Los personajes de She-ra and the Princesses of Power son propiedad de Nate Stevenson y Dreamworks Animation y las razas y ubicaciones son propiedad de Games WorkShop.


(En colaboración con davidomega59)

Millhadris despertó sintiendo el cuerpo completamente destrozado. Esa es la definición más acertada al terrible dolor que estrujaba su pecho y dificulta la respiración. Ese mismo dolor hace que siente la cara rígida y la mandíbula entumida. La elfa intenta levantarse pero una punzada al costado derecho del pecho evita que ni siquiera pueda sentarse sobre el camastro en el que está postrada.

Intentando orientarse nota que está en una tienda que se mece levemente con el viento que sopla desde afuera, en dónde también hay un poco de ajetreo. La asrai hace un nuevo intento de incorporarse, sin embargo, llegó a la resolución de que no había necesidad de causarse sufrimiento, logrando únicamente recostarse sobre su lado izquierdo.

Aegnir entra a la carpa y Millhadris logra notar la mirada de desaprobación que le da, más no sabía si era por haberse aventurado en esa campaña sin sentido o porque sabe que ha querido levantarse ignorando su estado actual.

— Yo recomendaría que no te muevas. Tienes dos costillas fracturadas —. Informa Aegnir con desaliento en su voz.

— Los demás… ¿Cómo están? —. Pregunta con dificultad Millhadris.

— Nadie sabe realmente las pérdidas, solo sabemos que nos van a costar caro —. El tono recriminatorio del cantor de los árboles le irrita en ese momento.

— No podemos dejar que actúen por su cuenta —. Dice la elfa, refiriéndose a los druchii.

— ¿No era la confianza la piedra angular de todo esto?

— ¿Confías tú en ellos?

— Por supuesto que no. Pero yo no convencí a las encarnaciones de Kurnous e Isha para llevar a sus hijos a una guerra abierta contra el Caos en un mundo desconocido.

— Tek'un… ¿cómo está? —. Pregunta ella ignorando las palabras de Aegnir.

— Sobrevive. La herida en su lomo no es mortal. Su piel dura le protegió bastante bien. La corsaria, sin embargo…

— ¡Tú! —. Como si el simple hecho de mencionarla fuera suficiente para invocarla, Velshakir invade la carpa con rabia en su voz. Lleva la mano vendada y desprovista de la parte superior de su armadura — Espero que estés satisfecha con lo que provocaste.

— Yo no hice nada —. Se defiende la asrai.

— Tanto que te quejaste de que nadie debería ir por su lado y cuando nos toca pelear haces lo que se te plazca. Perdí a soldados porque tus sucios besa-árboles prefirieron ir saltando por el bosque en vez de enfrentarlos como se debe.

— No podíamos saber que nos iban a emboscar —. Se defiende Millhadris.

— Ese es el problema. No reaccionan a menos que dejen que el enemigo ataque primero.

— ¿Crees que solo tus tropas hubieran podido contener a esa horda de bárbaros? —. Inquiere Aegnir.

— Lo hubiéramos hecho mejor, y con menos bajas, de seguro —. Se defiende la druchii.

— ¿Y pudiste prever que la tierra se abriera así? —. Cuestiona la asrai.

— La guerra es impredecible, pero nosotros sabemos como sobreponernos a la situación —. Afirma con orgullo la druchii.

— Retirándose a lamerse las heridas en Naggaroth, en las sombras, para que no vean su vergüenza —. Espeta Aegnir. La rabia de Velshakir ardía con intensidad en su mirar.

— No voy a tolerar más retrasos por su culpa. Yo me encargo de nuestra expansión ahora. Descansa, princesa, porque no tendré tiempo para estarte llevando de la mano para que no te pierdas —. Sentencia Velshakir. — Y más vale que le digas a esa lagartija y a su bruto bravucón que no interfieran o tendremos más problemas. Los guerreros de Khorne no pueden retirarse de una batalla con un botín de cráneos tan pobre.

— ¿Y qué vas a hacer ahora exactamente? —. Cuestiona Aegnir.

— Lo que haga falta.

Millhadris estaba tan dominada por el dolor y no tenía las fuerzas suficientes como para intentar renegar de las amenazas de la corsaria.

— Aegnir —, llama ella, — Haz que se mantengan juntos. Si nos dividimos, perderemos.

— Haré lo que pueda —. Dice con oquedad.

— El libro. Descifren el libro, hay que encontrar al Elegido —. Indica con dificultad.

— Creo que tengo malas noticias sobre eso también —. Agrega Aegnir.


La-La-La-La

Ba-ba-ri-as-ras-ti-ti-ti-ras-ti-ti

Ba-ba-ri-as-ras-ti-ti-ta

Ba-ba-ri-as-ras-ti-ti-ti-ras-ti-ti

Rastis! Rastis! Ra-ti-ti-la

Let's start a new life from the darkness

Until the light reveals the end

Sinister faces, growing curses

This is my last war

La-La-La-La

Ba-ba-ri-as-ras-ti-ti-ti-ras-ti-ti (Angels playing disguised)

Ba-ba-ri-as-ras-ti-ti-ta (With devil's faces)

Ba-ba-ri-as-ras-ti-ti-ti-ras-ti-ti (Children cling to their coins)

Rastis! Rastis! Ra-ti-ti-la (Squeezing out their wisdom)

La-La-La-La

Ba-ba-ri-as-ras-ti-ti-ti-ras-ti-ti (Angels planning disguised)

Ba-ba-ri-as-ras-ti-ti-ta (Rastis! Rastis!) (With devil's faces)

Ba-ba-ri-as-ras-ti-ti-ti-ras-ti-ti
(Children cling on to their)

Rastis! Rastis! Ra-ti-ti-la (Very last coins)

Destruction and regeneration.

You are the real enemy. (Rastis! Rastis! Ra-ti-ti-la)

War!.

(My) war

(My) war

Rastis! Rastis! Rastis!


Catra y Tamir observan al enano devorar los banules tomándolos por puñados y masticándolos como si le llevara la vida en ello y bebiendo agua directamente de la cubeta desde donde debían servirse para llenar sus respectivos vasos. Actitud que Ursa miraba con asombro y desagrado que había traído la comida y el agua a pedido de Tamir que fue de ida a vuelta a su casa para hacer la petición a su esposa mientras Catra abría con recelo la entrada de la muralla, sin perder de vista ni un solo segundo a aquellos tipos tan peculiares.

Los llevaron al puesto de vigilancia en el torreón de la muralla amparados por la oscuridad de la noche y aprovechando que nadie más haría turno ese día. Y ahí los sentaron para obtener algunas respuestas.

— ¿En qué estabas pensando? —, reprenda Ursa a su marido en voz baja mientras ven al dúo comer, — No puedes irle abriendo las puertas a los desconocidos así como así.

— ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Dejarlos ahí afuera?

— No los conoces.

— Tampoco conocíamos a Catra y no dijiste nada. — Se defendió Tamir.

— Es diferente. Ella estaba herida e inconsciente debajo de la lluvia. Eso estaba justificado.

— ¿Por qué te preocupa tan de repente?

— Porque no conocemos sus intenciones, o qué son en realidad.

— Si los demonios quisieran atacarnos no llamarían a la puerta.

— No solo los demonios pueden hacer daño —, añade Catra en voz baja igualmente, — La gente mala existe también.

— Gracias por la ayuda —. Dice Tamir con sarcasmo.

