El penthouse era un oasis de lujo y minimalismo suspendido en el cielo. La luz dorada del atardecer se filtraba a través de los ventanales panorámicos, pintando la sala con tonos cálidos y creando largas sombras que danzaban sobre los muebles de diseño. A lo lejos, la ciudad palpitaba con una energía silenciosa, un mar de luces que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
Inuyasha, con su habitual desparpajo, estaba sentado en el borde del sofá de cuero blanco, balanceando las piernas como un niño travieso. Observaba a Sesshomaru, de pie frente al ventanal, con la espalda recta y la expresión impasible, como una estatua de hielo frente a un lienzo de fuego.
—Vaya, qué vista— comentó Inuyasha, con un tono sarcástico. — Demasiado romántico para desperdiciarlo estando deprimido, ¿no crees?
Sesshomaru no se inmutó. Seguía mirando la ciudad, como si buscara respuestas en el laberinto de luces y sombras.
—¿Qué te pasa, hermanito? — insistió Inuyasha, levantándose y acercándose a él. — Pareces un perro al que le han quitado su hueso favorito. ¿Acaso la humana te ha dado una patada en el trasero?
Sesshomaru giró la cabeza, clavando sus ojos dorados en Inuyasha. La luz del atardecer se reflejaba en sus pupilas, creando un brillo peligroso.
—No te incumbe— dijo, con voz gélida.
—Oh, pero me divierte mucho — replicó Inuyasha, con una sonrisa burlona. — Ver al gran Lord Sesshomaru, el Yokai perfecto, sufriendo por una simple humana. Es casi poético.
— No sabes nada de lo que siento — espetó Sesshomaru, con un tono que revelaba una frustración contenida.
—Ah, ¿no? — respondió Inuyasha, acercándose aún más. — Yo diría que sí. Te veo dando vueltas como un fantasma en esta jaula de oro, con el corazón carcomido por la duda. ¿Qué pasó, Sesshomaru? ¿Te diste cuenta de que la humana no es una pieza de arte que puedes admirar desde la distancia, sino un ser vivo que necesita afecto y cercanía?"
La mandíbula de Sesshomaru se tensó, un indicio sutil de que las palabras de Inuyasha lo estaban afectando. El silencio se hizo denso, roto solo por el zumbido lejano del tráfico de la ciudad.
— Tú, de todos, no eres quien para darme lecciones — dijo Sesshomaru, con un veneno que goteaba de cada palabra.
— Sí, sí, lo que digas — respondió Inuyasha, restándole importancia con un gesto de la mano. — Pero al menos yo no la encierro en un penthouse de lujo, como si fuera una joya.
Sesshomaru apretó los puños, conteniendo la furia que amenazaba con desbordarse. La luz del atardecer se desvanecía lentamente, sumiendo la sala en una penumbra melancólica.
—No entiendes nada — murmuró Sesshomaru, con la voz cargada de amargura.
—Tal vez no — concedió Inuyasha. — Pero veo lo que está pasando. La estás alejando, y no por su bien, sino por el tuyo. Tienes miedo de que se aburra de ti, ¿verdad? Tienes miedo de que se dé cuenta de que eres un ser frío y distante, incapaz de amar de verdad.
Sesshomaru no respondió. Desvió la mirada, incapaz de sostener la mirada penetrante de Inuyasha. La ciudad, a sus pies, parecía burlarse de su indecisión, un laberinto de posibilidades que él no se atrevía a explorar.
— Es patético, Sesshomaru — continuó Inuyasha, con una mezcla de burla y lástima en su voz. — El gran Lord Sesshomaru, temblando de miedo ante la posibilidad de que una humana lo abandone. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a construir un muro aún más alto a tu alrededor? ¿Vas a seguir encerrándola en esta jaula dorada, creyendo que así la protegerás?
Sesshomaru cerró los ojos, como si quisiera bloquear las palabras de Inuyasha. El silencio se hizo aún más denso, solo interrumpido por el latido acelerado de su propio corazón.
— ¿Sabes qué? — dijo Inuyasha, después de una larga pausa. — Creo que necesitas un trago. Yo invito.
