubiera salido bien y sus hombres y él estuvieran a salvo junto al resto.

Volvió a luchar por ponerse en pie, esta vez con más ganas. El cuerpo le dolía como jamás le había dolido nada en toda su vida, pero al menos podía moverse. No parecía tener nada roto, pero se había hecho polvo el cuerpo. A lo mejor tenía alguna costilla quebrada. Eso explicaría el dolor en los costados. Tenía además sangre seca y cortes por todas partes y respirar se le hacía demasiado doloroso. El aire en sí mismo era irrespirable, todo desprendía un fuerte hedor a muerte, humo y humedad.

Tras mucho esfuerzo consiguió ayudarse de una rama cercana para ponerse en pie. De hecho la partió, para usarla a modo de bastón. El tobillo. El tobillo sí que se lo había jodido ¡maldita sea! Dio un paso y volvió a vomitar.

Tenía los oídos taponados y el equilibrio aturdido. Se recompuso. No tenía tiempo que perder. Dio un segundo paso. Y luego un tercero. Y así, poco a poco, consiguió avanzar a fuerza de cabezonería por ese bosque de ceniza y humo donde pese al amanecer no se oía ni un solo pájaro cantar, ni ningún rastro de vida.

El sol había salido, pero el humo no dejaba verlo. Humo negro que se mezclaba con las nubes de tormenta.

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Después de huir de la posada de mala muerte en aquel paso de montaña donde habían pasado esos días inhóspitos y desoladores, las cosas empezaron a ir un poco mejor para Hipo, Elsa y Desdentao. Tal vez fue la conversación que tuvieron o tal vez Dios o los Dioses habían decidido darles un poco de carta blanca.

A media mañana, después de atravesar el bosque montañoso a lomos de Desdentao, divisaron varias aldeas, señal de que se hallaban cerca de la capital de aquel conjunto de feudos.

Con la finalidad de recabar información sobre el posible estado de Arendelle o los reinos del sur, bajaron a comer a una de aquellas villas, donde tuvieron la suerte de toparse con un agradable y deslenguado mesero cuyo primo trabajaba para el señor de aquellas tierras. Les contó de buena gana dónde estaban y todos los chismes de alrededores.

Hipo y Elsa mintieron sobre ellos, esta vez diciendo que eran cuñados y que el marido de Elsa se hallaba en Orn, el pueblo más cercano al este de Arendelle. Se sentían demasiado incómodos con los últimos acontecimientos como para seguir jugando al matrimonio feliz. La tapadera familiar les había dado un poco de distancia formal.

El mesero les dijo que era mala idea que siguiesen subiendo en dirección norte hacia Orn y que mejor esperaran allí al marido de Elsa, pues corría el rumor de que los reinos del sur tenían planeado atacar Arendelle —si es que no lo habían hecho ya—, y que por tanto Orn podía verse salpicado.

—¿Cómo que atacar Arendelle? —se le escapó a Elsa con clara ansiedad.

El mesero se encogió de hombros, pues aquel no dejaba de ser para él un reino lejano.

—Será alguna guerra comercial, los del sur son unos usureros—escupió.

Muy amablemente les dijo que podían mandar una emisiva a Orn desde allí para avisar al marido de Elsa y que se reuniera con ella en aquellas tierras.

—Buena señora, mejor que su marido salga de esas tierras cuanto antes—le advirtió—. Cuando los reinos se enfrentan entre ellos lo único que consiguen es derramar sangre inocente. Al norte de Arendelle dicen que se acaba el mundo, que no hay nada más, solo hay un bosque maldito e inhabitable—explicó—. Si las gente de Arendelle huyen seguramente lo hagan al este, a Orn y eso... eso se va a convertir en una carnicería, hágame caso.

Ambos les dieron las gracias, redactaron una carta que jamás llegaría a nadie y pagaron veinte reales para que la entregaran a un tal Alfred P. Fundið, el supuesto marido de Elsa. El apellido significaba 'inventado' en el idioma de los vikingos, algo muy ingenioso por parte de Hipo que aquel hombre jamás averiguaría y que a él en ese momento le hizo gracia.

Lo que no les hizo gracia fue confirmar sus peores sospechas: el primo de Elsa, el Duque de Bränderson, se la había jugado. Definitivamente había traicionado a Elsa.

¿Pero por qué? ¿Qué quería conseguir haciéndose con Arendelle y traicionando a su sangre? ¿Tendría que ver con lo que también buscaba Drago? ¿Estarían aliados? ¿Estaría relacionado con el presagio de los trolls y el bosque prohibido? ¿Con la clave de la inmortalidad? ¿O de verdad era una guerra comercial como decía el tabernero?

Elsa todavía no se había atrevido a decírselo a Hipo, pero ya no tenía dudas. Estaba segura al cien por cien que tenía que ver con los dragones, posiblemente con los casi extintos furias nocturnas.

Su sangre tenía que ver con la inmortalidad o al menos con la posibilidad de 'sobrevivir' momentáneamente a la muerte. Eso lo explicaría todo. El furia nocturna que encontró Hipo en el bosque muerto, donde luego solo había flores. 'Vida'. O la existencia de ese cazador de furias nocturnas junto a su primo y el hecho de que Drago lo estuviese buscando desesperado para sobrevivir a la muerte. Como lo hacía su sobrina bebiendo esos brebajes.

Como Hipo.

Quizás buscaban eso en Arendelle: La fuente de la inmortalidad.

No los culpaba por ello. Desde que la humanidad existe ha buscado la clave para sobrevivir a la muerte con una desesperación también muy humana. Lo que no entendía Elsa es qué tenía que ver su reino con todo aquello. Y eso la perturbaba, no solo por todo lo que estaba en juego, sino porque de existir un elixir para la vida eterna, el mayor peligro de muerte era poseerlo.

Tal vez eso es lo que había puesto en peligro a Arendelle, ser la pista que llevase hasta algo así.

—¿Buscan posada para esta noche? —les ofreció el mesero amablemente, pero ambos lo rechazaron, excusándose que ya tenían donde dormir.

Aprovecharon las últimas luces del día para hacer algunas compras de provisiones y en cuanto anocheció volvieron al bosque.

Desdentao los esperaba nervioso en un recoveco bastante angosto entre dos grietas. Al dragón no le gustaba que lo dejaran solo y no era el único de los tres que se encontraba en estado de ansiedad y agotamiento. Al menos sacó los dientes feliz cuando Hipo le dio un cubo entero de cabezas de pescado que iban a tirar a la basura en el mercado.

Acamparon en el silencio del bosque, hicieron un pequeño fuego y se dieron el lujo de comer unas gachas con un poco de cecina. Elsa no estaba acostumbrada a comer tan mal, así que llevaba días con el estómago resentido. Aquella comida fue lo más decente que cenaban en días, así que después de eso y asearse en un riachuelo cercano, se sintió honestamente bien y eso que no dejaba de picarle el cuerpo.

—Mientras más te rasques, más te picará—le advertía Hipo, quien también tenía picaduras de chinche y pulgas por todas partes. Un recuerdo más de su noche en la posada.

Aunque la libertad y la discreción del bosque le hubiese devuelto algo de buen humor al vikingo, Hipo no había parado de empeorar.

Elsa se repetía una y otra vez que era su culpa, por no haber entendido antes lo de la sangre mágica. Hipo se había salvado de la muerte de milagro, pero necesitaba más sangre de dragón o lo que fuese que llevase ese mejunje que bebía su sobrina. Y lo necesitaba con urgencia.

Aquella tarde el vikingo casi se había desmallado en el mercado y el regreso nocturno por el bosque tampoco le había sentado bien. De hecho, se había sentado junto al fuego como si de permanecer un minuto más en pie hubiese muerto. Y Elsa estaba asustada, asustada porque lo veía más delgado, más ojeroso, menos elocuente y más cansado. Terriblemente agotado.

Por esta razón, a veces miraba de reojo a Desdentao, como si se hubiese vuelto loca.

Si Hipo moría, no solo moriría él, sino todo el vínculo y la protección que los vikingos ofrecían a Arendelle. Y no solo eso, moriría un símbolo. La comunión entre humanos y dragones. Eso y el único heredero de Estoico el Inmenso. Aquello desencadenaría el caos en su tierra, sería el fin del orden en el archipiélago. Y el padre de Elsa siempre le había dicho que las peleas de vikingos... llegaban con su destrucción al resto del mundo.

Por eso miraba a Desdentao, pensando si su sangre sería mágica y si realmente pudiera salvar la vida a Hipo con ella.

¿Sería capaz de matarle por Hipo? ¿Sería fácil dar muerte a un dragón con sus poderes? Debía serlo... ya había visto cómo el hielo podía cortar la carne humana con suma facilidad. ¿Sería más dura la de los dragones? También había visto cómo lo dientes de los dragones masticaban los huesos humanos...

Hipo jamás la perdonaría si acometía algo así, incluso si eso le salvaba la vida. Aunque mejor eso a que muriese. ¿No? Aunque le retirase la palabra de por vida o le declarase la guerra, al menos viviría. Y en ese momento, aquello era suficiente para ello.

Quizás tampoco tenía que ponerse drástica y matar a Desdentao, solo hacerlo sangrar considerablemente... ¿Funcionaría eso? ¿La atacaría el dragón por ello?

Estos pensamientos la perturbaban y la carcomían por dentro como un cáncer, sobre todo porque luego el dragón se acercaba cariñoso a ella y le lamía la cara preocupado, ahí dónde todavía tenía una terrible marca roja y amoratada del latigazo que le habían dado en la posada.

—¡Desdentao, no seas pesado!—le regañaba amistoso Hipo para luego explicarle a Elsa—: Lo hace para curarte la herida de la cara, si te da asco, apártale, que a veces es muy pesado.

Para curarte la herida de la cara.

Para curarla. Desdentao quería curarla.

Entonces ella se dejaba lamer por el dragón en la cara, a punto de vomitar de nerviosismo. Elsa no era capaz de apartarlo, porque sentía unos remordimientos terribles por sus pensamientos. Porque Desdentao no era solo un dragón, una mascota, un método de transporte o un frasco viviente con la posible fórmula de la inmortalidad o la vida eterna.

Desdentao era el mejor amigo de Hipo, era su hermano, su familia.

El más noble y leal de los seres en la tierra.

Y ella quería matarlo.

Matarlo si aquello era una posibilidad de que Hipo viviera un día más junto a ella.

Y por ello Elsa se reía cuando la lamía en la cara cariñoso, pero no de alegría o cosquillas, sino de ansiedad por ser tan ruin de tener esos pensamientos, de ser tan egoísta.

Tal vez había perdido un poco el juicio desde que Drago arrasó su reino por primera vez o desde que había sido traicionada por los suyos. Por los nobles y príncipes con los que se había relacionado desde niña. O tal vez ya todo se le nublaba por culpa del hambre, el terror, la miseria y los últimos acontecimientos. Por Hipo.

Sí, él le había hecho perder el juicio y abandonar todo raciocinio. Desde que ese hombre entró en su vida lo había puesto todo patas arriba. Había abandonado la rectitud de la que siempre hicieron gala sus padres y se había entregado con salvajismo a los vikingos. Se había entregado a Hipo incluso sin que él tocara su carne, se había dejado herir de muerte en el corazón.

A veces no se reconocía a sí misma y menos en aquellos días extraños peregrinando por el bosque, lavándose en los arroyos del camino y viendo en su reflejo la imagen de una campesina asustada cuyo pensamiento principal era temer por la vida de su marido no elegido.

¡Ella! Que era una reina, que había tenido un reino próspero y la mejor de las educaciones, que había sido la mujer más poderosa de su tiempo, que jamás necesitó de hombre alguno... Ahora se sentía sucia y feroz, como un animal asustado que defendería lo suyo con garras y dientes. E Hipo era lo suyo. Lo era incluso antes de que le confesara que estaba enamorado de ella.

¿Por Dios en qué estaba pensando para decirle algo así? ¿Se había vuelto loco? ¿Y Astrid? ¡Tenían una misión más importante que aquellos líos de faldas, maldita sea! No había tiempo para sentimientos... incluso cuando ella no paraba de pensar en que no había sido capaz de responderle, de decirle que también estaba enamorada de él, que lo amaba con lo más profundo de su corazón, que mataría por él, que había perdido la cabeza por él y que estaba dispuesta a todo con tal de que el vikingo siguiera a su lado, sonriente, divertido, vivo.

Vivo.

Elsa lo amaba tanto que le daba igual si incluso al terminar aquella pesadilla Hipo la abandonaba, anulaban su matrimonio o incluso la repudiaba. Todo lo que siempre le había importado tanto ya no tenía valor para ella.

Los modales, el control, las apariencias, la honra... Todo pertenecía a un pasado tan lejano que le parecía otra vida. Ahora solo tenía unas prioridades muy básicas: dormir, comer, llegar a Arendelle, encontrar a su hermana y que Hipo despertara a la mañana siguiente.

Que despertara a su lado para confesarle que lo quería con toda su alma...

Sí, definitivamente se había vuelto loca.

Pese al estado de pesimismo, angustia, psicosis y desesperación continua de Elsa, Hipo parecía mucho más sereno que ella.

Desde que habían hablado de Astrid y le había confesado a Elsa lo que sentía, parecía mucho más relajado en su presencia y mucho más cercano. No obstante, también había entrado en una especie de estado mental donde todas las fuerzas que tenía las empleaba en escribir en su cuaderno como un loco. Cada vez que paraban en cualquier lugar, aunque fuese para beber agua o para descansar, sacaba el cuaderno y se ponía a escribir sin parar.

Las últimas dos noches en el bosque se había ido a dormir más tarde que Elsa y cuando ella despertaba él ya estaba despierto, escribiendo y escribiendo sin parar, como quien saca fuerzas para dejar un último legado en el mundo.

Habían vuelto a dormir separados, siguiendo la táctica no verbalizada de la supervivencia y los pensamientos propios. No obstante, a mitad de noche, cuando el chico ardía en fiebre y deliraba, Elsa se tumbaba junto a él y se abrazaban hasta agotar el aire entre sus cuerpos. Y entonces la reina rezaba. Rezaba a Dios pidiéndole misericordia para Hipo y luego rezaba por su alma, que se sentía una pecadora por aquella felicidad impura de ser abrazada por el chico moribundo y querer derretirse en sus brazos como se derretía involuntariamente el hueco entre sus piernas. Era una agonía. Un calor primitivo y desesperado que sentía cada vez que las manos febriles del chico se aferraban a su cintura y respiraba entrecortado contra su cuello y ella recordaba sus palabras: estoy enamorado de ti.

Enamorado de ti.

Ahora lloraba a veces por ello. Ojalá Hipo le hubiese mentido. Ojalá jamás se lo hubiese dicho.

—Mira, al fin las nubes dejan ver las estrellas—conversaron una noche bajo el cielo estrellado del bosque.

Llevaban días que no salía el sol y mucho menos la luna.

—Aquella es la corona boreal, al fin puede verse. ¿Ves? Bajo la Osa mayor—le indicó Elsa—. Me gustan mucho las constelaciones de la primavera.

—No sabía que la llamabais así, que bonito suena. Nosotros llamamos a esas estrellas 'El Hacha torcida'—opinó Hipo—. ¿Me enseñas los nombres de las constelaciones en tu lengua?

—¡Claro! —le sonrió Elsa, agradecida de recuperar al Hipo de siempre.

De recuperar aquello que siempre había habido entre ellos dos.

—¡Oh! ¡Qué bonito! ¿Es un pájaro? —preguntó un atardecer Elsa al chico, quien se había puesto a jugar a tallar con su navaja sobre un trozo de madera.

—Estaba intentando hacer una ardilla... —se rio—. La madera aquí es muy húmeda, se talla como mantequilla. ¿Quieres probar?

—No sé si voy a saber...

—Elsa, eres la mujer más capaz y talentosa que conozco—la piropeó—. Haces castillos de hielo con magia, esto es mucho más fácil. Te enseño. Además, tampoco hay mucho que hacer hasta que amaine la tormenta.

Así es, al tercer día de haber dejado la villa más cercana empezó a llover y desde entonces no había parado.

Esa fue la gota que colmó el vaso, porque la humedad y el frío se les metió en el cuerpo y entonces Hipo, un mediodía en aquella caminata por el bosque lloviendo a mares, se desmayó.

Cayó desplomado al suelo y solo gracias a Desdentao no se dio un golpe en la cabeza. Elsa entró en pánico. Lo reanimaron entre Desdentao y ella y aunque el vikingo quiso hacer como si nada, la reina lo obligó a desandar unos kilómetros y regresar a una de las poblaciones más cercanas por las que habían pasado, una pequeña aldea cercana a un gran rio que vieron de lejos horas atrás. No estaba segura de que hubiese más poblaciones cerca y según un mapa mal indicado estaban todavía demasiado lejos de Orn.

—Elsa, deshacer el camino solo nos retrasará.

—Cállate—ordenó ella, empapada y autoritaria—. Me da igual si nos retrasamos, Arendelle resistirá, pero tú no si pasamos otra noche a la intemperie.

—Elsa, dejé de ser una prioridad hace días, tu tierra posiblemente está siendo atacada...

—Ya lo he decidido—negó enfadada—. Además somos dos contra uno.

Desdentao le dio con la cola en la cabeza al vikingo, señal de que estaba de parte de Elsa. Y él acabó acatando a desgana, más que nada porque no tenía fuerzas para discutir.

—Desdentao, necesito que te ocultes...—le pidió Elsa al dragón cuando llegaron a las inmediaciones de la aldea—. Volveré a por ti al amanecer, te lo juro.

Desdentao lloriqueó un poco, pero él también prefería eso o que su amigo muriera.

Cuando los vieron aparecer por la aldea empapados y medio moribundos, los vecinos se lanzaron a la calle para acogerles. Era una aldea muy pobre y muy precaria, pero por ello mismo sabían de lo importante que era cuidar los unos de los otros. Las casas eran muy humildes, pero finalmente una familia les ofreció sin pensarlo que podían quedarse el tiempo que necesitasen en una habitación muy modesta que tenían encima de su herrería. El calor del fuego les ayudaría a espantar la fuerte humedad que llevaban días sufriendo. La propia Elsa había cogido un catarro a causa del frío.

Al ver el estado de Hipo, hicieron llamar a un curandero que vivía a unas millas en mitad del bosque. De hecho, el propio hijo pequeño del herrero fue a buscarlo corriendo en mitad de la noche para que los atendiesen. El curandero tardó casi una hora en llegar y al ver el estado de Hipo, el buen hombre se santiguó y le dio varios mejunjes y hierbas para bajarle la fiebre y sedarlo un poco.

—Su marido está muy gravemente enfermo—le confesó el curandero en privado a Elsa—. No debería moverse en ese estado, es un milagro que esté vivo. ¿Cuántos días dices que lleváis andando bajo la lluvia?

Elsa sabía que tenía razón y que debían quedarse, pero... ¿cuánto? ¿Y si seguía ella hasta Arandelle? Tampoco podía abandonarle ahí. Hipo no se lo perdonaría. Como tampoco le perdonaría no hacer nada si Arendelle y sus amigos estaban en peligro. Eso y que todavía existía la posibilidad de que los estuviesen buscando o siguiendo. Hacía dos días creían haber visto a unos soldados del sur patrullar con sus caballos a los lejos. Motivo por el cual se había adentrado más profundamente en aquellos bosques norteños. Se tapó mejor el pelo blanco bajo el pañuelo que llevaba.

—¿No puede hacer nada para que se recupere, doctor? —le suplicó Elsa—. Le daré todo lo que tengo—le ofreció la pequeña bolsa de monedas que llevaban, incluso si lo que quedaba en ella era apenas una miseria.

—Me temo que no es una cuestión de dinero...—negó el hombre, rechazando las monedas—. Necesita descansar y alimentarse bien, al menos unos días. Puedo venir a verle mañana también. Su marido... parece intoxicado, como si hubiese ingerido un veneno muy potente.

Un veneno.

—Por suerte, su cuerpo parece estar luchando, es joven y fuerte, pero al final quien decide es Dios.

—¿Y no hay nada que podamos hacer? —insistió Elsa.

—Tiene principio de neumonía, posiblemente causado por la propia debilidad y estas lluvias. Puedo intentar... practicarle un sangrando si mejora un poco, le ayudará a respirar mejor.

Elsa acató silenciosa y permaneció toda la noche al lado de Hipo rezando a Dios y cambiándole las hierbas que el curandero le había dejado sobre la frente y el pecho. La mujer del herrero, Trudis, la ayudó desinteresadamente, relevando a Elsa a ratos para que ella pudiera dar alguna cabezada en la noche.

Cuando Hipo despertó se negó en rotundo a la idea de perder más días en ese pueblo.

—Elsa—intentó razonar—. Puede que estén atacando Arendelle en este mismo instante, los jinetes, Astrid... Si cae Arendelle, lo siguiente en caer será el archipiélago, mi gente, los dragones... No puedo permitir que perdamos más días aquí, tenemos que regresar cuanto antes y avisar a mi padre, puede llevarme Desdentao, él ya está mejor y...

Hipo no estaba para volar.

—Hipo—lo cortó Elsa autoritaria—. Vas a descansar un día más aunque tenga que atarte a esta cama. No podemos ayudar a nadie en este estado. No seas egoísta, porque si nos vamos ahora, lo único que vas a conseguir es que tenga que enterrarte en mitad del bosque antes de que amanezca.

Hipo era el vikingo más cabezón del planeta, pero Elsa también era muy testaruda a su manera. Acabó cediendo al verla tan alterada.