— Lamento interrumpir su conversación —, dice el joven rubio, — Primero quisiera agradecerles por la comida y el agua. Llevábamos un tiempo sin probar bocado, les agradecemos la amabilidad… ¿verdad? —. Increpa a su compañero enano.

— Hubiera preferido un tarro de cerveza pero el agua está bien —. Dice el enano con hosquedad.

— ¿Quiénes son? —. Pregunta Catra de repente.

— Si, creo que no nos han dicho sus nombres —. Interviene Tamir intentando amortiguar la también brusca actitud de Catra.

— Me llamo Felix. Felix Jaeger, él es mi… amigo, Gotrek Gurnisson —, presenta el joven, su compañero enano parece no tener intenciones de mediar palabra, pues cuando no estaba devorando los banules se mostraba serio y taciturno, — Ahora si no les molesta quisiera hacerles yo una pregunta ¿Dónde estamos?

— ¿Se perdieron? —. Inquiere Catra.

— Algo así. No lo sé. Solo vimos una luz y de repente estábamos en medio del bosque quién sabe dónde. ¿Nos podrían decir qué provincia es esta? —. Dice Felix.

— ¿Provincia? —. Pregunta Tamir, confundido.

— Si, ¿o en qué parte del Imperio estamos?

— ¿Imperio? ¿No serán ustedes hordeanos o sí? —. Dice Ursa claramente preocupada. Catra siente un vuelco en el corazón al ver la reacción de la mujer al pensar que el dúo eran hordeanos.

A la felina le hubiera gustado poder intervenir y decir que esos dos de ninguna manera eran hordeanos. El rubio era demasiado educado y el enano demasiado hosco y relucía que también indisciplinado, pero lo mejor sería callar.

— ¿Horda? No, no sabemos qué es… ¿Dónde estamos? —. Vuelve a cuestionar Felix con clara preocupación.

— Están en Etheria —, dice Catra, — Y creo que están muy lejos de casa.

— ¿Etheria? No entiendo.

— Mienten —, interviene el enano —. Encontramos suciedad de skaven en varias partes del bosque. Su olor asqueroso salía de varios agujeros en el suelo. Tienen problemas de plaga.

— ¿Trabajan mucho con inmundicia? —. Pregunta Ursa visiblemente estremecida por la situación.

— ¿Qué es un skaven? —. Pregunta Tamir.

El humano y el enano se miran entre sí como si la respuesta fuera obvia pero el semblante de Tamir les convence que la pregunta es legítima.

— ¿Hombres-rata? —, inquiere Felix, el matrimonio y la felina siguen igual de dudosos, — Ratas. Grandes, bueno no mucho, tal vez un metro y veinte centímetros. Huelen mal, hablan raro, y usan armas.

— De acuerdo, no, este… — Ursa se veía realmente afectada por la conversación. Tamir la sostiene de los hombros para calmarla.

— Creo que esta vez sí estamos muy lejos de donde deberíamos —. Le susurra Felix a Gotrek.

— ¿Los han enfrentado? —. Pregunta Catra, el dúo asiente, — ¿Contra qué otras cosas han peleado?

— Mutantes, trolls, hombres bestia, dragones, hechiceros, elfos, demonios… — Enlistaba Gotrek cuando Catra lo interrumpe.

— Espera. ¿Demonios? ¿Qué clase de demonios?

— Bueno, depende —. Dice Felix.

— Altos, de piel roja, cabeza alargada, con cuernos y ojos en llamas —. Describe Catra.

— Eso podría ser cualquier demonio —. Dice Gotrek con desgano.

— ¿Han escuchado eso de "sangre para el Dios de la sangre"? —. Eso último gana la atención del dúo como del matrimonio.

— Muy bien, ¿nos podrían explicar qué pasa? —. Pide Felix.

Por espacio de casi una hora Ursa y Tamir le explican a la singular dupla qué era lo que había pasado hacía poco más de un año en su mundo con Catra añadiendo una que otra aclaración basada en lo que había visto pero siempre manteniéndose al margen de la conversación para no decir nada que pudiera levantar sospechas sobre su pasado.

Felix que no podía disimular su asombro y horror ante el relato asentía y daba sus condolencias al matrimonio que cuenta que perdieron a varios amigos y familiares durante su huída a esas tierras altas, entre ellos los padres de Tamir que un día simplemente desaparecieron. Gotrek por su lado se mantenía callado escuchando atentamente, sin embargo Catra pudo notar que en sus ojos una chispa de furia crecía mientras más le contaba.

De vez en cuando lanzaba miradas punzantes a Catra, como si supiera lo que ocultaba, pero no podía saberlo, sin embargo sí sabía que la felina ocultaba algo y que tenía miedo de decirlo. Los ojos del enano, que develan que ha visto muchos días junto con sus noches pasar, encogen su espíritu y revuelven esa parte de su mente donde se esconde su culpa y vergüenza.

— Lamento decirles, pero creo que sufrieron una invasión del Caos… igual que nuestro mundo —. Dice Felix.

— ¿Su mundo? —. Pregunta Tamir desconcertado.

— Claramente este no es nuestro hogar, y no sé qué fue lo que nos trajo aquí pero podría jurar por lo que fuera que es la misma clase de magia que nos trajo aquí —, explica Felix, — Pero es un hecho que su mundo ha sido atacado por los Dioses del Caos.

— ¿Dioses? —, inquiere Tamir ya completamente trastocado por lo que el joven le está diciendo, — ¿Caos? No entiendo, lo mencionas como si fuera algo más… más grande.

— Entiendo que sea difícil de asimilar, y ciertamente ni siquiera en nuestro hogar hay una definición de lo que es el Caos, pero basado en todo lo que nos han dicho, no tengo la menor duda de que estamos hablando de lo mismo. — Aclara Felix.

— ¿Entonces en su mundo también existen esos demonios? —. Cuestiona Catra.

— Sí y no. Verás, no soy un experto, pero he conocido hechiceros de los Colegios de la Magia que saben de esto, y por lo que tengo entendido, los demonios no pueden vagar por la tierra si no hay una fuente constante de magia o energía del Reino del Caos que los alimente. En nuestro mundo, muy al norte hay una grieta que separa nuestro mundo del Reino del Caos y es donde los demonios vagan. Pero más al sur necesitan de hechiceros e invocaciones para materializarse. Por lo que si tuviera que conjeturar algo es que, solo tal vez, la magia del Caos esté más libre en su mundo —. La explicación de Felix parece mucho para Ursa que parece que va a desmayarse en cualquier momento.

— ¿Se puede matar a los demonios? —. Pregunta Catra, ganándose la mirada preocupada de Ursa y Tamir.

— ¡Por supuesto que sí! — Exclama Gotrek.

— ¿Cómo?

— De la forma que quieras. No sangran pero se les mata igual —. Dice el enano.

— Tiene sus matices, claro, pero pueden ser vencidos.

— ¿Los hombres–rata también?

— Todos mueren de igual forma. Mi hacha no hace distinciones —. Gotrek toma su arma en sus manos.

— Pareces un experto —. Deduce Catra.

— Soy un Matador. Dedico mi vida a luchar contra esas abominaciones hasta encontrar una muerte gloriosa —. Explica el enano que parece compartir un interés común con la felina. Matar monstruos.

— Increíble —. Los cinco adultos se giran al escuchar esa voz infantil.

