La noche había sido larga y tumultuosa, pero dentro de la cabaña reinaba una calma inesperada. Afuera, los restos de la tormenta aún resonaban entre las hojas mojadas, pero en el interior, el amanecer comenzaba a colarse por las ventanas, proyectando sombras doradas sobre el suelo de madera. La luz acariciaba los contornos de los muebles y, finalmente, se posaba sobre nosotros.

Desperté sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío. Kagome dormía plácidamente, aferrada a mi brazo con más fuerza de la que uno imaginaría en alguien tan aparentemente frágil. Su rostro relajado irradiaba una paz que contrastaba con la inquietud que nos envolvió la noche anterior. Era como si la tormenta hubiera sido solo un mal sueño, disipado por la claridad del nuevo día.

Intenté moverme, pero su agarre se mantuvo firme. Permanecí inmóvil, observándola, sintiendo una incomodidad extraña, casi imperceptible… no por el contacto en sí, sino por lo que despertaba en mí.

¿Por qué esta humana lograba provocarme tantas emociones? Su dolor, su miedo, incluso su alegría… todo resonaba en mi interior como ecos en un templo olvidado. No era lógico. No era racional. Y eso me irritaba.

Yo, Sesshomaru, heredero del Gran Perro Demonio, señor de vastas tierras, no debía sentir. Las emociones eran una carga. Una distracción. Y sin embargo… aquí estaba, inmerso en un silencio que decía más que mil palabras.

Sus dedos se aferraban a mí como si, al soltarme, temiera perder algo. Me había buscado en su miedo. Había encontrado refugio… en mí.

Cerré los ojos por un momento, frustrado. No comprendía esta conexión. No era magia. No era una deuda. Era algo más profundo. Algo que no podía definir, pero que me arrastraba hacia ella con una fuerza invisible.

Kagome murmuró algo entre sueños y se movió ligeramente. Su cabello oscuro se extendía como una cascada de seda sobre la almohada. La respiración era tranquila, constante. La luz del amanecer la bañaba con un resplandor suave, etéreo.

La observé largo rato. Una parte de mí deseaba alejarse, recuperar la distancia y el control. Pero otra —más oscura, más silenciosa— quería quedarse. ¿Por qué?

Un leve sonido interrumpió mis pensamientos. El pequeño cachorro blanco, que había dormido en el suelo, se había despertado. Sus ojos azules brillaban con inocencia mientras movía la cola lentamente. Saltó a la cama y se acurrucó junto a Kagome, soltando un suave gemido de satisfacción.

Suspiré. No podía seguir negando lo evidente. Algo estaba cambiando dentro de mí. Debía entenderlo… antes de que me consumiera.

Finalmente, me permití quedarme un poco más. El mundo fuera de esas paredes podía esperar. Por ahora, lo único que importaba era este momento.

Kagome comenzó a despertar. Sus ojos se abrieron lentamente y me miraron, sorprendida. Un tenue sonrojo se dibujó en sus mejillas mientras intentaba soltar mi brazo con torpeza.

—Lo siento —murmuró, con voz baja y cargada de sueño.

—No hay nada que disculpar —respondí, más suavemente de lo que pretendía.

Me levanté con cuidado y encendí la chimenea. El calor comenzó a extenderse por la habitación, disolviendo los últimos vestigios de frío.

El fuego crepitaba suavemente en la chimenea, llenando la cabaña con un calor reconfortante. Kagome jugaba con el cachorro dormido entre sus piernas, sus dedos acariciando la suave pelusa blanca mientras lanzaba miradas curiosas hacia mí.

—¿Siempre eres así de callado? —preguntó de repente, con una sonrisa traviesa.

No respondí. Solo le lancé una mirada breve antes de volver la vista al fuego.

—¿No te molesta que pregunte cosas? —insistió, ladeando la cabeza—. Es solo que... hay tanto que no sé de ti.

Hice una pausa, meditando si valía la pena gastar palabras. —No me molesta —dije al fin, seco.

Kagome sonrió más abiertamente, como si eso fuese una victoria. —¿Cuántos años tienes?

—Muchos.

—¿Eso es una respuesta?

—Para ti, debería bastar.

Bufó, rodando los ojos. —Eres frustrante, ¿lo sabías?

La miré de nuevo, esta vez un poco más largo. La luz del fuego danzaba en sus ojos, reflejando esa intensidad humana que tanto me desconcertaba. Era obstinada. Curiosa. Viva.

—¿Por qué me ayudaste anoche? —preguntó en voz baja, casi como un secreto.

Silencio. Mi mirada se volvió hacia la ventana, donde la lluvia aún golpeaba suavemente los cristales. No tenía una respuesta que pudiera darle sin revelar lo que yo mismo apenas entendía.

—¿Te preocupas por mí? —soltó, más directo esta vez.

Volví a mirarla. Y fue entonces cuando lo hizo.

Con un suspiro exasperado, Kagome se inclinó hacia adelante y tomó mi rostro entre sus manos, obligándome a mirarla de frente. Sus dedos eran cálidos, temblorosos, y su aliento rozó mi piel.