—¿Me lees un rato al menos? No soporto no poder hacer nada—fue lo único que consiguió pedir.

Y Elsa accedió. Se metió en la cama con él, le puso su mano helada sobre la frente y le leyó 'La princesa y el dragón' por vigésimo tercera vez.

El curandero llegó de nuevo a la mañana siguiente y volvió a prepararle varios remedios a Hipo. También le practicó un sangrado, sentándolo en la cama y clavándole un diminuto e incandescente tuvo metálico entre las costillas. Hipo tenía tanta fiebre que apenas notó dolor, pero sí que se sorprendió al ver la cantidad de sangre que empezó a brotar, señal de que tenía los pulmones encharcados en sangre. Se mareó un poco, pero al caer la tarde, la fiebre empezó a remitir. Un método poco ortodoxo, pero muy efectivo.

Acabó discutiendo con Elsa porque quería marcharse de una vez, pero la reina se negó con furia y aquella noche discutieron hasta que se quedaron dormidos, Hipo en la cama y Elsa en el suelo, como señal de protesta. Era casi una rutina ya entre ellos, al menos durante los días que estuvieron en casa de aquella buena gente.

Mientras Hipo dormía durante el día, la reina intentó mimetizarse con aquellas gentes y pagar de alguna forma la deuda que estaban contrayendo con ellos. También le urgía empezar a pensar un plan.

Solo al atardecer, con la excusa de asesarse, se escabullía a darle de comer a Desdentao, quien estaba inquieto por la lejanía con Hipo.

El animal le daba algo de pena, pues Elsa no tardó en comprender lo solo que debía sentirse tantas horas y tantos días solo en aquel bosque bajo la lluvia, tan fiel que no era capaz de desobedecer ni moverse. Se sintió bastante reflejada en su tristeza y por primera vez después de aquellos días terribles, se le pasaron los pensamientos de matarlo.

¿Cómo se le podía haber pasado algo así por la cabeza?

Desdentao era una criatura increíble, comprendía con una inteligencia muy aguda y en su interior se removía algo que a Elsa le recordaba a sí misma. La extraña magia que sintió la primera vez que lo tocó. La lealtad de las almas puras.

—Volveré pronto, Desdentao—le decía cariñosa cuando el dragón le lloriqueaba para que no lo dejara solo—. Hipo se pondrá bien, nos marcharemos pronto. Cuando amaine la tormenta, te lo prometo.

El resto de horas, Elsa seguía en su papel de campesina y se dedicaba a ayudar a Trudis en sus tareas del hogar como forma de compensar todo lo que estaban haciendo ella y su marido por ellos. Se pasaba las horas limpiando y cocinando, amasando pan, cortando verduras y rellenando tripas con carne de cerdo, algo que le asqueaba de sobremanera. La reina jamás había cocinado. Había pisado la cocina de su palacio en contadas ocasiones y aquella tarea le resultaba bastante ortopédica y asquerosa. No obstante, no se le daba demasiado mal, su carácter perfeccionista y tener una maestra como Trudis ayudó bastante.

—Hoy la cena la he preparado yo—le confesó con pudor Elsa una noche a Hipo, mientras le daba con una cuchara la sopa en aquella habitación que habían improvisado para ellos dos.

—¿En serio?—le preguntó el chico claramente sorprendido—. Está bastante buena.

—¿Por qué lo dices con sorpresa?

Él solo se rio.

—Cada vez que Astrid me ha hecho de comer he acabado vomitando.

—¡No será para tanto!—le regañaba Elsa.

—Quien avisa no es traidor, mejor no comas nada de lo que te dé. Jamás.

Otro de sus cometidos fue cuidar de los hijos de Trudis. El matrimonio tenía nada más y nada menos que siete hijos, el último de ellos un bebé de ocho meses. Uno que a veces la mujer le ponía en los brazos a Elsa mientras ella ayudaba a su marido a mover el fuelle para que no se apagara el horno de hierro fundido.

Elsa se sentía muy rara con aquella criatura sonriente y llorona en sus brazos, porque lo único que pensaba aterrada es si la congelaba sin querer. Sin embargo, pese a su temor con las criaturas, todos los niños de la casa la adoraban. La seguían a todas partes, ayudándola y riéndose de su torpeza, haciendo recados con ella, sacando a los animales de paseo las pocas horas que la lluvia daba tregua, acompañando al curandero a su casa, recogiendo hierbas por el bosque o ayudando a Elsa con Hipo.

—¿Vosotros os queréis mucho? —les llegó a preguntar la hija de doce años de Trudis una vez que ayudó a Elsa a subir a la habitación una cubeta con agua caliente para que Hipo se lavara.

Hipo y Elsa se miraron sin saber ni dónde meterse, sonrojados, mientras la niña le ayudaba a Elsa a colocar la cubeta encima de una estructura de hierro.

Hipo se había negado en rotundo a que lo bañaran, pero sudaba tanto a causa de la fiebre y los brebajes que tomaba que había terminado por acceder a asearse al menos el torso con paños. Era tan pudoroso que prefería que sólo Elsa le ayudara. Y a Elsa le seguía dando vergüenza la desnudez de Hipo —incluso cuando ya se habían visto casi todo el uno al otro—, así que la mayoría de las veces Hipo se lavaba a sí mismo, pese al dolor que le causaba la fiebre.

En aquella ocasión la niña mayor de Trudis les estaba ayudando porque Hipo se había pasado la noche vomitando y se encontraba muy débil.

—Pues claro que nos queremos mucho—consiguió responder el vikingo por los dos, complaciendo a la niña.

—¿Y entonces por qué no tenéis hijos? Mi mamá dice que los niños son las flores del jardín del amor.

Ambos se miraron, sonrojados y divertidos por aquel comentario cursilámide.

—Porque Dios no ha querido todavía—añadió Elsa.

—Mis padres se quieren un montón.

—Eso es evidente—bromeó Hipo, broma que solo entendió Elsa—. Qué suerte tienes, Elina. Cuida mucho de tus padres, ¿vale?

Aquellos niños realmente se encariñaron con Hipo y Elsa y les pedían cada día que no se marcharan jamás. Muchas noches se colaban en su habitación simplemente para que la pareja les contara cuentos. Hipo era bastante imaginativo y aunque los cuentos vikingos eran bastante terroríficos, los niños parecían adorarlos.

—¡Por supuesto! Aunque mis padres me regañan mucho y me gustan más vuestros cuentos y las canciones de Hellen. Mi madre canta fatal.

Hipo alzó una ceja, no dejando escapar lo que había oído.

—¿Las canciones de Hellen? —la nombro por su nombre falso, pillo e incrédulo—. A mi nunca me has cantado Hellen, no sabía que cantabas.

—Y no canto... O sea, yo... —intentó defenderse la reina, roja como un tomate.

—¡Pues lo hace genial! ¿Nunca le has cantado a tu marido? ¡Yo de mayor quiero cantar así de bien!

—¡Elina! ¡Venga a cenar!—la regañó Trudis—. Déjalos tranquilos, que está enfermo y tiene que descansar.

Trudis era dura como el estilo de vida que llevaba, pero desde la primera noche fue muy agradable con Elsa y eso que no paraba de hacerle preguntas sobre su vida personal.

—¿Eres costurera? Coses muy bien—llegó a decirle la mujer al observar lo bien que Elsa había remendado la camiseta de uno de sus hijos.

—Sí, algo así...—mintió la reina.

—¡Ya decía yo! —rio animada—. No tenías pinta de trabajar en el campo con esas manos.

Y Elsa se reía nerviosa, apretándose más el pañuelo en la cabeza, para que apenas se viese su pelo y su rostro sucio no delatara el tufillo de quien pertenece a la realeza.

El trabajo era muy duro y Elsa a veces observaba a aquellas gentes y sentía una profunda compasión al ver la pobreza en la que vivían. ¿Así vivía la gente fuera de palacio? Ojalá poder usar su magia para ayudarles. Al menos se sintió útil ayudando como podía.

—¿Cómo te has hecho lo de la cara? —le preguntó la mujer un día a Elsa, mientras lavaban en el rio—. ¿Tu marido es de los que se le va la mano?

Elsa se llevó la mano a la mejilla. Ya no lo tenía hinchado ni rojo, pero es cierto que el latigazo que le habían dado en la cara había pasado varias fases. Llegó a ponerse muy morado y muy negro, con sangre seca. Ahora transitaba el amarillo y el verde, esperando recuperar el color pálido de su piel normal.

—Oh no—se apresuró en negar—. Me di un golpe sin querer con una rama antes de llegar aquí, Harald jamás me ha puesto la mano encima.

Harald. Sí, ese era el nombre tapadera y cristiano de Hipo.

—Ya decía yo, Hellen—. Hellen, significaba luna, que no le iba tan mal—... no tenía pinta, parece un buen hombre. Ya verás que se recupera, parece fuerte y estos días yo lo veo mejor—le dijo Trudis frotando con ganas un vestido de su hija menor—. Dios aprieta pero no ahoga, rezaré yo también por él. Podéis quedaros lo que necesitéis. Dos platos más de comida no nos suponen tanto.

—Muchas gracias—decía de corazón Elsa, conmovida por aquella caridad cristiana y esa bondad que tanto había ansiado. Porque dos platos de más si suponen mucho cuando no se tiene—. No olvidaré jamás vuestra ayuda.

—Tenemos que ayudarnos entre el pueblo—decía alegre—, si fuera por los poderosos, nos extinguiríamos.

—¿Eso crees?

—¡Eso sé!—y se reía divertida y alegre, con la boca grande—. Al señor de estas tierras llevamos sin verle por lo menos veinte años, solo pasa una vez al año un tipo que dice ser el gobernador para recoger impuestos. Un día de estos nos conquistará la bruja del oeste y ni se enterará.

—¿La bruja del oeste? —preguntó Elsa.

—Sí, al noroeste dicen que hay un reino gobernado por una bruja mágica—le explicó la mujer—. Dicen que tiene poderes y que congela a los hombres que la desobedecen. Tiene tantos que los colecciona en el jardín de su castillo para que todos contemplen el precio de revelarse. También dice que congela a los amantes que no la dejan satisfecha—se rio, pícara.

Elsa comprendió angustiada que hablaba de ella. De los rumores que corrían fuera de su reino.

—Eso no puede ser cierto...—intentó suavizar aquello, defenderse de alguna forma.

—Pues claro que no—la cortó la mujer—. Es imposible que exista una mujer con tanto poder, nadie lo permitiría. De ser cierto, ya estaría muerta.

Ya estaría muerta. No estaba equivocada... ya le estaban dando caza.

—A lo mejor no es tan mala... solo tiene miedo de los hombres que la quieren muerta—siguió Elsa aquel discurso que era más para ella que para la mujer del herrero.

—Yo creo que es solo una leyenda, la magia ya no existe—resolvió la mujer como si tal cosa—. Se avecinan tiempos de guerra para estas tierras, espero convencer a mi marido para irnos antes de que eso pase. ¡Rápido! ¡Que vuelve a llover!

Tiempos de guerra.

Si hasta aquella pueblerina lo sospechaba, Elsa como reina ya no podía echar la vista a un lado.

Aquella noche llovió muchísimo, tanto como para que las calles se volvieran un barrizal y al día siguiente nadie pudiera salir de casa. Elsa e Hipo se pasaron el día siguiente entero metidos en la cama. Hipo estaba mejor, bastante mejor, así que se permitió el lujo de dibujar con Elsa un gran mapa con toda la información que habían podido recabar. Y entonces empezaron a maquinar distintos planes ante las posibles realidades a las que se podían enfrentar.

Definitivamente seguirían su camino hacia el norte, hasta llegar la mar. Entonces y si todo salía bien, regresarían a Arendelle por aire, buscando la forma de no perderse en la niebla y llegar hasta los confines del bosque, ahí dónde habían quedado con Anna en caso de invasión, en la guarida de los Trolls. Era la única opción si Arendelle había sido ya arrasada por el Duque.

Al caer la noche volvieron a discutir por una tontería y Elsa volvió al suelo. A veces no aguantaba lo cabezón que era el vikingo e Hipo tampoco comprendía demasiado bien a Elsa. Llevaban casi una semana en aquella aldea y la situación era bastante desesperante para los dos, cada uno lidiando con sus propios problemas.

La reina despertó en mitad de la noche con un terrible dolor de cadera. No podía dormir y decidió sentarse a leer en la ventana. Después de la tormenta, las nubes habían dejado algunos retazos de luz de luna que le permitieron leer las páginas de 'La princesa y el dragón' que ya se sabía de memoria.

En aquella miseria, a veces olvidaba que Hipo y ella habían arriesgado su vida por ese trozo de papel. Por aquella pista ensangrentada, esas dos páginas que faltaban y que tenían la clave para entender algo mucho mayor que ellos. Y los símbolos... Elsa todavía no había conseguido descifrar los símbolos a los lados de las páginas. Parecían haber sido pintados a posteriori y con mucha prisa. El caso es que sí que le sonaban muchísimo, como si ya los hubiese visto en un lugar antes. ¿Pero dónde?

Leyó una vez más el cuento a la luz de la luna, mientras Hipo respiraba acompasado en la cama. Al menos la fiebre ya no le hacía delirar. Se veía muy guapo cuando dormía, como el príncipe de un cuento encantado. Posiblemente de haber sido tan fantasiosa de niña como su hermana Anna, Elsa habría soñado con un príncipe como Hipo. Aunque tal vez lo que le gustaba de él es que el chico era todo lo contrario a un príncipe azul.

Leyó y releyó las páginas encontradas y cuando estuvo a punto de quedarse dormida, una oscura verdad la golpeó.

Al noroeste dicen que hay un reino gobernado por una bruja. Resonó en su cabeza las palabras de la mujer del herrero. Al norte de Arendelle dicen que se acaba el mundo, que solo hay un bosque maldito, había dicho el mesero que encontraron una semana atrás. Es solo una leyenda, la magia ya no existe, le había recordado Trudis.

La magia... ya no existe. Ya no existe. O sea que... existió.

Luego recordó la leyenda de Gran Pabbie y el bosque y volvió a releer con atención, porque aquello no era un cuento de algo ocurrido como habían pensado todo este tiempo, sino una profecía de algo a acontecer.

Lyx, la gran dragona, proveedora de la vida y la muerte.

¿Sería Lyx un furia nocturna o un dragón todavía más antiguo? Ørndall. Arendelle. El valle de dragones. Sin duda habitaban allí antes de la guerra donde se quemó el bosque y se fueron los espíritus y la magia.

Oh, gran dragona Lyx, quisiera pedirle un ruego a vuestra capacidad infinita de dar vida.

Los hombres siempre habéis sido más amigos de la muerte que de la vida—dijo la dragona—. Huelo en ti miedo e ira, brujo, heredero de los ladrones de magia.

Brujo. Los ladrones de magia. Los hombres. Los hombres que habían habitado sus tierras antes que ella. Sus antepasados. Su bisabuelo.

El rey se marchó de allí con el corazón de la primogénita de Lyx. Aquella noche, se lo dio de comer a su mujer...

La vida proveniente de comerse el corazón de un dragón. ¿El corazón de un furia nocturna? Hipo dijo que al dragón que encontró en el bosque antes de conocerse le habían arrancado el corazón. Tal vez no era sangre la clave de la inmortalidad...

Se dice que de aquella fatídica noche, lo único que quedó intacto fue la bella princesa, nacida del corazón de las entrañas de Lyx y del cuerpo sin vida de una madre.

Por miedo a tentar a la suerte, nunca nadie la llamó jamás princesa.

...el mundo lleva demasiados siglos con una deuda pendiente que debe equilibrarse. Así pues, espera paciente, anhelando el momento en que la estrella blanca, la última hija de Lyx, dé muerte a la bruja, heredera de la perversión de los hombres.

Solo así el bosque volverá a abrirse para ofrecer paz y redención, aunque sea una paz que se firme con sangre.

Elsa era la bruja del cuento.

De repente lo vio claro como el agua, como si hubiese estado ciega.

No había duda.

Y la paz sería devuelta cuando le dieran muerte.

Cuando se acabara su magia, cuando los dragones se vengaran.

Había claramente una profecía que no entendían en las páginas arrancadas, algo que indicaba un lugar en específico. Tal vez el sitio donde tenía que hacerse el sacrificio, donde firmar aquella paz, dónde tal vez se encontraba la fórmula de inmortalidad que buscaba Drago, su primo y todos los demás. Una puerta. Una llave. Tal vez la puerta para abrir el bosque de nuevo, para devolver la magia al mundo o para destruirla de una vez por todas.


Una vez llegó el alba con su claridad de visión, el gran sabio aceptó su destino por haber confiado en sus semejantes y haber errado. Esperó a que el sol tocase la tierra con su calor; que calentase el gélido viento de muerte que había traído la noche; que se calmara la lluvia y apagara el fuego del odio. Solo entonces y con la serenidad de los hombres despiertos, pidió a la gran dragona Lyx que aceptara su carne como ofrenda de paz.


El corazón le latía a mil.

Se sentía idiota por no haberlo entendido antes. Todo el tiempo había estado buscando una especie de metáfora o fábula para entender dónde estaba escondido el secreto de la inmortalidad que todos buscaban en su reino. Y claramente lo decían esas páginas arrancadas. El lugar donde el sol tocase la tierra con su calor, calentase el gélido viento, calmara la lluvia, apagara el fuego... pero había algo más para hallar la inmortalidad: un sacrificio.

Eso es lo que habían ido a buscar a Arendelle. No solo la tierra próspera junto al bosque mágico. Lo que querían de Arendelle era a ella. La carne que debía entregarse como ofrenda. La paz que se firmaría con sangre.

Ella debía morir para cumplir esa profecía, era el único sentido de su magia. La razón de su existencia, de su sufrimiento.

Era la heredera de los brujos, de los hombres que quemaron el bosque, de la perversión, del mal. Y el bosque se había vengado con ironía cruel, había dejado una chisma de magia a sus herederos, a Elsa, para así acabar con la destrucción, para burlarse de los hombres por su arrogancia.

—¿Elsa? —la sorprendió entonces la voz de Hipo, medio adormecido—. ¿Qué haces ahí?

Elsa se limpió el rostro inmediatamente, consciente de que estaba llorando.

—No podía dormir—confesó angustiada, todavía conmocionada.

—¿Estás bien? —preguntó preocupado el chico, algo desconcertado, enderezándose en la cama.

Elsa se limitó a negar con la cabeza ante la pregunta de Hipo, conteniéndose. Tenía el manuscrito entre las manos, apretado. Al igual que sus labios. Su cabeza estaba acelerada, llena de palabras susurradas y retazos de una oscura verdad que se le empezaba a materializar en el corazón.

—Creo… —luchó por decir con entereza, sin valor para mirar a Hipo—. Creo que yo soy la bruja del cuento, Hipo.

Hipo tardó un rato en comprender, pero cuando Elsa se rompió simplemente se levantó de la cama y la abrazó silencioso junto al alfeizar de la ventana en el que estaba sentada.

—Soy la bruja...—repetía Elsa acongojada, abrazándose a él con fuerza—. Soy la bruja Hipo, la bruja del cuento, soy una bruja, siempre lo he sido.

—Shhhh... —la intentó acallar Hipo, acariciándole el pelo con ternura—. No eres una bruja, Elsa. Nunca lo has sido, ni lo serás. Ni siquiera cuando te pones mandona te acercas ni un poquito.

Y ella se reía y lloraba.

—Elsa, no eres una bruja, mírame—le besó la cabeza Hipo, obligándola a que lo mirase a los ojos mientras le sostenía la cara—. No eres una bruja, eres mágica, que es muy distinto. E incluso si eres una bruja, no creo que eso tenga nada de malo. ¿Entendido?

Ella dudó de sus palabras, pero terminó asintiendo.

—¿Qué ha pasado? ¿Por qué estás así?

Se sentaron juntos en el poyete de la ventana y entonces Elsa le contó todo. Todas sus sospechas, todo cuánto sentía que le había sido revelado en esas páginas. Todo salvo lo de la sangre de dragón, aunque Hipo empezó a imaginar que algo había relacionado con todo aquello y su propio miedo a verbalizarlo hizo que se lo guardara para sí.

—¿Crees entonces que te están buscando para un sacrificio?—intentó aclararse Hipo, angustiado, con el cuento en la mano—. ¿Crees que estos símbolos que no entendemos indican el lugar exacto?

—Eso creo, tendría sentido, ¿no?—habló más serena, recuperando la compostura un poco—. Por eso los arrancaron. Si alguien los ha traducido... es peligroso. Alguien los arrancó en mi reino y claramente mi primo conocía la profecía también. Los símbolos... no sé que son, pero me son muy familiares... juraría que los he visto en alguna parte.

—¿Tal vez en Arendelle? ¿Algún libro que tuvieras de pequeña?

—No sé...

Hipo estaba tan angustiado de aquella revelación como ella. Aquello complicaba mucho las cosas.

—Todo el tiempo he sabido que había algo malo en mí...mi magia es peligrosa, es oscura—soltó entonces Elsa, incapaz de mirar a Hipo—. Soy un monstruo, el producto de la maldad... Los Trolls dijeron que mi mágica era otra cosa, pero se equivocaban. Tal vez mi destino sí que es morir a manos del bosque para arreglar las cosas.

—Elsa, no digas tonterías—la cortó Hipo, claramente enfadado—. Tú no eres un monstruo. Tú eres posiblemente lo único que pueda parar una carnicería y para eso debes estar viva.

—Pero la profecía...

—Tal vez no es una profecía—intentó pensar Hipo, nervioso—. Quizás solo es... un mal augurio. Una advertencia.

