Capítulo 3

La luna, allí en lo alto, resplandecía con un rojo sangre, iluminando el paisaje desolado. La brisa arrastraba consigo el hedor nauseabundo de cuerpos en descomposición, un perfume de muerte que se aferraba a cada soplo de aire. Sus pies descalzos, embadurnados de barro y sangre, dejaban huellas fantasmas sobre la tierra fría. Las lágrimas habían tallado surcos en sus mejillas, marcas de un dolor que ya no podía contener.

El kunai en su mano se hundía con fuerza en su carne magullada, pero no sentía nada. Nada excepto el vacío. Su mente estaba hecha añicos, su corazón, destrozado como cristal bajo una bota. Espinas invisibles se clavaban en lo más profundo de su ser, envenenando cada latido. A su alrededor, solo silencio... y el susurro del viento, que silbaba como una serpiente, como la muerte misma acechando.

¿Era esto real? ¿O seguía atrapada en aquel genjutsu, bailando como un títere bajo la mirada sanguinaria de Obito Uchiha? Sus ojos, esos malditos Sharingan, seguían burlándose de ella desde las sombras.

Intentó respirar, pero sus pulmones ardían. Era como si miles de agujas le perforaran la garganta, sofocándola sin piedad, jugando con su agonía sin concederle el alivio de la muerte.

Quiere gritar, maldecir, suplicar... pero las palabras se ahogan en su garganta. Solo un quebrado gemido logra escapar de sus labios secos, como si una mano invisible le estrangulara las emociones. A lo lejos, voces distorsionadas flotan en el viento, eco de fantasmas o tal vez de quienes una vez fueron sus aliados. No puede distinguirlas, pero percibe la urgencia en sus tonos, como cuchillos que se clavan en su ya fracturada cordura.

¿La llaman? ¿La condenan? No importa. Su mundo se reduce a ese infierno escarlata, a la luna que observa impasible y a la sombra de Obito, cuya risa parece retumbar en cada latido de su corazón herido.

La lluvia cae en cortinas espesas, mezclándose con la sangre que empapa la tierra, formando ríos oscuros que serpentean entre los cadáveres. Cada gota que golpea el suelo suena como un latido agonizante, el ritmo fúnebre de un mundo que se desangra.

Y entonces, lo ve.

Itachi emerge de la niebla como un espectro, su cabello negro-azabache como las páginas de un evangelio olvidado-pegado a su rostro por la lluvia. Su piel, pálida como la cera de un cadáver, contrasta con los ojos negros como el vacío, profundos y fríos, rodeados de ojeras que cuentan siglos de sufrimiento.

-Pudiste salvarlo... -su voz no es más que un silbido roto, como el graznido de un cuervo moribundo-. Y elegiste no hacerlo.

El kunai en la mano de Hinata tiembla, pero no por el frío, sino por la culpa que ahora la devora. La lluvia arrastra sus lágrimas, pero no puede limpiar su pecado.

-Por tu cobardía, estoy muerto -murmura Itachi, avanzando hacia ella, cada paso dejando un reguero de sangre que la lluvia no logra borrar.

-Por tu culpa... Sasuke ya no es más que odio.

El viento aúlla, llevándose sus últimas palabras, pero el peso de ellas se clava en el pecho de Hinata como un puñal.

La tormenta no perdona. La noche tampoco.

-¡Lo siento... lo siento, lo siento...!

Sus disculpas se desgarran en el aire, ahogadas por la lluvia, inútiles como flores sobre una tumba. El dolor la estrangula, convirtiendo cada palabra en un gemido roto. Itachi no se inmuta. Sus ojos de cuervo reflejan solo desprecio.

Ella había elegido callar.

Por miedo. Por esa parálisis cobarde que la condenó a observar el pasado sin intervenir. ¿Qué si alterarlo desencadenaba un caos peor? ¿Y si, al intentar "arreglar" algo, destruía todo lo que ahora era paz? Quiso creer que su silencio era sabiduría, no egoísmo.

Quiso gritarle la verdad:

-¡Tu hermano está bien! ¡Es feliz!
-¡Ahora protege la aldea que juró destruir!
-¡Tiene una hija, una familia...!