Koda y Aleu ni siquiera hicieron el amago de esconderse al verse descubiertos, tal vez porque era demasiado tarde e inútil disimular que no estaban ahí. Ambos asomaban sus cabecitas al ras del suelo donde estaba la escalera que permite la subida a la torre, la niña estaba sobre la espalda de su hermano para escuchar. Ante la idea de que sus hijos hayan escuchado cosas tan horribles Ursa decidió que era suficiente por esa noche.

— Muy bien, basta. No quiero saber nada más. Ni una sola palabra de esto a nadie, y más te vale esconderlos o inventarte alguna buena excusa de porqué los dejaste entrar —, le dice a su esposo, — Niños, vámonos. — La mujer empezó su descenso junto a sus niños, — ¿En qué estaban pensando?

— Fue idea de Aleu.

— No es cierto, además no pude escuchar casi nada porque Koda dijo que quería ir primero.

Tamir y Catra ven a los tres alejarse mientras Catra nota a Tamir preocupado.

— ¿Podrías cubrir el puesto por un rato? creo que sé donde podemos meterlos sin que nadie arme un escándalo —. Pide Tamir.

— Haz lo que tengas que hacer —. Responde Catra. El hombre baja y empieza a correr hacia algún lugar dentro de la villa.

Estando a solas, Catra se voltea al dúo que parecen tan expectantes como ella.

— Así que… Matador, ¿eh? —, comenta Catra, el enano asiente, — ¿Es una profesión?

— Un juramento —, aclara Gotrek, — Uno que hice hace tantos años en el templo de Grimnir de Karak-Kadrin.

— Supongo que solo está reservado para los de tu tipo.

— Solo para aquellos que cargan con una gran deshonra o vergüenza.

— Yo tengo un poco de ambas.

— Sea lo que sea que estés pensando, no —. Interviene Felix.

— ¿Me enseñarías? —. Catra ignora al joven.

— No eres un enano —. Señala Gotrek.

— Tampoco soy muy alta, pero no me refería a tu juramento. Enséñame a matar demonios —. Pide Catra con decisión.

Felix nota que sin mediar mucha palabra, ambos habían llegado a un acuerdo tácito para eliminar a la amenaza que asola ese extraño mundo.

¿Quién sabe? Tal vez su compañero Gotrek pueda encontrar lo que busca en ese lugar.


El amargo sabor de la derrota enfurece a Velshakir más que cualquier muestra de incompetencia o debilidad, porque la derrota solo significa que fue débil e incompetente, algo que ningún druchii que se precie puede permitir. Más aún cuando un Cantor de los Árboles le ha señalado una deshonrosa verdad, y es en que cada intento de retomar Ulthuan que terminaba fracaso era una muestra de aquello que los druchii tanto desprecian.

Se castiga a los comandantes y altos mando designados y todos se dedicaban a señalarlos a ellos como los causantes de tan bochornosa mancha en el honor de los elfos oscuros, solo así pueden volver a levantar la mirada con orgullo porque ellos no tuvieron la culpa, fueron sus ineptos líderes que obtuvieron lo que merecían y ellos pudieron haberlo hecho mejor, solo así es más fácil tragarse la vergüenza.

Después de su "discusión" con la comandante asrai volvió a ponerse su pechera como pudo, tratando de ignorar el dolor de su mano fracturada. No le gustaba andar sin su armadura, la dejaba vulnerable. Optó por ponerse una capa negra que le llega hasta los tobillos, cosa que le avergonzaba porque siempre ha despreciado la indumentaria petulante y pomposa, pero lo hace en un intento de ocultar lo evidente: está herida.

Victoria o muerte. Supremacía o destrucción, no hay punto medio. O vuelves en una sola pieza o no vuelves. Que la comandante ande por ahí con una mano vendada con tablillas para recomponer sus huesos era deshonroso cuánto menos, porque significaba que no podía darlo todo en la batalla, sin mencionar que vieron como se fracturó y que tuvieron que salvarle para evitar su merecida muerte por ser débil.

Solo las lagartijas y los abraza-árboles seguirían sus órdenes simplemente porque su comandante tiene una alianza con ella, pero los suyos, su pueblo, ya no le haría ni caso. Va a tener que reafirmar su autoridad ¿Pero cómo? Si había ido a reclamarle a una elfa silvana herida igualmente siendo cada reclamo solo una triste proyección de sus propias frustraciones.

Pensaría en eso luego ahora tenía que atender un asunto importante.

Alas Negras asomó en su tienda, su lugarteniente no se molestó en ocultar su regreso al campamento, paseándose por el lugar con las manos y la armadura cubiertas de sangre y algo en su mano derecha. Nada raro para un druchii.

Cuando este entró, Velshakir se paseaba de un lado a otro pensando y esperando que nadie se hubiera colado para cortarle el cuello y reclamar su lugar, pero cuando le reconoció, escondió su mano en la cama.

— Ya era hora —. Dice la corsaria.

— No exageres. Fue bastante fácil —. Indica Alas Negras, dejando el diario sobre una mesa cercana. La sangre aún estaba fresca.

— Fuiste bastante persuasivo.

— Solo al final. Cuando ya había leído lo que necesitábamos escuchar parecía ya no ser de utilidad para el resto.

— Más no para tí —. Añade Velshakir.

— Hubieron algunas cosas durante su traducción que llamaron mi atención, necesitaba saber más. Además, es difícil entender a alguien cuando está gimoteando. Necesitaba que tradujera de la forma más fidedigna —. Dice Alas Negras.

— ¿Cómo sabes qué tradujo correctamente? —. Inquiere Velshakir.

— La promesa de libertad hace que cualquiera baje la guardia.

— ¿Entonces valió la pena?

— Decide tú —, dice Alas Negras, — Resulta que es un simple diario personal de algún habitante de este mundo, una niña si tuviera que suponer, una narración a lo largo de varios años. Lo sabemos porque había páginas fechadas.

— Ah, que bien. Divagaciones infantiles, justo lo que necesitamos —. Reniega Velshakir.

— Lo es por un buen tramo del diario, hasta que empieza a describir sus penas por tener que huir de la guerra ocasionada por "La Horda" —, continúa Alas Negras, — No hay muchos detalles sobre eso pero parece que eran una fuerza militar considerable. Por otro buen tramo del diario son solo sus anhelos y deseos de que la guerra acabe y pueda tener una vida normal.

— No dudo el destino que su autora ha tenido —. Comenta la corsaria con sorna.

— Parecía que no nos iba a llevar a ningún lado hasta que aparece ella, — el énfasis que hace Alas Negras le despierta un ligero resquicio de curiosidad a Velshakir, — Una heroína, de capa y espada. Cabello rubio que ondeaba al viento como una bandera dorada. Alta, rápida, fuerte y poderosa, capaz de barrer a regimientos enteros de La Horda con su mandoble que empuñaba a una sola mano, montada en un corcel alado. Recontruyó una vieja alianza entre reinos y le dio un giro a la guerra.

— Se escucha más como una fantasía infantil que algo plausible —. Señala Velshakir.

— Puede ser, pero nuestro voluntarioso compañero se encargó de corroborar lo escrito con los hechos —. Apunta Alas Negras.

— ¿Y esos serían…? —. Inquiere Velshakir.

— She-ra vive.

— ¿She-ra?

— Ha perdido parte de su poder pero sigue trabajando para plantarle cara al Caos y recuperar su mundo. Ahí fue donde tuve que ponerme persuasivo pero no importaba cuantos tajos de piel arrancamos frente a sus ojos nunca dijo donde está escondida —. Dice Alas Negras.

— La lealtad es la más patética de las virtudes —. Comenta la corsaria.