—Hipo, dice que la paz se firma con sangre. La paz—insistió Elsa—. Claramente mi muerte traerá algo bueno para el bosque y para los humanos. ¡Incluso los dragones!

Hipo se puso en pie y comenzó a caminar acelerado por la habitación.

—Eso no puede ser—siguió negando—. Me niego a creer que el deseo de unos seres mágicos de hace un siglo sea que corra la sangre de una mujer inocente.

—Las herencias no siempre son justas, pagan justos por pecadores.

—Me da igual lo que sea justo. No me lo creo y tú tampoco deberías—elevó la voz Hipo.

Elsa lo calló con un gesto.

—¡Shhh! Baja la voz, por Dios —le gritó en susurros—. Que abajo están durmiendo.

—Perdón, perdón—se disculpó Hipo, sentándose en la cama con una terrible sensación de derrota y malestar—. Elsa, escúchame—le pidió, tomándola de las manos y mirándola con profundidad a los ojos—. No sé qué paz o qué venganza busca una historia que no deja de ser un cuento, pero si tú mueres, nada, absolutamente nada, podrá parar a Drago, ni a tu primo ni al cazador ese—luego aquella seguridad pareció deteriorarse y su voz se tornó más cansada—. Yo... no voy a permitir que creas que tienes que hacer un sacrificio solo por algo que está escrito en un cuento.

—Mi sobrina lo tenía incluso escondido—intentó hacerle entender Elsa—. Hipo, casi morimos por este cuento.

—Me da igual, no vale más que tu vida—insistió él.

Hipo apretó los labios y desvió la mirada. Se le veía mayor bajo las luces de la única vela que había encendida. Mayor y cansado. Terriblemente cansado y preocupado.

—Mira Elsa, yo...—empezó a hablar, tomando aire—. La otra noche en aquella posada... te dije que no sabía si iba a llegar a Arendelle—se sinceró, nublándosele levemente los ojos—, pero ésta vez... lo pienso en serio.

Aquello descoló a Elsa a quien le volvieron las ganas de llorar. No obstante, no lo hizo. Nos e atrevió ni a respirar mientras Hipo hablaba.

—Quiero que me lo prometas—insistió el chico, clavando sus profundos ojos verdes en ella—. Que vas a luchar, que no vas a dejar que te maten, que vas a enfrentarte contra los designios de los Dioses si hace falta pero que vas a vivir. Por favor, Elsa. Estoy convencido de que hay otro modo de resolver esta historia.

Elsa trató de respirar, pero el aire no le entraba en el cuerpo.

—Prométemelo—le suplicó Hipo—. Júrame que vas a encontrar otra forma de vencer a lo que sea a lo que nos enfrentemos. Esto no deja de ser un cuento. ¿Entendido? Prométemelo.

Elsa se mordió el labio y terminó por acceder.

—Te lo prometo.

El rostro rígido de Hipo pareció relajarse un poco al oírla. Él también recuperó un poco del aire perdido. Se levantó de la cama con mucha dificultad para rebuscar entre sus cosas y le dio entonces su cuaderno a Elsa.

—Toma, ahora es tuyo—sentenció.

La reina lo sostuvo confusa entre sus manos.

—¿Qué? —preguntó sin comprender.

El vikingo jamás se separaba de ese cuaderno.

—Yo...—intentó explicarse Hipo—. Lo... lo he preparado todo.

Aquello fue como una estaca al corazón.

—¿Qué?

—He escrito todo lo que sé sobre los dragones, especies, hábitat, nombres, mapas, características...—empezó a aclarar con el brillo de la fiebre en la frente—. Espero no haberme dejado nada. Quiero que se lo des a Patapez, él sabrá que hacer. Llevamos años intentando recopilar un libro juntos. Sé que sabrá cómo usar la información, es importante que todo esto se sepa. Es... el trabajo de toda mi vida.

Elsa estaba de piedra e Hipo siguió hablando estoico.

—También le he escrito una carta a Astrid, por favor no la leas—pidió—, me da un poco de vergüenza todo lo que le he escrito. También hay otra para mi padre, no he sido justo con él. Desdentao... quiero que lo lleves a Berk, Astrid y los jinetes sabrán qué hacer.

—Hipo...—intentó cortarle Elsa, pero el chico la calló con un gesto amable.

—En las últimas páginas te he dejado todo preparado para ti también—señaló, tomando el libro entre las manos de Elsa para enseñárselo—. He redactado una carta formal donde te reconozco como mi legítima esposa. La he firmado con el escudo y el emblema de mi familia, todos en el archipiélago lo reconocerá si la muestras. Con esto te reconozco también como vikinga, una de los nuestros y como tal—explicó—, los vikingos te apoyarán incluso si yo muero. Mi... mi padre no tiene más herederos y nosotros no hemos tenido hijos. Seguramente se case con otra mujer si quiere conservar el linaje, creo que no lo ha hecho antes por preservar la memoria de mi madre, pero si no, la jefatura seguramente se la disputen mis primos. Son algo idiotas, pero te respetarán—siguió, carraspeando—. Quiero pensar que mi apellido sigue significando algo en el archipiélago bárbaro.

A Elsa le temblaban las manos, aunque no más que a Hipo, que seguía hablando acelerado como quien teme que no le quede mucho tiempo.

—Igualmente eres libre de casarte con quien quieras a mi muerte—consiguió masticar las palabras, poniéndole nombre por fin a aquel discurso, a aquel testamento, sin que le temblara la voz—. En la carta explico que no por ello romperemos nuestra lealtad con Arendelle, solo debes renunciar a mi apellido, lo cual creo que es lógico.

—Hipo, por favor...

Elsa necesitaba que parara de hablar.

—Espera, una última cosa—insistió él—. Cuando vinimos aquí, me dijiste que no querías tener que enterrarme en un bosque. Okey, pues no lo hagas. Sé que los cristianos enterráis a vuestros muertos, pero yo necesito que me quemes—le habló bastante serio—. Nosotros... creemos que nuestras almas deben librarse del cuerpo para cruzar al otro lado. Si me entierras me quedaré atrapado aquí para siempre. Quizás te parece una tontería, pero para mí no lo es. Tienes que quemar mi cuerpo. ¿Entendido? Desdentao puede ayudarte...

—Hipo, por Dios deja de hablar... —dejó a un lado Elsa aquel cuaderno y se abrazó a él.

Incluso si se le oía lúcido, estaba ardiendo en fiebre.

Hipo le correspondió el abrazó con fuerza. Con esa fuerza que calentaba las entrañas de Elsa y que la ayudaba a sobrevivir en aquella incertidumbre.

—Vas a llegar hasta Arendelle—materializó Elsa en una sentencia firme—, aunque sea lo último que haga. Y vas a entregar tú éste cuaderno, vas a decirle todo lo que tengas que decirle a Astrid y a tu padre y morirás como mueren los héroes, cuando toque, no en esta cama—casi le exigió—. Vas a salir de esta, te pondrás bien, estás mejorando. ¿No?

Mejorar. Sí, Hipo se encontraba algo mejor, pero también sentía que era una mejoría antes del fin.

—No puedo hacer esto sin ti... no me dejes sola, por favor—insistió Elsa.

Hipo la abrazó con más fuerza y entonces Elsa supo que el vikingo estaba llorando.

Pese a intentar sonar entero después de días ensayando esas palabras en su cabeza, él era el primero que no quería morirse. La sola idea le aterraba, tenía demasiadas cosas pendientes, pero estaba exhausto y al límite de todas sus fuerzas. Y le dolía tanto el cuerpo... Además, no había que ser médico como para saber que orinar sangre y estar más de diez días con fiebre no era una señal de mejoría. Llevaba una semana que apenas podía levantarse de esa cama.

—Elsa... estoy muy cansado—intentó explicarse—. De verdad que no puedo.

—Prométeme que lo vas a intentar—insistió ella, sin romper el abrazo, aferrándose con las uñas a la ropa de Hipo—. No puedes dejarme, no me abandones, por favor. No puedes rendirte tan pronto, nuestra historia no ha terminado todavía. Además, me habrás dejado muchos papeles, pero si de verdad piensas abandonarme, al menos podrías hacerme realmente tu esposa. ¿Qué clase de hombre eres?

Aquello hizo que Hipo soltara una risa entre el las lágrimas amargas.

—No sé yo si estoy en mis mejores facultades para eso, su majestad...—bromeó Hipo.

—Pues no puedes dejarme viuda siendo doncella, es un sinsentido. ¿Qué voy a ser? ¿La viuda de blanco?—le siguió la broma ella, aterrada, aferrada al olor de Hipo, a su calor, a su cuerpo que seguía latiendo y que estaba tan caliente que contradictoriamente estaba más muerto que vivo.

—Te pegaría muchísimo—la besó en la mejilla Hipo, ahí donde las lágrimas le caían perdidas.

—Venga, túmbate, que tenemos que bajarte la fiebre, que estás ardiendo—se limpio rauda—. Voy a por la medicina.

Hipo volvió a la cama después de tomar más hierbas y Elsa lo acunó en sus brazos aterrada como nunca. Sabía que Hipo tenía que descansar, pero tenía tanto miedo de que no despertara que lo mantuvo charlando unos minutos mientras la fiebre le bajaba un poco. Bueno, fue más bien ella la que se pasó el rato hablando.

—Y Anna y yo hacíamos un muñeco de nieve cuando éramos pequeñas que llamábamos Olaf, era nuestro favorito—empezó a contarle relatos de su infancia que hasta ella misma había olvidado—. Mi madre nos cantaba canciones siempre los días de tormenta, a Anna le daban mucho miedo.

También le habló de sus padres como jamás ni ella misma se había permitido hablar.

—Cuando murieron mis padres sentí mucha rabia, estaba muy unida a ellos, eran los únicos rostros que veía en mi encierro—le explicó—. A veces intento recordar sus caras y no puedo.

—Ojalá pudiera yo recordar la cara de mi madre—compartió con ella Hipo—. Mi padre jamás me habla de ella y eso que todos dicen que nos parecemos mucho. Lo cual entiendo porque el parecido con mi padre es nulo.

Elsa se rio suave.

—Quitando la barba, sois iguales.

—Igualitos, sí—dijo irónico el vikingo, algo apagado por la medicación.

—¿Cómo se llamaba tu madre? ¿Me lo habías dicho ya?

—Valka.

—Qué bonito nombre—le acariciaba la cara ella, con ternura—. ¿Qué significa?

—'La que es fuerte'.—sonrió Hipo—. Qué irónico, todo el mundo decían que era frágil y torpe, como yo. Aunque no lo creo. Dibujaba muy bien, he visto algunas cosas suyas. Sus padres tenían mucha riqueza, la vendieron a nuestra isla por dos barcos y la casaron con mi padre a la fuerza. Siempre he pensado que él se enamoró completamente de ella, pero realmente no sé si ella lo quiso—pensó en voz alta Hipo, acurrucado en el pecho de Elsa—. Tuvo muchos abortos hasta que nací yo. Soy el único hijo de mis padres. Nací antes de tiempo y casi mato a mi madre en el parto, pero ella nos sacó a los dos adelante. Dio su vida para salvarme. Hay que tener mucha fortaleza para ello. Ojalá pudiera darle las gracias.

—Estoy segura que ella lo sabe y está orgullosa de ti, Hipo—le dijo convencida Elsa.

—Tus padres también lo están de ti.

Elsa suspiró, medio adormecida.

—He destruido todo lo que me dejaron... —negó—. No quedará nadie que sostenga las cenizas de los cimientos.

Hipo jugó con su pelo blanco, respirando entrecortado.

—Es la misión de todo hijo. Destruir los que nos dejan para construir algo nuevo, algo tuyo—opinó—. Vas a recuperar tu reino Elsa y tus hijos heredarán algo próspero, una tierra donde no haya guerra ni miseria. Honraras a tu familia.

—Eso espero—suspiró acariciando con sus dedos helados la frente de Hipo—. Aunque no creo que tenga descendencia.

—¿Y eso por qué? ¿No quieres ser madre? —se abrazó más a ella, cerrando los ojos.

—No lo sé, me daría miedo que mis hijos hereden mis poderes—divagó—. Es mejor así. ¿Tú quieres ser padre?

Se arrepintió al momento de hacer la pregunta. Hipo estaba más muerto que vivo y la idea de ser padre pertenecía a un futuro que quizás jamás vería. Sin embargo el chico sonrió, algo triste.

—Por supuesto, siempre he querido tener una familia grande, mínimo cinco o seis, si Thor quiere—murmuró, más dormido que despierto.

Elsa rodó los ojos. Cómo se notaba en aquel comentario que los hombres ni cargaban con el embarazo ni tenían que parirlos. Al menos agradeció el aliento de aquellas palabras. Se sintió como si todavía no se hubiese rendido, como si pudiera imaginar un futuro diluido.

Fue entonces cuando oyó un sonido extraño. Una especie de grito lejano. Una llamada. Aquello la puso en alerta.

—¿Has oído eso? —le preguntó a Hipo muy seria.

El chico respiraba a acompasado, más dormido que despierto.

—No—negó.

—Era un grito, hay algo gritando. ¿No lo oyes?

Elsa volvió a oírlo a lo lejos, pero Hipo se mostraba indiferente. Luego hubo un silencio sepulcral.

—Deberías descansar, Elsa—le susurró.

—Qué raro... lo habré imaginado—se resignó algo intranquila.

Hipo no tardó en quedarse dormido en los brazos de Elsa, pero a la reina le costó mucho más conciliar el sueño. ¿De verdad lo había imaginado? Tal vez...

Se mantuvo alerta un largo rato más, pero lo único que se oía era la lluvia caer con fuerza sobre los tejados de las casas de aquella villa tranquila. Quizás había sido un animal nocturno, o el viento o la propia tormenta. Acabó quedándose dormida, rezando a Dios por Hipo, como tantas otras noches.

A la mañana siguiente, Hipo despertó, pero estaba pálido como un fantasma y con las manos azules. Llamaron la curandero y por suerte llegó a tiempo para detectar que el vikingo necesitaba moverse porque la sangre se le estaba estancando, efecto secundario de la fuerte medicación.

Elsa no entendía demasiado de medicina y menos de aquella que practicaba aquel hombre, a veces más ritual que pragmática. No obstante, todo lo que había hecho hasta ahora había salvado a Hipo, así que ella siguió confiando, incluso si el hombre obligó a Hipo a bañarse en río con el agua helada.

—¿Pero cómo va ayudarle el agua fría, Olsen?—discutió Elsa con el médico.

—El agua fría activa la sangre y él necesita moverse—explicó como si ella fuera boba, machando unas raíces muy raras que luego obligó a Hipo a masticar.

Los hijos de Trudis y una burra ayudaron a trasladar a Hipo hasta el río, que no estaba demasiado lejos de la aldea. Era un rio enorme, con mucho caudal por las lluvias.

Elsa ayudó a Hipo a meterse en el agua. Estaba tan fría que el vikingo maldijo en su lengua todas las palabrotas que se sabía. Los niños de Trudis se rieron, intentando imitar aquellas palabras que se pensaba que estaba inventando. Ellos también se bañaron divertidos, menos pudorosos que Hipo. Elsa no sentía el frío del agua, pero cuando los vio a salir a todos con la piel roja, pudo imaginárselo.

—Hellen, mira cuántos peces hay aquí—llamo Sam, uno de los pequeños.

Los niños intentaron atrapar varios sin éxito.

—Necesitamos una trampa—propuso Hipo, quien pese a tener los labios azules del frío sí que pareció mucho más despierto después del baño—. Buscad ramas pequeñas y flexibles y os enseño.

Los niños adoraban a Hipo. Y Elsa no dejaba de asombrarse de lo ingenioso que era el vikingo para construir cosas. Con apenas cuatro ramas creó una especie de cesta en la que no tardó en quedarse atrapado algún pez que arrastraba la corriente.

Ambos se dieron cuenta también que no estaban solos en el bosque. Desdentao estaba cerca. Elsa se asustó al ver su silueta entre los árboles al otro lado del río, pero Hipo pareció bastante divertido.

—¡Sigo vivo!—gritó en su lengua al dragón, divertido—. ¡Me temo que tendrás que esperar un poco más a comerte lo que falta!

Los niños lo miraron como si estuviese loco, pero tampoco le hicieron caso. Estaban demasiado emocionados cazando peces y ya estaban acostumbrados a que a veces ese hombre delirara de fiebre. Elsa lo miró asustada, e Hipo le explicó que era una broma entre ellos.

—Desdentao se comió mi pie—le dijo mientras Elsa le ayudaba a secarse con una toalla y encendía un pequeño fuego—. Me agarró con la boca para atraparme y evitar que me calcinara. Cuando me encontraron el pie se me había desprendido, pero no había rastro de él. Estoy seguro que se lo comió. Tampoco lo culpo, total, si ya no era mío... Es una broma nuestra, no te preocupes, él lo entiende. Necesita saber que estoy bien. ¿Le estas llevando comida? Estoy bastante preocupado por él.

—Cada vez que puedo...

Elsa no sabía si el dragón lo entendía o no, pero supo que estuvo cerca de ellos hasta que se marcharon. Tan protector como siempre. Fue ahí cuando volvió a oír los gritos.

—¿Lo has oído? —preguntó a Hipo nerviosa.

De nuevo esos gritos extraños dentro de su cabeza.

Él la miró sin comprender. Elsa también se veía cansada, más pálida que nunca. Y muy ojerosa. Llevaba toda una semana sin dormir, cuidándole a todas horas y trabajando. Le daba algo de pena.

—No es nada, tranquila. Tienes que descansar.

Ella le lanzó una mirada intranquila, pero aceptó que tenía razón. Mientras los niños jugaban a pescar e Hipo se calentaba junto al fuego masticando aquella cosa asquerosa que le había dado el médico, Elsa decidió lavarse el pelo.

Llevaba casi una semana que lo llevaba recogido y tapado por un paño. Por no hablar de todos los trabajos de esfuerzo que había estado haciendo. Se sentía bastante sucia y pensó que lavarse la ayudaría a pensar.

Todos los niños se asombraron cuando la vieron con el pelo completamente blanco suelto hasta la cintura.

—¡Pareces una princesa!—exclamó la más pequeña de todos.

Ella se rio.

—¿Tú crees?

Sin embargo, a la reina no le preocupó demasiado. Lo niños eran exagerados por naturaleza y menos temerosos que los adultos, así que no le importaba que fueran diciendo por ahí que tenía el pelo muy blanco o que parecía una princesa.

Hipo la estuvo observando un buen rato, embelesado por aquella imagen de la chica. Como Elsa no temía al frío, se había metido con el vestido hasta la cintura en aquel río helado y su pelo mojado se mecía por la corriente como finos hilos de plata. Se frotaba con fuerza, haciendo que sus delgados brazos y su pecho se moviese con una gracia que el vikingo no pudo evitar encontrar muy atractiva. Y es que a la precariedad, Elsa era bellísima. Era una Diosa en la tierra, incluso si se encontraba en el peor momento de su vida. Su piel pálida, sus cabellos blancos, su belleza despampanante de reina, su nariz chata y picuda, su sonrisa sencilla, sus ojos azul oscuro como el océano... Si hubiese un retrato de Mani, la diosa de la luna, debía ser la viva imagen de Elsa.

Se le aceleró el corazón cuando la chica lo pilló mirándola, así que bajó la mirada y fingió que estaba pintando algo en la arena.

—Qué vergüenza...—masculló para sí.

Aquella noche cenaron pescado en abundancia, algo que todos agradecieron. Entre todos los niños habían llevado pescado como para poder incluso repetir.

—Había más, pero Hellen y Harald perdieron sus peces—explicó Tom, el mediano, a sus padres.

—Se nos debe haber caído sin darnos cuenta—sonrió dulce Elsa.

No se les había caído. Se lo habían dejado a propósito para Desdentao.

Pese a que el día fue agotador para Hipo, realmente los remedios del curandero funcionaron. El agua fría, la medicación, la caminata, la cena abundante y el calor de la cama hicieron que el color regresara a sus mejillas.

—¡Hellen! ¿Nos cantas una canción? —suplicaron los niños cuando terminaron de cenar.

—Estoy muy cansada—negó con vergüenza, viendo que se había convertido en el centro de atención.

Una cosa era cantarles a ellos cuando los llevaba a la cama y otra muy distinta hacerlo delante de Trudis, su marido e Hipo.

—¡A la cama que es muy tarde, ya os canta otro día!—gruñó su madre, obligándoles a descartar la idea.

—Tú también deberías descansar—le susurró Elsa a Hipo, tomándole a la mano—. Te ayudo a ir a la cama.

Había sido un gesto automático de confianza, pero luego apartó la mano ruborizada. No sabía por qué, pero llevaba todo el día con la sensación de que Hipo no había parado de mirarla y un nerviosismo extraño le había ocupado el vientre durante toda la tarde.

Ayudó a Hipo a acostarse, a pesar de él mismo.

—¿Tú no vas a dormir?—se sorprendió el vikingo al ver que ella no se metía en la cama.

—Voy a ayudar a Hellen a recoger, ahora vuelvo—le sonrió, acariciándole la cara en otro gesto espontáneo del que se arrepintió.

Hipo suspiró cuando se vio solo en aquella cama. ¡Aggggg! La historia de su vida: vivir en la contradicción constante. Querer ser el más bravo de los matadragones y conseguirlo salvándole la vida a uno. Ser el peor vikingo de la historia y que su tribu lo nombrara jefe. Amar a una mujer hasta lo más hondo de su ser y a la vez estar volviéndose loco por otra.

