No tenía ni la más remota idea de dónde estaba en esos momentos, no tenía ni idea de a dónde le habían llevado el fuego y el viento, solo sabía que la nieve caía sin parar, solo sabía que aquellas débiles y delgadas montañas del norte les rodeaba un mar seco y congelado, solo sabía que al avanzar por donde el reptil y las vivas hojas le indicaban, todo lo que le esperaba era un vacío absoluto de frío, soledad y oscuridad.
El viento intenta empujarlo con impaciencia hacia la cueva infinita, pero Hiccup se mantiene firme sobre la nieve, intentando decidir por su cuenta si aquella era la decisión correcta, forzando a su mente cansada y adolorida a tomar una decisión que no consistiera en la poca información que tenía sobre absolutamente toda esta loca situación. Estaba allí, en medio de la nada, completamente solo, congelándose, añorando su hogar y a su gente, porque Yelana, la jefa de los Northuldra, la gente del sol, le había dicho que siguiera a los espíritus del viento y el fuego, y había ido hacia el humilde hogar de aquella extraña mujer porque así se lo había recomendado Anna, porque le había asegurado que solo ella sabría cómo ayudarle, y había ido de inmediato con Anna porque… porque…
Porque aquellos desgraciados se la habían llevado, se habían llevado a su mujer, a su esposa, al amor de su vida, a su alma gemela… a su Elsa.
Se pasa sus temblorosas manos por la cara, aprieta los labios y los párpados para contener las lágrimas, toma aire e ignora el pinchazo de dolor de sus pulmones por la falta de oxígeno y el asesino frío de aquellas montañas.
Necesita pensar con claridad, necesita tomar la opción correcta, tenía que moldear un plan basado en sus decisiones, no a lo que el resto del mundo le había dicho que tenía que hacer. Tenía que dejarse de todas estas tonterías de naturaleza, espíritus y locuras para ponerse a buscar por cielo, tierra y mar a su Elsa, tenía que encontrarla cuanto antes, ya había perdido bastante tiempo, ya había gastado días, semanas y meses que no tenía. ¿Y si esos lunáticos estaban torturándola? ¿Y si planeaban matarla?
No tenía tiempo para esto, tenía que buscarla, tenía que…
—Hiccup…
Se gira bruscamente para volver a encarar aquel inquietante vacío, con el corazón alterado, las lágrimas deslizándose por su piel congelada, y la respiración agitada. Vuelve a oírla luego de unos segundos en los que se fuerza a estar en completo silencio, escucha su voz, su preciosa, dulce, armoniosa y cariñosa voz, la escucha, está seguro de que puede escucharla. Y cuando el viento vuelve a empujarlo y soplar alrededor de su rostro, puede sentir sus amorosas manos acunando su rostro, limpiando las lágrimas.
—Hiccup —vuelve a llamarlo, ahora desesperada, con la voz rota, a punto de llorar y no tiene más opción que tragarse su orgullo.
—Ya voy, ya voy, mi amor —murmura contra el viento, intento atrapar su fantasma entre sus brazos, pero traspasando cualquier tipo de ilusión que hubiera querido crear en ese momento—. Solo espérame un poco más, ya iré a por ti.
Se quita bruscamente las lágrimas de la cara, y empieza a descender hacia la absoluta oscuridad.
Allá, en lo profundo de aquella cueva que se ocultaba de la luz y que parecía despreciar la iluminación que Inferno concedía, lo esperaba un hombre desnutrido, de afilados ojos amarillos, un hombre sin calzado ni abrigo alguno que se encontraba lleno de heridas sangrantes que brillaban en tonos plateados, con las muñecas y los tobillos encadenados a la dura piedra congelada. Lo espera con una mirada recelosa y desconfiada, con una expresión cansada y derrotada, con una jaula dorada reposando sobre su regazo.