Sin esperar una respuesta, Inuyasha se dirigió hacia el bar, dejando a Sesshomaru solo frente al ventanal, con la ciudad extendiéndose a sus pies como un recordatorio constante de su propia soledad. La noche caía sobre el penthouse, llenando la sala de sombras y dudas, y Sesshomaru, atrapado en su propia jaula de orgullo y temor, se preguntaba si alguna vez sería capaz de escapar.
La puerta del penthouse se abrió con un suave silbido, dejando entrar una ráfaga de aire fresco y dos figuras familiares; Miroku y Koga. Su amigo y abogado de confianza, con su sonrisa amable y su habitual despreocupación, parecía un contraste con la tensión palpable que emanaba del joven líder lobo. Koga, con el ceño fruncido y los puños apretados, irradiaba una energía inquieta y protectora que no pasó desapercibida para Sesshomaru.
— ¡Inuyasha! ¡Sesshomaru! — saludó Miroku, con su voz resonando en la sala silenciosa.
Inuyasha, que estaba sirviéndose un trago en el bar, se giró con curiosidad. Sesshomaru, aún de pie frente al ventanal, permaneció inmóvil, pero su atención se había centrado en los recién llegados.
—¿Y bien? — preguntó Inuyasha, con impaciencia.
— Sí — respondió Miroku, con un tono serio.
— Nos lo encontramos en la plaza — Comento el ojiazul.
—Estaba ahí, acechando como una serpiente. Intentó acercarse a Kagome, pero ella lo rechazó de inmediato— Koga asintió, confirmando las palabras de Miroku
El silencio se hizo denso, cargado de una tensión palpable. Sesshomaru observó a Koga con una mirada escrutadora, analizando cada uno de sus movimientos, cada una de sus palabras.
—Ella le pidió repetidas veces que no se acercara, pero él insistía — repitió Koga, con la mandíbula apretada. La furia brillaba en sus ojos como brasas encendidas.
Sesshomaru finalmente se dio la vuelta. Su silueta, recortada por el resplandor nocturno de la ciudad, era la de un depredador al acecho. Sus ojos dorados brillaban con un fulgor frío, evaluando cada palabra como si fuera una amenaza directa.
—Ese maldito—Dijo enfurecido
Miroku intercambió una mirada con Koga
—Yo estuve a punto de amenazarlo con mi arma — dijo Koga — Pero al final desistió y se marchó.
Sesshomaru entrecerró los ojos. Su mente trabajaba a toda velocidad, encajando piezas invisibles en un rompecabezas que hasta ahora solo intuía.
Miró a Miroku con seriedad.
—Necesito que lo investigues a fondo. Quiero saber con quién ha estado hablando, qué ha vendido, a quién ha comprado… Todo, ese hombre no tiene escrúpulos.
Miroku asintió, su expresión más sobria que de costumbre.
—Lo haré.
—¿Y Kikyo? —preguntó entonces, con una frialdad casi clínica. —¿La encontraste?
La tensión en la sala subió de golpe. Inuyasha, que acababa de llevarse el vaso a los labios, se congeló.
Miroku tardó un segundo en responder.
—Todavía no. Hemos rastreado algunos movimientos en la zona sur, pero es escurridiza. Como si ya hubiera aprendido a usar sus habilidades.
Sesshomaru desvió la mirada hacia su hermano, con un brillo desaprobador en los ojos.
—Convertiste a una humana… —dijo, con voz baja, cargada de reproche y decepción—. Y no cualquier humana. Una con un pasado... inestable.
Inuyasha chasqueó la lengua y dejó el vaso con fuerza sobre la barra.
—¿Otra vez con eso? Fue un error, lo sé. Pero no voy a dejarla sola. Yo... ella no tenía a nadie — Inuyasha cayo un momento y luego continuo — además la amo y quiero pasar el resto de mi vida con ella.
—Pero ella claramente contigo no— Grito furioso Sesshomaru —Ahora tiene sed de sangre, poderes que no comprende y un rastro de cadáveres tras de sí —continuo con dureza—. Eso no es amor, Inuyasha. Es una condena.
Koga dio un paso al frente, rompiendo la tensión con su tono áspero.
—Si Kikyo se cruza con Kagome, no puedo garantizar que se detenga a saludar. Hay que encontrarla antes de que lo haga alguien más… o algo más.