Encima, después de días muriéndose, se sorprendió con que su miembro había decidido volver a la vida con la simple e inocente caricia de Elsa. Empezó a numerar dragones para tranquilizarse antes de que la chica volviera o estaba seguro de que insistiría en volver a dormir en el suelo.

La oyó llegar mucho rato más tarde y se acomodó mejor para mirarla en la oscuridad. Llevaba el ceño fruncido y estaba tan ensimismada en sus cosas que ni le prestó atención. Se desvistió hasta quedar en camisón, como todas aquellas noches y entonces se quitó el pañuelo y el trenzado y dejó caer su pelo blanco. Ese pelo que Hipo se moría por acariciar como otras noches, con la salvedad de que aquella noche no se encontraba tan mal ni tan moribundo...

De hecho, se encontraba demasiado vivo. Se hizo el dormido cuando Elsa se metió en la cama y no tardó en sentir su calor tibio y su maravilloso olor a flores y tierra junto a él.

Uff.

Qué bien olía. Qué suave era su piel. Qué bien se estaba entre sus brazos. ¡Agg! Encima le vinieron a la memoria la conversación de la noche pasada, cuando la reina le había dicho que tenía que vivir porque no quería ser viuda. Sin embargo, había obviado lo que le había dicho después, tal vez porque se encontraba fatal. Ahora en cambio no podía obviarlo. Le había dicho que no quería morirse doncella. ¿Acaso le había lanzado una indirecta que él no había pillado? ¿Le había pedido Elsa que la desflorara? ¡Oh Dioses! ¡Pero en qué estaba pensado! ¿Qué narices llevaba lo que se había tomado? Maldito viejo.

Además, no podía acostarse con la reina porque... Bueno, en realidad si se moría daba un poco igual. ¿No?

—Odín, dame fuerzas—masculló girándose para darle la espalda a Elsa.

—¿Has dicho algo?

—Nada, buenas noches, Elsa.

Furia nocturna, gronckle, dientepúa, látigo de acero, Nadder, Pesadilla monstruosa, Vorpento venenoso, Colmillo trenzado...

Sin embargo, el descansó no duró demasiado pues unos gritos reales los acabaron despertando horas más tarde, entrada ya la madrugada.

—¡Un monstruo!¡Un monstruo!

—¡Ayuda! ¡Matadlo!

—¡Cuidado, por Dios!

Hipo y Elsa se levantaron de golpe ante aquel griterío. Al principio Elsa pensó que de nuevo eran gritos en su cabeza y que se estaba volviendo loca, pero al ver la reacción de Hipo supo que él también lo había oído.

—Viene de fuera—razonó él apenas consiguiendo enfocar el mundo después de ese mal despertar.

Elsa a su lado también estaba acelerada y sobresaltada.

—¿Un monstruo? —parpadeó ella confusa, levantándose para abrir la ventana.

Hipo no tardó ni medio segundo en ponerse la prótesis, temiéndose lo peor.

—Oh Dioses... ¡Vamos, ayúdame a bajar las escaleras!—le pidió a Elsa.

Ambos corrieron a la calle para comprobar aterrados lo que estaba pasando.

El cielo estaba estrepitosamente negro y llovía a mares. Estaba tan oscuro que no parecía ni de día y eso que el sol debía haber salido ya, oculto tras las nubes. Todo el suelo seguía siendo un barrizal, pero no había impedido que la mayoría de vecinos salieran a defender su hogar de aquel monstruo.

Aquel monstruo negro y gigantesco que se hallaba en la plaza de la diminuta villa gruñendo.

—¡Desdentao!—le gritó Hipo en cuanto le vio, aterrado.

El dragón corrió hacia él, haciendo caso omiso a las lanzas y herramientas con la que le apuntaban los campesinos. Hipo también corrió hacia su dragón, tropezándose prácticamente con él y evitando una caída al sujetarse a su hocico.

—¡¿Pero qué haces aquí?! ¡Vete! ¡Corre!—le empujó del morro.

Sin embargo, el dragón no pensaba moverse. Estaba muy muy agitado y no paraba de gruñir, intentando que Hipo le entendiera.

—Desdentao, tienes que irte antes de que te maten—siguió empujándole Hipo—. Dragón estúpido, ¡corre!

Elsa también echó a correr hacia ellos.

—¡Hipo!—gritó asustada—¡Qué le pasa!

El dragón rugió con fuerza y en cuanto Elsa le puso una mano en el lomo entendió que estaba aterrado.

—Desde... —le susurró, clavando sus ojos en él.

Nunca había visto al dragón tan asustado. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué les había desobedecido? ¿Por qué se había puesto en peligro de esa manera? Justo ayer comió en abundancia y los visitó, así que no debía ser ese motivo. Sin duda intentaba decirles algo... ¿pero qué? pensó Elsa mirando sus profundos ojos verdes.

Y entonces lo entendió.

—Tú también lo oyes... —pensó en voz alta Elsa, apoyando su frente en el cuerpo cálido del dragón.

Sin duda no estaba loca, el dragón también había oído esos gritos extraños y escalofriantes. Pasaba algo, algo grave e inminente.

—¡Apartad del monstruo! —les gritó un vecino, portando una antorcha empapada en aceite que el agua no había conseguido apagar.

—¡Él no tiene intención de hacernos daños! —gritó Hipo a modo de mediador, alzando una mano al aire, colocándose entre el dragón y el corro de vecinos que habían salido de sus casas en plena tormenta para matar al monstruo—. ¡No es un monstruo! ¡Es inofensivo!

—¡Es un demonio!—gritó una mujer aterrorizada, agarrando con fuerza a sus hijos—. ¡Matadlo, por Dios! ¡Viene a comerse a nuestros hijos!

Elsa e Hipo se miraron, reconociendo que aquello no pintaba bien.

Nada bien.

—Ésta criatura no es un demonio—intentó explicar Elsa también, sintiendo a través de la piel de Desdentao el cosquilleo mágico—. No temáis, no os hará ningún daño.

—¡No la creáis! —gritó entonces alguien entre la multitud—. ¡Está aliada con el demonio! ¡Es una bruja!

—¡Dios santo! Hemos acogido a una bruja—empezó a llorar otra mujer.

Una bruja.

Bruja.

De nuevo alguien la llamaba así, como si no hubiera duda de que esa era su auténtica naturaleza. La palabra en sí misma le quemaba la piel como una vara de metal fundido, como arde la carne de las brujas en las hogueras.

Estaba en shock pero en el fondo se vio a sí misma y no pudo culparles. Había salido de la casa corriendo en camisón y con el pelo suelto al descubierto. Sin duda ya no parecía Hellen la afable y torpe campesina, sino una bruja que los había engañado y que ahora mostraba su auténtica naturaleza lasciva, medio desnuda, con el pelo antinaturalmente blanco y abrazada a un animal del infierno.

—Elsa, tenemos que irnos—la tomó del brazo Hipo, muy serio y preocupado.

—Pero tú... está gente...—dudó, escuchando cada vez más cerca aquellos gritos en su cabeza—. Están en peligro.

—Nosotros estamos en peligro. Nos matarán si no nos vamos—acertó Hipo, quizás tan asustado como ella—. Me ha pasado esto más veces, no se puede dialogar con quien no quieres escuchar. ¡Tenemos que irnos!

Elsa contemplaba la escena aterrada. Las mismas gentes amables que los habían acogido con cariño, escupían ahora con odio palabras con las que les deseaban la muerte. Y lo peor es que de repente aquellos gritos extraños que llevaba días oyendo en su cabeza le golpeaban con más fuerza contra las sienes. Se llevó las manos a los oídos, intentando acallarlos pero fue inútil, algo le estaba gritando iracundo dentro de la cabeza.

—Elsa, sube a Desdentao—le pidió Hipo prácticamente tirando de ella.

Sin embargo, solo reaccionó cuando alguien lanzó una primera piedra, que le dio de lleno en el brazo a Elsa, abriéndole una brecha. Gritó de dolor y entonces Desdentao dejó de parecer asustado y pasó a sacar los dientes, a la defensiva.

—¡AHHHH!

—¡Bruja!

—¡Monstruo!

—¡Dios nos salve del demonio!

Y entre todos los gritos de los vecinos, los aullidos insoportables dentro de la cabeza de Elsa comenzaron a arderle detrás de los ojos. Apretó la mandíbula con fuerza, incapaz tan siquiera de abrir los ojos del dolor.

—¡Elsa! ¿¡Qué te pasa?! Vamos, tenemos que irnos—la agarró Hipo preocupado, tirando de ella para que montara sobre Desdentao.

—¿Pero y tus medicinas? ¿Y nuestras cosas? Desdentao ha venido para advertirnos, Hipo...

—¿Advertirnos? ¿Qué estas diciendo?—le imploró el chico, confuso y alerta, pues los vecinos había empezado a acercarse con horcas y lanzas y Desdentao ya no parecía tan amigable.

—¡Los gritos!—acabó gritando ella también—. Sea lo que sea se acerca. Él también lo oye. ¡Se está acercando!

Hipo la miró totalmente acongojado, sobre todo cuando Elsa empezó a sangrar por la nariz mientras se apretaba los oídos. Miró a Desdentao y reconoció en él que se removía incómodo.

Se miró las manos, temblando y entonces se percató de que algo no iba bien. Bajo sus pies la lluvia había formado charcos de barro y riachuelos, pero éstos no eran empujados por ninguna corriente lógica. Se agitaban bajo sus pies sin orden.

—¡Parad por favor!—pidió Elsa entonces en una súplica a los vecinos—. ¡No vamos a haceros daño! ¡Volved a vuestras casas! ¡Se acerca algo terrible, tenéis que buscar un lugar seguro!

—¡Elsa! —seguía suplicándole Hipo, lanzándole con pesar una mirada donde se temía lo peor.

—¿Elsa? —repitió ese nombre incrédula Trudis, quien se hizo paso entre la multitud junto a su familia. La reina pudo reconocer su propia cara de espanto al verla.

Alguien lanzó de nuevo una piedra, esta vez dándole a Hipo en la cara.

—¡Demonios!

—¡Escoria!

Después salió despedida otra piedra y luego otra más, seguida de una lluvia incesante de piedras, gritos e insultos. Sin embargo, ninguna llegó a impactar contra ellos porque Elsa alzó una mano y las congeló todas en el aire. Cayeron plomizas sobre el barro haciendo retroceder a todos los aldeanos, ahora histéricos.

Ella misma abrió los ojos, aliviada al fin del silencio que se hizo de repente, fuera y dentro de su cabeza.

—¿Estás bien, Hipo?—le preguntó al vikingo quien tenía una herida en barbilla, donde la piedra le había golpeado.

Él asintió, compartiendo una mirada de seriedad con Elsa. Estaba transpirando al lado suyo, empapado sin dejar de sostener su brazo con cierto temblor.

—Elsa... ahora sí tenemos que irnos—señaló con obviedad a las piedras congeladas y a aquellos aldeanos tan petrificados de terror como ellas.

Su magia.

La había liberado.

Y todos la habían visto.

Y lo peor es que la reina no había sentido ningún remordimiento. Su magia... cuánto la había echado de menos.

Todo el mundo enmudeció, todos salvo la mujer rubia que los había acogido durante días.

—Eres la bruja del este... —clamó entonces la mujer del herrero para sí, agarrando a uno de sus hijos para que no se acercara.

La mirada de temor de la hija de Trudis hizo que a Elsa se le rompiera el corazón.

Sin embargo, no era la primera vez que alguien la miraba así y eso le recordó una decisión que tomó hace años: que también podía ser lo que otros veían en ella, una criatura fría y dura como el hielo.

—Hipo, algo se acerca muy rápido—lo miró sin dudas, obviando todo lo demás, serena por primera vez, enfocada en el problema real—. Desdentao también lo oye.

Hipo no oía nada y no entendía qué pasaba, pero su carácter agudo comprendió rápidamente que había algo que estaba por encima de su humanidad y que tanto la reina como el dragón temían.

—No lo oigo, pero es el agua—dijo entonces, señalando al suelo.

El agua.

El vikingo volvió a mirarse los pies y Elsa lo imitó. Cada vez había más agua en el suelo, corriendo furiosa en todas direcciones. Un rugido de Desdentao los hizo reaccionar, señalando a lo lejos la masacre que se avecinaba, pues una fuente descomunal de agua se acercaba partiendo los árboles a su paso.

—Atrás—pidió Elsa a Hipo—. ¡Qué todo el mundo se quede donde está!

Nadie se había movido desde que habían presenciado aquella obra de brujería, pero tampoco tuvieron tiempo ni de replicar al ver los árboles partirse al fondo.

Elsa salió corriendo y antes de que el agua arrasara contra la villa alzó una enorme y descomunal barrera de hielo.

El impacto fue atroz, haciendo que las casas temblaran y la gente cayera al barro empujados por el movimiento sísmico. El torrente de agua pasó de largo, bordeando la barrera mágica entorno a aquella humilde villa de no más de veinte vecinos. Nadie se atrevió ni a respirar durante los minutos eternos en los que el agua arremetió con violencia contra las paredes de hielo, impactando con árboles arrancados y rocas bajo el cielo de tormenta.

La gente no era capaz ni de respirar, no solo por el espectáculo escalofriantemente mágico sino por la fuerza con la que el agua impactaba con el augurio de destruir sus casas y sus vidas. Como un castigo divinos que Dios les había enviado por darle cobijo a una bruja. O como una bendición porque ella los acaba de salvar de ser destruidos por su fuerza.

—¿Qué ha sido eso? —corrió Hipo a su lado ante una expectante Elsa que miraba a través de la pantalla de hielo los horrores y la belleza de las catástrofes naturales—. ¿Se ha desbordado el rio?

Aquel razonamiento era lógico y bastante común, sin embargo Elsa cruzó su mirada azul oscuro con él, negando.

—Hay 'algo' mágico ahí fuera—le confesó sin ninguna duda, limpiándose con la manga la sangre de la nariz.

Se giraron al notar que Desdentao volvía a gruñir, esta vez en dirección a los campesinos. Muchos de ellos gritaban, una mujer se había desmallado y los niños lloraban. Muchos de ellos se habían orinado encima de la impresión. No obstante, pese al sobrecogimiento que los dejó paralizados, Trudis y su marido se acercaron a ellos corriendo, completamente cubiertos de lágrimas y barro.

—¡Hellen!—pidió la mujer, desesperada.

Se detuvo aterrada cuando Desdentao sacó los dientes, pero Hipo calmó al dragón en señal de que no iban a hacerles daño. O eso esperaba.

—¡Mis hijos!—empezó a decir, cayendo de rodillas—. ¡Mis niños!—se le atoraban las palabras.

—¡Sam y Tom están ahí fuera!—lloró el herrero, poniéndose de rodillas como su mujer para suplicar.

Sam y Tom eran los hijos medianos de aquella pareja. Elsa e Hipo los conocían bien. Todos estos días los habían ayudado en las tareas, siempre sonrientes. Sonrientes incluso con la sonrisa mellada, pues justo la noche que llegaron, a Sam se le cayó un diente. Hipo llegó incluso a hacerle un truco de magia, transformando su diente caído en una moneda. Eran muy risueños y siempre estaban gastando trastadas.

—Dios mío—se dobló sobre sí misma la mujer—. Por Dios, ayúdadles. Si de verdad sois bruja, señora, ayudadles con vuestra magia, te lo suplico por Dios. Te daré todo lo que tengo, te daré mi vida si me la pides, por Dios, ayúdales, mis hijos...

Elsa se arrodilló también para hacer que se levantara, que recuperara la dignidad fuerte por la que la conocía.

—Trudis, tranquila, ponte en pie—le pidió, intentando que se levantara del suelo y parara de llorar—. ¿Dónde están tus hijos?

Sin embargo la mujer no podía parar de llorar. Llevaba en la espalda al bebé, que también berreaba asustado. Su hija la mayor se había quedado en la retaguardia, asustada de Elsa e Hipo.

—Fueron a buscar a Olson el curandero—explicó el herrero, agitado pero más entero que su mujer—. Tenía que traeros unas hierbas esta mañana...

Hipo no esperó a que terminaran de explicarse cuando se subió a Desdentao de un salto y le lanzó una mano a Elsa.

—Los encontraremos—prometió solemne—. Quedaos aquí, no os pasará nada.

—Volveremos con tus hijos y Olson—juró Elsa con la mirada, antes de tomar la mano de Hipo para subir y salir volando a lomos de aquel animal gigantesco—. No os acerquéis a la barrera y poneros a resguardo.

Cuando Elsa e Hipo tomaron aire, pudieron ver con más claridad lo que había pasado. Efectivamente el dique del río se había desbordado por la lluvia, pero el agua no se movía de forma lógica por el bosque. El agua recorría invasiva entre los árboles, subía por las montañas y las cascadas y creaba remolinos en las intersecciones de caminos. Sin duda era obra de un ente mágico.

—¿Qué está pasando...? —preguntó Hipo asombrado por la bella y espeluznante imagen del bosque y esa agua que se derramaba sin control.

Elsa se abrazó a él con fuerza, pues la lluvia y el viento los golpeaban con violencia ahí en el aire. Todavía no estaba muy acostumbrada a volar y la última vez que había volado con el vikingo, Hipo se había pasado la mitad del camino chorreando sangre y con una flecha clavada en el costado. Ahora no había flecha, pero su piel ardía en fiebre.

—Es... creo que es un espíritu—conjeturó—. Un espíritu como el que encontramos Astrid y yo en el bosque de los trolls.

Hipo abrazó el brazo de Elsa en su cintura con su mano y jadeó antes de hablar. El contacto con Elsa siempre era raro, a veces frío, a veces ardiente y otras reconfortante. La sintió bastante asustada. Normal después de la reacción de la gente a sus poderes.

Bruja.

La chica le devolvió el apretón con la mano.

—¿En qué dirección está la casa de Olson?—preguntó Hipo sin mucha esperanza de encontrarla en pie en medio de esa riada.

—Allí—señaló Elsa.

Ella había acompañado algunas tardes al curandero a su casa junto a los niños en una de las múltiples que tareas que había realizado en los últimos días.

—Ahí no hay nada—objetó Hipo.

—Por eso debemos darnos prisa.

La casa del curandero estaba a media hora caminando por un sendero. Sin embargo, no tardaron ni cinco minutos en llegar volando, el problema es que efectivamente habían llegado tarde. La casa ya no estaba en pie y los múltiples trozos de madera y piedra no eran precisamente la respuesta deseada. No obstante, ninguno de los dos quiso rendirse y empezaron a seguir la corriente. Llovía con mucha fuerza y estaba muy oscuro, lo que dificultaba la búsqueda, pero existía la posibilidad de que todavía estuvieran con vida.

—¡Olson!

—¡Sam, Tom!

Como si Dios hubiese oído sus plegarias, consiguieron vislumbrar al anciano y a uno de los niños subidos y agarrados a un árbol.

—¡Tom, Olson!—les gritaron.

La primera reacción de aquellos dos fue la del más puro terror al ver descender del cielo una criatura tan monstruosa como Desdentao. Sin embargo, luego los vieron a ellos a lomos de él y todo el espanto que pudieron tener de inicio de transformó en la esperanza de que no iban a morir ahí ahogados.

—¡Ya vamos, tranquilos!

—¡Hellen! ¡Harald!

Descendieron con dificultad, sobre el todo porque el agua estaba muy brava y el dragón no podía volar tan bajo. Tampoco es que el animal pudiese cargar con todos y el tiempo se les acababa.

—¿Estáis bien? —preguntó Elsa alzando sus manos para ayudar al niño a subir con ellos mientras Hipo la sujetaba a ella—. ¿Y Sam?

Tom solo lloraba.

—Gracias a Dios—bramó el anciano, empujando al niño para que no perdiera el equilibrio y pudieran sujetarle—. Salvadle la vida, os lo ruego. A su hermano se lo ha llevado el agua.

—A ti también venimos a salvarte—le ofreció la mano Hipo—. Espero que no tengas miedo de los dragones.

El hombre negó.

—Pensé que moriría sin ver uno—aquella respuesta desconcertó a la reina y al vikingo, pero ambos tenían el foco puesto en otro sitio.

—¿Dónde está Sam?—insistió Elsa mientras Tom se abrazaba a ella.

Era muy bajito para su edad y no llegaba a cumplir los ocho años. Su hermano tenía seis y nunca se separaban.

—Se lo ha llevado el agua—lloró el niño.

—Estábamos agarrados los tres, pero la rama en la que estaba sujeto se ha partido—explicó el hombre, sin soltarse del árbol que se movía con violencia. El agua le llegaba a la cintura.

—¿Hace mucho?—le urgió Elsa.

—No, quizás ha conseguido sujetarse a algo.

Una forma esperanzadora de decir que quizás todavía no estaba muerto. Elsa tomó una decisión de inmediato.

—No tenemos tiempo—compartió una mirada con Hipo—. Voy a ir a por él, llévales tú a los dos de regreso a la aldea, la barrera les protegerá.

—Elsa...—intentó replicarle, pero Hipo era lo suficientemente listo como para saber que Desdentao no podía cargar con los cuatros y que a ese niño le quedaban unos minutos como mucho si se lo había llevado el río. Eso contando con que no se hubiese ahogado ya—. ¿Estás segura?

—Tengo mi magia—resolvió.

—Vuelvo a por ti de inmediato.