Pero entonces, como un rayo en la oscuridad, una imagen difusa la golpea: el rostro de Sasuke adulto. No el héroe que todos ven, sino el hombre cuyos ojos aún esconden sombras. ¿Era realmente feliz? ¿O solo había aprendido a vivir con las cicatrices?

Hinata lo ignoraba.

No conocía sus noches en vela, los susurros de Madara que tal vez aún lo perseguían, ni si el perdón había sanado su odio... o solo lo había enterrado. ¿Podía alguien como ellos-rotos por la guerra-ser felices del todo?

Itachi avanza, y su silencio es peor que cualquier acusación. La lluvia lava la sangre pero no la culpa.

Hinata se despierta con un jadeo ahogado, como si alguien le hubiese arrancado el alma del sueño a la fuerza.

El sudor frío le escurre por la espalda, pegajoso como una segunda piel. Un temblor casi invisible recorre su cuerpo, como si sus nervios se rebelaran contra la realidad. Sus ojos, blancos como la luna llena, se abren de par en par, captando cada sombra en la habitación como una amenaza latente.

-No es real... No fue real... -murmura entre dientes, pero su voz suena ajena, como si alguien más hablara a través de ella.

Con un movimiento brusco, se arranca las sábanas del cuerpo-como si le quemaran-y las arroja lejos. Intenta levantarse, pero sus piernas son traidores: temblorosas, febriles, incapaces de sostenerla.

Y entonces, cae.

El golpe contra el suelo reseca en el silencio de la noche, pero el dolor físico no es nada comparado con el terror que aún le retuerce las entrañas.

Las lágrimas brotan sin control, calientes y saladas, como una marea que arrastra su cordura. El dolor en su cuerpo no es nada comparado con el fuego lento de la culpa que le devora por dentro.

-Podría haberlo detenido...
-Podría haberle dicho la verdad...

Pero no lo hizo.

Hinata guardo silencio, dejando que Sasuke marchara hacia su hermano, hacia aquel encuentro manchado de odio y secretos envenenados. Ahora, Itachi estaba muerto, y ella había sido cómplice con su mutismo.

Hinata aún recuerda aquel día en que Sasuke, por fin, dejó escapar su dolor en un mar de lágrimas. Las imágenes permanecen tan vívidas en su memoria que, al evocarlas, el alma se estremece.

El cielo no es cielo, sino una herida abierta, un manto de fuego líquido que gotea sobre un mar que no sabe calmarse. Las olas no rompen; se destrozan unas contra otras, como si el océano mismo estuviera en guerra consigo mismo. El aire espeso, cargado de sal, ceniza y desesperación, quema los pulmones de quien se atreve a respirar.

Y en el centro de ese infierno pintado de naranja y sombras, Sasuke Uchiha se desmorona.

Sus lágrimas no caen, se derrumban, torrente tras torrente, como si sus ojos hubieran dejado de ser suyos y ahora fueran solo cascadas de cristal roto. Llora como nunca lo ha hecho-no con la rabia fría de un vengador, sino con el desgarro de un niño que acaba de entender que lo han destrozado a propósito.

"Todo... fue una mentira."

Las palabras de "Madara" (ese impostor, ese espectro con máscara) aún retumban en su cráneo, envenenando cada recuerdo, cada instante en el que creyó que matar a Itachi era justicia. Ahora solo queda el vacío.

Obito lo observa, inmutable.*

Bajo la máscara naranja, sus ojos fríos calculan cada temblor de Sasuke, cada jadeo ahogado. Sabe que ha ganado. Que ha sembrado el odio suficiente para que el último Uchiha se convierta en lo que necesita: un arma.

Juugo, Karin y Suigetsu lo observan desde atrás, expectantes. Hinata está allí, a unos metros, su mirada fija en Sasuke, pero también en Obito, quien, a pesar de su máscara, parece sentir el peso de sus ojos.

-Dejaremos de llamarnos Hebi... A partir de ahora, actuaremos bajo el nombre de Taka."

