Ella Esta Rota
Sus piernas cedían, un temblor violento recorriendo su cuerpo mientras enfrentaba al hombre frente a ella. Sus ojos, negros como el abismo, la atravesaban con una mirada que helaba la sangre. Su mera presencia desgarraba el aire, una aura demoníaca que se enroscaba alrededor de su garganta como un lazo de espinas. Había pasado tanto tiempo a su lado, sufriendo en silencio, pero nada la preparó para esto. Sus cambios de humor eran cicatrices en su alma: a veces, una falsa calma, un respiro cruel antes de la tormenta; otras, el peso de sus manos convirtiéndose en su único mundo.
Él no era un hombre. Era un demonio vestido de sombras, decidido a romperla, a arrancarle jirones de dignidad hasta no dejar nada. Su intento de escapar no había sido un error, sino un pecado, y él se encargaría de que lo lamentara con cada gota de dolor que le quedaba.
-Mira a tu alrededor, Hinata -su voz era un rugido rasgado, una promesa de agonía-. No hay nadie. Solo yo. Soy el dueño de tu aliento, de tus lágrimas, de cada gemido que se atreve a escapar de tus labios. Te di migajas de confianza, y tú las pisoteaste. ¿Querías huir? ¿Volver a él? -La mandíbula de Hinata crujió bajo sus dedos, mientras la hoja del kunai brillaba bajo la luz tenue, fría como su sonrisa.
—¡Lo siento! ¡Por favor, basta! —Las palabras se ahogaban en su garganta, convertidas en un sollozo mudo. Sabía que no habría clemencia. Él no quería arrepentimiento; Quería verla quebrarse. Y lo haría, arrancándole pedazo a pedazo hasta que ni siquiera recordara lo que era la libertad.
Jigen presionó el kunai con dedos huesudos, la hoja brillando bajo la luz mortecina de la celda. Hinata forcejeó, pero las cadenas en Sus muñecas solo se clavaron más profundamente en Su carne, dibujando Surcos rojos y húmedos.
-Mirame -ordenó él, y cuando ella negó con la cabeza, Su mano libre Se enredó en su cabello y tiró, exponiendo Su cuello y la curva temblorosa de su párpado.
El primer corte fue deliberadamente lento.
La punta del kunai se hundió en el borde exterior del ojo, desgarrando la piel como papel mojado. Hinata gritó, pero Jigen ahogó Su voz con la palma de su mano, aplastando Sus labios contra Sus dientes hasta
hacerlos Sangrar.
-Shhh... Esto duele menos si no luchas -murmuró, mientras la cuchilla se movía, cortando músculo y tendón con precisión de cirujano.
Sonidos:
El schlick de tejidos separándose.
El gorgoteo de la Sangre llenando la cuenca del ojo.
El chillido ahogado de Hinata, que Sonaba más un animal herido que un humano.
Jigen torció la hoja.
El globo ocular se desprendió con un pop húmedo, colgando grotescamente del nervio óptico como una uva reventada, Él lo sostuvo frente a su cara, dejando que la luz se reflejara en la córnea aún intacta, donde el terror de Hinata quedó grabado en
el vítreo opaco.
-Bonito -Susurró, antes de apretar.
El globo se estalló entre sus dedos vítreo y humor acuoso chorreando
como clara de huevo mezclada con rubíes triturados, Hinata vomitó, la
bilis quemándole la garganta, pero Jigen ya estaba ahí, lamiendo el
líquido que le caia por la barbilla.
-La próxima vez -prometió, hundiendo el kunai en el músculo orbicular para tallar su inicial en la carne-, Será el izquierdo.
Hinata se incorporó de un salto, como si una mano invisible la hubiera arrancado de las garras de su pesadilla. Sus dedos, fríos y temblorosos, se aferraron a su rostro, palpando cada centímetro de piel en busca de heridas que ya no estaban... pero que aún sentía.
El espejo del baño le desarrolló una imagen fantasmal: ojos blancos, desorbitados; labios partidos por mordiscos de angustia; el cabello pegado a la piel como una segunda piel de sudor y terror. Su ojo derecho- ¿Dónde está mi ojo? -estaba intacto. Pero el dolor... el dolor seguía allí, latiendo en su nervio óptico como un cuchillo clavado.
-No es real, no es real- susurró, clavándose las uñas en las mejillas.
Pero las pesadillas nunca mencionaron.
Cada noche, Jigen la arrastraba de vuelta a su celda. Cada hora despierta era una batalla contra sus propios gritos ahogados. El reflejo en el espejo ya no era el de una mujer, sino el de un espectro: huesos marcados bajo la piel pálida, ojeras violáceas como hematomas, un cuerpo que se desmoronaba igual que su mente.
