El lunes por la mañana los gritos y risas se podían escuchar en cualquier parte de la escuela. Cada clase tenía a alguien que, al igual que Helga, tenía su reputación como bromista, aunque después del incidente en cuarto grado, nadie quiso meterse con ella... y ella bajó un poco la intensidad con Arnold, distribuyendo su necesidad de molestar entre varias personas.
Helga supo que sus bromas estaban en marcha en cuanto escuchó la estrepitosa risa de Gerald, mientras Arnold escupía algunos papeles que habían entrado a su boca cuando abrió su casillero.
–Al menos esta vez no es brillantina rosa–decía el moreno entre risas.
Un poco más allá, Edith abría su casillero para recibir la misma sorpresa, pero reaccionó asustada. Nadine la ayudó a limpiarse.
Arnold miró alrededor y vio que en ese momento su novia llegaba a la escuela.
–¡Helga!–dijo, acercándose a ella.
–¿Qué?–Respondió con indiferencia, deteniéndose frente a su propio casillero.
–¿Esto es tu responsabilidad?–Preguntó señalando el confeti en su cabello y luego a Edith.
–En primer lugar, Arnold, acabo de llegar y créeme que ni siquiera hoy haría el esfuerzo de madrugar
–Pero...
–Y en segundo lugar–Interrumpió, sin mirarlo.–, aunque me hubiera encantado ser la primera en hacerte caer, no, no fui yo
–¡Pero ya me hiciste esto una vez!
–Exacto. Ya lo hice y ahora no es divertido
–¿Segura?
–¡Por favor, cabeza de balón! Hacer esas estúpidas bombas de confeti es tan sencillo que cualquier idiota podría hacerlo–Concluyó, abriendo su casillero.
En ese instante el sonido elástico de una goma fue el preludio para el montón de papel picado que saltó hacia su rostro.
–¡Quién fue el idiota!–dijo, mirando alrededor, levantando su puño.
Varias personas reían, pero en cuanto amenazó, desviaron la mirada.
Arnold la observó sorprendido, pero aún con sospecha.
–Está bien–Admitió él–. No fuiste tú
Helga se sacudió los trocitos de papel de su cabello y ropa.
–No me digas, genio–Masculló con molestia.
Gerald vio llegar a su novia y entre risas le contó lo que acababa de ocurrir.
Mientras Phoebe también reía, la rubia rodó los ojos, cerrando su casillero de golpe.
–¿Podemos hablar antes que empiecen las clases?–dijo Arnold.
–Supongo que sí–Contestó ella, mirando alrededor.
–En privado
–Rayos
No estaba segura si el chico seguía enfadado y tampoco estaba segura de querer hablar. De hecho, no podía decidir si ella misma estaba enfadada, en buena parte sabía que sí, porque su fin de semana no fue precisamente bueno y en especial porque sabía que era su culpa.
Tratando de fingir indiferencia hizo un gesto a sus amigos y se alejó por el pasillo, esperando que Arnold la siguiera.
Luego de comprobar que el conserje se encontraba limpiando las oficinas, decidió que podían ir a la azotea.
Por algunos segundos evitaron mirarse, cada uno concentrado en el cielo, las baldosas o el ruido de los extractores. Ambos sabían que la campana sonaría pronto.
–Si piensas decir algo, hazlo ahora, cabeza de balón–dijo Helga.
El chico cerró los ojos con fuerza.
–¿Sigues... enfadado?–Agregó ella.
Arnold negó, pero ella notó que estaba tenso.
–Yo... –Comenzó a decir ella.–en verdad no quise...
–Pero lo hiciste–El chico la miró con el ceño fruncido.
–¡Lo sé! Pero, hoooooola, sabías que era una idiota mucho antes de que empezáramos a salir
–Eso no significa que debas serlo conmigo, Helga, creí... creí que lo habías superado
–En tus sueños
–Esto no es gracioso
Ella rodó los ojos, cruzándose de brazos.
–Helga, escucha. No puedo ayudarte si no me dices qué demonios te pasa–dijo Arnold.
–¿Y quién demonios dice que tienes que ayudarme? Maldición, Arnoldo, no siempre necesito ayuda, ya te lo dije, deja de meterte donde no te llaman
–¡Eres mi novia! ¡Me importas!