El Mangekyō Sharingan de Sasuke se activa, la estrella negra girando lentamente en sus ojos rojos como la sangre. Su voz es fría, pero cada palabra quema como el fuego del Infierno.

-"Taka tiene una única meta... Vamos a aplastar Konoha."

Karin contiene la respiración, Suigetsu sonríe con ferocidad, Juugo baja la cabeza, como si sintiera el peso de la oscuridad que los rodea. Pero Hinata no se inmuta. No hay sorpresa en ella. Solo dolor. Solo culpa.

Obito gira ligeramente la cabeza hacia ella. Aunque su máscara oculta su expresión, hay algo en su postura, en ese leve inclinarse hacia adelante, que delata su interés.

Hinata lo mira directamente, con miedo, aun no puede olvidar como este hombre le hizo vivir una y otra vez la muerte de sus hijos. Sus ojos blancos, puros como la luna, reflejan miedo, pero también... lástima. Porque Obito es solo otro títere del destino, igual que Sasuke, igual que ella misma.

Un entendimiento silencioso pasa entre ellos. "No eres Madara", dicen sus ojos. "Y tú no hiciste nada para salvarlo", responde el vacío detrás de su máscara.

Pero ninguno habla. Ninguno rompe el juego. Porque en este momento, con Sasuke hundiéndose en la oscuridad, las palabras ya no sirven de nada.

Hinata siente el peso de su silencio como una losa. Podría haber detenido esto. Podría haberle dicho a Sasuke la verdad sobre Itachi, sobre Konoha, sobre el futuro que ella conoce. Pero no lo hizo. Por miedo. Por cobardía. Porque, en el fondo, no está segura de qué es lo correcto.

Y ahora, mientras Sasuke jura destruir la aldea que un día lo traicionó, ella solo puede preguntarse: "¿Soy peor que Obito? Porque al menos él cree en su mentira... Yo sabía la verdad y dejé que esto pasara."

Un águila lanza un grito desgarrador antes de perderse en el horizonte naranja. Las olas rugen, como si el mar mismo estuviera en duelo. Sasuke respira hondo, sus lágrimas ya secas, reemplazadas por una determinación fría como el acero.

Taka ha nacido. La venganza está en marcha. Y en medio de todo esto, dos impostores-Obito y Hinata-se miran, sabiendo que ambos son culpables de lo que está por venir.

Una imagen irrumpe en la mente de Hinata con la fuerza de un senjutsu: Naruto, arrodillado en las calles de Konoha, temblando. Las noticias acaban de llegar. Jiraiya está muerto. El hombre que fue su maestro, su padrino, el más cercano a un padre... ha caído. A kilómetros de distancia, Naruto debe estar sintiendo el mismo vacío que Sasuke. El mismo dolor desgarrador. La misma ira impotente.

Hinata se lleva una mano al pecho, como si le faltara el aire. ¡Cómo pudo olvidarlo! ¡Cómo pudo quedar tan atrapada en la tormenta emocional de Sasuke que se olvidó de que el mundo seguía girando, de que otros también sufrían!

Sus ojos blancos parpadean, nublados por una repentina humedad. Ella lo sabe todo. Sabe que Naruto llorará en soledad, que gritará hasta quedarse ronco, que jurará venganza igual que Sasuke... pero también sabe que, a diferencia de este, Naruto no se rendirá al odio.

Y sin embargo... ¿acaso eso lo hace más fácil? ¿O más doloroso? Porque Naruto sufrirá, pero seguirá adelante. Y Sasuke... Sasuke ya está perdido en las sombras.

Sasuke Rompe el Silencio

-"Nos movemos al amanecer", dice Sasuke, su voz áspera por el llanto, pero ahora fría como el acero. "Konoha pagará por todo."

Hinata cierra los ojos. Naruto también está sufriendo ahora mismo. Y ella... está aquí, en el lugar equivocado, en el tiempo equivocado, sin poder ayudar a ninguno de los dos.

Hinata intenta levantarse del suelo frío como una lápida, pero sus brazos arden, sus rodillas tiemblan como hojas en una tormenta. El sabor de su vida es hierro y ceniza-como si hubiera mordido una bala.