—¡Solo dime algo real, Sesshomaru! —exclamó.

Pero sus palabras se deshicieron en el aire en cuanto nuestros ojos se encontraron. El tiempo pareció detenerse.

Sus pupilas se dilataron. El rubor subió por sus mejillas al darse cuenta de lo que había hecho, de cuán cerca estábamos. Soltó mis mejillas como si se hubiera quemado y retrocedió un poco, visiblemente nerviosa.

—L-Lo siento… no debí...

Yo no me moví.

Mi cuerpo estaba tenso, inmóvil, como si cada fibra estuviera en guerra consigo misma. Su aroma… esa mezcla embriagadora de piel joven, calor, y algo más primitivo, se había vuelto más intenso. Más difícil de ignorar.

El celo.

Había tratado de contenerlo. De resistir el tirón instintivo que su cercanía provocaba en mí. Pero ahora... el simple roce de sus manos, el contacto visual prolongado, había encendido una chispa que me costaba sofocar.

Apreté los puños, las garras clavándose ligeramente en mis palmas. No. No debía dejar que esto me dominara. Ella era joven. Humana. Inexperta. Y yo… yo era un demonio con siglos de control y orgullo.

—Sesshomaru... —susurró ella, confundida por mi silencio tenso.

Me levanté con brusquedad, apartándome del fuego.

—Es tarde —dije, sin mirarla—. Hasta que mi madre vuelva, debes quedar aquí.

Mi tono fue más áspero de lo que pretendía. Ella se quedó callada, pero no por miedo. Por algo más cercano a decepción. Me odié un poco por ello.

Me alejé hacia la puerta, donde la brisa fría de la noche me golpeó como un balde de agua. Necesitaba aire. Espacio. Tiempo para reencontrarme con el control que amenazaba con quebrarse.

Detrás de mí, su voz se elevó, apenas audible.

—No soy una niña

Tragué saliva, sin girarme. Me fui lo más rápido que pude en dirección al castillo; pero no quería alejarme de ella, no podía, Yako no me lo permitirá.

Con una decisión que me pesó más de lo que habría imaginado, giré sobre mis talones y regresé. Cada paso de vuelta fue una batalla contra mi propia naturaleza, contra el demonio que rugía dentro de mí.

Al llegar, la cabaña estaba en silencio. El fuego aún crepitaba suavemente, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de madera. Kagome estaba sentada en el suelo, abrazando al cachorro dormido, sus ojos perdidos en las llamas.

La puerta crujió al abrirse, y ella levantó la vista, sorprendida por mi regreso.

—Sesshomaru —murmuró, su voz un susurro cargado de emociones complejas.

No dije nada. Me acerqué lentamente, sintiendo cómo su mirada seguía cada uno de mis movimientos. Cuando estuve lo suficientemente cerca, me detuve y la observé. Su rostro mostraba una mezcla de confusión y esperanza que me atravesó como un cuchillo.

Sin previo aviso, me incliné y la tomé entre mis brazos. Ella dejó escapar un pequeño jadeo de sorpresa, pero no se resistió. Sentí cómo su cuerpo se relajaba contra el mío, cómo su calor se filtraba a través de mis ropas.

—Sesshomaru… —susurró de nuevo, como si mi nombre fuera una plegaria.

La miré a los ojos, esos ojos que habían visto más de lo que cualquier humano debería ver, y supe que estaba perdido. Me incliné hacia ella, capturando sus labios con los míos en un beso que fue tanto un alivio como una tortura.

El sabor de su boca era dulce y embriagador, una mezcla de inocencia y deseo que me hizo perderme aún más. Mis manos se movieron por su espalda, trazando cada curva con una reverencia casi devota. Ella respondió con una intensidad que igualaba la mía, sus dedos enredándose en mi cabello plateado.

Por un momento, todo se desvaneció. No había demonios ni humanos, solo dos almas atrapadas en un torbellino de emociones crudas y auténticas.

Pero entonces, con un esfuerzo monumental, me obligué a detenerme. Me aparté antes de cruzar una línea que no podría deshacer. Ella me miró con ojos nublados por el deseo y la confusión.

—No puedo —dije con voz ronca—. No debo…

Kagome parpadeó, tratando de entender mis palabras mientras yo luchaba por recuperar el control. La solté suavemente y retrocedí un paso, sintiendo cómo el frío llenaba el espacio entre nosotros.

—No quiero hacerte daño —confesé finalmente, mi voz apenas audible—. Eres... demasiado importante para mí.

Ella asintió lentamente, comprendiendo más de lo que yo había dicho. Quería creer que lo entendía.

Me di la vuelta y caminé hacia la puerta nuevamente. Esta vez no me detuve hasta salir al exterior. La brisa nocturna era un alivio bienvenido contra mi piel ardiente.

Mientras me alejaba de la cabaña por segunda vez esa noche, sus palabras resonaron en mi mente: "No soy una niña", pero en realidad lo era. Era solo una pequeña niña humana con la que mi bestia se estaba empecinando. Y teniéndola tan cerca no se como voy a poder con esto que me esta volviendo loco.