-Naruto...- El nombre le quemó los labios.
Pero su esposo ya no la veía. Solo besos robados en la frente, mentiras convenientes de "trabajo", una cama que olía a ausencia. ¿Cuánto hacía que no la tocaba? ¿Cuánto hacía que nadie la tocaba, excepto él, excepto Jigen, excepto las manos que la destrozaban en sus sueños?
Kiba le había dado pastillas para poder conciliar el sueño. "Solo un mes", le advirtió, con esa mirada de pena que la hacía sentirse aún más rota. Pero las pastillas se acabaron, y con ellas, la última ilusión de paz.
Ahora Jigen la seguía incluso bajo la luz del sol.
Lo olía en el viento: sangre seca, metal oxidado, el dulce tufo de la carne podrida. Lo sentí en cada sombra que se alargaba hacia ella, en cada susurro del viento que se convertía en su risa. Sus manos ya no solo la lastimaban de noche-ahora la acariciaban de día, le recorrían la espalda mientras lavaba los platos, le mordisqueaban el cuello mientras miraba la lluvia.
-¿Estoy loca?- preguntó al vacío, mientras las gotas de agua corrían por el cristal como lágrimas.
Pero el silencio fue su única respuesta.
Porque en su mundo, la locura era el único refugio que le quedaba.
El estruendo de un trueno le arrancó de sus pensamientos. La lluvia golpeaba los cristales con furia, como si el cielo mismo llorara por ella. Hinata abrió la puerta de la habitación y descendió las escaleras con pasos vacilantes. Al mirar por la ventana, solo encontró oscuridad: una negra tan densa que devoraba hasta el último rastro de luz. Pero no necesitaba ver para saber que afuera el mundo se desmoronaba, gota a gota, igual que su corazón.
Los días de lluvia siempre le habían traído paz. Le gustaba cómo el cielo azul se transformaba en un manto gris, cómo el aire olía a tierra mojada y promesas rotas. El sonido del agua al chocar contra el suelo era un recordatorio de que, al menos, algo en este mundo seguía siendo puro.
No sé cuándo sus pies la llevaron al patio. No sintió el instante en que la lluvia empapó su pijama, pegando la tela delgada a su piel, revelando cada curva que el tiempo y el dolor habían dejado intacta. El agua fría le recorrió el cuerpo como un susurro helado, pero era un dolor que prefería al que llevaba dentro.
"¿ Cuánto tiempo ha pasado ?"
La pregunta flotó en su mente, sin respuesta.
De pronto, un escalofrío la recorrió. No era por el frío.
El aire era una mezcla asfixiante de sangre podrida, sudor agrio y el dulzón olor a infección que brotaba de sus propias heridas. Cada inhalación era un recordatorio de su miseria: el hedor de su propio cuerpo violado, mezclado con el moho de las paredes y el metal oxidado de las cadenas que la habían convertido en poco más que un animal.
Pero hoy... había algo más.
Un aroma que no pertenecía a ese infierno.
Relámpago quemado. Ceniza. Y sangre fresca.
Hinata intentó levantar la cabeza, pero el hambre y el dolor le retorcieron las entrañas. ¿Cuántos días llevaba sin comer? Ya ni lo recordaba. Su ojo derecho arrancado como si fuera un trofeo- latía con un dolor fantasmal, y la visión del izquierdo, borrosa por la diplopía, convertía el mundo en un caleidoscopio de pesadilla.
"No te muevas", le ordenó su propio cuerpo cuando la bilis subió por su garganta. No podía permitirse vomitar. No había nada en su estómago excepto ácido y rabia.
Cerró los párpados, buscando refugio en los recuerdos.
-La risa de Hanabi y Boruto, brillante como el sol. El orgullo en los ojos de su padre cuando sostenía a Himawari. Naruto... su sonrisa, sus ojos azules como el mar que jamás volvería a ver.
Pero las imágenes se desvanecían, reemplazadas por la voz de Jigen susurrándole al oído:
"Eres nada. Solo un juguete roto que nadie extrañará."
Y lo peor... era que casi lo creía.
Un sonido metálico la sacó de su estupor.
Cadenas.
Alguien más respiraba en la oscuridad.
El corazón le tocó las costillas como un pájaro enjaulado. ¿Era otro torturador? ¿O una víctima como ella?
-¿Q-quién...? -su voz era apenas un hilillo de aire, pero en ese silencio sepulcral, sonó como un grito.
Se arrastró sobre sus codos, sintiendo cómo las piedras afiladas le abrían nuevas heridas en la piel. No importaba. Necesitaba ver. Necesitaba saber que no estaba completamente sola.
