Capítulo I:

Cicatrices en el Alma.

Sus labios estaban agrietados, resecos por los gritos ahogados y el sabor metálico de su propia sangre. Cada respiración era un suplicio, como si miles de agujas perforaran sus pulmones. Su cuerpo, antes fuerte y entrenado, ahora no era más que un mapa de heridas abiertas, moretones violáceos y cortes que aún rezumaban un líquido cálido y pegajoso. Pero nada -nada- comparado con el asco que la invadía cuando esas manos repugnantes la tocaban.

Eran manos grandes, callosas, con uñas sucias que arañaban su piel como garras de bestia. Recorrían su cuerpo desnudo sin piedad, como si ella fuera un trofeo, un juguete roto que solo servía para saciar su perversión.

"No... por favor..."

Pero sus súplicas nunca eran escuchadas.

Él siempre llegaba en la oscuridad, como una sombra maldita que se fundía con las paredes de su celda. La agarraba del cabello con tal fuerza que sentía que le arrancaría mechones enteros, arrastrándola como a un animal hasta esa habitación. El mismo cuarto frío, impregnado del olor a hierro y sudor, donde las cadenas colgaban de lasparedes como serpientes listas para estrangularla.

-¿Aún me tienes miedo, Hinata? -Su voz era un susurro venenoso, cargado de sadismo-. Deberías estar acostumbrada... ahora me perteneces.

Sus ojos, negros como el abismo, se clavaron en los suyos. Y entonces, como siempre, la pesadilla comenzaba.

Ella intentó relajarse. Sabía que resistirse solo lo excitaba más. Pero cuando sus dedos se cerraron alrededor de su cuello, sofocando su respiración, el instinto de supervivencia la traicionó.

-¡No! -gritó, pataleando.

Una sonrisa retorcida se dibujó en su rostro.

-Mala idea.

El primer golpe fue seco, brutal. Su puño impactó contra su costilla con un crujido siniestro. El dolor la dobló, pero no tuvo tiempo de recuperarse antes de que un kunai apareciera en su mano, brillando bajo la tenue luz de la habitación.

-¿Recuerdas lo que pasa cuando desobedeces?

La hoja se hundió en el muslo, desgarrando carne. Hinata gritó, un sonido desgarrador que resonó en las paredes, pero nadie vendría a salvarla. Nadie nunca venía.

-¡P-por favor... basta! -jadeó, sintiendo la sangre caliente escurriéndole por la pierna.

Él solo rio, disfrutando de su agonía.

-No. Aún no.

Sus dedos, manchados de su propia sangre, se enredaron en su cabello, obligándola a mirarlo.

-Hoy quiero oírte llorar -murmuró, antes de morder su hombro con fuerza, como un animal marcando a su presa.

Hinata apretó los dientes, negándose a darle el gusto. Pero entonces...

¡CRACK!

Un dolor blanco, cegador, estalló en su dedo meñique. Él lo había retorcido hasta romperlo, sonriendo cuando un grito desgarrador escapó de su garganta.

-¡Así me gusta! -rugió, excitado por su sufrimiento-. Grita más.

Y ella lo hizo. Porque el dolor era insoportable. Porque cada segundo era una eternidad en el infierno.

Pero lo que vino después fue peor.

Sus manos ásperas la voltearon, clavando sus uñas en su piel mientras la forzaba a arrodillarse.

-Ábreme esa boca, puta -gruñó, mientras desabrochaba su pantalón.

Ella sacudió la cabeza, desesperada.

-¡No, no otra vez! ¡POR FAVOR-!

Un golpe en la mandíbula la dejó aturdida. Y entonces... la violación comenzó.

Ella tosió, ahogándose en su propio vómito y en él, mientras su garganta se desgarraba. Las lágrimas ardían en sus mejillas, pero él no se detuvo. No hasta que un gemido gutural escapó de sus labios, y un líquido caliente y amargo llenó su boca.

-Trágatelo todo -ordenó, apretando su dedo roto como advertencia-. O te rompo otro.

Ella tragó, sintiendo cómo la asquerosidad bajaba por su garganta, manchándola por dentro.

El dolor era un océano y ella se ahogaba en él.

"No puedo... no puedo más..."

Pero entonces, en medio de la oscuridad, una imagen brilló en su mente: Boruto, con su sonrisa descarada, corriendo hacia ella con los brazos abiertos. "¡Mamá, mira lo que aprendí hoy!". La voz de su hijo, llena de vida, atravesó la niebla de su agonía como un rayo de sol.

Y Himawari... su pequeña luz. "Te quiero mucho, mamá", susurraba mientras se acurrucaba contra su pecho en las noches de tormenta.

Pero la imagen más fuerte, la que le arrancó un sollozo entre los dientes apretados, fue la de Naruto. Su Naruto. Sus manos cálidas en su rostro, su voz ronca pero llena de amor: "Hinata, eres la persona más fuerte que conozco".

-¿En dónde estás, Hinata? -la voz del torturador la arrastró de vuelta al infierno, sus dedos hundiéndose en su muslo sangrante-. ¡Quiero verte aquí, sufriendo conmigo!

Ella cerró los ojos con fuerza, aferrándose a esos recuerdos como a un salvavidas.

"Boruto... Himawari... Naruto-kun..."

Los imaginó alrededor de la mesa en casa, riendo, compartiendo un plato de ramen. El olor a miso y a madera de cedro. La sensación de Naruto acariciando su pelo al dormir.

-¡Mírame! -rugió él, retorciéndole el dedo roto-. ¡Tú eres mía ahora!