Y entonces, lo oye.

Unos pasos. El pomo de la puerta girando con un chirrido que le corta el aliento.

Sasuke Uchiha está ahí.

Sus ojos negros, profundos como abismos, la miran sin piedad, pero sin reproche. Hinata esquiva su mirada, avergonzada, como si esos ojos pudieran leer cada uno de sus pecados. Intenta ponerse de pie otra vez, pero sus piernas traicioneras ceden.

Sin embargo, no cae.

Unos brazos fuertes como el acero, pero delicados como el viento la sostienen. Sasuke no dice nada, pero su silencio es más elocuente que cualquier palabra.

Hinata no merece esto.

No merece su ayuda.

No merece su piedad.

Pero ahí está él, sosteniéndola como si, por un instante, quisiera cargar con el peso de su culpa también.

Entonces Hinata recurrda que Sasuke no la dejo escapar.

La había seguido con la ferocidad de un huracán, implacable, como si el mismo infierno se abriera a sus pies para perseguirla. Y ahora, sus alas negras-enormes, rotas, como las de un ángel caído-la envolvían, atrapándola en una jaula de sombras.

Hinata lo sabía. En el fondo, siempre lo supo.

Sasuke no le permitiría marcharse.

Pero... ¿por qué?

¿Era culpa? ¿Era venganza? ¿O algo más profundo, algo que ni él mismo entendía?

Ella no estaba segura.

Sasuke no hablaba, no explicaba. Solo existía, como una sombra pegada a su piel, como un fantasma que se negaba a dejarla en paz.

Y ahora, aquí, con sus garras-tan delicadas como letales-cerrándose alrededor de su cintura, Hinata sentía que no había escapatoria.

-¿Por qué lo hiciste, Sasuke-kun?...

Su voz tembló como una hoja en llamas, pero no se quebró.

-¿Por qué me quieres aquí?...

El aire se espesó. El Sharingan de Sasuke encendió la habitación con un rojo ensangrentado, sus pupilas girando con una ferocidad que cortaba la respiración.

Hinata no retrocedió.

-No cumpliste tu promesa. Debiste seguir tu camino. Decidiste que Taka solo existiría para destruir Konoha... Pero yo... yo no puedo seguir ese camino.

Un escalofrío recorrió su espalda. Esa aldea que él quería reducir a cenizas...

-Konoha es mi hogar alli viven mis hijos. Mi esposo. Tú...-

¡CRASH!

El puño de Sasuke se estrelló contra la pared, destrozando el yeso en un estallido de polvo y astillas. El agujero que dejó atrás parecía una herida abierta.

Ella lo había tocado donde más dolía.

El Sharingan de Sasuke ardiendo como el infierno, su respiración entrecortada, demasiado cerca, demasiado intensa.

-Cállate-, su voz fue un cuchillo en la oscuridad, -No hables de cosas que no entiendes.

Pero Hinata sabía.

Sasuke odiaba que mencionaran a Itachi.

Odiaba que hablaran de Konoha.

Odiaba... que le recordaran todo lo que había perdido.

Hinata sonrió, pero no había dulzura en sus labios.

Era una sonrisa agridulce, como el final de una historia que nunca le perteneció.

«Tal vez Sasuke tiene razón», pensó.

Ella conocía su dolor, pero no porque él se lo hubiera confiado. No porque compartieran secretos.

No.

Hinata sabía de Sasuke a través de los ecos de su esposo, Naruto, quien hablaba de él con una mezcla de orgullo y melancolía, como si su amistad fuera un puente construido sobre cicatrices.

A través de Sakura, ahora su esposa, cuya devoción por Sasuke había evolucionado de un amor de juventud a una complicidad madura, aunque nunca exenta de sombras.

A través de los murmullos de la aldea, que lo veían como un héroe incómodo, un hombre que había regresado del abismo pero que aún llevaba el frío del vacío en sus ojos.

