Cap 9

Me tomó un par de segundos procesar lo que estaba ocurriendo. Estaba tan absorta en mis pensamientos, tan distraída con los recuerdos, que no había notado lo que sucedía, literalmente, a mis pies.

Al escuchar su voz formulando el desafío, mis ojos se encontraron con los de Ranma. Su expresión era completamente seria, decidida. No había ni rastro de humor, ni duda, ni la más mínima vacilación.

Él me la había jugado…

Sentí que el mundo se detenía por un instante. No podía creer la audacia de aquel hombre. Después de tantos años, después de todo lo que habíamos vivido, venía a imponerme esto: un duelo de matrimonio. Un reto público, formal, inevitable. Era más que seguro que él sabía perfectamente que no podía rechazarlo. Y aún así, lo hizo.

Cómo deseaba en ese instante haberlo expulsado de la aldea desde el primer día.

Un murmullo recorrió la multitud como una corriente eléctrica. El aire se volvió denso, cargado de tensión y expectación. Todos los ojos estaban fijos en mí. Pero no me importaban. La rabia ya me estaba consumiendo.

—¡¿CÓMO TE ATREVES, MALDITO IMBÉCIL?! —grité arrebatadamente en japonés, y totalmente fuera de todo protocolo, con el pecho ardiendo de furia.

Aio me miró como si no pudiera reconocerme, con una mezcla de sorpresa y preocupación dibujada en el rostro. Estaba impactada, seguramente por mi exabrupto.

Yo, en cambio, ni siquiera fui capaz de sostenerle la mirada. Me di la vuelta de inmediato, dándole la espalda a todo el público… y a él.

—No puede ser, no puede ser, no puede ser… —repetí sin darme cuenta, en un murmullo tenso, con la respiración entrecortada, incrédula y al borde de un ataque de nervios.

—¿Aka? —dijo Aio con cautela, acercándose unos pasos—. ¿Qué ocurre?

—¡Ese idiota… ese idiota me ha desafiado! —gimoteé, alterada, sintiendo que la indignación se mezclaba con algo más profundo, algo que ni siquiera quería nombrar.

—Sí, lo sé, tranquila —respondió con suavidad—. No es la primera vez que te desafían. Ha pasado tiempo desde la última, es verdad… pero eso no significa que no pudiera volver a ocurrir. Además, eres una excelente luchadora, la mejor de todas. No pasará nada.

Movía la mano de arriba a abajo, en un gesto instintivo para calmarme, como si pudiera aplacar la tormenta que rugía dentro de mí.

—Y cuando todo esto acabe… —añadió, bajando la voz con una sonrisilla insinuante— tal vez te vendría bien pasar un rato con alguno de tus chicos para relajarte, ¿sabes? Hace tiempo que no recurres a ninguno, entre la tensión por este evento y ese muchacho que definitivamente no ha ayudado en nada, has estado con los pelos de punta —agregó, señalando sin pudor a Ranma.

—¡¿Qué?! —exclamé, desconcertada, ofendida por su falta de comprensión ante la gravedad de la situación.

—Podría hacer llamar al joven Chian. Me comentaste que daba unos masajes estupendos —añadió con una sonrisa ligera, completamente ajena a mi tormenta interior—. Aunque… quizá quieras probar con este nuevo muchacho una vez que pierda —sugirió, con una mirada lasciva—. Es evidente que odio no es lo único que sientes por él.

Oh, Aio estaba completamente equivocada. Lo que sentía por ese imbécil en este momento era ira. Ira en su forma más pura y abrasadora.

—Y a mi tampoco me vendría mal un poco de compañía esta noche. Yo también he...

—¡Aio! Tú no lo entiendes… —jadeé, hiperventilando, la furia creciendo como un incendio descontrolado—. Nunca pude ganarle a Ranma. Nunca. Él es demasiado bueno.

—Tranquila, Aka —dijo, sujetándome por los hombros—. Has entrenado mucho desde que llegaste. Tu técnica ha mejorado, eres invencible. Esta vez sí le ganarás. Le darás su merecido. Le demostrarás que nunca debió subestimarte.

—No, Aio… —le respondí, clavando mi mirada en la suya, con una certeza que me dolía en lo más profundo—. No lo entiendes. Ranma nunca pierde.

Aio me miró con desconcierto, incapaz de comprender el miedo que me atenazaba el pecho. Para ella, yo era una fuerza imparable, una luchadora excepcional. Había escalado posiciones como la espuma, ganándome el título de matriarca por méritos propios. Me había visto vencer una y otra vez, sin tregua ni debilidad. Incluso durante mi entrenamiento con las Amazonas, jamás presenció una derrota de mi parte.