Ella asintió, ayudando a que Tom pasase delante de Hipo para que el curandero pudiera hacerlo detrás. Aquel rescate fue muy precario y Desdentao hizo su mejor esfuerzo por resistir, ya que él también estaba resentido y llevaba mucho sin volar. Y más cargando ese peso mientras resistía la fuerza del viento y la lluvia.

—Ten cuidado—le suplicó Hipo cuando Elsa se cambió por Olson y se sujetó a aquel árbol.

—Vosotros también—le sonrió decidida—. Pase lo que pase, quiero que sepas que te quiero, Hipo.

Aquello se le clavó al vikingo más profundo que la flecha que una vez le había atravesado el cuerpo. Sin embargo, no tuvo tiempo de decir nada cuando Elsa se soltó del árbol y empezó a correr por la superficie del agua convirtiendo en hielo allí donde pisaba.

Y es que no tenía tiempo que perder, porque los gritos seguían en su cabeza y sabía que aquella cosas mágica seguía cerca. Y no estaba iracunda como el espíritu de la tierra, sino profundamente asustado y alterado. Corrió todo lo que pudo, siguiendo la corriente sin lógica y esquivando todos los obstáculos a su paso. Aquella riada había vuelto el agua un río marrón lleno de escombros, animales muertos y árboles arrancados de cuajo.

—¡Sam! —empezó a gritar, contra el viento y la lluvia—. ¡Sam!

Sin embargo, fue sorprendida por una corriente emergente que la hizo caer de lleno en el agua. Perdió el control al ser sorprendida por la ferocidad de la corriente y aunque intentó usar sus poderes no le fueron de gran ayuda, ya que no paraba de ser golpeada por objetos. No saber nadar tampoco ayudaba.

Por suerte, consiguió agarrarse a unas ramas de un árbol que seguía en pie y trepando por él consiguió llegar hasta la superficie y respirar agónica. Le escocían los ojos de la suciedad del agua pero consiguió al fin escuchar su voz.

—¡Ayuda!

Era el niño. Estaba vivo. Gracias a Dios.

Elsa usó sus poderes para crear una gran masa de hielo que la sacó de nuevo a flote.

—¡Sam!—gritó con fuerza, intentando ponerse en pie.

No tardó en divisarle, agarrado a un gran tronco que flotaba arrastrado por la corriente.

Sin pensarlo, alzó las manos y congeló toda la superficie que los separaba. El niño se asustó, pero no se atrevió a soltarse. Y entonces Elsa echó a correr para separar la distancia entre los dos. El corazón le latía con fuerza y el camisón se le pagaba a las piernas, pero aun así no se detuvo. No obstante, cuando estaba a punto de alcanzarle, el suelo de hielo se partió bajo sus pies, mostrando cómo una enorme criatura salía del agua.

Elsa resbaló y cayó del nuevo al agua sintiendo toda su furia contra ella. Luchó por salir a la superficie ayudada de su magia, pero apenas consiguió coger una bocanada de aire, se volvió a hundir. El vestido se le pegaba a las piernas y apenas podía moverse. Sin embargo, hacía falta más que eso para acabar con ella. Y tenía una prioridad.

Haciendo uso de toda su magia, congeló prácticamente toda el agua bajo ella, consiguiendo volver a la superficie como un iceberg. Fue entonces cuando divisó a aquella criatura que se movía en círculos a su alrededor, generando un fuerte remolino. Uno que los arrastraba a ella y al niño al borde de un precipicio que se había convertido en una temible cascada de más de cuarenta metros.

—¡Sam!—le gritó Elsa para llamar su atención—. ¡Agárrate muy muy fuerte!

Tampoco es que tuviera tiempo para que le contestara. Alzó ambas manos y volvió a congelar la superficie del agua en torno al niño, esta vez uniendo el hielo a una arboleda que congeló hasta generar una alta torre de hielo fácilmente visible desde el cielo.

Hipo no tardes, pensó.

Sin embargo, antes de poder terminar la tarea, recibió un fuerte golpe que la desestabilizó. Saltó a tiempo del bloque de hielo donde estaba hasta uno nuevo que generó en apenas unos segundos. Había cabreado al monstruo.

Elsa lo buscó asustada y brava a su alrededor, pero había desparecido. Buscó en el cielo a Hipo, quien se divisaba a lo lejos. Todavía tenía una oportunidad. El problema es que el monstruo se lanzó de lleno a destruir el hielo que había generado Elsa para proteger al niño.

Sin pensarlo demasiado, corrió hacia el espíritu, lanzándole hielo, tratando de despistarlo. Eso lo enfureció más y entonces decidió olvidar al niño y se lanzó a la cacería de Elsa. Elsa corrió con todas sus fuerzas en dirección opuesta, pero aquel ser se movía más rápido en el agua de lo que ella podía correr. Apenas se había dejado ver, pero en su sombra monstruosa Elsa podía ver un híbrido entre un caballo sin cuerpo y una gran carpa. Una que de una bocanada empezó a lanzarle agua para desestabilizarla. El monstruo empezó a coger tamaño y crecer sobre ella como una gran ola que amenazaba con aplastarla. Una ola bajo la cual cualquier cosa con vida sería capaz de morir aplastada. Justo antes de que se le viniera encima, fue disuelta por un plasma de fuego.

Desdentao e Hipo.

—¡Sam está en el hielo! —le gritó Elsa, haciéndole una señal—. ¡Despistaré al espíritu, id por él, rápido!

Hipo y el dragón leyeron la situación rápidamente y se lanzaron en picado para coger al niño.

Elsa sintió entonces de nuevo los gritos en su cabeza y al ver que el monstruo se dirigía hacia Hipo, empezó a llamarlo ella misma, imitando aquellos extraños gritos que oía en su cabeza.

Funcionó de inmediato. Y entonces echó a correr lo más rápido que pudo.

Por suerte vio aliviada como Hipo y Desdentao emprendían de nuevo el vuelo a lo lejos, señal de que habían conseguido sacar de ahí al niño. Ahora solo tenía una misión: acabar con aquello antes de que destruyera todo ese bosque.

Se detuvo en seco y al saber de que ya no había nadie en el agua que pudiera matar con sus poderes, hizo uso de toda su magia para congelar toda la masa de agua posible, incluida el monstruo.

Dejar escapar su magia fue casi un alivio, volver a encontrarse con sí misma, con su fuerza, con su alma. Y sí, tal vez era un monstruo o una bruja, ¡pero qué bien se sentía liberar su magia! ¡Liberarse de sí misma!

—Ahhhh—gritó sacando fuerzas de donde no las tenía, congelando a su alrededor varios kilómetros a la redonda, parando en seco y congelando las corrientes, remolinos, cascadas y mareas que se habían generado.

Solo se detuvo a tomar aire cuando le flaquearon las piernas. De repente se había hecho el silencio en su cabeza. Una paz y una calma que la pusieron en alerta. ¿Habría conseguido congelar al espíritu? Antes de poder cantar victoria, el monstruo partió el hielo bajo sus pies y salió con la fuerza de un géiser. Corrió pero no sirvió de nada, porque acabó engullida por él cuando intentó agarrarse sin éxito al hielo.

La corriente de agua la empujó hacia el fondo con muchísima fuerza y aunque luchó agónica, no pudo evitar ser arrastrada. El agua estaba tan turbia que no veía nada, sin embargo, cuando su espalda tocó tierra se dio cuenta de que lo que lo que la empujaba no era la corriente: era el espíritu. Un ser monstruoso que se removía brillante sobre ella, apretándola con sus patas en el abdomen para ahogarla. Elsa luchó por quitárselo de encima, pero era imposible. La apretaba con tanta fuerza como para destrozarse las tripas y la falta de aire le hizo perder fuerzas por momentos. Solo entonces, después de unos minutos de lucha, aceptó que se iba a ahogar.

Ante la falta de oxígeno, los gritos volvieron a sonar en su cabeza y entendió en el eco del agua que no se trataban de gritos, sino de un llanto. Uno muy amargo.

Y entonces lo entendió, como había ocurrido con el espíritu de la tierra.

Abrazó las patas del monstruo e hizo uso de todos sus poderes y sus últimas fuerzas para congelarlo. El espíritu se removió incómodo intentando soltarse, pero al cabo de un tiempo indescifrable dejó de resistirse y se echó sobre Elsa por completo, para terminar de cerrar ese abrazo helado. Y Elsa entonces escuchó con atención sus palabras, antes de perder el conocimiento.

La oscuridad se hizo clara en algún punto de aquella batalla de magia y antes de que Elsa perdiera el poco aire que le quedaba, una luz cegadora estalló y fue liberada. Lo último que vio fue una mancha negra que la sujetó con fuerza y tiró de ella para sacarla a la superficie.

.

—¡Elsa!—oyó la voz de Hipo.

Empezó a escupir agua, recuperando la consciencia a medida que el oxigeno entraba de nuevo en sus pulmones.

—Oh, gracias a los Dioses—notó entonces lo brazos de Hipo abrazarla con fuerza.

Hipo había visto todo el espectáculo siniestro desde el aire, tanto el de la magia de Elsa como el de la furia de aquel espíritu rabioso en el agua. Desdentao y él habían volado casi con furia para salvar la vida de aquellas personas, a quienes dejaron en la aldea bajo los llantos de alegría de sus padres y los gritos de terror del resto de vecinos.

Tampoco podía culparles, él sabía de primera mano el terror que podían causar los dragones o la magia de Elsa. A veces le costaba aceptar el lado mágico de la reina, tan hermoso como para crear una bella y diminuta aguja de hielo o como para mutilar la carne de los hombres. El espectáculo desde el aire había sido bastante impactante, con kilómetros y kilómetros de aguas bravas transformándose en hielo. Un hielo oscuro casi negro donde se reflejaba el cielo gris de tormenta. Una magia poderosa e incandescente, incomprensible y maravillosa. La lluvia le azotaba los ojos cuando vio a Elsa en el hielo y aquella cosa que se la tragó cuando todo parecía indicar el fin de la pelea. Él y Desdentao habían esperado durante unos segundos eternos, mientras el agua se coloreaba de un brilló perturbador. Luego se apagó, como si todo hubiese terminado.

Y Elsa no salió a flote.

—Mierda—fue lo único que verbalizó Hipo, sin ser consciente de que tal vez era lo último que decía en la vida, mientras se quitaba el anclaje a Desdentao, listo para saltar al agua—. Desdentao, si no salgo, no me esperes. Ponte a salvo y busca a Astrid o papá. Eres libre, gracias por todo, campeón. Espero que puedas perdonarme...

Y sin más, se tiró de cabeza al agua a por Elsa, como quien salta a una piscina llena de tiburones. Como quien se mueve contrariando a la razón.

Nadó contra la corriente brava y por suerte consiguió encontrar a Elsa inconsciente en el fondo para sacarla del agua justo a tiempo, antes de todo empezara a romperse, antes de que él mismo se ahogara.

Desdentao no le había hecho caso y en cuanto salió a la superficie con la chica inerte tiró de ellos para sacarlos del agua y depositarlos en una zona alta y rocosa donde el agua no había alcanzado. El agua empezó entonces a diluirse con furia en una corriente desordenada. La superficie de hielo se quebró en mil piezas que también fueron arrastradas por la corriente hasta los confines del bosque, dejando la tierra completamente embarrada y destruida.

Hipo depositó a Elsa en el suelo asustado porque no respirada. Intentó reanimarla como pudo, abriéndole la boca para meterle aire y empujando insistente contra su pecho para que reaccionara y escupiese el agua que hubiese tragado. Solo al oírla toser y escupir recuperó su propio aire. La abrazó casi temblando.

—Hipo...—consiguió nombrarle ella, devolviéndole el abrazo a medida que se sentía de nuevo las manos.

—¡Oh Elsa! ¡¿Estás bien?!—preguntó preocupado, aferrándose a aquel pelo blanco y mojado—. ¡Dioses! ¡Qué susto me has dado, por Odín! ¿Y el espíritu?

Ella tardó en entender esa preocupación desmesurada del vikingo, solo aceptó que se estaba demasiado bien entre sus brazos. Hipo era tan cálido...

—¿El espíritu? Se ha marchado...pobre—afirmó tranquila, intentando recuperar el aire y la consciencia—. ¿Y Sam? ¿Lo has conseguido? —preguntó de repente, recordando y recobrando la consciencia.

El vikingo le sonrió, con una sonrisa irónica y algo boba. Elsa siendo Elsa, olvidándose de su propio bienestar.

—Está mejor que tú y que yo—confirmó.

Ella sonrió aliviada. Sin embargo, no tardó en fijarse en el aspecto del vikingo y en dónde estaban.

—¡Hipo!—le regañó Elsa al ser consciente de lo empapado que estaba, palpado su cara y su pelo mojado—. ¡Por Dios! ¿Te has tirado al agua a por mí? ¿En tu estado? Estás loco, ¿cómo se te ocurre? ¿Y si coges frío y empeoras? ¡Había un monstruo! ¡Podrías haberte matado! ¿En qué estabas pensando?

Sin embargo, Hipo no le contestó, simplemente la tomó del rostro y le plantó un beso. Un beso frío y húmedo con sabor a lluvia. Uno que dejó petrificada a Elsa, pero que no dudó en corresponder con la misma efusividad. No se había dado cuenta del terror de Hipo hasta que había notado sus labios junto a los suyos, con esa extraña alegría de quien ha estado a punto de perder algo muy preciado.

—Me dijiste una vez que no sabías nadar—resolvió el vikingo cuando rompió el contacto, respirando entrecortado, buscando aire en la chica.

Sus ojos se encontraron y entonces se reconocieron en todo lo que no se habían dicho. En todos esos anhelos, en todos esos abrazos prohibidos que habían compartido los últimos días bajo las sábanas de las camas ajenas o la intemperie de las noches sin luna. En todas y cada una de las veces que se habían observado cuando el otro no miraba y habían fantaseado con la idea de no ser ellos dos. De no ser una reina y un jefe vikingo en un matrimonio concertado destinado al fracaso. En ser simplemente dos amantes jóvenes que se desean. En ser solo Hipo y Elsa. Sin nadie más. Sin culpa.

La reina clavó entonces sus profundos ojos azul oscuro en Hipo, en su cara marcada por la que corrían las gotas de lluvia, en su nariz redonda, sus labios finos, sus ojos de gato, verdes como el bosque en primavera, su piel suave llena de pecas, su ligera barba incipiente de niño perenne, su cuello suave, su cuerpo esbelto... Ese dónde notaba el latido de su corazón acelerado. Acelerado de miedo y euforia.

"Me dijiste una vez que no sabías nadar". Hipo. Maldito él y maldito su cariño y cuidado desmedido. Maldito su amor.

La reina tiró de su camiseta húmeda sin pensarlo y volvió a recortar el espacio entre los dos. Fue una señal muy clara para el vikingo, quien no se resistió ni un poquito a la llamada de Elsa. Se besaron con ferocidad y ternura, degustándose en aquella boca ajena que empezaba a ser bastante familiar. Y se tocaron con mucha torpeza y poco pudor, pues de repente el cuerpo físico del otro era una promesa de juventud y vida. Y ellos estaban vivos cuando podrían haber muerto hace unos instantes. Por eso se abrazaban con fuerza y se recorrían la espalda y la cabeza con las manos, dibujando un retrato descarado de lo que pudieron haber perdido.

Se tumbaron sobre la tierra mojada y recortaron tanto la distancia entre los dos que ninguno pudo ocultar demasiado su propio deseo. El fin de aquella tensión insoportable. El latido acelerado, la boca salivar, la piel encenderse. La piel del otro que se vuelve propia. Al menos Elsa no se sintió muy discreta cuando abrazó con las piernas a Hipo en una señal muy clara y concisa de que estaba harta de su propio puritanismo y censura autoimpuesta. Quería y necesitaba de una vez por todas unirse a Hipo, hacerse una con su carne, que él la tomara. Lo quería con una desesperación casi animal. Quería sentirse una mujer atravesada por un hombre. Un hombre que aceptó con gusto aquellas piernas pálidas de doncella que le aprisionaban y que captó rápidamente el mensaje de Elsa, sin las dudas que había tenido hasta ahora. Se subió sobre ella sin dejar de besarla y sin pensar demasiado, le separó más las piernas y empezó a luchar desesperado por levantar la tela de su camisón mojado cuando...

Desdentao rugió enfadado.

—¡Dios! ¡Qué susto!—gritó Elsa, rompiendo el beso con Hipo y llevándose la mano al pecho.

De vuelta a la realidad.

Hipo también se asustó, pero a diferencia de Elsa, le lanzó una mirada asesina al dragón y éste le devolvió un resoplido fuerte como queja.

Seguramente el dragón no estaba de acuerdo con que su amigo y la reina se pusieran a aparearse después de haberle dado ese susto de muerte. Y más así, sin sentido y en mitad del bosque, bajo una tormenta que lo estaba dejando empapado y congelado. Muy pasional, pero muy estúpido a ojos de Desdentao.

—Reptil inútil—se quejó por lo bajo Hipo, todavía con Elsa bajo él, enredada en sus brazos.

Ella se echó a reír, tal vez de nerviosismo, aflojando el torniquete que le había hecho a Hipo con las piernas y compartiendo con él una mirada serena y tranquila. Ambos tenían las mejillas rojas y estaban tan empapados que el pelo y la ropa se les pegaba a la piel.

—Un poco de razón sí que tiene...—compartió la reina con el chico, con una sonrisa pícara.

Tan pícara como la de Hipo, quien besó su nariz y su frente pálida antes de incorporarse y separarse de ella, no sin esfuerzo.

—Esta bien, tú ganas, Desdentao—acabó rindiéndose el vikingo a los deseos y regañinas de su dragón—. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Decías que te había hablado esa cosa?

Lo primero que hicieron fue ponerse a cubierto de la lluvia. Por cortesía de Elsa, la reina creó con su magia un techo de hielo entre donde grandes rocas hendidas en la montaña. Allí encendieron un pequeño fuego para que Hipo y el Dragón se calentaran y empezaron lo que serían las horas más amargas de aquel extraño viaje que llevaban a sus espaldas.

Con todos los últimos acontecimientos, habían pasado casi tres semanas desde que dejaron Bränderson. Además, según los rumores, su primo seguramente le había declarado ya la guerra a Arendelle. Eso si no se había adelantado ya y se encontraba en su reino, que era lo que temían ambos. El problema era ahora aquel monstruo.

—Estoy segura de que es un espíritu como el que Astrid y yo encontramos en el bosque de los Trolls—le explicó a Hipo—. Cuando lo he tocado... me ha hablado. Estaba huyendo y me estaba buscando para pedirme ayuda... no sé cómo explicarlo.

Elsa le contó que aquellos espíritus vivían en armonía en el bosque mágico de los trolls, prácticamente desapercibidos. Si lo habían despertado y enfurecido debía tener una razón de peso. El espíritu de la tierra encolerizó cuando realizaron magia negra en los límites del bosque prohibido, allí dónde Hipo había encontrado muerto al furia nocturna.

—Derramaron sangre sagrada sobre la tierra, y el espíritu decidió defenderse—empezó a atar cabos la reina—. Deben de haber vuelto a enfadar a los espíritus, lo que significa que ya están en Arendelle, cerca del bosque. El espíritu me decía que les ayudara, estaba muy asustado.

—¿Qué les ayudaras? —preguntó Hipo, intentando encajar lo mejor que podía aquella dosis de fantasía—. ¿En plural? ¿Hay más?

—Puede ser... no sé.

—No podemos perder más días, tenemos que regresar a Arendelle cuanto antes—aceptó el vikingo—. Orn está sólo a treinta millas de aquí, al menos lo que dijo Trudis. Es el pueblo más cercano al mar del norte y a Arendelle. Andando necesitaríamos seis días para llegar al mar, pero volando...

—Hipo, no estás para volar tanto—le cortó Elsa—, y menos después del esfuerzo de hoy. Sigues teniendo mucha fiebre...

Él lo sabía, pero no tenían tiempo.

—Elsa, si llegamos tarde o no llegamos, no me lo perdonaré en la vida—le explicó—. Me pediste que luchara hasta el final y eso voy a hacer. Los vikingos no morimos en la cama.

Aquellas palabras fueron como un puñal para Elsa, pero las aceptó.

—Si partimos esta noche no nos verán volar—empezó a planificar él, dibujando la estrategia en el suelo con una ramita—. Podemos descansar mañana durante el día y cruzar el mar del norte por la noche. Llegaríamos a Arendelle al amanecer. Son solo dos días.

—¿Podrías aguantar dos días de vuelo si descansamos? ¿Puedes prometerme eso?

Hipo tomó la mano de Elsa y la besó, sellando sin palabras aquella promesa. Por si a lo mejor no podía cumplirla.

—Solo tenemos un problema...

Sus cosas.

Se habían dejado todas sus pertenencias en la casa del herrero. No es que ellos fuesen especialmente materialistas y menos teniendo apenas dos mudas robadas, una bolsa con pocas monedas y una manta. Oh no. El problema es que se habían dejado la libreta de Hipo con todos sus apuntes de vida, el mapa que durante días habían hecho, medicinas y las páginas de 'La princesa y el dragón'. Y todo aquello, era de un valor incalculable.

Además, siempre estaba el temor a que por miedo a la brujería se deshiciesen de sus cosas. Todo aquello estaba escrito en una lengua que aquellas gente no comprendía y por temor e ignorancia, muchas cosas así acaban en el fuego.

—¿Y qué propones? —demandó Elsa ante el incipiente plan de Hipo.

—Esperaremos a que anochezca... y nos colaremos a por ellas.

—Es un plan terrible...

—Es el único que tenemos.