— ¿No buscaba el eslizón a un elegido? —. Cuestiona Alas Negras.

— ¿Crees que sea ella?

— ¿Importa?

— Por supuesto que no. Pero si eso hace que se pongan a trabajar, que mejor —. Velshakir toma el libro y se dispone a salir de la tienda.

— ¿Qué harás?

— Yo estoy a cargo ahora, —afirma Velshakir, — Ni los come-hierba ni las lagartijas pueden renegar de mis órdenes. El Caos sabe que estamos aquí. No más esconderse ni secretismo barato. ¡Estamos en guerra!


Muchas veces sus amos le hablan en acertijos complejos y engañosos pero en muchas ocasiones también son bastante directos en sus órdenes, y esta es una de esas ocasiones donde la misiva fue directa.

Sin pensarlo mucho Lilith montó el vuelo en busca de Tung Lashor, pues un grito gutural de Khorne junto con un susurro de naturaleza un poco ambigua pero cargada de deseo que pudo identificar como un mensaje del Príncipe Oscuro Slaanesh resonaron en su mente. El hecho de que dos enemigos jurados se hubieran manifestado al mismo tiempo sin duda augura algo bastante importante.

Finalmente lo encontró junto con una horda de sus guerreros avanzando aparentemente sin rumbo en algún lado de los Bosques Susurrantes. Lo importante no era el dónde sino el porqué.

Lilith se posiciona delante de la horda sangrienta para dirigirse directamente a su líder.

— ¿Qué quieres ahora? —. Increpa Tung Lashor.

— Tú señor me ha hablado. ¿Dónde está Ithrant? —. Responde Lilith.

— ¿Por qué debería saberlo?

— Porque el Príncipe Oscuro también me ha hablado, ¿qué pasó? —. Era demasiado evidente que Tung Lashor venía de un enfrentamiento, Lilith solo podía pensar que ahora hubiera empezado un conflicto entre dos importantes paladines.

— Tal vez seas tú quien deba darme algunas respuestas —. Apunta Tung.

— ¡Yo no te debo explicaciones, paladín! —. El eco metálico de su voz suena cada vez más sombrío.

— ¡Estoy cumpliendo con lo que Khorne me demanda! ¡Estamos dando caza a nuestros nuevos enemigos! —. Afirma Tung.

Lilith no replica ante las palabras del paladín y en vez de continuar con la discusión solicita hablar a solas con el reptil para que fuera él quien diera explicaciones. Tung le ha relatado su encuentro con este nuevo enemigo. Los Dioses Oscuros le dotaron con un amplio conocimiento de lo que hay más allá de los múltiples velos de la realidad, por lo que pudo reconocerles solo con sus descripciones. Lo que le enojaba pues nunca se le advirtió que esto había pasado.

Le parecía ya suficiente con los no-muertos en el Desierto Carmesí y los hombres lagarto que ya había advertido su presencia hace tiempo. Pero la llegada de los elfos era algo realmente improvisto y los lagartos son los que realmente podían suponer un problema por su gran fuerza. El Gran Arquitecto, quien fue quien le enseñó la Verdad Primordial, le mostró las guerras libradas contra estos seres en un mundo que creía distante, y ahora ya no tanto.

Si estaban ahí en Etheria, entraron por algún lado, y eso significa que Adrey y Lila no se están esforzando. Por un momento pensó que realmente no tenía el control y solo había una solución para eso, más los medios no debían ser a través de la fuerza.

— No tengo tiempo para escuchar reproches tuyos. Tengo cráneos que recolectar —. Dice Tung sin ganas de continuar conversación alguna.

— Porque no los hay — afirma Lilith — De cierto modo me parece apropiado que hayas sido tú quien los haya encontrado. Así pueden hacerse una idea a lo que se enfrentan. Estos enemigos no son de este mundo y hay una puerta abierta hacia otro lado y tenemos que encontrarla. Deben haberse estado escondiendo en algún lado todo este tiempo. Buenas noticias para ustedes. Hay enemigos que matar, cráneos que ofrecer. Continúa con la cacería y sé un ejemplo para los demás. Quién mejor que el Primer Paladín para ser la punta de lanza de esta guerra.

Lilith despliega sus alas de metal y emprende el vuelo para marcharse dejando a Tung con un sentimiento de orgullo que endulza el sabor de su victoria robada. Una vez que el Profeta Oscuro se marchó se dirigió a sus tropas.

— ¡Estamos siguiendo el camino hacia la victoria! — vocifera — ¡No habrá más descanso que aquel que la muerte pueda darles! ¡Que nadie muera sin sangre en su espada! ¡Vamos! ¡Hay sangre que derramar!

¡Sangre para el Dios de la Sangre! ¡Cráneos para el trono de Cráneos! — corea la Horda Sangrienta para continuar la marcha de su líder.

Lo que pasó podría considerarse una derrota pero en lo que a Tung Lashor respecta la guerra acaba de empezar.


La fuerza de la invasión del Caos se centró casi en su totalidad en la Puerta del Mar, lo que hizo que todas las aldeas, villas, puertos y demás locaciones a lo largo de la costa tuvieran una pequeña, casi ínfima, oportunidad dispersarse ya fuera tierra adentro mientras que, los más aventurados, o los más desesperados, se arrojarán al mar en sus barcazas o barcos con la suficiente capacidad para llevar varios pasajeros.

Los desplazados en tierra, o al menos aquellos que no fueron alcanzados por las hordas de demonios cuyo destino ya se puede intuir para cualquier alma temerosa, siguieron los caudales de los ríos hacia las tierras altas y las montañas dentro de los territorios de Luna Brillante y Plumeria, en busca de un lugar seguro siempre siguiendo las orillas de los ríos para no apartarse mucho del agua.

Cuando los ríos empezaron a llenarse de criaturas mutadas y a volverse más y más lodosos y contaminados consideraron que tal vez era buena idea seguir las desviaciones de las corrientes devenidas en pequeños riachuelos. Las aguas parecían normales más no podían descartar la amenaza de que algo estuviera merodeando en el fondo.

Si alguna partida de adoradores o demonios aparecían, los exiliados de Las Salinas se escondían en sus aguas y, con extrema precaución avanzaban sumergidos, aunque un par de veces fueron descubiertos y gracias a aquellos que lograron reunir valor suficiente pudieron comprarle el tiempo suficiente a sus semejantes.

Comiendo lo que la tierra y el agua pudieran ofrecerles avanzaron durante meses de manera inexorable por una cara de Etheria que parecía consumida por la naturaleza ahora corrompida por el Caos. Una Etheria salvaje que solo los eruditos pueden señalar como la Primera Etheria, el eco de una era antes de la llegada de Los Primeros.

Cuando de manera indefectible llegaron nuevamente al mar a un costa pedregosa donde, de igual forma, los demonios habían dejado su marca maldita sobre la tierra. Aunque las marcas de un enfrentamiento eran obvias habían otras bastante peculiares. Marcas de cañón.

Sin rastro de los demonios pensaron que podían asentarse ahí temporalmente, pero al anochecer de ese día esa idea se desvaneció cuando las figuras de tres navíos aparecieron en el horizonte. Barcos ondeando la bandera desgarrada de La Horda, y en contra de todo pronóstico, fue el mayor golpe de suerte que vieron en mucho tiempo.

Pues entre los miembros de la tripulación había también habitantes de Las Salinas que desde la borda se alegraban de ver a sobrevivientes de su pueblo. Aunque las negativas de algunos capitanes hordeanos se hicieron presentes, argumentando que no tenían el espacio suficiente o la obvia desconfianza ante la posibilidad de que fueron cultistas.