Pero él nunca le había hablado directamente. Y ahora, en esta habitación destrozada, con el Sharingan de Sasuke ardiendo como un faro en la oscuridad, Hinata entendía algo devastador:

El Sasuke que estaba frente a ella no la conocía. No de verdad.

Su conexión era transitoria, prestada, un reflejo distorsionado de los lazos que él sí tenía con Naruto y Sakura.

Ella era solo una espectadora en la historia de su vida.

Ella solo era una intrusa.

Una extraña que apareció en su vida por capricho del destino, en medio de un bosque olvidado, bajo una luna que no tenía por qué recordarla. Nunca debieron cruzarse. Nunca hubo interés, nunca hubo razón.

Entonces... ¿por qué?

¿Por qué ahora su presencia en la vida del Equipo Taka le resultaba tan inquietantemente familiar? ¿Por qué Karin, Suigetsu y Jugo-cuyos nombres ni siquiera pronunciaba en su propia dimensión-se habían vuelto rostros que extrañaba?

Lazos que nunca debieron existir.

Porque en su realidad, en ese futuro al que pertenecía, ellos ni siquiera se conocían. No había historias compartidas, ni risas, ni esas noches alrededor de una fogata donde Suigetsu bromeaba con su espada o Jugo le ofrecía frutas silvestres con esa calma que tanto la tranquilizaba.

Y sin embargo... aquí estaba. Habiéndose encariñado.

Mintiéndose a sí misma cada vez que les decía "todo estará bien", sabiendo que, al regresar, nada de esto tendría sentido.

Nada tenía sentido.

Hinata apretó los puños, sintiendo el filo de sus propias uñas contra la piel. ¿Por qué Sasuke no la había dejado ir?

Aquel día, cuando decidió alejarse de Taka y regresar a Konoha, él pudo haberla abandonado. Como lo hizo con los demás. Como lo haría con cualquiera que ya no le sirviera.

Pero no lo hizo.

Y eso la perturbaba más que cualquier genjutsu.

Sabía demasiado de él. No por experiencia propia, sino por los pedazos de historia que otros le habían contado:

- Naruto, su esposo, hablaba de aquel tiempo con voz áspera, como si recordarlo le quemara: "El Sasuke de entonces... no era él. El odio lo consumió hasta dejarlo irreconocible."

- Sakura, en raras ocasiones, mencionaba cómo su chakra se había vuelto más frío que el invierno, más oscuro incluso que bajo la maldición del Sello Maldito.

- Y los rumores... esos que narraban cómo había atravesado a Karin con un Chidori sin vacilar, cómo había dejado atrás a Suigetsu y Jūgo como si fueran basura, cómo había jurado eliminar a cualquiera que se interpusiera en su venganza, sin importar quién fuera.

Ese era el Sasuke que todos conocieron.

El que no dudaba.

El que no sentía remordimientos.

El que rompía lo que ya no usaba.

Ella ya no era útil.

Hace años que había dejado de ser shinobi, cambiando las misiones por los deberes del hogar, los kunais por los biberones. Sasuke la había arrastrado consigo para una sola cosa: sus ojos. El Byakugan. Nada más.

Entonces... ¿por qué seguía aquí?

Si ya había obtenido lo que necesitaba...

Si ella no era más que un estorbo...

Si su patrón era descartar lo inservible...

¿Por qué sus manos no la soltaban?

¿Entonces por qué seguía aquí?

Cara a cara con él, Hinata no lo entendía.

Ahora mismo no podía ver más allá de su dolor, de ese odio burbujeante que parecía consumirlo desde adentro. No sabía qué pasaba por su mente, qué demonios lo obligaban a retenerla cuando todo indicaba que debía deshacerse de ella.

Pero ahí estaban.

Los ojos carmesí de Sasuke brillaban en la penumbra, llenos de un rencor que solo el tiempo lograría apaciguar. Hinata no apartó la mirada. Quería que hablara, que rompiera ese silencio que pesaba más que cualquier jutsu.

Pero solo hubo quietud.

Afuera, el amanecer comenzaba a teñir el cielo de naranja y rosa. Los pájaros cantaban, el viento silbaba entre los árboles, como si el mundo no supiera-o no le importara-la tensión que los ahogaba.