–¿Y eso qué?–Ella lo miró y acercó mucho su rostro.–. No significa que tengas que meter tu nariz en todo, ¿sabes?–Añadió, presionando su índice en el pecho del chico.
El semblante de Arnold aún mostraba molestia. Ambos respiraban entre dientes, mirándose a los ojos.
–Al menos deberías disculparte–dijo él, apartando la mirada.
No soportaba verla. Se odiaba. ¿Cómo podía ser así? Incluso enfadado como estaba, durante unos segundos sólo podía pensar en besarla. ¿Por qué se sentía así? ¿Acaso estaba tan enamorado que una parte de él quería omitir por completo lo que había pasado? Si lo hacía ella se saldría con la suya. Necesitaba ser firme. Sabía que Helga podía ser terca, de hecho, probablemente era la persona más terca que conocía.
Ella lo observó unos segundos y rascando su brazo dio un largo suspiro.
–Escucha, Arnoldo–Murmuró.–, sé que fui una idiota, estaba enfadada y no quería hablar de eso ¿sí? Tampoco quise decir eso... simplemente se me salió
–Duele... –dijo él, apretando los puños, con la mirada clavada en el suelo. Notó que Helga dejó de apretar los puños y comenzó a rascar su brazo.–. Sé que mis padres no están, sé que me abandonaron, no tienes que recordármelo
La campana que daba inicio a las clases sonó en ese momento.
Helga apretó los dientes y los puños.
–En verdad creo que tienes suerte–dijo ella.
Arnold alzó la vista, sorprendido.
–No tener padres–Continuó ella.–, es mejor que tener padres idiotas, ¿sabes?
–Helga, retráctate
–No–Ella lo miró enfadada.– ¿De qué sirve tener una familia que no se preocupa por ti? Al menos tus abuelos te quieren, te tratan bien...
–Tus padres no pueden ser tan malos...
–Despierta, Arnoldo, has visto a Miriam reformada y apenas has interactuado con Bob y sabes que es más idiota que yo. No tienes idea de lo que fue crecer en esa casa
–Eso no te da derecho a decir algo así
–¡Lo siento! ¿Sí? No estaba pensando...
Helga estaba incómoda y una parte de ella sólo quería escapar de ahí. Le dolía el pecho y apenas podía hablar. No quería que él la viera llorar otra vez. Era patético.
–Y entiendo que estés enfadado, pero eso es lo que pienso–Añadió.–. Y si no vas a disculparme, tal vez sea momento de ir a clases, porqué no sé qué más decir
Arnold dio un largo suspiro y cerró los ojos apoyando su espalda contra el muro.
–¿Por qué tienes que actuar así?–dijo sin mirarla.
–¿Qué quieres decir?
–Escucha. No estoy enfadado–Aclaró.–, pero creo que merezco más que esto
–Rayos, cabeza de balón, ya dije que lo siento ¿Qué más quieres que haga?
Arnold la miró con frialdad y ella pudo sentir cómo su corazón dejaba de latir y el mundo se quedaba en silencio.
–Quiero que confíes en mí
Latidos. Sonido. Aire.
–¿Qué quieres decir?
–Cuando te pasa algo y no dices nada, no sé cómo lidiar contigo, no sé cómo ayudarte
–Maldición, Arnoldo, te repito que no tienes que ayudar a todo el mundo
–Es solo que no te entiendo ¿Por qué molesta que Olga esté embarazada?
Helga apretó los dientes, evadiendo su mirada.
–Yo en tu lugar habría estado feliz
–¡Claro que no!–Explotó ella.–. Estoy asustada ¿Crees que no me preocupé cuando supe lo que le ocurrió? No me imagino lo difícil que debe ser para ella intentarlo otra vez... y creo que es una locura. Y aunque sonríe, me aterra lo cansada que se ve. Pero es Olga, la maldita hija perfecta, la hermana perfecta, la esposa perfecta, por supuesto que también querrá ser la madre perfecta. Y tal vez sólo está cansada porque debe ser horrible despertar con nauseas cada maldito día, pero también pienso si acaso tendrá pesadillas con la pérdida. ¿Podrá mantener su trabajo? ¿El seguro médico cubrirá los gastos? NADA de eso es mi problema y no dejo de pensarlo. Ni siquiera he hablado con ella a solas, no sé si puedo hablarle a solas. Pero si ella es feliz con esto, no haré nada para arruinarlo, ni siquiera cuestionar sus decisiones... y si tengo que tragarme todas esas dudas lo haré... pero me vuelven loca...