Suspira con pesadez antes de preguntarle con voz grave y que hace años debió de ser encantadora, dulce como esa tentación que te carcome la cabeza y las energías. —¿Quién eres tú? ¿Te han mandado mi viejo amigo para seguir riéndose de mí?
—Me han traído el fuego y el viento —no se anda con rodeos, no necesita nada de él, ni siquiera le interesa saber cómo ayudarle ni nada por el estilo, ni tan siquiera le importa descubrir si merece o no estar allí encadenado y constantemente lastimado. A Hiccup todo lo que importa es que supuestamente él sabe cómo encontrar a su Elsa, el resto de los sentimientos e ideales es mejor dejarlos encerrados en un cofre que se quedará cerrado hasta que puede recuperarla—. Hace unos meses, unos espíritus se aparecieron en mi isla, secuestraron por la noche a mi esposa y me dicen que tú sabes cómo recuperarla.
El sujeto alza una ceja y como respuesta Hiccup chasquea la lengua con molestia.
—¿Por qué tu esposa sería interés de los espíritus, humano?
—Aparentemente porque ella es el quinto espíritu de la naturaleza y eso no le gusta a un tal Hombre de la Luna —responde con molestia, rodando los ojos y perdiendo la paciencia a cada segundo que no tenía una respuesta directa.
—Ah —suelta con calma, con una lentitud que hace que quiera ahorcarlo—. Cuando lo pones así, entonces podríamos decir que sí que estás aquí por los designios de mi viejo amigo. ¿Sabes una cosa? Jamás pensé que el viejo…
Clava furioso Inferno a unos pocos centímetros por encima de la cabeza de aquel espíritu molesto, sin saber si realmente estaba perdiéndose en los laureles o si él estaba demasiado cansado, irritado e impaciente como para obtener tan solo un segundo de información. Algo, felizmente no esos dos espíritus que lo habían acompañado, le decía que tal vez debería escucharlo, que tal vez la información que ha estado guardando por tanto tiempo, esa que no necesariamente tiene que estar relacionada con el paradero de su esposa, es importante, es vital para que alguien más la conozca. Pero como el aceite prendido en fuego que cae del hierro de Inferno, la paciencia de Hiccup va de gota en gota, como los granos de arena de un reloj de arena, como los granos de arena que marcan el tiempo que seguramente le queda a Elsa.
—¿Sabes lo que sí sé? ¿Sabes lo que sí me interesa? Sé que mi mujer, el amor de mi vida, está en algún punto que no puedo alcanzar, sé que está encarcelada, rodeada por desconocidos que se la llevaron en medio de la noche, sé que los meses que he pasado sin tenerla a mi lado se han sentido como vidas enteras de dolor e interminable tragedia. Sé que la extraño a cada segundo que pasa, sé que me estoy muriendo sin ella… pero no sé dónde está, no sé qué le están haciendo y no sé cuándo volverá a tenerla en mis brazos, no sé cuánto falta para volver a despertarme por las mañanas y tenerla a mi lado… no sé dónde está mi esposa, no sé dónde está mi Elsa, pero el viento y el fuego me han traído hasta aquí y me han dicho que tú me puedes ayudar a encontrarla, así que, espíritu de las sombras, el miedo y las pesadillas, dime, ¿dónde está?
—No, muchacho —niega lentamente con la cabeza, imitando una pizca del dolor que Hiccup sentía—, esto no funciona así. Sí, puedo guiarte hasta ella. Sí, conmigo a tu lado la encontrarás, pero no basta con que dibuje un mapa o te marque con negra arena la ruta correcta. No, muchacho, si quieres mi ayuda, me tienes que tomar.
—¿Disculpa?