Entonces... lo vi.
Un ojo rojo brillando en las sombras como una brasa maldita.
El cuerpo de Hinata se tensó, preparándose para otro golpe, otra humillación... pero esa mirada no era la de Jigen.
Era fría. Calculadora. Familiar.
-"Por fin despiertas, Hinata."
La voz -ronca por el desuso- le heló la sangre.
Sasuke Uchiha estaba encadenado a pocos pasos de ella, la camisa rota y manchada de sangre seca. Su brazo izquierdo -el que ya no tenía- era un muñón vendido con trapos sucios. Su pelo, siempre impecable, era una maraña enmarañada de sangre seca. Su rostro -tan perfecto que dolía- estaba surcado de moretones y una cicatriz fresca que le cruzaba el labio. Pero esos ojos... esos malditos ojos seguían siendo iguales: negros como el pecado y rojos como la venganza.
-"Sasuke...kun..."
Su nombre le ardía al salir de sus labios agrietados.
¿Por qué estaba aquí?
Una parte de ella -la que aún soñaba- quiso arrastrarse hacia él, aferrarse a su cuerpo y llorar hasta no quedar lágrimas. Pero la Hinata que Jigen había moldeado solo sentía desesperación.
-¿Qué haces aquí?-
La voz de Sasuke cortó la lluvia como una hoja afilada, resonando con una intensidad que hizo temblar la tierra bajo sus pies. Hinata alzó la vista, y allí estaba él: envuelto en su capa negra que ondeaba como las alas de un cuervo bajo la tormenta, su silueta imponente recortada contra los relámpagos.
Sus ojos -fríos, profundos- la observaban con una quietud perturbadora.
Como si ya supiera exactamente por qué ella estaba allí.
Hinata retrocedió, sintiendo cómo el agua helada se filtraba entre sus dedos desnudos.
-L-lo siento, Sasuke-kun, yo...- La voz le falló, ahogada por la vergüenza. ¿Qué podía decirle? ¿Que había salido en mitad de la noche, empapada en lluvia y recuerdos amargos, como una sonámbula buscando algo que ni siquiera entendía?
Su pijama lila, ahora transparente por la humedad, se pegaba a cada curva de su cuerpo, revelando más de lo que jamás habría querido mostrar. Cruzó los brazos sobre su pecho en un gesto instintivo de pudor, pero era inútil. Él ya había visto.
Y lo peor...
Era que no apartaba la mirada.
Un escalofrío le recorrió la espalda. No era por el frío.
- ¿Por qué estás aquí? - Susurró, Hinata, aunque las palabras aún temblaban.
Sasuke no respondió de inmediato. La lluvia caía entre ellos como un muro líquido, pero Hinata podía sentir la tensión, ese silencio cargado de algo que no se atrevía a nombrar.
-No deberías estar fuera a esta hora - dijo al fin, su voz baja, casi un susurro que se confundía con el rumor del aguacero.
Era una evasiva. Y ambos lo sabían.
Hinata tragó saliva.
-Tú tampoco- replicó, desafiando a pesar del temblor en sus manos. ¿Qué lo había traído allí? ¿Una misión? ¿Un mensaje para Naruto?
Oh...
¿Algo más?
La idea la extrema. Era absurda. Sasuke Uchiha no tenía razones para buscarla a ella, no cuando apenas habían cruzado más que palabras corteses en años.
Pero entonces...
¿Por qué no se iba?
La mirada de Sasuke se intensificó, como si pudiera leer cada uno de sus pensamientos prohibidos. Hinata sintió que el corazón le latía tan fuerte que podía oírlo en sus oídos.
-Entra a casa, Hinata- dijo por fin, con un tono que no dejaba lugar a discusión. Pero no era una orden.
Era casi...
Una súplica.
Y eso la asustó más que cualquier otra cosa.
Era extraño para Hinata verlo allí.
El Uchiha siempre había sido una presencia distante, un espectro entre las sombras del pueblo. Sus interacciones nunca habían superado el frío intercambio de un "Hola" y un "Adiós". Pero ahora, al contemplar su rostro austero, aquellos ojos oscuros como el abismo y su boca torcida en una muñeca casi despectiva, algo dentro de ella se estremeció.
Sus miradas habían estado cerca, demasiado cerca.
Más de lo que jamás hubiera imaginado.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Sus manos temblaron, sus pulmones ardieron y un dolor agudo, mezclado con un anhelo irracional, la paralizó. No entendía por qué, pero cada fibra de su ser gritaba por algo que no podía nombrar.