Arnold la observó con sorpresa, para luego abrazarla.
–Lo siento... –dijo él.
Entonces ella sintió que se quebraba otro poco.
–Es Olga, es mi hermana, siempre lo será, pero... la odio. Odio que sea tan... ella
–¿Qué hizo para hacerte enfadar?
–El viernes cuando llegué a casa ella había decorado el comedor–Cerró los ojos.–. P-parecía una fiesta sorpresa... y yo... yo creí...
Arnold se apartó y vio las lágrimas cayendo por su rostro.
–Tu familia... otra vez... olvidó tu cumpleaños
Aunque no era una pregunta Helga asintió.
–¿Estás enfadada por eso?
–No, no espero nada de ellos... pero... Olga... siempre dice lo mucho que le importo, pero al final... no es cierto
La chica se soltó, dándole la espalda y limpiando su rostro.
–Helga... ¿querías una fiesta?
–No quiero una fiesta–dijo incómoda, abrazándose a sí misma–, ni ningún tipo de celebración, no quiero absolutamente nada con mi familia. Pero cuando entré y vi el pastel y la decoración creí... por un segundo... olvídalo
Arnold tomó su mano.
–Por un segundo creíste que lo recordaron... y te gustó la idea de que pensaran en ti ¿no?
Helga cerró los ojos y asintió.
–Lo siento–Repitió él.–. Sé... sé que no eres egoísta
–Claro que lo soy, Arnoldo. Me encerré en mi habitación en lugar de quedarme celebrando
–Helga, tienes derecho a sentirte mal, ahora entiendo todo
Arnold la abrazó, intentando contenerla y pensando si había algo que pudiera hacer para hacer sentir mejor a su novia.
–Y sé que no debí desquitarme contigo, pero tienes que dejar de ser tan insistente–dijo ella.
Arnold dio un largo respiro. Tal vez Helga tenía razón.
...~...
Perdieron esa clase, aunque Phoebe los ayudó a ponerse al día con los contenidos y Gerald con los acontecimientos. Al parecer alguien le hizo creer a Curly que Rhonda iría a la escuela porque lo extrañaba, así que el chico tenía un ramo de flores y lucía su mejor atuendo para recibirla. Fue Nadine quien rompió su ilusión, recordándole que era el Día de los Inocentes, lo que provocó que el chico rompiera en llanto, postergando el inicio de la clase hasta que lo enviaron fuera del salón.
Algunas bromas menores como tachuelas en algunos asientos, falsas declaraciones, goma de mascar picante o que manchaba la lengua, serpientes o arañas de goma en los cajones de los maestros, lo que molestó a varios, aunque nadie se hizo responsable.
Lo bueno de haber discutido con Arnold es que Helga aprovechó la excusa de no sentirse bien y así pasar los descansos a solas, excepto el almuerzo. Vagaba por la escuela, haciendo algunas bromas a quienes sabía que no se enfadarían y tratando de mantener el buen ánimo.
Decidió que el martes podía molestar un poco a McDougal. Llenó su pupitre de cucarachas plásticas y el resultado fue hacerla gritar durante la siguiente clase. Al final del día puso una gran cantidad de sal por la rendija de su casillero, lo que pudo observar al día siguiente. Aunque Arnold descubrió que fue ella y la obligó a disculparse. Lo que hizo de mala gana y Edith aceptó con su apatía de siempre, aunque le agradeció al chico su consideración con un sutil coqueteo que hizo enfadar a Helga el resto de la mañana.
Por la tarde fue el turno de Lila. Cuando Helga le ofreció una flor que lanzaba agua no esperaba para nada la melodiosa risa de la pelirroja.
–¿Qué acaso estás demente?–dijo la rubia, levantando un lado de su ceja.