La arrojó contra el suelo, posicionándose encima.

-Ahora, Hinata... -susurró, al oído-... es cuando realmente me perteneces.

Y cuando él entró en ella, algo dentro de su alma se rompió.

Un chillido escapó de sus labios.

¡No! ¡No más!

Se incorporó de golpe, jadeando, sus manos temblorosas recorriendo su cuerpo.

¿Dónde estaba?

No en la celda. No en ese infierno.

Era su habitación. Su casa.

Pero el sudor frío, el corazón acelerado, los recuerdos... todo seguía ahí.

Los golpes suaves en la puerta sonaron como martillazos en su pecho.

- ¿Mamá, estás bien? Te oí gritar... -la voz de Himawari, dulce pero cargada de una preocupación que ninguna niña de su edad debería conocer, se filtró a través de la madera-. ¿Otra vez las pesadillas?

Hinata contuvo un temblor. ¿Cuántas noches llevaba así? ¿Cuántas veces había despertado a su hija con sus gritos? La culpa le quemaba la garganta, más que cualquier grito ahogado.

-Estoy... bien, cariño -mintió, forzando una calma que no sentía. Su voz fue un hilo frágil, pero bastó para que la puerta se abriera.

Himawari irrumpió como un rayo de luna en la oscuridad, sus pequeños brazos envolviéndola con una fuerza que desarmó todas sus defensas. Hinata la apretó contra su pecho, como si fuera el último ancla a la realidad. Notó cómo los dedos de su hija se aferraban a su camisón, ¿temerosa de que desapareciera?

-Si quieres, puedes dormir conmigo -susurró la niña, separándose apenas para mirarla. Sus ojos azules, tan parecidos a los de Naruto, brillaban con una determinación que partió el alma de Hinata-. ¡Prometo ahuyentar a los malos sueños!

La sonrisa de Himawari fue un puñal dulce. Ella, que debería ser protegida, ahora protegía. Hinata asintió, incapaz de confesar que los monstruos no estaban solo en sus sueños... sino en su mente.

La habitación estaba demasiado quieta. Demasiado fría.

Hinata se incorporó de golpe, el pecho palpitándole como si acabara de huir de una batalla. A su lado, Himawari dormía profundamente, ajena al sudor helado que empapaba la frente de su madre. La luz de la luna se filtraba entre las cortinas, dibujando sombras alargadas que se retorcían en las paredes como serpientes negras.

Entonces los vio.

Dos ojos rojos brillando en la oscuridad. Sharingan. Puros, perfectos, con ese giro hipnótico que solo podía pertenecer a uno.

El aire se cargó de repente con un olor penetrante: relámpagos y madera quemada, como el aroma que dejaba un Chidori al estrellarse contra los troncos de los bosques de Konoha. Un olor que, aunque no reconocía del todo, le provocaba una punzada de nostalgia dolorosa.

Pero algo estaba mal.

Entre las sombras, una voz surgió, rasgando el silencio como un cuchillo oxidado. Grave, rota, cargada de una amargura tan profunda que Hinata apenas podía reconocerla como humana. Cada palabra era un susurro áspero, un eco de algo que alguna vez fue fuerte y ahora solo era dolor. Y, sin embargo, algo en ese sonido la paralizó... porque, en algún lugar entre la angustia y la furia, había algo horriblemente familiar.

"¿Cómo aguantas tanto dolor sin enloquecer, Hinata?"

Los Sharingan giraban lentamente, atrapando su mirada. No podía apartar los ojos.

"¿Estás cayendo en la oscuridad como yo caí?"

El olor a madera quemada se intensificó, mezclándose con el hierro de su propia sangre al morderse el labio. ¿Era real? ¿O su mente jugaba con sus peores temores?

Un silencio espeso. Luego, los Sharingan parpadearon, acercándose demasiado, hasta que pudo ver su propio reflejo distorsionado en esas pupilas carmesí.

"¿Por qué no odias?"-la voz era un susurro áspero ahora, como si saliera de su propia cabeza- "El te rompio... y aún así no buscas venganza. ¿O es que... ya estás tan manchada como yo?"

Antes de que pudiera responder, los Sharingan se desvanecieron. El olor a ozono y ceniza se disipó. Solo quedó el zumbido de esa última pregunta, resonando en su cráneo como el eco de un trueno:

¿Cuánto más podría resistir antes de que su luz también se apagara?

Ya no podía distinguir entre lo real y lo irreal; sus sueños, antes refugios de paz, se habían convertido en pesadillas que se filtraban en su vigilia como veneno. Cada respiro era una batalla, cada pensamiento, un laberinto sin salida.

¿Qué era verdad? ¿Acaso esa voz entre las sombras era solo otro eco de su mente fracturada? ¿O realmente alguien la llamaba desde el abismo?

¿Qué no lo era? ¿Eran sus recuerdos solo ilusiones? ¿O acaso su vida entera había sido una mentira?

La línea entre la cordura y la locura se desvanecía, fina como el filo de una navaja. ¿Cuánto más podría resistir antes de caer? Antes de que su mente, exhausta, se rindiera al vacío que la llamaba con promesas de olvido...

Hinata miró a Himawari, dormida, ajena al infierno que devoraba su mente.

Los suaves rasgos de su hija, iluminados por la tenue luz de la luna, solían ser su refugio. Antes, con solo observarla, el caos en su interior se calmaba. Antes.

Pero ahora... ya nada erasuficiente.

EDITADO: 02/04/2025.