En cuanto cayó la noche y todavía lloviendo a mares, Hipo, Desdentao y Elsa regresaron a la aldea. El dragón se acercó sigiloso hasta las inmediaciones del bosque casi destruido y se quedó en la retaguardia, viendo como los otros dos avanzaban hasta las casas. Elsa hizo uso de su magia para hacer un pequeño agujero en la barrera de hielo que ella misma había creado y ayudando a Hipo a pasar, se colaron dentro de la aldea 'amurallada'.

Llovía con mucha fuerza, lo que ayudaba a que en aquella oscuridad no pudieran ser percibidos. Además, había tormenta, por lo que la gente, temerosa de Dios, no solía acercarse a las ventanas, por miedo a atraer a los rayos. Eso y que posiblemente estaban todos aterrados y atrincherados en la pequeña ermita rezando para que no volviera el monstruo y la bruja: acá ellos.

—Hoy Thor está de caza—le dijo Hipo a Elsa al ver los enormes rayos en el cielo—. Nos traerá suerte.

Elsa rezó para sí misma, pero para que no les cayera un rayo encima.

—Tus dioses están locos... esperemos que nos ayuden.

El suelo estaba muy embarrado, así que con torpeza y cuidado consiguieron llegar a la casa del herrero. No había luz encendida, lo que significaba que debían estar durmiendo. Elsa creó con su magia una rampa de hielo hasta la ventana del segundo piso y compartió con Hipo una mirada solemne.

—Ten cuidado—pidió Hipo, ya que habían acordado que él sería demasiado ruidoso y torpe como para subir.

—Tranquilo.

Sin mucho esfuerzo, la reina escaló por el hielo hasta el piso de arriba y abrió la ventana desde fuera. La habitación estaba igual a como la habían dejado esa mañana, por lo que no le supuso mucho esfuerzo recoger todas sus cosas. Las metió rápidamente en una bolsa, pero entonces se dio cuenta de que las medicinas de Hipo no estaban.

—¿Buscas esto? —sonó una voz a su espalda.

Elsa soltó un grito ahogado del susto. En la puerta que daba a las escaleras de abajo estaba Trudis con una vela en la mano y una bolsa pequeña en la otra.

—Oh Dios mío, Trudis...—empezó a pedir clemencia Elsa, que de ladrona tenía lo mismo que de campesina—. Perdóname, te juro que solo venimos por nuestras cosas, nos vamos ahora mismo, no vamos a haceros daños.

—Hellen—la calló la mujer, llamándola por su nombre falso. Luego se corrigió—. Perdone, se... señora, su majestad.

—Trudis, no, por favor—pidió Elsa.

Pero no sirvió de nada. Elsa evaluó la situación, la mirada consternada de aquella mujer, sus ojos hinchados de haber llorado.

—Señora, le debo la vida de mis hijos. Puede llevarse todo cuánto desee de esta casa, todo cuanto tenemos.

Elsa negó, angustiada.

—No es necesario, tu familia lo necesita más, Trudis—intentó razonar Elsa—. Solo venía por nuestras cosas, me marcho ya. Gracias por habernos acogido desinteresadamente, jamás lo olvidaré.

—¿Sois pues la reina mágica de la que todos hablan? ¿Realmente existís?

Elsa asintió con cierta timidez.

—Siento muchísimo lo que dije sobre vos, señora—le tembló la voz, haciendo un amago de arrodillarse, lo cual la reina evitó negando con los brazos.

—No, por favor, de verdad—suplicó—. No hagas eso, Trudis. No hay nada de malo en lo que dijiste. Además, para tu tranquilidad diré que no voy por ahí congelando a la gente.

Elsa le sonrió sincera y aquello pareció relajar un poco a la mujer, que temblaba levemente.

—Mi reino está en peligro y éste lugar también—decidió seguir hablando la reina—. Sentimos haberos mentido, pero nadie podía saber de nuestro paradero. Si alguien os pregunta, no debéis de saber nada, os pondría en grave peligro. Aunque si algún vecino contara que nos habéis ayudado...—se angustió—. Debéis coger a vuestra familia y alejaros de estas tierras lo antes posible, temo que se avecina una guerra.

—Gracias señora. Siento de veras haberos llamado bruja, su majestad—agachó la cabeza la mujer, incapaz de mirar a Elsa a los ojos—. Espero podáis perdonar la poca visión de esta simple campesina...

—Trudis, tus palabras no me ofenden, dices lo evidente. Soy una bruja—se autonombró Elsa para el asombro de sí misma—. Lo que sí me ofende es que me trates como a una reina cuando llevas días regañándome por tender mal la ropa, cortar tan mal la leña o quemar los peces al carbón. Por favor, prefiero seguir siendo Hellen para ti. Si tú así lo quieres...

—Gracias, su majestad—aceptó la campesina, formal y educada pero compartiendo al fin una mirada con la peliblanca.

—Despídete de tus hijos por nosotros—pidió la reina mientras empezó a empacar—. Si mi reino sigue en pie después de todo esto, sus puertas siempre estarán abiertas para vosotros.

Trudis asintió, con una leve reverencia.

—Espere un segundo, mi señora—desapareció para volver rauda con un paño con algo de comida y un chal para que pudiera cubrirse un poco—. No es gran cosa para una reina...

Elsa le sonrió, aceptando el regalo encantada. Es cierto que iba demasiado desnuda como para pasearse así. Y la comida no les venía mal. No habían comido nada en todo el día.

—Muchas gracias.

—Quedaos aquí esta noche si gustáis—les ofreció angustiada, pero con mucho temor.

Elsa supo leer entre líneas.

—Eso solo os pondría en peligro, suficiente habéis hecho ya por nosotros—negó Elsa—. No podemos perder más tiempo. Mi reino está en peligro y mi marido también, necesita ayuda urgente...

Trudis se quedó angustiada al oírla, meditabunda.

—Antes de llegar a Ons hay un convento—recordó entonces la mujer—. Una de mis hermanas vive allí. Os darán cobijo. Al menos hasta que amaine la tormenta. No pueden entrar hombres, pero seguro que harán una excepción.

Se despidieron en la oscuridad con un sabor un tanto agridulce. De hecho, para sorpresa de aquella mujer, Elsa se acercó y le dio un abrazo. Uno de verdad, de quien necesita expresar su profunda gratitud. Quizás hace años Elsa jamás hubiese hecho algo así, pero los últimos seis meses de su vida la habían ablandado y humanizado bastante.

—Cuídate, Trudis.

—Vos también.

Elsa salió por la ventana después de lo que fueron unos minutos eternos para Hipo. Volvieron corriendo hacia Desdentao y emprendieron el vuelo. Antes de abandonar el lugar, Elsa echó la vista atrás y redujo a polvo la muralla de hielo que había creado, haciendo que todo el pueblo se cubriera de una nieve espesa que terminaría diluyéndose rápidamente bajo la lluvia. Como si nunca hubiesen estado allí.

Volaron sobre Desdentao durante tres horas.

Llovía con tanta fuerza y estaba tan oscuro que el viaje fue bastante lento y movidito. A Elsa además le daba un poco de miedo la tormenta. Jamás había visto tan de cerca los rayos y la imagen de aquellos látigos fugaces en el aire la aterraba. En algún punto, cerca del ojo de la tormenta, Desdentao terminó por volar por encima de las nubes para evitar acabar chamuscados.

A veces él y Hipo volaban las noches de tormenta y se mezclaban con los rayos. Los furia nocturna eran hijos de la tormenta y la noche, su piel estaba tan dura que conducía la electricidad. Es algo que Hipo aprendió por las malas una noche que casi se chamusca. Desde entonces, se había confeccionado un traje con las escamas de Desdentao, para al igual que él protegerse del clima. Ahí arriba, los dos juntos, a veces jugaban a ser Dioses más que dos simples mortales.

Sin embargo y a diferencia de aquellas excursiones, con Hipo febril y vestido como un campesino en paños de cama y Elsa casi desnuda, tampoco estaban como para jugársela.

Aquel vuelo fue además agotador, sobre todo para Desdentao, quien luchaba con fuerza contra la furia del viento y la lluvia. Hipo también, pero para ayudarle a planear con la cola. Elsa simplemente se abrazaba a Hipo, buscando en él algún tipo de consuelo a todas las emociones que sentía. Dejar que los sentimientos te atraviesen dolía más de lo que alguna vez imaginó.

Descendieron cuando divisaron lo que debía ser el convento que les había indicado Trudis. Hubiesen preferido evitar irrumpir en la vida de más personas, pero la tormenta se hallaba en su punto álgido y el propio Hipo, pese a haberse negado en primera instancia, le confesó que no se veía capaz de pasar aquella noche a la intemperie.

—Tengo mucho frío—le confesó entre temblores—. Estoy calado hasta los huesos.

Una vez aterrizaron, Elsa abrazó a Hipo para intentar hacerle entrar en calor, algo bastante complejo teniendo en cuenta su baja temperatura corporal. Desdentao intentó ayudar también, pero poco podía hacer con tanta lluvia.

—No podemos dejarle aquí...—pensó en voz alta Hipo.

Elsa miró al dragón y se sintió fatal. ¿Qué podían hacer?

—Es imposible que venga con nosotros, Hipo—intentó razonar ella.

En ese instante, Desdentao empezó a empujar al vikingo con la cabeza y a lloriquear entre bufidos de enfado, como si intentase decirle a su amigo que pensase con la cabeza y se pusiese a cubierto de una vez.

Elsa usó su magia para al menos dejarle un 'techo' provisional con el que resguardarse de la lluvia.

—Volveremos a por ti cuando amanezca—le prometió Elsa.

Hipo tenía tanto frío que los dientes le castañeaban y no fue capaz de formular nada demasiado elocuente.

—Te juro que te compensaré por esta, campeón—le prometió al dragón cuando éste empezó a lloriquear, abrazándose a sí mismo tembloroso—. Por esta y por todas.

Desdentao estaba harto de que lo dejaran solo en ese mundo donde los dragones no eran 'bienvenidos' en ninguna parte, pero acató inteligente.

Con las pocas fuerzas que les quedaban, echaron a correr hasta el convento y llamaron con insistencia a la enorme puerta de madera de aquel caserío, calados hasta los huesos, hasta que una anciana les abrió.

—Buenas noches, hermana—la saludó Elsa, que usó el chal de Trudis para taparse el pelo—. Discúlpenos por molestarlas a estas horas de la madrugada, pero a mí y a mi hermano pequeño nos ha sorprendido la tormenta. Nuestro caballo huyó asustado y llevamos horas vagando por el bosque. ¿Podrían darnos cobijo, por favor?

Hermanos. Elsa creyó que aquello la enternecería más que una pareja de enamorados insensatos.

—Alma de Dios, a quién se le ocurre salir con la que está cayendo—les regañó, posiblemente porque se había dado un buen susto al oír que alguien llamaba a la puerta en medio de la noche—. Pasad, pasad, no os quedéis ahí.

La monja los llevó hasta un salón principal donde una gran chimenea se hallaba encendida. Allí les ofrecieron una sopa caliente y les entregaron unas túnicas secas para que se cambiaran. Dos novicias se llevaron sus ropas para secarlas junto al fuego con una amabilidad que casi los hizo llorar.

—Las noches de tormenta en algunos conventos rezan hasta el alba para alejar el mal de los pueblos—le había dicho Elsa a Hipo cuando venían volando.

Y así debía ser, porque pese al silencio sepulcral del lugar, vieron a muchas monjas moverse de un sitio a otro en plena madrugada.

—No está permitida la entrada de hombres, pero haremos una excepción—quiso dejar claro la mujer que les había abierto, que debía ser la madre superiora. Se parecía muchísimo a Trudis, pero ninguno de los dos se atrevió a preguntar—. Me temo que al alba tendréis que iros. No puedo dejaros dormir en el convento, muchacho, espero que no sea problema el cobertizo del patio.

—No es problema, señora, no quisiéramos molestar—imitó Hipo la forma cortés que usaba Elsa para referirse a esas mujeres.

No entendía mucho del cristianismo, pero le asombraba lo cálidos que eran con los suyos. Tal vez esa era la 'caridad' cristiana de la que Elsa hablaba todo el rato, incluso si él no la comprendía o si de saber que era un vikingo esas gentes lo hubiesen mandado a arder en el infierno.

—Muy bien—aceptó entonces la mujer—, las hermanas Emily y Marie os acompañarán hasta vuestras estancias.

Dos chica jóvenes y bien alimentadas los acompañaron hasta el final del convento, pasando por un gran comedor y lo que debían ser unas caballerizas. No paraban de recitar entre líneas una oración, emitiendo pequeños gritos entrecortados cada vez que un trueno hacía vibrar el eco de las paredes.

—Aquí está la habitación para usted, señora—le explicó una de ellas a Elsa, un pequeño cuarto bajo las escaleras de las cocinas.

—Muchas gracias—asintió Elsa, tomando unas mantas de la novicia.

—Le acompañamos a la suya, señor—le indicaron entonces a Hipo—. Si necesitan cualquier cosa, alguna de nosotras estará en el gran salón. Es deshacer todo este pasillo, recto y luego a la derecha.

—Muchas gracias, hermana—le sonrió Elsa—. Que Dios os lo pague.

—Dios siempre es justo—le devolvió la sonrisa—. Ahora le traemos unas ascuas para la cama. Usted señor síganos por aquí.

Elsa cruzó una mirada rápida con Hipo, como si en ese instante necesitase decirle un millón de cosas y ninguna pudiese salir de su boca. Él pareció comprenderla de inmediato, con el mismo dilema.

—Buenas noches, hermana, descansa—le sonrió cómplice el vikingo, recordando que Elsa había dicho que eran hermanos.

Hermana. Elsa quería ser de todo menos su hermana.

La reina se despidió de Hipo con la mano y una sonrisa cansada. En sus ojos había un anhelo de muchas cosas que se le atoraron en el silencio. Hipo le devolvió la sonrisa, cómplice y volvió a desearle buenas noches con un gesto de cabeza y unas palabras mudas que Elsa leyó en sus labios.

Cuando la reina entró en su habitación, se sintió agotada y agitada como nunca.

No quería alejarse de Hipo, pero tampoco quería llamar la atención o desobedecer. La misión era llegar a Arendelle al día siguiente y para eso tenían que descansar. Y el convento era la mejor opción. Un colchón seco y mullido donde recuperar fuerzas antes del inicio del caos.

Con parsimonia, se dejó caer en el pequeño camastro y se quedó petrificada. Sentía cierta tristeza por la huida, por haber tenido que irse de aquella aldea sin decir adiós a los niños, como si fuese una paria o una delincuente. Además, estaba tan agotada por la pelea, la magia, la lluvia y la adrenalina, que los pensamientos se le atragantaron en la cabeza y la ansiedad en el pecho. Miró las paredes de aquel cuarto ajeno pintado con cal y se dio cuenta de que mañana a esas horas estarían cerca de Arendelle, próximos a ver su reino o lo que quedase de él. Estaba a un día de saber si su hermana estaba viva, si había ocurrido lo peor o si su reino seguía tal cual, sin la sombra todavía de la catástrofe. También estaban a un día de ver a Astrid.

Astrid. Pensarla le oprimía el pecho, tanto que decidió apartarla de sus pensamientos como quien corre un tupido velo.

Al cabo de unos minutos llegó una novicia con las ascuas prometidas y le dijo que se abrigara bien, que por las noches hacía frío.

Frío.

Sí que sentía frío en ese cuarto oscuro y con un silencio de muerte. Pero no porque hiciera frío, sino porque no estaba Hipo en él.

Hipo.

Pensarle le preocupaba, pero también hacía que la sangre le bombeara con fuerza y la garganta se le secara. Pensarle era una contradicción. ¿Qué debía hacer? ¿Debería ir a buscarle? Habían estado a punto de morir ese día, pero también se había entregado a él en el bosque sin pudor con una desesperación más propia de los animales.

Uff.

Había estado a punto de perder la cabeza. O quizás ya la había perdido.

Lo más sensato es que se fuera a dormir, pero estaba demasiado despierta y preocupada para ello. Hipo. Su mirada de despedida, su sonrisa cansada, las palabras que le habían dicho sin sonido. Esas que había leído en sus labios. 'Buenas noches, mi reina'.

'Mi reina'. Sí que se sentía muy suya y muy poco reina.

¿Qué debía hacer? ¿Ir a buscarle? Oh no... Estaban en un convento, no podía hacer tal cosa. Aunque tampoco tenía por qué ser nada malo verle al menos una vez más antes de irse a dormir. ¿No? Despedirse sin mentiras de por medio. Sin gente, ellos dos... Ella solo quería saber que estaba bien. ¿No?

Se mordió las uñas de ansiedad hasta que oyó que apagaban todas las antorchas y se instalaba un silencio sepulcral.

Desde que las novicias los habían acompañado a sus habitaciones, Elsa había sentido la ansiedad inminente a separarse de él. Como también había temido que los pillaran, que algún gesto en ellos los delatara. Había temido que se notase su desesperación, su ansiedad, el temblor que se había apoderado de su manos y sus piernas. Temor a liberarse, a dejar escapar todo eso que siempre había tenido bajo control. Terror a materializar los deseos más profundos, las ansias más privadas, la felicidad que añoraba en secreto. Pánico a vivir su propia existencia, a habitar su propio cuerpo.

Porque en toda aquella tarde y aquella noche de vuelo, los pensamientos le habían golpeado las sienes con fuerza. Pensamientos sobre el horror, pero también sobre el anhelo. Recuerdos de cómo Hipo la había besado desesperado y cómo ella sentía suya esa desesperación. ¿Y si toda aquella historia se acaba al día siguiente? ¿Y si Hipo no se despertaba? ¿Y si todo era una trampa y los atrapaban al llegar a Arendelle? ¿Y si las monjas avisaban a alguien de que estaban allí? ¿Y si aquella era sin saberlo la última noche de sus vidas? ¿Pensaba morirse siendo perfecta y de mármol?

Al cabo de unos minutos, se echó el chal por encima y salió decidida a buscar a Hipo.

Salió de las cocinas hacia el patio con el corazón latiéndole a mil, cubriéndose bien con la túnica por si alguien la encontraba deambulando en la oscuridad. ¿Habían dicho que dormiría en el cobertizo? Elsa cruzó a toda prisa un enorme patio interior, dejando que la lluvia le cayera de nuevo hasta resguardarse bajo el techado anexo al convento. Había muchas puertas y por un instante pensó que estaba haciendo una idiotez y que si alguien la pillaba allí los echarían. Sin embargo, antes de cambiar de opinión, una puerta de aquellas se abrió y un brazo tiró de ella para que entrase dentro.

—¡Hipo!—gritó del susto al verse arrastrada de aquella manera.

—Elsa, ¿qué haces?

¿Qué hacía?

—Perdona, no quería asustarte—se disculpó, con el corazón que se le iba a salir del pecho.

—Disculpa, yo tampoco quería asustarte, pero he oído tus pasos. ¿Qué haces aquí?

Elsa tragó saliva.

—Venía para traerte tus medicina, me las había quedado y no sabía si te harían falta o... no sé.

El corazón de Elsa latía a mil. De repente todo cuando hasta ahora era imaginario empezaba a materializarse en ese instante.

—No tenías que molestarte...—se acercó Hipo, buscando su rostro en la oscuridad.

Aquella habitación daba a las caballerizas y estaba peor aislada que la de Elsa. Tenía un poco más de luz nocturna, pero la oscuridad por la tormenta era casi total.

—No ha sido nada— añadió ella rápidamente, algo seca y acelerada, entregándole la bolsa—. Asegúrate de descansar bien, mañana es un día muy largo y ha sido una insensatez volar tanto hoy bajo la lluvia... ¿Es cálida la habitación? Toma, te he traído mi manta, yo no la necesito...

Hipo chasqueó la sonrisa. Siempre lo hacía cuando Elsa se ponía imperativa o se preocupaba en exceso.

—No tenías que correr este riesgo, estoy bien, de verdad—tomó la bolsa de sus manos.

Las cálidas y ásperas manos del Hipo frente a las suyas de porcelana muerta.

Elsa cruzó la mirada con él, nerviosa. No quería marcharse y sin embargo lo que único que supo decirle fue:

—Me alegro... Buenas noches, que descanses.

Hipo miró la bolsa, apretó los labios y buscó unas palabras que no llegó a decir.

—Buenas noches, Elsa. Gracias—clavó sus ojos febriles en ella—. Descansa tú también, por favor.

Ella asintió, agachó la cabeza y con cautela abrió la puerta para marcharse. Estaba esperando que Hipo la retuviera, que hiciera algo, que dijera algo, pero él no dijo nada. Aún así, Elsa no llegó a salir de la habitación. Cerró la puerta.

La habitación se quedó en silencio y a oscuras y entonces Elsa tomó valor.

—No—negó en voz alta, girándose para enfrentarle de nuevo.

—¿No?—preguntó el vikingo confuso, sobre todo por el cambio de opinión—. ¿No qué?

—Que no había venido a eso—soltó atropelladamente la reina—. O sea, sí quería traerte la medicina, pero es más bien una excusa porque quería decirte otra cosa. Sobre lo que ha pasado hoy...

—Elsa yo también quiero decirte algo sobre lo que ha pasado—la tomó de la mano Hipo.

Sin embargo, la reina decidió imponerse.

—Déjame a mí primero, no quiero que lo que digas me haga cambiar de opinión—pidió ella, poniéndole una mano en el pecho imperativa, respirando entrecortada, nerviosa—. Hoy, mientras luchaba con ese monstruo, lo único que podía pensar era en sacarte con vida, porque... porque te mentí—confesó.