–Claro que no–Fue la respuessta.–. Realmente es divertido y estaba ansiosa por averiguar si habías preparado algo para mí
Helga sintió un ligero salto en sus latidos con eso.
–Entonces si estás demente–Añadió, entrecerrando los ojos.
–Para nada–Negó, calmándose.–. Me agrada que seamos tan cercanas como para que te sientas cómoda haciéndome una broma
–Ajá
Helga le dio la espalda.
–Vamos, o llegaremos tarde a la práctica de hoy–dijo, afirmando el tirante de su bolso.
...~...
Quedaban solo dos días más, pero ya estaba agotada.
Helga sabía que sería una semana larga cuando les explicó a los chicos el plan final. Para trabajar con ellos puso tres condiciones:
1.- Cada uno actuaría por su cuenta dentro del plazo acordado.
2.- No habría conversaciones sobre el tema en la escuela.
3.- Cada quien salvaba su propio pellejo.
Todas las instrucciones las entregó impresas y los idiotas estuvieron de acuerdo, pero le pidieron que ella hiciera la parte más arriesgada: ingresar al salón de maestros.
Bueno, era una broma que valdría la pena y los demás harían todo el resto del trabajo, así que pensó que ¿por qué no?
El viernes todo marchaba como habían planeado.
El asunto era vaciar el salón y la mejor forma era una que ya conocía: activar la alarma de incendios.
El lugar más seguro para iniciar un incendio era la cafetería, ese era trabajo de Sid.
Harold debía pretender comprar comida para vigilar el lugar y Stinky estaría afuera.
Helga vigilaba el salón de maestros desde el extremo del pasillo, con sus audífonos puestos y fingiendo escuchar música.
Cuando el caos se desató, se metió al salón más cercano y esperó que la gente se alejara.
Claro que los maestros revisaron que todo el mundo saliera, así que tuvo que esconderse bajo el escritorio, pero logró pasar desapercibida.
Los pasos se alejaron.
Conversaciones preocupadas en el exterior.
Silencio en los pasillos.
Corrió hasta el salón de maestros. Sabía que no tenía mucho tiempo.
Con todo listo, se dirigió a la salida. Cuando la regañaron, por la demora, dijo que estaba en el baño y no escuchó las alarmas por la música, así que le confiscaron los audífonos. Era un sacrificio que podía aceptar y que había considerado entre sus planes.
Perdieron una clase, pero se permitió el ingreso a la hora de almuerzo. La cafetería todavía olía ligeramente a humo, tenía todas las ventanas y puertas abiertas y el área donde se inició el fuego estaba trapeada y con señales de piso húmedo.
Si todo iba según lo planeado, el caos comenzaría pronto, pero sólo podría corroborar los resultados al volver a clases.
Y así fue, en cuanto regresaron al salón, la maestra tenía manchas de varios colores en su ropa y cabello. Miraba a cada estudiante con sospecha.
Helga no fue la única que ahogó la risa al verla, pero nada la delató.
–¡La maestra está cubierta de pintura!–Gritó Harold, apuntándola, pero esto era parte de su tontería habitual.
–Recórcholis–dijo Stinky.
–¿Se encuentra bien?–Preguntó Sheena, con preocupación genuina.
Los demás trataban de contener la risa o simplemente parecían asustados al verla así.
En otros salones, las risas y burlas de los estudiantes, se mezclaban con los regaños de los maestros.
–Esta es una situación seria–dijo la maestra cerrando la puerta cuando el último entró al salón–. Si nadie se hace responsable por lo ocurrido, todos estarán en detención la próxima semana
–Esto es absurdo–dijo Gerald, poniéndose de pie.
–Joven Johanssen, ¿quiere acaso admitir su responsabilidad en el acto?
–No–dijo el chico, volviendo a su asiento.
La maestra se paseó por el salón, mirando a todos y cada uno de sus estudiantes.
–Bueno, tienen lo que queda del día para que el responsable lo admita, de lo contrario la próxima semana todos los estudiantes de preparatoria estarán castigados.
Después de eso, la maestra decidió no hacer la clase, sólo los obligó a sentarse en silencio, sin permitirles sacar sus cuadernos, lápices ni nada. Mirando al frente, sin hablar.