Y aún así, se tomaron el tiempo para poder rescatar a los que pudieron esa noche, dejando al resto en la costa. Y en contra de lo que cualquier persona pudiera vaticinar, al amanecer del siguiente día la silueta de cinco navíos aparecieron en un cielo extrañamente rojizo, y ahora no eran solo barcos hordeanos, sino también un par de barcoluengos de Las Salinas.

Un par de horas tardaron en subir a todos los sobrevivientes que pudieron, dando prioridad a los que eran de razas híbridos, y aquellos que pudieran respirar y movilizarse en el agua les seguirán el paso. Antes del mediodía unos de los capitanes de La Horda indicaron que estaban próximos a su destino.

Durante el trayecto los sobrevivientes cuestionaron a sus semejantes sobre como habían podido llegar a aliarse con los hordeanos, cosa que hace un año era algo inconcebible. Tanto hordeanos como salineos compartieron su historia y su punto de vista, cada uno explicando como sobrellevaron la crisis, y aunque las opiniones eran dispares, todas las historias terminaban igual.

Los demonios arrasaron la Puerta del Mar y a la flota de La Horda sin distinción, pasando por la espada a todos aquellos que se pusiera en su camino, siendo pocas naves hordeanas las que lograron escapar pero por muy poco y no sin dejarse un par de vidas y naves por el camino. Bastaron un par de días para toparse con una flotilla de barcos civiles en mar abierto.

Los hordeanos, que presenciaron el horror del Caos de primera mano, optaron por levantar una bandera blanca, pues en esos días que intentaron encontrar su rumbo a la Zona del Terror, escucharon en las transmisiones de tierra que habían "cosas" atacándolos. Las comunicaciones tanto de mar y tierra se apagaron poco a poco y luego ya ni la Zona del Terror respondió a sus llamados. Entendieron que La Horda ya no existía, y por lo tanto ya no había necesidad de seguir luchando.

El recelo de los salineos era más que entendible. Años y años de ataques y navíos acechando sus costas y de repente aparecen diciendo que se rinden no podía parecer más que sospechoso. Y lo que nadie pudo hacer en años de guerra, una representante de Las Salinas y un capitán de La Horda desde sus barcos empezaron a hablar.

Fue un diálogo de varias horas mientras las olas del mar mecían lentamente sus barcos y la brisa salada soplaba. Y después de muchos reproches, excusas, desquites y aceptación, los salineos y hordeanos llegaron a un trato y navegaron juntos, siendo los hordeanos quienes protegían a los salineos.

Diez naves hordeanas hacían una formación alrededor de quince naves salineras. No tardaron mucho en encontrar una isla en donde, luego de revisar que no haya sido tocada por el Caos, desembarcaron y empezaron a asentarse ahí.

Liv Angler, una mujer híbrida de ojos grandes y negros, piel escamada y púrpura con manos palmeadas y el Capitán Salvor, de piel bronceada, calvo y complexión mediana pero de espaldas bastante anchas y manos callosas, quienes entablaron el pacto de no agresión, se encargaron de dirigir a los suyos, asegurándose también que fuera un trabajo conjunto.

Salvor, quien otrora tuviera una mirada rígida y fría, luego del asalto fallido pasó a verse temeroso, ahora miraba a sus semejantes hordeanos y ahora sus coludidos salineos con pena y un dejo de lo que parecía compasión, especialmente ante la crisis sufrida por algunos de sus subordinados hordeanos quienes al verse desprovistos de propósito y esperanza han optado por no continuar, echándose al mar o usando el modo disparo de sus armas eléctricas.

Sentía lástima, pues muchos de ellos eran jóvenes criados como soldados y nunca conocieron nada más al igual que él y sin embargo nunca se le cruzó por mente, más no podía juzgarles o reprocharles nada.

Mientras los navíos avanzaban, desde su propio barco espectral, Luthor Harkon veía a la flotilla desde su catalejo. Hans había hablado largo y tendido de la tal She-ra y de la espada que esta poseía, y desde entonces el capitán Harkon solo podía imaginarse a sí mismo usando un arma de tal esplendor.

Luthor había seguido de cerca a aquel conjunto de naves que parecían estar en una misión de rescate. Podría atacarlos con facilidad mientras están desprevenidos, más ya ha intercambiado cañonazos con aquellos acorazados de metal y sus armas lanzan rayos verdes. Si bien serían una fina adición a su flota, tendría que pensar en una mejor forma para convertir a esa tripulación en sus esbirros.

Hans también le habló de la forma más rápida de encontrar a She-ra, debía atravesar una supuesta Puerta del Mar. Luthor escrutó en la mente de Hans para conocer el camino y vio que el lugar, en efecto, es una puerta. Una puerta infestada de demonios, una oportunidad para una pelea.

Ahora se debatía en qué debía hacer. ¿Cazar a esa pequeña flota y reclamar sus barcos y sus navegantes? ¿O atacar la Puerta del Mar e ir a buscar a She-ra?

— ¿Pero qué pasa conmigo? —, se dice a sí mismo, — ¡Estoy en mar abierto! Es el cementerio más grande de cualquier mundo. Toma nota de eso, Hans. Solo así algún día podrás ser tan grande como yo. Aunque claro, eso solo será sobre mi cadáver —, Luthor suelta una risotada, — ¿Entendiste? Porque eso no va a pasar.

Era hora ampliar la tripulación para empezar el saqueo.


Lilith encontró a Adrey y Lila en un estado de semi trance al centro de lo que alguna vez fuera la Sala de los Espejos en Mystacor. Orbes de luz azulada flotan constantemente en toda la sala mientras los Hechiceros Siameses observaban más allá de lo evidente, don que el Gran Arquitecto les dio más tuvieron que aprender a desarrollar por su cuenta.

Fueron ellos quienes advirtieron a Lilith del estrepitoso fracaso de Ratanak y a los que desde entonces les encomendó que buscarán la forma de volver abrir los portales para que las legiones de demonios puedan marchar libremente sobre Etheria.

Pero a ojos del Profeta Oscuro parecía que solo están perdiendo el tiempo.

— Quisiera no interrumpir lo que sea que estén haciendo pero necesito hablar con sus eminencias en la magia si no es mucho pedir —. Dice Lilith haciendo que ambas cabezas centren su atención en él.

— Nuestro conocimiento está siempre al servicio del Ángel de Hierro —. Dicen ambos al unísono.

— Y justo vengo a verificar que nuevo conocimiento han adquirido, y si han estado al tanto del nuevo devenir de nuestra conquista —. Indica Lilith.

— ¿Qué deseas saber? —. Inquiere Lila.

— Tenemos ojos espías en todos lados —. Afirma Adrey.

— Entonces ya sabrán que hay una puerta hacia otro lado. Una puerta por la que han entrado aquellos que tienen por enemigos jurados a los Verdaderos Poderes —, para un servidor de Tzeentch el no verse descubierto o sorprendido es clave, sin embargo, están ante Lilith —, Pensé que ya lo sabían. Sus ojos no deben solo espiar, deben aprender a ver; a buscar.

— Una disculpa —, dice Adrey, — A veces nuestros agentes deciden actuar por su cuenta. Y nuestra mirada está puesta en otro lado.

— Ahí donde nadie más puede ver —. Añade Lila.