Pero Aio no conocía a Ranma.

Abrió la boca, probablemente para ofrecerme una nueva dosis de halagos, otra frase alentadora para intentar restaurar la confianza que, desde su perspectiva, había desaparecido sin justificación. Pero no alcanzó a decir nada. En ese instante, dos guardias se acercaron para escoltarme hasta la habitación donde debía cambiarme, dejar la ropa ceremonial y enfundarme en el atuendo de combate.

—Tranquila, Aka —dijo finalmente, tomando mis manos entre las suyas con ternura y firmeza—. Estoy segura de que todo saldrá bien.

—Aio… —dije con urgencia, antes de que pudiera alejarse. Su mirada buscó la mía, aún confundida.

—Debes estar preparada… —susurré, apenas audible, mientras las guardias me guiaban hacia mi destino.

Me cambiaron rápidamente, vistiéndome con un Qipao de combate que me daba libertad de movimiento. Mi cuerpo ardía de frustración. Lágrimas silenciosas comenzaron a deslizarse por mis mejillas. Y lamenté por primera vez que las matriarcas no tuvieran permitido utilizar armas en los combates oficiales como símbolo de poder y destreza.

Lo perdería todo.

Ranma estaba destruyendo todo lo que había construido con tanto esfuerzo.

Me sequé las lágrimas de rabia. Cuando las puertas se abrieron, avancé hacia la arena con la furia latiendo en mi pecho. Mis ojos se clavaron en los suyos, asegurándome de transmitirle toda mi ira.

—Te odio, Ranma —espeté con la voz cargada de veneno, sintiendo cómo la furia me consumía desde adentro.

—Es una lástima que lo veas de esa forma —respondió él, inclinándose con respeto, con una serenidad que solo avivó más mi enojo.

Yo, en cambio, mantuve los brazos firmes y los puños cerrados, negándome a devolverle siquiera un gesto de cortesía. En su lugar, adopté mi postura de combate, con cada músculo de mi cuerpo en tensión, lista para descargar sobre él toda la rabia acumulada.

La moderadora se mostró confundida ante mi descortés actitud, pero una leve señal con mi cabeza bastó para que comprendiera que debía continuar, a pesar de mi falta.

El gong resonó.
Y la batalla comenzó.

—¡Eres un desgraciado, un egoísta! —escupí con el pecho encendido, lanzándome hacia él con toda la rabia que me consumía. Mi puño se precipitó con furia, directo a su rostro.

Pero Ranma se movió como si lo hubiera anticipado todo. Esquivó con facilidad, girando el cuerpo y desviando mi ataque con una suavidad irritante.

—Yo solo quiero arreglar las cosas, Akane —dijo con voz serena, como si no estuviéramos peleando frente a toda una tribu en una de las batallas más importantes en la vida de un integrante amazonas.

—¿¡Qué sabes tú lo que quiero!? —rugí, lanzando una patada lateral que debería haberlo alcanzado. Lo vi llevarse la mano al brazo, como si le doliera… pero no le había dado. Yo lo sabía. Él también.

Eso... no estaba bien.

Esa reacción de dolor… era fingida…

Seguí atacando, con movimientos cambiantes, midiendo distancias, buscando su error. Pero no importaba lo que hiciera: Ranma fingía. Fingía que me atacaba y fingía que lo tocaba, que le dolían los golpes, que le costaba esquivar. Incluso cuando claramente no lo hacía.

Probé con una finta, un golpe falso. Y aún así, actuó.

Fingió que le había dado.

Fingió dolor.

Mi corazón latía con fuerza mientras la verdad se hacía evidente: se estaba burlando de mi. No se estaba tomando la pelea en serio. Solo estaba montando un espectáculo y no sabía si ese teatro era para mí o para el público o para ambos.

¿Quería hacerme creer que era una adversaria digna contra él?

¿Tan mala guerrera era como para que él tuviera que fingir?

Aunque la duda real era; ¿Por qué fingía?

Si lo que quería era engañar al público, lo estaba logrando. Cada supuesto golpe acertado y cada supuesto golpe que yo "evitaba" generaba conmoción en el público alabando mi supuesta habilidad y abucheando a mi retador.