La situación poco a poco los volvía locos. Se escuchaba el arrastrar de pies en el suelo, el golpeteo de uñas en las mesas, alguien hizo sonar sus nudillos, Eugene tuvo una pequeña crisis de estornudos. Brainy se balanceaba en su silla, al fondo. Helga observó como McDougal jugaba con su cabello.
La campana sonó y al salir al pasillo Helga notó una mezcla de desánimo con incertidumbre. Comentarios sobre lo injusto que era que todos fueran castigados por la broma de alguien más se mezclaban a gente de distintos salones comentando con entusiasmo sobre las reacciones de cada maestro.
–Helga, no fuiste tú, ¿cierto?–Preguntó Arnold con ingenuidad.
–Claro que no, cabeza de balón–dijo ella.
–¿Quién pudo ser?–Comentó Phoebe.
–Sea quien fuera, se meterá en grandes problemas si le atrapan–Añadió Wolfgang pasando junto a ellos.–. Aunque supongo que ninguno de ustedes es tan valiente como para hacer algo así
–¿Y tú sí?–Contestó Helga, cruzando los brazos y arqueando su ceja.
–Soy valiente, pero no tan tonto
–Claro, claro–La chica agitó su mano.–. Ya vete
–¿O qué, Pataki?
Apretó el puño y lo miró con desprecio, mientras él se inclinó amenazante.
–¡Ey, Pataki!–Saludó Joshua desde el final del pasillo, acercándose.
Wolfgang lo miró y apretó los dientes. Detestaba a Johnson y sabía que no podía ganarle, así que chasqueó los dedos y le indicó a Edmund que lo siguiera.
–Hola, chicos–dijo Joshua con una sonrisa.
–¿Qué tal, grandote?–Respondió Helga.
–Hola–dijo Arnold.
–Me alegra encontrarlos. Gracia dijo que tenemos una reunión importante–Comentó.
–¡Pero aún quedan quince minutos!–Se quejó Helga.
–Ya lo sé, pero órdenes de arriba
–Está bien–Helga miró a sus amigos.–. Supongo que debo irme–dijo.
–Nos vemos mañana–dijo Arnold, besando su mejilla.
–Nos vemos, cabeza de balón. Pheebs, Gerald–Contestó ella.
La chica se dirigió al salón del periódico con su amigo, quien le comentó entusiasmado la situación en su clase con la broma a los maestros.
Helga escuchó tratando de balancear su entusiasmo con su fingida indiferencia, sabía que cualquier extremo sería sospechoso.
Llegaron casi al mismo tiempo que los demás. En el lugar además de Gracia, estaba Wartz.
–Jóvenes, me alegra que estén aquí–Saludó el hombre, mirándolos a todos con aire serio.
–¿Qué es esto?–dijo María.
–Ya que nadie ha confesado la broma–dijo Gracia.
–El terrible ataque, querrá decir–Corrigió Wartz.
–El terrible ataque hacia los maestros–Continuó, aunque con tono apático.–el director Wartz nos ha pedido publicar un número especial con toda la información que tenemos del caso y una recompensa para cualquier pista que lleve al culpable
–¡¿Qué?!–dijeron varios.
–Criminal, esto es ridículo, es solo una estúpida broma–Se quejó Helga.
–No lo es, señorita Pataki–dijo Wartz y comenzó a pasearse por el salón con las manos en la espalda y aire solemne–. Algún estudiante traspasó el sagrado recinto que es el salón de maestros y perpetró un ataque premeditado causando daños irreparables a algunas prendas, cabellos y peluquines...
Helga rodó los ojos.
–No descansaremos hasta hallar a los culpables–Sentenció dejando caer su puño derecho sobre su palma izquierda.
–Así que... –dijo Gracia–tendremos que modificar todas las secciones del periódico...
–Lo que significa trabajo extra–Se quejó Siobhan.
–Sí, pero si trabajamos en equipo, tal vez salgamos una hora más tarde
–Perfecto, señorita Sánchez, lo dejo en sus manos
El director se fue, silbando por el pasillo
Helga se sentó en el lugar de siempre, sacando su cuaderno y uno de sus lápices, mientras Gracia daba más detalles. Definitivamente sería una larga jornada.