Solo el retumbar de sus corazones rompía el silencio, al compás distante del canto de las aves.

Hinata se alejo de Sasuke, estaba cansada.

Cada paso que daba temblaba, como si sus huesos fueran de cristal a punto de quebrarse. Sus pies, delicados y fríos, la llevaron de vuelta a la cama, a ese refugio impregnado del olor a fiebre y sudor. Se dejó caer sobre las sábanas, demasiado débil para luchar, demasiado rota para fingir que no le dolía.

Su respiración era lenta, trabajosa, como si el aire mismo pesara. Pero su mente... su mente era un infierno.

Sabía que no podía quedarse.

Tenía que irse. Debía marcharse.

Dejar que el curso de los acontecimientos siguiera su rumbo, aunque eso significara abandonar a Sasuke a su suerte.

Hinata rompió el silencio.

Su voz, frágil como el cristal pero afilada como una kunai, cortó el aire pesado que los envolvía. Desde la cama, donde la fiebre y la debilidad la mantenían postrada, alzó la mirada hacia Sasuke.

-Aún no has respondido a mi pregunta, Sasuke-kun...

Un suspiro escapó de sus labios secos, como si cada palabra le costara un pedazo de alma.

-¿Por qué sigues aquí?

La pregunta flotó entre ellos, cargada de todo lo no dicho.

Ella lo miraba sin miedo, sin reproches, solo con una necesidad brutal de entender.

¿Era por sus ojos? ¿Por el Byakugan que tanto había codiciado?
¿Era por crueldad? ¿Por verla sufrir hasta el último momento?
¿O era algo más... algo que ni él podía nombrar?

Sasuke no respondió.

Pero por primera vez...

...sus ojos titubearon.

-No puedo quedarme.

Sus palabras cayeron como losas, pesadas y definitivas. Hinata se incorporó con esfuerzo, aferrándose a las sábanas para no caer de nuevo. El sudor frío le resbalaba por la sien, pero su voz no tembló.

-Ustedes tienen un propósito... y yo tengo otro.

Afuera, el viento arrastraba hojas secas, como si el mundo ya estuviera borrando sus pasos.

-Nuestros caminos están separados.

Y entonces, lo miró directamente a los ojos, desafiando la oscuridad que habitaba en ellos. No como una súplica, sino como una verdad que ambos conocían.

Sasuke no movió ni un músculo. Pero algo en su chakra... algo indescifrable... vibró.

Como si por un instante, solo un instante, el odio no fuera suficiente para sostenerlo.

-¿Quieres que te deje libre, Hyūga?

Su voz cortó el aire como un senbon envenenado, cada sílaba cargada de un odio que ya no sabía disimular.

-Entonces vete.

Las palabras fueron puñales, pero Hinata no se encogió. Las recibió como recibiría el viento de invierno: con los ojos abiertos y la piel erizada.

El resentimiento de Sasuke era tangible, como una niebla espesa que se enroscaba alrededor de su cuello. Pero también era viejo, gastado, como un arma que había sido usada demasiadas veces.

Hinata alzó la vista, sus ojos perlados clavándose en el rojo enfermizo del Sharingan.

Sasuke no se inmutó. Su mirada era un muro impenetrable, un abismo sin fondo.

Pero ella ya no necesitaba descifrarlo.

Con un temblor febril, se levantó de la cama. El calor de la fiebre le quemaba las venas, su chakra se retorcía como un animal herido dentro de ella. Aun así, dio un paso.

Luego otro.

Cada movimiento era una batalla. Sus pies descalzos temblaban contra el suelo frío, su respiración se quebraba en jadeos cortos. Pero no se detuvo.

No volvió a mirarlo.

Sin embargo, sentía sus ojos. Esa mirada que la seguía como una sombra, devorando cada uno de sus movimientos.

La puerta cedió con un chirrido.

El viento del amanecer azotó el rostro de Hinata, mezclándose con el sudor frío de su fiebre. Dio un paso al exterior, y entonces lo oyó:

-Si vas a morir... hazlo lejos de aquí.-

La voz de Sasuke era un susurro áspero, como un filo arrastrándose por su espina dorsal.