— No lo dudo —, señala Lilith, — Así que esperaría que me compartieran aquello que sus ojos han visto.

— Estamos cumpliendo lo que se nos ordenó. Y ya sabemos qué hacer para abrir nuevamente los portales —, empieza Adrey, — Aunque sin duda la respuesta es inesperada.

— Algo que ya sabían que podía ser así, ¿verdad? —, dice Lilith.

— Por supuesto —, responde Adrey. Aún no terminan de aprender, más les valía que lo que hayan encontrado fuera bueno porque se estaba empezando a decepcionar.

— Las princesas, — continúa Lila, — las necesitamos con vida.

— Eso no puede ser —. Expresa Lilith.

— Las Piedras Rúnicas son indefectiblemente piezas importantes para que el plan funcione, — explica Adrey, — Y su conexión con las princesas es lo que hace que las necesitemos con vida. Pensamos en la opción de usar a algunos de los nuestros para generar esa conexión, pero su vínculo con ellas es tan profundo que no tenemos alternativa.

— Solo así podemos replicar el éxito de la primera vez —. Añade Lila.

— La primera vez usamos a las princesas y la magia en el Corazón de Etheria para abrir los portales, y She-ra fue la pieza clave para lograrlo —, reprocha Lilith, — ¿Pensaron en eso acaso?

— La magia en el Corazón de Etheria y las princesas eran el cerrojo, el planeta entero sirvió como una puerta para que nuestras legiones entraran, y sí, She-ra fue la llave. La puerta sigue siendo la misma, más el cerrojo es el que ha cambiado — Explica Lila.

— Y por lo tanto necesitamos otra llave — Confirma Adrey.

— El vínculo de las princesas y sus Piedras Rúnicas ha sido cortado. Han perdido su poder. ¿Cómo restablecer ese vínculo? —. Cuestiona Lilith.

— Excelente pregunta. La respuesta es que nunca perdieron el vínculo —. Revela Adrey.

— Imagina que ese vínculo es como un hilo que une a la princesa con su Piedra Rúnica, ese hilo ahora mismo las enrolla ahora mismo impidiendo que usen su magia, no están desvinculadas, están bloqueadas —. Dice Lila.

— Y siguen unidas a sus Piedras Rúnicas pero todo ese hilo que las víncula ahora está perdido. Enredado en el Entramado —. Añade Adrey.

— ¿El Entramado? —. Pregunta Lilith.

— Hay una guerra —, dice Adrey,— Una guerra invisible. La magia natural del planeta no ha desaparecido por completo. Está luchando constantemente para sobreponerse contra Los Vientos de la Magia. El vínculo está perdido en ese entramado de magia.

— ¿Qué precisan entonces? —. dice Lilith.

— Claridad —, comenta Lila, — El flujo de magia del planeta debe desaparecer para encontrar ese hilo, y desatar a las princesas de su propia prisión para usar su poder.

— Las princesas no han entregado sus voluntades a los Verdaderos Poderes. Devolverles su magia solo haría que puedan dar pelea —. Señala Lilith.

— No si su mente está rota —. Argumenta Lila.

— No necesitamos su lealtad. Solo necesitamos que su poder sea desbloqueado de nuevo para poder usarlo, y como comenta, Profeta, al no ser tocadas por el poder del Caos sucumbirán ante él. Solo hay que hacer que sus voluntades se rompan —. Explica Adrey.

— Entiendo perfectamente —, comenta Lilith, — Entonces tenemos dos tareas importantes. Dejaré que Tung se encargue de estos visitantes, ustedes recuperen y preparen las Piedras Rúnicas. Yo velaré por las otras dos tareas.

— Como ordene, Ángel de Hierro —. Aceptan Lila y Adrey a una sola voz.

Para Lilith hacía sentido, más no podía bajar la guardia, debía guiar a los paladines más no podía darles rienda suelta. A lo que antes de marcharse hizo una pregunta que considera importante.

— Hay algo que no me han dicho —, retoma Lilith, — Dijeron que el planeta es la puerta, las princesas y sus piedras el cerrojo. ¿Cuál es la llave?

— Sin la magia de Etheria, lo único que quedaría serían los Vientos de la Magia, la Piedras Rúnicas se verían alimentadas por ellos. Es como si cambiaramos el cerrojo, por lo que haría falta una nueva lleva —. Explica Lila.

— Y consideramos que no hay nadie mejor para ser la llave que usted. El Profeta Oscuro del Caos —. Completa Adrey.

— Halagador —. Sentencia Lilith, aunque no se sentía para nada agradecido. Se requería de mucho poder para abrir esa puerta, lo tenía por supuesto, pero requería de mucha concentración, y eso, podría dejarle vulnerable.

No podía descartar las teorías de los hechiceros, pero debía tomarlas con pinzas.

Sin embargo, ahora tenía las excusas perfectas para que ciertas paladines dejen de estar ociosas.


Huntara durante un par de semana intentó acostumbrarse a su estancia con sus nuevos "acompañantes" sin embargo la falta de cualquier rasgo de vida o facción facial, junto con el constante aroma a muerte y decrepitud que se respira en el aire lo hace una tarea bastante complicada.

Su arquitectura, sus indumentarias, incluso su forma de hablar, hacen resaltar la antigüedad de estos individuos. Las pocas conversaciones (si se les puede llamar así) que ha tenido con algunos de los esqueletos solo denotan una añoranza expresada con ecos secos que hacen un amago de voz que no conocen más que aquello que fue y su perpetua labor.

— Somos pocos los que conservamos algo más que nuestras labores y nuestros puestos —. Le dijo una vez Kafele.

Solo con Kafele es con quien realmente puede hablar abiertamente de sus dudas aunque esto deriva siempre a la misión que deben de cumplir y el papel que ella debe de desempeñar. El señor de la ciudad insistía en que le hablara de las visiones, de lo que Asaph o Basth tenían que decirles o enseñarles.

Kafele le explicó que Asaph es la Diosa de la belleza, la magia y la venganza. En ocasiones Asaph adopta la forma de un áspid, aunque incluso bajo ese aspecto resulta cautivadora. Asaph también era la patrona de los arqueros de la antigua Nehekhara, quienes llevaban flechas cuyas puntas de bronce habían sido forjadas y bendecidas en el corazón de los templos sagrados de la diosa Aspid, lo que les otorgaba una puntería y precisión increíble para alcanzar a sus objetivos.

Kafele y la ciudad de Makeph reverencian a esta entidad ya que fue quien salvó a su Señora Khalida de convertirse en lo que él señala como una abominación. Dice que Khalida es la manifestación de Asaph en la tierra y su dedicación a esas "abominaciones" impulsa a Kafele a mantener una lealtad inquebrantable hacia ella.

Por su lado, Basth la "Llena de Gracia", es la diosa de la bondad y el amor. Se representaba como una mujer alta y grácil, de piel leonada, cabello castaño emplumado y con unos verdes ojos de gato.

En sus reinos se consideraba a los felinos como mensajeros de esta diosa o versiones terrenales de ella misma y por lo mismo aquellos animales eran reverenciados y tratados con respeto y embalsamados al momento de morir.

Una diosa serpiente y una diosa gato. Una llena de belleza y venganza, otra que profesa amor y benevolencia. Ciertamente una dualidad interesante e incompatible, y que aún así, parecían estar guiando a estos espectros hacia un objetivo aún desconocido.

Muchas veces Huntara fue tajante para hacer entender al rey funerario que definitivamente ella no era la persona a la que buscaba pues las serpientes no le gustaban y han pasado años desde que vio por última vez un gato bastante famélico y arisco.