Hipo abrió los ojos confuso, sin saber a qué refería.

—¿Qué?

—Te mentí la noche de Bränderson—aclaró Elsa—, y no fue clara la otra noche en la posada, porque... claro que tengo sentimientos por ti. ¿Acaso no es obvio? Sólo tú no lo verías—se le cortó la voz, casi molesta—. Y sé que esto solo complica las cosas y me hace faltar a mi promesa, pero... Hoy en el bosque...yo ya no puedo esconderlo más.

Elsa estaba al borde de la taquicardia, pero no podía parar ahora.

—Sé que nada está saliendo como lo planeamos—continuó, tomando aire—. Estas semanas están siendo las peores de mi vida—expresó sincera— aunque creo que ya te has dado cuenta. No... no he estado a la altura.

—Eso no es verdad, Elsa, yo...

—Espera, déjame terminar—insistió ella—. Lo que quiero decirte es que pese a todo, agradezco a Dios te haya puesto a mi lado, porque de haber soñado con un príncipe que viniese a rescatarme de mis tinieblas, jamás podría haber imaginado a alguien tan perfecto como tú—soltó como una flecha para el corazón de Hipo—. Tú eres... tan leal, tan valiente, tan inteligente, tan divertido, tan bondadoso... Y yo...yo no quiero ser tu esposa porque lo diga un papel. No puedo hacer esto sola, no quiero estar sin ti—sentenció.

—Elsa... esto...

Hasta ahora había sido incapaz de mirarlo a los ojos, pero de repente se encontró con el valor de alzar la mirada y liberar lo que llevaba tanto tiempo ocultando.

—Hipo, no me he vuelto loca, no voy a pedirte lo que no puedes darme—verbalizó con cierta tristeza—, pero si mañana todo sale mal y esta es la última noche de nuestras vidas, yo... quiero pasarla contigo.

Hipo se quedó petrificado unos instantes, digiriendo todo aquello. Elsa era una persona muy cautelar, siempre medía muy bien sus palabras. Era la primera vez que la oía hablar así, con el corazón en la mano. Tomó aire.

—¿Eso... es lo que realmente quieres?—preguntó con cautela, casi temeroso.

Ella asintió, sin ninguna duda. Podía escuchar su propio corazón bombearle dentro del pecho mientras la mirada del vikingo se clavaba en ella como un clavo ardiendo en la oscuridad. Uno que de tan candente por el fuego, irradia luz. Una que Elsa podía ver en los ojos del vikingo, brillantes por la fiebre y algo más. Algo que parecía estar matándole por dentro, una lucha que llevaba días, semanas, ¡meses! librando dentro.

Hipo tomó todo el aire que le cabía en el cuerpo, apretó los labios y recortó todo el espacio entre ellos hasta quedar a menos de un palmo de Elsa. Luego soltó el aire muy despacio y tragó saliva. Estaban tan cerca el uno del otro que el oxigeno parecía agotarse entre los dos.

—Pues... si esta es la última noche de nuestras vidas—aceptó Hipo, tomándola decidido de la cintura—. Que los Dioses me perdonen—selló sus palabras con un beso.

Elsa agradeció notar sus manos sosteniéndola por las caderas, porque en cuanto oyó sus palabras y sintió sus labios contra los suyos, pensó que las piernas le fallarían.

Sin mucha diferencia de los besos que habían compartido aquella tarde en el bosque, se besaron con cierta desesperación, como los presos que tienen las horas contadas, como quien espera una sentencia de muerte. Ya no había dudas, así que había cierto alivio y algo de furia en aquellos besos. Como quien está molesto por su propia ceguera, quien ha perdido un tiempo muy valioso.

Elsa se aferró al cuerpo de Hipo, como si temiera que el chico se esfumara en cualquier momento e Hipo aceptó con gusto estrechar entre sus brazos el cuerpo fino y tibio de la reina de hielo.

A veces Elsa le parecía tan pequeña y frágil que su cuerpo se le hacía de cristal, uno que era mejor mirar por temor a romper. Sin embargo, después de haberla visto en acción, había recordado que la reina era de todo menos frágil y que su cuerpo era más que algo que quisiera contemplar. Quería tocarla. Tocarla y poseerla de una maldita vez.

Y ella quería que Hipo la tocara, que le hiciera ver que estaba viva, que no era de hielo, que no la única desesperada de los dos. Y se dejó tocar con gusto por sus manos cuando empezaron a devorarla por encima de la tela mientras ella se abrazaba a su cuello, sin dejar de besarle, perdida en aquel baile con su lengua, eso que siempre pensó que sería obsceno hasta que probó los labios de Hipo.

—¡Ay!—soltó contra su voluntad cuando notó las manos de Hipo agarrarle el culo y pegarla aun más contra él, sirviéndose del descaro de la experiencia.

—Perdón—se disculpó de inmediato entre beso y beso al ver la reacción de Elsa.

Ella se rio, sintiéndose la cara arder.

—No te disculpes—le sonrió, pegando más su cuerpo contra él, ansiosa de sentir su deseo—. Me gusta que me toques.

Aquello sí que la hizo arder, pero de vergüenza. ¡Cómo le había dicho eso!

Sin embargo, tampoco pudo pensar mucho más porque el vikingo acató aquella concesión y la tomó de las piernas para cargarla, pegándola contra la puerta. No se esperó aquel gesto, pero se abrazó por inercia con las piernas a su cintura para no caerse, sorprendida y encendida. Complacida cuando las manos del chico le remangaron la túnica para liberar sus muslos y poder tocarla a gusto bajo la ropa. Elsa no entendía cómo él podía tener ese efecto en ella, cómo su cuerpo entero se había vuelto de gelatina entre los dedos de Hipo, de dónde había sacado él esa energía tan dispar de su carácter tranquilo y amable. Se sentía arder, arder como jamás había ardido. Como la bruja que se supone que era. Había cierta asfixia en ese calor insoportable al que necesitaba ponerle fin, una asfixia que se incrementó cuando notó el deseo de Hipo, duro y punzante, entre sus piernas.

Gruñó, entre la sorpresa, la excitación y el nerviosismo, sin dejar de besarle.

Y más cuando sus manos le recorrieron las piernas con esa fuerza y esa desesperación, mientras su boca no le daba tregua. Y ella tenía calor, sudaba, se sentía desfallecer entre él y la pared. Entre él y aquella ropa ajena.

¿Y ahora qué se supone que tenía que hacer?

—Quítamela.

—¿Eh?—despegó sus labios de ella el chico, sin dejar de sujetarla.

—Quítame la túnica—le ordenó Elsa en un arrebato de confianza del que se arrepintió de inmediato.

Hipo de hecho buscó su mirada en la oscuridad por si no había oído bien, pero la mirada dilatada de Elsa y su respiración entrecortada le hizo captar el mensaje.

—A sus órdenes, majestad—bromeó entre el desconcierto y la excitación.

Acató con disciplina casi militar. La dejó de nuevo en el suelo y la reina elevó las manos para ayudarle a que le arrancara aquella prenda que le habían dado las monjas. Esa que le llegaba hasta los pies y que le molestaba. Después y sin instrucciones, él mismo se sacó la suya por el cuello, arrojándola al suelo.

—Si te soy sincero, quería quitármela desde que nos la pusimos, esa cosa picaba muchísimo—resolvió él haciéndola reír, atrayendo a Elsa contra su piel para volver a besarla.

Toda su piel se erizó al sentir la piel ardiente del chico.

No era la primera vez que se abrazan a pecho descubierto, ya lo habían hecho la mañana que sobrevivieron al ataque en Bränderson, pero sin duda no eran comparables. En aquella ocasión, Elsa había sentido paz al notar su piel cálida contra la suya. Ahora más que cálido y pacifico, era abrasador, porque Hipo no estaba herido y sereno y ella febril y llorando. Ahora los dos estaban encendidos, en son de guerra, desesperados, en celo... Y el cuerpo del vikingo le calentaba las tripas y le erizaba la piel de una forma que no era del todo nueva, pero que la arrollaba con una fuerza desmedida. También sus manos de artesano la tocaban como jamás la habían tocado antes. La sujetaban con fuerza por la cintura, le recorrían la espalda con precisión, le apretaban las nalgas y subían por su vientre para colarse entre sus pechos.

—Ahhh...—apretó la boca Elsa al sentir la mano de Hipo jugar con uno de ellos, ya sin obstáculos de por medio.

Clavó las uñas en su espalda, sin saber cómo escapar de ahí. Se notaba de lejos que Hipo sabía mucho más de mujeres que lo que ella sabía de hombres. Apenas sabía qué hacer, pero él parecía disfrutar haciéndola sentir de aquella manera. Esa forma en la que su cuerpo se estremecía y el hueco entre sus piernas se derretía como mantequilla.

Sin duda aquello debía ser 'el pecado'. Se sentía tan bien que no debía ser bueno. Ni siquiera estaba segura de si las mujeres y los hombres decentes se acariciaran así. Aunque ya puestos a ir al infierno por Bruja... podía permitirse el lujo de que un 'bárbaro' la tocara así. ¿No?

Hipo abandonó entonces su boca y se lanzó a besarla en el cuello, a saborear con su lengua aquella piel pálida que vibraba mágica, a morder sus orejas pequeñas de princesa. Y Elsa se empezó a reír y a mover el cuello, porque tenía cosquillas.

—Shhh—le susurró Hipo al oído, divertido—. No hagas ruido, que nos van a pillar.

—Pues no me hagas cosquillas—le reprendió Elsa—. Además, un poco más y nos mandan al establo, no creo que nos oigan.

—Mejor—le susurró grave entonces al oído, haciéndola estremecer—. ¿Vamos a la cama?

Perdió el aire al oírlo.

—Vale—intentó sonar firme y con confianza, pese al temblor de los nervios.

Hipo se separó de ella con gran esfuerzo y lo tomó de la mano para guiarla en la oscuridad hasta la equina de la habitación donde estaba lo que era la cama.

—Espera—tiró de él la reina—. Trae mala suerte si el hombre no lleva a la mujer a la cama.

Aquello le hizo gracia a Hipo.

—Me hiciste prometer que jamás volvería a cargarte bajo amenaza de congelación—soltó con cierto sarcasmo—, pero como desees, mi reina.

Elsa sintió que sonreía como una tonta mientras Hipo se agacha para cogerla.

—Como me vuelvas a cargar como un saco de patatas, te mato, Hipo Haddock—le dio unos golpes en el hombro al ver sus intenciones—. No me puedo creer que así sea como conquistáis a vuestras mujeres.

Hipo se rio bajito, poniéndose en pie y dándole un beso sonoro en la mejilla antes de cogerla en volandas.

—¡Uy!—gritó ahogadamente ella, abrazándose a él.

—¿Así es más el estilo de la corte, su majestad? —bromeó.

Elsa se aferró a su cuello. Sí, efectivamente eso era más cristiano y civilizado.

Hipo la cargó tres paso contados—porque tampoco estaba en su mejor momento físico como para dar más—y la dejó con cuidado sobre la cama, tumbándose a su lado y tomando dulcemente su rostro para besarla.

—¿Quieres que encendamos una vela?—propuso entonces el vikingo, mientras abandonaba sus labios y se perdía en su clavícula.

Elsa dudó. De repente se le agravaron los nervios.

—No sé... —se incorporó en la cama, buscando el rostro ardiente de Hipo en la oscuridad, que se sentó a su lado.

—Yo quiero verte—confesó sin pudor él, besándole una mano.

El corazón de Elsa galopaba a una velocidad inquietante, pero en ese momento aceptó que no quería negarle nada. Hasta ahora la oscuridad le había dado cierta valentía, como una barrera a la que aferrarse. Una que no necesitaba con Hipo.

—Está bien—aceptó, ayudándole a encender una vela casi extinta que había en una cómoda cerca de la cama. Los únicos dos muebles de la habitación.

Aquella tenue y escasa luz los materializó entre las sombras. De repente sus miradas se encontraron y ambos se sonrojaron como dos adolescentes, porque se veían más desnudos y ruborizados de lo que creían. Se sonrieron algo tímidos y Elsa le hizo un hueco para que se tumbara a su lado. Hipo aprovechó para quitarse la prótesis y obedeció dócil, acomodándose junto a ella en la estrechez de aquel espacio pensado para un solo individuo. La abrazó.

Se acariciaron la cara en aquel espacio reducido y compartieron una mirada serena. Hipo le apartó los mechones de pelo blanco de la cara y Elsa le dibujó con cariño el contorno de su mejilla llena de pecas. Tenía bastante fiebre.

—Estás ardiendo, Hipo—señaló preocupada—Quizás deberíamos descansar...

—Ni loco—le sonrió con su bonita sonrisa de dientes anchos.

Con sus dedos, dibujó entonces el camino desde la clavícula de Elsa hasta su hombro, ahí donde tenía una marca de quemadura. Luego la besó en la mejilla con ternura, ahí donde días atrás había recibido un golpe. Y después siguió dibujando un camino de besos desde su mandíbula hasta su esternón.

—Estoy... nerviosa—confesó Elsa.

Hipo alzó la vista y sus ojos volvieron a encontrarse. Le sonrió cómplice y tranquilo, dándole un beso corto y profundo en los labios.

—Yo también—dijo sin tapujos.

Elsa bajó su mano temblorosa por el cuello del chico, firme, hasta su pecho. Ahí dónde tenía un escaso vello cobrizo y varias pecas. También una gran cicatriz. En general Hipo tenía muchos cicatrices por el cuerpo, era algo que había aprendido de él en el tiempo que habían pasado juntos. También había perdido peso en esas últimas semanas, pero su constitución seguía siendo fuerte bajo la piel fina. Siguió bajando la mano por su torso, hasta llegar al límite de su ropa interior. Allí dónde la imaginación cada vez era más reducida por motivos obvios.

—Nunca he visto...a un hombre desnudo—manifestó con cierta angustia.

Al chico se le dibujó una sonrisa algo pícara, moviéndose en la cama para acercarse todavía más a ella, para acariciarle los brazos desnudos.

—No te has perdido gran cosa. A diferencia de las mujeres, nosotros ganamos más vestidos, créeme—bromeó para intentar relajar a Elsa.

Y ella no se relajó, pero al menos se sintió extrañamente aliviada.

—Tampoco sé muy bien qué tengo que hacer... —se abrió en canal—. O sea, me lo imagino, pero me dijeron... no sé si lo haré bien o si te gustará o si tú...

—Elsa, no voy a hacerte nada que tú no quieras—le dijo sincero, acariciando su rostro—. Tú solo... estate tranquila y disfruta.

—Lo dices como si fuese fácil.

Él le sonrió cómplice.

—ES fácil—le aseguró—. Y si hay algo con lo que no te sientas cómoda, solo tienes que decírmelo. ¿Vale?

—Vale.

Volvió a besar a la reina en un beso muy suave que disipó todas las dudas de Elsa. Todas esas inseguridades que la atormentaba bajo la fachada intachable de quien nunca se ha desviado del camino correcto.

Le temblaban las piernas cuando las enredó con las del chico, cuando pegaron sus cuerpos y se abrazaron en aquella cama. Se tocaron como antes, con la salvedad de que el juego había subido de nivel. De repente Elsa se dio cuenta de que no le bastaba con besar a Hipo y que él la tocara. Tenía hambre de él, como si pudiese comérselo. Quería participar de aquello. Quería besarlo en la cara y en el cuello como había hecho él. Quería tocar su cuerpo duro y cálido lleno de pecas y sentir su respiración errática.

Su cuerpo... cómo ardía por la fiebre y la excitación. Esa que ya no le cabía en la ropa interior y que se apretaba con la tripa de Elsa. Por un instante, Elsa recordó vagamente su encuentro con él en Bränderson, cuando casi se acostaron. Recordaba cómo había sido sentarse sobre él y notarle. Y también su cara cuando ella se movió encima de él.

Esa mirada...

Empezó a moverse contra él en un acto puramente instintivo y notó a Hipo más que receptivo. Si no llevasen ropa interior, el vikingo se habría colado dentro de ella en aquellas embestidas apretadas. Elsa podía notar esa fuerza, esa atracción fatal y primitiva que la hacía desear que se apretara más contra su sexo.

—Mmmm—lo oía a él respirar contra su boca, contenido y acelerado mientras disfrutaba de sus pechos.

Ella también se atrevió a rozar algo más que su espalda, acariciando su pecho, sus brazos finos y fuertes, su culo apretado contra ella.

Sintió un vuelco cuando Hipo se separó levemente y metió una de sus ásperas entre sus cuerpos, acariciándola por encima de la única tela que portaba. El único lugar que nadie le había tocado.

—Ah—gimió, sorprendida de sí misma.

Luego apretó los labios, avergonzada, intentado contener lo que no podía controlar. Toda su vida se la había pasado aprendiendo a controlarse a sí misma, sin embargo supo que aquello escapa a su control. Y más cuando Hipo dejó de tocarla por encima de la ropa y metió una de sus manos dentro de sus bragas.

—Ahhhhmmm...

Que la tocara ahí, fue como tocar el botón prohibido.

A Elsa le habían dicho desde niña que eso no se tocaba, que era pecado y que se quedaría ciega si lo hacía. Y ni siquiera se lo habían dicho sus padres, sino unas mujeres del servicio. Solo se había atrevido a tocarlo una noche en su habitación. Una de esas que había escuchado a Hipo y a Astrid fornicar al otro lado, pared con pared. Siempre se iba a la biblioteca cuando los oía, pero aquella noche la curiosidad le pudo de más. Oía a Astrid gritar al otro lado y no parecían ni de lejos gritos de dolor. Era otra cosa... eran gemidos de placer. Mucho placer.

El calor se le había concentrado ahí aquella noche, como tantas otras veces, con la salvedad que ese día decidió explorar qué demonios había ahí abajo que pudiera calmar ese sofoco. No obstante, no llegó a averiguarlo, porque la culpa le pudo antes.

Ahora no sentía culpa, porque el placer le estaba nublando todo raciocinio. Bueno, el placer o los dedos de Hipo frotándola con aquella suavidad entre los pliegues de su carne.

—Ahhh...—empezó a suspirar de manera sonora, sintiéndose hasta mareada.

El corazón empezó a latirle con mucha fuerza a medida que Hipo iba en aumento de aquel movimiento, mientras su cuerpo se volcaba un poco sobre el suyo y su respiración entrecortada se aceleraba también como si él estuviese disfrutando de aquello más que ella.

—Ahh...—gimió, apretando las piernas y aferrándose a ese brazo que Hipo movía impasible enterrado en su entrepierna, con sus dedos grandes aprisionándole la carne de su sexo, frotándola sin misericordia, introduciendo levemente la punta de sus dedos dentro de su humedad.

Aquello era muy raro, porque sentía mucha vergüenza de sí misma y de que Hipo la viera así, pero a la vez era gran liberación. Una que le dio el valor de palpar el miembro de Hipo y meter ella misma una mano en sus calzones.

Tocar la carne de su erección fue extraño.

Era duro, voluptuoso y estaba mojado. Aunque no era quien para juzgar, porque ella misma notaba sus muslos mojados de su propia excitación. Lo tomó con curiosidad entre los dedos de su mano y probó a moverlo como Hipo estaba haciendo con ella.

—Uff...—soltó Hipo todo el aire y lo que sea que le quedara de cerebro.

—Perdona—se disculpó Elsa, como si le hubiese hecho daño.

—Tranquila—negó Hipo, sacando la mano de las bragas de Elsa para enseñarle cómo tenía que hacerlo.

Posó su mano sobre la de ella, que era mucho más pequeña en comparación a la suya y empezó a guiarla, para que lo tomara de más arriba y le echase la piel del glande un poco hacia atrás. Hipo se vio en la necesidad de cerrar incluso los ojos para concentrarse. La mano de Elsa estaba inhumanamente fría y ante toda contradicción, eso lo prendió como el fuego.

—¿Así?—preguntó insegura, notando cómo Hipo se retorcía bajo su mano.

Él asintió y en cuanto ella empezó a moverla entorno a su carne, se lanzó a besarla con bastante salvajismo. En realidad todo aquello no dejaba de ser un juego de poder y por primera vez en su vida, Elsa se sintió bastante bien al notar lo que podía llegar a provocar en el otro.

Al menos la cara de Hipo le decía que en ese instante era más que un siervo.

—Espera—rogó el chico casi como en una súplica, sacando la mano de Elsa para quitarse aquella prenda, la cual claramente interfería en aquellos toqueteos.

—¡Oh Dios! ¡Virgen santa!—se tapó la cara Elsa cuando Hipo se bajó los calzones.

Hipo la miró con una mezcla de extrañeza y diversión.

—Me halaga, pero no es para tanto—bromeó divertido ante una Elsa roja como un tomate.

Una que no era capaz de quitarse las manos de la cara, bajo la risa suave y grave de Hipo.

—¿Vas a quedarte con los ojos cerrados?—preguntó sin perder la sonrisa, tomando sus manos.

—Oh, Dios—fue lo único que dijo ella, abrazándose a él.

Notando la humedad del glande de Hipo contra el vientre.

—¿Quieres que apague la vela? —llegó incluso a proponer.

—Ay madre...—y se rio nerviosa en la risa cálida de Hipo—. ¿Cómo podéis tener eso ahí?

Aquello hizo que Hipo se riera con ganas frente a una Elsa roja como un tomate que le decía que dejara de reírse.

El vikingo no le dio demasiada importancia y volvió a besar a la reina para rebajar toda aquella tensión. También se metieron dentro de la cama, porque Hipo empezó a temblar de frío. Y ahí en esa semioscuridad entre las sábanas de una cama ajena, Hipo y Elsa terminaron de desnudarse para el otro.