—Hacerme parte de ti, aceptarme tal y como me ves en estos momentos. Para pasar por las sombras, guiarte por el miedo y convertirte en una pesadilla para aquellos que te lastimaron, te tienes que fundir conmigo, te tienes que convertir en mí, tienes que tomar la carga de mi pesada túnica y dejar que yo guíe la daga que en el mundo clavaras. Para obtener mi ayuda, para conseguir todo cuanto deseas, tienes que abrir esta jaula y matar lo que hay dentro, traer tus manos bañadas en sangre ante mí, despellejar mi cuerpo y convertirlo en tu abrigo —Hiccup quiere abrir la boca, pero el sujeto lo interrumpe—. No solo dolerá la muerte inocente que ejecutarás con tus manos, no, cuando me pongas sobre sus hombres, el dolor que me infundas a mí, el dolor que infundas a los demás, el dolor que le infundas a esta inocente criatura enjaulada te llegara a ti cuando me adhiera a tu cuerpo.
» Pero no te preocupes, muchacho, cuando consigas lo que quieras, cuando encuentres a tu mujer y vuelvas a esta cueva, podrás quitarme de tus hombros y cocerme una vez más a este carcomido esqueleto. Porque la misión de este añejo cuerpo no se ha cumplido y volverá de una forma u otra, pero doy por hecho que no querrás que me quedé a tu lado hasta tu lecho de muerte.
—No eres más que una espada —murmura casi sin pensarlo, demasiado abrumado por todo lo que ocurría a su alrededor como para detener a pensar en cortesías y modales—. Una daga envenenada, te blanden, asestan el golpe y te regresan a tu funda hasta que llegue al siguiente. Puede que tengas doble filo, que me cortes al usarte, pero no eres más que una herramienta que, por lo que parece, no se puede servir por su cuenta.
—Sí, eso mismo es lo que soy, pero ten en cuenta, muchacho, que no todos pueden blandirme —se inclina cuanto puede y, con dolor y temblor en todo su cuerpo, el espíritu del miedo le tiende la jaula dorada, que dentro lleva una pequeñísima miniatura. Le recuerda a pajarito, a un colibrí colorido que no tiene lugar en tierras como estas, pero por algún motivo su rostro es humano—. Mátala, cúbrete con su sangre y vuelve a mí, entonces te guiaré hacia donde deseas llegar, te llevaré a la gloria que anhelas.
—No es gloria, ni victoria. No es honor ni avaricia. Yo solo quiero regresar con mi amada, solo quiero regresar a mi vida humilde y luego dejaré en paz a los espíritus. Yo ando por esta ruta de sangre porque sangre es lo hace bombear mi corazón lleno de amor y desesperación.
El sujeto se ríe cansadamente mientras le hace ceñas para que se vaya. —Esas mismas promesas ya las he escuchado, muchacho, y al final mi piel tuvo que arrastrarse de punta a punta para volver a mis huesos.
Cuando alza la jaula dorada al nivel de sus ojos, cuando el viento la sacude de forma violenta, la criatura finalmente despierta y, espantada, se da cuenta dónde está. Antes de que tan siquiera pudiera pensar en qué hacer con ella, la pequeña entidad empieza a sollozar con todas sus fuerzas, a tirar de los brillantes barrotes de su pequeña jaula, empieza a rogar por su vida, porque seguramente ya ha tenido que estar ahí, porque seguramente las manchas que puede ver en la parte inferior es la sangre de sus predecesoras o de las vidas pasadas que tuvo que afrontar para que alguien más consiguiera lo que añoraba.
Por un momento quiere hacerlo sencillo y arrojar la jaula por el acantilado, porque no había manera que pudiera sobrevivir algo como eso por muy espacioso que fuera su forzado hogar. Pero el viento le susurra que eso no funcionará, porque necesita su sangre y la muerte tiene que llegar por sus manos.
Tembloroso se pregunta una sola cosa.
—¿Cómo he llegado hasta aquí? —susurra por debajo del agudo tintineo de la criatura, que revolotea dentro de la jaula y pelea por escaparse de ella.
La sangre de una criatura inocente, a cambio del poder para encontrar y rescatar a su mujer.