Sin embargo, por todo lo que le decía el liche solo podía pensar en una sola persona que podía tener el poder, o al menos el carisma y presencia suficiente para guiar a un gran ejército, y esa era Adora.

Huntara habló con lujo de detalle, al menos cuanto podía recordar, sobre las acciones de Adora y lo que ella podía ser y lo que había logrado al convertirse en She-ra. Si bien la chica podía ser muchas cosas, vengativa no era una de ellas, pero podía llegar a ser bastante bondadosa. Cualidad que muchas veces le jugaba en contra.

— La conozco lo suficiente como para asegurarte que si buscas a alguien que pueda ayudarte a encontrar lo que buscas es ella. Pero te advierto que a veces puedes ser un poco tonta —. Explica Huntara.

Grande fue la sorpresa de Huntara cuando el liche la montó en su carro tirado por caballos cadavéricos hasta los límites entre el desierto y los reinos de las princesas y podía ver como un manto de oscuridad cubría las tierras más allá del Desierto Carmesí. Una terrible ominosidad acongoja su mente solo de ver aquello sin entender realmente por qué.

— Tu mundo ha sido invadido por fuerzas malignas y poderosas. Deformaran todo a su voluntad si se les permite. Ya han intentado atacarnos y fracasaron, pero volverán. No nos interesamos mucho por los asuntos de los vivos pero si Asaph y Basth consideran que es necesario interceder ¿quién soy yo para negarme? Ya estoy aquí de todas formas —. Dice Kafele.

— ¿Fue La Horda? —. Cuestiona Huntara.

— Desconozco que sea eso, o si es otra forma de decirle al Caos, pero aquello que atormenta a tu mundo es enemigo de todos. Estoy dispuesto a hacer a un lado mis diferencias con los vivos si eso nos hace obtener la victoria. ¿Crees que esta She-ra es la elegida de Asaph?

— No entiendo mucho de tus dioses pero si alguien puede ayudarte es ella. Y si realmente todo esto es una invasión vamos a necesitar a todos tus esqueletos con lanzas.

— Necesitamos más.

— No quiero formar parte en lo que pienses hacer para obtener más.

— Ya están ahí. Cientos de cuerpos cuyas almas ya han sido devoradas por la oscuridad. Una lástima que no encuentren descanso, pero que sus cuerpos consumen la venganza después de la muerte. Los siento, los oigo. Todo se levantarán y obedecerán.

Kafele levante su espada y de entre los árboles ve como varias docenas de ojos brillantes se aparecen de entre los árboles ahora retorcidos y como avanzan hacia el llamado del rey funerario. Cadáveres alzados caminan para postrarse ante aquel que los llama para marchar por y junto a él.

Huntara entiende que lo que haya pasado en el mundo mientras ella estaba apresada en aquella oscuridad había dejado un reguero de muerte. Por un momento dudó que en que las princesas pudieran haber sobrevivido a lo que hubiera pasado, pero no podía flaquear ahora, más ahora que Kafele quería engrosar sus números con todos aquellos que encontraron un final miserable.


Silvy usa una rama apenas un palmo más grande que ella para mover el caldero improvisado que excavaron en la tierra para mezclar los ingredientes para crear lo que Vokzend llamó "la armadura de plaga". Era relativamente sencillo, aquel que se infectara, en su cuerpo crecerían mutaciones queratinosas con puntas filosas y duras. Un hongo que cala hasta los huesos y hace una simbiosis para hacer crecer tales protuberancias.

— Brillante —. Le dijo Vokzend a Silvy cuando la niña propuso que en vez de ser una infección en la piel en forma de pústulas, como proponía la Gran Inmundicia en un inicio.

Pero cuando vio a los nurgletes pelearse ya infectados con las mezcla inicial y como las mutaciones crecían de manera desmedida hasta dejarlos como un amasijo de amorfo de tallos fúngicos.

Silvy consideró que sería poco útil si llegado un punto sus amigos ya no podían acompañarla si estaban tan deformes por las mutaciones, así que pensó que al llegar a los huesos, las extremidades fúngicas crecerían como una extensión natural de los huesos y, por lo tanto, crecerían de manera natural y adecuada.

Por lo que realmente no saben si catalogarla como mutaciones fúngicas o de hueso. Pero según Vokzend le parecía bastante original y curioso; divertido hasta cierto punto.

Sin embargo la frustración de la niña está haciéndose notar pues no ha habido mucho progreso. Probando ingrediente tras ingrediente solo conseguían una mezcla que no hace germinar el hongo, sino que corroe todo como el ácido.

Es en uno de estos momentos de divagación de Silvy, bajo la vigilancia de Vokzend y Gamond, cuando Lilith la encuentra.

— Siempre me ha parecido destacable la dedicación de algunos de los niños del Padre Nurgle para mejorar algo que ya puede considerarse perfecto —. Remarca Lilith.

— Vokzend dice que crear la bendición perfecta es una labor que debe trabajarse todos los días. Ku'gath lo hace, y yo quiero ser como él —, expresa la joven paladín,— Además de que te estoy haciendo caso. Estoy haciendo cosas por el Abuelo Nurgle.

— Destacable, sin duda, — dice Lilith, — Pero temo que requiero de tus avances en esta bendición en la que trabajas.

— ¡No está lista! —, exclama Silvy, — No puedo hacer que se convierta en hongo para que abrace los huesos de quienes la tocan. Solo destruye lo que toca.

— ¿Cómo? —. El Ángel parece interesado.

— Mira — Silvy usa la rama para derramar una gota sobre el suelo.

Una marca recalcitrante de corrupción se esparce poco a poco, aunque no mucho, apenas un diámetro de ocho centímetros.

— ¿Ves? No se supone que haga eso —. Indica Silvy.

Lilith se arrodilla y con sus dedos toma una pizca de la tierra corroída y la examina. La tierra se siente alquitranosa y ponzoñosa, es entonces que entiende que si se solidifica y se deja prosperar se convierte en aquellas raíces negras que cubren una buena parte de los Bosques Susurrantes. Lilith ya ha notado que estas raíces han dejado de crecer y tal vez sea por la magia inherente del planeta que Adrey y Lila le explicaron que no las dejaba crecer más.

— Es perfecto —. Dice el Ángel.

— Para nada. Tengo que trabajar más para que quede listo —. Dice Silvy.

— ¿No lo ves? Esto puede hacer que las raíces crezcan. Necesito que esto se extienda por todo el planeta. Hay otros tipo de bosques, llanuras, ríos que no han sido tocados, el mar sigue intacto a nuestra influencia. Esto hará que toda la vida natural del planeta muera al fin —. Explica Lilith.

— ¡No! Perderíamos la oportunidad de que una extensión del Jardín del Abuelo Nurgle crezca aquí —. Reniega Silvy.

— Las raíces hacen que la tierra sea fértil para que el musgo de tumba crezca. Si el musgo de tumba crece, las bendiciones de El Padre pueden prosperar. Tu mezcla es la semilla que puede hacerlo germinar —. Lilith dibuja el símbolo de Nurgle con la muestra que recogió del suelo producto de la mezcla de Silvy.

— ¿Tenemos que matar a todo el planeta para hacerlo? —. Cuestiona Silvy.

— Para que algo renazca primero tiene que morir —, responde Lilith que dirige su mirada a la Gran inmundicia que ha estado extrañamente en silencio, — Él lo sabía —, señala, — Pero parece que no quiso decírtelo.