Apreté los dientes, consumida por la indignación, y redoblé mis esfuerzos. Tenía que concentrarme. Mis puños cortaban el aire con furia, mis piernas trazaban arcos precisos, cada movimiento cargado de una rabia que llevaba tiempo acumulando. Pero ninguno de mis golpes lograba alcanzarlo. Al menos, no de verdad.

Incluso intenté algunas de las técnicas amazónicas más complejas, esas que después de tantas horas y días de práctica me salían a la perfección… y aún así, Ranma encontraba la forma de impedirlo. Siempre interfería en el último instante, frustrando cualquier intento de destreza. O cuando, por fin, lograba completarlas y ejecutarlas, él simplemente las esquivaba.

Ranma desviaba, esquivaba o interrumpía cada ataque con la misma facilidad con la que se aparta una hoja al viento. Y cuando parecía que lo alcanzaba, se dejaba llevar ligeramente, fingiendo recibir el golpe, tambaleándose solo lo justo para dar la ilusión de que yo llevaba la ventaja.

—¡Basta! —exclamé, dando un paso atrás—. ¡Pelea en serio, maldito cobarde!

Me miró con una expresión que se parecía demasiado a la tristeza. Su postura seguía siendo defensiva, su rostro tranquilo.

—No quiero que crean que su matriarca es débil —murmuró, apenas alzando la voz para que solo yo pudiera oírlo, lo cual no tenía sentido, aquí prácticamente nadie sabía japonés. Al mismo tiempo, desvió uno de mis golpes con una facilidad tan insultante que una ola de humillación me recorrió desde la punta de los dedos hasta la raíz del cabello.

Y entonces lo entendí, por completo.

No importaba cuánto me esforzara ni cuántos golpes lanzara con desesperación: Ranma los esquivaba, los desviaba con la seguridad de quien domina la situación por completo. Y cuando fingía que uno lo alcanzaba, lo hacía únicamente para que el público creyera que yo estaba ganando la pelea. Porque él sabía que yo nunca fui rival para él, y al parecer y para mi desgracia, tampoco soy rival ahora.

Mi sangre hirvió. Un fuego abrasador de frustración y rabia comenzó a consumir cada rincón de mi cuerpo desde dentro. Cada músculo gritaba en protesta, exigiéndome seguir, luchar, no rendirme. Pero sus palabras calaron hondo, golpeándome con la misma fuerza con la que yo deseaba arrojarlo lejos.

Lejos de mí.
Lejos de mi vida.

Reuní toda esa rabia, la concentré en mi interior con una rapidez que jamás había alcanzado. Tenía una oportunidad. Si esto no lo detenía, nada lo haría.

Y entonces, lancé el golpe... un golpe que no lo mataría, pero que si podría dejarlo inconsiente por unos días.

Una onda de energía estalló desde mi puño, directa a su abdomen. Pude ver su expresión: lo sabía. Una vez más, supo lo que iba a hacer. Supo que estaba por liberar un ataque devastador. Solo que esta vez, no logró detenerme durante la preparación. Vi cómo su brazo se dirigía hacia los míos para frenar mi ataque… pero fui más rápida. Tanto él como yo sabíamos que no llegaría a tiempo y abrió mucho los ojos, sorprendido ante lo inevitable.

La luz emanada de mi puño me cegó por un instante, y no dudaba que también hubiese enceguecido momentáneamente a los espectadores. La onda lo arrojó violentamente hacia el escenario tras nosotros. Apenas alcanzó a formar un escudo de energía parcial antes de impactar de espaldas y romper parte de la firme estructura de madera y andamios.

Cuando la luz se disipó, Ranma yacía en el suelo, de costado, cubierto de escombros. Inmóvil.

Lo logré...
Al fin había logrado asestarle un golpe al grandísimo Ranma Saotome. Algo que nunca antes había conseguido.

El público estalló en un grito eufórico y una sonrisa se dibujó en mis labios, instantánea, orgullosa de esa victoria personal. Pero lamentablemente se desvaneció de inmediato. El agotamiento me golpeó de forma abrumadora, como una ola arrasando con todo tras la tormenta que acababa de liberar luego de haber realizado tal ataque a tal velocidad y sin una concentración previa como lo indicaba la técnica. Y ende ahora me estaba pasando factura. Tuve que reacomodar mi posición para no tambalear.

—¡Papá! —escuché entre el público, la voz infantil cortando el estruendo de los aplausos y llamando mi atención como una campanada urgente.

