Con el paso de las horas… no, de los días… puede que de las semanas… tal vez de los meses… Puede… puede que con el paso de los años.
No tenía ni la más remota idea de cuánto tiempo ha pasado, no sabe cuánto lleva encerrada en aquella extraña celda que no podía superar de ninguna manera. Por mucho que había intentado congelar esos barrotes, por mucho hielo que había intentado que se quedara adherido a esa cerradura para destrozarla, por mucho que había peleado con las paredes de piedra, todo seguía ahí mismo, firme e inamovible, impenetrable por completo.
Escapar era imposible, no sabe cuánto tiempo lleva allí, pero tiene segura de que ha pasado el tiempo suficiente como para probar todas las formas de escape las veces necesarias para confirmar que eran completamente inútiles.
No sabe cuánto tiempo lleva allí, no solo porque no puede ver ni al sol ni a la luna, ni al día ni a la noche, sino porque aquel espíritu que le genera sentimientos contradictorios, aunque se queda hablando con ella por un largo rato, jamás le responde a las más básicas preguntas sobre el momento en el que se encuentran. Es siempre lo mismo con él. No lo sabe, no está seguro, no le importa, no tiene forma de descubrirlo.
Se siente abrumada por su presencia, porque cuando lo ve tan animado hablando de todas las cosas que tienen en común, de las aventuras que ha tenido con esos otros cuatro espíritus y sobre lo poco que recuerda de su vida pasada, le da algo de ternura. Le recuerda un poco a su hermana menor y le hace sentir que de alguna manera se ha encontrado con una versión diferente pero tan parecida de una de las personas que más ama. Se permite sonreírle, reírse de sus tonterías y se permite contarle un poco de su propia vida.
Pero cada vez que hace alguna de esas cosas, cada vez que su primer instinto es considerar que tal vez las cosas no son tan malas, enfoca la vista y se da cuenta de que entre sujeto y ella hay unos barrotes que no puede quitar ni mover, unos barrotes que la mantienen atrapada entre cuatro paredes mientras permiten que él vaya y venga cuanto le plazca. Unos barrotes que le recuerdan que no sabe cuánto tiempo ha pasado, que no sabe qué habrá sido de su hermana menor, de sus amigos, de su marido.
Se pasaba las noches enteras pensando en Hiccup, angustiada por él y por todo lo que seguramente está pasando en esos momentos, o por todo lo que había pasado, porque no tenía ni la más remota idea de si los años habían pasado lo suficiente como para que la llama de su vida se hubiera terminado apagando por completo. Se pasaba las noches abrazándose con todas sus fuerzas, aferrándose a las almohadas que le habían dejado, intentando convencerse de que volvía a estar entre sus brazos. Las peores noches, las más pesadas, las más largas, las más tristes y solitarias, se las pasaba llamándolo entre sollozos, rogando a que apareciera de momento a otro, de que el chasquido de su pierna metálica chocando contra el suelo de piedra resonara por todo el lugar y que su rostro se apareciera al otro lado de la celda abierta. Se pasaba las peores noches rogándole a los dioses de su marido que lo trajeran hasta aquella prisión, hasta aquel infierno solitario, hasta ella.
Pero con el paso de las horas, con el paso de los días, con el paso de las semanas, con el pasos de los meses… puede que con el paso de los años, le había terminado de quedar en claro a Elsa de que él no puede llegar para rescatarla, pues está atrapada en terrenos mágicos, en los terrenos de poderosos espíritus.
En los terrenos casi divinos que Hiccup no puede alcanzar.
—Hoy te veo especialmente triste —le comentó una mañana Jack, moviendo sus manos para darle vida a un conejo hecho de escarcha y viento frío que va dando saltitos hasta quedarse recostado en su regazo.
Elsa, con la voz ronca, los ojos rojos y el cansancio corrompiendo todo su cuerpo, ni siquiera hace amago de fingir que acaricia la escarcha que Jack ha enviado para intentar animarla.
—Extraño a mi hermana —le recuerda aquello que sabe perfectamente—. Extraño mi hogar, extraño a mi gente, a mi familia —relame sus labios por los resecos que están, por la forma que la piel tira entre sí cada vez que sus labios se juntan—. Extraño a mi marido.
Lo ve desviando la mirada con vergüenza, y se vuelve a preguntar cómo podía atreverse a desarrollar esos sentimientos, cómo podía atreverse a verla de esa manera, cómo podía atreverse a añorar algo más que una complicada, contradictoria y dolorosa amistad.
—Sácame de aquí, por favor.
—No puedo hacer eso, lo sabes perfectamente —murmura, tan inseguro y tembloroso que Elsa quiere convencerse que está realmente arrepentido de absoluto todo lo que ha hecho, todo lo que está sintiendo.
—¿Cuánto tiempo ha pasado?
—No lo sé, el tiempo pasa de forma diferente para nosotros.
Ella suspira pesadamente, hundiéndose entre las sábanas que se encontraban eternamente revueltas y entrelazadas entre ellas, las sábanas que ella misma había enredado para que fueran una especie de manta enorme y reconfortante. No necesita la calidez que las telas emanaban, ni tan siquiera la notaba, pero en cierto punto, dependía de ella.
—Jack —luego de un extenso silencio, la voz de aquel enorme conejo parlante llega desde lo lejos. Suena apresurado, pero extrañamente calmado, como si intentara disimular sus verdaderos sentimientos—. Tenemos una emergencia, ven aquí ahora.
Lo ve levantándose con un solo movimiento, incluso sus pies dejan el suelo. —¿Qué ocurre?
—Ven —insiste, con firmeza, falto de paciencia.
—De acuerdo, de acuerdo. Ya voy.
A penas se despide de ella con un movimiento de mano, a penas se detiene a mirarla, mucho menos promete que volverá en cuanto pueda como puede hacerlo. Y es gracias por el absoluto silencio de Jack que Elsa puede escuchar los angustiados susurros de Aster.
—Se trata de Pitch Black.