— ¿Qué? —, Silvy encara al demonio, — ¿Por qué?

— Enana —, dice Vokzend, — debe aprender sola.

— Pues parece que ya ha aprendido —, afirma Lilith, — Cumple con esta tarea para mí y cuando el Jardín haya florecido yo personalmente velaré para que Ku'gath observe tu obra.

Ku'gath

Ku'gath

Ku'gath

Corean los nurgletes que jugueteaban por ahí. Silvy parece ver animada y lista. Su primera tarea real, encomendada por nadie más que el Ángel del Caos, la voz de los dioses.

La paladín monta sobre los hombros de su mutado padre y ordena la recolección en masa de todos los ingredientes que usaron para crear aquella mezcla.

— ¡Necesitaremos un caldero más grande! —. Exclama Silvy.


Fueron tres días y tres noches en las que Grookt una y otra vez intentó montar a la cráneantula, o como él le dice simplemente, "La Araña". Ciertamente Grookt no tenía un gran ingenio para nombrar a sus monturas como lo hacen muchos de sus semejantes.

Pero Grookt siempre fue raro incluso entre los orcos negros, más eso no lo hacía menos duro, pues es aficionado a una buena pelea como el que más. Y en cada intento no lo veía como un fracaso o algo que debiera despertarle la frustración, sino más bien como diferentes rondas de una pelea a gran escala.

Sus muchachos lo veían vociferar, golpear, patear, gruñir, apuntalar entre otras tácticas para domar a la colosal alimaña, a lo que su millar de orcos ya habían hecho un círculo, cercando el área mientras ellos también vitorean los esfuerzos del "jefazo" para hacerse de tan digna montura.

Más aún cuando algún orco particularmente imbécil que al verlo caer al quinto intento, ya fuera por ambición de ser el más fuerte o como una afrenta a su líder, solo ese orko sabía el porqué se lanzó contra la cráneantula, solo para que Grookt le partiera el cráneo para que no le robara su trofeo.

Por enésima vez Grookt logra subirse al lomo del monstruos arácnido y se aferra a su dura coraza en forma de cráneo con una pesada cadena forjada a base de romper varias de las mazas de sus muchachos para unirlas como mejor pudo.

El arácnido se sacude, chilla y aulla mientras Grookt golpea con un hacha la obsidiana sobre lo que puede entenderse está la cabeza. Ninguno surte efecto. El hacha se rompe y es cuando la criatura da un salto y se sumerge en la arena aún con el orco encima.

La sensación áspera y la ceguera azotaron al orco mientras es arrastrado por debajo de las dunas hasta que nuevamente salen a la superficie. Grookt golpea el suelo y sacude la cabeza para quitarse la arena de los ojos.

Cuando su vista es más clara ve como la La Araña coloca la parte trasera de su cuerpo sobre el orco y un largo y afilado aguijón curvado sobresale de una apertura en la anatomía del arácnido. Como cualquier orco negro que se precie, antes de que el aguijón lograra picarle este saca "laz navajaz" que en su manos se ven como tal pero que realmente son dos espadas bastardas para un humano común.

Fue cuando descubrió que ahí está el punto débil. Todo el cuerpo de La Araña está recubierta de obsidiana pero para sacar el aguijón deja expuesto tejido blando que es donde "laz navajaz" del orco perforan e hieren a la alimaña que lanza un horrible chillido, abriendo de sobremanera las mandíbulas para lanzar aquel quejido.

Grookt, que en todo momento lleva la cadena, busca la boca abierta del monstruo, luego de darle un par de giros a su cadena lo arroja para atrapar la parte superior de la mandíbula y al hacerlo lo jala con toda su fuerza para que La Araña estampe su rostro contra la arena.

Grookt vuelve a montarse, ahora de pie sobre la cabeza de su más que digno oponente, y aprieta el amarre de la cadena para usarla como rienda y guiarla.

— Erez mía —, dice triunfal el orco que ve como su Waagh se aproxima a su posición corriendo por las dunas del desierto.

Grookt lanza un grito triunfal que es respondido por sus muchachos más listos para pelear que nunca. Tanto tiempo de ocio ya los había vuelto locos y con el capricho del "jefazo" cumplido ya no hay tiempo que perder.

Fueron otros dos días de camino por el árido desierto sin encontrar nada. Los orcos están sedientos, sedientos de pelea y hambrientos de guerra. Es su oficio y, por tanto, tienen que ser los mejores en ello.

Fue cuando vieron el límite en el que el desierto se convierte en bosque, panorama familiar para ellos, y unas montañas altas a la distancia.

— ¡Por allá! —, exclama Grookt, — ¡Ez por ahí! ¡Loz Machacadorez van a machacar!

La marea verde avanzó con premura hasta adentrarse en las tierras boscosas aplastando todo lo que se les pusiera enfrente. Era solo cuestión de tiempo para que encuentren lo que buscan.

Además, una araña de ese tamaño y con un cráneo grabado en la coraza llama bastante la atención.


Catra aún se encuentra en el puesto de vigilancia de la torre. Siente un cosquilleo en su brazo donde esas marcas extrañas quedaron grabadas en su piel que rápidamente se convirtió en ardor y luego en dolor, no muy intenso pero si punzante y una sensación un poco más extraña.

Una serpiente de colores oscuros se desliza desde su mano hasta su hombro, alcanzando su cuello para luego bajar su pecho. Sobre la muralla ve una figura felina avanzar, más no sabía distinguir si hacia ella o alejándose de ella, pues todo parecía haberse vuelto más oscuro de repente. Puede ver el gato de pelaje negro y ojos blancos completemante blanco lanzar un bufido.

No es un bufido pensó Es un susurro.

Siente como la serpiente desciende por su cuerpo hasta llegar a su pierna hasta el suelo y arrastrarse para perderse en la sombra, más pudo ver a otra serpiente mucho, mucho más grande de escamas rojas deslizándose entre los árboles en el bosque cercano.

Siente enojo de repente. Una sensación o necesidad de desquitarse dominaba sus pensamientos.

Entre los árboles ve la figura de una mujer. No puede distinguir ningún rasgo más allá de un ojo que derrama una sola lágrima brillante como una estrella. La figura es acompañado por algo más, algo que parece un venado, tienes astas de venado pero no es un venado.

El ver a ese segundo ser Catra baja la mirada, no por miedo, sino porque siente que debe hacerlo. Mira a sus manos que sostienen un gran cuerno de caza manchado por la sangre que cubre copiosamente sus manos y gotea manchando sus ropas. Pensamientos violentos nublan su mente por un momento hasta que el maullido del gato la saca de su trance.

Sus manos están limpias. El bosque está en calma y a simple vista parece que no hay nada ahí. El clima no favorece para nada la vida y reproducción de las serpientes y parece que nadie tiene mascotas en todo el pueblo.

— ¿Te encuentras bien? —. Pregunta Felix.

— Si —, afirma Catra, — Es solo que a veces sueño despierta.


A warning to the people

The good and the evil

This is war

To the soldier, the civilian

The martyr, the victim

This is war

It's the moment of truth, and the moment to lie

The moment to live and the moment to die

The moment to fight, the moment to fight, to fight, to fight, to fight

To the right, to the left

We will fight to the death

To the edge of the earth

It's a brave new world from the last to the first

To the right, to the left

We will fight to the death

To the edge of the earth

It's a brave new world, It's a brave new world, It's a brave new world

A brave new world

The war is won

The war is won

A brave new world