Giré el rostro hacia las gradas. Ima, la hija mediana de Ranma, había gritado con fuerza, a punto de lanzarse a la arena. Su pequeño cuerpo temblaba de angustia, pero Kumiko, cargando a su hermana menor en brazos, la cual le caían lágrimas por la preocupación, logró detenerla justo a tiempo. Se aferró a ella con un gesto rápido y firme, como si supiera que un solo paso más era inadecuado y además podría ponerla en peligro. La niña seguramente se había asustado al ver a su padre derribado de esa forma. Y no podía culparla, su padre había sido golpeado por una bola de energía pura y ahora yacía en el suelo. Pude ver como Kumiko inmediatamente se dispuso a hablabar con sus hermanas. Seguramente en un intento por calmarlas y que estuvieran tranquilas. Sentí un poco de remordimiento.

Pero justo cuando empecé a creer, aunque fuera por un segundo, que podía haber ganado.

La moderadora del combate se acercó corriendo hacia Ranma, pero lo que ocurrió después dejó al público en no podía decirse lo mismo de mí. Yo lo sabía. Sabía que su aguante era aterrador. Lo conocía demasiado bien. Apreté el puño por pura frustración.

Ranma se incorporó lentamente, haciendo que los escombros resbalaran de su cuerpo con un crujido sordo. Se sentó con esfuerzo, levantando de inmediato un brazo en dirección a sus hijas, calmándolas con un gesto sereno, indicándoles que todo estaba bien. La moderadora se inclinó para hablarle, quizá para preguntarle si podía continua, pero al verlo asentir con calma y colocarse de pie, se apartó sin decir nada. Supuse que la respuesta había sido un sí rotundo.

Mientras tanto, mis piernas temblaban levemente. El agotamiento era un peso que se adhería a mis huesos, que me respiraba en la nuca. Y, sin embargo, él se levantó. Se sacudió los tablones como si fueran polvo, sin apartar los ojos de los míos. Y entonces, sonrió.

Una sonrisa tranquila, segura… orgullosa.

Y en lo más profundo de mi ser, lo supe. Con una claridad devastadora: esta pelea no era mía. Nunca lo sería.
Ranma no perdería.
Y yo… yo ya estaba perdiendo.

Se acercó a paso lento, con una leve cojera en la pierna derecha, como si no lo hubiese arrojado contra una pared de madera con una violencia y energía que habría dejado inconsciente a cualquiera por bastante tiempo. A cualquiera, menos a él.

—Eso sí ha sido sorprendente, Aka... —jadeó, sonriendo de verdad, como si estuviera orgulloso de mí, con esa sinceridad desarmante que no sabía si odiar o admirar—. Ni siquiera pude detenerte a tiempo. Supongo que ahora nadie en esta comunidad dudará jamás de tus habilidades.

—¡Basta! —reclamé, la voz rasgando el aire con un temblor rabioso—. ¡Basta de todo! No debiste hacer todo esto. ¡Yo no quería esto! ¡Ya estaba harta! ¡Harta de ti, de mí y de todo lo que me provocas! —Las palabras se me escaparon de los labios, desbordadas, incontrolables. Mi cuerpo entero temblaba, desde la voz hasta las piernas, vibrando por el cansancio y por una frustración que no encontraba salida—. ¡De tu maldita indiferencia y de cómo nunca me hiciste caso!

Ranma suspiró. No dijo nada al principio. Permaneció donde estaba, apenas cargando el peso sobre su pierna izquierda mientras nos desplazábamos lentamente en círculo, como animales heridos a punto de lanzarse al cuello del otro. Sus ojos no me quitaban la vista de encima y el público no dejaba de manifestarse extasiados por la contienda.

—Sabes que no fue mi culpa —dijo finalmente, en voz baja, casi como si hablara para sí mismo—. Fue un error.

—¿Un error? —escupí con una risa amarga, rota por dentro—. ¿Cuántas veces puedes cometer el mismo error, Ranma? ¿Cuántas? —Mi garganta se cerró, las palabras arrastradas por la emoción que hervía en mis venas—. ¡No era la primera vez que terminabas en esa maldita situación, y ahí iba yo, otra vez, a salvarte como una idiota!

Vi cómo se detenía apenas un instante. El rostro le cambió, como si algo dentro de él se quebrara también. Ya no era el guerrero, ni el rival. Era ese hombre que alguna vez me importó más de lo que me gustaría admitir. Y en sus ojos pude apreciar su remordimiento.

—Éramos jóvenes… y yo era un imbécil inmaduro —dijo con seriedad, la voz áspera, sin alzarla ni una sola vez—. Nunca pensé que todo llegaría tan lejos. Y es hora de enmendar mi error.