Forcejearon un poco, como forcejean los amantes previos a la lucha y se abrazaron con fuerza, se besaron ganas y se tocaron con cada vez menos pudor. Sin embargo, cuando Hipo se subió sobre ella y le separó las piernas, Elsa empezó a ponerse nerviosa. Sus piernas se abrieron para dejarle un hueco entre ellas, pero aún así no pudo controlar el temblor, como si hubiese llegado a ese punto de no retorno donde todo lo que le habían contado eran historias de pesadilla. E Hipo pareció notarlo, porque se separó un instante de ella para cruzar una mirada bastante tranquilizadora y cómplice.

Y entonces Elsa se descubrió a sí misma sonriendo en su sonrisa y se abrazó a él con mucha fuerza.

Hipo.

Qué bien olía, que extraña sensación de paz era tener su peso encima, su piel erizada contra la suya, su sabor y su cálido aliento. Ese que le respiraba detrás de la oreja y que fue besándola poco a poco, bajando por su cuerpo con ese cariño desmedido.

¿Por qué les había sido tan difícil llegar hasta ahí cuando ahora se sentía tan natural como respirar?

Esperó casi desesperada que Hipo se hiciera paso por su cuerpo y la penetrara, pero él parecía tener otras intenciones. De haberlo sabido, tal vez la reina se hubiese resistido un poco por pudor, pero antes de ser capaz de objetar nada, Hipo ya había bajado lo suficiente por su cuerpo como para llevarse a la boca uno de sus pechos. Aquello la hizo estremecerse, porque la boca de Hipo era muy cálida y húmeda y sus pezones resultaron ser más sensibles de lo que jamás imaginó. Sobre todo cuando él empezó a lamerlos y morderlos con suavidad.

—Ay dios—clamó, aferrándose con los dedos a su cuello.

Ese cuello que ardía por la fiebre, todo su cuerpo ardía. Y Elsa ardía con él ahí donde él se encargaba de degustarla. Degustarla y tocarla, porque mientras devoraba sus pechos, bajó de nuevo su mano para tocarla. Aquello la hizo sentir sobre estimulada, al borde de la taquicardia. Jamás su cuerpo se había sentido así, jamás en sus veinticuatro primaveras se había permitido liberarse así. Siempre había sido rígida, dura y fría como el hielo. De repente Hipo la había derretido y ahora se sentía como el agua, líquida, sinuosa e imposible de parar como la corriente. Una que conducía y domaba el vikingo, como un navegante, como un pirata.

—Ahhh—empezó a gemir sin ser capaz de controlar aquellos sonidos que manifestaba su cuerpo, esos que siempre pensó que serían vulgares hasta que los había oído complacida en el otro.

Y entonces Hipo dejó huérfanos sus pechos, tiró de sus piernas para tumbarla por completo y hundió la cabeza entre sus muslos.

—Hipo...—intentó llamarle, detenerle, decirle que aquello de no debía estar bien.

Sin embargo, no pudo decir nada, solo aferrarse a las sábanas.

Notar la lengua del chico entre los pliegues de su sexo fue demasiado.

Le causó tanta vergüenza y tanto placer que se le cortó la respiración. Su corazón ya lo latía, solo galopaba a una velocidad imposible. Era demasiado. Y todo su cuerpo lo supo antes que ella. Su piel se erizó, sus músculos se tensaron, la boca empezó a salivarle, las pupilas se le dilataron y una corriente empezó a brotar de ella abundante para mezclarse con la saliva de Hipo. Y entonces dejó de resistirse y enredó sus manos en el pelo de Hipo para instarle a continuar.

¿Qué diablos estaba pasando? En ninguna de sus escasas y casi inexistentes charlas sobre sexo marital le habían dicho nada de aquello. Nada de aquella satisfacción, de la pérdida de aire. Gimió, retorcida de placer y sintió a Hipo reírse dentro de ella, clavarle la lengua en la entrada, lamer sus pliegues sin compasión, succionar su clítoris como un devoto.

Elsa jamás se había sentido así, pero supo que algo en ella iba a estallar. Que estaba a punto de derramarse como se derrama un vaso al que no le cabe ni una gota más. Uno cuya agua asoma por encima del filo, esperando la última gota que haga que todo se desborde. Y ella estaba tan cerca. Tan, tan cerca. Tan cerca de algo que no llegaba, pero que se avecinaba con fuerza. Un presagio casi de muerte y resurrección.

—Hipo—volvió a nombrarle, esta vez para suplicarle, a las puertas de un cielo donde jamás imaginó que se podía tocar.

E Hipo no pudo hacer más que aumentar la velocidad de su lengua, lamiendo, mordiendo y succionando aquel punto hasta que cayó la gota que colma el vaso.

—Ahh... ah... ¡Ah!—gimió Elsa en un grito ahogado en cuanto elevó las caderas contra su boca y sintió la oleada de electricidad y placer.

Esa que hizo que se derramara, que por un instante tocara el cielo con las manos, que su cuerpo entero fuera sacudido por el éxtasis en el más intenso de los orgasmos que alguna vez hubiese imaginado.

Necesitó más de un minuto para coger aire y entender que su cuerpo pudiera esconder y liberar algo así, respirando desbocada y apretando la cabeza del vikingo entre sus piernas, quien había sabido leer bastante bien el cuerpo de su compañera. Ahora se limitaba a depositarle algunos besos suaves en la ingle, esperando que se calmara.

—Oh Dios...—se llevó una mano al pecho la reina, intentando comprobar si seguía viva.

Le hormigueaban las piernas, los pies y las manos y se sentía tan liviana como si estuviese flotando sobre la cama, como si no pesara nada. El vikingo acabó escalando hasta encontrarse sobre ella, frente a aquellos ojos que lo miraban con una mezcla de asombro y culpabilidad.

—¿Te ha gustado?—preguntó con cierto orgullo y altanería, limpiándose levemente la barbilla.

Elsa lo habría fulminando con la mirada por esa chulería sino fuera porque se hallaba en una nube. En vez de eso, se echó a reír nerviosa y muy avergonzada. Volvió a taparse la cara.

—Elsa, no tiene nada de malo—le dijo Hipo al ver su reacción.

—Hipo, nunca entenderé cómo puedes hablar tan directamente de algunas cosas—se limitó a abrazarlo para que se callara.

Se abrazaron durante unos minutos eternos, esos que el tiempo no puede robar. Elsa le acarició la espalda y él se limitó a darle algunos besos fugaces en el pelo esperando a que el corazón de Elsa volviera a la normalidad.

—¿Te estoy aplastando? —preguntó el vikingo en algún momento.

Ella negó, enredando los dedos en su pelo castaño, en su nuca. El peso de Hipo era como un ancla al presente.

—Me gusta mucho sentir tu peso—le confesó, besando a Hipo en los labios, saboreando su propio sabor en ellos.

Atesorando ese momento para ellos dos.

—Elsa...—le susurró al oído al cabo de un instante—. ¿Puedo tomarte?

El estómago de Elsa sufrió un vuelco, pero notó que los nervios de antes se habían quedado muy atrás. Le acarició la cara al chico, mirándole a los ojos, separándole los mechones de pelo que se le habían pegado a la frente por los sudores de la fiebre.

—Hazme tuya de una vez, Hipo.

Elsa estaba muy familiarizada con el dolor.

Lo había experimentado durante toda su vida. Dolor por el miedo, dolor al rechazo, dolor en el pecho al pensar que con ocho años había matado a su propia hermana. Dolor por ser diferente, por el corazón roto, por el desamor, por el encierro, por la soledad, por las bofetadas sin manos, por el protocolo y la ansiedad. Dolor en el estómago por los nervios, por los castigos que a veces se ponía a sí misma con no comer hasta que el estómago se le retorcía; con pellizcarse las piernas para estar despierta las noches que pasó en vela tras la muerte de sus padres. Dolor al no sentir el cuerpo de frío, a que otros la humillaran y golpearan. Dolor de su carne abrasada por el fuego de dragón y los cortes de sus garras en la piel. Dolor en el alma por lo que no pudo salvar. Dolor por no sentir nada. Nada de nada.

Por esta razón, el dolor que sintió cuando Hipo se coló entre sus piernas y la penetró, se sintió más como un alivio. Como quien se libera de unas ataduras muy apretadas y lo que debería doler ya no duele tanto.

El vikingo trató de ser delicado y ayudó bastante el hecho de que Elsa se hubiese corrido y estuviese muy húmeda. No obstante, su interior estaba tan cerrado como ella lo había estado alguna vez. Hipo empujó, haciendo un poco de fuerza, notando la resistencia.

—¿Te duele? —le preguntó al ver el rostro contraído de Elsa y sus manos aferrarse a sus brazos.

—Un poco...—confesó, algo rígida.

—¿Quieres que pare?—se sintió mal el vikingo.

—No, no—negó ella, tomando aire.

—¿Segura?

—Por favor...

Hipo entonces la besó, suave, sin prisas, mientras su cadera se golpeaba contra ella, al principio en movimientos lentos y luego en otros más insistentes. Elsa elevó un poco el cuerpo y abrió más las piernas, para facilitarle el paso. Sentía su entrada arder y contraerse espasmódica en torno a la carne de Hipo, esa que se fue abriendo paso poco a poco hasta dilatarla. A él también le dolía un poco aquella estrechez, esa que empezó a ser más amable y reconfortante a medida que avanzaba.

—Ufff, joder...—soltó todo el aire Hipo cuando notó vencer la resistencia y consiguió meterla hasta el fondo.

Llevaba tanto tiempo de abstinencia sexual que se habría corrido en ese mismo instante sino fuera porque el interior de Elsa era sorprendentemente tibio. La debilidad de la fiebre también ayudaba.

—Espera—le pidió Elsa, como si hubiese alcanzado la cumbre de dolor y ahora éste se diluyera.

Hipo tragó saliva, notando cómo aquella estrechez le estrangulaba el pene. Eso y el cuerpo de la reina enredado en el suyo, con sus pezones erizados rozándole el torso y la piel de su estómago contra la de su vientre. Uff. Hubiese nombrado especies de dragón en su cabeza sino fuera porque estaba demasiado pendiente de Elsa.

—¿Quieres que la saque?—ofreció, buscando la mirada de la reina.

—No—negó ella, respirando acompasada, clavando sus ojos azules en él.

Hipo siempre se había sentido fascinado por el aspecto tierno y peligroso de Elsa. Siempre regia, elegante y contenida en la definición de un ser perfecto. Verla así, debajo suyo, con todo el pelo blanco caótico sobre la almohada, desnuda, con las mejillas rojas, sudada, los labios entreabiertos y la mirada de hambre... se sorprendió al comprobar que estaba frente a otra mujer. Una que se parecía más a una valkiria de lo que la reina hubiera imaginado.

—¿Quieres... que me mueva?—se sintió en la necesidad de pedir permiso, mareado de placer, absorto en ella.

Los labios de Elsa se le hicieron entonces como una fruta. Una muy jugosa, como un melocotón rosado que le dio una orden muy concisa y que le despertó el hambre de un depredador: sí.

Besó a Elsa desesperado, iniciando el vaivén de sus cuerpos, sintiéndose por primera vez completamente perdido desde que se conocían. Perdido, cegado, loco... Ella lo había vuelto loco.

En ese momento, embistiéndola, se sintió más una bestia que una persona. Una que había perdido todo raciocinio porque Elsa, la reina de hielo, se había derretido para él y ahora le gemía en el oído mientras la penetraba y le clavaba las uñas en el cuerpo.

—Oh, Hipo...—le decía—Oh, Hipo...—lo llamaba entre sus labios, apretando las piernas.

Y él aceptó que podría morirse en ese instante, casi avergonzado de lo mucho que había deseado follársela de esa manera.

Debió ser mutuo, porque para Elsa, tener a Hipo dentro fue como encontrar el camino a casa. Sintió un profundo alivio cuando lo notó dentro en toda su inmensidad y entonces un calor muy reconfortante se instaló en su corazón. Así que ese era calor que se sentía cuando uno realmente está vivo...

Por primera vez en toda su vida, Elsa sintió el calor que siente otro ser humano. Uno que no está hecho de hielo. Hipo había entrado dentro de ella para calentarla desde las entrañas, para hacerla humana, para regalarle lo mundano, lo que nunca había tenido. Y entonces notó el frío. El frío que estaba fuera, ahí dónde no estaba el vikingo.

Todavía sentía cierto dolor en las penetraciones, pero no eran comparables con las oleadas de placer que le producía ver a Hipo embestirla. Hipo. Con su aspecto salvaje más acentuado que nunca, su cabello despeinado, su piel perlada de sudor y pecas, sus labios apretados, los músculos tensos, el corazón desbocado.

—Agg—empezó a gemir él, echándose sobre ella, acelerando el ritmo.

Elsa pudo notar aquella tensión y entonces se aferró a sus nalgas, en un intento de control fallido, porque Hipo empezó a gemir y respirar errático y Elsa intuyó que debía estar cerca del lugar a donde él la había llevado.

—Ufff—gimió, apretando los labios.

Hipo se corrió con tanta intensidad que perdió las fuerzas. El interior de Elsa estaba tan apretado y mojado que llegados a un punto ya no pudo más. El orgasmo le golpeó como una sacudida. Desde el perineo hasta la punta del pene, derramándose dentro de ella como si fuese su última misión en la vida.

—Dioses...—fue lo único que dijo en su lengua, desplomado totalmente sobre la reina, que le acarició la espalda con cariño.

Necesitó un momento para recuperar el aire y con cuidado se hizo a un lado, bajándose de Elsa. Ella también respiraba agitada, con ese calor dentro que todavía no la había abandonado y eso que empezaba a gotearle entre las piernas.

—¿Te... te ha gustado?—preguntó Elsa con timidez, mirando a Hipo, parafraseándole cómplice.

Él la miró y entonces ambos se rieron con mucha torpeza. Una que se vio eclipsada por los besos que compartieron entre bocanada y bocanada de aire. Después de aquello, Elsa se levantó con la excusa se orinar, se puso la túnica y salió un momento de la habitación con la promesa de que no tardaría.

No solo orinó, sino que se limpió entre las piernas, notando que por los muslos le bajaba un poco de sangre, flujo y un líquido blanquecino. Así que esa la 'sangre' que debía haber corrido su noche de bodas... No le pareció para tanto.

La paz se firmará con sangre, recordó entonces las palabras de Gran Pabbie. Sonrió como una tonta. Ojalá fuera tan sencillo.

Cuando volvió a la habitación, Hipo estaba prácticamente dormido. Se desnudó sin pensarlo demasiado y se abrazó a él en la cama. Y él la abrazó a ella con fuerza y un profundo afecto que a ambos les dolió en el corazón.

Se quedaron un buen rato en silencio, tal vez porque la calma les golpeó como una bofetada y de repente empezaron a ser conscientes de que se habían acostado. De que habían consumado su matrimonio. De que la habían cagado hasta el fondo. No solo entre ellos. Sino con ella. Incluso si pensar su nombre era demasiado doloroso en ese momento.

—Te está subiendo la fiebre—fue lo único que se atrevió a verbalizar Elsa, acurrucada en los brazos de Hipo como si fuese una niña pequeña, mientras él jugaba con su pelo.

Elsa la acarició la cicatriz de la fecha en el vientre.

—Lo sé...—le respondió resignado con la voz suave.

—¿Estás bien?—preguntó angustiada Elsa al oír su tono.

Hipo de repente estaba serio, como arrepentido, como si pudiera echarse a llorar. Sin embargo, cuando se encontró con los ojos de Elsa, se limitó a sonreírle.

—Estaré mejor si me cantas una canción para dormir—resolvió recuperando el ánimo, cambiando su lugar por el de Elsa, abrazándose a ella para enterrar la cabeza entre sus pechos.

Elsa se sonrojó, sin saber cómo sentirse aunque agradecida. Ella tampoco estaba preparada para una conversación fea.

—Hipo, qué vergüenza, ¿cómo voy a cantar ahora?

—¿Y por qué no? —se defendió él—. ¿Cómo puede ser que no te dé vergüenza cantarle a unos desconocidos y a mí sí?

Touché.

—¡Pues porque eran niños!—se rio Elsa nerviosa, justificándose.

—Y yo se supone que soy tu marido—rebatió Hipo—. No entiendo la lógica.

—Ay no sé, Hipo—siguió ruborizándose Elsa, sintiéndose las mejillas arder.

Hipo suspiró entonces, pensando que era una batalla perdida y dispuesto a dormirse abrazado a ella. Sin embargo, Elsa se removió en la cama y se incorporó un poco.

—Está bien—dijo entonces, para asombro de Hipo—, pero ahora sí que voy a apagar la luz.

La reina sopló lo que quedaba de vela en la mesita y los dejó a los dos asumidos en una profunda oscuridad. La tormenta seguía apretando fuera con fuerza y el viento podía oírse soplar contra los muros de piedra.

Elsa tomó aire, como calmándose a sí misma y entonces empezó a jugar con el pelo de Hipo mientras murmuraba una melodía, tomando unos mechones finos para trenzárselos. Lo mismo que Astrid hacía con él, lo mismo que la vikinga había hecho con ella, lo mismo que Hipo había hecho innumerables veces con los cabellos blancos de Elsa en los últimos días.

He necesitado mucho

Sin nada que tocar

Flotando desde la tierra

Mientras todo se quemó

.

En mis sueños

Todo es más tranquilo que aquí

En mis sueños

Todo lo que siento desaparece

.

La noche se hizo nueva

Y de ella creció

Un himno puro

No te engañes a ti mismo

No le mientas al mundo

No le mientas a una chica

.

Cuando tus sombras fueron perdonadas

Abandoné mi religión

Y supe que nunca volvería

Tan cansada y sin rumbo

.

Viajé a través de la oscuridad

Así mi rastro fue imposible de encontrar

.

En mis sueños

Todo es más tranquilo que aquí

En mis sueños

Todo lo que siento desaparece

.

Aprende mi cuerpo y mis canciones

Y repítelos como si te pertenecieran

.

Porque en mis sueños

Todo es más tranquilo que aquí...

Cuando Elsa terminó de cantar, descubrió que Hipo estaba llorando. Le acarició la cabeza con ternura y lo abrazó con fuerza. Una que le fue devuelta con la misma intensidad.

—¿Tan mal canto?—bromeó Elsa, haciéndolo reír mientras se limpiaba la cara.

—Oh, no, por Freya—negó Hipo—. Jamás imaginé que pudieras cantar así. Todo lo contrario... tienes una voz... muy bonita.

—¿Eso crees?

Hipo siguió enjuagándose las lágrimas, buscando su rostro en la oscuridad para besarla.

—Como una Asradi.

Elsa repitió la palabra entre sus labios. Jamás lo había oído.

—¿Qué es una Asradi?

—Es una criatura que con su canto vuelve locos a los vikingos y los hace saltar por la borda de los barcos.

Elsa se rio suave.

—Entiendo... nosotros las llamamos sirenas—le sonrió Elsa—. Tiene gracia. De una forma u otra siempre acabo pareciéndome a un monstruo.

Hipo negó en la oscuridad.

—Tampoco hay que ponerse drásticos—le apartó el pelo blanco de la cara—. Las Asradi no son monstruos. Los humanos sí.

—¿Y tú... sientes que te has vuelto loco?

Hipo la besó suave en los labios.

—Yo saltaría al mismo infierno por ti—resolvió.—. Supongo que eso es lo mismo que volverse loco.

Elsa lo abrazó con fuerza, notando cierto delirio en la voz del chico. Eso y la fiebre. Mucha fiebre.

Hipo no tardó en quedarse dormido entre sus brazos y aunque Elsa luchó por no dormirse y hacer guardia toda la noche por si la muerte venía a buscarle, acabó cayendo en las garras de morfeo en cuanto Hipo pegó su cuerpo desnudo a su piel y empezó a respirar acompasando con esa paz que jamás había sentido y que llevaba toda una vida buscando.

Incluso si duraba solo unas horas.

.

.

.


CORTO AQUÍ QUE SINO NO PARO! Jajajaja

¡Espero que os haya gustado! Quizás para algunos es un ¡POR FIN! y para otros un ¡OH DIOS NO! Espero que me digáis en comentarios.

OBVIO esto lo cambia todo entre estos dos personajes. Sé que el capi es muy irregular porque empieza con tensión, luego slice of life, después se mete a resolver misterio + acción a punta pala y luego rock and rock para terminar en este momento de calma.

Deciros que llevaba mucho sin escribir 5MUT y me ha costado un poco. También la atmósfera entre ellos dos siempre es rara. No me los imaginaba teniendo sex0 salvaje o siendo súper cuquis. Espero haber logrado el término intermedio. Y por supuesto está el tema ASTRID que ninguno se ha atrevido ni a pensar/verbalizar.

A ver si Hipo llega a Arendelle, claro...

Sin más, como os decía más arriba, os he respondido a todos por MD. Si alguien no lo ha recibido que me deje un comentario y lo que hago es responderle por aquí editando.

GRACIAS A TODES!

REVIEWS

ZAIKO23: regresé sí! Me alegra seguir teniéndote por aquí :) Espero que estés disfrutando la readaptación y los nuevos capis. Un abrazo muy fuerte!

GUEST (17nov): qué ilusión me hace leer cuando la gente dice que ha leído mi historia varias veces. Me alegra que esta historia te esté acompañando en tu día a día. Si ayuda a alguien, yo más que FELIZ. Gracias por tu comentario. Espero que te gusten los nuevos capis.