Y entonces, él se alejó.
Un paso atrás.
La espalda vuelve hacia ella.
La distancia creciendo entre ambos como siempre lo había hecho.
Hinata lo observó, sintiendo cómo su corazón se desgarraba en silencio. Eran dos extraños, dos almas destinadas a orbitarse sin tocarse jamás.
Pero esta vez... esta vez no podía permitirlo.
Sin pensarlo, sus pies se movieron. Una mano temblorosa se expandió, los dedos cerrándose con torpeza alrededor del borde de su capa negra. Lo aferró con fuerza, tan fuerte como el nudo en su garganta.
Él se detuvo.
Sus hombros se tensaron por un instante, casi imperceptible.
Y entonces, su voz, fría pero familiar, resonó en el aire:
-Vuelve a casa, Hinata.
La voz fría de Sasuke la obligó a alzar la vista, pero inmediatamente lo lamentó.
Su corazón se hundió como una piedra en aguas heladas.
Los ojos del Uchiha ya no eran la oscuridad de la medianoche, sino un rojo encendido, sanguíneo, como dos lunas malditas flotando en la penumbra. Su pupila giró lentamente, y su rostro -antes impasible- se tensó al clavarle esa mirada. Pero entonces... algo cambió.
Un brillo extraño recorrió sus facciones, como si su cuerpo entero estuviera al borde de incendiarse.
¡Bum-bum!
Su corazón golpeó con tal fuerza que temió que le estallara el pecho. El temblor de sus manos se extiende por todo su cuerpo, incontrolable.
El miedo la paralizó.
La lluvia seguía cayendo, fría y punzante, pero el verdadero peligro no estaba en el agua, sino en el aire electrizado que los rodeaba.
¿Era esto real?
¿O solo otra pesadilla de su mente fracturada?
¿Por qué Sasuke Uchiha estaba en su patio una noche de media? ¿Por qué sus ojos ardían como brasas en la oscuridad? ¿Por qué la miraba así... como si la conociera mejor que ella misma?
Cuando él dio un paso hacia ella, Hinata retrocedió instintivamente. Ni una palabra se escapó de sus labios; su voz estaba sepultada en lo más profundo de su garganta, ahogada por el puro terror. Las piernas le flaqueaban, a punto de ceder. La lluvia se mezclaba con sus lágrimas, nublando su visión, pero cuando logró enfocarse...
Él ya estaba ahí.
Demasiado cerca.
Lo suficientemente cerca como para sentir su aliento frío rozando su piel.
La negra de la noche hacía que su capa pareciera fundirse con las sombras, su aura gélida era casi tangible, y esos ojos escarlatas... la traspasaban.
"¡Esto no es real!"
"El Pecado que Saboreó a Lluvia"
El miedo le heló la sangre, pero no la detuvo.
¿Por qué temblaba? Sasuke era el aliado de Naruto, su hermano en batallas, el hombre a quien su esposo confiaba su vida una y otra vez. Pero esto... esto no era lealtad. Esto no era camaradería.
Era la mano callosa de Sasuke acariciando su mejilla, trazando el contorno de su mandíbula como si memorizara cada curva. Demasiado lento. Demasiado deliberado.
-¿Q-qué estás haciendo? -logró jadear, aunque ya conocía la respuesta.
Sasuke no habló. No era necesario hacerlo.
Se inclinó, y el mundo estalló.
Sus labios fríos por la lluvia se sellaron sobre los de ella con un hambre que hizo arder todas sus neuronas. Hinata sintió cómo su cuerpo traicionero respondía antes que su mente: sus manos se aferraron a su capa, sus piernas cedieron, y un gemido que jamás habría admitido vibró en su garganta.
Sasuke gruñó contra su boca, su única mano hundiéndose en su pelo mojado para inclinarla mejor, para poseerla más profunda.
Fue un beso violento.
Un beso que gritaba todo lo que nunca dirían.
Cuando por fin se separaron, Hinata jadeó como una ahogada. Sasuke no estaba mejor: su pecho subía y bajaba con furia, sus ojos Sharingan brillaban encendidos sin su consentimiento, revelando la tempestad que siempre ocultaba.
La distancia entre ellos era un océano de cosas no dichas.
Pero esa noche, bajo la tormenta que borraba los límites, el espacio se redujo a:
- Un suspiro de condensación en el aire frío.
- Una mano temblorosa que se atrevió a tocar la tela oscura de su capa.
- Un instante en que el mundo dejó de girar.
Sasuke se detuvo. No se volvió, pero tampoco se alejó.
Si slguien llega a leer esta locura, me encantarìa saber su opiniòn.