Ranma no se iba a detener. Y yo... y yo tampoco podía detenerlo. La verdad dolía en lo profundo de mi alma y fue mi alma la que rogó:

—Por favor, Ranma… no lo hagas —susurré. Ya no alzaba la voz. El fuego se había convertido en cenizas que me raspaban el interior. La súplica me salió apenas como un aliento—. Tengo una buena vida aquí…

Le supliqué. Y al hacerlo, algo dentro de mí se rompió. No era sólo una petición desesperada. Era una rendición. Una traición a mí misma y a lo que había adoptado como propio.

Sentí la humillación arder en mi piel como ácido. Suplicar por compasión a un hombre que había destrozado mi orgullo una y otra vez, era escupir sobre todo lo que había construido. No sabía si era rabia, tristeza o agotamiento lo que me hacía temblar ahora. Tal vez todo.

Una oleada de vergüenza me recorrió el cuerpo entero. Me sentí indigna. Pequeña. Asqueada de mí misma.

Por primera vez en mucho tiempo, agradecí que la gente de la aldea no entendiera japonés. Que no pudieran descifrar el susurro desgarrado que acababa de salir de mis labios.

Agradecí que no entendieran que acababa de perder mi dignidad.

No quería que supieran que yo, Aka, la amazona más terca, orgullosa y fuerte… ya no lo era.

Ya ni siquiera me sentía digna de ser una amazonas.

Lo miré, y con un deseo de recuperar algo de mi honor, corrí hacia él en un último intento desesperado, lanzando un golpe con todo lo que me quedaba de fuerza, de rabia, de dolor y la desesperanza acumulada. Cada fibra de mi cuerpo gritaba en negación, aunque en el fondo supiera cuál sería el resultado. Me negaba a aceptarlo. Me negaba a rendirme. No podía terminar así. El público exclamó al unísono, un rugido de sorpresa y tensión que apenas percibí entre el estruendo de mi propia sangre latiendo con furia en los oídos.

Pero Ranma, como si ya conociera de memoria cada uno de mis movimientos, desvió el ataque con una facilidad humillante, sin esfuerzo, sin siquiera pestañear. Sentí cómo su mano atrapó mi muñeca en el aire, con firmeza pero sin violencia, sin lastimarme… solo buscando detenerme. Y en un solo tirón, certero y contundente, me jaló hacia él, despojándome del equilibrio, de la distancia, de la última defensa que me quedaba.

Mi cuerpo chocó contra el suyo con una intensidad que me dejó sin aliento. Sentí la solidez de su torso, su calor, su respiración aún agitada contra mi frente.

Sus labios se acercaron a mi oído, y su voz, grave y segura, se deslizó por mi piel como una caricia que me heló y me quemó al mismo tiempo.

—Yo te voy a dar una vida mejor —susurró, con una certeza que no dejaba espacio para la duda. No era una promesa. Era un destino pronunciado en voz alta, inamovible. Un decreto.

Su brazo rodeó mi cintura, presionándome contra él con una fuerza posesiva, protectora, tan contradictoriamente tierna que me sentí desarmada, segura, contenida. El calor de su aliento en mi cuello me hizo estremecer, y por un instante, todo se volvió silencio. Como si el tiempo se hubiera congelado entre nuestros cuerpos, donde la situación ni el momento importaran. Y el volver a tener contacto, a pesar de los tantos años lejos el uno de otro, hiciera avivar esa llama que parecía extinta pero que nunca aceptó desaparecer.

Movió su mano desde mi cadera hasta mi vientre, lento, suave, casi reverente. No era una sujeción; era una caricia cargada de intención, como si a través de ese gesto intentara reconstruirme, adorarme. Y entonces suspiró, justo en mi oído, un suspiro que me hizo sentir su anhelo que me rompió por dentro, me impidió moverme y me hizo sentir estúpidamente deseada.

—Eres mia, Akane... y yo nunca he dejado de ser tuyo.

Como si guiara el último compás de una danza inevitable, me giró con una precisión impecable, separándome apenas para volver a atraerme en un solo giro fluido. Sus dedos se deslizaron con rapidez por mi espalda hasta alcanzar la base de mi cuello. Sentí el roce justo antes del impacto en mi nuca.

Un golpe certero. Silencioso. Letal en su precisión.

Un escalofrío subió por mi columna justo antes de que la oscuridad comenzara a tragarse el mundo. La última sensación que tuve fue la firmeza de sus brazos sosteniéndome con cuidado, asegurándose de que no cayera al suelo.