Sesshomaru asintió lentamente, las sombras proyectadas por la ciudad reflejándose en sus mejillas marcadas.
—Encuéntrenla. Y si Bankotsu tiene algo que ver con esto... se terminó el juego.
En otra parte de la ciudad
La suite del hotel estaba envuelta en penumbra, iluminada apenas por las luces rojizas de los rascacielos cercanos que se filtraban por los ventanales. Olor a incienso oscuro, sangre fresca y cigarro caro flotaba en el aire como un veneno dulce. Kikyo estaba recostada en un diván de terciopelo negro, envuelta en una bata de encaje translúcido que dejaba ver la piel aún pálida, marcada por el cambio reciente.
Sus labios, manchados de rojo, sostenían una copa de vino… o lo que fingía serlo. En realidad, la sangre era demasiado espesa, demasiado viva. Como ella.
Naraku se paseaba por la suite con una calma serpenteante. Elegante como un mafioso milenario, vestía de negro, con un abrigo largo y guantes de cuero que no se quitaba nunca. Su cabello oscuro, largo y liso caía como sombra por su espalda. La voz era un susurro lleno de veneno.
—Así que… ya lo tienes —dijo, observándola con una mezcla de deseo y avidez científica. —La inmortalidad. La bendita maldición. El regalo que te negaron durante años.
Kikyo sonrió, pero fue una sonrisa amarga. Se sentó despacio, dejando que la bata se deslizara de un hombro. Sus ojos grises, antes cálidos, ahora tenían el brillo vacío de alguien que ha cruzado una frontera sin mapa.
—No fue lo que imaginé —susurró, clavando la mirada en la copa.
Naraku se acercó, agachándose frente a ella como un amante paciente… o un animal a punto de atacar.
—Pero fue suficiente —dijo con suavidad. —Y ahora, tú me ayudarás a cruzar. Tal como prometiste.
Kikyo lo observó en silencio durante unos segundos. Luego negó con la cabeza, casi con lástima.
—No puedo.
Naraku parpadeó, incrédulo.
—¿Cómo que no puedes?
—No sé cómo lo hicieron —dijo ella, encogiéndose de hombros. —Fue un ritual. Una ceremonia secreta. Inuyasha me transformó sin permiso de su familia. Y ellos… son los únicos que conocen el proceso real.
Naraku se irguió con lentitud. La máscara de calma se resquebrajó.
—¿Me estás diciendo que no sabes cómo transmitirlo?
—Te estoy diciendo que esto… no es como en las películas. No es solo una mordida. No se trata de sangre. Hay magia, linaje. Oscuridad de la vieja. Ellos son los originales, Naraku. Lo demás… son imitaciones.
El rostro de Naraku se tensó. La furia contenida era visible en su mandíbula apretada, en la forma en que sus dedos crujían dentro de los guantes. Dio media vuelta, caminando hacia la ventana. Su reflejo —inquietante, casi ausente— se mezclaba con las luces de la ciudad.
—Entonces… —dijo con voz baja— te convertiste en algo que ni entiendes.
Kikyo lo observó, su mirada dura como el mármol.
—No. Me convertí en algo que tú nunca podrás controlar.
Naraku giró bruscamente. Sus ojos oscuros, como pozos de alquitrán, ardían con ira.
—¿Y crees que eso te hace especial? ¡Te has unido a la línea que ha mantenido este mundo bajo su sombra por siglos! ¡Los Taisho no comparten su poder! ¿Y tú lo desperdicias, encerrada en este cuerpo nuevo, temiendo hasta tu reflejo?
Kikyo se levantó despacio. La luz roja acariciaba sus curvas como un presagio.
—Yo no temo lo que soy, Naraku. Pero tú deberías empezar a temer lo que haré con ello.
El silencio se instaló como una nube de pólvora entre ambos.
Naraku la miró largo rato, la respiración lenta, calculando.
—Entonces cambiaremos de estrategia —murmuró finalmente. —Si los Taisho son los guardianes del fuego… los haremos arder desde dentro.
Kikyo no respondió. Solo volvió a llenar su copa.
Y mientras la ciudad respiraba al otro lado del vidrio, dos sombras sellaban un pacto no dicho: la sangre era el nuevo oro. Pero el poder… el poder era otra cosa.