¿Qué clase de monstruo se convertiría si hiciera algo como eso? ¿Con qué cara se presentaría delante su Elsa cuando volviera con ella? ¿Con qué cara le diría que no solo se demoró tantos meses para rescatarla, sino que lo hizo manchándose las manos con la sangre de una criatura sin culpa ni pecado? ¿Cómo podría Elsa amarlo cuando lo viera con la piel de un espíritu oscuro sobre sus hombres? ¿Cómo podría presentarse ante ella cargando con el peso de tantos cadáveres a su espalda?
¿O podría vivir con la mentira? ¿Podría fingir que nada había cambiado? ¿Podría fingir que no había alterado todo su ser únicamente para sacarla de aquella prisión? ¿Podría mirarla a los ojos y asegurarle que seguía siendo el mismo? ¿Podría mirarla a los ojos y jurarle que era el mismo hombre del que se había enamorado, el mismo esposo justo y amable?
¿Podría seguir amarlo? ¿Podría enamorarse de él incluso después de convertirse en un hombre completamente diferente?
—Hiccup —ella seguía llamándolo, seguía escuchando el susurro de su voz que traía el viento hasta él, ella esperaba a que llegara, a que la alcanzara, pero, ¿quién llegaría en verdad a ella? ¿qué sería aquello que se presentaría para sacarla de su celda?
Vuelve a fijarse en la criaturilla colorida, porque se da cuenta de que se trata de un intercambio. Un espíritu maravilloso y precioso encarcelado a cambio de otro. ¿Qué le aseguraba a él que le quedaba tiempo para considerarse todas esas dudas? ¿Qué le aseguraba a él que el viento traía los lamentos y no las últimas palabras de su amada?
Se quiere preguntar por qué precisamente a esa criatura, por qué tenía que matar a un ente completamente inocente. Pero una parte de él, más rabiosa, desesperada y vengativa, le propone una pregunta mucho más importante.
¿Por qué le debería importar la inocencia de aquella cosa que le incomodaba y que no le importaba cuando a esos desgraciados no les importó la inocencia de su esposa?
Las manos le tiemblan, no por el frío sino por el peso de su decisión.
Incluso si Elsa no pudiera amarlo, incluso si su gente no fuera capaz de perdonarlo, incluso si no volviera a ser humano.
Si con la sangre de aquella cosa podía sacar a Elsa de su prisión, si con aquella muerte podría rescatarla de aquellos monstruos, pues que así sea.
Sacude violentamente la jaula hasta que esa cosa que revolotea se golpea con la parte superior y se queda completamente quieta. Al sacarla, se da cuenta que cabe perfectamente en una sola de sus manos y que no tiene nada tan pequeño como para acabar con ella sin cortarse ni herirse a sí mismo.
Por lo que tan solo aprieta.
—Te va a doler, muchacho —le repite con una triste sonrisa mientras su daga va siguiendo las cicatrices que hace mucho otros hicieron.
—No tanto como su ausencia —responde con obviedad—, no tanto como voltearme y darme cuenta de que no está —murmura, fundiendo sus manos entre la calidad de la sangre plateada—. No tanto como duele extrañarla.
—Por favor, tu hogar está lejos de aquí, recuerda devolverme a mi lugar.
—Lo haré, te regresaré —asiente, acomodándose cuidadosamente la carne que muchos otros maldijeron y maltrataron—. ¿Cuál es tu nombre?
—Pitch Black, el espíritu del miedo, la oscuridad y las pesadillas —suspira, con lo poco que queda de su voz y de su conciencia—. Pero, oh, muchacho, hace años mis amados me llamaban Kozmotis… dime, ¿qué nombre crees que te darán?
—No importa qué pronuncien otros, no importa qué piensen, ni lo que digan ni lo que callen —asegura, alzándose envuelto en sombras, en dolor, en soledad, en pesadillas y completa oscuridad—. Solo importa salvarla.