Hinata se detuvo, pero no se volvió.

Por primera vez en días, respiró profundo. El aire olía a tierra mojada y a algo más... ¿a libertad? ¿a derrota?

Sin mirar atrás, caminó hacia su libertad.

Una lágrima escapó. Caliente, como lava silenciosa, surcó su mejilla antes de que pudiera detenerla.

Y entonces-como un rayo detenido en el tiempo -un recuerdo la golpeó:

Día de verano.

El sol brillaba en lo alto, pintando el cielo de un azul diáfano. Una brisa fresca mecía suavemente los pétalos de las innumerables flores que cubrían el campo, creando un mar de colores vibrantes. El aroma dulce y relajante flotaba en el aire, envolviendo a todos en una calma adormecedora.

Hana Hyūga -como se hacía llamar- estaba sentada entre las flores, sus hábiles manos entrelazando tallos con delicadeza, tal como solía hacerlo con su hija Himawuari en otro tiempo. Sus ojos lavanda brillaban con nostalgia, pero también con una paz profunda.

Karin, observándola con curiosidad, se acercó con timidez.

-Hana... ¿Podrías hacerme una corona de flores? -preguntó, tratando de ocultar su nerviosismo.

La mujer Hyūga alzó la vista y sonrió con dulzura.

-Claro, Karin chan. -Sus dedos se movieron con destreza, seleccionando las flores más bonitas. En poco tiempo, terminó una hermosa corona y, con gesto cuidadoso, la colocó sobre la cabeza de Karin.

La pelirroja se tocó suavemente las flores, sintiendo una extraña calidez en el pecho. Una sonrisa genuina asomó en sus labios.

-¡Eh, eso se ve bien! -Suigetsu apareció de repente, cruzando los brazos-. Yo también quiero una.

-S-Sí, a mí también -murmuró Jūgo, acercándose con timidez.

Hana rio suavemente y asintió. Con paciencia, tejió dos coronas más, adaptándolas al tamaño de cada uno. Al colocárselas, las mejillas de los dos hombres se tiñeron de un rosa tenue.

-Jaja, ¡nos vemos ridículos! -dijo Suigetsu, aunque no hizo ningún intento por quitársela.

Jūgo, por su parte, tocó las flores con reverencia, como si temiera dañarlas.

Hana, satisfecha, tomó unos últimos tallos y comenzó a trenzar una corona más. Esta vez, sus pasos la llevaron hacia la sombra de un majestuoso cerezo, donde Sasuke descansaba, apoyado contra el tronco, con los ojos cerrados.

Al acercarse, el Uchiha no abrió los ojos, pero su expresión austera se suavizó ligeramente al sentir su presencia. Hana se arrodilló frente a él, estudiando su rostro por un instante.

"Siempre tan serio...", pensó, con una mezcla de ternura y melancolía.

Con movimientos lentos, colocó la corona de flores sobre su cabeza. Sasuke, entonces, abrió sus ojos oscuros, y lo primero que vio fue el rostro sonriente de Hana, iluminado por los rayos del sol que se filtraban entre las hojas del cerezo.

Sus mejillas se sonrojaron ligeramente, y un puchero infantil -algo completamente inusual en él- asomó en sus labios.

-¿Q-Qué...? -murmuró, desconcertado.

Hana no pudo evitar reír, un sonido claro y cálido como el tintineo de una campana.

-Te queda bien -dijo, mientras Sasuke, aún aturdido, se tocaba la cabeza y descubría las flores entre sus cabellos.

Al mirar a lo lejos, vio a Karin, Suigetsu y Jūgo, cada uno con sus propias coronas. Suigetsu le hizo un gesto burlón, mientras Karin se reía y Jūgo le daba un tímido pulgar arriba.

Sasuke suspiró, pero en lugar de quitársela, dejó que la corona se quedara allí.

El viento acarició el campo una vez más, llevándose consigo risas y el aroma de las flores, mientras el grupo disfrutaba de un momento de paz, tan fugaz como hermoso.